ENCUENTROS VI - KOBOLD (+ DUENDES)
Sorarisu, gracias por tu propuesta. Ésta me pareció interesante, aunque me costó sacarme una escena convincente de la cabeza. Al final terminé por decidir que escribiría esto.
SITUACIÓN #2
Casas antiguas o misteriosas.
Fue Perú quien vio primero la construcción relativamente cerca del camino, pero Chile fue el primero en desconfiar de su inocente aspecto. Era una construcción grande, de madera, con ventanales amplios y cortinas amarillentas, vieja, aparentemente abandonada y probablemente con un sin fin de agujeros tanto en el techo como en las paredes cortesía de polillas, la inclemencia del tiempo o de la humedad, pero hacía tanto que no tenían un lugar decente dónde guarecerse durante la noche que se les antojó que tenían cerca el refugio perfecto. Sus noches pasadas a cielo abierto habían llegado a su fin, al menos por un día. Así que se dividieron. Chile se adelantó junto con Perú para inspeccionar el lugar y averiguar si estaba ocupado. Colombia y México revisaron los alrededores por si había alguien que pudiera significar una amenaza o, quizá con mucha suerte, una ayuda. Habían atravesado tantas experiencias desagradables que prefirieron prevenir que lamentar.
— ¿Hola? —aventuró Chile desde la puerta principal—. Está abierto. ¿Hay alguien ahí?
Al no obtener una respuesta, él decidió pasar de la puerta y situarse en el centro del enorme recibidor. A su paso, los tablones crujieron bajo su peso. Nadie acudió a su encuentro. En el centro se encontraba una alfombra pasada de moda, pero seguramente costosa aún hoy en día. El papel tapiz de las paredes había desaparecido casi por completo salvo en algunos espacios donde se apreciaban diseños que habían estado en boga en siglos pasados. Se adivinaban tonos pastel claros, pese al polvo y el desgaste. Los adornos de las paredes seguían conservando su forma, pero la gruesa capa de polvo los deformaba de tal manera que resultaba imposible distinguir los diseños con claridad. A cada lado estaban dispuestas dos mesas cubiertas por una gruesa tela blanca, o gris debido al polvo que habían acumulado. Al fondo una doble escalera con el barandal a medio desaparecer conducía a un primer piso.
— Esto parece una villa de campo más que una cabaña —exclamó Chile en cuanto pudo apreciar el cuadro completo.
Perú no tardó en colocarse a su lado.
— Buenas tardes —insistió Perú decantándose por la etiqueta—. Lamentamos invadir así su propiedad, pero nos gustaría que nos permitieran pasar la noche aquí. Estamos de paso, no hemos encontrado ni un alma en todo el camino. No les seremos de mucha molestia.
— Déjalo, Perú, aquí no hay nadie —razonó Chile—. Esperemos a que los otros dos regresen y ya decidiremos qué hacer.
Al poco tiempo México y Colombia se les unieron y los cuatro decidieron explorar la casa en busca de cualquier indicio de peligro u ocupación. El pasillo a la derecha del recibidor conducía a una sala probablemente destinada en sus buenos tiempos a recibir a las visitas. Los sillones también habían sido cubiertos, pero eso no los había salvado de las polillas. En uno de los extremos de la habitación se encontraba un piano de cola polvoriento y con teclas faltantes. Lo único descubierto completamente era una mesita de centro que había cedido al tiempo, y sólo quizá al uso. Más allá en el pasillo había una puerta que conducía a una sala de música y lo que aparentemente era un despacho o estudio. Al fondo se encontraba la biblioteca, cuyos libros estaban enmohecidos, inaccesibles para cualquiera que no quisiera arriesgar su propia vida leyéndolos.
— Gracias, Dios —exclamó México con los brazos en alto mientras volvían al recibidor—. Comenzaba a creer que tendríamos que dormir otra vez a la intemperie. No hay nadie más en los alrededores. Sospecho que hemos tomado la ruta equivocada y venimos dar a un pueblo fantasma.
— El pueblo no figura en el mapa —objetó Colombia dándole un vistazo al mapa mencionado—. El camino que tomamos es el correcto, aunque esto no lo puedo explicar. Puede ser que el mapa sea defectuoso o no lo han actualizado con nueva información. Tal vez seamos los primeros humanos que ve esta región en años o siglos. Supongo que se olvidaron de él o no tenía caso incluirlo.
— Y no queremos saber la razón de esa omisión —advierte Chile adelantándose para aventurarse en el pasillo a la izquierda del recibidor.
Continuando el reconocimiento, regresaron al recibidor para continuar por el lado izquierdo de la casona. De este lado encontraron jarrones con flores marchitas a los extremos del pasillo y rodeando el comedor. También encontraron un comedor para veinte personas cuidadosamente envuelto y dispuesto en una estancia demasiado grande para él. Tuvieron que adentrarse un poco más para encontrar la cocina y el almacén que, como podía esperarse, se encontraba vacío, o casi, y apestando a putrefacción.
— Me extraña que no haya cuadros, ni siquiera uno de los propietarios por ninguna parte —expresó México mientras revisaba la estufa de la cocina—. Era común tener cuadros de paisajes o retratos en las casas de personas de sociedad. Ésta parece una de ese estilo. Tampoco hemos encontrado escudos de armas o blasones familiares. Es extraño dado el estilo.
— ¿Qué esperabas, México? —le replicó Chile—. El pueblo que dejamos atrás hace medio día está abandonado, aunque quizá halles tus preciados vestigios de nobleza medieval en el piso de arriba.
— Al menos la cocina sirve —evaluó Perú cambiando de tema—. Podremos tener una cena decente con cubiertos y todo. La madera todavía puede alimentar un buen fuego y creo que aún me queda desinfectante en gel.
— ¿Eso crees? Hace tiempo que no comemos de esa manera. Comienzo a olvidar mis modales —aplaudió Colombia dejando caer su mapa sobre la vieja y gastada mesa de la cocina.
— Una receta familiar simple, pero sustancial —coincidió México abandonando por un instante la preocupación de estar en un lugar perdido para la humanidad.
— Yo te puedo ayudar —ofreció Perú—. Chile, Colombia, monten guardia mientras tanto. No sé ustedes, pero yo me sentí observado nada más entrar en este lugar.
— No estás solo —respalda México—. Es extraño, no nos hemos topado con ningún tipo de vida o movimiento hasta aquí.
•
Sin embargo, fue Colombia la primera en notar que algo no andaba bien. Fue México el que se propuso resolver el enigma. Tan pronto como se distrajeron para cubrir sus necesidades de seguridad y alimento, el mapa de Colombia desapareció sin dejar rastro. El mapa era inhallable en la planta baja, ni entre las pertenencias de los cuatro viajeros. Luego, terminada la cena y fuera en curso el anochecer, Chile no encontraba su linterna. Más tarde, Perú no encontraba su encendedor y México perdió de vista su saco de dormir. Conforme avanzaba la noche y se percataban de que algunas de las pertenencias de cada quien iban desapareciendo, el pánico y la desconfianza se iban apoderando del grupo. Hasta que, aceptando que no había razón para desconfiar unos de los otros, por precaución, se atrincheraron en la sala de visitas hasta que amaneció. Esa noche la pasaron completamente en vela a la espera de lo que fuera que estuviera ocurriendo los alcanzara. No obstante, lo más que ocurrió fueron algunos sonidos extraños de movimiento provenientes de todos los rincones de la casa, la desaparición de algunos objetos de uso personal de cada uno y que Chile estuvo a punto de tropezar con la nada en algún momento de la noche.
Los acontecimientos intrigantes de la noche inclinaron a México a decidir, contra la opinión del resto, que era necesario aventurarse en el piso de arriba. Bien podían marcharse dejándolo todo atrás, les habían ocurrido cosas peores en su viaje, pero México sospechaba que sus cosas no estaban perdidas, no del todo, y había una explicación lo suficientemente razonable para la extraña noche que habían pasado. Era una simple corazonada, así que no insistió en que alguien lo acompañara. Con todo, y pese a sus propias conclusiones, Colombia se ofreció voluntariamente a secundarlo. Así que, al despuntar la mañana, México y Colombia actuaron en seguida dejando a los otros dos cerca de la entrada principal por si la situación se complicaba. Ambos, armados con un cuchillo de cocina y una navaja suiza, subieron cada escalón con cuidado acompañados del crujir de cada tablón a cada paso que daban hasta llegar a la división de las escaleras. Parecía que el primer piso se distribuía delineando una especie de perímetro cuadrangular dejando al centro un espacio para asomarse al recibidor de la planta baja. Aunado a eso, desde esa nueva posición la vista no parecía tan abandonada y polvorienta como pareció en un principio. Algo extraño en sí mismo que necesitaba una explicación.
— ¿Por qué no aprecié este detalle desde abajo? —murmuró Colombia—. Así hasta parece que a este lugar le dan mantenimiento. Además, desde aquí puedo ver a esos dos ahí abajo. ¿Es que ellos no pueden vernos?
— Esta casa o lo que sea es rara —admitió México—. Concéntrate, Colombia, no sabemos qué nos aguarda detrás de alguna de esas puertas.
Pero el peligro no asomaba detrás de ninguna de esas puertas. Puerta tras puerta, lo único que encontraban al abrirla era una habitación tras otra para invitados tan impersonales como monocromáticas, o habitaciones que, asumieron, pertenecieron a los ocupantes de la casa. Lo que más les asombró fue que, en cuatro de las varias habitaciones de invitados, encontraron alguno de sus objetos perdidos, acomodados de tal manera que cada quien hallaría todos sus objetos perdidos en una misma habitación.
— Llama a los demás, Colombia, no corremos peligro —indicó México creyendo comprender el mensaje implícito en las curiosas desapariciones y el consecuente y misterioso acomodo—. Dile a Perú que su diplomacia no ha sido en vano.
— ¡Pero, México! ¿Cómo se te ocurre? —comenzó Colombia a protestar, pero terminó accediendo cuando notó la fiera convicción de su compañero de viaje.
El resto del recorrido lo hizo México sólo, ya seguro de que no estaban bajo amenaza de algún tipo. Su pequeña incursión en el resto del primer piso arrojó información interesante o peculiar del pasado, y también del presente. Había ocupado ese lugar una familia: varios hijos, una hija o dos y los señores de la casa del lado derecho y los sirvientes del izquierdo. Estaba por darse por vencido en encontrar algo amenazador, mínimo fuera de lugar, cuando, recorriendo el lado de los sirvientes, encontró una habitación más pequeña que las otras. La habitación en cuestión era una versión miniatura de las habitaciones vecinas. Se parecía a ellas en muchas cosas salvo en una. Había sido ocupada no hacía mucho o, en todo caso, su ocupante no la había abandonado. A comparación del resto, no había polvo cubriendo la cama bien tendida y limpia, ni el pequeño armario parecía abandonado ni vacío, incluso se notaba que barrían seguido el lugar. Entonces México supo que debía hacer algo en favor de su pequeño anfitrión. Porque una cosa era segura, tenían un anfitrión muy hacendoso.
•
Aunque al principio nadie estuvo de acuerdo, México logró convencer al resto de prolongar su estancia en ese lugar. Sus objetos personales dejaron de desaparecer en cuanto decidieron ocupar las habitaciones que se les habían asignado y quedó claro, por tanto, que se quedarían por un poco más de tiempo. Fue por eso o porque México comenzó a insistir en que, fuera quien fuera el que se encargara de cocinar ese día, ese alguien debía encargarse de servir un plato extra que dejaría sobre la mesa de la cocina y que misteriosamente aparecería vacío al día siguiente.
— Parece que Perú tenía razón en pedir hospedaje. Parece que sí está ocupada esta casa —reconoció Colombia no muy contenta con el descubrimiento de que alguien consumía el plato todos los días.
— Es un buen anfitrión, hace más de lo que podríamos esperar que hiciera por nosotros dadas las circunstancias. Me ayuda con la limpieza de mis lentes —defendió Perú—. Deberías ser más considerada, Colombia.
— Realmente no sabemos de qué va todo esto —empezó Chile, pero algo cambió en él cuando continuó—. De cualquier manera, le agradezco que nos haya admitido o lo que sea que cree que hace.
México los escuchaba pensativo cada vez que empezaban a discutir sobre el tema. Con todo tenía una cosa clara. Algo o alguien ocupaba aquella habitación que había descubierto y al menos México deseaba saber de quién se trataba. Eso le resultó por varios días imposible. La casa parecía tan vacía como la encontraron el primer día. Hasta que notó un patrón en los sonidos de la casona por la noche y volvió a depender de sus corazonadas para resolver el misterio.
•
México halló por accidente la medalla correspondiente a algún rango de una orden militar posiblemente importante. La encontró colgando de un uniforme igualmente militar o algo por el estilo, el desgaste hacía imposible una identificación exacta. No fue su intención hurgar por ahí. Tampoco tropezar con ese traje ensangrentado y que apestaba a guardado en el fondo del armario colocado en la habitación del, supone que difunto, señor de la casa. Mucho menos llevarse algo, o a alguien, perteneciente a aquella casa. Lo jura. Las cosas se dieron espontáneamente. En cuanto tomó aquella medalla entre sus dedos una criatura de menor estatura que él apareció de la nada muy molesta por algo. Tras asegurarle mil y una veces que no planeaba destruir el objeto, el pequeño chaneke se presentó como Austria y le explicó lo básico de cierta situación que, dejó bien claro, le ofendía que él ignorara. Al final, a México le dio por hacer de buen samaritano. Austria le pareció tan triste y solitario en medio de una casa que se caía a pedazos, insalvable hasta para alguien como él, que decidió ayudarle a como diera lugar. Para eso debía llevarse la medalla consigo, según Austria, y eso lo hizo inseparable de México, como si le tuviera una confianza resultante de toda una vida juntos. Lo cual era completamente absurdo, pero la situación tenía que ser tolerada si deseaba ayudarle.
— Al menos le llevaré a un mejor lugar —alegó México esforzándose en convencer al trío que le acompañaba, el cual no estaba más entusiasmado que él con el arreglo—. Nos ayudó en cierto modo. ¿Qué más podríamos hacer que devolverle el favor? Imagínense estar atado de por vida a un cachivache como éste —de fondo se escuchó la protesta ofendida de Austria que todos ignoraron— y depender de su ubicación para vivir o no de cierta manera. Alemania no va a volver por Austria y Austria se merece una mejor vida.
— ¿Está él de acuerdo, México? —la preocupación colorea la voz de Perú—. ¿A ese grado estás dispuesto a sustraer a alguien de aquí?
— Sí, joven Peru —interviene el mismo objeto de su discusión con un acento difícil de ubicar geográficamente—. Mexiko ha prometido enseñarme el mundo y estoy ansioso por recorrerlo junto a él.
México puso cara de circunstancias. Había olvidado ese pequeño detalle. Había tenido una larga y difícil conversación con Austria antes de llegar a un acuerdo. Tras un largo silencio fue Colombia quien respondió a la implícita petición de su compañero de viaje.
— Bien, creo que entonces Austria es oficialmente parte de nuestro equipo. Ahora que es tan cercano a ti, Mex, esperamos que cuides bien de él.
~•~
