Capítulo 4: Rojo

A Yuji le sorprendió que Sukuna le permitiera marcharse, aunque no tanto como le sorprendió ese abrazo o su propia reacción ante él —había sentido que el tacto de Sukuna rellenaba esa ausencia sin nombre en su alma.

Lo embargó la pena. Ésta amenazó con dar paso a la nostalgia, al anhelo, y él apresuró el paso. Entró a la casa por la misma ventana rota, los vidrios crujiendo bajo sus pies. Dio unos pasos en la oscuridad e inconscientemente se dirigió rumbo a la luz de la cocina. No sabía a dónde ir ni qué hacer.

Se detuvo junto al refrigerador. Miró. Cerró los ojos. Volvió a mirar. Había un teléfono fijo del otro lado. Era rojo, igual que sus tenis.

Levantó el teléfono, convencido de que la línea estaría muerta. Se lo llevó al oído esperando oír un gran y ominoso silencio. Escuchó, en su lugar, el tono que lo invitaba a marcar cualquier número.

Podría llamar a Kugisaki o a Fushiguro. Sabía sus números de memoria. Ella no le contestaría en el primer intento, por ser un número desconocido, pero a la larga se hartaría de la insistencia y respondería enfadada. Con la misma insistencia furiosa, Kugisaki lo había obligado a memorizar sus números. Cuando por fin él los aprendió al derecho y al revés, ella lo elogió (o lo que pasaba por un elogio en sus términos) diciendo que era bastante más listo de lo que aparentaba. "Creí que te tomaría meses memorizarlos", había dicho ella.

Quiso escuchar la voz de Kugisaki. La había visto unos días atrás y ya la echaba de menos.

Marcó los primeros dos dígitos y se detuvo. ¿Qué le diría a sus amigos, al profe Gojo? "Sukuna y yo estamos en un predicamento. Vengan y mátennos, por favor, que no lo podemos hacer nosotros mismos."

Ninguno de sus amigos lo ejecutaría. Lo dejarían vivir y, por consiguiente, dejarían vivir a Sukuna. Tampoco matarían a Sukuna si se daban cuenta de la conexión entre ambos —y las posibilidades de que Fushiguro o el profe Gojo lo descifraran eran demasiado altas para su gusto.

Dudó largo rato con el teléfono pegado a la oreja, igual a una sanguijuela enorme y fría. No podía soltarlo y no podía terminar de marcar el número.

¿Y si el profe Gojo o cualquiera de sus amigos pagaban las consecuencias? Los imaginó llegando, tratando de arreglar el problema, dando tiempo a Sukuna de lastimarlos…

Gojo Satoru no había salido indemne del Gokumonkyo. Él mismo lo admitía sin pena. Parte de su habilidad se había perdido para siempre. Seguía siendo endemoniadamente fuerte y tenaz, y ni por un segundo perdió el sentido del humor. Sin embargo, no se encontraba al mismo nivel que antes y eso se notaba. ¿Podría derrotar a Sukuna?

Yuji colgó el teléfono.

No pondría esa carga sobre los hombros de la gente que amaba. Lidiar con Sukuna era algo que le correspondía a él. Decidió que no los llamaría ni regresaría con ellos. No acercaría ese peligro a sus amigos o maestros. Los protegería, al menos, manteniéndose lejos de ellos.

Por supuesto que no quería fracasar. Pero odiaría más lastimar a otros.

La mano con la que colgó el teléfono le hormigueó. Todo el cuerpo empezó a hormiguearle. Sus rodillas amenazaron con ceder y Yuji se fue deslizando hacia el suelo y hacia la inconsciencia.

Supuso que pelear contra su propio cuerpo duplicado era algo más agotador de lo que anticipó.

ooo

Ryomen enseñó los dientes, indignado. El labio le tembló de coraje y sus encías quedaron al descubierto. El muchacho no sólo se había apartado, sino que se había atrevido a darle la espalda. Príncipes y nobles habían muerto por ofensas más leves.

Alzó una mano y estuvo a punto de cortar al chico en dos. Tuvo que recordarse que no era un simple mocoso, sino la reencarnación dormida de Yuna, y sólo así desistió. Lo dejó marcharse, claro, mas no dejó de enfadarle su desprecio.

Se preguntó qué había hecho para provocar esa reacción en el chico y no lo pudo descifrar. No entendía cómo alguien podía rechazar a un rey, y sobre todo a uno que acababa de confesar su cariño. ¿No acababa de decirle al chico que le pertenecía? ¿No era eso suficiente halago? A Ryomen Sukuna no le pertenecían motas de polvo o pedacitos de papel picado, no declaraba su señorío sobre las pulgas o los bichos rastreros. Si reclamaba algo para sí, era porque estaba convencido de que era algo digno de poseer, de llamar suyo.

Decir que le pertenecía era confesar que lo quería.

Metió los brazos en las mangas del kimono, se ajustó el obi y se arropó.

Dándole vueltas a la renuencia del chico, se preguntó en voz alta:

—¿Aún estará enfadado por lo de Shibuya?

No pensó que fuese posible. Habían pasado más de dos años desde ese incidente. Aunque una cosa era cierta: la gente de esa época tenía otras apreciaciones sobre el tiempo. ¿Sería ése el problema… que no le dio suficiente tiempo al chico? Quizá había ido muy rápido.

¿Necesitaría cortejarlo?

Esa posibilidad lo hizo enseñar los dientes otra vez, con incluso mayor ferocidad.

No estaba para cortejos luego de mil años, maldita sea. Ya habían pasado por eso. ¿No podían ahorrárselo? Por eso le había preguntado al chico si lo recordaba, si sabía quién era. Tenía la esperanza de que los recuerdos de Yuna estuvieran guardados ahí, en algún lugar de ese denso y testarudo cráneo, y pudieran retomar su vida desde el punto en el que la habían dejado. Pero, al parecer, ésa no era opción. Tendría que comenzar casi desde cero.

Bufó. Esto iba a ser un poco más complicado de lo que anticipó. No sabía exactamente cómo cortejar a un muchacho de esa época. Sin embargo, tampoco había sabido cómo cortejar a una mujer como Yuna y al final todo salió bien con ella. Trataron de matarse algunas veces, no lo negaba. Yuna lo arrojó a un río que iba cargado de témpanos de hielo y él estuvo a punto de asfixiarla entre humo negro y vapores tóxicos. Pero al final todo había salido bien. No tenía por qué ser diferente con el muchacho. Esto sólo era un obstáculo trivial, un malentendido por parte del chico. Y él, generoso en su amor redescubierto, estaba dispuesto a perdonarlo.

Fue tras el muchacho. Lo encontró en la cocina, con un teléfono rojo en la mano y apretando un botón, luego otro…

Ryomen al menos entendía una cosa sobre los teléfonos: permitían llamar a otros. Comunicarse. El chico estaba llamando a su hermano, a alguno de sus amigos o a Gojo Satoru.

No lo detuvo.

Recargó el hombro contra la columna resquebrajada y observó sin intervenir. Su lógica era la siguiente: si nunca tuvo que encarcelar o encadenar a Yuna, tampoco tendría que hacerlo con muchacho.

Además de intentar matarse mutuamente, Ryomen y Yuna habían intentado matar a sus enemigos comunes. Siempre tuvieron éxito. Tras una de esas misiones, una que no tuvo nada de remarcable, regresaron juntos al palacio, porque Ryomen había prometido entregarle una cantidad de oro si ella lograba recuperar cierta herramienta maldita. Yuna contó el oro, dijo que pesaba demasiado para llevarlo en sus brazos agotados y le preguntó si había una bestia de carga que pudiera venderle. Aunque pagó la bestia, nunca la cargó con el oro. Se quedó a dormir en una habitación en la que no estorbaba y ya jamás se marchó. Ryomen no la invitó a vivir allí, pero tampoco la echó y no hubo nadie que se atreviera a hacerlo. A él le hubiera gustado que los sirvientes intentaran expulsarla; hubiera sido un entretenimiento decente.

El caso es que Yuna se quedó. Jamás tuvo que encadenarla o amenazarla para que compartieran el techo o la cama y todo cuanto emprendieron juntos lo hicieron por propia voluntad, en libertad. Habían tenido una buena vida juntos. Quizás muy corta, quizá muy larga, pero indiscutiblemente buena.

Recargó la sien contra la columna, mientras observaba al chico. Tenía fe ciega en el juicio que había hecho sobre el muchacho y pensaba que todo caería por su propio peso. Si bien le irritaba tener que darle tiempo y cortejarlo, le irritaría más estar equivocado, lo cual era imposible. Aparte de Yuna, ¿quién hubiera podido acogerlo y contenerlo dentro de sí, incluso siendo un espíritu maldito?

Conoció a Yuna al derecho y al revés. Y al chico, ahora que podía mirarlo desde el exterior, sentía que lo conocía de toda la eternidad. Pasaría la eternidad a su lado.

El muchacho dudó largo rato antes de colgar el teléfono sin haber llamado a nadie.

Ryomen sonrió. No sería mentira decir que sintió algo de orgullo, tal vez hacia el muchacho, tal vez hacia su buen juicio. El gusto le duró poco. De un momento a otro la expresión del chico cambió, sus ojos se perdieron en la nada y las piernas dejaron de sostenerlo.

Ryomen había visto a Yuna caer muchas veces. La pierna que sólo tenía días malos y días muy malos le fallaba de pronto y, si no tenía bien afianzado el bastón, iba a dar hasta el suelo. Con el tiempo, la reacción de él se volvió automática: la sostenía.

No pensó antes de moverse. Se lanzó a través del pasillo y alcanzó a suavizar la caída del chico, atrapándolo en sus brazos. Es lo que hubiera hecho con Yuna. Nunca le pasó por la cabeza que, si había un ser humano capaz de resistir mil caídas sin lastimarse, era Itadori Yuji.

Se quedó arrodillado en el suelo frío, con el muchacho apoyado contra su pecho.

—Oi, mocoso… Despierta.

Lo sacudió con tanta delicadeza que casi pareció estarlo meciendo. Le apartó el cabello de la frente y acercó sus labios.

—Muchacho, despierta —dijo Ryomen, hablando sobre su piel. Sintió la textura de aquella cicatriz bajo sus labios—. Arriba —pronunció contra su sien y, luego, en su oído—. Arriba.

El chico parecía presa de un sueño intranquilo. Se tensó en sus brazos. Se desmadejó. Su ceño se arrugó y luego se alisó bajo los labios de Ryomen.

Probó a llamarlo por el nombre de Yuna —para invocar sus recuerdos, el sentir de su corazón o cualquier chispazo de consciencia. Probó a llamarlo por el nombre que tenía en esa época y no lo encontró tan insufrible como hubiera pensado.

—Yuji…

El chico exhaló un suspiro cansado.

Quizá había jalado demasiada energía maldita. No se dio cuenta, contento como estaba por que el chico colgara el teléfono. Debía de haber alguna especie de balance en ese vínculo, ¿o no? No era posible que uno de ellos se quedara con toda la energía maldita… Ni con todo el calor.

Aplastó la palma de su mano contra la frente y las mejillas del chico. O él (Ryomen) estaba congelándose… o el chico estaba ardiendo en fiebre. No lo tenía muy en claro. Desde que había encarnado sólo sentía frío o una vaga semblanza de tibieza durante las peleas. Con el muchacho entre sus brazos, ese frío se desterraba y desaparecía.

Decidió que no quería soltarlo. A lo mejor no durante ese rato. O quizá nunca.

Lo alzó en brazos y buscó un sitio dónde recostarlo. El monstruoso sofá gris era lo más cercano, pero los cojines estaban duros como rocas y la tela se sentía áspera. La idea de poner al chico allí le indignó de una forma que no hubiera creído posible un par de días atrás.

Al final se quedó con él en brazos un buen rato, sin mecerlo, sin llamarlo, nada más sosteniéndolo y apreciando la forma tan perfecta en que encajaban juntos.

Desde la ventana rota entraban ráfagas de viento. Ryomen se enfurruñó en contra del frío. Eso sí, no le dio el gusto de temblar.

Muy en contra de su voluntad dejó al chico en una de las habitaciones, sobre una cama estilo occidental que dominaba la mitad del cuarto. Luego fue a tapar el boquete de la ventana. Empujó un librero cercano. Los cristales rotos chillaron y rasparon el suelo. El gemido lastimero del viento se coló por el hueco que se cerraba, como rogando que no le bloquearan la entrada. Ryomen no se tentó el corazón y acomodó el librero de forma que el maldito viento se callara por completo.

Regresó a la habitación, donde el muchacho seguía durmiendo. Se trataba de una fiebre, algún desbalance en la energía maldita que compartían o el simple cansancio de haberse dividido en dos seres distintos. A lo mejor sus peleas también habían contribuido a debilitarlo. En cualquier caso, se repondría pronto. Siempre lo hacía.

Subió una rodilla a la cama y se inclinó sobre el muchacho, juntando sus frentes. Obviamente no hubo protesta. A lo mejor no era tan inconveniente que se desmayara o estuviera dormido, pensó Ryomen, porque al menos así no le ponía las cosas difíciles.

Permaneció algunos minutos de esa forma, con sus frentes juntas y una mano en el cabello del chico. La diferencia de temperaturas persistía, pero algo en su energía maldita parecía estarse asentando y la calma que manaba de él se extendía hasta Ryomen.

Le curó los últimos rasguños, cortes y moretones. Las únicas imperfecciones sobrevivientes fueron las dos cicatrices de su cara.

Iba a echarle una manta encima y recostarse con él —por el puro placer de estar a su lado, de estar en la serena posesión de lo que le pertenecía—, sin embargo, notó que los pantalones del chico y sus ridículos tenis rojos seguían húmedos.

Le desató las agujetas. Los tenis rojos fueron a dar a un rincón; las manos de Ryomen, al pantalón del muchacho. Ancló los dedos en los bordes de la prenda. La tela estaba fría, pero la piel del muchacho conservaba su calidez. Sobre el hueso de su cadera, que había tenido un corte poco profundo, ahora sólo había piel inmaculada.

—Yuna… —le llamó. Esperó que despertara, que lo mirara con deseo y que abriera las piernas para él, que lo recibiera dentro de ese calor que nunca se extinguía. Ahora más que nunca necesitaba su calor y el contacto de su piel—. Yuna... ¿Yuji?

El chico roncó.

Eso mató un poco su deseo, por decir lo menos.

Le sacó los pantalones y le arrojó una manta encima, para luego dejarlo descansar.

ooo

Yuji tuvo un sueño muy extraño. Estaba en el dominio interior de Sukuna, el lugar al que lo arrastraba cuando quería forzarlo a escuchar algo. Tenía los tobillos sumergidos, mas no en sangre. Un tanto incrédulo, se agachó para recogerla entre sus manos. Era agua, agua fresca que se le fue entre los dedos sin dejar ninguna mancha. La iluminación del lugar la hacía lucir roja.

Había un esqueleto gigante custodiando el lugar y una pila de cráneos y huesos que ascendía varios metros de altura. En la cima reposaba un trono. Todo en orden. Todo normal… excepto por el agua y las plantas. De entre los huesos, a través de los ojos vacíos de aquellos cráneos, asomaban finos brotes y botones. Lirios araña a punto de florecer. Por si eso no fuera suficientemente extraño, Sukuna no se veía por ningún lado. Ya era momento de que lo atacara o dijera lo que tuviera que decir.

Yuji miró en todas direcciones, buscándolo. Incluso rodeó la pila de huesos para asomarse del otro lado. No había rastro de Sukuna. Sólo porque podía y porque eso irritaría a Sukuna, escaló hasta el trono y se paró en él.

—Sal de una vez —lo retó Yuji, flexionando los brazos. Existía una gran probabilidad de perder, detalle que jamás lo había detenido.

Sukuna, sin embargo, no apareció.

¿Sería posible que no se encontrara allí porque ya se encontraba físicamente fuera, en el mundo real? Eso lo alarmó y lo hizo fruncir el ceño. Arrojó un cráneo con toda su fuerza, estrellándolo contra las costillas titánicas del techo.

—¡Sukuna!

Lo llamó a gritos y trató de provocarlo. Anticipó la risa de Sukuna, la burla. Lo llamaría "mocoso idiota" y le diría que ahora él era el prisionero, que se aburriera allí a sus anchas tal como él se había aburrido. Sólo que la voz de Sukuna jamás le llegó a los oídos. No obtuvo ni la más mínima respuesta, ni siquiera la sensación de una respuesta, ni el fantasma de la burla que temía.

El Rey de las Maldiciones siguió brillando por su ausencia. El agua estaba serena.

Tal vez sólo estaba soñando, pensó Yuji. Aquello no se sentía demasiado real. Sin la presencia de Sukuna, el lugar no le pareció ni la mitad de malo. Incluso le dio pena haber pisado las plantas en su ascenso hasta el trono. Tocó uno de los botones, ya casi abiertos, que se erguían junto al trono. ¿Y si ése era su propio dominio? Es decir, en el de Sukuna no había plantas ni nada remotamente vivo. A lo mejor el Rey de las Maldiciones no estaba allí porque no pertenecía allí.

Se acomodó en el trono y lo encontró bastante confortable. Por si fuera poco, tuvo la sensación de que algo estaba balanceándose dentro de él y alrededor de él. Los botones y tallos esparcidos por doquier le dieron una sensación de serenidad.

Levantó un cráneo, cuidando de no dañar las plantas, y le movió las quijadas mientras decía:

—Mocoso idiota, ¿cómo podría haber flores en mi dominio?

Luego se echó a reír.

Se sentía demasiado tranquilo en ese sitio como para que perteneciera a Sukuna. Estaba soñando. Era un sueño extraño pero confortable. Y en breve despertaría…

ooo

El sol ya había salido cuando Yuji despertó. Se incorporó a medias y murmuró el anhelo más profundo de su corazón:

—Tal vez todo fue un sueño. —Los últimos dedos, Sukuna encarnando…

No hubo pizca alguna de convicción en su voz. Ya conocía la realidad de su existencia: no era tan suertudo. El corazón se le achicó y retorció en un puño. A lo mejor en un sueño de vez en cuando podía ganarse el premio gordo, pero en la realidad no. Sukuna había encarnado de verdad; podía sentir su presencia dentro de la casa.

Hizo las paces con su destino y se levantó de la cama. En el buró había ropa limpia que lucía más o menos de su talla. Se disculpó con los dueños de aquella casa por generarles molestias y pensó que, después, tendría que reparar los daños que habían causado y pagar la ropa.

Mientras se vestía, Yuji dedujo lo obvio: que Sukuna le había quitado los tenis y el pantalón del uniforme. Se abrazó a sí mismo recordando la sensación de aquellos cuatro brazos en torno a él. Imaginó los dedos de Sukuna quitándole la ropa, tocándolo sin intención asesina. Le dio un escalofrío… No, con eso no podía hacer las paces tan fácilmente.

Salió del cuarto. La pantalonera y la sudadera le quedaban demasiado justas, sin embargo, no se atrevió a quejarse.

Le pasó desapercibida la otra obviedad: que Sukuna se había tomado la molestia de buscarle ropa y dejarla en el buró.

Encontró al Rey de las Maldiciones ante el fregadero de la cocina, vistiendo prendas similares a las suyas… y lavando su kimono. A mano.

Sin voltear a verlo, Sukuna dijo:

—Despertaste.

Una declaración bastante neutral y simple que a duras penas entró en el cerebro de Yuji. Éste boqueó dos o tres veces sin poder pronunciar palabra. Sukuna alzó el kimono, detectó una mancha persistente y se ensañó contra ella.

Yuji alzó un dedo, señalando hacia la puerta del fondo, y por fin encontró su voz:

—Hay… Hay una lavadora justo allí —dijo.

En el cuarto del fondo había, de hecho, una lavadora y una secadora.

Sukuna lo miró sobre el hombro. Su expresión era una extraña mezcla de aburrimiento y cinismo. Tomó el kimono en un puño e hizo el gesto de dárselo.

—Entonces lávalo —dijo Sukuna.

—No soy tu sirviente —le riñó él—. No voy a lavarte la ropa.

—Entonces deja de quejarte.

—No me estaba quejando. Estaba… estaba…

Estaba viendo al Rey de las Maldiciones cometer un acto de lo más mundano —lavar su ropa a mano sin ninguna pena o vergüenza—, lo cual le había hecho corto circuito en el cerebro. Hubiera jurado que Ryomen Sukuna estaba muy por encima de cualquier quehacer doméstico, que no sabía realizarlos ni comprendía sus mecánicas. Hubiera pensado que ni siquiera comprendía el concepto de jabón de ropa, no obstante, al lado del fregadero había una botella de detergente líquido. Y Yuji no estaba por completo seguro, pero apostaría que esa botella no estaba ahí anoche, lo que significaba que Sukuna había tenido que buscarla. Volvió a boquear, sin saber qué decir.

—Eso pensé —murmuró Sukuna, porque claro que tenía que tener la última palabra. Acto seguido, procedió a enjuagar el kimono.

Yuji apretó los labios y las mejillas, contrariado. Ver a Sukuna de esa forma lo horrorizó más que contemplar al dios demonio de la doble cara. Al de cuatro brazos podía combatirlo con puños y patadas; al que exprimía cuidadosamente su ropa no sabía qué hacerle. ¿Le pasaba el suavizante de telas?

Supuso que el dicho era cierto: no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Quería al viejo Sukuna de vuelta… y lo iba a hacer salir a golpes.

Cuando Sukuna fue a tender su kimono al sol, Yuji lo siguió. Se sentía entero y descansado, capaz de administrar o recibir una paliza y vivir un día más. Sabía que su conexión no le permitiría matar a Sukuna, pero quizá durante la pelea averiguaría algo útil. Buscaba una epifanía y —¿por qué no admitirlo?— un desahogo.

No trató de tomar a Sukuna por sorpresa, pues éste también sentía su presencia, estaba seguro. Simplemente lo encaró, plantando los pies firmemente en el suelo y alzando los brazos en una postura de combate.

—¿De nuevo? —dijo Sukuna meneando la cabeza—. No aprendes la lección.

Pelearon.

Yuji perdió.

No estropearon mucho más el jardín trasero y el kimono siguió colgado en el mismo sitio, sin una sola salpicadura de sangre o tierra.

Yuji trató de alzar la cabeza, hazaña que logró con moderado éxito. Tenía un corte en la frente que le sangraba mares y lo obligaba a parpadear inútilmente. El mundo estaba coloreado de rojo, como el agua en aquel sueño.

Sukuna le aplastó el cráneo con el pie.

—Si me pides el mundo, te lo daré. Si me pides una pelea, te la daré —dijo el Rey de las Maldiciones.

Yuji logró ponerse en pie y dio pelea por otro par de minutos. Mera formalidad, pues ambos sabían que ya estaba derrotado. Volvió a caer y ya no se levantó. Sukuna lo agarró por el cuello de la ropa y lo arrastró rumbo a la casa, igual a un cachorro testarudo que ha fastidiado a su madre.

Yuji le lanzó un puñetazo bastante inútil a la pierna. Había creído que tenía más energía, que se había recuperado por completo. No obstante, a media pelea su fuerza había comenzado a menguar. Otra vez recordó el estanque rojo: el agua resbalando por entre sus dedos.

Apretó los puños y le lanzó el segundo golpe estéril a Sukuna. Éste siguió arrastrándolo sin inmutarse.

—Déjalo. Es inútil —sentenció Sukuna.

Y así se sintió exactamente Yuji: inútil. Completamente inservible en su fuerza, en sus deseos, en sus responsabilidades. Incapaz de cumplir con lo que debía hacer.

—¿Por qué no me matas de una vez? —masculló.

—Sabes que no puedo hacer eso. Además, ¿por qué habría de matarte? Quiero que tengas la vida más larga y plena de cualquier ser humano en la historia.

Ah.

Sólo eso quedaba, ¿no? Si Sukuna no podía amenazarlo con la muerte, iba a amenazarlo con la vida.

Unos pasos antes de llegar al porche de la casa, Yuji forcejeó, se zafó del agarre del otro y ofreció la más patética de las resistencias. Con todo y todo, logró irritar a Sukuna. Esa victoria moral le dio la fuerza para seguir resistiéndose otro momento… hasta que el Rey de las Maldiciones lo sentó en su regazo y lo abrazó.

ooo

No estaba perdiendo el temple y la paciencia. Claro que no. Por supuesto que no. Era sólo que el muchacho podía llegar a ser un poco… frustrante. Ryomen la había ido robando la energía maldita durante la pelea, sólo un poco a la vez, para darse una idea de cuál era el límite. Justo ahora el muchacho estaba casi en ceros, pero de alguna manera seguía luchando por apartarse de él. Y estaba herido: tenía cortes y moretones en la cara, en los brazos.

Se preguntó si valía la pena sanarlo sólo para tener que volver a lastimarlo.

A lo mejor no necesitaba curarlo, sino simplemente hacerlo entender. Menudo reto.

Enfurruñado, Ryomen se dejó caer de sentón sobre las escaleras del porche, arrastrando consigo al muchacho y sentándolo en sus piernas. Presa de la confusión, éste dejó de luchar por un instante. Ryomen aprovechó ese momento para decir:

—No voy a hacerte daño. —Pronunció cada palabra a consciencia e hizo un esfuerzo sobrehumano por sonar más calmado que irritado. Se esforzó, además, por transmitirle al chico la sensación de que allí estaría protegido y sería amado como en ningún otro sitio.

Durante un momento le funcionó, hasta que ya no. Poco a poco, el enojo y la indignación del chico burbujearon hasta la superficie.

—Lo único que quieres —gruñó el chico— es manipularme para que no te dé problemas. Quieres arrastrarme de aquí para allá como un perro mientras destruyes el mundo. ¿Y crees que te voy a dejar?

—¿Acaso eres incapaz de escuchar una sola palabra de lo que te digo? —le preguntó Ryomen, al borde de la exasperación.

Le había dicho que le pertenecía. Le había dicho que le pidiera el mundo. Le había prometido una larga vida y había prometido no hacerle daño. ¿Acaso eran declaraciones demasiado sofisticadas para comprenderlas? ¿En qué maldito idioma tenía que hablarle para hacerlo entender?

El chico volvió a forcejear. Se resbaló de su regazo, se resbaló de los escalones y acabó con el trasero en la tierra. Ryomen no lo soltó. Se sentó también en la tierra, rodeándolo con las piernas, y lo apretó con fuerza mientras terminaba de calmarse o de iniciar una nueva pelea. Quizá necesitaban una segunda ronda y la energía maldita del chico en números negativos para estar en paz.

Consideró abusar de su conexión para noquearlo, robarle el último respiro y hacerlo colapsar. Lo sostendría en sus brazos, claro. Entonces lo podría estrechar y besaría su mejilla sin tener que aguantar sus quejas. No habría resistencia.

Pero, ¿qué tendría eso de entretenido?

Recordó sus primeros encuentros con Yuna y lo invadió la nostalgia por un pasado que yacía —casi— al alcance de sus manos.

Yuna no tenía ni pizca de poder maldito, pero era muy hábil para detectarlo, juzgarlo y disiparlo a voluntad. Cualquier ataque con energía maldita arrojado contra ella se desvanecía antes de tocarla. Era, además, engañosamente hábil en el combate cuerpo a cuerpo (al menos para una lisiada como ella). La primera vez que Ryomen la había encarado, sus llamas no pudieron tocarla, sus cortes ni siquiera levantaron el viento. Y cuando se arrojó contra ella, todo su poder maldito se desvaneció unos pasos antes de alcanzarla. Era como un agujero negro, un vacío donde la energía maldita se perdía para siempre.

Ante ella se sintió mortal. En ese despreciable radio de uno o dos metros no era distinto a cualquier humano común y corriente. Y él, que ya no recordaba lo que era encarar un enemigo y menos aún una mujer siendo un simple hombre mortal, se cegó de furia. Había cometido el error de acercarse a Yuna y el orgullo lo obligó a cometer el error de no echarse atrás. Eso hubiera sido más humillación de la que hubiera podido tolerar.

Ella se sacó una daga de la manga, él la esquivó.

Al final no hubo conclusión definitiva para esa pelea, porque otro hechicero los interrumpió. Sin embargo, Ryomen se quedó con la espina clavada y le indignó haber sido incapaz de dominarla. No podía vencerla a base de energía maldita o técnicas rituales, tampoco podía invocar su dominio en presencia de ella.

Ése había sido el reto con Yuna: que no podía dominarla igual que a cualquier otra persona. Y eso fue, también, lo que lo atrajo irresistiblemente hacia ella. Nunca había afrontado un reto de esa naturaleza… hasta hoy, porque el muchacho también le estaba poniendo difícil la tarea de dominarlo y conquistarlo.

Quizá inconscientemente, el chico recuperó una pizca de su energía maldita. Tiró y jaló de la conexión como si su vida misma dependiera de ello. Arañando a Ryomen y rasguñando el vínculo inmaterial que los unía, comenzó a inclinar la balanza, tal vez no a su favor, pero, por todos los cielos, la estaba moviendo y sacudiendo.

Esa segunda ronda estaba a la vuelta de la esquina.

Ryomen se aferró a él, a la idea de Yuna y a lo que sabía verdadero en su corazón, e insistió:

—No voy a hacerte daño.

—¡Y yo no voy a caer en tus mentiras!

—Piensa lo que quieras, Yuji… Me voy a encargar de que esto lata por muchos años más.

Le puso una mano sobre el corazón, aplastando con insistencia, pero sin la suficiente fuerza para retenerlo. Relajó el brazo con el que le rodeaba la cintura.

Y ahora vendría la pelea.

El kimono blanco ondeaba con el viento de esa mañana y el porche se iba tibiando con los rayos del sol. Ojalá pudiera quedarse así, agarrando el calor del sol, con el chico recargado contra su pecho. Bajo la palma de su mano, Ryomen sentía los latidos del muchacho.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió. Del otro lado de la casa, en el camino, se escuchó un auto pasar; era el primer vehículo que oían desde que estaban allí.

—¿Cómo…? —murmuró el chico y se interrumpió. Agarró aire con dificultad y volvió a intentar—. ¿Cómo me llamaste?

Ryomen ladeó la cabeza, pues no se había dado cuenta.

Acercó los labios a su oído y respondió:

—Yuji.

Lo desarmó nada más pronunciando su nombre.

El chico se derritió en sus brazos, se convirtió en una madeja suelta que se amoldó contra su pecho, sobre su regazo. Ryomen inclinó el rostro y buscó la mirada del chico, quien escondió la cara haciéndola hacia un lado. A pesar de eso, Ryomen creyó que alcanzó a ver un rubor profundo coloreando su piel. O tal vez era la sangre.

Le puso una mano sobre la herida de la frente y lo curó. Sanó todas sus heridas y, cuando menos por ese día, no tuvo que ocasionarle ninguna nueva.

Al final se cumplió su deseo. Se quedaron allí agarrando el sol por un rato, en absoluto silencio. Desde que encarnara, fue la primera vez que Ryomen dejó de sentir frío.

Cuando el chico trató de levantarse, él no se lo impidió. Le complació ver que volvía al interior de la casa. A lo mejor el muchacho evadió su mirada, a lo mejor no le dirigió la palabra, pero eligió permanecer en ese lugar.