Harry Potter pertenece a JK Rowling.
Bruja Llameante
30: El Último Horrocrux
Albus Dumbledore se quedó sentado en la silla de su escritorio, hasta que ya fue tarde.
Hace ya varias horas, que los retratos de los sucesivos directores del pasado, además del Sombrero Seleccionador, se habían ido a dormir. Los alumnos y maestros, ya estaban dormidos. Y los primeros, se marchaban al día siguiente.
Normalmente, esto le permitiría a Albus, pensar a futuro, en sus planes para el año entrante, pero Beatrice Potter, le había dejado saber, del último Horrocrux, mediante una carta muy corta: «La Copa de Hufflepuff, está en la Bóveda de Bellatrix Lestrange en Gringotts; es el último, no queda ningún otro» Su presión arterial aumentó.
Ya no estaba viendo a su salvadora. Estaba viendo la fuente de todos sus problemas.
Beatrice supo EXACTAMENTE con cuales Mortífagos se iba a encontrar y solo jugó con ellos, para matarlos.
Si Beatrice conocía la Profecía, entonces nunca tuvo un auténtico motivo para ir a la Sala de la Profecía y solo lo hizo, para diezmar las filas de Tom. Maldijo al recordar los Espejos de Comunicación de los Merodeadores e incluso Lily, llegó a tener uno de esos. Obviamente, Sirius le daría uno, luego del Incidente del Cementerio y ella lo llamaría después del ataque Legeremántico de Tom y después de comprobar que Sirius estaba vivo, solo fue, para diezmar las fuerzas de Tom y demostrarle que estaba lista para enfrentarlo.
Lista para derrotarlo.
Lista para completar la Profecía, sin más ayuda que la de Sirius y su querida Hermione, aparte del apoyo de... los ojos de Dumbledore se abrieron y rebuscó entre sus cartas, pero no encontró ninguna especial.
Pero no estaba en las cartas, sino en el Profeta: El matrimonio de Sirius Black y Amelia Bones.
La realidad era que Beatrice tenía toda la ayuda que necesitaba, para derrotar a Tom, sin la ayuda del gran Albus Dumbledore. El mago más grande del mundo, desde Merlín.
Al menos de que él, pudiera descubrir en donde estaba el último Horrocrux.
Pero él también sabía que su viejo amigo: Horace Slughorn, antiguo maestro de Pociones y quien le enseñó (o indicó) a Tom S. Ryddle, qué y cómo hacerlo, jamás le daría esa información, por dos razones: Temía que Tom se enterara y fuera a buscarlo, para intentar matarlo.
Segundo: Lo dominaba la vergüenza, por haberle dado a Voldemort, justo lo que tanto deseaba.
Volvió a buscar en todos los libros posibles, sobre la Magia Negra y gracias al inútil libro de «Historia del Mal» sabía exactamente, el término que estaría buscando: «Horrocrux»
Rebuscó el término, en tantos libros, como le fue posible.
Y (como se dice vulgarmente) «se quemó las pestañas» en el proceso de investigación, visitando la Biblioteca y su sección prohibida, tanto como le fue posible.
Se exprimió el cerebro, pero lo otro que tenía, era un recuerdo incompleto de Horace Slughorn:
—Tom, —dijo Slughorn, girando y hallándolo todavía presente. —No quieres ser encontrado fuera de las camas a deshoras, como eres prefecto...
—Señor, quería preguntarle algo.
—Pregunta entonces, mi chico, pregunta…
—Señor, ¿Me preguntaba que sabe sobre… sobre Horrocruxes?
La densa niebla llenó el salón y Albus no vio a Slughorn o a Voldemort. La voz de Slughron retumbaba de nuevo, justo como lo había hecho antes. — ¡NO SÉ NADA SOBRE HORROCRUXES Y NO TE DIRÍA SI SUPIERA! ¡AHORA VETE DE AQUÍ PRONTO Y NO ME DEJES ENCONTRARTE MENCIONANDO ESO DE NUEVO!
Dumbledore salió de la memoria. Lo había intentado, se había esforzado y no encontró información alguna, respecto a Horace Slughorn, ni sobre los Horrocruxes.
Intentó hablarlo con él, en múltiples ocasiones. Intentó convencerlo, intentó comprarle el recuerdo original, le invitó a bastantes cenas y bebidas, pero siempre obtuvo el mismo resultado: «Gracias por la cena Albus/Gracias por este obsequio Albus/Gracias por tu ayuda el día de hoy, Albus (…) pero no sé nada sobre estos Horrocruxes que estás buscando»
Y a juzgar por la gran cantidad de estos, que Beatrice Potter había destruido, entonces no debían de quedarle muchos más. El alma solo podía dividirse, un número limitado de veces, no un número infinito. —Y uno de los primeros: El Diario y el último: La Cicatriz, ya no existen. —pensó el anciano —Estuve allí, cuando ella destruyó el Guardapelo en la casa Black y… seguramente, encontraría alguno en la Cámara de los Secretos o en la Sala de Menesteres. —y comenzó a especular, dejó ir su imaginación —Sabemos que el de su cicatriz, fue destruido la noche del Torneo de los Tres Magos... Alguien descubrió el de la Casa Gaunt. Tres, aproximadamente, ¿En dónde podrían estar los demás? ¿Sabría Beatrice cuantos son? ¿Lily y James saben sobre ellos, desde el Otro Mundo? —Y como ya no era el tutor legal de Beatrice Potter, entonces ya no podía usar el oro de los Potter y tendría que usar su propio oro, para así poder adquirir ayuda de algún Medium. Quizás en Cassadaga, una pequeña comunidad rural de Florida que dicen está conectado con el más allá, conocida como la "capital psíquica del mundo", se dice que acoge desde hace 124 años a médiums, sanadores y espiritistas llegados de todas partes, que tienen aquí su lugar de trabajo. Suspiró. Podría estar a punto de malversar el poco oro de los Dumbledore y no tenía a la mano la piedra de Flamel, así que tendría que hacer el sacrificio. No podían quedar muchos más, pero necesitaba el número de Horrocruxes que quedaban, para ponerle un punto final a esto.
Él era Albus Dumbledore, él derrotaría para siempre a Voldemort.
Él completaría la Profecía de Trelawney.
Él: Albus Dumbledore, quien alguna vez derrotó al Señor Oscuro Gellert Grindelwald y el único a quien Voldemort temió.
No Beatrice Violet Potter.
