¿Solo 4 reviews? Nota mental, no actualizar los lunes, o actualizar cada 6 meses, sí, esa me gusta más. Meh, es broma, no se me vayan a sentir. Como es la última semana en que tengo libertades laborales (osea que mi jefe está fuera), puede que esta sea la última actualización semanal en un buen tiempo, a menos que la inspiración continué llegando, de hecho ya lleva mucho tiempo aquí, ¿qué está pasando? ¿Necesito tener trabajo para escribir? En fin, el capítulo de hoy puede que se vea más como un capítulo de relleno que nada, pero me sirve demasiado para arreglar varios fallos argumentales en la trama, y para ir evolucionando a los personajes en la dirección que pretendo darle a la historia. Así que, como cuando no hay mucho mito de donde cortar, esperen bastantes batallas. En fin, a contestar reviews:
dafguerrero: Ya entendí la pregunta, aunque creo que es obvia, definitivamente la personalidad del personaje de Anficlas que sale en la obra de teatro de Academia Sanctuary no representa, ni remotamente, a la Anficlas de Guerras de Troya. Y es langosta egipcia, no cangrejo egipcio, ese ni sé si existe. No sé si el bebé de Creúsa y Eneas nació rápido o no, pero Creúsa ya llevaba rato pujando así que Hebe tan solo llegó para lo último. Artemisa en este capítulo tendrá un ligero descanso para concentrarme en el relleno, digo, en la evolución de los personajes, jajaja. Quien sí tendrá otra participación es un dios que adoras mucho (nótese el sarcasmo). Si la batalla entre Niso y 5 Caballeros Dorados te pareció impresionante, ya quiero leer tus reacciones cuando veas la batalla de esta entrega, someteré a votación cual fue mejor, la de Niso o la de Cípselo. Por cierto no es la primera vez que uso a los Suplicios Obsidiana, si los usé en Guerras Doradas, que curioso que nadie los haya mencionado, tal vez ni fueron populares. ¿Quieres más sangre? Veamos qué opinas después de este capítulo, que lo disfrutes (risa macabra).
midusa: No tengo idea de qué contestarte, y he pasado algunos minutos intentando contestarte algo y no lo logro, leí el review en cuanto lo posteaste y no pude contestarte nada así que lo dejaré hasta aquí (escucha la voz del chavo del 8 en su cosmos, "la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena"), ok, ok, mal chiste. Áyax siempre ha sido de mis personajes favoritos para escribir, se me hace caóticamente divertido, sobre Epeo, sé que no fue mucho, pero es algo que ayuda a su evolución como personaje, y hablando de evoluciones, varios personajes tendrán su evolución en este capítulo, espero lo disfrutes.
Tita: No comprendo ese suspiro, pero supongo que la noticia no ha sido mucho de tu agrado, lo siento, pero siempre tuve planeado tener a Pentesilea y a Anficlas como las caras opuestas del feminismo. Pero piensa en Pentesilea como un personaje actualmente extremista que se irá formando en una persona más tolerable, lo contrario de Anficlas que empezó mal y terminó mejor. Anficlas seguirá siendo mi personaje femenino poderoso por mucho tiempo, la gran señora dirían algunos, pero no significa que no tenga su corazoncito, espero el desenvolvimiento de Anficlas siga siendo del agrado del público. Sobre los Suplicios Obsidiana, no es la primera vez que los uso, aunque admito que no eran tan fuertes, de hecho hasta donde recuerdo solo un Suplicio Obsidiana sigue siendo el mismo, si leyeron Guerras Dorados ya saben cuál, así que no lo divulguen. En un principio no pensaba utilizar a los Suplicios Obsidiana, pero era muy aburrida la temática de "Oh, soy el Espectro Terrestre de tal estrella y soy bien poderoso, pero solo saldré en este capítulo porque soy un personaje desechable", así que decidí darles una importancia más significativa que ayude a la evolución de los Caballeros Dorados, de allí a saber si eso les extiende la calidad de vida eso es muy diferente, pero no serán pelmazos cualquieras. Ya me sabía el mito de Helena que mencionas, pero no recordaba a Némesis, umm… tal vez debería usarla… nah, ya está demasiada complicada esta historia así como está.
TsukihimePrincess: Tu review llegó el día que actualizo, que suerte tienes. Veo que a todos les agradó la evolución de Epeo, pero créanme que no será tan marcada, Epeo, al igual que Néstor, son personajes de bajo impacto. Sean Caballeros Dorados o no, la verdad es que necesito mantener una esencia de esos personajes, claro que esto no significa que no tendrán más apariciones, pero hay un límite a la participación que le puedo dar a ciertos personajes. Sobre los Suplicios Obsidiana, no eran tan poderosos en Guerras Doradas, tengo que admitir eso, pero para los año me darán mucho de donde anclarme. Pentesilea y Aquiles, esa batalla está muy lejos de ocurrir nuevamente, pero cuando lo haga, veré qué se me ocurre para hacerla épica. Spoiler o no, definitivamente no sabes la versión del mito que voy a utilizar, ¿por qué? Porque ni traducida al español está, así que estoy seguro de poder sorprenderte. Ojo, Fénix no está dentro del Cofre de Cípselo. Y la manzana andante de la discordia se llama Éax, ok, tal vez estoy siendo un poco exigente, hasta yo escribo los nombres mal a veces. La idea de Éax no es que sea un personaje odiado, sino vengativo. Los personajes humanos son los más explotables, con humanos me refiero a su corazón, ¿no haríamos nosotros lo que Éax hace por la injusticia del asesinato de su hermano? Esa mi querida Tsuki, es la cuestión. Que lo disfrutes.
EDITADO: 10/07/2024
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Dos.
Capítulo 3: El Cofre de Cípselo.
Anatolia, Tenedos. Palacio de Tenedos. Aposentos Temporales de Poseidón. Año 1,194 A.C.
-¿No han recibido noticias aún de los Mirmidones? -preguntó Poseidón. Se encontraba descansando en una de las habitaciones del Palacio de Tenedos, conquistado por Aquiles y los Mirmidones durante el primer año de la Guerra de Troya, y con los Tenedonios sirviéndole con temor. Después de todo, por derecho de conquista, Tenedos estaba obligada a obedecer a los Aqueos, e incluso su rey actual, Deífobo, uno de los hijos de Príamo y hermano de Héctor, se veía obligado a atender a Poseidón, y jugar ajedrez con él, aunque lo hacía con un inmenso desprecio.
-No, mi señor… -le respondió Idomeneo, quien se encontraba en la habitación con Políxeno y Automedonte-. Nuestros hombres han mantenido vigía frente a las costas, los campamentos Mirmidones no se han movido, y el puerto sigue en pie -Poseidón meditó al respecto, mientras esperaba a que Deífobo moviera su pieza en el tablero de ajedrez, y cuando Poseidón se dio cuenta de que no movía, lo miró fijamente, mientras Deífobo le devolvía la mirada vacía-. Mueve, esclavo -lo golpeó Idomeneo con su lanza, molestando a Deífobo, pero Poseidón lo tranquilizó con un movimiento de su mano.
-Eres prisionero de los Aqueos, pero se te ha tratado como a un rey -le explicó Poseidón, a lo que Deífobo respondió con su silencio-. Tienes la palabra de un dios, de que cuando la incursión a Egipto termine, se negociará con Príamo un intercambio de prisioneros, y regresarás al lado de tu padre. Eso será siempre y cuando me trates con cortesía, no quieres tener a Poseidón de enemigo, Deífobo -aclaró Poseidón, el malhumorado Rey de Tenedos, tomó una pieza de ajedrez, y la movió, fastidiando a Poseidón-. Y encima me dejó en Jaque Mate -se molestó, pero posó su atención en Idomeneo-. Tal parece que a los Mirmidones se les ha complicado la conquista de Colona… que Automedonte y Políxeno te acompañen a auxiliarlos -aclaró Poseidón, volviendo a acomodar las piezas de ajedrez. Idomeneo, Políxeno y Automedonte reverenciaron, y salieron de la habitación.
-Casi me engañas, Poseidón… -habló Deífobo, y Poseidón miró entonces al Rey de Tenedos, quien lo miraba con los ojos rojos y brillantes-. Por unos instantes de verdad pensé que estabas jugando al dios bueno y bondadoso. Pero puedo ver que la tiranía aún existe en ti, quieras o no darte cuenta de esta. Sigues siendo el mismo dios con el que me levanté a conquistar el Olimpo, y con quien construí por castigo las murallas de Troya -refunfuñó Deífobo.
-Esto resulta bastante interesante… -sonrió Poseidón, mientras veía el cabello de Deífobo tornarse rojizo, y un cosmos divino rodearle-. Deífobo… «Deí», de deidad, y «fobo», en lugar de «febo», resplandeciente, luminoso… Sol… -concluyó Poseidón, mirando a Deífobo fijamente-. Apolo… -sonrió nuevamente Poseidón, mientras Deífobo lo tomaba del cuello e intentaba aplastárselo, pero el cosmos de Poseidón se lo impidió-. Oh, pero que buen amigo resultaste ser, queriendo estrujar el cuello de tu tío mientras no tiene su tridente y mientras posee un cuerpo que aún no está desarrollado para controlar el cosmos de un dios, muy bien, Apolo. Veo que sigues siendo un dios imbécil e imprudente con una fascinación por intentar asesinarme -le espetó Poseidón.
-Este dios al que llamas imbécil e imprudente tiene el poder de destruirte a ti y a Zeus -le apuntó Apolo, y Poseidón tan solo se rio con fuerza-. ¿A qué juegas, Poseidón? Tú no eres aliado de los Aqueos, tú no amas a Athena, tú eres un dios que ve solo para sí mismo. Belicoso, implacable, destructivo -enfureció.
-¿Terminaste? -continuó acomodando las piezas Poseidón, y Deífobo lo miró con curiosidad- Siéntate, Apolo, antes de que tu cosmos alerte a mis Generales Marinos, y hablemos de dios a dios -Deífobo se mostró molesto, pero se sentó de todas formas-. Soy un dios… soy eterno… exijo veneración y sacrificio, lanzo tormentas a los mortales siempre que me insultan, hundo la tierra, castigo… sin piedad a veces… -explicó, moviendo su primera pieza de ajedrez-. ¿Qué me ha dejado todo eso? Cada vez menos son los reinos que alaban a Poseidón, me dan la espalda, atesoran a otros dioses de luz y bondad, como por ejemplo a Athena. ¿Qué pasa si me he dado cuenta de que la tiranía no es el camino? Los Titanes a quienes enfrenté en la Titanomaquia eran seres de mal, destruían el mismo mundo que habían creado, aprisionaban a los dioses… hace tiempo vi a Okéanos de Tanken al rostro, y vi a un ser tirano… pero… cuando intenté conquistar el Olimpo contigo, y fui castigado por Zeus a construir las murallas de Troya bajo el mando del, en ese entonces Rey de Troya, Laomedonte, experimenté por vez primera lo que era ser un mortal, lo que era vivir con miedo de amos belicosos y caprichosos. Soporté el arduo trabajo manual, caí en mis rodillas sintiendo dolor, sintiendo calor, sintiendo hambre, sintiendo sed. Era un humano… era un mortal… aún era un ser de ira divina claro, añoraba que terminase mi castigo para volver a vengarme de Zeus y de los mortales que me daban la espalda. Entonces tuviste la brillante idea de matarme mientras mi Cuerpo Divino era mortal -le recordó, a lo que Deífobo reaccionó con desdén-. No es lo mismo que asesinen al contenedor de tu Alma Divina, Apolo, tú destruiste mi Cuerpo Original, obligándome a la reencarnación. Desde entonces, vi el mundo como lo ve Athena. Y no solo eso, mi querida sobrina, ella te castigó por tu crimen. En Hélade se prohibió el culto a Apolo, ¿puedes creerlo? Mi sobrina con la que siempre estuve en guerra, plantándote cara por mí. Puede que todo sea culpa de este cuerpo que Hefestos construye para mí una vez cada 100 años y en el que deposito mi Alma Divina, pero… ahora todo me queda mucho más claro… soy un dios… que siente como un humano. Ustedes los dioses que eligen un contenedor pueden pensar que son humanos también, pero solo absorben la personalidad de sus recipientes, una vez abandonan a sus contenedores, vuelven a la realidad de la divinidad. Creúsa, Ilíona, Equetrón, Paris, y ahora tú, Deífobo… no son como Shana y yo. Nosotros somos verdaderamente humanos con almas de dioses, ustedes son solo cascarones que toman prestadas emociones ajenas. No son sus emociones, Apolo, son las emociones de sus contenedores, ustedes tan solo prestan sus cosmos a ellos. Ese bebé al que Afrodita cree que abraza como si fuera su propia Sangre Divina no es su hijo, es el de Creúsa. Ese conflicto existencial de Artemisa sobre su hijo que no es su hijo y su hermano en viceversa, no es su problema, es el de Ilíona. Equetrón es punto y aparte, con o sin Ares es igual de descerebrado. ¿Qué aflicciones tendrá Deífobo que ahora serán de Apolo? Me deleitaré viéndolo, primeramente, déjame presentarte al dolor -terminó su explicación, tomó la mano de Deífobo, y un choque eléctrico descomunal se coló a la mente divina de Apolo, que dejó el cuerpo de Deífobo, no logrando soportar su primera experiencia con el dolor mortal-. No te confundas, Apolo… no estoy pretendiendo nada. Legítimamente me preocupo por Shana, por Athena, por los humanos. No sé cuánto tiempo va a durar, pero vuelve a meterte en mi camino, dios parasito, y te destrozaré el Cuerpo Divino -aseguró Poseidón.
-Ow… mi señor Poseidón… ¿qué ha ocurrido? -habló Deífobo con debilidad, y Poseidón inclusive se dignó a darle la mano y ayudarle a levantarse- ¿Acaso no le he servido bien? ¿Por qué me ha castigado? -preguntó con debilidad.
-¿Cómo te lo explico? -se preocupó Poseidón, y entonces miró a Deífobo con preocupación. Como humano había sido buen anfitrión, pero Poseidón sabía que Apolo lo había elegido como su nuevo contenedor. Podría matarlo, y dejar a Príamo sin un hijo, y a Apolo sin un cuerpo al cual anclarse, pero en su lugar, apeló a su nueva humanidad- Vas a causarme muchos problemas, Deífobo… pero un mortal no tiene la culpa de ser el contenedor de un dios… -tronó sus dedos Poseidón, y los grilletes en manos y piernas de Deífobo se desvanecieron-. Vete… te ofrezco tu libertad. Con una advertencia… -lo miró Poseidón-. Si vuelves a Troya, bajo cualquier circunstancia… decretaré ante los ojos de todos los Aqueos, y con Athena de testigo, que a nadie que comparta la sangre de Príamo se le será permitida la vida, ¿lo has entendido? -preguntó Poseidón, y un horrorizado Deífobo asintió, y corrió por su vida- Decisiones, decisiones… no suelo tomar las mejores… espero que esto no me perjudique en un futuro -se preocupó Poseidón, se sentó, y derribó al rey negro con su dedo-. Venceremos… -finalizó.
Hélade. Isla de Esciro.
-¿Cómo está? -preguntó el Rey Licomedes a la nodriza que cargaba en sus brazos a Pirro, mientras montaba guardia a las afueras de la habitación de Deidamía. La nodriza negó con la cabeza, pero se hizo a un lado permitiendo al anciano rey pasar, encontrando a su hija Deidamía lamentándose por la traición de Aquiles- Hija querida… -intentó decir, pero Deidamía le dio la espalda-. Hija, comprendo tu dolor, pero es Aquiles de quien hablamos. Sabes bien, al igual que yo lo sé y lo sabe él muy bien también, que Aquiles no regresará jamás de Troya. Puede darse el lujo de tener concubinas, todo hombre desea tener cuantos hijos pueda. Pero eso no significa que Aquiles ha olvidado lo que eres, la madre de su primogénito. Además, Éax no es exactamente una persona de confiar, es hijo de Nauplio, y hermano de ese perverso de Palamedes. Su familia es ruin -intentó explicarle.
-No me importa la familia de nadie, solo la mía -fue la respuesta de Deidamía-. ¿Y si es cierto? ¿Y si Aquiles ha conseguido a una concubina, se ha casado con ella, y viene a Esciro con deseos de guerra? -le preguntó.
-Lo recibiré con un ejército de rubias en harapos que son en realidad hombres disfrazados para ridiculizarlo ante sus Mirmidones -agregó Licomedes con malicia, incluso con el rostro ruborizado haciéndose a la idea de burlarse de Aquiles, pero a Deidamía no le hizo ninguna gracia-. Por Athena, Shana jamás permitiría eso -le explicó.
-¡No menciones ese nombre! ¡Ninguno de los 2! -le gritó Deidamía, sobresaltando a Licomedes- Ella sabía que yo lo amaba… ella sabía que cargaba a su hijo en mi vientre… ella debió evitarlo, pero no lo hizo. ¿Por qué? -enfureció- ¿Y qué pasa si esa concubina es Shana? -preguntó ella intranquila.
-Sabiendo lo que yo sé, lo dudo mucho -enunció Licomedes frotándose la barba, y Deidamía se mostró impresionada-. Un hombre trasvestista en mi corte, y una diosa limpiando mis pisos. Sí, soy un rey afortunado. Oh, pero no dije eso en voz alta, ¿o sí? -preguntó.
-¿Lo sabías? -preguntó Deidamía- ¿Cómo? ¿Desde cuándo? -exigió saber, pero Licomedes movió su cabeza en negación- Si lo sabías entonces comprendes mi descontento con la situación -le aseguró.
-Es porque lo sé la razón por la que desconfío de Éax -le aseguró Licomedes-. Aquiles puede tener concubinas, te guste o no. No está casado contigo, básicamente tú eres la concubina aquí -le recordó Licomedes, enfureciendo a Deidamía aún más-. Sobre Aquiles conquistando Esciro, eso es imposible, no solo fui su rey quien lo cuidó desde niño y fue un padre para él. También sé que Aquiles no regresará de Troya jamás -le aseguró, mortificando a Deidamía-. Fue su elección, vida larga y plena, o corta y gloriosa. Y si eso no te convence, Shana es Athena, y ella no puede hacer honores a Afrodita, y no sé ni para que uso palabras gratas para referirme al sexo, si eres mi hija y te acostaste con un trasvestista a los 15, pequeña sabandija precoz -le apuntó acusativamente.
-Ese trasvestista… era el amor de mi vida… -lloró Deidamía, con dolor en su corazón-. A veces me pregunto, ¿cómo hubiera sido mi vida si Aquiles hubiese elegido la vida larga y plena? -se preguntó Deidamía, desconociendo, que esa pregunta tenía ya una respuesta.
Anatolia, Colona. Interiores del Cofre de Cípselo.
-¡Ya te lo dije! ¡No quiero ningún regalo de ti! -se quejó Aquiles, tenía nuevamente 15 años de edad, estaba vestido de mujer, una muy elegante por su fiesta de cumpleaños, y con un Patroclo intentando hacerle un regalo, mientras las hijas del Rey Licomedes escogían un regalo de entre los muchos artilugios y prendas que traía Odiseo. Cípselo lo observaba todo, increíblemente maravillado, le costaba incluso comprender la belleza de Aquiles vestido de mujer y pretendiendo ser Pirra.
-Pero ni siquiera has visto lo que Odiseo tiene que ofrecer -le insistió Patroclo, joven también, de 17 años para ser precisos, vestido como un cortesano cualquiera-. Deja de ser tan orgullosa y solo escoge un regalo. Te juro que, si nada te gusta, no volveré a molestarte jamás, en el nombre de Athena te lo juro, solo elige algo, lo que sea -Aquiles se fastidió, pero asintió y caminó en dirección a Odiseo. Cípselo lo seguía, completamente invisible, disfrutando, deleitándose de la vida que el Cofre de Cípselo había elegido para Aquiles, preguntándose si esta vida era o no era real, o en qué momento divergía-. Pero si algo te gusta… regálame un beso… -pidió Patroclo, ligeramente avergonzado, y Aquiles enfureció.
-¿Por qué habría de hacer eso? ¡Entiende de una buena vez que no tengo ese tipo de sentimientos por ti! ¡No hay absolutamente nada en esta colección que…! -pero Aquiles se quedó sin habla, cuando entre todas las sedas, vestidos, piedras preciosas e inciensos, encontró una espada dorada hermosa, y un escudo del mismo material- Esa espada… conozco ese estilo de forja… solo una espada Ateniense tiene ese filo… -se impresionó Aquiles, y Cípselo comenzó a comprender lo que estaba pasando, y quién era el hombre que pretendía ser un mercader-. ¿Esa… esa… esa espada…? ¿Puedo tomarla como mi regalo de cumpleaños? -preguntó.
-¿Una espada? -se horrorizó Shana, a quien inmediatamente Cípselo descubrió como la Diosa Athena reencarnada- ¿Estás segura, Pirra? ¡Ese es un regalo para niños! -apuntó Shana, y Deidamía simplemente se mantuvo en silencio, observando a Pirra, quien se ruborizaba de la vergüenza. Odiseo prestaba mucha atención, Aquiles estaba muy cerca de tomar la espada, pero entonces, el poder del Cofre de Cípselo se hizo presente, y desistió.
-No… -fue la respuesta de Aquiles, quien entonces miró a Deidamía, ruborizándose entonces-. Una chica como yo no necesita de estas burdas herramientas de muerte. Me complaceré a mí misma, con este abanico -tomó un abanico Aquiles, y Odiseo suspiró en señal de descontento.
-¿Estás de broma? Pero si yo estaba convencido de que eras tú… -se deprimió Odiseo, tomó el abanico, y se lo entregó a Aquiles-. Tal vez Diomedes estaba equivocado… -se susurró, y continuó atendiendo al resto de las hijas de Licomedes.
-¡Está hecho! ¡Tienes tu abanico! ¡Ahora quiero mi beso! -celebró Patroclo, tomando a Aquiles de la cintura- Lo prometiste, un beso en cambio por un regalo de cumpleaños -le recordó moviendo sus cejas arriba y abajo.
-Oh, pero por supuesto -rodeó Aquiles a Patroclo con los brazos, ruborizando a Shana, y desestabilizando la cordura de Deidamía. El Rey Licomedes tan solo se atacó de la risa, pero Aquiles no besó a Patroclo, sino que lo tomó del brazo, y lo azotó al suelo con fuerza-. Un beso, ¿verdad? -se acercó Aquiles a Deidamía, la tomó de la cintura, y la besó con fuerza, sobresaltando a Patroclo, ruborizando a una horrorizada Shana, y fastidiando a Licomedes que escupió su vino y comenzó a gritar incoherencias. Odiseo por su parte, desvió la mirada-. No especificaste beso de quien para quien. Por cierto, soy lesbiana -se burló.
-¿Lesbiana dice? Ahora todo tiene un horrible sentido -lloró Patroclo, mientras una en extremo ruborizada Deidamía se desmayaba, sobresaltando a Licomedes, y mientras un Cípselo, invisible a los ojos de todos los presentes, miraba a Aquiles con curiosidad.
-Así que… secretamente tu corazón prefería la vida larga y plena, a la corta pero gloriosa -dedujo Cípselo, mirando a Aquiles burlándose de las caras ruborizadas de Shana, quien intentaba reanimar a la desmayada de Deidamía-. Es algo… peculiar. ¿Qué hubiera pasado si Aquiles no hubiese ido a la Guerra de Troya? -continuó preguntándose, y entonces escuchó la trompeta de Diomedes en la ciudad.
-Esa trompeta… Espectros… -dedujo Odiseo, y entonces miró la Espada Dorada en el suelo-. Sea como sea, el Oráculo nos quería aquí, y si el hijo de Peleo tampoco está en Esciro, eso significa que hemos dado vueltas sin remedio. No me queda otra alternativa, debo cumplir con mi deber -se acercó Odiseo a una caja, que estalló en pedazos, revelando la Armadura Dorada de Libra-. Lo siento, Calcas. Pero Diomedes me necesita. ¡Armadura de Libra! -enunció, la Armadura Dorada estalló en sus partes, y vistió a Odiseo de Dorado. En ese momento el cosmos de Shana reaccionó, y Odiseo la miró fijamente, descubriendo la verdadera identidad de Shana- Imposible, ¿Diosa Athena? -se preguntó Odiseo.
-Oh, interesante -sonrió Cípselo, paralizando la dimensión creada por el Cofre de Cípselo, y mirando a Odiseo vestido de Caballero Dorado, y a Shana como la Diosa Athena, mientras Aquiles seguía fingiendo ser una mujer-. Oh, pero ya ha sido suficiente de Aquiles. ¿Qué hay del pobre de Patroclo, Caballero Dorado de Leo? ¿Qué hubiese pasado si Aquiles no hubiera ido a la guerra y Patroclo no lo hubiera seguido? -tronó los dedos Cípselo, y el tiempo comenzó a pasar más y más rápido- Descuiden, Caballeros Dorados, una vez haya satisfecho mi curiosidad, todos serán asesinados, cuando sus mentes estén envueltas en tal confusión que no sepan cual es la realidad y cual la mentira. Así lo dicta Cípselo de la Piraña, Estrella Celeste de la Traición -sonrió Cípselo, mientras el mundo dentro del cofre continuaba avanzando.
Colona. Afueras de la ciudad.
-¡Ataquen! -ordenó Fénix, liderando a los Mirmidones en dirección a las murallas de la ciudad de Colona, mientras los hipnotizados granjeros continuaban con sus vidas como si nada, ni siquiera una invasión Mirmidón podía molestarles. Pero a momento en que los ejércitos Mirmidones llegaban ante las murallas, lianas y raíces envueltas de un cosmos violeta se alzaban de la tierra, se lanzaban a los Mirmidones, y los obligaban a defenderse- ¡Son solo plantas! ¡Avancen! -continuaba ordenando Fénix, mientras los Mirmidones lanzaban estocadas contra las lianas, las cuales parecían tener una mente propia y funcional. Evadían, golpeaban a los Mirmidones, les quitaban sus armas, y los obligaban a retroceder- ¡Maldición! ¡La Prominencia del Héroe! -se lanzó Fénix, con su cuerpo envuelto en llamas plateadas, golpeó las lianas, pero el cosmos violeta las protegió del fuego plateado, y Fénix terminó atrapado entre las lianas, que de pronto hicieron crecer espinas, y se encajaron en su cuerpo, aprisionándolo, arrebatándole su sangre- Miserables… -enfureció, mientras las lianas se alzaban, se tensaban en forma de lanzas bien afiladas, y bajaban listas para ejecutar a Fénix.
-¡Olas Ascendentes! -resonó el grito de Automedonte de Hipocampo, quien llegó justo a tiempo para proteger a Fénix de ser ejecutado, con un torbellino de agua que se alzó al cielo, evitando que las lianas dieran con Fénix- Así que es por esto que no hemos recibido noticias de ustedes… toda esta ciudad apesta a cosmos de Espectro -concluyó.
-¡Ilusión de Jabalina! -resonó la voz de Políxeno, y una lluvia de jabalinas se estrelló con fuerza en contra de las lianas, cortándolas, y liberando a Fénix, quien comenzó a desangrarse- ¿Te encuentras bien, Fénix? -preguntó Políxeno, ayudándole a ponerse de pie.
-¡Lanza Dorada de Crisaor! -escucharon a Idomeneo, quien de un movimiento violento desató miles de estocadas de lanzas, que destrozaron las lianas, y abrieron el paso a las granjas. Los granjeros al percatarse, pese a estar en trance, comenzaron a caminar en dirección a las murallas, entraron, y se encerraron en su interior- Esa muralla no va a protegerlos por mucho tiempo. Se los garantizo -sentenció Idomeneo, y miró a Fénix con incredulidad- ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Aquiles? -preguntó Idomeneo.
-3 Caballeros Dorados y uno de Bronce entraron a esa ciudad, y tras una Luna ni uno solo ha regresado… -se estremeció Fénix en señal de odio y preocupación-. Tomé el mando ahora, mi Rey Idomeneo, no quiero aceptarlo, pero si quien sea que controla estas lianas de verdad logró vencer a Aquiles… le juro que no descansaré hasta derrotarlo y castigarlo -le aseguró.
-Si 3 Caballeros Dorados no lograron derrotar al poseedor de este cosmos, ¿qué te hace pensar que tú puedes, Fénix? Eres un Caballero de Plata -le recordó Idomeneo, pero Fénix no pretendía dejarse intimidar, empujó a Idomeneo a un lado y se dirigió a las murallas de Colona, seguido por los Mirmidones, cuando Idomeneo lo detuvo-. Basta, no te estoy menospreciando. Te estoy pidiendo que seas paciente -le aclaró, y Fénix se detuvo-. Políxeno, quiero una imagen sonora de la ciudad. ¿Cuántos hombres hay? ¿Cuántos son soldados? -preguntó Idomeneo, y Políxeno se acercó a las murallas, tomó su flauta, y comenzó a tocar.
La melodía de Políxeno era apenas audible, pero quien ponía la suficiente atención podía distinguir un chillido tenue, el mismo chillido que todos escuchamos cuando nos concentramos en saber lo que escuchan nuestros oídos, incesante, continuo, como una señal enviada desde nuestros oídos y que no se va como la nariz que, cuando recuerdas que la tienes, no deja tu rango visual. Políxeno entonces vio en su cosmos tras recibir la imagen de las ondas que rebotaban por la ciudad a manera de sonar, las casas casi deshabitadas, los granjeros moribundos, las calles vacías. Y entonces se preparó para dar respuesta.
-La ciudad está en ruinas -fue la respuesta de Políxeno, que sorprendió a Fénix-. Hay pobladores, ni uno solo es un soldado. Tal vez todos los soldados salieron a auxilio de Troya bajo el estandarte de Cigno, el Rey de Colona. Adentro, solo hay granjeros moribundos, mal alimentados, trabajando en las granjas. Algunos comen, los que están al borde de la muerte por abstinencia, pero todos trabajan. Llevan alimento continuamente a carretas del otro lado de la ciudad que salen en dirección a Troya, pero los mejores frutos, las mejores cosechas, y el ganado más obeso, va al Templo de Apolo, donde puedo ver a un hombre vigoroso, que se pasea con una caja en sus manos. No encuentro señal alguna de Patroclo, Antíloco, Aquiles, ni de Trasímedes. Es todo lo que veo -aseguró.
-Imposible, yo mismo los despedí mientras entraban en Colona -tomó Fénix del cuello a Políxeno, y comenzó a sacudirlo violentamente. Automedonte entonces fue al lado de Fénix e intentó tranquilizarlo-. ¡No voy a aceptar que han asesinado a mi príncipe! -le gritó.
-Es mi príncipe también, Fénix, y sé muy bien, al igual que tú, que nadie puede con Aquiles -le recordó, y Fénix se cruzó de brazos en señal de molestia, y soltó a Políxeno, quien cayó al suelo fuertemente-. Mi rey, ¿qué haremos ahora? -le preguntó Automedonte.
-Si en este reino solo quedan granjeros y lianas asesinas, sería una tontería hacer peligrar la vida de los Mirmidones -fue la respuesta de Idomeneo, mientras miraba a Fénix-. Vuelve al campamento, donde 3 Caballeros Dorados fracasaron, 3 Generales de Poseidón tienen más posibilidades -le aseguró.
-3 Generales de Poseidón y un Plata, yo voy también -le espetó Fénix, e Idomeneo lo miró fijamente, asintió, y se dirigió a la muralla de Colona-. Permíteme… -sonrió Fénix-. Esta no es Troya. ¡Azote de Heraclian Heros! -golpeó con su maza Fénix, y las puertas de Colona cedieron. Los granjeros tomaron las armas, se lanzaron en contra de ellos, pero solo eran hombres sin mentes propias, y fueron rápidamente derrotados. Las lianas que se alzaron entonces, eran otra historia, envueltas en cosmos perseguían a los 3 Generales Marinos y a Fénix, intentando impedirles el paso.
Templo de Apolo.
-Oh, veo que el caballerito de Plata se las arregló para abrir las murallas después de una Luna de diversión -se dijo a sí mismo Cípselo, mirando al cofre en sus manos-. Puede que tenga que apresurar mi diversión, en el cofre solo caben 4 almas a la vez de todas formas. Destruiré sus mentes, los liberaré, y acabaré con sus cuerpos mientras sus mentes intentan deducir lo que acaba de pasar. Veamos ahora lo que pasa con los otros 2, cuyas vidas parecen rondar a Aquiles de todas formas -abrió el cofre Cípselo, y el mundo en su interior volvió a desplegarse.
-Nunca encontraré a una mujer… -lloraba Patroclo, sentado en las orillas de un rio, tirando rocas al agua-. Pirra me sigue rechazando… ya sé que dice que es lesbiana, pero… es tan bonita. ¿Y si la rapto y la obligo a que me dé un hijo? -preguntó Patroclo.
-Esa… es una declaración preocupante -escuchó entonces Patroclo, y se viró para encontrar a Antíloco, sin vendajes en sus ojos, y con la Armadura Dorada de Virgo puesta. Trasímedes, su hermano vistiendo a Andrómeda, viajaba con él-. ¿Debería denunciarte a con las autoridades? -le preguntó Antíloco.
-Otro que me cree un criminal. Lo entenderías si la conocieras, la doncella más bella de toda Hélade, Pirra… mi bella Pirra… -lloró Patroclo, sobresaltando a Antíloco, quien entonces miró a Patroclo con sombrías intensiones-. ¿A ti qué? -preguntó.
-¿Con Pirra te referirás quizás a cierta belleza rubia que siempre viste de rojo, criada del Rey Licomedes? -le preguntó, y Patroclo asintió en un par de ocasiones- ¡Aprisiónenlo! -ordenó Antíloco, y de pronto Patroclo se vio rodeado de espadas- ¿Puedo preguntar qué tanto le has hecho a mi prometida, señor violador? -preguntó Antíloco.
-¿Señor violador? ¿Prometida? -se sobresaltó Patroclo, y Cípselo estaba igualmente consternado- ¿De qué estás hablando? ¿Quién eres? ¿Conoces a Pirra? -le preguntó Patroclo.
-Antíloco de Virgo, Príncipe de Pilos -se presentó entonces Antíloco, y entonces miró a Patroclo con desprecio-. Y mi padre, el Rey Néstor, ha entregado un dote ya a Licomedes por la mano de Pirra de Esciro. Pirra es mi prometida, hoy he venido a conocerla, y a llevarla a Pilos como mi princesa -le explicó Antíloco.
-¿A Pirra? ¿Por qué a Pirra? Ella es solo una criada, hay miles de princesas para los príncipes. ¿Por qué no dejarle las criadas a los don nadie como yo? -se quejó Patroclo, y comenzó a llorar- Yo solo deseo… ser un hombre… del que mi padre pueda estar orgulloso -le explicó, y Antíloco lo miró con detenimiento.
-Bajen sus espadas… -pidió Antíloco, y miró a Patroclo detenidamente-. De forma que… ¿jamás has tocado a mí prometida? -le preguntó, a lo que Patroclo movió su cabeza en negación- ¿Eres un acosador? -le preguntó, y Patroclo enfureció y le lanzó un puñetazo, uno que Antíloco atrapó en su mano, mientras el agua del rio se estremeció con fuerza- Sorpren… dente… -agregó Antíloco.
-¡Ah! ¡Lo siento! ¡Fue un acto reflejo! -se defendió Patroclo, mientras veía las espadas a su alrededor nuevamente- No era mi intensión intentar golpearlo, Príncipe de Pilos -reverenció, pidiendo el perdón de Antíloco.
-Creo que… me rompió la mano… -susurró Antíloco, y entonces miró a Patroclo-. Tu nombre… -pidió Antíloco mientras ocultaba su adolorida mano detrás de su espalda, y Patroclo se sobresaltó.
-Patroclo, hijo de Menecio… mi señor… -se presentó Patroclo, y Antíloco se frotó la barbilla con interés-. No me mate por favor. Mi deseo más ferviente tan solo es el de ser un orgullo para mi padre. Por eso deseaba darle un nieto, no he tocado a su prometida -aseguró.
-Hay otras formas de enorgullecer a tu padre -le explicó, intentando soportar el dolor en su mano, que evidentemente estaba rota-. Dime Patroclo, hijo de Menecio. ¿Conoces lo que es el cosmos? -le preguntó, a lo que Patroclo respondió moviendo su cabeza en negación- Ya veo… si esta es tu fuerza sin conocer el cosmos… si lo conocieras… -dedujo él-. Me he decidido -comentó Antíloco, y Patroclo parpadeó un par de veces-. De ahora en adelante, serás mi Escudero, te entrenaré en el arte de la guerra, malearé tu cosmos, y te haré merecedor de una Armadura Dorada -le explicó.
-¿Yo? ¿Un Caballero Dorado? -se apuntó a sí mismo Patroclo, y Antíloco asintió un par de veces- Eso enorgullecería a mi padre. ¡Muchas gracias mi lord Antíloco! -le tomó la mano Patroclo, hiriendo a Antíloco.
-¡Aaaaaahhhhh! ¡Suelta! ¡Suelta! ¡Suelta! -reprendió Antíloco, y Patroclo soltó a Antíloco- Escucha… lo que te ofrezco no es cualquier cosa. Actualmente, la reencarnación de Athena se ha hecho presente en Esparta, donde el Rey Tindáreo planeaba ofrecer a una falsa Athena en matrimonio para el ganador de la mano de Helena de Esparta. Cuando Shana, la actual encarnación de la Diosa Atenea, evidenció que ella era la diosa, se armó la guerra en contra de Esparta, y ahora en Esparta gobierna Athena. Helena por otra parte, fue entregada a Odiseo de Libra por esposa, y se ha ordenado que los 12 Caballeros Dorados se reúnan en el nuevo Santuario de Esparta. Pero falta un caballero, el de Leo, y si tus estrellas corresponden, se te entregará esa Armadura Dorada. Tienes que ser digno de ella, ¿comprendes? -le explicó, y Patroclo obedeció- Pero antes de ir a Esparta, al nuevo Santuario de Athena, llevaré a una esposa conmigo, a Pirra. ¿Cómo es ella? -preguntó Antíloco, y tanto él como Patroclo comenzaron a entablar amistad.
-Es diferente… pero muy similar… -dedujo Cípselo, analizando el mundo que hubiese sido si Aquiles hubiese elegido la vida larga y plena en lugar de la corta y gloriosa-. Siguen existiendo 12 Caballeros Dorados, pero en lugar de Aquiles, Odiseo es el Caballero Dorado de Libra, un Odiseo al parecer más orgulloso y digno, quien, en lugar de mediar con cautela, atesoró la determinación que la Armadura Dorada le daba, y declaró sin temor que Shana era la reencarnación de Athena y no Helena, aparentemente… sin un Juramento a los Pretendientes… esta realidad, parece más dividida -dedujo Cípselo-. Sin Aquiles y su relación con Athena, el guerrero orgulloso por excelencia no se convirtió en uno de los Mirmidones. ¿Qué fue de Aquiles entonces? -preguntó, acelerando los hechos, mirando las posibilidades- ¿Qué tan importante eres para la Guerra de Troya, Aquiles? -insistió Cípselo.
Hélade. Argos. Palacio de Diomedes. Sala del Trono del Rey de Argos.
-Reina Egialea -habló Éax, caminando en dirección a Egialea, la Reina de Argos, y esposa de Diomedes de Escorpio-. Qué placer es el volver a verla, ¿cuánto tiempo ha pasado? -se preguntó Éax, y entonces recibió una embestida de un joven de al menos unos 12 años de edad, quien lo derribó de improviso- ¡Cometo! -abrazó Éax a un joven de cabellera oscura y enchinada, ojos color de esmeralda, y vistiendo una armadura de Argos- Tu padre, Esténelo, estaría orgulloso de lo mucho que has crecido -aseguró Éax.
-Tío Éax, ¿cómo está mi padre? ¿Le ha ido bien en la guerra? ¿El tío Diomedes se encuentra bien? ¿Y el señor Palamedes? -insistía el joven, y la última parte le recordó a Éax las razones por las que se encontraba en esos momentos en Argos.
-Cometo, no fastidies a Éax -reprendió Egialea, en la Armadura del Cisne, sentada en el trono de Diomedes-. Mi querido Éax, ha pasado mucho tiempo. Perdona el que Cometo te fastidie así. Desde que Diomedes y Esténelo partieron a la guerra, el pobre ha estado muy aburrido, por lo que lo he aceptado en mi corte. Pero basta de explicaciones, ¿has venido a presentar tus respetos? -le preguntó Egialea.
-¿Respetos? -preguntó, notando los estandartes de Argos cubiertos por franelas de tela, lo que era señal de que un miembro de la familia real había muerto- Mi señora… me temo que no estaba enterado de que hubiese ocurrido una tragedia, pero Diomedes no tienen a nadie más que a su… -intentó decir, pero recordó al último familiar de sangre de Diomedes-. La Reina Deípile… -dedujo Éax, deprimiéndose-. Diomedes es ahora… el único que tiene la sangre de Tideo… no queda nadie más -se dijo a sí mismo Éax.
-El abuelo de Diomedes, Adrasto, falleció también hace tiempo, antes de que fuera a la guerra y le dejara a Calidón por herencia… -le explicó Egialea, y Éax asintió-. Fuera de eso, solo le queda un primo, Tersites de la Hidra. Pero Diomedes no es muy amigo de Tersites… -explicó, y Éax se deprimió aún más-. Ah, pero descuida, Éax. Cuando Diomedes regrese, le daré tantos hijos que las cortes de Tebas, de Argos y de Calidón, estarán repletas de su sangre. La pesadilla de Diomedes de que su sangre se pierda con su muerte no ocurrirá, tenlo por seguro -le aseguró.
-Diomedes siempre ha sido nuestro amigo… -cerró sus manos en puños Éax, como queriendo resistirse. Pero un cosmos rosado lo rodeó, el cosmos de Afrodita, quien, pese a las distancias, continuaba influenciando en esta guerra-. No podrá ser… mi señora… porque he llegado con noticias que no serán de su agrado… -comenzó Éax, y los ojos de Egialea se llenaron de lágrimas.
-¿Diomedes ha…? -agregó en pánico, pero Éax la detuvo, y movió su cabeza en negación- Si no es eso… ¿qué le ha ocurrido? ¿Está herido? ¿Fue capturado? -preguntó, impaciente. Éax se mordió los labios, cada palabra de Egialea le partía el corazón.
-Diomedes… él… ha irrespetado sus votos matrimoniales, tomando a una concubina -le aseguró, y Egialea sintió que su corazón se destrozaba, pero respiró tranquilamente, y habló con una calma inusual para las noticias que le entregaba el Nauplio.
-Lo sabía ya… -confesó ella con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa en su rostro, mientras su cuerpo le temblaba-. Diomedes es un pervertido… no podía evitarse… mi primo… él… jamás ha sido el más devoto de los esposos… sabía que sería cuestión de tiempo antes de que hiciera algo así, pero… -prosiguió Egialea, sorprendiendo a Éax por lo cálida de su sonrisa-. Me alegra saber que sigue con vida y sigue con bien… mientras regrese a casa… a mi lado… yo lo perdonaré. Es lo que hacemos las esposas… Diomedes… él no podía evitarlo, estoy segura… no ha dejado de amarme… -sonrió ella nuevamente.
-Egialea… -comenzó a llorar Éax, tomándose el corazón-. Lo siento tanto… de verdad… lo siento… pero… no puedo perdonarlo por dejar morir a mi hermano… -se susurró Éax a sí mismo, con un profundo dolor en su pecho-. El nombre de la concubina de Diomedes… es Anficlas… -continuó Éax, hiriendo a Egialea, quien hizo lo posible por mantener su sonrisa, y asentir-. Y no es solo el adulterio del cual he venido a hablarle… mi señora… Anficlas… carga en su vientre a un hijo de Diomedes… -pero aquella última revelación, sin embargo, destrozó el corazón de Egialea en su totalidad-. Diomedes… quien se pensaba maldito e incapaz de tener hijos… ha encontrado a quien logró darle un heredero… Diomedes ha declarado ante los soldados de Argos, de Tebas, y de Calidón, y ante los 30 Pueblos Aqueos, que Anficlas no será concubina, y que su hijo no será un bastardo. Legítimamente lo ha declarado su heredero, y sabemos mi señora, que eso solo significa una cosa… a su regreso de Troya, Diomedes tomará a Anficlas por esposa… olvidándose de usted… -le aseguró, y el llanto de Egialea le destrozó aún más el corazón-. Por amor a lo que nuestras familias representaron alguna vez… es que he venido desde Troya a advertirle… ahora usted es la Reina de Argos… tome a alguien por esposo, dele a ese alguien un hijo… y Argos… tendrá un legítimo heredero. ¡Hágalo antes de que sea tarde, o una bastarda Troyana le arrebate su reino! -le pidió en desconsuelo.
-¡Largo! -gritó Egialea, y Éax la miró con temor- ¡He dicho largo! ¡Fuera de mi vista antes de que ordene tu ejecución! ¡Lárgate! -le gritó con fuerza, Éax tan solo reverenció, se dio la vuelta, y salió de la Sala del Trono de Argos- No es verdad… no es verdad… Diomedes… -continuó llorando Egialea.
-Tía Egialea… -se acercó Cometo, preocupado por su tía, con quien no compartía relación sanguínea, pero su tía a final de cuentas por la amistad entre Esténelo y Diomedes-. ¿Te encuentras bien? -le preguntó, y Egialea lo miró, con los ojos rosados y repletos de odio, con Afrodita extendiendo su castigo por la traición de Diomedes.
-¿Un heredero es lo que necesito para arrebatarle el reino a ese traidor? -agregó Egialea con coraje, se abalanzó contra Cometo, quien se mostró sorprendido, mientras la Armadura del Cisne abandonaba a Egialea, declarándola indigna de vestirla- ¿Un hijo dice? ¿Con una vulgar Troyana? ¡Una prostituta inmunda seguramente! ¡Argos no merece ese trato! ¡Yo no merezco ese trato! -prosiguió, desnudando a Cometo a la fuerza.
-¡Tía Egialea, basta! -intentó defenderse Cometo, pero Egialea conocía el cosmos, era más fuerte, y comenzó a desnudarse a sí misma, ruborizando a Cometo- ¿Qué haces? -se apenó Cometo, sobresaltado.
-No te hagas el inocente, Cometo… -miró Egialea a Cometo, y sus ojos brillaron de rosado también-. Si Diomedes irrespeta sus votos, es natural que yo lo haga también… y quien mejor que un hijo de su mejor amigo para convertirse en mi cómplice… -prosiguió ella, y la venganza de Afrodita estuvo completa.
Anatolia, Campamentos Aqueos.
-Egialea… -susurró Diomedes, y fue violentamente pateado de su cama, terminando en el suelo-. Esas no son formas de tratarme… -se molestó Diomedes, mirando a Anficlas, quien se cubría el cuerpo con su sábana.
-Esa no es forma de cortarme la inspiración -se quejó ella de regreso, mirando a Diomedes desnudo-. Suficiente, no más hasta que nazca tu hijo -sentenció con desprecio, preocupando a Diomedes-. Largo a la tienda de Esténelo -agregó con furia.
-No seas así… Héctor me dio una paliza, necesito de descanso -insistió Diomedes, pero la mirada fulminante de Anficlas lo repelió-. ¿Me dejas vestirme al menos? -preguntó, y Anficlas le arrojó su túnica al rostro- Qué carácter -se fastidió Diomedes.
-Yo no digo el nombre de Lodis mientras lo hacemos -fue su frívola respuesta, que molestó a Diomedes aún más. Anficlas entonces bajó la mirada, entristecida-. ¿No crees que ya es hora de que seas sincero conmigo? La amas… deja de jugar conmigo… voy a darte a tu hijo, tendrás a tu heredero, y yo me largaré para que no me veas más -le aseguró.
-Es un tanto más complicado de lo que crees -le mencionó Diomedes, pero la mirada dolida de Anficlas lo derrotó-. Egialea es mi prima… -confesó Diomedes, y Anficlas lo miró, e hizo una mueca-. No es excusa, me casé con mi prima. ¿Feliz? Y para tu información, no la he tocado -le aseguró, pero Anficlas se cruzó de brazos-. ¿Tan poco fiable soy? -preguntó.
-¿Con tu prima? ¿Enserio? -Diomedes entonces la ignoró, comenzó a vestirse, y a intentar salir de la tienda- Ah no, ahora vas a cantar, pajarito -lo tomó de la túnica y lo obligó a quedarse en la tienda-. ¿Cómo que se lo hiciste a tu propia prima? Ni yo caería tan bajo, y fui trasvestista. Y no me digas que no lo hicieron porque esa ni Athena te la cree… -se fastidió.
-Bien -se molestó Diomedes, mirando a la furiosa de Anficlas fijamente-. Egialea es mi prima, lo hicimos una, tal vez 2 veces. ¿Contenta? ¿Contigo cuantas van? -le preguntó.
-¡Ese no es el maldito punto! -agregó ruborizada- ¡Es tu prima! -insistió, pero se tranquilizó, y suspiró contrariada- ¿Con qué cara voy a verla cuando llegue a Argos diciéndole? «Hola, sé que eres la Reina de Argos y todo eso, pero, yo llevo a su heredero». ¡Si de todas formas va a vivir en el palacio al ser tu prima! -le recriminó.
-Soy el rey de 3 reinos, solo escoge Tebas o Calidón -le ofreció, y Anficlas enfureció más y más-. ¿Qué quieres que haga? ¿Matar a Egialea? Hay reglas, solo puedo matarla o amarla, y no voy a matar a mi prima, pensé que si tenía 3 reinos… -intentó decir.
-Oh sí, claro. Yo escojo Tebas, que Egialea tenga a Argos, y te conseguimos a otra reina para Calidón, todos contentos y las 3 nos acostamos contigo -agregó con sarcasmo, molestando a Diomedes por su sinceridad-. ¿Tan bajo piensas de mí? Dilo y me meteré en la cama de Odiseo, ya como sea ni lo tragas -enunció.
-No metas a Odiseo en esto -se quejó Diomedes-. Admito que no soy la persona más brillante en este ejército -se defendió, y Anficlas le dio la espalda con molestia-. Si te sirve de consuelo, realmente solo estoy con Egialea por las circunstancias que nos unieron -aseguró.
-Oh, qué curioso, porque suena a que lo mismo aplica a mí -le espetó, y Diomedes volvió a caer en cuenta de su error-. No sé ni por qué me molesto -suspiró derrotada-. Solo soy una concubina, ¿qué esperaba? Solo trata de no mencionar el nombre de tu Egialea, mientras me tratas como calentador de camas -enfureció, metiéndose en la cama de Diomedes.
-Ah no, ahora te toca escucharme a mí -se sentó Diomedes en la cama, con Anficlas cruzada de brazos-. Quiero a mi prima, pero solo como a una prima -aclaró, y Anficlas alzó una ceja-. Soy un pervertido. ¿Feliz? -pero ella no dijo nada, tan solo se tomó de las rodillas- Escucha… sé que nuestra… relación… no comenzó de la forma apropiada -intentó decir.
-Apropiada no me parece ni remotamente comprensible dadas las circunstancias -fue su respuesta, y Diomedes intentó conectar sus palabras. Anficlas era demasiado intuitiva, además de sarcástica, como para cometer errores en sus oraciones-. Solo dime la verdad. ¿Qué va a pasar si regreso contigo a Argos? -preguntó sin rodeos.
-Probablemente moriré congelado -le aseguró, pero Anficlas le abofeteó la nuca exigiendo seriedad-. Si regreso a Argos… no podré negar a Egialea. Ella será mi esposa por derecho de matrimonio, es eso o matarla, y no voy a matar a mi prima -Anficlas asintió, sumida en su depresión-. Pero jamás volveré a tocarla -prosiguió Diomedes, y Anficlas lo miró con curiosidad-. Egialea es mi prima y nada más, si lo hice una… -Anficlas entonces se aclaró la garganta-. 3 veces… -confesó.
-¿No eran 2? -se molestó Anficlas, y Diomedes la derribó en la cama y la miró fijamente- Eres un malnacido, depravado, desvirga primas -le espetó ella con desdén-. ¿Cuántas fueron? -insistió ella con molestia.
-¿Realmente importa? Además, era broma -pero Anficlas ya no estaba tan segura, aunque Diomedes la soltó de todas formas-. Solo hay una mujer a la que amo. Sin lujuria de por medio -le confesó, y Anficlas trastabilló un poco, como pensando si era ella o no-. Obvio eres tú -le confesó, y Anficlas se ruborizó más que nunca, e inmediatamente se envolvió en sus sábanas-. ¿Qué es esa reacción? -se burló Diomedes, y Anficlas lo pateó desde el interior de las sábanas- Egialea continuará siendo mi esposa, por decreto divino o del que quieras llamarlo. Pero no serás una concubina, pertenecerás a mi corte -prosiguió mientras le destapaba el rostro y la miraba fijamente-. No será secreto ante nadie que eres la madre de mi hijo o hija, y declararé a ese bebé como mi legítimo heredero, esto te lo juro en el nombre de Athena. Y Egialea… ella decidirá si acepta o no acepta este trato, a como lo veo no tiene opción, es eso… u odiarme e intentar matarme, en cuyo caso ella no va a poder contra mí, pero estará obligada a intentarlo eternamente -le explicó.
-Eso me hace sentirme como una ruin usurpadora de esposos -confesó Anficlas, y Diomedes le sonrió y lo negó con la cabeza-. Luego recuerdo que me violaste -lo empujó, derribándolo de la cama-. Y me lo vas a compensar -le recordó.
-¿No te es suficiente con robarme a Xanthos y a Deino? -le preguntó, y Anficlas le sonrió con picardía- Lo que me recuerda, ¿vistes mis guanteletes de entrenamiento? De hecho, me falta toda la armadura de entrenamiento -intentó decir, horrorizando a Anficlas.
-¡Estarán por allí! ¡Ahora ven! -lo besó, derribó, y convenció en mantener el silencio de una forma en que Diomedes no podía quejarse.
Colona. Interiores de la ciudad.
-¡La Empresa del Héroe! -resonó el grito de Fénix, quien pulverizó varias de las lianas de cosmos violeta, y lideró la marcha en dirección al Templo de Apolo, determinado a demostrar que su cosmos era digno de ser comparado con el de un Caballero Dorado, y evitar así ser menospreciado por Idomeneo y los Generales Marinos, quienes le seguían el paso a gran velocidad, pero que interrumpían la andada por la ciudad evadiendo más y más de las lianas que se volvían más agresivas conforme avanzaban, obligando a los Generales Marinos a usar la fuerza de sus cosmos para repelerlas.
-¡Esto es inaudito! ¿Cómo pueden unas simples plantas mantenernos al margen? -se molestó Idomeneo, mientras la tierra a sus pies se partió, y las lianas intentaron apresarlo, y lo hubiesen hecho, si un Hipocampo de cosmos no se hubiese colocado frente a él, e impactado las lianas con varios puñetazos certeros hasta destrozarlas- Eso ha estado cerca -reverenció.
-Pueden ser simples lianas, mi rey, pero siento un poder inmenso en ellas -le explicó Automedonte, quien entonces levantó una barrera de vientos que se estrelló contra las lianas, cortándoles el paso-. Es como si estas lianas poseyeran la fuerza de un Caballero Dorado -le explicó, preparó su puño, y despedazó las espinas que se levantaron en su contra.
-No solo eso… este cosmos me es familiar… -aseguró Políxeno, girando sus jabalinas y cortando las lianas cercanas-. Oh al menos… eso aparenta… este cosmos es muy similar al de mi Maestro Anfímaco -concluyó.
-Pero eso es imposible, Anfímaco de Piscis está en el Quersoneso Tracio -le recordó Automedonte, quien entonces fue impactado por unas lianas en el rostro, y momentos más tarde, las mismas aprisionaron a Políxeno y a Idomeneo.
-¡No es momento de vacilar! -intentó liberarlos Fénix, más entonces escuchó el graznido de un ave inmensa de fuego, se viró, y pateó la espina gigante que se había lanzado a su espalda, destrozándola- ¿Acaso me advertiste, Ave de Fuego? -se preguntó Fénix, saltó evadiendo otras lianas, y con sus puños envueltos en flamas de plata, asestó con fuerza las lianas que aprisionaban a Idomeneo, liberándolo, y una vez el Rey de Creta estuvo libre, con su lanza liberó a Automedonte y a Políxeno.
-¡En marcha! -ordenó Idomeneo, y los 3 Generales Marinos y el Caballero de Plata de Heracles, continuaron el camino en dirección al Templo de Apolo.
Templo de Apolo.
-Se están volviendo un fastidio esos 4 -enunció Cípselo, mientras miraba a los interiores del Cofre de Cípselo-. Pero las mentes de estos 4… o al menos las de 3 de ellos, son demasiado fuertes. Por una Luna me han soportado mis intentos de destruirles las mentes, pero ya están muy cerca. Si continúo alimentando con mi cosmos al cofre, sus mentes aceptarán por completo a esta realidad, y cuando los libere serán presa fácil de mis ataques. Así que debo concentrarme en terminar con la ilusión -incineró su cosmos, y volvió al mundo dentro de la caja.
-¿Cómo que comprometida? ¡Rey demente, depravado y degenerado! -gritó Aquiles, ante un Rey Licomedes que se sostenía el estómago y se retorcía de la risa- ¡Tus bromas están yendo demasiado lejos, anciano! ¡Soy un hombre! -le recordó.
-Todavía puedes pasar por una mujer, y yo voy a aprovecharme de eso, me lo debes, tu madre me lo debe, y si quieres que te perdone el embarazo de Deidamía, vas a cooperar -le apuntó a la nariz Licomedes, y Aquiles se molestó-. Te pondrás bella, Pirra, mucho muy bella. El Rey Néstor pagó mucho dinero por ti para su hijo Antíloco. Te casarás con él bajo las reglas de Deméter, irán a la cama juntos… -comenzó a estremecerse por la risa Licomedes, enfureciendo a Aquiles, quien estaba a nada de tomar su escoba y partírsela en la cabeza-. Ay mi pansa, ay como me duele -lloró de la risa Licomedes.
-En el hipotético caso de que acceda a esto, rey demente. ¿Qué pasaría cuando cierto principito de Pilos se dé cuenta de que cargo una lanza y no un cuenco? -le preguntó, iracundo, y Licomedes se soltó en una tremenda carcajada.
-Eso sería sumamente divertido, oye, tal vez lo permita -le mencionó, y Aquiles cerró sus manos en puños y estuvo a punto de golpear a su rey-. Sin violencia, Pirra, o te expulsaré de mi corte y no volverás a ver a Deidamía jamás -amenazó.
-Créame, rey lunático, que en estos momentos estoy muy cerca de aceptar su oferta -se molestó Aquiles, pero intentó tranquilizarme-. Ahora, sin rodeos. ¿Por qué he de acceder a esto? -prosiguió.
-Porque Antíloco partirá a la Guerra de Troya, y el último deseo de su padre Néstor es que deje atrás a un heredero para hacerse cargo de Pilos -le explicó, a lo que Aquiles intentó recordarle que le hacían falta, o sobra, ciertas partes para poder realizar semejante engaño-. ¡Pon atención! -le recriminó, y Aquiles se cruzó de brazos con molestia- Te casas con el Príncipe de Pilos, te portas todo cursi y cariñoso con él y lo embriagas, después te lo llevas a tus aposentos, y lo duermes haciéndole pensar que tuvo una tremenda noche de pasión en la que milagrosamente, y al primer y único intento, quedas embarazada… -y la risa comenzó a invadir a Licomedes nuevamente, pero Aquiles rompió su escoba por el coraje-. Ya voy, ya voy, qué carácter -prosiguió Licomedes-. Antíloco va a la guerra, regrese o no ese no es mi problema, pero Deidamía da a luz a tu hijo, decimos que es hijo de Pirra y de Antíloco, y el Reino de Pilos es nuestro sin siquiera perder una sola alma en una guerra inútil -le explicó.
-¡Ese es el plan más ridículo que jamás haya escuchado! ¿Cuánto tiempo cree que me voy a ver como una mujer? -le gritó con fuerza, cuando entonces escucharon la puerta de la Sala del Trono abrirse.
-Oh, Príncipe Antíloco, sea usted bienvenido -lo ignoró Licomedes, y Aquiles estuvo cerca de meterle el pie para hacerlo caer, pero lo dejó pasar-. ¡Precisamente le estaba dando la noticia a la hermosa Pirra! ¡Ha quedado encantada! ¿Verdad Pirra? -se burló Licomedes.
-Encantadísima… mi señor Licomedes… -agregó mientras se daba la vuelta, con varias venas saltadas en su frente, y Licomedes movió su mano, indicando que tenía que ser más convincente, lo que molestó a Aquiles aún más-. He pasado incontables noches sin conciliar el sueño, mi hermoso Príncipe Antíloco, soñando con el día en que llegase a Esciro y me llevase de vuelta a Pilos, mi príncipe… tan emocionada estoy que no puedo dejar de temblar ante su sola presencia… mientras pienso en asesinarlo -se susurró a sí mismo la última parte.
-Oye, en verdad es bonita -sonrió Antíloco, ante un Patroclo quien lloraba de impotencia al ver a su Pirra temblando como una doncella enamorada frente a su rival en el amor-. Pensé que mi padre había comprado a una criada cualquiera, pero puedo ver que eres en verdad hermosa. Me encuentro en realidad muy complacido -aseguró.
-El placer es solo mío, mi señor… -intentó mantener la mentira Aquiles, aunque cada vez temblaba más y más en señal de desprecio-. Ahora, si me disculpa, necesito ir a asearme para la ceremonia de esta noche, no me gustaría insultarle con mi poca preparación… y disposición a continuar con esta farsa… -se susurró, pero Licomedes lo miró fijamente y con desprecio.
-Por favor no te sientas tan incomodada, yo comprendo que es un matrimonio impuesto y que puede no agradarte -lo tomó de las manos Antíloco, horrorizando a Patroclo, enfureciendo a Aquiles, y forzando a Licomedes a taparse la boca mientras lloraba de la risa-. Con el tiempo, tal vez puedas aprender a confiar en mí, bella señorita -le besó la mano, y de pronto Patroclo salió disparado en dirección a una columna, sobresaltando a Antíloco y a Licomedes-. ¿Qué fue eso? -preguntó mientras abrazaba a Aquiles de forma protectora.
-Mi auto respeto… -se dijo a sí mismo Aquiles, y Antíloco parpadeó un par de veces y lo miró fijamente-. Quiero decir, oh no, el señor Patroclo está herido, traeré a un médico inmediatamente -corrió Aquiles fuera de la habitación del trono, azotó las puertas, y entonces gritó con fuerza, aunque sobre una frazada que alguien había puesto en su rostro, y cuando Aquiles alzó la mirada, encontró a Deidamía allí, nerviosa.
-Pensé… que necesitarías ayuda… -confesó ella, y Aquiles volvió a tomar la frazada, y a gritar con todas sus fuerzas en contra de la misma-. Espero que no hayas asesinado a Patroclo… sé que fuiste tú a una velocidad impresionante -le confesó.
-El imbécil sigue vivo, no puedo decir lo mismo de mi prometido, si lo embriago y no me resulta… lo mataré… -enunció Aquiles con molestia, y Deidamía le tomó la mano, preocupada-. No es tu culpa… es el idiota de tu padre… está empeñado en cobrarme el favor de mantenerme oculto en su corte, lo peor es que no sé siquiera de qué me estoy ocultando… -insistió.
-No me molestaré contigo… si eliges la vida corta y gloriosa… -le susurró Deidamía, y Aquiles la miró con curiosidad-. Ese día que el Caballero de Libra vino a Esciro… esa era tu oportunidad. Aún puedes tomarla, puedes… convertirte en el héroe que siempre has deseado… aún si eso me aleja de ti… -lloró Deidamía.
-La tomé… -susurró Aquiles, y Cípselo notó que algo andaba mal-. Tomé la espada… Odiseo no es el Caballero de Libra, yo soy el Caballero de Libra… estás ridiculeces… no son reales. ¡Yo jamás haría estás tonterías! -gritó con fuerza Aquiles, y el mundo a su alrededor comenzó a desmoronarse- ¡Cípselo! -elevó su cosmos Aquiles, y el Suplicio Obsidiana comenzó a ponerse a la defensiva- ¿Te estás divirtiendo, imbécil? ¡No vas a hacerme olvidar quien soy! ¡Ella no es tan fuerte! ¡Solo era una herramienta para escapar de mi frustración! ¡No hay nadie que pueda alcanzarme! ¡Porque yo siempre he sabido que moriré sin ver esa realidad concretada! -enfureció Aquiles, empujando a Deidamía a un lado, y llegando hasta Cípselo- ¡No puedes usarla para llegar a mi mente! -materializó su espada, la alzó, intentó matar a Deidamía, pero las lágrimas de la joven lo detuvieron- No eres real… no eres real… no eres real… -insistió.
-Pero es real, Aquiles -le susurró Cípselo-. Es real en este mundo… porque el Cofre de Cípselo… vuelve los deseos más profundos, en una realidad… -le susurró, y Aquiles gritó con fuerza, y de pronto estaba gritando nuevamente sobre la frazada, mientras una aterrada Deidamía veía a los alrededores, preguntándose lo que había pasado.
-Olvídalo… -le enunció Aquiles, y Deidamía le puso atención-. Deja de darle vueltas al asunto… te elegí a ti, Deidamía, por eso cargo con todas estas vergüenzas. Cumpliré con la deuda que tengo a con tu padre, y cuando todas estas barbaridades terminen, preferentemente con Antíloco y Patroclo muertos… -enfureció Aquiles, y miró a Deidamía fijamente-. Tendremos la vida larga y plena que siempre hemos deseado… solo espera un poco más por favor… -le pidió Aquiles, y comenzó a caminar lejos de Deidamía, pero entonces se viró a verla-. ¿Me haces una trenza? Necesito verme… convincente… -le pidió, y Deidamía dudó, pero entonces sonrió, como siempre hacía.
-¡Por supuesto! -se apresuró a tomarle la mano, y tiró de esta mientras corría dando risitas infantiles y llenas de esperanza. Mientras lo hacía, sin embargo, Cípselo se materializó.
-Eso ha estado muy cerca… -se dijo a sí mismo Cípselo-. Las mentes de Patroclo, Antíloco y Trasímedes han quedado enteramente absorbidas por esta realidad, pero jamás me imaginé que la mente de Aquiles fuera así de fuerte… ya sea por las vergüenzas que esta realidad le hacen pasar que para él son inaceptables, o porque su mente realmente es fuerte, eso es algo que no comprendo -se dijo a sí mismo Cípselo, mientras concentraba su cosmos en el cofre nuevamente-. Pero necesito destruir esa mente… antes de que esos 4 lleguen al Templo de Apolo. Es hora de ser más agresivos -los eventos volvieron a avanzar, esta vez más rápido. Cípselo iba a asegurarse de que la mente de Aquiles colapsara.
Troya. Campamentos Aqueos.
-Se está volviendo cada vez más difícil mantenerle secretos a Diomedes… -enunció Anficlas a la mañana siguiente, y mientras veía a los ejércitos de Calidón, esta vez liderando la marcha contra los Troyanos, y a Diomedes y Odiseo combatiendo al unísono a un Héctor que con la espada Maleros era más desafiante que nunca-. 5 Lunas de embarazo. ¡Que las otras 4 terminen ya! -se fastidió, tomó su material de entrenamiento, y caminó en búsqueda de Shana, a quien encontró frente a la playa, lejos de los campamentos, y aparentemente en trance- ¿Shana? -preguntó Anficlas, descubriendo sus ojos en un trance- No… Athena… -susurró para sí misma, mientras los ojos de Shana regresaban a la normalidad, y solo entonces Anficlas le puso el casco Argivo con muy poca gentileza-. ¿Dónde estabas esta vez? -preguntó.
-Mi cuello es mortal y me lo estás lastimando -se fastidió Shana, quitándose el casco-. Eres muy brusca, Anficlas… -le espetó con molestia, pero entonces bajó la mirada-. Busco a Patroclo, a Antíloco y a Aquiles… no he sentido sus cosmos en una Luna y comienzo a pensar lo peor… además de que visité Argos no hace mucho, tenía un muy mal presentimiento… -le explicó, aunque Anficlas no comprendía muy bien-. Egialea es la Reina de Argos, y la Caballero del Cisne… -le explicó.
-¿Tú también? -se fastidió Anficlas, tomando a Shana de las mejillas y estirándoselas, arrebatándole a Shana las lágrimas- Mira pequeña sabandija mimada, te guste o no, la madrastra aquí soy yo, y ese nombre me está ocasionando muchas molestias a con tu padre, escucharte decirlo, seas diosa o no, me está molestando mucho… -insistió en su rabieta.
-¡No lo estoy mencionando porque la extrañe! ¡Apenas y la conozco! -se defendió Shana, Anficlas la soltó, y la diosa comenzó a sobarse las mejillas- Hacerle eso a una diosa debería ser castigado… -agregó, y Anficlas la invitó a intentarlo, pero en esta ocasión, Shana no se dejó engañar-. A riesgo de poner a prueba la integridad física de mis mejillas mortales… de verdad tienes que ver esto… -le pidió a Anficlas seguirla, y la mujer la siguió hasta una Caja del Zodiaco con la Armadura del Cisne en su interior-. La Armadura del Cisne… regresó a mí anoche… siento que algo le ha pasado a Egialea… -dedujo Shana, y tras ver la Armadura de Bronce, Anficlas comenzó a sentirse culpable, pero se armó de valor, y pateó la Armadura con fuerza-. ¡Eso no ha sido gentil! -se quejó Shana.
-Oh, disculpa. ¡Estamos en guerra! -le recordó, y Shana se espantó y cayó al suelo por la sorpresa- Tu mente debe estar en el aquí y en el ahora, no pensando en tu pobre madrastrita sentada en un cómodo trono de terciopelo, rodeada de lujos y ve tú a saber qué más. ¡Tu mente aquí, Athena! ¡Si esa Armadura está aquí, entonces está disponible! ¡Ya buscaremos a quien vestir con ella! ¡Pero en este momento estás bajo mis órdenes, y estás desatendiendo tu entrenamiento! ¡A tu traje de entrenamiento, ahora! -apuntó, y una presionada Shana salió corriendo a vestirse- Aw… me estoy sintiendo demasiado culpable en estos momentos… -miró Anficlas a la Armadura del Cisne, e hizo una reverencia-. Sé que no sirven de nada mis palabras, pero… realmente siento los dolores que te estoy causando… Egialea. Pero esta es la última vez que pienso en ellos -se dio la vuelta, y miró a Shana envuelta en la armadura de los Argivos-. ¡En pose! -ordenó, Shana se puso en pose, y de inmediato Anficlas atacó, continuando con el brutal entrenamiento, que mantenía la mente de Shana ocupada, y en el presente, no en fantasías inútiles.
Colona. Interiores del Cofre de Cípselo.
-Puedo sentir a esos 4 interfiriendo… se están acercando… -comentó Cípselo, mientras veía a Antíloco y a un demasiado incomodado Aquiles, quien se había vestido lo más femenino que le fue posible, celebrando la Ceremonia de la Unión-. Estos eventos, aunque divertidos, son demasiado frustrantes para Aquiles. Su mente no colapsará a menos que los eventos sean más de su agrado. Tengo que apresurar esto, pero si lo hago demasiado rápido Aquiles volverá a descubrir la ilusión que es este mundo. Por más que me divierta ver estas vergüenzas, debo pasarme a la parte importante -elevó su cosmos Cípselo, justo en el momento en que Antíloco se proponía a sellar el matrimonio con un beso, y pasaron de lleno a la parte en la que Aquiles encerraba a un ebrio Antíloco en sus aposentos.
-Maldición… acabo de ver mi hombría desvaneciéndose frente a mí… menos mal que se quedó dormido… -se estremeció Aquiles, del otro lado de la puerta, y suspirando intranquilamente por todas las vergüenzas-. ¿Por qué estoy haciendo esto? -se preguntó a sí mismo, y encontró a Deidamía preocupada frente a él- Descuida… me las arreglé para que el muy imbécil se durmiera en su ebriedad -le aseguró-. Mi mayor vergüenza fue la Ceremonia de la Unión -recordó, tomándose la cabeza e intentando sacar las imágenes de su mente.
-Siento que estoy pidiéndote algo injusto… Aquiles… -le respondió Deidamía, pero Aquiles suspiró con tranquilidad, se puso de pie, e intentó apaciguar sus penas-. No… tienes que escucharme… -interrumpió Deidamía, lo que molestó a Cípselo-. ¿Qué pasa si me he dado cuenta de que este mundo probablemente no es real y tú tomaste la Espada de la Armadura de Libra y no aquel abanico? -le preguntó, y Cípselo tronó los dedos, paralizando la realidad.
-Esto no puede estar pasando… -se molestó el Suplicio Obsidiana, viendo a Deidamía fijamente, con una genuina preocupación por Aquiles-. Esta mujer… es una copia de la Deidamía original… pero ella te ama con tal fervor, que sabe que no harías jamás estas cosas… debería… arriesgarme e intentar destruirte ahora que puedo… pero si no estás tan débil mentalmente como yo quisiera, y me causas más problemas de los esperados, esos 4 van a llegar y no voy a tener oportunidad. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Si Deidamía te convence de que este mundo no es real… -meditó Cípselo al respecto, y entonces abrió sus ojos con malicia-. Eso no va a ocurrir… -materializó una espada Cípselo, tomó a Deidamía del cuello, liberándola de la parálisis de esta realidad, y la azotó contra una pared, aterrando a la mujer-. Escúchame bien… chiquilla… -la amenazó Cípselo, y Deidamía lloró de miedo-. No eres real, este mundo no es real, pero Aquiles lo es -apuntó Cípselo a Aquiles, congelado en el tiempo-. Tú tienes toda la razón, Aquiles eligió la Espada de la Armadura de Libra en lugar del abanico, todas estas vergüenzas no son reales, pero son la vida larga y plena que los dioses dieron a Aquiles a elegir. En otras palabras que puedas comprender mejor, Aquiles, el verdadero Aquiles, está encerrado en este mundo donde puede experimentar lo que es vivir como un humano común y corriente, tener esposa e hijos, forjar una familia, antes de que yo lo regrese a su cruda realidad y acabe con su vida. Aquiles está muerto… pero tú, Deidamía… como la copia perfecta de la Deidamía original, lo amas con todo tu corazón, ¿no es así? -le preguntó, y Deidamía asintió inmersa en su terror- Tienes en estos momentos, la oportunidad de ofrecerle a Aquiles un mundo donde él pueda vivir larga y plenamente. ¿No sería piadoso enseñarle ese mundo, antes de que tome mi espada y le corte la cabeza? Aquiles ya está muerto, es tu decisión brindarle una gran felicidad antes de que te destruya a ti y a este mundo, o puedo mandarlo al Inframundo sin tenerle esta piedad. Ahora, si no te importa, estoy muy ocupado, y tengo invitados que atender -tronó los dedos, desapareció, y Aquiles volvió a moverse.
-¿De qué Espectros estás hablando, Deidamía? -preguntó Aquiles, y una aterrada Deidamía lo miro con confusión- Si no me hubieras dicho que estabas embarazada, tal vez… hubiese tomado la Espada de Libra en lugar del abanico… pero al decirme que estabas embarazada, me hiciste el hombre más feliz del mundo. Fue la primera vez… en que no me sentí como una chica, ¿puedes creerlo? Yo teniendo un hijo. ¿Cómo podría renunciar a esto por una vida corta y heroica? -le preguntó Aquiles, y el corazón de Deidamía se achicó- Sería un tonto… si no viviera esta vida… -le aseguró.
-No soy real… -lloró Deidamía, mirando a Aquiles, quien la miró con confusión-. Pero tú… eres real… y antes de que mueras voy a hacerte el hombre más feliz de toda Hélade… te daré a cuantos hijos me pidas, te cocinaré todos los días, te haré el amor como cuando lo hacíamos a escondidas frente a Shana… jamás te faltará nada, yo te lo juro… porque… aunque yo no sea real, el amor que Deidamía siente por ti es puro y verdadero… y si ella pudiera… estoy segura de que haría lo mismo que esta pobre imitación… Aquiles… -lloró Deidamía, partiéndose de dolor, y sobresaltando a Aquiles.
-Oye, espera Deidamía… -se sobresaltó Aquiles, mientras Deidamía caía en sus rodillas, inmersa en un terrible llanto, y se sujetaba de la falda de Aquiles-. Mi falda, oye Deidamía, mi falda… -se quejó Aquiles.
Colona, Templo de Apolo.
-¡Lamentarán haberse metido con mi diversión! -gritó Cípselo, materializándose en el Templo de Apolo justo en el momento en que un furioso Fénix derribaba de un tremendo puñetazo las puertas del lugar. Cípselo entonces elevó su cosmos, conjurando más lianas, y lanzándolas en contra del Caballero de Plata- ¡La Venganza de la Naturaleza! -atacó, Fénix evadió, pero con su tremenda velocidad Cípselo llegó ante él, le pateó el pecho, y lanzó en dirección a los 3 Generales Marinos de Poseidón, quienes tuvieron que evadir el cuerpo de Fénix para ir tras Cípselo- ¡Soy el Suplicio Obsidiana que es el opuesto de Piscis, Cípselo de Piraña, Estrella Celeste de la Traición! ¡No puedo ser derrotado por basura como lo son los Generales de Poseidón! ¡Rosas Pirañas! -lanzó su ataque Cípselo.
-¿Rosas Piraña ha dicho? -se impresionó Políxeno, pateando fuera del camino a Idomeneo, y recibiendo él mismo la lluvia de Rosas Negras que lo impactaron en numerosas ocasiones, lanzándolo a las puertas del Templo de Apolo, donde quedó clavado, con varias grietas en su Escama Marina- ¿La técnica de mi maestro Anfímaco? -habló Políxeno con debilidad, desplomándose en el suelo, con el cuerpo cubierto de sangre- No… no es solo la misma técnica… por sí misma las Rosas Pirañas pueden destruir las Armaduras Doradas… pero… las Escamas de Poseidón deberían ser más resistentes… -intentó ponerse de pie Políxeno, encontrando a Cípselo frente a él tomándolo del rostro, y de su mano se extendieron lianas que rodearon a Políxeno, aprisionándolo, y clavando sus espinas en su cuerpo, arrebatándole la sangre-. ¡Aaaaaahhhhh! -gritó Políxeno, indefenso.
-¡Políxeno! -gritó Idomeneo, lanzándose con su lanza en dirección a Cípselo- ¡Lanza Dorada de Crisaor! -lanzó su ataque, pero para sorpresa del más poderoso de los Generales de Poseidón, Cípselo atrapó la lanza de un movimiento- Imposible… ni Agamenón sería capaz de atrapar mi lanza de esta manera -se impresionó Idomeneo.
-Tal vez ustedes subestimaron la verdadera fuerza de los Caballeros Dorados. ¡O tal vez mi fuerza es muy superior! ¡Rosa Piraña! -materializó una Rosa Piraña en su mano Cípselo, misma que bajó al mango de la lanza de Idomeneo, que terminó partiéndose a la mitad- Escuché que Idomeneo de Crisaor se mantuvo firme contra Sarpedón de la Quimera, Estrella Celeste de la Firmeza, algo muy impresionante. También escuché que le hizo frente a Alala, la Daimón del Grito de Guerra, y que igualó a Héctor de Bennu, la Estrella Celeste de la Violencia. Todas hazañas muy prometedoras, dignas del más poderoso entre los Generales de Poseidón. ¡Pero yo soy un Suplicio Obsidiana! ¡Me alimento del cosmos del Caballero Dorado de Piscis además de tener mi propio cosmos! ¡Enfrentarme equivale a enfrentar a 2 Caballeros Dorados al unísono! ¡Dime, Idomeneo de Crisaor! ¿Pese a todos tus logros eres capaz de derrotar semejante poder? ¡Yo no lo creo! ¡La Venganza de la Naturaleza! -atacó Cípselo, impactando el cuerpo de Idomeneo en numerosas ocasiones, hasta lanzarlo y estrellarlo contra una de las estatuas del lugar, que se pulverizó y le cayó encima.
-¡Mi señor! -se preocupó Automedonte, corriendo a encuentro de Idomeneo, cuando Cípselo apareció frente a él, intentó patear, pero Automedonte atrapó su pierna en sus brazos- Dices… que posees el poder de 2 Caballeros Dorados… -resistió Automedonte, elevando su cosmos alrededor de la pierna de Cípselo, manteniéndolo en su lugar y sorprendiendo al Suplicio Obsidiana-. Puede que lo que dices sea cierto… pero además de ser un General Marino… fui entrenado como Mirmidón por mi señor Aquiles… y él me abrió el paso a las enseñanzas de los Caballeros Dorados, enseñanzas que hoy voy a mostrarte. ¡Olas Ascendentes! -impactó el mentón de Cípselo Automedonte, clavando al sorprendido Suplicio Obsidiana al techo tras ser lanzado por un torbellino de agua al mismo, y cuando Cípselo comenzó a caer, Automedonte ya lo esperaba con su segundo ataque- ¡Aliento del Señor de los Mares! -lanzó sus poderosos vientos, que lanzaron a Cípselo por el Templo de Apolo, lo estrellaron contra la estatua del dios, y la derribaron- Los Caballeros Dorados dicen que el potencial del cosmos es infinito, lo que significa que un Caballero Dorado puede, si alcanza el Séptimo Sentido, elevar su cosmos infinitamente. ¿Y qué si tienes el cosmos de 2 Caballeros Dorados? ¡La suma de 2 infinitos es y será siempre infinito! -hizo estallar su cosmos Automedonte, impresionando a Cípselo, quien se puso de pie limpiándose un hilo de sangre.
-Puede que te haya subestimado, General de Poseidón… -aclaró Cípselo, con una esfera de cosmos violeta en su mano derecha-. Pero aún si lo que dices fuese cierto… si no puedo derrotarte con mi cosmos, te derrotaré con mi mente. ¡Y tú no eres muy brillante! ¡La Venganza de la Naturaleza! -conjuró, y un par de lianas pasaron a través de la espalda y el pecho de un distraído Automedonte, quien pese a haber elevado su cosmos hasta sobrepasar el de Cípselo, se había concentrado en el oponente que tenía frente a él, ignorando al par de lianas a su espalda que lo habían atacado a traición- Iluso… -sonrió Cípselo, quien se dio la vuelta entonces al sentir el cosmos de Fénix, atrapando su puño envuelto en flamas plateadas-. Y volvemos al inicio… pero tú no eres una amenaza, Caballero de Plata. No importa si tu Armadura es la de Heracles. Tu cosmos es de Plata, ¿cómo podrías hacerme frente donde 3 Generales de Poseidón no lo lograron? -le preguntó, curioso.
-El cosmos… es infinito… -respondió Fénix-. Y yo entrené a uno de los Caballeros Dorados que enfrentaste. ¿Dónde están? -le preguntó intentando atacar con su otro puño, y Cípselo bloqueó el mismo, manteniendo a Fénix atrapado en su agarre, y obligándolo a arrodillarse con su aplastante poder.
-Ya que no sirve de nada mantenerlo en secreto, y en vista de que nada puedes hacer por derrotarme, te lo diré -le susurró Cípselo, mientras los nudillos de Fénix comenzaban a sangrarle-. Están encerrados dentro de ese pequeño cofre, viviendo una realidad que no existe, y que cuando termine de consumir la mente de Aquiles, el único que aún se mantiene desafiante a mi poder, los liberaré en este mundo, como otros más de mis esclavos mentales. Pero claro que no voy a arriesgarme, los mataré y me quedaré con uno. El ciego está defectuoso y Aquiles es demasiado poderoso. Creo que conservaré a tu discípulo. Después de todo, si el maestro es un fracaso y no puede contra mí, mucho menos podría ese pequeño y tierno gatito -aseguró.
-Entonces ya sé todo lo que necesito saber -sonrió Fénix, pateó con fuerza, forzando a Cípselo a sentir su golpe, y entonces preparó su ataque-. ¡Puño Fantasma! -atacó, pero Cípselo lo evadió justo a tiempo, y atrapó a Fénix en una prisión de lianas- ¡Maldición! -se quejó Fénix.
-Un ataque mental… lo vi venir hace tiempo -le confesó Cípselo-. Te confieso, Fénix, que los Caballeros de Athena me resultan muy interesantes. Están llenos de sorpresas. Así que aprendí a no subestimarlos. No me arriesgaré contigo, esa fuerza, ese puño mental es muy peligroso, así que voy a acabar contigo ahora. ¡La Venganza de la Naturaleza! -estrujó las lianas con fuerza, y estas le destrozaron la Armadura de Plata, antes de encajarse en su cuerpo, triturarlo, y soltar un sonido de ruptura descomunal, cuando todos los huesos de Fénix cedieron al mismo tiempo, y su mirada se tornó blanquecina- Valientes intentos de un Caballero de Plata… pero inútiles al final de cuentas… -se dijo a sí mismo Cípselo, y volvió a caminar en dirección a su cofre-. Ah, pero estas molestias me han hecho perder mi objetivo. Necesito volver a vigilar esta realidad -tomó Cípselo el cofre, y volvió a rodearlo con su cosmos, cuando de pronto, se impresionó-. No es posible… -miró Cípselo en dirección a Fénix, quien pese a tener los brazos y las piernas rotas, intentaba ponerse de pie-. Ustedes los Caballeros de Athena no dejan de asombrarme… -volvió a admitir, cuando de pronto sintió el cosmos de Automedonte, quien comenzaba a ponerse de pie de igual manera-. Ridículos… -volvió a decir, e Idomeneo y Políxeno se repusieron de igual manera.
-El cosmos… es infinito… -volvió a decir Fénix, con los 3 Generales de Poseidón respaldándolo-. Y si bien no lo hemos alcanzado a elevar lo suficiente… vamos a lograrlo… Cípselo… -se lanzaron entonces Automedonte, Idomeneo y Políxeno, y Cípselo se colocó a la defensiva.
-¡Sinfonía Mortal! -gritó Políxeno, atacando la mente de Cípselo, quien se defendió lanzándole sus lianas, que lo derribaron, pero abrieron paso a Idomeneo para que con su cosmos envuelto en una luz blanca lo atacara.
-¡Resplandor Fehaciente! -lo atacó, lo cegó momentáneamente, y Cípselo comenzó a retroceder malherido, mientras Idomeneo continuaba con los ataques- ¡Estocada de Crisaor! -a falta de una lanza, Idomeneo comenzó a impactar a Cípselo cientos de veces con sus manos en forma de lanza, pero la Suplice resistió, y Cípselo arrojo varias Rosas Piraña para obligar a Idomeneo a retroceder.
-¡Galope de Hipocampo! -se lanzó Automedonte en la forma de un Hipocampo de Agua, y su puño atravesó a Cípselo, quien fue abatido con fuerza por las aguas, mientras Automedonte permanecía en su pose, pero entonces lanzaba sangre de su boca, mientras su Escama estallaba a la altura de su pecho, y pétalos oscuros caían a su alrededor.
-Ahora… voy a terminar contigo, hablador -lo miró Cípselo con desprecio-. Y una vez acabe contigo… les voy a cortar a todos la cabeza, a ver si su supuesto cosmos infinito los alcanza aún sin esa vital parte -preparó una Rosa Piraña Cípselo, mientras Fénix hacía todo lo que podía por acrecentar su ya de por sí débil cosmos-. ¡Sin tu Armadura de Plata! ¡Esta Rosa Piraña te arrancará el corazón! ¡Rosa Piraña! -lanzó su ataque, Fénix preparó su puño envuelto en flamas plateadas, pero antes de que puño y rosa pudiesen colisionar, un graznido descomunal ensordeció a ambos, y un Ave en Llamas apareció frente a la Rosa Piraña, recibiendo el ataque, y estallando en pedazos mientras Fénix veía a la Armadura de Bronce del Fénix estallando en guijarros que caían frente a él- ¿Qué ha sido eso? -se preguntó Cípselo.
-Ave Fénix… -fue la respuesta de Fénix, mientras se agachaba, y colocaba su mano sobre los guijarros en el suelo-. Las Armaduras de Athena poseen una mente propia. Esta Armadura de Bronce no habrá sido creada por Athena, pero se unió a la orden siguiendo todos los ritos sagrados. Yo mismo me aseguré de ello, pero jamás me esperé… que la Armadura de Fénix fuese a retribuirme -cerró sus manos sobre los guijarros, y de pronto estos estallaron en llamas, y comenzaron a rodear a Fénix.
-¿Qué está ocurriendo? -se impresionó Cípselo- Siento un cosmos muy superior al cosmos de los Caballeros de Bronce y de Plata emanando de Fénix -lo observó Cípselo, mientras la Armadura de Bronce terminaba de reconstruirse, y arropaba con su cosmos a Fénix-. ¿Qué significa esto? ¿Un Plata vistiendo de Bronce? ¿Es alguna especie de broma? -se preguntó.
-Broma o no… jamás me había sentido mejor… -rugió Fénix, y el Ave en Llamas del mismo nombre grazno respaldando su cosmos-. ¡Ave Fénix! -enunció Fénix, lanzando las poderosas llamaradas en forma de torbellinos de fuego, que rodearon a Cípselo, y lo hicieron gritar de dolor- ¡Esta es la fuerza de un Caballero de Athena que no cree en los límites del cosmos! ¡El cosmos es infinito! -enunció Fénix, manteniendo el ataque sobre Cípselo.
-¡No pienso admitirlo! ¡Un simple Caballero de Bronce no puede controlar semejante poder! -hizo estallar su cosmos Cípselo, y volvió a optar su pose de batalla- Te has ganado mi admiración, Fénix del Fénix. ¡Pero jamás aceptaré que un Plata degradado a Bronce pueda hacerme frente! ¡La Venganza de la Naturaleza! -y la tremenda batalla, prosiguió.
Interiores del Cofre de Cípselo.
-¿Qué fue ese… sentimiento? -preguntó Aquiles, se encontraba frente a los mares de Esciro, con los hombres de Pilos llevando tesoros a los navíos que partirían a Troya. Antíloco notó las miradas de Aquiles, y le tomó del hombro, sobresaltando a Aquiles, quien se puso a la defensiva.
-Pese a que no recuerdo nada de lo que pasó anoche… veo que estás insatisfecha -le mencionó Antíloco, forzando a Aquiles a estremecerse por el recordatorio-. ¿Acaso he sido… deficiente en mi técnica? -preguntó apenado.
-Puedo asegurarle que estoy completamente satisfecha con los resultados, despreocupase, mi señor… -agregó con un aura sombría, y Antíloco lo miró con preocupación-. Puede ir en paz, le esperan en Troya, traerá gloria a Hélade -aseguró.
-Oh… sí… gloria… -se frotó la barbilla Antíloco-. Los hombres de Pilos te escoltarán hasta tu nuevo reino. Estarás bajo los cuidados de mi corte, pero descuida, regresaré lo más rápido que pueda -le prometió Antíloco, y comenzó a subir-. Vámonos, Patroclo -enunció Antíloco.
-Pero si eras lesbiana… -agregó con lágrimas en sus ojos mirando a Aquiles, quien se tronó los nudillos con molestia-. Me conformaré con convertirme en Caballero Dorado -aseguró Patroclo, subiendo al navío de Pilos.
Aquiles miró al navío alejarse, una parte de él le decía que su destino no estaba en Pilos, sino que estaba en Troya, que él estaba destinado a pertenecer a esa empresa. Inclusive, pensaba que su lugar estaba al lado de Patroclo y de Antíloco, no como Pirra, la trasvestista, sino como un guerrero entre sus filas.
-¡Aquiles! -pero todas esas ideas se disiparon, cuando Deidamía le tomó la mano- ¡Lo lograste, Aquiles! ¡Eres la Reina de Pilos! -le aseguró, lo que fastidió demasiado a Aquiles, e hizo que Licomedes se soltara en una tremenda carcajada- Ahora iremos a tu reino, y esperaremos el nacimiento de tu hijo, Pirro -colocó Deidamía la mano de Aquiles en su vientre, y le sonrió con ternura-. Después de que Pirro nazca y una vez declarada la promesa de que Pirro será rey… diremos que Pirra, la Reina de Pilos, ha contraído nupcias con Aquiles, el Príncipe de Ftía, como fue siempre el plan de mi padre -le aseguró con entusiasmo.
-De forma que voy a casarme conmigo mismo… eso es ser demasiado narcisista -agregó Aquiles en preocupación, y Deidamía le sonrió con ternura-. Pero sabes… ahora que Antíloco va a Troya… es la primera vez que pienso que el plan de tu padre puede funcionar, digo, no me violaron, eso ya es algo -se estremeció de miedo.
-En 8 Lunas nacerá tu primogénito, y comenzaremos con el plan -le aseguró Deidamía-. Y cuando Pirro, hijo de Antíloco y de Pirra, sea declarado el legítimo heredero, a nadie le importará cuando Pirra fallezca en el parto, y Aquiles, su esposo, se haga cargo del reino con la promesa de entregarlo a Pirro cuando alcance la mayoría de edad. Entonces nos cazaremos, y regrese o no Antíloco de Troya, seremos Rey y Reina de Pilos -le aseguró.
-Ahora que lo explicas así suena de lo más complicado -un aura oscura de depresión rodeó a Aquiles, y Deidamía, preocupada, se adelantó a Aquiles y lo besó, pero Aquiles la empujó-. ¿Qué haces? ¡Soy una mujer! ¡Si alguien nos descubre estaremos perdidos! -se quejó Aquiles.
-Nadie va a descubrirnos… -lloró Deidamía de felicidad-. Porque a partir de hora… vivirás la vida larga y plena que te ha sido negada por los dioses -le aseguró, acercándose a Aquiles, y besándolo nuevamente.
Lo que aconteció después, para Aquiles fue toda una vida, pese a que lo que ocurría fuera del Cofre de Cípselo transcurría en tan solo unas cuantas horas. Aquiles vivió pretendiendo ser la Reina de Pilos con una faja de paja en su vientre, y mientras pretendía, había recibido la noticia de la muerte de Antíloco, el Príncipe de Pilos, además de las noticias de las muertes de Trasímedes quien era su hermano, y de Néstor quien era el padre de ambos, lo que solo dejaba en la línea de sucesión a Pisístrato, y al heredero de Pirra quien tenía la ventaja en la sucesión por el simple hecho de tener la sangre de Antíloco, el declarado heredero al trono.
Al parecer, la Guerra del Troya había terminado a favor de los Troyanos en esta realidad, pero aquello no molestaba, al menos no de momento, al mundo en que Aquiles vivía ahora. La muerte de Antíloco también apuntaba a la posible muerte de Patroclo, y significó que Aquiles tuvo que admitir a varios pretendientes en su corte, lo que facilitó que todos creyeran que Pirra, la Reina de Pilos, contrajo nupcias con un tal Aquiles, Príncipe de Ftía, y por vez primera Aquiles pudo reaparecer en el mundo como un varón, y comenzar a gobernar.
Al nacimiento de su hijo, Pirro, fue responsabilidad de Aquiles el declarar que su esposa Pirra había muerto en el parto, pero al mostrar al recién nacido, Pilos se llenó de esperanza, y algunas Lunas más tarde, cuando Deidamía se recuperó del parto, Aquiles la presentó ante Pilos, y la hizo su esposa.
Lo que siguió fueron varios años de calma, hasta la invasión Troyana a Anatolia. Misma en la que un adulto Aquiles, negoció con el Príncipe Paris la paz. Este Aquiles no era guerrero ya, era un hombre de familia, con varios hijos, y pese a que sabía que debía estar presente para la ejecución pública de Shana, su amiga de la infancia y la Reencarnación de Athena, y a que momentáneamente Aquiles sintió su corazón destrozarse, su mente ya había sucumbido ante esta realidad. Ni Shana podía alcanzarlo ahora. Pilos, Ftía, Esciro, y el resto de los Reinos de Hélade, pasaron a pertenecer a Troya, y a Héctor, con quien Aquiles selló una amistad duradera, que le permitió seguir gobernando con justicia, como el Rey Supremo de toda Hélade.
El tiempo continuó pasando, y pese a que no todo fue pleno, Aquiles alcanzó la vejez. Pero pese a que era el Rey Supremo, algo le faltaba, y miraba constantemente a la mar, en dirección a Troya, a una tierra que nunca se había atrevido a visitar por el temor que le causaba descubrir los detalles de una guerra que solo existía en lo más profundo de sus pesadillas, donde vestía de dorado, donde combatía junto a Patroclo y Antíloco, donde jamás conoció a su hijo.
-¿Aquiles? -escuchó el anciano rey a su esposa, Deidamía. Aún era hermosa pese a todos los años que habían pasado. Pero para Aquiles, parecía no pertenecer a su mundo, no lo saciaba. Aquiles vivió larga y plenamente, pero no vivió feliz- ¿Pasa algo, cariño? -le preguntó Deidamía.
-No es nada… -fue su frívola respuesta, mientras continuaba mirando a la mar-. Tan solo contemplaba mi vida, y comprendía que esta está llegando a su fin. Jamás encontré la gloria de los grandes héroes, no habré vivido mal, pero por siempre sentí un vacío profundo en mi ser. Como si a mi vida le faltase una luz… que siempre debió haber estado allí… -cerró sus ojos, meditó al respecto, y cuando los abrió se mostró horrorizado, al ver a Shana, en su cuerpo adulto, con la mirada vacía y una espada saliéndole por el pecho-. ¡Shana! -gritó el anciano rey, corriendo al interior del mar, pero no encontrando a Shana por ninguna parte.
-Entonces era Shana… -dedujo Deidamía, y Aquiles de inmediato se viró para verla-. Estás delirando, mi anciano rey. Shana se fue hace tiempo atrás. Tú mismo estuviste presente el día de su ejecución -le explicó Deidamía, y Aquiles lloró.
-Desde ese día mi vida no ha vuelto a conocer la luz… -derramó lágrimas Aquiles, y estas fueron tragadas por el mar-. ¿De qué sirve la vida larga y plena, si contemplas al pasado y te das cuenta de que tu existencia ha sido monótona, aburrida, y que jamás terminó por satisfacerte? Hubiese preferido vivir en un suspiro, y encontrar el frio abrazo de la muerte, mientras en mi rostro joven se reflejaba la satisfacción del bien vivir, y no la tristeza sobre un rostro abrumado, arrugado y débil. ¿Qué hice mal, Deidamía? Tengo tantos hijos como los ha tenido Príamo, tengo tantos reinos como los 30 que zarparon a la mar a hacerle la guerra a Troya. Uno pensaría que soy el hombre más afortunado, pero en mi fortuna, solo te tengo a ti -aceptó con tristeza-. Y no me llena esta fortuna… lo lamento -confesó.
-Ni con todos los hijos que te he ofrecido… ni todos los reinos que te han servido… Deidamía jamás logró llenar el vacío, que solo Shana podía llenar… -aceptó Deidamía, y Aquiles la miró, con angustia reflejada en su rostro-. Pensé que al menos… podía brindarte la vida que te fue arrebatada por los dioses. Aunque ahora veo que tan solo fue mi egoísmo… de quererme sentir real… -mientras decía esto último, Deidamía le mostró una daga que había estado cargando consigo, Aquiles miró la daga, se horrorizó, y comenzó a correr en dirección a Deidamía-. Si soy lo que elegiste para la existencia de este mundo… sin mí este mundo no puede hacer más que colapsar. Pero te diré aquí y ahora, Aquiles, que haya sido una sombra, una creación de un ser maligno o no, te amé tanto… como para acompañarte a caminar sobre un mundo en el que tu corazón jamás fue mío… hasta siempre… Aquiles… -finalizó, se clavó la daga en el corazón, y la realidad comenzó a colapsar.
-¡Deidamía! -gritó Aquiles, pero ahora era joven, volvía a vestir su Armadura Dorada- ¿Qué? -se impresionó, y de pronto comenzó a recordar su vida anterior, después de que su mente pensase que habían pasado décadas-. ¿He vivido, una falsedad? -lloró Aquiles.
-Por fin te encontré… -escuchó Aquiles, y se dio la vuelta para encontrar a Shana, a su Shana, en las aguas frente a él-. No podía encontrarte… porque tu corazón no deseaba que lo encontrara… pero ahora me recuerdas, ¿no es así? -lloró Shana, y Aquiles cayó sobre sus rodillas- Vuelve… -le pidió.
-Yo… yo… yo… -intentó decir Aquiles-. ¡Estoy furioso! -incineró su cosmos, y toda la realidad fue vaporizada por su tremendo poder.
Campamentos Aqueos.
-¡Ouch! -gritó Shana, cuando Anficlas la impactó con su escudo, tumbándola a la arena en medio de una de las sesiones de entrenamiento. Anficlas se espantó en ese momento, dejó escudo y espada en la arena, y fue a verificar que Shana estuviera bien. La diosa tenía un ojo morado por el impacto- Esta va a ser muy difícil explicársela a Agamenón -se preocupó Shana.
-¿A dónde te fuiste esta vez? -se preocupó Anficlas, corriendo a la playa, mojando una franela que cargaba, y regresando para colocarle la misma sobre el ojo a Shana- De pronto empezaste a atacarme como si estuvieras en un trance… tuve que tomar mi escudo para defenderme ¡Y ahora Diomedes va a matarme cuando se entere de que le partí el rostro a la Diosa Athena! -se estremeció por el miedo Anficlas.
-¿Tan mal se me ve? -preguntó, tomándose la franela y presionándola sobre su ojo- Porque sí me duele… pero… valió la pena… porque logré traerlo de vuelta… -le mencionó con una sonrisa, y Anficlas la miró, confundida, y comenzó a abrazarle la cabeza-. ¿Madre? -preguntó.
-Dime como quieras, ya te dejé tarada -lloró Anficlas en preocupación, pero Shana simplemente le sonrió, y la abrazó intentando ayudarla a tranquilizarse.
-Bueno… es muy linda cuando se preocupa… pero mi herida ya está sanando -se dijo a sí misma Shana, mientras miraba en dirección al mar-. Sé que vas a estar furioso, Aquiles… pero tenía que recordarte quien eres… -se susurró, y continuó abrazando a Anficlas.
Colona, Templo de Apolo.
-¡Ya fue suficiente de tantas sorpresas! -enfureció Cípselo, quien aún enfrentaba a Fénix, sorprendentemente en igualdad de condiciones, pero la batalla fue interrumpida cuando todo el Templo de Apolo comenzó a temblar- ¿Ahora qué? -agregó furioso.
-Ahora, Cípselo… pese a que sé que puedo vencerte gracias a la Armadura del Fénix que respalda mi cosmos… vas a enfrentarte a alguien que en estos momentos podría destrozarme de un solo movimiento. ¡A alguien a quien nunca deberías hacer enojar! -le espetó Fénix, corriendo en dirección a Automedonte, ayudándolo a ponerse de pie- ¡Nos vamos, ahora! -le gritó Fénix, y un débil Automedonte comenzó a ponerse de pie, pero entonces una tremenda explosión proveniente del Cofre de Cípselo, abatió a todos los presentes, a Cípselo incluido, mientras un furioso Aquiles salía del cofre, con Patroclo, Antíloco y Trasímedes a sus pies.
-¡Cípseloooooooooo! -agregó Aquiles, con sus ojos incinerados en cosmos dorado, y este desbordándose, en la forma de relámpagos dorados, que destruían todo a su alrededor- No solo me humillaste… sino que me hiciste amar una realidad falsa… haciéndome olvidarme de quien soy realmente… para ti habrá sido solo un instante, pero para mí fue toda una vida… -aclaró Aquiles, mientras Patroclo, Antíloco, y Trasímedes, despertaban del trance, no tan afectados como Aquiles por sus prematuras muertes, pero igualmente furiosos-. Ahora voy a cobrarme la vida que me hiciste vivir, tomando la tuya y negándote el derecho de encontrar un final placentero y duradero. Y aun así para mí no será suficiente, pero la vida que hoy tengo no durará lo suficiente para ver esta guerra terminada, y desperdiciarla con basura como tú me sería repulsivo… vas a morir… pero no será una muerte instantánea… prepárate… Cípselo… vas a conocer mi cólera… -Aquiles se colocó en pose, con el Tigre furioso respaldándole el cosmos, mientras un tembloroso Cípselo se sentía intimidado por el tremendo poder de Aquiles.
-Mi señor Aquiles, debe permitirme excusarme… -retrocedió Cípselo-. El cofre crea realidades que están fuera de mi control… no puede culparme por todo lo que ha visto, esto solo era la representación de lo más profundo de su ser. Si lo piensa correctamente, es un regalo… -sugirió.
-¿Regalo? -enfureció Aquiles, su rostro enteramente oscurecido por el tremendo poder que lo embargaba- ¿Llamas regalo a la vergüenza que me has hecho pasar? ¿Llamas regalo al demostrarme que en lo profundo de mi corazón temo que llegue el día de mi muerte prematura? ¿Llamas regalo al enseñarme a la basura de persona que soy, por utilizar a Deidamía para mi satisfacción personal, cuando la realidad es que jamás la amé? ¿Llamas regalo a demostrarme… que la única persona que me importa realmente en este mundo me es inalcanzable? ¡No son regalos, Cípselo! ¡Son torturas! ¡Me hiciste vivir una vida larga y plena, pero llena de vergüenzas, dolores y angustias! ¡Vaya vida! ¡Casi haces que no valga la pena matarte! ¡Pero alguien debe recibir toda mi ira! ¡Tigre Descendente de Pelión! -gritó Aquiles, se abalanzó sobre Cípselo, y todos los presentes cerraron los ojos, mientras el puño impactaba el hombro de Cípselo, y le arrancaba el brazo con una fuerza descomunal.
-¡Aaaaahhhhh! -se lamentó de dolor Cípselo, y se tomó el hombro a la altura de la hemorragia- Le suplico por su perdón… Aquiles es un héroe de justicia y rectitud, jamás de belicosidad y castigo. ¡Se lo suplico, mi señor Aquiles! ¡Estoy de rodillas! -se arrodilló mientras temblaba en su dolor.
-No hay piedad para ti, Cípselo… no existe… -apuntó con su dedo, y disparó una fuerza de cosmos descomunal que le vaporizó el otro brazo, y dejó a Cípselo tendido, gritando de agonía. Quienes podían ver desviaban las miradas intentando contener el asco, quien no podía ver se cubría los oídos intentando no escuchar los gemidos de dolor, y los llantos de arrepentimiento, mientras Aquiles caminaba como un dios belicoso y vengativo en dirección a Cípselo, lo tomaba de la pierna, y se la arrancaba de una forma tan brutal que Patroclo no pudo evitar vomitar por lo que estaba presenciando, mientras veía a Aquiles golpear a Cípselo con su propia pierna hasta dejarlo moribundo y malherido. Un humano común y corriente no hubiese sido capaz jamás de soportar semejante castigo, pero Cípselo era un Espectro, aún sin 3 de sus miembros continuaba con vida, y cuando el cuarto le fue arrancado también, el dolor volvió a invadirlo, hasta casi llevarlo al borde de la locura.
-Máteme ya… téngame piedad… no puedo… no puedo soportarlo más… solo termine con esto… -lloró Cípselo, mientras Aquiles colocaba su mano sobre la cabeza del Espectro, apretaba, y Cípselo lloraba con una mezcla de miedo y alivió-. Gracias… -enunció mientras veía su sombra, y lo último que vio fue como Aquiles le arrancaba la cabeza de un solo movimiento. Todos los presentes estaban impresionados, pero Idomeneo fue quien recordó el que los Espectros regresaban a la vida, y se apresuró a hacer su petición.
-Mi señor Poseidón, si puede escucharme, habrá la puerta al Tártaros por favor -le pidió Idomeneo, y el Templo de Apolo entró en una oscuridad sepulcral, mientras la gran Serpiente Oscura, Tártaros, se hacía presente, olisqueaba el alma maltrecha de Cípselo, abría sus fauces, y se tragaba al alma del Suplicio Obsidiana. Más antes de irse, Tártaros prestó mucha atención al cosmos de Aquiles, se saboreó, y entonces desapareció.
-Púdrete en el Tártaros… basura… -se dio la vuelta entonces Aquiles, y caminó en dirección a Fénix, quien estaba tan consternado por lo que acababa de ver, que incluso se puso a la defensiva frente a Aquiles, Automedonte también estaba consternado, en realidad nadie de los presentes daba crédito a sus ojos, había sido demasiado brutal, demasiado visceral, todos estaban aterrados, pero solo Fénix se mantenía firme-. Tú tienes el poder… de hacerme olvidar este dolor… -se arrodilló Aquiles, su cosmos aún desbordante, y Fénix lo miró, impresionado-. Siento que… jamás podría volver a ser el mismo después de esto… tantos años de odio… tantos años de sufrimiento… termina con ellos… -lloró Aquiles, suplicando, tomando a Fénix de ambos antebrazos-. ¡Hazme olvidar! -le suplicó, y Fénix no supo cómo reaccionar- Ese mundo… debo olvidarlo… no puedo dejarme ser consumido por este odio y este miedo… tengo que olvidarlo… tienes que dejarme como antes… no puedo permitir que este poder me consuma… no sabría qué hacer con él, no estoy listo, tienes que hacerme olvidar… y si no puedes… mátame… -insistió Aquiles, y Fénix se mordió los labios con fuerza-. Solo mátame. ¿Cómo vivir después de esto? Tuve hijos, los vi crecer, los vi morir, no puedo vivir así… y aún más no puedo vivir… sabiendo que hay alguien por quien me atrevería a seguir viviendo, ¿lo entiendes? ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes? -se quebró Aquiles, se arrodilló, y volvió a llorar.
-Si hago esto… aun así todos los demás lo sabrán… -miró Fénix a Patroclo, a Antíloco, y a Trasímedes-. Solo nosotros sabremos la verdad de lo que ha ocurrido este día. El día en que todos fuimos testigos, del verdadero poder de Aquiles, y de la verdadera extensión de su cólera. Ustedes cargarán con esto a mi lado -sugirió Fénix.
-Moriré antes de permitirle a mi señor volver a caer en cólera -juró Automedonte-. Tienes mi palabra, Fénix, a este Aquiles, ni yo mismo podría reconocerlo -le aseguró, miró a Idomeneo y a Políxeno, el de cabellera rosada estaba en shock.
-Este Aquiles… con semejante poder… podría derrotar inclusive a los dioses -sugirió Idomeneo, pero al verlo tan dolido y afligido, terminó por acceder-. Has lo que tengas que hacer -le pidió a Fénix, quien hizo una reverencia, y se dio la vuelta, solo para encontrar a Patroclo y a Antíloco, cada uno tomando una de las manos de Aquiles.
-Hazlo… apunta bien… no me atrevo a ver a Aquiles sufrir como ha hecho ahora… -lo miró Patroclo fijamente, y Fénix se mostró conmovido-. Maestro… la realidad que yo viví, fue patética, sujeta a no ser más que la sombra de Antíloco, y sin ofender a mi amigo, pero preferiría seguir caminando con Aquiles por esta senda. Pero, no podría hacerlo sabiendo de lo que Aquiles es capaz… prefiero seguir viéndolo como a un héroe, que como al demonio que puede llegar a ser en su cólera… -le suplicó.
-Fue agradable volver a ver… -se dijo a sí mismo Antíloco-. Aunque no considero que Aquiles me tenga en muy alta estima en estos momentos. Además, esta experiencia, me ayudó a ver el fracaso que puedo llegar a ser. Morir antes que mi padre, perder en una guerra, no podría seguir adelante si pienso que puedo llegar a morir así. La precaución no me permitiría utilizar toda la extensión de mi cosmos. Por favor, señor Fénix, no borre solo la mente de Aquiles, borre la mía también -le pidió, y Fénix meditó al respecto.
-No olvidaré… la lección que me han dado el día de hoy… -preparó su cosmos Fénix, y el Ave de Fuego grazno a sus espaldas-. Yo también… viviré para la justicia, en esta vida, y en las que han de venir, sabiendo que jamás habrá sacrificio más grande, que el que uno es capaz de hacer por un hermano, sea este un hermano de sangre, o de cosmos. ¡Puño del Fantasma del Fénix! -atacó Fénix, y las mentes de Patroclo, Antíloco y Aquiles, fueron impactadas con fuerza, y todos los eventos que vivieron dentro del Cofre de Cípselo fueron destruidos, todos, inclusive el más importante, ese en el que Aquiles se dio cuenta de que deseaba vivir, que deseaba vivir por alguien, por Shana, todo se perdió en ese último golpe-. Está hecho -terminó de decir Fénix con lágrimas en sus ojos, mientras los débiles Caballeros Dorados se retorcían en el suelo.
-¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Cípselo? -preguntó Aquiles, y se horrorizó al ver el cadáver- ¿Qué diantres pasó aquí? -se estremeció Aquiles, y encontró a Fénix vistiendo la Armadura de Bronce- ¿Por qué vistes de Bronce? -se preguntó, y luego vio a Automedonte- ¿No estabas de camino a Egipto? -apuntó, y Automedonte comenzó a llorar- ¿Qué te pasa? -preguntó.
-¡Señorito! -lo abrazó con fuerza, y Aquiles comenzó a quejarse y a hacer rabietas por ser abrazado por Automedonte, inclusive comenzó a patearle las costillas intentando liberarse.
-Casi es una pena ver esto… -se quejó Idomeneo-. Aquiles por fin era el héroe que necesitaba esta empresa, superó a Diomedes, a Agamenón, y a Menelao… era imparable -movió su cabeza varias veces en negación.
-Pero, ¿a qué precio? -dedujo Políxeno, mirando a Aquiles, a un Patroclo que vomitaba en una esquina, y a un Antíloco que intentaba deducir lo que estaba pasando a su alrededor- ¿Vale la pena perder a ese Aquiles, para conservar a nuestros amigos? -le preguntó, y entonces miró a Fénix retirarse- ¿Fénix? -se preguntó Políxeno.
-Lo vale… -enunció, y Políxeno se impresionó-. ¡He dicho que lo vale! ¿Entendiste? De ahora en adelante, prefiero ser yo el demonio, que tener que ver lo que vi el día de hoy. ¡Aquiles! -le gritó Fénix, y Aquiles lo miró con incredulidad, y entonces Aquiles se impresionó por la sombría naturaleza en el cosmos de Fénix- ¡Tal parece que tengo que darte un recordatorio de las enseñanzas de Quirón! ¡Te voy a entrenar hasta el cansancio! ¡Ahora al campamento y quiero que te purifiques en la cascada más cercana! ¡Ahora! -le gritó.
-¿Qué Espectros te picó? Óyeme que soy Caballero Dorado y tú de Plata, ¿o es Bronce ahora? -intentó deducir, cuando sintió el cosmos sombrío de Fénix- De inmediato… maestro… -se preocupó, y corrió en dirección al campamento-. ¿De qué me perdí? -se preguntó a sí mismo, pero continuó con su camino.
-Así qué… esa es la extensión de la Cólera de Aquiles… -comentó la demolida estatua de Apolo, misma a la que nadie podía escuchar, pero que presentaba un cosmos sombrío y escarlata-. Puede que mi hermanita Artemisa requiera de mayor ayuda en esta guerra… ese poder no puede seguir existiendo en este mundo. ¿Cómo podría permitirse a un mortal poseer el poder de un dios? Presiento… que está guerra va a tornarse más y más interesante… -finalizó Apolo, y su cosmos brilló con intensidad.
