Saludos queridos lectores, les mando un cálido saludo y como siempre, espero que este capitulo sea de su agrado, siempre es maravilloso leer sus comentarios.

Capítulo 60 ― Gracia Divina I

La ingravidez es una extraña sensación para sentir y aunque muchos pensaran en ello como el sueño de volar con el que tantos fantasean, no era exactamente eso para ella. Ser lanzada por los aires como una pelota de estambre entre felinos, así era como se sentía. Con la salvedad de que oscilaba juguetonamente entre un par de cabezas de serpiente, echas completamente de algas, y no era como disfrutar de las circes nómadas cuando era niña con el abuelo Ho. Pese a todo, incluso con la contemplación del peligro de ser llevada a las profundidades del lago más cercano, como era sabido es hábito de estas criaturas, la joven guerrera no temía por su vida, Erstin incluso encontraba sosiego en la contemplación de la finitud de su tormento. Y saben los dioses que lo dejaría ser, de no ser, por los jinetes cuyos esfuerzos por salvarla le impedían aceptar tranquilamente su final.

Krauss Smith, se había aferrado a la cola de la hidra y estaba siendo apaleado por cualquier clase de obstáculos en el camino al lago; el hombre se negaba a soltar su presa, como era su costumbre más frecuente, pues fortalecía su cuerpo con animus para soportarlo. El caballero del martillo, comenzó a ascender por el cuerpo resbaladizo de la criatura, clavando unas dagas que le permitieron escalar poco a poco. Pese a las lamentaciones, el monstruo dejó de hacer malabares con Erstin, envolviéndola como la presa que era y aprisionándola en un capullo verdoso, cuyas algas de bordes afilados lastimaron las partes desprotegidas por su armadura, permitiendo a la serpiente de algas verdes y purpúreas tomar sustento de la sangre y regenerar el daño recibido. La herrera pronto se vio aprisionada con la suficiente fuerza como para hacerla respirar dificultosamente, pero el dolor la mantenía consciente.

Por su parte, Alanis y Christine cabalgaban a todo galope, realizando disparos que les permitieran ralentizar lo suficiente al orphan, con la esperanza de debilitarlo antes de llegar a su territorio, en el que sería virtualmente imposible de derrotar, si es que hubiera más de ellos en el agua.

¿Cómo pasó tal cosa? Se cuestionó la señora del látigo de sangre, bastante impotente y molesta, pues sus disparos, aunque herían al monstruo, no eran suficientes para obligarlo a liberar a su querida Erstin, y si disparara a sus cabezas, temía que podría herir a su amiga. "Solo era una criatura y por ello la paga era justa"dijeron... algo fácil para los cuatro jinetes, murmuraron para levantar sus egos destrozados. Resultó que cuando llegaron allí, el sitio estaba infestado de criaturas y cuando la batalla llegó a su clímax en medio de las victorias que se acumulaban sobre los lamentos espectrales y los brillos verdes elevándose hacia los cielos, aquella alga superdesarrollada se levantó de entre los humedales lodosos, tomándolos por sorpresa. Litters se lamentó, pues no pudo retraer su látigo a tiempo y estuvo expuesta, de no ser porque Erstin se interpuso con su mazo, ella realmente habría sido cortada a la mitad.

Pero para la mala fortuna de la joven Ho, la fuerza bruta no era nada contra una criatura cuyas hojas de láminas eran delgadas, húmedas y resbalosas, era literalmente imposible golpearle con un objeto contundente, por lo que solo los cortes afilados eran efectivos. Así, después de una evasión audaz y un fiero contraataque, el mazo fue robado de las manos de Erstin y su cuerpo fue rodeado por extensiones de aquel ser, quien emprendió la huida de inmediato, dando lugar a la persecución. Lamentablemente, ninguna hidra de algas podría vivir demasiado lejos de la fuente, por lo que vieron el agua del lago a pocos metros y supieron que la derrota se cernía sobre todos.

—¡Suéltala! ¡Maldito gusano verde!— Insultó Christine, con una creciente angustia en el pecho, pues su amiga ya no forcejeaba contra sus ataduras y las gotas de sangre se filtraban entre las láminas verdes.

—¡Krauss! Lo que sea que planeas, ¡hazlo ahora!— Ordenó esta vez Alanis, arrojando sus dagas para apresar a la tierra las extremidades del orphan, el tiempo suficiente.

El rubio apresuró su ataque, pues había ascendido sobre el tronco, a pocos metros del muñón del que se forman las diversas cabezas de la criatura. El guerrero extrajo una espada corta de su cinturón y la clavó lo más profundo que pudo, incluso sumergiendo la empuñadura en el interior de la herida. Un gruñido gutural se extendió por los alrededores y la agitación del monstruo arrojó al rubio bastantes metros lejos de sí.

Pese al dolor y las heridas, Krauss se levantó del suelo, contemplando al monstruo que se sacudía salvajemente, pero sin morir y sin soltar a Erstin. —Su núcleo... no estaba en su pecho— dijo para sí notando la gravedad de su error. Raudo, el ealino tomó su pistola de chispa con cañón alargado y le disparó a una de las cabezas, luego a otra y cuando pudo atacar la siguiente, otra de las cabezas se sacrificó a sí misma para proteger a la principal. —¡Alanis! Esa cabeza tiene el núcleo...

La pelinegra saltó de su caballo para obtener el rango de alcance necesario y entonces arrojó las dagas contra la cabeza principal; otras extensiones intentaron protegerla, pero la manifestación magnética del animus de Rosth no tardó en desviar los filos hasta superar los obstáculos con curvas imposibles. Las armas levitaron con la voluntad de su dueña y se clavaron en las cuencas de los ojos del ser marino, hasta que los filos se introdujeron y rasgaron el núcleo, destruyéndolo. La fría joven cayó al suelo dando giros y volteretas hasta ser detenida por unos matorrales, por lo que al final apenas se escuchó un quejido y luego las esporas de luz verde se elevaron hacia los cielos.

Christine, cuyo presentimiento no se apagaba, bajó del caballo y corrió ágilmente hacia el capullo y se apresuró a lanzar su látigo; sin embargo, otra serpiente de la misma estirpe fue un tanto más rápida, por lo que el capullo en el que Erstin se mantenía cautiva, pronto fue arrastrado al agua, cuyas agitaciones se apagaron en segundos dejando tras de si largas ondas.

—¿Realmente se ha ido?— Preguntó la argita conmocionada ya sin saber qué hacer.

El guerrero, de ojos almendrados, trató de alcanzarla en el agua, pero la daga levitante de Alanis no se lo permitió. —¡Krauss no!— Gritó la pelinegra sabiendo lo inútil que sería, cuando la turbiedad del agua delataba la presencia de más de una de las criaturas, las cuales ahora tenían la ventaja en el agua. —Estarás muerto si das un paso adelante. ¿Realmente crees que podrás contra ellas en el nido?

Krauss, solo golpeó el suelo con su puño, odiando el hecho de no poder salvar a quien ama. Su debilidad, ¿cuánto más le costaría? —Erstin...— Susurró su nombre, enterrando los dedos metálicos de sus guantes en la tierra y tratando de contener la inmensa ira. —La gente de ese pueblo, los Kamar, mintieron y es por eso que los voy a matar a todos.

—¿Por qué hicimos esto?— Christine cayó de rodillas —Había dinero de sobra, no... no era necesario venir aquí, había tantos sueños por realizar.— Se reprochó la castaña con los ojos llenos de lágrimas y la voz rota. —Yo... yo haría lo que fuera por desaparecer ese dolor de su rostro, por favor... Erstin.— La castaña se arrodilló con las manos cubriendo su boca mientras lloraba desconsoladamente.

—Es porque ella simplemente quería ayudar a las personas y olvidar lo que había perdido, el vacío que la riqueza no llena, la tristeza que las risas no aplacan y el amor, que no tiene un lugar donde ser depositado, cuando a quien amaste simplemente se desvaneció como un sueño.— Susurró Alanis levantando la mirada al cielo, suplicando a los dioses por un milagro para no perder más. Pero la respuesta que obtuvo, fue el sonido de los gruñidos de las criaturas que dejaron atrás y que finalmente los alcanzaron. —Krauss, tal parece que han llegado algunos sacos para desahogar nuestra ira.

El agua inundó cada parte de su maltrecho cuerpo en cuanto fue sumergida y las heridas ardieron en la piel, la presión y la velocidad con la que fue arrastrada fue dolorosa, pero desprendió las algas del otro monstruo, permitiéndole ver la profunda y putrefacta oscuridad del lago que sería su tumba. Morir en un lago, qué horrenda ironía; Erstin tomó el único filo que le quedaba, una daga corta que había guardado en su pierna. Se debatía entre usar las pocas fuerzas que le quedaban y liberarse, pero sabía en el fondo de su mente que no alcanzaría la superficie sin ser atrapada nuevamente. Aun así, su orgullo le obligaba a luchar, solo por hacer que este alimento fuera difícil de conseguir para el orphan. Cortó el alga y nadó tanto como pudo hacia arriba, pero de acuerdo a sus predicciones, pronto fue atrapada por otra de esas criaturas. ¿Esto fue lo que sintió Nina el último día de su vida? ¿Podría perdonarla? Tal vez lo haría, si se encontraran en alguna otra vida, pero eso no sería posible con su alma siendo devorada.

Mientras era llevada al fondo por las láminas verdes del monstruo, vio las fauces de la hidra listas para consumir su existencia completa. La asfixia llegó cuando la última bocanada de aire la abandonó, junto a la fuerza, cuando su mano ya no pudo sostener el arma que la defendía y todo cuanto pudo hacer fue arrojar el filo imbuido de su animus, esperando que fuera un cebo tentador. ¿Se aferraba? ¿Por qué? Se preguntó a sí misma sin retener las lágrimas que se confundieron con el agua y entonces, cuando ya había perdido la Fe en los dioses, una preciosa luz brilló en el centro del lago, revelando la presencia aterradora de al menos una centena de criaturas monstruosas de múltiples tipos.

A pesar de la vista aterradora, Erstin ya no sintió temor, incluso cuando la consciencia comenzaba a diluirse lentamente. Le pareció que veía una decena de doncellas cuya forma recordaba a las selkies de los viejos cuentos de los artenos, eran pequeñas sobrenaturales de las cuales la mitad de sus cuerpos era femenino, pero su parte inferior era tan estilizada como la de los delfines. Se cubrían el torso con armaduras y el rostro con cascos que evocaban a las focas, en sus manos portaban lanzas, con las que las guerreras acuáticas comenzaron a exterminar a las criaturas como si de un juego de niños se tratara... solo para darle paso a aquella que las gobernaba.

Tal maravilla pasó a un segundo plano, pues la fuente de la luz en el agua, tomó la forma de una mujer que brillaba como si la luz existiera para reverenciarla, su piel pálida, sus cabellos negros y sus ojos, tan brillantes, hechos del color más hermoso que recordara alguna vez, el magma. Erstin pensó en aquella a la que amaba y levantó la mano como si quisiera alcanzarla, aunque estuviera tan lejos, extrañaba tanto su contacto. Su anhelo no tardó en ser cumplido, por cuanto la deidad yació a su lado en menos de un pestañeo, con su mano izquierda la sostuvo en un abrazo gentilmente, y con la derecha la tomó por la barbilla, acercándose a su rostro hasta prodigarle un beso de vida a sus labios. ¿Es este el dulce beso de la muerte? Se preguntó Erstin presa de las sensaciones en el último recodo de su consciencia. Sin embargo, la calidez de aquel contacto permaneció e incluso se extendió por todo su cuerpo, apartando lentamente el sopor de la muerte que casi vino a tomar su alma.

—Respira— Oyó una voz decirlo suavemente, sintiendo el roce de una nariz en su mejilla, y el agua tibia rozó su oído. Sorprendentemente, el cuerpo de Erstin obedeció, sus pulmones se llenaron de aire y pudo soltar un gemido de dolor, que se hizo audible en el agua.

Shura miró largamente a Erstin, sin darse cuenta de como la mayoría de las selkies habían detenido al menos por un momento su devastador ataque sobre los enemigos, para mirarlas. Pues juzgaron que una humana no sería realmente digna del contacto íntimo de una diosa; después de todo, la señora del agua no era cualquier diosa, era la hija nacida de la potestad de dos de los grandes gobernantes. ¿O solo era una excusa para esconder la envidia que les trajo ver la enorme suerte que la joven rubia tenía? Durante su contemplación, la deidad del agua, notó las heridas de las que su sangre se fundía con el agua, por lo que procedió a sanarla con la purificación de su divinidad hasta restaurar el magullado cuerpo de la señorita Ho.

Los iris de aguamarina vieron hipnotizados a la deidad, suponiendo que esto solo podría ser un sueño demasiado bello para ser posible; y fue justamente por el cambio en la tonalidad de los iris de la diosa, esta vez de color verde con motivo de su don sanador, que la burbuja en la mente de Erstin se rompió. Rauda se apartó de quien rápidamente identificó, como la diosa del agua, Shura, a quien había visto hace días en la ceremonia fúnebre y conmemorativa de los fallecidos en la noche oscura.

—¿Me besaste?— Preguntó la rubia ligeramente ofendida y desilusionada, incluso si era la boca de un dios, era cruel por lo mucho que se parecía a su querida Nina. La odiaba, porque hasta su voz era parecida.

Shura negó, intentando evitar que su rostro ardiera, en vano, pues de todos modos se sonrojó. —Te transmití el don de respirar bajo el agua, ahora incluso puedes comunicarte como si estuvieras en tierra. Yo simplemente bendije tu afinidad con mi elemento.— Aclaró con seriedad, aunque avergonzada por la situación.

—Gra... gracias— dijo finalmente Erstin, demasiado inquieta por la sensación en sus labios, por lo que batalló por no acariciarlos con sus dedos y, en cambio, inclinó su cabeza para expresar la inmensidad de su gratitud.

Pero Shura se sabía culpable, ¿Por qué la beso? Para dar su bendición ni siquiera tenía que tocarla. ¡Dioses! Había actuado sin pensar. ¿Que dirían sus hermanas si la vieran actuando tan vilmente?

—Claro que su alteza no la besaría, ¿qué ideas locas tiene esa humana?— Se quejó la comandante de las selkies, pensando en que ninguna de ellas recibió besos en el rito de obediencia y lealtad.

—Nia— Fue todo cuanto dijo Shura y la selkie no tardó en comprender su atrevimiento, por lo que reverenció a su señora y con apenas un movimiento de su mano, sus compañeras se prepararon para escoltar a la diosa y a Erstin a la superficie. Era una suerte que todas habían concluido ya su labor erradicando a los monstruos del lago, ahora solo faltaba apoyar a los humanos de la superficie, pero tendrían que usar su forma con piernas, lo cual la incomodaba mucho. ¿Realmente merecían tanto la pena esos humanos?

Alanis, Christine y Krauss no dieron crédito a lo que veían sus ojos, cuando mujeres ataviadas en armaduras con yelmos de foca, empalaron con sus lanzas a unos cuantos de sus enemigos con tiro certero. Una situación vergonzosa si contaban con el hecho de que habían eliminado con sumo esfuerzo a los que derrotaron. Libres de la carga, con la ayuda de estas inesperadas aliadas, miraron en dirección del lago, del cual salieron dos figuras conocidas. La sonrisa mezclada con el llanto de las chicas no se hizo esperar y Krauss fingió retirar un sucio de sus ojos que casualmente entró en ellos en el momento en que reconoció a Erstin. Aquello pudo ser la felicidad completa para el ealino, salvo porque vio una presencia familiar, si no era ya muy alarmante que Shura trajese en sus brazos a Erstin en la pose nupcial y las dos tuvieran las mejillas rojas. —¿Cómo es que alguien como ella se las arregla para aparecer?— susurró frustrado, sabiendo que esa mujer o diosa, o lo que sea que fuera, sería totalmente del gusto de Erstin. No es que Krauss fuera masoquista, pero había sentido unas pocas esperanzas resurgir durante los últimos meses, cuando los lazos entre los jinetes se estrecharon mucho más con la comprensión de las perdidas que todos vivieron.

—¿Podría bajarme, excelencia?— Dijo Erstin tan roja como un farol, ya que pese a haber salido del agua donde Shura es soberana, incluso allí, estando en una pieza y revitalizada, la diosa pareció olvidar ese detalle, como si estuviera incapacitada.

—Cla... claro— Se aclaró la garganta antes de soltar a la joven rubia, no sin reticencias por parte de su propio cuerpo, quien parecía no querer separarse de la dama Ho.

Por suerte, para Shura, quien vivía momentos incómodos a partir de sus silenciosos deseos, los jinetes corrieron a abrazar a su más reciente miembro y entre lágrimas se aferraron los unos a los otros, como los náufragos a la tierra. La sensación de añoranza no tardo en instalarse en el corazón de la diosa, que observó tal muestra de camaradería con aprobación. Aun así, tenía una trabajo que realizar, por lo que se volvió a mirar con dirección del lago, donde las selkies le aguardaban con la rodilla zurda en la tierra y el brazo apoyado en la rodilla diestra, mientras sus cascos inclinados demostraban la devoción que le guardaban; quizás con algo de suerte, podrían renovar sus votos de lealtad con al menos un mimo de su parte.

Ignorante de los pensamientos de sus guardianas, Shura se aseguró de restaurar los cuerpos de los otros guerreros con su poder de curación. —Tal vez, sea mucho pedir, señora de los océanos... pero humildemente me gustaría ofrecer alimentos en agradecimiento por su intervención.— La reverencia de Christine, literalmente hacía que su frente tocara el suelo, lo cual fue inesperado para Shura, quien no veía una reverencia de esa clase, desde hace unos cuantos siglos, por lo que hizo ademanes para que la joven argita entendiera que tal cosa no era necesaria. Por su parte, Krauss corrió en busca de los suministros que habían ocultado estratégicamente a poco menos de un kilómetro, en caso de que la contienda se alargara y pasaran la noche en el lugar.

Alanis sonrió, agradecida de la intuición de su amigo. —De no ser por su gracia divina, todos nosotros habríamos perecido— Argumento la pelinegra más joven, para hacer que la diosa se quedara y pudieran rendirle tributo, disponiendo una tela adecuada para que todos pudieran estar cómodamente.

Incapaz de negarse, asintió. —Será un placer, pero primero debo realizar mi trabajo— dijo afablemente.

Luego levitó sobre el agua, comenzando con la conjuración de su don, el cual hizo que toda la masa de agua del lago fuera envuelta en un halo de energía pura, eliminando cualquier rastro de la putrefacción de los orphan en el agua y en todas las fuentes fluviales cercanas. Satisfechas y llenas de admiración por su señora, las selkies volvieron al agua, retomando la forma de aquellos animales cuyos yelmos representaban y perdiéndose en la profundidad, cuando realmente viajaron a otros puntos diversos en el globo planetario.

La pelinegra volvió junto a los jinetes y tomó asiento sobre el abrigo que la dama de las dagas ofertó antes. —Para ser honesta, son ustedes un tanto temerarios.— Había genuina admiración en lo dicho, ya que no demasiadas personas se arriesgan tanto contra un grupo de enemigos tan numeroso. Podría pensar que incluso eran kamikazes.

—Así somos, dispuestos para la batalla.— Afirmó el fortachón rubio como si no hubiera sentido la muerte siguiendo sus pasos hace un rato y con una informalidad que realmente preocupó a las mujeres reunidas. Entonces descargó los suministros y aún más solicitó, comenzó a instalar las carpas del campamento.

—Krauss, debes llamarla por su elemento o como excelentísima, su gracia, al menos. ¿Acaso no tuviste instrucción de niño? Debes citar su jerarquía o talvez su dominio.— Erstin regañó al rubio, porque incluso en presencia de una diosa, no le hablaba con la reverencia adecuada.

—Es más fácil si me dicen Shura, o señora del agua, si hay otras personas presentes. Mis selkies son algo ceremoniosas sobre esto.— Eso último los susurró con un tono de voz bajo y secreto, que alivió a las damas, así como trajo una sonrisa a los labios de Erstin.

Krauss se sentó en el lado contrario a la diosa, para verla de frente. —¿Qué son?— preguntó con evidente curiosidad. —¿Son como peces con piernas? ¿Ellas tienen piernas fuertes?

A Shura esta pregunta se le hizo familiar, pero extraña al mismo tiempo. Observó el fuego que Erstin y Christine encendieron, junto a la olla que pusieron sobre la flama para preparar los alimentos, mientras Krauss sacaba una botella de algún licor sospechoso de su bolsa, en espera de las palabras de la diosa. Pero pasados unos segundos, Christine no pudo contener más la risa y estalló en carcajadas, mientras que Erstin terminó más roja que un tomate, lo cual dejó fuera de lugar a la diosa, poniéndola un poco incómoda.

Incapaz de entender lo que pasaba, no tuvo más remedio que responder a la duda del hombre. —Son sacerdotisas del templo del agua, en pocas palabras, son mujeres bendecidas por mí con la capacidad de tomar formas acuáticas sin abandonar del todo su forma original. Y supongo que sí, tienen piernas fuertes, nadan mucho.— Respondió inocentemente la deidad, mientras Alanis se acariciaba la cabeza preocupada, esperaba que ella no se enterara de los motivos carnales por los cuales su amigo hacía semejante pregunta. ¡Rayos! Como extrañaba que Alexei estuviera aquí para poner en cintura al bribón rubio, que ahora sonreía de oreja a oreja dispuesto a tomar el licor, directamente de su botella.

—¿Por qué es tan gracioso?

—Piernas fuertes son indispensables en una esposa, porque pueden dar muchos hijos... padre dijo que mujeres de piernas fuertes son grandes amantes y madres de hijos numerosos— Explicó Krauss, más transparente que el agua y realmente obvio por la mirada que le dirigió a Erstin.

Shura sintió un piquete en el pecho y notó a Christine robando otra botella de los suministros del rubio, quien apenas se percató de la circunstancia cuando las copas ya se servían en vasos, pero no refutó, pues no era del tipo mezquino. —"¿Por qué pregunta por las piernas de otras mujeres? Sería de lo más grosero..."— La diosa pensó que si eran amantes o esposos, Krauss estaba siendo muy desagradable con Erstin. —¿Son esposos?— Le consultó al oído a Alanis, ya que ella estaba cerca terminando de cortar los vegetales.

La de ojos ámbar se sorprendió de la pregunta, por lo que se acercó con la misma confidencia a la diosa y le dijo al oído. —No... aunque no es porque él no quiera, Erstin lo ha rechazado antes— susurró en tono bromista, con una sonrisa hermosa que alegró a Shura.

—Entiendo,— dijo felizmente. —Sería raro que él dijera esas cosas frente a su mujer, si lo fuera, ¿verdad?

—Estaría en problemas si fuera el caso, pero dime Alanis, por favor...— solicitó con una creciente esperanza en su alma, tal vez si se hiciera amiga de Shura, podría preguntarle por Alexei.

—Alanis,— Dijo Shura con algo de vergüenza, mirando a la joven con curiosidad, mientras la tonalidad de sus iris se tornó roja como la sangre. —Gracias.— Añadió, reiterando su cortesía a la dama humana, y Rosth asintió en silencio, más que maravillada por el constante flujo de cambios en los ojos, en el aura e incluso en las expresiones, todas tan tiernas como para mantenerla mirando a la deidad todo el tiempo.

Incómoda por la situación que presenciaba, Erstin se apresuró a ofrecer el vaso de vino rompiendo el momento extraño que tenía lugar. —Quizás no sea una gran cosecha, pero...

Shura sonrió, retornando al magma habitual, con solo mirar a Erstin. —No te preocupes, toda cosa que contenga agua, puedo perfeccionarla— concentró nuevamente su poder con una estela azul, que invadió las botellas y los vasos, incluso el líquido que hervía en la olla. Sujetó el vaso que le fue tendido, e invitó a la joven a beber después de chocar elegantemente los recipientes. —Prueba...

Incapaz de desairar, la joven Ho tomó un sorbo de la copa y después de degustarlo, no pudo evitar soltar un gritillo de alegría ante el incomparable sabor, pues más se asemejaba a su jugo favorito y aunque el alcohol no había disminuido ni una gota, era delicioso. Una situación semejante vivieron los restantes jinetes, qué presas de la curiosidad bebieron de inmediato, siendo para cada uno, una experiencia única.

—Ho, dioses... esto sabe a los frutos amarillos de mi pueblo natal— dijo con mucha ilusión Christine, sujetando su vaso como si de un tesoro se tratara.

—No mujer, esto es hidromiel.— Celebró Krauss, contento de tomar una bebida de su país materno, después de todo era realmente difícil de conseguir por lo lejano de los territorios.

—Te equivocas, esto es una bebida de frutos rojos del bosque de Nur— Refuto Alanis, pero pronto entendió que la diosa les hizo un regalo más que especial a todos. —¿Esto, se debe a ti?

Shura asintió alegre. —Espero que este obsequio sea de su agrado.

—¿Entonces podrías convertir un lago en hidromiel?— Preguntó Krauss ilusionado.

—Puedo...— La deidad se rascó la cabeza con un ademán más que conocido para todos, lo cual los hizo tragar saliva, aunque para Erstin fue un tanto más difícil, dado que sus ojos sé irritaron tratando de contener las lágrimas, por lo que fue a revisar el guiso con la excusa de no permitir que este se queme. —Pero no debo, sería contrario a mi propósito y desastroso para el ecosistema.

—¿Entonces hay una razón para que una deidad habite este mundo actualmente? Creía que los dioses vivían en otro lugar, algo como un reino superior.

—Mi morada está en el reino celestial, aunque hace siglos solía permanecer en este plano durante largas temporadas. Mi tarea infinita e incompleta fue la razón, pero actualmente se me ha asignado la labor de purificar todas las fuentes de agua que existen, para repeler a los orphan y prevenir contaminaciones, epidemias y otras tantas cosas nefastas que podrían dañar a las personas por causa de aquellos seres.

—Eso debió ser hace mucho tiempo. No se ha sabido de la presencia de los dioses desde hace siglos, o no conocemos registros de manifestaciones tan tangibles, con solo una excepción.— Afirmó Alanis, consciente de que muchos templos se perdieron o fueron descuidados, porque algunos de los seguidores comenzaron a dudar de la existencia de algunos dioses o los relatos se llenaron de imprecisiones como fue el caso del templo de Mikoto en Fukka.

—He estado ausente demasiado tiempo. Donde hay ciudades hoy, antes solo había bosques y pasturas; donde había pueblos en el pasado, ahora solo quedan piedras y algunos ni siquiera han dejado una huella en el tiempo.— La voz serena de Shura destiló notas de amargura y culpa, pues con la derrota de los hijos de la magatama ante Kiyoku, las guerras vinieron y con ellas la extinción de civilizaciones enteras tuvo lugar; vencerlo tan tarde no disminuía ni un poco su responsabilidad. —Combatí en el pasado contra un dios que fue corrompido, pero mi fuerza no fue suficiente y tuve que renunciar a mi existencia tal cual era, para poner en manos confiables el poder necesario para ello. El costo fue demasiado alto y solo hasta ese momento al que ustedes llaman la noche oscura, yo pude recuperar lo que me hace ser quien soy. Mi alma, por así decirlo. Jamás quise abandonarlos, pero no tuve otra alternativa, al final es por mi hermana... Mikoto, que sigo aquí.

Krauss palmeó el hombro de Shura, como si fueran viejos amigos. —Algunos perdimos mucho esa noche, es agradable saber que cosas buenas pasaron, tú estás aquí y eso es muy... muy bueno.

Shura sonrió, este hombre era peculiar.

—Vaya, eres hermana de Mikoto, la señora de la tormenta.— Erstin conocía a esta diosa, había pasado tiempo a su lado en el templo y ella había tenido la gentileza de darle una pira funeraria a su hermano Kano con una solemnidad imposible de replicar; sin embargo, esta amable diosa también había... ¿Perecido? —Ella...— No fue capaz de decir lo siguiente, sin sentir que su voz se rompía.

—Vive, aunque sus heridas son graves... desearía estar a su lado ahora mismo, pero confío en nuestra madre para mantenerla a salvo. Me consuelo pensando que mi tarea es vital para la supervivencia de la humanidad.— Bajó la mirada y apreció el gesto del ealino, así como del abrazo que vino por parte de Alanis. Consideró la sensación solitaria que disminuyó gracias a estas muestras de afecto, pues sus subordinados la reverenciaban tanto que no podrían ser tan cercanas, y por tal motivo, esto era algo que apreciaba de los mortales.

—Es un alivio saberlo y agradecemos enormemente su devoción, señora del agua.— Añadió Christine con voz tranquilizadora, mientras mantenía un brazo alrededor de los hombros de Erstin y le tendía un pañuelo.

—Soy yo quien admira su fortaleza y resiliencia, estimados jinetes— esta vez, fue la pelinegra de iris cambiantes, la que inclinó la cabeza ante los mortales.

Comieron y bebieron a gusto entre conversaciones, los relatos de Shura eran dignos de cuentos de hadas para las mentes de los jinetes, que apenas podían imaginar los lugares impresionantes que componían este mundo y los otros que la deidad conocía, incluso cuando ella les mostró imágenes a través del agua. Así mismo, las historias de aquellos guerreros, eran odas heroicas que la diosa se maravillaba de escuchar, sorprendida de la capacidad de estos valientes para afrontar la adversidad. Entonces la luz del sol se ocultó tras las montañas en medio de un hermoso crepúsculo, que las miradas de los jinetes observaron con agradecimiento y satisfacción. Para Shura, la noche traía consigo una importante tarea. —Me despido, queridos jinetes, debo cuidar a una persona sumamente importante...

—Gracias, señora del agua, estamos en deuda contigo.— Musitó Alanis cuál vocera del grupo, con la reverencia y admiración que todos compartían.

—Es mi deber, Alanis, pero también podríamos llamarlo... destino— Sonrió, encantada de haber pasado aquel tiempo junto a ellos. —Manténgase cerca del agua y así nos veremos pronto— dijo reservando para sí la intención de protegerlos como algo preciado.

Instantes después de despedirse con un ademán de su mano, viajó a través de la luz, llegando como cada noche a la habitación en la que Shizuru reposaba para cuidar de ella en la ausencia de su hermana mayor. Shura caminó hasta la cama y en ella contempló a la joven dormida, a su lado, sosteniendo la mano de la durmiente dama, su hermana cantaba una melodía para ella y las niñas como parte de los cuidados prenatales. La voz hermosa y rica en tonos, era simplemente maravillosa, por lo que se permitió disfrutar de la pequeña escena con los ojos llenos de ternura, alegre por la familia que pronto tendría, si es que quería darle miles de maravillas a sus queridas sobrinas, la idea atacaba su mente en ocasiones como aquella. Entonces la pelinegra se levantó tras susurrar la última palabra de su cantar y se volvió a mirar con gratitud a la señora del agua, un abrazo tuvo lugar y sin necesidad de decir nada más, se despidieron con una sonrisa.

Shura comprendió esta profunda preocupación que agobiaba a Derha cuando no estaba cerca de su esposa, pues por alguna razón, apartarse de los jinetes no fue agradable para ella. Recordando lo acontecido, la pelinegra sostuvo su propio rostro apenado por las acciones de esa tarde, besar a una mortal, ¿realmente había tomado ventaja de la situación? Suspiró, pensando en lo familiar que parecía aquel contacto y en la forma furtiva que empleó para mirar a la joven a la menor oportunidad. Sus ojos eran como un hechizo del más hermoso color de las aguas, y su rostro, tenía una forma bella y encantadora, su voz suave era como el canto de una inspiradora melodía, y su cuerpo, dioses... había tenido que mantener la compostura para no verla de forma salaz; no recordaba haberse sentido tan atraída en siglos. —Esto será problemático, pero no puedo esperar ni un minuto más para volver a verla.

Una vez Shura se marchó, Erstin pensó en la calidez de aquel ser superior, aunado a la gentileza que esta derrochaba en ellos, cambió completamente la percepción que tenía sobre los dioses, pues se encontraron siendo similares en diferentes formas. La deidad había vivido mucho más tiempo que ellos, era sabia y su entendimiento del mundo natural era abrumador, pero al mismo tiempo era amable y sensible con su propio corazón, sentía casi con la misma intensidad que las personas lo hacían. No pudo dejar de contemplarla, tenías esos cabellos negros llenos del brillo sobrenatural de espectro azul, su piel aunque ligeramente más bronceada era preciosa, cada parte de su cuerpo no podría ser más perfecto, ella fue esculpida por los dioses, literalmente; y sus ojos por instantes ocupaban la tonalidad exacta de la razón de sus respiros y con el recuerdo de esa persona, el dolor revivía de forma tan nítida, como si acabara de perderlo todo. Sujetó desesperadamente el vaso lleno de licor y apuró su contenido de un solo trago, las lágrimas desbordaban de sus ojos. Este dolor, aunque existiera en su mente, se sentía tan real en su dolorido corazón, que Erstin suplicaba por un calmante o el sosiego de caer dormida por el sopor, la intoxicación, cualquier cosa que le permitiera evadir este martirio.

Alanis y Krauss, habían visto esta escena demasiadas veces, como para ser capaces de tolerarla, incluso no refutaron que Erstin por sí misma vaciara sus reservas restantes de vino. Ya estaban demasiado agradecidos con la diosa por salvar a la joven, pero ciertamente era una crueldad del destino que su excelentísima fuera el vivo retrato de la duquesa muerta. —Yo... yo no puedo Krauss— susurró la pelinegra de ojos ámbar con la voz rota, pues no solo Erstin había perdido a alguien importante; la herida fatal en Alexei viniendo de la mano de un ser que literalmente se veía como ella y el tormento de no saber, si él pudo distinguir que ella jamás lo atacaría a traición era una tortura para Alanis, por lo que no se sentía lo suficientemente fuerte para brindar consuelo a la más joven.

Krauss negó con la cabeza, más allá de abrazarla hasta noquearla, no veía otras soluciones. Pero todos sabían que era mejor actuar ahora, mientras no se hubiera embriagado por completo, ya que las cosas podrían escalar bastante si lo permitían. La última vez intentó saltar a un río de un caudal tumultuoso, trepar un árbol de impresionante altura y comprar una casa de hermosos colores, y lo último no sería un problema, de no ser porque era una colorida casa de citas, en la que la amabilidad de las mujeres tenía un precio impagable. Claro que con la riqueza que ahora poseía Erstin, podría comprar bastantes de esas, pero Alanis pensó que Erstin no sería la persona adecuada para convertirse en la 'madame' de un grupo de chicas que se ganaban la vida brindando placer, así que intuyo que simplemente le pareció una casa bonita.

—Iré yo...— Murmuró Christine con semblante serio, antes de ir por Erstin para llevarla a la tienda de campaña y ayudarla a dormir.

La argita logró su cometido, no sin considerables esfuerzos. Aunque Erstin no fuese una mujer pesada, realmente tenía mucha fuerza muscular y parecía querer volver al agua en busca de la diosa que se fue. Así que cuando finalmente pudo hacer que entrara en la tienda, la sujetó por el rostro lloroso y juntó su frente —Este dolor pasará, solo tienes que soltar lo que no puedes tener y tomar lo que sí puedes... Erstin.

—Christine, desearía soltar este dolor, lo ansío como no tienes idea. — Admitió con la voz rota, la joven Ho mirando en los ojos amables de su amiga, su tierno afecto, sonrió con amargura, pues tenía unos ojos lindos, eran de una tonalidad miel. —La amo y la odio tanto...— Tragó saliva tratando de pasar el nudo creciendo en su garganta. —Mi amor ya no tiene a donde ir, no tengo donde depositar todo este sentimiento que se robaba el aire y los latidos en mi pecho, porque cuando quiero sujetar su mano, o darle un beso, decir algo que pienso, cada instante en el que quiero volver a ver su sonrisa... ella ya no está. Y la odio, la odio tanto por haber elegido dejarme atrás, porque su vida se apagó frente a mis ojos sin que pudiera hacer nada. ¿Realmente pensó que sería fácil para mí quedándome atrás?

—Su elección, fue la que nos permitió vivir a todos los demás, Ers...

—Su elección me ha dejado vacía por dentro, porque cada vez que su recuerdo viene a mí, es como si alguien estrangulara mi corazón, arde y se retuerce, alguien me ha cortado en un lugar que no puedo alcanzar y no hay sosiego... no lo hay. Quiero que este sufrimiento se detenga.— Gimió sosteniendo la camisa de lino sobre su pecho, arrugando la tela con su puño cerrado y sus nudillos blancos.

La castaña lo entendió, abrazo fuertemente a su amiga y llenó de besos su rostro, secó cada lágrima cuidadosamente. —Puedo... puedo hacerte olvidar por un momento, pero esto solo va a detenerlo por un momento.

—Detenlo, por favor... la muerte es más gentil que esté eterno sufrir.

Con una súplica tan desgarradora, Christine sonrió, la abrazó incluso más fuerte, y le plantó un beso tan apasionado, que sus labios se hincharon poco después de un par de intercambios. Si dolía o si sentía placer, era algo irrelevante, porque pensar en cualquier otra cosa, olvidarse de todo y sumergirse en las sensaciones sin cerrar los ojos para no ver en sus recuerdos, apagaba por un momento todo lo demás. Litters quien era hábil en las artes amatorias, realmente pudo encontrar los secretos del placer que aquella imberbe joven apenas había atisbado con su examante, así después de llegar a la cima en un par de ocasiones, sus cuerpos se rindieron fatigados, aunados al sopor del licor, se permitieron dormir ya entrada la madrugada.

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Natsuki dejó a Shizuru apaciblemente dormida en el lecho, pues había alterado las propiedades de su cama para accionar un letargo instantáneo en cuanto la joven posara su cabeza sobre la almohada, de este modo se auguraba que su sueño fuese siempre reparador. Si bien se sentía un poco culpable por ocupar este truco en las noches, también podía confiar en que Shura la relevaría en el cuidado vigilante sobre su querida esposa, a la que no se había permitido tocar más allá del tierno cuidado que su estado requeriría. El sueño de la castaña de Tsu, era el espacio de tiempo que le permitía continuar realizando sus deberes como deidad de la creación, un don bastante requerido en las otras dimensiones tras lo que pudo ser el fin de los mundos a causa de Kiyoku y Belor. Pero esta noche había otra razón, nacida de la nueva elección, esa que había hecho de común acuerdo con la madre de sus hijas aún no natas.

¿Querrías ser la próxima reina de Windbloom a mi lado?

Sonrió al recordar que la castaña casi se ahogó con la saliva, al escucharla decir tal cosa; sin embargo, no quería postergar esa conversación demasiado. Ansiaba premiar a la dama con todos los tesoros de la tierra, darle poder, dominio, un estatus que cualquiera anhelaría... todo sería poco en comparación con la grandiosa tarea de dar una nueva vida a sus hijas. —"¿Qué no le daría a la mujer que me ha permitido vivir todas las etapas que no pude tener en el reino de los cielos, con mis anheladas estrellas?"

Su afirmación fue sin duda una excusa para exaltarla en la historia del mundo mortal. ¿Pero será suficiente compensación? Abrió la puerta de la habitación, tan solo para toparse con la figura indecisa de la hermana mayor de Shizuru. La pelirroja, cuya mano quedó a medio camino entre el vacío y la madera de la puerta, miró con asombro a su cuñada. La camisa de seda blanca ligeramente desabrochada, los lacios cabellos de cobalto, cubriendo algo de su rostro y el misterioso mirar de estos iris esmeraldas.

—¿Natsuki?— Dudó por un momento.

—Señorita Viola.— La pelinegra no se sentía cómoda de llamarla por su nombre, ya que esencialmente le parecía irrelevante, de no ser, por el valor que tenía esta joven para la querida diosa de la tormenta, Mikoto. Ante este recibimiento por demás formal, Mai supuso que debido a las acciones de su padre, con excepción de Shizuru, todos los demás miembros de su familia no habían sido perdonados. —¿Hay algo que desee dialogar con Shizuru? Ella se encuentra dormida en este momento.— Informó con voz apacible.

—¿Podríamos hablar un momento? ¿Y en otro lugar?

—Claro, vamos al despacho, no quisiera importunar el sueño de mi esposa.

Cada paso tranquilo impacientó un poco más a Mai, quien ansiaba resolver raudamente sus inquietudes, por lo que apenas arribaron se apresuró a abrir la conversación. —Siento la hora.

—No es nada, el sueño me elude algunas veces.— Cruzó una pierna encima de otra, justo después de tomar asiento, los movimientos de esta persona resultaron andróginos a la vista de la pelirroja de mirar violáceo, un caballero o una delicada mujer, era tan difícil distinguir.

Dejando su observación curiosa, Mai afirmó lo común de tal circunstancia. —Con los tiempos que corren, es el caso de muchos, excelencia.— También tomó asiento frente a ella.

—Intentaremos que esto, se convierta solamente en un mal recuerdo, conozco una persona que puede remediar la falta de sueño.— Su padre no tendría ningún problema con algo tan simple como restaurar el reposo de los mortales, aunque sus pesadillas, eso posiblemente no cambiaría. —Pero dime, ¿de qué deseas hablar?

La joven asintió, sus dedos jugueteaban nerviosamente con un pañuelo arrugado, ideando una forma de comenzar esa conversación. —No demasiadas personas conocen su aspecto sobrenatural, pero... yo puedo apostar mi alma a que puedo reconocerla. Lo que vi la noche de las grietas, fue a... usted y a las diosas que la acompañan aquí en el castillo luchando contra otros seres realmente peligrosos, entonces puedo asegurar que usted estaba al otro lado de las grietas durante la batalla de los dioses. Si es el caso, ¿puedes decirme que ha sido de Mikoto?

Natsuki se mantuvo estática y pensativa, quería evitar esta conversación en primer lugar, pero era inevitable si es que a la chica le importaba un poco su hermana menor, la tercera espada. —Sé perfectamente que ninguno de ustedes, quienes conocen la persona que fui... pueden encontrar familiaridad al verme. Así que sabrás en el fondo de tu ser, que yo no soy una persona común, tal vez ni siquiera soy humana— Derha decidió volver a su forma natural, sus cabellos brillaron en la oscuridad como si toda la luz de la luna llena se condensara en cada hebra, su piel se hizo incluso más pálida y su barbilla fue un poco más definida. —Por esa razón, es que pude participar de la guerra de la que hablas. Sin embargo, hay cosas que no atañen a los mortales y muy a mi pesar, es lo que eres.

—No intente decirme que ella no es alguien de mi interés— Refutó manteniendo a raya su tono de voz, cuando casi rechinaba los dientes.

—No digo que no sea de tu interés, es claro que eres amante de Mikoto. La energía de la flor que esconde tu cuerpo, está presente.— Natsuki suspiró, incluso si estaba en malos términos con la diosa del sol, no se atrevería a desobedecer.

—¿Entonces porque no puedo saber lo que ha sido de ella?— Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de la joven, cuyo dolor y angustia ya no pudo ser escondido. —¿Crees que no he perdido la cordura al menos un par de veces pensando lo peor? ¿Qué podría imaginar cuando tú estás aquí y ella no ha venido?

—Ya te lo he dicho, no es algo que yo pueda decirte.

—¿Por qué?— cuestionaba levantando su rostro enrojecido por el llanto, y sus manos involuntariamente se apostaban sobre su vientre, ya consciente de la vida que se desarrollaba en su interior.

Esto le rompía el corazón a la deidad, así que fue honesta en lo que era posible. —Simplemente, no fuiste considerada digna de ella... por quien gobierna los cielos.— Natsuki no coincidía con la voluntad de Amaterasu, pero no era exactamente imparcial con ella, porque tenía muy presente que ella fue la madre que la abandonó al nacer. Pero que intentara ser una buena madre para las espadas, casi le parecía irrisorio.

—¿Digna?— Cuestionó Mai con incredulidad. —¿Quién hizo tal juicio?— contuvo el rencor de su voz.

—Su madre— Dijo con voz resentida, porque no diría que también era la suya. —Lo lamento, señorita Viola, no puedo decir que sea justa o razonable... solo puedo prometerte que yo misma velaré por tu bienestar y el de ese pequeño ser que habita en ti.

—Entonces lo sabes, que la hija de Mikoto yace en mi interior.

—Puedo sentirlo y verlo, la energía que su madre depositó en este mundo, fluye hacia ti para alimentar la vida cuya semilla sembró. Si bien el alumbramiento de un dios es bastante más tardío que en el caso de los seres humanos, ya pronto se hará evidente.— Natsuki valoró este matiz. —Pero como sabes, esto se considera un gran pecado y por lo mismo tiene un severo castigo.

—Mi querida Mikoto, lo mencionó alguna vez. Ella estaba dispuesta a perder la inmortalidad.

—Temo que las cosas han cambiado en los cielos, ya que muchos dioses fueron lastimados o destruidos en la batalla de las espadas. Cada deidad en pie en la actualidad se ocupa de su deber y no hay ocasión para nada más, todo esfuerzo ocurre en aras de la reconstrucción de las dimensiones afectadas, e incluso este mundo está siendo purificado.— murmuró con voz profunda y un poco ronca, un tono que Mai pensó, seguramente volvería loca a su hermana.

La pelirroja sonrió con amargura, consciente de que la fortuna no sonríe del mismo modo a todos los seres. —¿Entonces cómo es que tú estás aquí con mi hermana?

—¿Qué dices?— Kruger prefirió no asumir lo que la joven insinuaba hasta que aseverase aquello.

—Eres una diosa, sin embargo, aquí estás... junto a Shizuru a pesar de que todos los esmeros están relacionados con la reconstrucción. ¿Por qué yo no tengo la misma suerte que mi hermana?

La joven, de cabello luminoso, admitió la inteligencia de la joven, pero igualmente preguntó. —¿Cómo podrías decir que soy una diosa y no solo un ser sobrenatural?

—No juegue conmigo, se lo pido. El aura que desprende, es incluso más intensa que la de Mikoto. ¿Cómo sería eso posible si no fueras una diosa?

El primer pilar asintió, suponiendo que por eso no pudo esconder su naturaleza ante Shizuru y por ello la distancia entre las dos, permanecía. —"¿Acaso se niega a encontrarnos, solo por esta razón, o sigo siendo alguien más ante sus ojos? ¿Jamás seré la persona a la que quieres?"— No tenía intención de pensar en ello por más tiempo. —¿Si tienes unos ojos tan agudos, has visto con detenimiento a Shizuru?

—¿Shizuru?

—Supongo que se debe a que te has acostumbrado a verla, desde niñas. Y creo que ahora, cuando su poder se ha manifestado; con la gestación, es plausible que el brillo de mis hijas diluyera la vista de la magnificencia del ser que es. Pero, lo diré simple... Shizuru contiene un fragmento único de la esencia de la diosa del renacimiento, Zarabin.— Los iris verdes contemplaron la estupefacción de la joven. —Entonces no es una cuestión de suerte...

— ¿Quién es ella entonces?

—Ella es el tesoro de los tres grandes gobernantes, es quien crea las almas, quien las purifica y quien elige cuándo deben ser destruidas. En pocas palabras a ella le debes tu existencia. Se la deben todos los seres humanos.— Natsuki sonrió con orgullo, casi como si tal mérito fuera propio.

Tal explicación dejó perpleja a Mai, pensó en Shizuru y en su sonrisa, en la faz apacible mientras dormía bajo el roble, alguien a quien amaba tanto, pero que de todos modos era un enorme misterio; solo los dioses podrían saber de sus pensamientos y en el fondo de su ser, ella siempre estuvo encima de todas las cosas, suponía que por eso la ha sentido inalcanzable desde que eran pequeñas. Pero que fuera una diosa le daba igual, no se permitiría manchar el lazo recientemente fortalecido con algo tan desagradable como la envidia.

—Quizás no entienda todas las cosas, e incluso si es una diosa. Para mí, Shizuru es mi querida hermana menor.

—Y lo celebro, ella va a necesitarte mucho en el futuro— La voz repentinamente más lúgubre de la deidad preocupó un tanto a Mai.

—¿Ustedes, no están en buenos términos?— Cuestionó con incredulidad. —¿Es por quién eres ahora? ¿Quién eres realmente?

La de mirar esmeralda asintió con la cabeza a la primera pregunta, odiando siquiera usar la voz para confirmar la falta de proximidad. Incluso si Shizuru le permitía tocarla en torno al cuidado de su condición de embarazo, eso era a todo a lo que podía aspirar en un buen día. —Me llamo Derha, pero puedes seguir llamándome Natsuki Kruger; en la tierra de la noche eterna se me conoce como el monarca del inframundo, cada alma pasa por mi territorio purgando sus faltas o recibiendo inmensas gratificaciones por su buen proceder. Para las dimensiones superiores, soy la hija del sol y de la luna. Otros me llaman la deidad de la existencia— Tomó una piedra que adornaba sobre el escritorio de aquel lugar, mostrándosela a Mai. —Ya que puedo borrar cualquier cosa de la existencia— y entonces la piedra comenzó a desaparecer lentamente en la mano de la Kruger, sin siquiera dejar rastro de que alguna vez estuvo allí. Los ojos de la pelirroja se abrieron ligeramente espantados, porque no había oído en su formación religiosa a ninguno de los dioses que pudiera tener tal habilidad. —Pero no temas, también puedo crear cualquier cosa a partir de la nada.— Esta vez levantó su mano derecha y en ella se formó una hermosa horquilla hecha de oro con incrustaciones de piedras preciosas, la cual entregó a Mai con una expresión gentil. —En otras palabras, soy tía de la pequeña Nova, ya que Mikoto es mi hermana menor.

Entonces Mai intuyó que Natsuki no le diría directamente las cosas; pero pudo deducir que no habló de Mikoto en términos del pasado, como se hace cuando alguien muere, pues quien es, existe en el presente. Sintiendo que la carga sobre su corazón herido disminuyó notablemente, analizó un poco más la situación. Ella tampoco creía que Mikoto estuviera perfectamente, porque de ser el caso, ella misma vendría por su propia cuenta incluso contra la voluntad de los demás dioses. Así que debía ser paciente, luego y con temor, Mai pensó en todas las cosas que ocurrieron antes de la noche oscura y las odiosas actuaciones de su padre contra los Kruger; temerosa de la venganza que la deidad podría ocupar por ello, tragó saliva y aunque quiso decir algo, solo pudo murmurar una palabra que no quedó del todo clara. —¿Nova?

—Mikoto dijo que ese sería el nombre de su primera hija o hijo; aunque si hay otro nombre que tú consideraras... estoy segura de que ella consideraría esta opción.

—Nova es perfecto, ese será su nombre.— Dijo con lágrimas, esta vez de alegría.

Aun así, Derha decidió tener un momento de honestidad con la hermana de su esposa. —Mai, el tiempo para los dioses... es considerablemente más largo. Podría ser que la vida se te pase, sin que ella... vuelva.

—Lo sé— Admitió la pelirroja con resignación. —Pese a eso no me arrepiento de lo que fue entre nosotras.

—En tal caso, ¿qué ocurrió con el señor Kanzaki? ¿No era él tu prometido?

—He sido honesta con él, mi corazón solo pertenece a Mikoto.— admitió con suave voz.

—Aun así, no ha renunciado a ti— murmuró fingiendo desinterés, cuando sabía que el hombre la acompañaba a todas partes, como si Kanzaki desviara la mirada sobre las cosas que pasaron en Fukka, entre su prometida y la tercera espada.

—Reito me ha explicado que vio la muerte cernida sobre sí durante la noche oscura, pero salvó el cuello gracias a una intervención divina. Es su promesa por Fe, cuidar de mí cada día de su vida... pese a conocer la verdad sobre mi estado, ha decidido afirmar que mi hija es suya y llevar a cabo el matrimonio, para que mi nombre y él de mi niña no sean manchados.

—No esperaba tal altruismo de su parte...— Natsuki pensó que solo un hombre muy enamorado estaría dispuesto a criar al hijo de otro ser; o este tal Reito estaba siendo muy astuto para encontrar el modo de obtener para sí el amor de Mai en el futuro. Cualquiera fuera la circunstancia, esta parecía ser la prueba de la joven. —¿Y qué harás entonces?

—Reito es un buen hombre, pero nunca podré devolver el amor que él me ofrece. Incluso si deseo con cada latido de mi corazón que Mikoto venga hacia mí y podamos criar juntas a nuestra hija, esa no es una certeza. Como madre, pienso en lo mucho que podría sufrir mi hija por la ausencia de un padre o los cuestionamientos sobre su origen, a mí no me importa recibir juicios desagradables, pero no soportaría que mi niña tenga que pasar por eso.

Natsuki miró con admiración a Mai, incluso los dioses no estaban exentos de las habladurías, porque Zarabin había sufrido de primera mano tal ignominia y tal barbaridad se permitió como parte de su castigo por el incidente de Varun. Pero ella tendría un matrimonio sin amor, solo por mantener a Nova apartada de las palabras mordaces. —¿Entonces aceptaste la oferta de Kanzaki?

—Así es...

—Su paciencia palidecerá con los años.— Kruger Advirtió asegurándose de que la joven entendiera el futuro que le esperaba.

—Le he prometido que es libre de frecuentar ciertos lugares para aliviar sus necesidades. Incluso puede traer una amante a casa y yo no se lo reprocharé. En tal caso, si su afecto por esa persona resulta ser muy intenso, podría darle el divorcio. Tan solo espero que dé a mi hija la dignidad de nacer dentro del matrimonio para que nadie se crea con el derecho de hacer mofa de ella.

—Si estás disconforme con Kanzaki o si precisas de otra persona para estos fines, yo puedo conseguir a otro caballero para que te despose de nombre. Podríamos establecer un tiempo prudente antes del divorcio y este asunto se resolvería. Incluso puedo prometer, que si permaneces soltera, la niña será mi apadrinada y por ende, cualquiera que ose murmurar una palabra, recibirá un severo castigo. Mai, eres la querida hermana mayor de la futura Reina consorte de Windbloom, ¿realmente crees que los nobles son tan estúpidos para ganarse tal enemistad?

—¿Reina consorte?— Los ojos violáceos se abrieron sorprendidos, ¿había escuchado bien? ¿Su hermana sería una reina?

La sonrisa galante de Natsuki se amplió. —Se sabrá muy pronto, pero Mashiro ha decidido ceder el trono y Shizuru ha estado de acuerdo en asumir la corona a mi lado. En sus palabras, este debió ser mi destino desde el principio... por lo que iría junto a mí hacia una casa humilde o a un castillo, en tanto estemos juntas eso estará bien.

—Realmente has hechizado a mi hermana.— Murmuró sonrojada la hija mayor de la familia Viola. —Felicitaciones a su próxima majestad.— Inclinó la cabeza en reverencia a la Kruger. Luego la miró con una sonrisa alegre. —Con todo el agradecimiento de mi alma por su oferta... aún seguiré adelante con Reito, nos conocemos de toda la vida y sé lo que puedo esperar de él. Es un hombre respetuoso y sé que cuidará de Nova como si fuera su hija, es por esa razón que acepté su palabra.

La futura reina asintió con la cabeza, despidiendo a su cuñada para continuar los asuntos que tenía pendientes y que ella pudiera descansar apropiadamente. —Mai...

—¿Sí?— La joven de Tsu se volvió a mirar a su cuñada con curiosidad.

—Mikoto te ama más que a nada en el mundo... y yo no sería una buena hermana si no cuido bien de ti.

—Claro que lo entiendo y lo agradezco.

—Entonces descansa.

La pelirroja no tardó en marcharse con una sonrisa hacia su habitación. Natsuki miró en la sombra de la chica y en su interior una Nila guardiana se ocultó por su orden. —"Tal vez ella confíe en ese hombre; pero ese no es mi caso".— Esperaba que aquella doncella de la noche le informe de los acontecimientos que ocurren alrededor de Mai y de las verdaderas intenciones de su prometido.

Poco después, Natsuki se movió casi como un ladrón en medio de la noche, abandonó las habitaciones temporales que Mashiro amablemente había facilitado para su alojamiento en alguna de las propiedades supervivientes de la capital. Una vez a solas en el bosque más cercano, Natsuki voló en dirección del castillo derruido con un firme propósito, reconstruir y perfeccionar aquel lugar.

Una vez llegó, la deidad creadora se elevó en los cielos para tener una vista más completa de los alrededores y contempló la devastación de lo que fue el plan de ataque de Arika durante la batalla contra Nagi y sus colaboradores. La única cosa, parcialmente intacta del castillo que fue, eran los jardines exteriores y los alojamientos secundarios, que estaban fuera de la muralla. Por lo demás, era prácticamente un cráter inundado por el agua de los ríos más cercanos, con apenas una meseta en pie, en el salón generis donde el trono y el consejo se reunían normalmente.

Junto a ella aparecieron dos figuras divinas, la diosa del viento, Elfir y la dueña del libro de la armonía, Terim. La última abrazó alegremente a su hermana mayor con una sonrisa en los labios; así fue envuelta por los fuertes brazos de Derha, quien se alegró de ver a la joven, cuyo trabajo la había mantenido realmente ocupada. —Gracias por venir, Ter...— Dijo cariñosamente, acomodando los cabellos negros de la menor tras su oreja y sujetando la barbilla para ver sus ojos refulgentes. —Te ves preciosa, como siempre. Cada día te pareces más a nuestra madre— Dijo refiriéndose a Satis, cuyos ojos estelares ardían como el fuego y fueron herencia para Terim, además de su piel, que era de un color caramelo.

—Eres una aduladora, aun así no obtendrás más beneficios de los acordados.— Mencionó la joven sonrojada, cubriéndose la cara con algunas de las plumas verdes de sus preciosas alas de la verdad.

—Sabes que no haría tal cosa— afirmó el monarca cristalino con una sonrisa divertida, removiendo los cabellos a modo de broma y obteniendo un mohín de la menor.

Elfir aclaró su garganta. —Estoy aquí,— y por fin fue objeto de la mirada de Terim, quien se apenó por su olvido. —Tiempo sin verte, Terim.

—Ciertamente, Elfir...— Respondió Terim volviendo a ser el modelo de rectitud y serenidad que acostumbraba. —Hoy debe hacerse una valiosa labor.

—Me gusta más tu versión anterior, no tienes que esconder tus honestas emociones... señora de la armonía— dijo juguetonamente, guiñándole un ojo. —Te ves mejor siendo la tierna hermana menor.

Las mejillas ardieron ahora incluso hasta ser más que visibles en su piel morena. —No... no es nada de lo que dices.— Gruñó, cruzándose de brazos.

Antes de que las dos se enzarzaran en una discusión, Derha empleó el vacío para eliminar los escombros, el agua y todo aquello que impidiera la restauración del castillo de acuerdo a los planes en su mente. Para Terim, quien observaba el poder del vacío en las manos de su hermana por primera vez, se sorprendió de cómo una divinidad a la que todo el mundo le temía, comenzó a desvanecer las grietas en su libro como si jamás hubieran existido. ¿Ese poder no era malo por sí mismo?

Si Elfir se impresionó por las acciones que tenían lugar, no lo demostró. Pero continuó mirando serenamente, como una vez borrada la existencia de los obstáculos, se formó un cráter tan oscuro y profundo como un abismo. No mucho después, la deidad creadora comenzó a crear las bases de su nueva obra, iniciando por cuevas profundas con la complejidad de un laberinto que se le hizo familiar, además de la iluminación de flora bioluminiscente, fuentes de agua internas y columnas hechas de materiales preciosos cuya densidad soportaría el peso de cientos de castillos. La siguiente parte del proceso implicó el surgimiento de estructuras laberínticas con aspecto menos natural y del aire de la obra de algún hábil arquitecto. —¿Tomaste como modelo a la doncella Himeno?— Cuestionó Elfir, quien definitivamente conocía el secreto en la piel de la primera y más leal custodia de Mashiro, debido a sus hadas.

—Sería una pena que la razón por la que una mujer tan dulce y hermosa no se hubiera mostrado ante ningún amante, ahora resulte ser una pérdida absoluta.— Respondió Natsuki, a quien se le reveló una cantidad abrumadora de datos por el don de Amaterasu. Por lo que continuó haciendo exactamente lo que dijo, pues consideraba que el plan en la mente del antepasado Kruger no era una mala idea, si un día fue el medio por el que pudo salvarse su casta. —Será indispensable un mecanismo que les dé ventaja estratégica y estabilidad económica.— Fuera una mina en los predios de la familia real, un laberinto para escapar o destrozar a sus enemigos, solo estaba retornando las cosas a su cauce, por ello el libro de su hermana reaccionaba favorablemente.

—¿No podríamos encriptar el tatuaje? Sigo pensando que es injusto que Shinzo sea privada de los placeres de la vida por algo como esto.

—Coincido, no es algo exactamente justo...— murmuró Terim, de acuerdo por una vez con Elfir.

—Vaya, ¿entonces entiendes exactamente que es de lo que se ha perdido la doncella Himeno? ¿Quién diría que la pequeña Terim ha crecido tanto estos días?

—Que... ¿Qué dices?— La joven se puso completamente nerviosa. —¡No me digas pequeña! ¡Soy un año mayor que tú!— Era la diosa de la verdad, no podría mentir, pero sí que podía responder otra cosa.

Natsuki quien estaba entretenida con la construcción de las bodegas, cavas de vino, hielo, y hasta las redes de alcantarillado, tanto como los mecanismos eléctricos, además de las columnas principales, pronto volvió su atención sobre sus acompañantes. —Terim... ¿Tienes un amante?— Abrió los ojos con incredulidad, para ella su hermana era demasiado joven.

—Yo... bueno, no es exactamente un amante.

—¿Ni siquiera ha formalizado sus intenciones?— El fuego azul en los ojos de quien gobierna el inframundo podría hacer temer a cualquiera. —¿Cuál es el nombre de un ser tan insensato?

Terim se sonrojó violentamente. —Puede que ni siquiera... sepa que existo. Yo... Yo no he declarado mis sentimientos.

—¿Entonces porque reaccionaste así a mis palabras?— Preguntó Elfir sorprendida.

—Que no haya declarado mis sentimientos, no significa que no tenga anhelos.— Admitió la menor y Natsuki casi tuvo un derrame, quería omitir esa parte de la vida de su pequeña hermanita.

—Te ayudaremos luego a conseguir su corazón... no te preocupes.— Apoyó Elfir con una sonrisa enorme.

—Gracias.— Terim prestó más atención a su libro tratando de superar ese vergonzoso momento, por lo que no notó como su hermana mayor fulminaba a Elfir con la mirada.

Elfir tragó saliva, pero dio gracias a las otras fortunas en cuanto el primer pilar continuó con su tarea, desarrollando las estructura con la base de todas sus obras, el cristal. Una estructura magnífica se desarrolló ante las miradas maravilladas de Elfir y Terim, quienes contemplaban la cuidadosa edificación recreada, con tal precisión asemejaba el castillo que fue, pero con mejoras que no excedieran los límites de lo permitido.

Después de un silencio contemplativo, Elfir suspiró. —¿No creen que será un poco extraño para la gente de la capital? Digo, los edificios no crecen como las margaritas.

La deidad creadora extrajo un saco de su gabán y le mostró a la señora del viento una bolsa de seda abisal llena de polvillo del sueño. —Mi padre dijo que esto resolvería ese problema...

—¿Dormir hará que esto se resuelva?— Cuestionó Elfir con curiosidad.

—Usará los sueños para moldear la percepción de la gente, así que al despertar algunos pensarán que estas obras se iniciaron hace semanas y que el tiempo, aunque tremendamente rápido, no se equipara a la realidad...— Mencionó Terim con suficiencia. —Además, ninguno de nosotros permitiría que mi hermana reciba la corona de Windbloom en un lugar tan desolado.

—¿Cómo vas a llamarla? Es una flor preciosa.— Elfir ignoró olímpicamente a Terim, quien miró con los ojos entrecerrados a la castaña.

—Romelit... así se llamará la planta que he creado para mi amada— Natsuki llenó el jardín de aquellas preciosas plantas, formó capullos de una orquídea de púrpura color con preciosos pétalos aterciopelados, antenas doradas y hojas turquesas. —Una planta no solo hermosa, sino también con propiedades curativas.

—Es lindo verte trabajar, Derha. Pero, cuál es el propósito de mi llegada...

—Tú esparcirás el polvillo, con tu divinidad sobre el viento.

—Claro y tu padre no enviará a Axselle, solo porque tiene a mis hadas.— Se quejó Elfir sintiéndose un poco subestimada. Sin embargo, después de pensar un poco más, suspiró dispuesta a realizar la tarea. —Pero sé que Mikoto no está en condiciones de abrir más portales.— Elfir levantó los hombros con desinterés, no tardó en tomar la bolsa y alejarse camino de los poblados más cercanos, seguida por una centena de luces que Terim distinguió como hadas de viento.

La pelinegra de ojos dorados, observó el castillo y a su hermana con añoranza, —Te daré algo que será de enorme utilidad en el futuro.— Levantó su mano y de sus hermosas alas verdes extrajo cuatro plumas, las cuales se transformaron en una preciosa pirámide de oro incrustada con esmeraldas en cada lado. —Si vas a ser una reina justa, quiero que juzgues correctamente a los detractores y encuentres a los desleales; quiero que solo hombres y mujeres justos rodeen a tu familia.— Murmuró Terim, pues sabía que no podría volver al lugar durante un largo tiempo y estaría apartada de su hermana nuevamente, después de todo iniciarán los juicios de los dioses sobrevivientes para determinar su participación en la rebelión liderada por Kiyoku. —Funcionan de una forma semejante a mi potestad para conocer la verdad y evaluar en el corazón la bondad o la maldad del hombre. Las joyas revelan la naturaleza del alma de la persona y sus acciones verdaderas.

La mayor de las dos sonrió con agradecimiento y besó la frente de la más joven con una ternura inconmensurable, acariciando sus suaves mejillas. —Gracias, Ter. Lo tendré cerca, será un valioso tesoro.

—De nada, Der...— Abrazó a la más alta durante unos momentos no lo suficientemente largos para su apego, pero se obligó a soltarla, comprendiendo las labores que aún debían realizarse. —Bueno, vayamos a las fronteras, aún tienes muchas murallas por crear...— y así lo hicieron, trabajaron incansablemente durante toda la noche.

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Tal como se esperaba, el plan de asentar los hechos a través de los sueños funcionó, se ejecutó por completo y aunque muchas personas consideraron un milagro la reconstrucción del castillo Silene, otros lo juzgaron una obra rápida que las capaces manos los artesanos, así como una manifestación del poder económico de la familia Kruger. Los invitados internacionales y de honor fueron trasladados de vuelta al castillo, la familia real recibió sus antiguos aposentos, incluso la guardia principal fue establecida en los edificios colaterales que les correspondían en el pasado. De ese modo, los días se llenaron de un aire de normalidad que recordó a los tiempos previos a los acontecimientos de la noche oscura. A partir de allí, las complejidades de los deberes relacionados con la administración del palacio, así como toda la gestión monárquica, no hicieron más que crecer. Mashiro cuyo alumbramiento ocurriría cualquier día, corría un enorme riesgo, por lo que Natsuki, pese a no ser coronada todavía, se ocupó de inmediato con las acciones más urgentes, entre ellas, la circulación de los recursos hacia las obras que eran vitales tanto para preservar la vida de los ciudadanos, la salud, la alimentación y mantener la economía en movimiento.

Pero esas cosas no preocupaban demasiado a una diosa cuya mayor preocupación era custodiar a dos damas atesoradas. El viento meció el cabello de Elfir como si de una caricia se tratara, y sus ojos del zafiro más precioso contemplaron el horizonte desde el balcón del castillo en el que Mashiro le acompañaba, tomando un ligero desayuno. El zafiro del cielo, detuvo el vagar de su mirada sobre la presencia de una persona en el jardín, una joven dama de cabellos dorados y de mirada saphir púrpura. La dama estaba enfundada en una simple camisa de lino, cubierta por un chaleco azul, lucía pantalones de cuero y botas negras, contempló los cintos correctamente dispuestos, sosteniendo la funda de una espada que la mujer empuñaba en sus manos, dándole un aspecto simplemente arrebatador. Era salaz siquiera mirarla sin sentir un ardor inclemente en su corazón y un deseo insaciable en su alma; Elfir desvío la mirada avergonzada de sus pensamientos y de la forma inapropiada en la que observó a la joven mujer, no se recordaba tan lúbrica o indebida y por nada del mundo le diría a nadie los pensamientos que la agobiaban.

El sonido estruendoso vino a sus oídos, con el choque de los metales y la estocada resultante del ataque, movió las fibras dentro de la mente preocupada de la deidad, un deseo implacable de proteger a la joven vino de inmediato. Pero se retuvo, pues no tenía ningún derecho a intervenir en las circunstancias, aun así la castaña no pudo evitar sentir molestia, al verla rodeada de caballeros del escuadrón Valenti atacando aleatoriamente cada ciertos segundos. ¿Por qué aquellos idiotas se atrevían a atacar a la princesa del país vecino? Cuando quiso hacer algo al respecto, ya incapaz de soportar la vista, su acompañante le detuvo con una gentil caricia en el envés de su mano y la sonrisa cautivadora del cisne de plata atrajo la atención de la señora del viento.

—No hagas algo imprudente, querida deidad.— Mashiro miró con ojos suplicantes a la deidad, esperando que tal intromisión no fuera motivo de agravio. —Esta es la rutina de Zire desde hace meses y ellos tan solo están prestando sus servicios para entrenar las habilidades del actual comandante de su escuadra, después de todo, ella se ofreció a reemplazar la ausencia de alguien verdaderamente importante, que solía hacer esta labor previamente.

—¿Por qué la princesa de Remus haría tal cosa?— Elfir no pudo evitar fruncir el ceño y el gesto fue remotamente familiar para la reina, pero no se permitió tales pensamientos.

—Porque es alguien que no puede aceptar perder de nuevo.— Mashiro no se atrevió a decirlo en voz alta, pero ella sentía igual que Zire y de haber podido hacer exactamente lo mismo, lo habría hecho.

Pero la castaña volvió a mirar en su dirección, cautivada por la portentosa imagen de la joven rubia, batallando esforzadamente contra aquellos hombres. —¿Qué pudo haber perdido para actuar de esta forma?— Preguntó más para sí, que para Mashiro. —No es frecuente que las princesas de los países se dediquen a actividades tan físicas como estás, suelen formar con más esmero sus conocimientos en torno a la administración correcta del estado y la diplomacia, incluso la estrategia en caso de guerra. Para la defensa ella puede contar con una guardia más que suficiente e incluso si hace falta yo puedo prestarle alguno de mis leales sirvientes.— Arguyó Elfir sin cesar su mirada sobre el juego de espadas que tenía lugar en el jardín, como si el hecho de tener que contemplar los filos yendo contra Zire, fueran algo realmente angustioso.

Mashiro observó reflexivamente a la deidad que la había acompañado en todo momento desde el instante nefasto de la ceremonia fúnebre. Su interés por Zire, era evidente, pero incluso para alguien tan magnífica como Elfir, llenar el doloroso luto que la dama ocupaba era imposible, si es que la princesa amó genuinamente a Arika. —Tras los incidentes de la noche oscura, la princesa de Remus decidió enfrentarse a los problemas por sí misma y desde entonces ha entrenado cada día sin falta hasta perfeccionar sus habilidades como guerrera, y resulto ser una mujer extremadamente hábil en el dominio del animus.

—Es su herencia de sangre— afirmó, esta vez poniendo su completa atención en Mashiro, aunque fuera solo por un momento, pues sabía que estaba siendo descortés y además demasiado obvia. —Si tú lo desearas podrías desempeñarte muy bien... claro, después de que des a luz. Tanto ajetreo no sería bueno para la niña, por cuanto no es tu rutina frecuente.

—¿Lo dice en serio, altísima gracia?

—Absolutamente— Sonrió y encandiló la luz del día que misteriosamente brillaba más sobre la piel de la castaña, era el ineludible sol siempre atento y brindando calidez a sus amadas hijas. El viento removió sus cabellos y la diosa inclinó la cabeza con un suave asentimiento. —Solo dime Elfir, no es grata para mí tanta ceremonia.— mencionó haciendo un ademán de mano que restase importancia a su ascendencia. —Te entrenaré yo misma, si realmente los deseas.

—Será según su voluntad y un honor inconmensurable para mí.— Suspiro Mashiro esperanzada en aprender la indispensable defensa personal, mientras Silvy, la tierna hada que se había convertido en su acompañante permanente, acomodaba sus cabellos tras su oreja, ya que el indiscreto viento quería jugar a deshacerlos. La joven reina quería que la deidad lo hiciera por sí misma, fantaseó con su tacto removiendo gentilmente los hilos de plata. Pero como si fuera un crimen tocarla, Elfir había delegado cualquier trato directo a través del hada, porque realmente no se atrevería a tocar a la joven, como si sintiese una restricción interior a hacerlo.

Desencantada, la reina de Windbloom, comprendió que era imposible lograr la atención de la deidad, quien estaba simplemente cautivada por la presencia de la princesa De'Zire de Remus. Un déjà vu en alguna parte de su pecho se extendió, ¿perdería por segunda vez frente a ella? Confundida por sus pensamientos, Mashiro contempló la bella faz de la deidad, ese rostro, esa piel, los castaños cabellos trenzados en un lado y libres en el otro, los hilos de una tela más que hermosa, las joyas dignas de un dios; ¿cómo no verlo? Incluso la tonalidad castaña y los iris azules, tan profundos como el mismísimo cielo, esa era la parte de este grandioso ser que más le recordaba a quien más atesoraba. Era una dulce tortura, cuanto más la miraba, más se sumergía en la comparación de este ser con la persona que fue el amor de su vida y más similitudes encontraba... incluso su boca, esos labios que se movían e invitaban a probarlos, como las fresas más jugosas. Elfir era maravillosa, como un anhelo inalcanzable a tan solo unos pasos de distancia, y por ello Mashiro se lamentaba, culpando quizás a los abrumadores cambios dados en su cuerpo por motivo del embarazo. —Arika...— Dejó escapar en un susurro, que cualquier oído habría omitido, pero que para la señora del viento, era una honda específica en el amplio espectro de su dominio.

—¿Disculpa?— La mirada azul se posó confundida, sobre el rostro de Mashiro, más no pudo evitar sentirse aludida.

—Era el nombre de esa persona, quien era la luz de mi vida... si puedo ser honesta, ella es la enorme pérdida que ninguna de nosotras ha sabido cómo superar.

—La amabas, pero... "No he sabido de más concepciones milagrosas, además de la de Natsuki Kruger"— Pensó. —La niña no es suya, ¿verdad?

—Es la hija de su hermano mayor, quien fue mi esposo.— Suspiró. —Mi padre quería un rey junto a mí; y mírame ahora, soy una reina sin esposo para gobernar. "Al final la corona irá mejor en otra persona, ahora tengo claras mis prioridades."

Elfir se sorprendió enormemente y con desagrado. —Ya veo porque perdiste la partida.

Mashiro apenas pudo mantener su expresión serena, aunque una estrangulación al corazón sería más amable; sin embargo, no espero tal crudeza en las palabras de la diosa. —Estás siendo cruel.

—Me disculpo.— Se compadeció un poco. —Aun así, ¿fuiste correspondida?

—Tengo la certeza de que su amor fue mío— La dama de cabellos plata se sumergió en el recuerdo de cierta declaración de amor que Arika le murmuró, incluso de su beso apasionado. —Pero yo lo vi demasiado tarde.— Volvió a languidecer.

—No te aferres a lo que no pudo ser, querida Reina.

—¿Sería mucho pedir, si me llamaras por mi nombre también?

—Mashiro... entonces será Mashiro.— Pronunció la diosa sonriente.

—Gracias, Elfir.— Inclinó la cabeza con reverencia y continuó su charla previa. —Este es solo otro matiz de mi arrepentimiento. En mi mente me digo que tengo demasiados asuntos que atender para siquiera darme el lujo de soñar con algo tan irrealizable. Pero tampoco negaría la verdad, sobre cuánto he pensado en las diferentes decisiones que habría tomado. A veces soy egoísta y creo que simplemente debí aceptar sus sentimientos, tomar su mano y alejarme de este lugar. Me pregunto dónde habríamos vivido, ¿tal vez en Fukka? Tengo la certeza de que Natsuki nos habría apoyado en cualquier caso.— Tragó saliva y se rompió un poco. —A Arika, ¿le habría importado tanto saber que no fue la primera? O ¿saber de este embarazo después? ¿Me habría despreciado?

—No lo creo.— Dijo raudamente, con un impulso naciendo de alguna parte en su interior y esto descolocó a Elfir una vez más, por su intrusivo actuar. —Quien te ama genuinamente, quiere toda la felicidad del mundo para ti y rechazar a una inocente criatura, no es algo que esa persona haría alguna vez.

Las pulsaciones de Mashiro se dispararon de inmediato, como si todo lo que necesitara escuchar fueran aquellas palabras. —Gracias, Elfir— Dijo sin poder dejar de mirarla, encandilada.

Para Elfir las cosas ya no eran tan triviales, aunque tan solo debía proteger a estas valiosas mujeres a como diera lugar, se estaba extralimitando. También le inquietaban las intenciones humanas, la libertad de los mortales para alterar su destino siempre podría traer sorpresas ingratas y esas espadas moviéndose peligrosamente de Zire la estaban volviendo loca, del mismo modo que los asesinos al acecho de Mashiro en un estado tan vulnerable, le hacían desear destruirlo todo. Pero se obligó a mantener la calma y ser paciente. —Ahora dime...— Se volvió a mirar a Mashiro y la misma desvió la mirada azorada, como si hubiera sido atrapada en medio de alguna travesura. —¿Has reflexionado en un nombre para la pequeña?

La pregunta trajo una sonrisa instantánea a la joven madre, tan preciosa como no se había visto desde hace meses, cuando la noche oscura aún no ocurría; el imprevisto gesto, sonrojó de inmediato a Elfir, en quien se removió un sentimiento extraño. —Le hice una promesa a Arika,— dijo felizmente con un brillo maravilloso en la mirada. —Su nombre será Rena, como era el nombre de la madre de mi querida Ari.

Una silenciosa lágrima bajó por la mejilla de Elfir, cuando su rostro y sus ojos miraron a Mashiro con una nostalgia tan profunda, que la joven pudo preocuparse mucho de haber dicho algo malo y haber agraviado a la diosa. Los cielos se llenaron de nubes, truenos resonaron a lo lejos y la lluvia sorpresiva, diluvió. Elfir no entendía por qué sus emociones se sintieron tan removidas, no había una razón para llorar, debería celebrar el nacimiento de una preciosa bebé, pero algo de aquello dolió, luego la conmovió y finalmente le enterneció hasta robarle las lágrimas. Shinzo se apresuró a llevar a la reina dentro del salón para evitar que el agua la mojara y sufriera algún resfriado. La extrañada doncella principal observó a Elfir, quien se puso de pie y saltó por el balcón ante otro exabrupto sucediendo.

Las sandalias de la deidad tocaron la tierra y las plantas reverdecieron llenas de vida, el viento la reverenció y la lluvia acarició la piel blanca de la diosa, escondiendo de la vista de todos las lágrimas que pudo derramar hace un momento. Pero no era eso lo que la había llevado allí, la tormenta nacida de una diosa con tal signo, ocurría por la imagen odiosa que contempló por el rabillo del ojo. Entonces un anhelo, tan intenso para abrirse paso en su corazón, la obligó a llegar allí de inmediato.

El entrenamiento de Zire se había detenido, los caballeros la rodeaban de pie, sorprendidos por los acontecimientos, la espada mojada en su mano llena de tierra y hojas de pasto en ella; la tela blanca, húmeda, que se adhería como una segunda piel, la mueca de dolor en los ojos cerrados de la dama rubia y un hombre igualmente mojado, que había caído sobre ella. Zire tembló en su lugar, no de temor por los truenos... era más implacable la mirada de la diosa. ¿Estaba molesta por algo? Era imposible que un ser tan magnífico se preocupara demasiado por esta simple caída, hasta que notó algo inusual, la mano del comandante Zorata estaba puesta sobre uno de sus pechos.

—Quita tus manos de ella.— Fue todo lo que Elfir murmuró entre dientes, mirando a Kamui con genuinos deseos de asesinarlo.

El hombre sintió el verdadero terror, cuando la deidad ni siquiera esperó una reacción de su parte, antes de mandarlo a volar lejos del cuerpo de la princesa de Remus. Si bien no pudo matarlo, al menos se vengó dejándolo en la cima de un árbol del bosque más cercano, del que tendría que bajar con sumo cuidado si no quería sufrir un daño real. Los caballeros restantes tragaron saliva y se arrodillaron, esperando que con eso la molesta diosa ni siquiera se fijara en su existencia. A su suerte, Elfir simplemente se aproximó a Zire, la levantó gentilmente del suelo y se encaminó hacia el interior del castillo con ella en sus brazos.

Zire eligió no hacer o decir nada que pudiera agraviar más a la señora del viento. Por cuanto desconocía las tradiciones superiores que seguramente formaron el criterio de la diosa y por los que sus caballeros podrían ser severamente castigados.

—Pue... puedo caminar, su gracia.— Zire intentó no ser una carga.

—Firmemos un contrato, princesa...— Fue todo cuanto dijo Elfir, con sus ojos puestos en el rostro húmedo de la joven rubia.

Los iris violáceos de la joven se estremecieron, la dama de Remus se esmeró por interpretar las palabras de la diosa, pero ciertamente no entendía las connotaciones de esta propuesta. —¿Un contrato? ¿De qué tipo?— Susurró con duda. ¿Qué clase de pactos podrían darse? Y más importante aún, ¿qué desearía una deidad de ella?

Elfir sonrió suavemente, manteniendo a la joven los más cerca posible de sí. No es que planeara discutir una cuestión tan relevante en el pasillo, pero ya que las pulsaciones inquietas de Zire comenzaban a ser realmente audibles, respondió. —Sé mía y le daré enormes bendiciones a tu nación, tesoros incluso más que maravillosos serán tuyos por entero.— Eso era algo más propio de sí, se dijo Elfir. No era de las personas que perdían el tiempo cuando quería algo, pero tampoco esperaba ser alguien que tomara ventaja y no pagara el justo precio. Existía una delgada línea sobre la que podría moverse para no romper las reglas de los dioses.

La joven dama se sumió en un silencio meditabundo el resto del camino y en cuanto entraron a la habitación, la poderosa divinidad de Elfir se manifestó. Zire levitó sin el soporte de los fuertes brazos, ligeramente asustada de su ingravidez; sintiéndose observada por esos ojos azules cuyos labios se arquearon en una cautivadora sonrisa, el viento secó sus atuendos instantáneamente y un halo de corrientes sanadoras viajaron a través de la piel bajo la tela con calidez insospechada, aliviando tanto su tobillo como la fatiga del entrenamiento, nunca antes se sintió mejor.

Cuando la princesa de Remus estuvo en condiciones, fue depositada cuidadosamente en el suelo, Elfir quien la observaba contemplativamente, comprendió que su pregunta pudo ser abrupta para la chica, por lo que podía esperar pacientemente su respuesta. También se cuestionó su uso de la palabra contrato, pues no era exactamente una forma muy galante de solicitar sus afectos a una dama, llegando incluso a parecer un trámite, más que otra cosa. Supuso finalmente que usó esa palabra, debido a que es así de ceremoniosa cualquier forma vinculante entre las personas de su estatus.

Elfir decidió, finalmente, darle espacio a la joven para pensar, pero cuando iba de camino a la salida, su voz trémula llegó como un susurro. —No soy casta, señora del viento.

—¿Por qué dices eso de entre todas las cosas?— La deidad giró su cuerpo, mirándole de soslayo, con duda. —Cuando dije que fueras mía, te solicité, tal cual eres hoy. ¿Acaso crees que esto es una cosa que te quita valor?— Negó suavemente. —De todos modos, yo también he conocido los misterios de la piel y la sensualidad de otros seres. Estamos en igualdad.

Zire sintió una punzada en el pecho, ¿acaso este ser que podría tener a cualquier criatura que deseara se conformaría tan solo con ella? ¿O sería desechada en cuanto ya no fuera una novedad? ¿Eran los dioses así de libertinos? Obviamente, no diría tal cosa, tenía que salir de esto con delicadeza. —Pensaba que no era digna.— Esta vez la joven rubia se postró ante Elfir, tratando de suavizar lo siguiente. —Su gracia excelsa, quisiera expresarme con libertad...— dudó, temiendo qué tan peligroso sería tener por enemiga a una deidad tan poderosa o los males que todo esto ocasionaría a su pueblo, pero Elfir simplemente asintió dando su aprobación. —No existe un precio que alguien pueda pagar por mi corazón, hay cosas que no se venden... Lo lamento, su altísima gracia.— murmuró a pesar del inmenso miedo, esperaba que reverenciándola sumisamente pudiera obtener algo de piedad.

Elfir la contempló pesarosamente, sin entender, porque tenía la certeza de que sus ojos no eran los únicos buscando a la dama en medio de los casuales encuentros que habían tenido, incluso pudo apostar en algún momento que le gustaba por su aspecto. —¿Acaso no soy agradable para tu vista?

La princesa se angustió, levantándose para excusarse. —¡No! ¡No diga eso! Usted es un ser cuya hermosura realmente es inconmensurable, ningún ser humano podría igualarla, soy yo quien no entiende por qué alguien tan magnífica ha posado sus ojos sobre mí.

La diosa se aproximó y posó su mano en la mejilla de la dama, y juntó su frente, rozándose casi espectralmente sus labios. —Siento una cercanía que no había percibido durante siglos; con diferencia de lazos fraternos hacia esos seres, por ti tengo una flama en el pecho que no se apaga y un anhelo inconcluso, un sueño que ansió realizar.— La expresión de Elfir delataba lo genuinas que eran sus palabras. —Es un sentimiento que puede madurar y convertirse en una cosa maravillosa, o puedes dejarlo morir y nunca descubrir lo que pudo ser.

Sin más que hacer, la princesa decidió confesar, alejándose de aquel contacto. —Yo... hubo otra persona con quien yo iba a casarme, ella era mi amor más dulce.— Había un claro dolor en la voz de Zire, evidencia de un duelo inconcluso.

—Lo entiendo— La voz fue una nota más baja en el tono, exponiendo el desencanto que aquellos zafiros delataban. —No fue mi intención hacerte pensar que estaba intentando comprar tu cuerpo, pensé que los contratos eran el modo en el que las personas se comprometen seriamente, dada tu posición como princesa de Remus. Pero es cierto que escuché que tuviste un contrato antes, por lo que me pareció el canal apropiado.

Zire negó con la cabeza, intentando mantener su voz clara. —Sé que es frecuente que los compromisos sean acuerdos sin sentimientos de ninguna clase. Pero usted... se parece mucho a esa persona y eso lo hace aún más doloroso para mí. Ahora me siento perdida en este inmenso mundo, pero no puedo solo dar un paso hacia adelante y pretender que voy a reemplazarla, incluso si usted está más allá de los límites de esta tierra. Siento decirlo, pero no puedo forzar mis sentimientos.— La mano delicada que presionaba sobre el pecho de la joven, hablaba en sincronía con sus palabras y emociones.

—Ya veo, incluso si el tiempo no significa demasiado para mí y podría esperar largamente.— Elfir admitió la derrota. —Sería indigno intentar llenar los zapatos de alguien que ya no está, olvidaré mi deseo y respetaré tu voluntad. Espero que encuentres bienestar y sosiego algún día. Te aconsejo que no cierres por siempre las puertas de tu corazón, o dejarás pasar a quien sea más que tu primer amor, el amor maduro que se construye por elección.— Sonrió amablemente. —Pese a todo, en mi elemento siempre serás bendecida, las corrientes impulsarán las velas de tus barcos, las brisas moverán el polen de las flores y refrescarán los días calurosos, en memoria de mi afecto por ti.

La luz verdosa de Silvy, emergió en el hombro de su ama y susurró en su oído, lo cual puso en alerta inmediata a la señora del aire. La diosa se evaporó del lugar, dejando tras de sí, una tierna brisa llena de esencia de flores.

Zire observó el espacio donde Elfir estuvo y tembló por el vacío que se generó con su ausencia; el caos en su mente y en sus emociones, agitaba sus respiraciones, incluso la turbiedad de sus deseos era culposa. Por un instante deseó sumergirse, con ese rostro tan cerca del suyo, con el roce tentador de su boca, ardía con ansias por ella. Entonces tragó saliva y se forzó a respirar profundamente, molesta consigo misma por permitirse flaquear, cuando ni siquiera había pasado el tiempo de luto tras la muerte de Arika y se odió un poco a sí misma por ello.