Disclaimer: Bleach no me pertenece.


La concubina


Ni siquiera saber que su reina llevaba a su heredero en el vientre, podía detener a un rey. Probablemente era su culpa por aparecerse —cumpliendo su deber, aunque no podía ser un maldito adivino, quién iba a decir que tendría tanta mala suerte. Habiendo pasado un año Grimmjow habría creído que un heredero ya no era una noticia novedosa. Le tenía un poco de consideración a su rey, y habría esperado que las dos estuvieran encinta y con un notorio vientre, imposible de esconder siquiera con un vestido voluminoso.

Incluso, en su mente podrida, había hecho una apuesta. Si Ichigo era un simple hombre, seguro habría conseguido que su concubina quedara encinta antes que la reina, más por un tema de probabilidad. Pero si había tardado tanto, entonces Ichigo no estaba haciendo bien su trabajo o directamente había pasado de las dos jóvenes hasta hace poco.

No era su asunto, claro, pero no podía evitar sentir algo de interés. Estaba perdiendo contra sí mismo, en una apuesta que era prácticamente segura.

Por su cuenta, él lo habría olvidado el tema de manera instantánea. Demasiado ocupado en sus asuntos como para poner atención a los dilemas de reproducción de la corona. Pero Kurosaki nunca ponía de su parte para facilitarle la vida. Y, maldición, no lo extrañaba para nada.

El tiempo el Uldamar pudo haber sido considerado como unas merecidas vacaciones, si tan solo no hubiera estado rodeado de incompetentes mientras intentaba mantener a raya al rey Barragan. Ese viejo estúpido, se empeñaba en complicar los asuntos a todo el mundo. Había sido agotador pretender que tenía la paciencia para que entrara en razón, pero él no era tan fuerte, acabó explotando por supuesto. El rey Barragan se consiguió un ojo morado, él una cicatriz, y el pobre diablo al que Barragan le ordenó se la hiciera, había acabado a un paso de la invalidez —por la intervención de sus subordinados. Lo intentaron asesinar dos veces mientras se hospedaba en el fuerte de Uldamar, pero por lo demás, todo había pasado sin pena ni gloria hasta que pudo comunicarse con los invasores. Estos habían resultado ser una especie de resistencia que el mismo Barragan, por medio de sus acciones déspotas había propiciado, que se habían aliado con un reino al norte de Uldamar.

No le habría importado que lo intentaran asesinar dos veces más, si tan solo le hubieran permitido tener un motivo para quedarse en ese lugar. Pero él tenía deberes con el rey y Karakura.

Aunque ser llevado como un perro faldero por todo el castillo normalmente no estaba considerado como una de sus responsabilidades.

Probablemente tenía que ver con que el rey estaba haciendo los preparativos para el invierno, aprovechando probablemente el último de los días de sol y cielo despejado. La temperatura era idónea, más de lo que era en Uldamar. Ese lugar era húmedo, propenso a las lluvias torrenciales y un asco total, considerando que él odiaba el marisco, producto que se vendía como quién vendía manzanas en Karakura en cada esquina y mercado.

—¿Te has sentido bien?

—No necesita preocuparse, alteza —respondió Rukia, notablemente conmovida por su preocupación—. El bebé no me imposibilita para cumplir mis obligaciones, y no lo hará en un tiempo. Además no soy la única que requiere de sus cuidados.

A pesar de eso, Ichigo no parecía del todo convencido. Grimmjow estuvo a punto de agarrarlo del cuello de la chaqueta y gruñir que su esposa ni siquiera tenía señales visibles de estar embarazada. Nada iba a ocurrirle, y ya podían pasar al por qué lo tenía yendo y viniendo con él.

—Supongo que tienes razón. Con justo motivo eres la reina, después de todo —Le dedicó una sonrisa boba.

Grimmjow apretó la mandíbula, intentando simular que estaba en su campo de entrenamiento, haciendo lo que mejor se le daba, amenazando a los soldados que se habían quedado en Karakura con una ración semanal completa, sin falta, de avena y agua para las tres comidas del día. Pero el ambiente helado del castillo no estaba favoreciendo a su imaginación.

—Te visitaré mañana, entonces.

—Por supuesto, mi señor. Lo estaré esperando —Inclinó levemente la cabeza.

En lugar de hacer lo mismo y dar la vuelta, Ichigo se acercó a ella y le dio un beso. Grimmjow estaba lejos de ser conservador, pero considerando que estaba a su espalda, hizo todo su esfuerzo por no removerse inquieto o molesto cuando se alargó y comenzó a generar ruidos indecorosos.

Rukia suspiró y soltó una risa, que Ichigo amortiguó con su boca. Ella lo alejó, recatada y respetuosa.

—Tiene trabajo, mi señor. Lo mejor será que lo resuelva cuanto antes.

Ichigo asintió y se despidió, con otro beso, mucho más conciso.

—Vamos, capitán —dijo, pasando por su costado mientras se dirigía a la puerta. Grimmjow se inclinó para reverenciar a Rukia, notablemente azorada por la escena que había sido obligado a presenciar—. El tiempo apremia.

No era él quién estaba tardando, precisamente.

Tres horas fue el máximo que se mantuvo concentrado. En cualquier caso, nadie lo hubiera culpado, pero Grimmjow debía ir tras él, otra vez. Le lanzó alguna excusa sobre que había que aprovechar el día y que esos asuntos los podían seguir conversando mientras daban un paseo por los terrenos del castillo. Se la hubiera dejado pasar sin problemas, si tan solo no hubiera sido exactamente lo mismo que dijo antes de ir a visitar a la reina.

Soportar a Barragan se estaba convirtiendo en un anhelo, en ese momento.

Sus pasos los llevaron al jardín, donde las escaleras traseras del castillos desembocaban con las islas de flores que la reina Masaki tanto cuidaba. Cada ciertos metros, entre cada una de las islas, habían bancas de mármol dispuestas para su uso y había una que daba frente al laberinto. Justo ahí, la melena pelirroja y el vestido verde menta de una tonalidad suave, hacían ver a la señorita Orihime casi como una versión melancólica y perdida de la difunta reina. Llevaba un práctico sombrero que cubría su coronilla y la piel de su rostro del sol.

Sin detenerse ni una sola vez, con premeditada determinación, Ichigo dejó su comentario sobre el estado de los establos y los veterinarios en la nada. Cuando llegó al lado de la joven, Grimmjow una vez más se vio obligado a ser espectador de algo que no lo emocionaba para nada.

—Señorita Orihime.

Ella alzó la vista hacia el rey, y luego la cruzó con la suya.

Sin tardarse ni un segundo, Grimmjow decidió dar la vuelta con tal de apreciar el laberinto. No iba a caer en lo mismo otra vez.

—Su alteza, ¿a qué debo su presencia?

—Quería verla —dijo con simpleza—. ¿Ha disfrutado de su día? Escuché que solicitó instrumentos de jardinería, ¿tiene especial interés en el tema?

—En la casa del conde solía hacer un poco de jardinería. Estoy un poco oxidada, así que espero de todo corazón poder hacer un bien, en lugar de perjudicar las flores de su madre.

—Veo que le contaron sobre eso —murmuró Ichigo.

Un movimiento de telas llenó el silencio. Grimmjow supuso que habían tomado asiento. Entre tanto, se preguntó qué tan perjudicial sería cederle su lugar a Shūhei. Seguro él tenía más temple y paciencia como para pasar por esa tortura.

—Nada muy profundo.

—Usted tiene un parecido con ella, en todo sentido —Confesó—. La primera vez que la vi, estaba sorprendido por eso.

—Lo sé, me lo ha dicho muchas veces —Sonrió.

—Y no serán suficientes. Le tengo mucho aprecio.

Grimmjow no pudo evitar interesarse por ese diálogo. Sonaba como una frase predeterminada para generar conmoción, sin verse involucrado del todo. ¿O quizás estaba siendo sincero? Si Ichigo veía a su madre en Orihime de una forma tan intensa, entonces no le sorprendía que Rukia consiguiera un heredero primero. Había algo en la forma en que le hablaba a las dos que no terminaba de calzar. Cualquiera habría dicho que ambas estaban consiguiendo el mismo trato del rey. Pero él, que se sabía más tretas para atraer mujeres que insultos, sentía las frases dedicadas a Orihime como las frases de una obra teatral, estratégicamente pensadas.

No solo eso, usar la palabra aprecio requería de valentía y seguro cualquier otra mujer hubiera percibido lo distante que demostraba su relación con solo escucharlo. Estaba escupiéndole en la cara que nunca derribaría el muro que era el fantasma de su madre, por más que le tuviera estima. O esa era su interpretación.

—Hoy la visitaré en cuanto acabe con mis responsabilidades del día.

—Estaré encantada de recibirlo, mi señor.

Tal vez, un poco curioso por el repentino silencio, Grimmjow miró de reojo.

Ichigo se inclinaba sobre ella, similar a como había hecho con Rukia. Pero no vio deseo, ni necesidad, incluso se atrevía a decir que dudó en el último segundo. Se estaba esforzando, no la rechazaba tajantemente y deseaba que funcionara, pero estaba eso que no podía hacer a un lado.

Se alejó de ella, al mismo tiempo en que Grimmjow regresaba a mirar al frente, simulando ser una estatua, y lo sintió ponerse de pie.

—Prepare al vino, me apetece beber un poco hoy —solicitó.

—Como guste. Espero tengan un grandioso día.

Ichigo pasó por su lado, siguiendo el camino que las baldosas hacían. Grimmjow se dispuso a seguirlo, no sin olvidar la reverencia a Orihime antes, quién le dedicó una enorme sonrisa. Entrecerró los ojos, desconcertado por la actitud tan animosa. Si antes la rodeaba un aura gris, ahora ni rastro de eso quedaba, y sintió un poco de pena, pensando en que el motivo de su sonrisa no era más que una fachada.

Cuando la dejó atrás, escuchó el sonido metálico de la regadera y el tarareo dulce de una canción.


No recordaba haber tenido un día tan agotador, en el sentido mental. El rey lo había expuesto a cosas que él no tenía el deber —ni quería— presenciar, y no había mostrado ningún signo de arrepentimiento más tarde. Era algo que para muchos resultaba normal, los nobles hacían cosas a diestra y siniestra, sin importar si los sirvientes estaban ahí para observarlo o no. Al menos tenía la fortuna y la certeza de que nunca tendría que presenciar cómo Ichigo se comenzaba a coger en serio a alguna de sus mujeres.

Esa habría sido una bienvenida maravillosa, sin dudas. Con toda la ironía del mundo.

Peinó su cabello hacia atrás, sintiendo el agua caliente recorrer su rostro y su cuello. Había extrañado esos baños en paz, cuando no debía mantener sus sentidos en alerta o un cambio de ropa tan cerca como fuera posible, en caso de emergencia. En la privacidad de su alcoba, con la disposición de irse a la cama y quedarse dormido como un tronco.

Esas eran sus aspiraciones a corto plazo.

A largo plazo, seguir con su rutina.

El silencio estaba contribuyendo de una manera muy grata a la relajación de sus músculos, cuerpo y mente. Hasta que le arrojaron un recuerdo. El rostro de Orihime mientras Ichigo se acercaba a ella para darle un beso. Las mejillas coloradas, ya fuera por el gesto, por estar en el ambiente cálido del exterior o por haber estado descansando de sus actividades de jardinería; y sus ojos cerrándose lentamente.

Se removió incómodo, intentando apartarlo. Pero oponer resistencia a sus pensamientos al parecer solo provocaban el efecto contrario.

El rostro sonrojado de Orihime durante la cena volvió a él. Ella había pedido al sirviente que rellenara su copa, y mientras bebía del vino, le había regresado la mirada sin dudar ni un solo segundo. Debía ser justo y aplaudir ese gesto, tan extraño al de la Orihime que había tenido que aguantar durante una semana. Todo lo que podía recordar de ella era su expresión angustiada y su flequillo tapando su frente cuando bajaba la vista y la barbilla. Eso había sido violentamente reemplazado por sus ojos manteniéndole la mirada.

Parecía que le había costado tragar su vino, pero era algo irrelevante al lado del avance que sin dudas había demostrado con esa simple acción.

Grimmjow era un hombre simple. La belleza de una mujer era algo que no podía negar, y nunca en la vida se habría atrevido a decir que alguna de las mujeres del rey eran poco agraciadas. Mucho menos refiriéndose a Orihime, quién atraía miradas de una forma descarada e inescrupulosa, sin siquiera caer en cuenta de lo que provocaba.

Tras meses en Uldamar, habían llegado a él rumores sobre la belleza de la segunda mujer del rey de Karakura. La compararon con la belleza de una sirena, con el encanto y el hipnotismo que esas criaturas de sus leyendas generaban en los hombres. A él no le había parecido la gran cosa, porque había tenido que soportarla a ella, sus acciones inconscientes y descuidadas, y le había hecho el trabajo de mantener la compostura y a ella con buena salud tan difícil como habría sido tener que llevar a un cachorro sin adiestramiento.

Cuando volvió a verla, no tenía el prejuicio rondando su cabeza. Ella parecía que había tomado más de tres copas y la conversación que siguió, le dejó claro que al menos había invertido ese tiempo en mejorar su manera de desenvolverse con los demás. La forma en que tomaba su maldita copa y bebía su vino eran tan diferentes, y había adoptado una forma cuidadosa y casi calculada para evitar cualquier accidente.

Quiso saber qué más había cambiado.

Soltó un gruñido y se movió hasta que la punta de su nariz fue cubierta por el agua. Tal vez el ruido del agua ondeando en sus oídos podía ayudarlo, evitar que siguiera su línea de pensamientos de manera ciega y acabara en un precipicio.

Su lado más escabroso y vulgar sin embargo, había mantenido una convicción enfermiza por pensar en ella desde que la vio.

Frunció el ceño, considerando al fin que la única manera de mantener sus pensamientos a raya sería, quizás, ahogarse. Eso sería una manera poco grácil y bastante patética de morir, así que no iba a estar en discusión jamás en la vida. Se enderezó, sosteniéndose de los bordes de la tina y volvió a echar su cabello hacia atrás.

Con un gemido molesto se levantó y salió del agua.

Un golpe en la puerta de su habitación lo distrajo cuando ya seco, empezaba a acomodarse la camisa; la última prenda que faltaba. Tiró el trapo con el que se había secado el cuerpo en la silla junto a la tina y luego salió del cuarto de baño. Al abrir la puerta se encontró con nada menos que Shūhei, quién parecía tenso, como si no hubiera pasado por su alcoba ni por un segundo y el peso de la jornada lo perturbara.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó con cortesía más que con genuina disposición.

—Un trago.

Alzó la botella que tenía en su mano.

—¿Es alguna especie de venganza? Sabes que sería un suicidio para mí. Mañana debo seguir con mis habituales actividades —No se esforzó por disimular su tono molesto.

Por regla personal y sentido común, Grimmjow no bebía la noche anterior al que debía cumplir deberes. Aunque el licor no hiciera grandes estragos en él, sí que provocaba que su cuerpo se sintiera pesado y un poco sensible. Y según sus soldados, lo volvía más gruñón de lo normal.

—Sabes que no hay motivos por los que busque venganza —Sonrió.

—Solo quieres beber con un buen amigo, entonces —enarcó una ceja, apoyándose en el umbral de manera defensiva.

—Claro. Un buen amigo que estuvo fuera durante un año. Es bastante tiempo, si me lo preguntas, así que espero puedas hacer una excepción.

Grimmjow no pudo resistirse por mucho tiempo más, había echado en falta la actitud directa y desinteresada de Shūhei. Qué mal haría compartir una copa o dos.

Tal vez sería su excusa perfecta para olvidarse de cómo Orihime esperaba con tanto anhelo ser besada por su rey.

Lo invitó a estirarse junto a él en su cama, exigiendo ser servido por haber sido chantajeado de una manera tan descarada y pobre. La primera copa se la tomó de un tirón y la segunda, servida muy juiciosamente por Shūhei, tuvo que alargarla tanto como pudo mientras su subordinado se quejaba de sus responsabilidades.

—No sé cómo aguantas la presión, sobre todo la de los demás -murmuró-. Tampoco cómo puedes hacer que la señorita Karin se una a los entrenamientos.

Ante la mención de Karin, no pudo hacer menos que prestar atención. Después de todo, hacerla partícipe de los entrenamientos de sus soldados le había costado varias charlas incómodas con su hermana, y otras tantas en las que Isshin le pedía que lo hiciera de la manera más discreta y distante posible. No podía tener a Karin todos los días rondando por ahí, ni mucho menos recibiendo golpes de los demás soldados. Incluso si Isshin tenía una visión más liberal de todo ese asunto, aún era su hija, y pretendía encontrarle un esposo que cuidara de ella.

Karin podía despotricar todo lo que quisiera, vestirse como un soldado más y pedir, casi en ruegos, ser incluida en los entrenamientos. Pero nada de eso iba a salvarla del destino que tanto temía. Para ella, convertirse en la esposa de un noble, tener a sus hijos por obligación y no ser considerada más que para escoger la tela de los vestidos, podían llevarla a la cúspide de la locura. No habría ningún hombre que fuera gentil y además aceptara a una mujer que desesperadamente buscaba desligarse de las obligaciones que, precisamente, una mujer de buena cuna e inserta en la sociedad debía tener.

Si casarse significaba perder sus valores y deseos, entonces no sería más que una tortura para ella.

Asimismo, Shūhei debía haberse enfrentado a eso. Sobre todo considerando que él, quién solía llevar la voz de mando de ese lado del castillo, ya no estaba. Con seguridad creyó que su segundo al mando sería más flexible, considerando que ella era de la familia real.

—La señorita Yuzu tiene una manera curiosa para amenazar a un hombre, pero son tan efectivas que requirió de mucha paciencia negarle el acceso a la señorita Karin.

—Si sabes que puedes permitirle un día o dos, ¿cierto?

—Te aseguro que no. La señorita Yuzu, tras ver a su hermano felizmente casado, tiene todas sus fuerzas centradas en encontrar a un esposo para ella. Pronto deberá dejar ese deseo inútil de equipararse a los hombres.

La amargura con la que Shūhei lo dijo era suficiente muestra de que estaba recitando todo lo que los nobles decían sobre ella. Ni él ni Grimmjow encontraban que su interés por esas actividades fuera un problema, y en más de una ocasión en medio de la noche, habían reflexionado sobre eso.

Una mujer en la que podían confiar para defenderse a sí misma. Era como un diamante entre greda y un respiro de aire fresco para alguien que se dedicaba a proteger a la realeza.

Era una lástima que no todos tuvieran esa perspectiva.

—Siento compasión. Y tener que rechazarla me perturba —dijo finalmente, bebiendo de su copa para tomar un descanso—. Si se casa, no quedará nada de ella.

—Hazle un favor y cásate con ella entonces.

Grimmjow lo miró de reojo, esperando una reacción alterada y torpe. Sin embargo, Shūhei solo frunció el ceño y volvió a beber de su copa, claramente pensando en sus palabras.

—Ella no quiere casarse. ¿Cuál sería el punto de eso?

—Ella no quiere casarse porque no hay un solo hombre, que su hermana considere, que vaya a aceptar su voluntad.

Shūhei hizo una mueca, de pronto exasperado.

—Si lo sabías, ¿por qué no te casaste con ella entonces? Tienes el favor del rey Isshin.

—Tengo mis motivos.

—Que son...

—La conozco de niña... —dijo con obviedad, dejando el misterio de lado en menos de un segundo. Shūhei ya había insistido y no iba a dejarlo en paz hasta que respondiera— Pocos hombres tienen el estómago para decidir casarse con alguien a quién consideran casi una hermana. Karin es lo único bueno de haber tenido que seguir al estúpido de Ichigo por todos lados.

Shūhei tomó su copa e intentó servirle de nuevo.

—Pon de tu parte —Se quejó. Grimmjow intentó respirar, manteniendo la compostura, y se bebió lo que quedaba. Su compañero volvió a quitarle la copa de la mano y se la regresó, esta vez llena—. No podemos ser los únicos hombres en el mundo que aprecien a esa niña por lo que es.

Ya se estaba hartando.

—Búscale un maldito esposo entonces. Te regalo todo el tiempo que quieras.

—Ese no es mi asunto.

Grimmjow estuvo a punto de arrancarle la botella de las manos y estrellarla en su cabeza.

—Si te quita el sueño, entonces ya no eres ajeno a ese asunto, Shūhei.

Él lo miró de reojo, casi ofendido por el tono pausado en el que lo había dicho, Insinuando que era muy terco o muy estúpido. Guardó silencio, permitiéndole a Grimmjow cerrar los ojos. No se había percatado de lo realmente cansado que sentía el cuerpo, al punto en que sus dedos sostenían su copa por costumbre. Sintió levemente cómo Shūhei se movía al lado, inquieto.

—Supongo que tienes razón... —musitó—. ¿No había una prima de la familia real que se llevaron del castillo por lo mismo?

Grimmjow lo maldijo.

—Haz lo que quieras. Pero si te quedas, no me molestes —Le acercó la copa, que Shūhei pudo agarrar a duras penas sin derramar el licor, y se giró sobre sí mismo, dándole la espalda a su segundo al mando.

Seguramente Shūhei siguió hablando, pero Grimmjow estaba más del otro lado que ahí, francamente.


Cuando despertó la mañana siguiente, Grimmjow miró de reojo el otro lado de su cama. Shūhei ya no estaba, demasiado desinteresado en crear rumores o ser sancionado por quedarse a beber en la habitación del capitán del ejército. Sabía que podía confiar en él para mantener eso entre los dos, y seguramente no podría decir lo mismo de muchas personas. Shūhei se había convertido e su amigo desde que había comenzado el entrenamiento con su padre. Así como Grimmjow había obtenido las responsabilidades de su padre, Shūhei se había hecho cargo de las del suyo. Por desgracia, Hegane Hisagi había perdido la vida en batalla, muchos años antes del retiro del capitán Jeagerjaquez.

Grimmjow recordaba a ese hombre como el más sonriente que había conocido nunca. Nunca lo entendió, considerando que su esposa había sido asesinada cuando Shūhei solo tenía cinco años. Su mayor deseo era, probablemente, no dejar a su hijo a la deriva, cosa que no fue capaz de cumplir.

Así, su padre se adjudicó el resto de la formación de Shūhei.

Una buena decisión, si alguien le preguntaba. Incluso si había sido a petición de su segundo al mando más que propia voluntad.

Grimmjow, en cualquier caso, no tenía ninguna duda sobre que su viejo se sentía demasiado culpable. Aunque el padre de Shūhei no hubiera tenido oportunidad de pedírselo, la culpa de no poder ayudar a su subordinado y amigo de vida habrían acabado con cualquier duda sobre el destino de su hijo, ahora huérfano.

Sin dudas lo conocía bien, así que cualquier halago al desempeño de Shūhei que escuchaba era algo que daba tranquilidad a su existencia.

—Shūhei Hisagi se mantuvo en la cabeza del ejército mientras no estabas. No tiene nada que envidiarte, se apega a las reglas con tanta facilidad... También le pedí que fuera escolta de mis esposas en algunas ocasiones. Espero que puedas seguir haciendo ese trabajo. No tienes por qué estar siempre pendiente, pero te agradecería que en ocasiones importantes puedas cuidar de una de ellas.

—¿Una, señor?

—Sí, estaba pensando en designar a Shūhei como el escolta de Orihime, y a ti como el escolta de Rukia. De no ser un evento específico y especial, entonces sus escoltas serían otros soldados de menor rango —dijo, pensativo. Justo después de un momento en silencio, le dirigió la mirada, con una chispa burlona incendiando sus ojos—. A menos que quieras ser el escolta de Orihime.

—No veo motivos para solicitar eso.

—Supongo —asintió—. Habiendo dicho eso... En un mes recibiremos la visita de mi prima. ¿La recuerdas?

La prima de la familia que había sido exiliada, hasta que aparentemente habían conseguido que contrajera matrimonio con un noble de otro reino. Habría sido un pecado no recordarla, considerando que también la había conocido desde joven. Ella era demasiado autosuficiente y exigente, no podías pretender cuidarla como a una dama cualquiera. Grimmjow sentía genuina admiración por ella, tal como con Karin; pero sin dudas Tatsuki había sentado el precedente de la libertad que Karin sentía para solicitar ser quién era. A pesar de los obstáculos que su hermana le ponía en el camino.

—Lleva años sin visitar el castillo. ¿Hay algún motivo especial? —consultó.

—Bueno... Su madre le encontró esposo. ¿Sabías eso, no? —Esperó a que asintiera— Por lo que sé, él murió por enfermedad. Según mi padre era un hombre desagradable y demasiado mayor para Tatsuki —Se quedó en silencio, abstraído en el pensamiento que ocupó su cabeza.

—Su hermana, la señorita Yuzu...

Ichigo sonrió con suavidad.

—Está espantada. Ahora quiere encontrarle marido a Karin a toda costa, antes de que Tatsuki llegue. Yo creo que debería encontrar un esposo para ella misma —Suspiró—. Pero supongo que tiene razón, Karin no puede estar sola ante el mundo.

—Estoy seguro de que se las arreglaría por sí misma si le dieran la oportunidad.

—Pienso lo mismo —Ichigo volvió a suspirar—. Pero tú mismo lo has dicho, mi sociedad es prejuiciosa y cruel. Si Karin provoca su rechazo simplemente vistiendo como uno de tus soldados... Imagina si algún día consigue una cicatriz. No habría un solo hombre dispuesto a estar con ella.

Grimmjow decidió que era una manera muy triste de ver las cosas. Aunque no fuera asunto suyo, ver a Karin casada con uno de los energúmenos que su hermana encontrara, o arrepentida en un futuro por no tener una familia; le causaba una compasión y desesperanza que a pocas personas se atrevería a confesar.

—Tal vez deberían buscar en otros lugares, precisamente.

De inmediato captó la atención de Ichigo.

—Es una buena idea... Aunque me gustaría que alguien más interesado en los problemas de Karin buscara. Incluso podría solicitar la ayuda de Tatsuki, si llega pronto.

—¿Qué hay de sus esposas?

—Tú eras un buen candidato, pero no puedes encargarte de todo. No quiero que mi capitán delegue su puesto —respondió.

Grimmjow se mordió la lengua, intentando no atacar directamente. ¡Delegar su puesto! No habría nada en el mundo que lo sacara de ahí, ni siquiera los dioses.

—Así que sí, alguna de ellas se encargará. Ambas son amables y comprensivas, quizás así Karin acepte la idea sin sentirse presionada, como ocurre con Yuzu —Comenzó a juguetear con la pluma que usaba para firmar los papeles—. Tal vez puedas aconsejarlas.

—Si usted lo desea...

—Me gustaría comenzar lo antes posible. Ve y entrena a los soldados. Enviaré contigo a la que se vaya a encargar.

—¿Podría sugerir a la reina?

—Veré qué puedo hacer. Puedes retirarte.

Grimmjow pudo haber insistido, intentando convencerlo de que Rukia era la única respuesta a ese problema. Pero ni siquiera era por obediencia que desistió de inmediato. El rey no solo lo despedía de palabra, también conseguía que su ser lo invitara a irse. Dejaba de mirarlo y seguramente respondería de manera poco contundente a cualquier cosa que intentara decirle. Solo le quedaba implorar a quién lo escuchara para que eligiera a la reina.


La concubina del rey nunca pasaba de moda. Creer que se debía simplemente a su estatus de mujer del rey adicional a la reina habría sido una mentira que se impusiera a sí mismo. Un engaño. Porque era consciente de que lo que llamaba la atención de la concubina era su aspecto y forma de sonreírle a los demás. La gente que se emocionaba al verla aún existía, y realmente no podía esperar menos de sus soldados.

—¡No se distraigan! Demuéstrenle a la mujer del rey que son hombres respetables y capaces.

—¡Sí, capitán!

Tenía ser una broma que debía recurrir a esos métodos para que dejaran de ponerle el ojo encima. Grimmjow sabía que iba a ser un pésimo día desde que encontró un agujero en su camisa, pero no había querido aceptarlo.

—Gracias por permitirme su tiempo, capitán —Ella se inclinó levemente—. El rey me envió para pedirle ayuda en relación al asunto de la señorita Karin. Mencionó que usted estaba al tanto de que recibiría mi visita.

Así tan específico, no. Se preguntaba de manera genuina a quién iba a enviar finalmente.

—Sí. Me gustaría decirle que se tome su tiempo, pero tengo más responsabilidades. Pregúnteme cosas que le permitan empezar a buscar. Si quiere más detalles deberá esperar, en dos días podré hacer un espacio más extenso.

—Agradezco que me lo haga saber —Sonrió—. Solo quiero hacerle una pregunta.

Grimmjow se sintió asombrado. ¿Una pregunta? ¿Podía trabajar en base a una sola respuesta suya?

Unos pasos atrás, la sirvienta de la señorita Orihime observaba con atención los movimientos de los soldados. Se veía fascinada, pero de una manera poco perceptible. Si no fuera por la manera precisa en que los seguía, Grimmjow habría dicho hasta que la aburría.

—Tiene mi atención.

—Me han hecho saber que conoce a la señorita Karin desde que era una niña, imagino que guarda algún sentimiento respecto a ella —dijo con fluidez—. Pensando en eso, ¿cuál cree que debería ser la principal cualidad del hombre que se case con ella?

La miró directamente a los ojos, impresionado. ¿Esa pregunta era lo que iba a definir la base de la estrategia para encontrar al hombre perfecto para Karin? No sabía si estaba decepcionado, o era que no comprendía la manera de pensar de ella. Era cierto que la pregunta podía considerarse directa y a la vez poco acertada —si se consideraba lo que se solía hacer para encontrar pretendientes: buscar el mejor título o los mejores ingresos.

Sin contar eso, era una pregunta realmente fácil para él.

—Quiero que sea alguien astuto.

—¿Astuto y ya?

—Me pidió una cualidad principal —indicó.

Ella le dio vueltas un par de veces y volvió a dirigirse a él.

—Una más.

—Considerado.

—Que sea considerado es un requisito básico, me parece. Intente de nuevo, por favor.

Grimmjow sonrió, inevitablemente interesado en su nueva manera de ser. Le había dicho que cambiara, que lo mirara a los ojos. No sabía que iba a ser un arma de doble filo.

—Supongo que tiene razón —Accedió. Se volteó a mirar a sus subordinados un momento, antes de decidir que tenía la respuesta—. Tiene que pertenecer al ejercito. Imagino que es más fácil que alguien relacionado a este mundo valore las cualidades de la señorita Karin. Asegúrese de que el hombre que encuentre, no se esfuerce en cambiarla, por favor. Confío en que hará un buen trabajo.

Su negativa a recibirla no era porque la creyera incompetente. Precisamente iba a demostrar si había cambiado más que su manera de actuar ante la gente al completar la misión que el rey le había encomendado, y Grimmjow no tenía problema en asumir las mejoras en las actitudes o capacidades de los demás. El motivo para preferir a Rukia era que, simplemente, Orihime hacía cosas en él que la reina jamás iba a causar.

Porque sentir curiosidad por esa mujer era, además de comprensible y predecible; algo que podía acabar siendo una distracción demasiado grande para sus convicciones e interés por permanecer en su puesto.

—Lo espero cuando tenga tiempo, capitán. Por favor, no olvide visitarme —Se inclinó ante él en señal de respeto. En cuanto se enderezó otra vez, le dedicó una sonrisa.

—Por nada del mundo.

No hubiera sido capaz de decir si lo dijo con ironía. Y se sintió fuera de lugar.

Era la concubina, la mujer y esposa del rey. No era que sintiera una lealtad tan profunda hacia él, eso jamás. Pero Grimmjow no se atrevería a tentar a la suerte, incluso si Ichigo la trataba diferente. Nada quitaba que le perteneciera. El solo hecho de observar de más podía ser considerado una falta de respeto a la figura del rey, tal como le había hecho saber a sus descarados subordinados.

Sus palabras solo pudieron evocar el momento en que el rey prometía visitarla.

Chasqueó la lengua y decidió dejar de mirar su espalda mientras se alejaba. Regresó la atención al campo de entrenamiento, diciéndose a sí mismo que había sido un fugaz momento de debilidad.