9:30 del Dragón. Nuboso, cuarto mes.
Ferelden. Fortaleza de Ostagar
Anna
El agua pasó a través de su laringe, rasgando el nudo que se le había incrustado. Anna parpadeó otra vez, intentando reconocer en donde estaba. Juegos de sombras corrían frente a sus ojos, reflejando imágenes confusas y colores saturados. Seguía perdida en aquel abismo de remordimiento, sumergida bajo la sangre derramada en Pináculo.
—¿Anna? Por favor, necesitamos que nos cuentes qué ocurrió —dijo alguien en la distancia.
—Por ahora dejémosla descansar —indicó otra voz, más profunda y gruesa—. Ya he mandado llamar a un sanador para que la revise. Mientras no podemos hacer nada. Ser Kai nos pondrá al tanto de lo sucedido.
El primer hombre exhaló un suspiro y miró los ojos perdidos de Anna.
—Te pondrás mejor, prima. Te lo prometo. Todo estará bien.
—Vamos. Anna necesita descansar.
Un par de manos la sostuvieron y la obligaron a bajar, haciendo que su espalda tocase la suavidad familiar de un colchón de plumas. Pero el vacío en su estómago se negó a relajarse cuando el pánico de quedarse sola la atacó.
—No… no te vayas papá. Por favor. —Su mano apretó con desesperación la del hombre rubio que la había sostenido desde que la trajeron a esta carpa.
—¿Mi señor? —Fergus miró expectante al Teyrn y a su hija, sin saber qué hacer.
—Me quedaré… hasta que llegue el sanador.
Fergus hizo una reverencia y salió de la carpa.
Anna sintió una mano acariciar su cabeza, tal y como cuando era niña y su padre aún jugaba con ella. La acción tenía la intención de ser reconfortante, pero solo le encajó más profunda la lanza de la culpa en el corazón. Y nuevas lagrimas anidaron en sus cuencas demacradas por la falta de sueño.
—Está bien. Llorar está bien, nos ayuda a liberar. ¿Recuerdas cuando me quebré el pie durante una cacería? Intenté no llorar frente a ti, pero eras demasiado lista como para comprar mi fachada de hombre rudo.
Una sonrisa tentativa se deslizó por los labios de la pelirroja.
—Ese día parecías un nugg bebé.
—Y tú nunca dejas de recordármelo. Tienes la memoria de tu madre.
La mención de su madre hizo que un sollozo muerto se escapara a través de su garganta. Y, sin poder contenerse más, le contó a su padre todo. El ataque, la traición, su madre… Las palabras salieron como un oleaje imparable y al final todo lo que quedó fue el llanto.
—Lo siento, lo siento, lo siento… —repetía sin cesar.
—No hay nada que perdonar, pequeña Anna.
—P-pero… dejaste el castillo a mi cargo. Era mi deber. Mi responsabilidad. Se suponía que yo debía cuidar de todos… Y fallé.
—No tienes la culpa de nada. Si sobre alguien debe recaer la responsabilidad, es en mí. Fui un tonto al confiar en Howe, a pesar de que sabía que algo andaba mal desde que supe del retraso de sus tropas.
—¡Pero no pude cuidar a nadie! A Ofelia, a Oren… A mamá. Incluso Gilmore se quedó atrás.
Agdar tragó saliva y sostuvo con más fuerza la mano de su hija.
—Nunca debí dejarlas solas. No después de… de todos mis errores como padre y esposo. No puedo cambiar el pasado, y no tiene sentido mirar hacia él. Pero puedo prometerte que habrá justicia por sus muertes.
Ella no sabía cómo la justicia le traería de regreso a su familia, pero era mejor que nada. Rendon y Hans recibirían toda la ira de los Cousland, y ni siquiera la Ruina sería suficiente para contenerla.
—¿Cómo voy a contarle a Fergus? Me odiará…
—Él nunca podría odiarte, y no hay motivos para que lo haga. Necesitas dormir, pequeña Anna. Por la mañana todo estará más claro y llevaremos este asunto con el Rey. No te preocupes, me quedaré toda la noche.
¿Cuándo fue la último vez que su padre la llamó "pequeña Anna"? Ni siquiera podía recordar. Y temía que, si le contaba la verdad, nunca volviera a llamarla así. Después de todo, fue ella quien le mostró a Hans los pasajes ocultos del castillo. Todo fue su culpa. Por su estúpido e ingenuo corazón enamorado.
Pero intentó alejar sus miedos y permitir que el confort de su padre la abrazase en un sueño oscuro y vacío.
—X—
Elsa
El velo negro de la noche descendió sobre la fortaleza roída, horas antes de que los reclutas acompañados por el joven Guarda Gris regresasen a ella. El campamento era exactamente igual que durante el día, incluso parecía haber más movimiento gracias a los vigías que recorrían sin descanso cada centímetro de las ruinas, buscando posibles desertores o rastro de los monstruos que enfrentarían la noche siguiente.
Los tres reclutas se encontraban dentro de un viejo mausoleo sin techo, a la espera del regreso de su Comandante.
—Cuanto más descubrimos sobre esta Iniciación, menos me gusta —murmuró ser Jory inquieto.
—¿Ya estás gimoteando otra vez? —siseó Daveth.
—Te recuerdo que fuiste tú el llorón cuando estábamos en la Espesura —espetó Jory—. ¿Para qué son todas esas pruebas del demonio de todos modos? ¿Es que no me he ganado ya mi lugar?
Daveth se encogió de hombros.
—Puede que sea una tradición. O puede que lo hagan para fastidiarte.
—Cálmense —intervino Elsa, siempre la voz de la razón—. La prueba es secreta por una buena razón. Solo nos queda confiar y esperar.
—Duncan nos acaba de decir que esta maldita prueba puede matarnos, y ¿me pides que me calme? —gruñó el caballero exasperado—. Miren. Sólo sé que mi esposa está en Risco Rojo, esperando un hijo. Si me hubieran advertido… No me parece justo.
—¿Habrías venido si te hubieran advertido? —cuestionó el ladrón—. Quizás por eso no lo hicieron. Los Guardas hacen lo que deben, ¿no?
—Como sacrificarnos cual cerdos —replicó Jory.
Daveth se burló.
—Sacrificaría mucho más si con eso pudiera acabar con la Ruina. Los Guardas Grises han salvado al mundo de los engendros tenebrosos otras veces. Yo diría que ellos saben mejor que nadie lo que hay qué hacer. Ya viste a esos engendros tenebrosos, ser caballerito. ¿No morirías para proteger a tu bella esposa de ellos?
—¡No te atrevas…!
—Pues tal vez mueras. Tal vez muramos todos. Si nadie detiene a los engendros tenebrosos, ten por seguro que así será.
—¡Bah! No me había enfrentado a un enemigo del que no pudiera dar cuenta con mi espada, eso es todo —bufó Jory sin mirarlo.
Elsa no podía contradecir a Daveth, tenía razón en que debían hacer algo para intentar frenar la Ruina. Aun así, no podía evitar preguntarse cómo ellos podrían hacer alguna diferencia, eran simples peones en un tablero con piezas más importantes y poderosas; en comparación, se sentía diminuta. Solo podía esperar que alguien como ella pudiera ser de ayuda.
Pese al tiritar de sus manos, intentó mantenerse en calma. Esto no era diferente de su Angustia, se dijo así misma. Todo saldría bien.
Duncan y Alistair aparecieron por la puerta erosionada del mausoleo. El comandante cargaba con ambas manos una copa plateada con el grabado de dos grifos con las alas extendidas.
—Por fin ha llegado la hora de la Iniciación —dijo Duncan con esa voz solemne y profunda—. La orden de los Guardas Grises se fundó en los tiempos de la primera Ruina, cuando la humanidad estuvo al borde de la aniquilación. Fue entonces cuando los primeros Guardas Grises bebieron la sangre de los engendros tenebrosos, para poder dominar su oscuridad. —Colocó el cáliz sobre una mesa de piedra en el centro.
Incluso desde esta distancia, Elsa pudo sentir que esa copa plateada irradiaba un aura de magia muy poderosa… magia oscura.
—¿Va-vamos… a beber la sangre de esas criaturas? —cuestiono un asqueado y aterrado ser Jory.
—E-esto es… magia de sangre. —Elsa se estremeció—. ¡No podéis forzarnos a practicar tal abominación!
—Debéis hacerlo —Duncan la miró con dureza—. Como hicieron los primeros Guardas antes que nosotros, y nosotros antes que vosotros. Esta es la fuente de vuestro poder y de nuestra victoria.
—Los que sobreviven a la Iniciación se vuelven inmunes a la Corrupción —añadió Kristoff—. Podemos sentirla en los engendros tenebrosos y usarla para matar al Archidemonio.
—Sin embargo, me temo que no todos los que beben la sangre sobreviven y aquellos que lo hacen, cambian para siempre —explicó Duncan—. Es el precio que debemos pagar para detener el mar de oscuridad… Esta es la razón por la que la Iniciación es un secreto. Es el precio que debemos pagar, por el bien de todos. Sé que va más allá de la Capilla, pero los Guardas debemos hacer todo lo necesario para detener la Ruina. Si eso implica usar magia de sangre, que así sea.
Elsa no supo qué responder. Sabía muy bien no había magia más peligrosa que aquella, representaba la propia crueldad humana. ¿Qué le pasaría si bebía de esa copa?
—Solo se dicen unas pocas palabras antes de la Iniciación —continuó Duncan—, las mismas que se han respetado desde la primera vez. Alistair, si tienes la bondad…
El joven asintió y bajó la cabeza.
—"Uníos a nosotros, hermanos y hermanas. Uníos a nosotros en las sombras donde montamos vigilancia. Uníos a nosotros en este deber irrenunciable. Y si perecierais, sabed que vuestro sacrificio no será olvidado… y que un día volveremos a reunirnos."
Duncan cogió el cáliz y aquel liquido espeso se meció, cual demonio dentro del Velo.
—No… m-me niego a participar en este abominable ritual —declaró Elsa.
—Si nos hubierais dicho antes… —dijo Jory—. Esto es una herejía, no podéis obligarnos.
El Comandante miró a ambos con ojos duros pero, antes de que pudiese hablar, Daveth dio un paso al frente.
—Ya me cansé de sus lloriqueos —gruñó—. Si ninguno de ustedes tiene el valor, yo seré el que se convierta en Guarda Gris. Por mí pueden, regresar a los agujeros de donde salieron.
El ladrón se acercó al comandante con euforia. Cogió el cáliz y bebió un trago de su interior.
—A partir de este momento, Daveth, eres un Guarda Gris —dijo Duncan.
Por un momento todo parecía ir bien, hasta que la tragedia ocurrió. Elsa y ser Jory miraron aterrados cómo las pupilas de Daveth desaparecieron hasta que sus ojos se tornaron blancos por completo, mientras su cuerpo se convulsionaba hasta desfallecer por la falta de aire; intentó gritar, pero su garganta solo emitió un graznido moribundo que resonó en la inmensidad de Ostagar. Sus venas se hincharon bajo una negrura que irradiaba corrupción, y el cadáver de Daveth apenas fue reconocible.
Duncan y Alistair inclinaron la cabeza solemnemente.
—Lo siento, Daveth. —El Comandante pasó saliva—. Un paso al frente, Jory.
—P-pero… Tengo mujer. ¡Y un hijo! De haber sabido… —Retrocedió y desenvainó su espada.
El Guarda Comandante frunció el ceño mientras avanzaba hacia él.
—Ya no hay vuelta atrás.
—¡NO! ¡PIDES DEMASIADO! ¡No hay gloria alguna en esto! —La espalda de Jory golpeó contra un muro. El miedo inscrito en sus ojos no dejaba lugar a dudar, lucharía por su vida.
Duncan caminó sin alterarse, era como un gato cazando un ratón. Desenfundó una daga larga de color rojizo, mientras sostenía el cáliz con la otra mano.
Ser Jory lanzó un barrido con su espada, pero fue esquivado por el comandante. El caballero atacó de nuevo, pero esta vez fue atravesado por la daga roja en un parpadeo. En el silencio de la noche resonó el crujir del metal y la respiración de Jory se apagó.
—Lo siento —murmuro Duncan. Retrajo el brazo y la daga ensangrentada volvió a su funda.
El cuerpo de Jory cayó con un ruido sordo ante la mirada horrorizada de Elsa. Ser Jory era un buen hombre, un hombre honorable, no merecía morir así. ¿Duncan le haría lo mismo si ella también intentaba escapar?
—Pero la Iniciación aún no se ha completado. —Duncan la miró, el cáliz en su mano apenas se había derramado—. Debéis entregaros a la corrupción por un bien mayor. No hay vuelta atrás.
Elsa pasó saliva; apenas podía oír su propia respiración. No había vuelta atrás. Este era el precio que debía pagar por todos sus pecados, el castigo que le impuso el Hacedor.
Cogió la copa plateada con manos temblorosas y se la llevó a los labios. El hedor que desprendía aquel liquido carmesí casi la hace vomitar, pero se obligó a beber. El fuego ardió en su tráquea y el cuerpo se le llenó de arañas carnívoras.
—A partir de este momento, Elsa, eres una Guarda Gris.
Intentó gritar, pero su voz se ahogó en la oscuridad mientras un estruendoso rugido de mil voces hacía eco en su alma.
—X—
Anna
Despertó al ser perturbada por los sonidos del metal chirriando entre sí.
Anna distinguió la luz del Sol que se filtraba por la tela oscura de la carpa azul, incitándola a levantarse. La resequedad en su garganta persistía como una astilla en el dedo, pero en comparación todo su cuerpo se sentía revitalizado y listo para un nuevo día. Pero ella solo quería quedarse allí tumbada, presa de su propia miseria.
Al parecer, su padre se fue mucho antes de que Anna despertase. Quiso alegrarse por eso, así no tendría que enfrentarlo otra vez. Sin embargo, un vacío en su estómago le forjó una mueca lastimosa en el rostro.
No supo cuánto tiempo se quedó ahí, mirando a la fría nada que le proporcionaba la tela de la tienda, pero fue interrumpida cuando alguien entró en ella.
—Veo que estás despierta.
Todos los temores de Anna se hicieron realidad al reconocer la voz de su primo. Apretó los puños, intentó reunir fuerza y con un suspiro decidió que era hora de enfrentar lo inevitable.
—Ugh. Siento que dormí una eternidad.
—Por favor, ¿mi primita durmiendo hasta el mediodía? Esa es señal de que el mundo vuelve a la normalidad.
Anna no pudo evitar la sonrisa que se extendió por sus labios. Era una pena que después de esto, Fergus la odiaría. Pero no había vuelta atrás.
—Supongo que ya sabes por qué estoy aquí y no en Pináculo.
—Tu padre solicitó una audiencia con el rey y ahí me enteré de lo que sucedió. No sé los detalles, pero no hace falta que me los cuentes. Debe ser difícil para ti.
Anna no podía entenderlo. ¿Por qué preocuparse por ella? Fergus debería odiarla con toda su alma, gritarle por qué no cuidó a su familia. En cambio, estaba aquí hablando con ella como un día cualquiera. Casi parecía como si no estuviera afectado. Pero Anna lo conocía muy bien y notó sus hombros caídos y la sequedad en sus ojos. Fergus estaba intentando ser fuerte por ella, pero le costaba tanto como a Anna.
—Lo siento tanto Fergus. Nunca podré compensarte por no haberlos protegido. Todo es mi culpa.
La Cousland saltó cuando un par de manos callosas tomaron la suya con suavidad.
—Nada de esto fue culpa tuya, Anna. Y no permitiré que te culpes a ti misma por los crímenes de ese bastardo.
—No lo entiendes. ¡De no ser por mí todavía estarían aquí!
—No pudiste prever las acciones de Howe…
—¡Pero fui yo quien le mostró a Hans los pasadizos del castillo!
Fergus se quedó callado pero su agarre se mantuvo, suave y seguro.
—Dime una cosa. ¿Sabías que Howe estaba planeando traicionarnos?
Las cejas de la pelirroja se contrajeron en confusión y negó con la cabeza.
—Creí que Rendon Howe era amigo de mi padre… o al menos un aliado confiable.
—Entonces ¿por qué insistes en culparte? Ni tú, ni yo, ni nadie sabía los planes de ese maldito y su desgraciado hijo. Hans era tu prometido, lo amabas ¿no es así? Solo eras una chica enamorada de su futuro marido. Ellos se aprovecharon de ti. Nos vieron la cara a todos y nos tragamos su discursito de amistad.
Anna pensó en las palabras de Fergus, pero no pudo encontrarles sentido. Sí, no sabía que Hans la iba a traicionar, pero aun así fue ella le mostró los pasadizos del castillo en contra de las ordenes de sus padres. Se suponía que solo la familia Cousland debía saber de la existencia de aquellos túneles.
—Sé que te costará mucho aceptarlo, pero por eso estoy aquí. No pienso dejarte sola en esto.
—Yo… no sé qué decir.
—Está bien. Sé que es difícil. Pero, si necesitas hablar, siempre estaré para ti. Debo irme ya. El Teyrn Loghain quiere que haga una expedición de reconocimiento en la Espesura y puede que regrese en tres días, si tengo suerte. Descansa prima.
—Suerte…
Anna suspiró y dejó que sus hombros cayesen en reposo. Se había quitado un enorme peso de encima. Pero, pese a las palabras de Fergus, el remordimiento seguía impregnado en su ser, como un aura de podredumbre que intentaba cazarla.
Volvió a suspirar.
No tenía sentido quedarse aquí lamentándose en su miseria. Quizás un poco de aire fresco era todo lo que necesitaba.
—X—
Elsa
Sus ojos se abrieron de golpe y una horrible sensación de miedo y terror se apoderó de su pecho. Parecía que su corazón quería desbordarse y salir corriendo, ocultarse de vuelta en la Torre. El sudor frío le recorrió la frente como una sanguijuela sedienta de sangre y su cuerpo se estremeció.
Elsa respiró hondo e intentó alejar el pánico. Nada bueno ocurría cuando un mago no lograba controlar sus emociones. Tras calmar su agitado palpitar, dejó escapar una leve corriente de escarcha para liberar un poco de la influencia mágica que el Velo ejercía sobre ella. Manos temblorosas sintieron el familiar cosquilleo de la magia correr a través de ellas.
Cerró los ojos y exhaló. Había pasado mucho tiempo desde que despertó con una sensación similar, años de hecho. Ahora sabía que aquellas pesadillas eran producidas por los demonios del Velo, intentando apoderarse de su cuerpo. Pero ésta se sintió muy diferente a las que solía tener de niña.
No podía recordar nada de lo que vio, pero el terror seguía ahí, latente y abrasador. Una llama oscura se apoderó de sus sentidos y no quería irse. Estaba segura de que había visto y sentido algo, lo escuchó en su mente con claridad, pero por más que intentaba recordar le era imposible. Pero de algo estaba segura: había maldad en aquello, y un aura más siniestra e imponente que la cualquier demonio que hubiese plagado sus pesadillas infantiles. Un canto fúnebre que amenazó con comérsela viva.
Solo entonces cayó en cuenta de en dónde se encontraba: dentro de una espaciosa tienda azul y gris. Sentada en un catre, observó que el Sol ya se filtraba a través de las aberturas. A su alrededor más catres se encontraban desocupados, todos arreglados de forma simétrica.
—Has despertado.
Elsa saltó y su corazón casi se detiene. Levantó la mirada hacia la voz desconocida y sus ojos enfocaron la silueta de una elfa con cabello de arena.
—Temíamos que nos superases el ritual. Muchos mueren al instante tras beber la pócima y otros sufren durante horas, su cuerpo quemándose por dentro hasta que mueren en agonía. Pero es reconfortante ver que nos equivocamos. Estuviste inconsciente por horas, pero al final te sobrepusiste a la Corrupción. Ahora eres una de nosotros. Bienvenida.
La elfa le sonrió y le extendió la mano. Elsa correspondió el gesto con aprehensión, su brazo tensándose ante el contacto.
—Soy Vehiranni. Tengo fe en que tu llegada a la Orden nos beneficie en nuestra lucha contra los engendros tenebrosos.
—Espero ser de ayuda.
—¿Cómo te sientes?
—Me duele la cabeza y la garganta.
—Es normal. A todos nos pasa. Es como tener tu primera resaca, pero se irá pasando poco a poco. El Comandante quería verte en cuanto despertases. Ahora mismo está en una reunión con el Rey, pero pronto debería estar aquí.
La maga asintió. La idea de ver a Duncan no le causaba mucha alegría. La imagen de Jory siendo atravesado por una daga roja seguía latente en su cabeza.
—Te dejaré descansar, sé que las pesadillas son… una experiencia abrumadora. ¡Ah, por cierto! Hemos dejado tu nueva armadura aquí —señaló una mesa al lado del catre—. No te preocupes, está diseñada especialmente para magos, así que es más túnica que armadura, solo espero que sea de tu talla, bueno, te dejo —Vehiranni se inclinó, dio media vuelta y se alejó.
Tras unos segundos, Elsa se levantó, su cuerpo resintiendo el no haber tenido un sueño pacifico. Miró la ropa que le habían dejado, después vio su propia túnica dorada, ahora apagada por la suciedad del lodo y de la sangre. Miró su túnica azul, ahora apagada por la suciedad del lodo y la sangre. Una mueca cruzó su rostro. Casi parecía una cruel analogía de la vida que le esperaba y la vida que perdió.
Bueno, no tenía sentido quejarse ahora. Asegurándose de tener privacidad, Elsa comenzó a cambiarse, sintiendo un hueco en el estómago mientras lo hacía. Los pantalones de cuero negro eran cómodos al igual que las botas, los guantes y la camisa de cota de malla, a pesar de que se sentía como hielo sobre su piel. Por encima de la cota, un gambesón azul tenía el propósito de proteger su cuerpo junto a una malla azul y gris que caía hasta los muslos. Por último, una capa azul se deslizó por hombros, un grifo plateado bordado en el centro.
Elsa se miró y suspiró. Sin duda, en otra vida, este conjunto se habría sentido como una segunda piel para ella. Pero en esta, solo podía sentir un pinchazo en la laringe. Prefería vestir su vieja túnica de maga que esta nueva armadura, pero debía dejarla atrás.
Salió de la tienda y fue recibida por el cegador brillo del Sol. Tuvo que cerrar los ojos y levantar la mano para cubrirse, pero fue un cambio bien recibido en contraste a la oscuridad en la que su mente se había encontrado tan solo minutos antes.
—¡Lo lograste! —exclamó Kristoff acercándose a ella con una gran sonrisa—. Sabía que lo conseguirías. Ser Guarda Gris no es tan difícil como parece, ¿sabes? Solo tienes que matar engendros tenebrosos y verte bien en azul… por, ya sabes, el uniforme azul. Je. Dime ¿cómo te sientes? ¿Has soñado? Yo tuve pesadillas terribles después de mi Iniciación.
Antes de que pudiese responder siquiera a una pregunta, Duncan apareció con un bastón en las manos.
—Los sueños llegarán cuando empieces a sentir a los engendros tenebrosos, como nos pasa a todos. Ésa y otras muchas cosas más quedarán explicadas en los próximos meses —explicó el comandante—. Vehiranni ya debe habértelo dicho, pero es deber del Guarda Comandante recibir a los iniciados. Bienvenida.
—Gracias —dijo con sequedad. No había nada más que pudiera decir.
—Dado que no cuentas con un bastón propio por el momento —dijo Duncan—, me tomé la libertad de conseguirte uno. Espero sea de utilidad.
—Os lo agradezco, Guarda Comandante —Elsa tomó el bastón con recelo. A diferencia del que dejo en la Torre, este parecía casi primitivo, feo incluso: un simple palo largo que culminaba en seis ramas sueltas. Al menos, el poder mágico que irradiaba indicó que era funcional.
—Eso me recuerda… —intervino Alistair—, hay una última parte en tu Iniciación. Tomamos un poco de sangre y la colocamos en un colgante. Algo que nos recuerda… a aquellos que no han llegado tan lejos.
El joven Guarda le dio un colgante con un pequeño óvalo de vidrio, lleno de la sangre negra de engendro tenebroso.
La maga lo cogió vacilante, mirándolo con y recelo. Irradiaba una leve capa de magia, era casi como si bailara al tacto. No pudo evitar sentirse culpable por ser la única en sobrevivir a la Iniciación.
Esa culpa rápidamente cambió a resentimiento. Resentimiento hacia Duncan. En un inicio, Elsa pensó que la había salvado de la muerte, pero solo la condujo a un destino lleno de sufrimiento. En ningún momento mencionó el peligro de la Iniciación. Se sentía usada, manipulada.
Si ella hubiese intentado escapar como lo hizo ser Jory, ¿Duncan habría dudado en matarla? Era irónico, tan solo el día de ayer se preguntaba qué hubiese pasado si el Guarda Comandante no hubiese aparecido para salvar su vida.
Pero… al final todo aquello era su penitencia, ¿no?
Además, aunque se lo hubiera dicho, ¿a dónde iría de todos modos? Su vida en el Círculo estaba terminada, y ahí solo le esperaba Aeonar, la muerte, o la Tranquilidad. Ser una Guarda Gris era todo lo que tenía ahora, y más le valía aceptarlo de una vez por todas.
—Espero que hayas podido descansar como es debido —dijo Duncan—. Los informes de nuestros exploradores indican que los engendros tenebrosos atacarán esta noche. Yo también lo creo. Necesitamos prepararnos para la inminente batalla. Come, entrena y relaciónate con tus compañeros, la comunicación es clave durante una escaramuza.
—Yo podría presentarte a todo el mundo —dijo Kristoff con jovialidad—. Ya verás que te van a agradar, todos son increíbles y una vez que los conoces se vuelven como una familia que te acobija sin chistar.
Elsa sabía que era inevitable conocer a sus nuevos compañeros, pero no le entusiasmaba la idea. En realidad, todo lo que quería en este momento era estar sola.
—Gracias, pero creo que necesito un tiempo para meditar. El sueño que tuve fue agotador.
—Tomate todo el tiempo que requieras —indicó el Comandante. Su voz hizo que incluso una sugerencia pareciese una orden—. Vas a necesitar toda tu fuerza y magia para esta noche. Por el momento me retiro, tengo asuntos que atender.
La platinada asintió.
—En ese caso —dijo Alistair—, te dejaré con tus pensamientos de maga y todo eso… No, espera. Olvida que dije eso.
—No hay problema —le aseguró Elsa.
—Eh… bien, de acuerdo. Me iré antes de que diga algo que me haga parecer aún más idiota. Estaré entrenando con los otros Guardas por si me necesitas.
El extemplario se alejó, tropezando con una roca en el proceso y maldiciendo su propia torpeza.
Sin saber qué hacer, la maga se pasó la capa entre los hombros, acomodó el broche debajo de su cuello, dio media vuelta y comenzó a caminar sin rumbo alguno, intentando asimilar su nuevo rol en este mundo.
Todavía quería que todo volviese a ser como antes; antes de que Duncan se presentase en la Torre con la lúgubre noticia de una Ruina en ciernes; antes de que Jowan se convirtiese en un maleficar; antes de que hiciese su Angustia; antes de aquel horrible accidente…
Sacudió la cabeza y volvió a cerrar todo, pero cada vez sentía más y más el peso de todo el pasado que ella tanto se esforzaba por olvidar. No importaba lo mucho que cerrarse las puertas, que siguiese avanzando sin mirar atrás, el lastre se acumulaba a su paso y se adhería a ella como una garrapata. Pero ¿qué otra opción tenía? Elsa no conocía otra salida.
Así que seguiría adelante como siempre, sin mirar atrás. Ahora tenía una nueva vida, sería mejor que comenzase a acostumbrarse a ella, aunque no sabía ni por dónde empezar.
Perdida en sus pensamientos, solo sintió el golpe seco de la otra persona y de la piedra blanquecina de Ostagar en su trasero.
—Lo siento, no estaba prestando atención. ¿Estás bien?
Elsa elevó la mirada y su corazón se detuvo. El enorme portón que tanto se esforzaba por mantener cerrado fue destruido en mil pedazos. Su pasado regresó a ella bajo la forma de una joven con grandes ojos aguamarina, y hebras cobrizas que brillaban bajo la intensa luminiscencia del Sol, un mechón blanco rebelde mirándola acusatoriamente.
—Anna…
