Capítulo 15
—Tsubomi!— gritó Shuuya corriendo tras ella, pero al bajar a la sala encontró la puerta que daba a la calle abierta.
—¿Qué pasó?— preguntó Kousuke, siendo el segundo en llegar —¿A dónde fue?
—Creo… Que salió— respondió el rubio dando un par de pasos fuera de la casa.
—¡¿A dónde vas, Shuuya?!— lo detuvo Ayano —Está anocheciendo, cierra la puerta.
—Pero… Tsubomi… Creo que salió, iré por ella …
—¡Nada de eso!— exclamó la mayor acercándose a él —Papá y mamá me dejaron a cargo de ustedes, no puedo dejar que salgas a esta hora y menos si ni siquiera sabes en qué lugar buscar.
—¡¿Qué hay de Tsubomi?!— exclamó viéndola con desesperación —Si salió de esa forma debió ser por algo importante…
—No lo sabemos, y supongo que regresará en un rato, pero tú te quedas en la casa.
—¿Y si no regresa?— preguntó observando fijamente el final de la calle —¿Qué tal si pasó algo malo? ¿Y si algo le sucede por andar sola?
—Estará bien— aseguró Ayano empujándolo suavemente hacia el interior de la casa —. Vamos, nuestros padres se molestarán si salimos…— le recordó cerrando la puerta una vez dentro.
—Ayano… Tsubomi también es tu hermana…
—Lo sé, pero con su poder no hay nada que pueda hacer— se excusó, sin embargo para ninguno de los dos hermanos pasó desapercibido el momento en que guardó la llave en su bolsillo —. Le abriré cuando regrese…
Shuuya y Kousuke se miraron preocupados, su hermana aún no aceptaba del todo a Tsubomi…
Corrió con todas sus fuerzas, siguiendo su instinto, reprimiendo aquellas lágrimas que luchaban por salir pese a no ser capaz de encontrar un motivo real para tal tristeza.
En esos momentos deseó estar loca, que ese terrible miedo que sentía fuera parte de sus alucinaciones, que como era de esperar no tuviese relación con la realidad.
Sin embargo aquel presentimiento la guió a través de un bosque que nunca había pisado con demasiada exactitud, no tardando más que unos cuarenta o cincuenta minutos en recorrer todo el camino desde la casa hasta la entrada de una caverna bastante oculta entre los árboles y la maleza.
No había dudas, ese era el lugar, la camioneta de sus padres estaba aparcada a unos metros. La noche había caído por completo, y en aquella penumbra tragó duro… Ese presentimiento era cada vez más fuerte… Más desesperante y doloroso…
Sin perder más tiempo se adentró en aquel lugar, y una vez dentro la oscuridad se volvió implacable. No era capaz de ver sus propias manos, manos con las que tanteó en la penumbra, logrando aferrarse a las rocas de una de las paredes y con esa guía caminar hacia delante.
Había vivido mucho tiempo en la oscuridad, sabía moverse en ella, pero aquella ausencia total de luz era atemorizante, sentía como si el mundo hubiera desaparecido, como si nada de lo que recordaba existiera realmente, como si las penumbras se hubieran tragado para siempre todo aquello que conocía…
En otro momento, aquello le habría parecido la cosa más terrorífica… Pero no tenía tiempo de centrarse en eso, necesitaba encontrar a sus padres, necesitaba, por algún motivo que su cerebro se negaba a mostrarle, sacarlos de allí. Y debía hacerlo pronto.
Caminó lo más rápido que ese piso irregular y la oscuridad absoluta le permitieron. En el momento en que divisó un leve halo de luz a lo lejos, la desesperación aumentó, y su paso rápido pero cauteloso se volvió una carrera…
Se detuvo a unos pasos de ambos, e intentó gritarles, advertirles, decirles que debían irse… Pero los nervios y la desesperación la traicionaron, y las palabras se negaron a salir…
—¡¿Ahh?!— exclamó Kenjirou entre sorprendido y algo asustado a toparse con aquella menuda figura cuando se giró y su linterna la iluminó.
—¿Qué sucede? ¡¿Encontraste algo?!— preguntó Ayaka apuntando su propia linterna en la misma dirección que su esposo —¿Quién es esa niña?
Ignoró el dolor en su pecho, aquella era la primer vez que su madre la veía, por supuesto no la reconocería y menos… Recordaría…
—Tú eres…— murmuró el hombre acercándose con cautela —Esa niña… La amiga de los niños…
—¿Amiga...?— preguntó Ayaka —¿Hablas de... Tsubomi?— volvió a preguntar teniendo problemas en recordar aquel nombre que sus hijos mencionaban cada tanto.
Las palabras seguían sin salir, tampoco se movía, como si fuera un conejito la enceguecedora luz de esas linternas la paralizaba.
—La misma— respondió Kenjirou, llegando a su lado y tomándola de un brazo, sólo aquello logró sacarla del trance —. ¡¿Qué haces aquí, niña?! ¡Este es un lugar muy peligroso!
—¡Sí!— asintió al hombre y miró a "su madre" con desesperación —¡Algo muy malo va a pasar! ¡Por favor salgan de aquí!— les suplicó.
—¿Algo malo?— preguntó Ayaka con claro desconcierto en su tono de voz.
Desde su posición sólo podía ver el enceguecedor destello de la linterna con que su madre le apuntaba, sentía deseos de cerrar sus ojos, pero se resistió y continuó su súplica, viendo hacia donde creía que se encontraban los ojos de la mujer.
—¡Ya pasó algo malo!— exclamó Kenjirou tirando de ella —¡Como si internarse en esta boca de lobo no fuera suficientemente complicado!— se quejó caminando hacia la salida mientras iluminaba el camino con su propia linterna.
—¡No!— chilló en pánico al sentirse alejada de su madre, de su oportunidad de salvarlos —¡No por favor, escúchenme! ¡Salgan de aquí! ¡Este lugar es malo! ¡No deberían estar aquí!
Pero a pesar de sus gritos y forcejeos, después de que sus padres intercambiaran unas palabras que ella no escuchó no tardó en ser arrastrada fuera.
—¡NO, MAMÁ!— gritó con todas sus fuerzas.
—¡Deja de llamar de esa forma a los adultos!— la regañó Kenjirou mientras la metía en el asiento trasero de la camioneta —¡Es molesto y puedes causarle problemas a las personas!
Tan acongojada se encontraba que no se dio cuenta de que el hombre estaba trancando todas las puertas del vehículo hasta que se él se internó en la cueva nuevamente.
—Tengo que encontrar la forma de que me escuchen— murmuró sollozando, mientras intentaba salir del coche —. ¡No abre!— chilló forcejeando inútilmente con la puerta.
Probó la otra puerta con el mismo resultado, observó a su alrededor, todas las ventanas estaban herméticamente cerradas.
Se desesperó, debía salir… Debía regresar con ellos… Debía evitarlo…
Evitar qué cosa, era algo que no tenía del todo claro, sólo sabía que si pasaban más tiempo en esa cueva algo muy malo pasaría. Algo que no podía permitir…
Se pasó a los asientos delanteros y probó esas puertas, pero también estaban cerradas, intentó abrirlas por la fuerza, incluso probó golpear su cuerpo contra el parabrisas hasta que el dolor en el hombro que chocó una y otra vez contra el cristal le quitó gran parte de sus fuerzas.
¡Necesitaba salir de allí!
Desesperada buscó por todos lados, en la guantera, el piso, bajo los asientos, hasta que finalmente encontró una muy bien escondida llave inglesa. Sus ojos se iluminaron al ver la herramienta, y sin perder tiempo la tomó.
En ese momento, en la oscuridad y silencio de la noche, un fuerte sonido la paralizó…
Provenía de aquella cueva, no había duda… En ese lugar, ese donde sus padres estaban… Algo se estaba derrumbado.
—¡NOOO!— gritó rompiendo finalmente una de las ventanas con la llave.
Se trepó a esa salida que acababa de fabricar sin importarle que algunos cristales se clavaran en su cuerpo, tampoco le importó caer sobre los que estaban desperdigados por el pasto, ignorando el dolor, y probablemente el sentido común, corrió hacia el interior de esa cueva, con el suelo aún temblando levemente bajo sus pies.
Corrió en la oscuridad, sintiendo cómo poco a poco el temblor amainaba, pero aún así algunas rocas continuaban cayendo, golpeando su cabeza y cuerpo, era doloroso y agotador… Pero ninguna sensación física podía doler más que su alma…
Algo estaba pasando, algo que cambiaría las cosas para siempre, algo que debió poder evitar…
Algo que estaba escrito, algo que había sucedido antes… Algo que volvía a suceder ahora…
Algo que sabía, pero no recordó hasta el último momento… Hasta que fue demasiado tarde.
Se detuvo frente a una pared que antes no estaba ahí, al parecer el desprendimiento fue tan grande que a través del techo, o lo que de él quedaba en pie, se colaba la luz de la luna, permitiéndole ver claramente la montaña de rocas frente a ella…
No sólo eso…
—¡PAPÁ!— gritó aterrorizada observando el cuerpo de Kenjirou enterrado en aquel infierno. Estaba atrapado del torso hacia abajo, así que sin detenerse a pensarlo corrió a auxiliarlo.
Tiró de él con todas sus fuerzas, pero él no se movía un milímetro, así que en un acto de desesperación y tal vez estupidez, se dio a la tarea de con sus manos desnudas apartar las rocas que lo inmovilizaban.
Usó todas sus fuerzas para apartar aquellos cascotes de piedra, los más pequeños que lastimaban sus manos, los más grandes que provocaban que sus brazos ardieran. Cada roca que movía, aunque levemente, arrojaba más sobre ella y su padre, pero eso no la detuvo, debía salvarlos, aquel pensamiento era el único en su mente.
Cuando finalmente logró arrastrar el cuerpo de Kenjirou, alejándolo unos centímetros de aquel infierno, y girarlo se topó frente a frente con el rostro de la muerte.
—¡PAPÁ! ¡PAPÁ POR FAVOR!— chilló sacudiéndolo y golpeando su pecho, pero aquello era inútil… El hombre estaba muerto, lo sabía, pero aceptarlo era otra historia.
Mientras continuaba con su torpe intento de reanimación, un destello fugaz llamó su atención. Al permitirse mirar en esa dirección por un segundo, se encontró con una mano, luciendo aquel anillo cuyo brillo llamó su atención.
El poco aliento que le quedaba se fue en un grito herido al percatarse de lo que sucedía…
Dejó el cuerpo de su padre y corrió en esa dirección, su madre… Su mamá…
Lo único que se veía de ella era su mano izquierda, que lucía esa alianza que tanto significaba para ella.
Intentó desenterrarla, pese a saber que era imposible que alguien sobreviviera a aquello, pero sus intentos pronto dejaron de tener sentido, cuando fue testigo de cómo aquella mano comenzaba a desaparecer frente a sus ojos.
—¡MAMÁ NOOO!— gritó tomando su mano, el primer y último contacto físico que tendría con su madre —¡NO TE VAYAS! ¡POR FAVOR NO!— suplicó, pero aquello fue en vano… En cuestión de segundos, lo único en sus manos era aquel anillo dorado.
La había perdido…
Dio un par de pasos temblorosos hacia atrás y cayó sentada, abrazada a sus piernas, apretando aquel anillo con su mano derecha.
Lloró… Hacía mucho que no lloraba de esa forma… Un año exactamente…
Perdió por completo la noción del tiempo, y no tomó consciencia de la realidad hasta que los primeros rayos de sol golpearon sus ojos, observó ausente a un grupo de policías que recorrían la zona a su alrededor ignorando por completo su presencia.
Había llorado en soledad todo ese tiempo, acurrucada a un lado del cadáver de su padre, o lo que ella creía que era un cadáver, ya que no tardó en quedarse viendo ausentemente como éste se desplazaba por la zona como un muerto en vida, respondiendo con monólogos las preguntas de los policías.
Sin sus gafas, con su ropa y cuerpo aparentemente destrozados, y sus ojos cansados y llorosos, verlo daba pena, pero estaba vivo…
Sabía que debía sentir algo parecido a alegría por saber que su padre, al menos él, había sobrevivido. Sin embargo no sentía nada parecido, no fue gracias a ella que él sobrevivió, todo sucedió nuevamente, de la misma forma, su existencia no sirvió, no valió de nada…
Con aquella idea recurrente en su mente, el tiempo volvió a perder sentido. Debieron pasar más de diez horas, antes que fuera capaz de ponerse de pie, y encaminarse lentamente hacia el exterior de esa cueva ahora vacía.
Sus ojos continuaban destellando en un intenso rojo que le permitió atravesar la ciudad sin llamar la atención. Su cuerpo, adolorido, cansado y falto de alimento se movía por mera inercia, y su cerebro agotado después de tantas horas dándole vueltas al asunto, simplemente se negaba a funcionar.
Fue así como a pesar de todo el daño que sentía que le causó a su familia al no poder evitar la tragedia, siendo ella la única persona en el mundo que podría, regresó a su hogar.
Lo único capaz de sacarla de aquel trance, fue encontrar a su hermano sentado en el escalón de la puerta principal. Se detuvo a unos metros observándolo desconcertada, claramente usaba su máscara, y aún así se veía tremendamente acongojado.
—T-Tsubomi…— murmuró él levantándose, y dando los cinco pasos necesarios para llegar a ella.
Sus propios poderes continuaban activos, no había forma de que los controlara, y aún así, en esos momentos tan duros, él logró verla.
—Estás bien…— lo escuchó murmurar mientras era abrazada —Al menos tú… Lo estás…— fue la última cosa coherente que le escuchó decir en todo el día, después de eso su hermano estalló en llanto en su hombro, y ella ya no fue capaz de soportarlo…
Se aferró a él con la misma intensidad y necesidad, y ambos lloraron a la par…
Después de ese día, las cosas no volverían a ser iguales…
Continuará.
Sé que me he tardado demasiado, no los culpo por odiarme… El problema es que tengo unas semanas bastante atareadas y al menos hasta que me vuelva a acostumbrar llego agotada a casa, así que sólo puedo escribir los viernes y domingos. Espero aún así poder mantener un ritmo más o menos constante de publicación… Espero.
A mis problemas de tiempo se sumó que este era un capítulo complejo de escribir, como saben me llevo mejor con los diálogos, soy un bicho de acción… Sin embargo este tipo de escenas son necesarias y deben quedar lo mejor posible.
Muchísimas gracias por leer y comentar, a continuación paso a responder los comentarios del capítulo anterior.
Yin-princesa-del-olvido: Gracias por tu comentario, espero que te haya gustado el descenlace. Besos.
Jeffy Iha: Efectivamente, Ayano sabe en lo que terminarán sus hermanitos si los deja dormir juntos, pero de todas formas ellos hacen sus escapadas… Ohh… ¡viste el cameo! *se oculta*. Con el asunto de Seto, el niño tiene otra personalidad y en esta situación es necesario que la historia cambiara un poco. Y sí… como ya habrás leído, se está yendo a la m*****. Me alegra que te haya gustado el capítulo anterior y espero que este también, hasta la próxima. Besos~
Espero que hayan disfrutado de leer este capítulo tanto como yo disfruté (y sufrí escribirlo).
Hasta la próxima.
Trekumy.
