¿Listos para una montaña rusa de emociones? Les confieso que en un principio no me encontraba convencido con cómo se veía este capítulo, por eso me tardé tanto en actualizar, pero al fin de cuentas, me resigné y lo subí así de todas maneras. Pero debo decir que si hay un capítulo sanguinario, depravado, y desalmado, ese es este. ¿Querían la conclusión del mito de Anficlas? Pues aquí tienen la conclusión del mito de Anficlas.

dafguerrero: No creo que la batalla entre Diomedes y Anficlas me haya quedado tan buena para valer 4 años de espera, a decir verdad a mí me gustó más la de Antíloco en este capítulo pero bueno, ya tú me dirás. El mito de Diomedes lo tienes que leer, créeme, nadie le da la importancia que realmente tiene, solo basta que visites Wikipedia para ver de lo que hablo. Sobre Episodio G Assassin… no lo he leído, soy un traidor, pero ya lo leeré. Sobre Reso, él es neutral, y solo desea la reencarnación, así que básicamente no le importa quien gane la guerra, solo quiere ver los otros mundos. Sobre los 9 Daimones, no podía no mencionar a mis queridos Daimones en una historia donde Ares es tan relevante, pero apenas estoy trabajando en sus personalidades, lo que también significa que tendré que actualizar Guerras Doradas acorde a las mismas, pero ya veremos qué pasa con eso. Sobre Artemisa y Apolo, ellos definitivamente van a participar en la Guerra de Troy más activamente, como bien dije, todos los mitos se respetarán, menos uno, y cuando eso pase yo se los diré. Estoy tratando también de darle más protagonismo a todos los dorados, pero no tienen tantos mitos como Aquiles, Áyax, Diomedes y Odiseo, así que ellos se siguen llevando las mejores batallas, Agamenón tiene un poco más de mito pero no es tan sencillo, lo que sí es que también debo comenzar a usar más a Menelao. Toda la familia real Troyana usa Suplices… solo que no han tenido oportunidad de usarlas, déjame hago un conteo rápido… a estas alturas de la historia van 17 Suplices Celestes, 28 Suplices Terrestres, 6 Glories de Apolo, 11 Berserkers de Ares, 7 Generales Marinos, 12 Caballeros de Oro, 18 Caballeros de Plata y 19 Caballeros de Bronce (Ya contando la Armadura del Fénix). ¿Soy el único que lleva un Excel mientras escribe sus historias? Y Munito si es hijo de Acamante.

hartxdragons: No te mueras de ganas de dejarme reviews, los reviews son lo que mantienen vivas las historias T_T. Gracias por dejar tu review y bienvenido al grupo de selectos individuos que reciben una respuesta. Ya cuatro años, vaya que cómo pasa el tiempo, qué bueno que disfrutaste de guerras Doradas, y espero que estés disfrutando Guerras de Troya, y la que sigue (risa malévola de que está plantando la semilla de la discordia) ¿Quién dijo eso, yo no? No entendí muy bien, ¿estás leyendo Guerras Doradas? ¿La terminaste? Si no la has terminado te recomiendo releer la Saga de los Titanes, está recién editada y créeme, vale la pena volverla a leer. Muchas gracias por tu review, no sabes el gusto que me da saber que mi historia significa tanto para algunas personas, y por eso me encanta escribir Guerras de Troya.

Dragon 1983: Eres mayor que yo, sempai, ok borremos eso de las memorias de todo mundo. Y sí que está ardiendo Chipre, aunque estoy nervioso, han esperado este capítulo por tanto tiempo que no sé si es bueno o no. Gracias por tus gentiles palabras, ya solo me falta que alguien haga fanart de mis Caballeros Dorados y se los envíe a Kurumada a ver si se anima a animar mi historia (eso nunca va a pasar pero se vale soñar, seguramente me demanda por plagio), en fín, yo aquí esforzándome como si me pagaran pero bien vale la pena.

PandoraRomanus: Ya se unieron los que nunca me dejaban reviews, ¿dónde estaban? ¿Cómo voy a romper el record establecido por Guerras Doradas si no me ayudan T_T? Es broma, es broma. ¿el honor del samurái? No he tenido el placer de leer esa historia, pero suena muy interesante. Tristemente, si leo algo así lo más seguro es que vaya a aparecer de la nada una historia llamada: "Guerras Samurai", y verás como nunca termino de escribir mis sagas, así que la anotaré en mi lista de pendientes de leer para el año 2020 junto con el Libro 5 de Game of Thrones, Los Lobos de Odín, y la segunda parte de Odiseo de Manfredi… ¿por qué nací con este amor por la literatura? Me llama la atención como todos están tan interesados en Reso y en el sueño de Aquiles, digo Reso si es importante pero, ¿Aquiles despertándose en una rabieta? Esperaba más comentarios de Áyax bajándose los pantalones frente a las puertas de Troya que de Aquiles despertándose, que curioso, jajaja. Ya me pusiste nervioso con lo de "promete, promete y mucho", porque el capítulo ya llegó por fin y no estoy seguro si quedó como debería quedar, estuve cerca de olvidar la clasificación "T" y pasar a la "M", ¿no estaré allí ya? Umm… lo de Pentesilea, te lo debo, ya está planeado pero te lo debo, aún es muy pronto, y sabes que tengo que analizar todas las posibles versiones del mito para fusionarlas en una sola… aún no sé si "eso" va a pasar pero es un recuerdo que me tiene perturbado hasta el momento. De nada por la placentera lectura, espero un placentero review, también, por cierto, la pregunta obligada: ¿Leíste Guerras Doradas? A estas alturas ya no sé qué porcentaje de mis lectores leyó esa historia o no.

Bien, es todo por hoy, disfruten de… (Resuena un trueno y aterriza en el Santuario de Athena) ¿Qué habrá sido eso? (cara de personaje serio de anime). He sentido un cosmos frio y violento. Supongo que pronto lo averiguaran (sobreactúa por el exceso de café en su sangre).

EDITADO: 08/07/2024


Saint Seiya: Guerras de Troya.

Troya: Año Uno.

Capítulo 9: La Guerra de Chipre.


Chipre. Ciudad de Pafos. Oeste de la Capital. Año 1,195 A.C.

-¡Ataquen! -ordenó Diomedes, y los hombres de Argos se lanzaron a la batalla sintiéndose inspirados por la fortaleza del Rey de Argos, quien fue el primero en correr a la batalla contra el ejército de Estatuas de Cobre que blandían espadas y lanzas en dirección de los invasores Aqueos. Esténelo de Argos y Euríalo de Unicornio permanecían a su lado, atacaban juntos en perfecta coordinación y despedazaban las Estatuas de Cobre que se lanzaban a su encuentro.

-Esto me recuerda la batalla de los 7 Contra Tebas, mi señor -habló Esténelo de Argos, elevando su cosmos y lanzándose contra las Estatuas con el puño en alto-. ¡La Empresa del Héroe! -gritó Esténelo, con su cosmos incinerado y dibujando a la nave Argos en el mismo. Su puño se transformó en una lanza, y con esta atravesó a una de las Estatuas de Cobre, que se pulverizó bajo la fuerza de su puño.

-Pero en aquella guerra Diomedes no era el general, al menos no durante el primer asedio -se adelantó Euríalo de Unicornio, saltando con sus piernas brillando de un esmeralda intenso-. ¡Galope del Unicornio! -enunció su ataque, y tras impactar en repetidas ocasiones el pecho de una de las Estatuas de Cobre, esta se despedazó de igual manera.

-Dejen de pensar en las guerras del pasado y concéntrense en la actual -ordenó Diomedes, con su lanza en mano, y perforando el cráneo de cobre de una de las estatuas, y rebanando los brazos de otra con su afilada lanza-. No nos enfrentamos a humanos, estas cosas no tienen vida, elimínenlas lo antes posible antes de que diezmen a nuestras fuerzas. ¡Aguja Escarlata! -lanzó sus agujas, que perforaron los cuerpos de varias Estatuas de Cobre, pero estas apenas y fueron alentadas- Es inútil… esas cosas no tienen sangre, no hay nada que pueda envenenar -dedujo Diomedes, mientras una de las Estatuas de Cobre blandía un inmenso garrote en su dirección, y Diomedes escapaba del mismo al último segundo-. Ahora entiendo porque Héctor envió a Anficlas aquí, sabía que mis agujas eran inútiles contra soldados no vivos -aseguró Diomedes, mirando en dirección a la Torre de Cobre, donde sentía el cosmos de Anficlas brillar con intensidad-. ¿Eso es lo que piensas, Anfliclas? ¿Qué me has derrotado con oponentes inmunes a mis agujas? ¡No subestimes a quien ha participado y sobrevivido a 3 guerras! -comunicó Diomedes, y con su lanza perforó las cabezas de las Estatuas de Bronce, y con su velocidad continuó asestando en puntos vulnerables que inutilizaban a las mismas.

Torre de Cobre. Sala del Trono.

-Qué lindo, piensa que me preocupa que destruya unas simples Estatuas de Cobre -se burló Anficlas, mirando desde la ventana a los Argivos atacando al ejército de Estatuas de Cobre, sin importarle realmente lo que les pasara. Metarme por otra parte, bajó la mirada, entristecida-. ¿A qué va esa reacción? Son seres sin vida, desechables -prosiguió Anficlas, ignorando a Metarme y sentándose en su trono-. Quienes me preocupan realmente son los seres humanos. Sabiendo de la fecha de la llegada de Diomedes los envié por la salida del este en dirección a Fenicia, pero… Diomedes hundió los barcos en un ataque por el este -enfureció Anficlas, preocupada por la evacuación-. Pero no puedo moverme de la Sala del Trono de la Torre de Cobre, desde aquí Cíniras ordenaba a las Estatuas de Cobre. Jamás entendí por qué las Estatuas no entendían nada si Cíniras salía de esta sala, pero, solo aquí dentro puedo controlarlas. No puedo dejar mi puesto… -se molestó Anficlas, Metarme de inmediato se acercó a Anficlas, y tomó de su mano para intentar comunicarse con ella-. ¿Qué quieres? -se fastidió ella.

Metarme hizo varios movimientos con sus manos, apuntando a los pisos inferiores, y después a su pecho, donde si fuera humana estaría su corazón. Anficlas no le prestó atención, se puso de pie de su trono, y se dirigió al balcón que daba al este, preocupada por la evacuación mientras veía los barcos arder. Metarme por su parte, volvía a insistir tomándole del hombro, pero Anficlas se la quitó de encima.

-¡Te he dicho que me sueltes! -gritó Anficlas, furiosa- Cíniras era un lunático, pero fue más un padre para mí que cualquiera, solo por eso te conservo intacta y no te fundo para crear soldados nuevos. Pero que te quede claro que me repugnas -insistió Anficlas, Metarme continuó quejándose- No puedo creer que estoy razonando con una Estatua de Cobre… -se frotó la frente Anficlas, y se dirigió a Metarme con los brazos cruzados-. No eres real… no tienes vida… pese a todo, Cíniras era un genio y de alguna manera logró hacer que te movieras, pero no eres más importante que la lanza que empuño en mis manos. ¡Eres un ser de vida artificial! ¡Una marioneta! ¡Te ordeno que dejes de molestarme! -elevó su cosmos Anficlas, la Torre de Cobre hizo su voluntad, y Metarme dejó de moverse- Cíniras hizo un excelente trabajo construyéndote -la miró Anficlas, inmóvil, inerte, y algo en ella pareció entregarse al dolor en su pecho-. Tonterías… -se molestó Anficlas, ignorando aquella molestia-. Es solo una estatua… ahora veamos lo que ocurre en el este -elevó su cosmos Anficlas nuevamente, y la Torre de Cobre obedeció a sus comandos-. ¡Marioneta de Cobre! -enunció Anficlas, y sus ojos vieron la guerra que se suscitaba en el este a través de los ojos de una de sus marionetas.

Este de la Capital.

-¡Suéltame pedazo de chatarra! -gritaba Lodis furiosa, mientras las Estatuas de Cobre la llevaban a ella y a sus otras 3 hermanas en dirección a los navíos de Chipre que aún quedaban en pie y eran protegidos por el resto de las Estatuas de Cobre- ¡Soy la hija de Cíniras y te ordeno que me sueltes! -insistía, mientras sus atemorizadas hermanas se quejaban de igual manera- ¡Suéltenme! -se defendió tras notar que no la obedecían.

-¿Qué significa esto, hermana? -se quejó una de las hermanas de Lodis, la mayor, quien vestía una túnica negra bastante exhibicionista. Se notaba a simple vista que no llevaba nada de ropa debajo de la túnica, además de que iba descalza mientras las Estatuas de Cobre la evacuaban- ¡Estábamos todas trabajando cuando estas cosas vinieron por nosotros y nos sacaron a la fuerza! ¡Mi cliente va a estar muy molesto! -enfureció la mujer.

-Ya estoy muy molesto, Orsedice -le gritó un hombre gordo y bastante peludo, que era evacuado por las Estatuas de Cobre de igual manera. No vestía más que un calzón mugroso y que se le caía si se movía demasiado-. ¡Pagué mucho por ti, maldita zorra! ¿Por qué las Estatuas de Cobre de tu padre hacen esto? ¿Sabes quién soy? -enfureció el hombre.

-¡Sé que tienes la lanza corta, vejestorio! -enfureció Orsedice, y sus otras 2 hermanas se burlaron mientras eran cargadas por las Estatuas de Cobre- Soy la compañera de camas más cotizada de toda Chipre, pero ninguna cantidad de joyas podría hacerme gemir de satisfacción por sus carencias -insistió Orsedice.

-¿Quieren dejar de hablar del prostíbulo por favor? ¡Es vergonzoso! -se quejó Lodis en extremo ruborizada- Jamás he entendido el cómo pueden vender sus cuerpos. Eran hijas del Rey de Chipre, ya tenían suficientes joyas -insistió ella.

-No quiero escuchar eso de la calienta camas de Ethon -respondió Orsedice, y los ojos de Lodis se llenaron de lágrimas-. Acéptalo, Lodis, tú eras la única que amaba a nuestro padre. Todas las demás lo odiamos por su incesto y por crear esa estatua como reemplazo a nuestra madre. Mientras más hombres pagaran por nosotras, más insultábamos a tu padre -agregó Orsedice, y una de las Estatuas de Cobre detuvo al resto, tomó a Orsedice del rostro, y la abofeteó-. ¿Pero qué haces? -enfureció Orsedice.

-Oh, lo siento, se me pasó la mano -escuchó Orsedice a la Estatua de Cobre hablarle, Lodis, reconociendo la voz, y miró a la Estatua de Cobre con ojos llorosos-. Vuelve a insultar a Cíniras, y pasarás el resto del camino de la evacuación encadenada en uno de los barcos, cuñada -la Estatua de Cobre que le hablaba, era una copia de Anficlas en forma de estatua, y sus ojos brillaban de un violeta intenso.

-¿Ethon? -se quejó Orsedice- ¿Qué significa que tus marionetas hayan irrumpido en mi negocio? Más importante aún, ¿qué está ocurriendo aquí? -se fastidió Orsedice aún más, y la Estatua de Cobre de Anficlas la miró fijamente.

-Orsedice, Laogore y Brecia, nunca comprendí por qué se vendían a cerdos aristócratas como este… -apuntó su lanza Anficlas al hombre semidesnudo-. Pero ahora entiendo que la locura de Cíniras se contagió a sus hijas. Por respeto a su padre es que aún viven, porque mujeres como ustedes me repugnan, sin respeto por su feminidad, entregándose a grotescos pervertidos por unas monedas. Siempre me parecieron menos que basuras. Pero ahora veo que llamarlas basura era ser demasiado condescendiente. ¿Prostituirse por desprecio a su padre? Vaya revelación. Alégrense de que aún esté dispuesto a salvarles sus insignificantes vidas -terminó.

-¿Qué has dicho? -se molestó Orsedice, luchando contra la presión de las manos de cobre de las estatuas que eran inamovibles- Seguramente hablas con esa seguridad porque eras incapaz de satisfacer a Lodis, eres una vergüenza como hombre -se burló Orsedice.

-No es un hombre… -se quejó Lodis, y Anficlas le dirigió la mirada momentáneamente-. Es una basura, y la odio con todo mi corazón. ¡No puedo creer que llegué a amarte! ¡Te odio! ¡No quiero verte jamás! ¡Te odio! -insistió Lodis con lágrimas en sus ojos.

-Es curioso que lo menciones de esa manera… -la miró la estatua de Anficlas directamente-. Porque es ese odio el que me convirtió en la persona que hoy soy -agregó, y entonces la ignoró y se acercó a Oxiporo-. Llegas tarde -agregó con molestia.

-¿Ethon? -se sorprendió Oxiporo- Vaya, vaya, tienes más sorpresas de las que me imaginaba -la admiró el Espectro de Automaton, la Estrella Terrestre de la Opresión-. Los Calidonios han hundido todos los barcos, no hay forma de escapar de Chipre. Aunque no es que quiera escapar, tan solo te informo lo que es obvio. Muchos van a morir -sonrió Oxiporo, con sus afilados dientes sobresaliendo de sus labios.

-Para eso estás aquí, para evitarlo -ordenó Anficlas-. Mientras esté en una Estatua de Cobre no puedo usar el poder de mi cosmos. Vine más bien para mantenerte vigilado, Oxiporo. No confío en ti -señaló.

-¿No confías en mí? -se burló Oxiporo de forma sonora, molestando a Anficlas- Pero si tú eres aún más despreciable que yo. El que no confía en ti soy yo. Chipre es mi reino, puedo ser un monstruo, pero tengo corazón -enunció Oxiporo, mientras los barcos Calidonios comenzaron a desembarcar, y los guerreros de armaduras doradas con el Jabalí de Calidón dibujado en sus escudos, salieron guiados por Antíloco al ataque-. Me comeré al bonito ese -saltó Oxiporo, llegando ante los Calidonios y embistiéndolos con fuerza, incluso tomó a uno del brazo y encajó sus dientes violentamente a través de la armadura, perforándola, y después arrancándole el brazo, otros guerreros Calidonios fueron en su auxilio, pero sin necesidad de armas el Espectro los asesinaba sin problema, rompiéndoles los cráneos al aplastarles las cabezas con los puños cerrados, o mordiéndoles el cuello y arrancándoles pedazos del mismo.

-Esta familia está llena de dementes -mencionó Anficlas tras ver la matanza ocasionada por Oxiporo, y entonces se dirigió a las Estatuas de Cobre-. No importa cuántas estatuas tengan que ser sacrificadas, protejan a los civiles -ordenó Anficlas, y sus ojos regresaron a la normalidad, la estatua de Cobre fue liberada de su control, y junto al resto de Estatuas de Cobre, formaron un perímetro.

-¿Qué Espectros está pasando? -se quejó sonoramente Orsedice, mientras las Estatuas de Cobre comenzaban a rodearlas, y a hacer la guerra ante los hombres de Calidón que valientemente derribaban a las estatuas y arriesgaban sus vidas por la conquista de Chipre.

-¡Mantengan la fila! ¡Escudos arriba! -ordenaba Antíloco, y los Calidonios levantaron sus escudos, resistiendo la avanzada de las Estatuas de Cobre que lideraban la ofensiva- Estas estatuas… algo no está bien… son las mismas que enfrentamos en Aulis pero es como si razonaran perfectamente lo que pasa -se sorprendió Antíloco, mientras observaba a las estatuas tomar los escudos de los Calidonios e intentar arrebatárselos-. ¡Ahora! -ordenó Antíloco, los Calidonios se agacharon, empujaron hacia arriba levantando a las estatuas y lanzándolas detrás de ellos, para entonces tomar sus espadas y clavárselas en los rostros- ¡No se confíen! ¡Córtenles la cabeza y arrójenlas al mar! -ordenó Antíloco, y así hicieron los Calidonios- Es una fortuna que Diomedes haya entrenado a sus hombres tan bien como Aquiles a los Mirmidones -tomó un respiro Antíloco, pero entonces sintió el cosmos de Oxiporo acercarse en un salto tremendo, y caer sobre Antíloco con todo su peso- ¡Kah! -se defendió Antíloco, creando un escudo protector alrededor de sí mismo, pero Oxiporo destrozó el escudo de una mordida- ¿Qué Espectros? -se preguntó Antíloco, y el Espectro le lanzó una mordida intentando arrancarle un brazo- ¡Prominencia de Gea! -incineró su cosmos Antíloco, y de un puñetazo en contra del mentón de Oxiporo lo hizo retroceder, entonces materializó su látigo y lo lanzó en contra de Oxiporo, quien abrió la boca y atrapó el mismo con los dientes.

-¡Serás un bocadillo exquisito! -tiró del látigo Oxiporo con todas sus fuerzas, que fueron suficientes para vencer el agarre de Antíloco, quien fue tirado violentamente a los brazos de Oxiporo, quien lo abrazó con fuerza y comenzó a aplastarle los huesos- ¡Soy Oxiporo de Automaton, Estrella Terrestre de la Opresión! ¡Y vas a convertirte en mi cena! -abrió la boca el Espectro, y clavó sus dientes en la hombrera de Antíloco, perforándola de un mordisco, para sorpresa de Antíloco, quien no lo podía creer y veía su sangre salir de los orificios del mordisco de Oxiporo- Sabes delicioso -habló Oxiporo aun conservando la mordida mientras Antíloco gritaba de dolor.

Los Calidonios se lanzaron contra Oxiporo, con sus espadas atravesaron su cuerpo en el pecho, las piernas y el cuello, pero el furioso Espectro mantenía la mordida firme, y de una tremenda patada le destrozó a un Calidonio las costillas, y el resto se separó para atender a su compañero herido y pensaron qué hacer para ayudar a Antíloco.

-¡Olvídense de mí! -les ordenó Antíloco- ¡Ustedes encárguense de las Estatuas de Cobre! -continuó en medio del dolor, y aunque los Calidonios deseaban ayudar a Antíloco, obedecieron y continuaron con la batalla- ¡Yo me encargaré de ti! ¡Transición! -gritó Antíloco, desintegrando su propio cuerpo, y reintegrándolo a unos cuantos metros frente a Oxiporo. Había perdido una hombrera en el escape, y su hombro estaba horriblemente perforado por la mordida de Oxiporo, quien continuaba mascando la hombrera de la Armadura Dorada, con rechinidos horribles mientras la trituraba- ¿Qué clase de bestia eres? -se impresionó Antíloco.

-La clase de bestia que nace del incesto -se lanzó contra Antíloco, el de Virgo intentó saltar y escaparse, pero Oxiporo lo tomó de la pierna, y lo lanzó con fuerza en dirección a la empalizada de Estatuas de Cobre que formaban un muro defensivo alrededor de Lodis y sus hermanas. El lanzamiento fue tan potente, que Antíloco partió a la mitad una Estatua de Cobre con su cuerpo, la que sostenía a Orsedice, quien cayó sobre Antíloco en ese momento.

-Le pido una disculpa por el atrevimiento -intentó reponerse Antíloco, pero entonces vio la sombra de Oxiporo dirigirse a ambos, abrazó a Orsedice, y rodó con ella salvándole la vida, mientras Oxiporo caía sobre el hombre gordo y pulverizaba su cuerpo accidentalmente con la caída, dándole una muerte horrible al hombre, mientras Oxiporo, con el cuerpo lleno de la sangre y las entrañas del difunto, se lamió la sangre del rostro-. Si sobrevivo a esto tendré pesadillas -dedujo Antíloco.

-Si me salvas a mí y a mis hermanas me aseguré de que jamás las tengas -lo interrumpió Orsedice, cuando Oxiporo se acercó, la tomó del brazo y la alzó con fuerza, lastimándola-. ¡Oxiporo! ¡Soy yo! ¡Tu hermana! -gritó Orsedice, y Antíloco notó entonces el cómo las Estatuas de Cobre es abalanzaban sobre Oxiporo, pero el Espectro las pateaba o pulverizaba con sus manos, e incluso le lanzó a Orsedice a Antíloco usándola como arma para derribarlo- Tienes que hacer algo… -suplicaba Orsedice-. Mi hermano es un caníbal… una vez que prueba la sangre humana pierde el juicio y todo a su alrededor es un enemigo. ¡Nos asesinará a todos si no haces algo! ¡Te daré los tesoros de Chipre! ¡Te diré como detener a las Estatuas de Cobre! ¡Pero por favor, sálvanos! -Oxiporo se irguió detrás de Orsedice, abrió la boca, se agachó para morder el cuello de Orsedice, pero Antíloco reaccionó rápidamente, y pateó con fuerza, aunque su pierna quedó atrapada en la mandíbula de Oxiporo, que destruyó la Armadura Dorada del potente mordisco, e hirió a Antíloco de gravedad.

-¡Aaaaahhhhh! ¡Sal de aquí! -ordenó Antíloco, mientras reunía la fuerza de su cosmos en sus manos, que comenzaron a brillar de dorado- ¡Kah! -soltó el tremendo poder de su cosmos sobre el rostro de Oxiporo, que salió disparado y con su cuerpo aplastó a un par de Estatuas de Cobre, que llevaban prisioneros y los liberaron tras la caída.

-¡Enue! -extendió los brazos Orsedice, y una joven prostituta corrió a sus brazos y se dejó abrazar por Orsedice- Eres un Caballero Dorado, ¿verdad? ¿Puedes detenerlo? -preguntó Orsedice preocupada, mientras Antíloco, débilmente, se ponía de pie- ¡Cuidado! -gritó Orsedice, y Antíloco tomó su látigo y se defendió atrapando la espada de una de las Estatuas de Cobre con el mismo, luego tiró con fuerza, desarmándolo, y permitiendo que un par de soldados Calidonios envistieran a la Estatua de Cobre y la destruyeran- Mi oferta sigue en pie… -agregó Orsedice mientras miraba a Antíloco.

-¿Sabes cómo detener a las Estatuas de Cobre? -preguntó Antíloco con debilidad, y Orsedice asintió mientras abrazaba a Enue, quien lloraba en sus brazos- ¿Cómo? -preguntó mientras escuchaba el rugido de Oxiporo, quien nuevamente estaba de pie, y con 5 soldados Calidonios rodeándolo, quienes afortunadamente estaban bien entrenados, y evadían a Oxiporo, manteniéndolo en su lugar.

-¡Salva a mis hermanas y te ayudaré! -apuntó al trio de rubias en brazos de las Estatuas de Cobre, y Antíloco comenzó a reunir su cosmos en sus manos, en la forma de una esfera dorada.

-¡Prominencia de Gea! -atacó, y las estatuas que aprisionaban a sus hermanas se despedazaron- ¿Qué hay que hacer? -preguntó Antíloco, y entonces vio a Oxiporo morder el escudo de uno de los Calidonios y arrancárselo de las manos, antes de morderle el cuello y que los otros 4 Calidonios se lanzaran a su espalda intentando salvar la vida del Calidonio al que Oxiporo le rompía el cuello a mordidas.

-¡Ella sabe! -apuntó Orsedice a Lodis, enfureciendo a Antíloco, quien comenzó a sentirse engañado- ¡Eres la esposa de Ethon! ¡Seguro sabes cómo detener a las Estatuas de Cobre! -le gritó Orsedice con molestia.

-¿Estás loca? ¡Odio a Ethon por traicionarme, pero eso no significa que les entregue a Chipre! -se quejó Lodis, pero entonces vio a Oxiporo partir a un Calidonio a la mitad al tirar de ambos brazos con una fuerza descomunal, y replanteó sus ideas- ¡La Torre de Cobre! -agregó Lodis víctima del pánico- Dentro de la Torre de Cobre está el Corazón de Talos, el gigante de Cobre creado por Hefestos. Si destruyen el Corazón de Talos, las Estatuas de Cobre no podrán ser controladas -explicó.

-¿Talos? -se sorprendió Antíloco, que entonces vio a Oxiporo correr en su dirección con las fauces abiertas, y sabiendo la peligrosidad de los colmillos afilados de Oxiporo, Antíloco evadió, y pateó su mandíbula con fuerza- ¡Calidonios! ¡Escolten a estas mujeres a la Torre de Chipre! ¡Y llévenlas ante Diomedes! -ordenó Antíloco, mientras reunía toda la fuerza de cosmos que le quedaba- ¡Gea, Diosa de la Tierra! ¡Dame la fuerza para derrotar a mis enemigos! ¡El Gobierno de Gea! -gritó, y todo su cuerpo estalló en una luz dorada, que lanzó a Oxiporo varios metros hacia atrás y lo noqueó, aunque Antíloco sabía que solo era momentáneo- ¡Váyanse! -se desplomó contra el suelo Antíloco, perdiendo el conocimiento.

-¡Andando! -ordenó Orsedice, pero Lodis fue la primera en quejarse- ¡Es un Caballero Dorado! ¡Él sabe cuidarse solo! ¡Pero si no puede concentrarse en derrotar a Oxiporo! ¡Esa bestia nos va a comer a todos! ¡Tenemos que detener a las Estatuas de Cobre! -explicó Orsedice, mientras los Calidonios defendían el cuerpo inconsciente de Antíloco de las Estatuas de Cobre- ¡Tú vienes conmigo! ¡Yo y tu marido vamos a tener una charla no muy placentera! -tiró de su mano Orsedice, guiando a Lodis, a sus hermanas, a Enue, y a la escolta de Calidonios, en dirección a la Torre de Chipre, mientras Oxiporo volvía a ponerse de pie, furioso, y los Calidonios hacían un muro de escudos frente a Antíloco.

-¡Es inútil, váyanse! -gritó Antíloco, quien temblorosamente intentó ponerse de pie- ¡No pueden detenerlo! -los Calidonios lo miraron entonces, se miraron mutuamente, y todos asintieron, manteniendo la barrera de escudos- Les dije que se fueran -ordenó nuevamente.

-¡Los Calidonios no dejan a un hermano! ¡O viven juntos o mueren juntos! -le respondió el Calidonio, y Antíloco se mostró impresionado- ¡Por Calidón! -gritó el guerrero, y los Calidonios gritaron junto a él y se abalanzaron en contra de Oxiporo, defendiendo a Antíloco incluso a costa de sus propias vidas.

-Aquiles… -sonrió Antíloco en ese momento-. Hiciste bien en admirar a un hombre como Diomedes… -incineró su cosmos entonces, y se lanzó contra Oxiporo antes de que los Calidonios llegaran hasta el caníbal-. ¡Por Calidón! ¡Prominencia de Gea! -impactó el pecho de Oxiporo, y se lanzó con él por los muelles, estrellándose contra una atalaya, y esta cayó sobre ambos, sepultándolos.

Torre de Cobre. Sala del Trono.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué ningún barco zarpa a Fenicia? -se preguntó Anficlas, quien entonces elevó su cosmos intentando ver lo que estaba pasando en el este de la ciudad- No puedo conectarme al títere con mi forma. ¿Lo habrán destruido? -se preguntó Anficlas.

-Corazón… -escuchó Anficlas, sorprendiéndose. Metarme se había vuelto a reactivar pese a que Anficlas no le había dado una orden, y más sorpresivo aún era el hecho de que estaba hablando-. Talos… -volvió a decir, sus labios inclusive se movían con bastante dificultad, y dejaban salir un hedor ferroso mientras estos se rompían al moverse-. Estatuas… -volvía a decir Metarme-. Vivas… -pero solo articulaba una palabra a la vez.

-¿Hablas? -se perturbó Anficlas, acercándose a Metarme- ¿Cómo es eso posible? -se preguntó, Metarme le tomó la mano rápidamente- Eres una estatua demasiado extraña… -pero las sorpresas de Anficlas apenas comenzaban, frente a ella, Metarme lloraba-. ¿Cómo es esto posible? -se preguntó Anficlas- Son simples títeres -insistió.

-Talos… -volvió a decir Metarme con debilidad, apuntando al centro de la Torre de Cobre-. Vida… corazón… -Anficlas entonces concentró su cosmos, y se sorprendió de ver una inmensa esfera de cosmos sellada en el interior de la Torre de Cobre. Era un cosmos casi imperceptible, porque no era cálido como los cosmos de los Caballeros de Athena, profundo como los de los Generales de Poseidón, o sombrío como los de los Espectros de Hades. Este cosmos se sentía más como una fogata, era el cosmos de un guerrero de Hefestos, un Coloso de Cobre-. Vivimos… -finalizó Metarme, y Anficlas comenzó a comprenderlo.

Oeste de la Capital.

-Ese ha sido Antíloco -se sorprendió Diomedes, mientras los ejércitos Argivos diezmaban a las Estatuas de Cobre con una coordinación militar sorprendente. Apenas y había pérdidas de Argivos. Los ejércitos de Argos estaban tan bien entrenados que se las arreglaron para mantener las bajas al mínimo-. En la Torre de Cobre está Anficlas. Euríalo, quédate con los Argivos y defiende el perímetro, solo necesito de Esténelo en este momento -agregó sin rodeos.

-¿Eh? ¡Pero mi señor Diomedes! -intentó quejarse Euríalo, pero Diomedes se adelantó con Esténelo ignorando a Euríalo por completo- ¡No es justo, mi señor! -insistió, pero una oleada de Estatuas de Cobre marchó a encuentro de los Argivos, y Euríalo tuvo que posar su atención en ellas- ¡Maldición! ¡Por Argos! -gritó Euríalo, y se abalanzó contra las Estatuas de Cobre con los Argivos respaldándolo.

-Me sorprende que haya solicitado de mi apoyo, mi señor -comentó Esténelo, y Diomedes lo miró de reojo, pero no dijo nada al respecto-. Normalmente usted prefiere este tipo de combates solo. ¿Puedo preguntar la razón? -se aventuró a preguntar Esténelo, pero cuando iban a medio camino a la Torre de Cobre, un dolor punzante y quemante invadió a Diomedes, quien perdió el equilibrio mientras corría, y cayó al suelo pesadamente- ¡Mi señor! -se apresuró a su lado Esténelo, y Diomedes se levantó con debilidad- ¿Qué ha ocurrido? Pero si nadie lo ha herido -se sobresaltó Esténelo.

-No el día de hoy… -enunció Diomedes, y Esténelo notó que Diomedes se tomaba de una vieja herida-. Olvídate de mi herida, algún día sanará… esa maldita espada es muy molesta -recordó Diomedes a Maleros, y a Eneas partiéndole la Armadura Dorada a la mitad con ella-. Tiene un poder terrible -se puso de pie entonces y volvió a correr en dirección a la Torre de Cobre. Esténelo quería detenerlo, pero Diomedes era más rápido que él-. ¡Solo vienes a abrirme paso, Esténelo! ¡Esta batalla es mía! -enunció Diomedes mientras más Estatuas de Cobre salían a su encuentro, por lo que Esténelo, aunque molesto, tuvo que reunir su cosmos en defensa de Diomedes.

-¡Lo alcanzaré, mi señor! -aseguró Esténelo, mientras torbellinos de agua se reunían a su alrededor- ¡La Furia de Typhon! -se lanzó Esténelo a las Estatuas de Cobre, destruyéndolas con la fuerza de los torbellinos de agua y abriéndole paso a Diomedes, mientras más Estatuas de Cobre le cortaban el paso- ¡Maldición! ¡No tengo tiempo que perder con ustedes! ¡Mi rey me necesita! -y con su tremendo cosmos, continuó destruyendo a las Estatuas de Cobre.

Norte de la Capital.

-¡Por Tebas! -gritó Teucro, ordenando a los soldados Tebanos, quienes pese a no ser tan coordinados como los Calidonios o los Argivos, presentaban números mayores y arrasaban con las Estatuas de Cobre con suma facilidad- Atacar por 3 direcciones diferentes nos tomó bastante tiempo, pero resultó ser mucho más efectivo que permitir a las tropas de Chipre reunirse en un mismo frente. Diomedes es increíble -se alegró Teucro tras notar que estaban conquistando Chipre con la menor cantidad de bajas posibles-. Aunque me sorprende que me haya topado con la evacuación. ¿Por qué ninguno de estos soldados está peleando por su pueblo? -se preguntó Teucro, mientras miraba a los jóvenes soldados de Chipre, quienes no se defendieron y solo huyeron dejando que las Estatuas de Cobre pelearan por ellos.

-Porque Chipre es un reino de pacíficos adoradores de Afrodita -desde las alturas de una atalaya semi-destruida por la batalla de los Tebanos contra las Estatuas de Cobre, Macas, el Daimón de las Batallas, miró en dirección a Teucro-. Estos cobardes no alzarían un dedo en defensa de Chipre, preferirían dejar que unas Estatuas de Cobre lucharan por ellos antes de defenderse ellos mismos -sentenció el Daimón.

-¿Quién eres tú? -preguntó Teucro, sintiendo el cosmos del Daimón- ¿Eres amigo o enemigo? Tu cosmos no me parece muy elevado, te advierto que si respondes enemigo serás derrotado con suma facilidad -apuntó Teucro con su flecha.

-Soy Macas de la Batalla -respondió el Daimón-. Y podría decirse que soy tu enemigo, pero la verdad es que Ares no tiene lealtad a nadie, solo tiene lealtad a sí mismo -explicó Macas, Teucro no sabía si atacar o no.

-¿Eso significa que no me atacarás? -preguntó curioso, pero no dejaba de tensar su arco- Preferiría evitar conflictos innecesarios, tú estás solo, no tienes un ejército, ya destruimos a todas las Estatuas de Cobre, sé razonable -ofreció Teucro.

-Allí es donde te equivocas, Caballero de Sagitario -sonrió el Daimón, y los pacíficos hombres de Chipre, aún con los brazos amarrados, se abalanzaron contra sus captores Tebanos, sorprendiendo a Teucro, algunos inclusive se liberaron de sus ataduras, tomaron restos de las Estatuas de Cobre, y se lanzaron violentamente contra los Tebanos y estrellaron guijarros afilados contra sus rostros-. Tengo el ejército más poderoso de todos, la humanidad -sentenció Macas, y Teucro entonces notó que estaba manipulando a los soldados de Chipre para pelear ciegamente.

-¡Flecha de la Esperanza! -lanzó su ataque Teucro, y para su sorpresa, Macas atrapó la flecha a escasos centímetros de su rostro- ¿Cómo? Tu cosmos no es tan… -pero entonces, Teucro sintió el cosmos de Macas crecer exponencialmente- ¿Qué está ocurriendo? -se preocupó Teucro, mientras Macas saltó de los restos de la atalaya con su espada en mano, y le hubiera cortado la cabeza a Teucro de no ser por su arco con el que se defendió.

-Ocurre que los Daimones poseemos un cosmos proporcional al caos de nuestros dominios -sonrió Macas, mientras Teucro veía la matanza a su alrededor, y como esta incineraba el cosmos de Macas-. ¡Espíritu de la Batalla! -gritó Macas, y su cosmos incineró los cosmos de los soldados, quienes atacaron violentamente a los Tebanos, acrecentando el cosmos de Macas- Con el Espíritu de la Batalla alimento el fervor de los combatientes brindándoles una porción de mi cosmos para combatir -explicó Macas, mientras Teucro veía a los soldados de Chipre, que se suponía no tenían dominio del cosmos, lanzar a los Tebanos por todas partes con puñetazos increíbles, y patadas descomunales-. A cambio ellos crean más caos, y alimentan mi cosmos que crece infinitamente. Lo que significa que, mientras haya un conflicto a mi alrededor, más fuerte me volveré, eso te incluye a ti, Teucro de Sagitario -se lanzó Macas con su espada, y Teucro se defendió en varias ocasiones con su arco, hasta que Macas lo derribó, e intentó perforarle el pecho con su espada, pero una maza dorada se materializó en su mano y repelió la agresión-. ¿Qué es esto? ¿Otra arma? -preguntó sorprendido.

-Una de las 12 armas de la Armadura de Libra -explicó Teucro, y Macas enfureció-. El Arco de Sagitario viene con la Armadura de Sagitario, pero los 12 Caballeros Dorados podemos tomar prestadas las armas de la Armadura de Libra para librar nuestras batallas. El escudo, la espada, el látigo, las garras, la lanza, y mi favorita, la maza -evadió la espada de Macas Teucro, e impactó el mentón de Macas con la maza, haciéndolo retroceder-. Tal vez debería agradecer a Ares. Después de todo él creó la Armadura de Libra y colocó 12 armas en esta. Las Armas de la Armadura de Libra cambian de generación en generación, pero esta es de las originales, y de las más poderosas. ¡Maza de Libra! -azotó contra el suelo Teucro, derribando a todos los combatientes tanto a Tebanos como a Chiprenses por igual-. Si te vuelves más fuerte con las batallas, Macas, incluso con mi misma violencia. Tan solo debo cortarte el suministro de violencia al impactar la tierra con mi Maza Dorada de Libra y derribarlos a todos. Después de todo, mientras no haya batalla a tu alrededor, tu cosmos se achica -Teucro volvió a azotar la maza contra el suelo, derribando los ejércitos de ambos bandos, y entonces elevó su cosmos-. ¡Eso te deja al descubierto para mi ataque! ¡Trueno Relampagueante! -atacó Teucro, y Macas recibió el ataque de lleno.

Torre de Chipre. Sala del Trono.

-¿Quieres decir que todo este tiempo, las Estatuas de Cobre han contado con vida verdadera por la gracia de Hefestos? ¿Vida que han absorbido de Talos, el Gigante de Cobre creado por el mismo Hefestos? -preguntó Anficlas, y Metarme se limitó a asentir- No es posible… pero si son Estatuas de Cobre, no tienen órganos, ni siquiera respiran. ¿Cómo podrían tener vida? -preguntó Anficlas, sintiéndose en extremo confundida- ¿Eso significa que he enviado a las Estatuas de Cobre a morir? No tiene sentido -se perturbó Anficlas.

-Tiene tanto sentido como que tú eres una mujer -escuchó Anficlas, y tras virarse encontró a Lodis en la entrada de la Sala del Trono de Chipre, con Orsedice, Laogore, Bresia, y la empleada de Orsedice, Enue, además de una escolta de soldados Calidonios-. Mi padre, Cíniras, hizo un trato con Hefestos hace tiempo, en el que prometía que en Chipre se veneraría a Afrodita a cambio de que mi padre pudiera darle vida a una Estatua de Cobre, Metarme -explicó Lodis, y Anficlas miró a Metarme, quien asintió-. Para Hefestos era un regalo para su amada Afrodita, y gustoso le entregó a Talos, el Gigante de Cobre, a Cíniras para que, con su alma fabricada por Hefestos, diera vida a Metarme. El problema es que Hefestos discutió con Afrodita tras enterarse de que le había sido infiel con Ares, y entonces abandonó Chipre, dejando a Talos aquí. Desde entonces, mi padre utilizó el alma de Talos para alimentar con vida a las Estatuas de Cobre. No es vida como la humana, pero es vida, a fin de cuentas. Por eso Metarme era capaz de amar a nuestro padre -apuntó a Metarme con determinación.

-Y ahora que lo sé, me temo que debo pedirte que des la orden de retirada a las Estatuas de Cobre -escuchó Anficlas en ese momento, aquella voz que recordaba tan bien, mientras Diomedes se acercaba con Antares lista, y la apuntaba en dirección de Anficlas-. Da la orden de retirada, Anficlas, esto es entre tú y yo. Las Estatuas de Cobre no serán humanas, pero ahora que sabes que tienen vida, no puedes permitir que su sufrimiento se propague -enunció Diomedes, y Anficlas bajó la mirada con molestia.

-Tú no eres nadie para ordenarme… -lo miró Anficlas con determinación-. ¿Y qué si tienen vida? Siguen siendo desechables, siguen siendo unas malditas marionetas. ¿Insinúas que son más importantes que la vida humana? ¡No valen lo mismo! -se quejó Anficlas, sorprendiendo a Diomedes, quien no podía comprender palabras tan crueles- Me da igual si todas son destruidas -sentenció ella con malicia.

-¿Es verdad lo que dices, Anficlas? -preguntó Diomedes- Déjame decirte que no suenas como la niña adorable que conocí en Argos. No digo que no sienta cierta afinidad con tu comentario, vivas o no están sujetas a las órdenes que les das, no tienen capacidad de razonamiento, pero aun así sufren. Son como un perro… el que no razone sobre su existencia no significa que el perro no esté vivo, se alimente, sufra, viva… sienta amor. Tan solo no es muy listo -explicó Diomedes tranquilamente.

-Tú no eres tan listo tampoco si crees que me importa -enunció Anficlas, elevando su cosmos, y apuntando con su lanza en dirección a Diomedes-. Un perro tenía más derechos que un bastardo en Laemonte… yo comía las ratas que podía cazar, dormía en las prendas que les robaba a las prostitutas mientras estas se desvestían para complacer a otros hombres con dinero que jamás vería en mis manos. En realidad, mi mayor temor era que el dueño de algún prostíbulo viera que era atractiva y me tomara para convertirme en una esclava sexual. Pero Deyonero, mi padre, tuvo un cambio repentino de parecer. Aparentemente yo era su única hija a pesar de ser una bastarda, intentó darme un hogar, pero yo vivía traumatizada por un sueño, un sueño que Heleno me explicó, y que causó que Héctor me adoptara. En ese sueño tú te convertiste en aquello que siempre temí, una persona que me utilizaría como un objeto sin valor, solo para complacer sus propias necesidades de lujuria -la revelación sorprendió a Diomedes, quien pese a las crueles palabras de Anficlas, no podía evitar sentir pena por ella-. ¿Crees que después de saber que yo era menos que basura, me preocuparía por la vida de otros? Solo tengo un objetivo en esta vida, Diomedes de Escorpio… y ese objetivo es asesinarte, para demostrarle a los dioses que incluso sus designios pueden ser superados, y después acabar con mi propia vida para dejar de sufrir esta existencia vacía -lloró entonces Anficlas, y Diomedes se mostró conmovido por el tremendo dolor que ella sentía-. No me importa nada más… toda mi vida… he estado planeando mi propia muerte. ¡Metarme! -gritó Anficlas, y Metarme se abalanzó sobre Diomedes.

-¡Ah no eso no! -gritó Esténelo, quien llegaba justo a tiempo para defender a Diomedes del ataque de Metarme, solo para que la lanza de Anficlas saliera del vientre de Metarme, y atravesara el pecho de Esténelo al Anficlas haber usado a Metarme como distracción. Los ojos de Diomedes se llenaron de horror, mientras su maestro, consejero, y guardián desde la infancia, quien fuera con él a la Guerra de la Venganza de los Epígonos, quien lo acompañó desinteresadamente a la Guerra de Troya, era atravesado por la lanza de la joven a quien Diomedes conoció hace años, esa niña de corazón puro, bella, sonriente, llena de vida, que se había convertido en un demonio sediento de venganza- Gloria a Argos… -terminó de decir Esténelo, y cayó sin fuerzas al suelo.

-¡Esténelo! -gritó Diomedes, atrapando a su amigo en sus brazos y recostándolo contra el suelo mientras él se convulsionaba violentamente- ¡Sigue con vida! ¡Tú! -apuntó a Lodis- ¡Presiona aquí con todas tus fuerzas! -le pidió a la niña, quien horrorizada puso sus manos en la herida de Esténelo, mientras Diomedes preparaba su aguja y golpeaba su centro sanguíneo- Dejarás de sangrar, hermano… el resto depende de ti… -le apretó la mano con fuerza Diomedes, y entonces miró a Anficlas con desprecio, la Espectro de Ethon, Estrella Terrestre del Talento, simplemente sonrió con malicia, con su pie aplastando la cabeza de Metarme.

-Al final, no resultaste ser un montón de chatarra después de todo -aplastó la cabeza de Metarme Anficlas, y la Torre de Cobre se estremeció de dolor-. Entonces así se siente entregarse a la oscuridad. Acabo de destruir lo único que me quedaba de humanidad por el deseo único de destruirte, Diomedes de Escorpio -el cosmos de Anficlas se incineró más y más, llegando a niveles preocupantes inclusive para él-. ¿Lo entiendes ahora, imbécil? ¡Mi odio por ti supera cualquier cosa! ¡Mi sola existencia fue encausada a tu destrucción! Y después de que tú mueras, ya nada tendrá sentido, habré cumplido mi cometido en esta vida, y no habrá más necesidad para mi existencia. Dime entonces, Diomedes. ¿Por qué habría de preocuparme por sentir remordimiento, sentir amor, o sentir compasión… si lo único para lo que vivo es para destruirte? -apuntó Anficlas su lanza, elevando su cosmos más y más.

-Estás enferma… -preparó su lanza Diomedes, elevando su cosmos en respuesta-. Pero si es muerte lo que quieres realmente. Entonces voy a salvarte al convertirme en tu verdugo. Lo lamento… pero una persona muy importante me espera. Una persona que me necesita. ¡Así que acabaré contigo usando todas mis fuerzas! -se lanzó Diomedes a Anficlas, y la de Ethon reaccionó rápidamente cubriendo con su propia lanza, el cosmos de ambos estalló, y toda la Torre de Cobre se sacudió con fuerza, dejando a una Anficlas sonriente, y a un Diomedes estupefacto al ver las puntas de ambas lanzas perfectamente alineadas- Esto ya había pasado antes… -recordó Diomedes su batalla con Héctor, y el cómo sus lanzas habían terminado en perfecto equilibrio cuando ambos habían intentado atravesarse los corazones.

-¿Estás pensando en Héctor? -le preguntó Anficlas- Nunca te lo dije, ¿verdad? Nunca se lo dije a él tampoco. Tiene bastante tiempo que lo superé… -movió su lanza Anficlas, y rápidamente siguió su mango hasta posicionarse debajo de Diomedes con la punta apuntando a su mentón, subió, la sangre voló en ese momento, y el casco de Diomedes cayó al suelo mientras Diomedes presumía una herida a la altura de la ceja que ya le cegaba con su propia sangre su ojo derecho-. La primera sangre es mía… -miró Anficlas su lanza, la punta manchada con la sangre de Diomedes-. Tú también eres mejor de lo que todos dicen. Aprendí a matar a mis oponentes con la menor cantidad de movimientos posibles, normalmente el primero es suficiente -preparó su lanza nuevamente, se lanzó a Diomedes, y el de Escorpio la evadió, pero Anficlas logró clavarle la lanza en la axila, justo en una sección donde la Armadura Dorada no lo cubría, recordando a Diomedes la habilidad de Eneas, quien en armadura de cuero lo había doblegado.

-¡No me subestimes! -hizo su cosmos estallar Diomedes, lanzando a Anficlas a los aires, quien tras un giro cayó con gracia y preparó su lanza- Quieres mi verdadera fuerza, ¿Anficlas? Eneas fue el más cercano a descubrirla, pero solo por el placer de complacerte. ¡Te la voy a demostrar! -se lanzó Diomedes con su aguja, Anficlas se preparó, lanzó una estocada, Diomedes la evadió, se acomodó bajó su mentón, y atacó-. ¡Aguja Escarlata! -lanzó su aguja, la sangre voló como había pasado con Diomedes, y Anficlas, con una herida en su ceja derecha, retrocedió sorprendida, mientras el casco de Ethon caía al suelo, donde Diomedes lo aplastó y lo destruyó por completo- Eso fue para demostrarte la velocidad que poseo, y que no eres especial por alcanzar esos niveles. Ahora verás un verdadero ataque. ¡Aguja Escarlata! -se lanzó a toda velocidad, perforando a Anficlas con 7 de sus Agujas Escarlata de un solo movimiento, causándole a Anficlas un dolor punzante, pero la chica comenzó a reírse a carcajadas.

-Fue doloroso recibir las agujas, pero olvidas un pequeño detalle -sonrió ella con malicia, mientras su cosmos ardía como el fuego-. ¡Soy inmune a su veneno! ¡Cometa de Ethon! -se lanzó con el puño envuelto en llamas, e impactó a Diomedes fuertemente en el pecho, clavándolo en las paredes de cobre que se cuarteó por el potente impacto- ¡Muere! -atacó con su lanza, pero Diomedes le pateó el rostro, evadió la lanza de un salto, y lanzó otras 7 Agujas de las cuales solo 3 se clavaron en Anficlas, sorprendiendo a Diomedes. La velocidad de Anficlas había superado sus expectativas, y lo peor era que la niña se había colocado en una posición donde a Diomedes le era imposible esquivar- ¡Meteoros de Ethon! -lanzó su ataque, y el cuerpo de Diomedes fue brutalmente abatido por el poderoso ataque.

-Esa chica… está igualando a Diomedes… -habló Esténelo débilmente, mientras con sus puños en llamas Anficlas golpeaba la Armadura de Diomedes en varios puntos estratégicos, evitando que Diomedes pudiera defenderse-. Jamás había visto a Diomedes tan vulnerable… pero esta es su pelea… ustedes… -miró Esténelo a las mujeres que lo cuidaban-. Llévenme ante Talos… voy a terminar con esta guerra -continuó mientras se ponía de pie.

-Si te mueves podrías morir -le recordó Lodis, pero a Esténelo no le importó, se puso de pie aún con la herida de su pecho abierta, y comenzó a caminar sin rumbo, decidido a encontrar a Talos sin importarle que lo guiaran o no-. No es por allí… -lo detuvo Lodis-. Te llevaré… -continuó con determinación, mientras veía a Anficlas atacar con su lanza a Diomedes, y al de Escorpio detenerla con sus manos desnudas a escasos centímetros de perforarle el rostro-. Terminaré con su reinado de tiranía… -susurró, tomó a Esténelo de un brazo, y su hermana Orsedice lo tomó del otro, y juntas llevaron a Esténelo ante Talos, seguidos de la escolta de Calidón que sabía que nada más podían hacer que proteger a las mujeres.

Este de la Capital.

Los Calidonios al este aún combatían a las Estatuas de Cobre restantes, alrededor de un perímetro que habían asegurado alrededor del edificio que colapsó sobre Antíloco y Oxiporo. El edificio había sido una antigua prisión, y Antíloco había caído varios pisos bajo tierra, donde se arrastraba a cómo podía al no poderse apoyar en el pie herido, mientras se desangraba de la herida en su hombro.

-Ya desperté, bocadillo… -escuchó Antíloco, y una cadena de cobre salió de la oscuridad y se envolvió alrededor de su cuello, mientras quien lanzó la cadena salía de una celda tirando del otro extremo con fuerza-. Ya se está pasando mi hora de comer. ¡Se mi cena! -se lanzó Oxiporo con las fauces abiertas, e instintivamente Antíloco tomó la cadena e intentó defenderse con esta de la mordida, pero como ya había pasado antes, los dientes envueltos del cosmos oscuro del Espectro pulverizaron la cadena, y con el puño libre Oxiporo golpeó a Antíloco y lo envió volando varios metros hasta rodar por el lugar y estrellarse con los barrotes de cobre de una de las celdas- Entrégate a tu muerte. No importa con qué me ataques, yo soy invulnerable. Comerte a tus enemigos hace que tu fuerza crezca. He comido 1,000 soldados, tengo la fuerza de 1,000 soldados. Y mientras más como más fuerte me vuelvo -explicó.

-El canibalismo es castigado por los dioses… y yo soy el Caballero Dorado más cercano a los dioses… es natural, que te castigue por tus pecados… -elevó su cosmos Antíloco, y este creció inmenso, más de lo que Oxiporo había sentido antes-. Pero si tu cuerpo es en verdad invulnerable por alimentarte de otros hombres, entonces destruiré tus sentidos. ¡El Tesoro de Gea! -enunció, distorsionando las dimensiones a su alrededor, y transformando en calabozo en que se encontraban en un cubo con tapices de la Diosa de la Tierra, la Titánide Primordial. Algunos tapices contaban la historia de Gea creando a Urano, otros de Gea dando a luz a Cíclopes y Hecatónquiros, otros junto a sus 12 Titanes, y otros guiándolos a asesinar a Urano mismo- Los Tapices de la Titanomaquia… te confieso, Oxiporo, que solo puedo usar esta técnica donde nadie me ve más que mi oponente. La Titanomaquia es un insulto a los dioses, y si bien es cierto que dicen que el Caballero de Virgo es el más cercano a los dioses, nunca se ha especificado a qué dioses, y los dioses que me guían, los dioses que son más cercanos a mí, son los Titanes. Ya que he elegido voluntariamente a Gea como mi diosa pese a serle fiel a Athena -le explicó Antíloco.

-Ya entiendo… -se sorprendió Oxiporo-. Prominencia de Gea, pedir la fuerza de Gea, todos tus ataques tienen que ver con Gea pese a que eres fiel a Athena. ¿Por qué? -preguntó Oxiporo, sorprendido- ¿Por qué el Caballero de Virgo pide la fuerza de los dioses ajenos para combatir? -volvió a preguntarle Oxiporo.

-Es lo que yo elegí… -fue la respuesta de Antíloco-. Todos los Caballeros Dorados toman la fuerza de sus constelaciones, sus técnicas de batalla se transmiten de generación en generación, lo mismo pasa con el Caballero de Virgo, pero… como bien saben algunos, los Dioses Olímpicos crearon las Armaduras Doradas, y cada uno alimentó con su cosmos a su creación. En la Armadura de Aries Hefestos colocó sus habilidades de la forja, por eso quien vista a Aries puede reparar cualquier armadura. La de Tauro tiene el poder incontrolable de Hera. La de Géminis la dualidad de Deméter, que es capaz de destruir la mente de quien la viste. La de Cáncer contiene una inmensa maldad gracias a Hades. Incluso la de Leo tiene al relámpago de Zeus -continuó explicando Antíloco, y Oxiporo estaba tan interesado que no se atrevió a atacar sin primero tener su curiosidad satisfecha, y como Antíloco tampoco combatía, estaba establecido entre ambos una tregua temporal-. La Armadura de Libra es la armadura de la guerra creada por Ares, y de ella los 12 Caballeros Dorados obtenemos nuestras armas. La de Escorpio le es otorgada al cazador por excelencia de Artemisa. La de Sagitario, creada por Athena, es la más fuerte. La de Capricornio posee la lealtad y velocidad de Hermes. La de Acuario los vientos que solía manipular Poseidón. Y la de Piscis es la más hermosa de todas las Armaduras Doradas gracias a Afrodita. Pero la Armadura de Virgo, fue creada por Hestia, y ella es una diosa hermosa y bella, no podría profanarla alimentando mi cosmos del suyo para combatir, después de todo, Hestia es una diosa que prefiere conservar su pureza, guardiana del hogar. ¿Qué podría brindarme Hestia para combatir? -le preguntó Antíloco.

-A mí me suena a que tu Armadura Dorada de Virgo es la más débil de todas -le apuntó Oxiporo, pero entonces miró los tapices en honor a Gea nuevamente, y observó la dimensión en que se encontraba encerrado, y dudó-. ¿Qué clase de poder tiene el Caballero de Virgo? -preguntó.

-El que él elija por supuesto -agregó Antíloco con entusiasmo-. Al no poder obtener el poder requerido de Hestia, el Caballero de Virgo necesita formar un pacto con otra entidad divina. Claro que esta entidad no puede ser otro Dios Olímpico, ya que eso restaría poder a la Armadura Dorada del otro portador, se debe pactar con alguna otra entidad. Otros Caballeros de Virgo antes de mí inclusive han pactado con otros dioses totalmente ajenos a los Olímpicos. Otros Caballeros de Virgo después de mí, podrían pactar con otros dioses que hoy no existen, esa es la fuerza de la Armadura de Virgo, el no estar sujeta a un solo dios. Y yo hice un pacto con Gea, por eso en esta habitación le rindo tributo. Estos tapices… son los tapices de mi devoción a Gea, y ella me permite activar la técnica máxima de los Caballero de Virgo. Aunque claro, esta técnica no la uso frente a Athena o Poseidón, sería una falta de respeto -sonrió Antíloco.

-Por tú tranquilidad, algo me dice que esta técnica es tan poderosa que es capaz de terminar conmigo -agregó Oxíporo con una sonrisa-. Pero eso es imposible, yo soy invulnerable. Mi cuerpo no puede ser destruido -insistió.

-Pero tus sentidos no son tu cuerpo. ¿O sí? -elevó su cosmos Antíloco, lo que significaba que se reanudaba la batalla- ¡Tacto! -gritó, y Oxiporo sintió un fuerte dolor en ese momento, pero entonces su cuerpo dejó de responderle- Una vez que caes dentro de los dominios del Tesoro de Gea, básicamente ya estás muerto, porque no existe forma alguna de salir. En el Tesoro de Gea se destruyen los sentidos uno a uno, siempre se le da la opción al oponente de rendirse y entregarse a la muerte, en cuyo caso se le permite elegir a qué prisión del Hades quisiera entrar. A esa técnica se le llama, la Recapitulación del Olimpo y el Hades… dime, Oxiporo. ¿Quieres elegir a qué prisión del Hades he de mandarte? -sentenció Antíloco.

-Desperdicias tu tiempo, Caballero Dorado de Virgo -elevó su cosmos Oxiporo-. Puede que no sea capaz de moverme ya que has destruido mi sentido del Tacto, pero aún puedo combatir -la Suplice de Oxiporo se desprendió de su cuerpo, y se armó en la forma de una Armadura de Batalla-. Soy la Estrella de la Prisión, así que no importa a qué Prisión me envíes, yo saldré de ella, y mi Suplice es la Suplice de Automaton, las armaduras vivas de Hefestos. ¡Ataca! ¡Con las Llamas de la Forja! -la Suplice obedeció, y se lanzó en contra de Antíloco, quien al estar concentrado no logró evadir, y fue impactado y golpeado en contra de la pared de tapices, que distorsionaban su dimensión- No eres tan fuerte ahora, ¿o sí? -preguntó Oxiporo.

-¡Gusto! -los tapices se arremolinaron, y Oxiporo, quien estaba completamente inmóvil, dejó de hablar- Me he cansado de oírte, Oxiporo -sentenció Antíloco, y entonces notó que la Suplice corría en su encuentro con su puño en llamas oscuras, Antíloco necesitaba mantener su cosmos concentrado, así que cubrió con sus brazos y recibió el poderoso impacto-. Tendré… que terminar con esto rápidamente… o mi dimensión colapsará. ¡Vista! -el tercer sentido de Oxiporo fue destruido, y Antíloco flotó en su dimensión ganando algo de distancia, la Suplice lo buscaba con sus ojos vacíos, Antíloco entonces comprendió que como Oxiporo no podía verlo, la Suplice no sabía dónde atacar- Un respiro… -suspiró Antíloco, pero alertado por su oído, Oxiporo envió a la Suplice en dirección a Antíloco, quien evadió el puño en llamas de la Suplice, que entonces se convirtió en una espada, y esta se clavó en su ojo horriblemente, dejando a Antíloco cegado en su ojo derecho, la Suplice intentó ejecutarlo en el suelo, pero Antíloco giró evadiéndola- ¡Oído! -gritó Antíloco, y Oxiporo no lo escuchó más, por lo que adolorido y tomándose del ojo herido, Antíloco ganó distancia- Es hora de terminar con esto… -elevó su cosmos Antíloco, pero notó que la Suplice lo encontraba y se lanzaba nuevamente con su puño en forma de espada en su dirección. ¡Olfato! -gritó Antíloco, y evadió a duras penas el ataque de la Suplice- ¿Cómo me ha encontrado? No tiene ningún sentido… -la Suplice volvió a mantenerse inmóvil, y entonces Antíloco lo comprendió-. Me está sintiendo con su cosmos… -miró a Oxiporo, aún inmóvil-. Solo me falta destruir un sentido… el Sexto Sentido… pero si elevo mi cosmos la Suplice me encontrará… -tembló Antíloco de miedo, pero entonces se tranquilizó-. Aquiles se avergonzaría de mí… -recordó Antíloco a su amigo, y la convicción llenó su rostro-. Si quiero estar al nivel de Aquiles, tengo que sobrevivir a esto. No seré el Caballero Dorado más fuerte, pero… -comenzó a elevar su cosmos Antíloco, y la Suplice por fin lo encontró-. ¡Destruye el Sexto Sentido! -se abalanzó la Suplice en su dirección, y aunque el Sexto Sentido abandonó a Oxiporo y este no podía controlar más a la Suplice, la espada de la Suplice se clavó en el otro ojo de Antíloco, y malherido, el Caballero de Virgo cayó en sus rodillas, gritando de dolor- ¡Poseidón! -gritó a los cielos- ¡Si es que aún puede oírme, abra la puerta del Tártaros por favor! -gritó Antíloco, y aunque no podía ver más, la inmensa serpiente, Tártaros, salió de la oscuridad y pasó a su lado, se dirigió al cuerpo inerte de Oxiporo, abrió sus fauces, y lo devoró.

Entonces hubo silencio, un silencio extraño para Antíloco, un silencio que no se esperó escuchar jamás. Tras perder sus ojos, era lo único que le quedaba, y entonces escuchó a los Calidonios bajar a las prisiones y llamarlo.

-¡Amo Antíloco! -gritó uno, y Antíloco torpemente extendió su mano- Está malherido, mi señor, ¿puede abrir los ojos? -preguntó el Calidónio, y Antíloco obedeció, pero no vio nada- Por Athena… -respondió el Calidonio-. Traigan a Podalirio, se ve muy mal, pero él tal vez… -intentó decir el soldado, pero Antíloco lo interrumpió.

-No tiene importancia, soldado -explicó Antíloco-. No volveré a ver jamás… -comenzó a temblar, y los soldados de Calidon, todos colocaron sus manos en sus hombros, haciéndole saber a Antíloco que seguían allí con él, conmoviendo a Antíloco, quien lloraba lágrimas y sangre.

Norte de la Capital.

-¿Qué ha sido eso? -se sorprendió Macas, mientras miraba a la inmensa serpiente, Tártaros, volar en dirección al cielo y desaparecer de la vista de los combatientes. Teucro entonces se adelantó e impactó con su maza el rostro de Macas, derribándolo.

-Ese ha sido Tártaros -se acercó Teucro con la maza-. La bestia que solo Zeus, Poseidón y Hades controlan y que, por Poseidón, Shana, la actual encarnación de Athena, puede controlar también. ¡Y antes de que se vaya te voy a enviar con él! -atacó con su maza Teucro, pero Macas desapareció transformado en humo- ¿Cómo? -se sorprendió Teucro.

-Ya me he divertido lo suficiente -habló Macas a sus espaldas, Teucro elevó su cosmos y lo apuntó en su dirección-. No le debo lealtad a Hades, el amo Eneas es a quien sirvo. Y el amo Eneas me envió a ayudar, no a morir. Ya ayudé lo suficiente, aquí ya no hay más batalla. Pero cuando regreses a Troya, Teucro, te cazaré -finalizó, y se desvaneció en ese momento.

Torre de Cobre. Sala del Trono.

-¡Juicio de Prometeo! -enunció Anficlas, transformándose en el Ave de Fuego, que abrió su pico y tragó a Diomedes dentro del mismo, quemando todo su cuerpo y dejándolo tendido y adolorido en la Sala del Trono, no solo por la tremenda fuerza de Anficlas, sino por la herida de la espada Maleros que le hervía también- Realmente pensé que eras más fuerte -se acercó Anficlas a él, apuntándole al cuello con su lanza-. Te confieso que me encuentro decepcionada -le sonrió ella.

-Mírate bien… Anficlas… -le sonrió de regreso Diomedes, y la Suplice de Anficlas comenzó a estallar golpeada por 4 agujas más y fue lanzada a su trono, donde quedó sentada, y adolorida-. Eres fuerte, pero haces demasiados movimientos innecesarios. Y yo soy bueno analizando esos movimientos. Ya solo queda una aguja -aseguró Diomedes, apuntándola con Antares en su uña.

-¿Y qué planeas hacer con ella? -se levantó Anficlas, con todos sus sentidos intactos- ¿No entiendes que por años me he entrenado para resistir tu veneno? Podrían ser 1,000 las agujas, soy completamente inmune. Tal vez quien deba encajar las agujas sea yo -se lanzó Anficlas con su lanza, Diomedes evadió, pero Anficlas viró y le lanzó su lanza, que pasó a través de su espalda y pecho, corrió rápidamente en dirección a Diomedes, le arrancó la lanza y lanzó otras 4 estocadas, todas bien dirigidas a puntos específicos. Al final, Diomedes, malherido, retrocedió con 5 perforaciones-. Si no estuvieras tan ocupado protegiendo tu cabeza y tu corazón de mi lanza, te habrías dado cuenta de que no les estaba apuntando. ¿Qué caso tiene atacar tus puntos más vitales si son los que más proteges? -Diomedes se mostró sorprendido por la revelación, había estado cuidando su corazón y su cabeza de los ataques de lanza de Anficlas, pero ella se había dado cuenta- ¡Estoy atacando otros lugares más vulnerables! ¡Meteoros de Ethon! -lanzó sus meteoros, y estos impactaron 9 lugares más, lo que obligó a Diomedes a abrir sus ojos en señal de sorpresa- Es divertido, ¿sabes? Ya entiendo por qué te gusta tanto lanzar esas agujas, se requiere de mucha habilidad para dibujar tu constelación en puntos estratégicos del cuerpo. ¿Qué se siente ser perforado por 14 de tus 15 agujas? Ahora a los 2 nos falta solamente Antares -se burló ella, y Diomedes cayó en sus rodillas-. La diferencia es, que mientras yo soy inmune a tus agujas, tú te desangras -preparó su lanza Anficlas, elevando su cosmos alrededor de esta-. ¡Antares! -gritó mientras se lanzaba a manera de burla, pero Diomedes atrapó su lanza, elevando su cosmos alrededor de esta- Tienes demasiada fuerza… -se sorprendió Anficlas, y Diomedes tiró de su lanza con fuerza, y la impactó contra una pared.

-En cosmos, me atrevería a decir que somos casi iguales, pero en habilidades de guerra, soy muy superior a ti -preparó su mano Diomedes, y en esta comenzó a reunirse una luz escarlata-. Casi comenzando el combate… descubrí 799 formas de matarte, Anficlas, pero no te he asesinado, ¿sabes por qué? Porque aún ahora intento salvarte -insistió.

-¿Salvarme? -se levantó Anficlas del suelo, con su cosmos oscuro rodeándola- No me hagas reír… tú eres mi condena. ¿De qué quieres salvarme? -se lanzó Anficlas, y Diomedes evadió y golpeó con su puño el vientre de Anficlas, luego de un rodillazo le hirió la nariz, y de una patada la lanzó lejos- Eso fue un golpe de suerte -se quejó ella.

-¡Intento salvarte de ti misma! -le gritó Diomedes, pero Anficlas lo ignoró, se lanzó con el puño envuelto en llamas, y Diomedes la bloqueó con su mano desnuda y la lanzó lejos nuevamente. Anficlas notó entonces que Diomedes evitaba el conflicto directo, mientras en su mano derecha crecía una fuerza de cosmos inmensa- Dejaste que el odio te consumiera, buscas la muerte inclusive, pero solo tras vengarte de algo que no he hecho -insistió.

-Lo harás si te lo permito, pero no te lo voy a permitir -elevó su cosmos Anficlas, y Ethon se dibujó a sus espaldas-. ¡Meteoro de Ethon! -gritó, lanzó el poderoso meteoro, y con la mano izquierda Diomedes creó la aguja más mortífera.

-¡Antares! -la utilizó para perforar el meteoro, y Anficlas, quien se había lanzado detrás del meteoro, atacó con su lanza, pero Diomedes viró, la tomó del cuello, y la impactó en el suelo con tanta fuerza que el suelo de cobre se agujeró con el peso de Anficlas. La Espectro notó que, de no ser por la inmensa energía en la mano derecha de Diomedes, que por alguna razón no liberaba, Diomedes le hubiera encajado a Antares, pero sin esperar a ver el porqué, Anficlas pateó y guardó su distancia- No lo haré… -fue la respuesta de Diomedes-. Aún pienso salvarte. Pero para salvarte tengo que romper tu conexión con Hades y extinguir tu cosmos -señaló Diomedes, y la fuerza escarlata en su mano se completó, la cerró, y su cosmos se incineró más que nunca, sorprendiendo a Anficlas-. Esta técnica es de mi propia creación, no pertenece a ningún Caballero de Escorpio, es la fuerza a la que solo se puede acceder cuando tu vida pende de un hilo y te balanceas entre la vida y la muerte, no me estabas igualando, Anficlas, dejé a propósito que me destruyeras el cuerpo y el cosmos para acceder a esta técnica. ¡Y destruir con ella cada partícula de tu Suplice! ¡Destello Escarlata! -gritó Diomedes, lanzó un puñetazo, y 1,000 lanzas se desprendieron de su puño a tal velocidad, que para Anficlas fue imposible evadir mientras todo su cuerpo era golpeado por las lanzas, destruían su Suplice, y la dejaban tendida en un charco de su propia sangre-. Está hecho… -cayó al suelo débilmente Diomedes-. Esa fuerza… no ha sido la fuerza de mi constelación. El Caballero de Escorpio siempre elegirá el ataque controlado, rápido y mortífero… a hacer estallar su cosmos de forma desbordante como he hecho ahora… pero si es necesario… el Caballero de Escorpio puede liberar todo su poder en una explosión de cosmos destructiva, ese es el Destello Escarlata -comenzó a ponerse de pie Diomedes, y notó que Anficlas hacía lo mismo.

-Admito que para eso no estaba preparada… -confesó Anficlas, elevando su cosmos, y lanzándose con este a Diomedes, rodeando su cuello con sus manos, y estrangulándolo, azotándolo al suelo violetamente mientras lo hacía-. Puede que hayas destruido mi Suplice… pero… aún poseo mi cosmos alimentado por Hades. Y con este te partiré el cuello -Diomedes se levantó, y de un movimiento rápido la lanzó a un lado-. No me importa lo que tenga que hacer, voy a matarte… -pero entonces vio a Diomedes quitarse la Armadura Dorada, y notó la herida de la espada Maleros-. ¿Qué estás haciendo? -preguntó contrariada.

-Ya estamos en igualdad de condiciones -se acercó Diomedes con Antares lista-. De cualquier forma, Eneas dijo que la Armadura Dorada es solo una condecoración. Anda y ven por mí -clavó su lanza en el suelo-. ¡Solo dependeremos de nuestros cosmos! ¡Y cuando esto termine habré roto tu conexión con Hades! ¡Antares! -gritó Diomedes.

-¡Juicio de Prometeo! -se defendió Anficlas transformada en el Águila de Fuego, pero Diomedes logró evadirla y clavarle a Antares, lo que le causó un terrible dolor- Recuerdo este dolor… -se estremeció Anficlas-. Fue la primera vez que sentí a Antares… pero… yo soy inmune a su veneno -sentenció.

-Antares no destruye tu cuerpo con su veneno, destruye el cosmos -le explicó Diomedes, y Anficlas sintió su cosmos estallar y comenzó a vomitar sangre-. Además, no la clavé en el corazón de la constelación, la clavé en tu hombro -le explicó, y Anficlas notó la doble perforación en su hombro-. Lo que voy a hacerte, jamás se lo había hecho a ningún oponente, simplemente porque nadie es inmune a las Agujas Escarlata, a su veneno, pero tú te entrenaste para resistirlo, entonces no debo destruir tu cuerpo, debo destruir tu cosmos, y solo puedo hacerlo con una aguja. ¡Que te asestaré 15 veces! ¡Antares! -gritó nuevamente, atravesando el otro hombro de Anficlas- ¿Sientes cómo se destruye tu cosmos? ¡Estoy atacándolo directamente! ¡Antares! -perforó ahora su pierna, y aunque Anficlas intentaba elevar su cosmos, este no le respondía- No te desmayes todavía… aún faltan 12 más. ¡Antares! -volvió a gritar, y el dolor de Anficlas se intensificó.

Corazón de la Torre de Cobre.

-Así que este es Talos… -admiró Esténelo al gigante dormido, con el pecho abierto, donde un corazón de cobre latía rodeado de cosmos-. Si este gigante muere, entonces todos los títeres de Cíniras mueren con él, ¿verdad? -preguntó.

-Así es… -le respondió Lodis, entristecida-. Mi padre creó miles de Estatuas de Cobre, y a todas les dio una parte del cosmos de Talos. En teoría todas las Estatuas de Cobre son Talos, pero en teoría también, cada Estatua de Cobre tenía un corazón propio. Talos es algo así como el Dios de las Estatuas de Cobre, y si el dios cae, todas mueren -aseguró.

-Aun así, estamos en guerra… -elevó su cosmos Esténelo, reuniéndolo en su puño-. Diomedes respeta la vida que tienen estas Estatuas de Cobre, lo sé porque siempre he cuidado de Diomedes, y aun que Odiseo sea su hermano juramentado, para mí Diomedes es mi mejor amigo, por lo que lo sacrificaré todo, por proteger los reinos de mi mejor amigo. Háganse a un lado -ordenó Esténelo, y las mujeres que lo acompañaban obedecieron, mientras el de Argos preparaba su puño, y con este atacaba el corazón de Talos- ¡La Furia de Typhon! -gritó, y perforó el corazón de cobre de Talos con su puño. La Torre de Cobre se estremeció, y Talos comenzó a caerse a pedazos, igual lo hicieron todas las Estatuas de Cobre alrededor de la ciudad, inclusive la Torre de Cobre misma comenzaba a derrumbarse- ¡Hay que salir de aquí! -corrió Esténelo, y las chicas lo siguieron aterradas.

Torre de Cobre. Sala del Trono.

-La torre se cae a pedazos… -habló Anficlas con debilidad, perforada por 14 Antares, y con Diomedes sujetándola del cuello de su túnica, apuntando con la aguja al cielo mientras la Torre de Cobre se desmoronaba alrededor de ambos-. Mátame… -suplicó Anficlas-. ¡Mátame y termina con esto! -gritó ella.

-No voy a matarte aún… -sentenció Diomedes mientras preparaba su última aguja-. Si te mato mientras poseas el cosmos de un Espectro, renacerás como un ser de alma marchita, con tu alma destrozándose en cada encarnación… no, Anficlas. Primero te destruiré el cosmos. ¡Antares! -atacó Diomedes, y su aguja destrozó el cosmos de Anficlas, que se extinguió en su totalidad- He destruido tu conexión con Hades. Ahora puedes morir tranquila, tu alma llegará al otro mundo a ser juzgada, pero no se consumirá ni reencarnarás en sus ejércitos -la dejó en el suelo Diomedes, y entonces se dirigió a su Armadura Dorada, colocándosela-. Es mi victoria… -finalizó Diomedes, y terminó de ponerse su Armadura antes de ponerse el casco.

-Sí… lo es… -mencionó Anficlas mientras la Torre de Cobre se hacía pedazos a su alrededor-. Ahora solo falta que se cumpla la última parte de la profecía, pero… no te daré ese placer… -el piso alrededor de Anficlas se desmoronó, y Diomedes intentó ir a su encuentro, pero una columna de cobre le cortó el camino, mientras Anfliclas se ponía de pie, veía al vacío, y este comenzaba a llamarla-. Nunca fui merecedora de felicidad alguna, ¿verdad? Nací para sufrir… todo por ser una hija bastarda… todos me lo dijeron antes… sería mejor que no hubiera nacido… no puedo negar mi nacimiento, pero… puedo negar mi vida… -y Anficlas se dejó caer.

-¡Anficlas! -gritó Diomedes perturbado, y sin pensarlo se lanzó tras de ellas- ¡Maldición! ¡Morir es la salida del cobarde! -llegó hasta ella y la abrazó con fuerza, golpeando con su cuerpo las paredes, las columnas, los pisos, pero protegiendo a Anficlas con su cuerpo y su cosmos mientras recibía todos los impactos. Al final, cuando cayeron hasta el fondo, y los escombros a su alrededor los encerraron en una cúpula de cobre, Anficlas estaba malherida, pero seguía con vida, mientras Diomedes se desangraba- Yo no fui un bastardo… yo amaba a mi padre… lo amaba tanto… que cuando me lo arrebataron marche a Tebas la de las 7 Puertas… y asesiné a hombres, mujeres, ancianos y niños por igual… yo también he sentido… lo que es dejarse llevar por la venganza, y solo puedes hacer cosas horribles al dejarte dominar por ella… -lloró Diomedes, y Anficlas lo miró con curiosidad-. Lo peor de todo… es que aunque lo amara tanto, terminé por enterarme de que había cometido un acto imperdonable… le había partido el cráneo a quien lo había herido de muerte, y se había comido sus sesos… el hombre al que más admiraba, la persona a la que más amaba, por la que asesiné despiadadamente y sin corazón… era un monstruo… -se incorporó Diomedes, y Anficlas se incorporó frente a él, y entonces pasó algo que ella no se esperaba, Diomedes la había abrazado, y le frotaba la cabeza con fuerza-. ¿Cómo podría permitir después de eso… que otra persona cometiera los mismos actos terribles que yo? ¿Cómo podría dejar a alguien más entregarse a la venganza hasta el nivel de convertirse en un monstruo sin corazón? Juro que te entregaría mi vida, si eso te ayudara a liberarte de ese odio, pero no solo amo mi propia vida, sino que eso no te llenaría. La venganza es un bienestar temporal… pero cuando ese bienestar ha pasado y te vez al espejo, encuentras al verdadero monstruo… y ese monstruo eres tú mismo… perdóname, Anficlas… perdóname por ser la persona que te ha causado tanto odio… -lloró Diomedes, y Anficlas comenzó a llorar también.

-Toda mi vida… no he hecho más que odiarte… -lo abrazó ella, con todas sus fuerzas-. Y he hecho cosas horribles solo por mi venganza… ahora lo entiendo… -continuó llorando ella, aún más fuerte que antes-. No quiero morir… -Diomedes asintió, la abrazó con más fuerza-. Quiero vivir, quiero ser feliz, no quiero morir. ¿Cómo podría después de vivir tantos años llena de odio? -se preguntó ella, y entonces escuchó que movían el cobre acumulado alrededor del lugar en que habían caído.

-¡Diomedes! -gritó Euríalo de Unicornio, y al verlo, Anficlas recordó la profecía, mientras el de Unicornio usaba todas sus fuerzas para mover los escombros, abrir el paso, y permitir a los soldados Argivos entrar y dirigirse a su rey- ¿Estás bien? ¿Quién es ella? -preguntó.

-El Unicornio… -habló Anficlas con desprecio-. Todo comienza a tomar sentido… he estado odiando a la persona equivocada… soy patética -enfureció ella, y entonces fue rodeada por la capa escarlata de Diomedes, quien se había secado las lágrimas rápidamente, para mostrarse valeroso ante sus hombres.

-Su nombre es Anficlas… -se dirigió a Euríalo-. Verás que la bañen, verás que atiendan a sus heridas, y nadie ha de tocarla. Después la llevarás a mi camarote, donde veré qué hacer con ella -sentenció Diomedes con autoridad, y Euríalo asintió. Entonces Diomedes se dirigió a sus hombres-. ¡Hemos conquistado Chipre! -alzó su lanza, y su pueblo gritó y clamó su nombre- Busquen alimento, el cobre es pesado y abarca mucho espacio, llenen los barcos de alimento y solo si queda lugar suban cobre y otros tesoros. Regresamos a Troya a primera hora de la mañana -sentenció, y los hombres comenzaron a trabajar.

-Venga señorita, por favor no se resista -intentó tomarla de la mano Euríalo, pero Anficlas le golpeó la mano lejos de sí y se paró ella misma-. Qué carácter. Seguramente no sabe en la situación en la que se encuentra, ahora es la esclava de mi señor Diomedes, más le vale cooperar, es su derecho de guerra -aseguró.

-Comprendo perfectamente mi posición, Unicornio… -miró Anficlas en dirección al cinturón de Euríalo, encontrando allí una botella que brillaba con la intensidad de un cosmos rosado-. Las lágrimas que vio Heleno en su visión -se susurró a sí misma Anficlas, y entonces recordó a Casandra-. Ella dijo que era inevitable. Ella siempre dijo que no importara lo que hiciera no tendría caso, incluso ahora, si intentara romper ese frasco, ya no poseo un cosmos, es imposible, tan solo soy una humana común y corriente, destinada a ser la esclava de Diomedes… pero… algo que no me había puesto a pensar es, ¿qué pasará después? -se preguntó ella.

-No sé qué balbucea, señorita, pero tengo mis órdenes, y si no quiere que usemos métodos más agresivos con usted, le sugiero cooperar -continuó ordenando Euríalo, y Anficlas se fastidió, pero obedeció y siguió a los Argivos a los navíos.

Flota de Argos, Barco de Diomedes.

-Lo siento mucho, Antíloco… -exclamó Podalirio, quien atendía a Antíloco en un camarote médico, donde se encontraban muchos otros Argivos malheridos. Su pie ya estaba limpio y vendado, igual que su hombro, y una venda más se extendía alrededor de los ojos de Antíloco-. Tus parpados están intactos, pero tus ojos estaban en tan mal estado, que lo único que pude hacer fue suturarlos para evitar una hemorragia que hiciera peligrar tu vida. Debes estar bajo mucho dolor, por más leche de amapola que te di no parabas de gritar -se preocupó Podalirio por él, pero Antíloco logró sonreírle.

-No podía evitarse -confesó, y entonces escuchó que abrían su camarote-. ¿Debo hacer reverencia? -susurró Antíloco, tomando las cosas con demasiada calma pese a la horrible herida. Podalirio se mostró conmovido, pero no dijo nada, tan solo se hizo a un lado y permitió que Orsedice, la mujer a la que Antíloco había salvado en Chipre, entrara en el camarote- ¿Ese silencio me preocupa? -agregó Antíloco.

-El Rey Diomedes me ha entregado a ti, Antíloco de Virgo, Príncipe de Pilos, como esclava por tu valor en Chipre -le comentó Orsedice, sobresaltando a Antíloco-. En realidad, lo pedí yo misma. El reino de mi padre ha quedado destruido, ya no queda nada, y realmente no tenía nada para empezar, solo mi negocio que gracias a las Estatuas de Cobre no existe más. Pero tú salvaste mi vida asesinando a mi hermano maldito, por ello te estoy agradecida -se agachó ella y le tomó las manos-. Seré tus ojos, ahora que los tuyos se han apagado -insistió ella, ayudándolo a levantarse.

-Nadie me había agradecido antes por asesinar a su hermano, que detalle -se burló Antíloco, pero Orsedice ignoró su burla-. Ahora que sé que no entiendes el sarcasmo, me temo que te estoy rechazando como mi esclava, no necesito -se viró para encararla, y terminó derribando un frasco con medicina que usaba otro de los médicos-. Lo siento -retrocedió, y pisó el pie de Orsedice, quien se quejó y se sobó el pie- ¡Lo siento! -retrocedió nuevamente, y tras tropezar, cayó sobre uno de los pacientes en el suelo detrás de él- ¡Lo siento! -se horrorizó.

-¡No es opcional! -se molestó Orsedice, y levantó a Antíloco a la fuerza y comenzó a guiarlo en dirección a su habitación- Estás ciego, vete haciendo a la idea, idiota -se fastidió Orsedice.

-Soy un Caballero Dorado -se tomó de lo primero que encontró Antíloco, frenándose y resistiendo los empujes de Orsedice-. Llegará el momento en que me acostumbre y pueda volver a moverme con normalidad -insistió.

-Pero mientras lo haces, me tomas del brazo como un rarito -exclamó alguien, y Antíloco reconoció la voz de Teucro, quien se encontraba a punto de entrar en su habitación-. Lamento tu pérdida de la vista, Antíloco, y sé que eres un Caballero Dorado, pero… hasta que te acostumbres, es lo mejor -abrió la puerta de su habitación Teucro, sorprendiéndose de lo que encontró-. ¿Qué haces en mi cama? ¿Por qué estás desnuda? -se preguntó Teucro al ver a alguien en su cama.

-¿Qué todos los Caballeros Dorados son vírgenes? -se fastidió Orsedice- Ella es mi exempleada, Enue, y el Rey Diomedes se la ha entregado como esclava. Dale el servicio premier, Enue -empujó Orsedice a Teucro dentro de su habitación, y el de Sagitario se quejó, pero Orsedice cerró la puerta tras de sí, y lo que Antíloco escuchó pasar del otro lado de la puerta, lo perturbó.

-¿Empleada? ¡Eres una…! -intentó decir, pero por respeto replanteó sus ideas- Sacerdotisa… de Afrodita… -se apenó Antíloco, y Orsedice se apresuró a meterlo en su habitación-. Espera, espera -se sobresaltó Antíloco-. ¿Qué vas a hacerme? -preguntó.

-Definitivamente eres virgen -acusó Orsedice, y Antíloco se estremeció-. Soy tu esclava, puedes pedirme lo que sea que desees, es tu derecho de guerra. Pero pese a que es tu derecho, voy muy enserio. Arriesgaste tu vida por nosotras, salvaste a mis hermanas, confiaste en mí. Eres lo único que me queda además de mis hermanas, y me necesitas como tus ojos ahora que eres ciego -aseguró ella.

-Admito… que me tomará algo de tiempo acostumbrarme a esto -confesó Antíloco, colocando sus manos frente a sus vendajes sin poder verlas-. Toda una vida disfrutando de mi vista, y ahora ni siquiera puedo imaginar lo que está a mi alrededor -se preocupó él.

-A mí me viste antes de perder la vista, al menos sabes que soy muy bonita, atesora esa imagen en tu memoria -aseguró Orsedice, y entonces Antíloco escuchó que algo caía al suelo-. Por cierto, estoy desnuda, pero eso no te molesta, ¿verdad? No puedes verme -Antíloco se ruborizó en ese momento-. Oh, alguien tiene muy buena imaginación -lo empujó Orsedice a la cama, y quisiera o no Antíloco, hoy Orsedice iba a graduarlo.

Camarote de Diomedes.

-Parece que Antíloco y Teucro se están divirtiendo, que envidia me dan -comentó Euríalo mientras entraba con Anficlas con sus muñecas rodeadas de grilletes, y con una entristecida Lodis siguiéndolos de cerca. La furiosa esclava entonces lo miró de manera fulminante-. Oye, no me mires así. Yo te advertí, y casi me arrancas la oreja de una mordida, no tuve opción -comentó Euríalo, encadenando a Anficlas a un poste en medio del camarote.

-Yo te advertí que no tocaras a mi esposa. Vuelve a tocarla y te arranco la oreja -sentenció Anficlas de forma amenazante, Euríalo no comprendió lo que pasaba, pero miró a Lodis, luego a Anficlas, luego a Lodis nuevamente, y entonces gritó sorprendido.

-¿Cómo que esposa? -preguntó Diomedes, quien llegaba con Esténelo y las otras 2 esclavas, Laoogore y Bresia, y Anficlas tan solo le sonrió con malicia- Sabes qué, no quiero saberlo. Euríalo, te niego a tu esclava, la llevarás a una habitación aparte y verás que nadie la profane de forma alguna. ¿Has entendido? –ordenó el Escorpio.

-¿Quién es el favorito ahora, niño bonito? -se burló Anficlas, y Euríalo miró a Anficlas con desprecio, Diomedes tan solo suspiró en señal de descontento- ¿Qué? De verdad es mi esposa -le comentó Anficlas.

-Eso lo hace bastante preocupante -reconoció Diomedes-. Toma a Laogore como reemplazo, pero trátala bien, ellas nos ayudaron en esta guerra y merecen riquezas por ello. Esténelo, puedes tomar a Bresia, yo necesito hablar con Anficlas, a solas -comentó, y todos salieron del camarote, mientras Diomedes miraba a Anficlas encadenada a la columna en medio de su camarote-. De verdad lamento mucho todo esto, pero si el rey no da botines de guerra, bueno… podría haber complicaciones entre los hombres, en especial en guerras tan largas -explicó, y Anficlas se sentó a como pudo.

-¿Entonces soy un botín de guerra? -preguntó Anficlas, y Diomedes se preocupó- No creas que no he escuchado las historias del Galán Escarlata. Hablaban de ti en todos los prostíbulos de Hélade, e incluso las historias llegaron a Anatolia. De verdad vas a hacerlo, ¿verdad? ¿Ya bebiste? -se molestó olisqueándolo.

-No he bebido, y no cambies el tema -la apuntó Diomedes, y Anficlas lo miró con desprecio-. Bien, admito que la idea pasó por mi mente -Anficlas desvió la mirada, algo apenada-. No lo entenderías… pero, en fin, es solo una idea que no va a concretarse. Shana no lo permitiría, además estoy casado -aseguró.

-¿Cuándo eso ha detenido a un hombre? -se fastidió Anficlas aún más, y Diomedes suspiró, contrariado- Lo que pasó en la Torre de Cobre… me hizo reflexionar muchas cosas… -admitió Anficlas, y Diomedes la miró con curiosidad-. No creo que seas la persona malvada que viví pensando que eras, pero no te alegres todavía, eso no significa que aprecie lo que haces. Destruiste mi reino, y me estás esclavizando -le recordó apuntando a los grilletes en sus manos encadenadas a la columna de madera.

-Casi le arrancas la oreja a Euríalo de una mordida, tú te lo buscaste -le recordó Diomedes, y Anficlas volvió a desviar la mirada-. Además, ya no necesitas hacer voz de hombre -le recordó, y Anficlas se apenó-. Como sea… -suspiró Diomedes nuevamente-. Quiero ofrecerte un lugar en mi corte. Eres una guerrera formidable, sé que destruí tu cosmos, pero reconozco el genio táctico cuando lo veo. Además, puedes volver a obtener un cosmos si… -intentó decir.

-¿Si le juro lealtad a tu queridísima Diosa Athena? Paso… -se fastidió Anficlas, y Diomedes comenzó a contar para ganar paciencia-. No le debo lealtad a Troya si es lo que te preocupa. Héctor solo me usó como un arma, jamás me demostró amor, y nadie en esa ciudad de pecado me interesa, por mí que ardan. Pero no tengo razones para unirme a los Aqueos, no me interesan las riquezas, ni quiero tener nada que ver contigo, así que has lo que tengas que hacer, termina con esto, y déjame intentar seguir con mi vida -enfureció.

-¡Que no te voy a tocar dije! -se quejó Diomedes, y Anficlas le escupió al rostro- Eres demasiado maleducada. Y tientas a mi paciencia. ¡Estoy intentando ser gentil contigo! -prosiguió Diomedes mientras se limpiaba el escupitajo con su capa.

-Oh, vaya, que gentileza con mis manos encadenadas a este poste -se quejó Anficlas, y Diomedes hizo una mueca-. ¿A qué le temes? Destruiste mi cosmos, o gran y todo poderoso Diomedes, el gran héroe de la Batalla de los Epígonos, Rey de Argos, de Tebas y de Calidón, conquistador de Dárdanos y de Chipre, ¿asustado de que una esclava le clave un cuchillo mientras duerme? -se burló ella con malicia.

-Lo estás disfrutando, ¿verdad? -se fastidió Diomedes- Esconderé la platería por si acaso -comenzó a levantar todos los objetos cortantes de los alrededores de su habitación, y entonces los guardó todos en un cofre- Voy enserio con lo de la oferta de ser alguien de mi corte -aseguró.

-Y yo aún más con decirte que esta noche, te forzarás sobre mí, así lo han querido los dioses -aseguró Anficlas, pero Diomedes lo negó rotundamente-. Acéptalo, Diomedes, nadie puede luchar contra su destino. Yo ya estoy resignada, al menos ten la decencia de aceptar las consecuencias. No puedo odiarte… pero tampoco puedo amarte… -aseguró.

-Nadie te está pidiendo amor, estoy casado, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Te quiero en mi consejo, no como concubina -aseguró Diomedes, y entonces escuchó que alguien se aclaraba la garganta en la entrada del camarote.

-¿Interrumpimos? -preguntó Esténelo, y Diomedes hizo una mueca, mientras veía a Esténelo y a Euríalo en la entrada de su camarote- Adivina quien encontró la vinatería de Chipre -se alegró Esténelo.

-Bien, me hace falta un buen vino -se sentó Diomedes en la mesa, y sus amigos se reunieron con él y comenzaron a beber-. ¿Gustas? -ofreció Diomedes, y Anficlas viró el rostro con desprecio- No debiste encadenarla, eso fue grosero -reprendió Diomedes a Euríalo.

-Pero casi me arranca la oreja -se quejó Euríalo-. Mira la cicatriz, Podalirio hasta me dio puntadas -explicó Euríalo apuntándose a la oreja vendada.

-Hay, pobre bebé. A Antíloco le perforaron los ojos, Diomedes tiene la constelación de Escorpio dibujada en todo el cuerpo, y a mí me atraviesa la esclava de Diomedes con una lanza muy cerca del corazón, pero tú tienes una oreja lastimada, alerta todos, Euríalo podría morir en cualquier momento por sus heridas fatales -se burló Esténelo, y Euríalo comenzó a discutir con él-. ¿Aceptó la posición militar? -preguntó Esténelo, y Anficlas miró en dirección al trio que bebía, sorprendida de que lo que Diomedes decía era verdad.

-No. Se negó rotundamente -contestó Diomedes, y entonces miró a Euríalo-. ¡Tú tienes la culpa por encadenarla! ¡De por sí ya me odia! ¿En qué estabas pensando? -se fastidió Diomedes, y Euríalo se defendió.

-Bueno, ya, la libero, la libero -sacó la llave Euríalo, y se acercó a los grilletes de Anficlas, quien lo atacó con sus piernas apresándolo por la cintura, forzándolo a acercarse e intentó morderle la oreja-. Esta es pariente de Oxiporo -se sobresaltó Euríalo, liberándose y regresando a la mesa, pero dejando la llave en la esquina, Anficlas la miró, pero estaba demasiado lejos para tomarla incluso si estiraba la pierna lo más que podía para intentar agarrarla entre los dedos de sus pies, lo que calculó mentalmente para no levantar sospechas.

-Más tarde que se calme la liberamos -continuó Esténelo, bebiendo como si no hubiera un mañana, y Anficlas los observó beber, por varias horas, y mientras más tiempo pasaba más molesta se ponía por la diversidad de conversaciones molestas que ya le ruborizaban el rostro y le hacían temblar la ceja-. No, ya enserio, Diomedes, ¿cuántas? Palamedes lleva la contabilidad de las suyas, creo que dijo unas 30, seguro tú has estado con más mujeres en más burdeles mientras viajabas con Odiseo por toda Hélade buscando a Aquiles -aseguró el ebrio de Esténelo.

-Me están haciendo ver como un depravado, par de imbéciles -habló medio ebrio Diomedes, y tanto el de Argos como el de Unicornio se echaron a reír-. No llevo mi contabilidad, ni que fuera Acamante. Pero si la memoria no me falla, casi el doble -se apenó.

-Hombres… -se fastidió Anficlas, y el trio de ebrios le dirigió la atención, después de todo, había sido lo primero que había dicho en bastante tiempo-. ¿Qué me miran, briagos? -los amenazó Anficlas, y Euríalo se fastidió.

-Ya me está cansando tu actitud. Tal vez lo que te falta es un hombre que te enseñe… -comenzó a abrirse el cinturón Euríalo, horrorizando a Anficlas, pero Diomedes se levantó, lo tomó de la cabeza, y lo azotó contra la mesa-. Mi rey… -se desplomó Euríalo malherido, y Esténelo se burló con una sonora carcajada.

-Nunca estaré lo suficientemente ebrio para permitirte que la irrespetes, Euríalo -se molestó Diomedes, y el adolorido de Euríalo se frotó la enrojecida nariz. Anficlas por su parte, se sintió conmovida, e inclusive se rio a carcajadas tras ver la nariz ensangrentada de Euríalo-. ¡Eso es lo que me gusta escuchar! ¡Una risa melodiosa! ¡Hermosa! ¿Por qué no puedes reír así más seguido? Te ves más bonita con una sonrisa -aseguró.

-Dale otro y me reiré más -le sonrió Anficlas, y Diomedes viró a ver a Euríalo con malicia, quien se defendió, pero fue tomado de la cabeza por Diomedes, quien le azotó la cara nuevamente-. Por Dionisio, de verdad lo hizo, estás demasiado ebrio, Diomedes -aseguró Anficlas-. Casi pensaría que me estás cortejando -sonrió ella.

-No puedo, estoy casado -agregó con una copa de vino en su mano, y Anficlas suspiró, aliviada-. ¿Ya no me odias? -preguntó pasando a la etapa del ebrio sentimental.

-Ya no sé qué siento y qué no siento. Pero como briago no eres tan malo -aseguró ella, y miró a Euríalo con desprecio-. Me pregunto, si te ofreciera un beso a cambio de que le atravieses la garganta a Unicornio con una espada, ¿lo harías? -preguntó.

-¿Lanza cuenta? -sacó su lanza Diomedes, y esta vez Esténelo escupió su bebida, se puso de pie, y detuvo a Diomedes mientras el rey ebrio intentaba clavarle la lanza a Euríalo- No te muevas que no sé cuál de todos eres tú -se molestó Diomedes.

-¡Mi rey! ¡Mi rey! ¡Reaccione! -lo detuvo Esténelo, y Diomedes se tomó la cabeza sumamente adolorido- Eso ha sido peligroso, ya vámonos mejor a dormir, Euríalo. Esa mujer es tan peligrosa con o sin grilletes -aseguró Esténelo.

-Pues yo estoy muy molesto -la miró desafiante Euríalo, y entonces tomó el frasco rosado en su cinturón-. Mi rey, sé que está demasiado ebrio ya, pero estaba reservando este vino para esta ocasión especial. Es de la vinatería de su padre, Tideo -le aseguró, y Anficlas lo miró con odio, sabiendo lo que significaba ese frasco.

-No, creo que mejor paso… -se quejó Diomedes, pero Euríalo tomó una copa dorada y vertió el líquido en la misma, entregándosela a Diomedes-. Euríalo, ya estoy muy ebrio. Dásela a Esténelo -insistió Diomedes.

-Yo aún puedo con otra copa -se apresuró a tomarla Esténelo, pero Euríalo la quitó de su camino-. ¿Qué? Yo tengo más aguante que Diomedes -insistió el de Argos, pero el de Unicornio retrocedió con la bebida alejándose de él.

-No puedes… este es un regalo de Egialea, por su aniversario con mi rey -inventó Euríalo, llamando la atención de Diomedes, y preocupando a Anficlas-. Mi señora me envió con este vino solo para usted, mi señor, me pidió no dárselo hasta su aniversario -insistió.

-¿Era hoy? -se quejó Diomedes- Oh, mi bella Egialea, ¿cuánto me haces falta? -Euríalo entonces colocó la copa en manos de Diomedes- Pero… Egialea odia el vino, seguramente tiene mal gusto -aseguró mientras veía el líquido extraño.

-¡No lo bebas! -pidió Anficlas, y Diomedes la miró con curiosidad- Me… me uniré a la corte de Argos… incluso le juraré lealtad a Athena… -Diomedes abrió los ojos de par en par, sorprendido-. Pero por favor no bebas eso… es la condición -le pidió, y Euríalo enfureció.

-¡Hasta el fondo! -tomó la copa, y forzó a Diomedes a beber. Anficlas se horrorizó, sabiendo lo que eso significaba, y Diomedes entonces se quitó a Euríalo de encima, lanzándolo al otro lado de la mesa mientras el Rey de Argos tocía.

-¡Me estás asfixiando! -se quejó Diomedes, limpiándose la lengua con su capa- Qué asco, Egialea tiene un pésimo gusto en vinos -se fastidió Diomedes, y Euríalo colocó la copa tranquilamente en la mesa-. ¿Qué Espectros te pasa? -preguntó Diomedes.

-Nada, nada, ya nos vamos -agregó Euríalo, y entonces tomó a Esténelo del brazo, quien en esos momentos olfateaba la copa preguntándose qué clase de vino era, e intentó probarlo, pero Euríalo lo sacó a la fuerza de la habitación-. Buenas noches, mi señor -salió de la habitación, y entonces la cerró desde afuera atracándola con la viga de seguridad.

-¿Qué haces? Así Diomedes no puede salir -aseguró Esténelo, intentando abrir la puerta para su rey, pero Euríalo se lo impidió-. Estás actuando muy extraño. ¿Qué te ocurre? -preguntó el Caballero de Plata de Argos.

-Sabes que estas vigas de madera están para encerrar a los borrachos. No quieres que el Rey Diomedes salga así de ebrio y comience a cortar cabezas porque esa tal Anficlas se lo recomendó, ¿o sí? -le preguntó, y Esténelo se frotó la barbilla- En la mañana venimos a liberarlo -Euríalo entonces se retiró, con parte de él sintiéndose como un traidor-. Lo que hago lo hago por Argos… -se convenció a sí mismo, y se retiró.

-Diomedes… -comenzó Anficlas, contrariada, asustada-. Te ves cansado, deberías dormir, irte directo a la cama, sí… eso es lo que tienes que hacer… -se preocupó Anficlas. Mientras antes había admitido su destino, ahora que este estaba tan cerca la verdad es que comenzaba a aterrarla. Diomedes por su parte, se frotaba la cabeza mientras permanecía sentado frente a la mesa donde habían estado bebiendo, intentando acomodar sus ideas.

-¿Por qué tengo tanto calor? -se preguntó, y comenzó a quitarse la Armadura, hasta estar solamente cubierto en los vendajes de su pecho- ¡Hace demasiado calor! -gritó nuevamente, e intentó salir de la habitación, pero la puerta estaba cerrada, y por su ebriedad no podía elevar su cosmos para abrirla a la fuerza- Qué raro… está cerrado… -golpeó la puerta con su frente, preocupando a Anficlas.

-Deberías dormir… fue un día muy difícil para ti… -agregó Anficlas con preocupación, y cuando Diomedes volteó a verla, ella se horrorizó-. Pensé que ya estaba preparada para esto, pero… tía Casandra… estoy aterrada -intentó romper las cadenas Anficlas, pero sin cosmos, le era imposible.

-¿Por qué te retuerces así? ¿Tienes calor? -se acercó Diomedes a Anficlas, quien intentó mantenerlo a raya con una pierna, pero para infortunio de ella, el contacto de su pie descalzo con el abdomen desnudo de Diomedes, tuvo el efecto contrario al esperado- Tienes una piel muy suave, ¿lo sabías? -comenzó a frotarle la pierna a Anficlas, y aunque ella se defendió, Diomedes subió la mano hasta un punto que hizo a Anficlas llorar- No puedo… no puedo… no puedo… -comenzó Diomedes, temblando de miedo, resistiéndose, y Anficlas notó que hacía todo lo que podía por detenerse-. Perdóname… -se disculpó con ojos llorosos, y entonces le desgarró la ropa, la tomó de ambas piernas, y se forzó en su contra como había dicho la profecía, y Anficlas lloró, mientras Diomedes la tomaba a la fuerza por culpa del afrodisiaco que Euríalo le había dado.

Hélade, Argos. Palacio de Argos. Aposentos del Rey de Argos.

-¿Eh? -Egialea, la esposa y prima de Diomedes, despertó aquella noche, sintiendo un profundo dolor en su pecho, en su corazón. Un dolor como no había sentido antes, como si supiera que algo estaba pasando a lo lejos, muy lejos, algo que no le era de agrado- ¿Diomedes? -se preguntó ella, salió a la ventana de su habitación, y miró en dirección a Anatolia, al otro lado del mar, sabiendo que algo no estaba bien.

Anatolia, Flota de Argos. Camarote de Diomedes.

-Egialea… -pareció responderle Diomedes, pero quien estaba frente a él, en su cama, desprovista de los grilletes que en su lujuria Diomedes había abierto con la llave en la mesa para llevar a Anficlas a donde pudiera tomarla más placenteramente, no era su esposa, sino su esclava desnuda con quien Diomedes estaba unido por donde le cubrían las sábanas a ambos. En ese momento, Diomedes despertó de su trance, pero era demasiado tarde, se había forzado a Anficlas, quien lloraba en la cama, y le daba la espalda tras separarse de él-. Anficlas… yo… -comenzó Diomedes, preocupado.

-No quiero escucharlo… -se cubrió con las sábanas, como si estas fueran una fortaleza que la protegerían de Diomedes-. Te lo dije… no se puede evadir el designio de los dioses… te dije que sin importar qué, esta noche tú… -lloró Anficlas, hundiendo su rostro en la almohada de plumas de ganso, llorando sobre esta.

-Anficlas… -se conmocionó Diomedes de lo que había hecho, pero una preocupación aún más grande lo invadió-. Sé que en estos momentos estás perturbada… pero tengo una pregunta que hacerte… y necesito que me respondas con la verdad… -le pidió Diomedes, y aunque Anficlas no quería verlo, escuchó con atención- ¿Dónde naciste? ¿Fue en Hélade? ¿En Anatolia? -Anficlas se armó de valor, y miró a Diomedes con desprecio, y con sus ojos ahogados en lágrimas- Yo… estoy maldito… un profeta de Tebas tras la conquista durante la batalla de la Venganza de los Epígonos, me envió una maldición y me dijo que sin importar cuantas mujeres de Hélade compartieran conmigo la cama, ninguna podría darme un hijo… pero tú no eres de Hélade, ¿o sí? -Anficlas palideció, y entonces se tomó del vientre-. Anficlas, tú… -se preocupó Diomedes, y Anficlas permaneció en silencio, pero bajó su cabeza-. ¿Qué pasa si quedas…? -preguntó.

-Nacería de mi un bastardo… -enfureció ella, y miró a Diomedes con descontento-. Un ser igual a mí… odiado… negado por los demás… alguien que estaría mejor sin haber nacido. Un ser de odio inquebrantable… -le respondió ella.

-No voy a permitirlo… -fue la respuesta de Diomedes, quien se acercó a Anficlas en ese momento, y pese a que la mujer no quería verlo, le dirigió la mirada-. Las condiciones de la vida, o los designios de los dioses, inclusive los hilares de las pléyades, prepararon este momento. No es lo que yo quería, no es lo que tú querías… pero no hay forma en que yo permita que eso suceda… -y Anficlas miró a Diomedes con curiosidad-. Si en verdad de esta unión que ninguno de nosotros buscaba, he plantado la semilla de una nueva vida. No nacerá de ti un hijo bastardo… nacerá un hijo legítimo… -le aseguró Diomedes, ofreciendo su mano a Anficlas-. Porque si en verdad te has embarazado, no serás mi esclava, sino que serás mi concubina, y legítimamente reconoceré a ese niño como mío. En el nombre de Athena yo lo juro -en ese momento, Anficlas sintió el cosmos nuevamente, pero este cosmos no era suyo, pertenecía a una Espectro, la Estrella Terrestre de la Mentira, quien se dibujaba detrás de Diomedes con una pluma blanca en su mano.

-Cambia de plumaje -le mencionó Casandra, y Anficlas la miró fijamente-. Cambia de plumaje… y te prometo la felicidad… tienes que creerme… -se desvaneció la imagen de Casandra, y cuando Diomedes se dio la vuelta, Anficlas le tomó la mano.

-Si no estoy embarazada… -comenzó ella aún con sus ojos llorosos, pero anclándose por primera vez en mucho tiempo a la esperanza, confiando en Casandra, quien pese a todo le había demostrado empatía por su situación, por lo que Anficlas tiró de Diomedes, lo derribó en la cama, y se colocó sobre él forzándolo a verla-. En estos momentos voy a asegurarme de estarlo -lo besó, y en su mente las plumas negras de Ethon, se convirtieron en plumas blancas, llenas de esperanza.


¿Querían Lemon? Pues no. Pero conociendo a las Escorpionas pervertidas que leen mis historias, más que seguramente a una de ustedes se le ocurre escribir el lemon. Ya sé que mi historia no es necesariamente clasificación E pero, hasta yo tengo mis límites. "Alguien quiere por favor pensar en los niños". Por cierto, si alguien quiere funarme por las edades, son las edades del mito, a Anficlas la violaron recién tuvo su primera luna de sangre, así que por más que quiera alargar la edad de Anficlas, no puedo por seguir el mito. Ahora que lo pienso pude alegar a libertad creativa… supongo que es un poco tarde para eso.