He decidido que esta historia ya es lo suficientemente eterna para tener un día específico para actualizarla. Sin importar mis intentos por resumir todos los acontecimientos de la Guerra de Troya en capítulos cortos y entendibles, comienzo a pensar que es una historia interminable. Si bien la principal fuente es Homero, hay bastantes mitos regionales, además de comprobaciones históricas, o simples teorías que apuntan a la reconstrucción de los 10 años que duró la Guerra de Troya, y si sigo con mis actualizaciones esporádicas y poniendo fechas para la misma, se van a cumplir los diez años, pero de esta historia. Así que, pretendo actualizar e inmediatamente después seguir escribiendo lo que sigue, o nunca voy a terminar, ¡apenas vamos terminando el año dos por todos los dioses! Así que, ¿Cuándo voy a actualizar? Podría ser mañana, podría ser pasado, no lo sé, pero en cuanto termine cada capítulo subiré la actualización. Aunque me dejen solo un review, jajaja, me lo merezco por incumplido. Son más mis ganas de terminar esta historia antes de volver a desaparecerme que otra cosa. Espero lo disfruten ninjas que solo leen y me juzgan en silencio.
Guest: Al menos alguien sigue leyendo esto, ¿esperabas el capítulo un poco después? Si llevaba dos años sin actualizar. ¿Cuándo es después? Jajaja. Por alguna razón siempre que intento concentrarme en los demás personajes siempre termino regresando a Diomedes. Pero supongo que ya lo torturé lo suficiente (mentiras, todavía debe sufrir más). En fin. Sobre Trolio, su mito dirige a su personaje en una dirección muy distinta a la que he estado manejando con él, así que, de poco en poco irá cobrando más relevancia. Sobre Shana combatiendo, pues ganas no le falta, en el mito realmente tanto Shana como Poseidón combaten físicamente, pero para eso aún falta. Y bueno, gracias por seguir leyendo esta historia pese a todo el tiempo. Yo seguiré escribiéndola, prometiendo terminarla lo antes posible, porque a como vamos voy a superar los 100 capítulos… y si me decido a llegar hasta la Odisea tal vez más. ¿No quiere alguien decirle a Kurumada que yo le escribo la guerra de Troya? Todavía estoy a tiempo de que me paguen por esto, jajaja.
EDITADO: 14/07/2024
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Dos.
Capítulo 9: Nacidos Para la Guerra.
Anatolia. Murallas de Percote. Año 1,194 A.C.
La madrugada en Percote fue interrumpida, y la ciudad costera al norte de Troya y al este de Abidos fue forzada a despertar de improviso. Una caballeriza se dirigía en esos momentos a los muelles del Helesponto, liderada por Antenor de Hoplita, la Estrella Terrestre del Progreso, y quien fuera el único de los Troyanos que había hablado por los Aqueos y su justa búsqueda de la restitución previo al estallido de la Guerra de Troya, sentimiento que, poco a poco, comenzaba a inundar el corazón de los Troyanos, y de los pueblos cercanos a Troya, mientras se estaban por cumplir los dos años del sitio a Troya.
El anciano Espectro bajó de su caballo y se dirigió a los muelles, frente a los cuales otro Espectro, vistiendo una Suplice que parecía estar hecha de madera, pero que solo lucía como tal, se encontraba realizando señales con una antorcha. El Espectro de cabellera rubia y larga, además de barba muy bien delineada del mismo color, de bigote bien afeitado, y de ojos azules, hacía movimientos con la antorcha mientras miraba a la densa neblina que se alzaba por las tempranas horas de la madrugada, y por el descenso de la temperatura. Desde los interiores de la neblina parecían contestar a sus señales de fuego sobre barcos que solicitaban permiso para pasar por el Helesponto sin complicaciones, y el sorprendido Espectro de la Suplice que asemejaba a madera, nerviosamente realizó sus anotaciones, antes de volver a mover su antorcha, y permitir con los movimientos de la misma que los barcos cruzaran sin intervención.
-¿Vienen de Misia o del Proconeso? –preguntó Antenor preocupado, mientras la neblina dejaba ver una inmensa flota, de al menos unos 30 barcos, pasando por frente de los muelles. El Espectro trastabilló un poco nerviosamente- Tranquilo Ifimadante, con tu padre no necesitas de etiqueta. No voy a llamarte Ifimadante de Dríades, Estrella Terrestre de la Conducta y todas esas cosas como todos los egocéntricos Espectros en Troya que se mofan de sus estrellas como si supieran lo que significa. Son solo títulos, son solo Suplices. No importa ante quien te presentes así se le olvidará tu estrella casi de inmediato. Deberíamos hacer como los Aqueos y solo concentrarnos en la bestia que rige nuestras Suplices –se burló Antenor.
-Ambos sabemos que Troya es inmensamente soberbia, padre. Para los Espectros es muy importante que todos sepan qué estrella los rige –le explicó. Pero Antenor lo miró con molestia- No es que yo vaya por allí… bueno si lo hago, pero… oh vamos papá, no me digas que no es un orgullo para ti que otros sepan quién eres –se defendió el Espectro.
-Desde que Paris secuestró a Helena y Príamo lo defendió… me avergüenza ser Troyano… no por nada pedí que nos trasladaran a Percote… estoy harto de luchar contra los Aqueos… -se quejó Antenor, molestando a su hijo Ifimadante-. ¿Y bien? ¿Son Misios o Proconeses? –insistió.
-Misios… 30 barcos, van en dirección a Lesbos, sitiada actualmente por los Mirmidones según cuentan en los barcos –le explicó Ifimadante, y Antenor alzó una ceja en cuestión de curiosidad-. Debería enrolarme y… -comenzó Ifimadante, pero Antenor comenzó a arremedar de forma burlesca-. ¡Visto una Suplice padre! ¡Debería estar cortando cabezas Aqueas, no contando barcos! –se quejó.
-Deberías estar criando a tus hijos, disfrutando de tu esposa, y mirando al futuro con esperanza… pero en lugar de eso, tenemos que preocuparnos porque el egoísta de Paris no mande a más de nuestra familia a la tumba –insistió Antenor con molestia.
-Paris no mató a Crino y Arteus… fue Menelao… -insistió Ifimadante, pero Antenor continuó negándolo rotundamente- ¿Cuántos más de tus hijos deben morir para que te des cuenta de que los Aqueos son el enemigo? –enfureció Ifimadante.
-¡No culpo a los Aqueos! –enfureció nuevamente Antenor- Tuve 17 hijos… ya he perdido a 2, no pienso perder a ningún otro defendiendo a Troya. La causa de los Aqueos es justa, Menelao está en su derecho. Y aunque no puedo forzarte a dejar los campos de batalla como a los demás por el simple hecho de que llevas una Suplice… puedo reubicarte al lugar de Anatolia más seguro que se me ocurre… Percote. Los Aqueos tendrían que pasar por varias ciudades antes de llegar aquí –se cruzó de brazos Antenor.
-Eso dices, pero desde hace un par de días, dudo que Percote esté tan a salvo como crees –apuntó Ifimadante, y Antenor miró en dirección a donde su hijo apuntaba- Me contabas la historia de niño, sobre Hero y Leandro… resulta que la ficción se convirtió en realidad de golpe –admiró Ifimadante, y Antenor pudo verlo, los fuegos de las Torres de Sestos y Abidos ardiendo. Sestos desde el otro lado del Helesponto, Abidos visible fácilmente desde las colinas en las cuales estaba construida Percote.
Abidos. Frente a las Torre del Helesponto.
-Lo veo y no lo creo –habló frente a la Torre de Abidos un Suplicio Obsidiana, acompañado de Niso y de Asio, mientras el trio de Suplicios Obsidiana veía al Estrecho de los Dardanelos al último grupo de Pestaltas siendo ayudados por los hombres de Polidoro a incorporarse, antes de ofrecerle su mano a Pentesilea, y sorprendiéndose cuando la Amazona aceptó la ayuda y se dejó sacar del agua-. Con ella son 12,723 lanzas… no mentían, hermanos… -terminó el conteo el Suplicio Obsidiana que vestía una Suplice con la forma de un león negro- Usted debe de ser la Reina del Quersoneso. Me presento ante usted, Hipocoonte de Citerón, Estrella Terrestre de la Capacidad, y Suplicio Obsidiana del Opuesto de Leo –reverenció él.
-Ahórrate eso, la Reina del Quersoneso continua en Tracia, va camino a Bistones –respondió Pentesilea, confundiendo a Niso y a Asio, mientras el hermano de ambos, de barba anaranjada y cabellera del mismo color, miraba a ambos con curiosidad-. La Princesa Ilíona de Troya, y Reina del Quersoneso de Tracia, nos envía a agilizar la movilización a Percote, y junto a los ejércitos de Arisbe, atacar a los Aqueos por la retaguardia. Pero, para lograr esto, es indispensable llegar antes de que los Aqueos reciban noticias de estos refuerzos. Debemos partir cuanto antes –comentó ella, Hipocoonte intentó quejarse, pero Niso lo detuvo.
-Oh no, hermano, a esta mujer la respetas, o te voy a machacar –declaró Niso, forzando una sonrisa arrogante en Pentesilea, mientras Hipocoonte miraba a su hermano Asio, sabiendo que él era el Rey de Sestos.
-Hay que hacer lo que dice… los Hijos del Quersoneso abandonamos a Sestos con todos nuestros tesoros con la esperanza de lograr derrocar a los Aqueos –le explicó Asio, sobresaltando a Hipocoonte-. Debemos apresurarnos. Niso, lleva a Pentesilea a Percote y ordenen la movilización de cuantas tropas puedan a Troya. Hermano, tú gobiernas en Percote también, necesitará tu capa del liderazgo –pidió Asio.
-¿Cómo? ¿Este bruto liderando a Percote? –se molestó Hipocoonte, Niso sonrió con soberbia, y Asio lo incitó a cooperar- Umm… ¡Llévatela! –se fastidió Hipocoonte, movió su mano pidiendo a una de sus esclavas acercarse con un cofre de tesoro de Abidos, y tras abrir la caja, Niso encontró la capa azul con el emblema del Estrecho de los Darnadelos impresa en la misma- Busca a un tal Ifimadante. A él dejé a cargo mientras gobernaba en Abidos. Le ordenarás enviar 5,000 lanzas a Troya, no más… -insistió.
-Confía en mí, hermano –sonrió Niso, acercándose a Pentesilea- Tú también escuchaste 15,000 lanzas, ¿verdad? –susurró Niso, y Pentesilea sonrió con malicia- Hombres de Elayunte y Mádito, conmigo. Iremos a Percote, y de allí a Troya –ordenó.
-Hombres de Sestos conmigo –prosiguió Asio-. Iremos a Arisbe, y de allí, a Troya. Nos reuniremos en el Monte Ida en la noche para el ataque a las espaldas Aqueas –finalizó Asio, Niso asintió, el grupo comenzó a dividirse, pero entonces Hipocoonte se aclaró la garganta.
-¿No se les olvida uno? –apuntó Hipocoonte a Polidoro, quien miraba a la torre del otro lado del Estrecho de los Dardanelos, la Torre de Sestos, aún encendida pese a que comenzaba a amanecer- ¿Qué esperas, Polidoro? –preguntó.
-No regresaré a Troya sin mi madre Ilíona –respondió Polidoro, aunque no era realmente hijo de Ilíona, sino su hermano-. Esperaré a que regrese –insistió él, mirando el fuego encendido, y teniendo un mal presentimiento sobre el mismo.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Campamentos Aqueos a las Afueras de Sestos.
-Ya ha amanecido… pero el fuego de la torre de Sestos sigue encendido –enunciaba Teucro para sí mismo, mirando a la muralla, mientras en las pieles de su tienda, Enue, su concubina de Chipre, se viraba queriendo abrazar a Teucro, encontrando el puesto a su lado vacío-. Buenos días, Enue –comentó Teucro, mientras Enue se ponía de pie cubriéndose con lo que encontraba, y se dirigía a Teucro, abrazándolo por detrás- ¿Dormiste bien? –preguntó.
-He dormido mejor… -aceptó Enue, perezosa-. Soy de muy mal dormir, cualquier ruido, por más insignificante que sea, me termina despertando. Por la noche el continuo chapoteo no me dejaba conciliar el sueño –le explicó Enue.
-¿Chapoteo? –preguntó Teucro, mientras Enue bostezaba con fuerza- Debes estar confundida, Enue, para escuchar un chapoteo tendrías que pasar a toda Sestos hasta sus puertas del mar. Ni siquiera se escucha el oleaje desde el Estrecho de los Dardanelos hasta aquí. ¿Cómo podrías escuchar un chapote? –preguntó.
-Sé lo que escuché… -se fastidió Enue, malhumorada por no haber podido dormir bien- Aunque más que un chapoteo, era un sonido como… de remos… el mismo que no me dejaba dormir mientras navegábamos de Chipre a Troya… es muy molesto… -insistió ella.
-¿Remos? Un momento… la Torre de Sestos… no me digas que… -se preocupó Teucro, elevó su cosmos, e hizo a Enue gentilmente a un lado, aceptando el ser vestido por la Armadura de Sagitario-. Hero y Leandro… ¿podrá ser cierto? –se encorvó Teucro, antes de saltar con todas sus fuerzas, y tras hacerlo, se elevó lo suficiente para ver dentro de Sestos, y al Estrecho de los Dardanelos, notando la torre del otro lado, apagada, pero con una nube de humo aún reciente- La Reina del Quersoneso es más lista de lo que pensábamos… -declaró Teucro, mientras se precipitaba de regreso al suelo, causando que varios soldados salieran de sus tiendas, entre ellos Áyax, quien desnudo se había armado únicamente de su escudo.
-¡Cuidado con esa lanza grandote! –se quejó Tecmesa, amarrando unas pieles alrededor de Áyax, antes de notar a Teucro en un agujero que había creado con su cuerpo al caer, levantándose débilmente- ¿Acaso saltaste a semejante altura que creaste este cráter? Si pueden hacer eso, ¿por qué no saltarse la muralla y entrar a Sestos o a Troya? –se preguntó Tecmesa.
-Si fuera así de sencillo ya lo habríamos hecho, ¿no lo crees? –se tronó la espalda Teucro tras el no tan gentil aterrizaje- Saltar es fácil, caer y ser rodeado por 10,000 soldados, eso no es tan sencillo. Aún si los 12 Caballeros Dorados saltáramos dentro de Troya, ignorando el hecho de que la protege una Barrera de Cosmos, ¿cómo esperas que salgamos con vida sin refuerzos? –preguntó Teucro.
-Sin mencionar que podríamos vaporizar a inocentes en la caída –apuntó Áyax al cráter creado a las afueras del campamento- ¿Por qué te arriesgaste a un salto? Asio o Niso pudieron haberte derribado –le comentó Áyax.
-Lo hubieran hecho si estuvieran en la ciudad, pero está vacía –le explicó Teucro, y Áyax se impresionó- Ponte tu armadura y salta conmigo, no vaporizaremos a nadie en la caída, realmente, no hay nadie –le explicó Teucro, Áyax asintió, elevó su cosmos, y su Armadura Dorada lo vistió. Solo entonces saltó junto a Teucro del otro lado de la muralla de Sestos, destrozando varios edificios tras el violento aterrizaje-. Te lo dije… vacía… -apuntó Teucro tras levantarse de su cráter.
-¿Cómo? Si hubiéramos visto algún barco lo hubiéramos destrozado a Gran Cuernos –se preguntó Áyax, miró a Teucro, y este asintió. Áyax y Teucro entonces subieron a la muralla, y abrieron las puertas de Sestos, para sorpresa de los Salaminos, quienes rápidamente se vistieron, y aunque no fueran horas de asedio, se adelantaron hasta los interiores de Sestos cuando estuvieron listos, mientras Teucro le explicaba a Áyax.
-Enue dijo que no pudo dormir por el sonido de chapoteos. Los barcos siguen en los atracaderos, además de que los hubiéramos visto y atacado con flechas incendiarias si salían al Estrecho de los Dardanelos. Así que indagué un poco al respecto, y el sonido que ella escuchó era más bien el de remos pequeños, como de botes pesqueros… o escudos –comentó, y Áyax alzó una ceja en señal de curiosidad-. Piénsalo… cualquier cosa más grande que un bote hubiera sido divisado por nuestros vigilantes incluso de noche. Los habitantes de Sestos cruzaron el Helesponto por el Estrecho de los Dardanelos, siguiendo una vieja leyenda que mi madre, Hesíone, solía contarme de niño –le explicó Teucro-. Probablemente no la has escuchado porque es un cuento de Anatolia, pero Hesíone al ser Troyana me lo contó. Hero y Leandro, vivían una en Sestos y el otro en Abidos. Leandro cruzaba el Estrecho de los Dardanelos desde Abidos hasta Sestos utilizando como faro la Torre de Sestos, dejando la pira de Abidos encendida para poder regresar tras haberse acostado con Hero –le explicó Teucro.
-Ni yo soy tan lujurioso para cruzarme el Estrecho de los Dardanelos para una revolcada –se fastidió Áyax-. ¿Quieres decir que, mientras dormíamos, la Reina del Quersoneso evacuó toda una ciudad por el Estrecho de los Dardanelos? ¿Con qué objetivo? –preguntó Áyax, mientras Menor, y los soldados Salaminos por fin llegaban a Sestos.
-No parecen haberse llevado alimentos ni tesoros –declaró Teucro mientras entraba en el templo más cercano en honor a Apolo, encontrando oro y telas preciosas dentro- Evacuaron así sin llevarse nada. Lo hicieron además sabiendo que estaban en asedio. Con los números que tenían, y las murallas de Sestos con la bendición de la Luna, nos hubiera tomado al menos un par de lunas de asedio para conquistar Sestos. No lo habríamos logrado antes porque Sestos podía fácilmente recibir alimento del comercio con Abidos –dedujo Teucro-. Si al menos se hubieran llevado sus tesoros pensaría que es la acción de un rey cobarde que se pensaba derrotado, pero… no es así, tenían prisa… demasiada. ¿Por qué tendrían tanta prisa? ¿Qué lograrían? –se frotó la barbilla Teucro, y entonces palideció- ¡Van a atacar a los Aqueos por detrás! –se sobresaltó Teucro, pero Áyax no lo comprendió- Estudia los mapas del Quersoneso y de Anatolia, Áyax. Cruzando el Estrecho de los Dardanelos está Abidos, y al sur, Dárdanos que ya fue asediada por Aquiles y Diomedes, pero al este está Arisbe, y siguiendo los caminos principales esta Troya por la cara que ven las Puertas de Esceas. El Campamento Aqueo desde allí está entre el mar y Troya –le explicó, y tras dibujar el mapa en su mente, Áyax se escandalizó- Si cruzaron el Estrecho de los Dardanelos, más de 10,000 lanzas estarán frente a los Campamentos Aqueos para mañana –le advirtió.
-¡Tendrán a Salamina detrás de ellos! ¡Salaminos! –llamó Áyax, y sus hombres atendieron a su llamado- ¡Requiero a 1,000 de ustedes de voluntarios! ¡Cruzaremos el Estrecho de los Dardanelos y daremos cacería a los Tracios, apoyando a nuestros hermanos Aqueos! –declaró Áyax, mientras los Salaminos comenzaban a ofrecerse, pero Teucro interrumpió los ofrecimientos.
-¿¡1,000 Salaminos para dar cacería a más de 10,000 Tracios!? –sé que no eres exactamente el mejor en las matemáticas, Áyax, pero los superarán de 9 a 1. Sin mencionar que tienes que pasar por Abidos primero –le apuntó Teucro a la torre del otro lado del Estrecho de los Dardanelos- .Y por si eso no fuera poco, de día los verán llegar, y de noche nadie les encenderá la pira. Es un movimiento suicida –insistió Teucro.
-¡Si no se hace de esta forma destrozarán a nuestros hermanos en Troya! –aclaró Áyax, virándose a ver a sus hombres- ¡Vinimos al Quersoneso a cortar las vías comerciales de Troya y a traer tesoros! ¡Con la confianza de que nuestros hermanos Aqueos resistirían el sitio frente a Troya! ¡Si dudamos ahora no quedarán campamentos Aqueos a los cuales regresar! ¡Tomaremos tres barcos de los astilleros de Sestos y quemaremos el muelle! ¡Atracaremos en Abidos y destrozaremos su muelle también! ¡En Sestos se quedarán 300 a hacerles sentir a los Troyanos lo que nosotros sentimos teniendo a la isla amazona, Temiscira, por detrás! ¡Tendremos control total del Helesponto! –declaró Áyax, y Teucro se impresionó ya que Áyax parecía saber de lo que hablaba- ¡Con el Helesponto controlado! ¡Teucro llevará al resto de Salaminos de regreso a Elayunte cargando la comida, el ganado, y los tesoros de Sestos! ¡Se reunirán con los Atenienses y los de Élide, y regresarán a Troya por Colona que ya debió haber sido conquistada por los Mirmidones! ¡Mientras nosotros nos encargamos de salvar a nuestros hermanos y que tengan un campamento al cual volver! –finalizó Áyax, y los Salaminos se apresuraron a seguir las instrucciones de Áyax- Llevaré solamente a soldados. Si todo sale mal, cuida de Tecmesa –pidió Áyax.
-Nada va a salir mal, Áyax –le ofreció su mano Teucro, y Áyax la apretó con fuerza-. Vuelve con bien… no olvides que, aunque nuestras madres no sean las mismas… para mí siempre serás mi hermano… -indicó Teucro, y Áyax sonrió.
-¡Gran Abrazo! –atacó Áyax de improviso, aplastando a Teucro con un enorme abrazo, que lo incomodó e hirió un poco- ¡Salaminos! ¡Nos vamos! –ordenó Áyax, corriendo a los barcos que habían preparado, y que los de Sestos en su huida nocturna no tuvieron el tiempo de hundir- ¡Regresamos a Anatolia! ¡Esos bastardos de Abidos no sabrán qué los golpeó! ¡JA JA JA JA JA! –resonó su poderosa voz, mientras Teucro se preparaba para el regreso también.
-¡Ganado y alimento primero! ¡Telas y tesoros después! ¡Que parte de nuestros hombres desmonten el campamento! –prosiguió Teucro, y entonces notó a Menor, quien charlaba con Medonte, el Caballero de Bronce de la liebre- Menor, me temo que requiero de los servicios de tu hermanastro –pidió Teucro, molestando a Menor, quien era de poca paciencia, pero Medonte reverenció para Teucro-. De entre los Caballeros de Bronce eres de los más veloces. Necesito que te adelantes con el mensaje a Acamante de Cáncer del regreso a Troya, no podemos retrasarnos, o no quedará nada de los campamentos Aqueos que rescatar.
Anatolia. Troya. Primera Ciudadela, Capis.
-Es hora… -comenzó Pándaro, mientras en la cima de las puertas de Capis, se preparaba la banderola morada que tenía por principal objetivo el de enunciar el cambio de ejércitos en el asedio continuo a los Campamentos Aqueos-. Aunque, sin el señorito Trolio, el general debería de conducir el Auriga, no las cuadrillas. Hismidas, ¿podrías? –ofreció las cuadrillas a la Daimón de las discusiones.
-¿Me está menospreciando, general? –se molestó Hismidas mientras los Daimones Eino y Macas se burlaban de ella- He de informarle que, aunque mi dominio sea la Discusión y este sea más efectivo en combates individuales, soy una guerrera –aclaró ella.
-Una muy hermosa –apuntó Pándaro-. Esta no es una decisión estratégica, es una decisión de belleza. ¿Quién mejor que la más bella entre los Daimones para liderar la marcha de mi auriga? –comentó Pándaro, y una ruborizada Hismidas, en lugar de discutir como se esperaba de ella, tomó las riendas de la cuadrilla- Ahora, todos listos mis bellezas… -comenzó Pándaro, cuando notó a Trolio llegando en su Suplice al frente- ¡Señorito! –se alegró Pándaro, pero fue el único en hacerlo- No me diga que liderará la carga pese a las órdenes de Héctor y de Eneas –se preocupó.
-No… -comenzó Trolio, notando a Eneas en la cima de las puertas de Capis, y viéndolo comenzar a bajar para interceptar a Trolio-. Ya he entendido que no sirvo para el liderato… -pero tras escuchar aquellas palabras, Eneas se detuvo a medio camino de bajada por las escaleras-. Solo hay una cosa que sé hacer bien… y te pido una única oportunidad de demostrarte, Eneas… que no soy un bueno para nada… -aclaró, y Eneas lo miró fijamente.
-Tu mirada… ha cambiado… -admitió Eneas, y Trolio asintió-. Si haces que me arrepienta de esto, Trolio, cuando cruces esas puertas de regreso, te rebanaré la garganta, y le diré al tarado de tu padre que fue un Aqueo quien lo hizo –amenazó Eneas.
-Da igual… -respondió Trolio, mientras las puertas comenzaban a abrirse-. Ni siquiera Príamo lloraría mi muerte… solo Pándaro lo haría… y por eso… le confío a los Troyanos… así si muero, sé que estarán bien… -una vez las puertas estuvieron abiertas, Trolio salió a toda velocidad, sin siquiera esperar a Pándaro a que diera sus órdenes- ¡Solo hay una cosa que sé hacer bien! –se dijo a sí mismo Trolio, llegando al corazón del campo de batalla, donde en esos momentos Anficlas y Héctor peleaban con sus lanzas, mirándolos en cámara lenta, mientras con su tremenda velocidad se posaba frente a Anficlas, sobresaltándola- ¡Combatir, de uno a uno! ¡Penitencia de Draconis! –arremetió Trolio, golpeando a Anficlas en su pecho, y lanzándola por las planicies, usándola como proyectil para derribar a los Tebanos que apenas y comenzaban a emprender la retirada.
-¡Reina Anficlas! –exclamó Leitus preocupado, mientras Anficlas escupía sangre por el tremendo golpe, que le había cuarteado la protección del pecho de la Armadura del Águila tras ser golpeada por la mano negra de Trolio.
-¿Qué haces aquí? ¡Pensé que Eneas había sido muy claro cuando…! –intentó decir Héctor, pero Trolio colocó su mano frente a él, pidiéndole silencio, mientras las líneas Tebanas se abrían, revelando a Diomedes- Argivo… -preparó su lanza Héctor, mientras Diomedes caminaba hasta donde Anficlas, se agachaba a su lado, y tocaba el lugar del impacto del ataque de Trolio, causándole a Anficlas un terrible dolor.
-Te partió dos costillas, tendrás que usar todo tu cosmos para reparar el daño… -le susurró Diomedes, mientras Anficlas intentaba incorporarse, furiosa-. No… él es demasiado para ti… -agregó mientras se incorporaba, y mientras Euríalo llegaba para cargar a Anficlas, y Leitus y los Tebanos adoptaban una posición defensiva, mientras miraban a Pándaro llegando-. Cycnus… tienes el mando… -se quitó la capa escarlata Diomedes, y Cycnus recibió el mando en ese momento-. ¿Querías mi atención, Trolio? Tienes mi atención. ¡Restricción! –comenzó Diomedes, su ataque paralizó a Héctor, a Cebríones, a Polidamante, incluso a los Daimones Polemos, Cidoimos y Alala, pero Trolio no parecía afectado- ¿Cómo es que no sientes miedo? –preguntó Diomedes.
-Me he dado cuenta de que no le importo a nadie, Argivo… así que no temo siquiera por mi vida… -elevó su cosmos Trolio, preocupando a Diomedes- ¡Penitencia de Draconis! –se lanzó Trolio, e impactó la quijada de Diomedes con fuerza, sorprendiendo a los Tebanos en retirada, a los Argivos que llegaban a la batalla, y a los Troyanos en los ejércitos de Héctor y los recién llegados de Pándaro- ¡Me he dado cuenta de que, para lo único que sirvo es para combatir! ¡Y combatir es lo que haré! ¡Eligiendo en el campo de batalla a los más fuertes, y enfrentándolos directamente! ¡Colmillo de Draconis! –materializó su hacha Trolio, corriendo hasta donde Diomedes había caído, y atacando con todas sus fuerzas, forzando a Diomedes a cubrir con su lanza- ¿Puedes verlo Diomedes? ¡Te lancé lejos de ambos ejércitos! ¡Por vez primera puedo usar el cosmos a toda su extensión y destrozarte! –hizo estallar su cosmos Trolio, que brilló como una columna violeta, que no fue indistinta para nadie en Troya, sin importar en qué ciudadela estuvieran, todos veían la columna de cosmos.
-Esto es demasiado problemático… -se incorporó Diomedes, limpiándose un hilo de sangre de los labios-. Básicamente… esto es el equivalente a un combate singular. Lo que significa que las reglas de los Escorpio vuelven a entrar en vigor… un Escorpio no puede rehuir a un reto… y no puede perder más que la batalla que le dará la muerte… bien, Trolio… si todo mi poder es lo que quieres… lo tienes. ¡Aguijón Carmesí! –atacó Diomedes, lanzando la fuerza desbordante del cosmos desde su uña, misma que Trolio evadió, y que al estrellarse en el Egeo levantó una lluvia inversa muy violenta, mientras Trolio y Diomedes se lanzaban el uno al otro, chocaban puños que causaban pequeños temblores, y lanzaban patadas que rompían la tierra, desplegando una fuerza que no podían liberar en medio de los ejércitos ya que, de hacerlo, muchos morirían- ¡Filo Carmesí! –atacó Diomedes, lanzando un corte similar a la Excalibur de Agamenón, mismo que Trolio recibió con su mano negra, aplastando el corte con la misma- Esa maldita mano negra… ¡te arrancaré el brazo entonces! ¡No importa el que me hayas sacado del campo de batalla, no eres rival para mí! –aseguró Diomedes.
-No me importa si lo soy o no lo soy… tus palabras ya no pueden alcanzarme… -continuó Trolio, y cuando Diomedes se lanzó con una de sus agujas listas, Trolio lo interceptó con el brazo izquierdo, alzó la mano derecha, y con la misma golpeó el hombro de Diomedes, dislocándole el mismo, y haciéndolo gritar de dolor, para sorpresa de todos en el campo de batalla, quienes no habían resumido la guerra por estar presenciando la batalla de Trolio y Diomedes-. ¡Puedes decir que violarás a mi concubina! ¡Puedes decir que matarás a mi padre y a mis hermanos! ¡Puedes decir lo que quieras! ¡Nada dolerá jamás tanto como el hecho de descubrir que a nadie le importo! –lloró Trolio, mientras Diomedes aprovechaba para enderezarse el hombro, aunque el movimiento lo hirió bastante- Así que… no me queda más que combatir a quien sé que es amado por todos sus hombres… quien tiene hermanos en el Campamento Aqueo esperando su regreso, una concubina que lo trata con el amor de una esposa, un hijo que crecerá para alimentarse de su gloria, e intentar rosarla… porque… Diomedes… representas todo aquello que yo alguna vez deseé ser… y solo se me ocurre enfrentarte… para también poder rosar esa granadesa… -se lanzó Trolio nuevamente, transformado en el Dragón oscuro, que extendía sus alas para aumentar su velocidad. Diomedes atrapó al Dragón justo a tiempo, pero el estremecimiento de su cuerpo fue tal, que un estallido de sangre salió disparado de la conexión de su brazo con su hombro.
-Esta fuerza… mi cosmos no logró disiparla por completo… -Trolio acomodó su pierna izquierda al suelo, elevó la pierna derecha, y pateó con fuerza, enviando a Diomedes rodando aún más lejos de los soldados de ambos bandos, haciendo toda la distancia que pudiera para poder usar su cosmos con mayor libertad-. Esos movimientos… solo he visto movimientos tan gráciles en una persona… -Diomedes recordó a Aquiles, sus movimientos cuando estaba controlado, y notó que Trolio podía imitarlos a la perfección, mientras el Dragón respaldaba a su cosmos-. No… son similares, pero también diferentes… mientras Aquiles controla al Dragón con la sabiduría, Trolio lo hace con su cólera. Trolio es justamente el guerrero que Aquiles pudo haber sido si hubiera elegido al Dragón y no al Tigre… vaya… estoy en verdad en problemas… -elevó su cosmos Diomedes, preparando su aguja, y lanzándose a Trolio- ¡No me queda más que utilizar todas mis fuerzas! ¡Aguja Escarlata! –atacó Diomedes, perforando el pecho de Trolio, que se quejó de dolor, pero dio la media vuelta mientras Diomedes lo traspasaba en su carrera, y lo tomó de los brazos por detrás- ¡Superó mi velocidad! –se impresionó Diomedes.
-¡Ascensión de Draconis! –lo alzó Trolio tras rodearlo con su cuerpo, y el Dragón alado se alzó furioso, dio un giro en pleno vuelo, y bajó en picada, estampando a Diomedes en el suelo, liberando una energía de cosmos descomunal, mientras Trolio, con las alas de cosmos otorgadas por el Dragón, caía grácilmente frente a Diomedes- Mientras me concentre en un solo oponente… nadie, ni Héctor, ni Eneas… puede vencerme… ni siquiera Aquiles pudo hacerlo… esta es mi verdadera fuerza… lo único que soy…-observó Trolio su mano negra, y la cerró con fuerza-. Un monstruo… y los monstruos pertenecen al campo de batalla… -declaró Trolio, preparando su hacha para ir a cortar la cabeza de Diomedes, siendo recibido por una explosión escarlata, mientras el Argivo se ponía de pie.
-Es verdad… los monstruos pertenecemos al campo de batalla… -salió Diomedes del cráter creado por su choque, con las energías del cosmos desbordante a su alrededor-. Una batalla… Trolio… solo puedo perder una batalla… y no será esta… -preparó su aguja Diomedes, mientras Trolio le rugía como el Dragón.
-¡Argivos! –despertó Cycnus a los distraídos guerreros de Argos- Su lugar es en el campo de batalla, no expectantes. ¡Formen filas! –los Argivos regresaron en sí, y se lanzaron sin previo aviso a los batallones de Héctor, quienes distraídos por el combate entre Trolio y Diomedes perdieron la posición, y fueron obligados a retroceder mientras protegían a Héctor.
-¡Mi señor, no desperdiciemos la oportunidad que Trolio ha abierto al sacar a Diomedes de la batalla! –adelantó filas Pándaro sobre su auriga, dirigiéndose peligrosamente a Cycnus, quien hubiera muerto de no ser por el lanzamiento de lanza de Leitus, que forzó a Hismidas a evadir la lanza, y a guiar a la cuadrilla lejos de Cycnus.
-¡Tebanos! ¡En fila! ¡Mantendremos la posición! –ordenó Leitus, mientras miraba a Euríalo llegando al campamento con Anficlas, y mientras entraban por las empalizadas de madera, un guerrero Calidonio salía.
-¡Calidón! ¡Conmigo! –llamó Thoas, el general de los Calidonios y Co-Rey de Calidón mientras Diomedes no gobernara, pero fue detenido por Esténelo- Lo lamento, mi señor, pero el Rey Diomedes… -comenzó el preocupado de Thoas.
-El Rey Diomedes tendrá que conformarse con gritarme a mí, ya que asumiré la responsabilidad de esto… -aclaró Esténelo colocándose la capa dorada del liderazgo de Argos con el Jabalí de Calidón en su emblema- ¡Calidón! –llamó Esténelo.
-¡Ítaca! –se adelantó Odiseo de igual manera, con los hombres de Ítaca ya listos para el enfrentamiento- Tendrá que gritarnos a ambos… -comenzó Odiseo, notando entonces la mano en guante dorado sobre su hombro-. Néstor… no voy a escuchar razones. Si Diomedes no guía a sus hombres, no importa que tan buen líder sea Cycnus, masacrarán a los de Argos, a los de Tebas, y a los de Calidón… necesitan nuestro apoyo… -declaró Odiseo.
-Oh, no vine a detenerte… aunque hubiera preferido hacerlo… -comentó Néstor, apuntando a las puertas de Capis, desde la cual Eneas, liderando a los hombres de Dárdanos se unía a la batalla dispuesto a mantener la ventaja que había abierto Trolio al llevarse a Diomedes- ¡Pilos! –comenzó Néstor, mientras de los interiores de la tienda de Diomedes, una furiosa Anficlas intentaba unirse también a la batalla- No esta vez… si te unes a nosotros en ese estado, distraerás a Diomedes, quien apenas puede mantenerle el ritmo a Trolio –declaró Néstor.
-¿Insinúan que Diomedes va a perder? –se quejó Anficlas, respirando pesadamente- No lo conocen como lo conozco yo… él no perderá… pero… su alma va a sangrar si sus hombres mueren… debo… unirme a ellos… -insistió ella, pero Néstor, con un movimiento de su mano frente al rostro de Anficlas, lanzó un pequeño ataque de cosmos a su mente, que no se espera el mismo, y cayó inconsciente, mientras Lodis, quien había presenciado aquello, salió rápidamente a su encuentro.
-Cuídala bien… lo que menos necesita Diomedes en estos momentos son más distractores –terminó Néstor, se dirigió a sus hombres, y junto a los de Ítaca y los de Pilos salieron detrás de los de Calidón, y la batalla se intensificó tanto, como en el primer día del asedio. Mientras aquello ocurría, una figura en armadura de Argos se dirigía también a las empalizadas.
-No… yo lo prohíbo… -habló Lodis en ese momento, molestando a Shana, quien estaba furiosa por los acontecimientos en el campo de batalla-. Si te unes a la batalla… estarás mostrando ante Zeus tu inestabilidad, y él permitirá a los Dioses dar rienda suelta a sus designios en esta guerra –le explicó Lodis.
-¿Te estás escuchando, Hera? –se molestó Shana- Ares salió a asesinar a los Aqueos, y Zeus no hizo nada. Afrodita los castigó con sus vientos, y Zeus no hizo nada. Artemisa los estancó en Aulis, y tomó un rol activo en la guerra en el Quersoneso de Tracia, y Zeus no hizo nada. Yo estoy aquí, viviendo con ellos, entrenando por ellos, la única diosa que en todas las guerras ha estado presente, ¿y yo soy la que significaría la ira de Zeus si voy y ayudo a ellos quienes luchan en mi nombre? Si fuera mi tío Poseidón quien me lo dijera, lo escucharía, pero viniendo de ti, apenas y suena a excusa. No me quieres allí porque eso significaría desafiar a Zeus –aseguró Shana.
-Si vas a la batalla en estos momentos, el sello que mantiene a Ares atrapado se romperá, y si eso pasa, los Aqueos perderán –le explicó Lodis, apuntando a las energías escarlata que se hacían presentes en el Monte Ida, dentro del Rio Escamandro, donde el cuerpo sellado de Equetrón, poseído por el Dios Ares, se regocijaba en las Energías del Conflicto causadas por el plan de los Troyanos de mantener el asedio interminable-. Entiende una cosa, Athena… si bien no planeo tener un rol muy activo en esta guerra, mi consejo no debes de ignorarlo. No es el momento. Llegará el momento en que Ares se libere del sello de Poseidón, y en ese momento los Dioses entraremos en conflicto, liderados por ti en el mismo campo de batalla… pero… si entras ahora, y con Poseidón lejos… Hades, Apolo, Artemisa y Afrodita, se olvidarán de jugar a los titiriteros con cuerpos prestados, y se materializarán en sus cuerpos originales en las planicies de Troya –continuó explicándole, lo que molestaba a Shana aún más-. Necesitas a Poseidón para frenar a Apolo, y poder enfrentar a Ares en igualdad de condiciones. Solo entonces yo mantendré a Artemisa y a Afrodita fuera de los campos de batalla. No puedes enfrentar a Apolo y a Ares tú sola, sin mencionar que Hades podría, en cualquier momento, decidir que se ha cansado de ver el conflicto, y decida tomar el mundo humano a la fuerza –finalizó.
-¡Si las cosas siguen así, los Aqueos serán derrotados con o sin mi intervención! –se molestó Shana, cerrando sus manos fuertemente contra su lanza- ¿Qué clase de diosa seré si me quedo de brazos cruzados, y los veo morir? –insistió ella.
-Hay otras formas de intervenir –escuchó Shana, virándose, y encontrando a Toante detrás de ella, sorprendiéndose de que no había ido a acompañar a Odiseo a la batalla-. Lo lamento… pero este es el cuerpo que me hace sentir más cómodo. Es rápido, y será más rápido si le entrego mi cosmos –aseguró Toante.
-¿Hermes? –preguntó Shana, y Toante asintió- No sé cómo sentirme por el hecho de tu elección de cuerpo- Declaró ella, aunque un tanto más preocupada por Toante, que en el hecho de la posesión de Hermes.
-Athena… los Aqueos no perderán tu apoyo, aún si este no puede ser en el campo de batalla aún… -prosiguió Hermes-. Puedo buscar aliados que se unan a la causa Aquea… tan solo requiero de tu conocimiento del mundo humano para saber a quién buscar –pidió Toante.
-No importa a quien se busque, no llegarán a tiempo… a menos que… -lo pensó Shana, mirando a lo lejos, despertando con su cosmos a las lechuzas, quienes salían de los troncos, o de entre las ramas de los árboles, y compartían con Shana lo que podían ver, buscando entre los ojos de las lechuzas hasta encontrar un brillo de antorcha, y a una Troyana en túnica harapienta- ¿Casandra? –se preguntó Shana, mientras la lechuza ante la cual Casandra movía su antorcha la miraba, y Casandra apuntaba a un campamento- El Campamento de Agamenón… -dedujo Shana, moviendo su cuello, y la lechuza que le prestaba sus ojos, miró en varias direcciones, pero Shana no reconocía nada, y notó que la lechuza se distraía, y volaba a donde Casandra le ofrecía algunas bayas, mientras caminaba ahora con la lechuza en su mano y le mostraba un templo saqueado en honor a Apolo, después caminó a la playa, y mostró desde allí a una isla aún visible-. Templo de Apolo… una isla visible desde las playas… -Casandra giró nuevamente un tanto brusco, por lo que Shana se mareó un poco, y apuntó a una isla mucho más grande a lo lejos, desde la cual se observaba un fuego tremendo, como el de un asedio, Casandra entonces envió a la lechuza al aire, y la lechuza sobrevoló la isla más grande, encontrando una ciudad de tres inmensas puertas derribadas, en pleno asedio liderado por Patroclo-. Tres puertas de metal, las legendarias Tres Puertas de Mitilene… esa es Lesbos… lo que significa… -rompió su conexión Shana con la lechuza, y entró en la tienda de Anficlas, quien ya había despertado, y en esos momentos se amarraba a la fuerza restos de pieles que había cortado alrededor de su pecho, e intentaba con dolor ponerse su pechera-. Madre… un mapa… -pidió Shana a Anficlas.
-No creo que sea el momento más propicio de estudiar geografía… -se quejó Anficlas, poniéndose de pie apoyándose de su lanza, más tras ver la mirada de determinación de Shana, se replanteó las prioridades. En especial sabiendo que Shana no perdería el tiempo mientras su padre estuviera en peligro-. ¿Qué buscas? –preguntó Anficlas, dirigiéndose con cierta debilidad ante un cofre del cual extrajo un mapa de Anatolia.
-La Isla de Lesbos… debe haber un lugar de Anatolia donde exista un templo en honor a Apolo, y desde cuyas playas se vean dos islas, Lesbos, y una más pequeña –pidió Shana, y Anficlas comenzó a analizar el mapa, notando a Toante y a Lodis, su esposa con una mirada fiera en su rostro, misma que Anficlas no reconoció.
-¿Quién eres? –preguntó a Lodis, quien la miró sorprendida de haber sido descubierta- Ese tampoco es Toante… -dedujo Anficlas, pero Shana le tomó la mano, pidiendo confianza, por lo que Anficlas asintió- Solo se me ocurre que sea o Crises, o Colona –apuntó en el mapa Anficlas, y el grupo prestó atención-. En Crises hay demasiados templos en honor a Apolo, si la segunda isla que viste está lejos, por detrás de Crises, esa es Quios, casi del tamaño de Lesbos –le explicó.
-La isla que vi, era una isla mucho más pequeña que Lesbos, y Lesbos se veía al oeste de la misma –comentó Shana, y Anficlas asintió, apuntando a una pequeña isla al norte de Lesbos-. ¿Tenedos? –preguntó curiosa- Eso significa que Amagenón se encuentra en Colona. ¿Qué tan lejos está Colona de Troya? –preguntó preocupada.
-Suponiendo que supieran que los Troyanos nos tienen sitiados, y viajaran a toda velocidad y sin descanso… podrían llegar a los campamentos en medio día… pero al paso que deben llevar, sin preocuparse por que estemos en problemas, podrían estar a dos días de camino –aseguró Anficlas, y Shana le agradeció con una reverencia.
-Hermes… -se dirigió Shana a Toante, sorprendiendo a Anficlas-. Necesito que corras a toda velocidad a Colona, y busques a Agamenón… dile que es importante que rompa el campamento sin llevarse tesoro alguno… y que se requiere de sus ejércitos en Troya… -agregó ella.
-Agamenón es codicioso… -interrumpió Lodis-. No dejará sus tesoros, él no llegará a tiempo por intentar llevarlos consigo. Han asediado bastantes ciudades para dejar los tesoros a su suerte –agregó Lodis con molestia.
-¿Quién es esta y qué le hizo a mi esposa? –se quejó Anficlas, molestando a Lodis, o más bien a Hera dentro del cuerpo de Lodis- En todo caso. Si la profecía de Casandra de ser violada en un templo en honor a Apolo se ha cumplido, ella de seguro ya habrá pensado en los tesoros de Agamenón. Y tú, salte del cuerpo de mi esposa, me molestas… -amenazó Anficlas.
-Y de no ser ese el caso… Agamenón atenderá a cualquier instrucción que venga de mí… ya que él ha hecho un juramento a mi cosmos… -enunció Shana, y Toante asintió a sus palabras-. Tráelo por favor, Hermes… te lo suplico… -pidió Shana, Toante volvió a reverenciar, y salió de la tienda a una increíble velocidad, sobresaltando a Anficlas.
-Dime que no es Afrodita quien está en el cuerpo de Lodis, me conformo con que sea Hestia… -apuntó Anficlas, preocupando a Shana, mientras Lodis, molesta, fue abandonada por el cosmos de Hera, y miró a los alrededores confundida- ¿Lodis? –preguntó picándola con el mango de su lanza, molestando a Lodis.
-¿Por qué me picas con tu lanza? ¿Y qué hago dentro de la tienda de Diomedes? ¡Me fastidia estar en el nido de amor del malnacido que se acuesta con mi esposo! –se quejó Lodis, y Anficlas sonrió sabiendo que su esposa había regresado- ¿Dónde está Cinortas? ¿No me digas que lo dejé solo en mi tienda? ¡Aaaaah! ¡Mi bebé! –se estremeció ella.
-Es mi bebé… Lodis… no el tuyo… aunque me preocupa lo poco maternal que salí… -se quejó Anficlas, pero ignoró a Lodis, quien salió a paso apresurado buscando a Cinortas-. Tengo que regresar al campo de batalla… Diomedes está… ni siquiera cuando combatí contra él sentí su cosmos así de abatido… no sé si es por cansancio, o porque ese imbécil de Trolio resultó ser más de lo que pensábamos, pero… tengo que ir… -pidió Anficlas.
-Yo también desearía ir a ayudar, Anficlas… pero debemos esperar… -entristeció Shana-. Si salgo a combatir… corro el riesgo de despertar a Ares. Y si tú sales, con un par de costillas rotas, no regresarás, y tu hijo aún necesita de tu pecho. Tienes que quedarte por Cinortas. Por favor… -suplicó Shana.
-¡Está bien! ¡Iré a darle de pecho a ese tragón! –se quejó Anficlas orgullosa, y tras hacerlo, el dolor de sus costillas regresó- Maldición… si Diomedes muere… jamás me lo perdonaré… -agregó Anficlas con debilidad.
-No morirá… -declaró Shana, esperanzada, y viendo a Diomedes combatiendo a Trolio en su cosmos-. No es su destino morir a manos de Trolio… simplemente lo sé… -terminó Shana, confiando en sus Caballeros Dorados.
Colona. Campamentos Aqueos de Agamenón y Menelao.
-Siempre me han gustado los atardeceres… -sonreía Casandra, mirando en dirección a la isla de Tenedos, mientras el Sol aún se encontraba en lo alto, lejos de ocultarse, lo que confundía a Cheshire, quien había ido a buscarla, más por no querer estar rodeado de Aqueos siendo un Espectro, que en preocupación por su princesa desterrada.
-¿Atardecer? Pero ama Casandra, apenas es medido día, faltarán unas seis horas para que empiece a oscurecer –comentó Cheshire preocupado, mientras se rascaba la cabeza intentando comprender lo que Casandra decía-. Oh, espere, ¿es otra predicción? El de Capricornio, quiero decir, el Rey Supremo Agamenón, me pidió, no muy gentilmente debo agregar, que fuera a buscarlo siempre que se le ocurriera una predicción. ¿Debería? Quiero decir, soy su esclavo, pero… -se preguntó Cheshire, quien ya no vestía su Suplice, sellada por los Aqueos en la tienda del Rey Supremo, Cheshire lo sabía con solo mirar en aquella dirección y encontrar el cosmos oscuro de su Suplice.
-Ay, tú tranquilo, Cheshire. Con nuestras Suplices selladas y poseyendo nuestra primera vida, al morir iremos a Elysium… o al menos yo lo haré, ya que tú… -susurró para sí misma Casandra, confundiendo a Cheshire-. Descuida, por ser bueno conmigo, ya te dije que no importa lo que pase, todas tus vidas serán divertidas. En cuanto a mi predicción, no es una que deba preocupar a Agamenón, ya que es de las que me chiflan a mí, no a él –sonrió Casandra.
-Tal vez quiera escucharla de todas formas –comentó Agamenón, llegando a la playa, y espantando a Cheshire, quien le gruñó como todo un gato-. Mucho cuidado gatito, en el momento en que me desafíes o descubra que haces algo en contra de los Aqueos, tu Suplice se funde, y tendrás que esperar 1,000 años antes de reencarnar –amenazó Agamenón, y Cheshire se preocupó pues temía más que a la muerte misma, la muerte sin su Suplice-. ¿Qué predicción debe preocuparme? Yo decidiré si me preocupa o me importa una profecía o no –insistió Agamenón.
-Tamaña desconfianza, que no los voy a traicionar. ¿Acaso no entiendes lo perdidamente enamorada que estoy de ti, guapetón? –se acercó Casandra coqueta a Agamenón, quien se apenó un poco, pero mantuvo su firmeza- De todas formas, insisto, no es una predicción importante. Solo predigo que veré el atardecer mientras monto a caballo contigo, mi bello macho cabrío. Lo vez, nada que importe al gran Agamenón, solo una predicción inútil que solo importa a mí –aclaró ella, y Agamenón la miró curioso.
-Si quieres que te lleve a cabalgar, solo tienes que pedirlo –comentó Agamenón, sobresaltando a Casandra, quien se ruborizó bastante, Cheshire se impresionó de igual forma- ¿Qué? Oh, ya sé lo que están pensando, que el todo poderoso y malo del Rey Supremo no tiene corazón. Pues entérate de que sí lo tengo, seré duro, pero no significa que no tenga corazón –apuntó Agamenón.
-Oh, yo sé lo duro que puedes llegar a ser –sonrió Casandra de forma lujuriosa, apenando a Cheshire, y poniendo nervioso a Agamenón-. Pero, aunque aprecio que quieras complacerme, mi hermoso Capricornio, esa bella cabalgata por el atardecer de mi predicción no es romántica, más bien frenética, ya que si no apresuramos el paso, los campamentos Aqueos serán destruidos –agregó Casandra con determinación, mientras frente a ella se posaba Toante tras frenar en su carrera y levantar un torrente de aire que voló algunas tiendas. Estaba sumamente agotado-. Hermes… -reverenció Casandra, sobresaltando a Toante.
-¿Hermes? Pensaba que te quedaban algunos minutos de cordura antes de que empezaras con tus desvaríos… aún me cuesta acostumbrarme… -aclaró Agamenón, mientras Casandra sonreía traviesa-. ¿Qué haces aquí, Toante? –preguntó Agamenón.
-Mi Rey Supremo, los Campamentos Aqueos están en peligro –comenzó Toante, y Agamenón se puso firme- La Diosa Athena le pide, que deje atrás todos los tesoros, y cabalgue a Troya lo antes posibles. Si no lo hace, los Troyanos acabaran con la resistencia en Troya –terminó Toante, y entonces se preparó para la negativa de Agamenón.
-Salimos inmediatamente. ¡Micenas, Esparta! –comenzó Agamenón, sorprendiendo a Toante, mientras Casandra sonreía para él, y Menelao salía de su tienda sobresaltado por los gritos de su hermano- ¡A los caballos inmediatamente! ¡Abandónenlo todo! ¡Nuestros hermanos en Troya peligran! ¡Volveremos después por el alimento y los tesoros cuando sepamos que el sitio de Troya es seguro! –prosiguió Agamenón, a quien Calcas le trajo un caballo, y tras subir, el Rey Supremo ofreció su mano a Casandra, quien reverenció como una princesa enamorada, y se dejó subir al caballo de Agamenón- ¿Qué pasa Toante? ¿Vienes con nosotros o no? –preguntó Agamenón.
-Es solo que, mi Rey Supremo… no pensé que dejaría los tesoros y suministros así sin rechistar –comentó Toante, en realidad por sorpresa de Hermes más que nada- ¿Qué pasa si vienen bandidos y saquean lo que encuentren? –preguntó curioso.
-Tendrán que encontrarlos primero, Toante –le mencionó Agamenón, y Casandra saludó desde el caballo alegremente, por lo que Toante supo que Casandra había advertido a Agamenón-. Casandra me pidió que enterráramos los tesoros siempre que montáramos campamento, porque algún día, probablemente, nos necesitarían en movimiento rápido. Bueno, parece ser que tenía razón –comentó Agamenón.
-De forma que, los tesoros de las incursiones están enterrados en costales bajo la tierra… ya decía yo que el Rey Supremo no podía ser tan desinteresado –se dijo Hermes a sí mismo, molesto por la avaricia de Agamenón.
-Te escuché, y te adelanto, Toante, que con los tesoros enterrados o no, lo abandonaría todo por llegar al lado de Athena si ella me lo pidiera… -amenazó Agamenón-. Además, no estoy dejando todos mis tesoros, me estoy llevando el más importante –aseguró él.
-Esa soy yo, y cada vez me convenzo más de que no es solo por mis dotes de adivinación, algo bueno debo tener –modeló Casandra desde el caballo, apenando a Agamenón-. Si no partimos inmediatamente, será muy tarde… debemos ir, ya… -pidió Casandra con determinación.
-¡Ya la oyeron! ¡Nos vamos! –ordenó Agamenón, sin esperar a que los demás estuvieran listos. Menelao incluso se molestó con Agamenón por no esperar, pero se apresuró a subir a su caballo, y comenzó a seguirlo. La procesión de caballos continuó, y las playas de Anatolia comenzaron a retumbar con el choque de los cascos de los caballos, levantando una nube de arena, mientras Toante observaba a Agamenón curioso.
-Me pregunto si realmente, tu lealtad es así de grande, Agamenón… -se preguntó Toante-. Ya habrá tiempo de ponerte a prueba –prosiguió el de Pegaso, adelantándose en la carrera, más rápido que los caballos de los Aqueos, y regresando a los campamentos frente a Troya lo más rápido que podía.
Lesbos. Campamentos Mirmidones a las afueras de Mitilene.
-Las costas de Colona se han llenado de tormentas de arena por los cascos de los caballos –enunció Aquiles desde las costas de Lesbos, desde donde muy apenas se observaban las playas de Anatolia. Se encontraba en su tienda con vista al mar, donde la muy molesta de Briseida seguía encadenada a un poste, y dentro de la cual Anceo de Lymnades bebía un poco de vino-. Algo ocurre que ha forzado a Agamenón a movilizarse sin esperar el tributo de Lesbos… sabía que no debía dejarle la incursión a Patroclo. Conmigo al mando, ya habríamos conquistado Lesbos… -se molestó Aquiles.
-Con el respeto que se merece el Príncipe de los Mirmidones, lo dudo, mi señor –le comentó Anceo-. Las tres Puertas de Mitilene son una maravilla única en el mundo, y aunque Patroclo se las arregló para derribarlas a las tres, me temo que las tradiciones de no combatir bajo el velo de Nyx le impidieron sitiar por completo a Mitilene, que alcanzó a levantar la última de las murallas otra vez mientras todos dormíamos –aclaró Anceo.
-Aun así, el sitio en Lesbos está tomando demasiado tiempo –declaró Aquiles, dirigiéndose a los interiores de la tienda, y evadiendo a Briseida quien, desde que fue capturada, se lanzaba en toda la extensión de sus cadenas a la primera oportunidad que tenía para intentar asesinar a Aquiles, quien simplemente no podía ser lastimado por ella, y pasaba de largo tras esquivarla, para sentarse junto a Anceo, con quien había comenzado a entablar una buena amistad gracias a las historias que le contaba sobre Jasón-. Me preocupa lo que ocurre en Anatolia, pero no puedo regresar a Troya… mañana se cumple el primero de los dos años que prometí abstenerme de pisar suelo Troyano. Sin embargo, mi paciencia se está agotando –aseguró Aquiles.
-Como su asesor sustituto ya que Fénix acompaña a Patroclo en el sitio sobre Mitilene, he de insistirle… no es prudente atacar a Metinma con estos números… -le comentó Anceo-. Metinma no tendrá tres puertas únicas como las tiene Mitilene. Pero los de Metinma son fieros guerreros quienes no han auxiliado a Mitilene porque entre ambas ciudades existe una relación antagónica ya que la lealtad de Metinma siempre ha pertenecido al mejor postor. Metinma no es leal a nadie, solo a Metinma, velarán por ellos mismos antes que por los demás –aseguró Anceo.
-Egoísta, pero admirable –se paseó Aquiles por la tienda, dirigiéndose a las afueras de la misma, y evadiendo nuevamente el ataque furioso de Briseida, que ya incomodaba a Anceo. Después de todo, Aquiles parecía disfrutar de pasar frente a ella por el simple hecho de que ella intentara atacarlo, o al menos así le parecía-. Lo he decidido… el sitio a Mitilene se ha extendido lo suficiente. Llevaré a una unidad de 300 Mirmidones y comenzaremos el asedio a Metinma –comenzó Aquiles, sorprendiendo a Anceo-. Claro que, no espero que con 300 Mirmidones pueda conquistar a Metinma, pero adelantaremos el proceso. Si no lo hacemos, no conquistaremos las demás ciudades en la lista de Acamante: Egíalos, Dide, Cima, Focea, Esmirna, Lineón, Endium, Clazomene, Tenos y Colofón, en el año que queda de incursiones. Además, Patroclo puede acabar él solo con todos los Espectros en Mitilene –aseguró Aquiles.
-Pero, mi señor, aunque eso sea cierto. ¿Quién liderará a los Mirmidones si ocurre una emergencia? El joven Antíloco no está en las condiciones más favorables para liderar. Aún no tiene dominio en su ceguera –aseguró Anceo.
-Antíloco no puede guiar a nadie, solo combatir a reacción –aclaró Aquiles-. Te confiaré el mando en caso de una emergencia, Anceo de Lymnades –espetó Aquiles, tomando sus armas, y dirigiéndose fuera de la tienda, aunque deteniéndose a distancia segura frente a Briseida, quien lo miró con ira-. Por cierto, nadie ha de tocar a mi concubina. Solo hazme el favor de alimentarla y darle de beber. Aunque te advierto, solo Patroclo ha podido hacerlo sin que Briseida intente asesinar a quien lo intenta. Por alguna razón el faldero de Patroclo está en buenos términos con mi concubina –la miró Aquiles fijamente.
-¡Púdrete, Aqueo! -escupió Briseida, aunque Aquiles evadió con una sonrisa burlona en su rostro- Jamás me someteré ante ti… eres escoria, preferiría morir que ser tu concubina… -amenazó ella, y Aquiles se molestó.
-La muerte es la salida del cobarde… mientras tengas vida, puedes hacer algo con ella… -le recordó Aquiles, pero Briseida no estaba dispuesta a escucharlo-. Deberías estar agradecida de que, como esposa del Rey Mines que eras, y por respeto al combate honorable que me dio, sigues con vida. Así que intenta comportarte… no sea que olvide las cortesías a con el valiente de Mines que luchó por su pueblo tan honorablemente, y te entregue a alguien mucho menos… tolerante… -aseguró Aquiles, saliendo de la tienda-. ¡Automedonte! ¡Elige a 300 de los nuestros! ¡Marchamos a Metinma! –ordenó Aquiles.
Mitilene. Murallas Internas frente al Palacio de Mitilene.
-Así que… prefirieron volver a montar la última de las tres puertas de metal, en lugar de evacuar a ancianos, mujeres y niños, como debieron haber hecho –enunció Patroclo, con el ejercito de Mirmidones detrás de él. Fénix y Trasimides estaban a su lado, aguardando instrucciones, mientras Patroclo mediaba con el Príncipe Hypsipilo en la cima de las murallas reconstruidas. Habían apilado la mayor cantidad de piedras a lo largo del marco para atracarla lo mejor posible. Patroclo notó inclusive que no se habían molestado en ponerle bisagras nuevas, solo construyeron alrededor del marco, muy probablemente por la prisa. Patroclo podía ver incluso las ojeras bajo los ojos de los arqueros sobre las puertas por haber trabajado a marchas forzadas por tener una de las tres murallas nuevamente alzada-. En verdad debiste haber pensado más en tu gente, y en salvar vidas, que en volver a levantar esta puerta que nuevamente va a caer –se fastidió Patroclo.
-¡Silencio, invasor! –apuntó Hypsipilo su lanza- ¡Vienes a nuestras tierras! ¡Destruyes nuestra ciudad! ¡Nosotros no hacemos más que defendernos! –aseguró Hypsipilo, mientras Patroclo suspiraba en señal de molestia, y miraba a Fénix, quien se mantuvo de brazos cruzados, e invitaba con un movimiento de su mano a que Patroclo se apresurara.
-Mi nombre es Patroclo de Leo, hijo del Argonauta Menecio. Nacido en Ftía, serví a la Corte del Rey Licomedes en Esciro por mi padre que fue soldado en sus ejércitos. No poseo reino, ni tierras, soy un soldado condecorado como Caballero Dorado –comenzó a presentarse Patroclo, confundiendo a Hypsipilo-. Me codeo con príncipes y reyes, pero soy humilde de nacimiento. Y es en esta humildad que, pese a ser este el primer asedio que yo lidero, deseo salvar cuántas vidas pueda. Así que lo diré solamente una vez, Hypsipilo, Príncipe de Mitilene. Derribaré esta puerta en tres golpes… tras los cuales los Mirmidones a mi cargo liderarán la carga, mientras yo me encargo de ti personalmente –amenazó Patroclo, enfureciendo a Hypsipilo-. Tienes hasta la duración de esos tres golpes, para refugiar a quienes puedas dentro del Palacio de Mitilene, mismo que no será incendiado, ni destruido en el asedio… quien no esté refugiado en el palacio, será visto como un enemigo… y muy probablemente asesinado –terminó Patroclo.
-¿Acaso has perdido el juicio? –se molestó Hypsipilo- Estarás muerto bajo una lluvia de flechas antes siquiera de llegar ante las puertas. ¡Arqueros! –ordenó Hypsipilo, Patroclo suspiró, dio algunos pasos, y trazó una línea con su pie, colocándose detrás de la misma- ¡Fuego! –ordenó Hypsipilo, las flechas fueron lanzadas, y estas cayeron como una lluvia de muerte, o al menos hubiera sido una lluvia de muerte, si alguien hubiera estado frente al lugar donde Patroclo había colocado la línea, ya que ninguna flecha cayó detrás de aquella línea- ¿Eres arquero que lograste medir la distancia de nuestros tiros? –se molestó Hypsilo.
-Te lo dije antes, y te lo repito, soy un soldado –declaró Patroclo, cerrando los ojos, y respirando pesadamente-. Y un soldado está listo para asesinar de ser necesario –abrió sus ojos Patroclo, y estos parecieron brillar con el instinto de un León violento-. Se terminaron las advertencias… -agregó Patroclo, dirigiéndose a las puertas, pasando por la línea divisoria que él mismo había trazado, y por las flechas enterradas.
-¡Arqueros! –comenzó nuevamente Hypsipilo, mientras sus arqueros preparaban las flechas- ¡Fuego! –ordenó él, pero las flechas se partieron antes de llegar a su blanco, mientras Patroclo seguía avanzando- ¿Qué ha ocurrido? ¡Arqueros! –volvió a gritar Hypsipilo- ¡Fuego! –repitió, pero las flechas volvieron a partirse en pleno vuelo- ¿Qué ocurre? ¿Qué artimaña de los Dioses es esta? –se preocupó Hypsipilo.
-No es ninguna artimaña –comentó Fénix, lo suficientemente alto para que Hypsipilo lo escuchara- El Plasma Relampago de Patroclo es tan rápido, que es difícil verlo con el ojo humano. Básicamente, Patroclo está partiendo todas las flechas que le son lanzadas en menos de lo que dura un parpadeo, y con la menor cantidad de esfuerzo posible –le explicó Fénix, sorprendiendo a Hypsipilo-. Debiste escuchar a sus advertencias, Hypsipilo… Patroclo está a un nivel muy superior a ti… -terminó Fénix.
-¡Disparen a discreción! ¡Lo quiero tendido en el suelo e irreconocible! –continuó Hypsipilo, y los arqueros dispararon todas las flechas que pudieron, mientras Patroclo seguía con el lento caminar a las puertas, partiendo todas las flechas que le eran lanzadas con el mínimo esfuerzo- No es posible, nadie puede ser tan rápido –se dijo a sí mismo Hypsipilo, notando entonces el lento caminar de Patroclo-. ¿Por qué camina tan despacio? –preguntó, notando entonces que el arquero a su lado se quedaba sin flechas y que, de poco en poco, el resto de arqueros encontraba sus carcajes vacíos- No me digas, que era para dejarnos sin flechas –se impresionó Hypsipilo, mientras Patroclo llegaba ante las puertas, preparaba su puño, y tras el tremendo impacto, toda la muralla se sacudió, derribando a su vez a todos los que estaban sobre la misma.
-Primer golpe… -enunció Patroclo, y entones se cruzó de brazos a esperar, aunque murmuraba algo, casi inaudible-. Un Mirmidón, dos Mirmidones, tres Mirmidones, cuatro Mirmidones… -escuchó apenas Hypsipilo.
-¿Está… contando Mirmidones? –se preocupó Hypsipilo, quien escuchó entonces a Fénix aclararse la garganta. Hypsilo le dirigió su atención, y notó que el Caballero de Andrómeda usaba sus cadenas para escribir un número en la tierra- ¿100? –preguntó- ¿¡Estás contando a 100 Mirmidones!? –exclamó Hypsipilo molesto.
-¡Ah! ¡Me hiciste perder la cuenta! –se fastidió Patroclo, y Fénix suspiró en señal de molestia, mientras Trasimedes lo miraba con preocupación- ¡Un Mirmidón, dos Mirmidones, tres Mirmidones! –continuó Patroclo, esta vez contando en voz alta.
-Este sujeto… es un idiota… pero ya me ha quedado más que claro la extensión de su poder… -se molestó Hypsipilo, mirando a sus hombres-. Evacúen a los civiles al Palacio. ¡Rápido! ¡No pierdan el tiempo! –ordenó Hypsipilo, mirando al mar desde la cima de la muralla- Solo hay que hacer tiempo… hasta que lleguen los refuerzos de Misia… -aseguró él, mientras Patroclo ya iba por el doceavo Mirmidón.
Abidos. Palacio de Abidos. Sala del Trono de Abidos.
-¡Mi señor Hipocoonte! –se arrodilló Ifimadante frente a Hipocoonte, el Suplicio Obsidiana de Leo, mientras Antenor, a su lado, comenzaba a arremedar- La Estrella Celeste de la Conducta, Ifimadante de Dríades. Conmigo viene mi padre Antenor… -lo miró Ifimadante, mientras Antenor seguía arremedando.
-La Estrella Terrestre del Progreso, que viste a Hoplita –pero gracias a que Ifimadante había dejado de hablar, se escuchó el arremedo de Antenor, aunque este no se notó avergonzado del todo- ¡Basta de egocentrismo de parte de los Espectros! ¡Nada de lo que hacemos es honorable! ¡Da el mensaje y larguémonos de aquí! –insistió Antenor.
-¡Todo lo que hacemos es honorable, padre! –insistió Ifimadante, pero Antenor se cruzó de brazos, molesto- Le expido una disculpa en nombre de mi anciano padre, mi señor Hipocoonte. No pretendemos faltarle al respeto –aseguró.
-Vah, que diga lo que quiera el viejo, al mío lo tenemos amordazado detrás de un carromato en dirección a Troya –aseguró Hipocoonte, poniendo nervioso a Ifimadante, mientras Antenor, con un movimiento de su mano, se burlaba de la "honorabilidad" de los Espectros, mientras alegaba un silencioso "te lo dije" para su hijo-. Tu mensaje… ¿Cuál me dijiste que era tu Suplice y tu Estrella? Tu nombre era Infigenio, ¿verdad? –preguntó nuevamente, y Antenor volvió a mover su mano, probando su punto.
-¡Estrella Celeste de la Conducta, de Suplice Dríades, y nombre Ifimadante, mi señor! –agregó ya molesto, más por Antenor que parecía tener la razón, que por Hipocoonte olvidando su nombre- Venimos con el mensaje de Percote. Siguiendo las instrucciones de la Reina del Quersoneso, se han enviado 15,000 lanzas a Troya para apoyarla en el asedio. Al entregar semejante cantidad de lanzas, el Co-Rey de Percote que sirve al señor Asio, me ha enviado a informarle que no nos es posible mantener el control del Mar de Mármara. Me temo que eso significa que las operaciones marítimas del Helesponto están ahora enteramente a disposición de Abidos –finalizó.
-Cuanta palabrería pomposa para decir: «estamos jodidos, ahora el mar es tu problema» –señaló Antenor, preocupando a Ifimadante por las palabras tan poco corteses de su padre-. Ahora, si no le molesta a su majestad, ya que no somos requeridos en Percote, regresaremos a Troya, pero solo será para recoger nuestras cosas mientras el asedio está bajo control de los Troyanos, y largarnos con nuestras familias a Plafagonia o no sé dónde. Cualquier lugar que no sea Troya –insistió Antenor con molestia.
-¡No huiremos como unos cobardes, padre! –insistió Ifimadante- ¡Nos quedaremos y lucharemos, como lo que somos, Troyanos! –aseguró Ifimadante, desafiando a su padre. Antenor tuvo suficiente, se preparó para reprender a su hijo, pero entonces se escuchó una conmoción fuera del palacio, seguido del sonido de una trompeta de batalla, a momento de que Polidoro entraba en la Sala del Trono.
-¡Mi Rey Hipocoonte! ¡Salaminos! ¡Cruzaron el Estrecho de los Dardanelos en barcos de Sestos! –declaró Polidoro, molestando a Hipocoonte- ¡En los muelles los confundieron con aliados y les permitieron el paso! –finalizó.
-¿Quién fue el idiota? ¡Todo Sestos evacuó a Abidos! ¡Era obvio que no eran de los nuestros! –se fastidió Hipocoonte, pero Polidoro no había terminado- ¡Exijo saber cómo paso esto! –preguntó furioso.
-¡Los Salaminos vestían uniformes de Sestos! ¡Se presentaron como refugiados, mi señor! –le explicó Polidoro- Tras desembarcar… el líder de los Salaminos aplastó a toda la guardia de los muelles con su inmenso escudo.
-¡Gran Cuerno! –resonó entonces, y todo el Palacio de Abidos se estremeció. Forzando a Hipocoonte, a Antenor, a Ifimadante y a Polidoro a salir del palacio, encontrando a Abidos en llamas, mientras los ejércitos Salaminos adelantaban filas, y Áyax lideraba la carga a las afueras del palacio- ¡No hay tiempo para sutilezas! ¡Hoy no tomaremos tesoros, alimento o concubinas! ¡Hoy machacamos el gobierno de Abidos, quemamos su puerto, y apresuramos el paso a Troya! ¡Gran Cuerno! –lanzó Áyax, arremetiendo en contra de Antenor, Ifimadante y Polidoro, mientras Hipocoonte resistía- Ya me esperaba a un Suplicio Obsidiana en Abidos, aunque esperaba encontrarme con Asio o Niso, ya le debo una paliza a esos dos… ¿tú eres el de Leo? –apuntó Áyax.
-Estrella Terrestre de la Capacidad, Hipocoonte de Citerón –elevó su cosmos Hipocoonte-. ¡Y tú has cavado tu propia tumba al invadir mi ciudad por el Estrecho de los Dardanelos! ¡Plasma Umbrío! –atacó Hipocoonte, con lo que bien podría ser la versión oscura del Plasma Relámpago, misma que fue soportada por el escudo de Áyax. ¿Cómo has repelido mi ataque? –se preguntó.
-Oh, lo siento, ¿quieres verlo más de cerca? ¡Gran Escudaso! –arremetió Áyax con su escudo, derribando a Hipocoonte, quien se levantó molesto- ¡En cuanto a ustedes, renacuajos! ¡Yo los mantendré ocupados mientras mis hombres asedian la ciudad! ¡Gran Cuerno! –atacó Áyax a Ifimadante, quien se mostró sobresaltado por el ataque del de Tauro, pero fue empujado fuera del camino del ataque por el anciano Antenor, quien recibió de lleno el ataque, que lo estampó contra una de las paredes del palacio, dejándolo tendido e inconsciente.
-¡Padre! –se preocupó Ifimadante, pero elevó su cosmos y encaró a Áyax, mientras Polidoro se colocaba a su lado- ¡Chirrido Infernal del Bosque! –atacó Ifimadante con un ataque sonoro desprendido su garganta, que fue tan estruendoso que no solo Áyax, sino algunos de los Salaminos que le acompañaban, cayeron en sus rodillas, tapándose los oídos.
-¡Canto Sombrío de Abudilla! –acompañó el ataque sonoro de Ifimadante Polidoro, cuya Suplice era la del ave Abudilla, que también poseía un canto sonoro, que comenzó a hacer estallar los oídos de Áyax.
-¡Ya cállense! ¡Gran Cuerno! –azotó Áyax a ambos con fuerza, y en su distracción, recibió el potente golpe de Hipocoonte, quien rugía con fuerza acompañado del León Negro- Esta tremenda fuerza… desconocía que Patroclo golpeara tan fuerte… incluso Heracles sentiría estos puños… -alzó su martillo Áyax, e intentó aplastarle el cráneo a Hipocoonte, quien atrapó la cabeza del mismo con la mano libre.
-A decir verdad, Áyax… el Caballero de Leo tiene más poder incluso que yo, lo que es afortunado ya que, su poder sumado al mío es superior al tuyo. ¡Relámpago Oscuro! –atacó Hipocoonte, desprendiendo relámpagos de una tonalidad morada sobre Áyax, que salió disparado, soltando su escudo tras el tremendo golpe- Creo que me quedaré con esto… -intentó levantar el escudo Hipocoonte, notando entonces que este era increíblemente pesado-. ¿Por qué no puedo levantarlo? –preguntó sorprendido.
-Porque ese escudo pesa una inmensidad, y solo yo puedo levantarlo –se posó Áyax, inmenso y poderoso-. Y déjame decirte, Hipopótamo o como te llames… mientras sostenga ese escudo, puedo repeler casi cualquier ataque con él. Pero sin él, puedo atacar con todas mis fuerzas –aclaró Áyax, incluso soltando su martillo, que cayó con tanta fuerza, que alzó una nube de escombros tras de sí, preocupando a Hipocoonte-. Las armas que cargo, son muy divertidas y poderosas. Pero si me desprendo de ellas, mi velocidad de ataque es tal que pocos podrían ver la misma. Solo un Caballero Dorado que conozco tiene un ataque tan rápido… un cachorro de León, que nunca demuestra su verdadera fuerza por humildad, pero que bien podría ser más fuerte que él a quien protege. ¡Gran Cuerno! –lanzó su ataque Áyax, disparando a Hipocoonte por la Sala del Trono.
-¿Cómo dices? Si bien es cierto que me alimento de la energía del cosmos del Caballero de Leo al ser su inverso… Asio que es el más poderoso de los Suplicios Obsidiana lo cataloga muy por debajo de la media de Caballeros Dorados… -comentó Hipocoonte, preparando su puño- ¡Plasma Umbrío! –lanzó el ataque, con una velocidad imperceptible para casi cualquiera, pero que Áyax logró ver, y resistir.
-¡JA JA JA JA JA! –se burló Áyax, sobresaltando a Hipocoonte- No te confundas, Hipocoonte… todas esas tonterías que dicen Agamenón y Menelao de que son el primer y segundo Caballero Dorado más fuerte, no es más que una ilusión… -aseguró Áyax orgulloso- ¡Solo el Caballero Dorado que tenga la voluntad inquebrantable se alzará sobre los demás! ¡Y déjame decirte, que todos, los 12 Caballeros Dorados, somos de voluntad inquebrantable! ¡Nunca ha existido ni existirá, orden de Caballeros Dorados más poderosa que esta! ¡Si no combatiéramos al lado de nuestros respectivos ejércitos, nada quedaría frente a nuestro poder! ¡Patroclo de Leo, podría inclusive rebasar la velocidad de mis ataques! ¡Pero tú, que solo tienes la fuerza de un cosmos prestado, no eres nada! ¡Gran Cuerno! –atacó nuevamente Áyax, desmoronando el Palacio de Abidos con su poder.
Lesbos. Frente a las Murallas de Mitilene.
-Rayos… el estúpido de Áyax me hizo perder la cuenta –se fastidió Patroclo, quien aparentemente ya iba en la cuenta del último golpe a las puertas de Mitilene, evidente en que esta apenas y se sostenía de las paredes de la muralla-. Me fastidia que se haya dado el tiempo de elevar su cosmos tan violentamente que lo sentí hasta Lesbos. ¿Con quién diantres estará combatiendo? –se fastidió Patroclo, pero del lado de los Mirmidones había alguien aún más fastidiado.
-¡Patroclo! –gritó Fénix ya molesto, y su ave guardiana, el Ave Fénix, graznó con fuerza de igual manera- ¡Ya fueron suficientes Mirmidones! ¡A este paso iniciará el tercer año de asedio antes de que derribes esa maldita puerta! ¡Deja de ser un faldero de buen corazón y terminemos con esto! –insistió Ikki.
-¡Ya entendí! ¡Yo solo… quería darles la oportunidad! –miró Patroclo a lo alto, desde donde Hypsipilo lo miraba con odio- ¡Tercer golpe! –declaró Patroclo, elevó su cosmos, y preparó el puño, lanzándose a la puerta, que tras recibir su puño se venció por completo, e incluso salió disparada, aplastando a algunos soldados de Mitilene- ¡Mirmidones! ¡Ataquen! –apuntó Patroclo, y los Mirmidones iniciaron la carrera a la ciudad de Mitilene, mientras Patroclo iniciaba con la batalla al estar frente a los soldados de Mitilene.
-¡Acabaré contigo! ¡Acorde de Oda al Sol! –atacó Hypsipilo tras lanzarse de lo alto de las murallas, lanzando hileras en llamas desde su Citara, envolviendo a Patroclo con las mismas, que intentaron quemar su cuerpo- ¡Fulminaré tu cuerpo! ¡Treno Mortuorio! –conjuró Hypsipilo, forzando a las cuerdas de su lira a estallar violentamente frente a los hombres de Mitilene, quienes comenzaron a ser agredidos por los Mirmidones- ¡Malditos! ¡Ustedes siguen! –recogió sus cuerdas Hypsipilo, pero encontró que algunas no regresaban, y cuando notó la razón, se impresionó de ver a Patroclo aferrado a las cuerdas de la Citara a unos metros de donde se encontraba- ¿Qué clase de monstruo eres? –se preocupó Hypsipilo, mientras Patroclo tiraba con fuerza de la Citara de Hypsipilo, desarmándolo.
-De la clase que intenta salvar a cuántas vidas pueda –agregó, pulverizando la Citara entre sus manos-. Y que por ello termina sus enfrentamientos con contundencia. ¡Plasma Relámpago! –atacó Patroclo rápidamente, tan rápidamente, que Hypsipilo no logró ver el ataque, mientras Patroclo se daba la vuelta, y comenzaba a caminar en dirección al Palacio de Mitilene- Hazte cargo, Fénix… que nadie más que yo entre al Palacio de Mitilene –pidió Patroclo.
-¡Espera! ¿A dónde crees que vas? –preguntó Hypsipilo, estiró la mano para intentar tomar a Patroclo de la hombrera, pero su brazo cayó en pedazos, como si hubiera sido cortado por miles de espadas en un instante- ¡Espe…! –intentó decir, pero su cuerpo se despedazó, horrorizando a los soldados de Hypsipilo, mientras la inmensa serpiente, Tártaros, comenzó a rodear el palacio de Mitilene, devorando el alma que le fue presentada.
-Si no quieren terminar como su príncipe… les recomiendo tirar las armas… quienes lo hagan serán perdonados… -aseguró Fénix, y entre los de Mitilene, algunos tiraron las armas, pero otros se mantuvieron firmes-. Bien… Trasimedes, llévate a los que estén desarmados… -elevó su cosmos Fénix, mientras Trasimedes usaba sus cadenas para separar a los que se habían rendido del resto, mientras Patroclo abría las puertas del Palacio de Mitilene, asustando a los refugiados en su interior-. Salvaste a los que pudiste… no te culpes… faldero… -terminó Fénix, con el puño listo, mientras Patroclo cerraba las puertas tras de sí, y escuchaba-. ¡Ave Fénix! –resonó, seguido de los gritos de dolor de los hombres del otro lado de las puertas, mientras los refugiados, temerosos, lloraban, notando entonces que alguien más lloraba, Patroclo.
-Me alegra haberle pedido a Aquiles que me permitiera asediar Mitilene a mí solo… no soportaría las burlas de él viéndome llorar… -se secó las lágrimas Patroclo, encontrando unas lanzas apuntadas en su dirección, pertenecientes a soldados que Hypsipilo había dejado atrás para la defensa de los refugiados-. Piensa bien lo que vas a hacer… soldado… afuera de estas puertas, quienes no se han rendido… mueren… -aseguró Patroclo, un gruñido de advertencia saliendo de su garganta-. Ríndete y salva la vida… nunca tuvieron oportunidad… yo haré lo posible por salvar a su rey del mismo destino del Príncipe Hypsipilo, a quien he dado muerte… -pidió Patroclo, los soldados intercambiaron miradas, vieron a los refugiados, y bajaron las armas-. Han hecho bien… tienen mi palabra de que ninguno de los aquí presentes será asesinado, tomado de esclavo, o en concubinato… una vez la batalla termine, los Mirmidones les harán pasillo a las afueras de la ciudad, no los enfrenten… -terminó Patroclo, subiendo las escaleras, lentamente, dando tiempo al rey en la cima de la torre principal del palacio de asimilar la derrota, y optar por la rendición.
-Mi sobrino… mi querido sobrino… -lloró el Rey Mácar en la Sala del Trono en la cima del Palacio de Mitilene, mientras observaba a la inmensa serpiente, Tártaros, desvanecerse en el cielo-. ¿Dónde diantres están los hombres de Misia, Zelos? –se molestó el rey, que buscó a Zelos, mientras Hicetaón vomitaba en una esquina de la habitación tras ser testigo del brutal asesinato de su primo, mientras Yalemo, sentado en el trono de Mitilene, se concentraba en picarse los pies para limpiarlos.
-El secreto de la vida en la muerte, mi Rey Mácar… o no hay trato… -declaró Zelos, enfureciendo al rey-. En estos momentos, hay 30 navíos de Misia en los alrededores, esperando mi instrucción para ayudar. Pero solo la daré cuando me diga el secreto –insistió Zelos.
-Confirmo que los 30 navíos están donde el Espectro dice que están –enunció Yalemo, sin importarle realmente lo que pasaba fuera del palacio-. Pero le recuerdo, mi rey, que los Dioses preferirían ver a Lesbos caer, que permitir que ese secreto cayera en manos humanas… usted ha hecho un buen trabajo hasta ahora guardándoselo, pero los castigos de los Cuatro Jueces del Inframundo le caerán en muerte si lo enuncia… no sea tonto, ya es un Espectro, tiene vida eterna, no necesita arriesgarse –terminó Yalemo.
-Sé perfectamente la clase de vida eterna que brindan las Suplices, Yalemo… y sé que no es vida… -aseguró, Yalemo tan solo alzó y bajó los hombros-. ¿Por qué no auxilias a mi reino? ¡Te entregué a mi hijo por amante! –aseguró el rey.
-Y serás recompensado por eso, pero no pienso alzar un solo dedo en tu defensa, mientras no sepa lo que harás con este secreto –aseguró Yalemo, fastidiando al Rey Mácar-. Pero ya he dicho suficiente… estaré esperando a la resolución, Rey Mácar. Nos vamos, cariño. Clazomene, mi reino, nos aguarda con una celebración a Eros en la que pretendo aprovecharte. No me permito verte herido en esta inútil guerra –sonrió Yalemo.
-¡No abandonaré a mi reino! –intentó rechazarlo Hicetaón, pero Yalemo ya estaba a sus espaldas, abrasándolo, y rodeándolo con sus alas- ¿Qué estás haciendo? –preguntó preocupado.
-Parece que no lo entiendes, cariño… transformarme en mujer es solo una cortesía que tengo a contigo… pero jamás has tenido elección –lo rodeó Yalemo con sus alas, y desapareció en un resplandor dorado, momentos antes de que las puertas de la Sala del Trono, fueran destruidas bajo el puño de Patroclo.
-El secreto, mi rey –pidió Zelos, Mácar lo miró con odio, pero se rehusó-. Has decidido entonces… es una pena… mi señor Télefo no va a estar muy feliz –finalizó Zelos, desapareciendo en las sombras.
-Su ciudad ha caído, mi rey… -reverenció Patroclo, incluso arrodillándose frente a él, lo que sorprendió al Rey Mácar-. He salvado a los que he podido, y puedo salvarlo a usted también si presenta juramento a Athena, y se subordina al Rey Supremo Agamenón… -pidió Patroclo, y la respuesta de Mácar, fue la de elevar su oscuro cosmos.
-No más tratos con nadie, invasor… -enfureció Mácar, preocupando a Patroclo por el aplastante poder que sentía-. No estas frente a cualquier Espectro, muchacho… estás frente a Mácar de Mefistófeles, la Estrella Celeste del Liderazgo… pero ya que sé que para los Caballeros Dorados es poca cosa, te lo explicaré de una forma en que puedas comprenderlo mejor… -aclaró, dando un paso hacia adelante, y partiendo el suelo con su fuerza-. Estás frente al único humano… que ha enfrentado a los 4 Jueces del Inframundo, y ha salido de su juicio con su vida… -aseguró- Me juzgaron por mis crímenes en la Isla de Rodas, en la cual asesiné a mi propio hermano Ténages junto a mis otros hermanos, los Helíadas… de los 4, fui yo quien desafió el juicio de los 4 Jueces, y los enfrenté… mi proeza fue tal, que Hades me dio el indulto, y los 4 Jueces del Inframundo tuvieron que liberarme de cualquier castigo… ganándome así el derecho a la inmortalidad… comprenderás entonces, Caballero de Leo, que el tiempo no puede alcanzarme –aseguró.
-¡Lo que no significa que sea invulnerable! ¡Aún puede morir! ¡No sea tonto mi rey! –pidió Patroclo, elevando su cosmos, sabiendo que el de Mácar era demasiado grande para arriesgarse- ¡Puede seguir viviendo y reconstruir! ¡Es su última advertencia! –pidió Patroclo.
-¡Ya he tenido suficiente de egoístas que buscan imponer su voluntad sobre mí y mi reino! ¡Real Vórtice Oscuro! –alzó su mano Mácar, de la cual se desataron vientos negros, que despedazaron todo a su paso, hasta estrellarse en contra de Patroclo. El estallido fue tan descomunal, que los vientos se liberaron como torbellinos inmensos que comenzaron a liberar una terrible tormenta alrededor de toda Lesbos. A este nivel llegaba el cosmos del hombre que se atrevió a desafiar a los 4 Jueces del Inframundo.
Troya. Planicies Troyanas.
El Sol comenzaba a ocultarse, pero las planicies de Troya continuaban inundadas por el estrepitoso sonido de las batallas. Tanto Aqueos como Troyanos habían perdido el control del asedio, y se habían entregado de lleno al combate. Habían bajas muy cuantiosas en ambos bandos, que pudieron haber sido incluso más de las que había hasta ahora de no ser por la precaución de Eneas, que había ordenado a la mayoría de los Daimones a permanecer en Troya, mientras los ejércitos Troyanos se beneficiaban únicamente de Hebe y de Alala, quienes combatían en esos momentos a Euríalo y a Esténelo respectivamente, dándole al agotado de Eneas un respiro momentáneo antes de toparse con Néstor nuevamente en el campo de batalla. Ambos guerreros sumamente cansados, pero negándose a rendirse mientras en terreno medio se llegaba a un punto en que ni Aqueos ni Troyanos parecían tener la ventaja asegurada. Si bien había más manipuladores del cosmos en esos momentos del lado Troyano, los ejércitos de Argos, Tebas y Calidón contaban con un mejor liderazgo gracias al trabajo conjunto de Cycnus, Leitus y Thoas. Además de que sufrían menos bajas gracias a los esfuerzos de los arqueros de Ítaca comandados por Odiseo, en esos momentos en combate con Cebríones y Polidamante, reviviendo aquella batalla frente a las puertas de Esceas hace ya tiempo, mientras que Héctor tenía casi rienda suelta al solo tener a los Tres Capitanes frente a él.
Mientras aquellas batallas tenían a lugar, Diomedes y Trolio continuaban con su batalla en casi igualdad de condiciones en un punto más retirado de la batalla principal, observados fijamente por Shana desde los campamentos Aqueos, quien se las había arreglado para mantener a Anficlas también dentro de los mismos, mientras la nerviosa Tebana de adopción cerraba sus manos con fuerza contra su lanza de plata, mientras cuidaba de su bebé durmiendo en el pesebre junto a ella en su tienda, estremeciéndose con cada choque de cosmos entre Diomedes y Trolio, quienes parecían estar en igualdad de condiciones.
El estar en igualdad, sin embargo, era una forma de decirlo. Con nueve perforaciones en su cuerpo, todos los sentidos de Trolio estaban debilitados, lo que hacía incluso más incomprensible para Diomedes el que Trolio continuara haciéndole frente.
-Ya he comprobado que no puede derrotarme, pero… tampoco puedo incapacitarlo lo suficiente para recuperar el liderato de mis hombres… -susurraba Diomedes para sí mismo, evadiendo un potente ataque de Trolio, que con su mano negra partió el suelo, liberando un estallido de cosmos que forzó a Diomedes a ganar distancia-. Este sujeto… su cosmos ha crecido tanto que sus sentidos solo han sido parcialmente inutilizados por mi veneno. Sus movimientos se vuelven torpes, apenas me ve, apenas me escucha, apenas respira, y claro, apenas y siente sus heridas, sin mencionar que la conversación ahora es unilateral salvo por sus gruñidos irritantes –declaró Diomedes, mientras Trolio soltaba un sonido gutural tremendo tras haberlo encontrado nuevamente-. Ese preciso gruñido… el de una bestia que combate únicamente por instinto… Trolio… debes ser el individuo con el instinto más grande que jamás haya visto. El instinto es parte del Sexto Sentido, y entregarte a él por la falta de empatía que tú mismo encausaste en tu dirección… es la forma más compleja de alcanzar el Séptimo Sentido que jamás haya visto… -admitió Diomedes, mientras una fuerza de cosmos explosiva se arremolinaba dentro de la garganta de Trolio, quien ya no enunciaba siquiera sus ataques, ni tenía control sobre los mismos. Vivía únicamente por un objetivo, el exterminio del guerrero que tuviera enfrente-. Si esto sigue así… su cosmos crecerá infinitamente y no distinguirá entre amigos y enemigos tras entregarse enteramente a su instinto… no tengo otra alternativa que destruir tu cosmos antes de que puedas liberarlo de esa forma. ¡Aguja Escarlata! –se lanzó Diomedes, incrustando la décima de sus agujas, pero recibiendo el ataque liberado de la garganta de Trolio, que lo hirió bastante, disparándolo por la playa, y dejándolo tendido en el suelo con debilidad.
-Señorito… -comenzó Pándaro, con una lanza atravesándole el cuello, pero aun conservando la vida, mientras se recargaba en el destrozado auriga con Hismidas noqueada delante de los caballos que no sobrevivieron al choque que los derribó-. Puede que toda Troya le haya dado la espalda… mi señorito… pero… yo aún confío en usted… -materializó su arco Pándaro, y comenzó a reunir su cosmos en una flecha, calculando la distancia hasta donde Diomedes y Trolio combatían, notando a su vez la onceava aguja de Diomedes clavándose en Trolio, quien comenzaba a debilitarse más y más-. Usted vino con la intención… de sacrificar su vida por un reino que le dio la espalda… muchos… seguro se conmoverían por su sacrificio, y comenzarían a verlo con otros ojos… pero… ¿de qué sirve si no está aquí para recibir las alabanzas? ¡Flecha Sombría! –disparó Pándaro, su flecha voló por el campo de batalla, perfectamente entre los guerreros en combate, y mientras Diomedes sostenía a Trolio del cuello mientras clavaba la doceava aguja. La flecha se acercó peligrosamente al Argivo.
-¡Estás en el punto del no regreso, Trolio! ¡Solo quedan, las tres estrellas más brillantes! –comenzó Diomedes, preparando la treceava, mientras el furioso de Trolio retrocedía con su cosmos disminuyendo- ¡Aguja Escarla…! –comenzó, la flecha se clavó entre su cuello y su hombro derecho, y la treceava aguja, salió disparada sin control, estrellándose en el Egeo, y estallando con fuerza.
-¡Noooooooooo! –resonó el grito de Shana, tan poderoso que fue escuchado por todos en el campo de batalla, interrumpiendo la batalla. Anficlas en la tienda de Diomedes intentó correr en su auxilio, pero Shana la detuvo- ¡Si vas morirás también! –la abrazó Shana, elevando su cosmos para repeler el de Anficlas, que intentaba quitársela de encima para ir junto a Diomedes.
-¿La Flecha Sombría? –preguntó Trolio, regresando débilmente a sus debilitados sentidos, mientras viraba al campo de batalla, y notó la silueta de Pándaro, caer inconsciente- Pándaro… tú… -se conmovió Trolio, pero no era el momento de sentimentalismos, tomó un par de piedras del suelo, y materializó de ellas un par de espadas- ¡Muere, Diomedes de Escorpio! –prosiguió Trolio, atravesando ambos costados de Diomedes, izquierda y derecha con las espadas, incluso partiendo las mismas por la fuerza que aplicó en el ataque, forzando a Diomedes a retroceder, tomarse las hojas que quedaron clavadas en su cuerpo, y arrancárselas a la fuerza, gritando de dolor tras hacerlo.
-¡Lo tiene! ¡Trolio lo tiene! –se impresionó Eneas, aún en combate con Néstor, quien, con maza en mano, no sabía si continuar su combate con Eneas, o ir en auxilio de Diomedes, al igual que todos los soldados en las planicies en ese momento.
-¡Diomedes! –Odiseo fue el primero en reaccionar, se quitó a Cebríones de enfrente, pero Polidamante le cortó el camino- ¡Fuera de mi camino! ¡Diomedes! ¡Te atacaron a traición! ¡Eso invalida las reglas de Escorpio! ¡Puedes huir y salvar tu honor si te han enfrentado en superioridad numérica! –intentó explicar Odiseo.
-Él jamás aceptaría eso. ¡Maleros! –atacó Eneas en la distracción, y aunque Néstor se ocultó entre las dimensiones, el segundo corte liberó la sangre de Néstor desde la dimensión en que se había ocultado, cayendo varios metros delante de Eneas- Tal vez me arrepienta toda mi vida de esto… pero… ¡Por terminar con esta guerra, Diomedes debe morir! ¡Y mientras su orgullo lo ciega a querer seguir peleando, por más que me duela, me voy a aprovechar! –salió Eneas del campo de batalla, notando a su vez a Héctor saliendo conduciendo un auriga que había encontrado abandonado, y con uno solo caballo sobreviviente, dirigiéndose a su dirección.
-¡Sube! ¡Trolio ha creado una oportunidad que no puede desperdiciarse! –ordenó Héctor, Eneas subió a regañadientes, y Héctor sacó a ambos del campo de batalla, y cabalgó en dirección a Diomedes, quien aún preparaba su aguja.
-Aguja… Escarlata… ¡Sargas! –enunció Diomedes furioso, sorprendiendo a Trolio, quien no podía creer lo que Diomedes hacía, siguiendo adelante aún con el cuerpo tan malherido. Lanzándose a Trolio, quien pese a intentarlo, no logró evadir la aguja.
-¿Por qué sigues adelante? ¡Odiseo dijo que estabas libre de las reglas de los Escorpio al haber sido atacado con superioridad numérica! –se quejó Trolio, elevando su cosmos para intentar soportar el ardor de la aguja, y reemplazando a sus sentidos ya perdidos por el cosmos mismo- No lo entiendo… -enunció Trolio con su cosmos.
-Nadie obliga a los Escorpio a seguir estas reglas… Trolio… nadie jamás las escribió… -apuntó Diomedes con su penúltima aguja-. Son reglas autoimpuestas que seguimos por nuestra propia voluntad. No puedo perder a menos que muera, es mi decisión personal… la decisión de todos los Escorpio, porque si yo caigo… ella sigue… -recordó Diomedes a Shana, sabiendo que en los campamentos ella temía por su vida- ¡Aguja Escarlata… Shaula! –se lanzó Diomedes.
-¡Maleros! –pero tuvo que retroceder, evadiendo el primer corte, pero no logrando escapar del segundo, que le hizo un tremendo corte, incluso a través de la armadura, en su pierna derecha- Perdóname… -lo miró Eneas con lágrimas en sus ojos, mismas que Diomedes comprendía, pero que ignoró para asestarle la aguja a Eneas, lanzándolo por los aires.
-¡Escorpio! –quien no lloró por él fue Héctor, quien sobre su caballo, y con la lanza en vertical, con la punta apuntando a Diomedes, atacó sin piedad- ¡Incineración de Bennu! –atacó Héctor con su lanza en llamas, atravesando la protección del pecho de Diomedes, y pasando por su espalda- ¡Te quemaré las entrañas! –gritó Héctor furioso. Mientras desde los campamentos Aqueos escuchaba el grito de Anficlas, pero ella había muerto para él, todo por culpa de Diomedes, a quien deseaba quemar hasta la muerte.
-¡Antares! –atacó Diomedes, expulsando a Héctor de su cuerpo, y enterrándolo varios metros atrás- ¡Están interrumpiendo mi batalla! ¡Si tanto quieren una muestra de mi cosmos, se las daré! –prosiguió Diomedes, alzando su dedo con su uña brillante, y formando un sol sobre su cabeza, impresionando a Héctor y a Eneas, quienes jamás habían visto aquella técnica- ¡Colapso de Antares! –lanzó el sol rojo en dirección a Eneas y a Héctor, doblegándolos a ambos, pero terminando con casi todo su cosmos consumido tras el ataque- Ahora… Trolio… terminemos con esto… -se viró Diomedes, pero tras hacerlo, y estando tan débil, no sintió a Pándaro alzarse detrás de él con un cuchillo, mismo con el que apuñaló a Diomedes en su hombro derecho- ¡Gagth! ¡Troliooooo! –enfureció Diomedes.
-¡Troyanos! ¡Su cosmos está débil! ¡Es hora de acabarlo! –ordenó Pándaro, y algunos Troyanos, tras ver a Diomedes así de débil, se lanzaron con sus armas listas, uno de ellos atravesó a Diomedes con su lanza, misma que se partió tras perforarle el muslo. Diomedes se defendió tomando a Pándaro por la cabeza, y lanzándolo al soldado Troyano. Otro soldado atacó con su espada, Diomedes lo evadió, pero la espada cortó por encima de su ceja, manchándole el rostro. Diomedes alcanzó a arrancarse los restos de lanza de su pierna, y con las astillas clavársela en la garganta al soldado, que murió asfixiándose, mientras un par de flechas de un arquero atravesaban el brazo izquierdo y el costado de Diomedes, y otro soldado, clavaba por detrás de la espalda de Diomedes una lanza, que dejó en su cuerpo mientras Diomedes le cortaba la garganta con su uña, pero terminó cayendo tras el movimiento, partiendo la lanza, y arrastrándose en dirección a Trolio.
-Es suficiente… -declaró Trolio, mientras el miedo dominaba a Argivos, Tebanos, y Calidónios, quienes desesperadamente intentaban llegar en auxilio de Diomedes, pero eran interceptados por los Troyanos. Sus gritos se perdían junto a los sentidos de Diomedes, quien solo podía escuchar el latir de su corazón, y con cada latido, este dibujaba a alguien importante para él. A Anficlas con el primero, a Cinortas con el segundo, a Odiseo con el tercero, a Shana con el cuarto, a Menealo, a Acamante, a Aquiles, a Euríalo, a Esténelo, al resto de sus amigos, cada latido le daba fuerzas, cada latido incineraba su sangre, mientras Diomedes lograba incorporarse, observando a Trolio con una lanza lista-. Con tu muerte… la victoria Troyana está asegurada… -atacó Trolio, Diomedes estaba demasiado débil para detener la lanza.
-¡Excalibur! –resonó con fuerza, y la lanza de Trolio se partió antes siquiera de poder llegar al pecho de Diomedes- ¡Micenas, Esparta! ¡Acábenlos! –ordenó Agamenón, cabalgando a toda velocidad, con Menelao a su lado, y con los ejércitos de Esparta y Micenas a su lado- ¡Toma las riendas! –ofreció Agamenón, y Casandra aceptó las mismas, para furia de Héctor, quien se estaba incorporando apenas- ¡La Fisura en el Espacio! –atacó Agamenón tras saltar del caballo, lanzando un corte que impactó de lleno el cuerpo de Trolio, separándolo de Diomedes, y cuyo segundo corte se dirigió a Eneas, quien aun deteniendo con Maleros salió malherido de todas formas.
-¡El frio que congela el tiempo mismo! ¡La Supremacía de la Aurora! –lanzó Menelao tras saltar de su caballo, impactando a Héctor, congelando incluso las llamas que utilizó para defenderse, y siendo lanzado hasta la avanzada Troyana, que fue congelada por los vientos de Menelao, mientras el cuerpo de Héctor se encargó de partirlos en pedazos- ¡Diomedes! –se acercó Menelao, arrancando los restos de lanzas y espadas del cuerpo de Diomedes.
-Formación de media luna, Esparta por los campamentos, formación de defensa, Micenas, conmigo, a las murallas de Troya. ¡Excalibur! –atacó Agamenón, dividiendo con su ataque a Aqueos y Troyanos, mientras miraba de reojo a los campamentos Aqueos, encontrando a Shana y a Anficlas, ambas llorando y agradecidas- Llegué a tiempo… mi diosa… -declaró Agamenón.
-Gracias… en mi propio nombre, gracias, Agamenón… gracias… -cayó en sus rodillas Shana, y abrazó a una Anficlas, también arrodillada en contra del suelo, y que lloraba aterrada-. Está bien, van a traerlo… está bien… está bien… -la tranquilizó Shana.
-¡Diomedes! –llegó Odiseo a donde Menelao protegía a Diomedes de las hordas Troyanas a punta de lanza, quienes no deseaban perder la oportunidad de terminar con la vida de tan molesto líder Aqueo- ¡Fuera de mi camino! ¡La Empresa del Héroe! –lanzó Odiseo a varios Troyanos por los aires, llegando ante Menelao- ¡Por los Dioses, Menelao, gracias! ¡Es una suerte que hayan llegado a tiempo! ¡Aguanta, Diomedes, te llevaré de regreso al campamento! –lo tomó Odiseo del brazo, causando a Diomedes un terrible dolor.
-No fue suerte… -comentó Menelao, repeliendo a los Troyanos con su lanza, y congelando a algunos otros con sus puños-. Shana envió a Toante con el mensaje de regreso urgente… si Toante no hubiera llegado, y Casandra no hubiera precisamente pedido a Agamenón que montáramos campamento frente a la Isla de Tenedos… según Casandra, no habríamos llegado a tiempo… dijo algo similar a hacer a alguien entender la referencia –se quejó Menelao-. ¡Ejecución Estalagmita! –clavó su lanza al suelo, y estalagmitas de hielo se alzaron asesinando a varios Troyanos y forzándolos a retroceder.
-¿Casandra? –preguntó Odiseo, y notó entonces a Casandra llegando sobre el caballo de Agamenón- ¿Es enserio? ¿Está de nuestro lado? –se quejó Odiseo, mientras Casandra desmontaba, y tomaba del otro brazo de Diomedes, y tiraba en dirección al caballo.
-Obvio, Diomedes es mi personaje favorito, hasta crees que lo iba a dejar morir. Se la creyeron todos ustedes –apuntó Casandra, Odiseo miró a Menelao con curiosidad, pero el de Acuario no supo responderle-. ¡No es momento! ¡Diomedes no está fuera de peligro aún! ¡Hay que llevarlo al campamento! ¡Cheshire! ¡Prepara una pasta de amapola! ¡La vamos a necesitar! –pidió Casandra, mientras Cheshire llegaba en su propio caballo.
-¡Ese tiene cosmos de Espectro! ¿Qué está pasando aquí? –se fastidió Odiseo, pero Menelao tuvo suficiente, tomó a Diomedes, lo levantó a la fuerza, y lo subió al caballo- Necesitaré una muy buena explicación –se quejó Odiseo, subiendo al caballo detrás de Diomedes, y cabalgando de regreso a los campamentos, seguidos de Casandra quien subió con Cheshire.
-Agamenón, la Diosa Nyx gobierna, ¿no deberíamos de retirarnos? –preguntó Menelao, corriendo a encuentro de su hermano, quien cortaba a una inmensa cantidad de Troyanos de reveces intensos de su espada- Los Dioses no consienten las batallas nocturnas –insistió.
-¡Los Dioses tendrán que refunfuñar desde el Monte Olimpo! ¡Que Zeus baje y me diga que no consiente esta batalla! ¡Veremos si así lo entienden los Troyanos! ¡Excalibur! –declaró Agamenón, y un trueno resonó con fuerza- ¡No te escuché, Zeus! ¡Estaba ocupado partiéndole el rostro a los Troyanos! ¿Puedes ser más específico? ¡No hablo trueno! –se burló Agamenón.
-¡Deja de enfurecer a los Dioses! –se quejó Menelao- ¡Espartanos, abran vía de escape a los de Argos, Tebas, Calidón, Pilos e Ítaca! ¡Hombres de Micenas! ¡A las puertas! –ordenó Menelao, y los numerosos ejércitos de Esparta y Micenas, además de estar más descansados, arrasaron con los Troyanos.
-¡Argivos! –enunció Cycnus- ¡Nos vamos! –resonó entonces la trompeta de Argos, seguido de la de Tebas y finalmente la de Calidón. Los ejércitos de armaduras escarlata, negras y doradas se retiraron, siendo guiados por los Espartanos.
-¡Hombres de Pilos e Ítaca! –comenzó Néstor, sosteniéndose el costado donde había sido herido por el corte dimensional de Eneas- Cobertura de arqueros, cubran la retirada –ordenó Néstor, y aunque los ejércitos de Ítaca no le pertenecían, los arqueros le obedecieron por la hermandad que existía entre Pilos e Ítaca. El fuego de cobertura se extendió, y cuando el último soldado de Diomedes estuvo de regreso en el campamento, Néstor miró a su trompetista, quien declaró la retirada junto al trompetista de los hombres de Ítaca.
-¡No! ¡Yo debía vencer a Diomedes! –enfureció Trolio, rodeado de soldados de Micenas y de Esparta- ¡Era lo único que me quedaba! ¡Debía acabarlo! –lloró Trolio, mientras los Aqueos se preparaban para ejecutarlo, encontrando el arco de Pándaro defendiendo a Trolio- ¿Pándaro? ¡Era mi oportunidad! –continuó sollozando Trolio.
-Tendrá más oportunidades… señorito… -agregó Pándaro, y a él se unieron otros Troyanos, manteniendo un perímetro seguro alrededor de Trolio, incluso un par de ellos lo ayudaron a incorporarse-. Hoy… no se comportó como un príncipe mimado y egocéntrico, señorito… hoy es un soldado, y los soldados… no dejan a otros atrás… -declaró Pándaro.
-Troyanos, abran paso a la retirada –declaró uno de los soldados Troyanos, y otros hicieron un camino de escudos para permitir a los soldados llevarse a Trolio de regreso a Troya-. Fue impresionante mi señor –habló otro soldado-. ¿Está herido? Llamaremos a Lápix inmediatamente –declaró otro soldado, mientras las puertas de Capis se abrían, y los Troyanos sobre las murallas celebraban el regreso de Trolio, quien por vez primera recibió la ovación de los Troyanos.
-No dejes que esto se te suba a la cabeza –le golpeó la nuca Eneas, mientras entraba detrás de él, malherido y molesto-. Si te hubieras comportado de esa forma desde un principio, tal vez los Aqueos no seguirían resistiendo. ¡Suenen las trompetas de retirada! ¡A las puertas todos! ¡Hebe! –pidió Eneas, y Hebe se materializó frente a él- Si Héctor se niega a retirarse, lo traes a la fuerza, llévate a los Daimones que necesites, pero tráeme a Héctor –ordenó Eneas, Hebe desapareció, y momentos más tarde, un furioso Héctor era forzado a entrar de regreso a Troya mientras era rodeado por los 8 Daimones que seguían con vida.
-¡Noooo! ¡Ya los teníamos! ¡Aún podemos matar a Diomedes! –insistía Héctor, mientras los Daimones lo sometían en el suelo- ¡Suéltenme! ¡Nooooo! ¡Estábamos tan cerca! –se quejó Héctor, golpeando el suelo con fuerza, y haciendo a toda Troya temblar.
-¡Suficiente Héctor! ¡Aún tenemos una oportunidad! –intentó decir Eneas, su determinación ganando la atención de Héctor- La noche apenas empieza… y sobre las planicies, la tierra tiembla. Nos habrán repelido, pero los Aqueos están por descubrir que somos ahora más fuertes que nunca, y mientras sigas demostrando este valor, Trolio, la balanza del poder se inclinará a nuestro favor. Descansen a sus hombres, que coman, pero que no beban, duerman. Aún falta un último enviste –miró Eneas a la Luna que se alzaba orgullosa.
Monte Ida. Campamento temporal de Arisbe.
-27,723 lanzas, ¿qué tal eso para llamarlos refuerzos? –agregó Niso sonriente, mientras la tierra retumbaba con la inmensa marcha detrás de él, y con Pentesilea, orgullosa y de brazos cruzados sobre el auriga de Niso.
-Son más lanzas de las que me esperaba… no me digas, Niso, que pediste a Percote más de las lanzas que te autorizó Hipocoonte –se quejó Asio, con los ejércitos de Arisbe ahora a su mando-. En mis negociaciones, conseguí 14,000 lanzas más. Además de un tratado comercial entre Arisbe y Troya. Por la posición geográfica, los Aqueos no podrán saquear esta ruta comercial –finalizó Asio sonriente.
-Entonces tenemos 41,723 lanzas… nada mal… -aceptó Pentesilea-. Nos vamos entonces… demoleremos a la avanzada Aquea. Mire bien, Reina del Quersoneso –observó Pentesilea a la Luna, sabiendo que Ilíona podía verla fácilmente a través de ella-. Llevaremos la gloria a Anatolia y a Tracia gracias a su liderazgo. ¡Elayunte! ¡Mádito! ¡Sestos! ¡Abidos! ¡Percote! ¡Arisbe! ¡Traigamos gloria a la Reina del Quersoneso! –finalizó, y la estruendosa marcha, comenzó. La última noche del segundo año, estaba lejos de terminar.
