24 de diciembre de 1971

—Feliz Navidad, padre —dijo Dora, guiñándole un ojo a Al cuando entró en el departamento.

Al le había pedido a Dora que fuera al departamento más temprano de lo usual, ya que él y Titus habían invitado a un par de personas a su brunch de Nochebuena, y quería que Tonks estuviera ahí para recibirlos.

Kreacher había venido para ayudar a Al y Titus a prepararse, y una vez que todo estuvo en orden, Dora esperó con paciencia junto a la puerta para dar la bienvenida a los invitados.

Dora escuchó un fuerte golpe en la puerta y se apresuró a saludar a los invitados. Se sorprendió de ver a Albus Dumbledore y Alastor Moody en la entrada.

—¡Profesor! ¡Moody! ¡Qué feliz sorpresa! Al y Titus no me dijeron que vendrían —espetó Dora—. Si lo hubiera sabido, no me habría arreglado tanto —bufó y continuó—: No puedo manejar tanta obsesión por la pureza de sangre.

Dumbledore se rio y Moody soltó un gruñido.

—Será mejor que entremos, muchacha —gruñó Moody—. Estas conversaciones deberían de ocurrir a puerta cerrada.

Dora se apartó del camino para dejar que los dos hombres entraran. Moody lanzó varios encantamientos silenciadores y barreras protectoras en la puerta antes de unirse a Dumbledore, Al, Titus y Dora en el comedor.

—Bienvenidos, Albus y Alastor —dijo Al—. Siéntense, por favor. ¿Whisky de fuego?

Los otros tres hombres asintieron y Al sirvió tres generosas copas de whisky de fuego. La comida apareció en la mesa, y todos se sentaron a comer.

—Escuché que conoció a alguien muy intrigante en la gala de los Malfoy anoche, señorita Black —dijo Dumbledore.

—Intrigante es un eufemismo —murmuró Dora—. Jodidamente aterrador es mejor.

—Lenguaje —advirtió Al—. Puede que tengas 25 en tu línea de tiempo, pero apenas tienes 11 en esta línea de tiempo.

Titus se rio entre dientes del intento de Al de reprender a Dora.

Dora suspiró.

—Bien. Voldemort es aterrador y apenas humano. ¿Eso está mejor?

Al rodó los ojos mientras que Titus continuaba ahogando su risa.

—Cuéntenos todo, por favor, señorita Black —dijo Dumbledore.

Dora entró en modo aurora mientras describía todo y a todos los que vio: sus nombres, apariencias físicas, discursos y comentarios. Profundizó en los detalles sobre su encuentro con Voldemort, en especial su doble uso de la legeremancia en ella. Dumbledore, Moody, Titus y Al tenían expresiones graves mientras ella lo hacía.

—Nadie me habló de eso —protestó Al—. Te pedí que hicieras algo de magia para tratar de que vieras al Señor Tenebroso, pero nunca te hubiera dejado ir con Cygnus y Pollux si hubiera sabido que Voldemort iba a usar legeremancia contigo.

—La verdad es que no me sorprendió —admitió Dora—. En nuestra última sesión de entrenamiento, Moody me dijo que practicara oclumancia y estoy agradecido de haberlo hecho. Voldemort apenas pudo obtener algo de mí, pero casi me desmayo por el esfuerzo. Tengo que seguir trabajando en ello. ¿Podré seguir practicando duelo y oclumancia cuando vaya a la escuela?

—Alastor, ¿estarías dispuesto a ayudar a la señorita Black los próximos años? —preguntó Dumbledore.

—A menos de que los mortífagos se interpongan en mi camino, estaré ahí, Albus —gruñó Moody.

—Gracias, Moody —dijo Dora y se levantó de su asiento—. Me alegra que hayan venido, Moody y profesor. Tengo unos regalos para ustedes. Disculpen.

Dumbledore le sonrió a Dora que regresó unos minutos después con unos regalos envueltos con prisa.

—Moody, este es para ti —dijo Dora y le entregó un pequeño paquete.

Moody lo abrió para encontrar un chivatoscopio.

—Es nuevo, pero en mi línea de tiempo tienes varios. Detectan si hay alguien sospechoso o poco confiable a tu alrededor. Como no se está iluminando en este momento, me alegro de que estemos a salvo.

Tonks le sonrió.

Moody puso una sonrisa casi torcida.

Después, Dora sacó varios viales de su túnica.

—Estas memorias son para usted, profesor —explicó—. Creo que las encontrará esclarecedoras. Son de la noche de la gala.

—Qué considerado de su parte, señorita Black —observó Dumbledore—. Feliz Navidad.

El brunch terminó demasiado rápido para el gusto de Dora. Pasar tiempo con Moody la hacía sentirse en casa, algo que extrañaba mucho

25 de diciembre de 1971

Dora se despertó sobresaltada la mañana de Navidad. Las últimas dos noches había estado soñando con los brillantes ojos rojos de Voldemort y su rostro inhumano. No había esperado estar tan asustada de él, pero recordar la forma en la que habló e invadió su mente enviaba de nuevo escalofríos por su columna. No encontró ningún consuelo. No podía contarle a Sirius sobre el encuentro, y no tenía a su propia madre ni a Remus en quienes confiar. Se sentía insoportablemente sola.

Dora había decidido enviar en secreto un regalo a sus padres. Había logrado convencer a Al para que la ayudara, y se basó en un recuerdo particularmente dulce que tenía para hacerlo:

Se encontraban en la biblioteca de Grimmauld Place justo después de la primera reunión de la Orden en la que Dora fue incorporada. Se sentía esperanzada y decidida, y disfrutaba de la compañía de su primo Sirius y su amigo Remus.

Habían estado charlando animadamente, y pronunciando apodos que Tonks no entendía muy bien. Remus llamaba "Canuto" a Sirius, Sirius le decía a él "Lunático" y ambos llamaban "Cornamenta" a James Potter.

—¿Cómo obtuvieron esos apodos? —preguntó Tonks.

Remus vaciló y miró a Sirius.

—Deberías ser tú quien se lo diga, amigo —le dijo Sirius a Remus—. Es mejor que lo averigüe de nosotros.

—¿Averiguar qué? —preguntó Tonks con curiosidad.

—¿Recuerdas que Sirius escapó de Azkaban en su forma animaga? —dijo Remus—. ¿Y que Peter logró escapar al transformarse en una rata?

—Sí —dijo Tonks, preguntándose a dónde estaban yendo con la conversación.

—Sirius, James y Peter se convirtieron en animagos en nuestro quinto año —explicó Remus.

—¿Y tú por qué no? —preguntó Tonks.

—Se convirtieron en animagos por mi —compartió Remus luciendo incómodo.

—¿Entonces eso es lo que les gusta? —bromeó Tonks.

Sirius resopló, pero Remus mantuvo su rostro firme.

—Se convirtieron en animagos para acompañarme durante las lunas llenas.

Tonks sintió que la comprensión la inundaba.

—¿Eres un hombre lobo? —preguntó.

—Sí —dijo Remus en voz baja—. Era mejor que lo escucharas de mí. Entenderé si te sientes incómoda conmigo a partir de ahora —se movió incómodamente en su asiento.

Sirius dejó escapar un suspiro de exasperación, rodó los ojos y se dejó caer en el sillón.

—Nunca había conocido un hombre lobo antes —dijo Tonks—. Que hubiera sabido que lo era —aclaró y pensó por unos minutos—. ¿Cómo se ve tu pelaje cuando te transformas?

Sirius soltó una fuerte carcajada y jadeó por aire.

—De todas las preguntas que podrías hacerle a un hombre lobo, ¿le preguntas sobre su pelaje?

—Nunca había visto a un hombre lobo transformado antes —explicó Tonks—. Aunque tengo un lobo de peluche al cual era muy apegada de niña porque pensaba que era la cosa más linda del mundo. Su pelaje era marrón. ¿El tuyo también es marrón, Remus?

Remus también estalló en carcajadas por eso.

—Estoy seguro de que el lobo de peluche que tenías es mucho más lindo que el monstruo en el que me convierto —explicó.

Sirius lo golpeó en el hombro.

—No eres un monstruo, idiota —bromeó.

—Sí lo soy, imbécil —replicó Remus—. Para responder a tu pregunta, Tonks, mi pelaje es casi del mismo color de mi cabello. Creo que marrón con partes grises. ¿O me equivoco, Sirius?

—Siempre estaba oscuro cuando te transformabas. La próxima vez pondré más luces para verificarlo —dijo Sirius pensativo—. Veré si es tan lindo como el lobo de peluche de la pequeña Tonks.

Remus rodó los ojos y resopló.

—Entonces, no te asustamos, ¿verdad? —preguntó Sirius.

—Ni en lo más mínimo —dijo Tonks con sinceridad—. Es muy dulce que te hayas convertido en animago por Remus.

Pasaron la tarde discutiendo cómo los hombres se convirtieron en animagos y cuánto mejoraron las lunas llenas para Remus una vez que tuvo la compañía de sus amigos. Cuando Tonks regresó a la casa de sus padres esa noche, encontró el lobo de peluche en su armario y decidió volver a ponerlo en su cama donde había estado durante varios años. No entendió la atracción entonces, pero fue el comienzo de sus sentimientos por Remus.

Dora había convencido a Al de que la llevara a una juguetería y, por cosas del destino, encontró una nueva versión del lobo de peluche al que se había sentido apegada cuando era niña. El tiempo trabajaba de manera divertida. Le envió el peluche a la familia Tonks con una breve nota de ella como "Nat" del hospital. La llenó de nostalgia pensar que su versión infantil recibiría el lobo de peluche esa misma mañana.

Escuchó un suave pop a su lado y vio a Kreacher haciéndole una reverencia.

—Se solicita a la ama Dora en el salón para la mañana de Navidad —anunció.

—Gracias, Kreacher.

Dora se levantó y encontró unas elegantes túnicas esperándola. Walburga debe haberle ordenado a Kreacher que le preparara la ropa para la mañana de Navidad en Grimmauld Place.

Dora se puso las túnicas y se cepilló el cabello para que estuviera ordenado. No se había dado cuenta de que tenía ojeras por no haber dormido bien dos noches seguidas, así que las eliminó y se aseguró de lucir muy bien descansada para la mañana.

Dora salió al rellano y encontró a Regulus esperándola.

—¡Feliz Navidad, Dora! —anunció Regulus con emoción.

—Feliz Navidad, Regulus —murmuró Dora—. ¿Están todos abajo?

—No —dijo Sirius, saliendo de su propia habitación con el cabello despeinado.

Dora sospechó que lo había desordenado a propósito antes de salir de su habitación para la mañana de Navidad. Rodó los ojos al verlo y bajó al salón con los chicos.

Walburga, Orión y Al los estaban esperando. Dora estaba sorprendida de que Grimmauld Place pudiera verse un poco más alegre con las decoraciones navideñas. El árbol en el salón era elegante, tenía hadas en sus ramas. Una generosa pila de regalos los esperaba debajo del árbol.

Dora buscó sus regalos y se sorprendió gratamente de encontrar regalos de parte de Walburga y Orión, Sirius y Regulus. Aunque había recibido regalos de todos, estaba muy sorprendida de que tanto Sirius como Regulus hubieran pensado en darle algo por la fiesta.

Regulus le había regalado una bufanda de seda negra y Sirius le había regalado un juego de plumas de lujo. Walburga y Orión le habían dado una suave y cálida capa de viaje bordada con el escudo de la familia Black, y un broche de color esmeralda que estaba segura costaba la mitad de su salario anual como aurora. Dora se preguntó si podía quitar el lema familiar, "Toujours Pur", del escudo de la capa. Alphard y Titus le regalaron un conjunto de joyas que hacían juego con el broche. Todo el conjunto era absurdamente llamativo y costoso, pero como sea les agradeció a todos.

Dora les regaló a Sirius y Regulus una gran cantidad de chocolate de Honeydukes; supuso que aún no habían visitado Hogsmeade y esperaba que Sirius compartiera un poco de sus chocolates con Remus cuando volviera al colegio.

No tenía idea de qué regalarles a los adultos, así que le pidió a Alphard que les comprara lo que él pensaba que era apropiado para ellos. Orión recibió un par de guantes de piel de dragón de alta gama con una chaqueta a juego; Walburga recibió un par de botas de dragón hasta la rodilla. Tonks pensó que los regalos eran ridículos, pero Orión y Walburga parecían complacidos con ellos. Alphard se compró a sí mismo varias botellas del whisky de fuego más fino de Ogden y Tonks se contentó con los regalos.

Dora estaba contenta con el regalo de los Scamander. Sus abuelos le habían regalado para Navidad una preciosa gatita mitad kneazle de color negro y ojos verde esmeralda. Tonks decidió llamarla Atenea y se sentó en su regazo por el resto de la noche.

A pesar de la tristeza de estar en Grimmauld Place y la soledad de estar lejos de su verdadera familia, Dora sintió que se estaba adaptando a su nueva realidad con su familia materna.

26 de diciembre de 1971

—Cuéntame sobre tus amigos, Sirius —ordenó Dora.

Se moría por escuchar sobre las aventuras de los jóvenes Merodeadores, pero apenas había tenido tiempo de hablar con Sirius debido al ajetreo de las fiestas. Por lo usual, él se retiraba a su habitación para evitar las reuniones familiares en el primer piso. Era el veintiséis de diciembre y ella se sintió feliz de haberlo encontrado relajándose en la biblioteca.

Los ojos de Sirius se iluminaron cuando Dora preguntó sobre sus amigos.

—Primero está James Potter. Lo conocí en el tren cuando nos dirigíamos al colegio —sonrió—. Él y yo le hacemos bromas a todos, sobre todo a algunos Slytherin que les gusta maldecirnos. James está enamorado de Lily que es un ratón de biblioteca. No tengo idea de lo que ve en ella.

Dora le devolvió la sonrisa a Sirius y se imaginó a los padres de Harry a esa edad. No podía esperar para conocerlos.

Sirius siguió sonriendo.

—Luego está Peter Pettigrew.

Dora enseguida puso una expresión neutral en su rostro para evitar fruncir el ceño; aún no había perdonado a Peter por arruinar las vidas de Harry y Sirius con su egoísmo.

—Es bajito y está dispuesto a todo. Es el espía perfecto. Es muy bueno observando y es tan silencioso que nadie se da cuenta si está cerca.

El espía perfecto, ¿eh? Lo atraparé si es necesario, pensó Tonks. ¿Y Remus?

—Y por último Remus Lupin —dijo Sirius.

Dora no pudo evitar sonreír cuando Sirius lo mencionó.

—Parece un niño bueno, pero él es el cerebro del grupo —explicó Sirius—. Saca las mejores calificaciones y es muy bueno en Defensa Contra las Artes Oscuras. Aunque al pobre le dan muchas jaquecas porque su madre es una muggle y se suele enfermar.

—¿Todos están en Gryffindor contigo? —preguntó Dora.

—Sí —dijo Sirius con orgullo.

—¿Conocías a alguno de los chicos que bailó conmigo en la gala de los Malfoy, Sirius? ¿También están en Gryffindor? —indagó Dora.

—Gracias a Merlín que no.

Sirius hizo una mueca.

—Todos son de Slytherin y unos imbéciles. No querrás involucrarte con ellos.

—¿Y si Regulus es clasificado en Slytherin el próximo año? —preguntó Dora en voz baja.

Sirius frunció el ceño.

—Tendré que repudiarlo —bromeó.

—¡No! —protestó Dora—. Él es tu hermano y siempre necesitará tu apoyo, Sirius. ¿Me prometes que seguirás tratándolo con amabilidad?

—Tan amable como lo hacen los hermanos, Dora —musitó Sirius.

Dora aceptó su respuesta por ahora.

—¿Puedo escribirte cuando estés en la escuela, Sirius? —pidió.

—Sí, por favor —suplicó Sirius—. Las únicas cartas que recibo son los vociferadores de madre.

Dora le sonrió con cariño a su primo.

—Prometo que te escribiré, Sirius.

31 de diciembre de 1971

—No los volveré a usar, madre —gruñó Sirius—. No me importa que sea tu maldito baile de Año Nuevo. ¡NO LOS VOLVERÉ A USAR! —cerró con fuerza la puerta de su habitación.

—¡SIRIUS ORIÓN BLACK! —chilló Walburga—. ¡ASISTIRÁS AL BAILE O SERÁS CASTIGADO, MOCOSO MALAGRADECIDO! ¡NUNCA DEBISTE HABER NACIDO!

—NO ASISTIRÉ, MADRE —gritó Sirius—. ¡Y NO PUEDES OBLIGARME!

—¡Crucio! —exclamó Walburga.

Los gritos de dolor de Sirius se escucharon por todo el pasillo. Dora se sentó con las rodillas contra su pecho en el suelo de su habitación, tratando de ahogar los gritos de dolor de Sirius. Después de lo que pareció una eternidad, Sirius se calló y Tonks pudo oír un movimiento en el corredor.

Dora siempre supo que Sirius tenía una relación conflictiva con su madre. Ella pensó que se debía a la rebeldía y el carácter de Sirius, y la antigua forma de criar a los niños con mano dura. No esperaba que la bruja usará una maldición imperdonable en su propio hijo. Dora se limpió las lágrimas de sus ojos mientras contemplaba el sufrimiento de Sirius. Nunca había escuchado que maldijeran a Regulus de esa manera, pero en ocasiones había visto los moretones y heridas en su cuerpo que no podían provenir de los juegos bruscos infantiles. Al debió haberle dicho a Walburga que no tocara a Tonks, ya que lo peor que había sufrido hasta ahora eran insultos verbales.

Cuando el pasillo quedó en silencio, Dora salió sin hacer ruido de su habitación y vaciló antes de golpear la puerta de Sirius.

—Adelante —respondió Sirius con la voz ronca.

Se estremeció por el sonido de la puerta siendo abierta, pero se relajó al ver que era Dora.

Dora lanzó disimuladamente un encantamiento silenciador en la puerta y se giró hacia Sirius. Parecía angustiado, una mera sombra del hombre que Dora había conocido en su línea del tiempo. Tenía una herida grande en la mejilla que pudo haber sido hecha por Walburga antes de lanzarle la maldición Cruciatus o causada durante su caída por el hechizo. Le dolía ver que este joven Sirius ya estaba sufriendo.

—Lo siento —dijo Dora en voz baja.

—No hay nada que puedas hacer al respecto —musitó Sirius con los ojos llorosos por los efectos secundarios de la maldición.

Dora aún no había experimentado la maldición Cruciatus, pero su entrenamiento como aurora la había expuesto lo suficiente como para que nunca quisiera lanzársela a alguien, ni siquiera a un enemigo.

—¿Quieres que te cure esa herida? —preguntó Dora.

Sirius negó con la cabeza.

—No quiero darle la satisfacción de saber que me lastimó —murmuró Sirius—. Además, no es como si pudieras hacer algo. Sólo la limpiaré como siempre lo hago.

Tonks dudó. Podría lanzar varios hechizos con su varita que cerraría la herida sin dejar cicatriz.

—¿Aún no te han enseñado en el colegio hechizos sanadores, Sirius? —indagó Dora.

Le costaba recordar cuándo le enseñaban esos hechizos a los estudiantes.

—Unos pocos, pero es difícil curarme yo solo —masculló Sirius.

Dora se mordió los labios y consideró sus opciones.

—¿Puedo intentar curarte con tu varita? —se atrevió a preguntar.

—¿Sabes hechizos sanadores? —inquirió Sirius.

—Puede que no te hayas dado cuenta, pero soy muy torpe y mi mamá siempre tenía que curarme —explicó Dora.

A pesar de ser la línea de tiempo equivocada, era cierto.

Sirius vaciló, pero le dio a Dora su varita. La varita no era tan familiar como la suya, pero Tonks lanzó el hechizo en la mejilla de Sirius y se cosió con destreza. Le devolvió la varita a Sirius y le ordenó que se lavara la cara.

Sirius se dirigió al baño conectado a su recámara y se lavó la cara.

—Es perfecto, Dora —admiró—. ¿Cómo lo lograste?

—Práctica —respondió Dora—. Dime si necesitas ayuda de nuevo, ¿de acuerdo? Tengo que ir a vestirme para ese maldito baile. ¿Bailarías conmigo más tarde?

—Claro, Dora —prometió Sirius—. Es lo mínimo que puedo hacer.


El Baile de Año Nuevo de la familia Black estaba en curso cuando Sirius, Dora y Regulus aparecieron en el salón. Era un evento mucho más pequeño que la Gala de los Malfoy, pero aún así estaba lleno de pomposos sangre puras vestidos con túnicas de mal gusto.

Dora decidió interactuar con Narcissa. Aún estaba muy aprensiva con Bellatrix, pero ella siempre se preguntó si Narcissa era mejor que Bellatrix luego de que su madre Andrómeda fuera renegada.

—Buenas tardes, Narcissa —la saludó Dora, haciéndole una reverencia a la bruja un poco mayor.

Narcissa era una bruja hermosa. Tonks sólo la había visto desde lejos y siempre se asombraba de lo preciosa y fría que parecía su tía. Esta versión más joven era mucho más cálida.

—Buenas tardes, Pandora —dijo Narcissa, devolviéndole el saludo—. ¿Cómo ha sido vivir con la tía Walburga y el tío Orión?

—Muy bien, Narcissa —mintió Dora—. Estoy agradecida por la instrucción a la adecuada etiqueta. Aún tengo mucho que aprender.

—Lo estás haciendo muy bien, Pandora —la elogió Narcissa—. Si lo deseas, puedes llamarme Cissa. Después de todo, somos primas.

Tonks le sonrió a Cissa.

—Por favor, llámame Dora —ofreció—. Pandora es demasiado formal para mí —respondió.

—Dora.

Cissa se demoró en las sílabas.

—¿Has oído sobre mi hermana?

—¿Bellatrix? —preguntó Dora—. He tenido el placer de disfrutar de la compañía de Bellatrix muchas veces.

—Mi otra hermana —siseó Cissa—. Andrómeda.

El corazón de Tonks latió con violencia.

Ella no podía saberlo, ¿o sí?

—Escuché que ya no es bienvenida en la familia Black —dijo Dora sin emoción—. Ni su esposo ni su hijo —luchó por mantener su expresión facial neutra.

—Escuché que tuvo un hijo —comentó Cissa abstraída—. Es mejor para la familia que Andrómeda y sus… elecciones… ya no estén presentes.

Dora podía ver la tristeza en los ojos de Narcissa; era claro que la partida de Andrómeda había lastimado a ambas hermanas. Tal vez pueda cambiar eso, pensó Tonks.

—Sí —concordó Dora—. Has hecho una elección más apropiada, prima.

Narcissa le dio una gran sonrisa brillante; parecía su primera sonrisa genuina de la tarde.

—Lucius es todo lo que un buen esposo debería de ser, Dora —dijo—. Estoy ansiosa por convertirme en una Malfoy cuando complete mi educación.

—¿Te casarás el próximo verano? —inquirió Tonks.

—Será la boda más popular de la sociedad mágica británica —se jactó Narcissa—. Quizás ahí conozcas a tu marido.

—Seré demasiado joven para eso —señaló Dora—. Ni siquiera tendré trece para entonces.

—Me comprometí a los catorce, Dora —afirmó Cissa—. Vi a todos los jóvenes con los que bailaste en la Gala de los Malfoy. El tío Alphard sería un tonto si no te comprometiera ahora. Sospecho que tendrás muchos aptos pretendientes cuando llegues a Hogwarts.

—De hecho, la tía Walburga sugirió a Sirius —dijo Dora—. En caso de que no sea clasificada en Slytherin.

—Escuché que nadie espera que termines en Slytherin —comentó Cissa despreocupada—. Bella sabe que hablaste con el Señor Tenebroso. ¿No estás de acuerdo con que es todo un honor a tu edad?

—Sí, un honor —dijo Dora, apretando los dientes—. Si no me comporto, quizás la tía Walburga conseguirá lo que desea.

—Parece que ya le echaste el ojo a tu primo, prima —señaló Cissa, sonriendo—. Algo inusual debido a su estrecha relación, pero nadie lo cuestionará ya que será una favorable pareja para la Casa Black.

—Ajá —dijo Tonks, sintiéndose más incómoda a cada minuto—. ¿Te molesta si me voy? Creo que le debo un baile a Regulus.

—Otro buen partido, Pandora —comentó Cissa, guiñándole un ojo.

Dora se fue corriendo lo más elegante que pudo hasta que encontró a Regulus.

—Baila conmigo, por favor —le susurró.

Regulus tomó su mano y la llevó a la pista de baile.

—¿Qué pasó allá con Cissa? —preguntó—. Parecía que se estaban llevando bien.

—No dejaba de decirme que debía comprometerme y no pude soportarlo más —siseó Dora—. ¿Cómo puede pensar que es una buena idea? Tengo once.

—Es más difícil para las brujas —aclaró Regulus—. Te queda mucho trabajo por hacer si se espera que des a luz al siguiente heredero de una casa. Si Cissa te habló sobre eso, quizás sepa algo.

—¡¿Herederos?! —espetó Tonks—. ¿Es eso lo único que se espera de mí?

Regulus se encogió de hombros e hizo girar a Dora en la danza.

—No te estarían preparando tan pronto si no creyeran que alguien importante te quiere —explicó—. Mi padre me dijo que si Sirius falla como heredero, yo tendré que asumir la responsabilidad.

—Tienes diez —dijo Dora sin expresión—. Esa es demasiada responsabilidad para un niño.

—Puede que no lo hayas notado —susurró Regulus—, pero no hay muchas cosas que no le hagan a un niño. Intenta mantener la cabeza agachada. Sirius es un idiota que no aprende.

—¿Ahora porque soy un idiota? —reclamó Sirius—. ¿Me permites un baile? —preguntó, mirando a Dora y ofreciéndole una mano.

Dora aceptó contenta la mano de Sirius y se dio cuenta de la sonrisa de Narcissa desde el otro lado de la pista de baile. Dora se estremeció, pero aún así siguió el ritmo de Sirius.

—No eres un idiota, Sirius —comentó Dora—. Reg me estaba diciendo que no te gusta seguir las reglas.

—¿Por qué debería seguir las reglas cuando son una mierda? —cuestionó Sirius.

—Nadie dijo que debías hacerlo, pero podía ayudar a encajar mejor.

—¿Y si no quiero encajar?

—Lo sé, Sirius, pero no hace mal intentarlo.

—Por Merlín, ¿por qué debería hacerlo? —gruñó Sirius, comenzando a ponerse nervioso por la insistencia de Dora.

—Tu hermano y yo podríamos resultar heridos —murmuró Dora—. Por favor, no nos abandones antes de lo necesario.

La expresión de Sirius se suavizó por eso.

—Lo pensaré, Dora —dijo—. Te prometo que no intentaré lastimarlos.

—Gracias, Sirius.

El resto del baile transcurrió en silencio hasta que la canción terminó y Dora pudo escapar de la pista de baile para ir por bocadillos y pensar.