Capítulo 44
Dave salió a la terraza del bungalow en el que se alojaban y contempló el océano.
Hacía una semana que había viajado a Barbados con Angela, y todavía les quedaban un par de días más.
Se apoyó en la barandilla y miró la inmensidad del mar. Tan azul, tan transparente, tan infinito. Intentó no pensar en nada, aunque viendo todo lo que se extendía ante sus ojos, se imaginó volando libre sobre toda esa extensión de agua, sumergiéndose y saliendo a la superficie a respirar.
No sabía por qué, pero hacía tiempo que se sentía encerrado en su propia vida. No era capaz de escribir nada que le gustara, que considerara bueno, y eso lo frustraba. Había tenido una idea hacía unos meses, pero no conseguía desarrollarla como quería, a pesar de toda la investigación que había hecho hasta el momento.
No era la primera crisis de escritor que había tenido a lo largo de su carrera, pero sí la más larga y la que más le estaba afectando.
Y tenía a su lado a una maravillosa mujer, pero sentía un vacío en mitad del pecho que no conseguía llenar con nada. Y creía que no era justo para ella. Ni para él tampoco.
Mantuvo los ojos cerrados, inhalando y exhalando despacio, hasta que sintió una mano sobre su espalda.
-Me he despertado y te he echado de menos en la cama -susurró Angela besando su cuello.
Contempló su cuerpo desnudo y sonrió. Llevaban una semana de sexo desenfrenado, lo que al fin y al cabo era lo que más les gustaba a los dos. Pero eso, al parecer, no era suficiente para mantener una buena relación.
A pesar de su sonrisa, Angela notó que algo le ocurría a Dave.
-¿Vas a contarme qué pasa por esa cabecita tuya?
Dave la observó entrar en el bungalow y coger el camisón negro que se había puesto la noche anterior. Apenas le tapaba lo justo. Luego salió y se sentó en una de las hamacas que había en la terraza y en las que también habían hecho el amor, y le indicó con la mano que se sentara a su lado. Lo pensó apenas un instante antes de seguirla.
-¿Vas a contarme ahora qué es eso que te preocupa? -arrastró sus dedos por su cuero cabelludo, haciéndole un suave masaje, y él cerró los ojos por la sensación.
-¿Por qué crees que me pasa algo? -preguntó abriendo los ojos y sonriendo.
-Dave…hace meses que nos conocemos. Y aunque prácticamente no hemos salido de la cama, he aprendido a conocerte. Así que, no intentes engañarme y cuéntame qué ocurre.
Él suspiró fuertemente, cogió la mano que aún estaba en su cabeza y la llevó a sus labios. Angela sonrió por su gesto, aunque se dio cuenta que era una sonrisa triste.
-Angela, sabes que te adoro, pero no creo que seguir adelante con nuestra relación sea lo mejor -dijo en voz baja.
-Fíjate que me imaginé algo así -contestó con otra sonrisa triste.
-Lo siento -apretó su mano-. Simplemente no creo que funcione.
-Dave, nuestra relación se ha basado en el sexo, y ha estado muuuuy bien -ambos soltaron una pequeña risa-. Pero creo que tienes razón. No hay nada más que nos una. Es mejor que lo dejemos aquí.
Se levantó y se adentró en la habitación, dejándolo solo de nuevo en la terraza. Sabía que había tomado la decisión correcta, aunque doliera. Ninguno de los dos se merecía una relación a medias, y tal vez así, podrían encontrar a alguien con quien encajar de verdad.
JJ cogió a Henry del carrito y lo tumbó junto a ella en la manta. El niño, de tres meses, soltó una enorme sonrisa al verse liberado del pequeño espacio que era el carro.
Estaban en el parque, bajo la sombra de un enorme árbol. Se suponía que Will también iría con ellos, pero un problema de última hora en el trabajo se lo había impedido.
JJ observó al niño y se sintió feliz. Llevaba tres meses de felicidad plena, a pesar de que las primeras semanas fueron bastante duras. Sin embargo, Henry crecía sano y feliz y eso era lo más importante para una madre.
Cogió al niño y se lo comió a besos. Sonrió cuando distinguió a alguien que se acercaba a ellos.
-Mira quién viene por ahí, Henry, es la tía Ashley.
Y como si el niño la reconociera, sonrió feliz y extendió los brazos hacia ella en cuanto se acercó.
-Hola, peque -Ashley lo llenó de besos, igual que un momento antes había hecho JJ. Luego se sentó junto a ella y acomodó a Henry en su regazo.
-Gracias por aceptar verme, JJ, es importante para mi.
-No digas tonterías, Ash, eres de la familia ¿recuerdas? A Will le ha sido imposible escaparse del trabajo, lo siento.
-Oh, qué pena, me hubiera gustado despedirme de él también -vio la confusión en el rostro de la chica-. Te había contado que quería irme a estudiar fuera ¿verdad? Pues me voy pasado mañana.
-Me alegro mucho por ti, Ash -apretó su mano y sonrió-. ¡Pero casi nos enteramos cuando ya estás allí!
-Sí, lo siento. Es que he estado muy liada preparándolo todo y eso.
Hablaron durante un rato, y la chica le contó todos sus proyectos. Antes de quedarse embarazada, estaba estudiando enfermería. Y ahora se iba a Chicago a seguir con sus estudios y con toda la esperanza de conseguir un trabajo al finalizar.
-Pero no te preocupes, seguiremos en contacto como hemos dicho. Y volveré en Acción de Gracias y Navidad y sin duda quedaremos. Quiero ver todos los progresos de este pequeñín.
JJ vio la interacción entre Ashley y Henry, que reía feliz por las cosquillas que le hacía la chica. Pensó fugazmente que hubiera sido una gran madre, aunque entendía que era demasiado joven y que quisiera cumplir sus sueños.
Al menos ahora Ashley parecía haberse relajado con Henry, puesto que al nacer, casi tenía miedo incluso de mirarlo. Supuso que era normal: lo había llevado dentro nueve meses, sabiendo que tendría que desprenderse de él al nacer, aunque fuera su propia elección. Ahora parecía una tía jugando con su sobrino, y eso la hacía feliz.
Deseó que todo lo que Ashley esperaba, con sus estudios y con un futuro trabajo, se hiciera realidad. Era una chica maravillosa que se merecía una vida llena de buenas cosas y felicidad a raudales.
Emily soltó con suavidad los cubiertos en el plato, con mucho cuidado de no hacer ruido, y miró de reojo a Erin. La rubia le devolvió la mirada, sabiendo que se sentía igual de desubicada que ella.
Sonaba una música suave, que estaba segura que era Bach, aunque la experta en música clásica era Erin. Y al menos, eso hacía que el silencio no fuera tan atronador.
Desde que se habían enterado de la enfermedad de su madre, habían decidido (haciendo un gran esfuerzo), ir a comer con ella todos los domingos. El problema, que ese rato se convertía en una pequeña tortura. La tensión que había entre su madre y ellas se podía sentir desde kilómetros a la redonda, aunque parecía que a la embajadora no le importaba mucho. O fingía muy bien, que era lo que había hecho toda su vida.
-Entonces…¿cómo va el negocio, Erin? -preguntó Elizabeth para romper el hielo.
-Bien, muy bien. Tengo dos empleadas -respondió Erin con cautela, mirando a su hermana.
-Ah, eso está muy bien. ¿Y tú, Emily? ¿Cómo estás en la tienda de animales?
Las dos se sorprendieron de que su madre recordara siquiera cual era el trabajo de su hija menor, pero también de que preguntara por ello.
-Estoy encantada, madre. Como siempre. Gracias por preguntar.
-Y…-Erin miró a Emily antes de hablar-. ¿Sabes algo de tus últimas pruebas?
-El mes que viene vuelvo a Houston, pero los médicos tienen fe en que todo esté bien.
-Estupendo -murmuró Emily, aunque lo suficientemente alto para que su madre la escuchara.
No volvieron a hablar, excepto para alabar la comida y el postre, aunque Elizabeth puso mala cara y contó que para ella no tenía sabor.
Así habían sido los últimos tres domingos y Emily y Erin no estaban seguras de poder aguantar mucho más. Querían apoyar a su madre, a pesar de todo lo que ella les había hecho, pero no creían que esa situación se sostuviera durante mucho más tiempo.
Cuando estaban en el coche, Emily apoyó la cabeza en el asiento, y resopló ruidosamente.
-Creí que nunca íbamos a salir de ahí -miró a Erin cuando la escuchó reír-. Dime que estamos haciendo bien, porque son las dos horas más largas de mi vida.
-Somos unas buenas hijas, y unas buenas personas. Quédate con eso, Em.
-Tienes razón. Venga, vámonos.
Erin volvió a reír y arrancó el coche. Aunque tenía a su madre en mente casi todo el tiempo, no volverían hasta dentro de siete días, así que iban a vivir su vida como hasta ahora, con sus propias preocupaciones.
Continuará…
