Harry Potter pertenece a JK Rowling.
Bruja Llameante
Inspirado en el Fic "A Fair Life" de Rntwriter.
.
.
06: La Primera Prueba.
.
.
— ¡Hi-yah!, ¡Aiyah!, ¡Eeee-yah!, ¡Hyah! —Ese fue el sonido, que llamó la atención de Hermione Granger, luego de haber visto a Beatrice centrarse en su horario durante la mañana. La vio asistir a las clases de Encantamientos, de Historia de la Magia (¡Sin dormirse!) y a Transformaciones, aunque su mente parecía estar en otro lugar, incluso cuando transformó efectivamente un ave en una copa, con el hechizo Vera verto. Y ahora, luego del almuerzo y sabiendo que tendrían casi tres horas libres, entonces Beatrice subió a la Sala Común de Gryffindor y Hermione la vio cambiarse por una camiseta negra sin mangas y un pantalón deportivo/pantalón sudadera.
Y ahora mismo, luego de haber visto el muy raro cambio en el comportamiento de Beatrice, Hermione siguió a la pelinegra de ojos verdes, quien se internó en el bosque del lado norte del castillo, al lado opuesto del Bosque Prohibido, la siguió con una curiosidad cada vez mayor. Al lograr encontrarla, Beatrice estaba practicando con algún tipo de hechizo mágico de fuego azul. Pero era fuego azul, que ella había invocado sin la varita mágica y tenía una llama en cada dedo. Estaba a punto de salir y preguntarle qué clase de hechizo era y si estaba dispuesta a enseñárselo a ella, cuando vio como desde sus hombros, hasta sus antebrazos le nacían escamas, escamas que brillaban en sus hombros de color rosado intenso y que terminaban en sus antebrazos de color violeta, cerró su puño y lanzar un golpe al frente, arrojando una bola de fuego, luego el otro. Hermione se encontró viendo un espectáculo de artes marciales de Beatrice, mientras la pelinegra lanzaba puñetazos y patadas, envueltas en más fuego, con una maestría increíble y que ella jamás se hubiera imaginado que su amigo (ahora amiga y amor platónico) podría llegar a realizar.
— ¿Beatrice? —Preguntó Hermione, al creer que ella había finalizado.
— ¡Hola Hermione! —saludó la pelinegra con una sonrisa, retirándose el cabello negro del rostro y sonriéndole como si apenas estuviera regresando, luego de un trote ligero, mientras que las escamas parecían irse desvaneciendo de su piel, cosa que hizo enfadar un poco a Hermione, por pensar que la pelinegra se veía como algún tipo de ser divino o una especie mágica recién descubierta. —No creí que vinieras a hablarme, sino que te quedarías allí oculta y me seguirías de hurtadillas al castillo.
— ¿Sabías que estaba allí? —Preguntó la castaña sonrojándose muchísimo y deseando que el suelo se abriera, meterse allí y nunca salir.
—Por supuesto que sí. —aseguró Beatrice, mientras procedía a explicarle todo, rodeándole el hombro con el brazo e instándola a darse media vuelta y a volver a caminar hacia el castillo, sin nunca dejar de sonreír —Estas habilidades de fuego, son algo propio de la raza a la cual mi madre y yo pertenecemos: Los Sigmis. Ellos llegaron a la tierra, desde otro plano astral y cuando caí desmayada por el Cáliz de Fuego, mi madre me habló desde el más allá, dotándome de cientos de conocimientos, que nadie jamás había escuchado. Pero también me habló de unos cuantos conocimientos, que nadie me había ofrecido antes o que se mantuvieron ocultos para mí y de los cuales, todavía no puedo hablarte. También me dijo sobre estos poderes de magia de fuego azul: Algo propio de los Sigmis, que son algo que llevamos en la sangre.
Hermione frunció el ceño, mientras lo pensaba. Sabía que no había escuchado ese nombre en el libro de Animales Fantásticos y Donde Encontrarlos. — ¿Qué son los Sigmis exactamente?
Y Beatrice se detuvo un momento, para pensarlo. —Algo parecido a… Elementales de Fuego o quizás… como Hadas de Fuego.
.-
.-
.-
Mientras tanto, la vida en el castillo se había hecho aún menos llevadera para Beatrice, para Snape y para Albus, porque Rita Skeeter había publicado su artículo sobre la biografía sin censura alguna, de Beatrice.
Albus era el más furioso de todos, porque Skeeter de alguna forma había descubierto que Peter Pettigrew era el verdadero Guardian del Secreto, que era un Mortífago y llevó a Voldemort hasta la puerta de los Potter. Había descubierto (y Dumbledore no dejaba de caer en la muy desagradable sensación de desconcierto) que Snape era un espía y un Mortífago y que él le había revelado la Profecía a Voldemort, provocando que atacara a los Potter…
Potter.
Dumbledore entonces, cayó en la cuenta.
Beatrice podría haberlo contado todo.
Beatrice sabía la profecía, quizás Lily le contó sobre Pettigrew y no era descabellado pensar que Snape hubiera ido a advertirle a Lily sobre como El-Señor-Tenebroso sabía de la Profecía, como un intento por purgar la culpa que lo carcomiera.
— ¡MALDITA SEA! —Rugió Dumbledore furioso, sufriendo de un claro caso de Magia Accidental en un hombre de su edad... no era normal.
La mayor parte de la primera página la ocupaba una fotografía de Beatrice, y el artículo (que continuaba en las páginas segunda, sexta y séptima) no trataba más que de Beatrice.
A la mañana siguiente, apareció la biografía de Cedric Diggory en las páginas primera, segunda, sexta y séptima, enseñando que era el líder del equipo de Quidditch de Hufflepuff, su (supuesto) deseo de ser un modista famoso y su enamoramiento por Cho Chang, Buscadora de Ravenclaw.
De Victor Krum, se contaba aquello que todos sabían: Alumno de Durmstrang, jugador profesional de Quidditch de Bulgaria y (según Skeeter) el maestro de Encantamientos más joven en la historia de la escuela de magia Búlgara.
Y tres días después, estaba la biografía de Fleur Delacourt, siguiendo el patrón de cuatro páginas, en donde revelaba que ella era hija de una Veela, su supuesto (y no comprobado) romance con su compañera de clases Madeleine Dampierre y tenía un gran deseo de ser algún día una Magizoológista, con especialización en Dragones.
.-.-.
.-.-.
Ron no les había vuelto a hablar después de decirle lo del castigo de Snape. Beatrice había tenido la esperanza de que hicieran las paces durante las dos horas que tuvieron que pasarse en la mazmorra encurtiendo sesos de rata, pero Ron, quien seguía siendo muy infantil, parecía creer que Beatrice y Hermione tenían piojos o algo así.
Eso fue un revés en los planes de Dumbledore. Creyendo ahora más que nunca, que tenía que invitar a los Weasley, para que estuvieran allí para Harry... para Beatrice. No solo porque quería que siguieran teniendo una influencia en Beatrice, pero no sabía cuan bien podría seguir funcionando esto, pues su contrato matrimonial entre Harry Potter y Ginny Weasley fue destruido, cuando el Cáliz de Fuego le devolvió su cuerpo e identidad a Beatrice Potter.
Acababa de comprobar que ahora, Beatrice era una adulta a los ojos del Cáliz de Fuego y de la Comunidad Internacional de Magos, descubriendo también, que Beatrice era ahora Lady Potter y que, a causa de todo el dinero que él había robado de las arcas Potter a lo largo de catorce años, a él le habían arrebatado más de Novecientos Mil Millones de Galeones, Cuarenta y Ocho Mil Sickles y Ochocientos Mil Knuts. Tanto por colocar leyes con los votos Potter, como por tomar oro de la cámara Potter e ignorar y encarcelar a Lord Black.
Esto era horrible para Dumbledore.
Esto era casi peor que la muerte, porque había perdido los votos de los asientos Potter, acababa de comprobar que Har… Beatrice también era descendiente de la Antigua familia de los Freedom (por parte materno de Lily) y al haber derrotado a Voldemort de bebé, había ganado los asientos Gaunt y los Peverell. Dumbledore los tuvo todos, los usó inconscientemente, pero ahora mismo, acababa de perderlos y todas sus leyes fueron derogadas y enviadas a Beatrice y copias a Sirius, para ver cuales querían aprobar o derogar.
.-.-.
.-.-.
Resulta extraño pensar que, cuando uno teme algo que va a ocurrir y quisiera que el tiempo empezara a pasar más despacio, el tiempo suele pasar más aprisa.
Los días que quedaban para la primera prueba transcurrieron tan velozmente como si alguien hubiera manipulado los relojes para que fueran a doble velocidad. A dondequiera que iba Beatrice la acompañaba un terror casi incontrolable, tan omnipresente como los comentarios sobre el artículo de El Profeta.
El sábado antes de la primera prueba dieron permiso a todos los alumnos de tercero en adelante para que visitaran el pueblo de Hogsmeade. Hermione le dijo a Beatrix que le iría bien salir del castillo por un rato, y la pelinegra no necesitó mucha persuasión.
En esta ocasión, sin la Capa de Invisibilidad, solo fue junto a Hermione, caminando como amigas y tomadas de la mano, causando mariposas en el estómago de la castaña, mientras que la pelinegra intentaba fingir que todo estaba bien. Al entrar en la aldea vio a otros estudiantes, la mayor parte de los cuales llevaban insignias de «Apoya a CEDRIC DIGGORY», aunque aquella vez, para variar, no vio horribles añadidos, y tampoco nadie le recordó el artículo.
Al llegar para beber algo de Cerveza de Mantequilla, Hagrid sonrió al verlos y se les acercó, casi de inmediato, con su vaso gigante en sus manos y dándole un sorbo a su Cerveza de Mantequilla. — "Beatrice, ven a verme a la cabaña esta noche." —susurró — "Ponte la capa." —Y luego, incorporándose, añadió en voz alta—: Me alegro de verte, Hermione. —Guiñó un ojo, y se fue.
— ¿Para qué querrá que vayas a verlo esta noche? —dijo Hermione, muy sorprendida. —Me pregunto qué se trae entre manos. No sé si deberías ir, Beatrice...
Y la pelinegra se inclinó hacía la castaña. — "Me quiere hablar sobre los Dragones de la primera prueba."
Y Hermione se puso muy inquieta y palideció, ante eso. — ¿Y qué hiciste la última vez?
Beatrice sonrió y se inclinó hacia Hermione, causándole sonrojo. — "Dejé la escoba en un lugar cercano y luego la invoqué con el Accio, volé alrededor, descendí y atrapé el huevo de oro, como si fuera una Snitch"
— ¿Puedes hacerlo de nuevo? —Preguntó Hermione aterrorizada.
La sonrisa de su novia… de SU AMIGA, hizo que Hermione se sonrojara. — "Eso o invocar el huevo dorado"
.-.-.
.-.-.
Los terrenos del colegio estaban envueltos en una oscuridad total. Beatrice bajó por la explanada hacia la luz que brillaba en la cabaña de Hagrid. También el interior del enorme carruaje de Beauxbatons se hallaba iluminado. Mientras llamaba a la puerta de la cabaña, Beatrice oyó hablar a Madame Maxime dentro de su carruaje.
— "¿Eres tú, Beatrice?" —susurró Hagrid, abriendo la puerta.
—Sí —respondió Beatrice, que entró en la cabaña y se desembarazó de la capa—. ¿Por qué me has hecho venir?
—Tengo algo que mostrarte —repuso Hagrid. Parecía muy emocionado. Llevaba en el ojal una flor que parecía una alcachofa de las más grandes. Por lo visto, había abandonado el uso de aceite lubricante, pero era evidente que había intentado peinarse, porque en el pelo se veían varias púas del peine rotas.
— ¿Qué vas a mostrarme? —dijo Beatrice, fingiendo recelo, recordaba esa época, haberse preguntarse si habrían puesto huevos los escregutos o si Hagrid habría logrado comprarle a otro extraño en alguna taberna un nuevo perro gigante de tres cabezas.
—Cúbrete con la capa, ven conmigo y no hables —le indicó Hagrid—. No vamos a llevar a Fang, porque no le gustaría...
—Escucha, Hagrid, no puedo quedarme mucho... Tengo que estar en el castillo a la una. —Pero Hagrid no la escuchaba. Abrió la puerta de la cabaña y se internó en la oscuridad a zancadas. Beatrice lo siguió aprisa y, para su sorpresa, advirtió que Hagrid lo llevaba hacia el carruaje de Beauxbatons. —Hagrid, ¿qué...?
— ¡Shhh! —lo acalló Hagrid, y llamó tres veces a la puerta que lucía las varitas doradas cruzadas. Abrió Madame Maxime. Un chal de seda cubría sus voluminosos hombros. Al ver a Hagrid, sonrió.
— ¡Ah, Hagrid! ¿Ya es la «hoga»?
— «Bon suar» —le dijo Hagrid, dirigiéndole una sonrisa y ofreciéndole la mano para ayudarla a bajar los escalones dorados. Madame Maxime cerró la puerta tras ella. Hagrid le ofreció el brazo, y se fueron bordeando el potrero donde descansaban los gigantescos caballos alados de Madame Maxime.
Madame Maxime estaba tan en ascuas como lo había estado Beatrice en aquella época, porque un rato después preguntó alegremente: — ¿Adónde me llevas, Hagrid?
—Esto te gustará —aseguró Hagrid—. Merece la pena, confía en mí. Pero no le digas a nadie que te lo he mostrado, ¿eh? Se supone que no puedes verlo.
—Descuida —le dijo Madame Maxime, luciendo sus largas y negras pestañas al parpadear. Y siguieron caminando. Beatrice los seguía, cada vez más nervioso y mirando el reloj continuamente. Hagrid debía de tener en mente alguna de sus disparatadas ideas, que podía hacerlo llegar tarde a su cita.
Pero entonces, cuando habían avanzado tanto por el perímetro del bosque que ya no se veían ni el castillo ni el lago, Beatrice oyó algo. Delante había hombres que gritaban. Luego oyó un bramido ensordecedor...
Hagrid llevó a Madame Maxime junto a un grupo de árboles y se detuvo. Beatrice caminó a paso calmado a su lado. Recordó como durante una fracción de segundo pensó que lo que veía eran hogueras y a hombres que corrían entre ellas. Y allí estaban, una vez más. ¡Dragones!
Rugiendo y resoplando, cuatro dragones adultos enormes, de aspecto fiero, se alzaban sobre las patas posteriores dentro de un cercado de gruesas tablas de madera. A quince metros del suelo, las bocas llenas de colmillos lanzaban torrentes de fuego al negro cielo de la noche.
— ¡No te acerques, Hagrid! —advirtió un mago desde la valla, tirando de la cadena—. ¡Pueden lanzar fuego a una distancia de seis metros, ya lo sabes! ¡Y a este Colacuerno lo he visto echarlo a doce!
— ¿No es hermoso? —dijo Hagrid con voz embelesada.
— ¡Es peligroso! —gritó otro mago. — ¡Encantamientos aturdidores, cuando cuente tres! —Y una vez más, vio que todos los cuidadores de los dragones sacaban la varita. —¡Desmaius! —gritaron al unísono. Los encantamientos aturdidores salieron disparados en la oscuridad como bengalas y se deshicieron en una lluvia de estrellas al chocar contra la escamosa piel de los dragones. Beatrice observó que el más próximo se balanceaba peligrosamente sobre sus patas traseras y abría completamente las fauces en un aullido mudo. Las narinas parecían haberse quedado de repente desprovistas de fuego, aunque seguían echando humo. Luego, muy despacio, se desplomó. Varias toneladas de dragón dieron en el suelo con un golpe que pareció hacer temblar los árboles que había tras ellos. Los cuidadores de los dragones bajaron las varitas y se acercaron a las derribadas criaturas que estaban a su cargo, cada una de las cuales era del tamaño de un cerro. Se dieron prisa en tensar las cadenas y asegurarlas con estacas de hierro, que clavaron en la tierra utilizando las varitas.
— ¿De qué razas son, Charlie? —inquirió Hagrid mirando al dragón más cercano, el negro, con algo parecido a la reverencia.
—Éste es un Colacuerno húngaro —explicó Charlie—. Por allí hay un Galés verde común, que es el más pequeño; un Hocicorto sueco, que es el azul plateado, y un Bola de fuego chino, el rojo. —Charlie miró a Madame Maxime, que se alejaba siguiendo el borde de la empalizada para ir a observar los dragones adormecidos. —No sabía que la ibas a traer, Hagrid —dijo Charlie, ceñudo—. Se supone que los campeones no tienen que saber nada de lo que les va a tocar, y ahora ella se lo dirá a su alumna, ¿no?
—Sólo pensé que le gustaría verlos. —Hagrid se encogió de hombros, sin dejar de mirar embelesado a los dragones.
— ¡Vaya cita romántica, Hagrid! —exclamó Charlie con sorna.
—Cuatro... uno para cada campeón, ¿no? ¿Qué tendrán que hacer?, ¿luchar contra ellos?
—No, sólo burlarlos, según creo. —repuso Charlie —Estaremos cerca, por si la cosa se pusiera fea, y tendremos preparados encantamientos extinguidores. Nos pidieron que fueran hembras en período de incubación, no sé por qué... Pero te digo una cosa: no envidio al que le toque el Colacuerno. Un bicho fiero de verdad. La cola es tan peligrosa como el cuerno, mira. —Charlie señaló la cola del Colacuerno, y Beatrice vio que estaba llena de largos pinchos de color bronce. Cinco de los compañeros de Charlie se acercaron en aquel momento al Colacuerno llevando sobre una manta una nidada de enormes huevos que parecían de granito gris, y los colocaron con cuidado al lado del animal. A Hagrid se le escapó un gemido de anhelo.
—Los tengo contados, Hagrid —le advirtió Charlie con severidad. Luego añadió—: ¿Qué tal está Harry? ¿O es Beatrice? Eso dijo mi madre en un mensaje.
—Bien —respondió Hagrid, sin apartar los ojos de los huevos. —Pues espero que siga bien después de enfrentarse con éstos. —comentó Charlie en tono grave, mirando por encima del cercado —No me he atrevido a decirle a mi madre lo que le esperaba en la primera prueba, porque ya le ha dado un ataque de nervios pensando en él... —Charlie imitó la voz casi histérica de su madre—: «¡Cómo lo dejan participar en el Torneo, con lo pequeño que es! ¡Creí que iba a haber un poco de seguridad, creí que iban a poner una edad mínima!»
Se dio prisa en bordear el bosque y esquivar a Karkarov.
Muy despacio y con mucho cuidado, Beatrice se incorporó y reemprendió el camino hacia Hogwarts en la oscuridad, tan rápido como podía sin hacer demasiado ruido. No le cabía ninguna duda respecto a los propósitos de Karkarov. Había salido del barco a hurtadillas para averiguar en qué consistía la primera tarea. Tal vez hubiera visto a Hagrid y a Madame Maxime por las inmediaciones del bosque: no eran difíciles de ver en la distancia. Todo lo que tendría que hacer sería seguir el sonido de las voces y, como Madame Maxime, se enteraría de qué era lo que les reservaban a los campeones. Parecía que el único campeón que el martes afrontaría algo desconocido sería Cedric. — «¡Tonterías!» —le dijo casi sin voz a la Señora Gorda, que dormitaba en su cuadro tapando la entrada.
— "Si tú lo dices..." —susurró medio dormida, sin abrir los ojos, y el cuadro giró para dejarlo pasar.
Habló con Sirius; pero al verla, Ron se giró inmediatamente y se marchó, sin siquiera intentar preguntarle qué hacía ella allí.
.-.-.-.
.-.-.-.
Beatrice fue a buscar a Hermione, quien le recordó, que ella ya tenía un plan y se lo dijo ayer. Así que Beatrice le habló del Dragón, del hechizo convocador y de su plan de ocultar la escoba en las cercanías, en cuanto les dijeran en donde era o qué harían.
Hermione estuvo de acuerdo y estuvieron practicando el hechizo Convocador.
.-.-.-.
.-.-.-.
Pasaron los días y Beatrice decidió que ya era hora de decírselo, aunque le sorprendía, que nadie lo hubiera hecho antes. Al levantarse de la mesa con Hermione, vio a Cedric Diggory dejando la mesa de Hufflepuff. Cedric seguía sin saber lo de los dragones. Era el único de los campeones que no se habría enterado, si Beatrice estaba en lo cierto al pensar que Maxime y Karkarov se lo habían contado a Fleur y Krum.
—Nos vemos en el invernadero, Hermione —le dijo Beatrice, tomando una decisión al ver a Cedric dejar el Gran Comedor—. Ve hacia allí; ya te alcanzaré.
—Llegarás tarde, Beatrice. Está a punto de sonar la campana.
—Te alcanzaré, ¿vale? —Cuando Beatrice llegó a la escalinata de mármol, Cedric ya estaba al final de ella, acompañado por unos cuantos amigos de sexto curso. Beatrice no quería hablar con Cedric delante de ellos, porque eran de los que le repetían frases del artículo de Rita Skeeter cada vez que lo veían. Lo siguió a cierta distancia, y vio que se dirigía hacia el corredor donde se hallaba el aula de Encantamientos. Eso le dio una idea. Deteniéndose a una distancia prudencial de ellos, sacó la varita y apuntó con cuidado. —¡Apertum! —A Cedric se le abrió el cierre de la mochila. Libros, plumas y rollos de pergamino se esparcieron por el suelo, y varios frascos de tinta se rompieron.
Se guardó la varita en la túnica, esperó a que los amigos de Cedric entraran en el aula y se apresuró por el corredor, donde sólo quedaban Cedric y él. —Hola —lo saludó Cedric, recogiendo un ejemplar de Guía de la transformación, nivel superior salpicado de tinta—. Se me acaba de descoser la mochila... a pesar de ser nueva.
—Cedric, ayer estuve en Hogsmeade y Hagrid dijo que quería enseñarme algo, así que lo estuve siguiendo entre los matorrales, en medio de la noche, —le dijo Beatrice sin más preámbulos— la primera prueba son dragones.
— ¿Qué? —exclamó Cedric, levantando la mirada.
—Dragones —repitió Beatrice, hablando con rapidez por si el profesor Flitwick salía para ver lo que le había ocurrido a Cedric. —Han traído cuatro, uno para cada uno, y tenemos que burlarlos. —Cedric la miró. Beatrice vio en sus grises ojos parte del pánico que lo embargaba a él desde la noche del sábado. —Pero no soy la única que lo sabe. A estas horas Fleur y Krum ya se habrán enterado, porque Maxime y Karkarov también los vieron. —Cedric se levantó con los brazos llenos de plumas, pergaminos y libros manchados de tinta y la bolsa rasgada colgando y balanceándose de un hombro.
Miró a Beatrice con una mirada desconcertada y algo suspicaz. — ¿Por qué me lo has dicho? —preguntó. Beatrice volvió a mirarlo, sorprendida de que le hiciera aquella pregunta. Desde luego, Cedric no la habría hecho si hubiera visto los dragones con sus propios ojos. Beatrice no habría dejado ni a su peor enemigo que se enfrentara a aquellos dragones sin previo aviso. Bueno, tal vez a Malfoy y a Snape...
—Es justo, ¿no te parece? —le dijo a Cedric—. Ahora todos lo sabemos... Estamos en pie de igualdad, ¿no? Cedric seguía mirándolo con suspicacia cuando Harry escuchó tras él un golpeteo que le resultaba conocido. Se volvió y vio que Ojoloco Moody salía de un aula cercana. —Ven conmigo, Potter. —gruñó —Diggory, entra en clase.
Beatrice miró a Moody, tratando de mantenerse firme. Bajo su piel, el fuego mágico estaba listo para volverlo Mortífago asado. —Eh... profesor, ahora me toca Herbología...
—No te preocupes, Potter. Acompáñame al despacho, por favor... —Beatrice lo siguió, preguntándose si podría mantenerse con un rostro de desconocimiento hacia el futuro.
—De forma que averiguaste lo de los dragones, ¿eh? —Beatrice fingió dudar. —Está bien —dijo Moody, sentándose y extendiendo la pata de palo—. La trampa es un componente tradicional del Torneo de los tres magos y siempre lo ha sido.
—Yo no he hecho trampa. —replicó Beatrice con brusquedad —Lo averigüé por una especie de... casualidad.
El falso Moody sonrió. —No pretendía acusarte, muchacho. Desde el primer momento le he estado diciendo a Dumbledore que él puede jugar todo lo limpiamente que quiera, pero que ni Karkarov ni Maxime harán lo mismo. Les habrán contado a sus campeones todo lo que hayan podido averiguar. Quieren ganar, quieren derrotar a Dumbledore. Les gustaría demostrar que no es más que un hombre. —Moody repitió su risa estridente, y su ojo mágico giró tan aprisa que Harry se mareó de sólo mirarlo. —Bien... ¿tienes ya alguna idea de cómo burlar al dragón? —le preguntó Moody.
—Sí. Tengo un buen plan… o eso espero yo, personalmente.
—Bueno, yo no te voy a decir cómo hacerlo. —declaró Moody —No quiero tener favoritismos. Sólo te daré unos consejos generales. Y el primero es: aprovecha tu punto fuerte.
— ¿Mi punto fuerte? —Preguntó ella.
—Piensa, ¿Qué se te da mejor?
—El Quidditch.
—Exactamente.
La sonrisa de la pelinegra se ensanchó. —El Encantamiento Convocador. —Moody se sorprendió por esas palabras y lo miró. —Sí, yo he pensado lo mismo, profesor. El Encantamiento y mi escoba.
—Excelente Potter. —dijo Moody sonriente —Excelentemente pensado.
.-.-.-.
.-.-.-.
Beatrice y Hermione entrenaron hechizos como Atrapado, Cogelado, Glacius, Aquaeructo, ProtegoMáxima y Accio.
El tiempo pasaba de forma más rara que nunca, como a saltos, de manera que estaba sentada en su primera clase, Historia de la Magia, y al momento siguiente iba a comer... y de inmediato (¿a dónde se había ido la mañana, las últimas horas sin dragones?) la profesora McGonagall entró en el Gran Comedor y fue a toda prisa hacia ella. Muchos los observaban. —Los campeones tienen que bajar ya a los terrenos del colegio... Tienes que prepararte para la primera prueba.
— ¡Bien! —dijo Beatrice, tragándose el tocino, poniéndose en pie. El tenedor hizo mucho ruido al caer al plato.
— "Buena suerte, Beatrice" —le susurró Hermione—. ¡Todo irá bien!
—Sí —contestó con una sonrisa confiada. Antes de ir a enfrentar a su enemiga mortal, agarró las mejillas de Hermione y la besó.
Salió del Gran Comedor con la profesora McGonagall. Ella tampoco parecía la misma; de hecho, estaba casi tan nerviosa como Hermione. Al bajar la escalinata de piedra y salir a la fría tarde de noviembre, le puso una mano en el hombro. —No te dejes dominar por el pánico —le aconsejó—, conserva la cabeza serena. Habrá magos preparados para intervenir si la situación se desbordara... Lo principal es que lo hagas lo mejor que puedas, y no quedarás mal ante la gente. ¿Te encuentras bien?
—Los nervios me están ganando. —se oyó decir Beatrice —Tengo un plan. Sé que puedo usarlo, pero aun así…
Ella lo conducía bordeando el bosque hacia donde estaban los dragones; pero, al acercarse al grupo de árboles detrás del cual habría debido ser claramente visible el cercado, Beatrice vio que habían levantado una tienda que lo ocultaba a la vista. —Tienes que entrar con los demás campeones —le dijo la profesora McGonagall con voz temblorosa— y esperar tu turno, Potter. El señor Bagman está dentro. Él te explicará lo que tienes que hacer... Buena suerte.
—Gracias —dijo Beatrice con una voz más confiada y suya. McGonagall la dejó a la puerta de la tienda, y Beatrice entró. Lo demás, ocurrió muy rápidamente, casi como si no fuera ella, quien estaba allí: Saludarse, esperar, Bagman comentándolo todo, la bolsa con las figuras de los dragones, Krum y luego Diggory, luego Fleur y finalmente Beatrice.
Aguardó. Y luego oyó el silbato. Salió de la tienda, sintiendo cómo el pánico se apoderaba rápidamente de todo su cuerpo. Pasó los árboles y penetró en el cercado a través de un hueco. Lo vio todo ante sus ojos como si se tratara de un sueño de colores muy vivos. Desde las gradas que por arte de magia habían puesto después del sábado lo miraban cientos y cientos de rostros.
Y allí, al otro lado del cercado, estaba el colacuerno agachado sobre la nidada, con las alas medio desplegadas y mirándolo con sus malévolos ojos amarillos, como un lagarto monstruoso cubierto de escamas negras, sacudiendo la cola llena de pinchos y abriendo surcos de casi un metro en el duro suelo.
La multitud gritaba muchísimo, pero Beatrice ni sabía ni le preocupaba si eran gritos de apoyo o no.
Era el momento de hacer lo que tenía que hacer: concentrarse, entera y absolutamente, en lo que constituía su única posibilidad. Se pasó una mano por la cara. —No puedo creer que estoy haciendo esta mierda de nuevo —Levantó la varita. — ¡Accio Saeta de Fuego! —gritó. Aguardó, confiando y rogando... — ¡Llegó más rápido que la última vez! —Pensó sorprendida, mientras subía en ella y despegaba, hasta que ya nadie la veía y ella tampoco los veía, estaba cubierta por las nubes y comenzó a arrojar un par de bolas de fuego y llamaradas azules.
Descendió en picado. El Colacuerno la siguió con la cabeza. Sabía lo que el dragón iba a hacer, y justo a tiempo frenó su descenso y se elevó en el aire. Llegó un chorro de fuego justo al lugar en que se habría encontrado si no hubiera dado un viraje en el último instante... pero a Beatrice no le preocupó: era lo mismo que esquivar una bludger.
«¡Cielo santo, vaya manera de volar!» vociferó Bagman, entre los gritos de la multitud. «¿Ha visto eso, señor Krum?»
Beatrice se elevó en círculos. El colacuerno seguía siempre su recorrido, girando la cabeza sobre su largo cuello. Si continuaba así, se marearía, pero era mejor no abusar o volvería a echar fuego.
Beatrice se lanzó hacia abajo justo cuando el dragón abría la boca, pero esta vez tuvo menos suerte. Esquivó las llamas, pero la cola de la bestia se alzó hacia ella, y al virar a la izquierda uno de los largos pinchos le raspó el hombro. La túnica quedó desgarrada. Le escocía. La multitud gritaba, pero la herida no parecía profunda.
Sobrevoló la espalda del Colacuerno y se le ocurrió una posibilidad... El dragón no parecía dispuesto a moverse del sitio: tenía demasiado afán por proteger los huevos. Aunque retorcía la cabeza y plegaba y desplegaba las alas sin apartar de Beatrice sus terribles ojos amarillos, era evidente que temía apartarse demasiado de sus crías. Así pues, tenía que persuadirla de que lo hiciera, o de lo contrario nunca podría apoderarse del huevo de oro. El truco estaba en hacerlo con cuidado, poco a poco. Empezó a volar, primero, por un lado, luego por el otro, no demasiado cerca para evitar que echara fuego por la boca, pero arriesgándose todo lo necesario para asegurarse de que la bestia no le quitaba los ojos de encima.
La cabeza del dragón se balanceaba a un lado y a otro, mirándolo por aquellas pupilas verticales, enseñándole los colmillos... Remontó un poco el vuelo. La cabeza del dragón se elevó con él, alargando el cuello al máximo y sin dejar de balancearse como una serpiente ante el encantador. Beatrice se elevó un par de metros más, y el dragón soltó un bramido de exasperación. Beatrice era como una mosca para él, una mosca que ansiaba aplastar. Volvió a azotar con la cola, pero Beatrice estaba demasiado alto para alcanzarlo. Abriendo las fauces, echó una bocanada de fuego... que él consiguió esquivar. — ¡Vamos! —lo retó Beatrice en tono burlón, virando sobre el dragón para provocarlo—. ¡Vamos, ven a atraparme...! Levántate, vamos... —La enorme bestia se alzó al fin sobre las patas traseras y extendió las correosas alas negras, tan anchas como las de una avioneta, y Beatrice se lanzó en picado. Antes de que el dragón comprendiera lo que Beatrice estaba haciendo ni dónde se había metido, éste iba hacia el suelo a toda velocidad, hacia los huevos por fin desprotegidos. Soltó las manos de la Saeta de Fuego... y cogió el huevo de oro. Y escapó acelerando al máximo, remontando sobre las gradas, con el pesado huevo seguro bajo su brazo ileso. De repente fue como si alguien hubiera vuelto a subir el volumen: por primera vez llegó a ser consciente del ruido de la multitud, que aplaudía y gritaba tan fuerte como la afición irlandesa en los Mundiales.
«¡Miren eso!» gritó Bagman. «¡Mírenlo! ¡Nuestro paladín más joven ha sido el más rápido en coger el huevo! ¡Bueno, esto aumenta las posibilidades de nuestra amiga Potter!»
Beatrice vio a los cuidadores de los dragones apresurándose para reducir al colacuerno; y a la profesora McGonagall, el profesor Moody y Hagrid, que iban a toda prisa a su encuentro desde la puerta del cercado, haciéndole señas para que se acercara. Aun desde la distancia distinguía claramente sus sonrisas.
Voló sobre las gradas, con el ruido de la multitud retumbándole en los tímpanos, y aterrizó con suavidad, con una felicidad que no había sentido desde hacía semanas. Había pasado la primera prueba, estaba vivo... — ¡Excelente, Potter! —dijo bien alto la profesora McGonagall cuando bajó de la Saeta de Fuego. Viniendo de la profesora McGonagall, aquello era un elogio desmesurado. Le tembló la mano al señalar el hombro de Beatrice —. Tienes que ir a ver a la señora Pomfrey antes de que los jueces muestren la puntuación... Por ahí, ya está terminando con Diggory.
— ¡Lo conseguiste, Beatrice! —dijo Hagrid con voz ronca—. ¡Lo conseguiste! ¡Y eso que te tocó el colacuerno, y ya sabes lo que dijo Charlie de que era el pe...!
—Gracias, Hagrid —lo cortó Beatrice para que Hagrid no siguiera metiendo la pata al revelarle a todo el mundo que había visto los dragones antes de lo debido.
El profesor Moody también parecía encantado. El ojo mágico no paraba de dar vueltas. —Lo mejor, sencillo y bien, Potter —sentenció.
—Muy bien, Potter. Ve a la tienda de primeros auxilios, por favor —le dijo la profesora McGonagall.
Beatrice salió del cercado aun jadeando y vio a la entrada de la segunda tienda a la señora Pomfrey, que parecía preocupada. — ¡Dragones! —exclamó en tono de indignación, tirando de Beatrice hacia dentro. La tienda estaba dividida en cubículos. A través de la tela, Beatrice distinguió la sombra de Cedric, que no parecía seriamente herido, por lo menos a juzgar por el hecho de que estaba sentado. La señora Pomfrey examinó el hombro de Beatrice, rezongando todo el tiempo. —El año pasado Dementores, este año dragones... ¿Qué traerán al colegio el año que viene? —lanzó algún encantamiento —No estás herida al parecer, Potter. Anda, come algo —y señaló la mesa del fondo, en donde habían todo tipo de postres y demás.
En ese momento, entraron Hermione y Ron. — ¡Beatrice, has estado genial! —le dijo Hermione con voz chillona. Tenía marcas de uñas en la cara, donde se había apretado del miedo — ¡Alucinante! ¡De verdad!
—El entrenamiento del Encantamiento Convocador funcionó perfectamente —dijo la pelinegra, antes de ser besada por Hermione.
—Harry* —dijo Ron muy serio, estaba muy blanco y miraba a su vez a Beatrice como si éste fuera un fantasma —, quienquiera que pusiera tu nombre en el cáliz de fuego, creo que quería matarte.
Fue como si las últimas semanas no hubieran existido, como si Beatrice viera a Ron por primera vez después de haber sido elegida campeona. Pero sinceramente, a ella ya no le interesaba continuar su amistad con el pelirrojo. —Lo es. Sea quien sea, intenta matarme, desde dentro de Hogwarts y no tengo pista alguna de quien podría ser.
—Yo no debería haber sido tan... iluso y estúpido. —se lamentó — ¡Y ES APENAS LA PRIMERA PRUEBA! ¡Quién sabe qué traerán las demás!
Antes de que pudieran detenerla, les dio a ambos un abrazo, agarró el brazo de Beatrice y se fue corriendo, con la pelinegra de la mano quien reía divertida, mientras que Hermione lo hacía gritando de alegría. —Vamos, Beatrice, están a punto de darte la puntuación. —Siguieron a Hermione (quien de hecho, había arrastrado a Beatriz, hasta el lugar) —Cada uno da una puntuación sobre diez —le explicó Ron. Entornando los ojos, Beatrice vio a Madame Máxime, la primera del tribunal, levantar la varita, de la que salió lo que parecía una larga cinta de plata que se retorcía formando un ocho. — ¡No está mal! —dijo Ron mientras la multitud aplaudía—. Supongo que te ha bajado algo por lo del hombro... —A continuación, le tocó al señor Crouch, que proyectó en el aire un nueve. —¡Qué bien! —gritó Ron, dándole a Beatrice un golpecito en la espalda. Luego le tocaba a Dumbledore. También él proyectó un nueve y la multitud vitoreó más fuerte que antes. Ludo Bagman: un diez. Y entonces Karkarov levantó la varita. Se detuvo un momento, y luego proyectó en el aire otro número: un cuatro.
— ¿Qué? —chilló Ron furioso—. ¿Un cuatro? ¡Cerdo partidista y piojoso, a Krum le diste un diez!
Y alguien se acercó a ellos, era pelirrojo y les sonreía. — ¡Están empatados en el primer puesto, Beatrice! ¡Krum y tú! —le dijo Charlie Weasley, precipitándose a su encuentro cuando volvían para el colegio—. Me voy corriendo. Tengo que llegar para enviarle una lechuza a mamá; le prometí que le contaría lo que había sucedido. ¡Pero es que ha sido increíble!
—¡Muy bien todos! —dijo Ludo Bagman, entrando en la tienda con su andar saltarín y tan encantado como si él mismo hubiera burlado a un dragón —Ahora, sólo unas palabras. Tienen ustedes un buen período de descanso antes de la segunda prueba, que tendrá lugar a las nueve y media de la mañana del veinticuatro de febrero. ¡Pero mientras tanto les vamos a dar algo en que pensar! Si se fijan bien en los huevos que están sujetando, veréis que se pueden abrir... ¿Ven las bisagras? Tienen que resolver el enigma que contiene el huevo porque les indicará en qué consiste la segunda prueba, y de esa forma podrán prepararse para ella. ¿Está claro?, ¿seguro? ¡Bien, entonces pueden irse!
*Ron llamando a Beatrice "Harry", no es error, es algo que quería colocar adrede. Como si todavía no se creyera que su amigo era una chica.
