Debo admitir que esto va mucho mejor de lo esperado. Hacía tiempo que no escribía tanto, como bien saben, y la emoción me ayuda a hacer esto más fácil todavía.

En fin, les agradezco especialmente a todos por sus mensajes, les deseo lo mejor. Ahora sí, vamos al asunto.

Disclaimer: todo lo que puedan reconocer pertenece a G.R.R. Martín. Yo solo lo uso para entretenerme y tratar de entretener a otros.

Ygritte

Se observó en el espejo de la habitación, completamente desnuda; no era vanidosa, ni le importaba demasiado su apariencia, pero estaba buscando un cambio específico en su cuerpo. Y lo encontró.

Tocando su bajo vientre, sintió la dureza, una que no había estado allí antes, pero que poco a poco se había ido formando en las últimas lunas. Sabía lo que significaba, pero no se permitió pensarlo hasta subir sus manos y apretar sus pezones, que estaban más sensibles, aun cuando Minisa ya casi no mamaba.

Sonrió, y la emoción la hizo soltar unas pocas lágrimas, que rápidamente limpió. Las lágrimas eran símbolo de tristeza, y esta noticia era cualquier cosa menos triste.

Vistiéndose rápido, salió de la habitación. Honestamente, no estaba segura de adónde iba, pero se encontró cruzando por los patios del castillo, viendo a todos realizar sus trabajos diarios. Subió luego a las murallas y vio como la Ciudad del Invierno, como la llamaban Jon y Catelyn, crecía cada vez más, mientras en la distancia algunas figuras pequeñas, probablemente norteños de las colinas o lo profundo del Bosque de los Lobos, se acercaban.

Fue allí, contemplando la vasta extensión de tierra más allá de Invernalia, que la encontraron dos personas a las que amaba con todo su corazón.

Catelyn le sonrío con amor, mientras que Minisa, en sus brazos, río feliz al ver a su madre. Con una sonrisa se acercó a ambas, besando a Catelyn con suavidad en los labios antes de hacer cosquillas a su pequeña. Amaba el sonido de su risa, y la llenaba de calidez saber que ella era la que lo provocaba.

"¿Qué sucede?" preguntó Catelyn, mirándola con una sonrisa, pero con sus ojos volviéndose más perspicaces.

Ygritte se mordió el labio, aun sonriendo; no podía ocultar nada de los ojos agudos de esta mujer "Estoy segura" declaró, y para enfatizar más, llevó una mano a su vientre aún plano, acunándolo con cuidado.

Catelyn solo tardó un momento en entenderlo, pero no la felicitó, o al menos, no con palabras. En cambio, capturó sus labios entre los suyos y la forzó a abrirlos. Una vez hecho, metió su lengua en su boca, haciéndola gemir y poner la suya en juego, lamiendo la lengua de Catelyn mientras el calor las llenaba a ambos y mojaba a Ygritte entre las piernas.

Pero tenían que separarse, al menos para respirar, y al final fue Catelyn quién lo hizo, sus labios hinchados esbozando una sonrisa total.

"Felicidades" usó la mano con la que no sostenía a una Minisa ahora entretenida con su cabello y cogió una de las de Ygritte "Vas a tener un bebé" la felicidad en su voz hizo que Ygritte la amara todavía más.

"Vamos a tener un bebé" la corrigió. Ese niño era de ellos, de los tres. Sabía que Jon opinaría igual de estar allí, y por la forma en que las comisuras de los ojos de Catelyn se humedecieron, ella entendía a qué se refería.

"Gracias" le dijo entonces, confundiéndola.

"¿Por qué?" le preguntó, usando su pulgar para acariciar la mano de Catelyn aún entrelazada con la suya.

"Por darme una familia" le respondió.

"Gracias a ti…por ser parte de ésta" le respondió Ygritte.

Su felicidad era casi total. Solo faltaba que Jon estuviera ahí con todas ellas y no pediría más.

Brynden

La llegada a Puerto Blanco había sido tranquila. Los guardias en las puertas, que había notado que eran en su mayoría demasiado jóvenes, le habían dejado cruzar las puertas en cuánto habían visto el estandarte de Stark ondeando en el viento. Habían cabalgado por las calles de la única ciudad del Norte, admirando la limpieza y eficiencia del lugar. Viéndolo todo, viendo mercados, tabernas, puestos de venta y más, a Brynden no le sorprendía que los Manderly fueran una casa tan próspera, y pensó que Robert Baratheon podría haber aprendido un par de cosas de ellos si hubiera pasado por aquí.

Cómo mantener una ciudad sin que oliera a mierda era una de ellas.

Una vez dentro de la fortaleza, los llevaron a la Corte del Tritón, dónde Lord Wyman lo recibió en persona, flanqueado por su hijo Ser Wilis y una muchacha que, asumía, era la hija de Ser Wilis.

"Ser Brynden, bienvenido a la corte del tritón" dijo el señor, inclinando ligeramente la cabeza a modo de saludo, uno que Brynden correspondió.

Se hicieron las cortesías comunes, en las cuáles Brynden saludó a Ser Wilis, a quién recordaba de la campaña de su sobrino nieto, y le transmitió su sincera alegría de verlo libre y de vuelta en su hogar. No mencionó que el caballero parecía muy demacrado aún tras su cautiverio. Ser Wilis le devolvió el saludo, transmitiendo sus condolencias por la pérdida de familiares que Brynden había padecido y declarando en voz alta, para que nadie en la corte dejara de oírlo, que le alegraba verlo sano y salvo.

Luego, el heredero de Puerto Blanco presentó a la joven, quién efectivamente era su nieta. Brynden compartió un saludo y unas pocas palabras con Wynafrid Manderly, no demasiadas, pero las suficientes para ver en la dama una clase de fuerza poco común en las mujeres, pero que podía respetar.

Por fin, cuando hubieron acabado con las cortesías, Ser Brynden fue invitado al solar del señor. Una vez solos y en dicho lugar, la comida fue traída. Ostras bañadas en vinagre y sal, pescado de mar fresco y con pimienta y coliflor rellana de queso, regado todo de buen vino de verano. Ser Brynden rechazó la comida, pero aceptó una copa de vino por cortesía y le dio varios sorbos para distraerse mientras el Señor de Puerto Blanco disfrutaba de la abundante comida y el vino.

Por fin, cuando el Señor estuvo satisfecho, dejó a un lado la comida y fue directo al grano.

"Vuestra sobrina, Lady Catelyn, envió un cuervo informando de vuestra llegada y el porqué de la misma"

"Ciertamente" Catelyn le había dicho del cuervo antes de que partiera de Invernalia "Mi sobrina nieta, Sansa…"

"Viene a Puerto Blanco en un barco, uno de varios barcos. Con ella viajan como escolta una buena cantidad de señores y caballeros del Valle. Deberían llegar pronto" lo interrumpió Wyman, su rostro serio.

Brynden parpadeó, sorprendido, pero antes de que pudiera preguntar cómo lo había sabido, si Catelyn se lo había explicado en su carta, Lord Wyman frunció el ceño y sacó una carta de un cajón de su escritorio.

"Vuestras dos sobrinas me escribieron, Ser" dijo, antes de apretar la carta en un puño carnoso "Lady Catelyn tuvo más…tacto que su hermana al comunicarse conmigo" el bigote del norteño se movió mientras claramente luchaba con su enojo.

"Lysa, maldita seas" pensó para sí mismo, recordando la franqueza, incluso la grosería, de la hija menor de su hermano al dirigirse a quienes la rodeaban, incluso a los señores del Valle. No sabía lo que había en la carta que envió al señor ante él, pero imaginaba que no era nada agradable.

"Tengo una petición para vos, Ser. Consideradla…una forma de retribuir la hospitalidad que os he dado desde vuestra llegada, y que seguiré dando hasta que decidáis partir" le comunicó en ese momento Lord Wyman.

"Decídmela, mi señor" dijo Brynden, prestando más atención, listo para escuchar y considerar bien lo que respondería ante la petición de su anfitrión.

"Bien…no es muy difícil ver que no estoy alegre con la carta de vuestra sobrina" Brynden solo pudo asentir, avergonzado por las palabras de Lysa. No era la primera vez "Pero esa no es mi principal molestia. Mi principal molestia es tener que recibir a semejante gente en mi hogar" el desprecio en su voz hizo que Brynden tragara saliva.

"¿A qué os referís, mi señor?" preguntó, aunque tenía una buena sospecha.

"Decidme Ser, ¿dónde estaban los hombres del Valle cuando el Rey luchaba contra los Lannister en las Tierras de los Ríos?" preguntó, aunque no espero una respuesta "¿Dónde estaban cuando los Tyrell juraron lealtad a Joffrey el Espurio? ¿Dónde estaban cuando el Foso cayó y mis hijos, mis hombres y tantos otros norteños, incluido el Rey Robb, vuestra sangre" lo apuntó con un dedo carnoso "quedaron atrapados en el sur mientras los Hijos del Hierro saqueaban el Norte y capturaban Invernalia?"

Brynden no respondió, porque sabía que no haría bien responder. Esperaba que los hombres del Valle apoyaran un reclamo para que los derechos de la hija de Catelyn fueran respetados sobre los de su hermano bastardo, pero aquí escuchaba al más poderoso de los señores norteños claramente en contra de ellos.

"Hubo amistad entre los hombres del Norte y los Señores del Valle durante muchos años, mi señor" le recordó.

"Mientras Jon Arryn y Lord Eddard vivían. Pero ahora ambos están muertos. Y según recuerdo, apenas murió Arryn los hombres del Valle, con vuestra sobrina a la cabeza, se escondieron tras sus montañas y se olvidaron de esos lazos" replicó Wyman Manderly. Antes de que Brynden pudiera instarlo a pensar mejor las cosas, tiró la carta de Lysa en el escritorio frente a Brynden "Y ahora vienen aquí, llenos de arrogancia, enarbolando a Lady Sansa como excusa para meterse en asuntos que no son de su incumbencia. Esto es el Norte, y el norte recuerda" Lord Wyman se detuvo un momento, llenó una copa de vino y la vació antes de mirarlo. Esperando una respuesta.

Brynden lo pensó cuidadosamente antes de hablar; nunca tuvo el don de la palabra, y por primera vez en muchos años lo lamentó. Quería calmar al señor y hacerlo más receptivo al razonamiento, no enfurecerlo más "A pesar de vuestro parecer, mi señor, de vuestros recuerdos, os instaría a no tomar tal postura. No niego las acciones, o inacciones, de los Caballeros del Valle, pero a pesar de todo están aquí ahora, y eso debería pesar algo. Inclusive Lord Eddard, el esposo de mi sobrina, tenía en gran estima a los caballeros del Valle. Él se crió entre ellos, aprendió el honor, el deber y la rectitud. Lord Eddard nunca habría sido el hombre que fue sin la tutela y el acompañamiento de esos mismos hombres a los que ahora despreciáis" Brynden sintió el asomo de la esperanza florecer en su pecho cuando el señor alzó una ceja, sorprendido por sus palabras.

Por los dioses, incluso Brynden se sorprendió de ellas. Quién hubiera imaginado que era capaz de tan fluida declaración. Pero pronto, se olvidó de su sorpresa cuando el ceño del obeso Señor de Puerto Blanco volvió a fruncirse.

"Recuerdo bien a Eddard de Invernalia, Ser Brynden" dijo Wyman "Recuerdo muy bien dónde se crío, y recuerdo bien sus palabras" el señor cruzó sus dedos sobre su barriga prominente antes de seguir, sus ojos clavados en los de él "Mi antiguo señor me dijo una vez, tras la Batalla del Tridente, que encontramos a nuestros amigos en el campo de batalla. Tenía razón. Los hombres del Valle nos abandonaron a nuestra suerte contra los Lannister y los Hijos del Hierro; no movieron un dedo para ayudarnos tras la Boda Roja. Ellos no son amigos del Norte, y ciertamente no encontrarán uno cuando desembarquen en Puerto Blanco"

"Mi señor…" intentó Brynden una vez más, pero ni siquiera le permitió terminar.

"La hospitalidad de Puerto Blanco es vuestra, buen Ser" dijo Lord Wyman, en un tono que daba por cerrada la discusión "La petición de la que os hable es ésta: tan pronto esos extranjeros desembarquen en el Norte, hablando con ellos para que se preparen para irse a otro lugar lo antes posible, porque no soy el único que ve con malos ojos su llegada a Puerto Blanco, y no creo que agradara a Lady Catelyn, a Lady Sansa, o incluso al Rey Jon que una hoja norteña rebanara un cuello de alguno de ellos" y con esas palabras y esfuerzo, el Señor de Puerto Blanco se levantó du su silla reforzada y salió de la habitación.

Dejando a un Brynden Tully llenó de preocupaciones detrás.

Jon

Mirando los castillos, Jon sintió la rabia inundándolo. Aquí era, este era el lugar dónde su hermano había perdido la vida. Atraído, como quién atrae un conejo con comida para luego rebanarle la garganta.

En su ejército había unos 300 hombres que habían estado en el campamento de Robb durante la Boda Roja. Aunque no deseaba escucharlo, y aunque estos hombres no tenían el ánimo para contarlo, había forzado a muchos a relatarle lo que habían padecido esa noche, y especialmente lo que recordaban haber visto de la burla de los Frey a Robb y a su cuerpo. En más de una ocasión había mirado más allá de la orilla más alejada del río, su mente imaginando que por allí desfilaba un caballo con el cuerpo decapitado de su hermano encima, la cabeza de Viento Gris encima de él. Casi podía escuchar los gritos, las burlas.

"¡El Rey en el Norte! ¡El Rey en el Norte! ¡El Rey en el Norte! ¡Aquí viene el Rey en el Norte!"

Una parte de él temía incluso comer, por miedo a que esas imágenes aparecieran en su cabeza en el peor momento posible, amenazándolo con vomitar en frente de sus caudillos, señores y guerreros. Pero se tragó cada bocado igualmente, consciente de que necesitaba su fuerza, de que no podía caer en la debilidad.

Y en múltiples ocasiones, acarició distraídamente los mechones de cabello de sus mujeres. Pensar en ellas, en sus sonrisas, en el calor de sus cuerpos, y en la firmeza de su amor, le dio fuerzas para resistir.

Cuando sus emociones no lo perturbaban, Jon contemplaba la situación en la que se encontraba su ejército.

Era una situación precaria.

Habían construido terraplenes y cavado zanjas ante el castillo, lejos del alcance de los arqueros Frey. En los terraplenes había colocado guardias para vigilar bien las puertas del castillo y el río; cualquier cosa que sucediera sería vista por su gente y actuaría en consecuencia. Las zanjas acabarían con cualquier carga de caballería pesada que pudiera llegar del castillo, aunque considerando como los Frey se habían escondido desde que vieron llegar a su ejército, Jon no tenía grandes expectativas de que tal ataque pasara.

No, si fuera a desatarse una lucha entre su gente y los Frey, serían los hombres bajo el mando de Jon los que deberían atacar.

Por desgracia para muchos norteños ansiosos de venganza, y de muchos hombres y mujeres del Pueblo Libre ansiosos de gloria y botín, un ataque frontal estaba completamente descartado en la mente de Jon. Así lo había explicado en el primer Consejo de Guerra que habían celebrado, pocas horas luego de llegar ante el castillo.

"Los Frey tienen 2.000 hombres ahí dentro. No bloqueamos los dos castillos, por lo que solo necesitan una pequeña cantidad de hombres guardando la fortaleza occidental mientras se concentran en la oriental" explicó, ajeno a las miradas frustradas entre los suyos "Si atacamos las puertas, tendremos que lidiar con un puente levadizo, las puertas reforzadas y dos rastrillos detrás de ellas. Si atacamos las murallas, tenemos que librar el foso y usar ganchos y escaleras. Y con cualquiera de las opciones, nos enfrentaremos a flechas, piedras y muy posiblemente a brea o aceite hirviendo mientras intentamos abrirnos paso"

"¿Podríamos construir torres de asedio? Como en Invernalia" había sugerido entonces Morna Mascara Blanca. Y aunque algunos asintieron en acuerdo, otros se mostraron reacios.

"Con ese foso es inútil. Tendríamos que taparlo o llenarlo antes de poder acercas las torres a las murallas" fue la respuesta de Jon.

Nadie había podido ofrecer un plan de ataque alternativo, pero Jon podía ver que la impaciencia estaba creciendo entre su gente. Los asedios eran asuntos típicamente aburridos, largas esperas dónde la victoria no se decidía en un gran asalto a las murallas, sino en quien podía aguantar más tiempo. Era una lucha más mental que física, y en ese aspecto, Jon sabía que tenía desventaja.

No era solo la inutilidad de esperar, era el hecho de que había señores norteños como rehenes, y que un ejército enemigo avanzaba hacia ellos en esos momentos. Lo cierto es que, a ojos de cualquiera que viera la situación desde afuera, parecería que Jon y sus oportunidades se estaban reduciendo con cada momento que pasaba.

Jon esperaba que los Frey pensaran lo mismo. Que se llenaran de una falsa sensación de confianza. Porque así los necesitaba. Confiados…hasta que llegara el momento de golpear.

Y a una parte más oscura de sí mismo, una que estaba descubriendo solo ahora, le agradaba la idea. Se deleitaba con la noción de los Frey creyéndose seguros…hasta que ya no lo estuvieran.

Fue lo que habían hecho con Robb. Lo habían atacado cuando su hermano había bajado la guardia, cuando se creía seguro dentro del castillo.

"Probarán su propia medicina. La empujaré por sus malditas gargantas yo mismo" pensó, mirando hacia el castillo.

Ser Forley Prester

Los hombres hacían un buen ritmo, recorriendo el terreno con pasos firmes y anchos. Las quejas habían bajado, y los ánimos habían subido.

Normalmente, tal cosa habría sido una fuente de alegría para él. En cierta medida, seguía siéndolo. Pero no le agradaban las constantes jactancias y alardes que escuchaba entre los caballeros y pequeños señores que iban con el ejército. Sabía que los hombres hablaban más de lo debido antes de una batalla, pero esto le parecía algo que estaba llegando demasiado lejos. Los hombres parecían pensar demasiado en la gloria personal, y no lo suficiente en la disciplina. La mayoría de los señores y caballeros al mando no hacían nada para evitarlo, y los que sí lo hacían tenían problemas para mantener a los hombres obedientes.

Incluso él mismo tenía problemas. Cada día era una lucha mayor para controlar el entusiasmo entre los occidentales. Dos de sus arqueros se habían estado gritando uno al otro; por lo que pudo obtener de ambos luego de separarlos, era una discusión sobre quién derribaría al Rey Bastardo en la batalla. Tres hombres de armas habían estado jactándose de obtener como trofeo la piel de un lobo blanco monstruoso que se decía que acompañaba a Jon Nieve.

Nada había sido tan preocupante como una pelea que había estallado con acero afilado entre dos caballeros, uno errante y otro de Spicer, sobre quién llevaría la cabeza del Rey Bastardo a Desembarco del Rey como un regalo para el Rey Tommen. Los había reprendido a ambos en público, para su humillación y la diversión de un centenar de hombres que se habían reunido a ver el espectáculo, y a punto estuvo de ordenar que los azotaran cuando intentaron replicarle.

La batalla no podía llegar lo bastante rápido. Un ejército en combate era un peligro para sí mismo, pero al menos así, podrían concentrarse en pelear con el enemigo en vez de discutir entre ellos.

Pero había otro problema. No, no era un problema, era una sensación que tenía, como un insecto que zumbaba cerca de su oído. Un sonido débil, que advertía que algo estaba mal. No estaba seguro de que era, pero lo inquietaba. Esa tarde, tras detenerse y establecer el campamento, lo sintió otra vez. Fue cuando William, uno de sus hombres de armas más confiables, vino a verlo.

"Mi señor, he estado hablando con Ser Garreth" el hombre, que era al menos 10 años menor que él había tenido buenas charlas con el caballero bastardo. Tal vez estarían en camino a volverse amigos "Dijo que sus hombres han avanzado hasta cinco millas por delante del ejército principal, pero solo han derribado cuervos mensajeros de los Frey, enviados a otros castillos y demandando saber dónde está el ejército que debe apoyarlos contra los salvajes" contó, mientras se quitaba la capa y se servía un vaso de agua.

"Así que el Finado Lord Frey está ansioso porque lo salvemos" pensó, sin sorprenderse. Los Frey no destacaban por sus habilidades marciales, y además, no era cualquier enemigo el que estaba a sus puertas "Si yo hubiera hecho con mis invitados lo que ese maldito hizo con los norteños y con Stark, estaría cagándome ante la sola idea de lo que me harían sus familias"

"¿Y cómo va con los exploradores enemigos? ¿No ha dejado que ninguno escape o avise de nuestra presencia?" Ser Forley no sabía si lograrían sorprender a los salvajes y al hermano bastardo del Joven Lobo, pero si algo había perdido luchando contra Robb Stark, era sus dudas sobre si la sorpresa podía ser un arma poderosa en la guerra. Lo era, no se podía negar.

Pero entonces William lo sorprendió al negar con la cabeza, luego de tomar un trago de agua.

"No hay exploradores" le confió. Forley debió mostrar su incredulidad en sus expresiones, porque prosiguió "Es verdad, mi señor. Ser Garreth jura que ha sido minucioso en su exploración, y no ha encontrado nada. Ni un solo norteño o salvaje vigilando los caminos principales, o las colinas, o los vados" dio otro sorbo antes de decir una obviedad "Parece que todo el ejército enemigo se concentra en Los Gemelos"

Forley asintió distraídamente. Sus pensamientos ya no estaban en su subordinado, sino en las últimas palabras del mismo. ¿Podría ser cierto? ¿Su enemigo estaba tan ocupado intentando asediar a los Frey que se había olvidado de mantenerse alerta a otras amenazas? ¿Creía que aún estaban demasiado lejos para representar una amenaza? ¡Por los dioses, estaban apenas a dos días de marcha forzada!

Contra sus instintos, que lo instaban a la cautela, Forley se sintió esbozando una sombra de sonrisa. Su mente le daba una imagen de algo que no había sucedido, pero que sería tan dulce de pasar.

Imaginaba a su caballería forzando una marcha rápida a Los Gemelos, y cayendo sobre el ejército norteño/salvaje por sorpresa. En un momento, todo en orden entre ellos; al siguiente, todos corriendo, cada uno intentando salvarse a sí mismo mientras él, por su parte, formaba parte de una oleada de jinetes que los derribaba como la guadaña al trigo.

"Su hermano nos derrotó en Aguasdulces de esa manera" pensó "¡Dioses, poder hacerle eso al bastardo sería una retribución tan dulce!" con una sonrisa completa, vació su vaso de un trago.

Hacía tiempo que no dormía con tanta paz, sus preocupaciones olvidadas en las posibilidades de lo que los siguientes días podrían traer.

Val

Llevaban seis días malditos en este lugar, sin hacer nada. Salvando los terraplenes y zanjas del primer día, solo habían estado sentados junto a las hogueras, afilando las armas o hablando. Val había ocupado su tiempo entrenando, midiendo sus habilidades tanto contra los hombres del Norte como contra el Pueblo Libre. Lo había hecho bien, y creía estar mejorando, a costa de algunos moretones y rigidez por todo el esfuerzo, pero valía la pena.

Esa noche, sentada junto a la hoguera, reflexionó sobre algo extraño que pasaba. Bueno, más bien, dos cosas. La primera era que los cambiapieles ahora eran los únicos exploradores. No era por falta de confianza en ellos, Val sabía lo útiles que podían ser, y tenía confianza en su capacidad de explorar luego de la ayuda que le dieron tras su marcha alrededor del Lago Largo, pero no entendía porque Jon se negaba siquiera a establecer algunos exploradores en los alrededores.

Y esa era la otra cuestión. Jon. O más bien, su actuar.

Aún antes de que el campamento estuviera establecido, Jon se había retirado a la soledad de su tienda, de la que apenas había salido desde entonces. Salvo breves momentos para comer o beber en compañía de los hombres, Jon pasaba la mayor parte del tiempo en su tienda, protegido por sus Guardias y sin Fantasma a la vista. La ausencia del lobo huargo le daba una idea de lo que Jon estaba haciendo en la soledad de su tienda, pero al mismo tiempo planteaba más preguntas.

¿Jon estaba dentro del lobo? Y si así era, ¿qué estaba haciendo? Explorando era la respuesta más probable, pero ¿por qué exploraba por medio del lobo, si ya tenía a los cambiapieles haciendo tal tarea? O acaso, ¿estaría buscando algo más? Y entonces, ¿qué?

Tendría sus respuestas unas horas más tarde, al sentarse a cenar junto a una hoguera, en compañía de otros doce o quince, hombres y mujeres libres e incluso algunos norteños. Era apenas el inicio de la noche; aún se veía algo de claridad hacia el oeste, perdiéndose en el horizonte. Val acababa de dar la primera mordida a la carne de conejo que le había tocado cuando los norteños y algunos de los demás se levantaron, mirando algún lugar atrás de su espalda.

"No. No hay necesidad de eso" una voz que conocía lo suficiente dijo cuando algunos de los hombres intentaron inclinarse "Val"

Miró sobre su hombro, viendo a Jon llegando. Le hizo un gesto de saludo con la cabeza, ya que aún tenía carne en la boca.

Jon se detuvo a su lado, y con una mirada y un gesto, pidió privacidad. Los otros hicieron caso, solo tomando el conejo y algunos peces que se asaban al fuego antes de irse, dejándola sola con el Rey en el Norte y más allá del Muro.

Jon se sentó ante ella, junto al fuego. Demasiado cerca, notó Val. Pero eso perdió importancia cuando Jon empezó a hablar.

"He convocado un consejo de Guerra. Los caudillos y los señores ya se están preparando. Vine a buscarte" le avisó.

Val bajó la carne antes de darle un segundo bocado, y en cambió alzó una ceja "Eso es nuevo. Tú, viniendo a buscar a alguien para un Consejo de Guerra" comentó.

Jon pareció avergonzado. Un poco "Necesito algo de ti" reconoció.

"Claro que sí" dijo, sintiéndose usada, lo que la fastidió "¿Y qué es eso?" preguntó, su curiosidad superando su leve fastidio.

"He tomado una decisión, y a muchos no les gustará. Mors, más que nadie, sospecho. Necesito que te asegures de que obedecerá"

"Últimamente no nos dejas felices con tus decisiones en los Consejos" le comentó, medio en broma medio en serio. Dio un nuevo bocado a la carne de conejo.

Jon bufó "Mi trabajo no es darles felicidad, es darles victorias" replicó, y tras un momento de consideración, Val asintió en acuerdo.

"Mejor enojados que muertos" dijo después de tragar la carne.

"Mejor enojados que muertos" coincidió Jon, antes de ponerse de pie. Val lo imitó luego de tragar el resto de la carne y tomar un sorbo de agua.

"Cruzamos el muro gracias a ti. Vencimos a los Bolton gracias a ti. Tomamos Invernalia gracias a ti. Capturé Foso Cailin gracias a ti" enumeró Val, antes de ofrecerle el brazo. Jon le ofreció la suya, cada uno sujetando el brazo del otro "Lo que decidiste, estoy contigo" prometió.

"Lo sé" le recordó Jon, antes de asentir "Y no sabes cuánto me alivia saberlo"

Jon

"Entonces vamos. No será más fácil si esperas" le dijo Val, soltando su brazo y encaminándose al lugar de la reunión. Jon la siguió.

Poco tiempo después, entraban en la tienda en la que había una gran cantidad de personas importantes en su ejército.

Tormund Matagigantes y Kylgren, Ygon Oldfather y Morna Mascara Blanca, Morgan Liddle y Marlon Manderly, Hugo Wull y Brandon Norrey, Soren Rompescudos y Sigorn de Thenn, Harle el Cazador y Harle el Bello, Robett Glover y Harrion Karstark, Gavin el Mercader y Harma Cabeza de Perro, El Gran Morsa y Devyn Dessollafocas, Brogg y Uggart, Agnar Harclay, y el que por mucho era el que más preocupaba a Jon. Mors Umber.

No los saludó, ni miró a donde fue Val, sino que se dirigió al fondo de la tienda. Cuando estuvo seguro de que todos podían verlo, habló.

"Llevamos bastante tiempo aquí. Tenía la esperanza de que los Frey aún tuvieran la hombría necesaria para plantarnos cara, pero ahora veo que es tan estúpido como esperar que una vaca produzca cerveza por las tetas" algunas risas se escucharon por lo bajo, pero las ignoró "Ahora nos llegan noticias preocupantes. El ejército enviado por el trono está a poca distancia de aquí" les informó, observando las reacciones.

Algunos, como Robett Glover o Harle el Cazador, fruncieron el ceño y murmuraron por lo bajo. Otros, como Ygon Oldfather o Marlon Manderly parecieron preocupados. La mayoría optó por prestarle atención con más cuidado, esperando sus palabras. Sin embargo, uno habló.

"¿A qué distancia, Alteza?" preguntó Brandon Norrey, su barba moviéndose cuando inclinó la cabeza para verlo mejor desde su lugar.

"Los cambiapieles han determinado dos días. Tres a lo sumo, si marchan a un ritmo más pausado" dejó que pasara un momento antes de soltar el resto "Traen pocos arqueros, pero su infantería es muy numerosa. No tanto como la nuestra, pero es bastante considerable" esperó hasta que alguno de los presentes hiciera la pregunta obvia.

Al final, fue Uggart, un caudillo de los pies de cuerno.

"¿Y caballos?" preguntó, frotándose un brazo con la mano del otro.

Notó que le prestaban aún más atención que antes, todos pendientes de lo que saldría de su boca.

No los hizo esperar mucho.

"Muchos más que los nuestros" reconoció, observando la preocupación en los ojos de la mayoría, y el miedo en los de unos pocos "Y la gran mayoría, más blindados que los nuestros" añadió, empujando el cuchillo y observando como la razón se alejaba de muchos, que empezaron a hablar y murmurar entre ellos. Demasiado preocupados por lo que dijo para prestarle una atención continua.

Los dejó seguir por unos momentos, mientras miraba a Mors y Val. El primero parecía imperturbable por sus palabras, mientras que la segunda lo miraba en silencio, reconociendo que esta era la reacción que esperaba al dar tales noticias.

"¡Silencio!" exclamó en voz alta, logrando que las conversaciones cesaran casi de inmediato "Por el bien del ejército…debemos levantar el asedio y partir hacia el norte" afirmó.

Por un momento, ninguna voz se escuchó.

Al siguiente, todas lo hicieron.

"¡¿Por qué diablos marchamos hasta aquí si vamos a retirarnos como unos cobardes?!" gritó Robett Glover, con el rostro rojo de rabia.

"¡No! ¡Debemos luchar, Rey! ¡Desplegarnos y luchar contra ellos!" instó Tormund, agitando un puño ante él.

"¡Podemos resistir aquí! Si levantamos defensas en la dirección de la que vendrán, podemos ganar tiempo. ¡Nos atacarán y luego devolveremos el golpe y los acabaremos!" propuso entonces Maege Mormont, su voz gritando tan fuerte como las otras.

"¡No podemos huir! ¡Nos llamarán cobardes y nunca recuperaremos a los rehenes en Los Gemelos!" rugió Mors Umber, mirándolo con una mezcla de rabia y desesperación.

Esos fueron los que Jon logró entender. Los demás se confundieron entre la cacofonía.

Finalmente, y con mucho esfuerzos de su parte, logró que todos se callaran. Seguían enojados, preocupados o una mezcla de ambas, pero estaban en silencio, y eso era suficiente por ahora.

"Sí nos quedamos aquí, quedaremos atrapados. Con la fortaleza y el río a nuestra espalda y un ejército tan grande a nuestra retaguardia, no duraremos un día si lanzan un asalto. Si fortificamos nuestra posición, nos rodearan y esperaran a que el hambre nos destruya. Si, el hambre" recalcó, preguntándose porque la valentía ante las espadas y lanzas del enemigo no se traslucía en precaución hacia un problema tan evidente en la guerra "El hambre es también un enemigo, y uno peligroso. No podemos protegernos de ella con los escudos, ni podemos matarla con las espadas. Si el hambre nos golpea, estamos acabados"

Tomó una gran respiración, y continuó, mirando a los norteños uno por uno mientras hablaba.

"Sé que queréis venganza. Yo también" desenvainó la espada y apuntó hacia dónde, más allá de su campamento, se ubicaban Los Gemelos "Los asesinos de mi hermano están allí, a unos cientos de pasos nada más. Mi hermano, mucho antes de lo que fue vuestro Rey. Quiero sangre, quiero a los prisioneros a salvo, y quiero ver ese castillo en llamas. Pero no es el momento" envainó la espada y se dirigió de nuevo a todos "Nuestro momento llegará, pero hasta entonces, los muertos deberán esperar y los prisioneros vivir. Nosotros no somos ni unos ni otros, y no consentiré que nos convirtamos en algo semejante. Preparaos, porque para el amanecer, no debe quedar ni un hombre o mujer aquí"

Un silencio pesado se instaló entre ellos.

"Pero, Rey…"

"Él tiene razón" dijo en ese momento Val, mirando con seriedad a Morgan Liddle, que había intentado hablar "Si estamos aquí, es gracias al Rey" hizo un gesto en su dirección "Si el Norte es libre de los Bolton, es gracias a él. Y si el Pueblo Libre cruzó el Muro, es gracias a él" pronunció en voz alta, como si desafiara a los presentes a negarlo. Nadie lo hizo "Si el Rey dice que lo mejor es irnos de aquí, debemos confiar en él. No nos ha guiado mal antes, y tampoco nos guiará mal ahora"

El silencio cayó sobre todos ellos. Los primeros en asentir fueron los caudillos del Pueblo Libre. Los demás fueron más reacios, pero al final hicieron lo mismo.

Con dolor, con rabia, y con tristeza, los norteños presentes asintieron, cediendo a su voluntad, alentados por las palabras de Val. Harclay, Norrey, Liddle, Wull y Marlon Manderly tenían expresiones de tristeza. Harrion Karstark, Robett Glover y Maege Mormont, de rabia impotente. En cuanto a Mors Umber…Jon no había visto nunca al hombre tan desolado. Por primera vez desde que se había reunido con él en el Último Hogar, aparentaba la edad que tenía.

A pesar de todo, continuó "Partiremos en dos grupos" determinó "El primero partirá a la hora del Lobo, en lo más oscuro de la noche, y estará compuesto por la mayor parte del ejército. El segundo grupo estará compuesto por 10.000 hombres; será nuestra retaguardia, y cuidará que no seamos atacados mientras nos retiramos" nadie reaccionó a sus palabras, la idea de retirarse aún en sus mente.

Pero no discutieron. Sus palabras y las de Val los habían convencido de que era lo mejor.

Luego de eso, no ocurrió nada digno de mención. Se decidió quienes irían en el primer grupo, y quienes irían en la retaguardia. Jon no cedió en su voluntad de partir al final.

Él fue el primero en llegar. Sería el último en irse.

Glimet

Se sobresaltó al ser despertado por su esposa. La mujer lo levantó con empujones, diciéndole lo que pasaba afuera. No pasó mucho hasta que lo confirmara y empezó a preparar a los suyos.

Estaba en medio de subir un barril de flechas a un carro cuando recibió la convocatoria del Rey; se confundió y preocupó. No había hecho nada malo, al menos que él supiera. Ignorando la preocupación en la mirada de su esposa y de los más cercanos de los suyos, todos los cuáles habían escuchado las palabras del mensajero del Rey, se limitó a decirles que siguieran preparándose para marchar mientras él iba a ver al Rey.

En la entrada de la tienda, dos de los Guardias del Rey flanqueaban la entrada. Ambos eran arrodillados; el que llamaban Wull era el más ancho, y el más alto era el Liddle. Ambos lo miraron fijamente, pero ninguno intentó detenerlo ni desarmarlo cuando entró a la tienda.

Dentro de la tienda había poco. Un catre para dormir, un pozo rodeado de piedras con algunos leños para el fuego, una silla y enfrente de ésta un tocón en el que estaba apoyado uno de esos papeles extraños que los arrodillados llamaban mapas. El tocón estaba en medio de él y la única otra persona, el Rey, estaba atento al papel encima del tocón. El único otro en la tienda, además de ellos, era el lobo huargo del Rey. Aunque estaba sentado, su tamaño colocaba su hocico casi al nivel del cuello de Glimet. Los ojos rojos lo miraron con atención, y luchó para no retroceder ante ellos.

Había algo antinatural en ese animal. Estaba seguro.

"Acércate, Glimet" dijo el Rey, quién ahora lo miraba. Con algo de cautela, se acercó hasta estar en frente de él, el tocón en medio de ambos "¿Cómo está tu gente?" preguntó, en un tono de claro interés.

Parpadeó, sorprendido "Están bien, Rey" respondió. Ante la misma intensidad en los ojos del otro hombre, añadió "Están listos para pelear" pensando que eso era lo que quería escuchar.

Ni una expresión cruzó el rostro del Rey. Ni un ceño fruncido ni una sonrisa "Si no recuerdo mal, tenías 150 lanzas bajo tu mando cuando nos fuimos del Agasajo"

"Sí. Las tenía" habían estado junto al Rey desde el Norte verdadero. Habían sangrado juntos contra los Bolton en campo abierto, y luego en el asedio de Invernalia.

"¿Y cuántos tienes ahora?" preguntó entonces el Rey.

Pensó por un momento, antes de responder "Tengo 116 aquí mismo. Y otros 11 han vuelto al campamento en el Agasajo, por heridas graves. El resto ha muerto" respondió.

"Entiendo" la voz del Rey era baja, tranquila "¿Tu gente es obediente? ¿Son valerosos, y capaces de pelear en cualquier circunstancia?" preguntó.

"Lo son, Rey. Solo decidnos donde, y pelearemos dónde haga falta" declaró con firmeza. No tenía miedo; dónde lo mandara el Rey, allí iría.

El Rey asintió lentamente, pero notó que sus ojos brillaban "¿Y si les dijera que hace falta que se alejen de la pelea, Glimet? ¿Si les dijera que huyan de ella?"

Parpadeó, pensando que había escuchado mal "¿Cómo?" salió de su boca, en el mismo tono incrédulo de un niño verde al que se le ofrece una mujer por primera vez.

Las palabras que el Rey hablaría a continuación, las explicaciones que le dio, y lo que esperaba que hiciera, hicieron a Glimet preguntarse si estaba ante un sabio o ante un completo demente.

Alysanne Mormont

Mientras observaba al hombre entrar, no pudo evitar hacer una mueca. Estaba montando guardia desde el inicio del Consejo de Guerra, y desde que éste terminó ya iban diez hombres, o más bien siete y tres mujeres salvajes, que habían sido llamados a la tienda del Rey, sin pista alguna de que rayos estaban discutiendo ahí dentro.

Uno de los que habían pasado antes, un caballero con el emblema de los Woolfield, una casa vasalla de los Manderly, había alzado la voz un momento mientras estaba con el Rey. Luego no lo había hecho más. Y al salir, había tal realización en sus ojos, y tal incredulidad en su rostro, que parecía que no creía lo que había sucedido dentro. Como si la discusión hubiera sido tan…asombrosa…que dudaba de que en verdad hubiera pasado.

Pero nadie decía nada, y el Rey menos que nadie. Y así, mientras el hombre más reciente salía, se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que llegara el próximo. Pero no hubo un próximo, puesto que Rey salió al poco tiempo.

"Muy bien. Eso es todo. Podéis iros a dormir" como si esa fuera la señal, los nietos de Ygon Oldfather se acercaron desde una hoguera cercana y ocuparon sus puestos. Con un murmullo de despedida, Alysanne se alejó de camino a su tienda.

Por el camino, vio como los carros eran cargados, las tiendas deshechas y las hogueras apagadas.

Casi 30.000 hombres partirían en poco tiempo, la mayor parte del ejército. Solo unos pocos arqueros, pero toda la caballería, todos los gigantes y mamuts, el grueso de la infantería y la mayoría de señores y caudillos salvajes de mayor importancia.

Una parte de Alysanne quería detenerse justo ahí, agarrar a quién estuviera más cerca y decirle que dejara de prepararse para partir, que se quedara allí. Luego a otro, y a otro. Quería ir corriendo ante el Rey a decirle que no podían irse, que no podían darle la espalda a Los Gemelos hasta que no hubiera Freys muertos y norteños liberados, que no podían irse de esa forma. Que parecería cobardía.

No lo hizo. En cambio, fue hasta su tienda, se quitó las botas y se acostó a dormir. Su sueño fue profundo, y al levantarse a la otra mañana descubrió que el primer conjunto de fuerzas ya había partido. Su madre y sus hermanas habían partido con ellos, y se encontró lamentándolo y al mismo tiempo no. Su madre no parecía muy…amistosa con el Rey desde que se anunció la decisión de partir de nuevo al norte.

Alysanne estaba de acuerdo con su madre, pero no lo diría. Su trabajo era guardar la espalda del Rey, y no podía contradecirlo en público.

Al poco tiempo, y tras una comida rápida, los 10.000 hombres que quedaban estaban listos para partir. No había pasado más de una hora desde el amanecer. Montó con los demás y todos juntos, los trece Guardias Personales rodearon al Rey. Éste estaba listo, montado sobre un caballo negro como la noche más oscura, con Hermana Oscura atada a su cintura. Sujetos a la silla del caballo había un escudo, un arco y un carcaj con flechas.

"Todos listos" dijo la mujer Val, quién esperaba con algunos otros caudillos y señores menores.

El Rey asintió antes de mirar hacia el ejército "¡Marchen!" ordenó, su voz resonando a lo largo de filas y filas de arqueros e infantería, y con la misma orden repetida por otros caudillos, los últimos 10.000 hombres frente a los Gemelos se encaminaron al norte, devuelta a sus tierras.

Alysanne giró a su montura con los demás para seguir al Rey cuando lo escuchó.

Risas. Risas y burlas, que venían desde Los Gemelos.

Su mano iba hacia la maza, la otra apretando las riendas del caballo, lista para hacerlo girar, cuando…

"¡Alysanne!" la voz del Rey superó la niebla de rabia que cubría sus pensamientos "Vámonos" la mirada del Rey no dejaba lugar a dudas, sus ojos grises eran acero puro.

No podía quebrantar la resolución del Rey, Alysanne lo sabía. Miró a los otros Guardias; todos estaban molestos, los norteños además dolidos. Juró que los ojos de Cedrik Flint estaban vidriosos mientras miraba con rabia castillo.

Pero no desobedecerían al Rey. Temblando de rabia, Alysanne instó a su caballo a avanzar, reuniéndose con el Rey antes de que éste se sumara al resto del ejército mientras marchaban hacia el Norte.

No podría vengar a Dacey si estuviera muerta.

Lo sé, lo sé…no esperaban eso. Jon retirándose, el ejército huyendo en toda regla. ¿Qué sigue ahora? Pues, eso lo sabrán cuando suba el próximo capítulo, lo que espero tanto como uds que sea pronto.

Saludos y bendiciones a todos.