¡Rayos! ¿Por qué siempre me cuesta una barbaridad ser recurrente en mis actualizaciones? Les juro que no es por falta de ideas, y sé que siempre parece que les estoy dando excusas, pero iniciando el año nos pidieron la casa que rentamos a mi esposa y a mí, y gracias a la mudanza entramos en una crisis económica tal, que apenas y salíamos. Tuve que mover cielo mar y tierra para que nuestro pequeño negocio pudiera solventar los gastos de la mudanza, la nueva casa, los gastos mismos del negocio… en fin… a estas alturas ya nadie me cree nada de lo que digo, con un poco de suerte, la próxima actualización no tardará tres meses. Desearía que Kurumada leyera esta historia y dijera: "hey, este chico tiene muy buenas ideas, vamos a contratarlo para hacer un manga spin off y un anime", Kurumada, tengo material para un anime de 300 episodios, contrátame. Aunque luego recuerdo que esta historia tiene incesto, esclavitud, concubinato, sacrificios, es increíblemente sexual gracias a sus personajes, y se me pasa… tsk, en este capítulo inclusive mencionamos al Minotauro, y creo que ya todos sabemos cómo terminó eso. En fin… a contestar reviews:

Hanna: Hola Hanna, los mercaderes realmente no son personajes que yo consideraría importantes a nivel "valeroso guerrero", todo lo contrario, la verdad, representan al pueblo cansado y utilizado por los nobles, son el instrumento para tener a las guerreras perfectas, las Furias, que son en quienes realmente quiero centrar la historia. Con un poco de suerte, la relación Onéiro-Furia quedará un poco más clara en este capítulo. Las Furias digamos que son mucho más poderosas que los Daimones, yo diría incluso más poderosas que muchos dioses, pertenecen a una denominación conocida como las Bestias Ctónicas, más asociadas a Caos que a otra cosa. Por ello las Furias necesitan, forzosamente, ser debilitadas, y de eso va este capítulo. Antissa saldrá solo superficialmente, pero su personaje será muy importante, en especial para la evolución de Patroclo como personaje. El conflicto Hitita-Egipcio me está resultando muy complicado de acomodar, por eso este capítulo podrá parecer lento, pero espero ya a partir de este, poder darles más acción y menos historia. Espero que lo disfrutes.

Josh 88: Te va a tomar más rato procesar este capítulo ya que de seguro no recuerdas los anteriores porque soy pésimo en actualizar frecuentemente. A estas alturas ya te creieron las uñas, así que puedes volvértelas a comer, jajaja. Esta mini saga se tratará más sobre Poseidon y los Generales Marinos, poco a poco iremos acomodando esas piezas, verás como todo irá encajando. Sobre la acción de los Generales Marinos, en esta ocasión podría parecer decepcionante la "acción" del capítulo, pero eso es porque quería que este capítulo fuera más simbólico en posicionar a los Generales Marinos como personajes que como guerreros. Prometo más "acción" para los Generales Marinos en futuros capítulos.

Goldxroses: T_T, de verdad perdona el que te hayas desvelado solo para que yo me desapareciera 3 meses, no tienes idea de lo mal que me siento por no poder ser constante. Sé que se me adelantaron y pusieron a Ker antes de que yo la utilizara, espero no estar usando mal su personaje. Sobre los Guerreros de Poseidón, apenas los estoy introduciendo. Oribarkon y Cedalión al menos, son personajes que ya había utilizado en otra de mis historias (que nunca terminé), y quise retomarlos para este universo. Actualmente hay un manga de Poseidón que se está publicando, y no sé si me van a arruinar mi Orden de Poseidón, pero en caso de que lo hagan, o introduzcan personajes relevantes a la historia de Poseidón, tendré que remediar eso. Por lo pronto, no introduciré muchos personajes en su orden. Hay confusión entre Hititas y Egipcion, yo lo entiendo, resumen rápido, no son aliados, de hecho, son enemigos, pero se explicará un poco más de eso en este capítulo gracias a una nueva personaje, espero se entienda mejor, aunque a ella no se le entienda muy bien porque no habla griego, jajaja.

Ice108: T_T, ¿cómo me defiendo? Me dejas review después de decirme que no te animabas a leer mi historia, y yo no me aparezco en 3 meses. Este fic no está congelado, creeme, quiero terminarlo y me estoy esforzando… tan solo no me da la vida para todo, lo siento… al menos no fuero años, solo 3 mesesitos… nota mental, debo terminar esta historia antes del aniversario de los 10 años de este fic, ¿Cuándo publiqué esta historia? (23 de Abril 2014) Amm… felices casi 9 años gente… yay… esto tiene que cambiar, tengo que ser más recurrente, confíen en mí, lo lograré (ya sé que no confían en mí). Haré lo posible por ser más recurrente con mis actualizaciones.

NOTA1: Este capítulo se re-subió ya que no me gustó la versión original del mismo, y me arrepentí de algunas cosas. Una disculpa si eso les ha causado alguna confusión.

NOTA2: Les presumo aprovechando la resubida que tenemos nueva historia: "Guerras Doradas – El Ciclo Infinito", que es el remake de Guerras Doradas original.

EDITADO: 18/07/2024


Saint Seiya: Guerras de Troya.

Troya: Año Tres.

Capítulo 3: Héroes y Tiranos.


Anatolia. Lesbos. Lineón. Campamentos provisionales de Lineón. Año 1,193 A.C.

Amanecía en Lineón, y con la llegada del amanecer, comenzaban los Juegos Fúnebres, una celebración que solo se llevaba a cabo en honor a los guerreros más honorables caídos en batalla, un honor que solo se confería a los más valientes entre los guerreros, un honor que muy pocos llegaban a disfrutar, pero que Patroclo, el segundo al mando de entre los Mirmidones, ordenaba el celebrar.

Por tres días se llevarían a cabo carreras de aurigas, enfrentamientos de espadas, boxeo, lanzamientos de disco y carreras a pie, por tres días se celebrarían grandes banquetes, y se honrarían a los Dioses, por tres días se cavarían zanjas, y se enterrarían a los muertos, degollados en honor a un dios malvado, y se celebraría en honor a los caídos. Este era el honor más grande entre los héroes, y que Patroclo celebraba poniendo en riesgo la avanzada de los Aqueos, pero que Automedonte ordenaba celebrar, mientras dentro de su tienda, afuera de la cual Fénix montaba guardia, Patroclo bañaba él mismo a Antissa, la apenada Princesa de Lineón, y antigua prometida de Corebo, Príncipe de Frigia, hija del Rey de Lesbos a quien Patroclo admiraba y respetada, y que había quedado traumatizada por Kurunta, el autoproclamado Rey de los Hititas.

La historia era demasiado confusa para que Patroclo la entendiera, más aún si en esos momentos bañaba dentro de una tina de madera a la joven Princesa de Lineón, pasando una franela húmeda por su cuerpo, mientras la princesa de mirada perdida, se preguntaba sobre su futuro, y la razón de sus desdichas. Su pueblo se encontraba masacrado y destruido, su prometido había huido abandonándola a su suerte, y era cautiva actualmente del enemigo de su padre, quien se decía lo había asesinado, aunque Patroclo mismo clamaba no haberlo hecho. Todo era una confusión, además de una tremenda incomodidad, que se volvió incluso más incómodo cuando Patroclo accidentalmente rosó el pecho desnudo de Antissa, quien de forma apenada se levantó, tomó las pieles más cercanas, y se envolvió en ellas.

-¡Lo siento! –se disculpó Patroclo, mientras la apenada de Antissa respiraba pesadamente, y guardaba sus distancias- Aún tienes sangre en tu cuerpo. Sé que es incómodo, pero debo terminar de asearte. No me permito que tu pueblo te vea en semejante estado –agregó Patroclo mientras desviaba la mirada, incomodado por la joven frente a él.

-¿Qué pueblo? Todos han muerto, fueron sacrificados en el nombre de Seth –se fastidió Antissa, una rabia incontrolable la rodeaba-. Y ahora no soy más que una esclava, de la cual se espera que sirva incondicionalmente a su captor –insistió ella con molestia.

-En primer lugar, no eres una esclava, eres una concubina, y en segunda instancia, los Aqueos no tienen esclavos, sino penestes. Los penestes son sirvientes de los conquistadores que tienen derechos, una paga, y son bien cuidados por sus amos. Los Aqueos no practicamos la esclavitud –le recordó Patroclo, lo que Antissa, al ser de Anatolia, no de Helade, no comprendía muy bien-. Solo concéntrate en que tampoco eres peneste, sino una concubina. El concubinato puede salvar a una princesa de ser entregada como botín de guerra a los soldados. Al tomarte como concubina, te estoy ahorrando ese dolor. No necesitas entregarte a mí ni mucho menos servirme, solo debes quedarte en mi tienda en todo momento –aseguró él.

-Como una esclava cualquiera, sin libertad, no más que una propiedad sin valor –enfureció ella, mirando a Patroclo con un odio que recordaba a Patroclo sobre Briseida, a quien Aquiles mantenía por siempre atada a un poste por ella rehusarse a obedecerle-. Preferiría estar muerta –aseguró Antissa. Patroclo en respuesta caminó hacia ella, escandalizándola cuando Patroclo alcanzó a tomarla de las pieles. Antissa cerró los ojos, pensando que Patroclo la tomaría a la fuerza, se mentalizó a sus adentros cuando Patroclo la despojó de las pieles con las que intentaba cubrirse, pero en lugar de una violación, Antissa se encontró siendo lanzada nuevamente dentro de la tina de agua, donde Patroclo a la fuerza comenzó a lavarle el cabello enchinado-. ¿Qué haces…? –se quejó Antissa, pero Patroclo continuó tallándole el cabello.

-Morir es la salida del cobarde –le respondió Patroclo, por lo que Antissa, pese a morirse de vergüenza mientras se ocultaba el pecho bajo sus brazos, se dignó a virarse un poco para ver a Patroclo-. Soy hijo de un soldado, Menecio, por lo que mi educación es pobre cuando mucho, pero un amigo mío, Antíloco, me ha explicado mucho sobre el cómo funciona el mundo de la nobleza –agregó Patroclo, perdido un poco en sus recuerdos-. No seré más que el hijo de un soldado. El concubinato, poseer penestes, y todas esas tonterías de los príncipes y los reyes, me repugna. Hacer sufrir a alguien, más de lo que ha sufrido ya, por un derecho de conquista, me es impensable. No tengo forma de saber lo que estás sintiendo, ni lo mucho que estás sufriendo, pero sí puedo decirte que morir, no es la solución. Mientras tengas vida, puedes volver a ser feliz –terminó Patroclo, cuando escuchó a la entrada de su tienda a una joven aclararse la garganta-. ¿Ifis? –preguntó Patroclo curioso.

-Amo Patroclo –reverenció la mujer que vestía una túnica grisácea, y a quien Fénix había permitido entrar en la tienda de Patroclo-. El amo Fénix me ha solicitado ayudarle, me comenta que está teniendo dificultades con su nueva concubina –sonrió Ifis, de piel pálida, blanca como la leche, y unos ojos castaños muy oscuros-. Yo terminaré de bañar a su concubina, se le requieren en los Juegos Fúnebres, mi señor –pidió Ifis.

-Claro… -agregó Patroclo con tristeza, y mientras evitaba el contacto visual con la joven. A Antissa aquello le pareció curioso, mientras la joven Ifis entraba en la tienda, y sustituía a Patroclo en la labor de bañar a Antissa-. Ifis… sobre Antissa… -comenzó Patroclo, a lo que Ifis respondió con una sonrisa-. Yo… no he olvidado… -se apenó Patroclo.

-No hay nada que recordar, amo Patroclo –sonrió Ifis. Patroclo, incomodado, prefirió retirarse, ante la mirada burlona de Fénix. Ifis entonces continuó bañando a Antissa-. Eres la primera mujer que Patroclo toma por concubina, ¿lo sabías? –preguntó Ifis, confundiendo a Antissa, quien desconocía el por qué aquella chica era tan abierta con ella.

-¿Acaso eres… una esclava? –preguntó Antissa. Ifis movió su cabeza en negación- ¿Peneste? –preguntó recordando lo que recién Patroclo le había dicho. Ifis entonces asintió mientras con un peine cepillaba los rizos de Antissa- Patroclo puede ponerle el nombre que quiera, una esclava es una esclava. Vaya, después de semejante discurso sobre ser el hijo de un soldado y repudiar a los nobles… y resulta que no solo me ha reclamado como concubina, sino que ahora su esclava personal me cepilla el cabello –se fastidió Antissa.

-Patroclo no me pidió como peneste, fui entregada a él por Aquiles, para servirle siempre a él y a su esposa Polidora –le explicó Ifis, confundiendo a Antissa aún más-. Verás, un soldado común no puede tener esclavos, no al menos que sea un soldado de gran valor, o de estirpe real o heroica de algún tipo. Patroclo es algo especial en ese aspecto, ya que es un soldado, quien secretamente es el Príncipe de Opus –le explicó Ifis.

-¿Un príncipe que pretende ser un soldado? –preguntó Antissa, a momento en que Ifis tomaba una ánfora, y vaciaba aún más agua sobre su cuerpo para continuar con su baño- ¿Qué quieres decir con que Patroclo es un príncipe? Ningún príncipe que conozca se comportaría de una forma tan humilde, como para bañar el cuerpo de una princesa a quien ha tomado de concubina –agregó Antissa con duda.

-Patroclo es hijo de Menecio, uno de los Príncipes de Opus que se autoexilió de la región de Lócrice y se refugió en Esciro en la Corte del Rey Licómedes –comenzó a explicarle Ifis. Antissa, al no tener nada mejor que hacer, esperó mientras Ifis continuaba bañándola-. Desde su infancia en Opus, Patroclo prefería la vida de los plebeyos, por sobre la de los nobles. Tenía solo un amigo noble, de nombre Clisonimos, con quien frecuentaba jugar a los dados en los callejones de Opus, y apostaba con los niños plebeyos sus migas de pan, por monedas de oro –continuaba explicándole Ifis. Antissa desconocía el porqué de la conversación, pero enfocarse en ella, era mejor que pensar en la masacre de su pueblo, por lo que continuó escuchando-. Patroclo era inocente, no sabía que su amigo Clisonimos solo buscaba jugar con plebeyos para burlarse de ellos usando dados cargados, haciéndoles perder lo poco que tenían para comer, por la falsa promesa de una moneda de oro. Patroclo descubrió muy tarde que los dados que usaba Clisonimos estaban cargados, y que, sin importar cuanto lo intentaran los plebeyos, ellos jamás ganarían. Esto lo descubrió Patroclo únicamente tras confrontar a Clisonimos sobre engañar a un plebeyo, que murió de hambre tras apostar su única pieza de pan contra él. En la discusión, que se fue a los golpes, Patroclo le dislocó el cuello a Clisonimos, matándolo accidentalmente. Fue la primera vida que tomó Patroclo, a la temprana edad de 10 años –terminó, y de la sorpresa, Antissa se viró para ver a Ifis.

-¿10 años? –preguntó ella, imaginando a un joven Patroclo, escandalizado por lo que había hecho. Tal vez fue por el presente dolor que sentía Antissa por haber sido usada en medio de un ritual de sacrificio por los adoradores de Seth, un dios del que apenas y había oído hablar, pero el imaginarse a Patroclo, traumatizado desde tan temprana edad, había captado su atención.

-Clisonimos era, además, el hijo de un príncipe heredero al trono de Opus, de una rama familiar más cercana a heredar el Reino que Menecio, por lo que el asesinato de Clisonimos fue visto como una forma de acercar a la rama de Menecio al trono. Menecio lo negó todo, renunciando voluntariamente a su derecho de gobernanza, y autoexiliándose con Patroclo a Esciros, y a la corte de su amigo, el Rey Licómedes –prosiguió Ifis, ya rodeando a Antissa con una franela, y comenzando a secarla-. El Rey Licómedes aceptó a Menecio y a Patroclo en su corte, donde Menecio fue solo un soldado más, y Patroclo fue criado como el hijo de un soldado. De allí, por mérito propio, Patroclo fue avanzando en las filas militares hasta ser aceptado en la Corte del Rey Peleo en Ftía, y ser merecedor de competir por la mano de Polidora, hermana de Aquiles, el Príncipe de Ftía. Cuando Aquiles en sus viajes regresó a Esciros a conocer a su primogénito, el hijo de la Princesa Deidamía de Esciros, Patroclo fue con él, y yo le fui entregada por Aquiles a Patroclo como peneste. Él jamás me ha tratado como tal, se me ha ordenado el servirle tanto a él, como a Menecio, y a su esposa Polidora, e inclusive se me ha ordenado el yacer con él por las noches. Y, sin embargo, Patroclo jamás me ha herido, y me ha tratado como si fuera parte de la servidumbre de una familia real, más que como una peneste común. He yacido con él por órdenes directas de Aquiles por supuesto, ordenes que ni Patroclo puede negar, pero en realidad, Princesa Antissa, usted es la primera, además de Polidora, a quien Patroclo ha aceptado como parte de su familia. Debe ser alguien muy importante para mi señor Patroclo –le sonrió ella.

-Solo soy un botín de guerra… lo conocí ayer, cuando conquistó Lineón –le respondió Antissa, mirando a Ifis fijamente-. ¿Esperas que me sienta especial solo porque Patroclo resulta no ser tan repugnante como un noble cualquiera? Tu historia no cambia nada, noté perfectamente la forma en que te miraba. Eres más valiosa tú que eres una esclava, que yo que soy una princesa, y al final ambas no somos más que su propiedad –se quejó ella.

-Patroclo prometió liberarme de mi responsabilidad de servidumbre, esa es la mirada que dirige a mi persona –sonrió Ifis, confundiendo a Antissa-. Y le prometió al Rey Mácar el salvarte la vida, y Patroclo así lo ha cumplido. Patroclo es alguien que no ve botines de guerra, ni preseas, ni tesoros. Él ve a personas que sufren, y hace lo posible por que no sufran más de lo necesario. Patroclo es un héroe, tan poco reconocido que, por sus ideas, se le llama faldero, la sombra de Aquiles, e incluso la burla de entre los Caballeros Dorados. Allí donde reyes como Diomedes, Agamenón y Menelao son honor y riquezas, allí donde héroes como Áyax y Aquiles son gloria y valor, Patroclo no es más que un humilde soldado, y eso, mi Princesa Antissa, es lo que hace a Patroclo tan especial –invitó Ifis a Antissa a seguirla, saliendo inclusive de la tienda de Patroclo, y a la desolada Lineón-. Patroclo, es el más humano de entre todos los guerreros. Llámenlo faldero todo lo que quieran, solo Patroclo puede lograr esto –le apuntó Ifis, hasta donde Fénix y Automedonte, con Patroclo en el centro, se dirigía ante los Mirmidones.

-¡Soldados, hermanos, Mirmidones! –llamó Patroclo con orgullo, y los Mirmidones a su mando, algunos incluso mayores que él, atendieron a sus palabras- Sepan que la guerra es cruel, pero nosotros, no tenemos por qué serlo. ¡Hoy honramos a los caídos, a quienes nos han obligado a llamar enemigos! ¡Bebemos, y celebramos, vivimos y luchamos, como recordatorio de ellos quienes se nos han adelantado! ¡Gloria a los caídos de Lineón! ¡No deseábamos sus muertes! ¡Hubiéramos preferido verlos en el campo de batalla, que sacrificados por unos malnacidos! ¡Ante ustedes los caídos, mi promesa de restitución! ¡Perseguiremos a Kurunta, y vengaremos la Masacre de Lineón! –declaró al final Patroclo, y los Mirmidones, clamaron su nombre.

Mar Egeo. Flota de los Mirmidones. Navío de Aquiles.

-Los cielos sobre Lineón no presumieron fuego alguno, ¿qué estará haciendo Patroclo? Sus navíos deberían estar llegando a Focea ya –Aquiles miraba de brazos cruzados desde la popa del navío principal de su flota, hacia la Isla de Lesbos, aún visible indistintamente del avance que llevaban con dirección a Edium, que ya se encontraba nuevamente en tierras de Anatolia. Desde Edium eran perfectamente visibles tanto la isla de Lesbos, como lo era la ciudad costera de Focea. Según el plan trazado por Antíloco, en esos momentos al lado de Aquiles, Edium y Focea deberían caer casi al mismo tiempo, pero los navíos al mando de Patroclo no se veían por ninguna parte-. ¿Acaso la resistencia en Lineón es tal que Patroclo ha tenido complicaciones? –se quejó Aquiles.

-No, no es eso del todo –le respondía Antíloco, con los brazos cruzados y los ojos cerrados, mientras intentaba llevar su cosmos en dirección a Lineón, un cosmos que había crecido exponencialmente por el periodo de ceguera que había sido forzado a atravesar, y con el cual podía ver a Patroclo en Lineón-. Al parecer… Patroclo se encuentra tranquilo. Su cosmos parece más bien triste, como en un duelo. Pensé que probablemente había perdido a algún compañero importante, pero los cosmos de Fénix y Automedonte están igualmente tranquilos, pienso que lo más probable, es que Patroclo esté preocupado por las bajas enemigas –aceptó Antíloco, a lo que Aquiles respondió resoplando en señal de molestia.

-Ese necio… ¿acaso no entiende el significado de la palabra guerra? Obviamente van a haber bajas, no podemos ir celebrando Juegos Fúnebres por cada ciudad que saqueamos –se fastidió Aquiles, Antíloco solo le dirigió una mirada de preocupación-. ¿Acaso apruebas esto? Está poniendo en peligro a la empresa –se quejó Aquiles.

-No lo apruebo, como bien dices, estamos en guerra, pero no puedo evitar pensar, Aquiles, que hay algo malo en ti –enunció Antíloco, llamando la atención de Aquiles-. Desde que salimos de Colona, he notado que en ti ha crecido un odio inexplicable, un cólera… pareciera que, diferente de antes, pensaras genuinamente que cualquier fin justifica cualquier medio –declaró Antíloco.

-¿Estás acusándome de algo, Antíloco? –lo miró Aquiles con sorpresa, Antíloco tan solo reverenció a manera de disculpa- Deja eso… soy el primero en admitir que algo muy seguramente pasó en Colona que me ha dejado con un profundo odio en mi corazón… yo también lo he sentido, ese resentimiento que crece en mí. Y es por eso que necesito a Patroclo lejos de mí, para demostrarme a mí mismo que soy una buena persona sin su influencia… Patroclo jamás habría consentido el apedreamiento de Pisciside… -admitió Aquiles.

-Presiento Aquiles, que tú tampoco lo hubieras consentido –meditó Antíloco al respecto, cerrando sus ojos, y concentrando su cosmos mientras Aquiles se encontraba aún distraído y mirando a la Isla de Lesbos. Gracias a la ceguera de Antíloco, su cosmos se había intensificado para ayudarle a anteponerse ante su sentido perdido, lo que resultó en sus ojos restaurados por Megara, el tener una percepción superior. Antíloco aún se debatía entre si dicha percepción provenía de Megara, quien había restaurado sus ojos bajo algún hechizo, o si pertenecía a sus habilidades desarrolladas por el cosmos, pero gracias a esta nueva visión, Antíloco podía ver un cosmos oscuro creciendo dentro de Aquiles-. Necesito meditar un poco –declaró de improviso, llamando la atención de Aquiles-. Trata de no tomar una decisión ridícula mientras me ausento. Estaré en mi cabina –aclaró, antes de bajar al piso interior del navío.

-¿Decisión ridícula? ¿Quién se cree para juzgarme? –se fastidió Aquiles, cuando notó que uno de los navíos de su flota se aproximaba al suyo- ¿Qué ocurre? –preguntó Aquiles al abanderado que hacía señales en dirección a su nave, y tras acercarse, notó a Anceo llegando con una mujer atada por correas de cuero, una mujer muy bella, demasiado para no pertenecer a la nobleza, por lo que Aquiles comenzó a intuir que algo ocurría.

-Mi señor –gritaba Anceo desde el navío vecino-. Repartíamos el botín de Lesbos cuando descubrimos a esta hilota, aunque creo que en Tesalia las llaman penestes. Lleva el nombre de Diómeda –aclaró Anceo, más salvo una peculiaridad en el nombre, Aquiles no parecía comprender la importancia de la chica.

-Te agradezco, Anceo, pero aún si fuera pelirroja como el rey de Argos, no comparto semejantes fantasías –se burló Aquiles, a Anceo le tomó unos cuantos segundos el comprender la broma, y se apenó al respecto.

-No es eso mi señor –continuó Anceo con rubor, descubriendo el rostro debajo de las telas que le cubrían la cabeza a la chica, revelando una piel un tanto morena, quemada por el sol, un tono que no era muy común en los hombres de Anatolia inclusive-. Diómeda, hija de Forbante, leal al Rey de los Hititas. Fue entregada a Lesbos desde Edium como ofrenda de paz para el Rey Mácar buscando una alianza entre los pueblos Hititas y Lesbos, alianza que no salió bien gracias a la incursión de Patroclo –aseguró.

-Pensé que Patroclo no había tomado prisioneros en Mitilene –meditó Aquiles al respecto, descubriendo entonces la verdad-. Anceo… enviaste a mis Mirmidones a saquear Mitilene, ¿no es así? –preguntó Aquiles molesto.

-Admito mi señor, que me tomé libertades a sus expensas. Pero gracias a estas libertades, descubrimos a esta mujer –continuó él, aunque Aquiles se encontraba decepcionado por la insubordinación de uno de los suyos, o, mejor dicho, de uno de los hombres de Creta que había quedado a su cargo tras perderse la oportunidad de abordar el navío en dirección a Egipto-. Si he errado, me disculparé ante usted mi señor. Tan solo actué como mi estimado amigo Palamedes hubiera hecho en mi lugar. Anteponiendo el bien de la empresa por sobre de todo –aseguró.

-Usar a Palamedes para convencerme de no castigarte por tu falta, es una estrategia muy cobarde, Anceo –respondió Aquiles, aunque Anceo de todas formas había logrado capturar su atención-. ¿Qué tienes que ver con Palámedes? –preguntó.

-Además de que no fui partidario de su empedramiento, Palamedes fue consejero en Creta bajo las ordenes de mi señor Idomeneo, creando artilugios muy divertidos como los faros, la balanza y el disco, y educando a algunos de los soldados Cretenses en sus artes –respondió Anceo, mientras ordenaba a algunos de sus hombres a colocar un puente de madera conectando a ambas embarcaciones, y pidiendo a la mujer, Diómeda, el cruzar el mismo, lo que la aterró al estar ambos barcos en pleno movimiento.

-Toma mi mano –pidió Aquiles, Diómeda aceptó la ayuda, y logró llegar al barco de Aquiles sin problema. Anceo ordenó el levantamiento del puente, y se resumió el camino a Edium-. Así que tú eres la Princesa de Edium –medió Aquiles ante la muchacha de piel de bronce.

-No princesa, hija de Mesedi. Los Hititas solo ven único Gran Rey –comenzó la joven. Aquiles notó que la forma de hablar de Diómeda no era común, pareciera inclusive descendiente de una estirpe diferente de la de Anatolia, sin ser de Hélade-. Hititas ven a Suppiluliuma II, soberano en Hatussa, como Gran Rey. Pero Suppiluliuma II no ser Gran Rey real. Kurunta, tío de Suppiluliuma II gobierna en Tarhuntassa, nueva capital. Kurunta robar de Kemet a la triada de Seth, instaurar Falsos Dioses, y obtener mayor renombre que verdadero Rey Hitita –instruyó la chica.

-Espera, espera… ¿Mesedi? ¿No acaba de decirme Anceo que tu padre era Forbante? ¿Y dónde Espectros están Hatussa, Tarhuntassa y Kemet? Jamás oí hablar de esos lugares –se fastidió Aquiles. La joven, sin embargo, parecía confundida-. ¿Qué ocurre aquí Anceo? –preguntó Aquiles desde su barco.

-Lo que ocurre, mi príncipe, es que esta chica no posee cosmos, y su lengua es la Luvita –le explicó Anceo, lo que solo confundía a Aquiles aún más-. Mesedi significa General. Tarhuntassa es el nombre con el cual los Hititas conocen a Esmirna, Hatussa es el nombre del Reino de los Hititas más al este, y Kemet se traduce como Tierra Negra, la tierra al norte de Deshret que es la Tierra Roja, también conocidos como el Bajo y el Alto Egipto –terminó Anceo, sorprendiendo a Aquiles-. Esta mujer, no solo es la hija del General Forbante que lidera en Edium, sino que fue formada militarmente para entender a la cultura Egipcia. En otras palabras, ella es la clave para vencer tanto a nuestros enemigos Hititas como a los Egipcios –terminó Anceo, y Aquiles comprendió la valía de la joven que Anceo había descubierto.

Quios. Reino Subterráneo de Enopión.

Guiados por Poseidón, los Cretenses llegaron al Reino Subterráneo de Enopión, un conjunto de edificaciones abandonadas y rodeadas de árboles de ciprés, que llenaban a todo el lugar de una fragancia forestal bastante agradable para algunos, como el escriba Dictis, el Soldado Tritón de bronce y escriba de la empresa, quien registraba todo lo que veía en sus cueros secos.

Al frente iban Idomeneo, Meríones y Memnón, los primeros dos a derecha e izquierda de Poseidón respectivamente, con Memnón un poco detrás del Dios de los Mares, el trio parecía más un grupo de escoltas que guías, ya que estaban peculiarmente preocupados por el dios en medio de ellos. Detrás de ellos y frente a Dictis y los Soldado Tritón iban Oribarkon, el Atlante, y su discípulo Muviano Cedalión, ambos un poco más preocupados que el resto del grupo.

-Atentos –comenzó Oribarkon, aunque su cabellera había cambiado de color nuevamente, así como el zafiro en su pecho que se había teñido de rojo-. No estamos solos. Estos bosques son frecuentados por Sátiros –declaró Hefestos, tomando posesión del cuerpo de Oribarkon para comunicar su mensaje.

-¿Se le puede llamar a esto un bosque? Yo solo veo edificios enteros tragados por árboles de ciprés –se quejó Idomeneo, cortando con su lanza algunas matas que les impedían el paso por los caminos aparentemente labrados por pobladores que aún habitaban aquella ciudad.

-Bosque, ciudad, llámalo como quieras, cuando hundimos esta ciudad, era un palacio y unas cuantas edificaciones anexas… este lugar es más amplio de lo que había sido durante los días del Rey Enopión –comentó Poseidón, accediendo a las memorias de su divinidad para recordar aquellos tiempos.

-Eso es lógico, estas edificaciones no son de arquitectura humana conocida, sino Sátira –comentó Cedalión, ganándose la atención del grupo, y una sonrisa por parte de Oribarkon, aunque era difícil decir si la sonrisa provenía de él o de Hefestos-. Si Poseidón y mi señor Hefestos hundieron el Palacio de Enopión con tal de salvarlo de la furia del Gigante Orión, pero olvidaron regresar al palacio a la superficie, es obvio que los pobladores del palacio murieran por la falta de alimento, y los Sátiros se apropiaran del lugar construyendo sus propios hogares –comentó Cedalión, preocupando a Oribarkon, y molestando a Poseidón, quien ya tenía una vena saltada en la frente por el comentario.

-¿Insinúas que, en mi afán de salvarle la vida a Enopión, lo he condenado de alguna forma? –se molestó Poseidón, Cedalión notó el descontento del Dios de los Mares y comenzó a preocuparse. Para fortuna de su discípulo, sin embargo, Oribarkon intercedió primero.

-Para cuando intentamos hacer resurgir el palacio, Poseidón, ya estábamos ambos enemistados con Apolo, y al ser Quios su isla de la depravación… solo digamos que nada pudimos hacer por los pobladores del Palacio de Enopión –resumió Oribarkon, realmente Hefestos, y aunque la explicación no convencía a los Generales, Marinas, y Soldados Tritón, era mejor que la alternativa de recriminarle a Poseidón por olvidarse de volver a sacar al palacio de debajo de la tierra.

-Sé que me están juzgando silenciosamente –dedujo Poseidón, el grupo se preocupó, y acto seguido cubrieron sus cuerpos al ver a Poseidón levantar su tridente de plata, rodearlo de relámpagos azules, y lanzar los mismos en su dirección. Tanto Generales, Marinas, y Soldados Tritón todos cerraron sus ojos esperando el castigo, pero en lugar de sentir el poderoso ataque de Poseidón, el grupo escuchó los agónicos gritos de varias criaturas que fueron alcanzadas por los relámpagos de Poseidón, y cayeron muertas a sus alrededores-. Tenías razón, Hefestos. Había Sátiros en las cercanías –sonrió Poseidón al ver los cadáveres de las criaturas a las que había calcinado hasta la muerte, antes de percatarse de las miradas de miedo de sus seguidores-. ¿¡Están asustados de mi ira divina!? –recriminó Poseidón.

-No, mi señor, por supuesto que no tememos a su ira divina –enunció Idomeneo, preocupando con sus palabras al resto de quienes seguían a Poseidón-. Quiero decir… sí tememos a su ira divina, pero no tememos a su ira divina cayendo sobre nosotros. O mejor dicho… sí tememos a su ira divina cayendo sobre nosotros, pero solo la tememos cuando la merecemos, que no estamos diciendo que la merezcamos, ni que lo consideremos un tirano ni nada por el estilo… es solo que… -intentó excusarse Idomeneo, terminando con Meríones cubriéndole la boca, ya que Poseidón se veía ya bastante molesto.

-Lo que mi compañero, el Rey Idomeneo, intenta decir, mi señor… es que la historia le precede. No puede culparnos –admitió Memnón, escandalizando aún más al grupo, quienes ya se arrodillaban frente a Poseidón-. ¿Lo ve? –apuntó Memnón, Poseidón tan solo sintió su ceja temblarle.

-¿Historia? –se quejó Poseidón- ¿Qué podría hacerme ver en la historia como un tirano? –preguntó Poseidón, y todos menos Memnón temieron por sus vidas- Explícate –pidió Poseidón nuevamente.

-Explícale, Dictis –ordenó Memnón, tomando a Dictis de la hombrera de su Escama de Malaquita, y empujándolo frente a Poseidón, quien aparentemente no procuraba continuar con la expedición de rescate, hasta que le explicaran el por qué lo veían como un tirano-. Hazlo rápido, estamos en territorio enemigo, y el olor a Sátiro quemado seguro ya alertó a otros de nuestra posición –insistió Memnón, mientras Poseidón se cruzaba de brazos, y Dictis temblaba del miedo, pero sacaba algunos cueros de su saco.

-Verá, mi señor Poseidón… -comenzó Dictis, leyendo sus pergaminos-. Cuando usted y Atenea se disputaron el dominio de la ciudad que posteriormente llevaría el nombre de Atenas, usted hizo brotar una fuente de agua salada, contra el olivo que creó Atenea, cuando los pobladores eligieron a Atenea ganadora, se molestó y envió una inundación que ahogó a casi toda ática –le explicó Dictis, Poseidón intentó excusarse de aquello, pero mantuvo su silencio y le pidió continuar-. Después, se reveló contra Zeus junto a Apolo, y tras perder su Cuerpo Original, y regresar con su cuerpo reconstruido a cobrar al en ese entonces Rey de Troya, Laomedonte, el pago por sus servicios, el rey se negó a pagar indicando que ya había pagado a Apolo, y en venganza mandó a un monstruo marino a destruir la Ciudad de Troya, cosa que no logró por cierto, si lo hubiera logrado, no estaríamos en guerra con Troya –le recordó Dictis, Poseidón volvió a molestarse y a intentar excusarse, pero se tragó el coraje y lo dejó continuar-. Cuando Medusa, una sacerdotisa virgen de Atenea, le rehusó los acercamientos, usted la violó. Cuando Deméter lo negó convirtiéndose en yegua, se transformó en semental y la violó –continuó Dictis, acrecentando la ira de Poseidón, quien sin embargo lo dejó continuar-. En tiempos de Minos, antiguo Rey de Creta, quien hoy es un Juez del Inframundo, este se negó a sacrificar un Toro en honor al Dios de los Mares tras prometérselo, y en venganza, hechizó a la mujer de Minos, Pasífae, para que se enamorara del toro y tuviera un hijo con este toro, Asterión, mejor conocido como el Minotauro –prosiguió Dictis, aunque Poseidón ya estaba teniendo suficiente, y la tierra comenzaba a temblar-. Causa terremotos, inundaciones, tormentas, hunde embarcaciones… -continuó él, aunque ahora incluso Memnón comenzaba a preocuparse.

-¡Está bien! ¡No puedo justificar humanamente la mayoría de esas cosas! ¡Pero no por eso soy un tirano! –se defendió Poseidón, meditando al respecto- Admito que el tener un Cuerpo Humano, fabricado o no, me hace ver que mis actitudes anteriores podrían considerarse… poco diplomáticas… -procuró decir Poseidón, mientras su ceja le temblaba por el descontento-. Pero he cambiado. Y la tiranía no es una palabra que nosotros los Dioses veamos con buenos ojos. Tanto Athena como yo no somos más los Dioses descorazonados que ustedes los Mortales imaginan, hemos cambiado –se defendió Poseidón.

-Mientes, Poseidón –escuchó el grupo, Poseidón enfureció y comenzó a reunir su cosmos para castigar a quien lo había insultado, pero el insulto no provenía de quienes le seguían, sino que provenía de una fuente distinta-. Todos los Dioses, sin excepción, terminarán adoptando la tiranía, y de entre todos ellos, tu ira es la que resonará con mayor fuerza –aseguró la voz, que provenía de algún lugar profundo en el bosque de cipreses que envolvía a la ciudad de Enopión. Sombras se alzaban dentro de las construcciones, las sombras de los Sátiros, criaturas horribles con cornamentas de machos cabríos, pieles secas y rojas, y con extremidades inferiores peludas que terminaban en pesuñas. Cada Sátiro cargaba un par de lanzas de ciprés, lo que normalmente no resultaría ser una amenaza para nadie, de no ser por la cantidad de Sátiros que salían por entre las casas de barro y loza, llegando incluso a los miles-. Los Dioses tomamos lo que deseamos, y destruimos lo que no podemos poseer. Siempre ha sido así, siempre será así, no existe el dios de bondad. Incluso los más nobles de nosotros, caeremos tarde o temprano ante la Tiranía Divina –aseguró la voz.

-Céfiro –enunció Oribarkon, en realidad Hefestos-. Así que realmente se trataba de un Dios del Viento, específicamente del Dios del Viento del Oeste, aquel al que llaman el del aliento dulce –descubrió Hefestos, mientras una corriente de viento se formaba alrededor de los árboles de ciprés, intensificándose de poco en poco-. Es inquietante que un dios tan gentil, se haya entregado a la tiranía, muy preocupante. Lo dejo en tus manos, Oribarkon –finalizó Hefestos, liberando del trance a Oribarkon, quien se sorprendió de verse rodeado de Sátiros tras despertar-. ¿De qué me perdí? –se preocupó Oribarkon.

-Discutíamos sobre Dioses nobles y tiranos –le respondió Poseidón-. Curiosamente, la discusión terminó en Céfiro, el Dios del Viento del Oeste, el más gentil entre los Dioses de los Vientos, mostrándose como un tirano, ante mí, Poseidón, el llamado por muchos tirano, y quien está por demostrarles, Mortales malagradecidos, que no soy el dios que se piensan que soy –agregó Poseidón, preparando su tridente, y blandiéndolo en defensa de Dictis, quien había sido el primero en ser atacado por los Sátiros-. ¡Atentos todos! ¡Idomeneo! ¡Da tus ordenes! ¡Dios o no, la guerra y las batallas no son mi fuerte! –pidió Poseidón, empujando su tridente y lanzando a varios Sátiros por los aires.

-¡Meríones, conmigo! ¡Oribarkon y Cedalión apoyen a nuestro señor! ¡Dictis y Soldados Tritón cuiden nuestras cabezas! –ordenó Idomeneo, blandiendo su lanza para repeler a los Sátiros que los atacaban, mientras el resto optaba posiciones defensivas, todos menos Memnón, quien no tenía órdenes todavía- Memnón, ¿tú enfrentaste a este tal Céfiro? ¿Es él quien capturó a Peneleo y Polixéno? –preguntó Idomeneo.

-Bueno, se llamaba Cipariso de Céfiro, supongo que es la misma persona –respondió Memnón, evadiendo a un Sátiro que se había lanzado en su contra, y congelándole el rostro antes de aplastárselo.

-Es el mismo –le comentó Poseidón-. Es un caso muy similar al de Oribarkon con Hefestos. Un dios que toma posesión parcial del cuerpo de su recipiente, solo que en este caso la posesión parece total –le explicaba Poseidón, siendo Poseidón junto a Idomeneo quien más Sátiros derrotaba, atravesando con su tridente sus cabezas, aunque más y más Sátiros llegaban para ocupar el lugar de los caídos, Sátiros que cada vez se movían más rápido.

-Que envidia… por mí que Hefestos luchara mis batallas… -comentaba Oribarkon, blandiendo un par de espadas de zafiro con empuñaduras de coraza de langosta, cortando las cabezas de los Sátiros con movimientos perezosos pero gráciles, notando entonces que, en su pereza, había fallado en cortarle la cabeza a uno, que en su lugar blandía su lanza muy cerca del cuello de Oribarkon, y probablemente le hubiera degollado el mismo, de no ser porque Cedalión lo protegió con su escudo cuadrado antes de cortar la cabeza del Sátiro con su espada de hierro larga.

-Maestro Oribarkon, le recuerdo que es el último Atlante con vida y, por consiguiente, el ultimo individuo con vida que puede reparar las Armaduras Doradas. ¡Le pido que se concentre! –reprendió Cedalión, pateando y ganando terreno mientras los Soldados Tritón usaban sus cadenas atadas a anclas para encajar las mismas a los pechos de los Sátiros, y tirar de sus cuerpos para derribar con estos a otros Sátiros.

-No me regañes, Cedalión… yo estaba poniendo exactamente el ímpetu que se requería, no es mi culpa que los vientos hagan a los Sátiros moverse más rápido –declaró Oribarkon en una mueca, lo que reveló el secreto de que los Sátiros se estuvieran acercando más de lo que se esperaba de ellos siendo los Sátiros criaturas que no podían manipular el cosmos, y aun así se movían a una velocidad que ponía a los manipuladores del cosmos en aprietos.

-¡Lo mismo pasó cuando ese tal Cipariso enfrentó a Peneleo! –enunció Memnón, congelando a los Sátiros, y lanzando guijarros de hielo en su contra- A mí el malnacido me paralizó con un dardo envenenado, antes de noquear a Polixeno de un ataque directo, y enviar a sus Sátiros a masacrar al resto de nuestros hombres. Peneleo fue el único que logró hacerle frente, pero poco a poco la velocidad de Cipariso sobrepasó a la de Peneleo –aseguró Memnón.

-Eso es ridículo, las velocidades que los Generales Marinos pueden alcanzar y rivalizar a las de los Caballeros Dorados –enunció Meríones, atravesando la frente de un Sátiro con uno de sus aguijones, antes de usar una serpiente de cosmos para partirle el cuello a otro-. El viento no es tan rápido para superar la velocidad de un Caballero Dorado y, por consiguiente, la de un General de Poseidón –insistió esta vez apresando a un Sátiro en un abrazo tan fuerte que forzó a sus ojos a salirle por el cráneo.

-Los Vientos del Oeste… se mueven en nuestra contra… -dedujo Poseidón, sus ojos brillaron con el cosmos, y ante sus ojos, los vientos fueron visibles. El ojo humano no es capaz de ver el viento, pero ante los ojos de los Dioses, el mismo poseía color, un color esmeralda en este caso, que rodeaba a los Sátiros y empujaba sus movimientos, haciéndolos aumentar su velocidad, mientras que los mismos vientos esmeraldas, empujaban a los Soldados Tritón, a las Marinas, y a los Generales, entorpeciendo sus movimientos-. Oribarkon tiene razón, ha estado usando la cantidad de cosmos necesaria para evadir a los Sátiros, solo que no contaba con que los vientos actuaran a favor de los Sátiros, y en contra de nosotros –les explicó.

-¡Lo que significa, amo Oribarkon, que debe tomarse la batalla enserio! –reprendió Cedalión, Oribarkon tan solo hizo una mueca perezosa, pero atendió a las advertencias moviendo sus espadas aún más rápido para ganar distancia.

-Memnón… -comenzó Poseidón nuevamente, ganando la atención del anciano Rey de Etiopía-. El Kraken manipula los vientos congelados. Encuentra a Cipariso de Céfiro e interrumpe su concentración. Yo podría encontrarlo y enfrentarlo personalmente, es más que evidente que eso es lo que quiere, pero si lo hago, no podré protegerlos a todos. ¡Tempestad del Dios de los Mares! –exclamó Poseidón, clavando su tridente en el suelo, y levantando torbellinos de agua del mismo, que atraparon a cientos de Sátiros, y los despedazaron dentro de los mismos al moverse a gran velocidad. La belicosidad y el poder de Poseidón escandalizó tanto a mortales como Sátiros presentes, pero el cuerpo mortal de Poseidón al parecer no resistía abusar de esa forma de su poder, por lo que el agotamiento comenzó a hacerse presente- ¡Ve, Memnón! ¡Dios o no, mi cuerpo mortal sin mi tridente no me permite abusar de este poder! –insistió Poseidón.

-¡Enseguida mi señor! –declaró Memnón, elevando su cosmos y saltando en un torrente de agua evadiendo a los Sátiros que llegaban a su encuentro- ¡Ya voy, Peneleo y Polixéno! ¡Los liberaré en nombre de nuestro señor Poseidón! –aseguró Memnón, saltando entre las casas de barro, y los árboles de ciprés, sin notar a la mujer sentada sobre una de las ramas de un ciprés, vistiendo una Suplice negra, y sonriente.

-Corre valiente Memnón, Rey de Etiopía, leal lacayo de Poseidón –sonreía la mujer sobre la rama, su Suplice Oscura de contornos escarlata, con alas demoniacas con ventosas, y cuernos afilados, una Suplice que recordaba a la Suplice del Wyvern, brillaba incluso en su tonalidad oscura, mientras un cosmos escarlata la rodeaba a ella, y a Memnón-. ¿Eres en verdad lo suficientemente leal, Memnón? Deja que Ápate de la Traición sea testigo de tu verdadera naturaleza, o gran rey heroico –sonrió con malicia, mientras fuerzas oscuras comenzaban a manipular el destino de los Generales Marinos de Poseidón.

Troya. Décima Ciudadela, Ilíon. Estudio de Heleno.

-Ápate, la Furia de la Traición, ¿no es así? –preguntaba Chaon, dentro del estudio de Heleno, revestido en una Suplice bastante ostentosa para alguien que se consideraba a sí mismo tanto un herrero, como un rapiñero. Una Suplice de 4 hombreras, con contornos afilados y oscuros, una tiara de cornamenta, y con tres pares de alas sobre su espalda, una imagen pesadillezca, que Heleno, el buen amigo de Chaon, admiraba mientras se encontraba sentado frente a una esfera de cosmos oscura, en la que ambos miraban a Memnón y a Ápate-. Parece toda una pesadilla de mujer. ¿Alguien quiere cambiar? –preguntó Chaon nerviosamente.

-Puedo escucharte, Chaon –escuchó Chaon a la esfera responderle, mientras la imagen de locura de Ápate, la Furia de la Traición, parecía mirarlo desde el interior de la esfera-. Puedo asegurarte, cariño mío, que mientras te mantengas en mi lado amable, no tendrás nada que temer –se saboreó los labios la Furia.

-Si bueno… ¿qué lado es ese? –preguntó Chaon curioso- No me parece que tengas un lado amable en estos momentos. A todo esto, Heleno, ¿qué se supone que estoy haciendo usando mi cosmos para rodear esta esfera? –preguntó Chaon, cuyo cosmos se extendía por todo el estudio.

-Una pregunta curiosa para alguien que todavía no comprende el significado del cosmos, pero cuyo cosmos es el más alto de todos los presentes –le respondió Heleno sonriente-. Verás, Chaon, los Dioses están muy inmiscuidos en esta guerra, pero tal parece que cada dios vela por sus intereses personales. Incluso ahora, Poseidón y Apolo se han declarado la guerra el uno al otro, pero uno viaja por Tracia despreocupadamente disfrutando del placer carnal, enfureciendo a su vez a su hermana Artemisa, mientras el otro procura jugar al general preocupado por su culto, y evadir la tiranía. Cae entonces en los Dioses Menores el tomar un rol más activo en la Guerra de Troya, especialmente en los Dioses Menores denominados Oneiros y sus Furias. Recayendo en ti, Chaon de Éfialtis, el papel más importante al ser el más poderoso entre los Oneiros, el Oneiro de las Pesadillas –le explicó Heleno.

-Heleno, déjate de elocuencias, no me importa para nada la palabrería de los nobles. Ustedes solo buscan palabras largas para aparentar ser inteligentes –insultó Chaon, aunque Heleno le prestó muy poca atención-. Solo dime lo que quieres que haga. No seré un noble, seré solamente un comerciante, y por lo que he llegado a entender, tú y toda tu familia son más de lo que aparentan. Si me dices que los Dioses me necesitan, y puedo hacer algo para terminar con esta absurda guerra, solo dilo de la forma menos poética posible –pidió Chaon.

-Bien, lo que te pido es muy sencillo, Chaon –aseguró Heleno, acercándose a él, y tomándolo de la frente-. Quiero que tengas pesadillas, tan grandes, que alimente el poder de tu Furia –pidió Heleno, forzando su cosmos a rodear la mente de Chaon, quien comenzó a temblar de miedo, mientras Heleno de Arcana usaba fuerzas oscuras para apoderarse de la mente de Chaon, y rodearlo de pesadillas-. Mientras más conozcas el dominio de las pesadillas, Chaon, más fuerte se volverá el poder de tu Furia, Ápate, quien gobierna sobre la Traición. Para así, forzar aún al más noble de entre los Generales Marinos de Poseidón, a hacer nuestra voluntad –insistió Heleno, una locura inusual apoderándose de él, mientras forzaba a la mente de Chaon a colapsar, víctima de las pesadillas que lo atormentaban aun estando despierto, y a Ápate a absorber la fuerza de su dominio, y con esta perseguir a Memnón.

-¡Chaon! –escuchó Heleno a la llegada de Poliedus, otro de los seleccionados por Hypnos el Dios del Sueño, para convertirse en uno de los Oneiros. El Joven lampiño de piel ligeramente morena y discípulo de Dares, se apresuró a entrar en el estudio de Heleno con su Suplice azul grisácea, y su tiara con alas hermosas. Poliedus intentó sacudir y despertar a Chaon, pero aquello no surtía efecto- ¿Qué le has hecho, Heleno? –preguntó Poliedus nervioso.

-Nada de lo que tú debas preocuparte, Poliedus de Phantasia. Afortunadamente tu Reino Onírico es el de la Fantasía y los buenos sueños –le espetó Heleno, confundiendo a Poliedus-. Mientras tanto tu Furia, Alecto, es la Furia de la Ira –continuó él. Tras decir aquello, un par de brazos femeninos recubiertos en una Suplice, envolvieron a Poliedus, mientras una bella mujer de cabellera blanca, cuya Suplice era muy similar a la de Poliedus, pero de un color más cercano al morado grisáceo que al azul, comenzaba a morderle la oreja juguetonamente a Poliedus, forzando su rubor-. Alecto, él es Poliedus, el Oneiro del Reino de la Fantasía. Poliedus, ella es Alecto de la Ira. Llévense bien por favor –presentó Heleno.

-Así se hará, amo Heleno –sonrió Alecto-. Después de todo, mientras más fantasías tengas, mi bello Poliedus, más poderoso será mi dominio sobre la ira –le sonrió Alecto de forma lujuriosa.

-Amo Heleno, accedimos a ayudarlo, pero aun no comprendo nuestro papel –agregó cuidadosamente Poliedus, separándose de Alecto, quien se molestó inflando sus mejillas y cruzándose de brazos.

-Existen 5 Dioses del Sueño, Poliedus: Morpheus, Oneiros, Phantasos, Ikelos y Phobetor. Y los 5 Dioses del Sueño son a su vez, hijos y siervos de Hypnos, el Dios del Sueño Primordial –le explicaba Heleno, y Poliedus asintió comprendiéndolo-. También existen 5 Furias, o Eneiras, como desees llamarlas. Yo las llamo Furias al ser un nombre más acorde a su naturaleza belicosa: Ker, Tisífone, Alecto, Megara y Ápate. Todas son hijas de Thanatos, el Dios de la Muerte –prosiguió Heleno, y Poliedus volvió a asentir, mientras la coqueta de Alecto volvía a intentar seducirlo-. Las Furias son fácilmente explicadas. Cada una representa a un aspecto del castigo a los crímenes de Violencia, Asesinato, Ira, Celos, y Traición, pero también ellas mismas pueden provocar estos sentimientos en los mortales. El poder de las Furias por sí mismo es comparable y tan problemático como el de los Daimones de Ares. Sin embargo, Hypnos y Thanatos, diferente de Ares, son Dioses con más cerebro. Ellos saben que dejar la fuerza de las Furias sin control, es muy peligroso, incluso para los Dioses. Por ello Thanatos accedió a limitar el poder de las Furias, con el poder de los Oneiros –prosiguió Heleno, buscando entre sus cueros, y encontrando uno que parecía contener dibujado una jaula de ave, dividida en 5 secciones-. Así los Oneiros, perteneciendo cada uno a un Reino Onírico, son quienes delimitan el potencial de las Furias –le mostró Heleno en el cuero el dibujo, y las 5 zonas de los Reinos Oníricos-. Morphia, el Reino de los Sueños. Fatria, el Reino de las Ilusiones. Phantasia, el Reino de las Fantasías. Phobia, el Reino del Miedo. Y Éfialtis, el Reino de las Pesadillas. Mientras más fuerte sea el dominio de un Oneiros sobre el Reino Onírico que domina, más poderosa será la Furia que está casada con él. En tu caso, Poliedus, se podría decir que eres el más afortunado. Mientras más fantasías y sueños de grandeza tengas, más fuerte será la Furia de la Ira, ya que la Ira nace de ver tus Fantasías extinguirse, y tus sueños destruirse –finalizó Heleno.

-Lo comprendo de cierta manera, Heleno, pero ninguno de nosotros 5 es un guerrero –admitió Poliedus, de naturaleza gentil, mientras Alecto nuevamente se abrazaba de su brazo como si genuinamente estuviera enamorada de él, cuando la realidad era que lo que la atraía era el poder que de la Suplice Onírica podía llegar a liberarse-. ¿Cómo encajamos nosotros los Oneiros en todo esto? ¿Qué podríamos aportar? –insistió.

-Cada uno de ustedes representa el reino de uno de los Dioses del Sueño, ellos quienes no han decidido manifestarse, sino seleccionar a otros quienes podrán sacar mejor provecho a sus respectivos reinos –continuaba Heleno, explicándole, a la vez que se explicaba a sí mismo, Poliedus lo notó al ver como Heleno se contoneaba orgulloso a lo largo de su estudio, como si desease más bien deleitarse en su propio plan, un plan que dejaba entrever a un Heleno muy diferente del que todos alguna vez buscaron consejo, un Heleno deseoso de hacer la voluntad de Hades-. Después de todo, no hay mejor soñador que el ser humano, un ser tan imperfecto que solo puede soñar con alcanzar la perfección, y deleitarse de sus pequeñas victorias ocasionales, tratando de destacar en un mundo de otros imperfectos, atreviéndose a rasgar la belleza de la perfección divina. El humano es entonces el instrumento perfecto de los Dioses, todos los humanos somos eso, instrumentos, ¿cómo no lo había visto antes? Solo aquel que pueda aceptar su realidad como un instrumento puede alcanzar a comprender su verdadera valía, y el caos que puede llegar a crear… -se deleitó a sí mismo Heleno sobre su nueva revelación, aunque pronto recordó que Poliedus aún se encontraba presente.

-Heleno, somos unos rapiñeros, solo dinos qué hacer sin tanto teatro –le insistió Poliedus, Heleno tan solo suspiró por quienes no comprendían, como comprendía él, la realidad del mundo como lo veían los Dioses.

-Así como los Daimones, las Furias existen en un plano existencial diferente del humano –comenzó Heleno, haciendo una pausa para cerciorarse de que Poliedus entendía al menos eso-. Mientras el humano tiene que viajar en el plano terrenal para llegar a algún lugar, esas limitantes no pertenecen a las Furias. Pueden estar en el lugar en que ellas quieran estar, tan solo con sentir el cosmos del individuo al que quieran atormentar. No por nada hay quienes intentan esconderse en el fin del mundo de las Furias, sin éxito. Es así entonces como Alecto puede hacer nuestra voluntad mientras nosotros nos quedamos aquí en Troya, llegando ante nuestros enemigos, e infectándolos con sus dominios, desestabilizándolos –le explicó Heleno, apuntando a la esfera frente a Chaon, quien aún no se recuperaba de su pesadilla, y mostrándole a Memnón.

-¿Así que… escoges a un enemigo por dupla de Oneiro y Furia, para acabar con los Aqueos de uno en uno? –preguntó Poliedus, una mueca de descontento se dibujaba en su rostro- Acabar con los Aqueos de uno en uno será eterno en mi opinión –aseguró él.

-No necesito acabar con todos los Aqueos, tan solo con los que pueden causar un mayor impacto –insistió Heleno, pidiéndole a Poliedus que lo siguiera, y en consecuencia a Alecto, quien iba ya colgada de su espalda-. Verás Poliedus, esta guerra es como un juego de ajedrez, y en el ajedrez, hay piezas más importantes que otras –tomó su bastón Heleno, y golpeó el suelo de su estudio con el mismo, usando una magia inquietante, que transformo con la ayuda de su cosmos al estudio en un inmenso tablero de ajedrez. Poliedus entonces notó que la dimensión en la que Heleno los había encerrado, era inmensa, y poseía más piezas de ajedrez y casillas que un tablero convencional. Poliedus, Alecto, y Heleno estaban, literalmente, flotando sobre un tablero de ajedrez de miles de piezas.

-¿Dónde estamos? –preguntó Poliedus nervioso, mirando en todas direcciones, Chaon se encontraba incluso flotando sentado en su silla, aún víctima de su pesadilla. Poliedus miró entonces al tablero con mejor lujo de detalle, encontrando a los 108 Espectros, representados con sus Suplices en su forma sellada, en el tablero, encontrando algunas piezas acumuladas en una pila de descarte. También estaban los 9 Daimones, como armaduras de cuerpo completo, y con la que representaba a Deimos en la Pila, también había figuras blancas representando a las Amazonas y a los Cazadores de Artemisa, con la que representaba al gigante Acteón en la pila, y otras figuras anaranjadas que representaban a los Egleteos, con tres piezas en la pila. Del otro lado del tablero había menos piezas, y estaban desplegadas en muchas partes diferentes del tablero, además de que la pila era más reducida. Estaban representada las 19 Armaduras de Bronce, las 18 de Plata, las 12 Doradas, 7 piezas naranjas que representaban a los Generales Marinos, una azul, 9 de color rubí que representaban al resto de las 10 Marinas, y varias piezas verdes. En los bordes del tablero estaban representados los Dioses, 5 del lado de los Aqueos: Athena, Poseidón, Hefestos, Hera y Hermes. 5 del lado de los Troyanos: Hades, Ares, Afrodita, Apolo, Artemisa. Y Zeus en el techo, mirando a ambos lados del tablero.

-Bienvenido Poliedus, al Tablero de los Dioses. Desde aquí los Dioses mueven a sus piezas, como puedes ver hay muchas piezas, más que en un juego de ajedrez normal. Mis favoritas, son las piezas que se mueven desde las sombras de los Dioses –apuntó Heleno, y Poliedus logró ver, detrás de la figura que representaba a Hades, tanto a Hypnos como a Thanatos-. En el ajedrez, los peones son los más ruidosos, pero los más desechables, los reyes los más importantes, pero lo que menos piezas mueven, y después están los alfiles y caballos, Oneiros y Furias, que pueden ser más peligrosos al ser erráticos y decisivos, y así es como he decidido, usar a los caballos, para desquebrajar las torres, en el pilar que sostiene el juego de los Aqueos –las figuras de las 5 Furias comenzaron a radiar con un cosmos violeta, el cosmos de Heleno, y tres piezas, tres torres, dos Caballeros Dorados y un General de Poseidón, comenzaron a romperse: Patroclo, Aquiles y Memnón. Dos piezas más comenzaron a ser rodeadas también, las que representaban a Antíloco de Virgo, y a Idomeneo de Crisaor, estas piezas aún no se desquebrajaban, pero todo parecía indicar que Heleno, movía sus piezas para llegar a partirlas.

Mar Egeo. Flota de los Mirmidones. Navío de Aquiles. Cabina de Aquiles.

-Antes de que entres tengo que advertirte que… -Aquiles invitaba a Diómeda a sus aposentos, cuando tuvo que hacerla a un lado y evadir el cuchillo de cocina con el que cierta princesa intentó cortarle la garganta. Briseida, nuevamente, había conseguido liberarse de su poste, y nuevamente había logrado hacerse con un arma, y nuevamente, había terminado en el suelo con Aquiles sometiéndola, y forzándola a patalear por el dolor de que le torcieran el brazo-. Diómeda, mi concubina Briseida, prometida al Príncipe de Lirnesos, a quien asesiné. Briseida, ella es Diómeda, hija de Forbante, de Edium, a quien no he matado, y no mataré mientras se cumplan mis exigencias –presentó Aquiles.

-Un placer –reverenció Diómeda. Briseida tan solo hizo una mueca, mientras Aquiles la levantaba a la fuerza, y la volvía a atar al poste. Una vez aquello estuvo hecho, Aquiles pidió a Diómeda entrar en sus aposentos, donde la confundida de Diómeda miraba a Briseida en su poste-. ¿Amo Aquiles? –preguntó confundida.

-Ignórala… la muy tonta no entiende que le estoy salvando la vida convirtiéndola en mi concubina… tu deber ahora es mantenerla bajo control y poner fin a estos estúpidos ataques que no llegan nunca a nada –ordenó Aquiles, mientras miraba a Briseida con desprecio, la Princesa de Lirnesos se limitó a sacarle la lengua con molestia.

-Las concubinas recuperan el reino perdido cuando guerra acaba –explicó Diómeda, confundiendo a Briseida-. La concubina es figura política importante, gobernante en nombre de su pareja. Ser concubina es salvar a tu pueblo del exterminio –continuó ella.

-¡Al fin alguien que lo entiende! –se fastidió Aquiles, Briseida solo lo miró con confusión- La peneste lo dijo, no yo. Una vez que termine la Guerra de Troya, regresas a tu reino a gobernar, Briseida tonta. ¿Pensabas que iba a quedarme en Lirnesos a ser rey? –se quejó Aquiles.

-¿Quieres decir que todo este tiempo, el mantenerme como tu concubina significaba que estabas planeando regresarme mi reino al término de la guerra? –se quejó Briseida, y Aquiles asintió, aunque aún existían varias dudas dibujadas en el rostro de Briseida- ¿Cuál es el truco? –se fastidió ella, aun dudando de él.

-La concubina sirve como prisionera política. Si no hay herederos a una corona, la concubina puede reclamar derecho al tener hijo de conquistador. Entonces vástago se vuelve rey y da tributo a conquistador –explicó a su manera particular Diómeda.

-¡No voy a tener a tu hijo! –se quejó Briseida- ¡Mataste a mi esposo! ¿Cómo se te ocurre pensar que iba a acceder a semejante estupidez? –insistió ella, sumamente molesta- ¿Quieres decir que lo mismo va para ella? ¡La embarazas y dejas a su vástago gobernar en tu nombre? –preguntó.

-No, yo peneste, tú concubina –corrigió Diómeda-. Concubina tiene derechos heredados de concubinato, y puede sustituir a esposa. Peneste no tiene reino, no tiene tesoros, no tiene nada de valía, solo ella misma, yo ganar méritos por cuenta propia y obtener libertad o lugar en corte. Si tengo hijo, será bastardo, menos derechos que hijo de esposa o concubina, pero posible líder militar –enunció Diómeda con determinación, lo que confundía a Briseida aún más.

-La esclavitud, como la llaman en Anatolia, no existe en Hélade realmente –le explicó Aquiles, lo que Briseida no se creía, menos al pensarse atada a un poste-. En Tesalia las llamamos penestes, en Esparta son hilotas, en Creta se llaman clarotas. Ponles el nombre que te plazca. La realidad es que, diferente de lo que ustedes llaman esclavos, los penestes son servidumbre por derecho de conquista que son bien remunerados y que incluso pueden llegar a convertirse en figuras de confianza de los reyes –le explicó Aquiles, Briseida solo se confundió aún más-. Mira, no tengo tiempo de explicarte las clases sociales de Hélade, los esclavistas son ustedes en Anatolia, mira que usar a las personas como mercancía es de vergüenza –declaró.

-¡Dice el que me tiene atada a un poste! –enfureció Briseida, no creyéndose absolutamente nada del relato de Aquiles, quien tampoco estaba muy interesado en explicarle de todas formas- Una esclava es una esclava, no me importa el nombre que le pongas, ella seguro te apuñala por la noche y pronto la tendré compartiendo mi poste –se quejó ella.

-Mi poste, hasta que aceptes ser mi concubina, el poste me pertenece –se burló Aquiles, enfureciendo a Briseida aún más-. Solo ignórala. Estamos por llegar a Edium, y una vez que desembarquemos, si quieres que perdone la vida a tu padre, necesito saber a lo que me enfrento. Antíloco me ha dicho que Focea, la ciudad al otro lado del estrecho, y desde la cual Edium es enteramente visible, no simpatiza con Edium. ¿Es esto cierto? –preguntó Aquiles.

-Es cierto –comunicó Diómeda-. Yo pertenezco a grupo Hitita ofrecido por corona de Tarhuntassa… perdone… de Esmirna, como mercancía –miró Diómeda a Briseida de forma despectiva, como si hiciera hincapié en que, ante los ojos de Anatolia, ella sí que era una esclava, y que sentía resentimiento por aquel estatus social. Al menos para Diómeda, la diferencia de ser una esclava de Edium, perteneciente a Anatolia, a ser una peneste, era abismal-. Lesbos neutral a Hititas, Rey Mácar mantener neutralidad tanto con Troya como con Imperio Hitita. Yo enviada especial a Rey Mácar, interprete, varios idiomas… no muy buena… -se apenó ella.

-Para no tener cosmos te comunicas bastante bien, te entiendo perfectamente –aceptó Aquiles-. De modo que el Imperio Hitita envió a varios esclavos a Lesbos para ganarse la alianza con Lesbos. ¿A favor de Troya? –preguntó Aquiles.

-Hititas no estar en guerra con Troya aún –aceptó Diómeda-. Hititas en guerra con Kemet… es decir, Tierra Negra… Egi-Egipto –corrigió ella-. Hititas siempre en guerra, contra todos. Hititas ser Imperio Bélico… antes de guerra contra Kemet… Egipto, Hititas tener guerra civil. Kurunta, iniciar golpe de estado contra Rey Tudhaliya IV, golpe de estado no favorable. Pero, Tudhaliya IV primo de Kurunta, así que no matar a primo, desterrarle. Kurunta refugiado en Egipto, aprender lengua, aprender cultura. Kurunta traicionar a Faraón de Egipto, robar Triada de Dioses –le explicó ella, llamando la atención de Aquiles.

-Espera, espera… -se confundió Aquiles-. Solo quiero saber que no malinterprete tu traducción. Kurunta, se refugió en Egipto, y secuestró a 3 Dioses de allí. ¿Es posible secuestrar a un dios? Seguro son más inútiles que Shana –se quejó Aquiles-. A todo esto, ¿cómo una esclava logró hacerse con todo este conocimiento? No eres una esclava cualquiera, ¿verdad? –preguntó.

-En cultura Hitita, hijas de Mesedis, los grandes guerreros Hititas, ser entregadas como regalos a grandes reyes como ofrendas –miró nuevamente Diómeda a Briseida, como juzgándola, aunque Briseida no tuviera nada que ver-. Pero, esclavas recibir educación… informar a Mesedis, así cuando Hititas conquistar reinos donde entregar a hijas esclavas, tener información de reino a traicionar –admitió.

-Te estás ganando un lugar en mi poste –se quejó Aquiles, Briseida asintió comprendiendo el peligro que representaba una esclava Hitita, cuya lealtad parecía bastante cuestionable después de eso-. Pero no aprendiste todo eso siendo esclava de Mácar. Hasta donde entiendo, nunca se selló la alianza con Lesbos –declaró Aquiles.

-No alcanzar a celebrarse. Patroclo atacar Mitilene antes de terminar negociaciones –le explicó ella-. Yo aprender, junto a otras hijas de Mesedis, de Kurunta sobre cultura de Egipto –agregó ella, sorprendiendo a Aquiles-. Cuando Rey Tudhaliya IV morir, hijo Suppiluliuma II subir a poder. Suppiluliuma perdonar a tío, enviar mensajeros a Egipto. Kurunta regresar, con tesoros de Egipto, incluido tesoros a Triada Sethica, conjunto de tres Paladios conteniendo el Heka de 3 Dioses Egipcios, mientras Faraón Ramsés III celebrar funeral de padre fallecido, el Faraón Setnakhte –terminó ella.

-Cualquier parecido con Paris de Troya robándose a Helena de Esparta mientras Menelao atendía al funeral de su padre Atreo en Micenas, es mera coincidencia –agregó Aquiles con fastidio-. Ahora resulta que se aprovechan los funerales de los reyes para saquear reinos. Los de Anatolia no respetan nada –continuaba con sus quejas Aquiles-. Así que, Kurunta regresa al reino de los Hititas… ¿Hatussa? –preguntó Aquiles, intentando retener toda la información, y Diómeda asintió- Con los tesoros de Egipto, incluyendo 3 Paladios conteniendo, ¿el qué de los Dioses…? –preguntó, demasiado confundido por el exceso de información.

-Heka… -continuó ella-. Dioses de Egipto siempre honrados en triadas. Kurunta robar Paladios de Seth, Ra y Sin. El Heka fuerza de Dioses, sellada en Paladios de Dioses, para uso de seleccionados por Faraones. Con paladio de Seth, Kurunta tener Heka de Seth, poder hacer magia de Seth –explicó torpemente.

-Magia de Seth –lo pensó Aquiles detenidamente-. El Paladio de Athena contiene una porción del cosmos de Atenea sellado en su interior. Entonces Heka debe ser cosmos. La Triada de Dioses que Kurunta robó pertenece a Tres Dioses Egipcios entonces. Lo que significa que esos Paladios que Kurunta robó, seguro liberan un poder equivalente al de los Dioses Egipcios para quienes los poseen. ¿Es eso lo que intentas decir? –preguntó él.

-Kurunta quedarse con Paladio de Seth, entregar Paladio de Ra a sobrino Suppiluliuma II. El Paladio de Sin… no sé… -admitió ella-. Reino Hitita ahora tener Heka de Dioses Egipcios. Faraón Ramsés III iniciar guerra con Hititas para recuperar a Triada Sethica robada. Hititas no deseaban alianza con Lesbos, necesitarla, porque Egipto más fuerte que cualquier enemigo. Egipto no descansar hasta recuperar a Dioses robados, Hititas en decadencia, guerra por todas partes. Yo cansada, Hititas tratarme como moneda de cambio. Solo querer salvar a padre. Tú salvar a padre, yo servirte, Imperio Hitita, no importar –aseguró ella.

-Típico… solo ves por ti misma, no te importa tu pueblo –insultó Briseida, Diómeda la miró con descontento por la acusación-. Que todo el mundo muera menos tu padre, ¿verdad? No te importa nada más que tú misma, y estás dispuesta a dejar morir a quien sea con tal de quedarte con una sola vida, la de tu padre. Que egoísta –se quejó ella.

-Vaya, comprendiste la Guerra de Troya muy rápido. Todo empezó por un lujurioso que egoístamente le dio la espalda a su reino por quedarse con la vida de una mujer –se burló Aquiles, Briseida inmediatamente se mordió el labio y enfureció por la comparativa-. No te prometo nada, Diómeda, solo que haré lo que esté en mi poder por salvar a tu padre –aseguró Aquiles. Diómeda tan solo reverenció. Las puertas de los aposentos de Aquiles entonces fueron golpeadas, y Antíloco entró en la habitación.

-Tierra a la vista, Aquiles. Estamos llegando a Edium –enunció Antíloco, Aquiles asintió y se puso de pie, tomando su casco y colocándose a momento en que dirigía su mirada a Diómeda-. ¿Ella es…? –preguntó Antíloco confundido.

-Si sigue sirviéndome como hasta ahora, podría llegar a ser mi nueva concubina –sonrió Aquiles de forma maligna, escandalizando a Briseida-. Cuida bien de mis aposentos, Diómeda, y nada de cuchillos u otros objetos afilados cerca de Briseida –pidió Aquiles.

-¡Aquiles! –gritó Briseida, pero Aquiles la ignoró y cerró la puerta tras de sí- ¿¡Cómo que nueva concubina maldito degenerado!? ¡Yo soy tu concubina! ¡No espera! ¡Ojalá que te mueras en el asedio maldito infeliz! –continuó ella, respirando pesadamente tras sus gritos desesperados- ¡Tú! ¡Esclava o lo que seas! ¡Soy la concubina de tu señor! ¡Por consiguiente debes obedecerme! ¡Libérame! –ordenó Briseida.

-Concubina atada a palo no ser muy brillante, yo penesta, mientras más valiosa para mi señor, más libertades, tú observar. Cuando esto acabar, yo concubina y tu penesta –se burló Diómeda, enfureciendo a Briseida aún más-. Una vez que pasar de penesta a concubina, siguiente paso pasar a esposa. Poste entonces pertenecerme también –se burló.

-¡Hija de Afrodita! ¡Son tal para cual! ¡Antes de matar a Aquiles te mato a ti! –forcejeó Briseida contra sus ataduras, mientras Diómeda bostezaba, y se acomodaba sobre las pieles en la habitación de Aquiles, intentando conciliar el sueño- ¡Maldita! ¡Yo llegué un año antes que tú y ni una sola vez he podido dormir acostada! –se quejó ella.

-Haberlo pensado mejor, pieles ser mejor que poste. Ahora a callar, yo dormir –le dio la espalda a Brideisa, y la dejó rabiando, mientras ella intentaba conciliar el sueño. Ni concubina ni penesta sin embargo, lograron notar a cierta sombra que comenzaba a materializarse en el camarote de Aquiles. Una Furia había logrado infiltrarse, Alecto, la Furia de la Ira. Las piezas en el tablero de ajedrez de Heleno, continuaban moviéndose.

Quios. Reino Subterráneo de Enopión. Fortaleza de Enopión.

-Los vientos van en esta dirección… y se sienten más fuertes que antes. Estoy cerca –enunció Memnón para sí mismo, mientras el General de Poseidón cuya Escama representaba al Kraken, había llegado al centro de la ciudad subterránea, encontrando la fortaleza del antiguo Rey Enopión, como el centro de los vientos que alimentaban la velocidad de los Sátiros, mientras mantenían a los Generales de Poseidón ralentizados. Memnón, quien hasta esos momentos saltaba de estructura en estructura, por fin tocó suelo frente a las murallas de madera del palacio-. Hora de tocar la puerta –comenzó Memnón, elevando su cosmos, cuando las puertas de madera de ciprés adornando el palacio, se abrieron frente a él, y un grupo de Sátiros recibió a Memnón, no agresivamente, sino más bien invitándolo a pasar-. ¿Qué Espectros está pasando aquí? –preguntó Memnón, pero no recibió respuesta de los Sátiros, quienes se mantuvieron firmes, con sus lanzas en los costados, y permitiéndole el paso a Memnón.

El General de Poseidón se mostró desconfiado, pero entró dentro del palacio, no sin mantener su guardia en alto esperando ser traicionado por los Sátiros que lo invitaban a entrar, notando que ninguno le prestaba atención, e inclusive notando que había más Sátiros por las intersecciones en el palacio, apuntando con alguna de sus lanzas a la dirección a seguir. Memnón siguió las indicaciones, curioso, y los Sátiros le permitieron pasar, aunque gruñían a cierta sombra que Memnón no había percibido, pero que los Sátiros sí lograban ver. La Furia Ápate seguía a Memnón, los Sátiros lo sabían, pero no la atacaban, solo la observaban.

-Tranquilos, Sátiros… Apolo es aliado de Hades. Y aunque soy la Furia de la Traición, en estos momentos una traición no me es conveniente –se burló Ápate, siguiendo a Memnón desde las sombras, hasta una sección del Palacio de Enopión donde se escuchaba a una multitud celebrando. Un coliseo había sido construido dentro del Palacio de Enopión, donde los Sátiros celebraban el presenciar un combate, un combate que Memnón ahora presenciaba de igual manera, entre un Epíteto del Sol, Cipariso de Céfiro, el guerrero de Glorie de cornamenta de ciervo diamantada, contra Peneleo de Dragón Marino, quien estaba agotado, y con su Escama cayéndose en guijarros.

-¡Peneleo! –exclamó Memnón preocupado, corriendo por las escaleras del coliseo hasta casi llegar a la arena de batalla, cuando un par de Sátiros se interpusieron en su camino, cortándole el mismo al colocar una lanza cada uno en cruz.

-Memnón del Kraken, Rey de Etiopía. Ya llegará tu turno, tan solo espera –enunció Cipariso, aparentemente en un combate más de boxeo que de cosmos con Peneleo, quien no lograba elevar su cosmos, y terminaba siendo golpeado por Cipariso en reiteradas ocasiones, hasta terminar noqueado por un potente golpe del mismo-. Dragón Marino nuevamente, resulta ser un oponente bastante decepcionante… -declaró Cipariso, tronándose los nudillos, mientras un par de Sátiros llegaba ante Peneleo, lo tomaban de los brazos, y lo arrastraban por la arena hasta un conjunto de jaulas, donde lo lanzaron, junto a un aturdido Políxeno con un ojo cegado por la hinchazón en su rostro.

-¡Políxeno! –exclamó Memnón preocupado, pero los Sátiros nuevamente lo repelieron. Memnón esta vez no se dejó intimidar, y elevando su cosmos como la aurora, atacó a los Sátiros, matándolos con la fuerza de su cosmos congelante, antes de saltar a la arena de batalla y encarar a Cipariso- ¿Qué es esto Cipariso? ¿Cómo osas mantener prisioneros de esta forma a tus enemigos? –se quejó Memnón.

-¡Memnón, atrás! ¡El Paladio! –intentó decir Políxeno, pero más tardó Políxeno en intentar advertirle, que Memnón en intentar usar su cosmos para atacar a Cipariso, notando que su cuerpo no se movía a la velocidad que él hubiera esperado, y que Cipariso en su lugar lo golpeaba en el pecho con fuerza, forzando a Memnón a escupir sangre, y a caer sobre sus rodillas- ¡Memnón! –gritó Políxeno preocupado.

-Qué lástima, otro supuesto héroe descerebrado que ataca primero y piensa después… ya he enfrentado a muchos como tú antes –se burló Cipariso, mientras los Sátiros a su alrededor vitoreaban emocionados.

-¡Memnón! –llamó Políxeno desde su celda, mientras Memnón intentaba reponerse y elevar su cosmos- ¡Memnón! ¡Tienes que salir de la arena! ¡La Estatua de Céfiro! ¡Está hecha de Paladio! ¡Niega nuestro cosmos! –le explicó Políxeno.

-¿Qué has dicho? –preguntó Memnón, mirando en todas direcciones, y encontrando, suspendido sobre sus cabezas, una estatua encadenada con la imagen de un dios desnudo, encadenado por eslabones de madera a 4 columnas que se alzaban sobre la arena, permitiendo a la figura de madera, que al parecer poseía un cosmos como vientos esmeralda, rodear toda la arena- ¿Qué Espectros es eso? –preguntó Memnón, sintiéndose débil.

-¿Sientes tu edad, Memnón del Kraken? –se burló Cipariso, cuyo rostro no era visible gracias a una sombra que le cubría por su casco- Mi nombre no solo es Cipariso, sino que soy el mismo Cipariso que amó a Apolo por sobre todos. Pero también soy Céfiro, el asesino de Jacinto, otro de los amantes de Apolo, también he sido llamado Bóreas, y se me ha atribuido el Viento del Norte en lugar del Viento del Oeste –aseguró el Epíteto del Sol.

-Céfiro y Bóreas son Dioses diferentes. Uno es bondadoso, el otro violento, no puedes ser ambos –se quejó Memnón, pero los vientos que ahora rodeaban a Memnón, eran bastante fríos y violentos-. A menos que… Bóreas sea Céfiro tras caer en la Tiranía Divina –se preocupó Memnón.

-Como todo dios habrá de caer –enunció Cipariso, mirando a Memnón con una sonrisa burlona, aparente incluso debajo de la sombra oscura que producía su casco para cubrirle el rostro-. No existen los Dioses bondadosos, Memnón, Poseidón llegará a entenderlo, cuando asesine a todos sus Generales Marinos frente a él, y lo obligue a entregarse a la Tiranía Divina –comenzó a reír Cipariso, sus vientos tornándose más agresivos.

-Usas el cosmos, pero el mío no puede manifestarse. ¿Porqué? –preguntó Memnón, mirando a donde Peneleo y Políxeno se encontraban, débiles, y sin poder utilizar sus cosmos- Buscamos a Peneleo y a Políxeno con nuestros cosmos, pero nadie salvo Poseidón logró sentirlos. De no ser por el tenue sonido de la flauta de Políxeno, no los habría encontrado –aseguró.

-Sonidos de flauta llevados por mis vientos. Siempre quise que nos encontraran, Memnón, pero no podía permitir que se supiera que, gracias al Paladio de Céfiro, soy capaz de anular el cosmos de los Generales Marinos –comentó él.

-Memnón, el Paladio de Céfiro representa a los vientos que alguna vez formaron parte del dominio de Poseidón –le explicó Políxeno, sobresaltando a Memnon-. Los Generales Marinos no podemos levantar nuestro cosmos contra un dominio que perteneció antes a Poseidón, y si bien el Paladio de Céfiro posé únicamente uno de los 4 Vientos de Poseidón, Bóreas es otro de los 4 Vientos. Dos de los 4 vientos de Poseidón están presentes en Céfiro y Bóreas. Esto significa que la fuerza de tu cosmos está dividida a la mitad –le explicó Políxeno.

-Los 4 vientos eh… -enunció Memnón con tranquilidad, una tranquilidad que llamaba la atención de Cipariso-. Céfiro el Viento del Oeste –miró Memnón al Paladio de Céfiro, que contenía los vientos que suprimían sus poderes-. Bóreas el Viento del Norte –miró Memnón a Cipariso, quien sonreía divertido-. Después están Euro, el Viento del Este, sellado en la vasija de la Armadura Dorada de Acuario como regalo de Poseidón a Athena. Y eso nos deja con un viento faltante, déjame pensarlo, ah sí, Noto, el Viento del Sur, el único viento que permaneció bajo el dominio de Poseidón. ¿Dónde es que lo puso? Déjame recordar. ¡En el Aliento del Dios de los Mares! –el cosmos de Memnón se incineró, y de su boca salió disparado un ataque de cosmos que Cipariso no se esperaba, y que lanzó al Epíteto del Sol hasta estrellarlo contra los barrotes, detrás de los cuales Políxeno se apresuró para apresar a Cipariso, e intentar estrangularlo.

-Esa técnica… es la técnica de Automedonte… -comenzó Peneleo, reponiéndose, y mirando a Memnón fijamente-. ¿Cómo es que conoces esa técnica? ¿Cómo es que puedes usar el cosmos aun cuando los Vientos de Céfiro nos debilitan tanto? –se quejó Peneleo, evidentemente celoso de lo que Memnón había logrado.

-Es verdad que Automedonte es quién da más uso a esta técnica. Pero no es él, ni soy yo, quien tiene un mejor dominio sobre la misma, sino Anceo de Lynmades –le explicó Memnón. Cipariso no esperó a que terminara la explicación, golpeó con su casco la nariz de Políxeno, obligándolo a soltarle, e incorporándose lejos de los barrotes-. El Aliento del Dios de los Mares, es una técnica que permite a cualquier General Marino el conectarse momentáneamente al Cosmos Primordial de Poseidón y acceder a los vientos que nuestro señor domina. Un préstamo por decirlo de una manera. El Aliento del Dios de los Mares es entonces, una técnica común para cualquiera de los Generales Marinos, ya que Poseidón nos brinda libre acceso a estos vientos. La razón por la que Automedonte utiliza estos vientos con mayor frecuencia, es porque su Escama, Hipocampo, siempre acompañó a Poseidón a sus batallas, por lo que está en la memoria de Hipocampo el conocimiento de esta técnica, que ha visto salir de labios del mismo Poseidón en batalla –aclaró Memnón, subiendo su defensa, y rodeándose del cosmos de Poseidón mismo, quien parecía compartirle sus vientos desde la distancia, y aparecía de forma astral respaldando el cosmos de Memnón, lo que escandalizó a Cipariso, quien nerviosamente comenzó a subir su guardia-. Anceo sería el mejor usuario de la técnica, si no fuera un descerebrado que prefiere la fuerza bruta por sobre todo, ya que Anceo es el General de los Mares del Sur de donde provienen estos vientos, yo por otro lado, soy el General de los Mares del Norte, lo que me hace el usuario más débil, entre los Generales Marinos, de los Vientos del Sur. Bueno… Cipariso, elegiste mantener prisioneros a 2 Generales Marinos, a uno para que, con su música, atrajera mi atención, al segundo, para tener algo de deporte, muy seguramente porque te dio bastantes problemas, tantos problemas que elegiste dejar al vejestorio atrás, para manipularme a caer en esta pequeña trampa tuya… no te salieron las cosas como esperabas, ¿verdad? Soy el más viejo de los Generales de Poseidón, debiste pensarme el de mayor experiencia en lugar de menospreciarme por mi edad. Mi experiencia es suficiente para, aun sabiendo que soy el que menor control sobre los Vientos del Sur al servicio de mi señor Poseidón, poder acceder a ellos, y con ellos te voy a patear tu lindo trasero. No puedes eliminar mi cosmos, Cipariso, ¡Este Paladio no significa nada para mí! ¡Aliento del Señor de los Mares! –lanzó su cosmos Memnón, respaldado por el mismo Poseidón, quien desató su ira con los Vientos del Sur, que se estrellaron contra los Vientos del Oeste, que cayeron bajo el control del Dios de los Mares, formando un inmenso torbellino, que destrozó el techo del Paladio de Enopión, y se llevó a los Sátiros en un vórtice violento que los lanzó por los aires. Cipariso, manipulador de los Vientos del Oeste gracias a Céfiro, y de los Vientos del Norte por la gracia de Boreas, terminó siendo arrastrado por la combinación de 3 de los 4 Vientos Cardinales gracias al cosmos de Poseidón, en un torbellino tan poderoso, que forzó al Palacio de Enopión a colapsar. Los Sátiros a ser despedazados por los vientos y a Cipariso, desaparecer gritando de dolor por el arrastre de los mismos.

Una vez el inmenso torbellino terminó por disiparse, lo único que quedaba de la arena de batalla donde Cipariso atraía a sus presas como parte de su perturbador deporte personal, era la arena de batalla, y los restos maltrechos de la celda compartida por Peneleo y por Políxeno, ambos también habían sido alcanzados por los vientos, sus Escamas fragmentadas en varias secciones, algo que Memnón, cansado por el esfuerzo, no había logrado evitar.

-¡Imbécil! –recriminó Peneleo molesto, poniéndose de pie en medio de los escombros, y mirando a Memnón fijamente- ¡Pudiste habernos matado! ¡Si no sabes controlar los Vientos de Noto, no los uses de una forma tan imprudente! –recriminó Dragón Marino.

-¡Nos salvó la vida, Peneleo! ¡Al menos has del favor de mostrar gratitud por ello! –esta vez quien se molestó fue Políxeno, quien no podía entender el cómo Peneleo podía sentir tal odio por Memnón, que incluso tras arriesgar tanto por salvarle la vida, no le importaba.

-¡Mi vida no estaría siquiera en peligro si Memnón hubiera hecho lo que debía hacer hace tres años, y se hubiera enfrentado a Sarpedón de la Quimera! –recalcó Peneleo violentamente, Políxeno intento tomarlo del hombro y hacerlo recapacitar, pero el furioso de Peneleo se quitó su mano de encima, y en su lugar encaró a Memnón con desprecio- Esto no cambia nada. Así como yo lo veo, todo lo que has hecho hasta ahora, son intentos inútiles por enmendar tu error, un error que provocó esta guerra –aseguró él.

-¿Me estás acusando de ser el detonante de la Guerra de Troya? –se quejó Memnón- ¡Hice lo que debía hacer para salvar nuestras vidas, joven imbécil! ¡No puedes culparme por lo que le pasó a Helena! –aseguró Memnón.

-Puedo y lo haré –le respondió Peneleo con desprecio-. ¡Un verdadero guerrero hubiera dado su vida de ser necesario por defender el honor de Menelao de Esparta! ¡Tú debilidad fue la que detonó en Paris llevándose a Helena a Troya! ¡Estamos en esta guerra por tu culpa! –le apuntó Peneleo, Memnón estaba furioso, y Políxeno comenzaba a preocuparse al sentir el cosmos de Memnón incinerarse, violento, y forzando a tierra a temblar.

-¡Memnón, no lo escuches por favor! –intentó mediar Políxeno, mientras Peneleo comenzaba a incinerar también su débil cosmos- ¡Peneleo no sabe lo que dice! ¡Está guerra no es tu culpa! ¡Hiciste lo que tenías que hacer por salvar nuestras vidas! –intentó calmar las aguas Políxeno, aunque se deprimió tras las mismas. Él también había hecho lo que pensó mejor para salvar la vida, y ahora tenían una deuda de honor con un Juez del Inframundo, debiéndole un favor.

-No debes preocuparte por mí, Políxeno –aseguró Memnón, calmando su cosmos-. No me sorprende siquiera lo malagradecido que es Peneleo. El más joven de los Argonautas, y el más problemático de todos, quien luchó en Tebas la de las 7 Puertas, e ignoró las advertencias del adivino Tiresias de evacuar la ciudad, llevando a sus hombres a la muerte contra los Epígonos. Puedo inclusive verlo, a Peneleo derrotado, todos sus hombres muertos, su Escama manchada en sangre, mientras Diomedes de Escorpio lo mira desde arriba, tiránico desde lomos de su caballo maldito, Deino, mientras le dice: «no vales la pena» -espetó Memnón en tono de soberbia, enfureciendo a Peneleo aún más-. Fuiste tan insignificante para Diomedes, que te dejó reinar en Tebas como Co-Rey bajo su mandato, a un pueblo de Tebanos supervivientes que te dieron la espalda por enviarlos a la muerte en una batalla perdida. 50 naves fueron enviadas por Tebas la de las 7 Puertas, ni uno solo de sus soldados sirve a su supuesto Rey Peneleo. Diomedes gobierna 3 reinos, tú gobiernas solo a tu Escama, lo que ya es mucho decir, rey sin reino. Tan preocupado estaba Diomedes de que tu propio pueblo te asesinara, que te envió a Creta a refugiarte en la Corte de Idomeneo. Dragón Marino, tu desesperación por mostrar tu valía es tal, que nada importa para ti realmente, porque a nadie le importas en realidad, lo único que tienes a tu nombre es esa Escama, pero sin ella no eres rey, sin ella no eres soldado, General Marino es solo un nombre. ¿Qué podría importarme el resentimiento y falta de gratitud de tan patético ser? –finalizó Memnón, Peneleo enfureció, tomó a Memnón del cuello e intentó partírselo, el anciano Rey de Etiopía no hizo el intento por defenderse, le dejó hacer lo que quisiese, y Peneleo, pese al odio, no pudo hacerlo, bajó los brazos, derrotado-. Eso pensé… incluso si tuvieras el valor, no conseguirías más que más manchas a tu orgullo… ahora lárgate de mí vista, Dragón Marino… es la última vez que demuestro remordimiento por ti… no mereces siquiera eso… -aseguró Memnón, Peneleo no dijo más, mantuvo su mirada molesta, y se retiró.

-Memnón… -comenzó Políxeno preocupado, Memnón tan solo suspiró, sabiendo que Políxeno no aprobaría sus acciones-. Eso ha sido demasiado duro… sé que Peneleo lo merecía, pero pienso también que fuiste muy lejos –le recriminó.

-La verdad incómoda, Políxeno. Y yo he hecho todo lo posible por aceptar a Peneleo como mi compañero –se defendió Memnón-. Todos cometemos errores en nuestra vida. Tal vez el evitar enfrentarme a Sarpedón, me haya hecho parecer un cobarde frente a los demás Generales Marinos, y haya permitido a los Jueces del Inframundo llevarse a Helena. La verdad no lo sé, pude incluso haber perecido en ese mismo momento, y Helena de cualquier forma hubiera sido raptada. Asumo la responsabilidad de mis actos. Entre los 7 Generales de Poseidón, yo ni siquiera fui un pretendiente. No le debo lealtad a Menelao, pero heme aquí, sirviendo a Poseidón. Nada me ancla a esta guerra, y aun así doy todo de mí. ¿Qué me ha traído eso? Nada más que insultos de un rey sin reino –insistió.

-Lo entiendo, Memnón… pero… -comenzó Políxeno, deprimido-. Todos somos aliados… discutir entre nosotros, de esta forma, no está bien. Peneleo está mal en actuar como hace, pero creo también que deberías disculparte por menospreciarlo de esa manera –pidió él.

-¿Disculparme? –respondió Memnón de forma arrogante- Soy el Rey de Etiopia. El sin reino debería agradecerme el que no lo haya ejecutado personalmente por sus insultos –se defendió él, y aquellas palabras molestaron a Políxeno.

-No apruebo el comportamiento de Peneleo, mi Rey Memnón… pero como Co-Príncipe de Élide que soy, debo decirle que usted tampoco se está comportando a la altura de su mandato –intercedió Políxeno, quien era aún demasiado joven para comprender la arrogancia de Memnón-. Espero que siga demostrando la sabiduría de la que sé que es capaz, mi rey, y que no manche más la imagen que tengo de usted –pidió Políxeno, retirándose, y dejando a Memnón, confundido.

-¿Cómo terminé yo como el malo? ¡Políxeno! –llamó Memnón, pero Políxeno se adelantó, dejando a Memnón atrás- La juventud de hoy en día, ya no hay respeto por sus mayores. Suficiente hice siendo rey viniendo a por ustedes dos, par de ingratos. Los reyes no deberían siquiera estar en el campo de batalla, esas tonterías del heroico rey guerrero me repugnan. Yo no tengo nada que demostrarle a nadie –se fastidió Memnón, cruzándose de brazos.

-La juventud de ahora es tan extraña, ¿no es así mi rey? –escuchó Memnón, se viró con la guardia en alto, y frente a él bajó Ápate, la Furia de la Traición, con una mirada endemoniada y llena de locura dibujada en su rostro de piel ceniza, y en sus ojos de iris violeta. Su cabellera blanca ondeaba con una fuerza de cosmos oscura, mientras flotaba grácilmente a centímetros del suelo- Poseidón no merece a alguien como usted en su orden, mi señor Memnón –prosiguió la Furia, apagando su cosmos, y cayendo elegantemente frente a Memnón-. Esta guerra, jamás ha sido su problema –aseguró.

-¿Quién eres? –se preguntó Memnón, mirando fijamente a la mujer- Vistes una Suplice, o algo muy parecido. Ese negro tan profundo, lo he visto antes… ¿una Furia? –se estremeció Memnón, elevando su cosmos y preparándose- ¿Qué hace una Furia aquí? ¡No he irrespetado juramento alguno! ¿A qué Furia representas de todas formas? –continuó con su inspección Memnón, notando un bello cinturón de cuero negro, tan delgado que era más similar a una tela negra que a un cuero, y con un conjunto de medallones dorados incrustados en la misma- El Cinturón de los Pseudologos. Los trucos, las artimañas, y las mentiras. Eres Ápate, la Divinidad del Engaño y la Traición. ¿Por qué te presentas ante mí? –se quejó Memnón.

-Vaya rudeza, y yo que he venido a prevenirte –enunció Ápate, fingiendo estar dolida-. Siempre es lo mismo, la bella Ápate aparece, e inmediatamente me juzgan como la mala. ¿Acaso no pueden pensar en mí como alguien que vela por los demás? –sonrió ella.

-Vistiendo una Suplice, y con un cinturón lleno de mentiras, claro. No hay nada sospechoso en eso –prosiguió Memnón sarcásticamente, manteniendo su guardia en alto, mientras Ápate, divertida, comenzaba a caminar alrededor de él-. ¿Qué quieres Furia? –insistió Memnón.

-Memnón, Memnón, Memnón, me lastimas. Es verdad que soy una Furia, pero si en verdad te quisiera muerto, no habría nada que pudieras hacer. Las Furias entramos dentro de la categoría de Bestias Ctónicas, Memnón. Nuestra lealtad no es a ningún dios. Vestiré una Suplice, pero solo es una forma de reprimir mis poderes. Nadie me gobierna, nadie me domina. Tendré una dependencia a Hades quien ha dividido mi fuerza verdadera al someterme a un Oneiros, pero las fuerzas a las que sirvo son superiores a los Dioses. ¿O acaso no es verdad que los Dioses acuden a nosotras las Furias para cazar a quienes rompen sus juramentos? Mientras no rompas un juramento Memnón, ¿qué razón tengo yo, la Furia de la Traición, para venir ante ti? –sonrió ella.

-Se me ocurren bastantes razones, la mayoría no muy gratas –aseguró Memnón. Ápate mantuvo su sonrisa-. Mi lealtad a Poseidón es incuestionable, Ápate. Pierdes tu tiempo conmigo. Ahora vete… -pidió Memnón.

-No estoy poniendo en duda tu lealtad, Memnón. En realidad, he venido ante ti porque sé, que de entre todos los Generales de Poseidón, tú eres el más leal de todos –aseguró Ápate, tomando su cinturón, y desamarrándose el mismo-. Y como prueba de que digo la verdad, pese a ser la Furia de las Mentiras y la Traición, he de quitarme mi cinturón, y realizar un juramento en nombre del resto de las Furias, de que lo que he de decir ahora, es enteramente la verdad absoluta, y que, si he de falsa yo ser, me someteré al castigo de mis hermanas –enunció Ápate, quitándose su cinturón, lanzándolo lejos, y elevando su cosmos tan alto, que sus ojos comenzaron a llorar sangre.

-¿Lágrimas de Sangre? –se impresionó Memnón- Tu alma llora… no estás mintiendo, esto no es un engaño –aseguró Memnón, poniendo especial atención en el Cinturón de los Pseudologos en el suelo-. El Cinturón de los Pseudologos reaccionará siempre a las mentiras, a los engaños, y a las trampas, pero este no reacciona. Pensaría que Ápate, entre todas las Furias, podría resistir incluso a su propio cinturón, pero el llorar sangre… solo el alma puede hacer eso, y el alma no puede manipularse. ¿Qué intentas advertirme, Ápate? –preguntó Memnón.

-Solo esto, Memnón… al final de la presente guerra, si los Aqueos resultan victoriosos… Poseidón se convertirá en ira divina –aseguró Ápate, preocupando a Memnón-. El dios al que sigues ciegamente, tu señor por quien has ido a la guerra pese a no poseer un juramento, terminará por convertirse en el primero de los Dioses Tiranos, enemigo de la humanidad, su amor por los humanos por siempre borrado en favor de mantener a Athena pura… ¿es eso ser leal a Poseidón, Memnón, el entregar a Poseidón a la Tiranía Divina? –preguntó ella, preocupando a Memnón- ¿Eres lo suficientemente leal, para levantarte en contra de tu propio dios, por un bien mayor? –finalizó, y Memnón, el más leal entre los Generales Marinos de Poseidón, escuchó.