Ya llegué, bueno ya llegué después de actualizar Academia Sanctuary y decir: "ya no voy a actualizar las demás historias hasta terminar la temporada 2 de Academia Sanctuary", pero oigan, me quedé a un capítulo de terminar la temporada 2 de Guerras de Troya, no podía dejarlos así. De hecho inmediatamente después el dios de la inspiración se me apareció y me dijo: "Danieru-kun, terminar temporada 2 de Guerras de Troya tú debes, sino yo no poder dormir en paz sin saber", a lo que yo le respondí: "Tú no dejar review, tu no poder opinar", así que me mandó a los 6 infiernos a recapacitar y pues aquí estoy con la actualización, así que mientras dure la inspiración a actualizar. Lo bueno de actualizar Guerras de Troya por otra parte, es que actualizar un solo capítulo, por su extensión y por todo lo que pasa, equivale a actualizar x2 en mi libro (por el contenido), así que tendrán mucho material de lectura, que envidia me dan. En fin, sin más que decir por el momento, a contestar los reviews, y bueno ahora no me tardé años en actualizar pero sí me tardé, ya veré como me administro para actualizar más frecuentemente (tiene un trabajo que no lo deja distraerse escribiendo esta vez), hasta me miden el cuanto tiempo me tardo en el baño T_T.

dafguerrero: Vaya supertexto, hacía tiempo que no recibía un review tan poderoso. Intentaré contestarte a todo lo que me comentas. Um… en cuanto a Hefestos, que yo sepa Afrodita y Hefestos nunca han estado enamorados, al menos no Afrodita, ya que Hefestos si sentía devoción por ella. En cuanto a las estatuas de cobre, no es que fueran regalos de Hefestos para Chipre en honor a Afrodita exactamente, sino que más bien quienes confeccionaban las estatuas de cobre eran devotos a Hefestos en tierra de Afrodita, no sé si me explico. El mito de Ciniras claro que no es nada agradable, yo intento ponerlo de la forma más comprensible y aceptable que puedo, aunque muchas veces no puedo darle mucho lujo de detalle, son demasiados mitos para acomodar en esta historia, si los pusiera todos esta historia sería eterna, que sé que a muchos no les desagradaría eso, pero con mi constancia en actualizar termino cuando tenga 50 años. Puedo ver que la batalla entre Antíloco y Oxiporo es muy popular, quise hacer algo especial de esa batalla porque vi que no a muchos les gustaba el personaje de Antíloco por fanfarrón, digo sigue siendo fanfarrón, pero ahora con orgullo y con detrimentos. Lástima que esa batalla opacó a las demás. Los Daimones son los malos de momento, si utilizo a Ares desde un inicio perderá impacto en los momentos en que es más relevante, por eso anda dormido gracias a Poseidón. Entiendo que la batalla de Diomedes y Anficlas quedó a deber, pero eso es porque Diomedes no peleó enserio, se retuvo en todo momento, y Anficlas creía tener todo el control, si Diomedes hubiera ido con todo Anficlas no seguiría con vida, te lo aseguro. Creo que para nadie es secreto que Diomedes es mi personaje favorito, no porque yo lo haya hecho así, quien lea su mito (que no es mito realmente porque Diomedes es un personaje histórico), comprenderá lo grande que fue, y el por qué lo enaltezco tanto, el que sea Escorpio si es mi culpa, jajaja, pero eso no le quita que como personaje, Diomedes es fascinante y merecía más protagonismo, mismo que los Romanos le dieron a Odiseo (Ulises). ¿Anficlas linda y tierna? Muafsfsajbjkeed digo… ehem… no eso no va a pasar (soy malo). Sobre el matrimonio de Anficlas y Lodis, ni es legal porque ella no usó su verdadero nombre, por eso no te preocupes. Bueno, creo que eso es todo lo que puedo contestar, lo demás lo irás descubriendo poco a poco.

Dragon1983: Si Kurumada me pidiera hacer un manga de Guerras de Troya te juro que sería el hombre más feliz del mundo, jajaja. Saint Seiya es mi vida, todos mis ideales como persona se los debo a ellos, no estoy contento con Next Dimension, preferiría que no existiera (igual que Omega), pero todo lo demás me es increíble y fascinante. Ahora que si me demanda por usar los personajes, allí creo que si me salvo porque ninguno es su personaje, todos son mi creación… y de Homero claro… que si me demanda Homero entonces me moriría de miedo. Tomaré nota para futuras batallas de Diomedes, no poner batallas con Antíloco en el mismo capítulo porque Antíloco opaca, creo que ya tengo mi team Saguistas y team Shakistas en team Diomenistas y tean Antíloquistas, jajaja. Este capítulo tiene más trama que acción, pero es el capítulo de transición de temporada, muere un arco y comienza otro, espero no te decepcione.

TsukihimePrincess: Anficlas está felizmente embarazada, de eso que no te quede dudas, jajaja, si no lo estaba Diomedes ya se cercioró de ello con largo trabajo y dedicación, digo yo creo que estaba muy aburrido en su barco desde Chipre a Troya y bueno no había tele. ¿Qué te molestó de Antíloco exactamente? Y no hay lemon en esta historia, lo siento, pero te doy mi permiso de que lo escribas, jajaja.

PandoraRomanus (Guest): Bienvenida ('o' por si acaso, ya me ha pasado varias veces). Qué bueno que te agradó mi explicación de la vinculación con la deidad, hubiese sido traro que Antíloco usara los poderes de buda, que ni había nacido, en la Guerra de Troya. Y en efecto, lo de la vista es un guiño a la historia original, lo siento por Antíloco. No me imagino a Oxíporo siendo sensual (ya se lo imaginó) ¡Aaaaah! ¡Necesitaré terapia para borrar esa imagen de mi mente! Perdona que diga esto pero… ni idea de quien es Anne Rice, lo siento si estoy cometiendo un sacrilegio pero no tiendo a ser muy culto de nada que no tenga que ver con mitología. Nuevamente, comprendo que Antíloco se llevó las palmas y le quitó el protagonismo a Diomedes, pero si consideramos que Diomedes es el personaje que más exploto pues, creo que era necesario, accidental, pero necesario. Anficlas de verdad era un personaje roto, pero ahora que cambió sus alas, creo que todos van a ver a una Anficlas muy diferente, y lo de Metarme puede que sea crudo, pero esta historia está llena de crudeza, en este capítulo lo entenderás, fue… difícil… escribir los sucesos de este capítulo. Supongo que es seguro decir que Guerras de Troya es clasificación B+. No soy bueno para el lemon, decepcioné la primera vez, además, definitivamente no es fácil narrar una violación, me sentiría como criminal, puedo destriparte a alguien y ahorcarlo con sus intestinos, pero una violación, si me resulta difícil escribirlo de la forma tan sutil que en este capítulo pasa (porque hay una violación), no creo poder hacerlo más explícitamente. Anficlas es demasiado fuerte, de hecho, sin Anficlas, el personaje histórico de Diomedes no hubiera logrado hacer muchas cosas, al menos es lo que dicen los últimos hallazgos, espero algún día ver un documental al respecto. Jajaja, comprendo lo que dices del Milori… por no ver a nadie con Milo es que elegí a Saori y extrañamente se convirtió en un culto al parecer, jajaja, ha proliferado un poco, no sé cómo sentirme al respecto, pero sigo escribiendo de ellos. Espero que no te haya sido muy desagradable leer Guerras Doradas con esa premisa. Y no te disculpes, escribiste los nombres bien, y sobre Avengers, me encanta Thor, no soy fan de Marvel pero me encanta Thor, y será un personaje muy importante en mi nueva historia, 'Guerras del Ragnarok', aunque no es muy brillante.

DianaArtemisa: Ya actualicé Academia Sanctuary, y creo que la actualizaré cada 2 semanas si bien me va, espero que la disfrutes, jajaja (risa nerviosa porque no sabe si podrá hacerlo). La apariencia de Odiseo… pues… imagina a Aioria con sombra de barba y cabello marrón rojizo. Así lo imagino, pero según la conexión con Guerras Doradas y la serie clásica, puedes imaginarlo como el Odiseo de la Overtura del Cielo (que sé que no les gustó, a mí tampoco, pero si Kuramada va a reciclar al personaje como con Touma ese es). Espero responda eso a tu pregunta.

dianasol: Wow, releerte Guerras de Troya eso es… mucho tiempo, jajaja, espero no te haya salido cara la factura del oculista. Jajaja, me encanta que les encante Diomedes… me hace difícil no mencionarlo en cada capítulo pero, ¿qué puedo decir si es mi personaje favorito? Volverte a leer Guerras Doradas ni yo lo recomiendo, me quebré la cabeza en la edición todo por conectarla con Guerras del Ragnarok, que al final ni sé si tiene importancia o no pero bueno, yo y mi perfeccionismo. Y vaya, perdón con desilusionarte porque no hubo lemon. Bueno, al menos leíste las notas del autor, espero disfrutes Guerras del Ragnarok si decides leerla.

Tita: Espero que superes tu pereza de dejar reviews como yo supero la pereza de escribir estos magno capítulos, porque son enormes, no lo niegues, jajaja. Bueno, te contesto:

1) Puede que tengas razón y sea un poco forzado el que Guerras de Troya sea precuela de Guerras Doradas, pero Guerras de Troya nació a raíz de Guerras Doradas, y la verdad me sentí horrible cuando los personajes de Guerras de Troya que son tan entrañables y con quienes trabajaré por al menos 50 capítulos más, fueron tratados como basura (porque en ese entonces era como yo quería tratarlos), en Guerras Doradas. Esto fue algo que no me dejó tranquilo hasta el punto que no pude evitar hacer esta modificación, además de que siempre estuvo planeada una secuela de Guerras Doradas, por eso Guerras Doradas terminaba en el capítulo 54, no en 55 (manías mías), porque siempre dejé esa puerta abierta, siempre tuve ese deseo de crear Guerras del Ragnarok como secuela, no como una historia independiente. ¿Por qué? Porque me gusta complicarme las cosas y nunca he escrito una trilogía, me gusta pensarlo como mi propio universo, mi propia línea de tiempo, así que, lo siento si te decepciono, espero que los cambios no sean muy marcados para ti, pero para mí era importante, como autor y apasionado de este pequeño universo que he creado. Así que nuevamente, perdón, pero no podía vivir con esa espina, me la tenía que sacar. Sobre lo de Pentesilea… no te vas a quedar con ganas, a menos que hayas leído la edición de Guerras Doradas, entonces sí va a haber una ligera… digamos, inconveniencia con la que ya comencé a trabajar desde este capítulo.

2) Lo sé, hay muy poca información de Anficlas, pero gracias a mi favoritismo por Diomedes (el verdadero), la conozco y se las presento a mi manera. ¿Realmente existe? No sé si es un personaje histórico o un mito, pero de que existe su historia esta existe, solo no está completa porque mucho lo destruyeron los romanos quienes no podían concebir la historia de una mujer con semejante poderío… y después llegó Cleopatra pero eso es punto y aparte.

3) No he leído la canción de Aquiles pero… los romanos odiaban a Diomedes porque ellos tenían a su propio héroe, Odiseo, para ellos Ulises, así que se empeñaron en destruir a Diomedes y darle todas sus proezas a Odiseo, pero dado a que Diomedes tiene demasiado mito (por su familia), no lo pudieron borrar, así que yo me encargo de contarte todo su mito… a mi estilo.

4) Gracias por los likes, aunque en este capítulo no hay batallas, lo siento de verdad.

5) Ouch, esa me dolió, tome su actualización mi buen lector y no olvide que los reviews motivan, jajaja.

iSelenurStylesFantasy: ¿Eh? ¿Tanto tiempo llevo escribiendo Guerras de Troya? ¿Desde el 2015? No inventes, como puedo ser tan desconsiderado, me aplicaré, no sé como pero me aplicaré T_T. ¿Team Aquiles? Qué bueno, porque te tengo noticias, no se notará mucho de momento pero Aquiles está de vuelta, y será muy relevante en la tercera temporada, esperemos más que Diomedes porque me voy a concentrar también más en Odiseo, Diomedes tiene demasiado protagonismo ya. Y sí, escribiste bien Anficlas. Sobre Shana, definitivamente no terminará con Toante, ella es Athena, no puede terminar con nadie, eso será tema de su evolución como personaje y de la evolución de cierto personaje que intentará reclamarla varias veces, pero de eso se sabrá más muy en el futuro. Saori y Shana son básicamente lo mismo, siéntete libre de verla como tal, yo la veo así, jajaja. Umm… no haré declaración alguna con respecto a la última parte… verás por qué en este capítulo.

Bueno, eso es todo por hoy, lean, disfruten y… una semana actualizaré Academia Sanctuary, otra semana actualizaré Guerras de Troya, Guerras de Ragnarok queda pendiente para cuando termine la segunda temporada de Academia Sanctuary, aproximadamente 1 mes.

EDITADO: 09/07/2024


Saint Seiya: Guerras de Troya.

Troya: Año Uno.

Capítulo 10: Negociaciones Hostiles.


Anatolia. Troya. Novena Ciudadela, Tros. Hogar temporal de Eneas. Año 1,195 A.C.

-Así que… Diomedes ha irrespetado el juramento de Deméter nuevamente… con una mujer Troyana -Creúsa, la recipiente de Afrodita, enunciaba en ira divina mientras elevaba su cosmos alrededor de una esfera de vientos rosados, mientras veía reflejada en la esfera a Diomedes forzándose sobre Anficlas, y al hacerlo, un cosmos estalló dentro de su vientre, una galaxia nueva brillaba dentro de Anficlas, joven, poderosa, una nueva vida creada de la violación en lugar de la pasión, del miedo en lugar del amor, de la fuerza en lugar del erotismo, y aquello, enfurecía a la Diosa de la Belleza y el Amor-. Diomedes de Escorpio, por años me complaciste con tu inmensa lujuria que, aunque encausada a la búsqueda de un primogénito, me era en extremo placentera. Pero, Afrodita no consiente las violaciones, y mi ira caerá sobre tus acciones -movió su mano Creúsa, mirando a una preocupada Egialea reflejada en la misma-. Mi ira divina debería caer sobre ella a quien más amas como castigo a tu afrenta -destrozó entonces la esfera de vientos rosados, y estos se desataron violentamente alrededor de toda la habitación-. ¡Pero con Hefestos protegiendo a los Aqueos! ¡No puedo enviar mis vientos de castigo! ¡Maldito ser horrendo y despreciable! ¿De qué sirve que seas tan bueno en la cama si eres así de feo? -se quejó Creúsa, y entonces escuchó una risa burlesca detrás de ella, encontrando allí a uno de los Daimones de Ares, ella quien llevaba los adornos de color rojo oscuro y de cabellera larga y escarlata- ¿Qué te es tan gracioso, Daimón? -preguntó Creúsa, con su cosmos rosado incinerándose violentamente.

-No es una risa de burla mi señora, es una sonrisa de admiración -confesó la Daimón, mientras Creúsa se cruzaba de brazos frente a ella-. Los Caballeros son fieles a Athena, los Marinos a Poseidón, Hades tiene a los Espectros, Ares a los Daimones. Incluso otros dioses poseen a otros guerreros inmensamente poderosos. Apolo posee a los Ángeles, a Artemisa la siguen las Amazonas y las Satelites, Eris comanda a las Dríades y a los Caballeros Fantasmas, Hefestos a los Automatas, pero Afrodita, ella no posee un ejército, ella es mortífera tan solo por su gran intelecto. Otros dioses puede que no lo vean, pero mi señora Afrodita es en verdad una genio militar. Ha dañado a los Aqueos de formas que otros dioses son incapaces de comprender -continuó riéndose la Daimón.

-¿Qué quieres, Enio? -se molestó Creúsa- ¿Pretendes ir a contarle a Eneas que en realidad su querida Creúsa no es más que un contenedor para el cuerpo de Afrodita? Eneas está más interesado en la guerra ahora, puede que le duela la revelación, pero es una insignificancia. Entonces dime, ¿qué quieres realmente si no es utilizarme para herir a Eneas? -preguntó.

-¿Es tan difícil creer que tengo un interés genuino en usted, mi señora? -preguntó Enio, y Creúsa simplemente se cruzó de brazos- Puedo estar en cualquier parte de Gea en un chasquido de los dedos. Y tengo la instrucción de mi amo Eneas de asegurarme de que las Amazonas de Artemisa, se unan a la batalla en favor de los Troyanos. Pero la ubicación del Reino de las Amazonas me es desconocida. Usted que manipula los vientos seguramente se ha encontrado con este reino. Ayúdeme a encontrar el Reino de las Amazonas para cumplir la encomienda de su marido humano, y yo le ayudaré a entregar su mensaje de castigo a Egialea -reverenció Enio.

Por unos instantes hubo silencio. Los Daimones no serían jamás espíritus de fiar, solo vivían para el caos, y si este caos se propagaba correctamente traería consigo la llegada de Eris, e inclusive los dioses sabían que unir a Eris y a Ares en la misma guerra no acabaría bien para ningún bando. Sin embargo, tanto Creúsa como Enio tenían mucho de qué beneficiarse la una de la otra, y Creúsa era una manipuladora por excelencia.

-En efecto, conozco la ubicación de Temiscira, la Isla de las Amazonas -sonrió Creúsa, lo que dibujó también una sonrisa en los labios de Enio-. Pero, ayudarte a encontrar una isla a la que solo 2 grandes héroes han llegado jamás: Heracles y Teseo, solo por vengarme de ese violador insensible. ¿No crees que es muy descarada tu forma de verme a la cara? -se burló Creúsa, y la sonrisa de Enio se esfumó- Haré un trato contigo, Daimón. Eneas está muy mortificado por esta guerra, los Troyanos resisten, pero estamos perdiendo. Chipre, la Ciudadela de Cobre, ha caído, y los Aqueos destruyeron nuestros navíos. Tracia se mantiene neutral, y el envenenamiento de nuestros suministros de agua aún tiene a una gran parte de la población enferma. ¿Y nosotros qué hemos logrado? Hacer a Aquiles quedarse en cama a descansar un par de Lunas. Héctor y Eneas no descansan, pero los Aqueos parecen turnarse los descansos de manera efectiva, ¿no crees? Además, vengarme de Diomedes no me trae ninguna ventaja militar -aseguró, dejándose caer en su cama-. Y si no hay ventaja militar, Eneas no me toca, y eso, mi querida Daimón, es muy frustrante para alguien con mis necesidades -aseguró.

-Los Daimones seguimos a Eneas por órdenes de Ares, mi señorita, y hacemos todo lo que podemos para sembrar el caos en los corazones de los Aqueos -le aseguró Enio, y Creúsa comenzó a hacerse nudos en el cabello con su dedo-. ¿Cómo podemos obtener la ventaja militar que desea? -preguntó nuevamente.

-Cumpliendo la encomienda de Eneas, por supuesto. Asesinando a Palamedes y a Odiseo -le aseguró, y antes de que Enio intentara explicarle que ya lo habían intentado, Creúsa habló primero-. Ya sé que lo intentaron y fallaron, pero eso es porque no lo hicieron de la forma correcta -sonrió Creúsa, y Enio atendió a sus palabras-. Trae a Phobos y a Deimos ante mí… yo les diré como se manipula a los grandes genios estratégicos para sembrar la derrota y el miedo, inclusive en medio de una tregua -sonrió Creúsa, con su cosmos disfrutando cada momento de los castigos que tenía planeados.

Campamento Aqueo. Playas de Troade.

-Dentro de una Luna cuando la tregua termine, se habrá cumplido un año desde que zarpamos de Aulis para iniciar el asedio a Troya -habló Acamante, mientras llenaba en sus pergaminos la contabilidad, y los soldados Atenienses a su servicio apilaban los cuerpos de los muertos semidesnudos para iniciar con la quema de los mismos-. Tengo que admitir que no pensaba que la guerra se extendería tanto, ni que habría semejante cantidad de muertes, aunque los Troyanos tampoco la están pasando nada bien -agregó Acamante, mirando en dirección a Troya, y a las fogatas que se habían encendido para quemar a sus muertos en la cima de cada una de las puertas de Troya.

-Pero al menos ahora, los soldados pueden disfrutar de una Luna de descanso gracias a la intervención de Idomeneo -agregó Anfímaco, y Políxeno, quien se encontraba en las piras junto con el resto de los Cretenses, se mostró sumamente alegre de ver a su maestro nuevamente de pie después de tantas Lunas sin poder levantarse de cama-. Ya estoy mejor, Políxeno. Perdí mucha sangre, pero después de tanto tiempo la he recuperado -le aseguró.

-A mí me gustaría pasarla en cama todo el tiempo, ignorando esta masacre -agregó Epeo, el de Aries quien apenas y había participado en la guerra, principalmente porque no quería tener nada que ver con la misma-. ¿Por cuánto tiempo más va a extenderse esta guerra, Maestro Acamante? -le preguntó Epeo, preocupado.

-Se extenderá hasta que Príamo se rinda y me entregue a Helena, además de otorgar la debida restitución -aseguró Menelao, quien era más participativo en la guerra, pero quien no había tenido la oportunidad de demostrar su verdadera valía aún-. Príamo sabe que mientras más tiempo pase, mayor será la restitución que deberá entregar. Apelaré a su sentido común y me aventuraré a decir que esta tregua le ayudará a recapacitar -aseguró Menelao.

-Por el bien de la empresa, eso espero -escuchó el grupo a Patroclo, quien llegaba junto a los Mirmidones-. Aquiles sigue en cama, no se ha recuperado aún de la batalla con Trolio. Fénix dice que tardará al menos media Luna más en sanar sus heridas. Después de todo, lastimar a Aquiles no es nada sencillo, y Trolio lo logró -aseguró Patroclo.

-A ese ni se le ve en el campo de batalla. Seguro es un debilucho y Aquiles se confió -agregó Áyax, cruzándose de brazos en señal de molestia-. Espero que el pequeñín se reponga pronto. Odio admitirlo, pero los Salaminos necesitamos un respiro. Sin los hombres de Diomedes ni los arqueros de Odiseo, Salamina la está pasando mal -aseguró.

-Entonces es una verdadera fortuna que tanto Diomedes como Odiseo estén cerca de llegar a Troya -agregó Agamenón, caminando frente a los presentes-. Y midan sus palabras. No tenemos por qué perturbar a nuestra diosa más de lo necesario -les explicó Agamenón, y continuó con su camino, y los Caballeros Dorados entonces encontraron a una entristecida Shana, quien llegaba a las piras funerarias junto a Poseidón, quien la tomaba de la mano para tranquilizarla, aunque más parecía que Shana llevaba a Poseidón de la mano para que no se le perdiera entre la multitud.

-Tantas muertes… -susurró Shana, mirando a la pira, y a los cuerpos calcinándose en la misma, elevando sus almas al cielo, buscando los dominios de Zeus, quien tristemente era aliado de Troya en esta guerra-. Tío… -se humedecieron los ojos de Shana.

-Encontrarán la gloria… -la interrumpió Poseidón, y Shana lo miró fijamente-. Una vez hayamos ganado esta guerra, encontrarán la gloria. Será la exigencia que colocaremos ante Hades tras haberlo vencido. Ni una sola alma habrá sido sacrificada en vano, yo te lo juro -aseguró Poseidón, y Shana asintió a duras penas.

-Aqueos… -enunció Agamenón con autoridad, y todos los presentes le prestaron su atención-. El panorama podrá parecer desolador… en nuestros campamentos, y sobre las puertas de Troya, arden los cuerpos de valientes guerreros que han dado sus vidas por defender a sus respectivas convicciones. Pero que no se olvide por lo que luchamos, por la paz en nuestras tierras -y aunque la duda reinaba en los corazones de muchos, todos mantuvieron el silencio, prestando toda su atención-. Estamos aquí, luchando, sangrando, llorando… muriendo… pero nuestros reinos siguen prósperos del otro lado del mar, de vuelta en casa. Nuestros hijos juegan en las calles, son educados por nuestros escribas. Les estamos brindando con nuestro sacrificio la oportunidad de vivir, crecer, fortalecerse. Muchos tal vez jamás regresemos a ver a nuestros hijos, pero los que regresemos, encontraremos a hijos e hijas sanos, que crecieron en una Hélade en paz, libre de invasiones, libre de guerras, y crecerán con las historias de nuestras hazañas, que los inspirarán, e inspirarán a sus hijos, y a los hijos de sus hijos. Porque esta, señores, es la madre de todas las guerras, y nosotros vamos a ganarla. Por ello, hoy les pido, guardemos el luto a nuestros héroes, ellos quienes se nos han adelantado porque por ellos, nosotros vivimos, y por nosotros, vivirán nuestros hijos -finalizó, y el ejército Aqueo se mostró conmovido, guardó silencio, y prestó sus respetos.

Troya. Primera Ciudadela, Capis.

-Umm… odio admitirlo, pero el vejestorio sabe dar discursos -agregó Héctor, desde la cima de las puertas de Capis, con Eneas a su lado-. La alianza con Dárdanos luce prometedora, en esta batalla hubo más bajas Aqueas que Troyanas o Dardaneas. Tus hombres están bien entrenados, y los Daimones son sorprendentes -aseguró.

-Aun así, mi deseo más ferviente es el de ver la cabeza de Paris en una pica -le aseguró Eneas, lo que molestó un poco a Héctor, quien mantuvo la calma de todas formas-. ¿Qué hacemos aquí, Héctor? Arriesgamos nuestras vidas por pomposos dictadores que se ocultan en sus palacios mientras sus soldados mueren. Paris no ha sido siquiera responsable, ni se ha involucrado en esta guerra. No es más que un sucio cobarde -aseguró Eneas.

-A su tiempo tendremos la oportunidad de poner a prueba esa teoría -agregó Héctor-. Por lo pronto, la tregua pactada con Idomeneo durará una Luna, misma en la que tenemos que aprovechar para pactar alianzas con los reinos vecinos. Mientras más rápido expulsemos a estos invasores de nuestras tierras, más rápido podremos reconstruir -Héctor se dio la media vuelta, dispuesto a disfrutar de su descanso de una Luna junto a su esposa Andrómaca, cuando divisó a Príamo en medio de la ciudadela, algo que jamás se pensó siquiera que pudiera llegar a ser posible, y desde abajo, miraba a la cima de las puertas de Capis, con una mirada de tristeza en su rostro-. ¿Padre? -se preguntó Héctor, bajando de las puertas para recibir a su padre.

-No más… ya no más… ya no más… ya no más… -Príamo estaba temblando, su rostro estaba pálido, y parecía tener muchos más años encima. Héctor de inmediato llamó a un médico, su padre no estaba bien, pero Príamo se las arregló para tomar a Héctor del rostro, y comenzó a suplicarle-. Para esto… páralo… no más guerra, Héctor… ya no más… detenlo… -suplicó, y Héctor no lo comprendió-. Dile a los Aqueos… que Troya se rinde… -Héctor quedó pasmado, igual lo hizo Eneas. Príamo, el orgulloso Rey de Troya, pedía la rendición de Troya.

Campamentos Aqueos. Carpa del Consejo Aqueo.

-Ser el Rey Supremo es muy estresante -se desplomó Agamenón en su trono, y el resto de los miembros del consejo comenzó a reunirse a su alrededor de igual manera. Shana, como siempre, tomó su lugar junto a Agamenón, y Poseidón hizo lo mismo al lado de ella-. Si ya estamos todos listos, creo que es el momento oportuno de comenzar. Tenemos una Luna de tregua, debemos encontrar la forma correcta de abastecernos sin llamar la atención de Troya y romper la tregua. Seguramente los Troyanos aprovecharán esta Luna de tregua para hacer alianzas con los pueblos vecinos. ¿Dónde vamos nosotros a encontrar suministros hasta entonces? -les preguntó Agamenon sin rodeos, pero antes de que Palamedes, quien se había puesto de pie, pudiera comenzar, un soldado ingresó a la tienda interrumpiendo la reunión.

-Mi señor Agamenón, Odiseo de Altar, Príncipe de Ítaca, ha desembarcado y solicita audiencia con el consejo, mi señor -habló el soldado, permitiendo a Odiseo pasar-. Con él viene Néstor de Géminis, Rey de Pilos -finalizó el soldado antes de retirarse.

-¡Esplendido! -vitoreó Agamenón- También recibimos noticias de que Diomedes desembarcará en media Luna en nuestras playas. Eso deberá solucionar nuestros problemas de víveres a corto plazo -señaló Agamenón, preocupando a Odiseo mientras entraba.

-Mi Rey Supremo, mis dioses, y miembros del consejo -comenzó Odiseo con un tono triste de voz-. Me temo que traigo conmigo noticias, que podrán no ser del agrado de muchos -y así, Odiseo comenzó a contarles sobre su reunión con Reso en Tracia, sobre el Ave Fénix, y la Armadura de Bronce que se creó con su ser.

Troya. Novena Ciudadela, Tros. Habitación real de Anquises.

-¿Nos ha llamado, Diosa Afrodita? -habló un Daimón de Berserker escarlata, guiado por Enio y acompañado de otro Daimón de Berserker color de cobalto. Ambos se posaron detrás de Creúsa, quien miraba atentamente al cuerpo maltrecho del anciano Rey Anquises, el padre de Eneas, quien pese a estar paralítico y apenas poseer facultades mentales, parecía ver a Creúsa, y esta mirada parecía llenarse de vida- ¿El anciano rey? -se preguntó el Daimón.

-Más respeto, Deimos -le interrumpió su hermano Phobos, curioso de lo que acontecía frente a ellos-. Estás viendo a la Diosa Afrodita, siendo reconocida por el anciano Rey Anquises, con quienes ambos tuvieron de hijo a Eneas -le explicó Phobos, sorprendiendo a Deimos por la revelación, y molestando a Creúsa, quien escuchó el tono de burla en la voz de Phobos-. Uno solo puede preguntarse sobre lo que pasa por la mente de un mortal que ve a su mujer, siendo ahora la esposa de su propio hijo, y cargando a su nieto en su vientre -aseguró Phobos, y los ojos de Anquises se abrieron más que nunca.

-Tienes una lengua bastante afilada, Daimón -los miró a ambos Creúsa, elevando su cosmos, y abatiendo a ambos Daimones, quienes fueron derribados por el tremendo poder, aunque ambos se levantaron furiosos y dispuestos a dar pelea-. Jamás olviden que soy una diosa, poseedora de ejércitos o no, y que pese a lo que todos insisten en pensar de mí, me considero la más brillante entre las Diosas del Olimpo -les recordó Creúsa, con su cosmos inmenso rodeando toda la habitación-. Estoy furiosa, Daimones, porque no han sido capaces de asesinar a ni uno solo de los maestros estrategas de los Aqueos. Pero eso está a punto de cambiar, ya que hoy plantaremos la semilla de la destrucción de los Aqueos, cuando los obliguemos a asesinarse unos a otros mientras aún exista la tregua -los miró fijamente Creúsa, y los Daimones bajaron sus guardias-. En estos momentos, el Rey Príamo se reúne con Héctor y con mi marido Eneas para negociar los términos de la rendición Troyana, y eso no puede suceder -prosiguió Creúsa, mirando a Anquises fijamente-. Yo voy a proteger a mi familia… voy a proteger a mi reino… y los Aqueos serán castigados. Es por esto que requiero de su ayuda, porque la mente humana es más débil, cuando reinan el terror y la derrota -sonrió Creúsa con malicia, y los Daimones comenzaron a comprenderlo.

Campamentos Aqueos. Carpa del Consejo Aqueo.

-De forma que… Odiseo… lo único que lograste traer de Tracia fue una Armadura de Bronce -observó Agamenón a la Armadura, posada como un Fénix hermoso frente a todos los presentes-. Admito que es una Armadura formidable… emana de su interior un poder descomunal… -confesó Agamenón, colocando su mano sobre la corona del Fénix-. Pero las noticias… son desoladoras al mismo tiempo. Una Armadura no puede alimentar a un ejército. Estamos cansados, Odiseo. Y si bien los Aqueos somos fuertes, los hombres necesitan un incentivo más prometedor en sus estómagos -aseguró Agamenón.

-Mi Rey Supremo -interrumpió Palamedes, preocupando a Odiseo, pero más aún a Néstor, quien sabía que por Palamedes los Daimones podían influenciar de forma negativa a Odiseo-. Entiendo que el botín de Odiseo no sea el que requiere nuestro ejército en estos momentos, pero es más importante el reconocer que Tracia es neutral, y considero más importante inclusive el atender a la predicción de Reso sobre los 4 caballos, las Glories de Apolo, que en alimento para el ejército. El alimento lo podemos obtener de otro lugar -le aseguró Palamedes.

-¿Acaba de… acaba de… anteceder por mí? -se preguntó Odiseo, estaba tan sorprendido que ni siquiera de dignó a cuidar su tono de voz, y todos lograron escucharlo- Tengo que admitir que esto es una tremenda sorpresa. Palamedes me está defendiendo -aseguró.

-Mi señor Acamante me hizo comprender que, sin Diomedes aquí presente, no tenemos necesidad de competir entre nosotros, Odiseo -aseguró Palamedes, también sin importarle cuidar su tono de voz-. Podemos trabajar juntos por el bien de la empresa. No tenemos por qué ser enemigos -aseguró Palamedes.

-Ya era hora de que ustedes, cabezas huecas, se dieran cuenta -se molestó Menelao, y la preocupación imperó en la carpa-. Tal vez sea buena idea enviar a Diomedes fuera más tiempo para que este par se alíe -sonrió, y todos en el consejo rieron, incluso Agamenón tuvo que tragarse la risa-. Pero ya enserio. Aprovechemos la oportunidad, quien sabe cuánto dure. ¿Dónde podemos encontrar suministros? -se preguntó.

-Tal vez si aprovechamos la tregua… podríamos viajar a alguna de las islas cercanas y preparar la tierra para sembradíos -enunció Palamedes, y Odiseo lo miró con curiosidad-. ¿Pésima idea? -preguntó Palamedes.

-No, claro que no -se emocionó Odiseo, y todos en el consejo alzaron una ceja-. Mi Rey Supremo, la mayoría de nuestros soldados son granjeros, y las islas en los alrededores están deshabitadas por el paro comercial que esta guerra ha desencadenado. Las tierras están listas para el arado, pero nadie siembra en ellas porque Troya está sitiada, no hay comercio. Los únicos navíos que se ven son los navíos de los pescadores viajando de isla en isla intentando vender, o los que se han retirado por completo de sus tierras buscando la supervivencia. Además, podríamos pescar, nosotros controlamos el mar, el Dios de los Mares está de nuestro lado -aseguró Odiseo.

-Océanos, no Dios de los Mares, Océanos -corrigió Poseidón-. El que me digan Dios de los Mares solo para distinguirme del Titán Okéanos no me hace nada feliz -se fastidió Poseidón, y Shana intentó tranquilizarlo, sabiendo que el temperamento de su tío era muy volátil-. Pero es verdad. No tengo razones para darles mares embravecidos, la pesca sería exitosa -aseguró.

-Pero, dedicar recurso humano a la cosecha y a la pesca… -se frotó la barba Agamenón-. No hemos conseguido sitiar Troya exitosamente con la cantidad de soldados que poseemos actualmente. Dividir las fuerzas para estas labores sería… -lo pensó Agamenón.

-La idea más brillante en esta guerra -continuó Palamedes, y hasta los dioses se miraron mutuamente, impresionados por lo que estaba pasando-. Troya no tiene suministro marítimo, nosotros controlamos el mar. Troya depende del comercio de los aliados para sobrevivir ya que gracias a Anfímaco los ríos que alimentan a Troya fueron envenenados, los peces que llegan a esas aguas están intoxicados, y el agua para regadío mata a las plantas. En estos momentos Troya depende casi en su totalidad del comercio exterior, y con nuestros hombres rapiñando sus víveres, ni siquiera sabemos cómo están sobreviviendo los Troyanos -aseguró Palamedes.

-Troya sobrevive por sus murallas, y por la adición de Dárdanos -prosiguió Odiseo-. Podemos concluir entonces, que la razón por la que no hemos logrado doblegar a la ciudad es porque los Dárdanos están más frescos que nosotros, y porque trajeron todo el alimento que pudieron. Cuando este escasee, nuestro ejército bien alimentado tendrá la ventaja -aseguró Odiseo.

-No necesitamos conquistar una región como Tracia, podemos abastecernos nosotros mismos mientras en Troya se quedan sin alimento de poco en poco -prosiguió Palamedes-. Además, sin los ejércitos de Ítaca, Pilos, Tebas, Calidón y Argos, sobrevivimos adecuadamente. Los Salaminos y Cretenses absorbieron el daño claro, pero una vez Aquiles se recupere, los Mirmidones volverán, y con la llegada de Diomedes nuestras filas se emparejarán. Tenemos esta guerra en nuestras manos -aseguró Palamedes.

-Solo necesitamos tiempo -enunciaron ambos, se miraron el uno al otro, y se rieron felizmente de llegar a un acuerdo por fin-. No puedo creerlo que estuvimos tantos años del cuello del otro, eres brillante -comentó Odiseo.

-Perdona, ¿lo dudabas? ¿Quién crees que enseñó a Diomedes sus estrategias militares? Parte de todo su genio táctico es gracias a un servidor -aseguró Palamedes con orgullo, lo que molestó un poco a Odiseo.

-También su perversión nata si mal no recuerdo -aseguró Odiseo, y Palamedes se mostró ligeramente apenado-. Yo tuve que soportar esa perversión por 3 años mientras viajaba con él buscando a Aquiles -le recordó.

-Antes de que todo esto se salga de control, callados los 2 -reprendió Agamenón, comprendiendo que pese a lo bien que había ido la reunión del consejo, cuando ponías a Diomedes en el medio, el par se descontrolaba-. Me siento como el papá diciéndoles a sus hijos que no se junten con Diomedes, pero qué se le va a hacer -se aclaró la garganta Agamenón-. Iniciaremos la votación. ¿Quiénes a favor del plan de Odiseo y de Palamedes? -intentó iniciar Agamenón con las indagatorias, cuando un soldado entró corriendo dentro de la tienda del consejo- ¡Por favor! ¡Estamos a punto de tener una inédita reunión de consejo! ¿Qué es tan importante? -se fastidió Agamenón.

-Los Troyanos, mi señor -comentó el mensajero, y todos en el consejo se preocuparon y tomaron sus armas-. ¡Se están rindiendo! -aseguró el soldado, y todos en la tienda del consejo se sobresaltaron por la noticia, y Agamenón fue el primero en salir de la tienda, para encontrar a los ejércitos Aqueos vitoreando alegremente, mientras los Troyanos marchaban en dirección a los campamentos Aqueos con el Rey Príamo a la cabeza, y un alegre Antenor de Hoplita, el consejero de Príamo, a su lado. El escandalo era tal, y la alegría tan sobresaliente, que despertó a Aquiles, aun recuperándose en su tienda.

-¡Aaaaahhhhh! ¡Dejen dormir! -gritó tan agresivamente que todo el campamento entró en silencio, mientras el vendado casi de pies a cabeza los fulminada a todos con la mirada- ¿A qué se debe todo este escándalo? -preguntó furioso, y con Fénix caminando tras de él, y cuando sus ojos y los de Héctor, en ese momento en medio del campamento, se encontraron, la furia de ambos se incineró- ¿Qué haces aquí? -enfureció Aquiles.

-¡Con que estabas durmiendo mientras yo me partía la espalda contra los Aqueos! -enfureció Héctor, tomando su lanza- ¡Pequeña sabandija perezosa! ¡Ni un maldito día he descansado desde que inició esta guerra y hete aquí! ¡Ni pantalones puestos llevas para recibirme! -le apuntó a los vendajes alrededor de la cintura.

-¡No necesito mi Armadura Dorada para darte una paliza! -enunció Aquiles, y tanto él como Héctor pegaron frentes y se empujaron el uno al otro. Agamenón, por su parte, enfureció y miró en dirección a Aquiles, quien sintió la mirada y lo encaró.

-Repliégate… ahora… -ordenó, y entonces Aquiles se dio la media vuelta, y entró en sus aposentos sin importarle nada más. Agamenón entonces miró a Eneas, y el Dárdano compartió su mirada de ira-. Veo que sigues de pie, después de la paliza que te di -le apuntó Agamenón.

-¿Paliza? -se burló Eneas- Diomedes me dio más problemas que tú, Agamenón. Tu palillo, Excalibur, apenas y resultó una distracción para mi poderosa espada Maleros -empuñó su espada Eneas, con una vena saltada en su frente.

-Quita ese cuchillo de cocina de mi vista, no sea que te saques un ojo accidentalmente, anciano -se molestó Agamenón, y la tensión volvió a presentarse en el grupo. Fue entonces que Shana se cruzó de brazos, y Agamenón se preocupó-. Ahem… lo que intentaba decir es que… -comenzó Agamenón, preocupado.

-Suficiente, Rey Supremo… yo me encargaré… -agregó Shana con autoridad, una autoridad de la que hasta esos momentos nadie sabía que era capaz, solo Poseidón, quien sonrió ante la misma-. ¿Sabe Hades de esta rendición, Príamo? -preguntó Shana.

-¿Hades dice? -preguntó Príamo, no sabiendo a lo que se refería Shana en absoluto- Discúlpeme señorita, pero he venido a negociar los términos de la rendición de los Troyanos a con el Rey Supremo. ¿Quién es usted para dirigirse a mí con semejante escases de modales? -se preguntó Príamo.

-La Diosa Athena -mencionó ella fríamente, y la noticia tardó unos instantes en entrar en oídos de todos los acompañantes de Príamo, y tanto Héctor como Eneas reaccionaron con sorpresa-. Ahora… repetiré mi pregunta si no le molesta: ¿sabe Hades de esta rendición? -preguntó Shana con los brazos cruzados.

-¿Ha-Ha-Hades? -se preguntó Príamo nerviosamente- Mi señora… Diosa de la Sabiduría en la Guerra… me temo que no tengo la más mínima idea de lo que está diciendo -se disculpó el alguna vez poderoso Rey Príamo, quien ahora no era más que un anciano decrepito y débil-. Es verdad que en Troya se visten las Suplices del Dios del Inframundo, pero… Hades no tiene nada que ver con esta guerra. Solo gozamos de su protección, pero él no ha ordenado nada aún. No sabíamos siquiera que Hades había renacido, no sabíamos siquiera que usted había renacido. Se lo digo con sinceridad, mi señora. Esta guerra, nada tiene que ver con Hades. Solo, permítame rendirme por favor. Mi pueblo está cansado. ¿Qué se necesita para que esta masacre termine? -preguntó Príamo.

-La cabeza de Paris en una pica para empezar -enunció Menelao, posándose a un lado de Shana-. Pero apelando al respeto por mi diosa, Athena… me conformaré con que me regresen a Helena, y la restitución económica a nuestros reinos. Háganlo y firmaremos la paz, niéguense, y la masacre continuará. ¿Son términos simples y aceptables, diosa mía? ¿O he sido imprudente? -le preguntó Menelao.

-Son términos aceptables… -concluyó Shana-. Si Hades en verdad no ha orquestado esta guerra, esos términos deberán bastar -aseguró Shana, y Príamo se preocupó-. Pero exijo ver a Paris doblar su rodilla frente a Menelao, y pedir perdón en el nombre de todos los dioses por su afrenta. Si Paris no se presenta mañana mismo por la mañana, entregando a Helena como el primer paso de la rendición, se reanudará la guerra. ¿Lo ha entendido, Rey Príamo? -preguntó Shana, intimidando a Príamo con sus palabras- Mañana mismo… todo el ejército Aqueo, sin excepción salvo los ejércitos de Diomedes en misión actualmente, se reunirán frente a las puertas de Ilo. Paris saldrá entonces, con Helena, y ofrecerá perdón a todos los dioses. Si esto no se cumple… yo misma derribaré las puertas. ¿Ha quedado claro? -preguntó la diosa, y el silencio imperó por todo el lugar.

-Ha quedado claro… mi diosa… -reverenció Príamo, y se retiró junto a sus ejércitos-. Tráiganme a Paris… inmediatamente… -susurró Príamo a Héctor, quien asintió en ese momento, mientras los ejércitos Aqueos vitoreaban el nombre de Shana, y de la diosa Athena.

-Todo bien, salvo un pequeño detalle -comentó Poseidón mientras Shana, ahora un manojo de nervios, lo miraba con ojos llorosos-. No tienes el cosmos de derribar Ilo… no aún… fue construida por mí y por Apolo -le recordó, y Shana asintió varias veces-. Era Capis la que fue construida por los mortales cuando Heracles la derribó, te equivocaste -le enunció.

-Estaba muy nerviosa… -le susurró-. ¿Crees que pueda hacer la corrección? -le preguntó, aun intentando aparentar ser la diosa fuerte ante sus hombres, y Poseidón lo negó con la cabeza-. ¿Qué pasa si no se rinden? -preguntó entonces.

-Será mejor que vayas preparándote para derribar esa puerta… porque los ejércitos Aqueos estarán a tiro de flecha y se armará una masacre -le aseguró Poseidón, y Shana comenzó a temblar en ese momento, Poseidón suspiró, y volvió a tomarle la mano para ayudarla a tranquilizarse.

Troya. Décima Ciudadela, Illión. Sala del Consejo Troyano.

-¿Qué significa esto? -enfureció Paris, mientras un par de soldados de Dárdanos tiraban cada uno de un brazo de Paris, arrastrándolo por todo el Palacio de Troya hasta llegar a la Sala del Consejo, donde lo arrojaron rudamente al suelo. Paris estaba semidesnudo, solo tenía un taparrabos cubriéndolo- ¡Por si no se han dado cuenta, estaba ocupado con mi esposa! -enfureció Paris.

-¿Cuántos hijos más quieres tener con Helena para que estés satisfecho, Paris? -mencionó Príamo con molestia, mirando a su hijo con Héctor y con Eneas, que se moría de ganas por ir a darle una paliza, a la espera y sirviéndoles como guardaespaldas- No puedo decirte que no lo comprendo, tengo 50 hijos y 12 hijas, y siguen llegando. Pero mis hijos están muriendo más rápido que los que están naciendo. Es suficiente, Paris, se acabó. No tenemos comida, no tenemos aliados. De no ser por Dárdanos ya no estaríamos siquiera vivos. Así que esta es una orden directa de tu rey… mañana por la mañana, vas a presentarte frente a las puertas de Ilo, con Helena, y se la entregarás personalmente a Menelao, con el riesgo de que te corte la cabeza tan solo al verte -aseguró Príamo-. Y si eso pasa, no lo detendré. Resale a cualquier dios que quiera escucharte, Príamo ya no te protegerá más -le aseguró el rey.

-¿Que Príamo no me protegerá más? -comenzó a reír Paris, pero Príamo tan solo lo ignoró, y comenzó a caminar fuera de la Sala del Consejo- Esto es muy entretenido, aunque era mucho más divertido cuando no tenía que jugar al Dios del Inframundo -aseguró Paris, y en ese momento Príamo se detuvo, y comenzó a sudar frio-. Estás usando tu Suplice, ¿verdad viejo? -pregunto Paris con malicia, y un cosmos inmenso comenzó a rodearlo- Estrella Celeste de la Inteligencia, Rey -enunció, y de pronto Príamo se encontró incapaz de moverse-. Asesina a la Estrella Celeste de la Violencia, Bennu -enunció Paris, y de pronto el cosmos de Príamo se incineró, rompiendo sus prendas, y revelando la Suplice del Rey, una armadura Troyana de cuerpo completo y con unas alas demoniacas que le salían de la espalda. Príamo de pronto se lanzó en contra de Héctor, quien, apenas comprendiendo lo que ocurría, por muy poco logró sacar su lanza y defenderse.

-¿Padre? ¿Qué estás haciendo? -pateó Héctor, lanzando a Príamo a su trono- ¿Qué has hecho, Paris? -se preguntó Héctor, mientras Príamo se lanzaba nuevamente en contra de Héctor, y de no ser por Eneas, quien se lanzó a ayudarle, Príamo lo hubiera atravesado con su propia espada desenvainada.

-Estrella Celeste de la Inteligencia, detente -ordenó Paris, y Príamo comenzó a respirar pesadamente por el esfuerzo, apenas comprendiendo lo que acababa de suceder-. ¿Lo entiendes ahora, Príamo? Troya no ha sobrevivido por los Dárdanos, ha sobrevivido por la protección de Hades -le aseguró Paris, con sus ojos brillando de un rojo intenso-. Esta guerra no va a detenerse, Príamo, no hasta tener la cabeza de Athena. ¿Lo comprendes? -preguntó, y Príamo asintió a duras penas- Hades protege a Troya, Ares protege a Troya, Afrodita protege a Troya, y pronto Artemisa y Apolo protegerán a Troya también. Troya es la ciudad de los dioses, tiene la protección de los dioses. ¿Eres capaz de llevar a Troya a la gloria, Príamo? ¿O mi bendición deberá caer sobre alguien más? No olvides que en vida los dioses pueden recompensarte… pero solo a uno le deberás rendir cuentas en muerte. ¿De qué lado quieres estar, Príamo? -le preguntó Hades, y Príamo comenzó a llorar en desesperación- Ahora, si no les molesta, es hora de que Helena conozca mi lado agresivo por esta interrupción tan hozada de ustedes los mortales -finalizó Paris, y volvió a caminar a sus aposentos.

-Athena tenía razón… Hades gobierna en Troya, esta guerra, todo lo que significa, estalló por Hades -recriminó Eneas, furioso, y preparando su espada para ir tras de Paris-. Lo voy a partir -insistió Eneas.

-Alto… -lo detuvo Héctor-. La revelación, admito que es sobrecogedora. Pero Paris no lo pudo poner en una mejor perspectiva. Troya es la ciudad de los dioses, y los dioses protegen a Troya -miró Héctor a su padre, y lo ayudó a ponerse en pie-. Athena podrá estar del lado de los Aqueos, pero a Troya la protegen otros dioses. Esta revelación no cambia nada, todo lo contrario, le ha dado un nuevo sentido a esta guerra. Los dioses quieren la guerra, y los dioses son egoístas, tomarán cuántas vidas les plazca, y es nuestro deber proteger las vidas que nos interesan -preparó su lanza Héctor, y Príamo lo miró con ojos llorosos-. Si la guerra es inevitable… voy a terminarla, bajo cualquier medio… -marchó Héctor, y Eneas notó una nube escarlata de cosmos que lo seguía.

-¿Miedo? -mencionó Eneas, descubriendo a su Daimón susurrándole al oído a Héctor, y notó también una nube azul susurrándole a Príamo, quien se estremecía en el suelo- ¿Derrota? -dedujo Eneas- Ya veo lo que está pasando. Si Hades y Ares desean esta guerra, en verdad la misma no puede evitarse… pero los Daimones están bajo mis órdenes. ¿Quién además de mí puede darles órdenes? -enfureció Eneas, dejó a Príamo en la Sala del Consejo Troyano, y llamó a su guardia- ¡A las armas! ¡Ahora! -enunció, y sus soldados se preocuparon- ¡Los Aqueos están con la guardia baja! ¡Héctor lidera el asedio! ¡Quiero a todos los Dárdanos afuera, ahora! -ordenó Eneas, y los Dárdanos obedecieron- Escúchenme, Daimones. Cuando descubra quien está moviendo sus hilos además de mí lo voy a… -enfureció Eneas, y corrió furioso a la afrenta.

-Lo sabrás… Eneas… -se susurró a sí misma Creúsa, escondida tras una columna-. Tendrás mi sangre, te lo jura una diosa… -más entonces se frotó el vientre-. Pero la tendrás, cuando el fruto de mi amor por ti haya pisado esta tierra… solo entonces, te permitiré castigarme por el dolor que hoy te aqueja -lloró Creúsa, y se lamentó con desesperación.

Campamento Aqueo. Tienda de Áyax.

-¡Gran Mordisco! -enunció Áyax, y dio un tremendo mordisco a la pieza de pollo que tenía enfrente, salpicando a Epeo con la grasa del mismo- ¡Af afgaraffe Efeo! ¡Vaf a refgrefar af afsa fronftfo! -habló con la boca llena.

-¡No hables con la boca llena! -se quejó Epeo- Pero es verdad… -sonrió Epeo-. Regresaré a casa pronto -aseguró Epeo, quien entonces notó que Áyax se sonrojaba-. ¿Qué te pasa? -preguntó, y entonces se sobresaltó- ¡No tenía que ver eso! ¿Por qué diantres estás así de alegre? -se molestó Epeo, haciéndose a un lado en su mesa compartida con Áyax, misma que también compartía con Odiseo, quien ya estaba medio ebrio.

-Porque, mi estimado Epeo -comentó Palamedes, llegando con un par de esclavas muy hermosas-. Áyax tiene 2 tipos de apetitos, y le estoy ofreciendo el segundo como regalo por su gran participación en esta guerra -entregó Palamedes, y las esclavas se abalanzaron sobre Áyax-. Están bien entrenadas, encontrarás mi regalo en extremo complaciente -le sonrió, y Ayáx de inmediato tomó a las esclavas y corrió con ellas a lo profundo de su tienda-. Y ahora que el grandulón está fuera del camino, joven Epeo, ¿puedo pedirle un momento a solas con Odiseo? Si no es así, puedo negociar con más esclavas -le aseguró.

-Así está bien, así está bien -se levantó Epeo en extremo ruborizado-. No merezco atenciones especiales de ningún tipo, casi no he participado en la guerra después de todo, estaré bien. Si quiere privacidad con el señor Odiseo, por mí siéntase bienvenido -se paró Epeo, y corrió fuera de la tienda.

-Que aburrido, y yo que había preparado a una esclava tímida para Epeo. Supongo que la aprovecharé cuando termine de comer -sonrió Palamedes, sentándose frente a Odiseo, quien se tambaleaba un poco-. ¿Puedo pedirte que salgas de tu embriagues? Sé de buena fuente que puedes hacerlo -sonrió Palamedes.

-No es algo que me guste que los demás sepan… es doloroso… -se tomó la frente Odiseo-. ¿Quién te lo dijo, Diomedes? -le preguntó Odiseo, frotándose la cabeza para acomodar sus ideas y salir de la embriagues.

-Tersites de la Hidra de hecho. Es muy buen espía -le comentó Palamedes, y Odiseo asintió-. Escucha Odiseo… lo que pasó hoy en la tienda del consejo… tengo que admitirte que fue una experiencia agradable -aseguró.

-¿Me sacas de mi embriagues para decirme estas cosas? -se quejó Odiseo, tomando más vino de Salamina- Si es así me voy a volver a embriagar -aseguró intentando llevarse la copa a los labios, pero Palamedes se lo impidió.

-Dame unos minutos y luego te embriagas -le pidió, y Odiseo se molestó-. Escucha… ambos tenemos a Diomedes en alta estima, pero es obvio que absorbió tanto lo bueno como lo malo de ambos. Tú eres un briago, yo un pervertido, Diomedes es ambas -le comentó, y Odiseo no comprendió a qué quería llegar Palamedes-. Pero es un experto táctico gracias a mí, y un buen político gracias a ti. A lo que quiero llegar, Odiseo, es que ahora que la guerra está terminada, pienso que nuestras respectivas naciones pueden beneficiarse correctamente de Diomedes, si ambos jugamos nuestras cartas correctamente claro -aseguró.

-Diomedes, Diomedes, Diomedes, no todo gira alrededor de Diomedes, Palamedes -continuó Odiseo, y Palamedes tan solo le sonrió-. Escucha… no me importa ya que tan buen amigo de Diomedes seas, yo solo quiero irme a casa y regresar con mi esposa, Penélope -le comentó-. Ya pronto habrá paz, déjame disfrutarla -le comentó.

-Pero no habrá paz por mucho tiempo, Odiseo -le comentó Palamedes, con sombrías intenciones, lo que no fue del agrado de Odiseo-. Hace tiempo, Micenas y Argos estuvieron en guerra, y como Diomedes acababa de regresar de la Batalla de la Venganza de los Epígonos, Argos estaba realmente débil para enfrentarse a la Micenas de Agamenón -le explicó Palamedes, y Odiseo prestó mucha atención a lo que decía-. Argos, y por consiguiente Tebas y Calidón, se rindieron ante Micenas, y actualmente Argos, Tebas y Calidón dan tributo a Micenas. A Micenas actualmente se le suma Esparta y, por consiguiente, todos los reinos del juramento, pero cuando esta guerra termine, el juramento quedará disuelto, y las lealtades de los 30 Pueblos se dividirán nuevamente -aseguró Palamedes.

-No me gusta el rumbo que está tomando esta conversación -aseguró Odiseo-. Palamedes, si piensas que solo porque congeniamos en una reunión de guerra voy a complotar contigo en contra de Micenas… -comenzó Odiseo.

-Baja la voz… -espetó Palamedes, y Odiseo lo miró fijamente-. Parece que no lo comprendes, Odiseo. Agamenón tiene a Diomedes en su poder. Si Micenas lo quiere, puede destruir a Argos, y Agamenón es una persona muy volátil. Pero si Nauplia e Ítaca se unen a Argos, Tebas y Calidón, y la diosa Atenea como hija adoptiva de Diomedes le brinda su protección, Micenas y Esparta tendrían que renunciar a los tributos de todos los reinos de Diomedes, y Argos se convertiría en la capital de todas las tierras Aqueas. ¿Acaso no es atractivo esto para ti? -preguntó.

-Y yo que ya comenzaba a respetarte, Palamedes -comenzó Odiseo, y una nube escarlata comenzó a rodearlo, Palamedes no podía ver esta nube escarlata, pero Odiseo no podía ver tampoco la nube cobalto que rodeaba a Palamedes-. Pero puedo ver ahora, el miedo que te da saber que Diomedes preferiría escucharme a mí y mis planes de diplomacia, que a ti y tus planes de conquista. Por eso estabas defendiéndome, por eso estabas ayudándome, por tus propios intereses. Me querías de tu lado para convencer a Diomedes de esta barbaridad -acusó.

-¿Cómo puedes tener siempre una actitud tan derrotista, Odiseo? -enfureció Palamedes- ¡La Guerra de Troya acaba mañana! ¡Es tiempo de virar la vista a la nueva guerra, y esa es la guerra por el control de Acaya! ¿Acaso no te importa el reino de Diomedes? -preguntó.

-¿Acaso no te importa a ti Diomedes y no su reino? -preguntó Odiseo, y Palamedes palideció- Ya comenzabas a agradarme, Palamedes, pero apelaré a tu sentido común. ¿Eres amigo de Diomedes por su poderío militar, o lo eres por Diomedes mismo? Te aseguro que mi percepción de ti depende mucho de la respuesta a esta pregunta -le espetó Odiseo, y Palamedes lo pensó detenidamente, más antes de poder contestar, el caos comenzó- ¿Qué está pasando? -preguntó Odiseo aterrado.

-¡Troyanos! -gritó un soldado, y cuando Odiseo abrió las cortinas de la tienda de Áyax, se vio frente a frente a la masacre. Los soldados Troyanos y de Dárdanos habían irrespetado la tregua, habían avanzado hasta los campamentos y comenzaban a asesinar a los despreocupados soldados, algunos de los cuales inclusive ya habían comenzado a preparar sus pertenencias para el largo regreso a casa.

-¡Tráiganme la cabeza de Athena! -gritaba Héctor desde su auriga comandado por Cebríones, Polidamante estaba a su lado. Estaban también en el campo de batalla Antenor de Hoplita, deprimido, pero manteniendo su lanza bien sujeta, Pándaro, el fiel sirviente de Trolio, quien esperaba fervientemente encontrarse con Aquiles, se desconocía a ciencia cierta si para matarlo o amarlo, tal vez ambas, además de Eneas y los Daimones Macas y Polemos, con Alala en la retaguardia aumentando la moral de los hombres, y desquiciando los oídos de los Aqueos.

-¡No! ¡Nooooo! -gritó Odiseo, furioso, y con el Megas Depranon formándose en sus manos- ¡Ya habíamos alcanzado la paz! ¡La Empresa del Héroe! -enunció Odiseo, lanzándose en contra de Héctor, quien al sentir su cosmos fue derribado por la tacleada de Odiseo, quien con su cosmos transformando su cuerpo en un cometa de plata, derribó a Héctor del auriga, y se posó sobre él con el Megas Depranon listo para ejecutarlo- ¿Por qué? -lloró Odiseo.

-¡Porque los dioses desean la guerra! ¡Incineración de Bennu! -hizo estallar su cosmos Héctor con todas sus fuerzas, lanzando a Odiseo de vuelta a los campamentos donde quedó tendido e inconsciente, pero la afrenta de Odiseo había logrado el cometido, los Caballeros Dorados, al menos los que se encontraban en el campamento, se habían levantado para pelear.

Epeo de Aries, tembloroso y dolido, había levantado sus martillos, Áyax el Grande, furioso y semidesnudo, había salido tan solo con su gran lanza, poderoso escudo, y su casco de batalla, Néstor estaba dolido también, pero levantó su poder dimensional en protección a Odiseo, Acamante se posó a su lado con su pinza bien lista. Patroclo se las arregló para obligar a Aquiles a quedarse en la tienda, pese a que el aún adolorido héroe pretendía ir a darle una paliza a Héctor, Agamenón salió de la gran carpa, con Shana y Poseidón sorprendidos de que Príamo hubiese desafiado a los dioses, y el ambiente comenzó a llenarse de hielo y de polen con la llegada de Menelao y de Anfímaco, el primero de los cuales estaba furioso.

-Debo comprender… Héctor… que no vienes con Paris, ni con Helena… -sentenció Menelao, caminando frente a los ejércitos Aqueos aun reagrupándose-. Te mostré al Menelao benevolente, y decidiste escupirle al rostro. Estás por conocer a un verdadero demonio… -hizo estallar su cosmos Menelao, y el tiempo mismo pareció congelarse, sorprendiendo a Héctor, quien estaba sin habla, mientras todo a su alrededor parecía moverse más lentamente-. Este… es el frio superior al Cero Absoluto… el frio que congela el tiempo mismo. ¡Ejecución Aurora! -lanzó un puñetazo Menelao, lanzando la Ejecución Aurora sin requerir de la pose del cántaro, y tanto Héctor como Eneas, y todo su ejército, fueron abatidos y lanzados lejos de los campamentos Aqueos. Incluso Alala, la Daimón que mantenía la moral de Troyanos y Dárdanos, tenía la garganta congelada- Hermano… -comenzó Menelao-. ¿Me acompañarás a liderar esta masacre? -le preguntó, y un sorprendido Agamenón lo observó con una mezcla de orgullo y temor.

-¡Hagámoslo, hermano! -elevó su cosmos Agamenón, y las dimensiones comenzaron a distorsionarse alrededor de la Espada de Libra, horrorizando a Néstor, quien veía a la espada capaz de hacerle frente- ¡La espada capaz de cortarlo todo, incluso a través de la dimensión! ¡Fisura en el Espacio! -lanzó Agamenón, y la masacre comenzó. Eneas se lanzó e impactó la espada de Agamenón, pero su corte no pudo detener el de Agamenón que, tras partirse a la mitad, diezmó a los ejércitos de Troya y de Dárdanos en gran medida.

-¡Uno congela el tiempo, el otro destruye la dimensión! ¡Esto está fuera de toda proporción! -se quejó Eneas, mientras Agamenón iba tras de él y con su espada hacía frente a una Maleros que apenas y podía resistir los tremendos impactos.

-¡Encontraremos la forma! ¡Los dioses así lo han querido! -insistió Héctor, iniciando un tremendo combate de lanzas con un furioso Menelao, y fuego y hielo se envolvieron el uno al otro lanzando estallidos de cosmos que noqueaban a tanto Aqueos como a Troyanos- ¡No me importa si yo mismo debo enfrentarme a los 12 Caballeros Dorados! ¡No habrá uno solo que pueda detenerme! ¡Ni Diomedes! ¡Ni Agamenón! ¡Ni Menelao! ¡Nadie! -enunció Héctor, más entonces un Tigre de relámpagos lo impactó y lo enterró en el suelo.

-Olvidaste al más importante… papanatas… -agregó Aquiles, llegando vistiendo su Armadura Dorada, y con una mirada furiosa en su rostro-. Acabas de irrespetar… a la única diosa por quien Aquiles doblaría la rodilla… imbécil… -caminó Aquiles tranquilamente, hasta donde una Shana con ojos llorosos veía la guerra renacida, y le ofreció su mano-. Athena… -comenzó Aquiles, y Shana lo miró fijamente-. No pierdas la esperanza… estos malnacidos obtendrán su merecido… te lo jura Aquiles… -agregó Aquiles con fuerza, y Shana suspiró, sacando todas sus preocupaciones, y miró a Héctor con una determinación renovada-. La Diosa de la Guerra -sonrió Aquiles.

-¡Esta furiosa! -confesó Shana, con su cosmos incinerándose más que nunca, alimentando los cosmos de sus Caballeros, y de quienes no eran Caballeros. La Diosa de la Sabiduría y la Guerra se hacía presente, y su resplandor iluminaba la noche, como si el Sol hubiese bajado a Gea- No habrá más treguas… no habrá más negociaciones… porque tal parece que la única negociación que Ares y Hades conocen, es la hostilidad. ¡Ataquen! -ordenó Shana, y el grito de guerra resonó con fuerza, y si bien los ejércitos estaban agotados, habían sido emboscados, e inclusive se encontraban incompletos, estos pelearon como si fuera el primer día de la guerra, con la convicción suficiente, y tanto Troyanos como Dárdanos sufrieron una derrota contundente.

Ruinas del Campamento Aqueo.

-¡Héctor! -despertó Odiseo a la mañana siguiente, solo para encontrar el campamento Aqueo totalmente destruido, y con los soldados levantando nuevas empalizadas, cavando nuevas fosas, y realizando la quema de un número inmenso de soldados. El impacto de Héctor lo había golpeado con semejante fuerza, que sumado a su embriagues parcial, Odiseo no logró continuar con la batalla. Aquello le dejaba a Odiseo una horrible lección, no era suficientemente fuerte para hacerle frente a Héctor como él antes había pensado, mientras los Caballeros Dorados podían equiparársele o hasta doblegarlo. Odiseo aún tenía un largo recorrido que seguir antes de ser digno del cosmos dorado y, por consiguiente, de una Armadura Dorada.

-Veo que sigues con vida… -enunció Palamedes, malherido, pero vivo también. Poseía varias heridas en el rostro, que estaba medio manchado de sangre seca, y aparentemente tenía un par de costillas rotas, era evidente en la forma en que caminaba-. Entonces muévete, la junta del Consejo Aqueo está por comenzar -agregó Palamedes con arrogancia, y Odiseo se puso de pie con dolor, y lo siguió a una nueva carpa del consejo, donde una ferviente discusión tenía a lugar.

-¡Héctor está malherido! ¡Tenemos que atacar ya! -gritaba Menelao, furioso, mientras discutía con Idomeneo, quien estaba también al borde de perder la paciencia- ¡Héctor es el único soldado en ese ejército que puede hacer una diferencia! ¡Sin él, Troya está desprotegida! -insistió Menelao.

-¡Olvidas a Eneas quien hirió el brazo de tu hermano y Rey Supremo! -le recordó Idomeneo, apuntando al Rey Supremo con el brazo recubierto de vendas mientras se sostenía la cabeza con la mano que le quedaba libre. Al verlo, Odiseo supo que se había perdido de mucho mientras estuvo inconsciente.

-¡Aquiles se levantó! ¡Él puede pelear! -insistía Menelao, buscando cualquier excusa que sirviera para reanudar el combate lo antes posible- ¡Si yo fuera el Rey Supremo…! -comenzó Menelao, furioso.

-¡Pero no eres el Rey Supremo! -se molestó Agamenón, y todos hicieron silencio- Ninguno de ustedes lo es… -finalizó antes de sentarse nuevamente en su trono. En ese momento, nadie se percataba de ello, ni Poseidón por no tener un cuerpo humano lo suficientemente desarrollado para controlar correctamente su cosmos divino, ni Shana quien pese a tenerlo, estaba demasiado contrariada con la guerra como para concentrarse correctamente, pero todo el lugar estaba cubierto por nubes de cosmos cobalto y escarlata-. Odiseo, Palamedes, necesito algo de cordura en este consejo -solicitó.

-Es más que obvio que Troya nos ha insultado profundamente, mi señor Agamenón -se apresuró Palamedes, sin Odiseo, lo que ya ponía nervioso al de Altar-. Los Troyanos han irrespetado la tregua, nos atacaron a traición, este crimen no puede permanecer impune. Así que debemos pagarles con la misma moneda. ¡Invadiremos Tracia! ¡Nación aliada de Troya, y les entregaremos a los malnacidos Troyanos un mensaje de guerra fuerte y claro! -aclaró él.

-¡Eso no es lo que acordamos ayer! -interrumpió Odiseo, y Agamenón se frotó la frente y clamó a los dioses por paciencia, tanto Shana como Poseidón lo escucharon en sus respectivos cosmos- ¡Mi señor Agamenón! ¡Entiendo el descontento general! ¡Yo también estoy furioso! ¡Pero Reso es neutral! ¡Tracia es neutral! -insistió Odiseo.

-¡Esa nación neutral abastece de víveres como el maíz a Troya! -le recordó Palamedes, encarando a Odiseo- Te defendí ayer, Odiseo… creí que podíamos encontrar una solución pacífica… pero ahora veo que no eres más que un cobarde. ¡No trajiste ningún tesoro de Tracia por tu miedo a hacer la guerra! ¿O no te desmayaste tras un impacto de Héctor? -insinuó.

-¡Estaba ebrio! ¡Además Héctor es el más grande guerrero de los Troyanos! ¡Ponte enfrente de su lanza y resiste sus envistes y después me criticas! -le regresó la afrenta Odiseo, y entonces Palamedes sonrió.

-Palamedes fue el guerrero que hirió mortalmente a Héctor y lo incitó a la retirada, Odiseo… -comentó Agamenón, y Odiseo se mostró sorprendido, mientras Palamedes hacía una reverencia burlesca ante él-. Ya me estoy arrepintiendo de esto de ser el Rey Supremo… -confesó Agamenón, y comenzó a caminar por frente a los tronos de todos los presentes, meditando en lo que pensaría cada uno de lo que iba a decir a continuación-. La idea de cosechar y pescar… seguirá en pie… -se alegró Odiseo entonces al escuchar las noticias, y Palamedes comenzó a enfurecer, cerrando sus manos en puños fuertemente para tranquilizarse-. Los hombres necesitan descanso también… tanta guerra corrompe la mente… los ejércitos se tornarán Lunas para trabajar en los campos, y Lunas para participar en la batalla. ¿Todos a favor? -preguntó, y en el consejo todos alzaron las manos, todos menos Palamedes- Decidido… Acamante, comienza con la distribución equitativa de las horas… -solicitó, y Acamante comenzó a trabajar en ello-. En cuanto a Tracia… Odiseo… mencionaste que Reso te dio su palabra de que permanecería neutral y de que no llevaría a los 4 Caballos de Oro Blanco a la guerra, ¿es correcto? -preguntó Agamenón.

-Así es, su majestad… -reverenció Odiseo-. Néstor es mi testigo. Reso nos envió con obsequios, no con amenazas, y nos recibió con cortesía, no con violencia. Él lo juró frente a mis ojos, mis oídos son testigos -reverenció.

-Los oídos de cientos de Aqueos escucharon a Príamo exclamar su rendición, Odiseo -le mencionó Agamenón, lo que no pudo refutarle Odiseo-. Esto lo único que me dice es… que la palabra de un Rey de poco vale en una guerra. Ni la de Príamo, ni la de Reso, son palabras honorables para mí. Y en consecuencia, estoy autorizando una invasión a Tracia, al reino de Reso, y ordenando que se destruyan esos caballos y se traigan víveres para continuar con nuestra empresa. ¿Quiénes a favor? -preguntó Agamenón. En el consejo, la mayoría alzó las manos, solo Néstor no había levantado la suya, y cuando Odiseo se percató de que Shana también levantaba su mano, su mundo se desmoronó. Su propia diosa apoyaba el plan de Palamedes, de Poseidón no era sorpresa, pero de Shana era inquietante- Se ha decidido… -aclaró Agamenón-. ¿Quién liderará la empresa? -preguntó.

-Yo mismo lo haré, mi señor Agamenón -reverenció Palamedes-. ¡Y traeré más gloria que la de Odiseo! ¡Regresaré con tesoros inclusive antes de que Diomedes regrese de Chipre! -aclaró Palamedes y comenzó a retirarse, Odiseo de inmediato fue tras él.

-¿Qué estás haciendo? -enfureció Odiseo, pero una vez fuera de la tienda del consejo, Palamedes se viró y le impactó el rostro con fuerza- ¡Palamedes! -enfureció Odiseo.

-Harás silencio… y escucharás a lo que voy a decirte… -comenzó Palamedes, furioso-. Intenté ser tu amigo… intenté que juntos lleváramos a Diomedes a la gloria… intenté, realmente lo intenté, comprenderte… -lo miró Palamedes fijamente, y Odiseo le regresó la mirada de ira-. Pero ya no más… vuélvete a meter en mi camino, Odiseo, y te destruiré… Diomedes jamás volverá a verte como a un amigo, Athena no volverá a confiar jamás en ti. ¿Me oyes Odiseo? ¡Yo acabaré con esta guerra sin tus inútiles ideales! -le recriminó.

-¡No son inútiles! ¡Diomedes cree en ellas! -se levantó Odiseo, golpeó el rostro de Palamedes, y el par comenzó a rodar por la arena impactándose con odio el uno al otro. Los miembros del consejo salieron, y Menelao los separó a ambos.

-¡Ya basta los 2! -los empujó Menelao al suelo, pisando a Palamedes y enterrándole el rostro a la arena, y sosteniendo a Odiseo del cuello- ¡Todos estamos furiosos por lo que ha ocurrido! ¡Pero todos luchamos por lo mismo! ¡No sean necios! -soltó a Odiseo entonces, y el de Altar bajó la cabeza, dolido.

-Hagan lo que quieran… -finalizó Odiseo-. Estoy cansado… yo no he hecho más que intentar salvar vidas… tus acciones… Palamedes… condenarán a muchos… -lo miró con desprecio, mientras Palamedes se ponía de pie y se limpiaba la arena de la Armadura.

-Qué curioso que lo menciones, Odiseo… -prosiguió Palamedes-. Porque a como yo lo veo… tú condenaste a 30 Pueblos con el Juramento de los Pretendientes, ¿o me equivoco? ¡Yo solo estoy remediando tus errores! -fue lo último que dijo, antes de retirarse.

-No le hagas caso, Odiseo -comentó Menelao, pero Odiseo estaba sumamente afectado por esas palabras-. Quien forzó a los pretendientes a venir a esta empresa fui yo… si tienes algo que decirme, soy todo oídos… -ofreció Menelao.

-No hay nada que decir, mi señor… -fue la respuesta de Odiseo, quien se puso de pie, y encaró a Menelao-. Está ofendido, yo estoy ofendido, todos estamos ofendidos. Seguramente no hay hombre alguno en esta tierra que jamás hubiese actuado diferente de como actuó usted. Pero esto dejó de ser por Helena hace mucho tiempo, mi señor. No le recrimino nada, nadie lo hace. Solo le pido, que me deje meditar en paz -prosiguió Odiseo, entrando a su tienda, y haciendo una rabieta que fue audible por todos en el campamento.

-Odiseo… -susurró Shana, dolida, deseando ir a su encuentro, pero encontró a Aquiles tomándole de la mano y sacándola de la tienda del consejo-. ¿Pirra? -preguntó Shana curiosa.

-¡Y dale con Pirra! -se fastidió Aquiles, y Shana se apenó, pero su preocupación por Odiseo era más importante- ¿A dónde crees que vas? -le mencionó Aquiles con frialdad, lo que sorprendió a Shana en gran medida.

-Odiseo está en pena… me necesita… -fue la respuesta de Shana, pero Aquiles lo negó con la cabeza-. Tengo que ir con él, Aquiles… el tío Odiseo… -comenzó a decir, pero Aquiles la miró fijamente con tal molestia, que Shana se preocupó.

-Odiseo no es tu tío, y Diomedes no es tu padre… -le recordó Aquiles, aunque Shana intentó explicarle-. No eres humana, Shana, entiéndelo. Eres una diosa, y la Diosa Athena no puede tener favoritos -le explicó.

-La Diosa Atenea ha tenido favoritos a lo largo de toda la historia -refutó Shana-. Jasón… Heracles… Teseo… Perseo… Tideo… -se estremeció un poco entonces a la mención del nombre del padre de Diomedes-. Y ahora tiene a 3, a Diomedes, a Odiseo y a Aquiles, no necesariamente en ese orden antes de que te pongas celoso -aseguró.

-¿Celoso yo? -se molestó Aquiles, con una vena saltada en la frente, y entonces estiró ambas mejillas de Shana, molestándola- ¡Actúa como una diosa de una buena vez! -le insistió, y Shana bajó la mirada con tristeza- Ayer… inspiraste a tu pueblo… me inspiraste a mí… combatí con más valor que nunca, todos lo hicimos, y vencimos. Repelimos a Troyanos y Dárdanos aún tras una emboscada. Eres la inspiración de tus hombres, jamás me había sentido más entregado a un dios en toda mi vida, Shana. Jamás había tenido convicción tal… que me levanté pese a mis heridas y combatí. Ayer eras una diosa a la que seguiría hasta el fin del mundo… hoy… un paño de lágrimas que se destroza el corazón por su tío postizo -la tomó entonces de la cintura, y la acercó a sí mismo, con tal violencia que Shana se sintió intranquila por el acercamiento-. Si quieres comportarte como una humana… entonces bien podrías entregarme tu virginidad que por siempre has protegido con tanto recelo aquí y ahora… -le susurró, a lo que Shana respondió dándole una tremenda bofetada que lo derribó, tras la cual Aquiles comenzó a reírse en el suelo, mientras miraba a Shana con alegría-. Allí estás… Diosa de la Guerra… -respondió Aquiles, al ver la mirada fiera de Shana, y solo entonces Shana comprendió que el acercamiento indecoroso de Aquiles había tenido un móvil, el de tornarla violenta-. ¿Sabes acaso… que Atenea es una Diosa Belicosa? Porque yo te veo, y veo a una Diosa de Paz -se limpió la Armadura Aquiles, y encaró a Shana nuevamente, quien se mostró perturbada por sus acercamientos-. Aquí te va un consejo… defiende a tu pueblo como defiendes tu virginidad… o yo tomaré ambas… -finalizó, y comenzó a retirarse.

-¿Tomarás ambas? ¡Eres un…! ¡Patán! -le gritó Shana, y Aquiles se fue mientras se burlaba, sabiendo que había entregado el mensaje correcto- Yo te enseñaré… soy una diosa… no puedes irrespetarme de esa forma, renacuajo… -insultó, y Aquiles se fastidió por el apodo, pero tras ver la mirada fiera de Shana, se alegró, y continuó caminando-. Gracias… Aquiles… -sonrió para sí misma, una vez que supo que Aquiles no podía escucharla-. Lo siento mucho, tío Odiseo… pero Aquiles tiene razón. Necesito comenzar a comportarme como una diosa -terminó ella, y se retiró de regreso a su carpa.

Tienda de Odiseo.

-¡Maldición! -gritó Odiseo dentro de su carpa, lanzando todo cuanto encontraba por los suelos, planes de guerra, mapas de Troya, arcos y flechas, vinos, tesoros, todo. Al final, Odiseo se sentó en el suelo, rodeado de todo aquello que lo hacía sentirse como un fracaso, mientras las nubes azules continuaban rodeándolo- Todo esto es por tu culpa, Palamedes. Me trajiste a esta guerra con base a viles engaños, corrompiste a Diomedes con tu perversión, y ahora contaminas a una diosa de pureza con ideales de guerra. ¿Qué tiene de malo encontrar un fin que salve vidas en lugar de condenarlas? -continuó en su rabieta Odiseo, y golpeó el suelo de su tienda con fuerza, dándose cuenta de que no había impactado la misma a puño cerrado, y que, en lugar de un cráter formado por sus nudillos, había encontrado una zarpa, rasgando la arena en 4 secciones como hiciera un perro al excavar-. No… -se horrorizó Odiseo, mirándose las manos, sus uñas estaban ensangrentadas por el corte que habían infligido en la arena-. Yo no comí de ese banquete maldito, yo no estoy condenado… esto no puede ser… -cerró sus manos en puños Odiseo, e intentó tranquilizarse, pero cuando abrió los ojos, estos ya no eran azules y tranquilos, eran amarillos y endemoniados-. Palamedes… tú me estás convirtiendo en esto… pero ya no más, Palamedes. Eres tú, o soy yo… no hay lugar para ambos -enfureció, perdiendo todo rasgo de nobleza.

Navío del Argos.

-¡Odiseo! -gritó Diomedes en su camarote, despertando de golpe a Anficlas, quien dormía a su lado y terminó cayendo por el borde de la cama por la sorpresa. Diomedes estaba tan consternado, sin embargo, que ni se preocupó por la joven que envuelta en su prisión de sábanas de seda intentaba sacar la cabeza para poder respirar.

-¡Me estoy cansando de que me tires de la cama! -se levantó furiosa, pero entonces notó el rostro lleno de preocupación de Diomedes, e intentó tranquilizarse- Odiseo, ¿no es Odiseo el nombre del que siempre anda con Diomedes? El de Plata que viste al Altar -le preguntó Anficlas, y Diomedes suspiró, preocupado.

-Odiseo… es más que un amigo, es mi hermano juramentado… -le respondió Diomedes, y Anficlas se sentó a su lado en la cama-. Esténelo puede ser mi maestro, mi auriga y mi mejor amigo, pero con Odiseo no existen barreras de ese tipo, él es mi familia, no sé si me entiendes -comentó Diomedes mirándola fijamente, notando su mirada de molestia.

-Sobra decir que no… -le espetó-. Mi madre era una prostituta, mi padre la mandó matar y me abandonó a mi suerte hasta que vio una oportunidad política en la que lo beneficiaba, intentando educarme para formar parte de la Familia Real de Príamo vendiéndome como concubina. Héctor me salvó, pero solo utilizó mi odio para matarte, de allí en fuera me casé con una mujer, y mi figura paterna más sobresaliente es un maniaco degenerado que se entregó al incesto, y a fornicar con una estatua de cobre. ¿Me hace eso entender cómo funcionan los núcleos familiares? -agregó con sarcasmo.

-Supongo… que no… -se perturbó un poco Diomedes, y comenzó a pensar en cómo explicárselo-. La vida… elige por ti a la familia -comentó Diomedes, y Anficlas asintió-. Pero a los verdaderos hermanos, tú los eliges. Odiseo es mi hermano juramentado, lo quiero incluso más que a un hermano de sangre… o lo haría si los tuviera. Daría mis reinos por Odiseo, moriría por Odiseo, a ese nivel llega mi respeto y cariño por mi amigo -le explicó.

-¿Es aquí donde debo sentirme celosa? -preguntó, y Diomedes parpadeó un par de veces- Si lo dices por mi matrimonio con Lodis… te juro por los dioses que este jamás se consumó, así que no tiene valía… no es que Lodis no lo intentara -se molestó.

-Estoy hablando en serio -se molestó Diomedes, pero Anficlas no era exactamente una persona con mucho tacto, y Diomedes tuvo que comprender que era por las condiciones de su vida-. No me gustan los hombres, aunque a ti no te disgustan mucho las mujeres… -esta vez fue él quien se enceló, pero poco le duró, mientras volvía a pensar en Odiseo-. Siento… que Odiseo está sufriendo mucho… -comunicó, y Anficlas lo miró fijamente, esta vez con curiosidad-. Tengo este temor, en mi corazón, de que está a punto de hacer algo que va a ser imperdonable, algo que no sé si seré capaz de perdonarle. Tengo que salvar a Odiseo… tengo que evitar que se convierta en una persona de odio… porque si lo hace… no sé si podré salvarlo, ¿lo entiendes? -preguntó, y Anficlas lo pensó.

-Lo que entiendo es que eres un masoquista que disfruta de victimarse a sí mismo mientras intenta salvar a todo mundo -insultó ella, Diomedes se fastidió, y suspiró en señal de molestia, pero entonces notó a Anficlas vistiéndose-. Pero eso no es necesariamente malo… solo deprimente… si salvas a otra chica y te casas con ella, de verdad me voy a enojar… ¿entendido? -lo miró Anficlas con desprecio.

-¿Cómo pasamos del te odio y quiero matarte, al te amo y eres solo mío, tan rápido? -se burló Diomedes, quien recibió una patada en el rostro por parte de Anficlas- ¡Eres una salvaje! -se fastidió, y entonces Anficlas le lanzó su ropa- ¿Qué vamos a hacer específicamente? -preguntó.

-Salvar a mi cuñado juramentado por supuesto -sonrió Anficlas, salió de su habitación, y pateó con fuerza la habitación frente a la suya-. ¡Arriba holgazanes! -gritó Anficlas, asustando a Esténelo y a su concubina Bresia- ¡Ponte los pantalones y a los remos! ¡Ahora! -gritó y se dirigió a la habitación de junto, la pateó con fuerza, y Euríalo y su concubina Laogore despertaron de igual manera- Bueno para nada, a remar, ahora -agregó con ira.

-¿Quién murió y te hizo jefe? -se molestó Euríalo, y Anficlas lo pateó al suelo con fuerza- Ahora si te voy a… -intentó decir, pero encontró a Diomedes con una mirada restrictiva detrás de Anficlas-. De inmediato… mi señora… -agregó con varias venas saltadas.

-Vaya, tal vez debería agradecerte el que envenenaras a Diomedes y me violara -susurró, preocupando a Euríalo-. Tal vez deba contárselo a mi nuevo amante. Quién sabe, puede que él te lo agradezca, después de todo ahora yo comparto su cama. ¿Quién tiene una posición de poder mejor a esa? -le preguntó.

-¡A sus órdenes mi señora Anficlas! -gritó en pánico Euríalo, y salió corriendo a los remos- Maldición, maldición, maldición… si Anficlas le dice a Diomedes, estoy muerto. ¿Por qué no escogí a una concubina más sumisa? -se quejó mientras corría, preocupando a Diomedes.

-¿Exactamente qué le dijiste? -preguntó con curiosidad, pero Anficlas tan solo sonrió con malicia, y Diomedes se preocupó- ¿Por qué presiento que te acabas de convertir en una piedra en mi zapato? -se preocupó.

-Oh, disculpa, ¿querías a una concubina amorosa y gentil? ¡Si te metes con alguien más te arranco el aguijón! ¡Yo estoy disfrutando mucho esto! -prosiguió pateando puertas- ¡Arriba! -prosiguió, encontrando a un furioso y ciego Antíloco, y a Orsedice rodando en la cama- Umm… si no ayudas no estorbes… -comentó.

-Remaré… -contestó Antíloco, furioso por ser menospreciado, y comenzó a caminar a cómo podía, palpando en todas direcciones, intentando encontrar el camino a los remos. Anficlas entonces continuó pateando puertas, y sacó a Teucro a la fuerza ya que el perezoso se negaba a despertar, pese a las quejas e Enue, su concubina, quien quería continuar durmiendo con él.

-Si alguien tiene algún problema, dígamelo a la cara, no susurré a mis espaldas. ¡Eso va por ti, Teucro! -le gritó, y Teucro se preocupó- ¡A los remos, todos! ¡No me importa si son Caballeros Dorados, de Plata o de Bronce! ¡Todos a remar! ¡Tú también! -miró a Diomedes.

-¡Yo soy el Rey! -enfureció Diomedes, y Anficlas comenzó a empujarlo con violencia- ¡Está bien! ¡Está bien! ¡Remaré! ¡Remaré! -se molestó Diomedes- Esto no pasaba con Egialea… -comentó, y entonces sintió la mirada endemoniada de Anficlas-. Creí que te había destruido el cosmos… -se preocupó mirando el aura oscura de Anficlas, y huyó de ella.

-¡Puede que lo vuelva a forjar solo por darte una paliza! ¡Vuelve aquí! -enfureció ella, persiguiendo a Diomedes por todo el barco hasta poder propinarle una golpiza.

Pero sin importar los intentos de Anficlas por agilizar el regreso de la flota de Diomedes a Troya, Tracia estaba mucho más cerca de Troya que Chipre. Por lo que, pese al tremendo avance, los navíos de Nauplia a cargo de Palamedes tuvieron el tiempo suficiente de llegar a Tracia, saquear los puertos de Eyón, cargar los barcos Nauplios de alimento, tesoros y esclavos, y regresar a Troya, justo cuando los navíos de Argos, Tebas y Calidón se encontraban a tan solo un día de viaje para desembarcar.

Costas de Troya. Desembarcadero Aqueo.

-¡Nauplia! ¡Nauplia regresa de Tracia! -se escuchó el sonar de las trompetas tras el anuncio del vigilante sobre la única atalaya de los Aqueos, y los soldados, sin importar que fuera de noche, comenzaron a reunirse con antorchas a las playas de Troya celebrando la llegada de los Nauplios, quienes comenzaron a lanzar víveres desde la proa, enfureciendo a Agamenón, quien reclamaba que todo debía ser contabilizado por Acamante antes de la repartición. Aunque el que hicieran aquello significaba que los Nauplios habían regresado de Tracia con tesoros suficientes para abastecer a los ejércitos Aqueos por varias Lunas.

Palamedes bajó orgulloso, seguido de varias carretas con maíz, que repartió entre todos los soldados sin importarle el descontento de Agamenón. Los Caballeros Dorados, Shana y Poseidón estaban presentes, al igual que un Odiseo que miraba a Palamedes con desprecio.

-¿Era tan difícil rapiñar Tracia, Odiseo? Si solo eran un montón de salvajes sin entrenamiento militar. Apenas y tuvimos bajas -le sonrió con malicia Palamedes, enfureciendo a Odiseo.

-Una conglomeración de pueblos pacíficos es lo que eran… ellos no tenían entrenamiento militar… los masacraste… -pero eso a Palamedes no le importó, y pasó de lado de Odiseo, quien lo tomó del hombro en ese momento-. ¿Qué hiciste con Reso? -le preguntó, y Néstor, a su lado, compartió aquella preocupación.

-El cobarde no estaba en la ciudad cuando llegamos -se lo quitó de encima Palamedes con molestia, y entonces se dirigió a Agamenón-. Mi Rey Supremo, los 80 navíos que zarparon a Eyón están repletos de tesoros. Encontrará estos tesoros mucho más útiles, que una ridícula Armadura de Bronce -miró Palamedes a Odiseo nuevamente, quien lo ignoró intentando mantener su ira bajo control-. Desafortunadamente, no encontramos rastro de esas 4 Armaduras de Oro Blanco. Presiento que todo fue un invento de Reso para asustar a Odiseo, y por lo que veo, lo consiguió -sonrió Palamedes.

-Haz favor de mantener tu riña personal fuera de esto, Palamedes -ordenó Agamenón, frotándose la cabeza-. Ustedes 2 me van a cortar años de vida. Acamante, encárgate de la contabilidad y reparte los tesoros. Palamedes, a mi tienda. Debemos discutir nuestra estrategia de guerra… -y aquello ofendió a Odiseo aún más, Menelao lo notó, y se acercó a su hermano.

-Agamenón, no considero prudente que discutas el plan e guerra solo con Palamedes, para eso existe un consejo -le explicó Menelao en su preocupación, notando al mismo tiempo que Agamenón estaba agotado.

-Lo comprendo, Menelao… pero juntar a estos 2 es… -suspiró Agamenón en su agotamiento, pero entonces viró a ver a Odiseo-. Me serviría una segunda opinión, Odiseo -mencionó Agamenón, accediendo.

-De nada sirve una segunda opinión, mi Rey Supremo… si será ignorada de todas formas -respondió Odiseo, molestando a Agamenón, quien terminó siendo tranquilizado por Menelao, mientras Odiseo se retiraba.

-Yo hablaré con él, hermano -comentó Menelao, tranquilizando a Agamenón-. La riña entre Palamedes y Odiseo ha durado mucho tiempo ya, es momento de que termine, me aseguraré de ello -le prometió.

-Más te vale… -le respondió Agamenón-. Los planes de Palamedes son más contundentes, los de Odiseo más mediáticos. No podemos actuar de ambas formas. Odiseo tiene que comprenderlo. En cuanto a Palamedes, mientras dé resultados, no tengo razones para escuchar a nadie más -le recordó.

-Escucharás al consejo… la guerra no depende de un solo hombre -le recordó Menelao, y de inmediato fue a la tienda de Odiseo, entrando, y encontrando el lugar destruido-. Y yo decía que yo tenía un problema de ira… -se dijo a sí mismo Menelao-. Odiseo… -comenzó, pero Odiseo lo ignoró-. Vuelvo a hacerte el ofrecimiento… si quieres descargar tu ira, estoy aquí para recibirla. Entiendo que no soy el hombre más centrado de este ejército, pero la ira consume y destruye, lo tengo muy bien presente… tienes que liberarla, para poder mantener el buen juicio. ¿Tú crees que me gusta ser un sádico imperialista todo el tiempo? No puede haber paz de mente, si no se libera todo ello que te aqueja. Por favor Odiseo, habla conmigo -le pidió Menelao.

-Mi señor… -comenzó Odiseo-. No tengo nada que decir… mi ira será liberada, pero no puede ser liberada sobre usted… -insistió Odiseo, Menelao tan solo lo miró con preocupación-. Me he entregado en cuerpo, alma y corazón a esta empresa, y la veré terminada. Se hará justicia, mi señor, se lo prometo… -le aseguró.

-Quiero justicia más que nadie, Odiseo… -continuó Menelao, observándolo fijamente-. Pero esto te está destruyendo, está destruyendo a muchos. No cometas un error del cual vas a arrepentirte después. Tus palabras son tan importantes como las de Palamedes, al menos, yo siempre voy a escucharte. Actúas con prudencia donde otros actúan con violencia, esa es tu verdadera valía, Odiseo, no lo olvides. Estamos en guerra, pero no somos sanguinarios asesinos sin corazón, tú me enseñaste eso… solo lamento, que la lección haya llegado tan tarde… -bajó la mirada Menelao, y se dio la vuelta-. Siempre que necesites a alguien con quien hablar… te estaré esperando… -finalizó, y se retiró.

-Los tiempos para hablar terminaron hace mucho… mi señor… -se susurró Odiseo, y miró a sus espaldas, donde un espía aguardaba-. Dicen que eres el mejor espía de los Aqueos, Tersites… -miró Odiseo al Caballero de Bronce de la Hidra, primo de Diomedes, y por quien Diomedes sentía un gran desprecio. Detrás de Tersites había un esclavo Troyano, encadenado, amordazado, y temeroso-. Espero que hayas hecho la elección correcta, por el bien de ambos -enunció Odiseo, mirando al temeroso esclavo.

-Estoy seguro de que mi señor Odiseo estará más que complacido -enunció Tersites, el horrible y patizambo espía-. No es un Espectro como me lo solicitó, pero es alguien más valioso, lo capturé mientras se bañaba, así que no tiene armadura puesta, pero por unos cuantos óbolos más podría… -le mostró su mano Tersites, y Odiseo colocó algunas monedas de oro en su mano, y Tersites le entregó una armadura de un soldado Troyano de alto rango que, coincidentemente, ya tenía en una bolsa de cuero-. ¿Quiere saber más de él? -preguntó Tersites.

-Él mismo me lo dirá… uno debe conocer a quienes asesina a traición después de todo -se susurró a sí mismo Odiseo, y aunque el joven esclavo no lo escuchó, Tersites sí fue capaz de hacerlo-. Coloca esto en la habitación de Palamedes donde sepas que no puede ser encontrado fácilmente -le pidió Odiseo, entregándole un saco de oro a Tersites.

-A Diomedes no va a gustarle nada esto, mi señor Odiseo -le comentó el patizambo y horrible espía, quien entonces le sonrió-. Solo por eso lo haré con más gusto, pero si el señor Áyax se entera… él tiene a Palamedes en alta estima -le aseguró.

-Por eso eres tú quien va a hacer esto, Tersites… porque no hay nadie más ruin y despiadado que tú, por ello eres demasiado cuidadoso -finalizó, y Tersites de la Hidra entonces desapareció en una nube de humo como si jamás hubiese estado allí. Odiseo entonces comenzó a desatar al joven, que era muy bello, casi femenino. Aquello hizo que Odiseo sintiera cierto remordimiento, y que pensara en desistir de su plan-. Tu nombre… -le preguntó Odiseo.

-Democoonte… mi señor… -se estremeció el joven, y por las marcas en sus brazos y piernas, Odiseo dedujo que Tersites inclusive había abusado de él, era demasiado femenino después de todo, seguro muchos de los soldados lo hubiesen hecho también. El corazón de Odiseo se partió, el joven había sufrido demasiado-. ¿Qué va a hacerme? -preguntó.

-Eso depende de lo que respondas. ¿Quién eres? -le preguntó con cautela, mientras a la fuerza le colocaba la armadura Troyana al joven- ¿Eres Troyano? ¿O el malnacido de mi espía te trajo de otro pueblo cercano? -le preguntó- Te conviene responder con sinceridad… -aseguró, y el confundido joven asintió.

-Soy uno de los hijos bastardos de Príamo, mi señor… -le contestó él con ojos llorosos, y Odiseo entonces lo miró fijamente-. Estoy en el batallón de Héctor, junto con todos los bastardos… me capturaron mientras me bañaba… después de… herirme en mi hombría -confesó, y Odiseo confirmó sus sospechas-. A los bastardos siempre nos tratan como basura -confesó él con ojos llorosos-. Si yo muriera, Príamo de seguro no me lloraría mucho… pero he de suplicarle por mi vida… lo complaceré como me lo pida… -aseguró.

-No soy como Tersites… -confesó Odiseo-. ¿Has participado en esta guerra? ¿Has matado a alguien? -le preguntó, y Democoonte le asintió- ¿Alguien importante? -preguntó nuevamente, terminando de amarrarle la armadura Troyana.

-No soy muy buen guerrero… pero logré herir a un joven de Ítaca… Leuco… -le informó, y Odiseo se mordió los labios con molestia-. Era un buen arquero… pero la herida que le causé no era mortal… creo que los médicos llegaron a tiempo para salvarlo -confesó.

-Leuco era uno de mis hombres… -le confesó Odiseo, y el joven palideció-. Ese malnacido de Tersites… se las arregló para que yo no pudiera retractarme… -se fastidió Odiseo, y miró al joven que estaba aterrado-. Conocí a Leuco desde que éramos niños… tenía esposa e hijos. ¿Tú tienes esposa e hijos? -preguntó.

-No… mi señor… -agregó asustado, pensando en que moriría por sus palabras. Odiseo lo pensó detenidamente entonces, aún no era muy tarde, y el joven era tan sumiso que podía conservarlo incluso de esclavo.

-Tendrás a tus hijos y a tu esposa… si haces lo que yo te diga… -le mencionó Odiseo, y el joven, tembloroso y con lágrimas en los ojos, asintió-. Llevarás esta carta de regreso a Troya, y se la entregarás a Príamo, ¿lo has entendido? Con los Aqueos celebrando la llegada de los Nauplios nadie te verá. Corre y no mires atrás, corre como si tu vida dependiera de ello, porque depende… -le confesó, y el joven trastabilló-. ¡Vete ya! -le ordenó, y el joven comenzó a correr lo más rápido que podía, usando la noche como velo, corriendo tan rápido como le era posible- ¿A cuántos estás espiando al mismo tiempo, Tersites? -se preguntó Odiseo, tomando arco y flecha, y apuntando al joven- Sabías que recientemente perdí a Leuco, un buen amigo, en una de las incursiones… y capturaste a un hijo de Príamo… para asegurarte de que fuera convincente… tal vez… seas tan peligroso como Palamedes… porque me conseguiste a una víctima a la cual no puedo salvar… -soltó la flecha Odiseo, y le atravesó el cráneo a Democoonte, quien murió sin darse cuenta-. Está hecho… -se dijo a sí mismo Odiseo-. Ya no hay vuelta atrás. Esto termina hoy… Palamedes… -prosiguió Odiseo, con la mirada inexpresiva, y dirigiéndose a la tienda del consejo.

Troya. Décima Ciudadela, Tros. Sala del Consejo de Troya.

-Está ocurriendo… -susurró Creúsa, con ambas manos sosteniendo una de sus esferas de vientos, mientras miraba a Democoonte morir, y a los Daimones Phobos y Deimos caminar entre los campamentos Aqueos sin que nadie se percatara de su presencia-. Tanta planeación está rindiendo frutos, Enio… -miró Creúsa a la Daimón del Derramamiento de Sangre frente a ella, quien estaba más que sorprendida por los resultados de la manipulación de Afrodita-. Antes del amanecer… uno de ellos va a morir, y desestabilizará a los ejércitos Aqueos. Tendrás la ubicación de Temiscira entonces… pero solo cuando la última gota de sangre de uno de esos Caballeros de Plata, haya manchado la arena arrebatándole el último suspiro -finalizó.

-Así se hará… ama Afrodita -le respondió Enio, desapareciendo en una nube de neblina carmesí, mientras Creúsa continuaba observando lo que acontecía en sus esferas de vientos, viendo en específico 2 más, una con Anficlas liderando a los navíos de Argos, Tebas y Calidón, y otra donde una preocupada Egialea oraba a los dioses por el bienestar de Diomedes.

-Elegiste atesorar una infidelidad… Diomedes… -sonrió Creúsa con malicia-. Y pese a todo el placer que he visto en esta infidelidad, no solo rompiste tus votos, sino que eres demasiado peligroso para mi amado Eneas… y este… es mi castigo… no solo vas a perder a un amigo… los perderás a ambos… porque el que quede con vida… será odiado por ti -finalizó Afrodita, con su cosmos incinerándose, maligno y mortífero.

Campamentos Aqueos. Tienda del Consejo Aqueo.

-Por fin algo de paz… -se sentó Agamenón en su trono, con los miembros del consejo todos presentes, Odiseo incluido, para continuar con los planes de guerra-. Los víveres que han llegado desde Tracia mantendrán a los ejércitos Aqueos bien alimentados por, ¿cuánto tiempo? -preguntó Agamenón a Acamante.

-Con el número de bajas promedio diarias en consideración… -contestó Acamante mientras miraba sus apuntes, aunque por su poco tacto perturbó a más de uno en el consejo-. 3 Lunas aproximadamente. Para entonces el plan de Odiseo de mantener cosechas en las islas vecinas y criar ganado habrá dado frutos, aunque no los suficientes -aclaró.

-Lo que significa que tenemos que continuar con las incursiones a los pueblos cercanos por sobrevivir -comentó Agamenón en ese momento, y mirando a Odiseo, sabiendo que se opondría en algún momento-. ¿Cuál es la lista de territorios aún leales a Troya? Si atacamos a nuestros enemigos, nos abasteceremos y mermaremos el avance Troyano. ¿Estás de acuerdo, Odiseo? -preguntó Agamenón.

-Estoy de acuerdo… -contestó, sorprendiendo a los presentes-. He comprendido, mi Rey Supremo, que no se podrá ganar esta guerra sin sacrificios. Pretendo que los sacrificios estén del lado Troyano sin embargo, aunque continuaré con mi postura de prudencia en cuanto a las masacres injustas -espetó, lo que fue del agrado de Agamenón.

-Sí… muy bien, Odiseo, comienzas a sonar como el líder táctico que necesitamos -se alegró Agamenón, y Palamedes, por supuesto que se molestó-. Ahora, antes de que malas noticias lleguen a nuestras puertas, ¿cuáles son los reinos leales a Troya, Acamante? -preguntó Agamenón, y Acamante estuvo a punto de hablar, cuando un soldado entró rápidamente en la tienda del consejo- ¡Me lleva Hades! ¡Más vale que no sean más malas noticias! -enfureció Agamenón, haciendo temblar a toda la tienda del consejo con su poderoso grito, y el soldado palideció en ese momento, pero se acercó al Rey Supremo, y le susurró al oído- ¿Qué has dicho? -se molestó Agamenón, se puso de pie, y caminó fuera de la tienda- Habrán de disculparme, pero la reunión del consejo queda cancelada. ¡Menelao, conmigo! -ordenó Agamenón, y todos en el consejo se sobresaltaron, y Menelao siguió a su furioso hermano fuera de la tienda, aunque los curiosos miembros del consejo, y una sumamente preocupada Shana, los siguieron a ambos. Desconocían todos que, en ese momento, las nubes escarlata y cobalto habían vuelto a rodearlos a todos.

Afuera, los Aqueos celebraban, comían y se embriagaban, pero tras notar a Agamenón caminando con violencia por los campamentos todos entraron en alerta, y las nubes escarlata y cobalto comenzaron a rodearlos. Estaban nerviosos sin razón alguna, temerosos sin que hubiese una explicación. El nerviosismo imperó en el campamento, pero nadie comprendía por qué. Donde antes había alegría, ahora solo había miedo y un sentimiento de derrotismo.

Por fin Agamenón llegó a donde algunos soldados rodeaban el cuerpo sin vida de Democoonte, Menelao prestó atención al lugar donde se había encontrado el cuerpo, notando que coincidentemente estaba a unos pasos de la tienda de Palamedes, y a un tiro de flecha exacto de la tienda de Odiseo.

-Llevaba esta nota consigo, mi señor -le ofreció la nota un soldado a Agamenón, quien comenzó a leerla, y entonces miró a Palamedes en el grupo de preocupados miembros del consejo, Agamenón le entregó la carta a Menelao, quien la leyó en voz alta a petición de su hermano.

-«A mi señor Príamo» -comenzó Menelao-. «Habrá visto los navíos Nauplios en las afueras de Troya, como le mencioné que ocurriría hace varias Lunas. Según lo acordado, ni Reso, ni las 4 Glories que pronto serán transportadas a Troya desde Asia, fueron dañados de forma alguna» -continuó Menelao, mirando a Odiseo, quien sintió la mirada y palideció-. «La cantidad de víveres en los navíos Nauplios, será sin lugar a duda motivo de fiesta para los Aqueos. Se mantendrán a los ejércitos durante 3 días más en esta posición. Para entonces, habré movilizado a los hombres de confianza a las islas cercanas para mantenerlos a salvo de la masacre. En 3 días encontrará la guardia de Nauplia fuera de las costas, y podrá atacar desde la retaguardia. Los ejércitos Aqueos caerán, y la gloria regresará a Troya. Firma: el Príncipe Palamedes de Nauplia» -finalizó Menelao, y Palamedes palideció.

-¿Qué? ¡Tonterías! -enfureció Palamedes, mirando a un furioso Agamenón- ¡Mi Rey Supremo! ¡Acabo de llegar de un viaje de una Luna con tesoros para nuestros hombres! ¿Por qué habría yo de atentar en contra de la armada Aquea? -enfureció Palamedes.

-Todos tienen un precio… Palamedes… -se aventuró a decir Odiseo, mientras miraba de forma preocupada a Menelao, quien no le quitaba la vista de encima-. Al menos yo dudaría de la persona que incitó a un motín en la Isla de Aullis por el puesto de Rey Supremo -prosiguió.

-Has silencio, Odiseo… -comenzó Agamenón, furioso-. Acamante… quiero que inspecciones esta nota… -Menelao le entregó la nota a Acamante a petición de Agamenón, preocupando a Odiseo aún más. Menelao lo seguía observando fijamente, y Odiseo comenzó a temer por su vida-. ¿Y bien? -preguntó.

-La caligrafía es casi idéntica… mi señor… -comentó Acamante, y Odiseo sintió su corazón paralizarse-. Hay ligeras imperfecciones, como si fuese escrita por manos temblorosas… pero por el peso del mensaje, se podría concluir que es por temor… -miró Acamante a Palamedes, quien palideció-. No quiero creerlo… eres mi discípulo… -prosiguió.

-Entonces apelaré a su sentido común… yo no envié esta carta. ¡Me están tendiendo una trampa! -prosiguió Palamedes, mirando a Shana directamente- Mi diosa… se lo suplico… tiene que creerme -pidió Palamedes.

-Es una acusación muy seria, Palamedes -interrumpió Poseidón-. Y me temo que apelar a la compasión de Athena no te servirá, porque no voy a permitirlo -prosiguió Poseidón, mirando a Shana, quien tenía el corazón en pena-. No estás lista para este tipo de decisiones. Revisen al espía, quiero saber quién es… -pidió Poseidón.

-No es uno de nuestros esclavos… yo lo sabría si fuera montado, mi señor -comentó Acamante, acercando su mano al cadáver-. Pero puedo levantar su alma y preguntárselo personalmente -aseguró Acamante, y Odiseo supo que estaba perdido.

-Eso no será necesario… Acamante… -interrumpió Menelao, mirando aun fijamente a Odiseo, quien tragó saliva-. Su nombre es Democoonte, uno de los hijos de Príamo. Un hijo bastardo para ser más específico y, en consecuencia, desechable para Príamo -le aseguró. Acamante miró a Menelao, curioso, y después a su discípulo, quien suplicaba que le creyeran. Al final, Acamante no levantó el alma de Democoonte.

-Entonces tenemos una carta sospechosamente legítima, y a un hijo de Príamo muerto… las evidencias apuntan en tu contra, Palamedes -continuó Agamenón, y Palamedes se arrodilló frente a él.

-Mi señor, escuche a la razón -le pidió Palamedes-. Me estoy humillando ante usted. Soy inocente -insistía Palamedes, más entonces un soldado se acercó, y Palamedes palideció aún más, y comprendió lo que estaba pasando.

-Mi señor… encontramos esto en la tienda de Palamedes, oculto debajo de la cama de una de sus esclavas -le explicó, y cuando Agamenón abrió la bolsa de cuero, encontró una cantidad de oro Troyano que compraría inclusive un palacio.

-Ya entiendo lo que está pasando… -miró Palamedes a Odiseo-. ¡Tan celoso estás de mí, Odiseo, que has complotado esto en mi contra! -le apuntó Palamedes a Odiseo, quien se retrajo, pero mantuvo la calma.

-No voy a caer en tu juego, Palamedes -espetó Odiseo, y miró a Shana en ese momento-. Ante mi diosa, declaro que no he tenido nada que ver con esto… será ella la única capaz de juzgarme -aseguró Odiseo, y todos viraron a ver a Shana, quien bajó la mirada, apenada.

-Y bien… Diosa Athena -preguntó Agamenón, mientras Shana meditaba al respecto-. Todas las evidencias apuntan a Palamedes. Incluso el inculpar a alguien para zafarse de su castigo -concluyó Agamenón, y Palamedes notó su error-. ¿Cuál es su veredicto, mi señora? -volvió a preguntar Agamenón.

-Odiseo… -comenzó Shana, mirando a Odiseo, quien ya comenzaba a temblar de miedo-. Odiseo jamás me mentiría… confío en Odiseo plenamente… -enunció Shana, y los ojos de Palamedes se llenaron de lágrimas.

-¿Están de broma todos ustedes? -escucharon un grito furioso, y un Tigre de cosmos se abalanzó en contra de Odiseo, derribándolo, y dejándolo tendido en contra del suelo. Era Aquiles, quien llegaba a defender a Palamedes, y miraba a Shana con desprecio- ¿Están tan ciegos que se niegan a ver lo que es más que obvio? ¿Por qué Palamedes haría esto tras años de servidumbre incondicional? -les preguntó Aquiles, y los miembros del consejo intentaron detenerlo, pero Aquiles se los sacudió a todos de encima y se posó frente a Shana, quien se aterró por su acercamiento- Dime una cosa… Athena… -hizo énfasis en su nombre divino Aquiles, mientras miraba a Shana fijamente-. ¿Esta es la respuesta de la mortal que quiere ver a Odiseo como parte de su familia, o de la diosa imparcial que debe ver a sus soldados como lo que son? ¡Soldados! -le recriminó Aquiles, mientras Néstor, Acamante e Idomeneo lo atrapaban y evitaban que siguiera en su cólera. Shana entonces miró a Aquiles fijamente, con aquella mirada de determinación.

-Esta… es la respuesta de tu diosa… y vas a respetarla… -enunció Shana, enfureciendo a Aquiles-. Querías que actuara con la autoridad debida, ¿no es así, Aquiles? Esta es mi autoridad, y no se verá nublada por ningún vínculo de amistad o de amor de mi encarnación mortal -prosiguió Shana, posándose frente a un preocupado Palamedes-. En vista de las evidencias, no me queda otra alternativa que declarar a Palamedes de Perros de Caza, Príncipe de Nauplia, culpable de alta traición, y como tal se verá sometido al castigo que el Rey Supremo de los Aqueos considere pertinente, esto a disposición de que el consejo lo considere justo -miró Shana a los miembros del consejo-. Si al menos a uno de los miembros del consejo, exceptuando a Palamedes, le displace esta orden… apelando a la sabiduría que se me declara como dominio, se dará a Palamedes de Perros de Caza un Juicio de Traición. Con base a las evidencias entonces, ¿alguien aboga por este juicio? -preguntó Shana, y todos los miembros del consejo meditaron, y nadie levantó la mano, ni siquiera Menelao, por quien Odiseo estaba más preocupado, ni Acamante, quien si quería podía sacarle la respuesta al alma de Democoonte-. El consejo ha hablado… se te niega el derecho a juicio -finalizó.

-Estás cometiendo un terrible error, Shana… -espetó Aquiles, mirando a Odiseo con detenimiento, pero entonces viró a ver a Shana nuevamente-. Me equivoqué… tal parece que mantenerme imparcial a los designios de los dioses era lo correcto… no eres merecedora de mi devoción… -se quitó de encima Aquiles a todos los consejeros, y se retiró con molestia.

-Discúlpate ante tu diosa inmediatamente, Aquiles, o tus acciones de hoy tendrán consecuencias -ordenó Agamenón, pero Aquiles lo ignoró-. Así lo has querido… -miró Agamenón a Acamante-. De ahora en adelante, los tesoros de los Mirmidones serán reducidos a la mitad, Acamante -ordenó Agamenón, y Acamante asintió-. En cuanto a ti, Palamedes… tu sentencia… es la muerte por empedramiento… no puede haber otro castigo para los traidores. ¡Sujétenlo! -enunció Agamenón.

-¡No! ¡Esto no es justo! ¡Yo no he hecho más que velar por el bien de esta empresa! -gritó Palamedes, mientras los soldados lo apresaban y lo amarraban a un tronco, mismo que empalaron a orillas de la playa- ¡Odiseo! ¡Sé que estás detrás de todo esto Odiseo! -le gritó Palamedes, y Odiseo se aproximó a él- Diles la verdad… y te juro en el nombre de Athena, de Poseidón, y de cualquier dios… que esto no tendrá repercusiones… -le pidió aterrado.

-Solo tengo 2 palabras para ti… Palamedes… -se acercó Odiseo a su oído-. Jaque mate -susurró, y Odiseo entonces se retiró, mientras Palamedes gritaba en descontento e ira-. Mis señores… solicito permiso para abstenerme de esto… mis riñas personales nada tienen que ver con mi deseo de castigar a Palamedes -enunció Odiseo, pero Menelao lo detuvo.

-Pero qué dices, Odiseo… -comenzó Menelao, con una piedra en su mano-. Si no se me ocurre a nadie más digno… para lanzar la primera piedra… -le aclaró Menelao, y Odiseo palideció-. Ahora termina lo que empezaste… ser de odio… -le entregó la piedra, y Odiseo se mordió los labios, y asintió.

Odiseo entonces se acercó a la playa, miró a Shana de reojo, la diosa no deseaba verle a la cara en esos momentos. Odiseo se preguntaba si ella sabría la verdad, así como estaba seguro de que Menelao la sabía. Miró a Acamante también, el de Cáncer se mantuvo inmutable, incluso a sabiendas de que era su discípulo a quien en esos momentos iban a apedrear hasta la muerte. Odiseo por fin se posó frente a Palamedes, lo odiaba, realmente lo odiaba, pero llegar a este extremo era demasiado, Odiseo lo sabía. Pero si flaqueaba ahora, se evidenciaría ante los demás, razón por la que cerró su mano con fuerza en contra de la piedra, y la lanzó con todas sus fuerzas, impactando a Palamedes por encima de su ceja, y arrebatándole las primeras gotas de sangre, que cayeron como un pequeño rio escarlata, hasta cegarle el ojo derecho.

-Juro por todos los dioses… Odiseo… que me vengaré por esto de alguna manera… -espetó Palamedes, cerró los ojos, y mientras el siguiente soldado Aqueo se posicionaba para continuar con la lenta y tortuosa ejecución, Palamedes se mordió los labios, recibió la pedrada, y se negó a soltar alarido alguno. No le daría gusto a Odiseo, aunque para Odiseo hubiese sido menos tortuoso escuchar aquellos gritos, que el silencio de Palamedes recibiendo las pedradas. Más y más soldados llegaron a lanzar pedradas a Palamedes, y Shana fue obligada a verlo todo, mientras el traidor era castigado brutalmente. Su corazón estaba en pena, Odiseo lo sabía, pero se retiró cabizbajo de todas maneras, seguido de Menelao, y ante la mirada de repudio de Aquiles, quien le dio la espalda con molestia. Cuando hubieron llegado a una distancia prometedora, Menelao interceptó a Odiseo, quien ya lo veía venir.

-Tienes una deuda muy grande conmigo ahora… Odiseo… -fueron las palabras de Menelao, quien entonces impactó el rostro de Odiseo con fuerza, tumbándolo en la arena, hecho furia divina-. Quiero que mantengas este momento bien presente en tu mente… el momento en que por ti un inocente muere… ahora sabes lo que siento yo todos los días, cada vez que Acamante llega a mi tienda, con los nombres de todos los que han muerto por el juramento… -enfureció Menelao, y Odiseo lo vio con su rostro cubierto en lágrimas-. No tengo derecho a juzgarte… donde yo soy el principal culpable de tantas muertes… pero ahora que conoces mi dolor, tengo que pedirte que dediques tu vida, a salvar a cuantas almas puedas de mi gran pecado… -le pidió Menelao.

-Soy una basura… -confesó Odiseo, y lloró él también-. No merezco esta vida… cuando he tomado la de un inocente por el odio con el cual estoy maldito. Ni Palamedes se merecía esto… -se arrodilló Odiseo, y comenzó a golpear la arena con fuerza-. ¿Cómo puedes vivir con este dolor? -preguntó Odiseo, destrozado.

-Enfrentando a mis enemigos con la furia de 1,000 ejércitos… esperanzado en salvar a cuantos pueda -le confesó Menelao-. Ahora ya nada te inhibe… Odiseo… ayúdame a salvar a los Aqueos… -le pidió Menelao-. Ayúdame… a enmendar el dolor que por mi egoísmo he liberado en este mundo… ayúdame… -le suplicó.

-Lo haré… Menelao… juro por Athena que lo haré… aunque mi palabra de nada valga ahora… -finalizó Odiseo, mientras una última piedra se escuchaba romper el cráneo de Palamedes, y su cosmos se extinguía, trayendo aún más lágrimas a Odiseo, a Menelao, y a un Aquiles quien repudió la injusticia al sentir el cosmos de Palamedes abandonar este mundo desde su tienda.

En ese momento, sin embargo, alguien más lloraba. Una diosa que acababa de ver la última piedra lanzada, la que partió el cráneo de Palamedes, quien había fallecido por el tremendo impacto. Más soldados tomaban sus turnos, lanzaban las piedras, desconociendo lo que ellos quienes controlaban el cosmos sabían bien: que Palamedes ya no podía sentirlas. Poseidón al lado de Shana abrió sus ojos con tranquilidad, y miró a Shana llorando sin consuelo alguno.

-Acabo de sentir en mi cosmos… un juramento… tío Poseidón… -lloró Shana, y Poseidón asintió en ese momento-. ¿Tú lo sabías? ¿Lo sabías y no me lo dijiste? ¿Permitiste que un inocente muriera por mi imprudencia y favoritismo? -preguntó Shana.

-No… Shana… -comenzó Poseidón, viéndola fijamente-. Tú permitiste que un inocente muriera… por tu imprudencia y favoritismo… -le respondió, y el grito de pena de Aquiles se escuchó entonces, lo que destrozó el corazón de Shana aún más-. Esto… es una guerra… tú eres una diosa… necesitas empezar a actuar como tal o más muertes como estas seguirán ocurriendo. Dime entonces… Athena. ¿Podrás perdonar a Odiseo? -le preguntó, y Shana se desmoronó.

-Yo… -comenzó Shana, ganándose la atención de Acamante, de Agamenón, y de todos los Caballeros Dorados presentes-. ¡Ya no sé lo que puedo o no puedo hacer! -gritó en su desesperación, corrió, y pese a que sus Caballeros Dorados intentaron ir en su encuentro, Poseidón los detuvo con su mano-. ¡Palamedes! -gritó Shana mientras corría por la playa, sin detenerse, sin mirar atrás, con sus lágrimas siendo llevadas por el viento- ¡Perdóname Palamedes! -tropezó, cayó al suelo, su rostro se enmugreció por el lodo, y sus lágrimas continuaron cayendo- Palamedes… -susurró Shana, y entonces gritó en pena infinita.

Navío del Argos.

-Shana… -habló Diomedes, sus ojos abiertos de par en par, y con Anficlas dando órdenes a su lado, quien interrumpió las mismas para fijarse en su amante-. Siento el corazón de Shana… está destrozado… me destroza el mío… -prosiguió Diomedes, tomándose el pecho, y sintiendo como su corazón ardía con una mezcla de miedo y furia-. ¿Qué está pasando en Troya? ¿Esténelo? ¿Cuánto falta para divisar la costa? -preguntó desesperado.

-¡Ya deberíamos de poder verla, mi señor! -le contestó Esténelo desde el timón- ¡Debemos estar al menos a 200 tiros de flecha de las costas! ¡Llegaremos en breve! -le comunicó, más entonces el mar comenzó a tornarse violento- ¿Qué ocurre? ¡Poseidón y Hefestos cuidan nuestros navíos! -se estremeció Esténelo, mientras una inmensa roca salió de la nada. Afilada, mortífera, y levantó agua por toda la proa.

-¡Esténelo! ¿Qué fue eso? -gritó Diomedes, sintiendo la sacudida del navío, y mientras todos sus barcos comenzaban a ser sacudidos de igual manera- ¡Envíen señal de alerta a los navíos! ¡Que anclen sus barcos hasta saber lo que está pasando! -enunció.

-¡Ya oyeron a su rey! -gritó Anficlas- ¡Antorchas de alarma! ¡Todos los barcos anclados! ¡Ahora! -gritó Anficlas, y los Argivos obedecieron. Desafortunadamente, el navío en que ellos viajaban estaba siendo abatido por las rocas afiladas que salían de las profundidades del océano, y si bien el resto de la flota de Diomedes estaba a salvo, su barco no lo estaba- ¡Abajo! -gritó entonces, mientras chocaban con una inmensa roca, y la sacudida derribaba a algunos soldados al agua, aunque el navío resistió- ¡Diomedes! -gritó Anficlas aterrada- ¿Qué está pasando? -lloró por el miedo, mientras el barco nuevamente era impactado, y más soldados eran derribados- ¡Diomedes! -gritó nuevamente, y Diomedes la tomó de la cintura, ayudándola a mantenerse de pie.

-No sé qué es lo que está pasando… -se mordió los labios Diomedes, mientras nuevamente Esténelo perdía el control y el barco se sacudía a la deriva, sin control alguno, y mientras más y más rocas salían del agua, incluyendo a una inmensa montaña que comenzaba a alzarse, y que sacudió el navío de Diomedes violentamente, tragándoselo en una ola inmensa.

Troya. Décima Ciudadela, Tros. Sala del Consejo de Troya.

-Esto… mi querido Diomedes… -sonrió Creúsa con malicia desde la Sala del Consejo Troyano, mirando a la esfera de vientos rosados en su mano, y con una impresionada Enio, unos orgullosos Phobos y Deimos, y una figura femenina y oscura detrás de ella-. Es lo que pasa cuando molestas a los dioses incumpliendo juramentos sumamente importantes, como el juramento de fidelidad… -se burló Creúsa, mirando en dirección a la figura oscura- ¿O me equivoco, Artemisa? -le sonrió Creúsa.

-No te equivocas… Afrodita… -le respondió la Diosa de la Luna, quien salía de las sombras, con una mirada repleta de ira-. Diomedes de Escorpio, esta es la última vez que irrespetas a los dioses… y tu castigo… será eterno -colocó sus manos Artemisa en la esfera rosada junto a Creúsa, quien reía con fuerza y malicia, mientras su cosmos y el de Artemisa se fundían, y realizaban la voluntad de los dioses.

Playa de Troya.

-¡Ese es el navío de Argos! -se sobresaltó Odiseo, corrió a la playa, Menelao lo siguió, y pronto todos quienes usaban Armaduras de cualquier tipo, quienes vestían Escamas, los soldados comunes, y Poseidón, miraron intranquilos al barco de Diomedes sacudirse con violencia y comenzar a destrozarse.

-No… -susurró Shana desde la arena, mientras una inmensa ola se dirigía en su dirección. Aquiles de inmediato llegó ante ella, la cargó como a una princesa, y saltó lo más alto que pudo con ella en sus brazos, salvándola de ser tragada por la inmensa ola. Desde las alturas, Shana notó al barco partiéndose a la mitad, y a Diomedes allí, mirándola en impotencia, mientras su tripulación era nuevamente tragada por las olas, dejando únicamente los restos destruidos del navío de Diomedes visibles-. ¡Diomedeeeeeeeeees! -gritó, víctima del terror, mientras Aquiles aterrizaba con ella aún en sus brazos, y ella pataleaba y deseaba lanzarse al agua para ir en auxilio de su padre- ¡Suéltame! ¡Diomedes! ¡Diomedes! ¡Diomedeeeeeeeeees! -continuó gritando, pero ya nada podía hacerse.

Playa de Temiscira.

-Así que… se las arregló para sobrevivir el muy imbécil… -habló una mujer, mirando a las ruinas del barco a la distancia, y a un desesperado Diomedes aferrándose al mástil del navío mientras este se hundía, con Anficlas inconsciente en sus brazos-. Esa debe ser la zorra por la cual rompió su juramento -prosiguió la mujer, tomando su hacha de batalla, y lamiendo su hoja con entusiasmo-. Me voy a divertir arrancándole al hijo que lleva en su vientre. Será una experiencia en extremo placentera -se saboreó la mujer, mirando a la playa, y a Aquiles sosteniendo a una desesperada Shana en sus brazos-. Oh… qué tenemos aquí… vaya, vaya… este no está nada mal… -se levantó la mujer, se acercó lo más posible a la orilla, mirando a Aquiles fijamente, sabiendo que él podía verla también-. Admírame todo lo que quieras… mortal… la Hija de la Guerra te ha elegido como su nueva presa. Escucha mi nombre aquí y ahora… morirás a manos de Pentesilea. ¡Semidiosa hija de Ares! -le gritó ella, y en las playas de Troya, Aquiles le sonrió.

-¿Pentesilea, eh? -se preguntó Aquiles, con una Shana mirándolo ahogada en lágrimas en sus brazos- Me parece perfecto… necesito a alguien… que reciba toda mi cólera… -elevó su cosmos Aquiles, y tanto Tigre como Dragón rugieron a sus espaldas- ¡Porque estoy furioso! ¡Y es hora de que Athena recuerde! ¡Quién es el héroe más grande de todos!


Fin de Año Uno.

Comienza Troya: Año Dos.