Capítulo 26

Se levantó un poco más temprano que de costumbre, había dormido bastante bien y luego de vestirse para el trabajo se dirigió a la cocina a preparar su desayuno.

–Ahh… cierto…– comentó al verla allí cocinando, se sintió estúpido por haberla olvidado, al parecer aún no terminaba de despertar –Buenos días.

–Buenos días– respondió ella –, en un momento te sirvo el desayuno.

–Gracias– se sentó a la mesa y la observó mientras terminaba, era como si conociera esa cocina desde siempre.

A esta altura no dudaba de su historia, pero eso no lo hacía menos sorprendente.

Volvió a agradecer cuando Tsubomi le sirvió su desayuno –¿Escuchaste a Kano cuando volvió del trabajo anoche?– preguntó, ella dormía en el sofá de la sala, no sería raro que lo hubiera visto entrar.

–Sí, regresó a la una y veintisiete minutos de la madrugada–respondió mientras cerraba la vianda con el almuerzo de su hermano –. Aparentemente sin nuevas heridas de gravedad, tal vez un par de raspones… No llegué a ver bien en la penumbra–completó su reporte.

Levantó una ceja –Qué… específico– comentó reprimiendo una risa –. Así que lo esperaste despierta.

–Por supuesto– asintió ofuscada –. ¡Ese tonto se me escapó anoche!–exclamó –Si no regresaba a las dos iba a ir por él, comenzaría por las pizzerías, pero seguiría por hospitales, comisarías, y luego…– enumeraba con sus dedos.

–Creo que estás exagerando– comentó divertido –. Kano puede cuidarse, siempre se ha movido en la noche con mucha soltura.

Frunció el ceño –No exagero, tú no viste las heridas en su cuerpo, una mala caída de una de esas cosas podría herirlo de gravedad… o algo peor.

Exhaló –Es un trabajo, y como tal debe acostumbrarse a él, con el tiempo aprenderá, algún rasguño al principio es normal.

–¡¿Cómo va a ser eso ni medianamente normal?!–exclamó comenzando a molestarse por la actitud de su hermano –¡¿Y si se hiere de gravedad?!

Se levantó de la mesa ya agotado, no estaba acostumbrado a aquel tipo de resistencia –Tengo que irme a trabajar, agradezco que cuides de Kano, pero no lo mortifiques más, él está esforzándose por tenerte aquí, lo único que necesita en estos momentos es apoyo– ella intentó replicar pero él continuó –. Y no quiero volver a escuchar que piensas en salir a buscarlo de madrugada, este barrio es muy peligroso, Kano sabe lo que hace.

–Pero…

–Nada de peros, si piensas vivir en esta casa debes aprender a respetar una orden del líder– sentenció girando para irse, debía salir pronto si quería llegar a tiempo al trabajo.

–… Toma– la escuchó murmurar, volvió a verla con curiosidad, y tomó casi por reflejo la vianda que ella le entregaba –. Tu almuerzo, que tengas un buen día–le deseó regresando a la cocina, esta vez para limpiarla sin más réplicas.

–Gracias– respondió algo desconcertado, no estaba acostumbrado a llevar comida al trabajo, algunas veces un compañero se apiadaba de su pobre estómago, pero había aprendido a pasar el día con sólo dos comidas.

Se marchó sintiéndose un poco culpable por haber sido tan brusco, no era su estilo, pero tampoco quería más conflictos en su familia, ella había vuelto finalmente y esperaba que pasaran al menos una temporada de paz.


–Levanta los pies– ordenó mientras pasaba el trapeador por el piso de la sala.

–¡Ohh… vamos Tsubomi! ¡Acepta por favoor!– le suplicó obedeciendo.

–Ya te dije que no, deja de insistir– fue su respuesta sin detenerse a verlo.

–Pero no te traje aquí para que durmieras en un sofá– volvió a argumentar, desde que despertó no había dejado ese tema –. Sólo te pido que duermas en mi cama por un tiempo, hasta que consiga lo suficiente para acondicionar la habitación vacía para ti.

Se detuvo –Shuuya… Ya déjalo– le pidió agotada –. Sabes perfectamente que un sofá ya es un lujo para mí– él intentó responder pero ella siguió hablando –. Tú estás trabajando, necesitas un buen descanso. Así estamos bien.

–¡No lo estamos! ¡Desde que llegaste no haces más que trabajar para nosotros! Limpias, cocinas, haces las compras, lavas la ropa… ¡Hasta te encontré levantando ese armario que pesa más que tú y yo juntos para barrer debajo! ¡Y no tienes ni un lugar digno donde descansar!

–¡Como la cenicienta!– exclamó Mary levantando la mirada de su libro –¿Kano sería algo así como el hada madrina…?– murmuró pensativa.

–¿Qué…? ¡No el hada madrina no!– negó él –Yo sería otro personaje– aseguró dirigiéndose a Mary.

Ella lo miró fijamente considerándolo unos segundos –Ahh claro …– asintió –¡Eres una de las hermanastras!

–¡Que no! ¡El otro personaje! – aclaró gestualizando demasiado en un intento por que Mary lo entendiera.

Exhaló aliviada, y agradeciendo la distracción se escabulló a la cocina, debía comenzar con la cena o no estaría lista para cuando Seto llegara. Shuuya jamás comprendería que las camas estaban sobrevaloradas, después de meses durmiendo en la calle, cualquier trozo de tela medianamente cálido sobre el que recostarse era más que suficiente para ella.

Sin contar el pequeño detalle de que dormir en la sala le permitía vigilar el estado en que él llegaba, no era como si en esa realidad su hermano abusara de su máscara, no tanto como el Shuuya que recordaba de esa otra vida. Pero ya había ocultado sus heridas hacía un par de días, debía estar atenta, o él se convertiría en el cúmulo de mentiras que recordaba.


Se dirigió a su trabajo nocturno con renovadas energías, tenerla en su casa, nuevamente con él era casi todo lo que necesitaba en la vida… Trabajaría duro, para poder ofrecerle una habitación para ella sola, una mullida cama, un armario, ropa linda y cualquier cosa que necesitara. Sabía perfectamente los años que había pasado sin absolutamente nada propio, él haría que eso cambiara costara lo que costara.

Tan ensimismado iba en sus pensamientos que no se percató de aquella persona hasta chocar con ella.

–¡Tú!– exclamó viéndolo con molestia –¡Dime dónde tienes a mi hermana!

–No puedo hacer eso…– murmuró Haruka con su usual calma –Pero te traje lo que prometí– diciendo eso sacó de su bolsillo un celular.

–¡Espero que ella esté bien! Porque sino…– amenazó cerrando sus puños con ira mal contenida.

–Escucha…– le indicó el chico delante de él ignorando por completo sus amenazas.

Entonces se reprodujo aquella voz.

Esa voz que lo abandonó hacía seis largos meses…

Esa voz que creyó no volver a escuchar jamás.

–¡Kano!– se la escuchaba mortificada –¡Por favor Kano… necesito que me ayudes…!– le suplicó –Ese monstruo… dice que me matará… si no haces lo que te ordene– lloraba desconsolada –. No quiero morir…– Y después silencio, el mensaje había terminado.

Era su voz… No había duda de ello… Entonces era verdad, ella no estaba muerta…

Pero sufría, sufría de una forma inimaginable.

Tardó unos segundos en procesar aquello antes de mirar con fiereza al monstruo delante de él, así lo había llamado ella y no se equivocaba en lo más mínimo.

–¡¿DÓNDE LA TIENES MALDITO?!– gritó abalanzándose sobre ese demonio –¡¿POR QUÉ LE HACES ESTO?! ¡DEVUÉLVEMELA!– ordenó golpeándolo y pateándolo con todas sus fuerzas.

–Debo irme– anunció sin inmutarse por las agresiones del rubio –, pero te buscaré en unos días con algún encargo.

Dicho esto, se marchó corriendo a una velocidad inhumana.

Cayó de cara por el mismo impulso de sus golpes ahora hacia el aire –¡REGRESA DESGRACIADO!–gritó a la nada misma.

Gruesas lágrimas caían por su rostro, su respiración agitada sin poder incorporarse siquiera, aquello que escuchó había acabado por completo con su temple.

Muy lejos había quedado su buen humor de hacía apenas unos minutos, ahora odiaba el maldito mundo que se empeñaba en hacer sufrir a las buenas personas a su alrededor.

Ayano estaba sufriendo, no había duda de ello, estaba atrapada, aterrorizada y temiendo por su vida. En esos momentos no era capaz de racionalizar si aquello era mejor o no que la muerte, su cerebro simplemente había dejado de funcionar en el momento en que escuchó esas escasas pero sentidas palabras.

Debió pasar alrededor de una hora antes de ser capaz de levantarse y retomar su camino, no se había calmado, pero simplemente ya no tenía energías para seguir desplegando su ira y desesperación. Llegó a la pizzería por mera inercia, el regaño se le hizo lejano y esa noche trabajó casi en piloto automático.

Cayó varias veces de la motocicleta y casi se estrella contra una columna, pero aquello tampoco le importó.

Sólo existía Ayano en esos momentos, no había nada más que ella en su mente.

Al regresar se dirigió directo a su habitación, necesitaba volver a ver la bufanda de su hermana, por alguna razón sentía que solamente ese preciado memento sería capaz de devolverle algo de cordura, sin embargo alguien se lo impidió.

–¡Volviste a lastimarte!– exclamó ella saliendo de algún sitio –Y tu rostro…– murmuró preocupada, debía verse terrible, ni siquiera había intentado activar su máscara –Shuuya… ¿Qué pasó…?– preguntó acariciando su rostro asustada.

–¡Déjame!– exclamó alejando su cálida mano con brusquedad –Voy a mi habitación, no molestes– ordenó, viéndola con tal furia que ni la penumbra era capaz de cubrir.

Se largó dando un portazo y cerrando con llave.

El resto de la noche lloró abrazando ese trozo de tela rojo, aquella herida que nunca había llegado a sanar estaba abierta y palpitante nuevamente.


–Creo… que no debí regresar…– murmuró ella de pie frente a la ruinosa puerta que en esos momentos parecía un muro infranqueable.

Pasó la noche entera frente a esa puerta, escuchando el llanto de su hermano, e intentando entender algo de lo que estaba pasando, pero pese a sus esfuerzos no lo consiguió.

Shuuya sufría, sufría de una forma que nunca esperó, casi comparable a cuando Ayaka murió. Sin embargo, incluso en esa época él nunca la había alejado de su lado.

Dolía demasiado no poder acompañarlo, no poder abrazarlo, no poder siquiera sentarse a su lado en silencio.

Antes del amanecer cuando Seto se levantó encontró en la cocina su desayuno aún caliente y la vianda con su almuerzo. Pero ella no estaba por ningún lado.

Su hermano no tenía un pelo de tonto, así que antes de disponerse a desayunar la buscó y luego de varios minutos sin encontrarla activó sus ojos para leer sus pensamientos, así pudo descubrir su penoso escondite, en una oscura esquina de la sala.

–Anoche escuché ruidos… Supongo que pelearon…– dedujo luego de colocar una mano en su hombro y verla hecha bolita con lágrimas bajando por sus mejillas.

Negó, no podía llamarse pelea aquello.

–Si no quieres decirlo está bien, no me entrometeré en sus asuntos–Kousuke se incorporó rompiendo el contacto y por lo tanto ella desapareció instantáneamente –. Pero intenta hacer las paces, no tiene sentido que estés aquí si no hacen más que discutir.

No respondió, no sabía qué pensar… Se sentía una estúpida, desde que despertó esa trágica noche no había hecho más que luchar por estar a su lado, ¿para qué?... Si sólo logró molestarlos, acabando con la tranquilidad de sus vidas, generando conflictos entre ellos, y ni siquiera había sido capaz de evitar alguna de las tragedias que torturaron a esa familia.

Egoísta… Se le antojaba la palabra perfecta con la cual describirse.


Se durmió pasado el amanecer agotado de tanto llorar, al levantarse su cabeza aún era un lío, pero desahogarse durante horas lo había calmado bastante.

Salió de su habitación y se dirigió a la cocina, era bastante tarde, Tsubomi iba a enfadarse por hacerla recalentar el almuerzo.

–Tsubomi…– se detuvo a mitad de la sala recordando los eventos de la madrugada –¿Qué demonios… hice?

Continuará.