3 ANNE BOLEYN
Laisse tomber lesfilles, Fabienne Del Sol.
—Anne… —balbuceó con terror—. ¿Qué haces… tú aquí? —soltó velozmente la mano de Alex.
—Pues bien… Yo… —tartamudeó—. ¡Mi hija es tu admiradora y quería conocerte! Quería verte en tu verdadero ambiente… Le fascinan los musicales —expresó torpemente. Suplicó a los ángeles que su hija no la expusiera con la verdad—. Yo le dije que no fuera tan obstinada, pero insistió e insistió. Ya sabes cómo son los chicos de ahora.
Rachel no le creyó, y la razón era porque la pequeña Spencer parecía más interesada en Alex que en ella. Por supuesto que ya sabía que la adolescente vivía con Anne, Troy era demasiado entrometido y le contó el gran chisme de Vermont.
—De acuerdo, entiendo —dejó pasar la mentira y se dirigió a Ellis—. ¿De verdad quieres un autógrafo?
Ellis la observó sin saber qué decir o hacer. No sabía si poner en evidencia a Anne o ayudarla a salir de la vorágine que se había metido ella sola. Reaccionó por un leve codazo que le hizo volver a la realidad.
—Sí… Claro… Desde luego, Rachel —le avecinó su celular—. ¿Podrías únicamente no sobreponer tu firma con la de Alex?
Anne soltó un sonoro suspiro. ¿Ellis siendo considerada y comprensiva? Eso no solía suceder muy a menudo.
—Ok, aquí tienes —Rachel lo autografió y no dijo más.
—Gracias, Rachel —sostuvo de nuevo el aparato y lo metió en la bolsa de su chaqueta.
—Cielo, ¿ya podemos irnos? Estoy cansada —Alex la abrazó por la espalda.
—¿Qué haces con esta tipa, Rachel? No te conviene su compañía, yo sé lo que te digo —Anne advirtió con sorna una vez que vio la tierna acción.
— ¿Así que estás aquí de nuevo, Anne Boleyn? —Alex contestó sarcásticamente.
—Cállate, Apolo, ¡O como sea que te llames! —Anne agregó asqueada por su presencia—. Además, no estoy hablando con el mono sino con la dueña del circo.
— Por lo visto alguien quiere recibir un golpe en su bonito rostro —soltó a Rachel y se aproximó a escasos centímetros de su cara—, y si sigues así, no me importará que los paparazzis me vean hacerlo o que me detengan por ello.
— ¡Basta! Déjala en paz —Rachel se interpuso entre ambas.
—¿En serio, Rachel? De qué lado estás, ¿eh?
—Si lo único que buscaban era el autógrafo de Ellis, ya te puedes ir por donde viniste, Anne. No veo la necesidad de seguir aquí.
—Lo siento, Rach. Yo solamente quería… también… darte esto —sacó de su espalda un ramo de Gardenias—. Sé que son tus favoritas y con ellas quería que supieras que estuviste magnífica en la entrega.
— ¡Oh, vamos! No vamos a empezar aquí con el romanticismo adolescente de una hipócrita homofóbica —Salma interrumpió con su habitual ironía—. ¿Qué haces aquí, Spencer? Pensé que ya no te tendríamos que soportar nunca más. Por lo menos, eso nos dejaste en claro la última vez que nos vimos, dijiste que no te importábamos.
—Eso no es verdad, Sally. Sabes que eso era completamente falso.
—No vuelvas a llamarme Sally, para ti soy Salma.
—Amén, amiga —Alex chocó su puño con el de la latina.
—Sal… Salma, perdón… —rectificó sus palabras ignorando a la ojiazul—. Por favor, no me hables de esa manera tan cruel —suplicó.
—Te dejé en claro la última vez que estarías muerta para nosotras si nos dabas la espalda, y sin importarte lo hiciste, Spencer, así que déjanos en paz, te lo advierto, si es que no quieres conocerme como la maldita perra, y de la que tú, me enseñaste perfectamente a ser —le empujó el hombro con su dedo índice—. Rachel, vámonos, que ya es tarde —la jaló del brazo una vez más, pero la morena se soltó volviendo su atención a Anne.
—¿Piensas que puedes mentirme al igual que lo hiciste años atrás? Te conozco lo suficiente y sé que el pretexto de Ellis son más que mentiras. Dime de una vez a qué has venido, Anne.
—Rachel no lo hagas, no vale la pena.
—No te metas, Salma. Este asunto es entre ella y yo—pidió sin apartar la mirada de Anne—. Por favor, déjennos solas —le suplicó a Alex, quien asintió conforme.
—Lo que digas, Russo, pero después no vengas llorando para que te apoye y te saque de esas malditas pastillas —le advirtió.
—Anda mafiosa, vámonos —Alex la jaloneó y la alejó en la dirección en donde habían dejado sus coches.
—Te lo advierto, Spencer, si vuelves a lastimarla, no me tentaré en destruirte —la amenazó con su dedo.
—Tal parece que Ellis Spencer también debe desaparecer porque hace un mal trío —secundó—. Mamá, ¿podrías darme las llaves del coche?
—Verte, únicamente quería eso, Rachel. Verte y saber que te encuentras bien —sacó mecánicamente las llaves de su bolso para dárselas a su hija—, y saber que puedes vivir sin mí —agregó sutilmente.
Sabía que Rachel podría estallar, pero aun así se arriesgó. No podría odiarla más de lo que ya lo hacía.
— ¡No puedo creer lo egocéntrica que eres! ¿Que si puedo vivir sin ti? ¿Quién te crees que eres? —gritó furiosa. Anne había encendido esa llama que podría quemarla—. Pues ya me viste y comprobaste que ya no eres el sol del que giro a su alrededor. Ahora si me permites —se giró para irse a la par de Salma y de Alex.
—Rachel, amor, por favor, tú no me odies, por favor tú no —suplicó con la voz quebrada—. Sé que tienes un gran corazón y jamás podrías hacerlo. Sé que, aunque sepas que soy una estúpida egoísta, no puedes odiarme, porque ese sentimiento nunca ha sido la constante en tu vida. Eres la chica más buena y pura de este maldito mundo.
—No seas hipócrita, Anne, ¿cómo eres capaz de pedirme que no te odie si me humillaste de la peor manera que pudiste haberlo hecho? Si te fuiste así, sin importarte cómo me iba a sentir. Yo te quería, nos queríamos. Ese último día que estabas acostada a mi lado, me viste a los ojos y me prometiste que jamás te irías, sin embargo, ¡Lo hiciste! —contraatacó—. Han pasado dieciséis años, Anne. ¡Dieciséis malditos años! Creo que es muy tarde para que me pidas que no te odie cuando fuiste una maldita cobarde. Sigues siendo la misma villana de este cuento, esa que no me supo amar —la señaló herida—. Recuérdalo, tengo bastantes defectos, los que tanto te complaciste señalar delante de todos.
— ¡Lo siento, sí! Siento haberte herido, pero era necesario. Todo tiene una explicación —se aferró de la mano de Rachel—. Sé que no puedo exigir nada, pero, por favor mi amor, por favor solo te pido una oportunidad, solo una para explicarte cómo son las cosas. Aunque sé que no me la merezco.
—No lo sé, Anne —la alejó por los hombros—. Aún no sé si soy capaz de respirar tu mismo aire o verte y no ponerme a llorar como la estúpida que he sido por tantos años.
—Lo entiendo, entiendo perfectamente que no quieras escucharme, pero por favor, permíteme entregarte esto —sacó una pequeña tarjeta de su abrigo que contenía su número celular—. Cuando estés preparada, estaré esperándote. Tienes el tiempo que quieras. Bueno… me voy, no quiero seguirte incomodando —se le quebró la voz.
Se alejó a sabiendas de que Rachel no la detendría, sin embargo, lamentablemente para Rachel, Anne aún era su debilidad. Aun sentía cosas por ella y también deseaba conocer las verdaderas razones por las que había actuado así.
—¡Anne! —detuvo su huida—. El viernes, el viernes hablamos.
—Gracias… —se mantuvo dándole la espalda—, prometo que esta vez será diferente —se limpió las lágrimas que corrían por sus mejillas.
—No digas más o harás que me arrepienta. Por favor, vete, yo te buscaré.
— ¿Lo prometes?
—Lo juro, yo siempre cumplo mis promesas —acarició el delicado y brillante anillo con diamantes que llevaba en su dedo anular izquierdo.
16 de enero del 2023, Southampton, Nueva York. Mansión Stone. 7:15 a.m.
Todas las mañanas, Alex realizaba sus extenuantes y rutinarias sesiones de ejercicio. No era adicta a él, ni mucho menos, pero eso la mantenía alejada de los más profundos miedos que la aquejaban. De allí que prefiriera mantenerse activa para no caer una vez más en la nebulosa que se estaba convirtiendo su vida y la estaba volviendo completamente loca, y, más, ahora, que tenía tiempo de sobra por sus obligadas vacaciones. Las vacaciones que ella no pidió, sino fueron sus productores quienes decidieron alargar la fecha de grabación cuidando de su salud mental.
—Alex Stone, ¿qué demonios significa que harás un Promance con esa fracasada? —Jessica, su representante y prima, la reprendió aun adormilada a través del celular—. ¿Y por qué una chica con acento colombiano me llama a las seis de la mañana de un sábado? Pagarás por esto. Te he dicho millones de veces que me informes antes de hacer tus planes.
—Antes que nada, se saluda, cariño. Bonjour, Alex, ¿cómo estás? Estoy bien Jess ¿Y tú? Yo también sensual y ardiente Alex —ideó un divertido diálogo siendo ella misma la protagonista. Alex y su buen humor matutino—. Lo siento, pero es cierto que quiero un contrato con ellas —escuchó un bufido de molestia. Cosa que no le importó y se colocó los auriculares para seguir corriendo en la caminadora de su gimnasio.
— Dime por favor que te tomaste tus medicamentos, porque si no fue así, es la razón del por qué aceptas este estúpido trato —escuchó una sonora carcajada a través de la bocina del celular—. ¿Te das cuenta de que eso no te da beneficio alguno? De hecho, creo que eso no te ayuda sino te perjudica…
—Eso es lo que tú crees mi prima favorita —se bajó del aparato, se secó el cuello con la toalla y dio un sorbo a su botella de agua—. ¿Recuerdas las últimas noticias de la estúpida prensa amarillista? Como: "Alex Stone es una escort y dudamos que siga manteniendo su éxito" o "Alex Stone, la más grande ninfómana de Los Ángeles" y "Por acostarse con sus jueces, es la ganadora del Emmy a mejor actriz dramática." Pues bien, si me ven con una chica peor a mí, porque ya sabes, a Rachel se le conoce por ser una diva engreída, hará que baje la marea por un rato y esos tiburones come faldas dejarán de estarme tocando las narices y únicamente se enfocarán en ella, mientras yo, pasaré a segundo término. Y será mientras sigo con mis merecidas vacaciones y comienzo con la grabación de la segunda temporada de la serie. Así que mi magnífica representante, ganamos todos.
—En eso tienes lógica además de razón. Eres una maldita genio, Stone.
—Lo sé, lo sé. Eso es de familia, ya deberías de saberlo —sonrió orgullosa—. Además, será como una buena causa de beneficencia, ayudar a subir a la quemadísima actriz de Broadway, Rachel Russo, y aplicar nuestro organizado y bien planeado objetivo.
—Oh, ya veo, no será más bien que es por qué esa tal Rachel sigue siendo tu crush de hace años, y de la cual, aún mantienes su photoshot ardiente para ELLE Magazine —se burló de ella.
—Guarda silencio, Jess —protestó—. Eso fue cuando era una tonta adolescente. Ahora, lo que vas a hacer, es tomar tu celular y concretar una cita con ambas. Sabes todo el tiempo que he esperado por esto.
—¿En el mismo restaurante de siempre?
—En el mismo de siempre —confirmó con una sonrisa arrogante—. No queremos quedar mal con las beneficiarias. Y yo, quedarme sin saborear esos sensuales y carnosos labios de la irritante chica de Vermont.
Le Bernardin, Manhattan. 18:45 p.m.
Otoño, Vivaldi
— ¡Wow! Alex sí que tiene buen gusto, Gizmo.
Salma se sorprendió al llegar al famoso restaurante. Jessica las había citado allí. Era uno de los restaurantes más elegantes de toda la ciudad. Se veía que la actriz de Hollywood no escatimaba en nada a la hora de los negocios.
—Si me hubieran dicho que sería aquí, hasta yo misma me postulo a ser la sumisa de Alex Stone y divorciarme de mi hermosa esposa. ¿Te imaginas a dónde llevará a sus conquistas? Supongo que a mejores lugares que esto y ya es mucho decir.
—Deja de decir tonterías, y a lo que venimos —Rachel se bajó del coche—. Tenemos una reservación a nombre de Alexandra Stone —le indicó al gerente que ya las esperaba en la puerta.
Alex ya le había dado las minuciosas indicaciones con anterioridad, y lo cierto era que, aunque Rachel Russo ya no era del todo famosa, las personas seguían recordándola por el gran trabajo que hizo en Moulin Rouge.
—Por supuesto, señorita Russo, es por aquí, sus acompañantes ya están esperándolas —las dirigió hasta la mesa exclusiva donde sería la ansiada cita.
Rachel lucía uno de sus mejores vestidos, que, según ella, era el que mejor le ajustaba y era perfecto para dejar atónita a su cita. Un Valentino negro con un escote pronunciado en V y un abrigo del mismo color, eran lo que la acompañaban en esa noche fría de invierno. Le agregó un natural y sencillo maquillaje, además, de un peinado que consistía en su larga cabellera color chocolate con rizos californianos que caían delicadamente hasta su espalda baja.
Salma, al igual que Rachel, lucía asombrosa. Ella no sería la excepción. Un vestido Óscar de la Renta rojo carmesí con pequeños brillantes que dejaba ver sus hombros y un escote mucho más vistoso que el de Rachel, y sin quedarse atrás, una abertura en la pierna derecha que mostraba su torneada y bronceada pierna con el que hacía delicias para las personas que la veían pasar.
Ambas sumamente elegantes para el exquisito gusto de la anfitriona.
Alex, por su parte, lucía tan impresionante como siempre, con un traje negro de Ralph Lauren que resaltaba su figura atlética y su presencia imponente. Su saco y pantalón recto añadían un toque moderno y elegante. Debajo, una camisa blanca de seda desabotonada que contrastaba suavemente con el conjunto, y unos tacones vinos de aguja aportaban la altura y elegancia que caracterizaban su estilo. Completaba su aspecto con pendientes discretos de diamantes y un reloj Patek Philippe, subrayando su estatus y buen gusto. Su cabello castaño, suelto con ondas suaves, y el maquillaje de sus ojos por un tono ahumado eran simplemente el complemento perfecto para su apariencia.
—Ambas están extremadamente radiantes —Alex se puso de pie y saludó a ambas con un beso en la mejilla, y siendo más atenta con su cita especial, la ayudó a quitarse el abrigo—. Por favor, no quiero hacerlas esperar más, siéntense —retiró educadamente la silla de Rachel para que pudiera sentarse y luego la aproximó hasta la mesa—. ¡Demonios, cielo! No sabes cómo quiero quitarte ese vestido para hacerte tantas cosas escandalosas para media población mundial —le susurró al oído y juntó su propia silla hasta la de ella.
—Basta, Alexandra. Compórtate una vez en tu vida —le respondió de la misma manera para que Jessica y Salma no pudiesen escucharlas.
—Aburrida… yo sé que tarde o temprano querrás lo contrario —le guiñó coqueta el ojo. Conocía de antemano su poder de seducción—. Pues bien, ya que estamos aquí, hágase la luz —dijo juguetona—. Comienza, Jess. Ya sabes que a mí me aburre los trámites burocráticos.
—Primero que nada, y dejando de lado que ella no nos ha presentado, lo hago yo personalmente —le entrecerró los ojos mostrándole su molestia—. Yo soy Jessica Stone y soy la representante de esa irrespetuosa y horrible chica —Alex soltó una sonora carcajada por culpa del ingenio de su prima.
Ambas eran casi idénticas físicamente, a diferencia de sus ojos, que los de la representante, eran verdes como los de Anne, algo que no pasó desapercibido para Rachel, y mucho menos, para Salma, que ya la estudiaba con cuidado.
—Vamos, Jess, no seas quejica y a lo que vamos. Nota que aburres a las chicas. ¿No es así, Salma? —dirigió su atención a la colombiana. Salma mantenía una sonrisa divertida por la forma de ser de la actriz, no así Rachel, quien ponía los ojos en blanco.
—Nunca lobito, nunca podríamos aburrirnos si tú estás presente —negó con la cabeza. Sintió un pequeño golpe en su pierna lanzado por no otra más que por su representada—. De acuerdo, de acuerdo, estamos aquí únicamente por negocios y no para adular a tu próxima novia.
—No me va mal un poco de halagos por chicas hermosas como ustedes —Alex le guiñó el ojo y se juntó aún más a Rachel, si es que eso se le permitía—. Y más, si son por parte de esta hermosa actriz que ha estado callada todo este tiempo, hasta es extraño viniendo de ella.
—Es porque no te callas y dejas hablar a las demás —Rachel refunfuñó con hastío —. Además, podrías explicarme por qué tienes que ser tan empalagosa. Déjame un poco de espacio personal —se giró teniendo a escasos centímetros el rostro de su acompañante.
—Es que no me gusta tener lejos a mi novia —le dejó un sutil beso en su mejilla—. Si ya está todo dicho, empiecen, que yo guardaré silencio, porque aquí a la diva de Broadway, le molesta mis palabras —se alejó cruzando con elegancia una de sus piernas.
—Lo siento, Alex. Ya sabes que mi representada es un poco irritante —Salma se disculpó mientras Jessica se reía por lo bajo y Rachel fruncía los labios—. Nosotras no tenemos mucho que decir, de hecho, es un halago que hayan aceptado este trato. Ustedes digan y nosotras obedecemos.
— ¿Tú qué opinas, Jess? ¿Algo que quieras agregar al preparadísimo contrato que ya tenemos y que Salma leerá con calma en la comodidad de su casa?
—Por mi parte nada, ¿Y tú?
— Yo me veré con la necesidad de adicionar tres condiciones.
Jessica sabía lo que venía con esas palabras, así es que decidió quedarse en silencio. Era mejor que Alex explicara sus meticulosas peticiones y así evitar a futuro conflictos innecesarios.
—¿Cuáles son? —Salma intercedió.
Rachel giró con curiosidad su rostro hacia el de la actriz; Alex mantenía su mirada fija hacia el frente donde estaban sentadas Salma y Jessica, ignorándola completamente.
—La primera: que no te metas o interfieras con mi vida, que obviamente no busco perjudicarte o dejarte en vergüenza, porque a partir de hoy, seré más precavida. Segunda, y agrego de manera rigurosa, no quiero ningún tipo de dramatismo hacia lo que haga, soy así y no pretendo cambiar mi forma de ser —sonrió de manera presuntuosa—. Y la tercera y más importante, que no te enamores de mí, Rachel Julie Russo, o lo pasarás bastante mal, créeme, lo pasarás muy pero muy mal, ¿lo entiendes? —contempló con seriedad los dos orbes avellana que estaban a escasos centímetros de su rostro.
Tal seguridad sorprendió a Rachel. Era la primera vez que Alex se tomaba formalmente las cosas.
—Buenas noches, señoritas. ¿Qué desean ordenar? —intervino el capitán de meseros obligándolas a dejar de lado la conversación—. Podría recomendarles algo, si gustan.
—No, no es necesario —Alex replicó con dureza—. Sírvanles un Bouillabaise, ¿no eres alérgica a los mariscos ¿o sí, Salma? —le preguntó a la chica, quien negó con la cabeza, y a Jessica, que se mantenía callada con una sonrisa en su rostro—, y para mi novia vegetariana, un Strogonoff de hongos, y para finalizar, a todas, una copa de vino Château Lafite Rothschild 1991 —agregó con un sensual y certero acento francés sin observar un solo segundo al servicial hombre—. Es todo, se puede ir —hizo aspaviento con su mano para que se retirara.
—Por favor, Alex. Agrega por favor, ya lo sabes —Jessica la regañó.
—Lo que sea —se encogió en su silla.
—¿Cómo sabes que soy vegetariana? Nunca te lo he dicho, o no recuerdo que lo haya hecho —Rachel estaba fascinada por los conocimientos de su dieta personal.
—Simplemente lo sé, y ya está, no seas intensa —le respondió con arrogancia—. Y si no tienen más por agregar, me gustaría retirarme, tengo muchas más cosas que hacer.
—Por mí no hay problema alguno, Alex, te puedes retirar —Salma accedió para no molestar de más a la actriz. Porque no solo Rachel se había percatado de su cambio de humor, sino también ella, y mucho más, Jessica, que ya conocía las razones. No aceptaba las negativas de ninguna chica y tal parecía que Rachel era inmune a su atrayente personalidad.
—Muy bien, me largo —se puso de pie tomando su bolso—. Jess, luego me informas qué es lo que sigue —le dejó un rápido beso en la cabeza—. Disfruten de su cena, que yo pago. No se preocupen por pedir lo que quieran, para eso estoy yo.
Se despidió dejando a Rachel desconcertada y deseosa de descubrir más sobre Alex Stone y sus cambios de humor. Había pasado de ser la chica más desenfadada e irónica a la más fría y altanera en solo escasos 10 minutos de diferencia.
—¿Me permiten? Ahora regreso —Jessica dejó su servilleta en la mesa y le siguió el paso a su prima. Sabía que si no intervenía podrían complicarse las cosas.
La persiguió hasta la entrada del estacionamiento donde Alex ya se encaminaba en la búsqueda de su Audi R8 2023.
— ¿Qué te pasa, Alexandra? Eres tú quien cita a las dos chicas y ahora me dejas con la responsabilidad. Entiende que esta chica parece ser diferente a todas las demás. Controla tus emociones.
—No me toques las narices, Stone. Sabes muy bien por qué me largo, y no es porque Rachel no acepte mi coqueteo.
—Pues tienes que tranquilizarte y no dejar que te afecte sus comentarios. Pensé que lo que pensaran de ti ya no te afectaba. Pensé que ya lo habías superado. Que ya habías dejado lo que pasó hace años atrás.
—¿Qué no me afecten? Sabes que lo que menos quiero es sentirme cercana a alguien, sin embargo, ¿Rachel? Sabes que ella significa mucho para mí, aunque ella no lo sepa —inhaló y exhaló recargando sus manos en la puerta—. No puedo simplemente ignorarla y ya está. Sabes todo lo que he hecho por ella durante estos meses, sin el valor de siquiera acercarme o dirigirle la palabra. Cuidándola a lo lejos de todo. ¡Maldita sea! Si hasta una psicópata parezco.
—Claro que lo sé, sino no me hubieses obligado a que casi suplicara a los organizadores de los Emmy que fuese ella la que te entregara el premio. Ella no sabe lo que has estado haciendo para ayudarla a regresar —acarició su espalda—. Vamos, cariño, creo que lo mejor es que regreses a casa y te tranquilices, yo lo soluciono.
—Gracias, Jess. De verdad, gracias —sonrió sincera y se desabrochó su saco—. Creo que lo mejor es que le llame a Taylor y me haga compañía un rato —abrió la puerta y subió—. Le diré que nos veamos en el piso de Soho.
— ¿Qué opina ella de todo esto? ¿Sabe que por fin estás hablando con Rachel?
—Nada, no puede opinar nada. Sabe perfectamente que entre Rachel y yo solamente existirá un contrato y lo acepta, porque le juré que esto es solo por protocolo —apretó el botón que encendía el coche.
—De acuerdo, solamente espero que, por tu bien, no lo tome a mal, o sabes de lo que puede llegar a ser capaz. De hecho, es muy peligroso que sigas manteniendo lo que sea que tengan.
—Ya no hay más, ni lo habrá… Bueno, me informas lo qué sucedió.
— ¡Claro! No te preocupes, pones en buenas manos a la irritante de tu chica —la vio partir y perderse en las calles de Manhattan.
— ¿Viste cómo cambió de la nada? Es eso cierto que las actrices de Hollywood están un poco chifladas. Pero no importa si están tan buenos como ella y su prima.
—Me das asco, Salma. Come antes de hablar y deja de decir estupideces. Además, pensé que te iban las rubias.
Aunque su amiga tenía razón, Alex estaba ocultando algo, y de eso estaba casi segura. Tendría que averiguarlo por ella misma. Esperando a que la chica no fuese una asesina o algo parecido o las cosas irían muy mal.
—Lo siento, chicas, siento lo irrespetuosa y altanera que puede llegar a ser Alex, pero tiene razones para serlo. Ella no es mucho de convivir con las personas, no de manera más formal. Sé que parece que sí lo hace, pero no, ella no suele hablar mucho cuando de algo importante se trata —se disculpó en nombre de su prima.
—Lo entendemos —Rachel se adelantó—. ¿Qué es lo que escondes Alex Stone? —susurró entre dientes.
