Capítulo 11.
Al día siguiente de haber llevado a Sakura al hospital, Shaoran despertó como una joven de dieciocho años, pero su ánimo no concordaba con la vitalidad de una persona de esa edad. Consciente de que no era conveniente que Sakura lo viera, se dirigió a la tienda de su madre.
Cuando Ieran vio a la joven allí parada, le miró la mano y en seguida supo que era su hijo.
–Mamá.
–¿Te pasa algo? –preguntó Ieran. La joven asintió con la cabeza, por lo que Ieran cerró unos minutos e invitó a su hijo a tomar algo.
En la cafetería, Shaoran le explicó por encima lo que había pasado con Sakura.
–Me siento como si estuviera con una hija. Está bien hablar de cosas de hijas con mi hijo. –dijo Ieran para intentar relajar la tensión que su hijo estaba sintiendo, pero él no estaba de humor para ninguna clase de broma.
–¿Tomaba esas pastillas con frecuencia? –preguntó Ieran.
–Por lo visto sí. –dijo Shaoran.
–Es exactamente igual. Supongo que no tiene solución. –dijo Ieran.
–¿A qué te refieres?
–Ella estará bien, siempre que no estéis juntos. –dijo Ieran con mirada triste. Sabía que tarde o temprano, ese momento llegaría y que su hijo se quedaría con el corazón roto. –Al final ella estará bien.
–¿De qué estás hablando?
Ieran sabía que había llegado el momento de confesarle la verdad a su hijo, por doloroso que fuera.
–Eres igual que tu padre. Al igual que tú, él también cambiaba de cuerpo cada día. –confesó su madre. –Lo amaba. Pero la gente comenzó a murmurar y a propagar rumores. Decían que era una promiscua. Al principio intenté ignorarlos. Pero un día, lo perdí. Ocurrió en cuestión de segundos. Lo vi una mañana, pero no era capaz de recordar su cara. Y entonces la realidad me cayó como una losa. Nunca sabría si le pasaba algo porque no reconocía sus gestos. No conocía cómo hablaba su cuerpo. Fue un infierno. Estaba sola, asustada y embarazada. Entonces un día, tu padre desapareció. Sólo me dejó una carta. No es que desapareciera, sino que yo hice que se marchara. Para Sakura también está siendo duro. En cuanto la vi, me reconocí en ella. Siente que no puede hablarlo con nadie. Está asustada.
–¿Por qué no me contaste todo esto? –preguntó Shaoran con lágrimas en los ojos. –¿Por qué no me dijiste que soy un bicho raro como papá? Me dijiste que papá te abandonó. Si dices que Sakura está viviendo lo mismo, ¿debería hacer lo mismo?¿Qué hago, mamá?
Pero Ieran ya había respondido a aquella pregunta. La mujer vio en su hijo la misma mirada desvalida que cuando cambió por primera vez. Cuando cambió, supo que si su hijo encontraba un amor correspondido, el sufrimiento sería inevitable para ambas partes, porque ella ya lo había vivido.
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Los días pasaban para Shaoran, pero ya no tenía ninguna ilusión por levantarse de la cama. Simplemente, era una carcasa que respiraba y vivía por inercia. A veces se quedaba mirando las fotos con Sakura que habían imprimido o que se habían sacado en algún fotomatón. También miraba los videos de registro en los que ella salía, o simplemente abría la nevera para ver el montón de fiambreras congeladas que todavía quedaban. En otra ocasión, se quedó un rato mirando el anillo de compromiso que le hizo y que ni siquiera pudo entregarle porque fue justo el día en el que fue consciente de que todo se torció. Tras mirarlo, lo metió en su cajita y lo guardó en un cajón.
¿Puedo vivir sin ella? Disfruté cada día con Sakura como una persona diferente. Nunca se quejó por disfrutarlo. Y yo creí que ella también lo estaba disfrutando. Pensé que pasaríamos toda nuestra vida juntos. Dicen que el amor es la respuesta a todos los problemas; pero también lo arruina todo.
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Sakura recibió el alta del hospital al día siguiente de haber sido ingresada en urgencias. Tras un par de días en casa, volvió al trabajo y aunque seguía siendo una gran profesional, ya no desprendía la misma alegría. Tras varios días de trabajo sin saber nada de Shaoran, un día, durante el descanso, había recibido un mensaje de Shaoran, diciéndole que iría a verla cuando saliera.
Cuando se despidió de todas sus compañeras, vio a un hombre plantado en la salida de la tienda. Su saludo le hizo saber que era Shaoran.
–¿Por qué no me has llamado antes? Iba a salir con mis amigas esta noche. –dijo Sakura.
–Necesito darte algo. –dijo Shaoran.
–¿Por qué hoy? –Shaoran sólo hizo un gesto con los hombros.
Finalmente, Sakura accedió y se dirigieron al taller de Shaoran, donde sobre un banco de trabajo había una silla que todavía estaba sin acabar.
–¿A esa silla no le falta una pareja? –preguntó Sakura.
–Sí, pero primero quería que la probaras para asegurarme de que se adapta a ti perfectamente. –dijo Shaoran cogiendo la silla para ponerla en el suelo. –Siéntate.
Sakura se sentó como si estuviera esperando el autobús.
–¿Te gusta?
–Por supuesto. –dijo Sakura.
Tras probar la silla, decidieron salir a dar un paseo.
–¿No es bonito? –preguntó Sakura mirando cómo caía la nieve mientras paseaban cogidos de la mano. –Hacía tiempo que no veía nevar. Pero es raro que no haga tanto frío. ¿Te apetece pasear un poco más?
–Sakura.
–¿Qué hacemos mañana? –preguntó Sakura.
–Romper.
–Qué mal. No era lo que tenía pensado. –dijo ella.
–Es lo mejor. Quiero que dejes la medicación. –dijo Shaoran ante una cabizbaja Sakura que sin haberse percatado, estaba frente a la puerta de su casa. –Entra. Hace frío.
Después la soltó de la mano y se marchó. Cuanto antes mejor, como cuando se arrancan las tiritas. Era lo más difícil que había hecho en su vida. A él mismo le había costado hacerse a la idea, pero tras mucho pensar, no veía solución. Su amor era imposible.
–Pero, Shaoran. –dijo Sakura mirando cómo se iba alejando.
Esa noche, Sakura se la pasó llorando. Sabía que Shaoran la amaba, pero lo hacía por su propio bien. No quería ser el culpable de que su amor le costara la salud.
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La vida continuaba y Sakura intentó seguir con su vida cotidiana.
Te siento a mi alrededor, pero no puedo decir nada. No estoy segura de qué hacer con este sentimiento. ¿Estoy aliviada?
Sakura llamó a Tomoyo para enseñarle lo que había recibido en su casa. Un par de días después de salir del hospital había decidido contarle a su amiga todo lo que había pasado, así como la condición de Shaoran. Al principio a Tomoyo le costó aceptarlo y todavía le parecía increíble, pero ante todo, Sakura era su mejor amiga y la iba a apoyar en todo. Además, Sakura jamás se habría podido inventar una historia como aquella. Y eso explicaba todas las fotos con personas diferentes que había visto.
Cuando Tomoyo llegó, Sakura la llevó hasta su habitación, donde encontró la silla que había probado en el taller de Shaoran, pero esta vez, sí estaba terminada.
–¿Y esto? –preguntó Tomoyo. Tomoyo fue a sentarse cuando vio la marca. –Ya entiendo. Los hombres van pero las cosas permanecen. ¿No me digas que te la ha hecho a medida? Porque probándola me lo parece.
Tomoyo se levantó y abrazó a su amiga, que no pudo contener más las lágrimas.
–Tomoyo, lo recuerdo todo. –dijo Sakura. –Recuerdo dónde fuimos, lo que comimos, pero no recuerdo su cara. No puedo.
Tomoyo se quedó esa noche con Sakura. Estaba claro que necesitaba su hombro y lloró hasta no poder más hasta que el sueño la venció.
Continuará…
