Yuuji aún recuerda el día de su boda. Fue un día muy feliz. Su familia estaba ahí, sus amigos, incluso sus maestros estaban ahí. Recuerda sentir una explosión de emociones: felicidad, nervios, ansias por estar al fin al lado de Sukuna, pero sobre todo amor.
Jin le sonreía a su hijo. —Te ves bien, mi niño. — dijo, aunque Yuuji rió ante el apodo pues su niño de veinticinco años estaba apunto de casarse. El traje blanco que entre él, Nobara y Choso buscaron horas y horas hasta encontrar el perfecto. Jin le ofreció su brazo y aguantando las lágrimas, Yuuji le sonrió tiernamente antes de tomar su brazo y dejar que Jin lo llevara al altar.
Sukuna, vestido de traje negro, lo esperaba con una sonrisa. La que lo había enamorado y Yuuji podía sentir aquel cosquilleo cuando lo vio. Cuando Yuuji llegó al altar, Sukuna le agarró las manos. —Te ves hermoso. — susurro Sukuna con una sonrisa a medias y una mirada llena de cariño.
Yuuji sintió sus mejillas arder y con una sonrisa tímida le respondió: —Tú te ves tan guapo.
La ceremonia procedió. Yaga era el oficiante, Yuta y Rika eran los niños de las flores, Choso lloraba mares junto con Aoi, Uraume trajo los anillos. Yuuji lo recordaba con tanta claridad. Aún podía sentir aquel beso firme pero apasionado que Sukuna le dio para finalizar la ceremonia.
Yuuji estaba tan feliz en ese momento.
—¿¡Acaso no puedes hacer nada bien, mocoso!?
Hasta que ya no lo fue.
Yuuji sabía que Sukuna no era un santo, después de todo de quien Yuuji se había enamorado era de un típico chico malo. Sin embargo, no espero que Sukuna llegará a ser tan extremo en su errático comportamiento. La vida de casados de Yuuji se tornó frustrante, estresante a más no poder. Tenía que soportar los gritos, las quejas, que cada que llegara Sukuna borracho este se le antojaba poner la casa patas arriba.
Yuuji estaba cansado y aún así, lo amaba. Yuuji era paciente, como siempre lo ha sido. Lo ha perdonado incontables veces que ni Choso ni Nobara se molestan en decirle que se divorcie. Yuuji siempre despedía a Sukuna antes de que este se fuera a trabajar y lo esperaba cuando llegaba de casa. Aunque Yuuji se preocupaba de si le fuera infiel por llegar siempre tan tarde y cansado del trabajo que ni caricias le puede proporcionar, aún así Yuuji no pedía el divorcio.
Porque Yuuji no quería dejar a Sukuna solo o tal vez, él odiaba estar solo y se negaba rotundamente a dejarlo porque Sukuna era el único que lo soportaba con todo y con dependencia. Yuuji ya no estaba seguro.
Yuuji ya no estaba seguro de nada desde hace tres años.
Empezó el día de su cumpleaños, cuando a Sukuna se le había olvidado por enésima vez. Yuuji estaba llorando cuando tocaron a su puerta, Yuuji se secó las lágrimas y abrió la puerta. —Paquete para Yuuji Itadori.
Itadori. Aquel apellido al que renunció.
—Soy yo, pero...
—¡Firme aquí! — exclamó el cartero. Yuuji firmó, sin ganas de pelear. El cartero le entregó un ramito de violetas junto con una carta. —¡Buen día!
Yuuji parpadeó dos veces. Su corazón se aceleró. ¿Será? pensó Yuuji. Sukuna había olvidado su cumpleaños, pero ¿tal vez se acordó después de todo? Sin embargo, la carta no tenía remitente. —¡Disculpe! — Yuuji trató de llamar de nuevo al cartero, pero este ya estaba subiéndose al camión y empezó a alejarse. —Ah... bueno, supongo que puedo preguntarle otro día.
Yuuji entró a la casa, puso el ramito en un florero y se echó en la cama que compartía con Sukuna, carta en mano. —¿De quién será? — Yuuji preguntó en voz alta, inspeccionando el sobre por segunda vez. Esperando que un nombre o dirección aparecieran por arte de magia. Sin nada más que hacer, Yuuji abrió la carta. La leyó antes de soltar un pequeño jadeo de sorpresa ante el contenido.
Una y otra vez, Yuuji leía cada palabra con detalle. Decía:
Radiabas como un ángel divino;
El mismo sol sentía envidia de verte.
A Pesar de estar atado a un ser mezquino,
Tu sonrisa bella me hacía probar mi suerte.
Con cada encuentro, le agradezco al destino.
Pues mi corazón acelera con solo verte.
Yuuji sentía la cara completamente acalorada. Había pasado un buen tiempo desde que alguien le dijera cosas bonitas. Yuuji no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, guardando la carta en una caja vieja de zapatos donde él sabía que Sukuna no se molestaría en buscar. Quien fuera que le haya enviado el ramo y la carta, Yuuji se lo agradece pues le había hecho el día.
Incluso cuando su esposo regresó del trabajo, Yuuji estaba tan feliz que cualquier insulto que Sukuna le decía no le afectaba en lo absoluto. —¿Y ese ramo? — preguntó Sukuna, alzando una ceja a Yuuji.
Yuuji suspiro ante la mención del ramo por parte de su esposo. —Choso me lo regaló, ya que hoy es mi cumpleaños ¿sabes? — mintió Yuuji.
Sukuna, quien era extremadamente celoso, simplemente tarareo. —Feliz cumpleaños, entonces.
Eso fue todo.
Aunque su día había mejorado un poco esa tarde, de noche Yuuji lloraba en las penumbras. Sus inseguridades crecían y Sukuna no hacía nada para demostrarle a Yuuji de aquel amor que años atrás se habían jurado sería para siempre.
Desde entonces, Yuuji recibía un nuevo ramo cada que las flores estaban marchitas. Las cartas, por otra parte, venían a diario. La segunda vez que vino el cartero con solo una carta, Yuuji le preguntó. —Disculpe, las flores de ayer junto con la carta... de casualidad, ¿No sabe de dónde son? ¿o de quien vienen?
El cartero le dio una mirada simpática. —Lo siento, la verdad es que el ramo de flores y la carta ya estaban en la oficina central y me pidieron que te las entregara porque mi ruta es por aquí.
Un poco sospechoso, pero Yuuji lo dejó pasar porque, bueno, con cada carta llena de poesía sobre lo mucho que era hermoso y deseado de todas las maneras posibles a Yuuji ya no le importaba tanto. Prefería el misterio, tratar de adivinar qué clase de persona era su admirador.
Yuuji se imaginaba a veces que era alguien joven y apuesto como su Sukuna. Siendo el opuesto de Sukuna por como le escribía, Yuuji se lo imaginaba sin tatuajes. Tal vez sus ojos eran oscuros, tal vez claros. Rubio, de cabellera oscura, teñido, etcétera.
Tal vez ni siquiera era alguien joven. si no un tierno anciano del vecindario que le daba pena escuchar y ver como Sukuna y él se peleaban todos los días. Queriendo ver que Yuuji sonría al menos una vez.
¿Quién será quien sufre silencio? ¿Quién puede ser su amor secreto?
Yuuji no sabía nada de este admirador y eso le frustraba un poco pese a lo mucho que atesoraba las cartas y los ramos. Yuuji cambiaba cada dos días el agua de su preciado ramo de violetas. Yuuji gentilmente tocaba los pétalos con una sonrisa cariñosa, pero cuando alzaba la mirada y veía a su esposo beber mientras veía una partida de fútbol Yuuji no podía soltar un suspiro de decepción.
Sukuna regresaba a su casa cada tarde. Llegaba cansado, exasperado de tanto trabajo que no parecía terminar nunca. Desde hace un tiempo, era habitual regresar y ver un ramo de violetas en el recibidor. También se había hecho habitual ver a su esposo leer algo que le esbozaba una sonrisa tan tierna, una qué no creía volver a ver de nuevo. Sukuna no es pendejo, pero prefiere no decir nada pese a que ya lo sabe todo.
Sabe el contenido de esas cartas, sabe de dónde vienen esas violetas. Pero Yuuji es feliz así, de todas formas, aunque Sukuna le reclamara quedaría como loco.
—¿Disculpe? — Uraume preguntó, no entendiendo lo que su amo acababa de decir.
Sukuna sintió un leve sonrojo arder en sus mejillas; ojos cerrados y recargando su sien en su puño derecho. —Quiero que me enseñes a escribir poesía.
Uraume parpadeó dos veces. —¿Puedo preguntar por qué?
Sukuna suspiró antes de hacer una mueca, recordando todo lo malo que ha hecho estos últimos tres años. —Yo... no he sido el hombre que le prometí ser a Yuuji. Siempre he sentido que no me lo merezco, pero aún así lo amo. — empezó Sukuna. —No sé qué sería yo sin él, yo no quiero perderlo... así que por favor, Uraume. Enseñame poesía. — suplico Sukuna, haciendo una reverencia a su subordinado que soltó un sonido de asombro.
—Señor Sukuna... Está bien. Le enseñaré los tipos de poesía que hay y sus reglas. — dijo Uraume.
—¡Ah! y también ve a comprar un ramo pequeño de violetas.
—¿Violetas? ¿Por qué violetas?
Sukuna sonrió amplia y suavemente, recordando una época de cuando Sukuna y Yuuji eran adolescentes. Cuando en su primera cita Sukuna le regaló un ramito de violetas porque eran las más baratas pero Yuuji le sonrió y con ojos llenos de amor le dijo: "¡Gracias! Las violetas son mis favoritas, ¿Cómo supiste?"
—Solo haz lo que te digo, Uraume.
Sukuna encontró a Yuuji dormido en su cama, una de sus cartas siendo sostenida contra el pecho de su amado. Sukuna regresó por algo antes de volver a entrar y con cuidado quitarle la carta sin despertarlo. Yuuji se movió un poco, soltando un leve quejido. Como si se quejara porque le estuvieran arrebatando su preciada carta. Sukuna rió entre dientes. —La vas a arrugar si la sigues sosteniendo así, con lo tanto que me costó escribirla. — susurro Sukuna.
Como si Yuuji escuchara, su cuerpo se relajo y dejo de que Sukuna le quitara la carta, la dobló y pusiera en esa caja de zapatos vieja que su esposo claramente no se atreve a tirar. Sukuna sonrió al ver que sus cartas estaban tan bien cuidadas. Se volvió a acercar a su dormilón esposo, poniendo una violeta detrás de su oreja. —Te amo, Yuuji. — susurro Sukuna en el oído de Yuuji para después darle un beso en su frente. Sukuna se paró, apagó la luz y salió del cuarto para seguir viendo su partido. Dejando atrás a un sonriente Yuuji, quien terminó soñando con sus días de adolescente enamorado con Sukuna por alguna razón.
