Capítulo 3: Una casa estilo occidental

Yuji abrió los ojos. Ante él había un piso de cerámica que se extendía desde allí hasta el infinito.

Parpadeó.

No, no se trataba del infinito. Sólo era un pasillo, la sala y la cocina. La luz de esta última estaba encendida. Era un lugar enorme, de estilo occidental, con grandes sofás grises en la sala. Los cojines lucían tan duros que no daban ganas de acercarse a ellos, mucho menos sentarse. Había una revista Vogue tirada en el suelo y un calendario con los meses en inglés. La mayoría de los muebles eran occidentales. En vez de tatamis sólo había una alfombra larga como la lengua de un demonio.

Todavía un tanto confuso y desorientado, pensó: ¿qué gente americana tan obtusa venía a Japón y se empeñaba en arrastrar sus costumbres y sus muebles con ellos? Sacudió la cabeza, para espabilarse, y alzó medio cuerpo. Obtusos o no, esperaba que los dueños de la casa estuviesen ocupados en América, sin intenciones de visitar Japón por esas fechas. El lugar lucía recogido, como si hubiesen limpiado y dejado todo para no volver en meses. Era una casa de verano y sus dueños estaban a salvo. Tenía que ser así. Por favor, que fuera así. Yuji repasó el sitio con los ojos una veintena de veces, buscando manchas de sangre o cosas rotas. La vida le concedió la pequeña misericordia de que todo estuviese en orden. Aparentemente, nadie había muerto allí. Gracias por las diminutas victorias.

Al final del pasillo había un reloj de aspecto ostentoso que marcaba cada segundo con un tic.

Yuji apoyó la espalda contra la columna a la cual estaba encadenado. Los eslabones tenían el rastro de la energía maldita de Sukuna. La columna también había sido reforzada con energía maldita. En uno de sus mejores días, Yuji se hubiera liberado sin esfuerzo. Hoy no era, ni por asomo, uno de sus mejores días.

No entendía cómo las cosas salieron tan mal tan rápido.

¿Y cómo había sobrevivido?

Se miró el pecho a través del desgarrón de su ropa. La herida había desaparecido.

Habría jurado que entrevió sus costillas o sus pulmones. En ese momento pensó que su destino ineludible era acabar con la mitad de los órganos fuera del cuerpo, muerto en un bosquecito anónimo. Entonces había sentido algo meterse por sus venas. Algo… cálido, podría decirse. Le recordó a aquella vez en la correccional, cuando Sukuna le regeneró la mano.

No tenía ningún sentido. ¿Sukuna lo había curado? ¿Era esto algún juego enfermo?

El Rey de las Maldiciones estaba dentro de la casa. Yuji podía sentirlo, no como se percibe la energía maldita, sino como se percibe la posición del propio cuerpo. A pesar de que había muros de por medio, sabía dónde estaba. Seis o siete metros en línea recta los separaban. Sukuna no se movía.

¿Qué diablos hacía ahora?

ooo

Ryomen no sabía qué hacer, lo cual era enfadoso, por decir lo menos.

Estaba sentado en la habitación a oscuras, completamente quieto, y ya se había hartado de tantear y explorar la conexión que lo unía al mocoso. En la superficie, su vínculo era inestable y a ratos cambiante, pero poseía un núcleo de naturaleza indestructible. Ryomen no había podido deshacer esa hebra que los conectaba. Ni siquiera parecía una hebra, pensándolo bien. Era una trenza, compuesta de varias partes que se enredaban y se aferraban unas a otras.

Y él, que podía partir cualquier cosa y rebanar a cualquier enemigo, fue incapaz de cortar esa conexión. De hecho, entre más tanteaba ese vínculo y la energía maldita que circulaba por él, más temía lo obvio: si el mocoso moría, también él moriría.

Se miró las manos. Procedían del chico, ¿o no? Cada parte del cuerpo que poseía ahora se había desprendido del muchacho, por lo que era natural que dependiera de él en cierto grado.

Se preguntó si el maldito frío también era culpa de él y no le costó trabajo achacarle esa injuria.

Enfadado, se puso de pie. Su kimono seguía húmedo y el abandono de aquella casa otorgaba poco calor. Por si fuera poco, había perdido la bufanda y esa despreciable carencia material le calaba de una forma que no había experimentado en siglos. Apenas si recordaba lo que era pasar carencias y que éstas le importaran. No le estaba gustando la experiencia.

Buscó en las paredes hasta que encontró lo que, creyó, era un termostato. Más o menos lo reconoció por lo que había visto a través de la experiencia del chico. Sin embargo, no pudo encender la calefacción. Durante un momento salió un viento endemoniadamente helado de las rejillas. Estuvo a punto de ensañarse con el termostato, partirlo en dos y partir también el muro, pero en el último instante oprimió algo y el viento cesó por completo.

La verdad es que no había puesto demasiada atención a los detalles mundanos de la vida del chico. Sabía lo que era un teléfono, una televisión y algunos otros aparatos, pero no recordaba las minucias sobre cómo operarlos. Todo lo que tuviera pantalla o botones le daba lo mismo. Si hubiera puesto más atención se habría ahorrado el frío, pero el orgullo le impidió traducir ese lamento en palabras conscientes y lo único que logró fue temblar un poco. El escalofrío lo recorrió de la cabeza a los pies.

Enciende el fuego, Ryomen…

Gruñó y miró sobre su hombro. No había nadie allí. Era la voz de la memoria.

Enciende el fuego de mi habitación, ¿quieres? ¿No te sirven tantos ojos para ver que hace frío?

No soy tu sirviente para encenderte el fuego. Soy tu rey.

Pues el rey enciende el fuego mejor que nadie de la servidumbre.

¿Quieres que caliente tu habitación o tu cama?

Ambos.

Ryomen apoyó la frente contra la pared. De pronto se sintió mareado. Le pareció que la casa entera se bamboleaba de lado a lado.

El resto de las memorias cayeron en su lugar y no quedó en su mente ningún rincón desde el cual no pudiera contemplarlas. Lo recordó todo. De alguna manera, al recordarlo, podría decirse que volvió a vivirlo.

Algo le bajó por el rostro, dos líneas de humedad que casi siguieron el trazo de sus tatuajes. Miró hacia el suelo. Una gotita de agua cayó y se deshizo en una docena de ellas. Otra gota cayó. Y otra. Por un momento no supo qué eran. Pero ya había recordado todo lo que hacía falta y pronto entendió.

Estaba llorando.

Había olvidado lo complejo que era sentir —de verdad sentir—, y las memorias de su vida mortal se lo recordaron con muy poca sutileza.

Mientras fue maldición, solamente experimentó aburrimiento o una especie de goce idílico. De vez en cuando odiaba, mas no a cualquiera y no por razones demasiado personales. Su único placer lo encontraba en enfrentar un oponente digno. No había mucho más aparte de eso. No había amor, decepción, orgullo... Y si algo se les parecía, eran sólo fantasmas de la verdadera emoción.

Se irguió con dignidad y apretó los párpados —los cuatro. Nuevas lágrimas le bajaron por las mejillas. Se aferró a esa tristeza con un hambre que no había sentido en mucho tiempo y la acogió dentro de sí hasta que se hubo consumido por completo. Pensó que no se había sentido tan vivo en siglos. Y era verdad.

Por fin secó su rostro. Lo hizo a consciencia y al final incluso se miró en un espejo que encontró, porque no era ningún cobarde en lo que a sentir se refería, pero tampoco dejaría que alguien de esa época lo viera con lágrimas en la cara. Un rey, después de todo, tiene derecho a su orgullo. Primero muerto que humillarse de esa forma. Si existía una persona frente a la cual no le importaría llorar… Bueno, esa persona había muerto mil años atrás.

Lo cual lo llevaba de regreso a su problema original: ¿qué hacer con el muchacho? Estaba convencido de que el chico era la reencarnación de la única persona que alguna vez llegó a amar.

Salió al pasillo.

El muchacho seguía encadenado a la columna, pero Ryomen supo que el esclavo era él.

ooo

Los ojos de Sukuna refulgieron en la penumbra al final del pasillo. Yuji se tensó, preparándose para la pelea o para la burla. Contrajo las piernas. Apretó la mandíbula.

Sukuna se acercó, acuclillándose ante él. Olía a las hojas del bosque y al barro rojizo que abundaba en las montañas. Aún tenía manchas de arcilla y lodo en el kimono, manchas que la lluvia no pudo lavar por completo. Todos sus ojos, rubíes encendidos, estaban puestos sobre él.

—Hay ciertos tipos de esclavitud que pueden ser tolerables —murmuró Sukuna, casi para sí mismo. Con las puntas de sus dedos trató de alzarle el mentón.

Fue todo lo que Yuji pudo tolerar.

Lanzó una patada hacia el pecho de Sukuna, rechazando su tacto y cualquier embuste que pretendiera salir por su boca. Ya había peleado y perdido contra él en dos ocasiones esa noche, pero, la tercera era la vencida, ¿o no? O la milésima. Pelearía contra Sukuna un millón de veces si era necesario, todo con tal de que ese terrible espíritu maldito no pudiera ponerle las manos encima al mundo otra vez, tocarlo, deformarlo, dañarlo. Yuji se interpondría entre Sukuna y el mundo.

Hizo acopio de fuerza y trató de liberarse. Las cadenas aguantaron. La columna se resquebrajó.

Con un gesto sutil y elegante, Sukuna cortó la cadena. Yuji se quedó pasmado por un instante, incrédulo. Incluso agachó el rostro para mirarse, convencido de que el corte lo había atravesado también a él y no sólo a las cadenas. En cualquier momento empezaría a brotar la sangre…

Pero no estaba herido. Estaba en una pieza y tan bien como podía estar, dadas las circunstancias.

—¿Me recuerdas? —le preguntó Sukuna.

—¿Que si…? ¡Que si te recuerdo! —enfureció él.

Se lanzó contra Sukuna, quien saltó hacia atrás, esquivándolo. La expresión de su rostro era difícil de leer. Yuji la interpretó como una burla porque no sabía qué otra intención atribuirle.

Salvo el reloj, que Yuji destrozó de un puñetazo, hicieron poco daño al interior de la casa. Sukuna fue esquivándolo hasta que lo arrojó por una ventana. Una vez afuera, el Rey de las Maldiciones se dignó a poner un poco más de empeño en su pelea.

En el jardín había rosales que acabaron hechos trizas. El suelo se sacudió bajo la fuerza de sus ataques. Entre las nubes refulgía una gran luna llena; cuando el cielo se despejaba, casi parecía de día.

No había otras casas o construcciones, por lo que Yuji no tuvo temor de dañar a nadie y peleó con toda su fuerza, que no era mucha, pero era lo que tenía. De un puñetazo abrió un cráter en el jardín, descubriendo la capa de tierra seca que no había sido alcanzada por la lluvia.

Sukuna le hizo una docena de cortes superficiales en el torso. La ruina de su uniforme se convirtió en un harapo. La siguiente vez que estuvieron a corta distancia, él erró el golpe y Sukuna le arrancó lo que quedaba del uniforme; ni siquiera tuvo que usar su técnica ritual, le bastó con jalarle la capucha. La manga izquierda, ridícula e inútil, se quedó en su brazo y Yuji se la quitó de un tirón.

Estaba cansándose y se sentía extraño. Cada golpe con el que lograba hacer contacto le producía una sensación irreconciliable debajo de la piel, al punto en el que pensó renunciar a los puños. Sin embargo, si renunciaba a ellos, ¿qué le quedaba?

Su único consuelo era que Sukuna también parecía afectado. Jadeaba y no se movía con su usual rapidez. No supo si dar gracias o quejarse porque ninguno de los dos mostraba su energía y ferocidad normales. Eso hablaba de lo mal que se encontraban luego de separarse en dos cuerpos distintos. Asemejaban un par de hechiceros de poca monta.

Y quizá era mejor así, pensó Yuji. Apalearían los rosales, pero no aniquilarían medio país. A lo mejor ni siquiera media provincia. Si el daño estaba confinado a ese jardín, a esa casa de verano… y si al final podía vencer, Yuji se consideraría estúpidamente afortunado.

El hecho es que no pudo vencer.

Se apalearon mutuamente por largo rato. Sukuna volvió a preguntarle si lo recordaba, si sabía quién era. Yuji le contestó que no empezara con sus aires de grandeza y con sus "¿Acaso no sabes quién soy yo?" Las heridas que había sentido en su pecho desnudo un segundo atrás de pronto desaparecieron y nada más quedó el moretón con la forma del puño de Sukuna. Eso le provocó gran inquietud. Durante esa pelea, Sukuna lo había cortado menos de lo debido y pateado y golpeado más de lo esperado.

Seguía sintiéndose… extraño, como si le faltara un pedazo y nunca se hubiera dado cuenta hasta ahora. Un pedazo o un órgano entero, quién sabe. Había un calor que iba y venía por entre sus venas, metiéndose a la fuerza, recorriéndolo y de pronto abandonándolo. Su energía maldita se avivaba y apagaba sin razón. Ryomen Sukuna le abría las venas y luego se las cerraba sin razón. Yuji acabó por darse cuenta: Sukuna le cerraba la mitad de las heridas que le provocaba. Tenía que ser él, porque Yuji no sabía usar ninguna técnica ritual para sanarse.

Eso lo hizo desesperar y enfadarse. Se sintió el juguete de Sukuna, uno que no era lo suficientemente resistente para aguantar por sí mismo, pero que era el único disponible y por eso no lo botaba a la basura.

Lanzó un golpe furioso y suertudo hacia el rostro del otro. Su puño, cargado de energía maldita, le dio de lleno en la mandíbula. Algo se quebró en aquel rostro tan similar al suyo. Sukuna escupió sangre. Yuji lo golpeó de nuevo, esta vez con la zurda. En el tercer puñetazo pensó que no tendría tanta suerte, que sus nudillos atravesarían el aire o toparían con la sólida palma de una mano. Sin embargo, Sukuna no lo esquivó ni bloqueó el golpe.

Yuji trató de concentrar su energía maldita y romperle algo más que la mandíbula. No llegó a obrar tal milagro. En el instante antes del contacto su fuerza flaqueó y los ojos se le nublaron, cual si fuese a desmayarse. Algo muy dentro de él le impidió soltar ese golpe con toda la fuerza que hubiera podido.

Eso volvió a pasar en una segunda ocasión, lo cual forzó a Yuji a darse cuenta de algo que lo horrorizó. No podía dañar de gravedad a Sukuna. Menos aún matarlo. Era como tratar de suicidarse conteniendo la respiración. Llega el punto en el que uno se desmaya e, inconscientemente, empieza a respirar de nuevo.

Seguían conectados.

Yuji se detuvo. Estaba jadeando y el sudor le bajaba por la espalda. El frío de Hokkaido le provocó un escalofrío. Tenía la rama de un rosal enganchada al borde de los pantalones; se había arañado el tobillo con las espinas. Arrancó la rama de forma descuidada, lo que le ganó un pinchazo en un dedo. Sobre la herida se hinchó una gotita del color de los ojos de Sukuna. Le pareció que la sangre lo miraba y lo juzgaba. Se limpió contra el bolsillo del pantalón.

—No podemos matarnos —dijo Yuji en tono acusador.

—No.

—¡Y ya lo sabías!

—Sí —admitió Sukuna. Otra vez, su expresión resultó incomprensible. ¿Lo miraba con burla? ¿Con desprecio, con lástima…?

—Si sabes que no podemos matarnos, ¿por qué sigues con esto? —dijo Yuji, estirando los brazos. Señaló el jardín destruido, los rosales pisoteados y las ramas quebradas. A lo mejor también pretendía señalarse a sí mismo, su pecho descubierto y lleno de moretones, su pecho entero e intacto.

Sukuna adoptó una postura más relajada. Dio la impresión de pensárselo por un momento. Junto a él yacía el único rosal que quedaba, más o menos, dignamente en pie. La planta no tenía flores ni botones visibles, pero Sukuna le arrancó algo y lo molió entre sus dedos. Claro, tenía que dañar y lastimar lo único que quedaba entero en el jardín.

Se aproximó a Yuji con pasos despreocupados, mientras iba sacando los brazos fuera de las mangas del kimono. Éstas colgaron sueltas y ondearon con su andar, como dos serpientes blancas pendiendo de su cintura.

—¿Me hubieras tomado la palabra si te lo hubiera explicado? —dijo Sukuna con una nota de recriminación en la voz.

"Claro que no", pensó Yuji. No le hubiera creído ni media palabra. Había tenido que darse cuenta de la situación por sí mismo.

Sukuna llegó hasta él. Sus tatuajes lucían como sombras sin fondo, infinitamente negros. Las heridas de su rostro se habían curado por completo. Yuji se moría de ganas por volverle a estampar el puño en la cara, sin embargo, se preguntó qué ganaría con eso. La pregunta se le escapó de la boca; fue su propia manera de recriminarle al Rey de las Maldiciones.

—¿Qué ganas con pelear contra mí? —dijo Yuji.

—Bueno, es la forma más sencilla de hacer esto —le respondió Sukuna. Acercó la palma de su mano al puño cerrado de Yuji, cual si fuera a atrapar un golpe amistoso. Envolvió aquel puño con sus dedos y lo sostuvo.

Cielos, él ni siquiera se había dado cuenta de que estaba en una postura de combate, con los puños apretados y las rodillas flexionadas. Quiso retirar su puño, pero Sukuna se lo impidió ejerciendo la más mínima de las fuerzas y Yuji, de todas maneras, no puso mucho empeño en separarse. Ahí, en el contacto entre sus pieles, estaba eso extraño que llevaba rato sintiendo y que no sabía nombrar. Él lo sentía y, estaba seguro, Sukuna también.

es la forma más sencilla de hacer esto.

¿Hacer qué? Pues tocarse.

¿No había tratado Sukuna de tocarle el mentón rato atrás, mientras permanecía encadenado a la columna? Se le ocurrió que ésa había sido su intención inicial: no pelear, sino tocarlo. Y él lo había rechazado… Y seguiría rechazándolo mientras le quedaran al menos dos neuronas funcionales.

Antes de que Yuji pudiera dar un manotazo y apartarse, Sukuna lo rodeó con sus brazos. Lo atrajo por la cintura y por los hombros, atrapándolo contra su cuerpo. El corazón de Yuji martilló en su pecho e imaginó que escuchaba otro corazón igual al suyo, latiendo en el mismo compás. Se preguntó si Sukuna poseía, en efecto, un corazón. ¿Le había robado un duplicado de cada parte de su cuerpo o nada más la imagen exterior?

Sukuna lo estrechó y, por un fugaz instante, Yuji creyó sentir cuatro brazos apretándolo, acunándolo. Presa de un escalofrío, cerró los ojos. El costado de su rostro se apretó contra el esternón de Sukuna, como si éste midiera mucho más que él. Escuchó su corazón.

Se levantó un viento húmedo y las mangas sueltas del kimono revolotearon. Yuji pensó en serpientes. Boas que iban a apretar y a moler hasta el último de sus huesos. Anticipó el dolor, el crujido de sus huesos. Quizá Sukuna iba a apretarlo hasta que volvieran a fundirse en uno solo…

El dolor nunca llegó. La ilusión —o la realidad— de lo que era Sukuna se desvaneció. No era ningún gigante de cuatro brazos, era un hechicero con sólo dos brazos que lo sostenían y le guardaban un lugar cálido en medio de ellos. Cansado de pelear y cansado de fallar, se derritió en ese abrazo. Lo asaltó la irracional idea de que aquello no estaba tan mal.

Allá iban sus dos últimas neuronas.

Sukuna murmuró algo, una sola palabra de dos sílabas que sacudió su mundo entero, porque jamás lo había llamado de otra forma que no fuese "mocoso", "chico" o "pedazo de estorbo inservible"… Yuji estuvo casi seguro de que Sukuna lo llamó por su nombre. Al menos la primera sílaba le resultó clara. Y de ahí a la segunda no quedaba mucho trecho por recorrer.

Sintió que pertenecía allí. Ése era el lugar indicado en el mundo para él. Las manos y los brazos le temblaron, ansiosos por corresponder el abrazo. Si le hubieran dado tiempo a lo mejor lo habría hecho. Luego de dudar un rato y de luchar contra el impulso, habría alzado los brazos y, torpemente, le habría regresado el abrazo a Sukuna. No obstante, éste cometió la impaciencia de hablar antes de tiempo.

—Me perteneces —dijo el Rey de las Maldiciones. Sonó a amenaza.

Quizá toda promesa salida de esos labios estaba condenada a sonar así. El hecho es que Yuji recordó lo que había dicho rato atrás y enfureció.

"Hay ciertos tipos de esclavitud que pueden ser tolerables."

De esa forma lo miraba, ¿o no? Ante los ojos del rey era un mocoso inservible o, en el mejor de los casos, un esclavo. Un súbdito. Un objeto de conveniencia.

Yuji le plantó las manos en el estómago y lo empujó, apartándose. La cara le ardía de pena, por lo que le resultó difícil mirar a Sukuna. Se dio media vuelta y, sin pensarlo mucho, echó a andar. Quizá fue una suerte que la casa se encontrara en esa dirección; de lo contrario, habría terminado andando sin rumbo por el bosque.

ooo

Ryomen decidió pelear porque lo conocía. Sabía que, de otra manera, no lo haría entender. El chico era bastante denso. No obstante, le disgustó verlo lleno de cortes, provocarlos. Le disgustó ver los arañazos de los rosales en sus mejillas y, en la primera oportunidad, los curó.

Mientras peleaban volvió a pensar en Yuna. En los ojos del chico vio la mirada de ella.

Maldita fuese esa mujer, que había venido persiguiéndolo a través de los siglos y de la muerte. Intuyó que gracias a ella sus pedazos cercenados habían sido imposibles de destruir. Incluso en la muerte, el alma de Yuna se había aferrado a lo que quedaba de él y lo había protegido.

No había maldición más resistente que el amor, ¿cierto?

Si pudiera hacerle entender eso al muchacho… Sin embargo, una parte de él era renuente a sincerarse, pues seguía viéndolo como el mocoso indomable que era en el exterior. Primero tendría que derrumbar algunas de esas capas exteriores, arañarlo y cortarlo hasta desenterrar a Yuna. Y el chico le dio la oportunidad en ese momento.

—¿Qué ganas con pelear contra mí? —preguntó el muchacho.

—Bueno, es la forma más sencilla de hacer esto —le respondió Ryomen. Se acercó, envolvió su puño en su mano, lo abrazó de la forma menos amenazadora que pudo. Aunque deseaba tocarlo en cada rincón de su cuerpo y obligarlo a reconocer la familiaridad de su tacto, logró contenerse. Ese simple acto le costó horrores.

Si todavía fuese un espíritu maldito, no habría dudado y habría hecho con el muchacho lo que se le hubiera antojado.

"¿Y sería tan terrible?", se preguntó. A lo mejor sí, a lo mejor no, pensó, con algo de cinismo. En todo caso tampoco era terrible que hubiese dejado de ser una maldición, que pudiera refrenarse y atemperar sus deseos para poder consumarlos con más gusto posteriormente. Aquello lo hacía sentir entero y en control de sí mismo. De nuevo era un rey, un dios.

Porque la leyenda, aunque tergiversada y adulterada por el tiempo, había nacido de una semilla de verdad. Ryomen no había sido un vil mortal o un simple hechicero. Había estado muy por encima de todos y había logrado hincarle uñas y dientes a la divinidad. Recibía ofrendas y súplicas, las respondía o desdeñaba. Era despiadado con sus enemigos, feroz como el fuego, motivo de cantos y poemas. Y amaba con brutalidad, tal como debían amar los dioses.

Hubiera pensado que eso último quedó en el pasado, que el amor de su corazón murió con Yuna. Pero helo allí, dispuesto a querer otra vez.

De nuevo ardería de deseo y provocaría lo mismo en alguien más. De nuevo sentiría la necesidad de proteger algo que no era en absoluto material y provocaría el mismo impulso en otro. De nuevo tendría todo lo que experimentó antes. Recuperaría lo perdido y sería otra vez lo mismo… pero diferente. Oh, tan diferente.

Yuna y el muchacho eran tan distintos.

Por principio de cuentas, Yuna había sido mujer, y una con una constitución física opuesta a la del chico. Él era fuerte y hábil en el manejo de su cuerpo; Yuna estaba lisiada. Su pierna derecha era más lastre que ayuda. Cuando quería ver los cerezos en flor que se hallaban al norte del palacio, tardaba al menos veinte minutos en llegar, pues había escalones de piedra irregulares. Con todo y todo, ella se empeñaba en ir a ver las flores.

El muchacho era físicamente fuerte, Yuna había sido débil. Pero los dos eran tercos como mulas.

Ryomen apretó el costado de su rostro contra el del chico. El color de su cabello le recordó a las flores de cerezo que tanto gustaban a Yuna. Pronunció el nombre de ella en un murmullo.

El chico tembló. Ryomen trató de reconfortarlo con lo que consideraba una obviedad, pero una obviedad romántica, del tipo que agradaba a Yuna.

—Me perteneces —dijo.

El muchacho lo apartó.