General
—¡Llegué! —gritó una pelirroja, dejando sus cosas en el piso de la entrada—¿Hola? —preguntó, volteando a todos lados—¿Alguien? —pero sin respuesta alguna.
Entró en la cocina, que era a la vez el comedor, y una nota estaba en la mesa, la cual decía: "Tuve que cubrir el turno de una compañera, por lo que llegaré hasta mañana temprano, te quiere, mamá. P. D. Me pagarán el doble al hacerlo "
La pelirroja se limitó a suspirar y a arrugar aquel pedazo de papel para tirarlo al bote de la basura.
Abrió el refrigerador y se encontró con un recipiente con fideos.
—A cenar sola, otra vez.
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Capítulo 2. En Familia.
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—¿Y cómo te fue en la escuela, cariño?
—Lo normal, ma, nada fuera de lo común.
—Espero que ahora no haya problemas como el año pasado—la mujer de cabellera rubia asesoraba que los cubiertos estuvieran bien puestos en la mesa—, ya suficiente tormento fue para mí conseguir que el maestro te subiera la nota para pasar. —sus ojos violetas se centraron en la de cabellera azabache—¿Y tú, Hinata?, ¿qué cuentas?
La nombrada ni siquiera levantó la mirada. —Bien…
—¿Bien? ¿Nada más eso? —la mujer se quedó expectante—¿Y los amigos?
Se escuchó una risita por parte de la rubia joven. —Ay, ma, ¿cómo que amigos? Si sabes bien que Hinata le tiene miedo a la gente.
—Pues que esta vez haya conseguido a uno por lo menos.
—Es tan cobarde como para hacerlo.
—No soy cobarde—se escuchó decir—, es sólo que así estoy bien y ya… —devolvió su mirada al plato vacío.
—Pues allá tú, no quisiera que te convirtieras en una amargada a la que todos huyen. —se detuvo un momento—Como tu mamá. —la miró de reojo con una pequeña sonrisa de lado.
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—Como que eso ya es muy mi problema, ¿no crees?
—¿Quién te crees que eres para decidir sobre ti?
—Pues no sé de qué te quejas si siempre quisiste que actuara así, madura, como Hotaru. —rodeó los ojos.
—¿Y crees que irte a vivir a otro país es la solución?
—Madre, es donde está la universidad que quiero, entiende. —la pelirosa tensó la mandíbula.
—Nada de eso, —habló un hombre, entrando al comedor—harás la universidad aquí, donde nosotros podamos estar seguros de que en verdad estás estudiando.
—¿Y qué más podría hacer?
—Irte con chicos. —le contestó su madre.
—¿Pero cuándo acá me han visto tan siquiera con un chico?
—¿Qué cuándo? —la voz de la rubia se hizo presente en la habitación—¿Acaso ya olvidaste a Liu?
—¿Y tú ya olvidaste quién fue la responsable? —la ojijade fijó su mirada en la de su hermana.
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Un manotazo se escuchó en la mesa.
—¡Con un carajo, Matsuri, es la segunda vez que pasa en la semana!
—Perdón, papá…
—¿En dónde tienes la cabeza que cada vez se te van olvidando más cómo poner una mesa?
—E-Es que he tenido tanto trabajo últimamente que- —la interrumpieron.
—¿Y? Ya te dijimos que no importa si vas bien en la escuela, con tal de que seas una buena ama de casa para que te puedas casar con alguien que te mantenga. —dijo su hermano.
—Pero si yo quiero ser-
—Ni lo intentes, que si de por sí te va mal en el estudio, ¿para qué quisieras intentarlo? —le dijo su padre.
—Sólo me falta más tiempo para dedicármelo.
—¿Sabes en qué más te falta tiempo? —el joven castaño se le quedó viendo—, en volver a arreglar todo esto. —refiriéndose a la mesa.
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—¿Y de la entrega de reconocimientos?
—Temari—la mujer hizo un ceño de queja—, ya dijimos que no podríamos venir todo el siguiente mes.
—Nuestras agendas están al borde como para nada más venir a presenciar la entrega de un papel. —dijo el padre de la rubia.
—Pero es mi papel. —esperó una respuesta más de sus padres.
—Ya tienes muchos y hemos estado presentes en todos ellos. —habló su madre.
—Pero hace años que fue la última vez que estuvieron ahí.
—¿Y? —la mirada fría de su padre hizo que se sintiera diminuta—Malo hubiera sido que no estuviéramos en ninguno de ellos.
—Has ganado reconocimiento tras reconocimiento desde el jardín de niños, ya deberías estar acostumbrada.
—Y por lo tanto no nos necesitarás más en esos eventos. —el castaño puso la servilleta en la mesa para pararse de la silla—Ya muy grandecita estás.
La pareja salió del comedor para irse a su habitación, dejando sola a la rubia en la mesa, con sólo la luz del comedor alumbrando.
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—Tenten, ¿estás bien? —preguntó una voz femenina desde el marco de la puerta.
—Sí, ma… ¿por qué? —la castaña se encontraba centrada en aquellos ejercicios matemáticos, sentada en la silla de su escritorio con apenas la luz de la pequeña lámpara.
—No comiste casi nada en la cena, eso no es normal en ti, —se acercó a su hija—¿te pasa algo?
—No, sólo que… —empezó a dar pequeños golpes con la goma del lápiz a la hoja de cuaderno—Me está costando bastante entender este tema.
—Déjame ver. —le dio una vista rápida a los escritos de su hija—Álgebra, era una de mis materias favoritas cuando iba en preparatoria. —sonrió.
—¿Me podrías ayudar?
—Quisiera, cariño, pero tengo que cubrir el turno de noche hoy, pero si te sirve tengo libros que explican álgebra en mi habitación, para que te guíes de ellos.
—De acuerdo, ma, gracias. —sonrió y cerró los ojos al sentir el beso de su madre en la frente.
—Ya dejé a tus hermanos dormidos, así que no te preocupes, no te darán lata. —dicho esto, salió de la habitación y cerró la puerta.
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Detrás de una puerta se escuchaban arcadas seguidas por el sonido de la cadena del baño bajar.
—¿Ya terminaste? —preguntó una mujer adulta de cabellos un poco maltratados por la pintura rubia.
—S-Sí… —se escuchó detrás de la puerta.
—Entonces lávate los dientes y báñate para que te vayas a la cama, mañana es el día del concurso y lo debes de ganar sí o sí, ¿entendido?
—S-Sí… —la voz empezaba a quebrarse.
—Muy bien, ya me voy a dormir, recuerda, mami te ama, mi niña.
Los pasos de la mujer se escucharon alejarse por el pasillo.
Mientras tanto, en el cuarto de baño se encontraba una rubia, apenas sosteniéndose del lavabo, con los brazos temblorosos, apenas podía sostener el cepillo de dientes. Cuando escupió, notó que la espuma tenía sangre, se miró al espejo con miedo de lo que iba a ver.
Su boca estaba reseca con grietas en los labios y, efectivamente, sus dientes estaban cubiertos de sangre, le dolían tanto. Rápidamente se enjuagó y dejó que el agua del grifo limpiara el escenario que había hecho sus encías.
Se metió a la ducha, dejando caer su cabellera rubia maltratada del moño alto, la luz amarilla del baño disimulaba un poco el verdadero color que su piel había tornado tras varios años de no comer bien e incitarse el vómito.
Al enjuagar su pelo, sintió que pequeños mechones de pelo se venían, enredándose en sus dedos, al verlos sus ojos se llenaron de lágrimas que sin un alto empezaron a salir.
La chica se sentó en el suelo, dejando que el agua tibia cayera sobre ella, deseando que el infierno que vivía con su mamá acabara pronto.
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Continuará…
