Silencio.

Todo estaba en un silencio sepulcral. Los invitados contenían el aliento, esperando una respuesta que parecía no llegar. El hombre frente a ella la observaba con una mirada helada, implacable, que solo acrecentaba el temor en su interior. Temblaba, no solo por el miedo al hombre que tenía delante, sino por la oscuridad de la noche que se cernía sobre su destino.

No estaba lista, no para entregarse a un hombre al que apenas conocía, un hombre de quien dudaba si podría albergar en su corazón siquiera un rastro de afecto.

—Sakura Haruno —la voz del juez rompió el silencio, repitiendo la pregunta por segunda vez—. ¿Aceptas a Danzo Shimura como tu legítimo esposo?

Un murmullo recorrió la sala como un viento gélido. Rechazar a Danzo sería convertirse en el blanco de las lenguas afiladas de la alta sociedad.

Miró a su padre con desesperación. Él, sin decir palabra, respondió con una leve inclinación de cabeza. Detrás de él, su mejor amiga, Ino, negaba frenéticamente, susurrando con una súplica en los ojos: "No lo hagas".

Los ojos de Sakura volvieron a encontrarse con los de su futuro esposo. Vio, como si fuera la primera vez, las arrugas que surcaban su rostro, las manchas que cubrían su piel, el cabello encanecido que parecía simbolizar la brecha entre ellos. Apenas era unos años mayor que su padre, aquel hombre con el que había compartido aulas en la universidad y luego había sido su enemigo jurado. Ahora, sin más explicación, se encontraba vestida de novia, a punto de convertirse en su esposa.

"Es tu deber", se repitió, como una letanía.

Alguna vez, cuando era una niña que creía en cuentos de hadas, había soñado con su boda. Se había imaginado caminando de la mano de un hombre maravilloso, apuesto, que amaría cada una de sus virtudes y defectos. Pero eso solo sucedía en los relatos que su madre le contaba antes de dormir. Ahora, como adulta, sabía que no tenía opción, que debía asumir la responsabilidad que le imponía su nombre.

Cerró los ojos un instante, inhalando profundamente, esperando, casi deseando, que un hada madrina apareciera o que una mujer despechada irrumpiera para detener la ceremonia. Pero nada de eso sucedió.

—Acepto —respondió, apenas un susurro, pero lo suficientemente fuerte para sellar su destino.

—Por el poder que me confiere el estado, los declaro marido y mujer —anunció el juez con solemnidad.

Los invitados aplaudieron. Las jóvenes presentes susurraban entre sí, comentando cómo Sakura Haruno se había vendido por interés a un hombre mayor. Las damas de más edad suspiraban al ver cómo el hombre más codiciado de su generación se casaba con una chica que podría ser su hija o incluso su nieta.

El contacto de los labios de Danzo en los suyos la sobresaltó. Estaban fríos, inertes, como si la muerte misma la hubiera besado.

Sintió un nudo en el estómago.

Danzo la tomó del brazo con firmeza, guiándola fuera del salón. Ella no se atrevió a mirar atrás.

...

"¿Una boda?"

Sasuke Uchiha no pudo evitar una sonrisa amarga al leer la invitación. Una boda... ¿Y qué boda más ridícula que la de su enemigo número uno? La idea de asistir a tal evento le resultaba casi cómica. Conocía a Danzo Shimura desde que era un niño, recordando con desagrado cómo jugaba al golf con su padre. Siempre le había parecido un hombre despreciable, alguien a quien detestaba desde lo más profundo de su ser.

Al llegar al lugar, Sasuke miró nuevamente la dirección en la fina tarjeta blanca que había recibido. Se aseguró de que no había cometido ningún error. Lo que encontró lo dejó perplejo: un salón elegantemente decorado con cientos de rosas blancas, susurraban los invitados sobre la futura señora Shimura. La curiosidad lo invadió. Se decía que la única mujer que alguna vez había cautivado a Danzo había sido su madre, Mikoto. Sasuke recordaba, siendo solo un niño, cómo Danzo la había cortejado persistentemente, y más tarde, cómo la acosó sin descanso. Después de la trágica muerte de su madre, se enteró por rumores de que Danzo disfrutaba de la compañía de mujeres a cambio de dinero.

Danzo no tenía sentimientos, casi como él. Pero había una diferencia fundamental entre ellos: el honor. Un honor que Sasuke estaba dispuesto a perder si descubría que ese miserable tenía algo que ver con la prematura muerte de su madre.

Se permitió una mueca de asco al pensar en la mujer que se casaría con un ser tan despreciable. ¿Sería una anciana, como él, pero con una fortuna descomunal? Seguramente le proporcionaría el respaldo económico que tanto necesitaba. Sasuke conocía de primera mano los turbios negocios de Shimura y sus posibles nexos criminales. Sabía que estaba quebrado, y esto no era más que un movimiento desesperado.

De repente, la marcha nupcial comenzó a resonar en el salón. Danzo se colocó en su lugar, mirando hacia la puerta. Como todos los presentes, Sasuke también giró la cabeza, sin esperar nada en particular. Pero lo que vio a continuación lo dejó sin aliento.

Una mujer entró en el salón, demasiado joven, incluso para él. Sus ojos verdes, llenos de una luz melancólica, reflejaban el atardecer. Ese brillo no era de felicidad, sino de lágrimas contenidas. Su piel blanca contrastaba con el vestido de cuello alto y mangas largas, un atuendo que parecía ocultar más de lo que revelaba. No encontraba palabras para describirla. La luz del sol creaba a su alrededor un aura que la hacía parecer un ser fantástico, irreal, como una ninfa del bosque. Su esbelta figura estaba envuelta en un sofisticado vestido blanco, y su cabello rosa, recogido en un moño bajo, se ocultaba bajo un velo que caía con gracia hasta el suelo. Sasuke sintió un impulso irrefrenable de tirar de la peineta y dejar que su cabello cayera libre para enredar sus dedos en él.

Las manos de la mujer temblaban mientras sostenía el ramo de rosas, y el hombre que la llevaba del brazo parecía empujarla hacia adelante. Ella caminaba como un prisionero que se dirige a su sentencia de muerte. Pasó junto a Sasuke sin mirarlo, pero él absorbió su aroma, tan cerca que, si se hubiera atrevido, podría haberla tocado. Nunca se había sentido tan tentado.

Esperó con tensión contenida la pregunta que definiría su destino. Ella tardó en responder, tanto que Sasuke sintió el impulso de tomarla de la mano y sacarla de allí, llevársela lejos de ese infierno.

—Acepto —dijo ella finalmente, su voz apenas un susurro.

En ese instante, Sasuke supo que ella se había convertido en su enemiga.

...

La fiesta rebosaba de elegancia y glamur, una opulencia que solo le recordaba lo alto que había sido el precio de su libertad. Su padre había financiado la boda, como dictaba la tradición, pero Sakura sabía que detrás de ese gesto se ocultaba una deuda oscura. Se sentía como una simple mercancía vendida al mejor postor. Cada paso le recordaba su cautiverio; los altos zapatos de tacón que había elegido para el "gran día" eran tan incómodos como la vida que ahora la esperaba.

Su prometido, Danzo Shimura, la sujetaba del brazo como si fuera un accesorio, una joya que mostraba con orgullo a la multitud. Diplomáticos y empresarios se agolpaban a su alrededor, algunos con miradas burlonas, otros con un interés que la incomodaba profundamente. Sentía sus ojos recorriéndola, evaluándola, como si fuera un objeto en subasta.

Cuando Danzo la condujo hacia un grupo de hombres que charlaban animadamente con copas de champaña en las manos, percibió una tensión palpable en el aire. Los rostros de esos hombres no mostraban la adulación que había visto en otros, sino una mezcla de enojo y desdén hacia su recién adquirido esposo. El deseo de huir, de escapar y no mirar atrás, se hizo casi insoportable.

—Danzo, ¿qué clase de broma es esta? —la voz de un hombre mayor, distinguido pero severo, rompió el incómodo silencio. Danzo soltó su mano con la misma frialdad con la que se deshacía de un objeto inservible, y tomó una copa de champaña que un mesero le ofreció. Alzó la copa en un brindis que ninguno de los presentes correspondió.

—Fugaku, amigo mío —dijo Danzo con una calma inquietante—, esto es el cambio que mi vida necesitaba, ese del que tanto te hablé. La expresión de Danzo era una máscara impenetrable, y Sakura sintió un escalofrío recorrer su espalda. Algo en la sonrisa vacía de su esposo la estremeció.

—Lo único que necesitas en este momento es un buen abogado, Danzo —replicó Fugaku, acercándose con una mirada cargada de reproche—. La mayoría de las personas que están aquí son tus enemigos. ¿No te das cuenta del problema en el que te has metido? —susurró con una intensidad amenazante—. ¡Vas a ir a la cárcel! Y te juro que no tendré piedad de ti.

Fugaku levantó la vista hacia Sakura, y en sus ojos ella vio algo inesperado: compasión. Pero también una advertencia velada. "Estás en problemas", parecía decirle.

—Te equivocas, amigo —respondió Danzo, sin inmutarse—. He firmado un acuerdo comercial con Kizashi Haruno, mi ahora suegro. Él es dueño de la mitad de mi patrimonio y de mis compromisos... —Su voz se endureció al enfatizar las últimas palabras.

—¿Qué pretendes? —Una nueva voz, igualmente severa, pero más joven, interrumpió la conversación.

Sakura levantó la vista para encontrarse con un hombre que irradiaba una presencia imponente. Era más joven que Fugaku, pero había un parecido innegable entre ellos. Sus ojos negros, profundos y cargados de una intensidad casi abrumadora, la miraron fijamente. Era alto, de cabello oscuro y un porte que lo hacía destacar en la multitud. Cuando sus miradas se cruzaron, Sakura sintió un inesperado cosquilleo en el vientre, un temblor que no había experimentado nunca.

En medio de esa maraña de poder, amenazas y secretos, Sakura comprendió que su vida había cambiado para siempre, y no precisamente para mejor.

...

El aire pareció escaparse de sus pulmones cuando ella posó sus ojos sobre él. De cerca, su belleza era aún más impactante, pero había algo en su mirada que lo perturbaba: miedo. Parecía asustada por la charla que se estaba desarrollando a su alrededor. ¿Estaba al tanto de lo que se discutía? Aunque no parecía sorprendida por las acusaciones, Sasuke pudo notar que su respiración se volvía más rápida, como si las palabras que escuchaba solo confirmaran sus peores temores.

—Fugaku, ¿no le has enseñado a tu hijo que es de mala educación interrumpir las conversaciones de los adultos? —dijo Danzo, con una sonrisa que destilaba veneno.

Sasuke sintió un impulso casi irrefrenable de golpearlo, de hacerle tragar esa sonrisa arrogante, pero se contuvo, consciente de que una confrontación física no resolvería nada. Optó por mantener el silencio, ignorando la provocación.

—Nada, querido Sasuke —continuó Danzo con un tono de falsa camaradería—. Solo quiero limar asperezas y renovar mi sociedad con los Uchiha. Ahora que eres un hombre, entenderás lo que te conviene...

—¡Jamás! —espetó Sasuke, la ira latente en su voz—. Me encargaré de destruirte, y no tendré piedad, tal como tú no la tuviste con nosotros...

Danzo adoptó una expresión de inocencia fingida, como si no comprendiera a qué se refería.

—No sé de qué hablas, Sasuke. Cuando tu padre y yo nos asociamos, la corporación Uchiha creció un doscientos por ciento. Te recuerdo que aún disfrutas de esos beneficios.

—No creo en tus mentiras, Danzo —replicó Sasuke con frialdad —. Y te recuerdo que tu convenio con la corporación caduca este fin de semana...

—Querido hijo, si te llamé aquí es para decirte que mi cuenta ya está saldada —lo interrumpió Danzo, su tono impregnado de triunfo—. Agradécemelo mañana, cuando la bolsa de valores refleje la inversión que acabo de hacer en tu empresa.

Con esas palabras, Danzo se giró para despedirse con un gesto casual de la mano, ignorando la furia en los ojos de Sasuke. Luego, con una firmeza casi posesiva, tomó a su esposa del brazo y se la llevó, alejándola de la escena.

Sasuke observó cómo se marchaban, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. La ira y la impotencia se mezclaban en su interior, pero no era solo eso. Algo en la forma en que ella había mirado, algo en su temor contenido, despertó en él una necesidad inesperada de protegerla, de sacarla de las garras de ese hombre.

Pero sabía que, en ese momento, no podía hacer nada. Por ahora, Danzo tenía la ventaja. Pero Sasuke se juró que no sería así por mucho tiempo.

...

Sakura estaba exhausta, no solo físicamente, sino también emocionalmente. Sentada sobre la cama del hotel donde pasaría su noche de bodas, sentía cómo el peso del día la aplastaba. Sus pies palpitaban de dolor, pero lo que más le dolía era el corazón. La habitación estaba decorada con pétalos de rosa que cubrían la cama y formaban un sendero hasta el jacuzzi, iluminado por la tenue luz de la luna. Sin embargo, en lugar de serenidad, todo aquello solo acentuaba el frío que sentía en su interior. Temblaba, sabiendo que pronto sería mancillada por aquel hombre.

Danzo entró en la habitación sin previo aviso, sus pasos aplastaban los pétalos de rosa con una indiferencia aterradora. Como lo haría con ella. Sakura sabía que después de esa noche, se sentiría marchita, desprovista de alma, vacía.

—No... —susurró en un intento desesperado de aferrarse a un hilo de dignidad.

Pero Danzo no la escuchó. La levantó de la cama con una frialdad implacable, girándola para ponerla de espaldas a él. Comenzó a bajar el cierre de su vestido, que cayó al suelo con un susurro ahogado. Ahora, solo quedaba su ropa interior como última defensa, una barrera que Danzo no tardó en arrancar. Sakura se sentía expuesta, vulnerable, una presa ante su depredador.

—No eres como te imaginé —gruñó Danzo, su voz cargada de desdén.

Sakura cubrió sus pechos con las manos, intentando aferrarse a un último vestigio de privacidad. Quiso tomar el vestido para cubrirse, pero Danzo fue más rápido. La empujó con brusquedad sobre la cama y empezó a recorrer su cuerpo con manos ásperas, como si ella no fuera más que un objeto inanimado.

El miedo la paralizó. No podía reaccionar, no podía moverse. Se sentía sucia, impotente, rota. Las lágrimas quemaban en sus ojos, pero se negaba a dejar que él las viera. Pensó en correr, en escapar de esa pesadilla, pero ¿a dónde iría? ¿Quién la ayudaría? Ese hombre era su esposo, y esa noche, tomaría lo que consideraba suyo por derecho.

Las manos arrugadas de Danzo se colocaron en sus muslos y, con una fuerza desmedida, la obligaron a abrirse. Se colocó sobre ella, su peso la asfixiaba, su aliento la nauseaba. Cada movimiento, cada toque era una agonía interminable. Sentía su repulsiva existencia sobre ella, y lo único que deseaba era morir, rápidamente, sin dolor.

Pero entonces, en un giro inesperado, Danzo se levantó de la cama, dejando a Sakura atónita.

—Pensé que serías perfecta —escupió con asco—, pero eres la mujer más frígida que he conocido. No me provocas nada.

Las palabras de Danzo cayeron como cuchillas sobre su alma. Rápidamente, Sakura se cubrió con el edredón, destrozando el corazón de pétalos que decoraba la cama, como si quisiera borrar todo rastro de aquella noche.

Danzo salió de la habitación, dejándola sola en la oscuridad. No volvió a verlo en días, pero la sombra de lo que ocurrió, o de lo que no llegó a pasar, quedó grabada en ella para siempre.