Y empezamos con el tercer año de la Guerra de Troya. No ha sido fácil, pero por fin logré unir las piezas para completar el camino de este año de la Guerra de Troya. Habiendo dicho esto, tengo que hacer algunas aclaraciones referentes al tercer año de la guerra. Verán, las incursiones realizadas por Aquiles son reales, están registradas tanto en los relatos mitológicos, como en los registros históricos. Sin embargo, no hay una explicación muy detallada de lo acontecido en algunas ciudades, como, por ejemplo, Lineón. No se sabe quién fue el rey de Lineón, ni su ubicación exacta, lo mismo ocurre con varias otras ciudades. Adicional a eso, se sabe que Egipto entró en conflicto con los "Pueblos del Mar", y solo existen teorías sobre que algunos de estos "Pueblos del Mar" son los Aqueos. Lo mismo ocurre con una civilización a la cual comenzaremos a mencionar a partir de este capítulo, los Hititas, una civilización bélica que estuvo en guerra tanto con Egipto, como con los Mirmidones de Aquiles durante aquellos tiempos.
¿Por qué les explico todo esto? Sencillo, porque la única forma de poder armar la historia completa sobre lo que pasó en el año 3 de la guerra, es a través de teorías que aún no se han comprobado, además de completar los huecos referentes a los gobernantes, colocando en estos huecos a personajes históricos que fueron reyes, o familiares de los mismos, en las mismas ciudades que visitaron los Aqueos, indistintamente de si hubo un enfrentamiento o no entre ellos. Sé que suena confuso pero básicamente lo resumo de esta manera: Se sabe que los Aqueos llegaron a Lineón, pero no se conoce al rey de Lineón en ese momento, pero sí se sabe que durante las fechas de la Guerra de Troya, existió un conquistador que se apoderó de Lineón, que era Kurunta, así pues, se puede deducir que Kurunta era el gobernante de Lineón durante las incursiones de Aquiles, pero no existe un documento que enuncie que esto es así, no hay nada que diga Aquiles enfrentó y mató a Kurunta, o que fue Patroclo, o que alguien murió en dichos enfrentamientos. Básicamente esto significa que, por más que pueda acercarme a deducir lo que ocurrió, no existe fuente que pueda usar de referencia como sí ocurrió en el caso del empedramiento de la princesa Pisciside. En fin, lo mismo se repetirá en todo el año tres, ya que puedo identificar a los personajes que estuvieron involucrados, los lugares que fueron visitados, y aprovechar los mitos regionales para unir las partes como hice con Medea en el capítulo pasado, pero no puedo firmarlo en piedra. Mucho del año tres me temo que tendrá que completarse gracias a la libertad creativa, espero genuinamente que no les moleste, enserio me estoy esforzando por reconstruir la historia de la Guerra de Troya lo mejor y más fielmente que puedo. Habiendo dicho todo esto, a contestar reviews:
Josh88: Jajaja, me dio risa tu review, me imaginé a Po de Kung Fu Panda. En efecto, el conflicto del año tres se concentrará más entre Apolo y Poseidón, pero al mismo tiempo, daremos un poco más de trasfondo sobre las motivaciones de Hades y de Zeus. También es correcto que nos concentraremos menos en Aquiles y los demás, pero al menos puedo prometer que, para este tercer año, tendrán más protagonismo que Diomedes, va siendo hora de dejarlo descansar un poco, lo mismo aplica para Áyax. Espero que tu esposa me perdone, pero pienso seguir esforzándome por darle la emoción necesaria a esta historia. Sobre los Generales, no participan mucho en este capítulo, pero serán el enfoque principal de este año.
Hanna: Es un placer contestarle sus reviews. Aclarándote un poco lo de los dioses Egipcios, históricamente hablando, más no mitológicamente hablando, está comprobado que existieron conflictos marítimos muy violentos entre los Aqueos y los Egipcios liderados por Ramsés III. Ya que estos vestigios son meramente históricos, no hay una narración tan romance, expliqué un poco de eso antes de comenzar a contestar los reviews, lo que significa que la parte romance o heroica tendré que concretarla por mis propios medios. Aun así, intentaré ser lo más fiel a la verdad que me sea posible. Poseidón y Apolo tendrán mucho pique, créeme, pero de momento, Apolo anda de flojo.
Goldxroses: Espero que ya se le haya bajado el shock. El tercer año va a ser demasiado raro en mi opinión, espero que lo disfrutes. Referente a Patroclo, este también será su año, al menos eso espero, pero Áyax sí estará de vacaciones, ya habrá tiempo para poner a Áyax a machacar gente. Sobre Medea, ella no tiene un papel relevante en la Guerra de Troya. Sin embargo, Medea realmente tiene una relación con Aquiles, lo que me forzó a involucrarla en cierta forma. Seguramente se trata de algún mito perdido, y por ello no se indagó mucho al respecto. Y es correcto, Apolo es el nuevo antagonista. Sobre el Corazón de Niké… algún día la continuaré, pero pretendo mantener aquella historia y está relativamente separadas una de otra. Pronto verás a los Egipcios en acción.
TRIVIA: Las cadenas se inventaron en el año 225 A.C. Aparentemente por los Romanos. Sin embargo, los mitos griegos ya hacían alusión a el uso de las cadenas muchísimo antes de que los Romanos las popularizaran. Ejemplos: Zeus bajó a una isla flotante del cielo atándola con cadenas al fondo marino, Zeus colgó a Rea de unas cadenas al cielo, a Andrómeda la ataron con cadenas cuando la ofrecieron en sacrificio a Cestos, y tanto las Columnas de Heracles como el Faro de Delos, fueron representados como cadenas en las pinturas de las vasijas Helénicas que hacen alusión a ellos, así que, tengo el derecho a decir que las cadenas existieron 1,000 años antes que su fecha de creación oficial.
En fin, espero que lo disfruten.
EDITADO: 16/07/2024
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Tres.
Capítulo 1: El Gran Secreto de los Dioses.
Anatolia. Troya. Frente a las puertas de Capis. Año 1,193 A.C.
Amanecía en Troya. Después de la batalla del término del segundo año, el agotamiento era más que evidente en los cansados pobladores de Troya y de Dárdanos, quienes pese a recibir el apoyo de los pueblos del Quersoneso Tracio, entre los cuales se incluía a los ejércitos de Elayunte, Mádito y Sestos, en compañía de los ejércitos de los pueblos Anatolios de Abidos, Percote y Arisbe, no pudieron celebrar una victoria contra los Aqueos.
Nadie en Troya había dormido, los Aqueos, debilitados o no, habían resistido, y no solo eso, los habían repelido gracias a la llegada de un puñado de Salaminos quienes, con una fiereza inquietante, habían logrado reestablecer el control de las planicies Troyanas. El Sol de la mañana era el principal testigo, y quien ponía en evidencia el que la mayor parte se la llevó Troya, aun cuando los números eran superiores en su bando. La Luna, tenuemente, también permanecía en el cielo, dibujando un firmamento que rara vez se veía, mientras ambos astros parecían analizar los resultados del segundo año del asedio.
Al menos 500 soldados de los bandos que apoyaban a Troya, yacían sin vida en la tierra frente a las planicies Troyanas. Las bajas Aqueas no se veían por ninguna parte, habían sido recogidas durante el cese al fuego. Pero, por las pocas piras en la playa, no debían ser tantas como las del bando Troyano.
Pese al cansancio de la mala noche, y con la esperanza de hacerse con valiosos tesoros previo al reinicio de las hostilidades, mismas que ya nadie sabía cuándo comenzarían debido al caos, los recién llegados, y la desorganización en esos momentos presente entre ambos bandos, los saqueadores, un grupo de oportunistas entre los cuales había en su mayoría mercaderes, salieron de las murallas de Troya, dirigiéndose a los cuerpos de los aliados Troyanos, y robando de sus cadáveres armamento, armaduras, y cualquier cosa que les fuera de valor, depositando en carretas los tesoros de a quienes rapiñaban lo que podían, para venderlo a los soldados aliados de Troya. Después de todo, a los muertos de nada les servían sus armas y armaduras, y el comercio Troyano ya estaba demasiado mermado, por lo que antes, lo que fuera visto como una práctica oportunista y de mal gusto, se convirtió en algo permitido por los Troyanos que mantenían la guardia sobre las murallas. La triste realidad era que todo en Troya comenzaba a escasear, y el armamento militar comenzaba a ser casi tan importante como el alimento.
Entre los mercaderes que salían por las puertas de Capis, había un peculiar grupo de 5 Troyanos, un anciano moreno, calvo, y de barba blanca, aunque algo fornido pese a la edad, y con una marca distintiva en su frente siendo esta la de una especie de pico de estrella sin relleno que apuntaba al norte, la cual parecía un tatuaje, pero que se trataba de una marca de nacimiento. En su carreta iban otros 4, un par de jóvenes morenos, de cabellera oscura ambos, uno con barba, el mayor de los dos, y el otro lampiño casi en su totalidad, ambos también de pieles morenas, y con dos marcas en su frente idénticas a las del anciano que guiaba el carromato, pero cuyos picos de estrella iban uno en dirección noreste en el caso del de barba, y noroeste en el caso del lampiño. Ambos bajaron del carromato en el momento en el que el anciano que guiaba el mismo se detuvo, y comenzaron el saqueo de los cuerpos de los cadáveres, así lo hiso también un cuarto individuo, quien diferente de los primeros tres no era tan moreno, sino que era de piel más clara, aunque manchada de hollín, poseía barba marrón muy bien delineada, aunque sucia, y también era calvo. Poseía también una marca de nacimiento en su frente, siendo esta un pico de estrella que iba en dirección sureste. El último de los que iban en aquel carromato, era un joven de mirada cansada, cabellera negra y enchinada, y de ojos dorados ojerosos, quien, en lugar de ayudar, escribía constantemente en un cuero de piel de cabra tratado, y mantenía a su lado un saco lleno de muchos otros cueros. También poseía una marca de nacimiento como si de un pico de estrella se tratase, está en dirección suroeste.
-Dares… -enunció el anciano en el grupo, mirando al joven que escribía frenéticamente mientras miraba por los alrededores, más interesado en escribir todo lo que veía, que en el saqueo-. ¡Dares! –gritó con fuerza el anciano, sobresaltando al escriba, quien llenó su cuero de tinta- ¡Ponte a trabajar y deja de escribir todas esas tonterías! –enunció el anciano.
-¿Tonterías? –se molestó Dares- Las llamas tonterías porque no las entiendes, Eurydamas. Mientras otros pueblos pierden su historia, yo me dedico a conservarla. Es de vital importancia registrar en mis manuscritos todo lo que pueda sobre la Guerra de Troya, no sea que algún día nuestra historia se pierda en el tiempo –declaró el escriba, orgulloso.
-Hazle caso y ponte a trabajar, Dares –le exclamó el castaño calvo en el grupo, mientras metía en su saco las armaduras de los soldados caídos a quienes desnudaba-. Abas y Poliedus podrán seguirte la corriente, e indagar en las identidades de los caídos, pero yo no pienso que sea importante. Nadie lee tus escritos –aseguró el hombre.
-Pero deberían, mi señor Chaon –habló el más joven entre los de piel morena, que junto al moreno de barba se encargaba de analizar las heridas en los cadáveres mientras los desarmaban-. Las armas y armaduras de los caídos adquieren un valor coleccionable entre los nobles si pertenecen a un valeroso guerrero. Otros podrán solo levantar las armaduras y revenderlas, pero si logramos obtener un registro sobre la identidad de un caído, y la identidad de quien lo mató, una armadura de cuero aumenta su valor –le explicó el joven.
-Son solo armaduras, Poliedus. A nadie le importa el nombre del cadáver que la vistió, ni el nombre del Aqueo que lo mató –aseguró Chaon, el calvo castaño, guardando todo lo que cabía en su saco-. En todo caso, ¿cómo podrían saberlo? Solo inventan historias para acrecentar el valor de lo que saqueamos –agregó molesto.
-Pero podemos deducirlo, Chaon. Dares nos ha enseñado como –agregó Abas, el moreno de barba despeinada-. Mira esto –intentó explicarle Abas, y Chaon, aunque molesto, siguió a Abas hasta un cadáver, el cual pertenecía a uno de los Hijos del Quersoneso-. ¿Ves estas marcas de aquí en la armadura de piel de este Pestalta? Este soldado venía de Sestos, y no solo eso, por algunos patrones físicos podemos reconocerlo. Nariz chata y rota, patizambo, bastante feo, y por las muecas de sus labios, el cual es un defecto de nacimiento, muy seguramente este es Aenus –le explicó Abas, Chaon se rascó la calva, y Dares el escriba, sumamente interesado, bajó rápidamente del carromato, mientras Eurydamas, molesto porque nadie parecía interesado en el saqueo de los cadáveres, bajaba del carromato, y comenzaba a saquear él mismo-. Comprobando que la identidad de este soldado de Sestos es la de Aenus, su armadura y sus armas adquieren un valor más importante. Lo único que debemos hacer es encontrar su historia familiar, y la venderemos como una reliquia y, dependiendo de la estirpe heroica de Aenus, y de quién lo mató, y el cómo lo mató, podemos aumentar el valor de la pieza. Calidad sobre cantidad, Chaon –sonrió Abas orgulloso de su hallazgo.
-Te acabas de inventar toda esa tontería –le apuntó Chaon con molestia-. Además, ¿qué te crees? ¿Un tanatólogo para poder describir la muerte de alguien? Hasta donde sé, solo Eurydamas, Dares y yo tenemos alguna clase de estudios, el primero de profeta, el otro un escriba, y yo fui sacerdote de Hefestos antes de ser herrero. Ninguno es tanatólogo –aseguró.
-Oh, pero sí lo soy, Chaon –declaró Dares, realizando anotaciones en sus rollos de piel-. Mientras tú, mi querido amigo, elegiste continuar con nuestros estudios de sacerdote de Hefestos y terminaste por convertirte en un excelente herrero, yo terminé mi sacerdocio en honor a Hefestos y después me volví sacerdote de Thanatos, y un estudioso de su arte. Y puedo comprobar que este Sestiense, Aenus, falleció por una perforación en su cráneo. Entró por su ojo derecho, salió por la nuca, puedo inclusive dibujar la punta, y esto es lo que nos ayuda a descifrar quien pudo haberlo asesinado –aseguró Dares, mostrándole un dibujo de una punta de lanza a Dares-. Yo soy estudioso de los ritos sacerdotales de Hefestos y de Thanatos, pero tú, mi amigo, te convertiste en herrero. ¿Qué clase de punta es esta? ¿De lanza o de flecha? ¿Tiene patrones específicos distinguibles? –preguntó.
-Perdemos el tiempo dándole valor a cosas que no lo tienen. Solo desnuden a este infeliz, Aenus o como se llame, y larguémonos. El resto de saqueadores nos está ganando el botín –aseguró Chaon, pero Dares insistió, como si hubiera encontrado oro en una pila de carbón-. Esto es una pérdida de tiempo y dinero… es una punta de lanza Tebana, de plata además, solo los Caballeros de Plata tienen este tipo de puntas en sus armas –aseguró.
-¡Tebano! ¡Y Caballero de Plata! –se alegró Dares- ¿Entiendes ya la labor que hacemos? Descubriendo estas cosas, no solo mantenemos registro de los acontecimientos de la Guerra de Troya. Sino que, además, ganamos más dinero. Esta armadura perteneció a Aenus, héroe de Sestos, asesinado en batalla al ser perforado en su cráneo por una lanza de un Caballero de Plata Tebano. Ya con esta información, podríamos pedir 10 veces el valor de una simple armadura Pestalta de cuero, pero si deducimos el nombre de quién lo asesinó, ese valor podría triplicarse si es un héroe Aqueo muy importante –le aseguró.
-Lamento desilusionarte, Dares, pero solo hay un Caballero de Plata Tebano en el bando Aqueo en estos momentos: Anficlas –le comentó Poliedus, molestando a Dares-. Y sí, es el nombre de una mujer. Los Aqueos tuvieron la ridícula idea de llevar a una mujer a la guerra, y todos sabemos que, entre las mujeres guerreras, solo las Amazonas son importantes. La armadura de cuero de un Pestalta asesinado por una mujer, vale mucho menos que el cuero del cual está hecha la armadura –le comentó.
-¡Otra vez esa Anficlas! –enfureció Dares tirándose del cabello enchinado- Tenemos a un cadáver el cual podemos reconocer, y podemos comprobar que fue asesinado por la punta de lanza de un Caballero de Plata de Tebas. ¡Pero no! ¡Tenía que ser la mujer! ¡La historia de Aenus ha sido manchada! ¡No podemos acreditarle su muerte a una mujer! –enfureció Dares.
-No le veo nada de malo, a decir verdad –comentó Abas-. Hay muchas mujeres importantes en nuestro bando también. La Reina del Quersoneso, y la Amazona Pentesilea. ¿Por qué borrar de la historia el nombre de Anficlas? Tiene tantas muertes en su haber como héroes de la talla de Odiseo –aseguró Abas.
-Ilíona, sin importar que quiera llamarse la Reina del Quersoneso, pasará a la historia únicamente como la hija de Príamo, te lo dice un escriba. Nosotros elegimos la historia que merece recordarse, y la historia que no –aseguró Dares-. Sobre Pentesilea, es una Amazona, me guste o no, los escribas encuentran a las Amazonas muy interesantes. La recordarán como a una guerrera, pero esa es la única excepción a las reglas de los escribas. Si los Dioses quisieran que las mujeres lucharan, tendrían una diosa que las represente –aseguró Dares.
-Athena es una Diosa de la Guerra –apuntó Polideus, pero Dares, en respuesta, se tapó los oídos negándose a escuchar razones-. No entiendo a los escribas… pero, entiendo de negocios. Si no podemos atribuirle nada a esta armadura, es inútil y no ganaremos mucho, aunque haya sido asesinado por un Caballero Plateado de la talla de Odiseo –aseguró.
-¡Eso es! –enunció Dares alegremente- El héroe de Sestos, Aenus el horrible, héroe de Tracia y Pestalta de grandes hazañas, murió en batalla asesinado por un Caballero de Plata, Odiseo del Altar, atravesado en su cráneo por una flecha Itaquense, lanzada por su famoso arco, el arco que Apolo que pertenecía a Ífito, cuyo hijo se lo regaló a Odiseo mientras el Príncipe de Ítaca viajaba por Hélade –relató Dares, realizando sus anotaciones en un cuero.
-¿De qué sirvió entonces todo ese cuento de darle importancia a la historia registrada, si como quiera te ibas a inventar la misma? –se quejó Chaon, pero Dares no le prestó importancia, y siguió intentando identificar a los muertos, y a las causas de sus respectivas muertes para mantener un registro de lo acontecido- No lo entiendo, en verdad que no lo entiendo –aseguró Chaon.
-Los escribas tienden a cambiar un poco los acontecimientos para romantizar los mismos, Chaon –le explicó Abas-. Además de que ellos borran de la historia a quien les place, como a esta chica, Anficlas. Mientras algunos escribas tienden a decir que la historia debe conservarse tal cual ocurre, otros como Dares solo conservan lo más heroico. Y por el bien de Aenus, y de su familia, es mejor que piensen que murió a manos de Odiseo y de su arco mágico… aunque, hasta donde conocemos la historia de Odiseo, su arco mágico se lo obsequió a su hijo Telémaco. O al menos es lo que se dice en las tabernas. Supongo que es difícil mantener la historia escrita –aseguró Abas.
-Pero como discípulos de Dares, nosotros debemos poder conservarla lo más fielmente que nos sea posible –prosiguió Poliedus-. Le mencionaré a Dares lo del arco de Odiseo para que lo registre correctamente. Y hablando de registros, ¿no va siendo hora de registrar la muerte de Polidoro? Nadie ha intentado acercarse a su cadáver –declaró Poliedus curioso.
-Déjenlo donde está –se quejó el anciano Eurydamas-. La razón por la que nadie ha saqueado su cuerpo, es porque Heleno, el hijo de Príamo, es quien debe preparar los respetos para el funeral de Polidoro. Saquearlo sería sinónimo de enfurecer a Príamo, y el rey tendría nuestras cabezas. Si no han venido a por él eso es solo porque Heleno no ha terminado con los Ritos del Respeto a los Dioses previo a reclamar su cuerpo –les aseguró Eurydamas.
-Eso es cierto, mi querido amigo Heleno es muy insistente con la complacencia a los Dioses –enunció Chaon, molestando a su vez a Dares, mientras Chaon sacaba de dentro de su mugrienta túnica, una estatuilla de madera que llevaba atada a su cuello, con la forma del Dios Hades-. Le prometí a Heleno que honraría sus creencias religiosas y sus ritos, y por Hefestos a quien rindo tributo siempre, así se hará. Dejaremos a Polidoro a su suerte como hacen los demás –aseguró.
-Qué buen amigo de Heleno finges que eres mientras trabajas tu forja en la Ciudadela de Temiste, y duermes en una burda cabaña de la Ciudadela de Laemonte, mientras el gran Heleno, rara vez baja de Tros –se quejó Dares, molestando a Chaon-. Además, nadie nos está mirando –continuó, observando a los guardias, quienes hacían de la vista gorda, o se encontraban asqueados por las acciones de los saqueadores-. Y si eso no te es suficiente, señor adorador de Hefestos, quien te recuerdo es un dios aliado de los Aqueos, yo soy un Sacerdote de Thanatos, uno diría que es mi deber sagrado en el nombre del Dios de la Muerte, el indagar al respecto –se excusó Dares, y se dirigió a Polidoro, ante las miradas sorprendidas de los saqueadores, y de algunos guardias, quienes se sobresaltaron, y tomaron sus armas- Tranquilos, soy Sacerdote de Thanatos –aseguró.
-¿Qué has dicho? –resonó la voz de Eneas desde la cima de las Puertas de Capis, cuando un soldado Troyano fue a informarle sobre el saqueador que iba a encuentro del cuerpo de Polidoro. Eneas entonces se apresuró a la cima de las puertas de Capis- ¿Otra vez tú, Dares? ¡Tocas ese cuerpo y te rebano! ¡Por más que desprecie a Príamo, Heleno es el único que puede manipular el cuerpo de la Familia de Príamo! –amenazó Eneas, cuando notó que Dares olisqueaba los alrededores- ¿Ahora qué? –preguntó Eneas molesto.
-Lamento si lo estoy molestando, Príncipe Eneas, pero soy un Sacerdote de Thanatos, lo que me da la facultad de manipular a los cadáveres, con o sin el permiso de Príamo –aseguró Dares, mientras Eneas preparaba su espada-. Pero… -continuó él, interrumpiendo las intenciones asesinas de Eneas-. Al parecer, Polidoro sigue con vida, lo que entonces invalida mis beneficios como Sacerdote de Thanatos. El Dios de la Muerte no gobierna sobre los vivos después de todo –aseguró.
-¿Qué has dicho? –preguntó Eneas, mirando en dirección al cuerpo empalado de Polidoro, y a las moscas revoloteando a su alrededor- Yo lo veo lo suficientemente muerto. Si esto es una mala broma, Dares, y me entero de que me manipulas para profanar el cuerpo de uno de los hijos de Príamo, desafiando a su vez su autoridad, te juro que te llevo a la tumba conmigo –amenazó.
-Ahórrate tus amenazas, Príncipe de Dárdanos –declaró Dares molesto-. De estar muerto, tras haber sido asesinado durante la primera hora del tercer año del asedio, su cuerpo ya estaría hinchado, con muestras de tejido muerto, y una peste que, he de recordarte, conozco perfectamente. La única peste de Polidoro y que atrae a las moscas, viene de haberse vaciado los intestinos encima, seguramente por las piedras golpeándole el vientre. En otras palabras, huele a eses, no huele a muerto –aseguró Dares, y Eneas se apresuró a bajar de las puertas de Capis, y a salir de las mismas con un grupo de soldados de Dárdanos-. Polidoro sigue con vida… la peste que lo rodea, no es de muerte… -aseguró.
-¿Polidoro? –se acercó Eneas, cubriéndose la nariz y boca con su mano, y tras acercarse, notó a Polidoro respirar- ¡Por Afrodita! ¡Está vivo! ¡Traigan a Lápix! ¡Hebe! –ordenó Eneas, y la Daimón de la Juventud, no tardó en materializarse con Lápix en brazos, quien al parecer había estado durmiendo, ya que había aparecido en su traje de noche.
-¡Te agradecería que esperaras a que me vistiera, Hebe! –enfureció Lápix, y cuando el hedor lo golpeó, estuvo a punto de vomitar, pero resistió las ganas al cubrirse la nariz con su túnica de noche- Por Zeus, está con vida, pero está muy mal. Hay que llevarlo al Templo de Apolo para lavarlo y curarlo –Hebe miró a Eneas, quien asintió, y así, la Daimón desapareció con Lápix y Polidoro, dejando detrás de sí una nube de humo blanco.
Campamentos Aqueos. Tienda de Agamenón.
-Así que… el Hado sigue intacto –enunció Casandra, afuera de la tienda de Agamenón, y con unas telas de seda blanca cubriéndole el cuerpo, mientras Cheshire, quien dormía en una tienda más pequeña al lado de la de Agamenón, despertaba tras escuchar a Casandra, con ojeras en sus ojos-. Buenos días, Cheshire. ¿Pudiste dormir? Intenté ser lo más silenciosa posible, pero ya sabes… Agamenón bien podría ser un Sacerdote de Eros –sonrió Casandra.
-Ama Casandra, tengo que pedirle que deje de hablar de eso… me rompe el corazón… -agregó Cheshire entristecido-. ¿Qué hacemos aquí, ama Casandra? Si no la amordazan como a otras concubinas, ¿por qué no huimos? Estamos tan cerca de Troya, podríamos pedir a algún saqueador que nos ayude –susurró Cheshire.
-Parece que no lo entiendes, Cheshire. Amo a Agamenón más que a nada en este mundo –enunció Casandra, preocupando a Cheshire-. Y no lo digo únicamente porque tiene un lívido incluso más grande que el mío, ni porque esté despierto en estos momentos, y pensando en cortarte la cabeza por tus palabras –sonrió Casandra, Cheshire se escandalizó, y Agamenón salió, furioso y con espada en mano, amenazante-. Tranquilo, mi hermoso macho cabrío. Cheshire aún me sirve, y le prometí que no sufriría, solo de desamor al verme revolcarme contigo todas las noches –bromeó Casandra, apenando a Agamenón.
-Voy a tener que pedirte que seas más pudorosa con tus palabras, Casandra. Por si no lo sabes, Athena tiene su tienda cerca de la de Diomedes, quien tiene su tienda cerca de la nuestra –le recordó Agamenón, y Casandra comenzó a burlarse-. Hablar con semejante vulgaridad frente a una Diosa Virgen sería… -intentó explicarle Agamenón.
-No tan malo como tener que escucharlos todas las noches irrespetando a Artemisa, Agamenón… -enunció Shana, sobresaltando a Agamenón, quien no la había escuchado llegar. La diosa estaba bastante molesta, igual que todas las mañanas-. Sé que Artemisa está en el bando Troyano, pero… la irrespetan más de lo que deberían. Casandra, siéntete libre de hablar con la irreverencia que te plazca. Durmiendo entre las tiendas de Diomedes y Agamenón, nada de lo que digas puede sorprenderme… créeme… llevo ya dos años intentando ignorar lo que pasa dentro de este campamento, y no es para nada fácil… -aseguró Shana, preocupando a Agamenón-. ¿Es temprano para la reunión del Consejo Aqueo? La verdad, con lo poco que duermo, no tengo la menor idea –se quejó Shana.
-Su cuerpo mortal tiene limitantes, mi Diosa Athena, menos limitantes que las de los humanos comunes, pero limitantes a fin de cuentas. Necesita aprender a descansar mejor –le comentó Casandra, pero el Cuerpo Mortal de Atenea, que era Shana, hacía muecas de mal humor-. Pero, comprendiendo que la pasión carnal de sus allegados no la deja dormir, creo tener justo lo que necesita –comenzó Casandra, sacando de su túnica unos frutos rojos con un aroma muy peculiar-. Antes de que los Aqueos terminarán con el comercio entre Troya y los reinos al sur que pronto serán atacados por Poseidón, los Troyanos manteníamos comercio con Etiopía, lugar de donde vienen estos frutos, muy adictivos, y de los cuales yo tengo muchos –le ofreció Casandra, y Shana tomó el fruto, se lo metió a la boca, lo masticó, y se horrorizó por el sabor-. Tienen un sabor muy fuerte, creo que debí comenzar por allí, pero agudizaran todos sus sentidos. Sé de buena fuente además, siendo esa fuente yo misma, que gracias a la Guerra de Troya, este fruto no será de conocimiento popular hasta dentro de aproximadamente 2,700 años, cuando unos sacerdotes tostarán el fruto para hacer una infusión de estos, a los cuales llamarán café –le explicó Casandra.
-¡Sabe horrible! –se quejó Shana, pero continuó masticando el fruto- Pero… no sé por qué quiero seguirlo masticando. ¿Tienes más? –preguntó Shana, y Casandra le entregó algunos más- Su sabor es amargo y muy fuerte, pero despertó mis sentidos como dijiste que harían. ¿No deberíamos preparárselos a los Aqueos? –preguntó curiosa.
-Oh no, no, no. Son adictivos, y quien comienza a comerlos genera dependencia, lo cual es malo para un ejército en asedio –le explicó Casandra, mientras Shana continuaba mascando-. Además, es malo cambiar el futuro. El último contacto que los pueblos Helénicos tendrán con estos frutos será un cargamento de Etiopía que será dado como presente a Poseidón, y que solo será consumido por ustedes los Dioses. Los Egipcios lo consideran un fruto sagrado, pero en el futuro, será una bebida consumida por todos los humanos comunes. O al menos es uno de los posibles futuros que veo, la verdad, esta guerra apunta a tantos posibles futuros y tantos Hados, que lo único que puedo hacer es intentar guiarlos por el futuro que creo es el más aceptable para nosotros –aseguró Casandra, confundiendo un poco a Shana.
-De modo que, lo que dices es que no puedes predecir enteramente el futuro por la cantidad de profecías que envuelven a esta guerra, y los Dioses que están involucrados –comentó Shana, y Casandra asintió-. Pero puedes predecir que Poseidón regresará con un cargamento de estas cosas –apuntó Shana al fruto rojo.
-El futuro es cambiante, pero hay cosas inamovibles. En ocasiones cosas tan insignificantes como un cargamento de frutos de café –apuntó Casandra al fruto en manos de Shana-. Y otras veces, Hados muy poderosos que no logran romperse fácilmente. En mi visión, Polidoro moría por todo lo que hicimos para romper el Hado… pero, aunque en mi mente lo he visto morir, él de alguna forma ha sobrevivió –aseguró Casandra, y Agamenón, confundido, subió a una de las atalayas del campamento, encontrando a los Troyanos desatando a un débil Polidoro, y llevándolo dentro de la ciudad-. ¿Lo entiendes ahora, Shana? Hay cosas que puedo predecir con exactitud, y otras que no. Hay profetas muy poderosos en ambos bandos. Del lado Aqueo estamos Calcas y yo, pero del lado Troyano está Heleno. Aunque… tengo que admitir que Heleno no podría impedir que yo rompiera un Hado… eso solo significa que, del lado Troyano, hay un sacerdote que me sobrepasa… -se preocupó Casandra, mirando al Sol y a la Luna, ambos en el firmamento.
Tracia. El Quersoneso Tracio. Apolonia. Templo de Apolo.
-¡Uy! ¡Alguien está enojada! ¡Me chifla hacer enojar a los demás! –dentro del templo de Apolo en Apolonia, Tiresias, el sacerdote que podía alternar entre ser un hombre y una mujer, y quien en esos momentos permanecía como mujer al ser esta su forma preferida, lanzaba polvos diversos a una hoguera ceremonial en medio del Templo de Apolo, pintando las llamas, que parecían reflejar imágenes humanas dentro de las mismas. Ante los ojos que prestaban mucha atención a las llamas, podía verse a Casandra, mirando al firmamento, como si supiera que podían verla. Las llamas entonces cambiarían de color a un azul vívido, donde Heleno atendía a Polidoro- Romper los Hados es muy complicado, querida Casandra, en especial si es Tiresias, el profeta, quien los mantiene firmemente donde están. ¿Le ha complacido mi trabajo, ama Ilíona? –preguntó Tiresias a Ilíona, quien sudaba mientras permanecía arrodillada a su lado.
-Los Cuerpos Mortales son muy débiles… no hubiera requerido de tu ayuda para transmitir mi Cosmos Divino a Polidoro y mantenerlo con vida, si poseyera mi Cuerpo Original sellado en el Olimpo, Tiresias. Pero de momento, aprecio tu ayuda –aceptó Ilíona, alegrando a Tiresias-. No significa que te perdono por tu perversión, solo que no he de castigarte por la misma –agregó molesta.
-Ya es algo. Aunque, con el respeto que se merece, no voy a dejar de revolcarme con todo lo que me encuentre. Después de todo, soy Sacerdote de Afrodita y de Eros, le guste a mi señor Apolo o no –se burló Tiresias, mirando a Deífobo, reluciente en su Glorie, y admirando su imagen en una fuente del Templo de Apolo-. Mi señor Apolo, ¿no debería premiarme por mi lealtad? –posó Tiresias de forma seductora, escandalizando a Ilíona.
-Deífobo, Tiresias –le recordó Deífobo-. Deífobo de la Corona. Y por respeto a mi hermanita, me temo que no podré complacerte. Pero tienes mi permiso de reclamar a Yalemo cuando lo encuentres. Ambos pueden sumergirse en sus propios placeres carnales y abusar de sus cambios de género –aseguró Deífobo.
-Mi señor Deífobo, he de pedirle que se concentre. ¡Tiresias, deja de fastidiar! –amenazó Reso, lo que no fue del agrado de Tiresias, quien se cruzó de brazos obstinadamente- Mi señor Apolo. Los 4 Jinetes de Helios ya han despertado, además de que, siguiendo sus instrucciones, Tiresias utilizó su magia para sacar a Macario de Mitilene, pero su poder, por inmenso que sea, solo logró transportar a Macario a Egíalos, el reino más cercano a la Isla de Lesbos sobre costas de Anatolia. Él es el más cercano a Troya, deberíamos informarle de alguna forma que debe reunirse con el resto de los Jinetes de Helios en Troya para liderar los ejércitos a la victoria –le pidió Reso.
-Reso, Reso, Reso, sigues sin entenderlo. No me importa Troya –le recordó Deífobo, lo que preocupaba a Reso-. Entiendo que los profetas vean cientos de futuros diferentes, y sientan que pueden manipular los Hados a su conveniencia, y en cierta forma tienen ese poder. Pero yo, como el Dios de los Profetas que soy, soy el único que decide qué profecías deben de cumplirse, y qué Hados han de mantenerse. Y en estos momentos, los únicos Hados que me interesan, son los que traigan la destrucción de Poseidón y de sus Generales Marinos. Si tanto te interesa Troya, mueve tus propios Hados, yo me concentraré en Poseidón, las guerras de los Mortales me son indiferentes –aseguró Deífobo, pero Reso intentó quejarse-. Pero qué insistente. Está bien, Reso, te entregaré la forma de comunicarte con los Jinetes de Helios, pero nada más. ¿Ha quedado claro? –preguntó Deífobo, y Reso, aunque aún inconforme, asintió. Deífobo entonces se acercó a la pira de Tiresias, tomando con sus manos desnudas un poco del fuego mágico con el que Tiresias había logrado transportar el cosmos de Ilíona al lado de Polidoro, salvándole la vida, y solidificando este fuego en una especie de lámpara cristalina rodeada de cadenas, como si de un faro se tratase-. Este es el Faro de Delos, alguna vez formó parte de una estatua inmensa que se construyó en mi nombre en Delos, en el Egeo, donde mi hermana Artemisa y yo nacimos. Delos fue antes un santuario para los profetas tan grande como lo es Delfos. Pero, tras el desliz en mi amistad con Poseidón, Poseidón ató la isla a su tridente y lo arrojó al cielo, convirtiéndola en una isla flotante que Zeus después encadenaría de regreso al océano. Como imaginarás, la Isla de Delos perdió sus santuarios y sus estatuas, y mi amado Coloso de Delos quedó destruido tras el tremendo choque, quedando únicamente su faro. Este faro lo representa, y con este, podrás comunicarte con cualquier ciervo de Apolo, siempre que su sombra se encuentre reflejada en una pared por la luz del fuego, entablando una comunicación de cosmos en ambos sentidos. Podrás alcanzar a quien desees bajo estas condiciones, y ellos podrán alcanzarte también al llamarte –le entregó Deífobo.
-Un aditamento muy útil, si los Jinetes de Helios supieran de su existencia claro está –agregó un poco incómodo Reso, sabiendo que Apolo lo ayudaba, pero a medias, ya que, si bien podría comunicarse con los Jinetes de Helios, ellos no sabrían quien los llamaba, ni cómo invocar su comunicación-. ¿No hay algo más que pueda hacer para ayudarme? –preguntó él.
-Mide tus palabras, Reso. Apolo da y Apolo quita a voluntad –se quejó Tiresias, mientras Apolo llegaba tras de su cuerpo femenino y lo abrazaba seductoramente, molestando a Ilíona en el proceso-. La última vez que yo me atreví a desafiar a Apolo, me dejó ciego. Solo recuperé la vista cuando acepté someterme a su voluntad. Apolo es mi dueño, tú aún gozas con la capacidad de poseer cierta libertad. La de Apolo al menos, ya que la de Hades es muy diferente –aclaró Tiresias.
-Harías bien en escuchar a Tiresias, Reso –metió sus manos bajo su túnica Deífobo, pero Ilíona inmediatamente comenzó a estirarle la oreja con molestia-. Hermana… el dolor en los Cuerpos Mortales es inquietantemente incómodo, Poseidón ya tuvo el placer de mostrármelo –se quejó Deífobo, pero Ilíona no se contuvo, y miró a Tiresias con molestia.
-Tiresias… esta es la orden de una diosa… mientras Apolo esté en tu presencia, deberás ser siempre un hombre –le explicó Ilíona, inquietando tanto a Deífobo como a Tiresias-. Es una orden. ¿Le negarás, Deífobo? No quieres defraudar a tu querida hermanita, ¿o sí? –preguntó molesta.
-En realidad, señorita Ilíona, tanto en su posición como hija de Príamo, como en la divinidad, siempre ha sido mayor a Apolo –le recordó Tiresias-. Volviendo al tema, si me da a elegir, prefiero ser mujer que hombre. Depravación de mente masculina con cuerpo femenino, no hay mejor combinación –se sonrojó Tiresias.
-¡Te he dado una orden, Tiresias! ¡Pero en vista de que te niegas a seguirla! ¡Niego tu habilidad de metamorfosis y la someto a mi voluntad! –procuró Ilíona, con su ojo izquierdo reflejando a la Luna, preocupando a Tiresias y a Apolo- Mientras el Sol gobierne, te verás forzado a ser un hombre. Cuando la Luna reine podrás ser una mujer. Así podré vigilarte, y saber con quién osas compartir el lecho, a sabiendas de que, si te descubro con Apolo, jamás volverás a ser una mujer –finalizó Ilíona, y tras su maleficio, el cuerpo de Tiresias se transformó en su versión masculina.
-¡Mi ama Artemisa! ¡No sea cruel! ¿Cómo se las arregló para romper el maleficio de su padre Zeus? –se estremeció Tiresias, tocando su cuerpo y notando que había sido forzado al cambio- ¡Mi señor Apolo! ¡Haga algo! ¡Me gusta ser un hombre también pero cuando yo prefiera serlo! –se preocupó Tiresias, pero Deífobo, en respuesta, solo se rascó la nuca.
-Me temo, Tiresias, que solo Artemisa puede romper y manipular los maleficios de Zeus a su conveniencia ya que, al ser su hija favorita, Zeus se lo permite. Sé agradecido de que no te negó la metamorfosis por completo, solo la condicionó –le recordó Apolo, y Tiresias miró a Apolo con ojos llorosos, lo que incomodó a Apolo-. Lo lamento, por más hermoso que te veas, prefiero a las mujeres. Tendrás que esperar a la noche –aseguró.
-¡No habrá nada incluso de noche! ¡Te veo con Apolo de noche, y rompo el sello por completo, y serás, permanentemente, un hombre! ¿Quedó claro? –amenazó Ilíona, por lo que Tiresias asintió perturbado- Ahora, ya que esto ha quedado claro, Deífobo… ¿en verdad no planeas apoyar en la Guerra de Troya? ¿Dejarás todo en manos de Reso? ¿Qué harás entonces? –preguntó preocupada.
-No haré nada ni remotamente parecido a todas esas tonterías de la Reina del Quersoneso, Ilíona –se quejó Deífobo-. Pero, he de reunirme con Hades. No me agrada en absoluto el que use a los demás Dioses como sus peones, mientras él lo disfruta. Iré contigo a Troya. Tiresias, tú vienes conmigo. Reso, tu prioridad deberá de ser dañar lo más posible a Poseidón –pidió Apolo, y Reso, reverenció en ese momento.
-Se hará su voluntad, mi señor –procuró Reso, mientras elevaba su cosmos a través del Faro de Delos, concentrándose-. Voy a encontrarlos, Jinetes de Helios, y cuando lo haga, harán mi voluntad –prosiguió él.
Anatolia. Egíalos. Bosques de Egíalos.
-¿Quién? –preguntó el Rey Mácar, despertando dentro de una cueva profundo dentro de los bosques de Egíalos, una ciudad cercana a los muelles gemelos de Antrados y Adramitio, ciudades conquistadas por los Aqueos al mando de Aquiles, Agamenón, y Menelao no hace mucho. Dentro de la cueva, golpeada gentilmente por la luz de una hoguera, una bella mujer, joven, y de cabellera enchinada, atendía a las heridas del Rey Macar, desprovisto en esos momentos de vestiduras, ya que su nueva armadura, la Glorie de Aetón, uno de los Caballos de Helios, el Sol antes de Apolo, se encontraba a las afueras de la cueva, como si montase guardia, lo que era curioso, ya que Mácar podría jurar que la veía moverse. Tras ajustar su vista, Mácar se dio cuenta de que no había sido su imaginación, Aetón, la Glorie, se movía, y parecía pastar- ¿Qué Espectros? –se estremeció Mácar, ganándose la atención de la Glorie, y de la bella mujer que intentaba forzarlo a descansar.
-No te muevas, Macareo, o volverás a abrir tus heridas –enunció la mujer, sorprendiendo a Mácar. La Glorie de Aetón, tras notar que Mácar volvía a regresar a su cama de paja, incapaz de moverse por sus heridas, volvió a pastar mientras montaba guardia-. Apenas y conservas la vida, Macareo. De no ser por Aetón, habrías muerto –le explicaba la mujer.
-¿Aetón? ¿Cómo los caballos de Helios? –preguntó Mácar, y la mujer asintió- Espera, ¿cómo es que sabes mi nombre? Desde que fui desterrado por mis hermanos Óquimo y Cérfaco, no he usado el nombre de Macario por miedo a entrar en conflicto con ellos. Entonces, ¿cómo es que tú lo sabes? –preguntó Mácar, incorporándose a como le permitían sus heridas.
-¿No me reconoces, Macario? –preguntó la bella mujer, ante lo que Mácar intentó forzar su vista, para verla mejor- No es sorpresa. Han pasado muchos años. Cuando nuestros hermanos, Óquimo y Cérfaco, los desterraron a ustedes 4 por asesinar a Ténages, yo era muy joven –le explicó ella con una bella sonrisa.
-¿Electriona? –se sorprendió Mácar, mientras la bella mujer sonreía y asentía- Electriona… mi hermana menor… la última vez que te vi aún bebías del pecho de nuestra madre Rodo. ¿Qué haces aquí en Mitilene? –le preguntó Mácar, y miró a Aetón con preocupación- ¿Y quién es ese, o eso? –preguntó con preocupación.
-Eso, tiene su nombre, Macario –le respondió Aetón, sorprendiendo a Mácar-. Mi nombre lo conoces, pero te lo repetiré. Aetón, uno de los sementales que tiran del carruaje de Helios. O al menos soy su cosmos. Tú eres Macario, uno de los Helíadas destinado a convertirte en un Jinete de Helios, y servir al Tercer Sol, Apolo –le explicó él.
-Déjame explicarle yo, Aetón. Tú solo lo confundirás –le pidió Electriona, y Mácar, en definitiva, ya estaba lo suficientemente confundido-. Comenzaré primeramente explicándote que no estás en Mitilene. No estamos siquiera en Lesbos. Estamos en Egíalos. Aetón te trajo aquí, ya que tus heridas eran muy graves, y poco te faltaba para convertirte en un Espectro –le explicó ella.
-Ya era un Espectro. Mácar de Mefistófeles, Estrella Celeste del Liderazgo –le explicó Mácar, pero Electriona lo negó-. Aunque… no siento más la influencia de Hades. Mi cosmos… se siente cálido y radiante ahora –aseguró.
-Hay mucho que explicar, y necesito que me escuches. Pese a tu longevidad, nunca perdiste tu primera vida. Pero Patroclo de Leo estuvo muy cerca de conseguirlo –le explicó ella, pero Mácar intentó replicar-. Solo escucha. Al vestir una Suplice, tu cuerpo era más difícil de matar que un cuerpo común y corriente. Esto es una trampa de Hades, quien intenta darle a los Espectros en su primera vida la falsa creencia de que son invencibles. De esta forma, los Espectros combaten en sus primeras vidas creyéndose inmortales en vida, para que, al momento de perecer, se inicie la posesión de sus almas por Hades. Un Espectro que pierde su primera vida, por siempre pertenecerá a Hades. Patroclo de Leo te hubiera asesinado si no poseyeras una Suplice, la Suplice es lo único que te mantenía con vida. Aetón, tras notar aquello, prefirió sacarte de Mitilene y traerte ante mí en Egíalos para curar de tus heridas –le explicó.
-¿Traerme ante ti? –preguntó Mácar, ante lo que Electriona asintió- ¿Por qué Aetón vino en mi auxilio? ¿Por qué decidió traerme precisamente ante ti? ¿Por qué no estás en Rodas con madre? –preguntó Mácar, estaba demasiado confundido.
-Eres uno de los Helíadas, ¿no te ha quedado claro? –preguntó Aetón, a quien Mácar no dejaba de mirar con preocupación- Apolo no permitiría que alguien tan valioso como tú cayera en manos de la falsa reencarnación que promete Hades –insistió.
-Aetón, déjame explicarle. Lo confundes más –sonrió Electriona, por lo que Aetón relinchó, pero volvió a pastar-. Solo los hijos del Dios Helios, los Helíadas, pueden usar las Glories de los Sementales de Helios que tiran del Trono del Sol. No tiene mucho tiempo que Apolo, el Dios de la Medicina y los Profetas, destronó a Helios del Trono del Sol, consumiéndolo, y dando nacimiento al Tercer Sol, por lo que todo cuanto pertenecía a Helios, ahora pertenece a Apolo –le explicó Electriona, y aunque confundido, Mácar comprendió que todo esto se lo explicaba por un motivo-. Hace algunos años, un hombre muy hermoso llamado Tiresias, un Profeta de Apolo, llegó a Rodas. Y ante nuestros hermanos Óquimo y Cérfaco pidió la lealtad de Rodas a Apolo. Rodo, nuestra madre, furiosa por semejante atrevimiento de un profeta que servía al asesino de su esposo Helios, lo expulsó de la corte. Tiresias entonces maldijo a nuestra madre diciéndole que sus hijos, Óquimo y Cérfaco, serían asesinados por los Telquines por la desobediencia, y que, si yo no abandonaba Rodas, sufriría el mismo destino. Al poco tiempo de que Tiresias abandonara Rodas, los Telquines regresaron. Mi madre… sacrificó su vida protegiendo a nuestros hermanos de la furia de los Telquines –le explicó Electriona.
-¿Los Telquines? ¿Regresaron a Rodas? –preguntó Mácar sorprendido- ¿Asesinaron a madre? –volvió a preguntar preocupado, y Electriona asintió, limpiándose una lágrima traicionera de los ojos- No voy a decirte que la noticia no me incomoda, pero no entiendo el por qué me cuentas todo esto. ¿Qué tiene que ver con Aetón y con esas tonterías de ser un Jinete de Helios? –preguntó Mácar, virando la vista, y notando a una sombra por el rabillo del ojo. Pero, al no sentir cosmos alguno, pensó que era su imaginación.
-Al día siguiente del asesinato de madre, una mujer, que también se llamaba Tiresias, se presentó ante nuestros hermanos Óquimo y Cérfaco, y enunció que los Telquines volverían noche tras noche, trayendo tragedias y muerte a Rodas, mientras yo permaneciera en Rodas –le explicó, y Mácar cerró sus manos en puños-. Fui forzada al exilio, y a convertirme en la aprendiz de Tiresias, quien podía convertirse en hombre y en mujer a voluntad –le comentó, lo que Mácar no se creía del todo-. Me forzó a convertirme en Sacerdotisa de Apolo, y a conservar la virginidad, ya que es plan de Tiresias el regalarla a Apolo. Me maldijo inclusive, a que hombre que me tocara con quien no compartiera la sangre, o quien no poseyera la sangre de un dios, sería envenenado con solo mi toque, y moriría de la forma más dolorosa posible. Espero que entiendas entonces, hermano, que Tiresias es demasiado peligroso como para desobedecerlo. Sigo sus órdenes sin basilar. Él… o ella, todo depende de su estado de ánimo, es quien me envió aquí, a Egíalos, a encontrarte, con las medicinas que salvarían tu vida –le mostró los ungüentos medicinales en los que había estado trabajando, y que ya cubrían gran parte del cuerpo de Mácar.
-De modo que este tal Tiresias no solo es responsable de la muerte de nuestra madre, sino que ahora te controla como a su marioneta personal –comentó Mácar con molestia, y Electriona asintió-. Y he de suponer que este tal Aetón, es otra de sus artimañas –se fastidió Mácar.
-Tiresias es muy poderoso, Macareo. Capaz de maldecir de formas muy peculiares a los mortales –habló esta vez Aetón, lo que molestaba a Mácar-. Tiresias inclusive, posee el poder de romper los Hados del destino, y desafiar a los Dioses Menores. No podrá romper las maldiciones de los Dioses Olímpicos, pero los Dioses Menores palidecen ante él. Rompió el pacto de las Glories a con Helios, y las entregó a Apolo. Las Glories sirven ahora a Apolo, el usurpador del Trono del Sol –le explicó Aetón.
-Lo que intentas decirme es que, al igual que Electriona, tú eres un peón de Apolo ahora –dedujo Mácar, y Aetón asintió-. Y ahora pretendes que me entregue a la voluntad de Apolo. ¿Porque? Él asesino a nuestro padre –le recordó a Electriona.
-Comprendo tu desprecio, Macareo. Pero no tenemos opción –enunció Electriona-. Tiresias es demasiado poderoso. Si no le servimos como nos pide, toda Rodas será tragada por el mar. Nuestro castigo por la desobediencia, podría ser mucho peor… -le explicó.
-Es así como tu hermana dice, Macareo –escucharon ambos, e incluso Aetón viró a los interiores de la cueva, mirando directamente a una sombra en la pared que no pertenecía a ninguno de los presentes. Esta sombra sostenía una lámpara atada a sus cadenas, el Faro de Delos-. Me presento ante ti, mi nombre es Reso de Asbolo, la Estrella Terrestre de la Equidad, pero que esto no te confunda, mi lealtad a Hades es por conveniencia, igual que lo es mi lealtad a Apolo –le comentó la sombra de Reso.
-Ese es el Faro de Delos… -comenzó Aetón-. Un artilugio de Apolo que gracias a Tiresias puede comunicarse con las Glories de Helios ahora consagradas a Apolo. ¿Por qué Apolo entregaría un artefacto tan poderoso a un Espectro? –preguntó Aetón.
-Porque Apolo es el dios más sabio y poderoso de todos. Un dios que por su intelecto podría ser más grande que Zeus –le explicó Reso, aunque los presentes en la cueva no estaban tranquilos por su presencia-. Escúchame, Macareo. Abandona tu odio por Apolo, y usa sus regalos para hacer su voluntad. Apolo te ha sonreído, te ha otorgado un poder superior a las Suplices de Hades, y te colmará de riquezas aún más grandes, si te entregas a su servicio. Tal vez inclusive, el poder de manipular los astros –ofreció Reso.
-De modo que Apolo espió mi batalla contra Patroclo –se molestó Mácar, y la sombra de Reso asintió-. Reso, ¿verdad? Tengo el presentimiento de que todo esto, sobre la muerte de mi madre Rodo, el destierro de mi hermana Electriona, y mi rescate por parte de Aetón, no han sido otra cosa que artimañas de Apolo para reclutarme a su mando. Maldición, me atrevería a pensar inclusive, que mi propio destierro por asesinar a mi hermano Ténages, también era parte de su plan. ¿Estoy en lo correcto? –preguntó Mácar.
-Siempre fue tu destino convertirte en un Jinete de Helios –le explicó la sombra de Reso-. Incluso el que llegaras al Inframundo despertando el Octavo Sentido, era parte de tu destino, Rey Mácar. Tienes una razón muy importante para servir a Apolo… si mueres… -comenzó la sombra, y Mácar hizo una mueca de desprecio.
-Los 4 Jueces del Inframundo me torturarán de por vida. Así que, Apolo me ofrece el poder de manipular los Astros, el poder de manipulación total del tiempo mismo, por jurarle lealtad. ¿Es eso lo que Apolo me ofrece, Reso? –preguntó, y la sombra de Reso, asintió- Entonces… Reso… dile a Apolo que tiene mi lealtad. Con el poder de la manipulación de los Astros, sumado a mi conocimiento del Retroceso Oscuro, podré tener la vida eterna por fin –sonrió Mácar, jurando lealtad incondicional a Apolo.
Lesbos. Palacio de Metinma.
-Esto… es horrible –enunció Patroclo horrorizado tras llegar a Metinma junto a Fénix y Trasimedes, solo para encontrar el cadáver empalado de la Princesa Pisicide, que en esos momentos estaba siendo retirado por los Mirmidones al mando de Anceo de Lymnades-. ¿Cómo permitiste que Aquiles hiciera esto? ¡Pensé que servirías de su concejero mientras Fénix me acompañaba a mí a la conquista de Mitilene! –enfureció Patroclo, encarando a Anceo.
-A mí no me culpes. Aquiles me ordenó esperarte, pero como tardaste tanto, también fui recibido por esta atrocidad –apuntó Anceo, mientras los Mirmidones daban sepultura a su cadáver de una forma más digna-. En realidad, el molesto aquí debería ser yo. Gracias a que tardaron tanto en la conquista de Lesbos, las naves Cretenses ya salieron de aguas de Lesbos. En estos momentos deben estar llegando a Quíos, lo que significa que perdí mi oportunidad de unirme a la incursión de Egipto –se fastidió Anceo.
-Cálmate Lymnades, ambos sabíamos que era una posibilidad –enunció Automedonte, quien llegaba en esos momentos con Antíloco-. El amo Poseidón sabía que esto era un riesgo, pero aceptó el que brindáramos apoyo a los Mirmidones. Y sobre el empedramiento de la Princesa Pisicide, Aquiles se negó a escuchar razonamiento alguno al respecto –le informó.
-Ya lo he reprendido severamente si es lo que te preocupa, Patroclo –enunció Antíloco, notando entonces que todas las atenciones en su dirección, estaban enfocadas a su rostro- No sé cómo explicarlo, pero… puedo ver otra vez… -agregó nerviosamente.
-¿¡Cómo!? –lo tomó del rostro Trasimedes, estirándole la cara, enfocándose en sus ojos- ¡No lo entiendo! ¡Ni siquiera tenías ojos! ¡Solo poseías cuencas vacías! –se escandalizó Trasimedes, y al estiramiento facial se unió Patroclo, quien comenzó a estirarle los parpados para verle los ojos mejor, lo que fastidió a Antíloco, quien se quitó a ambos de encima.
-Todo eso fue gracias a una bruja, Medea, quien, por cierto, pidió específicamente el empedramiento de Pisicide como castigo –comentó Aquiles, llegando ante el grupo-. Y no me mires con esos ojos de decepción, Patroclo. Estamos en guerra, el tiempo de sutilezas se terminó. Además de que estamos retrasados en el asedio de las ciudades restantes en el listado de Acamante –le recriminó Aquiles.
-Entiendo tu preocupación, Aquiles. Pero empedrar a alguien, es demasiado cruel –enunció Patroclo con molestia, pero Aquiles le dio la espalda, y se dirigió a los interiores del palacio. Patroclo miró a Antíloco, quien alzó y bajó los brazos indicando que no sabía qué decir, pero comenzó a seguir a Aquiles, e igual lo hizo Patroclo. Fénix se quedó atrás esta vez para ponerse al día con Automedonte, mientras Anceo y Trasimedes comenzaban a ordenar a las tropas en la repartición de víveres-. ¿En verdad no había una opción que no terminara en la ejecución pública de una princesa? Aquiles, Quirón no consentiría esto… -insistió Patroclo.
-Quirón me entrenó para mantener mi cólera bajo control, no dijo nada sobre ser condescendiente con mis enemigos –le respondió Aquiles, lo que molestó a Patroclo-. Hice lo que tenía que hacer para agilizar esta empresa, Patroclo, no consiento el que me juzgues al respecto. Ahora siéntate, tenemos que hablar –comentó Aquiles mientras el trio entraba en sus aposentos, donde una furiosa Briseida lo atacó al verlo llegar, pero Aquiles la tomó de la muñeca, azotándola al suelo, donde la mujer quedó tendida y adolorida-. Solo por eso, no volveré a atarte con cuerdas y cueros, sino con cadenas de bronce –se molestó Aquiles al notar que Briseida había cortado las ataduras de su poste.
-¡Me liberaré inclusive de unas estúpidas cadenas de bronce! ¡Juro que obtendré tu cabeza! –amenazó Briseida, abalanzándose contra Aquiles nuevamente, sacando un cuchillo de su túnica harapienta, pero encontrando a Patroclo tomándola de la muñeca, y desarmándola- ¡Patroclo! –agregó Briseida alegremente.
-Briseida, por favor deja de intentar asesinar a Aquiles. Ven, te ataré al poste… -le pidió Patroclo, pero Briseida intentó quejarse-. Briseida, ya hablamos de esto… fuiste capturada. No me gusta, pero es el derecho de Aquiles por conquista. Otras concubinas aceptan su destino. ¿Por qué tu no? –preguntó Patroclo.
-¡Asesinó a mi esposo! ¡Masacró a mi pueblo! ¡Considero que tengo todo el derecho de intentar vengarme! –insistió Briseida, pero Patroclo ya había preparado las cuerdas para volverla a atar a su poste- ¿Por qué tengo que aceptar someterme? –se fastidió Briseida.
-No tienes que aceptar nada, por mi intenta matarlo todo lo que quieras, pero ambos sabemos que no lo vas a conseguir –le recordó Patroclo, pidiéndole su mano-. Ahora, puedes dejarme atarte al poste por las buenas, o intentar asesinar a Aquiles, arriesgándote a que pierda la paciencia, y decida apedrearte como el salvaje que puede llegar a ser este imbécil –insultó Patroclo, molestando a Aquiles, y horrorizando a Briseida.
-Puedes atarme al poste… -enunció incomodada, y Patroclo la ató al poste-. No puedo creer que sigas a este imbécil, es un malnacido. Tú al menos tienes un buen corazón. Si me hubieran entregado a ti… -comenzó Briseida.
-¡Eres mi esclava, no de Patroclo! –enfureció Aquiles, y Briseida le sacó la lengua con molestia- Aprende tu lugar, esclava. Eres mi derecho de conquista, y comienzo a perder mi paciencia a contigo. He de recordarte que ya no eres una princesa, si yo lo quiero, puedo hacer lo que me plazca contigo –aseguró Aquiles.
-¡Aquiles! ¿Qué diantres te pasa? –enfureció Patroclo, empujando a Aquiles, quien estaba furioso- Escúchame, Aquiles… obtener esclavos y concubinas como preseas tras un saqueo, es tu derecho, y no voy a impedirte que lo reclames. Pero perder tu humanidad y entregarte a la tiranía, eso no lo consiento. Tratarás a Briseida como la princesa que es, hayas conquistado o no su reino –amenazó Patroclo.
-¿Estás desafiando mi autoridad? ¿Dónde quedó el faldero de siempre? –se fastidió Aquiles, Patroclo rugió, Aquiles rugió también, y Antíloco fue forzado a separarlos a los dos- Déjalo, se está ganando una buena paliza –comentó Aquiles molesto.
-Aquiles, ve y toma aire, yo hablaré con Patroclo –ordenó Antíloco, y Aquiles, tras gruñir como un tigre molesto, salió al balcón a tomar aire-. Patroclo, sé que la actitud de Aquiles es diferente de lo habitual, pero necesito que dejes de molestarlo y prender su cólera. Desde que salimos de Colona, Aquiles no ha vuelto a ser el mismo. Hay tanto odio en su interior, y estás avivando el mismo –le recriminó Antíloco.
-No puedes pedirme que lo vea convertirse en un tirano como Agamenón –le recriminó Patroclo, y Antíloco suspiró-. Agamenón podrá ser noble, y podrá ser leal a Athena, pero ambos sabemos que es gutural a la hora de conquistar otros reinos. Hasta ahora, Aquiles se había comportado honorablemente. No entiendo por qué se está desviando tanto de las enseñanzas de Quirón. ¿Empedrar a alguien hasta la muerte? ¿Enserio? –se quejó Patroclo.
-Yo tampoco lo consiento, pero es el castigo a la alta traición, y ante los ojos de Aquiles, Pisicide cometió alta traición ante su pueblo, fue el mismo pueblo quien la apedreó hasta la muerte –le explicó, pero Patroclo continuaba furioso-. Entiéndelo, Patroclo, estamos en guerra. No hay lugar para la bondad y para los buenos sentimientos. Perdonarle la vida a tu enemigo, podría ser fatal a futuro. Hay que ser determinantes en las guerras para terminarlas lo antes posible –le pidió.
-Eso se llama tiranía, y sé de alguien que vive con vergüenza por comportarse como un tirano, y aún hoy en día sufre sus decisiones, Diomedes –le recordó Patroclo, y Aquiles, en el balcón, cerró sus manos rompiendo la piedra del mismo-. Diomedes se avergüenza… y tú terminarás avergonzándote también, Aquiles. ¿Qué clase de héroe quieres ser? ¿Un tirano como Agamenón, o un héroe verdadero como Diomedes? –preguntó.
-Diomedes, Diomedes, Diomedes, ¿también vas a besarle los pies tú como lo hacen Shana y Odiseo? –se molestó Aquiles, y Antíloco tuvo que volver a intervenir- No sé qué tipo de héroe quiero ser. ¿Satisfecho? Pero sé de alguien a quien debo encontrar para averiguarlo. Lo siento, Patroclo, pero no puedo hacer más que ser lo más contundente que pueda, hasta encontrar una respuesta… y por eso, no puedes viajar conmigo. Vamos a dividirnos, y tú quedarás al mando de las fuerzas de Mirmidones que dejaré a tu cargo –comentó Aquiles, enfureciendo a Patroclo.
-Así que, no estoy de acuerdo con tus formas, y decides hacerme a un lado… -volvió a molestarse Patroclo, y Aquiles en respuesta, mantuvo su mirada desafiante en su dirección-. No puedes hacerme a un lado. Soy tu sombra, soy quien te mantiene con vida. ¿Qué pasará si no estoy cerca y te lastiman el talón? –preguntó furioso, y ante aquella mención, Briseida puso especial atención- Si te perforan el talón derecho, sabes que morirás –le recordó.
-Por esa razón debo aprender a sobrevivir sin tenerte cerca, imbécil –le recriminó Aquiles, ambos comenzaban a gruñirse nuevamente-. En varias ocasiones, ha sido gracias a tus advertencias que he salvado mi vida. No puedo permitirme que eso siga ocurriendo. Si quiero ser el héroe que será recordado en la historia, no puedo permitirme ser siempre salvado por ti. No te estoy haciendo a un lado porque me fastidie tu buen corazón, en todo caso, requiero de tu buen corazón para no volverme un tirano como bien has dicho –le apuntó al pecho, y Patroclo lo miró confundido, no se esperaba que Aquiles le diera la razón-. El empedramiento de Pisicide aún me perturba… si hubieras estado presente, lo habrías impedido, al menos eso fue lo que pensé, y no es sorpresa enterarme de que así es. Lo primero que hiciste al llegar ante mí, fue recriminármelo, algo que ni siquiera Antíloco hizo –lo miró Aquiles, y Antíloco suspiró-. ¿Lo entiendes ya? No puedo seguir viajando contigo, no de momento, porque acabo de darme cuenta de que lo único que me hace una buena persona, eres tú. Ya que, si Patroclo no está a mi lado, lo único que me importa es la gloria a costa de todo lo demás. Por eso te necesito lejos… para demostrarme a mí mismo que hay bondad en mi ser, sin que tú estés presente. Necesito descubrir el héroe que deseo ser por mí mismo, y no puedo concentrarme en las incursiones con este dilema en mi mente. La forma más rápida que se me ocurre de cumplir con nuestras obligaciones, y regresar a Troya para la batalla, es dividiéndonos. Es todo… -se fastidió Aquiles, y volvió a ver por fuera del balcón, suspirando, y liberando todo el estrés que guardaba.
-Eso… ha sido inesperado… -admitió Patroclo. Aquiles únicamente se limitó a seguirlo ignorando-. Pero puede que tengas razón… necesitas aprender a no entregarte a tu cólera por ti mismo, ya que no estaré siempre allí para detenerte –y Aquiles volvió a asentir-. Acepto el dividir las fuerzas, y tú, Antíloco, más te vale que lleves un buen registro de todo el accionar de este imbécil. Ya que lo moleré a golpes si me entero que se ha vuelto a comportar como un tirano –amenazó Patroclo, Aquiles esta vez solo aceptó el insulto sin encararlo.
-Estoy entre el pacifista y el tiránico, pero no puedo quejarme ya que me balanceo entre uno y el otro –aceptó Antíloco con molestia-. En vista de que Aquiles parece demasiado enfadado para continuar con esta conversación, te explicaré la división –prosiguió Antíloco, caminando hasta una mesa en medio de la habitación de Aquiles, anterior habitación del Rey Lepetimos, y mostrándole un mapa de Anatolia-. Para terminar con la conquista de Lesbos, solo falta una ciudad militar al sur, en Lineón –apuntó Antíloco, y Patroclo asintió encontrando el sitio en el mapa. En Lineón gobierna Antissa al nombre de su padre, el Rey Mácar, quien fuera el soberano de toda Lesbos –le explicó Antíloco, y ante la mención de la familia de Mácar, Patroclo se mordió el labio con molestia-. Uno de los ejércitos deberá conquistar Lineón, mientras el resto de los Mirmidones aprovecha la confusión para destruir su puerto, y zarpar con sus naves en dirección a Edium, comenzando con la conquista de los Hititas, un reino salvaje del cual se sabe muy poco, pero que aparentemente mantiene relaciones antagónicas con Egipto. Ya que los Cretenses van en incursión a Egipto, lo que se busca en Edium es una alianza potencial con el Imperio Hitita. En otras palabras, no son aliados actualmente de Troya, pero Egipto, que mantiene relaciones comerciales con Troya, sí lo es. Básicamente, intentaremos optar por el viejo dicho de «el enemigo de mi enemigo es mi amigo», y lograr una alianza con los Hititas que beneficie a ambos. ¿Tienes alguna preferencia sobre a qué ciudad incursionar? –preguntó Antíloco.
-Lineón –agregó Patroclo de brazos cruzados, mirando a Aquiles de reojo, quien continuaba mirando al mar desde el balcón sin prestar atención-. En Mitilene enfrenté al Rrey Mácar, quien escapó de mí. El enfrentamiento que sostuve con él fue en extremo honorable. Como respeto al Rey Mácar por la valerosa batalla, pretendo respetar la vida de su hija Antissa y mantenerla con vida al hacerla mi concubina –exclamó lo suficientemente alto para que Aquiles lo escuchara. El de Libra no le prestó atención, pero quien sí lo hizo fue Briseida, quien suspiró comprendiendo el destino de las princesas en las guerras, un destino con el que no estaba de acuerdo, pero que era muy real.
-¿Tomarás de concubina a una princesa cuyo atractivo no conoces? En verdad, Patroclo, que tienes demasiado corazón para participar en esta guerra –comentó Antíloco, pero Patroclo se mantuvo firme en su decisión-. Aunque no apruebo tus motivaciones, todo parece indicar que tu decisión es inamovible. Entonces continuaré… -regresó su atención Antíloco al mapa, y apuntó-. Una vez termine la conquista de Lineón y la destrucción de su puerto, Lesbos en su totalidad habrá quedado conquistada y se convertirá en un punto estratégico importante para mantener el suministro a nuestros dos ejércitos. Anceo quedará a cargo de Lesbos y mantendrá todos sus puertos controlados, mientras conquistas las ciudades que te correspondan, deberás mandar todo tributo que saquees a Lesbos, donde Anceo esperará al regreso de los Cretenses, y llevará los tesoros de regreso a Troya junto con los tesoros y suministros de Egipto. En tu caso, seguirás la ruta por las costas, zarpando de Lineón, hasta llegar a Focea, y tras su conquista, comenzarás el viaje de regreso a Troya saqueando Cima, Dide, y finalmente Egíalos, tras lo cual la siguiente ciudad es Adramitio, que ya ha sido conquistada. De allí el viaje de regreso a Troya te será más sencillo –le explicó Antíloco, y Patroclo analizó el mapa con detenimiento.
-¿Qué pasará con la incursión en dirección a Edium? –apuntó Patroclo en el mapa- Por lo que veo en el mapa, Edium y Focea están muy cercanas una con la otra aún si están separadas por el mar. La incursión ya sea de Edium o de Focea alertará sin duda a la otra. ¿No reforzará Edium a Focea o viceversa en caso de que yo llegue primero a Focea que ustedes? –preguntó Patroclo.
-Ya anticipamos eso, y por ello la división de ciudades que elegimos –le respondió Antíloco-. Te hablé del Imperio Hitita, tiene su capital en Esmirna, pero se extiende desde Esmirna, pasando por Clazomene, Tenos, Colofón, y Edium. Lo que significa que Edium y Focea están actualmente en guerra. El atacar una no provocará refuerzos de la otra –le mencionó Antíloco, y Patroclo meditó al respecto-. El Imperio Hitita también mantiene control actualmente sobre Quíos, Samos, Tropión y Cos al sur, se encuentra en guerra actualmente con Rodas, y previo a la llegada de Diomedes a Chipre, mantenían a la isla en asedio comercial, pero se vieron obligados a abandonar el asedio en Chipre por continuar con su guerra con Egipto –le explicó Antíloco, y Patroclo se sorprendió-. En palabras más comprensibles… si el Imperio Hitita está en decadencia… no puede mantener su guerra contra Egipto, no al menos en las condiciones actuales, ya que los Cretenses se dirigen también a Egipto que es aliada comercial de Troya. Los Hititas son un imperio marítimo muy poderoso, y son aliados potenciales muy valiosos. Lograr una alianza con los Hititas supondría inclusive la conquista de todo el Egeo. Pero… si se reúsan a la paz… -continuó Antíloco.
-El Imperio Hitita desaparece por completo –dedujo Patroclo, y Antíloco asintió-. El exterminio completo de una civilización si se niega a negociar la paz con los Aqueos… vaya dilema… de pronto, no sé qué sea más importante, si salvar la estirpe de Mácar y que su sangre continúe en Gea, o la posible extinción de toda una civilización –se preocupó Patroclo.
-Suena como si no tuvieras la confianza de que puedo ser diplomático, Patroclo –se molestó Aquiles, y Patroclo meditó al respecto-. Entiendo que estés desilusionado por enterarte de la muerte por empedramiento de la Princesa Pisicide, pero te informo que no soy un malnacido sin corazón. Pretendo que mi nombre sea recordado, pero preferiría que fuera por mis hazañas heroicas, no como un genocida que exterminó a toda una civilización –aclaró Aquiles, y sus palabras tranquilizaron un poco a Patroclo-. Dicho esto, tampoco puedo prometerte que no ocurrirá… todo dependerá de lo cooperativo que se muestren los Hititas –aseguró.
-Lo cual ya es preocupante tras Antíloco mencionarlos como un pueblo salvaje –agregó Patroclo con preocupación-. ¿Tengo tu palabra, Aquiles, de que, si me entero de la extinción de una civilización, será únicamente porque no te dieron la opción? –le preguntó Patroclo.
-Ya te lo dije, extinguir civilizaciones no es lo mío –se quejó Aquiles, pero extendió su mano-. Tienes mi palabra, Patroclo, de que haré todo lo que esté a mi alcance, para lograr entablar relaciones de paz con los Reinos Hititas –prometió Aquiles, y Patroclo le estrechó la mano, confiando en Aquiles-. Llevarás esta vez a Automedonte contigo además de a Fénix, y yo llevaré a Trasimides y a Antíloco conmigo –terminó Aquiles.
-Comprendo lo de Automedonte, es igual o más paranoico que yo sobre tu salud, pero, ¿estás seguro de prescindir de Fénix? –le preguntó Patroclo preocupado- Es el único que puede atender a tus heridas por tu sangre. No me había quejado antes porque no estábamos tan lejos, pero, con este plan, si te hieren… -se preocupó él.
-No me herirán –sonrió Aquiles-. Ya no más. Combatiré tan fieramente, que mis enemigos me pensarán verdaderamente invulnerable. Trata de hacerme frente cuando eso pase, faldero –se burló Aquiles, y Patroclo suspiró, sabiendo que no importaba lo que pasara, ante Aquiles, él siempre sería un faldero.
Troya. Décima Ciudadela, Illión. Sala del Consejo Troyano.
La Sala del Consejo Troyano se encontraba bulliciosa, con varios miembros de la alta sociedad de Troya en una frenética discusión, mientras en medio del recinto, tres Suplicios Obsidiana se posaban impacientes a que comenzara la reunión pactada por Príamo.
El consejo de los líderes Troyanos tenía bastante tiempo que no se reunía, no al menos desde la expulsión de Casandra del mismo. Se suponía que el Consejo de los Seis contara siempre con la presencia de seis de los hijos de Príamo además de la presencia de la Reina Hécuba, pero tenía tiempo ya que esto no se cumplía. No solo Héctor se encontraba ausente, por lo que tuvo que ser reemplazado en el consejo por Ilíona, pero esta no se encontraba en el consejo por su viaje por el Quersoneso Tracio. Además, Trolio también se había retirado del consejo para sumarse a la guerra, dejando un puesto vacante en el consejo. Sin Ilíona, y con un puesto aún vacante, los miembros del Consejo de los Seis incluían únicamente en estos momentos a Heleno, Polixena y Laódice, pero hacía falta alguien más en el consejo, y por su ausencia, la reunión no podía comenzar.
Los tres Suplicios Obsidiana que se encontraban en esos momentos frente a la horda de molestos políticos Troyanos, estaban conformados por Niso y Asio, 2 de los 3 Reyes del Quersoneso tras la destitución forzada de Hitarco. Al otro Rey del Quersoneso, Poliméstor, ya no se le reconocía como tal, ya que su título había pasado a manos de su esposa, Ilíona, la ahora llamada Reina del Quersoneso, que era además la razón del disgusto de los políticos Troyanos, quienes se negaban a aceptar a Ilíona como la soberana del Quersoneso Tracio, y recriminaban tanto a Niso como a Asio, el subordinarse bajo sus órdenes.
El último de los Suplicios obsidiana, era el hermano tanto de Niso como de Asio, Hipocoonte, quien se sobaba los adoloridos pies tras su forzado viaje descalzo desde Abidos hasta Troya. A él también recriminaban los políticos Troyanos, acusándolo de abandonar Abidos y Percote, lo que les había hecho perder el control del Helesponto, además de que acusaban a los Misios de no apoyar a Troya, y exigían que Príamo hiciera algo al respecto.
Por su parte, Príamo, ya muy molesto, estaba a punto de estallar contra los políticos Troyanos. Más el receptor de su odio en esos momentos no eran ellos, sino Paris, quien por fin se dignó a entrar en la Sala del Consejo Troyano, perezosamente además, como si hubiera dormido bastante bien mientras toda Troya había permanecido despierta y con miedo.
-Oh vaya, parece que llego tarde –se burló Paris, recibiendo las quejas de los políticos Troyanos, mientras los miembros del consejo se mantenían tranquilos, y los Suplicios Obsidiana se arrodillaban ante la presencia de Paris-. Creatían Taurus, Citerón, y Cabra Montes. Es bueno saber que hay entre los Suplicios Obsidiana algunos que no han demostrado ser enteramente incompetentes. Después de perder a 5 de los 12, comenzaba a sentirme inmensamente molesto. Ya que ni uno solo de los Caballeros Dorados ha muerto aún –sentenció Paris furioso.
-Paris… -interrumpió Príamo, a quien Paris miró de reojo-. Comprendo que hayas pasado una mala noche. Después de todo, toda Troya pasó muy mala noche. Pero he de recordarte que la reunión actual, no tiene que ver con la efectividad de los Suplicios Obsidiana. Espero lo comprendas –agregó Príamo de forma neutra. Después de todo, sentía un inmenso desprecio por Paris, ya que gracias a él Troya se encontraba en una guerra, pero sabía al mismo tiempo que Paris era Hades, algo que solo quienes pertenecían al ejército del Dios del Inframundo conocían, ya que el resto de pobladores solo sabía que Príamo y la Familia Real veneraban a Hades.
-Es verdad, padre, mis más humildes disculpas –declaró Paris sonriente-. Solo deseaba transmitir mi aprecio por miembros de la orden de Espectros, que han cumplido efectivamente con su papel. Ya que, en dos años de guerra, y pese a los intentos de los presentes, 28 de los 108 Espectros, o han muerto, o han desertado. Considero que los 80 remanentes sabrán que se está avergonzando a la Orden de Hades –declaró Paris molesto.
-Lo comprendo, Paris. Y atenderé a tus preocupaciones –prosiguió Príamo, y Paris se acomodó en su trono, divertido, e impaciente-. Asio, Niso e Hipocoonte. En el nombre de Troya, y pese a las idiotas quejas de los políticos aquí presentes, les doy las gracias por venir en auxilio de nuestra ciudad –declaró Príamo, y su pueblo, sus políticos, enfurecieron-. ¡Silencio! –gritó entonces Príamo, divirtiendo a Paris- ¡No escucharé balbuceos sin sentido de burócratas inútiles, que no han hecho más que quejarse! ¿Acaso no lo entienden? ¡Estamos en asedio! ¡Es normal que los alimentos escaseen! ¡Y en lugar de mostrar descontento, deberían alabar a ellos quienes han traído suministros, hayan abandonado sus reinos o no! –se quejó Príamo.
-Por fin te escucho hablar con coherencia, padre –escuchó Príamo, mientras las puertas de la Sala del Consejo Troyano se habrían, y Héctor entraba por las mismas, seguido de Eneas, y de Trolio-. Niso, Asio, Hipocoonte. ¡Sean bienvenidos! ¡Ya que, pese a nuestra derrota de esta mañana, hoy Troya es más fuerte que nunca! –declaró Héctor, tomando posesión del consejo, y dirigiéndose a los políticos Troyanos- Hoy viven y respiran por los hombres de Dárdanos, hoy comen y se embriagan por los Pestaltas a quienes por años llamaron salvajes, pero quienes vinieron en su auxilio cuando más los necesitaron. Hoy la soberbia Troya se fortalece, ya que, gracias a la avanzada Aquea, nuestros pueblos han encontrado a un enemigo en común. Enemigo al que aplastaremos, sellando por fin la alianza entre los Troyanos, los Dardanelos, y los Hijos del Quersoneso. ¿No es eso lo que siempre hemos querido padre? ¿Una Anatolia y Tracia unificada? –preguntó Héctor, pero en lugar de esperar su respuesta, se dirigió a Asio- En nombre de la Casa Real de Troya, Asio, tienen mi agradecimiento –aseguró Héctor.
-Agradece a tu hermana Ilíona, Héctor, que todos maldecimos a Príamo por brindarle su apoyo a Paris –le recordó Asio, Príamo tragó saliva con fuerza, y Paris se limitó a sonreír malévolamente-. He de admitir, sin embargo, que ahora apoyamos a Paris sin queja alguna. Es él, ¿no es así? –susurró la última parte Asio.
-Es él, aunque ha solicitado mantenerlo en secreto del pueblo, dice que de esa forma divide entre los leales y quienes no lo son –le regresó los susurros Héctor, y Asio suspiró incomodado-. Pero alégrate, Asio. Hades está del lado Troyano. ¡Y ahora es cuestión de tiempo, para que los Aqueos caigan! –enunció nuevamente en voz alta Héctor, mirando a los políticos Troyanos- Mientras los débiles pensaron el Rapto de Helena una maldición, los Príncipes y Princesas Troyanos siempre hemos sabido que esto no es más que el inicio, de lo que por derecho siempre deseamos. ¡Expandir a Troya hasta Hélade, la Argolide, Tesalia, y hasta llegar a las Columnas de Heracles, creando el imperio más grande jamás conocido por el hombre! –exclamó Héctor.
-Los humanos son en verdad impresionantes. Atesoran la guerra, ya veo por qué son tan emocionantes para ti, Athena –susurró Paris para sí mismo, mientras Héctor cambiaba la forma de pensar de los políticos Troyanos con la promesa de riquezas y poder, pese a que todos ellos habían venido a exigir a Príamo acceder a las demandas Aqueas.
-Lo estamos logrando, hermanos… Dárdanos y el Quersoneso Tracio nos apoyan… y es cuestión de tiempo para que Hipoplasia, los Hititas, y otros reinos más, se unan a nuestra causa. ¡Controlaremos el Egeo en su totalidad! ¡Y las riquezas de Hélade serán nuestras! –declaró Héctor, y los avaros políticos comenzaron a aceptar la idea de Héctor.
-¡No, Héctor! ¡De esta guerra nadie se beneficiará! –escucharon los presentes. De entre la muchedumbre, Antenor salió, enfureciendo a Hipocoonte, y a Ifimadante, también entre la multitud- Príamo, ya es suficiente mi rey. Héctor puede clamar que con la llegada de los Pestaltas nuestros números son superiores a los Aqueos, y tal vez lo sean ya que ni Cretenses, Atenienses, Elidéos, o Mirmidones, se encuentran en los campamentos, los Nauplios les han abandonado y más de la mitad de los Salaminos siguen en Tracia, pero la realidad es otra. 1,000 Salaminos rompieron las filas de 40,000 Pestaltas. Con el respeto que se merecen nuestros hermanos en el Quersoneso, los Aqueos son todos pueblos guerreros y belicosos. Solo hemos sobrevivido hasta ahora por estas murallas. En toda la historia de Anatolia, solo los Hititas al sur se entregaron al conflicto bélico. En comparación, los Hijos del Quersoneso son un puñado de tribus sin entrenamiento militar, que caerán en grandes números contra la superioridad Aquea –aseguró Antenor.
-¡Eres el menos indicado para hablar, vejestorio! –le apuntó Hipocoonte, preparando sus armas- Príamo, es gracias a este traidor que Polidoro fue empalado y apedreado hasta casi la muerte. Él fue quien incitó a Áyax El Grande a negociar un intercambio de prisioneros –le apuntó Hipocoonte, enfureciendo a los políticos Troyanos, y forzando a Príamo a alzar una ceja-. Deberíamos ejecutarte. Áyax ya no tiene a Polidoro para negociar por tu vida –amenazó.
-Me tiene a mí para protegerlo, Hipocoonte, y a toda Dárdanos. Lo tocas, y pondremos a prueba la dichosa lealtad que Héctor profesa –amenazó Eneas, sorprendiendo a Héctor-. Todos estamos del mismo lado, nos guste o no, y Antenor ha buscado la forma más adecuada de terminar con esta guerra, la diplomacia… ustedes pueden hacer de la vista gorda, y aplaudirle a Paris su depravación… Dardanos está en esto por necesidad, no por lealtad a Troya. Así que reitero, Héctor, ya que no planeo dirigirle la palabra al imbécil de tu padre. Quieres mantener la lealtad entre Dárdanos y Troya, entonces perdona a Antenor… no se debe castigar a quien usa la cabeza –le aseguró Eneas.
-¡Antenor no merece ser llamado Troyano! –enunció Ifimadante- Eneas, no escupas en la alianza entre nuestros pueblos. Antenor nos ha traicionado. Si yo puedo negarlo como padre, tú puedes negarlo también como guerrero –acusó Ifimadante, hiriendo profundamente a Antenor.
-Vergüenza debería darte, el negar a tu padre de esta forma, mocoso –defendió Eneas, y se dirigió a Héctor nuevamente-. Solicito a Antenor para mi corte. Eso solucionará los problemas que tienen a con él, ¿no es así? Le entregaré la ciudadanía de Dárdanos. ¿La aceptas, Antenor? –preguntó.
-Con humildad, y respeto, mi señor Eneas –reverenció Antenor, miró a Héctor, y el hijo de Príamo asintió-. Pero no dejaré de exponer mi mensaje. Príamo, eres un rey sabio, seguro podrás entenderlo. Hemos vivido este asedio por dos años. Desiste, aún no es tarde. Anatolia, el Quersoneso Tracio, Hélade y la Argólida, pueden ser la nación inmensa y poderosa que desea Héctor, bajo la vía de la alianza y la diplomacia –suplicó Antenor.
-La alianza y la diplomacia es la lengua de los débiles, Antenor –le respondió Príamo tras virar su vista a Paris, quien asintió en ese momento-. Somos Troya… no mediamos, no negociamos… exigimos y castigamos. Los Aqueos quieren restitución por el supuesto Rapto de Helena, cuando la realidad es que ella ha venido de propia voluntad. Se presentaron ante nuestras puertas como conquistadores, y dictadores… son ellos quienes deberán restituirnos, no nosotros –aseguró Príamo, y Antenor se deprimió aún más, encontrando como único consuelo la mano de Eneas sobre su hombro-. Y sobre la escases de alimentos y tesoros, mis señores, me temo que tendrán que acostumbrarse, ya que a partir de este momento, se prioriza el alimento a los militares, por sobre del alimento proporcionado a los nobles. ¡Príamo ha hablado! –declaró Príamo, los miembros del consejo se escandalizaron, los políticos enfurecieron, y los soldados presentes, celebraron.
Campamentos Aqueos. Empalizadas Exteriores.
-Si no supiera que sigo con vida, pensaría que los Troyanos ganaron la guerra. ¿Qué es ese escándalo que escucho? –se quejó Menelao, saliendo por las empalizadas de madera, y encontrando a Diomedes y a Odiseo fuera de las mismas, igualmente sorprendidos, mientras más y más miembros de los ejércitos Aqueos salían de sus tiendas para escuchar el escándalo y la celebración que al parecer ocurría en Troya- No soy el único que está escuchando esto, ¿verdad? –agregó preocupado.
-Con lo agotado que estoy, ya no estoy seguro de la mitad de lo que escucho. Anficlas incluso me sacó de la tienda por confundir a Lodis con ella, oficialmente soy compañero de tienda de Odiseo –se quejó Diomedes ojeroso, y Menelao miró a Odiseo con curiosidad.
-Lodis está bien, Diomedes solo la jaló debajo de las pieles, que ya compartía con Anficlas por cierto, cuando Lodis entró en su tienda para cuidar de Cinortas. Anficlas despertó a tiempo para encontrar a su esposa en brazos de su esposo –le explicó, a lo que Diomedes reaccionó con una mueca-. Apuesto a que te perdonará en un par de semanas –se burló Odiseo.
-Doblo la apuesta, Anficlas estaba muy enojada cuando vino a hablar conmigo a mi tienda –enunció Agamenón, llegando ante el grupo también-. Estimo un mes. Estaba bastante enojada, y se sentía traicionada –aseguró.
-¡No alcance a propasarme con Lodis! ¡Y aunque no lo crean, grupo de malos amigos que apuestan con mis desgracias, soy fiel a Anficlas! –aseguró Diomedes, y el grupo lo miró con incredulidad- Hablo enserio –se defendió el Argivo.
-Diomedes, después de lo de Egialea, no te creo ninguna promesa de fidelidad –le comentó Menelao, fastidiando a Diomedes aún más-. Pero, Anficlas te quiere demasiado, apuesto una semana –sacó los óbolos suficientes Menelao, y se los entregó a Odiseo, igual que hacía Agamenón con los suyos, mientras Diomedes se molestaba aún más-. Pero dejando las apuestas y las infidelidades de Diomedes de lado. ¿Qué podría significar tamaña alegría de los Troyanos, que no han intentado resumir con las hostilidades? –preguntó Menelao curioso.
-Sea lo que sea, debemos aprovecharlo para descansar a nuestros hombres –declaró Agamenón, ganándose las miradas de sorpresa de los presentes-. ¿Qué? Estoy cansado, todos están cansados, y gracias a la llegada de los Hijos del Quersoneso, estamos en desventaja numérica. Prefiero esperar a la llegada de nuestras tropas que enviamos a desenterrar los tesoros que dejamos enterrados en Colona, y esperar pacientemente al actuar Troyano, antes que salir como locos desquiciados a estamparnos contra las murallas, y rezarles a los caballos de Diomedes para sobrevivir –se quejó Agamenón.
-Me alegra escuchar que ha elegido ser más razonable, mi Rey Supremo –enunció Odiseo, aunque ligeramente preocupado-. Pero me temo, que la alegría Troyana es sinónimo de preocupación para los Aqueos. La llegada de los Hijos del Quersoneso, solo traerá más muerte y sufrimiento –aseguró Odiseo, mientras los gritos de los soldados Troyanos resonaban con fuerza.
Décima Ciudadela, Ilión. Palacio de Troya. El Estudio de Heleno.
-Celebren todo lo que quieran, imbéciles… han extendido esta guerra más de la cuenta con sus tonterías –se quejaba Heleno, mientras caminaba de un lado al otro de su estudio. Había escapado de la Sala del Consejo Troyano tras la declaración de Príamo sobre priorizar el alimento para los soldados por sobre los alimentos para los nobles. La noticia inclusive, no tardó nada en filtrarse y llegar a oídos de los soldados, quienes ya celebraban desde la Ciudadela de Capis, hasta la de Asáraco, que eran las únicas tres ciudadelas frecuentadas por los soldados, con pequeñas excepciones de los soldados que se hacían con tesoros suficientes para darse una escapada a Gamimedes, la Cuarta Ciudadela, para comprar servicios para pasar una buena noche- Todos son unos imbéciles… estamos perdiendo la guerra y nadie se da cuenta. Ahora hay 40,000 Pestaltas en Troya. Son 40,000 bocas más que alimentar. Además, ¿cuántas ciudades en el Quersoneso Tracio continúan de pie? ¡Los Aqueos nos están destrozando! –enfureció Heleno, lanzando su bastón, pateando sillas, tumbando las mesas, y haciendo destrozos por todas partes.
-Muy bien, Heleno, libera toda tu ira contenida –escuchó Heleno, encontrando a Paris tras de él-. Esta guerra, es todo un deleite –continuó Paris, y Heleno, sorprendido, terminó por arrodillarse frente a Paris, notando a Polixena detrás de él además.
-Mi señor Hades, mi señorita Pandora –reverenció Heleno, y apenado comenzó a levantar todo en su estudio, volviendo a recuperar el orden-. Mi señor, le expido una disculpa. No era mi intensión que me viera en un momento tan deplorable. La verdad es que… -intentó excusarse.
-Calma, calma, olvídate de esas cosas de Señor Hades, y Señorita Pandora, tan solo somos Paris y Polixena, Heleno. No estoy jugando exactamente al Dios del Inframundo, allí abajo es un caos en estos momentos –se burló Paris, admirando el estudio de Heleno-. Tiene tiempo que no me paseo por aquí, pero en vista de que Poseidón y Apolo parecen estar moviendo sus piezas, consideré pertinente el mover las mías también. No es que haya muchas piezas que mover, la verdad, la situación actual de la Guerra de Troya me es en extremo satisfactoria –aseguró Paris, lo que confundía a Heleno.
-Tranquilízate, Heleno, todo es parte del plan de nuestro Señor Hades –le informó Polixena, pero Heleno continuaba bastante confundido-. El odio de la población hacia Paris, la unión entre los pueblos del Quersoneso con Troya y Dárdanos, y las guerras que están por librarse entre los Hititas contra los Mirmidones, y los Egipcios contra los Cretenses, todo es el deseo de nuestro señor Hades –aseguró ella.
-¿Los Hititas y los Egipcios están por involucrarse en esta guerra también? Mi Señor Hades, ¿no le parece que esta guerra se está saliendo de control? –preguntó Heleno consternado, mientras Paris tomaba algunos cueros de los cofres de Heleno, y comenzaba a leerlos- Si los Hititas y los Egipcios entran en conflicto también, Troya será completamente diezmada. ¿No ha habido ya suficientes muertes? –preguntó él.
-Heleno, Heleno, cada dios tiene un objetivo distinto en esta guerra, pero los únicos que se la están tomando enserio son Athena y Poseidón… -meditó Paris entonces sobre aquello-. Bueno, tal vez Artemisa y Afrodita también, aunque Afrodita está más concentrada en criar a su hijo en estos momentos. Apolo solo quiere asesinar a Poseidón, y yo que reine el caos. En realidad, mi único descontento con esta guerra es el que hayan sellado a Ares dentro del Escamandro. Sinceramente, me sentiría más complacido si Eris ya hubiera sido convocada por Ares –le aseguró.
-No lo entiendo, mi señor. ¿Acaso desea la caída de Troya? –le preguntó Heleno confundido, mientras Paris continuaba leyendo más y más cueros, como si ya estuviera bastante aburrido- Troya le es fiel. Lo único que queremos saber es lo que Hades desea, y se hará su voluntad –aseguró Heleno.
-Troya ya está haciendo mi voluntad, Heleno. Todos lo hacen –aseguró Paris-. Para tu tranquilidad, no estoy buscando la caída de Troya, sino la completa aniquilación de todos los pueblos de Hélade, de la Argólide, y del Egeo. Destruir a la estirpe heroica, que cuando la Guerra de Troya termine, no quede vestigio alguno de la sangre de los grandes héroes. En otras palabras, Heleno, busco el fin de la Era de los Héroes –le explicó Paris, lo que aterraba a Heleno-. Pero claro, todo esto viene con un pequeño trato que celebramos Zeus y yo en secreto, trato que te beneficia. Zeus me deja hacer mi voluntad, extinguiendo la sangre heroica de los humanos, siempre y cuando la sangre de Príamo no desaparezca de este mundo. En la medida en que se cumpla esto, Zeus se mantendrá al margen de esta guerra –aseguró Paris.
-Si ese es su objetivo, mi señor, necesito saber por qué lo desea tan fervientemente –le pidió Heleno, y Paris se limitó a hacer una mueca de descontento, por lo que Heleno supuso que se estaba metiendo en un terreno que Hades no deseaba que fuera explorado-. Mi señor, lo único que me queda claro de esta guerra, es que usted la desea y que además no desea la caída de Troya. Sabe además que Casandra está en el bando Aqueo, y que con sus habilidades puede darle a los Aqueos una ventaja. Le pido que me confíe la verdad, y yo le juro hacer su voluntad –se arrodilló Heleno ante Paris, quien miró a Polixena con curiosidad. Polixena aparentemente estuvo de acuerdo con involucrar a Heleno.
-Bien, Heleno, te lo diré –le sonrió Paris, y Heleno le prestó toda su atención-. Zeus y yo compartimos un mismo objetivo en este momento, el cual es mantener el equilibrio del universo tal cual está en estos momentos –le comentó Hades, y Heleno prestó toda su atención-. Han ocurrido algunos acontecimientos que han desestabilizado el dominio de Zeus sobre el Olimpo, y todo comenzó con Hefestos engañando a Hera y exigiendo a Zeus un Trono en el Olimpo –le explicó.
-Incluso nosotros hemos escuchado la historia, Heleno –continuó Polixena-. Sobre el cómo Hefestos construyó un trono para Hera, un trono maldito del que no podía ponerse de pie a menos que Hefestos la liberara, y del como Hefestos, un dios débil, se atrevió a exigirle a Zeus un trono en el Olimpo para liberar a Hera –Heleno asintió recordando aquella historia-. Y Zeus, en lugar de fulminar a Hefestos, accedió. Zeus pensaba que estaba siendo diplomático, pero solo terminó por mostrar debilidad ante los Dioses Olímpicos –aseguró.
-Sin mencionar que Zeus cometió su primer error en ese momento –declaró Paris, un tanto molesto tras recordarlo-. Debía elegir a un dios al cual desterrar del Olimpo, para darle un trono a Hefestos. Hera era la esposa de Zeus, Poseidón y yo sus hermanos, Hermes, Ares y Apolo sus hijos, Artemisa y Atenea eran sus hijas favoritas, Demeter y Hestia sus hermanas, y Afrodita era demasiado valiosa pese a ser la elección menos dañina. La decisión para Zeus no era para nada sencilla, pero la resumió entre Hestia, Ares y Apolo –continuó Hades, pensativo-. La decisión más pertinente, hubiera sido la de entregarle el trono de Hestia. Después de todo, mi hermana no deseaba pertenecer a los Dioses Olímpicos. Pero, para Zeus, Hestia era inmensamente sumisa y manipulable, por lo que nuevamente, Zeus solo concentró en dos opciones. Apolo, y Ares. Ares es un dios muy violento, y no es del agrado de Zeus, pero Zeus sabía que desterrar a Ares sería traer consigo su ira. Además, Apolo cada vez era un dios más amado entre los mortales, algunos incluso lo llamaban superior a Zeus, y Apolo se creía tan intocable, que sintió que no era suficiente el ser solamente el Dios de los Profetas, la Medicina, y la Música, sino que se atrevió a soñar con gobernar sobre el cielo mismo, y a sentarse en el Sol. Helios era el Sol antes de Apolo, Helios era el Olímpico antes de Apolo, y Apolo, lo asesinó para quedarse con su reino, su dominio, y su culto. Apolo se había vuelto tan poderoso, y tenía el apoyo de Artemisa, que Zeus le perdonó el usurpar el Sol. Pero el rencor de Zeus era muy grande, así que eligió, usando a Hefestos como la excusa perfecta, desterrar a Apolo y entregarle su trono a Hefestos. ¿Cómo termino eso? –preguntó Paris.
-Con la Rebelión de Apolo –prosiguió Polixena-. Tras el destierro, Apolo convenció a Poseidón de levantarse en contra de Zeus. Ambos lo enfrentaron en el Olimpo, y encadenaron al Dios Supremo a su cama, sellándolo dentro del Templo de Zeus, y reclamando el Trono del Cielo –prosiguió Polixena, divertida por aquella historia.
-Poco sabía Zeus de que la rebelión de Apolo y Poseidón, había sido encausada por Hera, o al menos Zeus lo desconocía en ese momento –le explicó Paris, él sí que recordaba lo acontecido, allí donde Polixena solo lo podía imaginar-. Y frente al Trono del Cielo, dentro del Templo de Urano, solo Atenea se posó desafiante. Antes prefería tomar ella misma el Trono del Cielo, que permitir a Hera, a Apolo o a Poseidón, tenerlo –enunció, y aquello levantó el terror en el rostro de Heleno.
-¿El Ciclo Infinito de los Dioses? –preguntó Heleno, y Paris asintió, sabiendo que Heleno lo había comprendido- Ya lo entiendo… la profecía que Urano profirió ante Cronos de que sería uno de sus hijos quien lo destronaría cuando los Titanes se levantaron en su contra y le arrebataron el Trono del Cielo, y que Cronos profirió ante Zeus tras ser destronado durante la Titanomaquia. La profecía de Rea, la madre de Zeus, se estaba volviendo una realidad. Indirectamente, Apolo y Poseidón estaban sentando a Atenea en el Trono del Cielo –se sobresaltó Heleno.
-Exacto… -reveló Paris uno de los Secretos de los Dioses, uno que profetizaba el cambio en el Orden Divino-. Pero afortunadamente, una Nereida, Tetis, la madre de ese Aqueo, Aquiles, liberó con su magia del Tártaros al Hecatónquiro Briareo quien, leal a Zeus, subió al Olimpo, liberó a Zeus, y ambos detuvieron a Atenea antes de que la Diosa de la Sabiduría y la Guerra pudiera reclamar el Trono del Cielo, evitando así que se cumpliera el Ciclo Infinito de los Dioses –le explicó Paris, y Heleno asintió ante aquellas palabras-. Al ver a los Dioses rendirse, parte de la ira de Zeus se apaciguó, pero solo perdonó a Atenea, al ella argumentar que había simplemente defendido el Trono del Cielo, sin pensar en reclamarlo. A Hera, a Apolo y a Poseidón, no les fue igual. Hera fue colgada del cielo, hasta jurar jamás volver a intentar derrocar a Zeus, y en cuanto a Apolo y a Poseidón, los convirtió temporalmente en Mortales, y los forzó a trabajar en la construcción de las Murallas de Troya al servicio del Rey Troyano Laemonte. Ya sabes esa parte de la historia –aclaró Paris.
-Pero eso no me dice, el por qué desea tanto esta guerra, mi señor Hades –insistió Heleno, mientras Paris movía su dedo en señal de negación, indicando que se preparaba para informárselo, por lo que Heleno esperó.
-Todo está conectado, Heleno, tan solo los Mortales no pueden verlo realmente –le sonrió Paris malévolamente-. Apolo no se detuvo en su deseo de volver a formar parte de los Dioses Olímpicos, por lo que decidió, así como hizo con Helios, el robarle su trono a Poseidón, asesinándolo mientras era un mortal, destruyendo su Cuerpo Original, y subiendo al Olimpo para reclamar el trono del Dios de los Mares, mientras Zeus, distraído y en mis dominios, exigía que el alma de Poseidón no entrara al Tártaros, y en su lugar fuera sujeto a la reencarnación –le explicó Paris, una parte de la historia que Heleno desconocía además-. Apolo ya llegaba al Templo de Poseidón en el Olimpo, cuando encontró a Atenea, nuevamente, impidiendo a Apolo hacer su voluntad. Atenea y Apolo se enfrentaron, hasta que Zeus regresó con el alma de Poseidón al Olimpo. Con su plan frustrado, Apolo juró venganza ante Atenea, ante Poseidón, y ante Zeus. Por otro lado, Poseidón, conmovido porque Atenea hubiera protegido su trono, selló la alianza que trajo consigo el descontento de Zeus, y mi alianza con él –aseguró Paris, y Heleno decidió no interrumpirlo, sabiendo que faltaba aún más en el relato-. Verás, Heleno. Todos esos factores, el que Hefestos exigiera un Trono en el Olimpo, el que Hera, Apolo y Poseidón hayan iniciado una rebelión, el que Apolo asesinara no solo a Helios, sino a Poseidón, y que al final su hermano se aliara con su enemiga acérrima desde que ambos se disputaron la pertenencia de la Ciudad de Atenas, fueron eventos que pusieron muy en duda la grandeza de Zeus sobre el Olimpo. Así fue como entre Zeus y yo planeamos la guerra que desestabilizaría a los Dioses. La Guerra de Troya no fue un accidente, nosotros la orquestamos –admitió Hades.
-Fue en la boda de Tetis con el Rey Peleo, celebrada en el Templo de Atenea, donde asistieron los Dioses, y donde Eris lanzó la Manzana de la Discordia –susurró Polixena, intimidando a Heleno-. Fue a Helena, la Reencarnación de Perséfone, a quien Afrodita ofreció a Paris, y fue a Paris, a quien Pandora, que soy yo, eligió como el contenedor del alma de Hades. Podremos fingir demencia para muchas cosas, y hubo muchos profetas quienes intentaron detenernos, pero todo lo que ocurre en esta guerra, es el deseo de dos Dioses en específico, de Hades… y de Zeus… todo por desequilibrar a los Dioses Olímpicos, y devolver el Dominio Divino a Zeus, mientras Hades, obtiene a las almas de los héroes más grandes de todos los reinos, como potenciales Espectros que utilizará en todas las guerras futuras. ¿Lo entiendes ya, Heleno? Hades lo único que tiene que hacer es sentarse, y ver como los grandes héroes se asesinan unos a otros, y se unen a su ejército. Zeus solo debe sentarse y ver como los Dioses se destruyen unos a otros por la manipulación en la que han caído. Y como guirnalda para coronar la manipulación, Apolo y Poseidón se enfrentan, Zeus posa el odio de Apolo en contra de Poseidón, y para el final de esta guerra, reestablecerá el odio entre Atenea y Poseidón… Zeus y Hades ganan, el resto pierde –le aseguró.
-¿Quieres decir que toda esta guerra, es solo un plan descabellado para que Zeus mantenga el Dominio del Universo? –preguntó Heleno, y Polixena asintió- Mientras tanto, Hades recibe almas potenciales para sus ejércitos de Espectros. ¿Eso es todo lo que Hades obtiene? –preguntó.
-Puede sonar como que salgo perdiendo, igual que cuando Zeus y Poseidón se repartieron el mundo dejándome con el Inframundo, pero no es así –le sonrió Paris-. Tendré el ejército perfecto, habré acabado con la estirpe heroica, y Zeus consentirá sin intervenir, todas mis guerras futuras por el dominio de Gea. Después de todo, Heleno, Zeus no ama a los humanos, en realidad, los humanos no son más que herramientas para él. Los utiliza para darse placer, y se regocija en verlos destruirse unos a otros. Para Zeus, los humanos no son más que objetos. Pero, afortunadamente, yo no soy así. Y con el ejército perfecto, y Zeus consintiendo todas mis guerras, yo seré el Dios Regente en Gea, mientras no me levante contra mi hermano Zeus. Como puedes ver, todos ganamos. Es el plan mejor trazado de todos, y créeme, Heleno, cuando te digo que todo, absolutamente todo, va conforme a mi plan –Paris entonces encontró el cuero que había estado buscando, abriendo el mismo, y mostrándole a Heleno un grabado muy antiguo, que dibujaba a dos Dioses Menores, uno poseyendo una estrella de 5 picos rellena, y otro con la misma estrella, pero con solo los bordes- Estoy diciendo la verdad –le sonrió, Heleno tomó el cuero, y lo inspeccionó cuidadosamente.
-¿Hypnos el Dios del Sueño, y Thanatos el Dios de la Muerte? –preguntó Heleno, mientras la puerta de su estudio era golpeada gentilmente- Adelante –enunció Heleno, mientras Paris y Helena salían por otra de las puertas que conducían al estudio de Heleno, y Chaon, el sacerdote y amigo de Heleno, entraba en el estudio-. ¿Chaon? ¿Qué haces aquí? –preguntó Heleno, y por vez primera desde que conociera a su amigo sacerdote de Hefestos, prestó atención a la marca de nacimiento en su frente- Todo está planeado, ¿no es así? –preguntó Heleno, mirando el cuero, observando fijamente la estrella sin relleno, y comparándola con la marca de Chaon.
-Perdona el que venga a molestarte antes de la hora pactada, Heleno, pero la ciudad es un caos. ¿Qué es eso que escuché de que los soldados obtendrán beneficios por sobre los nobles? ¿Se ha vuelto loco tu padre? –se burló Chaon, poniéndose cómodo, mientras Heleno suspiraba, intranquilo- ¿Te ocurre algo? No habrás olvidado nuestra sesión de ajedrez de hoy –se quejó.
-No, Chaon, no la he olvidado –aseguró Heleno, mirando el cuero nuevamente, y posando su mirada en la imagen de Hypnos-. Tan solo siento… como si acabara de despertar de un sueño… todo siempre ha estado planeado –aseguró, dejando caer el pergamino.
Quíos. Flota Cretense. Camerino de Poseidón.
-Siento un vacío inquietante en mi pecho –comenzó Poseidón, llamando la atención de Idomeneo, quien jugaba en esos momentos ajedrez con su dios, cuando Poseidón se distrajo, permitiendo a Idomeneo poner a Poseidón en jaque.
-Mi señor, espero no molestarlo, pero creo que he ganado –enunció Idomeneo, Poseidón parpadeó un par de veces, y una vena se saltó en la frente de su cuerpo mortal-. ¿Dos de tres? –ofreció Idomeneo nerviosamente.
-¿Por qué me lo dices con miedo en el tono de tu voz? Sé que tengo el humor explosivo de un adolecente de 13 años, pero no voy a fulminar a uno de mis seguidores por haber perdido una partida de ajedrez –reclamó Poseidón, e Idomeneo suspiró aliviado-. ¿A qué va ese suspiro? ¿Crees que soy un tirano? –recriminó Poseidón.
-No… mi señor… no creo que sea un tirano, seguramente es parte de la naturaleza humana –aseguró Idomeneo, mientras Poseidón elegía concentrarse en volver a acomodar las piezas en su tablero de ajedrez-. Antes de que… bueno… le ganara la partida… -agregó nerviosamente, disparando nuevamente la vena en la frente de Poseidón-. Me decía sobre una sensación de vacío en su pecho –se apresuró a decir.
-Una muy molesta, además –continuó Poseidón-. El vacío que sentí en mi pecho, no sé si pueda explicarlo, pero sentí una sensación de peligro rodeando a los campamentos en Troya… como si algo malo estuviera a punto de pasar –le explicó, lo que a su vez preocupó a Idomeneo-. Mientras mi tridente esté sellando a Ares en el Rio Escamandro, no puedo ver mucho de lo que ocurre tan lejos. Pero puedo sentir las perturbaciones de cosmos lo suficientemente altas para sacudir a Ares, y a Escamandro, el dios nacido del rio. Escamandro se sacudió, sintió una presencia, seguramente la presencia de algún dios o semidios que se aproxima a Troya –le explicó.
-Es preocupante, pero nada podemos hacer, mi señor. Las incursiones a Egipto ya están muy retrasadas. Esperamos solamente el aprovisionamiento con el apoyo de los cazadores, para continuar con el viaje a Egipto –le recordó, por lo que Poseidón asintió.
-A decir verdad, estaba enteramente seguro de que recibiríamos alguna clase de resistencia en nuestro viaje –le comentó Poseidón, intranquilo-. Pero al tener mi cosmos dividido, no he logrado prestar la suficiente atención… así debe sentirse Shana, sin saber a dónde debería de prestar su Omnisciencia Divina. Tengo un ojo en Troya y el otro en Egipto, cuando donde está el verdadero peligro, es en Quíos… -le comentó Poseidón, e Idomeneo hizo una mueca de preocupación-. No lo vi porque Apolo ha estado haciendo estragos en el cosmos liberando Glories, y usurpando los dominios de Helios, pero debí poner atención a la historia de los lugares que visitamos. Quíos es la isla donde se encuentran los Bosques de Ciprés, un tipo de árbol al cual se le atribuye el dolor, la tristeza y el duelo. Ya que fue un árbol creado por Apolo, tras perder a su amante Cipariso –le mencionó Poseidón, lo que Idomeneo no comprendió-. El Ciprés es un árbol consagrado a Apolo, Idomeneo, y si nuestros hombres están cazando ciervos en estos bosques… -intentó decirle.
-¡Apolo debe tener preparada una trampa en Quíos! –se puso de pie Idomeneo, salió a la cubierta, y se dirigió a sus hombres- ¿Cuándo fue la última vez que recibieron algún reporte de los cazadores? –preguntó Idomeneo, y el guardia en la proa del navío principal se viró para reverenciar en su dirección.
-Artemisa ya adorna los cielos mi rey. Peneleo es muy puntual para levantar la hoguera. Debe estarla encendiendo en estos momentos –le explicó, Idomeneo forzó la vista, por la oscuridad apenas y podía ver bien, pero desde los interiores del bosque, una hoguera se veía-. Esa es la señal, mi señor –le explicó el Cretense.
-Están muy profundo –exclamó Poseidón, llamando la atención de todos en el barco-. Pero al parecer no están en peligro. Aunque reitero mi compromiso de ser precavido, Idomeneo. A primera hora de la mañana, quiero a un grupo sacando a nuestros hombres de los bosques, no sea que mi corazonada sea correcta, y algo ocurra… -terminó Poseidón, sintiendo que alguien moraba en las profundidades del bosque.
Bosque de Ciprés.
-Ya estoy muy viejo para estos viajes de cacería, no entiendo cómo me dejé convencer por ustedes de acompañarles –se quejó Memnón, el anciano Rey de Etiopía, una tierra muy poco conocida por los Cretenses que en esos momentos viajaban con él, entre los cuales se encontraban los Generales Marinos de Dragón Marino y Sirena, además de unos 20 Cretenses más quienes en esos momentos despellejaban algunos ciervos y curaban sus carnes con diversas sales para su conserva.
-Oh vamos, Memnón –se burló Polixeno, ya de 15 años, y adornando su cabellera en una trenza-. Solo tienes 43 años, no eres lo suficientemente viejo como para quejarte –continuó burlándose Polixeno.
-Cuando tengas mi edad, si es que llegas a mi edad, espero que no tengas los mismos achaques que yo tengo, Polixeno. A los 30 el cuerpo ya comienza a dolerte horriblemente –continuó Memnón molesto, ante lo cual Polixeno rio con fuerza, mientras Peneleo, indiferente, se mantenía cruzado de brazos y mirando a los alrededores-. Oh, lo siento, ya llegaste a los 31 después de todo –se burló Memnón, y tanto él como Polixeno rieron con fuerza.
-No te fíes de este, Polixeno. Podría traicionarte en cualquier momento –advirtió Peneleo, fastidiando a Memnón-. No he olvidado, viejo, el cómo nos traicionaste en Esparta. De haberte levantado en contra de los Jueces del Inframundo… -se quejó él.
-Me levanté en contra de los Jueces del Inframundo, de los que eran manejables al menos –se fastidió Memnón-. Vamos Peneleo, no vamos a estar de las narices del otro todo el camino de aquí a Egipto. No olvides que soy el único que conoce el camino, Etiopía está del otro lado del Egeo después de todo –le recordó.
-¿Cómo es Egipto, Memnón? –preguntó Polixeno curioso- Entiendo que Etiopía está en algún lugar del este de Egipto. ¿Es verdad que adoran a otros Dioses? –preguntó Polixeno, sumamente inquieto, lo que molestó a Peneleo, quien no deseaba saber nada de Memnón.
-Egipto es un lugar muy raro. Adoran a Dioses muy distintos, y escriben con dibujos muy extraños. De no ser porque manipulamos el cosmos, entendiendo de esa forma la lengua primordial, la lengua del cosmos mismo, los de Etiopía no habríamos conseguido entablar relaciones comerciales con los Egipcios –le explicó Memnón, lo que mantenía a Polixeno muy emocionado.
-Si comercias con los aliados de los Troyanos, ¿no te hace eso nuestro enemigo? –preguntó Peneleo de forma arrogante, a lo que Memnón respondió con una mueca de molestia- Además, no enviaste muchas naves a Creta para apoyar a los Aqueos –continuó él.
-Discúlpeme, pero mandé más naves que usted, señor me conquistaron a Tebas la de las 7 Puertas –se burló Memnón, enfureciendo a Peneleo-. Las 50 naves Tebanas que se unieron a la causa Aquea no son tuyas, Peneleo, sino de Diomedes. ¿Qué tan mal rey tuviste que ser para que los Tebanos aceptaran a Diomedes como su rey cuando cayó Tebas la de las 7 Puertas? Contra las 10 naves que yo envié, con hombres que sí son leales a mí, considero mi aportación superior a la tuya, Rey sin Reino –declaró, y Peneleo enfureció.
-Mi Señor Peneleo, por favor tranquilícese, ser Co-Rey no es tan malo, se lo digo yo que soy Co-Príncipe de Élide –le recordó Polixeno, y Peneleo se limitó a empujar a Memnón con molestia-. Todos estamos del mismo bando, del lado de Creta, y Creta está en el lado de los Aqueos, no importa si Etiopía está en Egipto –aseguró.
-No está en Egipto, comerciamos con Egipto, es diferente, aunque Egipto es a su vez muy raro, su distribución se divide en nomos, y al mismo tiempo se divide en dos partes, el Alto Egipto al sur, y el Bajo Egipto en el norte, cada uno con 14 nomos, lo que serían asentamientos para nosotros –continuó explicando Memnón, ante el mal humor de Peneleo-. Aunque sabes, los Egipcios no son muy listos. Hay un fruto muy adictivo, el Cafeto, una pequeña esfera roja con un sabor horrible, nadie lo tolera, pero las cabras las comen. Crecen por todas partes en Etiopía, y la verdad las considerábamos una plaga, hasta que un Sacerdote de Osiris, uno de los Dioses Egipcios, la probó en uno de los viajes de comercio con nuestras tierras, y dijo que el sabor era tan amargo y tan malo, que solo los Dioses podrían comerlo sin reaccionar. Nosotros les dijimos que estaban en lo correcto, que el Cafeto era el fruto de los Dioses. Desde entonces, nos los compran a montones para ser consumidos por sus faraones que, por cierto, se creen Dioses, y mastican el fruto soportando el hacer muecas para demostrar que son Dioses –se burló Memnón, y Polixeno comenzó a reír, hasta que algo llamó su atención-. ¿No te gustó la historia? Pensé que te gustaban mis historias –se apenó Memnón.
-Me gustan tus historias, Memnón, pero escuché algo… -enunció Polixeno, tomando su jabalina, y poniendo en alerta a todos los Cretenses, quienes dejaron de preparar los ciervos que habían capturado, y tomaron sus armas. El silencio imperó en el campamento por un tiempo prolongado, el nerviosismo era más que evidente, pero nada parecía salir del bosque, y Polixeno dejó de escuchar aquello que lo había alertado-. Tal vez fue mi imaginación –comenzó Polixeno, bajando la guardia, cuando Memnón cayó al suelo-. ¡Memnón! –gritó Polixeno aterrado, se acercó a Memnón, y encontró una especie de punta de madera blanca con veneno clavada en el cuello de Memnón- ¡Peneleo, detrás de ti! –escuchó Polixeno, Peneleo se dio la vuelta, y evadió una astilla idéntica a la que había sido lanzada a Memnón, quien intentaba incorporarse pese al veneno- ¿Quién eres? –preguntó Polixeno, los Cretenses prepararon sus arcos, y entre los árboles de ciprés, un par de astas de diamante se asomaron- ¿Un ciervo? –preguntó Polixeno.
-¡Cipariso de Céfiro, Guardián del Bosque de Cípres! –atacó alguien desde las sombras, con vientos tan poderosos, que derribaron a los Generales Marinos y a los Cretenses- La guerra entre los Epítetos del Sol de Apolo, y los Generales Marinos de Poseidón, ha comenzado. ¡Espíritu del Viento y el Bosque! –arremetió el guerrero entre las sombras, apagando la hoguera, que dejó de iluminar la noche de Quíos.
