— Escena C —
Era difícil explicar el sentimiento de introducirse en las memorias de alguien más. O, mejor dicho, de encontrarse bajo el efecto de una Hipnosis. Hace tan solo un momento, se encontraba sentada en el césped, su espalda una vez más apoyada contra el chasis de la motocicleta de Sabrina. Lo único que veía era a Kalm y Serena entrenando. Pero en un abrir y cerrar de ojos, todo desapareció para convertirse en un páramo blanco y vacío. Lo único que se mantuvo frente a ella fue el Pokémon Origen, su cola enrollada firmemente en su muñeca izquierda.
—Esperemos que esta sea la última vez que tenga que hacer esto— comentó Amber, sujetando con fuerza la punta de la cola, un tanto más gruesa que el resto. Le recordaba muchísimo a aquellas pelotas de goma para el estrés que usaba su padre para las manos.
"Es una lástima que hayas tenido malas experiencias," replicó Mew alzándose en el aire a la vez que su compañera se ponía de pie. "Normalmente es una experiencia muy cautivadora, echar un vistazo a los momentos más importantes de la vida de alguien más".
A modo de respuesta, Amber simplemente frunció los labios. Se trataba de una terrible intromisión a la vida personal del otro, pero entendía a qué se refería. Apenas conocía a aquella pareja de entrenadores de Kalos, pero ellos parecían conocerse de toda la vida. ¿Cuál era su historia? ¿Cómo habían llegado a ser así de cercanos, a tener esa confianza casi ciega con el otro? Giró la cabeza hacia Mew, que parecía esperar un tanto impaciente a que ella le diera una señal para continuar.
—¿Realmente vamos a mirar a través de… veinte años de recuerdos?
"No es así como funcionan las memorias: nadie es capaz de recordar su vida entera con tanta precisión. Aquellas con mayor impacto emocional son las que suelen arraigarse en lo más profundo. Considerando que tenemos el tiempo en nuestra contra, descartar recuerdos no compartidos entre ambos debería hacer esto más sencillo para nosotros."
—Lo haces sonar como si fuera un trabajo que has hecho demasiadas veces —poco a poco, comenzaba a sentirse más relajada—. Además, ¿no tenemos un tiempo infinito, siempre y cuando estemos aquí adentro?
Un solo segundo había pasado en la playa de Fucsia, envuelta en las alas de Yveltal. Y un solo segundo había pasado en el claro de la Reserva Natural, mirando miles de años en el pasado. Sin embargo, Mew negó con la cabeza.
"Evocar recuerdos, y no simplemente mostrarlos, lleva su tiempo. Tiempo real. Especialmente cuando no son nuestros, y lo único que tengo es una maraña combinada de ellos que debemos desenredar."
A veces era tan difícil tratar de comprender el razonamiento de aquella criatura. Todo lo que le decía era completamente desconocido para ella. Tratando de ignorar el escepticismo y dejar de lado una vez más su experiencia previa con Jirachi, que atacaba su cabeza constantemente diciéndole que su hermano era exactamente igual de manipulador que él, se exprimió el cerebro por un momento, tratando de buscarle algún sentido a todo ello. Y finalmente, su cabeza lo recordó.
—En… en el laboratorio de mi hermano… —Amber se sujetó la sien con su mano libre— era de día cuando Serena y Brock se toparon con Rue y con Hari. Pero al despertar de la Hipnosis… tienes razón, ¡ya era el atardecer!
"Pensé que habíamos pasado el punto en que dudabas de absolutamente todo lo que digo", Mew se cruzó de brazos, un tanto contrariado. "Aunque supongo que eso es exactamente lo que estaba buscando mi hermano".
—¿Nunca has oído eso de que una acción vale más que mil palabras? —la chica alzó el brazo, enrollado en su rosada cola—. Aún así vine contigo, a pesar de todo.
El Pokémon Origen esbozó una sonrisa, sin responder nada. Ambos estaban acostumbrados a discutir, protestar y gritar como niños pequeños para ocultar sus verdaderas emociones. Pero en soledad, era reconfortante para los dos dejar que sus verdaderas personalidades salieran a la luz. Ambos protegían sus maltrechos corazones bajo una fachada de fortaleza mental.
Cerrando los ojos, invocó sus poderes psíquicos. Y una vez más, el mundo se llenó de color.
Se trataba de una memoria borrosa. Un Kalm que no parecía tener más de siete u ocho años, subido a los hombros de una enorme Kangaskhan y agitando un trofeo ante los destellos de decenas y decenas de cámaras.
Con ayuda del Pokémon de su padre y mostrando una increíble destreza en los combates para su corta edad, el pequeño niño de Kalos se había convertido en una joven promesa para toda la región. La radio y la televisión hablaban de la posibilidad de tener al campeón más joven de la historia. Decenas de notas, artículos, fotos y videos llenaron los medios con su cara durante semanas: marcas reconocidas desesperadas por tener al niño prodigio como póster para vender sus productos.
Kalm se vio expuesto al mundo de la fama cuando aún era demasiado joven. Pero para aquel niño, que solo había visto aquel torneo como un juego con su mascota… el mundo de los adultos le pareció repulsivo. Periodistas amontonándose al frente de su casa, acosando a sus padres hasta el hartazgo. Coches siguiéndolo hasta su colegio por las mañanas, cámaras apuntando hacia él en todo momento… no pasó mucho tiempo antes de que decidiera encerrarse en su habitación, deseando que el mundo lo dejara en paz.
En menos de una semana, sus padres tomaron la firme decisión de abandonar la enorme y abarrotada ciudad Lumiose, para refugiar a su niño en un pueblito al sur de la región y que este pudiera vivir con tranquilidad. Una pequeña villa de suelos adoquinados y nada más que un puñado de casas, uno de sus vecinos dispuesto a darle educación sin la necesidad de tener que ir a un colegio.
Kalm se convirtió en un niño recluido, silencioso y taciturno. Asociando cualquier intento de destacar o de llamar la atención a un fuerte sentimiento de rechazo, alzó sus barreras en aquel pueblo solitario alejado del resto del mundo.
Y en tan solo unos meses, el mundo se había olvidado completamente de él.
La historia había sido exageradamente sacada de proporción, pero había durado tan poco tiempo que fue muy fácil de olvidar. Especialmente para una niña de su misma edad, que no encendía la televisión para más que ver dibujos animados y alguna que otra serie infantil. La emoción la había inundado el día que oyó que un niño se había mudado al mismo pueblo que ella, que no tendría que recorrer todo el camino al centro de la ciudad para poder jugar con alguien de su edad. Y la curiosidad pudo muchísimo más que ella cuando descubrió que aquel niño era su vecino, viviendo en la casa justo al lado de la suya.
Por supuesto, el resto de los habitantes de la villa sabían su historia – eran sus propios padres los que habían hablado con ellos para explicarles la situación, con la esperanza de que nadie lo molestara y pudiera vivir en tranquilidad. Pero para aquella niña extrovertida, deseosa de tener a un nuevo amigo, asomarse por encima del seto divisorio para espiarlo como si se tratara de un bicho raro se convirtió en su máxima diversión.
Una diversión que Kalm asoció inmediatamente con la acosadora persecución que los medios habían tenido con él. Serena no podía comprender por qué aquel niño había decidido ignorarla tan deliberadamente, cuando nunca había tenido ningún problema para hacerse amiga del trio de niños que vivía en el centro del pueblo.
Se trataba de una de las tantas ironías del destino, que su dichosa ignorancia fuera lo que terminara cruzando sus caminos, una vez llegó el invierno en la región. Serena no tenía ni la más remota idea de quien era ese niño, pero lo veía cuidar de su Kangaskhan todas las tardes en el patio delantero de su jardín.
Afortunadamente, Kalm no había dejado de lado su gran apego por los Pokémon.
Afortunadamente, al Ryhorn de su madre se le había dado por no querer comer.
Su madre simplemente le había dicho que lo dejara en paz, que cuando tuviera hambre él solito iba a comer. Pero para la inocente mente de una niña que desayunaba, almorzaba, merendaba y cenaba religiosamente todos los días, aquella actitud la preocupó terriblemente.
Al tercer día consecutivo de que este ignorara su plato de comida, y con su madre restándole importancia a la situación una vez más… Serena no pudo evitar imaginarse lo peor. No quería que nadie la viera, y no quería poner triste a su Ryhorn, por lo que, escondida de cuclillas entre la esquina de la casa y la parte delantera del seto divisorio, se tapó la cabeza con los brazos y se puso a lloriquear, tratando de hacer el menor ruido posible.
Había tratado de esconderse, pero desafortunadamente para ella, los instintos maternales de los Kangaskhan hicieron que fuera la primera en llegar al rescate. De más de dos metros de alto, la cabeza del Pokémon se asomaba fácilmente desde el patio de sus vecinos. Y subido en sus hombros, el niño finalmente le había dirigido la palabra.
"¿Por qué estás llorando?"
"Mi Ryhorn está enfermo y se va a morir…"
Abriendo los ojos de par en par, Kalm no dudó un instante en treparse por el seto divisorio y saltar junto a ella, tomándola tan de sorpresa que hizo que le cortara el llanto. Y al ver como el niño pasaba de largo y se encaminaba hacia a su Pokémon, esta comenzó a seguir sus pasos.
Acercándose con cautela hacia su madriguera en sus arbustos, lo observó apoyar con cuidado la palma de su mano en una de las placas de su cuerpo, para luego acercarse hasta oír su profunda respiración.
"Sólo esta durmiendo. Debe haber comenzado a hibernar."
Kalm se dio vuelta, tratando de tranquilizarla. Pero ante la confusa mirada de su vecina, a este no le quedó más que explicarle lo que eso significaba. Resultó bastante difícil convencerla de que su Ryhorn iba a dormir de corrido por las próximas semanas y que eso no era nada de lo que preocuparse. No fue hasta que este le enseñó que, si apoyaba la mano en su cabeza, podía notar como estas vibraban lentamente con su acompasada respiración que la niña volvió a sonreír, sus ojos brillando de alegría por encima de sus lágrimas.
Una reacción tan inocente y adorable que su vecino no pudo evitar echarse a reír.
Recuerdos salpicados a través de los años continuaron dibujándose en su viaje por las memorias de aquellos dos. Serena presentándole sus amigos a un receloso Kalm, que lo habían reconocido casi inmediatamente. Kangaskhan y Ryhorn jugando a las carreras por los alrededores de su pueblo, y sus madres retándolos por el desastre que habían causado en la plaza principal.
Kalm mostrándole el trofeo infantil a su vecina, y contándole por qué se había ido a vivir allí. Serena mostrándole a su amigo las decenas de libros de crianza Pokémon que su madre tenía en la biblioteca. Ambos echados bajo la sombra de un árbol inmenso, mientras su compañera le confesaba sus deseos de irse de aquel pueblo y explorar el resto de la región.
Habían pasado casi diez años desde que su historia se había hecho viral. ¿Cuánto tiempo iba a permanecer allí, aislado del mundo? Mientras más insistía Serena, y mientras más lo negaba Kalm, notaba como sus ganas de volver a aquel mundo regresaban, cada vez con más fuerza. Ya no era un niño – si quería dejar el pasado atrás, la mejor forma de hacerlo era enfrentar aquello de lo que había decidido esconderse.
Era su sueño – algo con lo que no había dejado de fantasear desde que le había rogado a su madre entrar en aquel torneo juvenil. Su Kangaskhan ya no se encontraba en condiciones de combatir… pero estaba seguro de que encontraría a alguien más. Y lo mejor de todo, es que no estaría solo.
Su sonriente vecina, excitable y extrovertida, estaría a su lado. Él no era el mejor para hablar con desconocidos, por lo que era la compañía perfecta. Tardó mucho tiempo en convencerse de que todo iba a estar bien, de que no iba a pasar nada. Y cuando su vecina cumplió los dieciséis años… finalmente aceptó emprender aquel viaje.
El suelo entero se sacudió ante la violenta reacción de los recuerdos de Serena, mientras esta se lanzaba gritando de alegría a abrazar a su vecino, incapaz de contener la emoción. Años de haber leído libros de crianza, de entrenamiento, ¡de aventuras! ¿Cómo iba a poder negarse a eso, a convertir la fantasía en realidad con sus propios ojos? ¡Qué rayos importaban a esa altura un puñado de paparazzis de hace una década!
Durante dos años, la carga emocional de los recuerdos se incrementó drásticamente. Amber podía sentirlo, como si aquellos sentimientos fueran los suyos propios, más intensos que nunca.
Nerviosismo al viajar a Lumiose después de tantos años.
Alegría al alzar a su Froakie en brazos por primera vez.
Emoción al ganar su primer combate de gimnasio.
Determinación al entrenar día y noche sin parar.
Admiración al descubrir el fenómeno de la mega-evolución.
Durante esos dos años, el peso de las memorias de esos dos cayó sobre sus hombros como una avalancha. Mew podía sentirlo, como criaturas viscosas reptando sobre su espalda y deseosas de cerrarse sobre su cuello.
Preocupación al sentir que su compañero la estaba dejando atrás.
Tristeza por notar como su vecina no la estaba pasando tan bien como él.
Resentimiento al haber rechazado aquella impresionante piedra activadora.
Condescendencia al verse forzada a aceptar aquella esfera violácea infalible.
Antipatía hacia cualquier cosa que se interpusiera entre ambos.
De haber tenido todo el tiempo del mundo, le habría encantado observarlo con más detenimiento. Aquel viaje inolvidable por la región que había sido su hogar temporario hace tantos miles de años. Si observaba lo suficiente, estaba seguro de que obtendría la respuesta de por qué se encontraba tan arraigado a las memorias de ambos.
Pero eso no era lo que estaba buscando. Esa no era la historia por contar.
