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❀ ═══════ • IV • ═══════ ❀
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La batalla por defender el esfuerzo de los habitantes de la isla dio comienzo de un segundo a otro.
El espadachín de Los Sombrero de Paja fue un espectador en primera fila para observar cómo la mujer que le había invitado una comida y se había mostrado amigable con él, se enfrentaba sin vacilar, únicamente armada con sus puños desnudos y patadas, contra los feroces piratas que intentaban hacerle daño con sus espadas, cuchillos, dagas, palos.
A puño limpio, la peli-rosa fue derrotando uno a uno a los sujetos que se acercaban cada vez más enfadados y violentos. Él se percató de algunas fallas en sus posturas, lo que dejó ciertos flancos desprotegidos, desbalances en su punto de equilibrio, el fallo de algunos golpes que tendrían que haber sido certeros. De inmediato dedujo que no estaba muy acostumbrada a las peleas reales contra varios oponentes, y esos errores le ganaron ser alcanzada por sus enemigos y recibir unos cuántos golpes y cortes profundos en sus brazos. Sin embargo, su actitud y determinación nunca cambiaron. Sakura continuó dando pelea y arrasando con sus adversarios sin dar tregua hasta dejarlos en el suelo.
—Solo eres una simple mujer. ¿Cómo puedes seguir de pie con ese cuerpo pequeño tuyo? —exclamó el capitán desde atrás, escudándose en sus lacayos como un cobarde mientras los observaba caer derrotados con gran incredulidad.
Tampoco era el único de los presentes que no podía creer que ella se mantuviera en pie después de ser golpeada por hombres de diferentes tamaños y fuerza. Nadie esperaría tal resistencia de un cuerpo tan pequeño y que se mostraba tan delicado.
El aura de Sakura cambió drásticamente después de escuchar sus palabras. Detuvo sus movimientos en seco y fijó su atención en él con una mirada mortal. El pirata al que estaba golpeando huyó arrastrándose por el suelo cuando vio la oportunidad de librarse de la paliza que le esperaba a manos de esa joven.
—Ser hombre o mujer no tiene importancia cuando se trata de proteger lo que quieres —comenzó, apretando los puños con gran enfado—. No desvalorices mi esfuerzo con un argumento tan pobre. ¡No me subestimes!
Los ojos del espadachín de pelo verde se ensancharon con sorpresa al escuchar la exclamación de su acompañante y la intensidad con la que la dijo. Sin proponérselo, su mente se llenó de los recuerdos de un pasado que tenía muy presente.
Flashback.
Esa noche fue la noche de su último duelo, la noche de la victoria número 2001 de Kuina, su amiga y rival. Una noche que Zoro jamás olvidará, la noche en la que hicieron una promesa que no pudo ser cumplida.
Las palabras de su amiga de la infancia, la gran frustración que ella sentía, su dolor, siempre seguirán en su memoria hasta el día de su muerte.
—Yo soy la que quiere llorar porque no puedo aceptarlo —comenzó Kuina con su voz estrangulada por la angustia que acarreaba en su ser—. Las chicas… cuando crecemos, nos volvemos más débiles que los hombres. Seguramente me alcanzarás muy pronto —dijo sin mirarlo, ocultando sus ojos con su cabello para que no viera las lágrimas amargas que se desbordaron y deslizaron por sus mejillas sin tregua—. Siempre has dicho que te convertirás en el mejor espadachín del mundo. Mi padre me dijo que… eso no es posible para una mujer. Lo sé… Yo ya sabía todo esto. ¡Pero… pero no puedo aceptarlo!
Para su yo pequeño, y su yo actual, las palabras de su amiga de la infancia seguían sonando a una excusa débil. Él no podía aceptar ese tipo de razonamiento, no cuando ella siempre fue su meta a superar, no cuando se esforzó hasta el cansancio para derrotarla porque ella era la más fuerte del dōjō, la persona más fuerte que conocía.
—Ser hombre o mujer… ¡¿Eso es todo lo que dirás el día que te derrote?! ¡Como si no fuera por mis habilidades! —gritó él con reproche y sumamente decepcionado.
Su yo pequeño estaba furioso con Kuina, aunque también podía verlo, no era tonto. Ella no aceptaba ese discurso, pero inconscientemente parecía que sí lo había hecho. Veía su resignación a través de sus lágrimas. Por eso quiso motivarla, logrando aquella preciada promesa de competir para ver quién llegaría a lo más alto, dejando de lado lo que se esperaría de un hombre o una mujer, forjando sus propios caminos a través del esfuerzo.
Todo parecía que tomaría un nuevo rumbo después de aquella memorable charla en la que expusieron sus metas y abrieron sus corazones. Kuina parecía que se esforzaría y él también continuaría dando su máximo para estar a la altura de su pacto.
Entonces todo se esfumó con la repentina muerte de ella.
La promesa de ambos duró menos de un día.
Sus palabras no lograron alcanzar a su preciada amiga.
Fin del flashback.
Zoro salió de su reminiscencia producida por las palabras de Sakura, regresando al presente por el ajetreo de la batalla que parecía haberse silenciado completamente mientras él estaba perdido en sus memorias.
Sakura estaba furiosa con ese sujeto por su comentario tan despectivo hacia ella respecto a su fuerza, su apariencia y al hecho de que era mujer. No iba a permitir que la menospreciaran de esa manera, mucho menos seres tan despreciables como los que tenía frente a sí en ese momento.
Con un grito de guerra sacado directamente desde el núcleo de su rabia, la peli-rosa corrió hacia el capitán y le propinó un fuerte golpe en medio de la cara que lo envió volando hasta estrellarse contra su propio barco. El tipo quedó inconsciente en el acto, demostrando lo débil que era y que el alarde de su fuerza no era más que una pantomima que le había vendido a su ingenua tripulación.
Los demás se asustaron ante esto; con su capitán derrotado tan patéticamente, dieron por concluida la batalla y se dispusieron a huir como las alimañas rastreras que eran. Al menos tuvieron la mínima decencia de tomar a sus compañeros caídos antes de marcharse rápidamente en su barco.
Con la respiración agitada, pero parada con firmeza sobre sus dos pies, Sakura los observó minuciosamente hasta que su barco zarpó y se alejó del muelle. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos de la costa, fue cuando se permitió suspirar para relajar sus músculos tensos y usar el poder de su fruta del diablo para curar sus heridas.
Una vez terminada su labor, se dispuso a recoger el desastre que había quedado del asalto al almacén. Sin embargo, los ciudadanos que se habían escondido y habían observado todo desde lejos, no se lo permitieron, alegando que ella ya había hecho demasiado al enfrentar a un grupo de salvajes piratas por sí misma para proteger a todos, y le agradecieron una y otra vez haber luchado por ellos como lo hacía su tío.
Sakura solo pudo sonrojarse por los halagos y las cálidas palabras de gratitud que recibía, demostrando que no estaba acostumbrada a ser el centro de atención y que quizás esa había sido su primera batalla fuera de su entrenamiento. Una en la que salió victoriosa, y gracias a ello nadie resultó herido y el esfuerzo de todos no se vio desperdiciado.
El peli-verde observó cómo se desarrollaban las cosas desde su distancia. Todavía estaba asombrado por la ferocidad y la valentía de la joven. Sonrió de lado en una mueca orgullosa mientras apretaba entre sus brazos las katanas que le habían sido confiadas, con un desconocido y cálido sentimiento surgiendo en su pecho. Esa mujer le caía bien.
Decidió esperarla en un lugar más apartado, sentándose en el borde del muelle, mientras ella lidiaba con las personas que la rodeaban. No pudo evitar sonreír divertido al ver su forma de actuar errática y nerviosa, luego su rostro se puso completamente rojo cuando uno de los ciudadanos la llamó por un peculiar apodo y los demás se le sumaron al creer que le sentaba bien.
Pasaron unos cuantos minutos hasta que pudieron convencer a la testaruda peli-rosa que quería unirse a la limpieza del lugar, pero finalmente cedió a la insistencia de los trabajadores del muelle y dejó que ellos se encargaran de todo.
—¡Lamento la espera! —exclamó Sakura mientras iba en su dirección en un suave trote—. Esos idiotas fueron persistentes. Me alegra haber logrado que se marcharan sin causar más daños —agregó con una sonrisa nerviosa, sintiéndose tímida en su interior por haber luchado frente al peli-verde de entre todas las personas.
—Supongo que ese fue el poder del Ángel Protector de la Navidad. —Se mofó él, viendo la oportunidad perfecta para devolverle las palabras que ella le dijo en su primer encuentro.
—¡¿T-Tú también?! —Se escandalizó, sintiendo la vergüenza apoderarse de cada fibra de su cuerpo. No se esperó que él pudiera haber escuchado el apodo que le dieron los ciudadanos desde ese lugar.
Zoro soltó una gran carcajada, y fue testigo del instante en el que el tono rosado de su cabello quedó completamente opacado por el intenso rojo que cubrió sus mejillas. Que la joven intentara ocultar su rostro detrás de sus manos lo hizo más gracioso, pero también empeoró todo… De una forma literal.
—¿Eh? ¡Ah-! —emitió un quejido de sorpresa que quedó inconcluso en el aire.
Debido a que no miraba por dónde iba caminando, el pie de Sakura se enganchó en una red de pesca que había sido olvidada en el suelo durante la huida de los trabajadores del puerto, lo que la hizo perder el equilibrio y tropezar hacia adelante cuando la red se enroscó más en sus piernas en su intento desesperado por estabilizarse.
Sakura pensó que no podría tener tanta mala suerte de avergonzarse aún más frente al joven pirata. Creyó que caería al piso de forma patética y estiró sus brazos frente a su cuerpo para amortiguar el golpe, mas eso no ocurrió, sino que siguió de largo y cayó fuera de la pasarela de madera que conformaba el embarcadero ya que estaba muy cerca de la orilla.
Un gran chapuzón resonó unos escasos segundos después de encontrarse de lleno con el agua del mar, lo que ocasionó que interrumpiera el grito de sorpresa que escapó de sus labios cuando su cerebro procesó toda la situación.
—Hey, no puedes hacer el ridículo ahora, después de lo que hiciste —comentó el espadachín mientras se asomaba desde su sitio, esperando encontrarse con la chica emergiendo para continuar gastándole bromas.
Sin embargo, lo único que se encontró fue el burbujeo del aire que salía a la superficie del agua a toda prisa y que duró menos de un minuto, tiempo en el que él se mantuvo expectante esperando por su acompañante. Las burbujas cesaron en su totalidad de forma repentina y el agua volvió a su calma anterior, sin mostrar ningún rastro de la chica.
—Oye, oye, oye… No me digas que… —dijo con preocupación, poniéndose de pie de inmediato ante esa situación que se le hizo por demás familiar—. ¡Diablos!
Roronoa se deshizo de todas las armas que tenía encima, dejándolas en el suelo, antes de tirarse hacia el agua sin pensarlo dos veces. Se sumergió y rápidamente nadó hacia el fondo que se iba oscureciendo más a medida que descendía. Para su suerte, algunas pequeñas burbujas rezagadas le indicaron el camino hacia la peli-rosa que ya estaba inconsciente debido a la debilidad que le producía haber consumido una fruta del diablo y que facilitó que se estuviese ahogando más rápido que un no usuario.
En el momento que estuvo a su alcance, la tomó por el cuello de su camisa para evitar que continuara hundiéndose tan rápido, la jaló con fuerza hacia sí mismo y le rodeó la cintura pegándola a su cuerpo, afianzando así su agarre en ella. Con una sola mano e impulsándose con sus pies, los llevó a ambos hacia la superficie lo más rápido que su cuerpo le permitió.
Tomó una gran bocanada de aire cuando estuvo arriba del nivel del agua, pero no se permitió relajarse por el estado de la joven. Hizo acopio de la fuerza de sus musculosos brazos para trepar nuevamente al embarcadero. Estando a salvo en suelo firme, la recostó con cuidado y se apresuró a chequear el estado de la peli-rosa.
Ella no estaba respirando.
A su mente llegó el recuerdo de las clases de Chopper sobre las técnicas de reanimación que enseñó a toda la tripulación para que actuaran correctamente en el caso de que alguno de ellos necesitara ayuda —más que nada para los usuarios de frutas—. Nunca las había realizado como tal ya que Robin era una mujer prudente, y Luffy, Brook o el mismo Chopper no pasaban del simple debilitamiento por el agua marina y nunca llegaron al punto de requerirlas —aunque Brook era solo huesos—, sin embargo, éste no era el caso de Sakura, quien parecía mucho más delicada que sus nakamas.
Agradeció al pequeño reno en su interior y se dispuso a realizar la técnica en ella. Repasando los pasos a seguir en su mente, primero la colocó en la posición adecuada, dejándola boca arriba. Seguidamente, él mismo se puso en la posición establecida, acomodó su propio cuerpo, sus brazos, sus manos sobre el pecho de la joven, y comenzó a realizar las compresiones con extremo cuidado de ejercer la presión suficiente para no lastimarla. Contó mentalmente las presiones que hacía sin dejar de lado el intervalo constante de tiempo en el que tenía que hacerlas.
Después del primer ciclo de compresiones, le siguió la respiración boca a boca, lo que lo puso un tanto nervioso por lo que implicaba, aun así, despejó todos esos pensamientos molestos ya que no era el momento de pensar demasiado las cosas, sino de actuar.
—Lo siento por esto, mujer rosada, pero es por tu bien —murmuró como forma de disculparse por lo que haría sin su consentimiento.
Sin perder más tiempo, Zoro unió su boca con la de la joven peli-rosa para darle las respiraciones necesarias. Continuó con el procedimiento al no recibir respuestas por parte de ella, hasta que en la tercera vez que iba a darle respiración de boca a boca, Sakura finalmente abrió los ojos de golpe y se incorporó hacia un costado como reflejo para expulsar el agua que tenía en su interior, tosiendo violentamente en el proceso.
El peli-verde se apoyó hacia adelante con sus manos en el suelo como sostén, dejando caer su cabeza y cerrando sus ojos, cubriendo con su cuerpo el de la joven como si fuera un puente que pasaba de lado a lado sobre ella sin tocarla. Se permitió relajar sus músculos tensos y soltó un largo suspiro de alivio de que su intervención hubiera funcionado correctamente, nunca pensó que realizar la técnica de reanimación fuera tan cansador; Chopper seguramente estaría orgulloso por su trabajo.
Por el lado de Sakura, ella se recostó nuevamente boca arriba para recuperarse, tomando grandes bocanadas de aire al mismo tiempo que intentaba acompasar su respiración. Se mantuvieron unos largos segundos en la misma posición, permitiendo que el susto inicial se fuera diluyendo poco a poco para retomar la normalidad. Cuando Zoro tuvo suficiente, se enderezó y se sentó sobre sus talones, con las rodillas flexionadas junto al cuerpo de su acompañante.
—¿Estás bien, mu…? —preguntó, pero el apodo que le había dado anteriormente quedó a media voz y sus palabras se esfumaron completamente de él al igual que la tranquilidad que había logrado adquirir en ese lapso de tiempo, en el instante en que abrió sus ojos y los posó en la figura de Sakura.
El espadachín tensó su mandíbula y su cuerpo se puso rígido nuevamente, aunque esta vez era por una causa diferente. Frente a él, sus ojos se encontraron con el peculiar panorama que le ofrecía la peli-rosa y del cual nunca antes se había sentido tan atraído de contemplar en cualquier otra situación que pudiera haber sido mínimamente similar.
Sakura estaba tendida sobre las tablas del embarcadero, con su corto cabello rosa esparcido alrededor de su cabeza y con mechones mojados que se pegaban a su frente y mejillas; su ropa estaba completamente empapada, desajustada y escurría el agua debajo de su cuerpo, mientras las gotas que quedaban sobre la blanquecina piel de sus muslos y vientre descubiertos resplandecían con la luz del sol cual gemas adornando su dermis, dándole un brillo etéreo; su pecho subía y bajaba de manera agitada con su respiración irregular, como si fuera un llamador que invitaba a posar sus ojos en ese lugar, donde su camisa se pegaba a su cuerpo como una segunda piel y el blanco de su color dejaba traslucir lo que había debajo, además de la piel extra que mostraba la parte superior y que estaba más abierta de lo que recordaba.
La cereza del pastel se la llevaba su rostro, en donde un espeso rubor cubría sus mejillas de forma dulce, el cual intentaba ocultar con el dorso de una de sus manos puestas a la altura de su boca; y el brillo de sus orbes jades entreabiertos que le devolvían la mirada por el rabillo de sus ojos con un toque de vergüenza y algo más que no pudo identificar en el calor de la situación.
Para cualquier otro que estuviera en su lugar, la imagen frente a sí sería un espectáculo agradable de admirar, y si debía ser sincero consigo mismo, para él también lo era, sin embargo, todo eso quedó relegado de su mente y no pudo evitar que su atención se centrase particularmente en sus ojos brillantes, en la forma en la que lo miraban. Repentinamente sintió una sensación desconocida recorriendo su cuerpo, una con la cual Zoro se sintió abrumado como nunca antes y se obligó a sí mismo a desviar la mirada, mas no fue una buena idea dado que todo lo que tenía enfrente era la visión de ella en aquél estado.
Tragó saliva pesadamente al sentir su garganta seca, el calor comenzó a acrecentarse en su rostro e iba en aumento segundo a segundo, por lo que apartó rápidamente la mirada de la joven. Decidió sentarse en el suelo de cara al mar para poner un poco de distancia entre los dos, y se concentró en sacudir su corto cabello húmedo con una de sus manos, aunque lo hizo de forma nerviosa. Se recriminó internamente al pensar que podría haberse comportado como el cocinero pervertido de su tripulación si continuaba con la mirada sobre ella en la forma en la que lo estaba haciendo, no se perdonaría a sí mismo el parecerse a ese idiota.
—Gracias —musitó Sakura sentándose con mucha dificultad, después de dejar pasar un par de minutos en silencio que utilizó para recomponerse lo mejor que pudo, tanto de su accidente como del bochorno que sentía por su situación, siendo ajena a lo que aquejaba al joven pirata.
Zoro gruñó un sonido despreocupado a modo de respuesta para que supiera que la había escuchado, sin atreverse a voltear hacia ella mientras se estiraba para tomar las katanas que había dejado anteriormente. Tomó también las dos armas que no eran de su pertenencia y se las extendió a la mujer desde su lugar con su brazo hacia atrás. Los segundos pasaron de manera lenta y él continuó en la misma posición, sin que ella tomara sus katanas, por lo que se aventuró a echar un vistazo girando su rostro levemente para averiguar por qué no lo hacía.
Mala idea número dos.
En ese momento, Sakura estaba en el arduo proceso de intentar escurrir el agua de su corto cabello y acomodarlo lo mejor posible cuando se dio cuenta de que su camisa se encontraba desajustada, pero no solo eso, sino que traslucía su sostén blanco y, por si fuera poco, la mayoría de botones estaban rotos, más específicamente tres de los superiores que no estaban en su lugar dejaron que una abundante porción de su escote estuviera a la vista más de lo que le gustaría.
Por instinto levantó su cabeza hacia Zoro, haciéndolo al mismo tiempo en que este se volteó hacia ella, encontrándose con su mirada y el enrojecimiento que se iba haciendo visible en sus orejas. Rápidamente dejó su cabello en segundo plano y cubrió su pecho con sus dos brazos, soltando un leve quejido de sorpresa y vergüenza; como si estuvieran sincronizados, Zoro se giró nuevamente, poniéndose rígido en su sitio y llevando consigo las katanas con él, rápidamente se puso a inspeccionar sus propias armas como si fueran la cosa más interesante del mundo.
—¡Y-Yo…! —exclamó la peli-rosa, tan roja como el cinturón de tela que tenía amarrado en su cadera.
—Fue… Fue mi culpa —interrumpió el peli-verde, teniendo que carraspear para que su tono de voz saliera con normalidad—. Jalé del cuello para alcanzarte allá abajo, debí romperla. —Interiormente rezaba para que no pensase que la había estado espiando como un pervertido; creyó que explicándole lo sucedido se ahorraría el malentendido, aunque no estaba seguro de dónde había salido esa necesidad de no quedar mal frente a la joven. Decidió dejarlo de lado por el momento.
—Oh… —musitó con incomodidad, sin ser capaz de decir otra cosa; todavía se sentía realmente afectada por todo, y más por algo que había comenzado a dar vueltas en su cabeza después de que recuperó la consciencia. Cruzó la tela de un lado al otro lo mejor que pudo para cubrirse, logrando su cometido a medias ya que aún se veía lo que había debajo debido a la humedad. Para su desgracia, los únicos botones que habían sobrevivido estaban a la altura de su cintura, dejando también su ombligo expuesto.
—¡¿Está todo bien?! —Un grito en la lejanía los sacó de la burbuja incómoda que los rodeaba.
Ambos giraron a la fuente de la voz, encontrándose con un par de trabajadores del muelle que se acercaban con rostros preocupados. Al parecer eran los únicos que se habían percatado del incidente de hace unos momentos.
El jadeo asustado de Sakura llamó la atención del espadachín, rápidamente se dio cuenta de que se había encogido en sí misma para evitar que la vieran en ese estado. Dejó atrás todo lo que había sentido anteriormente y con agilidad se puso de pie, se quitó la camisa oscura que había estado usando sobre una camiseta sin mangas, y la colocó sobre los hombros de su acompañante. También estaba mojada como el resto de su ropa, pero serviría para ocultar su modestia.
—No hay de qué preocuparse. Solo nos dimos un chapuzón —informó en un tono despreocupado, alzando la voz para que lo escucharan y así interrumpir el avance hacia ellos.
Los hombres frenaron su andar y el semblante preocupado los abandonó, sonrieron más tranquilos, luego simplemente se despidieron, dieron media vuelta y se alejaron para seguir con la tarea de poner en condiciones el muelle.
—Ya puedes relajarte —dijo con el tono más suave que tenía en su repertorio. Ahora que se encontraba más sereno después de la interrupción, podía volver a desenvolverse con normalidad… O eso esperaba.
—Gracias… por todo —musitó Sakura, sonriendo agradecida, pero con el rubor aún coloreando sus mejillas.
El peli-verde volvió a tararear un sonido afirmativo mientras se agachaba para recoger nuevamente sus armas y esta vez colocarlas en su lugar a un costado de su cadera. Por su visión periférica pudo observar que la joven terminaba de abotonar su camisa hasta el cuello —no sin algo de batalla al hacerlo—, cubriendo su torso completamente e incluso podría apostar a que le llegaría más allá de medio muslo, dejando en claro la gran diferencia entre sus complexiones.
Finalmente tomó las dos Daito y se giró hacia ella extendiendo su mano para ayudarla a ponerse de pie. Sakura aceptó el gesto sin borrar su pequeña sonrisa agradecida por sus acciones, sin saber que sus ojos habían vuelto a brillar de la misma manera en la que lo habían hecho después de ser reanimada por él. Zoro tragó saliva ante esto, mas no pudo darle un segundo pensamiento ya que ella se tambaleó amenazando con caer de nuevo al suelo en los escasos segundos en los que logró enderezarse.
—Tómalo con calma. Acabas de salir del mar, llevará algunos minutos hasta que recuperes tus fuerzas por completo —indicó el espadachín, ignorando el hecho de que tenía a la mujer recargada contra su cuerpo y solo concentrándose en no dejarla caer, sosteniéndola de sus brazos.
—Es… la primera vez que me ocurre —comentó la fémina, poniendo todas las fuerzas que tenía en ese momento para mantenerse firme sobre sus piernas.
Aunque era de su conocimiento la desventaja que traía consigo consumir una fruta del diablo, nunca había caído al mar y la sensación de debilidad que se apoderó de su cuerpo no fue una grata primera experiencia. La fatiga había inundado sus extremidades repentinamente, como si se hubiera sometido por horas y horas a un riguroso entrenamiento sin ningún tipo de descanso, y solo fue consciente de ello hasta que el bochorno de sentirse expuesta la abandonó. Además, no podía olvidar el absurdo tropezón que lo desencadenó todo, de solo recordarlo provocó que su vergüenza amenazara con resurgir y sumarse a su malestar.
La peli-rosa también chasqueó la lengua cuando un pensamiento se hizo presente en su mente, llamando la atención de Zoro al ver su adorable rostro enfurruñado, con sus mejillas hinchadas y su ceño fruncido sobre las brillantes gemas que tenía por ojos.
—Diablos… —Se quejó en voz baja—. Con todo lo que sucedió… y ahora esto. —Sintió la intensa mirada del peli-verde sobre ella y levantó el rostro hacia él, encontrándose con una clara expresión de confusión ante sus palabras y su repentino cambio de ánimo—. No me gusta hacer esperar a Tío —explicó relajando sus facciones, aunque lo acompañó con un leve toque de decepción en su voz que no pasó desapercibido para su acompañante.
Ambos se mantuvieron en un denso silencio durante unos largos segundos, los suficientes para que Sakura pensara que estaba siendo una carga al retenerlos hasta que su cuerpo volviera a la normalidad, y también los suficientes para que Zoro llegara a la conclusión de que no le gustaba esa expresión en su rostro después de conocer lo que había conocido de ella en ese poco tiempo. Con eso en mente, decidió proceder con lo primero que se le vino a la cabeza.
—¿Eh? ¡Uwaa! —chilló la peli-rosa cuando la visión del mundo se volvió de cabeza para ella—. ¡¿Qué… qué crees que estás haciendo?!
—No quieres llegar tarde al encuentro con ese tipo, ¿verdad? Nos estoy llevando hasta allí —declaró con simpleza mientras afianzaba su brazo alrededor de la cadera de la mujer que tenía colgando sobre uno de sus hombros.
—¡Oye! ¡Bájame! —Se quejó Sakura, sacudiendo su cuerpo con la poca fuerza que tenía en ese momento, que no era mucha. Sus demandas cayeron en oídos sordos cuando el peli-verde comenzó a caminar. Su rostro estaba completamente rojo y no era por estar de cabeza, su orgullo se vio herido al ser cargada como un costal de papas ante su inutilidad—. Yo puedo caminar por mi cuenta. No puedes llevarme así sin mi permiso. —Solo obtuvo silencio de su parte—. Eres un bruto.
—¡¿Hah?! —exclamó Zoro con tono indignado, se suponía que le estaba haciendo un bien, no entendía todo el alboroto que estaba haciendo ella. Por instinto, se giró para mirarla con reproche, pero de inmediato recordó que no estaba detrás de él, sino que colgando de él. Fingió demencia ante su tonto desliz, que afortunadamente no fue captado por la joven, y simplemente retomó su camino.
—¡Espadachín bruto! —Los movimientos bruscos del joven lograron marearla y ella creyó que lo había hecho como una clase de reprimenda por sus quejas. Ya no solo era un saco de papas, era como una muñeca de trapo con sus extremidades lánguidas colgando de su cuerpo, a merced de alguien que le generaba sensaciones en el estómago y con el cual no dejaba de ridiculizarse. Sin embargo, su insulto no fue solo por ese conjunto de emociones contradictorias; la camisa prestada que tenía puesta y que le quedaba grande, se había subido —¿o bajado?— por su torso y se estaba depositando alrededor de su cuello, siendo seguida por su propia prenda, amenazando con dejarla expuesta nuevamente—. ¡Estás yendo por el camino incorrecto! ¡Y ya bájame, se me está corriendo la ropa!
Sakura se silenció repentinamente cuando el peli-verde frenó sus pasos en seco ante sus últimas palabras, rebotando contra su dura espalda. Por alguna extraña razón que desconocía, lo último que dijo no le sentó nada bien al pirata, de la misma manera en la que lo había hecho cuando aquellos trabajadores tuvieron la intención de acercarse a ellos en el momento en que la vestimenta de la peli-rosa no se encontraba en un estado adecuado para ojos indiscretos.
—¡Roronoa! —chilló Sakura nuevamente con sorpresa, después de unos segundos de sepulcral silencio por parte de él.
La percepción del mundo volvió a girar en su línea de visión sin que ella pudiera hacer algo al respecto, las imágenes pasaron como un rápido borrón de colores frente a sus ojos jades, lo que trajo consigo un nuevo mareo, obligándola a cerrar fuertemente los párpados. Los mechones de su rosado cabello se balancearon en un remolino, hasta que se asentaron otra vez a los lados de su rostro y cayeron sobre sus hombros, de la misma forma en la que sus prendas superiores se acomodaron en su sitio.
Con lentitud, primero abrió uno de sus párpados de forma tentativa, encontrándose con los cortos cabellos verdes de la nuca del espadachín. No le tomó mucho tiempo entender que el apoyo en el que estaba la parte delantera de su cuerpo y las manos aferrándose a sus muslos para sostenerla, significaban que Zoro de alguna forma se las arregló para maniobrar su cuerpo con suma facilidad para cargarla en su espalda.
—¿Estás satisfecha ahora, mujer rosada?
—¿Ah? Umm… Sí —balbuceó luego de parpadear varias veces para despertar de ciertos pensamientos que estaban rondando por su mente y que hicieron que sus mejillas se tiñeran de rojo una vez más en ese día tan peculiar.
Sakura soltó un largo suspiro de resignación. No podía enfadarse con él por sus propios sentimientos molestos, no después de lo considerado que estaba siendo y lo que había hecho salvándola del mar. Tenía una especie de amabilidad tosca y una personalidad peculiar, el espadachín pirata era todo un caso. Pero sería una total mentira si dijera que no le agradaba.
—Bien —declaró de forma escueta en su usual tono profundo y despreocupado—. Vamos.
Con un suave movimiento empujó su cuerpo hacia arriba para ajustar su posición, y la peli-rosa aprovechó la escasa movilidad de sus brazos que colgaban de los amplios hombros del joven para envolverlos alrededor de su cuello y acomodar su cabeza dejándola descansar en uno de sus hombros. Lo sintió tensarse bajo su cuerpo, pero ninguno mencionó nada al respecto, concentrándose únicamente en el camino que debían seguir y no en las extrañas sensaciones que estaban sintiendo al estar tan cerca uno del otro.
—Por éste camino no es.
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