Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Stolen Touches" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo 14
Edward
Apoyo el hombro en la columna auxiliar que delimita la zona de la cocina y cruzo los brazos sobre el pecho, observando a Isabella mientras remueve lo que sea que esté cocinando en el fuego. ¿Por qué sigue intentándolo si lo quema todo o prende fuego a algo cada vez que intenta cocinar?
―Si no recuerdo mal, tienes prohibido acercarte a los fogones ―le digo.
Me lanza una mirada exasperada por encima del hombro y vuelve a remover.
―Kurt tiene diarrea. El artículo que leí decía que le diera de comer pollo hervido.
― ¿Por qué no le pediste a Ada que lo preparara?
―Soy capaz de hervir dos trozos de carne yo sola.
― ¿Hay algún problema médico que tu gato no tenga?
―Ha tenido una vida dura, Ed. El estrés puede conducir a muchos problemas médicos. Es obvio que fue intimidado.
― ¿Intimidado?
―Por supuesto. ¿No viste su cola?
―Sí. Y su ojo. Y la oreja. Y también le falta un poco de pelo en la espalda. Ese gato parece haber sobrevivido a una catástrofe nuclear.
Isabella toma un plato, saca de la olla dos trozos de carne - suficiente para alimentar al menos a cinco gatos- y los corta en pequeños dados. Cuando termina, sopla sobre la carne durante casi un minuto y deja el plato en el suelo, en un rincón. Mientras tanto, la olla sigue en el fuego con el quemador encendido. Sacudo la cabeza, me acerco y lo apago.
― ¿Por qué no estás en el trabajo? ―pregunta despreocupada mientras se lava las manos. Demasiado a la ligera. Parece que también vamos a ignorar lo que pasó anoche en la cocina. Me divierte su insistencia en que no hay atracción entre nosotros. Como si pensara que desaparecerá si fingimos que no existe.
―Necesitaba algo de aquí ―le digo.
No es mentira, porque necesito algo, mi dosis habitual de su presencia. No era capaz de esperar dos horas más a que bajara a trabajar en mis correos. Tenía que verla.
Ahora.
― ¿Y cómo va tu negro imperio estos días?
―Mejor que nunca ―le digo―. ¿Por qué?
Se encoge de hombros y salta a sentarse en el mostrador.
―Solo me preguntaba. ¿Por qué sigues traficando con drogas? Tienes un enorme negocio inmobiliario. ¿Por qué arriesgarse?
Tras echar un vistazo a los fogones para asegurarme que Isabella no ha dejado nada más en el fuego, atravieso la cocina a zancadas hasta situarme frente a ella. Pongo las manos a ambos lados y la aprisiono contra la encimera. Los rayos de sol procedentes de la ventana le dan directamente en el rostro, haciendo aún más visibles sus pecas.
― ¿Estás preocupada por mí, Isabella?
―Te disparan a menudo ―dice―. Quizá sería prudente diversificarse. Minimizar la exposición y todo eso.
Levanto la mano para colocarla bajo su barbilla e inclinar su cabeza hacia arriba.
―No has respondido a mi pregunta.
―No.
― ¿No? ―Me inclino hacia delante hasta que nuestros rostros quedan a un palmo de distancia.
Sus labios se estiran en una sonrisa de suficiencia.
Cómo le gusta ponerme a prueba. Deslizo la mano hacia abajo y rodeo su esbelto cuello con los dedos, el negro de mi guante de cuero contrasta con su piel lechosa y su castaño cabello.
―Dime, Isabella―susurro en su oído―. ¿No te preocupa que decida abandonar esta... seducción, como tú la llamas, y tomar lo que quiero?
Su respiración se acelera. Ojalá no llevara el guante, para poder sentir su pulso bajo mi piel. ¿Sería solo un poco más rápido de lo normal? ¿O sería errático?
―No. Eso no me da miedo ―dice, sus labios rozándome el lóbulo de la oreja―. Como todo depredador que se precie, te deleitas con la emoción de la caza. Pero debes saber una cosa, Edward. Esta presa no caerá en tus garras voluntariamente. Jamás.
Cierro los ojos e inhalo su aroma.
―No deberías haber dicho eso, cara. ―Inclino la cabeza hacia un lado y aprieto los labios sobre la suave piel de su cuello―. No deberías haberlo dicho.
― ¿Por qué?
―Porque esa declaración, Isabella... es el sueño húmedo de cualquier depredador ―le susurro al oído, luego suelto su cuello y me giro para marcharme―. Te espero en la oficina dentro de dos horas.
