18 de junio de 1996
Nymphadora Tonks se dirigía a toda velocidad hacia el Departamento de Misterios. Justo delante de ella, Sirius Black, Remus Lupin y Kingsley Shacklebolt habían atravesado la puerta para encontrar a Harry y sus amigos. Fuertes golpes, gritos frenéticos y destellos de luz consumieron la visión de Tonks. Tonks, vigorizada por la adrenalina, se apresuró a entrar y encontró a Hermione Granger inconsciente en el suelo, rodeada por Ginny Weasley y una chica de largo cabello rubio cenizo.
—¡Tonks! —gritó Ginny—. ¡Por favor, ayúdanos!
Tonks enseguida se arrodilló junto al frágil cuerpo de Hermione, lanzó algunos hechizos de diagnóstico rápido y luego murmuró hechizos de curación.
—Ginny, he hecho todo lo posible para frenar la maldición —dijo Tonks—. Hermione necesita ir a San Mungo lo antes posible. ¿Ron está aquí para ayudar?
—Está teniendo problemas con unos cerebros, creo —respondió Ginny—. Luna y yo deberíamos poder arreglárnoslas con Hermione por ahora.
—Ayudaré a Ron y luego a Harry —prometió Tonks.
Varios estrépitos llamaron la atención de Tonks, y corrió hacia lo que pensó que era la Sala de las Profecías.
En cambio, Tonks se encontró corriendo a la habitación frente a ella. Era la Cámara del Tiempo, y casi todos los giratiempos habían sido destruidos. Piezas relucientes y afiladas de relojes de arena estaban esparcidas por toda la habitación y, en su prisa, Tonks tropezó, cayendo de cara a un montón de arena del tiempo, y su visión se volvió negra.
5 de noviembre de 1971
Los párpados de Tonks se agitaron. Luces suaves brillaron en su periferia. Tonks abrió los ojos. Aunque su visión todavía estaba borrosa, pudo distinguir una figura vestida de verde lima a unos metros de donde yacía. Le dolía la cabeza y se frotó los ojos para tratar de aclarar su visión. Mechones sueltos de cabello castaño rojizo le hicieron cosquillas en el cuello.
Debo estar en San Mungo, pensó. ¿Qué pasó? ¡La batalla!
—Es bueno verla despierta —dijo una voz suave.
—¿Qué pasó? ¿Están todos bien? ¿Dónde está Harry? ¿Hermione está bien? —soltó Tonks.
—¿Harry? ¿Hermione? —preguntó la suave voz.
—¡Los chicos! ¿Están bien? —exigió Tonks.
Su visión al fin estaba regresando, y emparejó la voz con la figura en verde lima, un sanador.
—No estoy seguro de a quién se refiere, señorita —explicó el sanador—. Los inefables la encontraron sola e inconsciente en la Cámara del Tiempo.
—¿Sola? —gritó Tonks—. ¿No había nadie más?
El sanador negó con la cabeza.
—Soy el sanador Morgan, por cierto —continuó—. ¿Puedo preguntarle su nombre?
—¿Mi nombre? —preguntó Tonks—. ¿No pudiste identificarme con mi varita?
—No, señorita —respondió Morgan—. Su varita parece no estar registrada. ¿Es usted una aurora?
—Sí, soy la aurora Nymphadora Tonks —contestó Tonks, estremeciéndose un poco al escuchar su nombre de pila—. Califiqué el año pasado. Entrené con Alastor Moody. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Estuvo inconsciente durante unas 12 horas, señorita Tonks —explicó Morgan—. Llegó hace 12 horas desde el Ministerio.
El sanador pareció pensativo.
—Su título explica las túnicas de auror con las que llegó, pero nadie en la Oficina de los Aurores pudo identificarla, a pesar de que la encontraron en el Ministerio.
—¿Ni siquiera Ojoloco? —preguntó Tonks.
Morgan la miró con curiosidad.
—No hay nadie llamado Ojoloco en la Oficina de Aurores, señorita Tonks.
—Me refiero a Moody, Alastor Moody —dijo Tonks, exasperada—. ¿No pudo identificarme?
El sanador Morgan negó con la cabeza.
—No, señorita Tonks —respondió—. El auror Moody no la reconoció. Ha estado esperando que se despierte para hacerle algunas preguntas —explicó—. Moody insistió en quedarse —hizo una mueca.
—Suena como Moody —reflexionó Tonks, con una sonrisa en el rostro—. Déjalo entrar. Será bueno ver una cara familiar.
El sanador Morgan asintió y salió de la habitación. Unos minutos después, Alastor Moody entró cojeando en la habitación y miró a Tonks.
La mandíbula de Tonks cayó. Su mentor no se parecía en nada a lo que recordaba. Su nariz estaba entera. Sus dos ojos redondos coincidían; era desconcertante verlo sin su ojo mágico. Incluso sus piernas eran humanas y estaban casi ilesas, salvo por la cojera. También parecía décadas más joven. Algo se sentía muy mal con este Moody. ¿Será un impostor? Había sucedido una vez en el año pasado, sin duda podría volver a suceder.
—¡Moody! —exclamó Tonks—. Antes de que hables, ¿cuál era mi color de pelo cuando me conociste?
—Nunca nos hemos conocido, muchacha —gruñó Moody.
—Los mortífagos se están volviendo más tontos —escupió Tonks—. Son incapaces de responder preguntas básicas bajo multijugos. Vete.
Tonks miró al obvio impostor, levantándose de su cama y tratando de luchar contra un ataque de vértigo. Tomó su varita de la mesita de noche y apuntó al impostor. Se reprendió por olvidarse de agarrarla de antemano.
—¿Qué sabe acerca de los mortífagos, señorita…? —preguntó Moody con una mirada curiosa en sus ojos y estudiándola mientras Tonks se sentaba en la camilla.
La mano de Moody se movió hacia su varita.
—Tonks —respondió Tonks, rodando los ojos—. En serio, ustedes son más tontos de lo que recuerdo. Pensé que te había dicho que te marcharas —miró al impostor con el ceño fruncido, apuntándolo con su varita.
—Señorita Tonks —gruñó Moody—, no soy un mortífago y en verdad me preocupa que sepa sobre ellos.
Tonks no sabía cómo responder a eso.
—¿Dónde está Dumbledore? Necesito hablar con él —exigió Tonks.
Si alguien puede ayudar es él, pensó. Ningún mortífago se le acercará.
—¿Necesita hablar con Dumbledore? —cuestionó Moody.
Tonks lo miró.
—Si puedes traerlo aquí, me ayudaría a identificarte —dijo—. Mándale un patronus —continuó.
Moody murmuró el encantamiento patronus y envió la luz fuera de la habitación. Era incorpóreo, pero por completo capaz de enviar un mensaje, tal como ella esperaba. Pocos mortífagos podrían siquiera conjurar un patronus, razonó, y mucho menos conseguir que uno incorpóreo entregará un mensaje.
Tonks bajó un poco su varita y exhaló un pequeño suspiro de alivio. Un patronus fénix entró en la habitación, anunciando la inminente llegada de Dumbledore. Tonks bajó su varita por completo y se sentó en la cama, aliviada.
—¿Por qué bajaste tu varita, muchacha? —ladró Moody—. ¿Has eliminado tus sospechas?
—Puede que no te veas como el Moody que conozco, pero por tu patronus y la respuesta de Dumbledore, sé que no eres un mortífago —respondió Tonks con calma—. Los conozco a ambos lo suficiente.
La pensativa mirada de Moody se posó en Tonks. La mirada curiosa estaba de vuelta en sus ojos, todavía poniéndola nerviosa de que ambas coincidieran. ¿Qué está pasando? ¿Por qué Moody no puede recordarme?
Tonks escuchó un clic en la puerta y Albus Dumbledore cruzó el umbral hacia Tonks y el inusual Moody. Tonks miró con curiosidad al director; él tampoco le parecía del todo normal. Su cabello era menos blanco y más gris y castaño rojizo; su barba no era tan larga como ella la recordaba. Su túnica era azul medianoche y sus ojos aún brillaban en su azul eléctrico. También parecía más joven.
—¿Saludos, señorita…? —comenzó Dumbledore.
La mandíbula de Tonks cayó. Dumbledore tampoco podía recordarla.
—Tonks, profesor —respondió Tonks—. ¿N-No me recuerda?
Dumbledore negó con la cabeza.
—¿Es usted pariente del señor Edward Tonks? —preguntó con gentileza—. Se casó hace poco.
—Él es mi papá —dijo Tonks—. Mi mamá es Andrómeda. Su apellido de soltera era Black. ¿Los conoce?
Dumbledore asintió.
—¿Pero no me conoce? —reiteró Tonks.
Dumbledore volvió a negar con la cabeza.
Tonks estaba comenzando a entrar en pánico. Ni Dumbledore ni Moody podían recordarla. ¿Qué pasó en el Departamento de Misterios? ¿Dónde están todos? La Cámara del Tiempo… no. No. No puede ser.
Tonks respiró hondo.
—¿Qué día es hoy? —se aventuró Tonks.
—5 de noviembre, señorita Tonks —respondió Dumbledore—. ¿También puede conocerlo como la Noche de las Hogueras o la Noche de Guy Fawkes? Llamé a mi adorable fénix en su honor.
—Es mi cumpleaños —susurró Tonks—. Hoy es mi cumpleaños.
Dumbledore sonrió.
—¡Muchas felicidades, señorita Tonks! ¿Puedo preguntar cuántos años está celebrando hoy?
—N-No estoy segura —confesó Tonks—. Debo haberme lesionado… algo anda mal, profesor. Ayer no fue el 4 de noviembre para mí. Ayer fue 17 de junio. El sanador Morgan dijo que estuve inconsciente 12 horas —jugueteó con un hilo suelto de su raída bata de hospital.
—¿Puedo hacerle al sanador Morgan algunas preguntas sobre su llegada, señorita Tonks? —preguntó Dumbledore con gentileza.
Tonks asintió y Dumbledore salió de la habitación.
—Tú también puedes ir, Moody —dijo Tonks—. Estoy segura de que también tienes curiosidad.
—No la dejaré sola, señorita —gruñó Moody—. Usted no está en condiciones de estar sola.
Tonks tenía ganas de hacer pucheros, pero su preocupación por el cambio de fecha, junto con el hecho de que nadie la reconociera, abrumaba sus sentidos. Lo último que recordaba era la Cámara del Tiempo. Todos los giratiempos habían sido destruidos, ¿no?
Justo cuando Tonks sintió que el pánico la invadía de nuevo, Dumbledore regresó a la habitación. Tonks tuvo dificultades para leer su expresión facial, ¿era preocupación? ¿Curiosidad?
—Señorita Tonks, ¿cuál es la fecha de su nacimiento? —preguntó Dumbledore.
—El 5 de noviembre de 1971, señor —respondió Tonks.
Dumbledore y Moody se miraron el uno al otro, cada uno con expresión grave. Dumbledore tiró de su barba corta, luciendo contemplativo de nuevo.
—Es hoy, ¿no? —chilló Tonks—. Es el 5 de noviembre de 1971 —miró tanto a Dumbledore como Moody, y cada uno asintió.
Harry aún no nace. Hermione aún nace. Ron, Ginny, la chica llamada Luna… ¡Remus está vivo! ¡Sirius está vivo! Le dolió el corazón al recordar a los dos hombres. Si es 1971, apenas tienen 12 años.
—¿Alguno de ustedes puede ir por el sanador Morgan? —preguntó Tonks—. Necesito saber algo.
Moody salió de la habitación gruñendo bajo en el oído de Dumbledore al salir, dejando a Tonks con el director.
—¿Sabe lo que le sucedió, señorita Tonks? —inquirió Dumbledore.
—Tengo una suposición —murmuró Tonks—. Estuve en una… batalla… en el Departamento de Misterios. Me tropecé en la Cámara del Tiempo y no sé qué pasó después de eso. Estoy aquí ahora. Debe haber habido un accidente —dijo sin convicción.
—Esa es mi sospecha también, señorita Tonks —respondió Dumbledore—. Intentaré ayudarla en todo lo que pueda, pero necesitaré más tiempo. ¿Puedo preguntarle de qué tiempo es?
—1996, señor —respondió Tonks.
La frente de Dumbledore se arrugó.
—Esto debe ser muy preocupante para usted, señorita Tonks. Moody mencionó que usted sabía lo que eran los mortífagos. ¿Todavía son un problema en su tiempo?
Tonks asintió.
—Lo son, pero creo que son diferentes a los de ahora. Pasaron muchas cosas —finalizó.
Dumbledore contempló esto una vez más.
—¿Era usted una aurora en su época? —preguntó Dumbledore—. ¿Entrenada por Alastor?
—Sí, señor —respondió Tonks—. Fui la última aurora que entrenó personalmente —declaró con orgullo.
Moody no podría conocerme ahora, pero me conocerá un día.
—Moody mencionó al salir que estaba impresionado con usted —dijo Dumbledore. Sus ojos brillaron hacia ella y el corazón de Tonks saltó ante el elogio.
La puerta volvió a hacer clic y Moody regresó cojeando a la habitación, seguido del sanador Morgan.
—¿Quería verme, señorita Tonks? —preguntó Morgan.
—¿Estoy lo suficiente bien para irme? —preguntó Tonks.
Aunque no tenía adónde ir en 1971, necesitaba regresar al Departamento de Misterios. ¿Quizás los inefables tengan una solución para devolverla a su tiempo?
—No, señorita Tonks —respondió Morgan—. Estuvo inconsciente durante 12 horas. Nos gustaría retenerla al menos una noche más antes de que podamos darla de alta.
Tonks frunció el ceño.
—¿Puedo salir a caminar? —preguntó Tonks—. No me gusta quedarme quieta por mucho tiempo, si no es necesario.
—Una vez que coma algo —respondió el sanador—. El auror Moody me dijo que usted estaba lista para hechizarlo a su llegada, así que creo que podemos organizar un paseo por los pasillos, dada su aparente fuerza —le sonrió.
Tonks sonrió en respuesta.
—Señorita Tonks, puede que sea mejor para usted quedarse esta noche —comentó Dumbledore—. Permítame usar el tiempo para determinar una solución a su asunto. ¿Puedo visitarla mañana por la tarde? —preguntó.
—Por supuesto, profesor —respondió Tonks—. Estoy agradecida de cualquier ayuda que pueda obtener.
—Excelente —dijo Dumbledore—. Espero verla mañana —se volvió hacia Moody, quien gruñó un adiós a Tonks.
—Volveré enseguida con algo de comida para usted, señorita Tonks —aseguró Morgan—. Una vez que coma, podemos ver qué tan estable es de pie —le sonrió con calidez y salió de la habitación.
—¿Qué hora es? —preguntó Tonks.
Acababa de terminar de comer la comida apenas comestible del hospital y estaba lista para explorar San Mungo.
—Son alrededor de las 8 de la noche —respondió Morgan—. La sanadora Stuart la cuidará durante la noche. Si necesita algo, con gusto la ayudará. Ya le he informado que es posible que usted esté deambulando por los pasillos, pero esperamos que regrese a su habitación a las 9 en punto para sus pociones de la noche —miró a Tonks con severidad—. No se exceda, señorita Tonks.
Tonks rodó los ojos. Odiaba que la mimaran, pero considerando que su último recorrido a pie la hizo retroceder 24 años, se sintió apaciguada por la decisión de los sanadores de mantener restringidas sus horas de caminata por la noche.
Tonks se levantó de la cama del hospital y se envolvió en la bata del hospital. Los pensamientos corrían por su mente antes de su paseo. Es mi cumpleaños. El día que nací. Estoy en… ¡Por la barba de Merlín! ¡Mis padres deben estar aquí!
De repente, el deseo de ir a caminar se volvió muy urgente. Se arregló rápido y salió de su habitación. Los pasillos eran silenciosos. Caminó hacia los ascensores, mirando la guía de las distintas salas del hospital. Escaneando la guía, entró en el ascensor y apretó el botón. Podía sentir su corazón latiendo con fuerza en su pecho.
El ascensor se detuvo y la dejó salir a la sala. Delicados murales adornaban las paredes. Los colores eran suaves, con varios animales mágicos saludándola con alegría en las pinturas. Deambuló por el pasillo contemplando la dulce belleza de las escenas hasta que sintió que chocaba con algo sólido.
Una voz jovial rompió su ensoñación.
—¡Discúlpeme, señorita!
Tonks miró hacia arriba y su mandíbula cayó por tercera vez. Ante ella estaba su padre, Ted Tonks. Era mucho más delgado de lo que ella recordaba, y su color de cabello era más espeso y oscuro. Estaba radiante; Tonks solo lo había visto tan feliz en las ocasiones más raras.
—Pa… ¡No se preocupe! —dijo Tonks—. Soy muy torpe.
—¡No hay problema, señorita! —dijo Ted, sonriendo—. He tenido el día más maravilloso.
Tonks no pudo evitar sonreírle. Si de verdad era el cinco de noviembre de 1971, entonces su padre se había convertido en su padre ese mismo día.
—Si está en esta sala, eso significa que tuvo un bebé hipogrifo, ¿no? —dijo Tonks.
—Gritó como un maldito hipogrifo cuando nació —bromeó Ted—. Ella es lo más maravilloso que nos ha pasado a mi esposa y a mí.
Tonks sintió que se le humedecían los ojos ante su entusiasmo. Antes de que ella se diera cuenta, las lágrimas comenzaron a fluir de sus ojos.
Ted frunció el ceño.
—¿Está bien, señorita? —preguntó— ¿Necesita ayuda para volver…?
—No, no —dijo Tonks, limpiándose las lágrimas de alegría—. Me recordaste a mi padre. Lo extraño más de lo que pensaba. Es el mejor padre que una chica puede pedir.
Eso era cierto. Haber pasado el último año agotada por el trabajo del Ministerio y la Orden significaba que no había pasado tanto tiempo con sus padres. Esta comprensión condujo a más lágrimas llorosas.
Ted la miró incómodo. Tonks se dio cuenta de que su padre era más joven que ella en ese momento; sus padres la tuvieron cuando solo tenían 20 años. Sin duda no sabría cómo consolar a un extraño que llora en la sala de maternidad.
—Su padre debe estar muy orgulloso de usted, señorita —dijo al fin Ted—. Parece que ha tenido un día difícil. ¿Le gustaría ver algo espectacular?
Sus ojos brillaron en la tenue luz del pasillo.
Tonks asintió con entusiasmo.
—Entonces sígame, señorita —dijo Ted—. Sin embargo, no oí su nombre.
—Es Ny…
¡Mierda! ¡No puedo usar mi nombre real! ¿Por qué no me dieron un nombre normal?
—Llámeme Nat —decidió.
Sus padres le habían dado el nombre de Nymphadora Andrómeda Tonks. Sus iniciales constituían un buen seudónimo para la ocasión.
—Nat, encantado de conocerla, soy Ted —respondió su padre y la condujo hacia el final del pasillo, donde una pequeña luz brillaba debajo de una puerta—. ¿Le importa si primero verifico algo? —preguntó.
—Por supuesto, adelante —respondió Tonks.
Debe tener que preguntarle a mamá si está bien que una perfecta extraña conozca a su bebé.
Tonks lanzó algunos hechizos a la puerta para escuchar a escondidas la conversación.
—¿Quieres que una extraña vea a nuestra hija? —preguntó Andrómeda, incrédula.
Mamá ya es protectora. Tonks se rio entre dientes. Si tan solo supieran.
—Parece destrozada, Drómeda —respondió Ted—. Parece que ha pasado por mucho y parecía tan perdida. En su bata de hospital lleva un escudo que indica que es del área de Daños provocados por hechizos. La pobre se ve muy desorientada y lloró por extrañar a su papá. Ahora soy papá y me rompió el corazón.
Tonks sintió que las lágrimas volvían a salir y se secó los ojos una vez más con la manga. La próxima vez que viera a su padre, en 1996, recordará abrazarlo con fuerza.
—Bien, pero mantén tu varita contigo —negoció Andrómeda—. Cualquier paso en falso y esa extraña se arrepentirá del día en que nació.
Tonks sofocó una risa. Si hoy me arrepiento, no es por esto.
Unos segundos después, Ted salió de la habitación y le hizo señas a Tonks para que entrara. Tonks miró a su madre y un bulto en sus brazos. Sus ojos se humedecieron de nuevo, pero mantuvo las lágrimas a raya por el momento.
—Nat, te prometí que te mostraría algo espectacular —dijo Ted, emocionado—. Ella es mi hija Nymphadora —le sonrió a Tonks.
Andrómeda mantuvo una mirada cautelosa en Tonks.
El corazón de Tonks se sintió a punto de estallar. Miró a su madre exhausta, hermosa y feroz, y luego miró su propio rostro de recién nacida. Miró a su yo recién nacida: tenía el pelo castaño rojizo, a juego con el tono actual de Tonks. Tonks casi lo cambió debido al pánico, pero en el momento en que pensó en hacerlo, su yo recién nacida cambió su cabello en su lugar, cambiando a lo que se convertiría en su tono favorito: rosa chicle.
—¿No es espectacular? —admiró Ted—. Creen que es una metamorfomaga.
—En definitiva es una metamorfomaga —confirmó Tonks—. He conocido a una antes, y escuché que comenzó a cambiar el color del cabello el día que nació.
—¡Nymphadora nació hoy! —dijo Andrómeda, emocionada—. Hace poco más de 12 horas.
Tonks vaciló. Había llegado inconsciente hacía poco más de 12 horas. ¿Había llegado en el momento de su nacimiento?
Tonks se mordió el interior de la mejilla, una pregunta en la punta de su lengua.
—¿Por qué Nymphadora? —preguntó Tonks—. Es un nombre inusual, ¿no?
—Es la niña más hermosa que jamás he visto —respondió Andrómeda—. Es el regalo de la vida que había esperado y me recordó la divina belleza de las ninfas mitológicas. Ella es mi pequeña ninfa —miró a la recién nacida con adoración en sus ojos.
—Eso es bastante hermoso —dijo Tonks.
Todavía no me gusta el nombre, pero mamá parece demasiado feliz con mini yo para discutir. Su yo recién nacida cambió de nuevo el color del cabello; ahora era negro para combinar con el color del cabello de su madre.
—¡Nymphadora concuerda conmigo! —arrulló Andrómeda.
Lo que digas, mamá. Tonks se rio entre dientes ante la vista. Miró el reloj y vio que casi eran las 9 en punto. Debía recibir más pociones.
—Debo irme —dijo Tonks, de mala gana—. Ted, gracias por presentarme a su hermosa familia. Les deseo toda la felicidad del mundo. Su hija tiene mucha suerte de tenerlos a ambos como padres —sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo y miró una vez más a su yo recién nacida en los brazos de su madre antes de cruzar el umbral de la habitación y subir a su propia habitación.
