NO —niega Adrien, furibundo—. Mi respuesta es tajante y no declinaré. Emma no se moverá del castillo.

—Con todo respeto, primo —esboza Félix, embrollado—. Emma ha dicho que, si no le das permiso, se escapará a la mala. ¿Realmente quieres eso?

—Nunca creí que diría esto —exhala, colérico—. Pero eres un traidor, Félix.

—¿Disculpa? —frunce el ceño.

Dos días después. 10:20PM.

—Tú lealtad, debería ser conmigo. No con mi hija —sentencia el conde, sentado detrás de su escritorio—. Desacatar mis ordenes, es traición.

—¿Te estás oyendo, tonto? —rebate—. Emma es una Agreste, como tú. ¿De qué forma estoy siendo un traidor, si busco hacer posible sus sueños?

—En el momento en que determinas tener jurisdicción por sobre la mía —berrea Adrien—. Solo buscas desestabilizar mi familia.

—Te has vuelto un despuntado de mierda ¿Sabias? —contradice Fathom, injuriado—. Has perdido el rumbo, primo. Emma es tu hija, no tu propiedad. Comienzo a pensar que Kagami te lavó el cerebro.

—Te equivocas. Kagami ni si quiera me apoya en estos temas —impugna el aristócrata—. Ella comparte tu moción. Hasta la entrenó contra mi voluntad y me ha desobedecido en todo.

—¿Desobedecido? ¿Pero quién demonios te crees, cabrón? —contraría Graham de Vanily, mosqueado—. Solo eres un mimado crio que ha tomado posesión de sus tierras. No te creas el emperador del mundo.

—¡Esto no tiene nada que ver con mi posición, Félix! —discute Agreste, levantándose con autoridad— ¡Soy el padre biológico de Emma! ¡Yo veré que es mejor para ella o no! ¡No se discute más!

—¡¿Cómo puedes decir que velas por sus intereses, si le niegas sus ambiciones?! —desmiente Fathom, colérico— ¡Estás cometiendo un grave error, primo! Tanto que te quejaste de que tu esposa no tomaba en cuenta tus decisiones y ahora caes en lo mismo con tu única hija. Te aviso que, si sigues así, la vas a perder.

—Te lo advierto, Félix. Deja de llenarle la cabeza a Emma de cosas estúpidas —discute el francés.

—¿Por qué yo soy el culpable? ¿No has pensado en Marinette, idiota? —riña el inglés—. Te recuerdo que ella es su madre biológica también. Y ante eso, no tienes pito que tocar. ¿Sabes qué? Me irrita hablar contigo —se da media vuelta, caminando hacia la puerta—. Pensé que podría buscarlo por las buenas, pero me temo que no será posible. Tendrás que discutirlo con ella, entonces. Y te aseguro, que saldrás perdiendo.

—Como te encanta jactarte de que la tienes para ti ¿No?

—¿Estás seguro de que no tienes ese bicho encima? —insinúa el británico, malogrado—. Te comportas como un infectado.

—No soy ningún zombi —aclara—. Solo me excomulgaron.

—Se nota —sale por la puerta—. Adiós.

—¡Félix! ¡No he terminado contigo! —golpea la mesa— ¡FÉLIX!

[…]

—Lo siento, chicas. Lo intenté —exhala Félix, frustrado—. Pero no hay como hacerlo entrar en razón. Adrien no me va a escuchar. Me detesta y me ve como su enemigo ahora.

Poblado de Le Mans. 16:10PM.

—Nunca creí que diría esto —retoza Marinette, levantando unos sacos contra el hombro—. Pero Adrien es un imbécil.

—Mamá —espeta Emma, ofendida—. Por favor…

—Perdóname, cariño. Pero es la verdad —determina la mayor, depositándolos contra una carreta—. Aunque nos duela admitirlo, Adrien ha cambiado demasiado desde la última vez que tratamos con él. ¿Cómo es posible que haya evolucionado tanto su personalidad? —berrea—. Pasamos de un sujeto al que nadie tomaba en serio su opinión. ¿A este déspota? Sin duda Kagami tuvo que influenciar.

—Dijo que ella no lo apoya en algunas decisiones —explica Fathom—. Pero de cierta forma, ella aportó en parte. Después de todo, fue la única mujer que lo envalentono a tomar acciones. Y se ha encargado de construir un orgullo mediante la aceptación de su pueblo. Si mi primo fuese político, a su esposa le iría bien como asesor de imagen, eh.

—Solo tiene miedo por mí. Es todo. Por favor no lo juzguen tan mal —comenta la Agreste, levantando un par de tablas— ¿Así está bien, señora Blanchet?

—Gracias, pequeña Emma —agradece la anciana—. Si no fuera por tu ayuda, no habría podido reconstruir mi molino.

—Iré por más tablones y escayolas a los barracones —brinca animada, la menor— ¡Luka! ¿Me llevas?

—Ven conmigo, Emma. Te llevo —la monta sobre su yegua—. Ya regresamos.

—Esto no está funcionando, Félix —le endosa Dupain-Cheng, limpiando el sudor de su frente—. Si bien accedí a acompañarte en esta contienda de curar infectados, sanar heridos y reconstruir el poblado…no siento que sea meritorio del trato que Adrien nos da. Míranos. A nadie le importa lo que hacemos.

—Es lo que pasa cuando trabajas de caridad, mi amor —explica Graham de Vanily, martillando las mamparas de unos ventanales—. No hacemos esto por Adrien. Quieras reconocerlo o no, la comunidad nos dará las gracias.

—¿Y pretendes vivir de la pobreza? —se cruza de brazos, afrentada.

—¿Qué dices? ¿Te parece que yo sea un hombre pobre por querer ayudar desinteresadamente? —bufa el inglés, brioso—. Hoy en día, la reputación de una persona lo es todo. Seremos recompensado por nuestros esfuerzos.

—Si. Bueno. Pero…—rueda los ojos, sarcástica—. Nadie nos paga ni un duro por esto.

—Cariño, eso no es verdad…—sisea Félix, malogrado—. Durante mi entrenamiento en Cantabria, aprendí que-…

—Muchas gracias por su ayuda, jóvenes —interrumpe un anciano, regalándoles un saco de carne seca—. Por favor, acepten este pago por su esfuerzo. Mi familia está muy agradecida por sus labores.

Marinette calla de golpe. Mira a Félix. Se ruboriza. Desvía la mirada.

—¿Decías? —murmura el rubio, sugerente.

—N-nada…déjame, tch…—chasquea la lengua, abochornada.

—Lo aceptamos sin duda, señor. Para nosotros es un placer poder ayudar —revela Fathom, jovial—. Díganos una cosa. ¿Conoce a algún infectado que necesite el suero?

—Si, jóvenes. Al norte de aquí, un par de familiares fueron mordidos por esos monstruos —añade, preocupado—. Si pudieran ayudarlos.

—Claro que podemos —Félix le da un codazo a su mujer, optimista—. Por aquí mi chica tiene el suero. ¿Qué dices, mi amor? ¿Los visitamos?

—Y-yo…claro…—acepta, febril—. Traigo conmigo un par de jeringas. Guíenos, por favor.

—Vengan conmigo. Tomen caballos —sisea el campesino—. Aunque yo no tengo.

—No se preocupe. Nosotros si tenemos transporte —carcajea, contento—. Súbase al corcel de mi novia —lo sienta en el lomo del animal—. Andando, cariño.

Te divierte esto ¿No? —Marinette lo fulmina con la mirada.

Mucho. Ya te acostumbrarás a hacer el bien —le responde, en una sonrisa afable.

A Marinette le ha costado un poquito, por no decir "mucho" el poder acostumbrarse a esta clase de vida. No voy a negar que fue criada en cuna de oro. Bajo la tutela de una familia acaudalada y acostumbrada a otros tratos. Si bien era consciente de que los zombis destruyeron lo que alguna vez determinamos como normal, ella nunca tuvo que enfrentarse a esta clase de adeudos. Yo por mi parte, siendo un Duque inglés. El mismismo Duque de Hastings, logré alcanzar este título humilde conforme me mezclé con los anglicanos. Lo cierto es que volví a vestir mi hábito. No el que destruí esa noche. Si no, la muda que traía. No lo hice porque quisiera profesar su religión. Si no porque estaba dispuesto a sopesarla y hacer cumplir mi devota fe. La de asistir al prójimo sin recibir nada a cambio. Marinette no es una mala persona. Ni mucho menos materialista. Solo le presenta declive trabajar; acostumbrarse a este estilo de vida, es todo. Ya va a conseguirlo. Mientras más nos mezclemos con la clase obrera, más irá asimilándola parte de su vida. Es lo que nos espera, de aquí a varios años más.

Esa tarde logramos ayudar a lo menos, 20 familias. Yo me sentía casi pagado. Y la carreta que transportaba en un comienzo suministros, se nos llenó de muchas bendiciones. Los pobladores no tenían como pagarnos en oro. Ni pedimos cosas a cambio. Sin embargo, nos regalaron muchísimas vicisitudes. Cebada, pan, carne disecada, piel de marmota, miel, papas, y muchos arándanos. Lo suficiente como para hacer mermelada para todo un año. Curiosamente, a eso de las 21:05PM. Marinette era la más contenta por su esfuerzo. Jalaba de los caballos, resuelta. Como quien hubiese conseguido cerrar un negocio redondo. ¿Quién lo hubiera dicho?

—No salió nada de mal —exclama Dupain-Cheng, febril—. Mira todo lo que conseguimos para la casa.

—Ahh…—expresa Félix, satisfecho— ¿Ya viste que no es tan malo? ¿Ves que podemos vivir de esto?

—Sin duda que sí. Creo que te juzgué mal, Félix —admite, airosa—. Imagina si solo pudiéramos llevar esto a nuestro propio hogar.

—No hace falta llevarlo al castillo ¿Sabes? —Fathom la ataja del antebrazo—. Hey. Quiero que sepas, que parte de mis ganancias se las estoy enviando a mi madre a Calais.

—¿Qué dices?

—No tenemos por qué darle estos premios a Kagami ni a mi primo. Déjame encargarme yo —advierte—. Aún estoy en contacto con ella. Y le he planteado lo de vivir en la isla de Cantabria. Si estás de acuerdo, permíteme enviar todo esto a nuestra casa, allá.

—¿Ya construiste una morada para nosotros? —despabila, ansiosa.

—Está en proceso. Pero sí. Y no es una casita, solamente —ratifica el inglés—. Será una mansión. Solo para nosotros dos y Emma. Y bueno…para quienes vengan. Te ruego no le cuentes de nadie de nuestros logros acá. Los enviaré a la isla en cuanto reciba la carta de reporte sobre las tierras. Aún no sabemos del todo si está habitable. Ha pasado mucho tiempo…

—Félix…tú…—balbucea Dupain-Cheng, orgullosa—. Eres un chico muy listo…

—¿Eso te molesta?

—¿Cómo podría? —sisea la peliazul, mordisqueando el labio inferior de su amante—. Te amo tanto. No sabes cuanto me gustas. Siempre piensas en todo…

—Quiero que seamos felices, Marinette. Solo eso —arguye el inglés, sujetándola de la cintura—. Me aseguraré de que tengamos un lugar seguro en donde vivir. Solo-…

—Disculpe —interrumpe una mujer, de la nada— ¿Es usted un enviado de la familia Agreste?

—¿Eh?

Nos roba el momento. Mas no declinamos en injurias. Es una lozana mujer, que viste ropas de buen vestir, pero desaforada actitud. La noto muy preocupada. Porta un morral repleto de libros. Los veo desde el alejado ángulo.

—Si. Lo somos, en efecto —establece Marinette, tomando la palabra con señorío—. Disculpe. ¿Qué necesita? ¿Quién es usted?

—Perdonen la intromisión del momento —se excusa la fémina—. Mi nombre es Caline Bustier. Soy la profesora de la escuelita del poblado. Nuestro establecimiento se quemó por completo y estábamos esperando ayuda de los Agreste. ¿Vinieron para ayudarnos?

Chloé de mierda. ¿Cómo se te ocurre incendiar una escuela? —despabila Fathom, deslucido—. Sin duda, señora. Vinimos para eso. Aunque ahora mismo es algo tarde e íbamos de regreso. Quizás maña-…

—Vamos a ayudar —interrumpe Dupain-Cheng, gallarda—. Díganos. ¿Qué le falta?

¿Mi amor? —Félix parpadea, estupefacto.

—Solo terminar de reparar el techo y traer mesas para las sillas que nos sobran —especula, Caline— ¿Creen poder con eso?

—Vamos, cariño —la ojiazul lo jala del antebrazo, determinada—. Iremos ayudar. Justo mi hija venia de vuelta con insumos de tejas y paneles de madera.

Válgame Dios. He creado a un monstruo de la ayuda.

Escuela de Le Mans. 22:01PM.

Aquí estamos. En medio de la noche más lóbrega. Ayudando a restaurar una desahuciada escuelita rural. Resultó ser, que Caline no era solo una profesora muy dedicada a la educación. Si no que también prestaba servicios de caridad junto con algunos agricultores del poblado vecino. Solía ir y venir en misiones, sin fines de lucro. Alimentando y generando entregas de larga distancia; a lugares donde nadie más quería ir. Nos contó, que el dinero escaseaba y que los embates de esas criaturas, come hombres, le habían arrebatado a la mayoría de sus camaradas. Sin embargo, hasta ese momento por una suerte de sabiduría divina, su establecimiento logró soportar las oleadas de ataques y saqueos. Hasta que el incendio llegó. Apesadumbrada, reveló sentirse intranquila con lo ocurrido. ¿Quién podría ser tan malvado? Sobre todo, porque algunos de sus estudiantes solían pernoctar en la casona del patio en una especie de orfanato.

—Alguien que no está en su sano juicio —determina Emma, estrujando un palo de escoba rudimentaria—. Como si no tuviéramos suficiente con la guerra y esas criaturas horribles. Venir a dejar sin un techo a niños inocentes…es de lo peor. Esa persona tiene que pagar por sus delitos.

—¿Persona? —pregunta Bustier, acomodando un par de candelabros— ¿Acaso ya saben quién estuvo detrás de esto?

—Lamentablemente, sí. Al menos, todo apunta a ella —revela Félix, tapeando un ventanal—. Aunque me atrevería a confesar que no actúa sola. Alguien la debe de estar manipulando para hacer el mal.

—Tiene sentido, ahora que lo menciona —reflexiona la docente—. Durante un par de viajes a Paris, me tocó visitar ciertos centros de acogida bastante lúgubres.

—¿Qué clase de lugares eran esos? —interviene Marinette, dubitativa—. Si tuviera que describirlos. ¿Diría que parecían más bien una secta?

—¿Eh? Pues…si, eso creo —admite la profesora, pasmada—. Una de ellas, quedaba al borde del Sena. Entraban y salían personas, con vestimentas oscuras. La mayoría de los ciudadanos contaban historias sobre no acercarse a tales territorios del sur. Porque decían que eran territorio de organizaciones malignas —añade—. Todo aquel que iba, no regresaba con vida. Sin embargo, heme aquí. Nunca me hicieron nada. Por el contrario, me pagaron bastante bien por los materiales que suministré.

—Puedo preguntarle —interviene Graham de Vanily— ¿Qué clase de insumos eran esos?

—Nunca lo supe. No es parte de mi trabajo revisar la mercadería. Y yo no buscaba tener problemas por ser tachada de soplona o algo similar. La gente confía en mí, por mi apática discreción —confiesa Caline, escalando una mampara con tejas—. De igual forma, creo que solo eran mitos urbanos que la gentuza inventaba para espantar. Me cuesta creer que el mal se haya sembrado en estas tierras, de una forma tan oculta.

—El mal no tiene lugar, nombre, edad, ni tiempo, señorita Bustier —relata la menor de los Agreste—. Lo he visto con mis propios ojos.

—Es usted una chiquilla muy despierta, señorita Agreste —halaga la pelirroja—. Puede que hasta tenga pasta para ser profesora también.

—Algún día…espero lograr contribuir con mi pueblo, enseñando cosas buenas —expresa jovial, la rubia.

—¡Félix! ¡El tejado del lado oeste está listo! —vocifera un sucio Luka, asomando la cabeza por el entretecho— ¿Podemos terminar mañana? Muero de hambre.

—Gracias por tu ayuda, Luka. Como siempre tan servicial —le señala el monje, ofreciéndole su mano en son de una sonrisa varonil—. Claro, terminemos mañana. Ven conmigo. Baja.

—Ah. Eh. Y-yo…no te preocupes, puedo bajar solo —musita el peliazul, abochornado.

—Si te sacas la chucha no te voy a recoger, eh —bufa Félix, divertido—. Ya conoces las reglas.

—Si tropiezo, me aseguraré de caer en tus brazos entonces —bufa de vuelta, descendiendo.

—Que engreído —el inglés chasquea la lengua, gustoso con su complaciente comentario—. Ya que estoy mamado, no exageres.

¿Mh? ¿Qué fue eso? —Dupain-Cheng tuerce los labios, simulando una mueca suspicaz—. ¿Por qué de pronto los veo tan melosos a esos dos? Que extraños son los hombres…

—¿Ya se van? Si gustan, pueden pasar la noche conmigo —propone Bustier, jocosa—. Mi casita no es apoteósica, pero con humildad es muy cómoda y puedo prepararles un guiso para comer.

—Le agradecemos muchísimo su cariño y hospitalidad, maestra Bustier —Emma toma sus manos, animada—. Pero si no vuelvo a palacio, mi papá se pondrá como un loquito. Últimamente no anda bien de los nervios. Debe de ser la edad, ya está viejito. Comprenderá.

¿Adrien Agreste, un anciano? —Caline ríe, turbada—. Claro. Lo entiendo jeje…—. Pero si ese joven no debe de tener más de 30 años…—. Pues entonces nos veremos mañana de nuevo ¿No? Aquí los estaré esperando.

—Sin duda. Y gracias por la información que nos ha dado —Félix estrecha su mano, retribuido—. Es sumamente valiosa para nosotros. No sabe cuánto.

—Estaré para lo que necesite. Ustedes me parecen una pareja maravillosa —esboza galante, la muchacha—. Sigan así. Dedicarse a hacer el bien, siempre es una bendición en estos tiempos.

Es curioso lo receptiva que puede llegar a ser la gente con nuestra relación. Porque, aunque no lo parezca abiertamente ni queramos admitirlo, con Marinette estamos haciendo esto en una especie de "terapia" de pareja. Dedicarnos a darle una mano a otros, sopesando el dolor de la perdida de nuestro bebé. Esa fue la forma más sana de poder salir adelante. Y estoy seguro, de que mi mujer lo sabe y lo siente igual que yo. Si algo aprendí con los años, es que una mente ocupada y activa, logra sobrellevar mejor los traumas del pasado. Sin hacer caso omiso a que sucedieron, claro. Estamos en vías de…reconciliarnos, en ese aspecto. Tomo su mano y le ayudo a montar de regreso.

Volvemos al Castelo.

A esa misma hora. Despacho de los Agreste.

—Ya veo. Así que Chloé Bourgeois te lo ordenó —rezonga Adrien, paseándose de un lado a otro en actitud hosca—. Esa mujer ha perdido el juicio.

—Fue mucho más que una orden, señor Agreste —advierte Sabrina, cabizbaja—. Está dentro de los preceptos de la secta de los milagrosos, poder llevar a cabo la potestad divina de nuestro líder.

—¿Y quién es? Ese "supuesto" líder del cual haces mención.

—No lo sé, señor. Nadie ha logrado verle el rostro. Se mueve en las sombras y procura siempre usar una máscara de oro para cubrir su identidad —confiesa Raincomprix, azarosa—. Aunque a juzgar por su tono de voz, muchos dicen que es una mujer. Y de edad avanzada.

—¿Una anciana lidera una secta de enfermos mentales? —repite, mosqueado—. Esto tiene que ser una broma.

—Toda la información que conozco, está ahora a su disposición —exterioriza la meretriz, dando un paso hacia atrás con sumisión—. Tiene la dirección en Paris, el cómo pasaron las cosas y el por qué. Si no necesita nada mas de mí. Me retiraré por h-…

—¿A dónde vas? —espeta Adrien, fulminándola con la mirada—. No te he dicho que puedes irte.

—¿Eh? Pe-pero…ya le dije todo lo que sabía, señor —tartamudea, confundida.

—Hay otro tema que me inquieta. Mas bien, me incomoda en demasía —balbucea el Agreste, malogrado—. Y es tu presencia en mi hogar. ¿Qué se supone que haces aquí? ¿Quieres provocar algo en mi familia?

—¿Disculpe? No comprendo…

—No te hagas la tonta conmigo ¿Quieres? Puede que antes haya sido un idiota que no veía las cosas. Pero cambié —impugna, sirviéndose una copa de vino en el proceso—. Ahora estoy más despierto que nunca y veo claramente, tu propósito aquí.

—Con todo respeto, conde —deniega la bermeja, turulata—. No hay dobles tintes para mí. Puede que lo desconozca, pero fui traída a la fuerza hasta acá por su esposa. La señora Tsurugi. Ella me tomó prisionera para interrogarme.

—¿Prisionera? —chista el rubio, tomando un sorbo extenso de su copa— ¿Qué clase de prisionera, duerme en una habitación con ventana al sur, tres comidas al día y cómoda cama?

—No se ofenda. Pero…—desmiente, abnegada— ¿No cree que sería mejor, preguntarle estas cosas a su mujer? Si tiene inquietudes que le asalten sobre mi estancia aquí, soy la persona menos indicada para saciarlas.

—Si quisiera preguntarle algo a mi esposa, la hubiera citado a ella esta noche. Pero no está aquí ¿O sí? —repele el ojiverde—. Así que iremos al grano tú y yo. Porque sinceramente, no soporto tu presencia en mi morada.

Este chico…está celoso. Muy, celoso. Ni si quiera sabe cómo disimularlo. Se hace el rudo y el del poder, pero es un pobre chiquillo tímido que tirita por dentro. Es inusual por estos días encontrar varones tan sensitivos, pero al mismo tiempo me conmueve. Por más que quiera repudiarlo por el trato agrio que me da, no hay manera de odiarlo. Supongo que…no me queda de otra que darle una mano —exhala Sabrina, abatida—. Está bien, joven Adrien. Lo entiendo. Se que se muere de ganas por echarme. Después de todo, soy una trabajadora sexual. Y eso sin duda pone en peligro la moral de su palacio. Pero también sé que teme hacerlo, por represalias de Tsurugi-san. Así que, para no causarle un tormento. No. No me estoy acostando con su esposa —dictamina, mintiendo sin tapujos de por medio—. Kagami no solo me trajo para interrogarme. Lo cierto es que nos tendió a mí y a mis amigas una manito. Luego de que el burdel fuese incendiado por completo. Perdí todo lo que tenía en el incidente. Quedé prácticamente con lo puesto. Es por eso que ella, en su infinita bondad nos tendió un techo, comida y cama. Le ruego no cavile cosas extrañas entorno a nosotras dos. Es su cónyuge. Una mujer muy devota y lo ama mucho. ¿Le sirve mi explicación?

—…

Ok. Veo que no funcionó. Vale. Al menos lo intenté ¿No? —arguye Raincomprix—. En cuanto la casa en la que vivo sea completamente reconstruida, me marcharé. Y no tendrá que volver a verme la cara de nuevo. Tiene mi palabra.

—N-no quiero eso…

—¿Disculpe?

—Mi esposa…—confiesa Adrien, abochornado—. No tiene amigas. Ni un circulo social del cual rodearse con confianza. Comprenderás que es una afuerina. Una japonesa, de tierras lejanas. La mayor parte del día se la pasa ensimismada en quehaceres mundanos. Velando por los campos de cultivo, la productividad de las tierras y el poblado. Y de alguna manera…—se rasca la nuca, liado—. Mhm… ¿Cómo decirlo? La noto algo…sola.

—Bueno, Kagami es una mujer solitaria.

—Lo era. Cuando la conocí. Pero ya no deseo eso para ella —replica el rubio, malogrado—. Mi esposa merece también una oportunidad para hacerse querer. No todo en la vida es estrategias y miedo infundado. Se ha esforzado muchísimo por lograr que los aldeanos me reconozcan como su legítimo nuevo líder. Sin embargo, siento que estoy al debe con ella en eso —argumenta, tomando otro sorbo de vino—. Yo también debería estar haciendo campaña para hacerla respetar y notar, entre mis súbditos. Porque si el día de mañana yo muero ¿Quién va a cuidar de mis pobres aldeanos?

Lo supuse. Este chico…realmente está enamorado de Kagami —traga saliva, mermada—. Tiene toda la razón, señor. ¿Es eso lo que busca? ¿Darle un lugar a ella también?

—Kagami se ha ganado el cariño de mi hija. De una manera insospechada que no llegué a dimensionar. Además, toma en cuenta mis aprensiones y me hace un hombre más pleno y seguro de mí mismo —confiesa a corazón abierto, el ojiverde—. Me devolvió la voz ¿Sabes? Una que, de antaño, perdí. Por querer buscar complacer armatostes de otros que creyeron, manipular y controlar mi vida. Y aunque a muchos les parezca que me he transformado en un hombre acido y poco grácil. Lo cierto es que no es así. Solo estoy intentando hacerme escuchar. Que lo que yo diga, tenga peso y valor. ¿Me explico?

—Se explica a la perfección, Adrien. Pero…—sisea, confundida—. No comprendo la finalidad de lo que me cuenta. ¿Quiere que me vaya o cómo?

—No. No quiero que te vayas…—contraría el varón, en una sonrisa ladina—. Quédate. Kagami necesita una amiga. Una aliada, fiel, a su lado. Tendrás mi bendición de permanecer en mi casa. Solo si juras una cosa.

—¿El que?

—No caigas en seducciones —ratifica el galeno, apabullado—. Te pediría de todo corazón, que dejes de lado tu profesión y construyas un vínculo con ella que no sea necesariamente sexual. Por favor, ya no le coquetees más. La verdad es que…sí. Soy un hombre un tanto receloso. Me he acostumbrado a esta vida. Ya me hice una idea de lo que quiero con ella. Que es afiatar nuestra relación. Y lo que menos busco, es que un tercero interfiera en ese proceso. Te pido no me entorpezcas…porque no deseo tomar medidas crueles en tu contra.

—Con todo respeto, joven Adrien. Es ella quien me busca en ese ámbito —alterca Sabrina, de forma sincera—. Es cierto que yo no me niego, porque está en mi naturaleza. Pero-…

—Lo sé. Lo tengo muy claro. Estoy sumamente al tanto de los gustos mundanos que profesa mi esposa —porfía el hombre, esperanzado—. Pero ya no quiero que siga en eso. Yo me encargaré personalmente, de quitarle esas complacencias en el calor ajeno. Déjame ese trabajo a mí. Soy su marido. Tenemos mucho aun, en lo que trabajar. Solo te pido una cosa —combate, siendo incisivo en su condición— ¿Puedo contar contigo para eso? ¿Si o no?

—Mire. Le seré sincera. Yo no renunciaré a mi rubro. Sin embargo, Kagami me ofreció poder ser una cortesana. Me hizo firmar un documento sobre eso —litiga la meretriz—. Y ¿La verdad? El contrato me favorece muchísimo en temas monetarios. Continuaré con ese proyecto. De convertirme en una mujer de clase y de alto valor para la corte. Pero, sin duda tomaré su palabra y le juro por mi honor, no volver a caer en sus cortejos. Siempre y cuando también financie mi porvenir.

—Hecho. Tienes mi palabra —acepta el conde, estrechando su mano contra la suya—. Tenemos entonces un acuerdo también.

—Lo tenemos, señor —asiente, gozosa.

Alguien llama a la puerta. Es Kagami.

—Conque aquí estaba, Adrien —confirma Tsurugi, fulminando a ambos con la mirada. Más, no emite juicio personal al respecto. Es más que obvio, de que hablaban y asume la responsabilidad de la reunión. Opta pasar por alto la presencia de la meretriz—. Le informo que la cena está servida. Llegaron su primo y Marinette del poblado. Emma requiere hablar con usted algo importante.

—¿Ya están en el salón?

—No. Están tomando un baño. Pero será mejor que baje. Luka tiene algo que contarle —advierte Kagami, en actitud templada.

—Voy entonces —asiente, caminando hacia la puerta—. Gracias por la información brindada, Sabrina. Estaremos en contacto.

—Que disfrute la cena, señor —lo deja ir.

—Oye —la nipona jala del antebrazo a la muchacha— ¿Qué mierda le dijiste a mi esposo?

—Nada que no quisiera escuchar —admite la chica de cabellos naranjas. Se suelta de golpe—. Por favor, no me mire así. Fui muy reservada. Adrien no sabe nada más.

—Te quiero esta noche en mi cuarto.

—Eso está algo complicado, Kagami —reitera la campesina, ofuscada—. Tengo ordenes de ser su amiga.

—¿Qué dices?

—Lo que escuchó —sentencia Sabrina, decidida—. Adrien aceptó dejarme vivir en el Castelo, con la condición de no caer ante sus encantos. Y lo cierto es que me parece lo más sensato en estos momentos. Le recomiendo preocuparse de su matrimonio, en vez de sus pasiones —sale por la puerta—. Tenga buena cena, señora. Con su permiso.

—Tch…—gruñe, injuriada—. Mierda. ¿Cuál es tu plan, Adrien?

[…]

—Está en Paris —declara Couffaine, recatado—. Los aldeanos así lo ratifican. Si deseamos capturar a Chloé Bourgeois es imperativo que viajemos hasta allá.

—Que fastidio. Esto se escapa de mis manos —retoza el aristócrata, estrujando su copa de vino—. Ya lo dije antes. No me moveré de Le Mans hasta que toda la población esté segura. Sana y salva.

—Fu y Max partieron esta mañana como ordenó —admite Luka—. Su ruta contempla parte del norte. Pero el sur sigue desprovisto. Necesitamos cuanto antes movernos a la brevedad.

—¿Qué sugieres que haga? ¿Mandar a las tropas de mis padres?

—Si me permite, Adrien —propone el caballero—. Ya no son las tropas de ellos. Son suyas, ahora.

—Ya. Pero tengo el escritorio lleno de papeleo y documentación que mi padre dejó desatendida durante meses y no doy abasto para tanto —berrea el rubio, ofuscado—. El rey solicitó tropas al noreste que Gabriel nunca envió. Hoy recibí cuatro denuncias de desacato de monasterios del este. Y para peor, debo responder por crímenes de aldeanos que ni sé, como pasaron. ¿Sabes la presión que tengo ahora sobre mis hombros?

—Es entendible. Suele suceder esto, cuando una nueva administración cambia de procurador —reafirma el peliazul—. Aun así, creo que Kagami podría ayudarle con tales tareas.

—Por supuesto que, si se lo pido, Kagami me ayudará. Mi esposa es una excelente administradora —Adrien se toma la cabeza, afrentado. Rellena su copa y toma otro sorbo, hasta embriagarse—. No pongo en tela de juicios sus aptitudes. No obstante, no puedo evitar sentirme ávido de acucioso juicio. Soy yo finalmente, la cara visible en esta sociedad machista y patriarcal. Y para peor…—desvía la mirada—. Mi hija pidió una audiencia conmigo de manera formal.

—Eso ultimo ¿Qué tiene de malo?

—Como que ¿Qué tiene de malo? —refuta el médico, agraviado—. Mi propia hija ya no se me quiere acercar de palabra. ¡Pide audiencia como si fuera un aldeano más! ¡¿Te das cuenta?!

—No se ofenda, pero para llegar a eso…—desmiente Luka, brioso—. Tuvo que haberse visto en la obligación de tomar dichas medidas. Si tan solo fuera más…

—Más ¿Qué? —lo jala del pecho.

—¡M-más comprensivo, señor! —Luka no sabe ni que decir ya.

—¡¿Me estás diciendo que soy un tirano con mi propia hija?!

—¡Yo no, señor! ¡Pero ella-…!

La conversación se ve abruptamente interrumpida por la presencia de todos los comensales, en víspera de una cena familiar. Una, que deja bastante que desear y que conforme avance la velada, se espera limar asperezas. Están presentes, Félix, Marinette, Emma, Kagami, Adrien y Luka. Nathalie, una mujer que sigue suelta por la vida en pos de atender servicialmente como de costumbre, los convoca a la mesilla.

—La cena, está servida —dictamina Sancoeur.

—No me voy a quedar encerrada en este castillo, papá —sentencia Emma, concluyente—. Mi decisión es rotunda y te ruego no interfieras más en ella.

Fue la primera en hablar. En cuanto su trasero tocó la silla, no fluctuó ni un solo segundo en guardarse lo que le aquejaba para ese entonces. Adrien, quien a duras penas recién iba tomando un tenedor y cuchillo, se descompagina frente a su ataque. Una embestida que la sintió como una agresión directa de la cual, se rehúsa a tomar participe sobre los alimentos que se ciñen en la gran mesa. Sin verse provisto de las herramientas necesarias para enfrentarla, desvía el tema de conversación. A conveniencia.

—¿Quién cocinó esta carne de venado? —declara el médico, masticando un trozo de carne—. Está exquisito.

—No sé quién de tus esclavos lo hizo. Pero fui yo quien lo trajo —determina Marinette, garbosa— ¿Sabes? Estuvimos en el poblado durante todo el día, ayudando a reconstruir lo que Chloé quemó.

—¿Chloé? —tose Adrien, atragantado.

—Marinette —interrumpe Kagami, de manera inocente y sin animosidad de nada—. No sabes cuanto me alegra verte aquí en mi mesa, sana y recuperada. Lo mismo para el monje. Es increíble lo que el suero hace en sus portadores. Lo cierto es que no habíamos tenido tiempo de hablar sobre este tema ¿No? —los involucra a todos en el proceso—. Necesito saber qué clase de experiencias experimentan en torno a la transformación. Hemos enviado a emisarios para curar a otros infectados. Pero nada como dialogar de esto con gente de nuestra familia.

—Son muchas, sin duda —relata Dupain-Cheng—. Sin embargo, no creo que todos los inf-…

—¿Cómo está tu bebé? —examina, la japonesa.

Silencio sepulcral en el ambiente. Vale. Lo veía venir. No era algo de lo cual pudiéramos hablar abiertamente con todos ¿No? Ni si quiera me vi apto para abordar a Kagami y confrontarla frente a una pregunta tan nociva. Porque lo cierto es que ni ella tenía conocimiento de su fatídico destino. De hecho, nadie aquí supo que pasaba en la intimidad de ambos. Marinette baja la cabeza, dejando a un lado los cubiertos y se ve tentada a romper en llanto. Yo libro su mano bajo la mesa y le aliento a despojar fuerzas, entre tanto. Yo tomaré la palabra.

—Nuestro bebé, falleció —sentencia Félix.

Otro silencio incomodo. Adrien hace una pausa, pasmado. Ha abierto los ojos como platos, mientras que Kagami desencaja la mandíbula de abajo. Están en shock. Ambos. No van a mentir. La noticia los golpea por igual. Curiosamente, no pensé que les afectara tanto la confidencia. ¿En verdad cavilé que eran personas desalmadas? No debo perder el rumbo. No ahora, que necesito tener el apoyo de mi familia en este proceso de sanación.

—¿Cómo que…falleció? —consulta Tsurugi, timorata.

—Lo hizo —revela Fathom, cabizbajo—. El suero curó todo mal. Y de paso, posiblemente aquel neonato que se formaba en el vientre de mi mujer. Lo cierto es…que ya no está con nosotros. Es todo lo que podemos decir al respecto.

Lo noto. Igual de claro como un día de verano. Kagami se ve tan afectada a nivel celular, que toma la mano de su esposo sobre la mesa. La aprieta, briosa. Tiembla. Se ha espantado frente al relato. ¿En verdad le preocupábamos tanto o es solo la perdida lo que la lacera? Ya no puedo juzgar a esta gente de forma tan irresponsable. Necesito conocerlos más, en otro ámbito. Mi primo no hubiera aceptado casarse con una mujer desalmada. Instinto. Kagami es…

—¿Ustedes están bien? —pregunta Kagami, azorada.

—Nos recuperaremos —sisea Marinette, desahuciada—. Seguimos con vida. Tenemos fe de que podamos retomar nuestro camino como pareja. ¿No es así, mi amor? —mira a Félix.

—Lo es, mi amor —la mira de vuelta.

Sin duda es la cena más ajetreada de todas. Entre que veníamos a confrontar a mi primo sobre las decisiones de Emma, hasta que Kagami y el mismo Adrien se desempeñaron sumamente damnificados por nuestra perdida. No entiendo mucho de ellos. ¿Qué pasa por esa relación? Que extraña es. El tema de Emma quedó en el olvido. Porque no quisieron tocarlo más. Me atrevería a decir que incluso, determinaron no abordarlo solo porque se proyectaron a futuro. O de plano les afectó en su matrimonio. ¿Qué pasó esa noche realmente para que mi primo, cambiara de paradigma? Jamás lo sabré.

—Es horrible —murmura Adrien, melancólico—. Mis condolencias, para ambos. No puedo dimensionar lo que se debe de sentir.

—Adrien, te agradezco mucho por las palabras de aliento que nos das. Sé que son de corazón —transmite Marinette, inquieta—. Es bajo ese mismo concepto, el por qué comprendo que temas por Emma. Pero te pediré que reconsideres lo que busca nuestra hija. No puedes dejarla encerrada aquí para siempre, como princesa en castillo.

—Mientras esas cosas sigan deambulando ahí afuera, no la expondré.

—Lo comprendo a la perfección. Y yo tampoco deseo exponerla. Sin embargo, continuar con esto es muy desaforado —insiste Dupain-Cheng—. Ella necesita que, como padres, le entreguemos herramientas para su futuro. No aprenderá a sobrevivir por su cuenta, atrapada acá. ¿Qué pretendes? ¿Qué termine como tú? ¿Dependiendo por siempre de un escudero que la defienda sin saber un solo método de combate?

—Bueno…—carraspea el rubio, limpiando sus labios—. Somos nobles ¿Marinette? ¿Acaso olvidas tu posición?

—¿Desde cuándo los nobles tenemos que ser inútiles? —desmiente la peliazul, divisando a su cónyuge—. Kagami también es una noble. Y por lo mismo, aprendió artes de tal índole.

—Kagami es un samurái. Ella tiene otra clase de costumbres —desaprueba—. No compares.

—Con todo respeto, primo —interfiere Félix, sereno—. Los nobles no existimos solo para danzar en finos palacios y pavonearse entre códigos señoriales. Es una casta que está por encima de todas y su principal motivación, es el servicio a su pueblo. Tal como lo debería hacer un rey con su reino. Es por eso que Marinette emplazó a la señora Tsurugi, aquí presente —declara—. En efecto, es un samurái. Ella mejor que nadie comprende lo que significa dicha palabra ¿O me equivoco?

—¿Qué? —el galeno hace una pausa, intranquilo.

—Vaya jugada se mandaron, ustedes dos —esboza Kagami, entretenida con la conversación—. Veo que han estado estudiando. En efecto, la palabra misma samurái significa, "servir". Es el código del «bushido», lo que me impulsa a ser cortés con quien lo necesite. Sobre todo, si es un líder tribal o mi propio cónyuge.

—Yo no lo sabía…—musita el conde Agreste, cabizbajo—. Ahora entiendo el por qué deseaba con tanto fervor, entrenar a mi hija. Aunque Emma, no sea de su nación.

—Para seguir el camino del bushido, no hace falta ser japonés —aclara Tsurugi—. Aunque en mi nación seamos algo recelosos con nuestra cultura, respecto el extranjero. Hay casos muy conocidos de samuráis foráneos. Incluso, existió uno de color. Su nombre fue Yasuke y llegó a las costas como esclavo africano —regresa la visual hacia la menor—. No tengo problema alguno en entrenar a Emma, si ella desea convertirse en una servidora del reino. Ha demostrado habilidades como guerrera innata.

—Me encantaría poder ser un samurái, como usted, Tsurugi-san —expone la menor de los Agreste, gallarda.

—Siempre y cuando a tu madre no le moleste, pequeña —advierte la nipona—. Después de todo, estaría dejando en mis manos la crianza de su primogénita.

—No te confundas, Kagami. Mi hija ya está criada —relata la ojiazul, en una sonrisa pueril—. No veo nada de malo en que seas tú, su mentora. Al final de cuentas, todos tenemos un maestro de quien aprender. El problema ahora, es el arcaico de mi ex marido —regresa hacia Adrien—. Que, al parecer, no entiende el concepto.

—Chicas, ustedes de verdad son mujeres diferentes al resto y pareciera que no se dan cuenta —exhala el conde.

—¿Y eso que? —ríe Fathom, aliviado— ¿Acaso no te gustan así, primo? Por favor, no lo niegues. Te fascinan.

—Nh…n-no he dicho tal cosa, primo —sisea el médico, ruborizado. Tras verse acorralado entre todos, no le queda de otra que finalmente declinar—. De acuerdo. Está bien. Emma tiene mi bendición de irse del Castelo, si así lo desea. Pero, con una condición y les ruego me respeten en ello —agrega—. Solo cuando cumpla los 15 años. Me parece una edad prudente para que una niña, se convierta en una mujer (para la época, era la edad ideal). Para ese entonces y no dudo que sea así, Emma será una experta en toda clase de materias. Si no hay más reparos sobre ello, lo acepto.

Entre todos los presentes que asistimos en aquella cena, nos observamos entre sí. Y al unísono, asentimos. Adrien había por fin abierto los ojos frente a una realidad que no iba a lograr frenar. Tal vez no era lo que Emma esperaba. Pero él tenía razón en un punto. Tampoco hacía falta apresurarse a querer crecer tan rápido. Todo a su tiempo, determinó. Para lo cual, Marinette y yo y la misma Emma, diferimos que estaba bien. Que era lo normal.

—Gracias, papá. Eres muy amable y considerado conmigo —concedió la pequeña Dupain-Cheng, jocosa—. No te defraudaré. Seré la mejor.

—Sin duda lo serás, cariño —admite Adrien, rellenando su copa de vino—. Aunque ahora, me gustaría pasar a tocar otro tema en particular. Lo de Chloé Burgeois. Me sigue robando el sueño. Tengo…—recula—. Bueno, no. "Tenemos", mas bien. Con mi esposa —la emplaza—. Información que aportar al asunto. De una muchacha que es miembro de esa secta y asegura, conocer todo desde el interior de ella.

—¿De verdad? —pestañea Marinette— ¿Quién?

—Su nombre es Sabrina Raincomprix —cuenta Kagami—. Es una meretriz que trabajaba para el burdel del poblado. Pero que conoce todos los secretos del bajo mundo. En cuanto inició el incendio, personalmente fui yo quien la rescató de las llamas. Me la encontré encerrada en su habitación, con un sin número de objetos paganos —describe, con voz firme—. Así que la tomé prisionera para interrogarla y contó todo, sin mayores miramientos.

¿Una prostituta? —Graham de Vanily cavila en silencio, observando a su primo entre los comensales—. Ya veo. Así que ese debe de haber sido el conflicto que ambos tuvieron. Dudo mucho que a Adrien le guste la idea de que Kagami viste tales mujeres. Aunque bueno, claro. No creo ella las vea de una forma tan vulgar. Conociéndola con lo frívola que es…

—Yo la interrogué —manifiesta Adrien, cruzándose de dedos—. Me contó que la secta se hace llamar "los milagrosos". Comandados por un líder, que a todas luces parece ser una mujer de edad avanzada. Tienen sede al sur de la ciudad de Paris. Desde ahí, esparcen su credo hacia otros seguidores. Curiosamente, llevan años operando en estas tierras. Sin embargo, Sabrina no cree que se haya formado aquí, precisamente. Ya que pregonan algunas deidades de medio oriente —agrega—. Sus miembros no son necesariamente gente tonta e iletrada. Se dedican a reclutar nobles. Personas con mucho poder adquisitivo e influyentes. Así que, no estamos frente a una simple organización mundana.

—¿Cómo es que Sabrina, terminó metida en eso? —contradice Félix—. Quiero decir, ella no tiene nada de ilustre.

—Solo fue un peón, monje —veda Kagami—. Está demás mencionar que la elite, no se manchará las manos personalmente. Siempre existirá quien, se ensucie por ellos. Todo esto, de cuanto la paga sea cuantiosa. O quizás, no tanto. Depende de que tan desesperado estés por comer. Aunque la chica dice estar arrepentida al respecto, no descarto que pueda ser contactada de nuevo —frunce el ceño—. La mantengo bajo vigilancia. Vivirá aquí, en el palacio. Hasta que logre mis objetivos.

—¿Y tú estás de acuerdo, Adrien? —discute Marinette, divisando a su ex esposo— ¿Qué Kagami forme un vínculo con una trabajadora sexual?

—La muchacha confesó no querer seguir esos pasos, siempre y cuando sea recompensada por ello —impugna el doctor, desazonado—. Prefiero creer en su palabra, que otra cosa. No mancharé la honra de mi familia por eso.

—Le prometí convertirla en una cortesana a cambio. Y es lo que hare —desaíra Tsurugi—. De momento, es toda la información que recopilamos.

—Tiene sentido y concuerda con lo que averiguamos hoy en el poblado —adiciona el inglés, contemplativo—. Estuvimos ayudando a una profesora, que impartía clases en la escuela rural. Nos indicó que dentro de sus otros trabajos extra oficiales, entregó suministros e insumos a tal secta. Justamente, en Paris.

—¿Qué clase de insumos? —desdeña Adrien—. Sabrina fue muy específica en mencionar, que lo que buscan es erradicar "el mal" o a los mal llamados pecadores, de la tierra. Y en base a eso, utilizan personas en rituales paganos.

—No supo decirlo. Comentó no meterse de lleno en el tema —el anglicano se encoge de hombros—. Ha decir verdad, se limita solo a enseñar y cuidar huérfanos.

—Lo siento, pero no puedo si no pensar en algo macabro al respecto —rebate la samurai.

—¿Disculpa?

—Piénsenlo por tan solo un segundo —sugiere la japonesa— ¿Por qué elegir a una docente que cuida niños que nadie extraña, para tales encargos? No hay manera de que cavile otra cosa…

—¿Qué insinúas? —condena Dupain-Cheng, ofuscada— ¿Crees que estén usando infantes en algo…?

—¿Te sorprende? —espeta la peliazul, suspicaz—. No en los tiempos en que vivimos, Dupain-Cheng. El demonio se ha apoderado de estas tierras. Es por eso que nuestra misión se enfoca en exterminarlo cuanto antes. Eso, no solo incluye a los zombis. También a esa secta. La quiero desarticulada y fuera de esta nación, a la brevedad posible —demanda, levantándose de sopetón—. No podré conseguir paz y respeto en Le Mans, si no demuestro que la estabilidad se encuentra bajo nuestro alero. Y créanme, no hago esto por mi —concluye, sujetando el hombro de su esposo—. Adrien Agreste es el nuevo líder de estas tierras. Deseo que sea el, quien comande las legiones de la justicia. Que, si el día de mañana alguien piense en el "bien", sea su nombre y su rostro lo primero que se le venga a la cabeza. Adrien será todo lo que es correcto en esta provincia. ¿Les queda claro?

¿Qué íbamos a decir al respecto? Ni para que chistar. Kagami había demostrado a todas luces y sin miramientos, una lealtad y devota complacencia hacia mi primo, que de seguro lo hizo correrse en los calzones. Lo hubieran visto. Estaba rojo como un tomate maduro. A duras penas, intentó mitigar lo estimulado que se profesaba; y tomó un sorbo de su copa todo estremecido. Desdichado y afortunado al mismo tiempo, de haberse casado con tal mujer. La dignidad que ambos jóvenes exteriorizaban, hubiera alentado al más desahuciado campesino falto de fe. Tsurugi era una persona sumamente ambiciosa. Sin embargo, ninguno de sus objetivos confabulaba contra los nuestros. Por el contrario. Era la clase de individuo que necesitábamos de nuestro lado. En la mesa, todos acatamos su veredicto. Asentimos con la cabeza y agachamos el moño. ¿Les queda claro? Preguntó. Mas claro que nunca, señora…

—¿Qué tienes en mente? —examina Marinette.

—Adrien no se moverá de Le Mans. Ni yo tampoco. No hasta asegurar la estabilidad como corresponde. La provincia es extensa y apenas llevamos recorriendo un cuarto de ella. Necesitamos conseguir súbditos fieles. Es un camino que nos va a costar pero que haremos juntos, como matrimonio —retoza Kagami, garbosa—. Fu y Max fueron enviados a curar a los no vivos. No los interrumpiremos en ello. Propongo que sean ustedes, Félix y Marinette, quienes vayan hasta Paris y consigan acabar con esa secta. Después de todo, los veo sumamente ansiosos por ayudar al prójimo. Y no depositaría mi confianza en nadie más, que no sea en sus juicios. ¿Qué dicen?

—¿Es una orden? —farfulle Dupain-Cheng, arqueando una ceja.

—Es un favor, Marinette —declara Adrien, levantándose junto a su pareja. Ambos se miran entre tanto y asienten, unánime—. Les quiero pedir de todo corazón, que por favor nos ayuden con esto. Puede que los métodos usados por mi mujer, suenen algo toscos de expresar. Pero soy yo quien aporta el lado sensitivo de esta contienda. Y les estaría eternamente agradecido de que nos colaboraran con esta misión. Yo…—sisea, abochornado—. Los necesito, amigos. Somos familia, finalmente. Tal y como dijo ella, no podría confiar en nadie más, que no sea en ustedes dos.

—Bue…que fastidio —exhala Marinette, derrotada. Se alza sobre su silla y declara—. De acuerdo. Acepto. No pretendo quedar en las páginas enterradas de la historia. No olviden, que sigo siendo la condesa de Dijon. En algún momento me casé y juré ante el magistrado cuidar el condado de Verdún. Y por derecho, me convertí en la protectora de la provincia de Rúan —apela, a sus títulos—. Son lugares que debo salvaguardar y atesorar.

—Yo tampoco obviaré mi lugar, como el noble que soy —acata Fathom, acompañando a su chica en la contienda—. Puede que ahora solo sea un simple monje anglicano. Sin embargo, no renegaré más mi cuna. Soy un Graham de Vanily. A la edad de 2 años, el rey me ungió con el péndulo de la sabiduría, como el Duque de Hastings. Guardián y fiel defensor del ducado de Sussex Oriental. Aunque ahora me odie —revela, mermado—. Es tal y como mencionó Kagami. Sigo siendo un servidor. Un «samurái». Acepto ir con gusto.

—Gracias, chicos. De verdad —abniega el Agreste, sacudido por tal presentación.

Que emocionante —piensa Emma, obnubilada con el estoico atrevimiento de ambos—. Mamá tiene un romance con el Duque de Hastings. Ojalá yo poder encontrar un hombre tan galante como ese. O…una mujer samurái, jeje…

Estaba decidido ya. Marinette y yo, partiríamos al amanecer hacia Paris. Juntos, los dos. Dispuestos a batallar contra el mundo. Realmente no sé si era esto lo que buscaba para ambos. Pero ¿Qué puedo decir? Solo anhelo sanar lo que nos aqueja. Y quién sabe. Tal vez esta aventura…nos una nuevamente, como de antaño y de niñez, el destino nos separó.

[…]

—Hoy durante la cena se comportó como todo un caballero, Adrien —murmura Kagami, cambiándose de ropas—. Fue muy indulgente a la hora de emitir juicios. Me enorgullece.

Alcoba matrimonial. 1:22AM.

—Y-yo…este…—sisea el rubio, timorato. Se pasea de un lado a otro de forma ansiosa, cargando consigo un documento entre los dedos—. Le escribí un poema, Kagami…

—¿Para mí? —examina Tsurugi, briosa. Camina hasta él y lo recibe— ¿Es un poema de amor? —lo lee, enrojeciendo en el proceso—. Adrien. Esto es…

—Usted me salvó la vida ¿Lo recuerda? —murmura, jugueteando con sus deditos—. Creí que sería sensato poder expresarle lo que sentí en ese momento y convertirlo en palabras almidonadas, dignas de usted.

—Es…maravilloso, Adrien —reconoce su mujer, con las mejillas ceñidas de un colorete frugal—. Que palabras tan bonitas…

—Estaba pensando en que quizás podríamos llevar a cabo una ceremonia, en su honor —deambula el rubio, nervudo—. Ahora que mi primo y Marinette partirán a Paris y nos quedaremos relativamente solos. Es una buena instancia par-…—es callado de golpe, frente a un ósculo sensible. Se separa, agitado— ¿Kagami…?

—Ya no hace falta que me llame por mi nombre a secas —revela la fémina, sumamente estimulada—. Puede decirme por estos léxicos tan bonitos…como "mi amor".

—¿Le complace si la llamo así? —sugestiona, el francés.

—Mucho. Sin duda —propone la muchacha—. Usted me gusta cada día más, Adrien. Y yo no-…

—Usted me gusta mucho más, mi amor…—sentencia el ojiverde, depositando otro beso contra sus labios. Necesitado y ansioso. Ávido de romance—. Yo la amo mucho… ¿Sabe?

—Y yo a usted, mi amor —reverbera Tsurugi, correspondiendo el gesto—. Sin duda se ha convertido en un pilar fundamental para mi existencia. Si usted me dejara ahora mismo, no podría encontrar consuelo alguno.

—No diga tal cosa —desecha el Agreste, esbozando una sonrisa jocosa—. Solo la muerte nos podría separar.

—Me agrada lo que me plantea. Sobre la ceremonia. Sin embargo —priva, caminando hasta su tocador—. No hagamos de esto muy mediático. Soy algo recelosa con nuestro matrimonio.

—¿Eso que significa? —curiosea el galeno, parándose detrás de su amante. La toma de los hombros— ¿Tiene miedo?

—Significa que no deseo que nadie más opine sobre el —veredicta—. Quiero que se mantenga como está. Puro y casto. Hermético, entre nosotros. Nada de miedo ni esas cosas raras —excluye Kagami, tomando la diestra de su marido—. Deseo que podamos vivir esto sin miradas ajenas.

—Lo comprendo. No se preocupe —asiente, meloso. Deposita un beso contra su nuca—. Mmh…su cabello, huele exquisito esta noche.

—Mi cabello siempre huele bien —ríe, divertida. Se levanta, dejando de lado su maquillaje— ¿Ya se aseó?

—Estoy muy limpio, como de costumbre —ratifica el varón, fatuo.

—Bien. Pero hoy, no haremos el amor —le jala la nariz, caminando hacia la cama—. Voy a leer un poco antes de dormir. Venga conmigo. Acompáñame.

¿Eh? ¿Pero…? —traga saliva, soltando un jadeo caliente en el proceso. Se arrima a ella, acompañándola bajo las colchas— ¿Realmente quiere leer?

—Si. Claro —asiente su mujer, usando de almohada su pecho—. Venga, leamos juntos. ¿Qué es este libro de la "divina comedia"?

¿Cómo podría plantearle esto…? —traga saliva, compungido. Alza las colchas disimuladamente, notando su hombría crecer—. Mi amor…yo…

—¿Qué pasa?

—Es que…mhm…eh…jeje —Adrien se rasca la mejilla, avergonzado—. Y-yo…estoy algo…

—¿Huh? —levanta las sábanas. Observa. Ríe—. Ah. Es eso.

—¿No le apetece…?

—Me apetece. Mucho —determina, elevando la mirada—. Pero desde ahora será algo complicado para nosotros.

—¿Por qué lo dice? —cuestiona el hombre.

—Es que, no sangré este mes —confiesa.

—¿Ah? —no entiende.

—Adrien…—Kagami se eleva sobre la cama, sinceramente ruborizada. Y sin tapujos, expone—. Estoy embarazada.

—¿Cómo dice…? —expresa, estupefacto frente a tal revelación— ¿Lo dice en serio? Es-está… ¿Está…?

—Si, mi amor —asiente, retraída—. Es real. Estoy embarazada. Llevo un bebé suyo en mi vientre.

—Pero, Kagami. Eso es…—Adrien llena sus ojos de lágrimas, atiborrado de un sentimiento arcano que no logra asimilar. La abraza, en un gesto casi instintivo— ¡Es un milagro, Kagami! ¡¿No es increíble?! ¡VAMOS A SER PADRES!

Que efusivos son los franceses en este proceso. Esto es nuevo para mí. Pero…vamos, no lo culpo. Me tengo que acostumbrar —repasa la japonesa en su mente, siendo estrujada entre tanto—. Adrien, por favor. Tenga cuidado.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿No te alegra?! —la zarandea.

—Claro que sí, cariño —aclara—. Es solo que…no estoy acostumbrada a tal reacción, es todo.

—¡¿Pero por qué no?! ¡Es un bebé, Kagami!

—¿No es lo normal y natural en un matrimonio? —aclara la japonesa.

—¿Qué cosas insinúa? Por supuesto que no. ¡Es motivo de celebración! ¡Vamos a ser papis! —carcajea el Agreste, estrujándola contra su pecho— ¡Al diablo todo! ¡Haremos una ceremonia digna no solo de usted! ¡Quiero que la familia sepa de nuestro próximo bebé en camino! Ahh…que emoción. No puedo más —Adrien, se arroja contra su vientre y jadea—. Tan lindo…tan bonito. Dios, solo me muero de ganas por verle salir. Kagami, Kagami, Kagami —repite, obnubilado—. Me ha hecho el hombre más feliz de esta tierra. Le ruego, me de muchos hijos. Muchos, como este…

—A-Adrien…yo…—acalla de golpe, apretando los labios—. Joder. No puedo evitarlo. Su reacción me excita tanto…tanto…que no sé si…—lo ataja, elevando su rostro contra el suyo—. Ya. Al diablo. Hagamos el amor. Maldita sea, no doy más.

—Pe-pero… ¿No dijo que?

Ya callase —se le monta encima, altiva—. Sáquese esta mierda —le quita la camisa— ¡Cállese! Venga…

—Voy, voy, voy, voy…—la toma de la cintura, extasiado en lujuria—. Kagami…

Una cosa, pero loquísima, señores.

[…]

—¡Correspondencia!

Provincia de Calais. A la mañana siguiente.

—Buenos días, joven cartero —Gabriel es quien atiende a la puerta— ¿Trae noticias desde Le Mans?

—Buen día, señor Agreste —le entrega un puñado de cartas—. Si, señor. Muchas. Por favor, firme aquí que las recibió. Y si es posible, le agradecería una módica suma a su gusto —estira la mano.

—Vale, vale —firma, depositando un par de monedas contra su mano—. Buena fortuna, repartidor.

—Tenga usted un buen día, mi buen señor —se retira.

—¿Qué fue? —desentona Amelie, bajando las escaleras en actitud somnolienta—. Ah…dios. Que temprano madrugan en esta nación —bosteza— ¿Me llegó algo?

—Todas para usted, Amelie. Excepto una —exclama el peliblanco, apartando la suya—. Esta es para mí.

—Vale. Las leeré en el desayuno —se remueve el cabello— ¿Qué comeremos?

—Tengo todo listo para usted —expone el Agreste, invitándola al salón—. Tal como le gusta. Huevos de codorniz, pan brioche, jugo de arándanos, frutos secos y yogur. Acompáñame.

—Como si pudiera rechazarlo —sisea entretenida, la rubia. Se sienta y desliza su taza. Es su compañero quien la rellena con té calentito—. Mhm…huele increíble. Aniz ¿No?

—Té inglés —proclama—. Directo desde los campos británicos de la india oriental.

—Que amable de su parte —impugna la británica, estirando la mano—. Mi correspondencia, Gabriel.

—Toda suya —se la entrega y de paso se sienta frente a ella— ¿Cómo durmió anoche?

—Bien —balbucea Graham de Vanily, garbosa—. Aunque no muy cómoda con sus mimos nocturnos. No me gusta que interrumpan mi sueño.

—¿Lo dice porque intenté abrazarla? —objeta.

—Limítese a sus habilidades —espeta.

—¿No le gustó hacer el amor anoche? —discute, descalabrado.

—Que horrible palabra usa usted para tales artilugios —berrea Amelie, desaforada—. Solo es sexo, Gabriel. No tergiverse las cosas. Somos adultos ya. Viejos, por lo demás.

—¿Eso que significa? —no se entera—. Con todo respeto…pero usted no me parece para nada vieja. Fue como si tuviéramos 20 de nuevo, jeje…

—Que es un buen amante. Es todo —se encoge de hombros, leyendo las misivas—. Coño. Mierda. Esto no es bueno.

—¿Qué pasa? —pregunta, tomando un sorbo de su café.

—Cantabria fue tomada por los sarracenos del sultán de Navarra. No podemos irnos a ese lugar —advierte—. Mi hijo me ha mandado suministros que están dispuestos a zarpar. Pero no los enviaré a esa isla.

—¿Qué sugiere?

—Otra, alejada del continente—determina—. Córcega, por ejemplo. Una isla francesa. Poco ocupada. Con una bahía ideal para construir un muelle y asentar la empresa familiar. Le escribiré cuanto antes.

—¡Amelie! ¡Espere! —la ataja de golpe, del antebrazo— ¿Por cuánto tiempo piensa negar lo nuestro?

—¿Lo nuestro? —refuta.

—¿Por qué hace esto? Nos amamos —desmiente el varón— ¿Qué tiene de malo confesar tales sentimientos al mundo?

—El mundo se cae a pedazos, Gabriel. No quiera endulzarlo con sentimientos absurdos y paganos. Ahora mismo, lo que me importa es la estabilidad de mi hijo y su familia —reniega la rubia—. Si no le importa lo mismo, no hablemos más. Porque no me interesa dialogar con gente que no me-…

—Amelie…—contradice el peliblanco, azorado—. Es ridículo ya, querer pretender vivir a costa del resto. ¿En qué momento podremos gozar de nuestras propias vidas? ¿No le parece que ya pasamos por suficientes cosas, con tal de complacer terceros? ¿Qué hay de su satisfacción? ¿La mía? Permítase…ser feliz, por una sola vez por todos los cielos —la suelta, enfurruñado—. Dentro de la correspondencia de hoy, recibí una carta de Adrien. Me comenta que ya han encontrado una cura a tal mal y que están sanando a la población. En un par de semanas. O tal vez meses, los zombis se habrán extinguido. Luego de que la paz reine de nuevo ¿Qué pretende hacer?

—La pregunta está demás, Gabriel —rebate Graham de Vanily, rehuyendo de su mirada—. Me iré con mi hijo, por supuesto.

—¿Qué no lo ve? Félix ya es un hombre adulto. Que ha hecho su vida de nuevo, al lado de una buena mujer que lo ama —impugna el alquimista—. No es que esté insinuando que usted vaya a ser una carga o una molestia para él. Pero…debe de entender, que los hijos son aves de paso. Y en algún momento, vuelan lejos del nido.

—Que terrible de su parte, tener que recurrir a sentimentalismos para manipularme —espeta ofendida, la británica— ¿Por qué se empeña en insistir algo que no va a ocurrir? A mí no se me olvida que usted debe pagar por sus pecados. Se irá exiliado, Agreste. Y ante eso, no hay nada ni nadie que pueda impedir ese futuro.

—Si es ese el destino que acepta para mi ¿Para que seguir con esta farsa? —musita el hombre, derrotado— ¿Por qué entonces aceptó vivir conmigo aquí, en Calais? Si de igual forma, iba a dejarme ir.

—Porque soy una mujer compasiva, señor. Por eso —contraría la Duquesa, sutilmente agraviada con su pregunta—. No iba a dejarlo desamparado, deambulando por ahí.

—¿Qué sentido tiene…? —bosqueja, caminando hacia la puerta de salida—. Si de igual forma, acabaré lejos. Es algo cruel de su parte, pretender tenderme una mano para al final del día, soltarla. Y por lo demás, no hacía falta intimar para eso —añade—. Solo digo. Con permiso —coge su sombrero y sale de casa.

—Tsk…—la aristócrata hace una pausa prolongada en su lugar, dejándose caer aciaga contra la silla. Hay muchas cosas que el corazón de una mujer es capaz de guardar. Pero ni una de ellas, es comprensión para el prójimo—. No lo entendería. Nunca lo hará. Gabriel. Mis sentimientos por ti siguen intactos. Simplemente hay cosas que…no puedo obviar ni pasar por alto. Dios, altísimo. Dame fuerzas. Si sigo rechazando a este hombre de esta forma, terminaré perdida en el abismo de la angustia…para siempre…—aprieta el trozo de carta entre sus dedos—. Tengo que escribirle a Félix y contarle lo del cambio de planes y no podré dormir en paz esta noche.

De vuelta a Le Mans.

Esa mañana, el sol aún no había salido en el horizonte cuando Marinette y yo, nos enlistamos para partir hacia Paris. La noche anterior, me había quedado afilando navajas, flechas de ballesta y su espada. Mientras que ella preparaba todo dentro de un par de morrales. Un saco de monedas de oro, alimentos no perecibles, mudas de ropa ligeras para la estación primaveral y muchas jeringas con el suero. Para cuando salí, Luka me esperaba en el barracón con los caballos ensillados. Por supuesto que el vendría con nosotros.

—Los gallos apenas comienzan a cantar, Félix —bosqueja Couffaine, soltando un bostezo amplio y sereno— ¿Por qué tan temprano?

—Consideramos que era lo más idóneo, para aprovechar la luz del día —determina Fathom, montando todo en el lomo de su corcel— ¿Te lavaste la cara que sea? Te ves todo lagañoso.

—No bromees así. Me di un buen baño anoche. No sé cuánto tiempo pase para poder tomar uno similar —advierte Luka, acomodando su cinturón y armadura— ¿En dónde está Marinette?

—Fue a darle un beso de despedida a Emma y de paso, dijo que le dejaría una carta —explica Graham de Vanily— ¿Tienes miedo?

—Ya no —sisea el peliazul, brioso—. Contigo a mi lado, es imposible temerle a la oscuridad. Además, contamos con la cura. ¿Qué podría salir mal?

—Agradezco tu bravía en la contienda, Luka. Pero esta vez…nuestro viaje será distinto a los demás —relata el monje, extrayendo del interior de su hábito una modesta cadenita de plata—. No vamos con la intención de esquivar a esas cosas. Iremos de frente a ellas, para intentar sanar a la mayoría de ellos. Es por eso…que te daré esto. Ten —la adecua alrededor de su cuello.

—¿Eh? ¿Q-que es esto…? —consulta, ruborizado.

—Esa gargantilla me la dieron en el monasterio, cuando me titulé de monje. Tiene grabada la imagen del padre Albano de York —manifiesta el inglés, introduciéndola dentro de su pechera. Acto seguido, le da un golpe ligero—. Te protegerá. Confía en él. Lleva depositada mi fe y mi energía.

—¿Es…un regalo? —parpadea, absorto.

—Claro. ¿Por qué pones esa cara de diarrea? —bufa.

—Es…la primera vez que recibo uno ¿Sabes? —traga saliva, tímidamente abochornado—. Como sabrás, mi familia era pobre. Muy pobre. Y ni si quiera celebrábamos cumpleaños. Tan solo si podía comer mas de dos veces al día, era suficiente para nosotros.

—Luka. Ya no hay necesidad de que sientas escasez en tu corazón —sentencia Félix, sujetando su rostro con ambas manos—. Mírame. La pobreza, no existe realmente. Solo se es pobre cuando lo eres de espíritu. Y tú, eres un hombre muy rico por dentro. Nunca lo dudes.

—Me siento como uno de los apóstoles de Jesús —admite Couffaine, conmovido con su cándido calor—. Nunca creí que llegaría a amar tanto a una persona.

—Mientras sea de la clase de amor que no nos convierte en amantes, todo bien —bromea el rubio, regalándole una palmada en la nuca—. Tú sabes que, ante eso, yo-…

—No. Nada de eso —balbucea el ojiazul, airoso—. Mi amor por ti, es mucho mas puritano de lo que piensas. Tal vez en algún momento lo confundí, pero ahora estoy muy claro.

—No tiene nada de malo, que los hombres se amen entre sí. El amor es fraternal también. Es lo que nuestro señor nos enseñó —profesa Félix, sonriente—. Me costó comprenderlo. Sin embargo, un buen amigo mío me ayudó a abrir los ojos sobre eso.

—¿Tuviste un amigo de esta índole? —consulta, sumamente curioso.

—Si. Su nombre fue Marc Anciel —confiesa, cabizbajo—. Cayó victima de esas cosas horrendas, hace años. No obstante, sus enseñanzas las llevo clavadas en mi pecho, como el fuego de una fragua ardiente. Marc, vive en mi corazón. Y nunca lo olvidaré. Me tendió una mano. Fue compasivo conmigo. Un gran hermano. El que pocas veces conseguimos.

—Si el te amó de esa forma. Quiero que sepas, que yo también lo hago. Y te seguiré hasta los confines de la tierra —veredicta el caballero, golpeándose el pecho con vehemencia—. Te amo, Félix. Siempre estaré a tu servicio.

—Ejem…—carraspea Marinette, simulando fingir demencia frente a lo que acaba de escuchar— ¿Interrumpo algo importante?

—¡Ah! ¡Marinette! N-no…nada de eso, jeje —carcajea Fathom, avergonzado—. Con Luka solo estábamos hablando de enseñanzas religiosas. Nada malo.

—Mhm…claro…—sisea, suspicaz—. ¿Qué mierda pasa aquí? No me jodan. Los escuché claramente. Esto ya pinta de otra índole, señores. ¿Podrá ser que Félix sea…? —despabila, montando su jamelgo—. En fin. Ya estoy lista. ¿Nos vamos?

—Vamos —dice Félix.

—Estoy listo —dice Luka.

Los primeros rayos del astro rey, nos abrazan con su cálida bienvenida. Iniciamos la marcha, a cabalgata suave; bajando por el estero del sur. Nuestra siguiente parada, Paris.

Es curioso. Han pasado tantos años desde aquella vez que hui de casa. Y si bien, he partido muchas veces antes hacia otras proezas. Dejar atrás Le Mans se siente como cuando abandoné Inglaterra. ¿Por qué mi pecho se agazapa en un pujante dolor? ¿Acaso temo no regresar con vida? A mi lado, me siguen mis más grandes anhelos. La mujer que amo y mi mejor amigo. ¿A que le temo realmente? Permíteme despejar mis angustias, señor. Y dame fuerzas, para lo que viene.

[…]

—¡Marinette, a tu derecha! —chilla Félix.

—¡Lo tengo bajo control! —berrea Dupain-Cheng, jalando de una soga— ¡Luka! ¡La jeringa!

—¡Toda tuvo, Marinette! —se la alcanza.

Ha pasado una semana desde que salimos de la provincia. Y no hay día en el que no hayamos batallado con estas cosas. La mayoría de ellas, se presentan como escalafones de pequeñas hordas, que deambulaban sin rumbo, por los que alguna vez fueron poblados o labrantíos de cultivo. Yo había trazado una ruta para nosotros. Una que involucraba transitar estratégicamente por campos de batallas olvidadas. Era el lugar ideal para encontrar cadáveres y aves de rapiña. Jamás se me pasó por la cabeza, que tras pasar tantos años esquivando a estas criaturas, terminaría buscándolas y siguiéndoles el paso. Con el solo afán, de capturarlas vivas y tratarlas. Obviamente no sanábamos a todos. No traíamos suficientes muestras y tampoco era como si todos los zombis mostraran indicios de haberse convertido hace poco. Aquellos que, a claras luces, se mecían como cadáveres destartalados; de esos no hubo nada que hacer aparte de exterminarlos.

Solíamos terminar exhaustos. Embetunados en barro y sangre ajena. Sin embargo, lográbamos conservar la calma al final del día. Los aldeanos que consiguieron regresar a su estado original, fueron enviados a Le Mans mediante una carta que les daba permiso para ingresar al poblado sin problemas. Fue parte del plan contingente que labramos con mi primo y Kagami. Ellos se encargarían de cuidar a los sanos y darles un techo para vivir. Devolverles la poca humanidad que, en algún momento, gozaron y vilmente se les fue arrebatado. Algunas de nuestras batallas resultaron ser más sangrientas de lo habitual. Otras, no tanto. Recorriendo los pasos habilitados de camino a Paris, encontramos de toda clase de personas. Desde miembros del clérigo, hasta nobles condes olvidados; encarcelados en sus propios castillos. No importaba para nosotros, su rango, su edad o su nivel espiritual. Incluso, llegué a curar ladrones y traficantes de armas. Esta era nuestra misión. Para eso, habíamos sido entrenados. Y ninguno de los tres, rechazó mis instrucciones respecto a la fe.

—Amén —sentencia Fathom.

La primavera nos pisaba los talones. Los aromos habían florecido a finales de mayo. Nuestro viaje no solo contemplaba matar zombis, curar y descansar. Durante el proceso, también evidenciamos experiencias maravillosas entorno a la naturaleza de frondosos parajes. Nos divertimos, igual. Francia era un territorio dotado de exquisitas bendiciones divinas. Cruzamos riachuelos, repletos de peces en plena reproducción y pescamos algunos. Unas cuantas noches tuvimos que dormir los tres juntos en la misma carpa, por temor a los osos pardos que deambulaban por ahí. Soltando pelos, luego de una extensa hibernada. Huimos también. Del ataque de alces en celo, esquivando sus cornadas. De marmotas rabiosas y de un par de lobos que, tras caer la noche, no dejaban de aullar a la luna. Sin embargo, descubrí que nuestros espíritus aún conservaban la inocencia de adolescentes briosos, que añoraban vivir aventuras similares. Eso me reconfortó. Si bien con Marinette nos habíamos reencontrado luego de tantos años. Sentí que ambos nos cobrábamos sentimientos de antaño, como quien se vuelve a enamorar de nuevo. Como la primera vez. O quizás, era la segunda o tercera. No me cansaba de contemplarla en cada una de sus facetas. Riendo, subiéndose a los árboles, llorando, quejándose, gruñendo, otra vez bromeando como una niña. Fueron días soñados para mí. Y se que para ella también. A veces, en el yermo despoblado de la soledad misma, nos topábamos en medio de un claro. Sin Luka presente. En cada uno de esos encontronazos, hicimos el amor. Y otras, tan solo nos conformábamos con deleitar la vista, al vislumbrar la magnificencia de los astros sobre el manto nocturno. No hay mayor cura al alma, que pasar tiempo de calidad juntos.

—¡Oh! ¡Ahí pasó una! —advierte Dupain-Cheng, levantando la manita al cielo— ¡¿La viste?! ¡La acabo de ver! ¡Fue una luz!

—Les dicen "estrella fugaz" —explica Félix, entretenido—. Siéntete afortunada de verlas. No cualquiera las nota.

—¿Qué es una estrella fugaz? —consulta, acurrucada contra su pecho.

—Mmh…para comprender que es una estrella fugaz, es necesario ir al meollo de su concepción misma —relata el inglés, abrazándola en el proceso—. Según lo que he leído e investigado, hay en el espacio ciertos objetos que varían en tamaño, y que van desde granos de polvo hasta pequeños asteroides —añade, muy profesionalmente—. Cuando los meteoroides ingresan a la atmósfera terrestre lo hacen a gran velocidad y se queman, dejando brillantes rayos de luz en el cielo nocturno. Esas bolas de fuego se denominan meteoros o estrellas fugaces.

—Dios, Félix. Tu si que sabes mucho del tema —repara la peliazul, obnubilada—. Ahora entiendo el por qué solías decir que de grande querías estudiar los astros.

—Toda la vida me vi atraído por el cielo. No solo nocturno —revela el inglés, templado—. Pero ¿Sabes? Creo que es empírico del hombre, el querer mirar hacia arriba. Tengo una teoría. Descabellada, por lo demás. Pero para mí, tiene sentido. Solo que…es algo pagana de escuchar.

—Somos dos excomulgados, conmigo no debes temer en contarme nada de eso —distingue la fémina, maravillada—. Anda, dime más. Me fascina cuando te pones así. Y quiero aprender…

—Jajaja, pues verás —carcajea, febril—. Creo que la razón por la cual el hombre alza tanto la vista al cielo, es porque de alguna manera siente una conexión con él. Me atrevería a decir, que ambiciona incluso llegar a explorarlo. Ya sabes, tocar la luna, por ejemplo. O visitar otros planetas.

—Si. Sin duda en un par de ocasiones he sentido la necesidad de querer visitar la luna —ojea la condesa, entusiasmada— ¿A que crees que se deba eso? Es como…arcano.

—Creo que se debe a que no somos de aquí —profesa, altivo—. Y vaya que lo que digo, suena muy loco y extraño. Pero no lo sé. Algo tira en mi interior, que me dice, como una voz. Que no somos terrestres. Que buscamos desesperadamente volver ahí. En algún lado, está nuestro origen. En los astros, se puede ver todo ¿Sabes? —añade, jocoso—. Desde profecías antiguas hasta el futuro. Es como un atlas. Las estrellas, son un camino mapeado de nuestra existencia. Está en nuestro ADN. ¿Nunca has sentido la necesidad de querer volar? ¿Cómo las aves?

—Es increíble que lo menciones, porque siempre quise volar…—avizora Marinette, alzando la vista al cielo— ¿Crees que algún día, volemos?

—No lo sé, amor —comenta Fathom, besando la frente de su compañera—. Pero tengo la certeza de que, en algún momento, pueda ser posible. Hay algo en nuestra naturaleza, que nos impulsa vigorosamente a desear despegarnos de la tierra. De lo que pisamos bajo el suelo. La gravedad nos obliga a quedarnos aquí —adiciona—. No obstante, no vamos a negar nuestra naturaleza. No queremos permanecer de esa forma. Es como si…en algún momento de la humanidad, hubiéramos tenido alas. Capacidad de elevarnos. Y nos las hallan quitado —despabila—. Vamos, que solo estoy desvariando, jajaja. No me hagas caso.

—Te amo, Félix —manifiesta Marinette, sentándose sobre su regazo. Toma su carita y añade—. Lo que dices no tiene por qué ser vergüenza de nadie. No estás loco. Creo fielmente en ti. Porque es absurdo negar, lo que veo y siento en mi corazón. Por algo el hombre se ha dedicado tanto a cree en seres alados y ángeles.

—Los ángeles, son otra cosa…—farfulle Fathom, sujetando su cintura con brío—. Por cierto, estás muy linda esta noche, Marinette.

—Tú más…—balbucea la mujer, depositando un beso contra sus labios—. Me estimula cuando me hablas de estas cosas…

—Mmh…cariño, yo-…

—¡Pe-perdón que los interrumpa en su cortejo amoroso! —advierte Luka, interrumpiendo la escena a regañadientes—. Pero…tenemos compañía.

—¿Cómo dices? —Graham de Vanily, brinca.

Mierda. Estábamos tan ensimismados en agasajos y mimos almidonados, que ninguno de los dos caviló encontrarse con la presencia de intrusos en ese momento. Con Marinette no dudamos en tomar las armas y adoptar posiciones defensivas, en modo ataque. Aunque hubiésemos querido plantar cara a una batalla, nos sobrepasaban en numero de 100 a 1. Individuos de dudosa procedencia, nos rodearon entorno al jardín de flores. Contabilicé unos 15, por lo bajo. Vestían togas negras y capucha que no permitían distinguir sus rostros. ¿Qué significa esto? Solo nos queda 1 kilómetro y medio para llegar a Paris ¿Y ya nos vienen a molestar?

—¿Quiénes son y que quieren? —berrea Félix, especulando amenaza a su afrenta— ¿Acaso son miembros de los "milagrosos"?

—Veo que eres conocedor del tema, monje —revisa uno de los congregados—. En efecto. Lo somos. ¿Qué hacen ustedes aquí?

Es la voz de una mujer. Aunque joven, para ser la líder. No concuerda con el relato de Sabrina —desentona el británico, frunciendo el ceño—. Somos afuerinos. No se preocupen, íbamos de pasada.

—No eres bueno para mentir —decreta otro, mas alto que la anterior— ¿Acaso buscas consuelo en nuestra organización?

—N-no —niega el rubio—. Yo no-…

Si —proclama Marinette, tomando la palabra—. Lo buscamos. Llevamos semanas escapando de esas cosas. Pero no es lo que me preocupa ahora mismo. Hay males mucho mas grandes azotando nuestra nación y requiero de su ayuda. Ya no soporto vivir un día más, entre tanto pecador.

¿Marinette? ¿Qué haces?

—Una mujer sabia, ha hablado —musita otra voz femenina—. La acompañan sus escuderos. Llevémosla con el supremo. El sabrá qué hacer.

—Bien —sentencia uno de los masculinos—. Vengan con nosotros, afuerinos. Les mostraremos, el camino de la verdad.

—…

[…]

No recordaba que Paris fuera tan… ¿Nauseabundo? Literal, es una cloaca mal tapada entorno a un rio de mierda. Dios santo. La única vez que visité la ciudad, fue cuando saqué a Marinette de su cárcel. Que curiosamente no era una correccional, si no una mansión de su propiedad. No se compara a ningún otro poblado conocido. Hay demasiada gente deambulando por las calles que no son necesariamente zombis. Apestan como uno. Se visten, como uno. Comen desperdicios, como uno. Pero no lo son. Joder ¿Qué pasa en esta urbe? Fuimos escoltados hasta la supuesta "sede" de los milagrosos. Justo como detalló la meretriz. Una gran casona de malos augurios y entorno hostil, de vibras cuestionables. Somos recibidos como huéspedes ilustres en su morada. Nos sirvieron vino de buena calidad, comida no envenenada y un ambiente decente frente a imágenes muy paganas por lo demás. Me presenté con nombre y apellido, títulos y desempeño. Mismo caso Marinette. De entre tanta sombra sin rostro, se nos acercan cuatro personificadas personas del mal. Una de ellas en particular, emite voz de mujer octogenaria. La reconocí como la líder. Sin embargo, es muy temprano para sacar conclusiones. Nos dice.

—Veo que vienen del norte —comenta la mujer—. Sin embargo, recibimos reportes de que aquella provincia fue erradicada con el fuego de la verdad, de todo pecado. ¿Qué los trae por aquí?

—No estoy al tanto de lo que le habrán contado, supremo —sisea Marinette, simulando ser parte del credo—. Pero no es verdad. El norte de nuestra querida nación se ha visto infectada por el desliz de la falta moral desde hace ya más de un siglo. Y no hay armatoste que pueda evitarlo.

—¿Dice que me han engañado? —espeta, suspicaz.

—Posiblemente, supremo —añade Dupain-Cheng—. Las provincias que fueron arrasadas por las tinieblas, ahora se reconstruyen rápidamente y retoman sus actividades. A quien sea que haya comandado dicha proeza, le mintió.

Marinette —Félix se ruboriza, asombrado—. Tú…intentas provocarla ¿Verdad? Es increíble. Lo estas logrando.

—¡¿Quién es testigo de tal injuria a nuestro credo?! —vocifera molesta, la líder.

—Yo soy deponente de ello —Luka alza la mano, timorato—. Si me disculpa, no tengo nada que ver con mis amos. Solo soy un simple escudero —falsea—. Si me permite dar testigo de mi afrenta…

—Nada que decir, escudero —contradice la líder, a regañadientes— ¡Traigan conmigo a la hereje!

Era tal y como sospechábamos. De entre tanto ajetreo y tumulto, los miembros mas reacios de la secta convocan a Chloé Bourgeois al podio. La arrojan de rodillas ante la estola y la enjuician, frente a todos los consagrados. Ella solo se limita a bajar la cabeza, azorada.

—Creo que nos mentiste, Bourgeois —proclama la dirigente—. Estas personas dan fe de que el poblado del norte, sigue en pie. ¡¿Algo que decir al respecto?!

—Nada, mi señora; supremo —acata, cabizbaja la rubia—. En efecto, me traicionaron.

—¿Quién? —demanda.

—Sabrina —confiesa Chloé—. Mi subordinada e inútil ayuda.

Ya veo. Así que Sabrina decía la verdad —repudia Félix—. Ya no me cabe duda alguna.

—Morirás en la hoguera como la bruja pagana que eres —comanda la cabecilla—. ¡Llévensela al calabozo hasta el juicio final!

—¡Supremo! ¡Estas personas solo buscan engañarla! ¡No les crea! —los ha reconocido entre el tumulto de seguidores— ¡Son Félix y Marinette! ¡Infiltrados! ¡Mi señora!

—Ya cállenla. Que fastidio —esboza el gobernador, sentándose sobre su podio—. En fin. ¿Qué buscan aportar?

¿Qué mierda le pasa a esta gente? —reflexiona Luka, mosqueado—. Actúa como si todo fuese re normal. Encima esa mujer que se esconde detrás del velo, es una desaforada

—Dinero. Ganancias. Estamos indagando adeptos para consagrar a nuestro señor de Le Mans —especula Marinette—. El quiere ser parte de la secta —miente.

—¿Adrien Agreste? —arquea una ceja— ¿Realmente el heredero de los Agreste pretende aquello?

—El mismo. Lo ambiciona. Sus padres eran unos tarugos. Pero el, anhela grandes cosas con la nación más indulgente —señala Fathom, malogrado y mintiendo, ante todo—. Déjeme decirle. No fue el quien salvó a los pobladores. Verá, supremo. Se casó con una mujer escéptica, de Asia. Kagami Tsurugi. Es ella, quien infecta el reino. Permítanos erradicarla —miente.

—¿Una extranjera? Sin duda que si lo hará —acepta—. Soldados de dios. Lleven a estas pobres almas a un camarote y esperen órdenes. Los vamos a liberar del mal.

—¡Si, señor! —asienten unánime, una manga de encapuchados—. Por acá, señores.

¿Pero que demonios? —Couffaine se desencaja de si mismo y jala el brazo de Félix— ¿Qué crees que haces? ¿Cómo es eso de que quieres exterminar a Kagami?

—Shh…silencio, Luka. No lo arruines —murmura el rubio, azorado— ¿Qué no ves que estamos fingiendo? Vinimos aquí a buscar información y de paso, desarticular esta secta. ¿Acaso ya lo olvidaste?

—No lo olvido. Pero no me están gustando tus métodos —advierte el peliazul, retraído—. No está bien engañar y mentir. Lo leí en la biblia.

—Luka, tienes que comprender que no todo lo que dicen los libros debe ser al pie de la letra —añade Graham de Vanily, subiendo las escaleras del recinto—. Es una representación. Es tu deber saber interpretarlo mejor.

—Lo sé —espeta—. Sin embargo, mi interpretación me lleva a no poder fingir algo que no soy.

—Amigo, nadie te está pidiendo que finjas —insiste el inglés.

—¿Ya quieren callarse ustedes dos? —les reprocha la mujer—. Levantarán sospechas. Apenas llevamos un par de horas aquí y no quiero que-…

Un momento, afuerinos —demanda la líder, con voz hosca—. Lo de ustedes dos, lo entiendo. Pero ese caballero que los acompaña. No se ha presentado y no me da confianza. ¿Para quién trabajas realmente? Habla.

Mierda. ¡Se los dije, idiotas! —Dupain-Cheng toma la palabra, por el grupo—. Con todo respeto, madame. Luka es solo un fiel siervo de la familia.

—No te estoy hablando a ti, condesa Dupain-Cheng —refuta la mayor—. Quiero que el soldado responda por si mismo. Esa armadura que lleva, no es norteña. Y el estandarte que porta en la pechera, tampoco es de la familia Agreste.

Carajo. Esto no pinta bien…—Félix le hace una mueca sobria a su compañero, implorándole que omita información.

—En efecto, líder —confiesa Luka, parándose frente a todos con desplante cordial y gallardo—. En realidad, soy un humilde herrero que fue embestido a noble caballero, por sus glorias en batalla. No obstante, no sirvo realmente a la casa Agreste.

¡No lo digas, tarado!

—Estoy bajo juramento de mi señora, lady Zoé Bourgeois —sentencia finalmente—. Por el momento fui designado a la protección de estas personas como parte de mis deberes.

—Ya veo. Así que tú también trabajas para los traidores de los Bourgeois, igual que Chloé —gruñe.

—Los Bourgeois no son traidores, honorable señora —desmiente el ojiazul, ofendido—. Ellos son-…

—Eso no lo determinará un campesino en ropas elegantes —contradice la mujer, levantando la mano—. Aprénsenlo. Lo quiero colgado al igual que la mocosa mentirosa.

—¿Qué? —Fathom se congela.

—¡¿Cómo dice?! ¡Un-un momento! —batalla Luka, siendo arrastrado por dos sujetos de manera violenta hacia el vestíbulo— ¡Hey! ¡Sueltenme! ¡Yo soy inocente! ¡No he hecho nada malo!

—¡Ningún Bourgeois o representante de ellos, se volverá a burlar de nuestro credo y nos dejará en ridículo nuevamente!

—¡Madame! ¡Por favor! —inquiere Félix, malogrado—. Si me permite preguntar. Si le desagradaban tanto los Bourgeois ¿Cómo es que aceptó trabajar con Chloé?

—Ella nos engañó, monje —relata—. Llegó a nosotros con un cuento fantasioso de querer destruir a la usurpadora de su hermana y vengar a su familia. Le creímos en un comienzo. Y nos trajo pruebas de la purificación realizada en el castillo. El cual ardió hasta el amanecer. No obstante, ahora que he abierto los ojos lo percibo más claramente —atañe—. Hizo exactamente lo mismo en Le Mans y fracasó. No hay forma de que pueda volver a confiar en su juicio. ¡Esto no es ningún juego de críos!

—¡Yo no soy Chloé! ¡Yo no soy un Bourgeois! ¡Y mi señora Zoé no es ninguna bandida traidora! —berrea Couffaine, siendo despojado de su espada y parte de indumentaria— ¡Solo cumplo con la embestidura que me dieron! ¡Exijo se me haga escuchar! ¡Soy honrado frente a tales calumnias!

—¡Silencio, niño bonito! —farfulle uno de los encapuchados, dándole un puñetazo en el estómago— ¡Debiste de pensar en eso antes de venir hasta nosotros!

—¡Luka! ¡No! ¡Esperen! —Graham de Vanily se arroja hacia las escaleras— ¡Luka!

—Félix —Marinette es quien detiene su andar, en un firme apretón de brazos. Lo fulmina con la mirada y niega—. No…

—Pe-pero…

—¡Cof! Como se atreven a golpear a un caballero. ¡Infelices! —lucha el varón, soltando combos— ¡Me las van a pagar! ¡Se van a arrepentir!

Esto…

Esto es mi culpa. ¿En que mierda estaba pensando cuando se me ocurrió la brillante idea de arrojarme directo a la boca del lobo? La situación se había salido de control y no había manera de que pudiera intervenir, sin recibir un castigo ejemplarmente igual a ese o peor. Sentí la mano de Marinette estrujarme con cada vez mas fuerza, en lo que instintivamente me removía ansiosos de ganas por ir a ayudarle. Fue inevitable. Empalidecí. Aquellos individuos no mostraron ni un ápice de piedad. Por unos segundos, cavilé que se habían ensañado con el apropósito, solo por ser hombre. Pero lo cierto es que Luka era muy frágil…

No puedo…seguir viendo esto…

Tras un par de minutos que se hicieron eternas horas, los quejidos de mi camarada cesaron. Entre golpes, patadas y laceraciones a mano de bastones; lo tumbaron contra la sucia baldosa. Le arrancaron la camisa y a torso desnudo, lo arrastraron inconsciente hacia el exterior de la casona. Para cuando conseguí regresar la vista a la escena. El…ya no estaba ahí. Solo una estela de sangre formando un marcado camino; entorno a su silueta. No recordaba cuando fue la ultima vez que temblé de esta forma. Cada célula de mi anatomía, estremecida por el rencor y la frustración de un dolor, que se comprimía contra mi pecho.

Una vez a solas, Marinette me soltó. Algo brillaba entre el charco carmesí. Era un trozo de la gargantilla que le había regalado antes de salir de Le Mans. Esos malditos animales…

La oprimí contra mi palma, envuelto en llamaradas que salpicaban mis ojos. Enajenados, de rabia y lágrimas.

—Me las van a pagar. Juro que si…

—Félix —musita Dupain-Cheng, con voz metálica y atisbo extraviado—. Me quieres explicar ¿Que está pasando?

—¿Te has quedado ciega, Marinette? —respondió Félix, igual de apático que ella— ¿No es obvio?

—No. Lo único obvio es que le dieron una golpiza a Luka —masculle entre dientes, azorada—. Pero tú…

—¿Qué pasa conmigo? —rezonga Fathom, removiéndose el moquillo de la nariz. Se gira a verle— ¿Qué es lo que pasa conmigo, a ver?

—¿Qué clase de relación tienes con ese hombre, realmente? —lo fulmina con los ojos.

—¿Disculpa…?

¿Por qué de pronto, Marinette me miraba de esa forma? ¿Como si hubiese asesinado a alguien? ¿A que vino esa pregunta? A partir de ese momento, no volvió a emitir palabra alguna. Se dio media vuelta y se retiró en completo hermetismo hasta el segundo piso. El mundo, se ha vuelto completamente loco, señores. Pero me rehúso a caer en la demencia, junto con él. Aunque tenga que ser el ultimo bastión cuerdo de este lugar.

No desesperes, Luka. No temas. Te salvaré. Tienes mi palabra de honor, mi querido hermano…