Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Stolen Touches" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 13

Edward

Tomo un sorbo de café mientras espero a que Enzo y Alec tomen asiento frente a mi mesa.

―Bogdan llamó esta mañana temprano.

―No creo que necesitemos más munición por el momento ―dice Enzo―. El último cargamento llegó hace dos semanas.

―No se trataba de los pedidos. Quería hacerme saber que había oído que Fitzgerald había pedido un montón de armas a Dushku.

―A la Bratva no le gustará eso ―dice Alec―. No después de lo que pasó hace cuatro años entre ellos y los irlandeses. Si Hale se entera que Dushku está vendiendo a los irlandeses aparte, no estará contento.

Me reclino en la silla, debatiendo si llamar a Hale.

―Lo más importante ahora es qué planean hacer los irlandeses con todas esas armas. Bogdan supone que no son para revenderlas.

― ¿Crees que se están preparando para atacarnos? ―pregunta Alec―. No tienen suficientes hombres para infligir un daño serio.

―Bueno, no quiero ningún tipo de daños, Alec ―digo y me vuelvo hacia Enzo―. Duplica la seguridad en todos los lugares. Quiero dos soldados adicionales con cada transporte. Diles a los hombres que esperen problemas. Deben informar inmediatamente de cualquier actividad sospechosa. Y que sigan a Fitzgerald. A su segundo al mando, Deegan, también.

―De acuerdo. ―Asiente.

― ¿Cómo vamos con la localización del segundo soplón?

―Está escondido. No ha habido ninguna filtración desde que nos ocupamos de Octavio.

Mi teléfono vibra sobre el escritorio con un mensaje entrante de Ada. Le he ordenado que me informe cada dos horas de lo que está haciendo Isabella. El mensaje dice que mi mujer está ahora mismo en el baño, intentando bañar al gato porque el muy idiota se ha pasado la noche durmiendo en la maceta.

― ¿Cuántas personas sabían dónde se estaba produciendo esa adquisición cuando apareció la DEA? ―pregunto mientras vuelvo a bajar el teléfono sobre el escritorio.

―Alrededor de veinte ―dice Enzo.

― ¿Y cuántos de ellos llevan con nosotros menos de dos años?

Se lo piensa un momento.

―Nueve. ¿Por qué?

―No estaban cuando dimos un escarmiento a la última persona que se chivó de nuestros asuntos. Si hubieran estado, acudir a las autoridades ni se les habría pasado por la cabeza ―digo―. Divide a esos nueve en dos grupos y envíalos a algún sitio. Haz saber que alguien de la Cosa Nostra se reunirá con Mendoza en persona, pero proporciona un lugar distinto para cada grupo. Luego, esperamos a ver dónde aparece la policía.

― ¿Qué haremos cuando atrapemos al soplón? ―Haremos una pequeña demostración ―digo yo.


Tenía previsto almorzar con Rocco y el encargado de la obra, pero se ha cancelado en el último momento, así que salgo de mi despacho del décimo piso y subo en ascensor hasta el ático. Le dije a Ada que preparara comida solo para Isabella hoy, pero suele hacer mucha más comida de la necesaria, y ya estoy agitado por no haberla visto desde ayer por la tarde. Cuando llego al comedor, encuentro la mesa puesta para uno, pero en lugar de comer allí.

Isabella está sentada en la barra del desayuno con el celular apoyado en una botella de agua, viendo un vídeo.

― ¿Le pasa algo a la mesa? ―le pregunto.

―No. ―Menea la cabeza y se mete un bocado de lasaña en la boca sin apartar los ojos del teléfono.

― ¿Entonces por qué almuerzas aquí?

―En casa siempre nos obligaban a comer en la mesa, incluso cuando comíamos solos. Tengo un trauma.

Saco un plato del armario, me dirijo a la mesa del comedor, cojo algo de comida de la bandeja y me siento en el taburete de enfrente de Isabella. Me mira, pero enseguida vuelve a centrar su atención en el teléfono. Por lo visto, vamos a ignorar lo que pasó anoche en el sofá.

―He encontrado un vídeo sobre cómo crear una organización benéfica. ―Señala el teléfono con el tenedor―. Me parece demasiada burocracia para mi gusto. ¿No hay nada más que pueda hacer?

―No tienes que hacer nada.

Baja el tenedor y me lanza una mirada exasperada.

―Ya te lo he dicho, no puedo estar aquí sentada todo el día.

―Si te hace sentir mejor, puedo llamar a algunos de mis hombres, para que puedas insertar agujas intravenosas y esas cosas.

―Ja, ja. ―Pone los ojos en blanco―. Lo digo en serio.

―Yo también.

Isabella parpadea, sacude la cabeza y murmura algo. No estoy segura al cien por cien, pero creo que acaba de llamarme loco de remate.

― ¿A qué velocidad tecleas? ―le pregunto.

― ¿En el teléfono?

―En el portátil.

―No lo sé. Nunca lo he cronometrado, pero diría que a una velocidad media. ¿Por qué?

―Es suficiente. ―Cojo la botella de agua. Ella coge el celular de su sitio.

― ¿Para qué?

―Si has terminado de comer, ve a ponerte algo más apropiado para hacer negocios. ―Señalo con la cabeza su camiseta amarilla, con el nombre de algún grupo de música estampado en la parte delantera―. Te vienes al despacho conmigo.

― ¿Qué voy a hacer en tu despacho? ¿Regar las plantas?

―Tienes veinte minutos o me voy sin ti.


Bella

Me enfundo un elegante vestido azul marino que no me pongo desde hace al menos dos años y miro mi reflejo en el espejo.

Edward no mencionó el fiasco del sofá. Me alegro. Por lo que a mí respecta, nunca ocurrió. Me tomo por sorpresa. ¿Qué mierda me pasa, apretando mi coño como un animal en celo contra la polla del hombre que destruyó mi vida? ¿Quién hace eso?

Si necesita sexo recreativo, que lo busque en otra parte, porque yo no se lo voy a dar. Ese... episodio fue algo aislado. Tengo que vivir aquí, pero eso es todo lo que haremos, cohabitar. Estoy segura que tiene una larga lista de mujeres, todas en fila y esperando ser citadas y folladas. Puede hacer lo que quiera. No me molesta en absoluto. Ni siquiera un poco. Probablemente sea alguna chica alta y sofisticada. Pueden hablar de arte y otras mierdas aristocráticas de las que no tengo ni idea. Tal vez la lleve a sus subastas. Le comprará baratijas millonarias.

Aprieto los dientes y me abrocho el cinturón blanco ancho que va con el vestido. Me da igual. Puede follarse a quien quiera. Tiro tanto del cinturón que casi me magullo las caderas.

―'Tienes veinte minutos, o me voy sin ti' ―murmuro, imitando el tono brusco de Edward cuando me dio la orden antes. Qué maniático del control. Si no me estuviera muriendo de aburrimiento, le habría dicho exactamente lo que pensaba de su oferta. Pero me he estado volviendo loca en este ridículo penthouse, y haré lo que sea por escapar, aunque solo sea por unas horas.

El vestido me queda un poco holgado por las caderas, pero me vale. Me recojo rápidamente el cabello en un moño bajo, me pongo mis tacones blancos y cojo mi bolso antes de salir corriendo de la habitación. No pueden haber pasado veinte minutos, pero cuando llego al salón, Edward ya se está marchando.

― ¡Espera, maldita sea!

Se vuelve y me mira acercarme, examinándome de pies a cabeza.

― ¿Lo aprueba su alteza? ―Hago un gesto con la mano a lo largo de mi traje.

―Lo apruebo ―dice y sale por la puerta principal, dejándome seguirlo.


Había supuesto que tenía una oficina en algún lugar del centro, pero cuando entramos en el ascensor, pulsa el botón para bajar dos plantas. Las puertas se abren y dejan ver un amplio vestíbulo decorado con mármol blanco y madera oscura. Frente a nosotros, pegado a la pared, hay un escritorio con un ordenador y varias pilas de carpetas. Una mujer sentada detrás se levanta de un salto al vernos salir del ascensor.

―Sr. Cullen. ―Asiente y se queda de pie, mirándome con ojos muy abiertos. Es bonita, de unos veinte años, e impecablemente vestida con un traje pantalón coral y una camisa blanca, tan perfectamente planchada que podría cortarse un dedo con la solapa.

A la izquierda hay un largo pasillo con varias puertas a cada lado, pero Edward se dirige en dirección contraria hacia la gran puerta de madera ornamentada, saludando con la cabeza a la mujer del mostrador de recepción al pasar. Me abre la puerta y entro en el despacho, dominado por un enorme escritorio de madera junto a unos impresionantes ventanales del suelo al techo. La pared de la derecha está totalmente compuesta por estanterías, mientras que en la otra hay un lujoso sofá de cuero y dos sillones a juego. Un cuadro de una puesta de sol cuelga de la pared sobre el sofá.

Edward rodea el escritorio para encender el portátil, luego se sienta en su sillón y me hace un gesto para que me acerque. Me aproximo al escritorio, con la intención de ocupar una de las dos sillas de invitados dispuestas ante él, pero niega con la cabeza.

―Ven aquí.

Levanto las cejas y rodeo el escritorio. Me agarra por la cintura y tira de mí para que me siente sobre su muslo derecho. Grito y lo miro sorprendida, pero él se limita a acercar la silla al escritorio sin dejar de sujetarme con el brazo y desliza el portátil frente a mí.

―Abre la aplicación de correo electrónico ―me dice.

Cojo el ratón y me inclino hacia delante para buscar entre decenas de iconos desperdigados por la pantalla el que abrirá su correo electrónico. El escritorio es un caos y no encaja en absoluto con la personalidad de Edward. Levanta su mano derecha de mi cintura y cubre la mía, moviendo el ratón hacia la esquina superior izquierda de la pantalla.

Hace clic en el icono del sobre para abrir la ventana de la bandeja de entrada.

―Empecemos por los correos electrónicos que han llegado hoy.

Me cuesta fingir indiferencia sentada en su regazo y con su brazo rodeándome por la cintura, pero, de algún modo, consigo mantener la calma y abro el primer correo sin leer de la lista.

―Es el papeleo de otro lote que pienso comprar ―dice junto a mi oído―. Reenvíaselo a mi abogado. Greg Atkinson. Dile que se asegure de comprobar que todo está limpio. No quiero que se repita la situación de febrero.

― ¿Qué pasó en febrero? —pregunto mientras tecleo.

―El hijo ilegítimo del anterior propietario apareció, reclamando la propiedad.

Termino el correo, lo envío y abro el siguiente.

―Supongo que no tienes un tío en Sudáfrica que necesita dinero para una operación de cerebro.

El brazo que me rodea la cintura se tensa.

―No ―dice, sus labios rozando ligeramente el lóbulo de mi oreja.

Necesito que deje de tocarme. Me está volviendo loca.

Entonces, ¿por qué no le dices que pare? Te diré por qué. Porque eres una hipócrita, Bella. Si te gusta, admítelo.

No lo admito, ni siquiera a mí misma. ¡Cállate! le digo a mi voz interior, marco el correo como spam y paso al siguiente.

―Ese es de mi banquero ―dice Edward.

―Reenvíaselo también a Greg. Dile que se asegure de leer el nuevo contrato y compruebe si han ofrecido mejores tasas de conversión, como pedimos. Si no lo han hecho, que les diga que cerraremos todas nuestras cuentas a finales de mes.

Mientras tecleo, echo un vistazo rápido a su mano izquierda enguantada, que descansa junto al portátil. Probablemente no pueda teclear con ella, o si puede, tarda una eternidad. ¿Cómo acabó en una situación en la que alguien le hizo añicos los dedos con un martillo? Dios, debió de doler una barbaridad.

Abro el siguiente correo electrónico y ojeo la lista de materiales de renovación y los precios que figuran junto a cada artículo.

― ¿Planeas redecorar?

No me parece un amante del bricolaje, pero ¿por qué si no iba a necesitar azulejos, pinturas y las demás cosas que aparecen ahí?

―No exactamente. ―Ladea la cabeza y su nariz acaba presionando mi cuello―. Diles que aceptaremos la misma cantidad que el mes pasado, excepto los azulejos blancos del metro. Necesito el triple y quiero un precio mejor. Incluye a Alec en la CC.

Dejo de teclear y me vuelvo hacia él, con los ojos muy abiertos.

― ¿Estás pidiendo medicamentos por correo electrónico? ¿Estás loco?

Edward me inclina suavemente la cabeza con un dedo bajo la barbilla. Los latidos de mi corazón se aceleran cuando sus ojos se centran en mis labios.

―Quizá ―dice, luego baja la mano y vuelve a concentrarse en el portátil―. Prosigamos.

Pasamos casi cuatro horas revisando sus correos electrónicos antes que aparte mis manos del teclado y cierre el portátil.

―Por hoy ya es suficiente.

Me levanto y recojo mi bolso del escritorio, intentando ignorar la sensación de pérdida por la ruptura del contacto.

―Bueno, volveré arriba ―digo.

―De acuerdo. ―Se echa hacia atrás en la silla―. Tengo que hacer unas llamadas, luego también subiré.

―Sí. Hasta luego. ―Salgo del despacho a toda prisa, como si alejarme de él pudiera ayudarme a reprimir las ganas locas de volver a saltar sobre su regazo y presionar mis labios contra los suyos. No puedo sacrificar mi integridad en aras de esta atracción enloquecedora. Quiero odiarlo, maldita sea, no imaginármelo follándome sin sentido cada noche.

Maldito infierno.


Después de un largo baño de burbujas, paso una hora ordenando mi vestuario, dejando a un lado la ropa de negocios apropiada. Si Edward decide que siga ayudando con sus correos electrónicos, tendré que ir de compras, porque mi pila de ropa adecuada para trabajar consiste en dos vestidos, cuatro blusas y un par de pantalones negros. No he tenido la oportunidad de llevar trajes o faldas en los últimos dos años, y la mayor parte de mi vestuario son vaqueros, pantalones cortos y camisetas informales. Hay algunos vestidos que me compré por capricho y me puse alguna vez cuando salí, pero tampoco son adecuados.

Vuelvo a guardar la ropa en el armario, expulso a Kurt de mi almohada, donde ha estado durmiendo durante la última hora, y me dirijo a la cocina para coger algo de comer. Con suerte, Edward ya habrá comido y no me lo encontraré. Sí, me estoy acobardando, pero es más fácil evitarlo que resistir la loca atracción que siento cada vez que está cerca. Lo que más me frustra es que él sabe exactamente cómo me afecta su proximidad. Lleva días jugando conmigo, todas esas miradas de 'quiero follarte' y esos tocamientos robados, seguidos de una fingida indiferencia. Y no estoy segura de las reglas de este juego.

Afortunadamente, la cocina está vacía, así que inspecciono el contenido de la nevera. Hay sobras del almuerzo, pero decido comer algo más ligero y cojo la caja de fresas del estante superior. Casi he terminado de lavarlas cuando siento a Edward detrás de mí. Ni siquiera tengo que girarme para saber que es él. Y no tiene nada que ver con el hecho a que seamos solo dos en el ático. Siento un hormigueo en la nuca cada vez que está cerca. La fuerte reacción de mi cuerpo ante él es desconcertante.

―Estas parecen dulces ―la voz aterciopelada de Edward resuena junto a mi oído―. ¿Me das una?

Respiro hondo y me doy la vuelta lentamente. Mis ojos se posan en la forma esculpida de su torso desnudo, a escasos centímetros de mi rostro, ya que solo lleva pants. Levanto la cabeza y lo sorprendo mirándome. Debe de haberse duchado, porque el olor a jabón corporal amaderado se adhiere a él. Tiene el cabello mojado y completamente revuelto, como si se hubiera pasado los dedos por él un par de veces y lo considerara peinado. Me cuesta creerlo, pero está aún más sexy así que vestido de traje y arreglado. Me aclaro la garganta y levanto el cuenco de fresas lavadas que hay entre nosotros.

Edward ladea la cabeza, me clava la mirada y parpadea lentamente. Se me acelera el corazón y apenas puedo reprimir un suspiro. Es ridículo que un acto tan insignificante pueda hacer que me tiemblen las rodillas. Mira el cuenco que tengo en las manos, da un paso adelante y me estrecha contra la encimera con los brazos. Aprieto los labios, cojo una fresa del cuenco y se la llevo a la boca. Sus ojos no se apartan de los míos mientras rodea la fresa con los labios y se mete las puntas de mis dedos en la boca.

—¿Cuáles son tus planes? —pregunto.

― ¿Mis planes?

―No voy a acostarme contigo, así que ya puedes dejar eso de seductor que tienes montado. Jugando conmigo, caminando sin camisa. No funcionará.

―Esta es mi casa, puedo hacer lo que me plazca. ―Se inclina hacia delante y agacha la cabeza―. Y si no va a funcionar, ¿importa si voy sin camiseta o no?

Sus ojos me recuerdan a los de un halcón, afilados y concentrados, con la presa en el punto de mira y preparándose para matar. Lo hace a propósito.

―No importa. ―Me encojo de hombros―. Me es absolutamente indiferente en lo que a ti respecta.

Una comisura de sus labios se curva un poco hacia arriba. Ni siquiera lo habría reconocido si no estuviera tan acostumbrada a verlo con una cara constantemente sombría.

―No veo la hora de tenerte en mi cama, Isabella―susurra, y un estremecimiento recorre mi cuerpo.

―Eso nunca ocurrirá. Ni siquiera me gustas. ―Le doy la espalda, dejo el cuenco de fresas sobre la encimera y me llevo una a la boca, fingiendo estar concentrada en el paisaje urbano que se ve a través de la ventana.

El cuerpo de Edward se inclina sobre el mío y su mano se acerca a mi cintura. Unos labios duros me presionan el lateral del cuello, luego los dientes, mordiendo ligeramente la piel sensible.

― ¿Estás segura que te soy indiferente, cara? ―susurra y vuelve a morderme el cuello.

Me agarro al borde de la encimera y cierro los ojos. Su boca está ahora en mi nuca, besándome y mordisqueándome. Tengo la jodida necesidad de apartarme de él, pero no consigo hacerlo.

―Estoy segura ―me ahogo y hago un esfuerzo por abrir los ojos. ―Pongamos a prueba tu convicción. ¿Vamos?

Desliza su mano por mi vientre hasta el interior de mis braguitas. Respiro hondo y me concentro en el recorrido de su mano. Me siento tan bien que casi me derrumbo.

Su mano baja hasta situarse entre mis piernas y presiona mi coño. Respiro y luego exhalo lentamente mientras sus dedos siguen acariciándome por encima de la tela empapada de mis bragas. Jesús. Vuelvo a cerrar los ojos, preguntándome dónde ha ido a parar mi compostura.

―Mentirosa ―me susurra al oído mientras atrapa suavemente el lóbulo de mi oreja entre sus dientes frontales―. Buenas noches, Isabella.

Con suavidad, retira su mano de mis bragas y, unos segundos después, oigo cómo sale de la cocina. Solo cuando estoy segura que se ha ido, abro los ojos y salgo disparada hacia mi habitación.