Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Stolen Touches" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo 15
Edward
Atormentar a Isabella ha sido tan satisfactorio como frustrante. Aunque disfruto jugando con ella y preguntándome cuándo sucumbirá finalmente, todo el esfuerzo se me ha vuelto en contra porque no puedo quitármela de la cabeza. No dejo que nada se interponga en el camino de mis negocios, pero últimamente pienso más en Isabella que en las inversiones y los problemas que deberían preocuparme.
Hace una semana que le pedí que me acompañara a la oficina, y desde entonces viene todas las tardes. Ha insistido en coger una de las sillas para sentarse mientras contestaba a los correos electrónicos. Le he dicho que no. Intentó discutir, pero como no lo consiguió, cedió y ahora se sienta automáticamente en mi regazo nada más cruzar la puerta. Como ahora.
La observo mientras se acerca, con una expresión perfectamente neutra en su rostro. Baja su culo alegre hasta mi muslo y acerca el portátil.
―Otro contrato ―dice―. ¿Algún comentario al respecto, o se lo reenvío a Greg?
―Reenvíalo.
Isabella asiente, envía el correo y abre el siguiente. ―Una escuela local pide una donación. ¿Qué le digo?
―Ignóralo.
Gira la cabeza y me mira por encima del hombro.
―Estás forrado.
― ¿Y?
―Que puedes permitirte una pequeña donación.
―Puedo. Pero no veo por qué debería empezar a regalar dinero. ―Dejo que mi mirada descienda de sus ojos a su pecho. Lleva una blusa de seda blanca. Los dos primeros botones están desabrochados y, bajo el brillo, el fantasma de un sujetador rosa pálido se burla de mí.
― ¿Porque quieres ser mejor persona?
―No necesito ser mejor persona, Isabella. Estoy bastante satisfecho con lo que soy.
― ¿Y qué es?
Aparto los ojos de su escote y me fijo en su rostro. Hoy lleva el cabello suelto. Aparto los mechones castaños para revelar la delicada piel de su cuello.
―Sencillamente malo.
Aprieto con más fuerza su cintura, disfrutando cómo se tensa. Para inquietarla aún más, le planto un ligero beso en la nuca, rozando con mis labios su suave piel. Lo que dije aquel día en la cocina iba en serio. Aún no lo sabe, pero pronto acabará en mi cama―. Diles que recibirán portátiles para los alumnos de alto rendimiento, pero que enviaré a alguien para asegurarme que la tecnología acaba realmente en manos de esos alumnos. Si descubro que un solo artículo se está utilizando en otro sitio, no volverán a ver un céntimo mío nunca más.
Asiente y empieza a teclear, pero le tiemblan ligeramente los dedos. Vuelvo a besar su cuello, esta vez un poco más arriba, debajo de la oreja, y disfruto de su estremecimiento.
―Me estás distrayendo, Edward.
―Tienes que concentrarte más ―le digo, y muevo la mano derecha por su muslo hasta llegar al dobladillo de la falda―. Vamos a practicar.
Isabella abre la boca para decir algo, pero cuando mi mano se desliza entre sus piernas y aprieta contra su vientre, jadea. Rozo con
la punta de los dedos el material de encaje y vuelvo a presionar ligeramente.
― ¿Qué haces? ―susurra.
―Ayudándote.
― ¿Con qué?
―Trabajando en tu concentración. ―Hago a un lado sus bragas, noto su humedad y froto suavemente su clítoris con movimientos circulares, aumentando la presión en los momentos justos.
Isabella no se mueve durante un rato. Se queda quieta en mi regazo, respira hondo y vuelve a poner las manos sobre el teclado. La observo respirar de nuevo, pulsar Intro y reanudar su chasquido silencioso contra las teclas.
Es bastante rápida. Mucho más rápida de lo que esperaba. Y por primera vez desde que recuerdo, estoy al día con mi correspondencia. Puedo teclear, pero con una sola mano, es mero picoteo, y me lleva demasiado tiempo. Suelo centrarme solo en los asuntos más urgentes y ocuparme del resto por teléfono. Una vez intenté escribir con la mano derecha y la izquierda, pero el resultado fue un desastre. Tardé más en corregir los errores que en teclear con una sola mano.
― ¿Qué quieres que haga con esos documentos que envió Greg? ―El tono de Isabella es uniforme cuando pregunta, pero detecto un ligero temblor en su voz. Se esfuerza por fingir indiferencia y fingir que mis dedos exploradores no la afectan lo más mínimo.
Hundo la nariz en su cabello e inhalo.
―Déjalo. Los comprobaré mañana ―digo pasándole el pulgar por el clítoris.
Un gemido sale de los labios de Isabella.
―Por favor, para.
― ¿Por qué? ―Rozo con la punta del dedo los labios húmedos de su coño―. ¿No te gusta?
Se gira en mi regazo y se muerde el labio inferior.
―No me gusta.
―Está bien. ―Empiezo a apartar la mano, pero sus piernas se cierran y me aprisionan. La mezcla de rabia y confusión en su cara no tiene precio. Me pregunto si es consciente que su ira está mal dirigida. No está enfadada conmigo. Está furiosa consigo misma porque está disfrutando con esto. Sus ojos bajan y se posan en mis labios.
Apenas suelta mi mano, la deslizo dentro de sus bragas y vuelvo a provocarla. Un grito ahogado sale de sus labios cuando deslizo un dedo en su interior. Abre las piernas y su respiración se acelera. Su cálido aliento acaricia mi rostro mientras deslizo el dedo dentro y fuera. Un pequeño maullido sale de su boca y mi polla se hincha al oírlo.
―Estoy deseando follarte hasta dejarte sin sentido, cara ―le digo mirándola a los ojos.
―Sigue soñando ―se atraganta, y luego gime cuando añado otro dedo.
―Ya lo hago. Me imagino introduciéndome dentro de ti, destrozando tu dulce coño cada puta noche. ―Introduzco los dedos hasta el fondo, disfrutando de sus jadeos erráticos―. Pero solo acabo frustrado porque eres muy cabezota.
―No me gustas ―dice entre dientes.
― ¿No? Pues parece que a tu coño le gusta bastante mi mano. Pero quizá me equivoque. ―Saco los dedos y levanto la mano de su coño.
Isabella me mira con los dientes apretados y los ojos muy abiertos. Parece a punto de estallar.
Alguien llama a la puerta. Isabella aparta rápidamente la cabeza y vuelve a mirar la pantalla del portátil.
―Adelante ―digo y saco la mano de debajo de su falda.
Enzo entra, pero vacila al ver a Isabella sentada en mi regazo. Le hago un gesto para que se acerque y toma una silla en el lado opuesto del escritorio.
―Tenemos novedades sobre el chivato ―dice―. La filtración de la información funcionó.
― ¿Sabes quién es?
―No. Pero estaba en el grupo de cinco hombres.
― ¿Sus teléfonos están limpios? ―pregunto.
―Sí. No hay forma de descubrir quién fue a menos que alguien confiese.
―Lleva a los cinco al viejo piso franco y enciérralos en una habitación vigilada por vídeo. Todos juntos. Sin guardias dentro. Sin comida ni agua. ―Me reclino en la silla, tirando de Isabella conmigo―. Pero antes de hacer eso, coge al que menos probabilidades tenga de ser el chivato y cuéntale lo que está pasando. Que sepa que, si nadie confiesa por la mañana, los cinco estarán muertos en una zanja.
El cuerpo de Isabella se tensa. Tal vez no debería hablar de esas cosas delante de ella.
―Continuaremos mañana, Isabella.
Mira a Enzo y luego a mí antes de levantarse y salir del despacho, y no puedo evitar fijarme en lo pálida que tiene su rostro. Cuando cierra la puerta, me vuelvo hacia Enzo.
―Al menos uno de ellos debe de haber visto a la rata usando el teléfono equivocado o actuando de forma extraña, pero necesitarán un incentivo para acordarse. Pon a dos de tus hombres a vigilar la transmisión. Veamos si empiezan a acusarse entre ellos. El culpable podría salir a la superficie.
― ¿Y si no lo hace?
―Como dije, mátalos a los cinco. No habrá ratas en este barco. ―Considéralo hecho.
―Háblame de Fitzgerald. ¿Alguna novedad?
Enzo me está informando sobre el paradero de Fitzgerald cuando el teléfono de mi mesa suena con fuerza. Echo un vistazo al identificador de llamadas y veo que es la oficina de seguridad de abajo. Por un momento me planteo ignorarlo, pero luego decido contestar la llamada.
―Sr. Cullen, quería informarle que su mujer acaba de abandonar el edificio.
― ¿Qué? ―Me levanto de la silla―. ¿Sola? ―Sí. Yo... ¿debería haberla detenido?
Aprieto el auricular en la mano. ― ¿Sigue abajo?
―No, ha llamado a un taxi y se ha ido.
―Si sigues ahí cuando baje, te pegaré un tiro en la cabeza, Steven.
Cojo el móvil y las llaves del coche de la mesa y me dirijo a la puerta.
― ¿Jefe? ―llama Enzo, corriendo detrás de mí―. ¿Qué ha pasado?
Me meto en el ascensor con Enzo pisándome los talones y llamo a Isabella.
― ¿Sí?
― ¿Dónde coño te has ido sin un equipo de seguridad? ―grito.
―Dijiste que tenías trabajo que hacer. Voy a casa de Lauren a tomar un café. Estaré en casa en dos horas.
―Dile al conductor que dé la vuelta y regrese a por tus guardaespaldas. ¡Ahora, Isabella!
―No voy a llevar a cuatro guardaespaldas a la pequeña casa de mi amiga. El taxi me dejará delante del edificio de Lauren y volveré directamente después.
Aprieto el botón del garaje.
― ¡Dile al conductor que haga ese maldito cambio de sentido!
―No me grites, Edward. No voy a ningún sitio arriesgado, y volveré pronto. Si crees que la próxima vez debería llevar seguridad, podemos discutirlo más tarde y encontrar algún tipo de compromiso.
Oh, yo le daré un compromiso.
― ¿La dirección?
― ¿Por qué?
―Voy a buscarte. No salgas del taxi hasta que yo esté allí.
―Deja de exagerar. Hablaremos cuando vuelva. ―Corta la llamada. Vuelvo a marcar su número, pero la llamada va directamente a su buzón de voz.
Me ha colgado. Nadie me cuelga, joder. Cierro los ojos, respiro hondo y me dirijo al coche.
― ¿Jefe? ―Enzo habla detrás de mí.
― ¡Búscame la dirección de Lauren algo! ―Entro en mi vehículo, dejando la puerta abierta mientras continúo con la conversación―. Trabaja en el St. Mary como enfermera.
―La tendré en cinco minutos ―dice y se me queda mirando―. Jefe, ¿te encuentras bien?
Pongo la llave en el contacto.
― ¿Por qué no iba a estarlo?
―Has estado gritando todo el camino. Tú nunca gritas. ―Me señala las manos en el volante―. Y te tiemblan las manos.
Claro que me tiemblan las manos, estoy tan lleno de rabia que parece que voy a explotar, y no tengo ni idea de cómo procesar esa mierda.
―Búscame esa dirección. Ahora. ―Cierro la puerta de golpe, arranco el coche y piso el acelerador.
Ignoro el semáforo en rojo mientras salgo del garaje, pisando con más fuerza el acelerador. Mi forma de actuar es completamente irracional, pero me importa una mierda. No soporto la idea de no saber dónde está. Me corroe por dentro, como a una rata enjaulada. Agarro el volante con todas mis fuerzas y respiro hondo, intentando calmarme. No lo consigo. ¡¿Dónde coño está?!
― ¿Qué demonios ha pasado? ―Lauren me salta con preguntas antes incluso de estar dentro de su apartamento―. ¿Por qué has dimitido? ¿Dónde has estado las últimas semanas? Fui a tu casa dos veces. Pensé que te habían secuestrado.
―Lo siento, no quería hablar de ello por teléfono. Es una larga historia. ―Me tumbo en el sofá y, recostándome en los mullidos cojines, cierro los ojos. He echado de menos esto. El mundo ordinario. Una vida normal. Pasé quince minutos frente al edificio, respirando hondo para poder calmarme lo suficiente como para subir.
Cuando salí del despacho de Edward, me pareció que las paredes se me cerraban de repente y no podía respirar. No podía obligarme a subir al penthouse. Tenía que salir e ir a algún sitio, a cualquier sitio menos allí, así que llamé a Lauren. Supongo que pasar cuatro años intentando evitar todo lo relacionado con la Cosa Nostra me ha ablandado. He olvidado cómo se manejan muchos problemas. Matar a cinco hombres, cuatro de ellos inocentes, es normal en nuestro mundo.
― ¡Habla! ―dice Lauren y se sienta en el sofá a mi lado.
― ¿Recuerdas al tipo misterioso?
―Sí.
―Bueno, nos gustamos ―digo, consciente de lo completamente estúpida que sonará el resto de la explicación―. Y decidí seguir su consejo.
― ¿Qué? ¿Te casaste con el tipo? ―Me mira fijamente―. ¡Pero si lo conoces desde hace un mes!
―Realmente nos gustamos. ―Me encojo de hombros.
―Vaya, Bella. Es una locura.
Sí. Ella no sabe ni la mitad.
―Entonces, ¿has estado con él todo este tiempo? ¿Quién es él? ¿Por eso renunciaste? Yo... vaya. Todavía no puedo creerlo. Nunca pareciste una persona impulsiva.
―Me di cuenta que mi vida se había vuelto demasiado aburrida, y que debería... ya sabes, animarla un poco.
Lauren se ríe y sacude la cabeza.
―Oh, definitivamente le pusiste picante, nena. ¿Supiste al menos su nombre antes de casarte con él?
―Sí. Es Edward.
―Genial. No puedo esperar a decírselo a las chicas del trabajo.
Un fuerte golpe resuena en la puerta principal, abriéndose de golpe, dejando ver a Edward de pie en el umbral. Tiene los labios apretados en una fina y pálida línea, y la oscuridad de sus ojos muestra que está muy cabreado. Es como si de sus pupilas salieran pequeñas dagas dirigidas a mí. ¿Cómo demonios me ha encontrado tan rápido?
―Isabella―dice con forzada calma.
Pero lo veo en su rostro. Está dispuesto a arrastrarme de vuelta, por los pelos si hace falta. Suelto un suspiro. No debería haberme ido sin seguridad, pero estaba flipando. Ahora estamos aquí, y va a montar una escena.
―Tengo que irme, cariño ―le digo a Lauren y me levanto del sofá―. Solo quería pasarme a saludar, pero te llamaré e iremos a tomar un café una tarde. ¿Trato hecho?
Mira a Edward, que proyecta una larga sombra en el suelo del apartamento de Lauren, y de nuevo a mí.
― ¿Va todo bien? Puedes quedarte aquí si quieres.
―Todo va bien. ―Me inclino para besarla en la mejilla―. Te llamaré la semana que viene.
Camino hacia la puerta y levanto la barbilla para encontrarme con la mirada de mi marido. Él sigue esperando para abalanzarse como un león teniendo a su presa a su alcance, pero yo no me echo atrás.
―Más tarde ―le digo en voz baja.
No dice nada, solo me coge de la mano y me lleva hacia el ascensor.
Cuando entramos en la cabina, apoya los antebrazos en el volante y se queda mirando a lo lejos. Con los dos mirando al frente, guardamos un silencio amenazador durante al menos cinco minutos antes que finalmente lo rompa.
―Nunca vuelvas a hacer eso ―dice y golpea el volante con la palma de la mano―. Nunca, Isabella.
Me reclino en el asiento y cierro los ojos.
―Me asusté, Ed. Tenía que salir de aquel edificio.
Unos dedos fuertes me envuelven la nuca y abro los ojos para encontrarme con la cara de Edward a escasos centímetros de la mía.
― ¿Por qué? ―pregunta entre dientes y me aprieta ligeramente el cuello.
―Oír a alguien afirmar que está dispuesto a ejecutar a cinco personas como si hablara de tirar fruta demasiado madura, bueno, eso puede preocupar a una persona. Supongo que puedes entenderlo un poco.
―Tú sabes muy bien cómo funcionan las cosas en la Familia, Isabella.
―Sí. Por eso me fui. O lo intenté, al menos.
Maldice y luego aprieta su boca contra la mía en un beso duro y furioso. Jadeo, sorprendida y confusa.
―Nunca más. Repito ―dice contra mis labios y vuelve a apretarme la nuca―. ¿Entendido?
―De acuerdo. ―Asiento.
Me mira con los ojos entrecerrados y me pregunto si va a volver a besarme. Pero se limita a asentir, después suelta mi cuello y arranca el motor.
NOTA:
Aqui estan los capitulos de hoy, espero les gusten
