ENCUENTROS VIII - NIXE DE POND MILL
Este escenario está basado en:
La leyenda de la Nixe de Pond Mill.
La creencia de que los cuerpos de agua (especialmente durante luna llena y donde las nixes vierten sus lágrimas) son considerados curativos.
El supuesto de que se trata de una raza maldita que ya ni recuerda el pecado que está pagando.
Las nixes parece que ahogaban a la gente, sin discriminar a nadie y cuando se les ocurría.
Las nixes anuncian la muerte bailando mientras sólo hunden el dobladillo de su falda en el agua.
Sus vacaciones habían estado pasando entre excursiones y paseos por el pueblo, pero la parada obligatoria era ese lugar. Habían llegado a ese pequeño poblado por una única razón: bañarse en el lago tanto tiempo como les fuera posible. Ésa era la razón principal de su viaje y de su interés, con suerte podrían olvidarse de los males que los habían arrastrado hasta ahí tras unos cuantos chapuzones. Lo que nunca tomaron en consideración fue que se tratara de un lugar demasiado frecuentado a todas horas por los turistas. Si durante el día les costaba trabajo hacerse de un espacio libre para cumplir su propósito, no querían imaginarse lo que les costaría un espacio durante la luna llena. No obstante, ahora que estaban tan cerca de su objetivo sería imperdonable desistir por una concentración excesiva de gente. Harían un esfuerzo sobrehumano si era preciso hacerlo y tendrían mucha paciencia para encontrar ese espacio en medio de tanta gente. Fue por eso que estuvieron preparados mucho antes de que cayera la tarde con sus casas de campaña a la orilla del lago. Tendrían que esperar demasiado hasta que saliera la luna. Aún el sol lanzaba sus últimos rayos sobre los reunidos en la orilla, pero asegurarían un baño en el momento clave sin problemas. México había procurado asegurar eso como a ninguno de sus familiares y compañeros de viaje se le había ocurrido hacerlo. El costo lo valdría todo, de eso estaba seguro. Solo tenía que esperar y…
— ¿Cómo sigue tu primo, Mexiko? —fue el saludo de la desconocida.
Había decidido llamarla así dado que nunca le había dicho su nombre durante todo el tiempo que llevaba de conocerla.
— Mejora a paso inmejorable. Sabía que su enfermedad es muy grave, pero esto supera cualquier esperanza que pudiéramos albergar —respondió México—. Te agradezco tu ayuda, Desconocida.
"¿Qué estás dispuesto a pagar por la salud de tu primo, Mexiko?" le había preguntado ella cuando la conoció y le contó su problema.
— Todo tiene su precio, Mexiko. Yo sólo estoy haciendo mi parte del trato —le recordó ella como si no fuera la gran cosa.
La desconocida lo miró con una expresión difícil de leer. Algo en ella pareció expresar satisfacción o algo por el estilo.
— Y yo haré lo mismo cuando lo consideres adecuado —correspondió él sin temor ni otra emoción asomando en sus palabras—. Creíamos que lo estábamos haciendo bien hasta que me hiciste notar la diferencia. Yo no podría pedir más para Vene. Nadie puede quedarse por más tiempo. Mañana se vuelven a casa. Esto es necesario. Daría lo que fuera por el bienestar de los míos.
"¿Ninguno de los lugareños les ha hablado de las criaturas que habitan estos lagos?" indagó ella en un tono juguetón.
— Es una lástima, comenzaban a caerme bien. Te van a extrañar, Mexiko... —empezó a decir ella.
Si iba a expresar su opinión más allá de ese ligero convencionalismo, no lo hizo debido a que alguien los interrumpió.
— ¡México, preséntanos a tu nueva amiga! Llevamos tiempo viéndote con ella y nada que nos la presentas. ¿Debo recordarte que no mordemos? —gritó Argentina desde la distancia.
México no pudo evitar soltar una sonrisa.
Concluyó en ese momento que iba a extrañar muchas cosas cuando todo eso acabara.
— Disculpa a mis primos, Desconocida —pidió antes de girarse hacia Argentina—. Si tanto te interesa ven a saludar, Arge. ¿Dónde están tus modales?
— No eres de ninguna ayuda, Mex. Apúrate, tenemos que arreglar todo antes de que vuelva Colombia y nos mate por no cuidar bien de Vene —intervino Chile—. Debemos mostrarle que somos dignos de su confianza en lo que respecta a su hermano preciado.
México rio por lo bajo meneando la cabeza.
— No tienen remedio —comentó para sí en voz alta para luego girarse hacia la joven que lo acompañaba—. No iremos muy lejos esta vez y yo no huyo de mis compromisos, Desconocida. Te he dado mi palabra, así que no malinterpretes esto, por favor. ¿Quieres acompañarnos? —la invitó en un extraordinario arrebato de confianza.
— No eres como el resto, Mexiko —resaltó ella haciéndole entender que no requería una explicación—. Creo que ya deberías saber mi respuesta. No está en mí interactuar más de la cuenta con los visitantes. Confío en ti.
— Tú te lo pierdes, Desconocida —bromeó México, aunque en el fondo le agradeció que le dejara tiempo de calidad con sus familiares a solas—. Que tengas una bonita tarde. Nos vemos por la noche.
Ella asintió con la cabeza antes de sumergir el dobladillo de su falda en las aguas y alejarse tan discretamente como había llegado.
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Caída la noche y sentado bajo un árbol, México se dedicó a reflexionar por última vez acerca de su decisión. Se había alejado del resto alegando cansancio, pero sabía perfectamente que en realidad quería que su transacción quedara tan en la penumbra como fuera posible. Ya no había marcha atrás, pero una parte de él no podía dejar de pensar en lo que había hecho para conseguir una cura definitiva para su primo. Definitivamente podría pasar por chiflado, pero, entre más lo pensaba más creía que era obvio.
— Siempre fue así, de otra manera nada tiene sentido —murmuró para sí—. Debo de admitir que cuando dije que había oído hablar de que estas aguas son tan milagrosas como letales, nunca me imaginé exactamente que trataría cara a cara con la causa principal de ese rumor.
Ella no podía ser humana.
— Y ustedes no podían ser de aquí —la afirmación que lo interrumpió, a la vez que complementa su reflexión en voz alta, es hecha casi en un murmullo.
La afirmación le hizo sonreír involuntariamente. México sonrió ante la sensación, a la que se estaba acostumbrando en los últimos días, de que una corriente de agua le estaba hablando. Una especie de alivio inexplicable lo embargó, como había hecho en ocasiones anteriores, cuando constató una vez más que no se trataba de agua parlante. No tuvo que buscar demasiado para encontrar cerca de él, a una respetuosa distancia, a su desconocida favorita.
— Yo no soy el que lleva una falda mojada sólo por el dobladillo —observó divertido de inmediato—. Lo de menos es tu peculiar forma de mojarte, tu vestimenta parece de hace dos siglos. Aunque he de reconocer que a Ciudad de México le suele dar por vestir así y no es de otro mundo. Lo que sí es de extrañar es que eres imperceptible la mayor parte del tiempo. Aunque he de admitir que no pareces del tipo que pase desapercibido, en absoluto.
Reconoció desde el principio que ella le resultó muy atractiva y guapa desde el principio, de una manera casi sobrenatural. Hasta un punto en que México hubiera jurado que podría pasar la eternidad admirando su belleza. Sospechó desde siempre que eso fue lo que le facilitó aceptar el trato desde un principio, al menos en parte.
— Ustedes no son como el resto. Cada leyenda y cada mito tienen su verdad oculta —recalcó ella—. Es hora.
México se levantó y se acercó a ella con paso decidido. A la mañana siguiente nadie podría dar con él, ni explicar qué pudo haberle pasado. Aunque sería más que seguro que dirían que se habría ahogado. No sería el primero, ni el último, seguramente. México continuó su avance mientras ella lo guió hasta la zona más apartada del lago. Ahí, sin el menor temor y sin pensarlo dos veces, México se sumergió en las aguas del lago junto a ella, sin inmutarse por la temperatura o la profundidad. Ella lo miró sin pestañear hasta que llegaron a una profundidad en que México ya no podría continuar y respirar al mismo tiempo. Entonces, ella sonrió y murmuró algo en una lengua extraña, no comprensible para él.
— ... Por cierto, me llamo Österreich…
Lo último que México fue capaz de percibir fue unos labios fríos y húmedos contra los suyos antes de que todo se oscureciera. Nadie volvería a verlo, al menos durante el tiempo que alguien tardara en comprender que había que regresarlo a la superficie. Y eso era meramente imposible.
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