-Si, ya lo sé, podría ser malcriadez o cualquier cosa-se aventuró a decir con hartazgo- Timidez o cualquier otra tontería. En todo caso lo mejor es dejarla ser. Somos un orfanato no disponemos de fondos para esto-añadió antes de colgar sin siquiera despedirse de su interlocutor.

Odiaba ese trabajo. Nada le disgustaba más que las continuas quejas de las maestras, doctores y todos los demás.

Que si este niño está muy delgado, que si este otro no hace sino pelear, que si Akane no es capaz de socializar con nadie...

A quien demonios le importaba eso?. No le pagaban lo suficiente por lidiar con todo ese estrés.

En especial niños como Akane, era cuestión de dejarlos acoplarse a su nueva situación. Después de todo, quién tendría ganas de socializar si quedaba huérfana porque ambos padres morían frente a sus ojos en un asalto?

Que la chiquilla no quisiera saber de nada ni de nadie era bastante normal. Al menos entendía todo y no era floja para realizar las labores que le asignaban como los otros bajo su cuidado.

La niña sentada frente a ella la miró con atención con sus enormes y hermosos ojos parpadeando cada tanto.

-Akane, planeas hablar conmigi algún día?-le preguntó apoyándose al cristal de la ventana, aunque de sobra sabía que no obtendría respuesta alguna-Aprende lengua de señas, así al menos te puedes comunicar-añadió llevando el teléfono a su barbilla con gesto reflexivo.-Vamos, ahora vuelve al patio y termina de recoger las hojas-le ordenó.

La pequeña niña asintió y salió de vuelta al patio para barrer tal y como se le había pedido. Ya estando sola la sugerencia de la directora vino a su cabeza nuevamente: "Aprende lengua de señas, así al menos te puedes comunicarte".

Miró el atardecer de tonos rojizos y sonrió decidida.

Fue la primera decisión importante en su vida y esa decisión había sido como una llave maestra con la cual poco a poco fue abriendo puertas a horizontes con los que jamás había soñado antes.

Kasumi, 3 años mayor que ella y quien fue asignada a otro orfanato venía a visitarla cada tanto entre el grupo de voluntariado y una excelente tutora que le enseñó a comunicarse por medio de señas y a leer los labios.

Al ingresar a la universidad aún le era difícil hacer amigos, al menos inicialmente, pero se esforzó tanto y finalmente lo logró. Fue la mejor de su generación y aunque no tuvo miles de amigos si forjó lazos muy fuertes con aquellas personas con las cuales entabló amistad. Luego se recibió como profesora y tiempo después obtuvo un trabajo en la embajada como intérprete.

Todo en su vida había encontrado su sitio, todo excepto por su corazón. El amor era un tema que le seguía rehuyendo. Aunque para ser honestos, ella tampoco se esforzaba mucho.

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-Tranquilízate!-pidió sujetándola con la mayor sutileza de la que era capaz, pero la mujer seguía retorciéndose en su brazos, arañándolo, lanzando puños y patadas que no llegaban a causarle daño alguno.

Ya lo había mordido varias veces en su lucha por liberarse pero de alguna manera se las había arreglado para volver a taparle la boca y evitar que gritara mientras avanzaba al interior del departamento.

Dado que todo se encontraba a media luz, tropezaron y terminaron por caer. Akane le dio una patada baja e intentó escapar pero nuevamente el logró neutralizarla bajo su cuerpo.

-He dicho que te calmes, no voy a lastimarte-insistió él pero ella no se detuvo en su empeño.-Akane, ya basta!-exigió con voz autoritaria

Con la respiración agitada y el cabello revuelto sobre el rostro la observó serenarse poco a poco. Sus ojos estaban inundados en llanto y a pesar de eso continuaban mirándolo desafiantemente.

-Tú-pronunció con dificultad por los nervios-Tú fuiste el que llamó antes y quién destruyó mi casa, no es así?-la voz de ella era más bien un susurro

-Algo así-respondió aún sosteniéndola bajo él-Akane, escúchame no tenemos tiempo para presentaciones o explicaciones enrevesadas. Si quieres vivir, será mejor que confíes en mí.

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-Nos vemos mañana, cuídense mucho y de nuevo muchas gracias por invitarme-se despidió de sus compañeras profesoras en la entrada al subterráneo. La despedida de una de ellas que se marchaba al extranjero era la causante de que por primera vez en mucho tiempo estuviese esperando el tren justo a esa hora de la madrugada donde casi nadie esperaba en la plataforma. Se sentó en una de las sillas de metal y movió sus pies rítmicamente. Tras unos minutos ahí sola se dirigió a la máquina de cafés.

Dudó un poco entre cual bebería y finalmente optó por tomar un americano.

Mientras esperaba frente a la máquina expendedora, escuchó el golpe y quejido de alguien en las escaleras. Naturalmente, pensó que alguien había sufrido un accidente. Quizás un adulto mayor había caído y necesitaba ayuda.

Akane dejó olvidada su necesidad por café y se acercó con presteza hacia el sitio desde donde provenía aquel sonido.

Efectivamente, un hombre parecía haber rodado por los escalones y su frente sangraba levemente. Sin embargo, los vellos de Akane se erizaron cuando los ojos de aquel desconocido se encontraron con los suyos.

-Oiga, se encuentra bien-articuló con dificultad, genuinamente asustada aunque no tenía ni la más remota idea de la razón.

-Alto ahí, basura!-desde el exterior una voz masculina se dejó escuchar, Akane desvío su atención por un segundo.

Sin embargo un dolor punzante la embargó a continuación y la sensación de calidez que inició en su cuello, se hizo paso hasta llegar a su pecho antes de poder descubrir al emisor o conocer la identidad del receptor de aquel grito.

El hombre que había caído de las escaleras se había abalanzado sobre ella, hiriéndola con un cuchillo sin mediar palabra, echando a correr por la plataforma justo después.

Akane palpó atónita la herida con su mano izquierda y luego la llevó frente a sus propios ojos. Sangre. Caliente y roja. Y totalmente fuera de su cuerpo. Volvió a cubrir la herida con su mano y dió algunos pasos torpemente, pero terminó por irse de bruces.

Escuchó pasos apresurados bajando las escaleras, luego a su alrededor y un par de maldiciones dichas con mucha frecuencia.

Quería pedir ayuda. Aquella persona iba a ayudarla? Y si era así por qué aún no hacía nada por ella? Akane sentía que la vida se le estaba escapando del cuerpo, pero se negaba a morir, igual que cuando se aferró a la vida siendo aún una niña.

Extendió la mano derecha y sin saber cómo, logró sujetar la pierna del desconocido.

-Ayuda...ayúdame-dijo con esfuerzo aunque su voz sonaba ahogada por la sangre.

Volvió a escuchar otra maldición pero está vez sintió como la levantaban del piso frío para cargarla en brazos, acunando su cuerpo en el cálido pecho.

-Más te vale no morirte, entiendes?!-lo escuchó decirle y casi juraría que ella sonrió en respuesta, aunque después de esono era capaz de recordar nada.

Despertó días después en una cama de hospital. No habían más datos de su registro, más allá de aquellos que obtuvieron de su documentación, por lo cual la identidad de su salvador permaneció desconocida para ella.

Antes de ser dada de alta el doctor que la atendía le comentó que de preferencia no debía esforzarse por hablar y luego la remitieron a otra ala y le hicieron ver a un psicólogo el cual le diagnosticó *síndrome de estrés postraumatico.

Claro que ella no tenía eso, lo sabía pues de niña también había sufrido un evento traumático, pero no quiso contrariar el diagnóstico y se limitó a acatar las indicaciones y sugerencias de sus médicos, al menos los primeros meses. La medicación le ayudaba con las pesadillas y la ansiedad pero le causaba algunos efectos secundarios, así que terminó por dejar de usarlas. Su terapeuta era un joven agradable, pero su consulta se encontraba distante de su casa y la sola idea de volver al subterráneo le quitaba las ganas. De modo que tras apenas unas consultas, dejó de asistir.

Cuando los detectives de su caso llegaron a su habitación ella ni siquiera dudó mientras rendía su declaración y narró lo más preciso que pudo los eventos de esa madrugada, tal cual como los recordaba incluido aquel desconocido que le ayudó.

Los meses pasaron y, para su fortuna, en ambos empleos sus jefes fueron lo suficientemente comprensivos para permitirle trabajar desde casa.

Y lo agradecía, de verdad que sí, pero empezaba a sentirse asfixiada y jodidamente sola. Limitada por su propia mente a caminar solo a un par de calles lejos de su apartamento o como mucho a pasar un rato en casa de Kasumi, siempre y cuando está la pasase a buscar en su auto.

Akane realmente se arrepentía de no haber adquirido uno, pero no le pareció necesario. El transporte público de Japón era eficiente y seguro. O eso pensaba ella. Antes.

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Nota de la autora:

El trastorno de estrés postraumático (TEPT) es un trastorno mental que puede desarrollarse después de experimentar o presenciar un evento traumático, como una guerra, un desastre natural, un asalto, una violación o un accidente grave. Las personas con TEPT experimentan síntomas como flashbacks, pesadillas, evitación de estímulos relacionados con el trauma, hipervigilancia y ansiedad. Estos síntomas pueden afectar significativamente la capacidad de una persona para funcionar en la vida diaria y pueden durar meses o incluso años después del evento traumático. El TEPT puede tratarse con psicoterapia y medicamentos, y cuanto antes se busque tratamiento, mejores serán las posibilidades de recuperación.