Capítulo 2: En las buenas y en las malas
Ryomen luchaba en contra de una fuerza invisible. El viento y la lluvia lo impulsaban hacia adelante, su voluntad lo hacía dar un paso tras otro. Pero algo tiraba de él hacia atrás, hacia el maldito mocoso.
Su vista se nubló, como una advertencia de lo que pasaría definitivamente si seguía alejándose.
Se apagaría por siempre.
Los pies se le enredaron y cayó en el lodo. Salió arrastrándose del charco, desorientado. La bufanda se le enredó en la muñeca y él tironeó hasta deshacerse de ella. Para cuando se dio cuenta, había enfilado en la dirección equivocada. Iba de regreso hacia el muchacho.
Se obligó a dar media vuelta y continuar, sin embargo, volvió a topar con esa pared brumosa que lo hizo hincar las rodillas.
Algo estaba mal.
Ryomen se miró las manos. Sintió el poder escurrir fuera de sus dedos, como arrastrado por la lluvia. No recordaba bien lo que era morir, porque realmente nunca murió, pero posiblemente fuera esto.
Miró sobre su hombro. Lo embargó la certeza de que en esa dirección yacía el muchacho. Lo embargó, así mismo, la necesidad de ir hacia él.
Todavía se encontraban unidos. Eso era lo que estaba mal. Se habían separado en dos cuerpos distintos, sin embargo, seguían compartiendo la energía maldita y ésta se había estirado en una línea imposiblemente delgada a medida que Ryomen se había alejado. Si seguía avanzando, quizá la línea se rompería. Aunque ésa era una hipótesis inservible, pues no podía ponerla a prueba. No podía alejarse más. En un cierto punto, la bruma lo envolvía y la traicionera desorientación lo orientaba hacia el muchacho. Lo comprobó una y otra vez, hasta que se cansó de caer en el lodo.
Regresó al arroyo, que ahora corría lleno de agua turbia. El mocoso estaba tirado allí cerca, inconsciente. En cuanto Ryomen se inclinó sobre él, el chico despertó. La energía maldita de ambos se avivó, corrió en una dirección y en otra.
Unidos. Juntos en las buenas y en las malas. Y éstas eran malas, por supuesto.
El maldito mocoso estaba sonriendo. Era una mueca desafiante.
Le dio pelea de nuevo, algo que a Ryomen no le sorprendió, a pesar de los pesares. Bloqueó sus golpes y le hizo un gran corte a lo largo del pecho, una burla de la cicatriz que el chico tenía en la cara, exactamente en el mismo ángulo.
"Que se desangre", pensó Ryomen. "Que muera y me deje libre."
¿No era lo que decían? Hasta que la muerte nos separe. Y al chico sólo le hacía falta el último empujón para cruzar la línea.
El muchacho cayó de rodillas, agarrándose el pecho. La sangre le brotó por entre los dedos, por debajo del brazo. Su uniforme era una ruina. Su cuerpo también.
—No vas… a… ganar —pronunció el chico. Llegó tan lejos como ponerse de pie y dar un paso hacia él.
Ryomen no pudo evitar sonreír. Al menos tenía que concederle crédito por ser tan testarudo. Estaba a punto de perder y aun así se empeñaba en dar lo último de su fuerza. Si las circunstancias hubieran sido otras, hubiera disfrutado más su pelea. El muchacho tenía potencial.
El mocoso estuvo a punto de caer otra vez, pero, de alguna manera, se sostuvo.
Mucho potencial…
Ryomen ladeó la cabeza. ¿El chico siempre había sido así? ¿O era que, por primera vez, él se lo reconocía en palabras? No estaba seguro. Su mente y sus recuerdos estaban un poco emborronados. Suponía que era parte del fastidioso acto de encarnar luego de siglos de letargo intermitente.
Estudió al chico con atención. Notó la expresión férrea en su rostro, la desesperación con la que luchaba por mantenerse en pie y la energía maldita que trataba de conjurar, fallidamente, en un puño. Y debajo de todo eso había algo que no se dejaba definir con palabras.
En cuanto había tenido cuerpo propio otra vez, Ryomen había dejado de darle importancia al mocoso que siempre consideró un simple recipiente. Ahora que las circunstancias lo habían obligado a volver, lo estaban también forzando a echarle una buena mirada.
El muchacho dio otro paso. La energía maldita en su puño, si bien despreciable, logró concentrarse un poco.
¿El chico siempre había sido así? Quizá sí tenía algo de especial, más allá de ser el recipiente perfecto, pero Ryomen lo sospechó solamente al mirarlo desde fuera.
Escuchó la voz de alguien que ya no existía.
¿De qué te sirven tantos ojos…?
Incrédulo, Ryomen se dio vuelta. Miró en todas direcciones.
No había nadie allí. Nadie había hablado.
"Fue mi imaginación", pensó. Y tenía que serlo. Otra de las secuelas de encarnar.
Justo entonces, el muchacho se lanzó sobre él. Toda su energía estaba en ese puñetazo y Ryomen lo esquivó con facilidad. Lo que no vio venir fue la patada que lo sacó de balance. El chico se aferró a su kimono y logró tirarlo al suelo. Rodaron por el lodo.
Supuso que en realidad le había perdonado la vida por el potencial que tenía, no por capricho. O quizá la piedad fue un capricho del momento, pero no dejaba de ser piedad. Podía ser un rey misericordioso cuando le venía en gana, que no se dijera de él lo contrario.
Lanzó al chico contra el tronco de un árbol. Las manos le quedaron pegajosas con su sangre, pero la lluvia empezó pronto a lavarlas.
Aunque lo intentó, el muchacho ya no se levantó. Ni siquiera le quedaba fuerza para proferir amenazas sin fundamento, sin embargo, éstas se leían en los bordes de sus labios, en la cicatriz junto a su boca. Su vida y su energía maldita se fueron apagando, igual a una vela que se consume hasta la base. Ryomen sintió que tiraba de él, que lo asía, que se aferraba a la energía que compartían o al canal que los conectaba. Aunque el chico ya no se moviera, luchaba desesperadamente por mantenerse vivo. De pronto, un tirón muy fuerte hizo caer a Ryomen.
"No otra vez, maldita sea."
Estaba en la bruma. Y esta vez estaba seguro de lo que sentía llamar a la puerta: era la muerte.
Si el muchacho moría, ¿lo arrastraría consigo? Hubiera sido un fastidio pasar por todo aquel circo para al final morir y que todos sus fragmentos fuesen destruidos. No obstante, nada le aseguraba que la muerte del mocoso acarrearía su propia aniquilación. Tenía que aguantar y ver qué pasaba, aunque se le nublara la vista, aunque sintiera el fango frío sobre su mejilla. Tenía que deshacerse de ese lastre estorboso.
¿De qué te sirven tantos ojos, Ryomen Sukuna, si no vas a ver lo que tienes justo enfrente?
Escuchó esa voz dentro de su cabeza y fuera de ella. La escuchó justo allí y como un eco que venía desde muchos kilómetros de distancia. Sintió un tirón en el cabello, breve, apenas como un pellizco, y unos dedos que ya no existían delinearon su mandíbula.
Escuchó o recordó la voz diciendo:
Anda, déjate de dramas. ¿No tienes que ir a quemar alguna aldea? La gente ya debe echar eso de menos.
Estaba soñando.
Ryomen volvió en sí. La lluvia casi había parado y él tenía la palma de su mano apoyada sobre la herida cerrada en el pecho de Itadori Yuji. Lo había curado sin darse cuenta, lo había regenerado tal como haría con cualquier parte de su propio cuerpo. Sólo le había bastado tocarlo. Y en el contacto entre sus pieles Ryomen percibió algo más —una memoria triste o un presagio feliz. Retiró la mano de golpe.
No estaba asustado. Pero tampoco estaba simplemente furioso.
El chico, aunque con las heridas cerradas, seguía inconsciente. Ryomen lo dejó allí.
Se marchó a paso rápido, lejos, más lejos… hasta que su conexión con el muchacho lo hizo caer. Pero había tenido que comprobarlo por enésima vez, ¿o no? No se hubiera quedado tranquilo hasta tener la certeza absoluta. ¿Y cuál era esa certeza? Que no podía separarse del chico y tampoco matarlo.
Por si fuera poco, la voz del pasado lo perseguía. Las memorias iban cayendo en su lugar y Ryomen iba reconstruyendo lo que pasó no sólo a lo largo de los siglos en que estuvo fragmentado, sino en el breve y curioso periodo de tiempo en que reinó y se ganó su fama. Había sido un ser humano, nunca común ni corriente, pero un ser humano al final del día. Había tenido una vida. Había formado memorias que el tiempo empolvó y cubrió de telarañas. Había amado…
Regresó hasta el muchacho y, con un puño furioso, lo agarró por la capucha del uniforme y lo arrastró. Sólo así pudo seguir avanzando indefinidamente, por ese camino y por todos los que deseó tomar.
Buscó un lugar donde refugiarse del frío y encadenó al chico. Al menos mientras resolvía esto, necesitaría mantenerlo quieto.
Y necesitaba un fuego, maldita sea. Estaba helando.
