Como dirían en el futbol Mexicano. ¡Uff! ¡Uff! ¡Y recontra Uff! ¡Me tomó una eternidad actualizar! Los he extrañado mucho. Por razones que se me dificulta un poco explicar tuve que tomarme un tiempo de actualizar esta historia, lo siento mucho, de verdad, tuvieron que venir por mi jaloneándome las orejas para que volviera a actualizar. En fin, la buena noticia, ya llegué, la mala noticia, saldré de vacaciones por un par de semanas así que no actualizaré con la misma rapidez aún. Pero hay otra buena noticia para las y los fanáticos de Milo que han seguido la mayoría, si no es que todas mis historias, y es que tengo nueva historia de Milo, jajaja, ya extrañaba escribir de Milo, Diomedes es un buen reemplazo pero no alcanza el nivel trágico-cómico de Milo, Diomedes se queda en el lado cómico. En fin, a las admiradores de Milo que quieran verlo a sus 12 años siendo el protagonista de su propia aventura, les recomiendo "El Corazón de Niké" con el estilo tradicional de su autor escorpión pervertido favorito, y nuevamente intentando imitar la grandiosidad que fue "Guerras Doradas", en fin, mucha plática y poca acción, a contestar reviews.
Suki90: Jajaja, ok, tienes prisa, o tenías prisa, lo comprendo señorita. Para estos momentos seguro ya hasta maestría estás haciendo, me tomó años en actualizar T_T. Jajaja tu trauma con Diomedes, pero bueno, Diomedes no tiene un papel muy relevante esta vez, ha comenzado el movimiento pro-Odiseo.
Guest: Aquiles tiene una personalidad bastante voluble, digamos que con los mortales se comporta de una forma, pero los dioses lo hacen odioso, creo que veremos un poco de eso aquí. En fin, pronto volveremos a ver al Aquiles humilde, pero hoy no. En cuanto a Ifigenia, será la pieza clave de este capítulo, saludos.
TsukihimePrincess: Lo son, los dioses son extraños, premian y castigan sin respeto alguno. Aquiles, nuevamente lo menciono, será todo un caso con su personalidad desequilibrada, a momentos será tranquilos, al siguiente bien violento, así que será siendo todo un caso. Y sí, quién guió a Agamenón por el mal camino fue Afrodita, pero no tendrá un papel muy relevante está vez, hay que variarle, hoy la noche le pertenece a Artemisa.
angel de acuario: Bueno en defensa personal, creo que mi historia está mejor explicada que el verdadero mito, en el mito verdadero, Menelao los obliga a todos a la guerra por recuperar a Helena, aunque depende del mito que se lea. En fin, Helena tampoco es tan mala como la pintan créeme, te recomiendo el libro de "Odiseo – El Juramento" de Manfredi.
Guest: (DanaaF creo) Ya hablé con Daf, jajaja, me historia no es su estilo particular de lectura, así que no creo que la veamos por aquí muy seguido. A lo mejor cuando se sienta de ánimos de sangre y guerra. Sí, conozco eso que dicen los filósofos, pero no incluiré ese tema la verdad, así que, no me lo pidan, no es mi estilo. El caso de Artemisa es especial, ella no es malvada, pero ha sido ofendida, veremos más de ella en este capítulo. No, jajaja Casandra no engañó a Agamenón, fue Afrodita para enemistar a Agamenón con Artemisa. Lo bueno es que ya no tienes que esperar más, por fin actualicé, gusto en volver a leerte.
Toaneo07 Ver2.0: Así es la Guerra de Troya original mi estimado, todo siempre termina en tragedia para los griegos. Y no, Agamenón no fue un héroe querido, todo lo contrario, es odiado, pero también es incomprendido, ya veremos a Casandra arreglar eso. Sip, Afrodita es lujuria mientras que otras diosas son virginales, Afrodita nunca ha podido evitar su lujuria, y vaya, no sabía que le tuvieras tanta estima a Hefestos, esa si es una sorpresa. Y sí, considero que Hefestos se merece un poco más de respeto. Comprendo lo que mencionas de Athena y Poseidón lo sabe, poco a poco irás viendo como Poseidón intenta moldear a Athena a la imagen de los dioses belicosos, disfruta.
Lord Dracon: Batalla sin ninguna sorpresa, no sé pero sentí eso como una crítica al poco esfuerzo de la batalla, T_T, me esforzaré más. Lo de Aquiles no te prometo que se mantenga por la volatilidad del personaje, Agamenón, ese irá decayendo más y más, lo bueno es que tendrá a Casandra para darle momentos de sufrimiento. Jajaja sí, lo de los dos Áyax está genial, aunque esté mal que yo lo diga. Y gracias por el review, espero leer más.
Mar Sha: Vaya, otra fanática de Guerras Doradas, que gusto me da, muchas gracias por comentarlo. El mito de Anficlas ya está cerca, descuida, lo sabrás pronto. ¿Tienes personalidad tipo Casandra? Eso sería interesante de ver, vaya. No te preocupes, no pensaré mal, no tienes que llorar. Diomedes de verdad, en el mito es, junto con Odiseo, el favorito de Athena, así que básicamente si se roba el protagonismo, pero poco a poco lo iré cambiando para favorecer un poco más a Odiseo. Bien, una fanática de la triada dorada de Guerras de Troya, que genial. Poseidón es altanero, créeme, pero tenerlo menor que Shana me pareció algo diferente, así quién tiene que tomar el control de los Aqueos es Shana y no Poseidón. Jajajajaja si te pareces a Casandra, intentaré no lastimar tanto tu vista. Disfruta de este capítulo.
Abaddon DeWitt: Jajajajaja demasiado YOLO en las venas, muahahahaha, jamás lo había escuchado, pero la verdadera YOLO es Casandra. Ah, sí, lo de Milo siendo niña en Legend of Sanctuary, la verdad me tiene sin cuidado, ya sabía que la mercadotecnia se iba a meter a arruinar las cosas, y he escuchado que no es la única sátira de la película. Aunque he escuchado que no es tan mala. Tristemente, Milo de mujer significará demasiados fan fics eróticos en mi opinión, lo cual como fan de Milo no será de mi agrado ver. En parte sí es una patada en el hígado, pero para mí la verdadera patada es tener que seguir soportando a los bronces, así que, ni me interesa la película, ni la he visto, a mí no me compran con mercadotecnia barata.
Kennardaillard: No te preocupes, yo también me ausente por cosas de la vida real. Lo entiendo, tuve que tomarme algunas libertades con los personajes, son demasiados que es imposible plasmar todos los eventos de la Ilíada así que habrá situaciones como las de Creusa y Helena que tengan que ser mezcladas para encajar con Saint Seiya y el mito, de verdad, no tienes idea de lo difícil que ha sido esto, jajaja, Acamante es el mejor ejemplo si entiendes a lo que me refiero. En ese tiempo, mayor significa de 28 para arriba, así que, así de mayor. Hefestos no es ciego, es solo una curiosidad que yo quise agregar, igual lo de la cadena. Casandra sigue estando loca, pero sí tiene su atractivo mítico que veremos poco a poco, si historia la verdad estará combinada con la de la esclava de Agamenón pero eso lo explicaré después. Jajaja, y sí, Casandra está loquilla por su macho cabrío, se le hace agua la boca. Ifigenia será todo un tema en este capítulo así que creo que es mejor no mencionarla del todo en estos momentos. Si lo de Aquiles y Odiseo será en capítulos posteriores, de momento me concentraré en Odiseo y Áyax y Diomedes y Palamedes. El Aquiles que estoy retratando es mi interpretación de su personaje a través del mito y por su dualidad se ha ganado la armadura de Libra, habrá capítulos en los que creo que no te va a agradar, como en este supongo yo. ¡Gran Trabajo! - Eso me hizo pensar en Áyax, jajajajaja. Perdón por tardarme mucho en actualizar, prometo esforzarme más.
Kyokai1218: Solo por eso me tardaré en actualizar, jajaja, nah es broma. Sí básicamente eso debe ser lo que pensó Aquiles en ese momento, pero también tiene un deseo de seguir con vida, ya lo entenderás más tarde. No te preocupes por el review, sé lo frustrante que es escribir por teléfono así que no te incomodes por eso. Percy Jackson no es una obra de mitología, es una obra de fantasía literaria, y no, no he tenido el placer de leerla, mi estilo es más a lo Game of Thrones la verdad. Bueno, disfruta.
EDITADO: 04/07/2024
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Uno.
Capítulo 3: El Sacrificio de Aulis.
Hélade. Playa de Aulis. Año 1,195 A.C.
-¡Atención Generales de Poseidón! -gritó Idomeneo de Crisaor frente al lodazal que ahora era la playa de Aulis. Los otros 6 Generales de Poseidón estaban con él, todos escuchando a su líder, el Rey de Creta- ¡Poseidón es el Dios de los Mares! ¡Nosotros sus Generales Marinos somos los representantes de nuestro dios en Gea! ¡Nuestro cosmos es el cosmos del océano mismo! ¡Elévenlo! ¡Restauraremos las mareas! -ordenó Idomeneo, y los 7 Generales de Poseidón elevaron sus cosmos e intentaron levantar las mareas. El océano comenzó a cooperar, regresaba a la playa nuevamente.
-¡Mirmidones! ¡Ahora! -ordenó Aquiles, quien no vestía su Armadura Dorada, los Mirmidones que iban con él tampoco vestían las suyas. Tras las ordenes de Aquiles, comenzaron a empujar las naves sobre el lodo, intentando moverlas en dirección al mar que se acercaba- ¡Más fuerte! ¡Debemos llegar al mar! ¡No se rindan! -Patroclo, Antíloco, Fénix, Protesialo y Podarses auxiliaban a los Mirmidones, pero era inútil, el barco se movía muy despacio por el atasco con el lodo.
-¡Hombres de Salamina! ¡No se rindan! -gritó Áyax, molestando a Aquiles, mientras los de Salamina, guiados por el semidesnudo Áyax. Sus salaminos parecían casi iguales de exhibicionistas que el de Tauro, mientras empujaban también sus barcos- ¡Todos juntos! ¡Gran Empuje! -se burló Áyax, y todos sus hombres, entre ellos Teucro, Áyax el Menor, y Menesteo de la Osa Mayor, empujaron imitando el grito de Áyax- ¿Qué pasa hormiguitas? ¿Acaso no los Mirmidones son superiores a cualquiera? ¡JAJAJAJA! -se burló Áyax.
Los Generales de Poseidón continuaron atrayendo las mareas, y estas comenzaban a subir. Los barcos empujados por los Mirmidones y los Salaminos estaban cerca de llegar al mar, pero el cosmos de los Generales de Poseidón comenzaba a flaquear, y la marea comenzó a retirarse nuevamente. Políxeno de Sireno fue el primero en rendirse, seguido por el joven Meríones de Scilla. El resto lo siguió intentando, hasta que el anciano Memnón de Kraken desistió también. Automedonte de Hipocampo estaba al borde, pero siguió esforzándose por Aquiles, quien le daba fuerzas. Torbellinos de agua comenzaron a alzarse y a regresar la marea. Anceo de Lynmades era mejor combatiendo físicamente que con el cosmos y fue el siguiente en caer, y solo quedaron 3 Generales de Poseidón. Automedonte que sorprendía a sus compañeros, Peneleo de Dragón Marino, e Idomeneo el Rey de Creta.
-¡Jalen! -gritó Idomeneo, los 3 tiraron sus cosmos hacia atrás, jalando las mareas. Áyax y Aquiles lo notaron y volvieron a dar órdenes, convenciendo a sus hombres de seguir adelante con más ímpetu, poco a poco lo estaban logrando- ¡Tiren! ¡Lo estamos logrando! ¡Resistan! -algunos de los que corrían con los barcos tropezaban, pero la mayoría continuaba adelante. Peneleo fue el siguiente en caer, pero no lo hizo hasta que no le comenzaron a sangrar las fosas nasales por el esfuerzo. Ya solo quedaban Idomeneo de Crisaor y un Automedonte que seguía sorprendiendo a sus compañeros. Pero los Aqueos estaban a medio camino aún, no lo conseguirían- ¡Es inútil! ¡Suéltalo Automedonte! -desistió Idomeneo, y las mareas comenzaron a retraerse- No somos dioses… hemos hecho todo lo que podíamos… -cuando los Aqueos vieron las mareas retraerse, se deprimieron y dejaron de avanzar. Se recargaron en contra de la madera de sus barcos, y maldijeron.
-¡Aquiles! -gritó Automedonte. Aquiles volteó a mirarlo, lo vio esforzándose y manteniendo su cosmos, y de inmediato miró al mar que se mantenía en su lugar sin diluirse al interior- ¡Muévete! ¡No resistiré por mucho más tiempo! -recriminó Automedonte.
-¡Avancen! -gritó Aquiles- ¡Mueve tu trasero, Áyax! –el de Salamina se molestó, y todos volvieron a empujar- ¡Resiste Automedonte! ¡Ya casi llegamos! ¡Lo lograremos! -pero la nariz y los labios de Automedonte comenzaron a sangrar, también sus oídos, y el General de Poseidón cayó en sus rodillas.
-¡Ya no resisto! ¡Aquileeeees! -gritó, y su cosmos desistió. La marea volvió a escapárseles, y Automedonte terminó en el lodo. Los Aqueos volvieron a deprimirse y a soltar los barcos. Incluso con el esfuerzo, solo habían logrado llegar a la mitad del camino. Todos estaban agotados- ¡Maldición! -gritó Automedonte- ¡Salgan de allí! -volvió a gritar.
-Ha sido un esfuerzo admirable. Ahora es mi turno -resonó la voz de Artemisa desde el cielo, la Luna comenzó a alzarse, y el agua comenzó a sacudirse más y más. Aquiles y Áyax dieron la orden de retirada, mientras una inmensa ola se formaba-. ¡No importa cuántas veces lo intenten! ¡Se pudrirán en estas playas hasta que no se cumplan mis exigencias! -recriminó la diosa con desprecio, y las olas destrozaron los barcos.
Los Aqueos corrían de regreso a tierra firme, pero 2 que permanecían detrás de los Generales de Poseidón se adelantaron, y elevaron sus cosmos a medio camino. Eran Epeo, el Caballero Dorado de Aries, y Talpio, el Co-Rey de Élide y Caballero de Bronce de Delfín.
-¡Mueve tu trasero, Toro sesos de estiércol! -gritó Epeo, Áyax se fastidio, viró para golpear a Epeo, pero Patroclo, Antíloco, Aquieles y Teucro lo interceptaron y empujaron a la orilla- ¿Estás listo Talpio? -preguntó Epeo, y Talpio asintió- ¡Muro de Cristal! -gritó Epeo.
-¡Cortina de los Mares! -alzó su cortina Talpio, y el muro y la cortina se unieron formando una inmensa pared que resistió la ola alzada por Artemisa y los escombros de los barcos destruidos- ¡No podemos seguir así! ¡Empujamos los barcos al mar y Artemisa sube la marea y los destruye! ¡Ya llevamos una Luna aquí encerrados! -se fastidió Talpio.
-Tiene razón -mencionó Odiseo. Fuera del lodazal. Athena y Poseidón se encontraban reunidos con Odiseo, Néstor, Acamante, Diomedes, Agamenón, Menelao, Palamedes, y con Calcas. Idomeneo se unió a ellos también, extremadamente cansado. Odiseo entonces caminó hasta la Armadura de la Copa, llena de agua, y en la cual se reflejaba a la diosa Artemisa-. No pretendo ser grosero, mi señorita Artemisa, pero… ¿no piensa que ya ha sido suficiente? -preguntó.
-No te atrevas a preguntarle a una diosa por lo que es o no es suficiente, mortal -recriminó Artemisa, Diomedes se preocupó e hizo a Odiseo a un lado-. Me estoy fastidiando, Escorpio. ¿Dónde está mi sacrificio? -preguntó.
-Mi muy estimada ama Artemisa, le aseguro que Odiseo no pretendía insultarla -se disculpó Diomedes, Artemisa movió su cabeza de forma arrogante-. ¿No puede como favor personal a su querido Escorpión Celestial levantar su castigo por favor? Se lo pido de rodillas -suplicó.
-¡Jum! -se quejó Artemisa de forma infantil, algo que solo Diomedes lograba causar en ella- En verdad estoy en deuda con los Escorpio por salvarme la virginidad en contra del gigante Orión. ¡Pero no te lo perdonaré! -gritó Artemisa, asustando a Diomedes- Primero que nada, yo creé tu Constelación, tu lealtad debería pertenecerme, pero elegiste a Athena en mi lugar, eres su favorito, igual que tu padre Tideo. Jamás te lo perdonaré -se molestó Artemisa, Odiseo empujó a Diomedes a un lado con molestia.
-¡Tarado! ¡Estás empeorándolo todo! -se quejó Odiseo- Ahora que sabemos que no podemos apelar al mito del Escorpión Celestial que la salvó de ser violada por el gigante Orión, Diosa Artemisa. Por favor indíquenos la forma en enmendar nuestro error -suplicó Odiseo.
-Saben la forma. Agamenón asesinó desalmadamente a mis ciervos. Únicamente un castigo lo enmendará -pero a la mención del castigo, la ira de Agamenón comenzó a incinerarse-. ¡Quiero a tu hija Ifigenia! ¡La quiero sacrificada como muestra de arrepentimiento! ¡No volveré a atender a tu llamado hasta que los ritos de sacrificio no hayan sido atendidos! -y el agua en la Armadura de la Copa dejó de reflejar el rosto de Artemisa.
-Mi señor Agamenón -comenzó Odiseo-. No hay mayor claridad que lo que acabamos de escuchar. Para llegar a Troya, solo lo lograremos a costa de la vida de su hija -pero Agamenón se levantó, intentó tomar a Odiseo del cuello, pero Diomedes se interpuso, y el de Capricornio comenzó a estrujarle el cuello al de Escorpio.
-¡Ustedes 2 ya me están colmando la paciencia! ¡No entregaré a mi hija en sacrificio! -Shana intentó ponerse de pie y auxiliar a Diomedes, pero Poseidón la tomó de la mano y le impidió hacerlo- Si escucháramos las exigencias de cualquier dios o diosa, esta empresa no tendría sentido. ¡Encuentren otra forma y háganlo rápido! -azotó Agamenón a Diomedes en el suelo, y comenzó a retirarse a su tienda.
-Tiene mucho que aprender -mencionó Poseidón-. Artemisa nos ha hecho un favor al pedir este sacrificio. Observando y esperando, sabremos si Agamenón está en verdad en condiciones de ser el Rey Supremo de esta empresa. Artemisa le ha puesto la prueba más dura, y sus decisiones sobre este percance definirán su verdadero liderazgo. No muevas tu mano, deja que Agamenón solo arregle sus prioridades. ¿Qué es más importante, su satisfacción personal? ¿O su deber? Esa es la verdadera pregunta -terminó Poseidón, observando a Agamenón, Menelao por su parte, estaba iracundo con su propio hermano.
Bosque de Aulis.
-¡Maldición! -resonó el grito de Aquiles en medio del bosque de Aulis, que se sacudió con un tremendo estruendo asustando a las aves de sus nidos que revolotearon asustadas mientras el árbol más grande del bosque comenzaba a caer levantando una nube de polvo y hojas. Cuando esta nube se disipó, Patroclo, quien lo observaba todo desde las afueras del bosque, se puso de pie e intentó ir a intentar calmar a Aquiles, pero Antíloco, quien montaba guardia junto a él, lo detuvo.
-¡Tienes que dejarme ir! ¡No lo entiendes! ¡La cólera de Aquiles es peligrosa y autodestructiva! -suplicó Patroclo, pero Antíloco continuó sosteniendo a Patroclo, negándose a dejarlo ir- ¡No me hagas lastimarte, Antíloco! -se quejó Patroclo mientras tensaba sus músculos forcejeando contra el agarre de Antíloco.
-¡Ya basta! ¡Me estás lastimando! ¡Te voy a hacer daño si no desistes, Patroclo! -se quejó Antíloco, y Patroclo inclusive le gruñó con molestia- A mí tampoco me gusta dejar a Aquiles solo, pero órdenes son órdenes. Si Aquiles nos dice que no lo molestemos entonces no lo molestamos, si nosotros no obedecemos, los Mirmidones comenzarán a dudar del liderato de Aquiles y comenzarán a desobedecerlo -le explicó Antíloco.
-Pero el muy imbécil se está culpando a sí mismo por el estado de salud de Automedonte -se quejó Patroclo, y nuevamente forcejeó, lastimando a Antíloco, quien tuvo que aferrar sus piernas a una inmensa roca para evitar que Patroclo entrara en el bosque, pero la roca inclusive comenzó a ser jalada por Patroclo-. Macaón dice que Automedonte está estable, no vale la pena que Aquiles se siga preocupando así -insistió.
-Lo de Automedonte es solo una de sus múltiples preocupaciones, entiéndelo –Patroclo se mordió los labios, pero intentó tranquilizarse-. Por Athena, casi me destrozas los brazos. Yo también estoy preocupado, pero los 2 elegimos a Aquiles como nuestro líder. Obedecemos sin preguntar, a ese grado llega nuestra lealtad. Confía en él, si Aquiles quisiera que supiéramos lo que pasa en el bosque nos lo diría -Patroclo bajó la cabeza, cerró sus manos en puños, y se sentó en el suelo a esperar, aunque estuviera malhumorado.
Dentro del bosque, Aquiles continuaba con su rabieta intentando tranquilizarse. Respiraba hondo, tratando de recordar las enseñanzas de Quirón de Centauro, quien en esos momentos le hacía tanta falta. Cerró su boca, respiró por la nariz, intentando calmar su cólera, intentando calmar su odio. El Tigre era violencia y valentía, el Dragón fortaleza y sabiduría, juntos eran el equilibrio, y solo en equilibrio forjarían al Caballero de Libra. Incluso si Aquiles estaba más inclinado al Tigre que al Dragón, ambas fuerzas tendrían que coexistir para poder desempeñar su papel como Caballero de Libra, y así fue, como el furioso Tigre por fin se tranquilizó.
-De verdad te hace mucha falta el Centauro Quirón -escuchó Aquiles, quien suspiró ya más tranquilo, mientras Ifigenia, la hermosa hija de Agamenón, se mantenía sentada entre las raíces de un gran árbol, con su máscara en su mano-. ¿Ya tomaste una decisión? Ha pasado casi una Luna. Aunque, a decir verdad… no tiene caso, deberías matarme ahora que puedes… -lloró Ifigenia, y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano-. Todos me quieren muerta de todas formas… solo mi padre lo ha impedido… -continuó lamentándose.
-Me importan un Espectro los designios de los dioses -mencionó Aquiles, quien entonces se sentó junto a Ifigenia-. Sacrificarte a Artemisa son tonterías. Si a los dioses se les permite hacer lo que les venga en gana, los mortales no seremos más que inútiles sumisos. Por mí que se pudra Artemisa. Mi única diosa es Athena, y solo respeto a Poseidón porque así lo quiere la inútil de Shana. Si por mí fuera les rompería el rostro a todos los dioses -se fastidió Aquiles, y recibió un golpe en la nuca por parte de Ifigenia-. ¡Ow! -se quejó.
-¡Tonto! ¡Siempre debes respetar a los dioses! ¿Cuándo Espectros lo piensas entender? -le recriminó Ifigenia. Aquiles se molestó, pero la ignoró fríamente solamente- Algún día un dios te va a dar una terrible lección de humildad. Como la que yo aprendí gracias a Antíloco el día que me viste el rostro… yo… siempre pensé que el deber era lo más importante, pero cuando todo el ejército me dio la espalda, yo… -comenzó a lamentarse Ifigenia, y Aquiles colocó su mano sobre su cabeza.
-Boba… yo no te he dado la espalda… -le mencionó Aquiles, tranquilizando a Ifigenia-. Aquel día en que Artemisa pidió tu sacrificio, vine aquí al bosque a quejarme contra los árboles. Ese día te vi el rostro mientras llorabas, y no te maté. Te protegeré incluso de todo el ejército de los Aqueos -sentenció Aquiles.
-Me proteges por las razones equivocadas -le mencionó Ifigenia-. Como Amazona estoy sujeta a las reglas de la Reina Hipólita de Temiscira, la ciudad de las Amazonas que está incluso al este de Troya en el extremo norte de Anatolia. Está estrictamente prohibido por las Amazonas el interactuar con los hombres. Como Caballero de Athena debo usar la máscara de las Amazonas todo el tiempo y matar o amar al hombre que me vea. Solo la muerte o el matrimonio me libran de esta responsabilidad, pero no puedo matarte, eres más fuerte que yo y además… -se sonrojó Ifigenia, pero de inmediato se sacudió la cabeza-. Lo que hicimos después de que me vieras el rostro ya no importa. De todas formas, mi elección ya está tomada, seré sacrificada -le mencionó.
-Como si fuera a dejarlos sacrificarte para apaciguar a la tonta Diosa de la Luna. Ya se me ocurrirá algo, no permitiré que te maten -le mencionó Aquiles-. Artemisa solo está haciendo un capricho por unos tontos ciervos. Todo mundo mata ciervos, el más fuerte se come al más débil, es la regla. Si eran mascotas de Artemisa ella tiene la culpa por no cuidarlas, no es más que un capricho, a dioses así no se les debería venerar. ¿Cuándo vamos los mortales a levantarnos y exigir nuestros derechos sin la intervención de los dioses? -preguntó.
-Estás en esta guerra siguiendo a Athena -le recordó Ifigenia-. A ella le juraste lealtad. Te levantas contra los dioses, pero sigues a una diosa. En verdad eres un enigma, Aquiles. Nadie sabe jamás lo que piensas -terminó Ifigenia.
-Shana es una diosa bondadosa -fue la respuesta de Aquiles-. Es una inútil, no lo niego, pero también tiene un buen corazón. Lo que realmente quiero es ser el portador de mi propia justicia. Si Athena desvía su rumbo, para bien o para mal, yo mismo me levantaré en su contra -sentenció Aquiles, e Ifigenia se horrorizó-. Si los dioses están por encima de los hombres esa regla fue impuesta antes de mi nacimiento, así que, si he de «servir» a los dioses, será al dios a quien considere el más justo, al resto… -sonrió con arrogancia Aquiles-. Digamos que jamás olvidarán mi nombre -sentenció.
-No todos los dioses son los tiranos que dices que son -le explicó Ifigenia-. Incluso Athena se ha desviado del camino, transformó a la sacerdotisa Medusa en una Gorgona solo porque fue violada en el Templo de Athena por Poseidón -y Aquiles se molestó.
-Conozco esa historia. Y si hubiera vivido en ese tiempo, obligaría a Athena a deshacer su hechizo a la fuerza de ser necesario -e Ifigenia suspiró y bajó la cabeza tras ver que era inútil razonar con Aquiles-. Si el dios es justo, no tiene nada que temer. Si no lo es… la Armadura de Libra me queda como anillo al dedo, los forzaré a ser justos -insistió.
-Te estas metiendo con los dioses, eso definitivamente no terminará bien -suspiró Ifigenia-. Quisiera tener el valor que tú tienes, Aquiles, pero los dioses son dioses, los mortales, solo un suspiro en sus vidas. Deberías buscar el favor de los dioses, no su odio -finalizó Ifigenia.
-¿Qué han hecho los dioses por mí además de burlarse a mis expensas? Todo lo que he conseguido lo he conseguido por mérito propio, no necesito besarle los pies a Shana como Diomedes, solo necesito entrenarme, y ser el mejor -fue la respuesta de Aquiles, e Ifigenia simplemente bajó la mirada. Aquiles lo notó, y suspiró-. Si hubiera una diosa que pudiera salvarte la vida, la escucharía. Pero hasta ahora ni Athena ni Poseidón tienen una respuesta -finalizó, pero Ifigenia tenía una idea.
-Deméter puede -le mencionó Ifigenia, y Aquiles la miró con incredulidad-. Un juramento a Deméter es lo más sagrado -insistió-. Si sellamos votos con Deméter de testigo, seguro la diosa podría salvarme de la ira de Artemisa. De cualquier forma, me has visto el rostro, solo puedo amarte o morir -insistió-. ¿Cuál será tu respuesta, Aquiles? ¿Te casarías conmigo por salvarme la vida? -le preguntó, y Aquiles meditó la respuesta.
Anatolia. Dárdanos. Palacio de Dárdanos. Habitación de Eneas.
-Una Luna y siguen resistiendo, jejeje -sonrió Afrodita dentro del cuerpo de Creúsa, quien miraba a los Aqueos atrapados en la playa de Aulis sin poder partir rumbo a Troya. Se encontraba en su habitación en el Palacio de Dárdanos, con una esfera de vientos en la que observaba a los Aqueos y sus campamentos improvisados, acabándose sus provisiones, discutiendo, y en algunos casos tornándose violentos unos con otros-. Ahora sé cómo se siente Erís. El caos y la discordia son bastante gratificantes. Aunque no tanto como la lujuria, que por cierto. ¿Dónde está el tonto de mi hijo? -se molestó Creúsa, quien no encontraba a Eneas por ningún lado- ¡Eneas! -se molestó por su lujuria que pedía a gritos probar a su marido nuevamente, quién últimamente le dedicaba más tiempo a sus responsabilidades que al placer de la vida marital- ¡Un hombre huyendo a ser complacido en la cama! ¿Quién lo diría? -se molestó Creúsa, y salió de su habitación buscando a su marido- ¡Eneas! -insistió.
Creúsa pasaba la mayor parte del tiempo en sus aposentos. Siempre que Eneas no estaba, se dedicaba a torturar a los Aqueos con sus vientos. Pero ahora que llevaban una Luna atrapados, no lo disfrutaba tanto como antes pues era Artemisa quien los castigaba y no ella ya que Hefestos, su verdadero marido, no la dejaba acercarse. Así fue que, por aburrimiento, Creúsa comenzó a caminar por el aún desconocido Palacio de Dárdanos. Era constantemente saludada por los soldados, algunos demasiado atractivos, pero sin importar cuanto le pidiera su lujuria intentar seducirlos, ahora era Creúsa, la hija de Príamo, por lo que la satisfacción que buscaba solo se la podía exigir a su marido, Eneas, a quién encontró en la Sala del Trono, y junto a su amante más querido, el Dios Ares, en esos momentos poseyendo a Equetrón, el mayor de los hijos bastardos de Príamo.
-No es un buen momento, Creúsa -comenzó Eneas al verla llegar-. Jugaremos más tarde. Debo primero atender a tu hermanastro, Equetrón. Trae noticias de las tierras del norte, al parecer un ejército arrasó con Misia -y Creúsa tuvo que fingir su sorpresa.
-¿Las tierras norteñas fueron invadidas? ¡Eso es terrible! -gritó Creúsa fingiendo su dolor, e incluso posaba como si fuera una actriz en una obra de teatro, una muy mala actriz- ¿Acaso ya no hay lugar seguro alguno? ¡La sombra de la guerra se cierne sobre nosotros amenazante! Un héroe debería alzarse y poner fin a semejante tiranía -fingió que lloraba, pero Equetrón y Eneas simplemente la miraron con preocupación.
-Lo lamento, cuñado… -se disculpó Eneas-. Me temo que la juventud de mi esposa le ha dado una personalidad demasiado infantil. Hablaré con ella… -Creúsa pateó el suelo al notar que no le admiraban su actuación e infló sus mejillas en señal de molestia-. En cuanto a la invasión de Misia. ¿Qué noticias tienes? -preguntó.
-Las tierras del este han comenzado a reunir sus ejércitos -comenzó Equetrón-. Yo también he iniciado los rituales a Eris para reunir a mis 9 Generales Daimones para liderar la avanzada en favor de Troya. No nos cabe la menor duda de que los Aqueos son invasores con deseos de conquista, y que no descansarán hasta que todos los pueblos aliados a Anatolia ofrezcan su lealtad a Esparta -le explicó-. En representación de Héctor, General Supremo de la defensa Troyana, expido una invitación a Dárdanos para una alianza en contra de nuestro enemigo común.
-El enemigo no es enemigo y mucho menos común -fue la respuesta de Eneas, sobresaltando a Creúsa y a Equetrón-. Paris cavó él mismo esta tumba. He escuchado la historia, Equetrón, la hablé con el mismo Príamo el día de mi boda con Creúsa. Paris viajó a Hélade, raptó a Helena, y Menelao viajó en favor de la negociación pacífica. Si los Aqueos se han unido a invadir Troya, entonces es la desdicha de Troya y solo de Troya. Los Aqueos ni son mis enemigos, ni Troya es mi aliada. Eso es todo lo que tengo que decir -finalizó Eneas.
-Pero los dioses aprueban esta guerra -lo interrumpió Equetrón, que comenzaba a elevar su cosmos agresivo, sorprendiendo a Creúsa, quien conocía la volátil paciencia de Ares-. Te lo aseguro, Eneas. Ares el Dios de la Brutalidad en la Guerra está de nuestro lado en esta guerra, y lo necesitarás a él en tus momentos de agonía. No tomes la decisión equivocada, mortal -se atrevió a decir.
-¿Mortal? -se burló Eneas- ¿Quién te crees para llamar mortales a los mortales? ¿Un dios? -le preguntó, Creúsa comenzó a temblar de miedo, mientras Equetrón elevaba más su cosmos con más y más furia- En Dárdanos somos leales a Afrodita, ella es una diosa de belleza y de paz -aclaró Eneas, y la carcajada de Equetrón no tardó en llegar-. Somos guerreros también. Pero no incitadores de las guerras. Ahora, fuera de mi palacio -apuntó Eneas.
-¿Afrodita? ¿Diosa de paz? -se burló Equetrón, Afrodita infló sus mejillas con ira mientras permanecía dentro del cuerpo de Creúsa- Afrodita es una diosa a la que lo único que le interesa es la entrepierna masculina. ¿A ti te interesan las entrepiernas masculinas, Eneas? ¡Me lo parece! -gritó Equetrón, Eneas se paró del trono, caminó hasta Equetrón, y le susurró al rostro enfureciendo a Equetrón.
-Creo que ambos sabemos lo mucho que tu hermanastra disfruta de mi entrepierna masculina -finalizó, Equetrón tomó su lanza, pero no era Equetrón quien combatía, era el furioso de Ares, quien deseaba la muerte de Eneas por negar la guerra y por acostarse continuamente con Creúsa quien era Afrodita. Eneas sacó su espada, y lo repelió con agilidad y destreza.
-¡Basta! ¡Basta los 2! -gritó Creúsa, parándose en medio de ambos. Eneas retrajo su espada, pero Ares no hizo lo mismo con su lanza, por lo que Eneas tacleó a Creúsa a un lado y rodó salvando a su esposa de ser asesinada. El cosmos de Afrodita sin embargo, se separó de Creúsa en ese momento y observó a Ares fijamente-. No te atrevas… Ares… o juro en nombre de Zeus que no volverás a tenerme… -le mencionó.
-Haz lo que quieras… mujer… -la miró Equetrón con los ojos fulminantes de ira divina de Ares, y tras aquella amenaza de Afrodita, el Dios de la Brutalidad en la Guerra salió de la habitación rompiendo todo lo que encontraba a su paso. Afrodita entonces regresó al cuerpo de Creúsa.
-¿Qué Hades le pasa a ese sujeto? -se levantó Eneas, y ayudó a Creúsa a levantarse- Por los Olímpicos, ni el mismo Ares sería tan idiota para levantarse en armas en contra de los Aqueos. Lo que deberían hacer es regresarle a Helena a Menelao y pagar la compensación económica, imbéciles -se molestó Eneas-. Lo siento Creúsa, no estoy de humor para cariños -se disculpó, y dejó a su esposa en la Sala del Trono.
-Extrañamente… Eneas… yo tampoco… -se fastidió Creúsa, mirando la devastación que Ares liberaba por todo el Palacio de Dárdanos-. Ares imbécil… le quitas deleite a la guerra, pero Eneas… no puedo creerlo, pero… haré lo posible por salvar a Dárdanos de esta guerra. Sigo repudiando a Athena y a los Aqueos, pero Eneas. Ahora tú eres el favorito de Afrodita -finalizó la diosa, y se sentó en el trono, suspirando en preocupación.
Hélade. Playa de Aulis. Tiendas Médicas.
-¿Cómo está? -preguntó Odiseo a Macaón, el médico de mirada tranquila y cabellera verde que actualmente atendía a Automedonte por su pérdida de sangre. El médico usaba sus manos envueltas en cosmos blanco para curar los órganos internos de Automedonte, una habilidad que solo los sacerdotes de Apolo poseían- Deberías vestir armadura -le sonrió Odiseo.
-Hace algunos años, Néstor de Géminis me ofreció la Armadura de Bronce de Andrómeda antes que a su hijo Trasimedes -le sonrió el joven-. Pero yo no estoy hecho para las batallas, lastimar a la gente es algo que no me gusta hacer, es por eso que uso mis manos para sanar, jamás para lastimar -le explicó Macaón.
-En mi opinión, esa es una actitud sumamente cobarde y egoísta -habló Fénix de Heracles, llegando a las tiendas de heridos-. Aquiles me envía a preguntar por la salud de Automedonte. Habla, Macaón. Si no eres bueno para pelear, al menos ten la decencia de ser bueno para dar explicaciones -agregó Fénix fríamente.
-Automedonte está estable, señor Fénix -reverenció con tremendos modales Macaón, molestando a Fénix-. Sus hemorragias internas han comenzado a sanar, pero le tomará algunas Lunas volver a hacer actividad física. Se esforzó demasiado, si esto vuelve a repetirse podría ser fatal. Elevar el cosmos a costa de las limitantes físicas es muy peligroso. Con o sin el cosmos, todos somos humanos, y los humanos somos todos igual de frágiles -terminó.
-Habla por ti, yo conozco a un faldero que rompe piedras a puñetazos -se burló Fénix, y se acercó a Automedonte-. Tienes que reponerte. Aquiles te necesitará esta noche -fue lo único que dijo, y Automedonte asintió.
-Estaré allí… -Fénix colocó su puño contra su pecho, y Automedonte hizo lo mismo, antes de volver a tenderse en contra de su catre-. Macaón… tengo que poder pararme para hoy en la noche -agregó a tono de orden Automedonte.
-No lo recomiendo. Debes descansar -pero Automedonte lo ignoró, y se puso de pie, aunque lo hizo con esfuerzo-. Es una instrucción médica, no estás en condiciones -pero Automedonte lo ignoró, lo hizo a un lado, y salió de la tienda-. ¿Cómo pueden exponer sus cuerpos a semejantes torturas? -se preocupó Macaón.
-Eres demasiado noble, Macaón, el perfecto opuesto a Fénix -concluyó Odiseo, mirando a Fénix-. Veo a ese sujeto, y observo a un ave en llamas. Algún día tal vez me vea obligado a enfrentar a esa poderosa ave indomable -lo miró Odiseo con sospecha, pero salió de la tienda y tropezó con otro caballero, este siendo de Bronce y vistiendo una armadura morada con la forma de la Hidra.
-¡Fíjate por donde caminas, tarado! -se quejó el de Bronce, incluso empujando a Odiseo a un lado- Príncipes imbéciles. Para ustedes no somos más que soldados desechables. ¿Quién crees que se parte el cosmos por ti, principito? -se volvió a quejar.
-Rey -corrigió Odiseo-. Y harás bien en recordarlo, Caballero de la Hidra -lo miró fijamente Odiseo, y el jorobado Caballero de rostro deforme, patizambo, cojo y con hombros curvados hacia dentro y con su cabeza cubierta con mechones de pelo y rematado en punta, escupió a sus pies. Odiseo estuvo a punto de quejarse, pero una bota gigante forrada en oro derribó al de Hidra de una patada.
-Mantén tu sucia boca cerrada, Tersites -anunció Áyax el Grande, el Caballero Dorado de Tauro, aplastando al insolente Caballero de Bronce en contra del suelo-. Te pido una disculpa por la insolencia de mi espía, Odiseo. Veré que el muy imbécil aprenda a cuidar su lengua -lo puso de pie Áyax, y lo volvió a patear con fuerza.
-¿Tersites? Su nombre me parece familiar -mencionó Odiseo. El ofendido Caballero de Bronce lo miró con desprecio, se mordió los labios, y continuó con su camino. Mientras se iba, Odiseo no pudo evitar sentirse más y más incómodo-. No hay ofensa alguna, Áyax. ¿De dónde sacaste a ese sujeto? -le preguntó solo por curiosidad.
-¿A Tersites? -preguntó- No es más que un asqueroso refugiado que resultó ser bueno con una espada -comenzó-. Llegó a Salamina desde Calidón. Acosó a algunas prostitutas, y molestó al ebrio equivocado. Y con ebrio equivocado pues, lo estás viendo -sonrió Áyax-. Teucro me detuvo antes de hacerlo papilla, el tabernero, sin embargo, dijo que Tersites tenía una deuda muy grande y que no le importaba si lo hacían pedazos. Teucro me dijo que sería bueno tener a alguien con sus talentos en la corte -terminó, y Odiseo lo miró fijamente-. Al parecer es un asesino a sueldo -finalizó.
-Así que es un asesino a sueldo de Calidón -Áyax asintió-. Aun así, algo en él me resulta familiar. Jorobado… patizambo… cojo… sé que he escuchado esa descripción antes. Me ayudaría tenerlo vigilado -pidió Odiseo.
-¡Ja! -se alegró Áyax, y colocó su inmensa mano alrededor del hombro de Odiseo- Te diré una cosa. Bebe conmigo esta noche un buen vino de Salamina, y mantendré un ojo en dirección a Tersites, yo invito -ofreció Áyax.
-¿Cómo ofrecerme bebida va a ayudarme a convencerte de mantener a Tersites vigilado? -preguntó Odiseo, y Áyax se soltó en una tremenda carcajada- Eres una persona bastante curiosa, Áyax. Bastante alegre a pesar de ser un fiero guerrero -terminó.
-Y tú eres diferente a todos los nobles que conozco, Odiseo -apuntó Áyax a su pecho-. ¡Tienes corazón! ¡Ja! ¡Un noble que no actúa como un pedante pomposo como Agamenón o Menelao! Tengo el presentimiento de que seremos grandes amigos. ¡Anda! ¡Vamos a beber! -se burló Áyax.
-Es algo temprano para beber. Además, se supone que estaba buscando a Diomedes -agregó Odiseo, y mientras caminaba jalado por Áyax por todo el campamento, encontró al pelirrojo jugando a los dados y bebiendo con Palamedes, Esténelo y Euríalo-. Umm… pensándolo bien… creo que aceptaré beber un rato -Áyax se alegró, y se llevó a Odiseo.
-Creo que ya bebí suficiente… -cabeceó Diomedes-. Además, ya me quedé sin plata y debo encontrar a Odiseo antes de que realmente empiece a perder mis facultades mentales -enunció Diomedes, parándose un poco mareado-. Jugaremos más tarde, Palamedes -insistió, pero Palamedes se puso de pie y rodeó la espalda de Diomedes con su brazo-. Es en serio. Odiseo y yo tenemos que planificar el cómo salir de Aulis -agregó Diomedes con el rostro ruborizado por el alcohol.
-Vamos Diomedes. Ya hace mucho que no pasamos tiempo juntos, mi querido amigo -insistió Palamedes-. Si no te gustan los dados, jugaremos ajedrez, aunque en el ajedrez no pueden jugar Esténelo ni Euríalo -lo sentó Palamedes a la fuerza.
-No quiero jugar, tengo responsabilidades -se volvió a poner de pie Diomedes, y tambaleante se apresuró a buscar a Odiseo con la vista, y lo vio alejándose con Áyax, lo que lo molestó un poco-. Con un Espectro… me distraigo, y mi mejor amigo hace nuevos amigos… que diantres, beberé un poco más -se sentó Diomedes.
-En verdad eres un mal bebedor -se burló de él Euríalo, y Esténelo hizo lo mismo y chocó tarros con Diomedes antes de que ambos bebieran-. Y bien, Palamedes. Escuchamos que tienes una propuesta para nosotros. No es secreto que se te ha visto cada tarde bebiendo con un rey diferente. ¿Qué planeas? -preguntó Euríalo. Esténelo por su parte, colocó su mano al hombro de Diomedes para pedirle que no bebiera más, Diomedes sonrió, y asintió.
-Antes de enunciar mi idea me gustaría que se sientan más cómodos, quiero que se sepa que esta no es una demanda, sino una petición -miró Palamedes a su alrededor, hasta que Tersites, el Caballero de Bronce de la Hidra, terminó de charlar con Teucro y con Filoctetes, pidiéndoles que se retiraran y guardaran sus distancias.
-Ese sujeto… no puede ser… -susurró Diomedes, pero Esténelo le sacudió el hombro. Euríalo notó la incomodidad de Diomedes e intentó desviar la atención en su dirección, charlando un poco con Palamedes-. Tersites… no puedo creer que ese malnacido siga con vida… -susurró Diomedes con desprecio.
-Mi rey, no lo arruine -insistió Esténelo-. Mantenga la calma, más tarde nos ocuparemos de Tersites. No podemos levantar sospechas con Palamedes, le pido que se controle -Diomedes sin embargo, no encontraba el calmarse siendo una tarea fácil. En sus ojos brillaba la ira.
-Ya estamos listos -habló Palamedes cuando vio a Tersites convencer a Teucro y a Filoctetes de retirarse y buscar un lugar diferente para continuar con sus respectivos entrenamientos-. Notarán que nuestro pequeño campamento está bastante desierto -apuntó Palamedes, y el trio de Argivos notó que los alrededores estaban vacíos-. Permítanme presentarles a Tersites de la Hidra. Mi asociado tiene una facilidad excesiva para repeler a todos a su alrededor. Pero al mismo tiempo posee una personalidad bastante peculiar -terminó.
-Un placer conocerlos pedazos de carne en armadura. Porque eso es lo único que somos, carne que sirve a reyes avaros y torpes -se sentó Tersites, le arrebató el tarro de cerveza a Euríalo, bebió hasta vaciarlo por completo, y eructó con fuerza antes de ver a Diomedes mirándolo fijamente-. Yo te conozco… -apuntó Tersites con una maliciosa sonrisa.
-Muchos me conocen… -respondió fríamente Diomedes, como si jamás hubiese estado borracho-. Diomedes el Argivo, Caballero Dorado de Escorpio y guardián de la Octava Casa del Zodiaco. Soberano de Argos, de Tebas… y de Calidón -la última de las ciudades que mencionó, la mencionó con énfasis y con un tono de amenaza.
-Pareces una persona influyente e importante -se burló Tersites, Diomedes cerró sus manos en puños, pero Esténelo lo tranquilizó nuevamente-. Calidón, recuerdo Calidón. Hace algunos años, 3 o 4, no recuerdo muy bien, yo era un Príncipe en Calidón, nieto del Agrio, en ese entonces el hermano del Rey Eneo, así que tenía muy pocas posibilidades al trono, pero estas existían. Después de todo, Eneo solo tenía un hijo, creo que se llamaba Tideo, le decían el Favorito de Athena, muy soberbio el imbécil -Diomedes se mordió los labios, iracundo, Tersites simplemente sonrió-. Mi padre, Melanipo, y Tideo, eran buenos amigos. Pero Tideo no quería competencia por el trono y mató a Melanipo. Agrio, mi abuelo, pidió justicia por el asesinato de su hijo, mi padre -agregó lo último con énfasis-. Eneo tuvo que desterrar a su hijo Tideo. El muy imbécil murió en una guerra, escuché que lo colgaron de las puertas de la ciudad que atacó, no me pregunten el nombre, no lo recuerdo, solo recuerdo que tenía unas muy bonitas murallas que se veían muy bien manchadas de rojo con la sangre del «héroe caníbal» -Diomedes estaba al borde de la ira, pero Esténelo continuó calmándolo-. Pero el imbécil tuvo un hijo, un retoño de un imbécil, ¿cómo se le llama a eso? Supongo que debe tener un nombre. Lo que sea, era una semilla retorcida e infeliz, el niño más deprimido que se puedan imaginar, no sabía si amar a su padre por ser un héroe y el Favorito de Athena, u odiarlo por el canibalismo que cometió -sonrió.
-¿Canibalismo? -preguntó Palamedes, Diomedes temblaba con odio deseando asesinar a Tersites- ¿Cuándo se ha escuchado de semejante monstruosidad? ¿Puedes creerlo, Diomedes? -la pregunta llegó a sus oídos, pero el Rey Argivo se las arregló para mantenerse tranquilo pese al odio que sentía- Oye, no te ofendas. Tersites solo cuenta historias que escucha en las tabernas, no es más que un ebrio con mucha astucia -terminó.
-¿Astucia? Podrían llamarlo así… -sonrió Tersites-. Como sea, Tideo planeaba hacer la guerra a Calidón por ser según él «injustamente desterrado», pero murió en otra guerra. Sin embargo, las noticias del hijo del imbécil llegaron a oídos de Eneo que quiso restaurar los lazos familiares. Invitó al pequeñín a Calidón, y como a Eneo no le quedaban hijos, lo declaró heredero del trono. ¿Pueden creerlo? ¡El hijo de un imbécil asesino y caníbal! ¡Heredero al trono de Calidón! ¡Ese trono era mío! -gritó mirando a Diomedes, lo que confundió a Palamedes.
-El trono pertenece al último descendiente directo de sangre -explicó Diomedes, con su mirada fija, e intentando tranquilizarse-. Los nietos tienen preferencia sobre los tíos, los hermanos o los primos. Básicamente, Eneo puede declarar a su nieto directo como el heredero -finalizó.
-Puede ser… -apuntó Tersites con odio-. Pero ese príncipe, ya era heredero de otro reino también. Un reino de escorpiones -escupió Tersites, y Diomedes apretó su mano en contra de su tarro-. Calidón es la tierra de los jabalíes, pertenece a los jabalíes. Así que los jabalíes nos reunimos, todos hijos del asesinado Melanipo. Exigimos nuestro derecho. Le quitamos la corona a Eneo y se la dimos a su hermano Agrio. Él tenía más derecho de gobernar. Pero el nieto, ofendido porque le quitaron el trono a un abuelo que solo había visto una vez en su vida, entró en la Sala del Trono, le clavó la lanza al rostro de Agrio, mató a los guardias, mató a mis hermanos. Solo quedamos 2 que no estábamos presentes el día de la matanza. Todavía el muy soberbio tras liberar a Eneo pone en el trono al esposo de la hija de Eneo alegando que Eneo era muy viejo para gobernar. ¡Regaló el reino a un don nadie! -enfureció- Ahora en Calidón gobierna un tal Andremón, un Príncipe de Pleurón. ¡No tiene sangre de jabalí! –insistió, mirando a Diomedes con desprecio- El nieto infeliz invitó a su abuelo a pertenecer a la corte de su reino. Pero Onquesto y yo queríamos vengarnos. Atacamos al par de malnacidos en el camino, tuve el exquisito placer de clavarle mi espada a Eneo en el corazón. Pero el infeliz le rebanó la cabeza a mi hermano Onquesto, y a mí, jajaja. Digamos que la imbecilidad de ese infeliz excede la de su padre. Tideo se dice asesinó a 50 soldados que lo emboscaron él solo. El imbécil de su hijo mató a uno, y no terminó de matar al segundo. Yo sigo vivo -terminó.
-Un error que estoy seguro que el infeliz no volverá a cometer… -mencionó Diomedes-. Yo tendría cuidado, Tersites. Puede que ese infeliz aún esté buscando arrancarte todos los miembros y dejarte con vida. Porque hay quienes consideran la muerte un castigo benevolente. Cuídate las espaldas. No sea que seas víctima de la ira divina de un joven rey que no ha olvidado el brutal asesinato de su querido abuelo -finalizó.
-Yo siempre me cuido las espaldas -sonrió Tersites-. Además, tengo amistades muy poderosas -señaló Tersites a Palamedes-. Y si no fuese suficiente, pertenezco a la orden del Caballero Dorado de Tauro, Áyax el Grande. Ese príncipe o rey, o lo que sea, haría bien en educarse un poco. Soy intocable -sonrió.
-En la guerra pasan muchos accidentes -le sonrió Diomedes-. Los soldados se caen de los caballos, las lanzas salen volando y encuentran blancos aliados. No subestimes la ira de un soldado ofendido, Tersites. En especial de uno que es capaz de hacer cosas horribles. Hijo de un caníbal, usurpador de tronos, asesino de su propia sangre. Creo que te ganaste a un enemigo muy mortífero. De ser tú, no podría dormir por las noches… -los ojos de Diomedes brillaron de escarlata, y Tersites se sintió paralizado por el ataque de Restricción de Diomedes, incluso comenzó a sudar frio por el miedo. Pero Palamedes interrumpió, y Diomedes desistió sin que nadie más que Tersites y él se percataran del ataque de cosmos.
-Es un buen consejo, Tersites -mencionó Palamedes-. Por precaución, asignaré soldados Nauplios a montar guardia en tu tienda de ahora en adelante -finalizó. Tersites sonrió, pero Diomedes no se impresionó-. Pero ya fue suficiente de historias para romper el hielo. El perímetro que Tersites amplió para nosotros no se quedará así por mucho tiempo, así que iré al punto. Diomedes, esta expedición está en riesgo de terminar de la peor manera posible. Llevamos una Luna aquí encerrados. El Rey Supremo, Agamenón, no es un buen líder. He pensado en destronarlo, uniré a cuantos pueblos pueda por lograrlo. Pronto comenzarán las muertes si no convencemos a Agamenón de sacrificar a Ifigenia, fue la orden de una diosa. Por eso, esta noche. Pretendo que nos levantemos en armas, y que entreguemos a Ifigenia en sacrificio -finalizó, y Diomedes se quedó sin habla.
Tienda de Athena.
-No te distraigas -mencionó Poseidón, quien compartía la tienda con Shana, la diosa en esos momentos lloraba, sintiendo un fuerte dolor en su pecho-. Lo sigues haciendo. Athena no debe tener favoritos. ¿Acaso no aprendiste de lo ocurrido con Tideo? Sigues usando tu omnisciencia divina para estar siempre al pendiente de su hijo Diomedes. Deja de pensar en Diomedes, y concéntrate en todo tu pueblo por igual -insistió Poseidón.
-Ese hombre… Tersites… -comenzó Shana-. Asesinó al abuelo de mi padre, ¿cómo puedo quedarme de brazos cruzados y no hacer nada? ¡No es justo! -lloró Shana, pero Poseidón le jaló el cabello, llamándole la atención-. Pero tío Poseidón… -comenzó.
-Tu favoritismo por Aquiles, Diomedes y Odiseo, tiene que terminar -ordenó Poseidón-. Estamos en guerra, y el enemigo es Troya, el enemigo es Hades. Si te concentras en mantener a Aquiles, a Diomedes, y a Odiseo a salvo, muchos otros a su alrededor a quienes has dejado sin atención, morirán en su lugar -Shana se mordió los labios, pero Poseidón se mantuvo firme-. En nombre de tu padre, Zeus, es por esto que los dioses no deben involucrarse tanto con los mortales. Escúchame. Eres una diosa, tu deber no es el velar por el interés de la minoría. Tienes que velar por el interés del mundo y por el orden. Si los mortales son soberbios, los castigas. Si los mortales se llenan a ellos mismos de riquezas, se las quitas. ¿Sabes por qué? -preguntó.
-Lo único que sé es que los mortales temen a los dioses y que ni en riqueza ni en pobreza, ni en justicia ni en injusticia, están a salvo de los designios de los dioses -mencionó, y Poseidón asintió-. Pero no lo entiendo. Si alguien es injusto debe ser castigado, si alguien es justo debe ser premiado. ¿Por qué los dioses premian a los crueles como Tersites que ha evadido a la muerte, y castigan a los nobles con tragedias como pasa con Diomedes? -preguntó.
-Porque si los mortales son demasiado buenos, serán unos inútiles y no evolucionarán -le explicó Poseidón-. Y si son demasiado malos, adoptarán la maldad como parte de sus vidas -continuó Poseidón-. Los dioses deben ser temidos y amados por esa razón. Y deben premiar con la misma facilidad que pueden castigar. No existe el mundo perfecto, por eso hay 2 Dioses de la Guerra. Uno bueno y uno malo. Por eso existe una Diosa de Caos y Discordia, y una Diosa de la Victoria. No existe una Diosa de la Paz porque son los dioses quienes mantenemos el equilibrio. El sufrimiento también les sirve a los mortales, los vuelve mejores. Diomedes en su infancia hubiera destripado a Tersites, y hubiera perdido el Favoritismo de Athena -Shana asintió, comprendiendo el frágil equilibrio del universo-. Las tragedias son pruebas que hacen fuertes a los mortales. Pasarán tragedias, algunas incluso por tu mano. Pero los dioses lo hacen por mantener el equilibrio -terminó Poseidón.
-La tragedia que va a pasar hoy puede evitarse… -lloró Shana-. Aquiles tiene un plan, puede engañar a los dioses y salvar a Ifigenia, buscará la protección de Deméter, y Deméter convencerá a Artemisa -suplicó Shana.
-Aquiles e Ifigenia piensan engañar a los dioses, y los dioses no pueden permitirlo -pero Shana no estaba de acuerdo-. Escúchame… Shana… tú eres la humana, por eso piensas que esto es injusto. Pero todo lo que ocurre tiene una razón de ser. Imagina por un momento que el sacrificio exigido por Artemisa le es negado por Deméter. Los humanos jamás temerán a los dioses, los sacrificios perderán sentido. ¿Sabes por qué los dioses piden sacrificios? -Shana nuevamente lo negó- Porque los dioses son eternos, y los mortales, un suspiro. Puede sonarte cruel, pero el miedo de los mortales los mantiene controlados. Si no existiera el miedo, no existiría la prudencia, ni el amor, ni el sacrificio, ni la entrega, ni el valor. Los humanos se horrorizan con solo pensar que hay entidades que piden sacrificios. Los dioses somos odiados, y somos temidos, pero también queridos, amados y alabados. Todo es equilibrio. Si el equilibrio se pierde… ya nada importa… amas a los humanos… yo amo a los humanos… pero por amor… a veces debemos lastimarlos… Agamenón, está por recibir la lección más dura de todas. Y se convertirá por fin en el Rey Supremo que necesitamos en esta guerra. Uno que sepa el significado de la palabra sacrificio -finalizó.
-No lo entiendo… todo es tan complicado… -lloró Shana-. ¿Por qué no puedo simplemente evitar las tragedias? ¿Por qué a pesar de ser dioses… tenemos que dejar a nuestros amados mortales sangrar? -lloró Shana.
-Para aprender… -finalizó la lección Poseidón-. Por eso no detendré estos eventos, ni dejaré que tú los detengas. Por el bien de la mayoría, Shana… esta guerra comenzó con 118,600 soldados. Si de entre ellos unos cuantos deben sufrir para tener un liderazgo que los guíe prudentemente, dejaré que esos cuantos sufran. Porque si los mortales no aprenden, y evolucionan. Nada salvará a los que quedan de esos 118,600 de morir en Troya. Es una selección natural. Los fuertes, liderarán a los débiles. Te guste o no, Shana, los mortales deben sufrir. Así que no muevas tu mano, mantén tu cosmos atento. Si los dioses les solucionaran todo a los mortales, la vida no significaría nada.
Playa de Aulis.
-No me gusta esto… esto definitivamente no está bien… -se estremeció Antíloco, quien sostenía unos pergaminos. Las botas de Aquiles e Ifigenia estaban en la arena, y Antíloco se quitaba las suyas también, pero no lo hacía de buena gana-. Si Agamenón se entera de esto nos va a rebanar. ¿Y por qué tengo que ser yo el que dirija esta ceremonia? -recriminó.
-Porque eres el caballero que siempre se presenta diciendo: «El más cercano a los dioses» -se burló Patroclo-. Deja de quejarte por esas pequeñeces. Aunque yo sí tengo una verdadera queja. ¿Qué hay de Deidamía? -recriminó Patroclo.
-Fue una buena amante y madre de mi hijo. Eso debería ser suficiente -mencionó Aquiles, caminando con Ifigenia al interior de la fangosa playa buscando adentrarse en el agua. Se encontraban en el extremo más cercano a los bosques y a los barcos de los Mirmidones, quienes mantenían vigilancia-. Solo comienza con el ritual. Si esto funciona, estoy seguro de que Agamenón quedará agradecido.
-No estoy seguro de que agradecido sea la palabra correcta -los siguió Antíloco-. Cuando se enteren de que te estoy casando con la hija del Rey Supremo para ganarnos el favor de Deméter y enfrentarla a Artemisa… no quiero ni pensar en lo que va a pasar… -se estremeció Antíloco, y se adentró en la playa junto a Patroclo, mientras los Mirmidones, guiados por Automedonte, subían las lanzas y los escudos.
Cima del Monte Áulide.
En la cima del Monte Áulide, Agamenón se mantenía calmado y meditando. Calcas, el adivino y Patriarca del Santuario, estaba a su lado. Había intentado convencer a Agamenón por todos los medios de que entregara a Ifigenia en sacrificio, pero Agamenón había hecho caso omiso. Muchos habían intentado ya convencerlo, desde Odiseo, hasta Diomedes, e incluso Acamante. A todos los había rechazado. Pero ahora los vientos se tornaban gélidos, por lo que Agamenón sabía que el convencimiento continuaría de quién más le importaba.
-No lo hagas -habló Agamenón con tranquilidad. Calcas pensó que se dirigían a él e intentó preguntar, pero pronto se percató del cosmos frio que crecía detrás de él, se dio la vuelta, y encontró a Menelao con sus manos en la pose del cántaro, reuniendo su cosmos en sus manos-. Es mi hija… -mencionó Agamenón.
-Es mi esposa a quién Paris ha raptado y me ha alejado de mis hijos… -lloró Menelao, y las lágrimas se le congelaron en el rostro-. Te juro que te entiendo… por una Luna me he mantenido al margen… he implorado a los dioses por una solución, pero esto ya no se trata de Helena o de Ifigenia, se trata de los Aqueos… llevan una Luna atrapados en esta maldita playa, y si no hacemos algo, pronto comenzarán las muertes. No tenemos suministros, y los dioses no nos apoyan. Agamenón… créeme que entiendo tu dolor, no soy el mismo ser despreciable de antes, Helena me cambió. Ifigenia es mi sobrina… pero… miles de soldados están desesperados, todos renunciaron a sus familias y a sus amigos por enfrentar a Troya, por hacer justicia, por salvar a Hélade y derrotar a Hades. Esto ya no se trata de mi esposa… es algo mucho mayor e incomprensible, un designio de los dioses. Entrega a tu hija en sacrificio… y te juro… que cuando esta guerra acabe… te entregaré mi cabeza en compensación… puedes cortarla tú mismo, pero no me pidas que me quede de brazos cruzados a ver a los soldados de 30 Pueblos morir solo porque no deseas entregar a tu hija en sacrificio… -tembló Menelao por el dolor que sentía.
-30 Pueblos marcharon a la guerra por tu esposa, Menelao… -le recordó Agamenón-. Las razones de la guerra habrán cambiado, pero no cambia el hecho de que todo comenzó por Helena. ¿Qué hace sacrificar a Ifigenia diferente de olvidar a Helena? -preguntó.
-La diferencia es más grande de lo que crees… -aceptó Menelao-. Poseidón se tomó la molestia de explicármelo. Todo esto ha sido orquestado por los dioses… por el bien de la humanidad… Helena… es irrelevante… lo que los dioses quieren es la guerra. ¡Y guerra tendrán! ¡Porque la verdadera guerra es entre Athena y Hades! ¡Es el deber de los Caballeros de Athena el derrotar al Rey del Inframundo! ¡Y por más que te ame, hermano! ¡No permitiré que la misión de los dioses sea interrumpida! ¡Ejecución Aurora! -gritó Menelao, Calcas se horrorizó y tomó su distancia, y Agamenón, quien no espero que su hermano menor le levantara el puño, se impresionó.
-¡Excalibur! -gritó, partió los vientos, y la Ejecución Aurora fue dividida a su alrededor con facilidad- Menelao… soy el Caballero Dorado más poderoso de todos. Tú eres el segundo después de mí. Pero la diferencia, es abismal. Te lo advertiré una última vez. Desiste -insistió Agamenón con tranquilidad.
-No hay nada que discutir… te haré entender a la fuerza… -se lanzó Menelao con el puño rodeado de vientos-. ¡Polvo de Diamante! -gritó Menelao, Agamenón cortó, y los vientos volvieron a dividirse alrededor de Agamenón- ¡Entrega a Ifigenia! -insistió.
-Se acabaron las advertencias -mencionó Agamenón, saltó ágilmente sobre la cabeza de Menelao mientras giraba, se las arregló para colocar sus piernas bajo las axilas de Menelao, clavó las manos al suelo, se estiró en forma de arco mientras elevaba su cosmos, e hizo un tremendo lanzamiento-. ¡Salto de Roca! -gritó, lanzó a Menelao de forma horizontal en dirección al bosque, y lo estrelló en contra de varios árboles- No comprendes mi verdadera fuerza, incluso los dioses deberían temerme. ¿Exigirme sacrificar a mi hija? ¡Me dan asco! ¡Los mortales no somos insignificantes peones de los dioses! ¡Excalibur! -enunció, el bosque fue partido a la mitad y sepultó a Menelao- Ahora duerme… -se cruzó de brazos Agamenón, y miró a la playa nuevamente-. No entregaré a mi hija -insistió, Calcas corrió en dirección a los árboles que sepultaron a Menelao y comenzó a moverlos intentando ayudar al de Acuario a salir de su sepulcro de madera.
-Entonces… -se iluminaron las aperturas entre los árboles de luces azules, y Calcas volvió a tomar distancia, mientras Menelao hacía estallar su cosmos, y destrozaba los árboles con un ataque similar al Plasma Relámpago de Patroclo-. ¡Eres un ser más egoísta de lo que jamás creí! ¡Rayo de Polvo de Diamante! -insistió Menelao, lanzando destellos de hielo en dirección a Agamenón, quien los resistió con simplemente elevar su cosmos.
-Tal parece que necesitas de más convencimiento, Menelao -elevó su cosmos Agamenón, y preparó ambas manos en forma de cuchillas-. ¡Doble Excalibur! -lanzó su ataque cortante como 2 cortes girando uno alrededor del otro en forma de cierras dobles, Menelao se cubrió, levantando una muralla de hielo que intentó resistir el ataque, pero fue derribada, y estalló en pedazos mientras Menelao era abatido por el tremendo poder de su hermano.
Tienda de Áyax.
-¡Odiseo! -gritó Diomedes entrando en la tienda de Áyax, y encontrando a Odiseo y a Áyax bebiendo y riendo a carcajadas como si fuesen un par de buenos amigos que no se veían desde la infancia- Por Athena, estás ebrio. ¡Odiseo! ¡Despierta! -lo sacudió Diomedes.
-No fastidies -lo empujó Odiseo algo ebrio, pero sosteniéndose la frente como intentando pensar con normalidad-. Tú me cambiaste por Palamedes, pues yo te cambio por Áyax, este sujeto es grande y sí me respeta. Es un buen amigo no como cierto convenenciero -recriminó Odiseo, y Diomedes comenzó a preocuparse.
-¡No te he cambiado por nadie, papanatas! -se molestó Diomedes, Odiseo desvió la mirada, ignorándolo- Concéntrate un poco, esto es importante. Necesito a Odiseo y su genialidad y lo necesito ya. Despierta, eres demasiado inteligente para dejarte vencer por la embriagues, conecta tus ideas -le exigió Diomedes.
-Eres muy ruidoso… lo estoy intentando… el vino de Salamina es muy fuerte… -se tomó la cabeza Odiseo-. Ow… como duele… esta es la última vez que me dejo convencer por Áyax de beber esto… -se quejó Odiseo, miró a Áyax, y lo encontró roncando sonoramente-. Dame unos minutos… ow, ow, ow. ¿Qué es tan importante que me obligas a pasar de la ebriedad a la resaca, Diomedes? -se frotó la frente Odiseo.
-Palamedes -fue la respuesta de Diomedes, Odiseo golpeó la mesa, tomó la jarra, y se preparó a beber otra vez-. ¡Con un Espectro! ¡No te he cambiado por Palamedes pedazo de tonto! ¡Ambos son mis amigos! -le arrebató la jarra Diomedes- ¡Solo escucha! ¡Palamedes está complotando con destronar a Agamenón, capturar a Ifigenia, y entregarla en sacrificio! -Odiseo se sacudió la cabeza.
-Espera, ¿¡qué!? -preguntó Odiseo, y se apresuró a salir de la tienda- Ya decía yo que el campamento estaba demasiado callado. ¿Dónde están todos? -preguntó, y entonces sintieron el descenso de la temperatura y observaron los destellos en la cima del Monte de Áulide-. ¿Qué está pasando en la cima del Monte Áulide? -preguntó.
-No tengo idea, pero Palamedes está reuniendo a sus tropas al otro lado en el extremo cercano al bosque -apuntó Diomedes-. Escuché que los Mirmidones están reunidos allí para proteger a Ifigenia. Al parecer Aquiles tiene planeado protegerla incluso de Artemisa -le explicó Diomedes.
-Estos cosmos… son de Agamenón y Menelao. ¡Están combatiendo! -explicó Odiseo- ¡Iré a buscar a Néstor! ¡Con su técnica de la Otra Dimensión llegaremos a la cima en un abrir y cerrar de ojos! ¡Tú ve y detén a Palamedes! -ordenó.
-¿Yo? ¡Vine por ti para que arreglaras ese conflicto! ¡Tú eres el diplomático! -pero Odiseo movió su cabeza en negación- Odiseo, entiéndelo, no podemos seguir retrasándolo. Si voy allí no será para detener a Palamedes, será para apoyarlo -y Odiseo miró a Diomedes fijamente, incrédulo-. No me gusta, te juro que no. Pero Artemisa no cederá hasta que Ifigenia sea sacrificada -explicó, y Odiseo se mordió los labios.
-Lo sé… yo… simplemente quería encontrar otra forma… -lloró, y Diomedes lo comprendió-. No retes a Aquiles… si lo haces, uno de los 2 morirá. Eres demasiado poderoso, y Aquiles, demasiado orgulloso, un enfrentamiento entre los 2 solo terminará en tragedia -Diomedes asintió, mientras Odiseo iba en búsqueda de Néstor.
Playa de Aulis.
-Mirmidones, atentos -habló Fénix, quien en esos momentos poseía el liderazgo de los Mirmidones de Aquiles, quienes, vestidos en sus armaduras negras, mantenían sus escudos y sus lanzas o espadas firmes mientras una mezcla de ejércitos Aqueos llegaba ante ellos y ante la barrera de hombres que crearon-. ¿Cómo te sientes, Automedonte? ¿Crees que podamos con ellos? -preguntó.
-Un soldado Mirmidón es equivalente a 100 soldados Atenienses -mencionó Automedonte-. Para pertenecer a este grupo, debo ser equivalente a eso también. Así que, no los dejaremos pasar -insistió, y sacó sus espadas de agua.
Al ver al grupo de Mirmidones cortando el perímetro hasta donde Aquiles e Ifigenia se encontraban, Palamedes se sintió intranquilo, y detuvo a sus soldados intentando comprender lo que estaba ocurriendo. Ni Agamenón, ni Menelao, ni ningún rey estaban presentes para intentar proteger a Ifigenia, solo los Mirmidones de Aquiles.
-El tener a todos los soldados Mirmidones reunidos alrededor de Ifigenia es sospechoso -mencionó Palamedes-. ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Qué están tramando, Mirmidones? -preguntó Palamedes, adelantándose junto con Tersites.
-No planeamos nada, Palamedes -habló Fénix con arrogancia-. Simplemente estamos aquí parados, con nuestras armas en mano, por el placer de estarlo y sentirnos como una muralla. No le veo nada de sospechoso -sonrió Fénix-. Igual que no era sospechoso verte entablar conversaciones con cada uno de los jefes Aqueos con ideas de destronar a Agamenón -anunció, y Palamedes lo miró fijamente.
-¿Cómo se enteró Agamenón? -preguntó Palamedes, Fénix sonrió, y los Mirmidones se burlaron de Palamedes- ¿Quieres decir que no lo sabe? ¿Si Agamenón no lo sabe entonces por qué protegen a Ifigenia? -pidió saber Palamedes.
-Los Mirmidones no reciben órdenes de nadie más que de Aquiles -sentenció Fénix-. Si Aquiles quiere a Ifigenia con vida, e incluso planea casarse con ella para enfrentar a Artemisa con Deméter, los Mirmidones no hacemos más que obedecer. Aunque simplemente estamos parados aquí sin molestar a nadie -sonrió.
-A mí me molestan. Muévanse -intentó ordenar Palamedes, pero los Mirmidones todos prepararon sus lanzas-. No cometan un error, Fénix. Somos mayoría, y todos estamos dispuestos a destronar a Agamenón. Ya fue suficiente de vivir atrapados en esta maldita playa -sentenció Palamedes con desprecio.
-Veo que en su mayoría son soldados comunes -apuntó Fénix-. Muy pocos tienen Armaduras. Nosotros tenemos a 3 Caballeros Dorados, a 3 Caballeros de Plata, un Bronce, y a un General de Poseidón. Yo solo veo a un Plata y a uno de Bronce muy feo -insultó Fénix a Tersites.
-Somos los representantes de al menos la mitad de los 30 Pueblos Aqueos. En ese aspecto somos mayoría -insistió Palamedes-. Ahora, háganse a un lado -insistió, los Mirmidones entrechocaron sus escudos, formando una muralla de los mismos, y sacaron sus lanzas por encima de estos-. Te lo advierto, Fénix -insistió Palamedes, elevando su cosmos, y sacando su espada de plata y tomando un escudo.
-Adviértemelo en batalla -materializó Fénix la masa de Heracles, y elevó su terrible cosmos alrededor de esta-. Los Mirmidones no nos moveremos. ¿Qué vas a hacer, Palamedes? ¿Enfrentarnos a todos? No creo que tengas el valor, ni tú, ni ninguno de tus hombres, y mucho menos este feo -apuntó Fénix.
-Este feo como te diriges a mí, Fénix, es un asesino muy reconocido -se defendió Tersites, elevando su cosmos y dibujando a la Hidra en este. Incluso el jorobado parecía estar dispuesto a probar suerte enfrentando a los Mirmidones-. Soy un asesino en serie, de los mejores que hay. No les tengo miedo, Mirmidones -enunció.
-Un buen asesino no es reconocido -mencionó Automedonte, elevando su cosmos con debilidad por sus heridas de esa mañana-. Si en verdad fueras un buen asesino nadie sabría de tu existencia, los asesinos deben ser sigilosos, así que tu argumento pierde validez -finalizó, con sudor en su rostro por el esfuerzo, pero con sus armas preparadas.
A la distancia, donde Antíloco intentaba dar fin a la ceremonia de matrimonio, la tensión le impedía leer con normalidad el pergamino. Aquiles e Ifigenia lo notaron, y Patroclo también lo sintió, detrás de ellos una conmoción tomaba forma, mientras Mirmidones y Aqueos discutían.
-Parece que habrá un combate, esto es una locura, todos estamos en el mismo bando -apuntó Patroclo, Antíloco se secó el sudor y continuó con la ceremonia con un llamado a la Diosa Deméter-. Aquiles, esto no está bien -mencionó Patroclo.
-Estará peor si Antíloco no termina de llamar a la Diosa Deméter para que intervenga en la ceremonia de casamiento -le mencionó Aquiles mientras miraba a Ifigenia, quien se ponía más y más nerviosa al ver al conjunto de soldados en la orilla-. ¿Qué te está tomando tanto tiempo, Antíloco? -se quejó.
-Perdona, ¿tú sabes Heladio antiguo? -recriminó Antíloco, traduciendo los textos- Según este texto en una ceremonia en honor a Deméter necesitan entrelazar los dedos de sus pies. ¿Es eso posible al menos? -se preguntó mientras Aquiles e Ifigenia lo intentaban torpemente.
-Aquiles… de verdad aprecio lo que haces, pero… siento que se están tomando demasiadas consideraciones a mi nombre… -le mencionó Ifigenia, y notó que Aquiles estaba impaciente, y mirando en una dirección en específico-. ¿Qué estás mirando? -Aquiles la miró de reojo, pero sin quererlo volvió a desviar la mirada- ¿Aquiles…? -preguntó.
-Antíloco, apresúrate… -insistió Aquiles, y Antíloco continuó con la ceremonia-. Solo pasa a la parte de la promesa, rápido -la desesperación de Aquiles agudizó los sentidos de Ifigenia, y por fin pudo sentirlo, el cosmos de su padre que estaba en conflicto con el de su tío.
-¡Padre! -se horrorizó Ifigenia, trató de huir, pero Aquiles la tomó y la forzó a besarlo, aunque fue por unos instantes solamente mientras ella se separaba, furiosa- ¿Qué haces? -preguntó.
-No me importa el resto del texto, ya estamos casados -sentenció Aquiles, corrió fuera del agua y en busca de sus botas doradas, y comenzó a correr en dirección al Monte de Áulis. Ifigenia no sabía qué estaba pasando, miró a Patroclo, luego a Antíloco, y las palabras se les atoraron en la boca a ambos, hasta que Antíloco prosiguió.
-Ni siquiera llegué a la parte del sello de la promesa. No están casados, sigues en peligro -le explicó Antíloco, pero Ifigenia apuntó a Aquiles sin poder decir más-. Cúbrete el rostro, si la ceremonia no se ha terminado lo menos que necesitamos son más complicaciones -le puso la máscara a la fuerza Antíloco, y los Mirmidones miraron a Aquiles correr.
-¡A un lado todos! -gritó Aquiles, transformándose en el Tigre de cosmos, agua y viento- ¡Tigre Descendente de Pelión! -lanzó un puñetazo, derribando a Palamedes, a Tersites, y a varios soldados mientras abría una brecha en las defensas Aqueas y saltaba en dirección al Monte de Áulis, donde Agamenón y Menelao combatían. Algunos soldados intentaron ir tras Aquiles, pero Palamedes los detuvo.
-¡Olvídenlo! ¡Es a Ifigenia a quién necesitamos! ¡Vayan por ella! -apuntó Palamedes, y los Aqueos se abalanzaron en contra de los Mirmidones, quienes cerraron sus filas y prepararon sus lanzas, mientras Palamedes de Perros de Caza y Fénix de Heracles se lanzaban uno en contra del otro- ¡El Llamado de la Jauría! -gritó Palamedes, con varias sombras de perros plateados siguiéndolo en dirección de Fénix.
-¡Prominencia del Héroe! -gritó Fénix, lanzándose con el puño plateado envuelto en llamas y con Heracles dibujándose en su cosmos, mientras las llamas plateadas se intensificaban, se aproximaban a Palamedes, cuya jauría dio un brinco, y perros y gigante se prepararon para el brutal enfrentamiento.
-¡Aguja Escarlata! -resonó el grito de Diomedes, quien corría a encuentro de ambos, y con su aguja superó la velocidad de los Caballeros de Plata, clavando sus agujas, perforando las frentes de los perros de Palamedes, y bloqueando los movimientos de Fénix, cada uno recibiendo 7 agujas, que soltaban chorros sangrientos donde habían sido alcanzados- ¡Aguja Escarlata! ¡Antares! -continuó, y derribó a Tersites de un impacto certero al vientre, que lo enterró en la tierra con un hilo escarlata desbordante de las energías de la estrella de Antares que lo clavaban al suelo brutalmente- ¡Filo Escarlata! -materializó su lanza, hizo un corte, y derribó a Automedonte, y solo cuando se dio cuenta de que todos lo miraban, elevó su cosmos escarlata, y soltó una técnica de inmensa concentración- ¡Restricción! -conjuró, manteniéndose en su sitio, paralizando a al menos quinientos soldados en sus lugares- Con un Espectro de Hades, Odiseo. Mantener mi verdadera fuerza en secreto también es estrategia, no me la dejaste muy fácil. Fue una suerte que Aquiles huyera antes de mi llegada, ese mocoso no le tiene miedo a nada, pero ustedes, todos ustedes me temen, y son víctimas de mi ataque de Restricción. Ahora, quién no quiera que lo perfore con mis agujas más le vale quedarse quieto y no intentar detener mi Restricción -amenazó mientras mostraba su aguja.
-Eso no será necesario, Diomedes -le mencionó Ifigenia, quien llegaba y no era afectada por la Restricción de Diomedes para sorpresa del Escorpio- Ya he visto suficiente. La desesperación de los Aqueos, la devoción a Aquiles, incluso mi tío Menelao se ha levantado en contra de mi padre. No puedo seguir viendo todo esto, y egoístamente conservar mi vida. Es suficiente… -lloró Ifigenia, y se arrodilló frente a ambos ejércitos- Voluntariamente… me ofrezco en sacrificio por el bien de la expedición.
Cima del Monte Áulis.
-¡La Otra Dimensión! -resonó la voz de Néstor, quien aparecía en las ruinas del bosque medio congelado, abría su capa que reflejaba el cosmos, que a su vez parecía transformar todo su cuerpo en cosmos mismo, y escupía de su interior a Odiseo, quien cayó de bruces sobre la nieve- Esto es lo más que puedo acercarte… Odiseo… -se quejó Néstor intentando recuperar bocanadas de aire-. Saltar entre las dimensiones es sencillo para mí. Llevar a alguien conmigo y materializarlo, es más difícil a mi edad -finalizó Néstor.
-Es todo lo que necesito, muchas gracias Néstor -corrió Odiseo a donde veía las ráfagas de viento congelado ser lanzadas de los puños de Menelao al cuerpo de Agamenón, quien de un movimiento disipaba las ráfagas sin llegar a ser herido, diferente de Menelao que por más que se esforzaba no lograba herir a su hermano mayor-. ¡Mi Rey Agamenón! ¡Mi Rey Menelao! -gritó Odiseo acercándose.
-¡No te metas, Odiseo! ¡Te estimo demasiado para lastimarte a ti también! -gritó Menelao, elevó su cosmos, y lo lanzó en contra de Odiseo- ¡Anillo de Hielo! -anunció, y Odiseo quedó atrapado en los interiores de 3 anillos de hielo que lo aprisionaban- Ya es suficiente, Agamenón… si necesito encerrarte en una prisión de hielo, te aseguro que lo haré -sentenció.
-Los Caballeros de Acuario se creen muy fuertes por hacer poderosas proyecciones de cosmos… -habló Agamenón-. No se dan cuenta de lo débiles que en verdad son. Al hacer proyecciones de cosmos tan poderosas como el Polvo de Diamantes, los Relámpagos de la Aurora, y en especial la Ejecución Aurora, no se dan cuenta de que sus mismos ataques son sus debilidades, solo tu Rayo de Polvo de Diamante podría representar una amenaza al ser un ataque más controlado. Ahora entiendo por qué Diomedes te enfrentó siendo el más débil de los Caballeros Dorados, tal parece que la escala de poder no era tan perfecta como creíamos. Menelao, tú y todos los Acuarios son los más débiles. Solo se necesita de velocidad para vencerlos, porque sus ataques son lentos. Todo Acuario tiene ataques lentos. Para cuando termines de reunir la fuerza suficiente para alcanzar el cosmos necesario para lanzar la Ejecución Aurora, Diomedes o cualquier Escorpio ya te tendrían de rodillas con las 14 agujas en tu cuerpo. ¡Eres lento! -anunció Agamenón.
-¿Lento? -se molestó Menelao- ¿Insinúas que solo con velocidad puedo ser derrotado? ¡Mis ataques de proyección de cosmos son los más poderosos después de los tuyos! -le gritó Menelao a Agamenón, quién ni siquiera subió su defensa.
-Si eres tan poderoso como crees ser. Entonces no te costará trabajo defenderte del Caballero de Plata más fuerte de todos -apuntó Agamenón, mientras Odiseo elevaba su cosmos, forzándose a sí mismo a romper los anillos con la fuerza del Titán que lo respaldaba, liberándose por fin de sus ataduras.
-¡Imposible! ¿Cómo puede un Caballero de Plata vencer mis anillos? -se preguntó, Odiseo corrió en dirección de Menelao con el puño rodeado en llamas plateadas- ¡Tú lo elegiste así, Odiseo! ¡Te terminaré antes que a Agamenón! ¡Ejecución Aurora! -reunió su fuerza Menelao, más antes de poder terminar de reunir el cosmos suficiente, Odiseo se había encorvado en plena persecución, e impactó el pecho de Menelao, quebrándole la vista cristalina que no podía creer lo que estaba pasando.
-¡La Fuerza del Titán! -gritó Odiseo, atravesando a Menelao, cuyo cuerpo se distorsionó por la fuerza de cosmos plateado antes de estallar liberando energía plateada por los poros del cuerpo de Menelao, estirándole el rostro por la tremenda onda de choque, quemándole la piel, y derribando a Menelao- Lo lamento mucho… Menelao… -lo miró Odiseo con tristeza.
-La velocidad de los Caballeros de Plata no debería acercarse a la de los Caballeros Dorados… -Menelao estaba abatido-. Su puño tampoco debió atravesarme… pero lo hizo… Odiseo… no solo es la lentitud de mis ataques como lo ha dicho mi hermano Agamenón… realmente… posees un poder superior al de los Caballeros de Plata… -se estremeció Menelao, intentando ponerse de pie, pero temblando por el esfuerzo.
-Odiseo había sido elegido como el candidato perfecto a heredar la Armadura de Libra -explicó Calcas, que hasta ese momento solo había sido un espectador-. Pero las estrellas lo negaron, tenían previsto a alguien más. Aquiles estaba destinado a vestir la Libra, y Odiseo, a un poder más grande, el poder del Titán. Odiseo es el primer mortal en la historia en poder liberar ese poder y controlar a la bestia, Cronos. Una porción de su cosmos existe en la Armadura del Altar, y solo Odiseo puede controlarla -finalizó.
-Agamenón… -lo miró Odiseo-. Te lo pido rey mío. No me obligues a levantar mi puño en tu contra. Ifigenia debe ser sacrificada, lo lamento mucho, pero muchos morirán si no es así. En estos momentos Palamedes de Perros de Caza ha reunido a un ejército de liberación. Harán la guerra entre Aqueos si no se entrega a Ifigenia a Artemisa. Lo lamento… desearía de verdad que hubiera otra manera… -explicó Odiseo.
-No… yo lo lamento… -elevó su cosmos Agamenón, sorprendiendo a Odiseo, e intimidando a Menelao que por vez primera sentía el verdadero poder de su hermano mientras materializaba su espada dorada-. Lamento que tu confianza en mí, Odiseo, haya sido tal que me hayas puesto al mando, solo para defraudarte de esta manera. Como Rey Supremo debo mostrarme firme ante mis decisiones, Artemisa es una diosa enemiga, no me rendiré ante sus exigencias, incluso si tengo que pasar sobre ti, amigo mío. ¡Fisura en el Espacio! -lanzó su técnica máxima Agamenón, Odiseo elevó su cosmos, y atrapó el corte con sus manos, pero solo atrapó el corte físico, el espacio se distorsionó, abatió a Odiseo, y el cosmos mismo de Odiseo se estremeció mientras este se cortaba a la mitad. Néstor, que igual que Calcas no había sido más que un testigo, observó las dimensiones divididas, y las redes de cosmos violeta intentar unirse nuevamente tras ser cortadas. Varias dimensiones se reflejaron en las redes, en una Odiseo vestía armadura común, se veía más viejo, y suplicaba a Agamenón. En otra Odiseo vestía una Armadura Dorada, en otra era Diomedes quien convencía a Agamenón, en otra, el mismo Aquiles, y en una realidad diferente el Monte Aullís no existía. El corte de Agamenón era tan perfecto, que lograba abrir grietas en la realidad de quien era atravesado, y este veía incontables vidas que pudo haber vivido, posibilidades que no había elegido perseguir, un corte tan mortífero que la misma existencia sufría cuando este dividía a la víctima-. Eres digno de recibir mi Fisura en el Espacio, Odiseo… has visto lo que el universo planea de ti. Todas son tus realidades, tu existencia, todos los caminos que has podido elegir, pero solo existe un verdadero camino, y es el que existe frente a tus ojos. La Fisura en el Espacio no ataca el cuerpo, ataca la mente y el cosmos. Esto no fue más que un breve destello de su poder, si te quisiera muerto, ya te habría matado. ¿Ves ahora por qué no pienso dejarme intimidar por una diosa? -preguntó Agamenón.
-Lo que veo… Agamenón… -comenzó Odiseo, elevando su cosmos, poniéndose de pie, sorprendiendo a Agamenón, quien no podía entender el cómo se ponía de pie Odiseo tras recibir su técnica máxima-. Es que sin importar la realidad. Necesitas de mi guía… así que, ¡no me rendiré! ¡Megas Depranon! -gritó Odiseo, formó la guadaña de plata en sus manos, la blandió, y Agamenón intentó bloquear con su Excalibur, solo para encontrar que Odiseo rompía su espada, y le rompía el brazo- Lo siento mucho… de verdad lo siento… pero Ifigenia debe ser sacrificada. Los mortales no solo somos temerosos de los dioses, Agamenón… los necesitamos tanto como ellos nos necesitan a nosotros… ambos bandos, dioses y mortales se van a equivocar siempre… y siempre, alguno de los bandos tendrá que ceder… es el turno de los mortales para ceder… de verdad lo lamento -Agamenón miró su brazo, su espada estaba rota, y Odiseo, el Caballero de Plata, aún poseía fuerzas para seguir luchando.
-Tu determinación… excede a la mía… -bajó la cabeza Agamenón-. En el fondo siempre lo he sabido, que yo mismo fui el detonante de mi propia tragedia… Ifigenia es mi hija más querida… pero he de entregarla por el bien de esta empresa. Que los dioses me perdonen… -desistió Agamenón, Odiseo se arrodilló frente a él, con el dolor que sabía que provocaba en Agamenón quemándole el pecho.
-¡Agamenón! -gritó Aquiles, quien por fin terminaba de trepar el Monte de Áulis- ¡No lo haga! ¡No se rinda mi rey! ¡Los dioses no deben salirse con la suya! ¡Debemos demostrarles que se equivocan! ¡Tomaré a su hija por esposa! ¡Me consagraré a Deméter de ser necesario! ¡Pero no permita que los dioses sean los arquitectos de nuestros destinos por favor! -suplicó Aquiles con ira, y Agamenón lo miró, dolido.
-Nada desearía más que poder hacerlo, Aquiles -entristeció Agamenón-. Pero mi egoísmo ha llegado a su fin. Por el bien de la empresa he de cooperar. Mi hija, no vale el sacrificio de 30 Pueblos… he tomado mi decisión -Aquiles enfureció, intentó refutar, pero Calcas habló primero.
-Mis señores, me temo que este circo de los peones de los dioses debe terminar -interrumpió Calcas mirando montaña abajo-. Al parecer, la decisión ha sido tomada por la mujer más valiente de toda Hélade -apuntó Calcas, y todos observaron a Ifigenia rodeada por todos los Aqueos, vistiendo una túnica ceremonial de sacrificio, y sentándose en el altar, a la espera de la llegada del sacerdote que la entregaría en sacrificio-. Que mujer más valiente… -se impresionó Calcas.
-¡Es una idiota! ¡Eso es lo que es! -lloró Aquiles, azotando su puño contra el suelo- Malditos dioses… malditos… todos son unos malditos… -lloró Aquiles-. ¡Quirón! ¡Ayúdame! ¡Quirón! -lloró Aquiles, y Odiseo sintió pena por él- ¡No lo soporto! ¡Malditos dioses! ¡Malditos! ¿Por qué no me enseñaste a alabarlos Quirón? -la pena era indescriptible, y Aquiles se estiró la cabellera con coraje.
Tesalia. Monte Pelión.
-La Constelación de Libra derrama Icor de sus platos dorados, mientras el Tigre y el Dragón, confundidos, miran en dirección al cosmos descubriendo que, para el cosmos, son insignificantes -meditó Quirón de Centauro mientras observaba en dirección a la Constelación de Libra, con sus ojos ahogados en lágrimas-. Aquiles, te convertí en un héroe verdadero, un héroe con una misión. Proteger a Athena, incluso de los mismos dioses que tanto odias. Ahora no lo comprendes, porque odias a los dioses, pero deseas amar a una diosa. Tu única preocupación es que tu nombre sea sinónimo de leyenda, no has entendido que leyenda no es sinónimo de gloria, la gloria es solo una parte de ello, si en verdad deseas que tu nombre sea recordado, aprende del Águila, de su ejemplo. Su nombre, ahora es sinónimo de leyenda.
Hélade. Playa de Aullis. Tienda de Athena.
-El sacrificio está por comenzar… -susurró Poseidón, quien se mantenía tranquilo, mientras Shana temblaba, y sus manos intentaban cerrarse tratando de impedir su dolor humano, mientras como diosa intentaba comprender los designios de los dioses-. ¿Irás a verla? Me refiero a Ifigenia… -le preguntó Poseidón.
-La veo todo el tiempo… los veo a todos todo el tiempo… -lloró Shana, se mordió el labio, intentaba comprenderlo, intentaba ser fuerte-. Agamenón sufrió tanto… de verdad ama a su hija, de verdad piensa igual que Aquiles que no debe dejarse vencer por los dioses… pero… Artemisa jamás cedió… ella no comprendió que todo fue un simple malentendido. ¿Por qué a los dioses les cuesta tanto perdonar? -lloró.
-¿Perdonó Menelao a Paris por el Rapto de Helena? -le preguntó Poseidón, Shana se puso de rodillas y siguió lamentándose- Recuerda lo que dijeron tus Caballeros Dorados, lo que mencionó tu esperanza. En ocasiones, el perdón no es suficiente. El mundo debe estar en equilibrio, jamás debe ser ni demasiado bueno ni demasiado malo. Esa es la verdad del universo. Así como Menelao y los Aqueos no pueden perdonar el Rapto de Helena a riesgo de que más raptos se cometan, Artemisa no puede perdonar a Agamenón a riesgo de que otros sigan su ejemplo. ¿Qué pasará cuando todos los mortales piensen como Aquiles y Agamenón? ¿Qué pasará cuando los mortales crean que no necesitan de los dioses? La balanza se desequilibrará, y bien y mal serán sinónimo del juicio de cada persona. Eres una diosa joven, algún día lo comprenderás. Ya que eres la diosa más equilibrada de todas. Una diosa… -Poseidón la miró mientras Shana se tiraba de los cabellos y soltaba un alarido de inmenso dolor-. Y una humana… lo lamento mucho Shana… tienes que encontrar el equilibrio entre humanidad y divinidad… esta no es más que tu primera lección… -finalizó Poseidón.
Playa de Aullis.
-Diosa Artemisa… hemos sido testigos de tu poder, y pedimos tu perdón mediante el sacrificio de esta doncella en tu nombre -comenzó Calcas, vistiendo la túnica ceremonial del Patriarca, con 6 Caballeros Dorados a cada lado, y con Ifigenia recostada en la piedra mientras en su mano sostenía la daga dorada de los sacrificios-. Ifigenia, hija de Agamenón quién te ha ofendido, voluntariamente acepta su destino. Te pedimos perdón por nuestra ofensa, y esperamos que la aceptes como una de tus doncellas -Ifigenia lloró en silencio, Agamenón desvió la mirada, Aquiles, furioso, deseaba interrumpir la ceremonia, y Patroclo simplemente se limitó a tranquilizarlo-. Acepta esta ofrenda. ¡Diosa Artemisa! -bajó la daga Calcas, y la sangre se esparció, manchando las Armaduras de los 12 Caballeros Dorados. Agamenón no se inmutó, la mente de Aquiles sin embargo volvió a colapsar, cayó en sus rodillas, y Patroclo y Antíloco se unieron a él intentando calmar su dolor. Calcas, sin embargo, se quedó boquiabierto por unos instantes, hasta que las miradas de asombro y exclamaciones de los Aqueos comenzaron a resonar por toda Aullis- ¡Ifigenia no está! -gritó, sacó la daga, y todos miraron a un ciervo en la piedra donde alguna vez estuvo Ifigenia.
-Los dioses no son todos malvados, Calcas -se escuchó la voz de Artemisa, mientras la Luna volvía a aparecer en el cielo, y la diosa bajaba con un destello de luz de Luna, y la Armadura del Águila de plata en sus manos. Todos los Aqueos se impresionaron, y se arrodillaron frente a la diosa, quien aterrizó gentilmente en la playa, y comenzó a caminar en dirección a Agamenón-. Tu ofensa está perdonada, Agamenón. Has sufrido el mismo dolor que tu asesinato a mis ciervas me ha hecho sufrir a mí. Es por esto que les regreso las mareas -apuntó Artemisa, y el mar embravecido comenzó a regresar a la normalidad-. En cuanto a tu hija se refiere. No volverás a verla en vida. Pero eso no significa que esté muerta. La tomaré como doncella mía. Vivirá en Leuce, mi isla en los Campos Elíseos –Artemisa entonces miró a Aquiles, quien no sabía cómo reaccionar ante todo esto-. Cuando aprendas a respetar a los dioses, tal vez me plazca recompensarte, mortal. Hasta entonces, jamás superarás el dolor en tu corazón, ni volverás a ver a tu ser amado… -Aquiles enfureció, pero Patroclo y Antíloco lo derribaron y lo forzaron a tranquilizarse-. Viajen con cuidado, Aqueos. Retiro mi apoyo a Troya, pero otros dioses no serán tan benevolentes -Artemisa se fue, y por fin, Agamenón se dignó a llorar de alegría ante el conocimiento de que su hija estaba a salvo.
-¿La amabas? -se impresionó Antíloco, juzgando a Aquiles, quien se lo quitó a él y a Patroclo de encima lanzándolos a extremos diferentes- Por todos los Dioses Olímpicos, solo a ti se te ocurre enamorarte de una mujer dada en sacrificio -sentenció Antíloco.
-No lo entiendes, Antíloco… -comenzó Patroclo, mientras Aquiles se iba en dirección al bosque, arrancándose las piezas de su Armadura Dorada con odio-. Si Aquiles lograba salvar a Ifigenia y desafiar a los dioses, desafiaría a su propio destino. Eligió la senda de la guerra, eligió la vida corta y plena. Pero encontrar a alguien más que vivía una vida corta sin alcanzar a ser plena. Aquiles no pudo evitar sentirse identificado con ella, y maldecir a los dioses por no brindarle a Ifigenia alegría alguna -finalizó Patroclo, levantando las piezas de la Armadura de Libra-. Pero Aquiles… la vida de Ifigenia fue plena… ahora su nombre será leyenda –terminó Patroclo, pero el grito desgarrador de Aquiles de todas formas se escuchó desde el bosque.
Anatolia. Chipre.
-Ya casi está todo listo -habló Lodis mientras seguía a Anficlas alrededor de la ciudad de Chipre, seguida de un ejército de soldados de cobre sin sentimientos que en ese momento era lo que Anficlas necesitaba. Llevaba una Luna siendo un rey, y se las había arreglado para ocultar su género perfectamente a una Lodis que seguía sin entender el por qué su amado Ethon la ignoraba. Pero manteniéndola ocupada con la contabilidad le había quitado cierto peso de encima-. Toda la ciudadanía humana ha sido movilizada a la muralla interior del este. Los albergues están abastecidos de alimento, solo quedan los soldados de cobre y la milicia de Oxíporo de Automaton, la Estrella Terrestre de la Opresión -le explicó Lodis.
-Oxíporo… ese sujeto es demasiado peligroso. Confío en que lo has encerrado lejos de sus soldados -le preguntó Anficlas, y Lodis sonrió y asintió, preocupando un poco a Anficlas, quien suspiró, y la tomó de la cintura-. Buen trabajo… cariño… -se ruborizó por lo que estaba obligada a hacer, y Lodis se mostró sumamente agradecida por las atenciones recibidas-. ¿Qué hay de tus hermanas? ¿Están a salvo? -preguntó.
-Se quejaron horriblemente, no quieren dejar el prostíbulo… -se estremeció Lodis, y Anficlas hizo una mueca de desagrado-. ¿Cómo puede alguien vender su cuerpo? No lo entiendo. Aunque ellas han tenido mucha más diversión que yo -Anficlas se sobresaltó, y sintió un choque eléctrico recorrerle la espina-. Sé que tienes 12 años, pero… de verdad quisiera celebrar tu cumpleaños de una forma más adulta… ya casi tienes 13… -le mencionó.
-¡Definitivamente no! -se horrorizó Anficlas-. Reina mía, de verdad considero que en estos tiempos de guerra mi principal prioridad debe ser a con mi reino. Además, no estás suficientemente desarrollada para poder disfrutar de hacer… bueno… eso… -se ruborizó Anficlas.
-¡Ethon! -se quejó Lodis- Tu principal prioridad en estos tiempos de guerra debería ser dejarme embarazada con un hijo tuyo. ¿Cómo vas a ir a la guerra sin dejarme embarazada? -se quejó Lodis.
-Hablaremos de eso más tarde. Mi prioridad por ahora es resistir la avanzada Aquea. Tú sabes lo que pasó en Misia, debemos ser precavidos. No tengo tiempo para pensar en eso -insistió Anficlas, y al pasar por la estatua principal del fallecido Rey Cíniras en el medio de la ciudad, una figura bajó columpiándose del brazo de oro de la estatua y asustó a Anficlas y a Lodis, quienes terminaron abrazadas la una de la otra.
-No quieres ponerte amorosa con Lodis pero bien que te gusta que te abrace, ¿verdad? ¡Muajajajajaja! ¿Me extrañaste? –preguntó la figura, Anficlas miró arriba, encontrando a Cheshire sosteniendo la falda de Casandra para que no cayera y revelara sus intimidades- Deja eso, Cheshire, quiero ver si al nuevo Rey de Chipre le gusta lo que tengo bajo mi falda en vista de que no quiere tocar a su esposa. Tal vez le deje tocarme a mí -sonrió Casandra.
-¡No diga cosas tan vergonzosas, señorita Casandra! -le suplicó Cheshire, perdiendo el agarre y cayendo, Anficlas por su parte atrapó a Casandra como a una princesa, lo que disparó los celos de Lodis- ¡Uff! -se quejó Cheshire tras impactar el suelo- ¡Señorita Casandra! ¡Tenga más cuidado por favor! -le suplicó Cheshire.
-No vine aquí a tener cuidado, Cheshire. Vine a buscar el templo en el que van a violarme. Pero no lo he encontrado. Me pregunto si será en Chipre -Anficlas la miró con preocupación-. No me prestes atención, simplemente pasé a desearle feliz cumpleaños a mi sobrina favorita, ¡Muajajajajaja! Eres muy bella Anficlas -prosiguió con su locura.
-Solo use mi nombre masculino por favor… tía Casandra… y mi cumpleaños es en 5 Lunas -le suplicó Anficlas-. Tía Casandra, eres bienvenida a visitar los templos, pero hazlo con brevedad, esperamos un ataque, ya invadieron los Aqueos a Misia no hace mucho, podríamos ser los próximos -terminó.
-Dentro de exactamente 4 lunas con 22 días durante tu cumpleaños número 13 -le explicó Casandra, y Anficlas se impresionó-. El Águila blanca actual ha muerto, y el puesto está vacante. Claro, primero deberás de sufrir, y después podrás cumplir tu promesa a Cíniras -Lodis se estremeció, sintiéndose impaciente-. Ow, que linda, piensa que será ella… -susurró, Anficlas le tapó la boca, y Casandra se la lamió, lo que asqueó a Anficlas, quien de inmediato la soltó-. ¡Muajajajajaja! Ya me aburrí -puso una cara monótona Casandra, espantando a Anficlas- ¡Cheshire! ¡Tengo hambre! ¿Y dónde está el templo donde me encontraré con el Macho Cabrío? ¡Ya quiero! ¡Ya quiero! ¡Ya quiero! -lloriqueó Casandra.
-Le buscaré algo de comer, señorita Casandra -le mencionó Cheshire, quien entonces miró a Anficlas-. ¿Hay algún templo en honor a Apolo en Chipre? La señorita Casandra está buscando un templo en específico -le suplicó Cheshire.
-¿Apolo? -preguntó Lodis- En Chipre solo se adora a Afrodita -Casandra entristeció por la noticia, y se jaloneó los cabellos y comenzó a llorar-. Pero… si buscan un templo en honor a Apolo… cerca de Troya y al norte de la Isla de Lesbos, está Timbra. Allí se encuentra el templo más grande en honor a Apolo -terminó, y Casandra se impresionó.
-¡Ese es! -se alegró- ¡Ese es el lugar donde me van a capturar! ¡Tenemos que ir a ese lugar! -comenzó a sacudir a Cheshire- ¡Vámonos, Cheshire! ¡Ya quiero! ¡Ya quiero! ¡Ya quiero! -insistió, tomó a Cheshire de la mano, y lo jaloneó en dirección a los muelles- ¿Cómo me equivoqué de isla? ¡No era Chipre, era Lesbos! ¡La ciudad al norte de Lesbos, ya voy Agamenón! ¡Espera por tu querida Casandra! ¡Muajajajajaja! -Lodis se preocupó mientras veía a Casandra correr como una lunática, y a Cheshire correr tras de ella. Luego miró a Anficlas, y notó que su marido estaba impaciente.
-El día de mi cumpleaños… ese día… volveré a tener ese sueño… -suspiró Anficlas, y continuó caminando, siendo seguida por Lodis-. Se acerca el día, Diomedes, el día de nuestro fatídico encuentro. Por fin seré capaz de terminar con este tormento, cuando mi lanza te arranque el maldito corazón -terminó Anficlas, mirando a su ciudad rodeada de guerreros de cobre.
