Capítulo 6: Ojos que no ven, corazón que no ama
Yuji comenzó a observarlo, de verdad observarlo. Al principio no dijo nada y se reservó sus comentarios y dudas —que eran bastantes.
Todo empezó con el té. Sukuna encontró al fondo de la alacena una caja de tés que no le disgustaron; se bebió dos ese día y dos el siguiente. Incluso dejó una taza para él, casi como si se le hubiera olvidado por ahí. Yuji la olió, esperando que estuviera envenenada.
Una vez lo vio dormir. El raro espectáculo duró un par de horas. Sukuna no roncó, no se movió demasiado ni despertó bostezando. Llegó a pensar que a lo mejor no estaba dormido, sino fingiendo dormir para… ¿Para qué fingiría algo así? ¿Tenderle una trampa? Yuji no sabía. Y creyó que a esas alturas del partido estaba bien no saber. Sólo estaba observando, recolectando información para… Bueno, a lo mejor era hipócrita de su parte, pero debía admitir que, quien deseaba tender una trampa, era él.
Una vez lo vio cocinar. O cuando menos calentar la comida.
Yuji escuchó el fuego y el chillar de la comida. Olfateó el aire, anticipando encontrarlo lleno de humo. Se apresuró hasta la cocina, donde encontró a Sukuna meciendo un sartén sobre las flamas que salían de su propia mano.
No supo qué decir. ¿Le reconocía el ingenio de darle utilidad práctica a sus rituales? Era extraño contemplarlo en tareas mundanas. Y contemplarlo en tareas mundanas que involucraban un ritual era bizarro, por decir lo menos.
—¿Qué? —soltó Sukuna cuando el silencio de Yuji se prolongó demasiado.
—Allí hay un microondas y una estufa.
—Sigues diciendo ese tipo de cosas, muchacho. "Ahí está la lavadora", "ahí está el microondas."
Yuji parpadeó. "No sabe usarlos", pensó.
Se acercó con algo de desconfianza y le mostró cómo usar la estufa. Esperó que en cualquier momento lo despreciara o decidiera ignorarlo. Ya que eso no pasó, se arriesgó a explicarle cómo usar el microondas.
—No metas la lata. Tienes que vaciarla primero en un plato… Y no quemes la casa, ¿de acuerdo?
—Si el lugar entero se incendiara, sólo hay una cosa que valdría la pena rescatar.
Sukuna a veces hacía ese tipo de comentarios cargados. Sus palabras habían sido ambiguas, pero con la mirada le dejó claro que lo único de valor en ese sitio era él, Itadori Yuji. Esos comentarios lo contrariaban horriblemente, al punto de no saber qué hacer. Le daban ganas de cerrar los ojos y los oídos para siempre, renunciar a esa misión de investigación y reconocimiento, y arrojar todo al diablo. Si seguía adelante era por su sentido del deber.
Lo más cobarde que se permitía era salir al jardín de atrás, donde pasaba el rato a solas, tratando de arreglar los daños. No todos los rosales estaban muertos ni irreparablemente dañados. Y los que habían sido sacados de raíz… Bueno, se empeñó en volverlos a enterrar. ¿Qué rayos sabía él de plantas, después de todo? Quizás los rosales eran mucho más resistentes de lo que pensaba. Mientras trabajaba en el jardín, su pensamiento solía divagar hacia los lirios araña que veía en sus sueños, en su dominio. Una parte de las plantas había florecido. Todos los lirios eran rojos y le recordaban a los ojos de Sukuna.
Oh, los ojos de Sukuna… A fuerza de tanto estudiarlo y observarlo, Yuji había notado ciertas miradas que, como esas frases, estaban cargadas de algo que le sacudía el suelo. En la oscuridad, a veces los ojos de Sukuna brillaban con algo parecido al hambre y al anhelo. Yuji no entendía el origen de ese deseo. Ya tenía un cuerpo propio, ¿o no? ¿Por qué miraba el suyo como si lo quisiera? A lo mejor pretendía volver a fundirse con él y recuperar la libertad de esa manera, ¿podría ser?
Bah, nada de eso tenía sentido.
Si bien el tono lascivo de esas miradas le pasó desapercibido, lo cierto fue que Yuji también comenzó a ver el cuerpo de Sukuna de manera distinta. Hubiera podido llenar varios reportes con esa información. Cuando traía el kimono blanco, las líneas de sus músculos se perdían debajo de la tela. Pero cuando se ponía la ropa que había hallado en la casa, cada músculo y cada fibra de su cuerpo resaltaban. Se preguntó si él se veía igual al usar esas mismas prendas, mas no dedicó mucho tiempo a pensar en eso y pronto lo olvidó.
En una ocasión Sukuna salió de la casa y se dirigió hacia él mientras estaba trabajando en el jardín. El sol les daba en el costado. Sukuna se aproximó con un andar relajado. La pantalonera negra y ajustada parecía pintada sobre su piel. La luz del ocaso y las sombras resaltaron el bulto de su entrepierna en cada paso. Yuji los contó: fueron 13 pasos, 13 imágenes que se quedaron grabadas para siempre en el archivo de su cabeza.
—Levántate —le dijo Sukuna.
Yuji se sacudió la tierra del jardín y se puso en pie.
Sukuna alzó la mano hacia su cara. Yuji flexionó las rodillas y alistó los puños, por puro instinto.
—No vengo a pelear —le reprochó Sukuna, quien sólo había querido quitarle una hoja del cabello—. Voltea para allá. Hacia allá, chico. ¿Ves esa rama?
Yuji asintió. Había docenas de ramas de rosal ante ellos y todas eran parecidas.
—No. La que está en el suelo —dijo Sukuna. Le puso una mano en la nuca y lo obligó a inclinar la cabeza en el ángulo que juzgó exacto—. Ésa.
—Oh —dijo Yuji, por fin viendo la rama. Se le había pasado recogerla cuando limpió esa parte del jardín.
—Pon atención.
¿A qué diablos tenía que poner aten…?
Todo pasó demasiado rápido.
Sukuna había cortado la rama con un movimiento de sus dedos.
—Inténtalo —dijo el Rey de las Maldiciones—. Es como tratar de mover el viento con tu energía maldita. Pon atención en la fuerza, pero sobre todo en el ritmo. Tienes que ser muy preciso.
Yuji se le quedó viendo sin parpadear. Miró a Sukuna, miró la rama partida y de nuevo a Sukuna. ¿De verdad pensaba que podría aprender alguno de sus rituales? Nunca los manifestó mientras tuvo sus fragmentos dentro de su cuerpo y ahora…
Ah.
Ahora seguían conectados, a pesar de los pesares.
¿Era descabellado pensar que algo de Sukuna lo había contaminado lo suficiente como para permanecer dentro de él para siempre?
—Otra vez. Y ahora sí pon atención, muchacho.
De nuevo cortó la rama. Yuji apenas se percató del flujo de energía maldita.
Choso no le había podido enseñar la manipulación sanguínea por mucho esfuerzo que hicieron y por mucha paciencia que le tuvo. Choso era un santo en ese aspecto. Era terrible para dar explicaciones, pero Yuji no podría pensar en alguien que tuviera más paciencia para enseñarle. Sí podía, en cambio, pensar en alguien a quien frustraría de inmediato: Ryomen Sukuna.
—Inténtalo —insistió Sukuna.
Yuji tragó saliva.
Lo iba a hacer enfadar y Sukuna terminaría llamándolo "mocoso idiota" y cortándolo en pedacitos. Ya lo veía venir.
Bueno, de todas formas tenían varios días sin pelear. ¿Qué más daba un combate aquí y allá?
Sukuna se dio la vuelta y lo dejó allí. Volvió a la casa. Otras 13 imágenes almacenadas en su memoria.
Yuji balbuceó una protesta carente de energía.
¿Qué diablos estaba pasando con su vida?, pensó. Aquello se había transformado en una extraña procesión de esperar golpes que nunca llegaban a tocarlo, que ni siquiera existían. ¿Cuántas veces en esos días había anticipado la burla, el corte, el dolor que nunca llegaba? ¿Habría perdido el juicio? Quizá estaba en un sueño perpetuo y no podía despertar. Se pellizcó la mejilla con fuerza, lo cual dolió bastante.
—Ouch…
Ya estaba resignado a los golpes de la vida, pero, cielos, necesitaba que la vida lo golpeara para combatirla. Con esta existencia tan tibia no sabía qué hacer. No estaba acostumbrado a que las cosas fueran moderadamente bien.
Un pensamiento fugaz cruzó en medio de su crisis existencial: debía enseñarle a Sukuna cómo funcionaba el termostato.
ooo
Lo siguiente que notó fue la altura. Esa noche se plantó frente a Sukuna, su espalda bien recta y su cabeza erguida.
El Rey de las Maldiciones se mostró un tanto curioso y a la vez irritado; ladeando la cabeza, dijo:
—¿Ahora qué?
—No ladees la cabeza.
—¿Me vas a decir qué ocurre o quieres que lo adivine?
—Eres… más alto que yo —dijo Yuji—. ¿Por qué eres más alto ahora? —Se lo dijo con tono de reproche, como si la estatura pudiese constituir un acto criminal.
—Es mi estatura normal. La que tenía antes —dijo Sukuna, encogiéndose de hombros. Sonrió de buen humor y añadió—: O tal vez estoy recuperando poco a poco mi otra forma. —Infló el pecho y se irguió aún más.
A Yuji le dio miedo que de pronto le salieran brazos extra e hizo una cara.
—¿De qué te quejas? —se rió Sukuna—. Ni siquiera es tanta diferencia. Ponte contra la pared.
Sukuna le apoyó una mano en las clavículas. Lo empujó. Su primer instinto fue ponerse tenso y resistir, no obstante, la fuerza de Sukuna era tan mesurada que de alguna manera lo hizo ceder. Algo dentro de él se derretía cuando lo tocaba de esa manera. Su espalda tocó el muro.
Sukuna lo midió e hizo una pequeña marca en la pared.
—¡Oye! No tienes por qué dañar la casa —le recriminó Yuji.
—La ventana y el reloj están rotos. El jardín es un desastre. Nadie se va a dar cuenta de esta marca en la pared.
Yuji iba a protestar diciendo que ya estaba arreglando el jardín, pero se lo pensó dos veces y se quedó callado. Mejor ahorrarse el ridículo. Sukuna se puso contra la pared, bien erguido, y marcó su propia estatura. Señalando ambas medidas, fingió sorpresa y dijo:
—Oh, sí hay algo de diferencia.
Eran, al menos, unos buenos seis centímetros. Quizá siete. Siendo honestos, en realidad eran ocho. Sukuna tenía una sonrisa de autosuficiencia en la cara.
—Me mediste mal —lo acusó Yuji, enfurruñado. Volvió a ponerse contra la pared, pero su marca estaba bien. Ése era su metro con ochenta centímetros, ni más ni menos, y la marca de Sukuna ponía al Rey de las Maldiciones en el metro con ochenta y ocho. Por eso la pantalonera se le veía corta y no alcanzaba a cubrirle los tobillos. Tenía las piernas más largas. Y ahora que lo pensaba, Sukuna no sólo era más alto, sino que lucía un poco más delgado, aunque fuese sólo marginalmente. Aunado a ello, su cara era un tanto distinta a la de Yuji. Aparte de tatuajes y ojos extra, poseía una cierta madurez de la que Yuji creía carecer—. Pensé que éramos idénticos, pero no es así.
—Algo de lo que fui debió sobrevivir a los siglos y filtrarse en este cuerpo. —Sukuna entornó los ojos en un gesto de curiosidad—. Me has estado observando, ¿no es así?
—Es extraño verte hacer cosas normales. Eso es todo.
—Hacía mucho que nadie me observaba en lo más mundano y aburrido de mi vida. Muy pocos han tenido ese privilegio.
Alzó la mano hacia su rostro y Yuji reprimió el impulso de defenderse. Sukuna le pasó el pulgar por la cicatriz de la frente, por el arco de su ceja. Apenas sintió el roce de su dedo sobre la piel.
Que los observadores dijeran lo que quisieran decir, que la evidencia fotográfica mostrara lo que tuviera que mostrar… Quién sabe cómo se había visto aquello desde afuera, pero desde la piel de Yuji se sintió como una caricia.
—No voy a lastimarte. ¿Ya lo has entendido?
