Capítulo 6: Llamando a la doctora del sueño

Regresando un día al campamento que levantaron en uno de sus terrenos en los campos otoñales de California, Papá Marco estacionó su motocicleta junto a la caravana del más anciano del grupo a quien topó echado en una silla de jardín con los pies para adelante.

Al ver aproximarse a Marco, Rick lo saludó dando un bostezo y cabeceó. Estaba asando hamburguesas en su parrilla, pero con muy pocas ganas.

–Abuelo, ¿has visto a Star?

¡Berp...! –el viejo dio un trago a su licorera y contestó con otro sonoro bostezo–.En el observatorio.

En cuánto se dispuso a voltear una hamburguesa con la espátula, su mano le tembló bastante. La otra también cuando quiso dar otro trago a su licorera. Lo cual preocupó aMarco.

–¿Te sientes bien?

–Como un roble... –asintió el anciano dando otro bostezo, y tosió dos veces–. Cof... Cof...

Lo que preocupó a su compañero todavía más.

–Gracias.

Arriba, en la tarima montada en el techo de su EarthCruiser, Star la Chistera mantenía una pose de meditación sobre un tapete de yoga. Cuando llegó con ella, Papá Marco la saludó con un beso en los labios. Lo que la sacó de su trance trayéndola de vuelta al plano físico.

–Hola. Perdón la interrupción.

–¿Tuviste suerte? –le preguntó Star, quien aprovechó el momento para desperezarse y estirar las piernas.

–Estoy más cerca –informó el latino–. Está en alguna parte de Arizona, creo. Nos iremos de paseo cuando lo tenga perfectamente ubicado... Hasta entonces... Tenemos... Tienes que abrir un contenedor, Star.

–Comimos vapor hace seis meses, Marco –replicó la rubia–. Seis meses no son nada.

–Ese niño de Maryland, Craig, no tenía tanto vapor, y ya se nota. ¿Ya viste las canas delAbuelo Rick? No lo veo bien.

–Abuelo Rick no está bien desde que Trump era presidente.

–Ya sé, lo sé, pero... Hay que comer... Todo el grupo... ¿Los cilindros tienen poco?

–Claro que no –esperando que dejara el tema de lado, ella empezó a besarlo en el cuello–. Es sólo que no hay que desperdiciar nuestras reservas si estás tan cerca de encontrar al niño.

–Star –Marco se apartó echándose para atrás–, puede que necesite para encontrarlo... Antes había más vapor en el mundo.

–No seas bobo. Es como cuando los paletos dicen que las cosas eran mejores hace cincuenta años.

–En serio, en estos tiempos hay menosvapor y es más débil. No sé si será lo que comen hoy en día, sus celulares, los servicios de Streaming o qué, pero últimamente no detecto muchos rastros y los que si son tan débiles que...

–¡Bueno, ya! –Starterminó por acceder–. Abriré un contenedor esta noche para que todos aguanten.

–Gracias.

Marco quiso besarla nuevamente, pero ella fue la que esta vez se apartó echándose para atrás.

–Tú lo sabes, Star –señaló él, resignándose a volver a bajar por las escaleras.

–¿Sé qué? –inquirió la rubia, que en cambio retomó su pose de meditación.

–Por eso subes todos los días al observatorio –la acusó Marco–. Siempre estás aquí sin importar lo que le digas a todos. El mundo ya no tiene tanto vapor y por eso estás buscando una Ballena blanca.


Esa misma noche, Star sacó uno de los cilindros de su caja de seguridad y lo llevó con los Verdaderos,quienes se congregaron en el área de picnic del campamento.

Un murmullo, leve y ansioso, se elevó en sus oídos. Sabía cómo se sentían; ella misma estaba famélica.

Giró la válvula y dejó escapar una nube centelleante de niebla blanca que componía la esencia de un chico muy brillante de Danville llamado Ferd Fletcher, al que las autoridades del área limítrofe registraron como desaparecido poco después que hallaran a sus padres y sus dos hermanastros muertos con un tiro en la cabeza un agosto del 2007.

Papá Marco ayudó al debilitado Abuelo Rick a llegar hasta la mesa en que Star dejó puesto el recipiente. Los demás observaron inmóviles, con rostros expectantes. La mayoría temblaban. Algunos, incluso, lloraban de felicidad. En breve, la niebla envolvió sus cabezas y todos empezaron a respirar profundamente.

Como todos, Star sintió que su cuerpo se llenaba con cada fragancia de esa noche primaveral. Las finas arrugas en torno a sus ojos y boca se estaban aislando y las hebras blancas de su abundante cabellera volvían a tornarse doradas. Así mismo, los abdominales de Papá Marco se tonificaron. Más tarde ambos le darían vuelta como pollo a la brasa.

Pero al que más le sentó bien fue al Abuelo Rick, cuyo cabello cano recobró su tonalidad gris hierro y su espalda ya no le dolía.

–¡Me siento mejor! –clamó con un grito de jubilo–. ¡Wubba Lubba Dubb Dubb!...

Con un efusivo salto hizo chocar sus talones, de paso sacudiéndose el chal de los hombros y arrojando su bastón a un lado, dado que ya no lo necesitaba.

–¡Pongan música! ¡Que alguien ponga algo de música!

Acatando su petición, Adrien el Mozo encendió la radio, con lo que el viejo se marcó un bailecito bien frenético para celebrar.

Adelante el pie derecho y el izquierdo hacia atrás –canturreó a viva voz–, como pista de Noruega una curva harás. Muévete a la izquierda y un paso a la derecha. ¡Mueve los codos y mira lo que hay arriba!

Los demás celebraron sacudiendo los puños y cantando rítmicamente:

Es el... Es el... Baile de Rick... Es el... Es el... Baile de Rick...

¡Es el Baile de Rick! ¡Si!... ¡BUERP!... ¡JA JA JA JA JA...!

Star sonrió complacida, por el momento. Sin embargo debía considerar que ya eran más los cilindros vacíos que los que tenían llenos.


La mañana después de eso, mientras se lavaba la cara y recogía su pelo cano con una diadema, Lucy se miró al espejo y notó que su piel estaba recobrando su palidez natural. Ya sólo lucía famélica, como antes, y no como una muerta viviente. Signo que esos últimos cuatro años de sobriedad le habían sentado de maravilla.

En ese tiempo había vivido bastante bien trabajando de conserje en el hospicio de Great Lake City bajo el mando de Ronnie Anne Santiago. A veces hasta jugaba a leerles la palma o el tarot a los residentes menos delicados, por lo que entre ellos siguió siendo conocida como "Madame Lucenda". Ganaba buen dinero y contaba con la estabilidad en su vida que había creído haber perdido tiempo atrás.

En un todo, se sentía mejor que antes... Aunque no tanto para volver a contactar a su familia. De hecho creía que ese barco había zarpado hacía tiempo y lo unico que le quedaba era seguir adelante por si sola.

Cuando entró al cuarto de baño para ducharse, la pared de pizarra estaba en blanco. No obstante, al salir con el uniforme ya puesto halló un mensaje en ella. Esta vez decía:

Buenos días :3

–Hace mucho que no te leía, mi amigo por correspondencia –masculló.

Así que cogió la tiza y escribió su respuesta al mensaje.

A la escuela.


A tres horas de allí, el remitente rió divertido, como si acabara de ser participe en alguna travesura inocente.

–Chuck... –oyó que lo llamaban–. A la escuela.

–Voy, mamá.

Cuando se sentó a la mesa para desayunar, Charlie estuvo a punto de regañarlo al verlo sacar su teléfono a primera hora; pero se abstuvo al notar que también se le escapaba una sonrisa, de esas que uno trata de esconder ante los demás. Así que decidió dejárselo pasar por esta vez.

Al poco rato que le pasó la bolsa con su almuerzo deseándole suerte en su día, Chuck se despidió de ella deseándole lo mismo.

En cuánto aquel jovenzuelo, ya entrados en sus doce, se retiró a la cochera, y Rusty pasó a dejar su plato y el de él en el fregadero, la mujer aprovechó para comentar lo que sospechaba con su pareja.

–Oye... Chuck ha estado como... Más alegre de lo habitual desde que regresó de ese campamento.

–Si –convino Rusty–. Ya lo había notado.

–Y ha estado usando esa loción para hombres que le regalaste –añadió Charlie–. ¿No será...? Tú... ¿Crees que tenga novia?

Rusty reflexionó y lo consideró, lo dudó bastante, pero no lo descartó del todo.

–Si... Podría ser.

Después de esto subió a su auto, en el que Chuck lo esperaba ocupando el asiento del copiloto con el cinturón ya puesto y su atención fija en el móvil. Ahí notó que se le escapaba otra sonrisa semi atontada, pero no dijo nada.

Por el momento se limitó a conducir dejando que su muchacho texteára en paz.


Dios, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar lo que si puedo, y la sabiduría para ver la diferencia.

Los participantes acabaron de recitar la oración, dando por iniciada la reunión de A.A que se celebraba cada viernes en el centro comunitario de Great Lake City.

A continuación, Alexis Flores, que fungía de coordinador, pasó al frente para dar un importante anuncio.

–Lucenda hoy está celebrando su cumpleaños. Cuatro años. ¡Cuatro años sobria!

Con lo que todos en la sala aplaudieron. En la mayoría de las reuniones de doble A llamaban cumpleaños a los aniversarios del tiempo que uno llevaba sin beber.

–Hola, soy Lucenda –se presentó cuando pasó a recibir su medalla–. Alcohólica.

–Hola, Lucenda –contestaron los demás, acorde a la parsimonia de las juntas.

–Háblanos de ti –pidió una integrante llamada Nikki.

–Si, ya son cuatro años –secundó otro llamado Artemis–. Estás entre amigos.

Suspiro... Está bien...–consideró que tenía razón al decir eso; y aunque no iba inventar más mentiras, si tuvo cuidado de no soltar verdades de más–. Hace mucho que no acostumbro a hablar con la gente... Menos a hablar en publico, así que creo que diré lo primero que se me ocurra... Quería... Quiero dedicar este momento a mi hermano, que ya no esta con nosotros.

–Lo siento –acertó a decir Alexis. Los demás escucharon con atención.

–Cuando era niña –prosiguió Lucenda–, y mi papá murió, él cuidó de mi y mi madre...

≪Y todas mis hermanas≫, añadió en mente.

–Creí que lo conocía bien hasta entonces; pero no lo conocí de verdad. No lo conocí bien hasta su época más oscura, cuando bebía a escondidas creyendo que mi mamá y yo no nos dábamos cuenta. Al menos yo si me daba cuenta. Sabía que él bebía para apagar el... Porque el alcohol... El mal humor y la ira, todas esas cosas de mi eran suyas, era lo que realmente conocía de él...

Su voz se agudizó y un par de finas lagrimas corrieron por sus blancas mejillas. Con todo y su aire sombrío, Lucenda podía mostrar sensibilidad en momentos así.

–Pero ahora lo vuelvo a reconocer como el hermano cariñoso que era antes... –sollozó–. Porque, a pesar de todo, sé que me quería.

≪Nos quería a todas≫.

–Como hubiera deseado que estuviera en una sala como esta... –dijo para finalizar–. Quizá así podría haber estado bien al final y no... Quisiera que hubiera estado en el mismo lugar que yo hoy y tuviera una moneda como esta en su mano... Y, si, aquí me tienen. Gracias de parte de los dos, creo.

Con esto dicho, Lucenda besó la medalla con el grabado de cuatro años y la alzó delante de sus compañeros de junta quienes volvieron a aplaudirle.

≪Esta va por ti, Lincoln Loud≫.


En el hospicio de Great Lake City no se tenía permitido tener mascotas, la jefa de enfermeras lo había dejado bien en claro. Pero había una excepción por valor de antigüedad. Un papagayo tan avejentado que sus plumas estaban descoloridas y muy raras veces se movía de su percha, en la que todo el tiempo permanecía posado dormitando. Se llamaba Sergio y hubo quienes incluso llegaron a creer era un ave disecada.

No la conserje, quien sabía que seguía vivo, por mucho que diera la impresión de estar más para allá que para acá. Lo descubrió una de sus primeras noches allí mientras se dedicaba a trapear los pisos. En dado momento se sobresaltó al oír el susurrar de unas alas, tras lo cual lo vio pasar volando a su lado y fue a posarse en el picaporte de una puerta.

Pst... Hey, Sergio... –lo había llamado esa vez, igual a cómo le decían Sid y Ronnie Anne cada vez que le hablaban, aun si no reaccionaba–. Ven acá.

El perico ni hizo caso a su llamado y en su lugar giró la manija con sus patas, con lo que la puerta se abrió con un chasquido sordo y pudo ingresar al cuarto con otro aletear susurrante.

Al ir tras él, la conserje lo halló posado en la cabecera de la cama en que yacía postrada una paciente de nombre Maybelle, a la que por las mañanas debían limpiar sus excrementos con una espátula y por las noches dejaban sedando con un coctel de antibióticos suministrados por vía intravenosa.

La mujer, amodorrada, había preguntado si era el doctor acaso cuando Lucenda irrumpió en su habitación; y ella, claro, había aclarado que sólo era la conserje y le preguntó si deseaba que buscara al doctor.

En respuesta, Maybelle apuntó con el mentón al perico posado en la cabecera de su cama, pero que en la penumbra de la noche parecía más un cuervo posado en la lapida de un cementerio.

Cuando la conserje ofreció llevárselo de allí, la anciana dijo que no era necesario, que sabía que iba a venir, pues Sergio sabía cuando le tocaba irse a cada quien, lo que significaba que a Maybelle le había llegado la hora.

Lucenda trató de reconfortarla diciéndole que sólo era un pájaro desorientado, pero Maybelle insistió aclarándole que siempre lo había hecho desde que llegó. El papagayo sabía cuando era hora de ir a dormir, todos en el hospicio lo sabían.

–¡Estoy muriendo!– se había aquejado.

Sabiendo que no tenía caso contradecirla, Lucenda asintió dandole la razón y se sentó junto a ella. De nuevo ofreció ir en busca de alguien más preparado, pero Maybelle le pidió que se quedara con ella en sus últimos momentos. Por lo que la tomó de la mano con suavidad.

–Ya lo sabía –dijo Maybelle–. No por eso es menos aterrador.

–Si, pero es como usted dijo –señaló Lucy/Lucenda–. Es como irse a dormir, no es para tener miedo, es sólo para dormir.

–Eres una doctora muy extraña, jovencita –le sonrió la anciana.

–Ya le dije que no soy doctora.

–Oh, yo creo que si –repuso Maybelle dejando de reír–. Una doctora del sueño... Doctora, me da miedo que me vaya a doler, o que esté oscuro, o que no vaya a haber nada y no quiero que...

Al interrumpirla, Lucy lo hizo sin mover sus labios. Esa noche el poder era fuerte, lo sentía fluir a través de sus manos trabadas como una corriente eléctrica y se dijo que debía tener cuidado.

No tienes nada que temer. Sólo vas a ir a dormir. Por fin, un sueño verdaderamente reparador≫.

Maybelle sonrió agradecida y cerró los ojos para no volver a abrirlos nunca más. En su ultimo aliento dejó escapar una leve bocanada de niebla plateada, que luego se esfumó en el aire y sólo Lucy pudo ver.

A lo largo de los años siguientes la repitió una o dos veces cada mes, siempre contando con la ayuda de Sergio y su habilidad para predecir cuando alguno de los pacientes pasaría a mejor vida.

La primera vez pensó que no debía estar allí, pero en las siguientes entendió que estaba donde debía estar.

Y así siguió, llevando una vida más tranquila y menos caótica a la que había llevado antes... Hasta una refrescante tarde de otoño en que la suerte de El Nudo Verdadero cambió para mejor.


Con poco o nada de interés, Steven el Cuarzo observaba desde las tribunas a unos prepubescentes en leonarks dándose de estocadas. Recién acababan de llegar y ya se quería ir. En la banca de al lado, Papá Marco llenó la taza de un termo en el que tenía mezclado café negro con tequila. Tampoco es que estuviera muy interesado en el torneo que digamos.

El siguiente combate determinará quien pasará a las preliminares –anunció el comentarista–. Si Manny Delgado de la secundaria Walgrove...

Buena parte de los espectadores ovacionaron al chico ante su sola mención, pues hasta entonces había demostrado ser un combatiente digno de aplausos.

–¡Eso es, papi, tú puedes! –le aplaudió una despampanante mujer con acento colombiano, que fue la que más se hizo escuchar. Lo más probable es que se tratase de su madre. Con ella estaba un hombre mayor que le indicó que se sentara y guardara silencio. Pudiera ser el abuelo del chico, o vaya uno a saber.

O... –terminó de anunciar el comentarista–: Andrew Freilich de la Academia Montessori para niñas pedantes y niños mimados.

Cuando éste otro pasó al centro empuñando su espada con su mascara puesta, Marco apuró su trago y lo señaló con el dedo.

–Ese es, el niño del que te hablé.

–¿Él?

–Si, ese niño nació para esto.

Cuestión de minutos para que Steven lo viera por si mismo. Sin importar que tan bueno hubiera sido el niño Delgado, el otro resultó ser mejor. Si Manny atacaba en fondo, Andrew abría distancia o lo bloqueaba directamente con su espada para después responder.

Punto para Andrew... Punto para Andrew... Punto para Andrew... –clamaba el referí una y otra vez.

En ningún momento pudo conceder uno solo para Manny.

–¿Lo ves? –susurró Marco, marcando comillas con los dedos–. Evade los ataques de su oponente todas las veces. "Como si le leyera la mente".

–Ajá –asintió Steven.

En efecto, no pasó mucho antes que el niño Delgado sufriera una derrota aplastante para desilusión de la despampanante Colombiana y su acompañante de avanzadilla que refunfuñó por lo bajo:

–¿Viajamos desde Los Angeles para esto?

–Vas a ver –rió a su vez Papá Marco, mientras se sumaba a los aplausos que le fueron dedicados al indiscutible ganador–. Uno de estos días unos cazatalentos se enterarán que existe y se lo llevarán de aquí para... Ya sabes, "explotar su potencial al máximo"... ¡Juax!

Su broma no le hizo una puta gracia a Steven el Cuarzo, quien por el contrario contempló con gran pesar a la que sería la madre del chico Freilich cuando esta lo ovacionó de pie.

–¡Ese es mi Andy!

Al percatarse de ello, su compañero dejó de hacerse el gracioso.

–Viejo, tiene que hacerse. Piensa en el Abuelo Rick.

–Lo sé –concedió El cuarzo–. Yo mismo lo he estado revisando estos días.

Aun así, no pudo dejar de sentir lastima por aquella mujer y su niño, quienes en ese momento se abrazaban en publico para festejar su victoria.

Marco suspiró y le dio unas palmadas en el hombro.

–Escucha, ahí donde la ves, Mollie, así se llama nuestra amiga, ella está pasando por un mal momento. Hace como un año el patán que tenía por novio desde el quinto grado la abandonó por una mujer que conoció en Tinder. Ahora tiene dos empleos para poder mantener a su hijo, y como van las cosas ya ni le va a alcanzar para pagarle la colegiatura en su colegio de snobs. De hecho sé que tiene contemplado regresar a su pueblo natal para criarlo sola. Visto desde su perspectiva, les estamos haciendo un favor.

–... Pues supongo que eso lo hará un poco más fácil –dijo Steven, pese a que sabía tales argumentos no justificaban ni mucho menos exculpaban lo que se traían entre manos.

De todos modos debía hacerse.


Días después, Andrew caminaba por la banqueta con su maletín deportivo bajo el brazo y su espada enfundada en una mano.

De tanto en tanto detenía su paso para chequear e ir contestando los mensajes en su móvil conforme le llegaban, siendo el primero que recibió esa mañana uno en que lo felicitaban por haber ganado el torneo, el cual le alegró mucho el día.

-Ok, hablamos luego.
Q tengo que ir a la practica de hoy.

Fue lo ultimo que escribiría, adjuntando una carita sonriente guiñando un ojo. Esto, antes que una furgoneta pintada con lineas de varios colores y un motivo espacial redujera su paso al ir pasando junto a él.

–Hola –lo saludó Steven el Cuarzo al asomarse por la ventanilla del conductor–. Yo te conozco, eres el niño que venció al chico Delgado y pasó a las preliminares. Felicidades.

–Gracias –contesto Andrew, manteniendo la vista al frente.

–¿Vas a tu casa?

–No, voy al gimnasio a practicar para el siguiente torneo.

–Sube, te llevo –lo invitó Steven–. Si quieres.

–No, gracias –negó el chico–. Ya estoy cerca.

La furgoneta lo rebasó y se detuvo a medio metro de por donde andaba. Momento en que sus puertas traseras se abrieron permitiéndole salida a Anne la Batracia que salto fuera del vehículo y aterrizó de pie en la banqueta cortándole el paso.

–Está bien –dijo mirándolo a los ojos, con que Andrew pudo observar los suyos emitieron un breve destello azulado–. Somos amigos. Sube.

–Obedeceré tus ordenes –balbuceo el chico, que así de fácil entró en modo automático.

–Yo no dije nada de obedecer órdenes –protestó no obstante Anne poniendose en jarras–. Dije que "somos tus amigos y te llevaríamos".

–Claro –siguió balbuceando el niño, obediente a su mandato–. Ustedes son mis amigos y me van a llevar.

–Así está mejor.

Dicho así, Andrew subió a la furgoneta con Anne.


Bien entrada la madrugada, Chuck Uggo ya estaba acostado en su cama. Se había dormido con el teléfono entre sus manos, esperando a que respondieran su ultimo mensaje que había quedado en visto hacía horas.

-Suerte.

Seguido por un pulgar arriba.

–... No... ¡No...! –empezó a murmurar en sueños–. ¡No...! ¡Andy!


Hasta esa hora percibió lo que andaba mal.

Los del Nudo lo llevaron a una fábrica abandonada, cuyo terreno quedaba a kilómetros de la granja más cercana.

Con ayuda de Manny el Tigre y Finn el Humano, Abuelo Rick clavó cuatro estacas de metal al piso. Papá Marco trajo las cuerdas y Steven el Cuarzo sacó de su furgoneta al niño que gritaba, pataleaba y sacudía los puños luchando por soltarse.

–¡No... ! ¡No...! ¡No, por favor...! ¡NO...!

–Lo siento, amigo –más que a sentirlo, Stevensonaba ansioso y hambriento–. No es nada personal.

Lo tendió en el suelo, en medio de las cuatro estacas. Ocasión que Andrew quizo aprovechar para levantarse y echar a correr, pero El Abuelo Rick loretuvo al pisar una de las ramitas que tenía por muñecas con su botaza suela de llanta de tractor.

–¡POR FAVOR, SUELTENME, NO LE VOY A DECIR A NADIE!

A continuación, Adrien el Mozo y Papá Marco lo inmovilizaron amarrando cada una de sus extremidades a una estaca.

–¡POR FAVOR, NO! –lloriqueó–. ¡DÉJENME IR!

Mientras tanto, Grillo el Campirano se puso a curiosear en la carrocería de la furgoneta de Steven, esperando hallar algo interesante o de valor que se hubiera traído el chico. En cuanto halló su espada, se puso a jugar con ella.

–Peleabas bien, niño –rió burlón.

Cosa que tampoco le hizo gracia a Steven.

–Grillo, deja eso y ayúdanos, que me esta mordiendo –ordenó Papá Marco.

Por lo queEl campirano tiró la espada y acudió a asistir a sus compañeros.

–¡POR FAVOR, SUELTENME! ¡PROMETO QUE NO LE DIRÉ A NADIE!

Una vez lo tuvieron bien sujeto al piso, todo El Nudo Verdadero se reunió a su alrededor.

–¡DEJENME IR, POR FAVOR!

–Tranquilo... –susurró Star, que se inclinó a acariciar sus dorados rizos.

–¡NO LE VOY A DECIR A NADIE! –chilló Andrew. A sus pies, inmovilizados, uno de los gemelos depositó una caja de herramientas–. ¡SE LOS PROMETO! ¡DEJENME IR, POR FAVOR!

–Uy, cariño, temo que eso no se va a poder.

Starse llevó la otra mano a la espalda. En ella, Marinette la Parisina depositó un cuchillo, de hoja corta pero muy afilada. Cuando lo sostuvo a la luz de una docena de faros que habían transformado el terreno en un improvisado quirófano, los ojos llorosos de Andrew se posaron en los suyos.

–¡¿Me van a lastimar?!... –inquirió con voz temblorosa–. ¡¿Me va a doler mucho?!

Star asintió con dos gestos afirmativos.

–Si... y si.

–¡NOOOO...! –gritó el indefenso y aterrado niño.

Pero sus gritos le fueron indiferentes a sus captores, quienes por el contrario estaban ansiosos por empezar. Salvo Steven que al inicio se mantuvo al margen con las manos en los bolsillos, hasta que Anne la Batracia le dio pasando un picahielo indicándole que debía colaborar.

–Te va a doler muchísimo –avisó Star la Chistera, que empezó por rebanar los botones de su camisa uno a uno–. El dolor purifica el vapor, y el miedo también, así que... Tú entenderás...


–¡No...! ¡Basta...! ¡Déjenlo...! ¡ALTO...!

Cuando Charlie y Rusty irrumpieron en la habitación de Chuck, su cama había empezado a sacudirse, la luz de su lampara a parpadear y la tele de su cuarto encendido por si sola en un canal de pura estática.

–¡Basta...!

–¡Chuck...! ¡CHUCK...! –gritó Charlie–. ¡Chuck, mi amor! ¡¿Qué pasa?!

–¡Amigo, despierta! –gritó Rusty, que lo zarandeó con ese fin–. ¡No asustes así a tu madre!

–¡BASTA...!


Star había procedido a apuñalar uno de los costados del niño, haciendo que éste pegara un grito de dolor: ¡YAAAAAYHH...!, y con ello exhalara la primera bocanada de aquella plateada neblina que de buenas a primeras aspiró y luego compartió mediante un apasionado beso lésbico con Anne la Batracia. Después otro poco de la misma manera con Papá Marco.

De ahí le hundió el pulgar en la herida para que gritara más fuerte... Y que los faros de las autocaravanas parpadearon, la tierra se empezó a estremecer, y de lo alto descendió un pedrusco, no más chico que una pelota de tenis, el cual aboyó el techo de la furgoneta de Steven.

–¡¿Qué ra...?! –balbuceó El Cuarzo.

Momentos antes que la sacudida fuera en aumento y las ventanas de la fábrica en ruinas estallaran al tiempo. Lo que alertó a Los Verdaderos, en especial a Star la Chistera.

No se lo había imaginado. Mezclado con el eco de los cristales al romperse, oyó el grito de furia de alguien más.

¡DETENGANSE, MONSTRUOS!

No podía asegurar que los demás se hubieran percatado de ello, puesto que en ese instante se dispersaron tratando de evadir más pedruscos que cayeron aleatoriamente del cielo. Extrañamente, ninguno apuntaba a la zona donde tenían inmovilizado al chico, que jadeaba y sollozaba adolorido.

–¡Mierda! –gritó Grillo el Campirano.

–¡Cúbranse! –ordenó Papá Marco.


La sacudida fue todavía más violenta en casa de Charlie Uggo, al punto que parecía se iba a venir abajo.

Por lo que, tambaleándose, se abrió paso hasta el baño de la habitación en que ella y Rusty dormían, abrió el botiquín del espejo y de allí sacó un medicamento de prescripción veterinaria que Liam les había facilitado para ocasiones como esas. De paso sacó los cepillos de dientes de su taza y la llenó con agua del grifo.

Hasta mientras, Rusty trató de retener al chico que se retorcía bajo sus cobijas chillando cuál cerdo en matadero.

–¡BASTA...!

Cuando Charlie regresó con aquel frasco con el dibujo de un caballo con gorro de dormir en la etiqueta, el pelirrojo forzó al peliplateado a sentarse y le estrujó las mejillas, con que su madre le embutió una pastilla en la boca y se la hizo pasar con agua.

Al cabo que el calmante surtió efecto y dejó de sacudirse, por consecuente la casa también, Rusty lo soltó.

–Basta... –sollozó Chuck, con un hilillo de voz–. Andy...


En su habitación, en el hospicio de Great Lake City, Lucy despertó de súbito al sentir ella también una sacudida, tan fuerte que la hizo caerse de la cama. Con ella vino un desesperado grito de auxilio que retumbó en su cabeza.

≪¡LO ESTÁN MATANDO...! ¡LO ESTÁN MATANDO...!≫.


Una vez se percataron la tierra había dejado de temblar y de caer piedras del cielo, los del Nudo Verdadero salieron de sus escondites tras las autocaravanas y se volvieron a aglomerar alrededor de Andrew, al que para su fortuna no le pasó nada.

–¡¿Qué fue eso?! –inquirió asustada la gemela Mabel.

Star buscó a su alrededor.

–Nada –dijo arrodillándose junto al niño, quien a su vez reanudó su llanto de miedo. Recogió el cuchillo y se puso manos a la obra–. Sigamos.

–¡NOOO...!

Tomaron turnos para practicar los horrores más indescriptibles en su pequeña víctima, que no hizo nada para hacerse merecedor de semejante castigo. Grillo, por ejemplo, le machucó ambos pezones con unas pinzas de alicate. Mismas que Manny usó luego para arrancarle las uñas, y demás salvajadas que habían puesto en practica y perfeccionado desde la época en que los europeos adoraban a los árboles.

El niño aguantó bastante. Gritó hasta que sus cuerdas vocales se quebraron y sus aullidos se convirtieron en roncos ladridos. En momento dado, que los corazones negros de sus mejillas brillaron por una fugaz milésima de segundo, Star se detuvo y volvió a examinar sus alrededores. Sus manos largas y fuertes vestían guantes rojos de sangre. Sin embargo decidió dejarlo para luego y siguió trabajando... Hasta que Andrew se quedó sin fuerzas para aullar rogando que lo soltaran y dejaran de lastimar.

–Mátenme... –suplicó en su lugar.

Starle dedicó una mirada de consuelo.

–Pronto, cielo, pronto.

Pero no fue así. Los roncos ladridos se reanudaron y al cabo se convirtieron en vapor, de modo que Los verdaderos se pudieron dar un festín como el que no se habían dado en décadas.


Faltando poco para que amaneciera, hora en que Manny el Tigre y Finn el Humano les ayudaban a enterrar el cadáver de Andrew Freilich, Star se llevó a Marco a una zona apartada para hablarle en confidencia.

–Alguien trató de detenernos –le susurró al oído.

–Lo sé –reafirmó el latino en voz baja–. ¿Mucho vapor?

La sonrisa de la rubia se ensanchó mostrando todos sus dientes, y sus ojos se abrieron tanto que en cada uno de ellos pareció brillar el resplandor de una estrella.

–No te imaginas cuanto.

–¿Dónde? –preguntó Marco.

–Centro noroeste... Creo –respondió Star.

Papá Marco enarcó ambas cejas y se volvió a fijar en la camioneta en la que vivía Steven el cuarzo, cuyo parabrisas roto cubrió con una toalla grande que improvisó a modo de lona.

–... ¿Dices, que el que hizo esto está a unas mil quinientas millas de aquí?

–Tal vez más lejos.

–¿Niño o niña?

–Creo que niño. Salió huyendo muy rápido... Creo... Pero, te juro, Papi Marco, que no había sentido un poder igual a este, tan puro e inexperto, hacía tanto tiempo.

–Tenemos que buscarlo, cuanto antes mejor. Por si sus padres se asustan y lo mandan al psiquiatra a que le de pastillas. Eso arruinaría su vapor. Podrían adormecerlo y mitigar su...

–¿No viste lo que hizo? –interrumpió Star–. Darle Paxil a este chico sería como ponerle un plástico transparente a un reflector.

Marco soltó un silbido.

–No sé dónde está –sonrió Star entusiasmada–; pero cuando vuelva, y sé que lo hará, voy a estar lista, amor mío... Ya verás. Estaré lista.


Charlie se sentó al lado de Chuck y le pasó un brazo por los hombros. Fue como abrazar una piedra. Tenía la cara pálida, el pelo encrespado alrededor de la cabeza y los ojos muy abiertos, mirando fijos y ausentes a la nada.

A tres horas de viaje por carretera de donde estaban, mientras consolaba a su hijo y le susurraba que estuviera tranquilo, que el sueño feo ya había pasado, Lucy se quedó mirando la pared de pizarra durante largo rato, repasando las grietas que se habían formado en ella.

Era como si una bola demoledora invisible la hubiese golpeado durante la sacudida, pero con una extraña precisión. En conjunto, las grietas describían la palabra asesinato en ingles, pero con la E y la ultima R al revés: MURDER.

Después de un rato cogió la tiza y escribió arriba de las letras agrietadas:

¿Quién?

–Bien... –asintió Lucy–. Entendido.

Bajo las letras agrietadas había aparecido la respuesta:

¡Estaban matando a Andy!

De ahí borró lo que había escrito y puso lo siguiente:

¿Quién es Andy?

Está vez no hubo contestación.

Suspiro... ¿Sigues ahí?

Si se hubiera quedado un poco más, se habría topado con su forma fantasmal; pero Lucy debía ir a trabajar y andarse con cuidado. Para empezar tendría que repintar la pared para no levantar sospechas.

Por lo pronto dejó escrita la fecha de su próximo día libre junto a la dirección del zoológico de Great Lake City, el horario de atención a los visitantes y el costo de la entrada. De ultimo añadió:

Que tengas un lindo día.
Animo :-D

Visto en el reflejo del espejo de su baño, con la segunda R y la D al derecho, las letras agrietadas en la pared describían esa palabra cuyo significado a Lily tanto le había costado descifrar:

REDRUM