Hola a todos. Bien, aquí les traigo un nuevo capítulo. Espero que les guste. Mil gracias a todos por sus reviews, y especialmente a una persona muy agradable que me felicitó por los 100 capítulos de esta historia (¡Vos! ¡Si, vos! ¡Ya sabes que hablo de vos!).
Bueno, basta de charla. Vamos a lo que nos trajo hasta aquí.
Disclaimer: todo lo que puedan reconocer pertenece a G.R.R. Martín. Yo solo lo uso para entretenerme y entretener de entretener a otros.
Val
La marcha era silenciosa. Silenciosa y rápida. Se movieron sin parar, comiendo y bebiendo sobre las sillas de montar o en el caso de los que iban a pie, que eran la abrumadora mayoría del ejército, devorando pan y carne seca con una mano mientras sujetaban sus armas en la otra. Varios pequeños arroyos y colinas fueron superados sin pausa.
La tensión era alta: los norteños estaban hirviendo, el sudor en sus rostros y la rabia en sus expresiones. No lo decían, pero Val estaba segura de que estaban a punto de quebrarse y hacer algo estúpido: marchar de regreso a Los Gemelos, ir a buscar pelea contra el ejército que se acercaba desde el sur o simplemente quedarse quietos dónde estaban y negarse a moverse. No estaba segura de cuál sería peor.
A su costado, Jon pasó por tercera vez desde que habían empezado la marcha, seguido por los guerreros de su Guardia. Desde que habían empezado la marcha, intentaba mantenerse en todos los lugares a la vez, instando a todos a no detenerse, a seguir avanzando con promesas de llegar a un lugar seguro pronto.
Val, aunque no lo decía en voz alta, sabía que había en camino mucho más de lo que parecía.
"Diez mil hombres a pie. La mitad de ellos, arqueros. Más de 400 carretas con provisiones y suministros. A nuestra espalda, miles de jinetes enemigos. Si tienen una pizca de cerebro, se separarán del resto del contingente y nos perseguirán. No podríamos dejarlos atrás si van a caballo y nosotros a pie" pensó, espoleando a su caballo, rabiosa "Fuerza de retaguardia, mi trasero. No somos eso. Somos una…" entonces la idea la asaltó, tan repentina que la dejó quieta donde estaba.
"¡Más rápido!" se escuchó gritando, antes de dar media vuelta su montura y cabalgar hacia la parte trasera "¡No se demoren! ¡Aprisa!" los instó.
Justo en ese momento Jon cabalgaba del otro lado de la columna, los arqueros separándolos uno del otro. Se miraron un momento, y con un asentimiento de cada uno, se transmitieron la información.
Val sabía ahora a que se debía este segundo grupo de fuerzas, y Jon sabía que Val estaba consciente.
Jon
Las ansias luchaban por dominarlo en cada momento de la marcha. Arroyuelos, colinas, bosquecillos, todos pasaron ante sus ojos sin que les diera una segunda mirada. Tampoco le prestó atención a las granjas quemadas y a los campos de cultivos arrasados hasta el último tallo, hasta la última semilla.
"Sigue adelante. Ya no falta mucho" se repitió constantemente "Esta es la única opción verdadera. Lo único que podemos hacer si queremos vencer" sabía que de haberlo preguntado, muchos habrían dicho que podían hacer otras cosas. Como detenerse y combatir aquí, como debieron haber combatido junto al Forca Verde "Si hubiéramos luchado contra los Lannister y los Tyrell cerca del Río, ya estaríamos muertos"
Miró a su alrededor y reconoció los signos que estaba buscando, y no demasiado pronto: la noche estaba cerniéndose sobre ellos. Les quedaban tal vez dos horas de luz.
Cabalgó hasta el frente, dónde una fuerza de doscientos lanceros, una mezcla de norteños y gente del Pueblo Libre, abría la marcha, al mando de Vylda, una hija de Doss el Ciego, muerto en la batalla contra los Bolton.
"Vylda" saludó, y ella le asintió en respuesta, su trenza oscura cayendo sobre un hombro mientras su escudo asomaba por detrás del otro "Salgan del camino"
"¿Qué?" preguntó ella, confundida.
"En ese recodo vayan hacia el oeste" señaló al frente, a unos 50 pasos por delante había un giro hacia el este.
Cuando Vylda solo frunció el ceño, confundida, Jon perdió la paciencia. Cabalgó al frente, seguido por su Guardia Personal. A instancias suyas, formaron una línea en el recodo, bloqueando la mayor parte de él. Jon se colocó al frente.
"¡No es por aquí!" exclamó a los lanceros que se acercaban, sus pasos más dudosos "¡Es por allá! ¡Vamos!" ordenó, al tiempo que señalaba en la dirección en que deseaba que fueran.
Encabezados por Vylda, los lanceros hicieron caso, saliendo del camino y dirigiéndose hacia el oeste.
"Vamos, seguidlos" ordenó a los próximos, un grupo de lanceros mezclados con arqueros "Hacia el oeste, sin desviarse. Sigan, vamos"
Allí se quedó, asegurándose de que cada hombre, mujer y bestia en el ejército salieran del camino y se dirigieran hacia el interior. Cada vez que las dudas parecían surgir, los arengaba a seguir moviéndose. Val y los otros caudillos lo miraron con desconfianza, y algunos incluso con temor, pero ninguno desobedeció
Tras el grueso del ejército pasaron los carros y luego unos últimos arqueros y lanceros. Cuando estos salieron del camino, Jon hizo lo mismo, llevando a su caballo a un trote ligero mientras se dirigía al frente del ejército, seguido por sus Guardias.
Para cuando volvió a ver a Vylda y sus lanceros, ya casi no quedaba luz. Iban directo hacia el oeste, y por fin llegaron al lugar que había encontrado mientras estuvieron ante Los Gemelos. Ese lugar en el que ponía sus esperanzas para los próximos pasos de su guerra contra Lannister, Frey, Tyrell y la Fe de los Siete.
"¡Alto!" ordenó, al tiempo que alzaba la mano izquierda en un puño por encima de su cabeza. Otros repitieron sus órdenes, y el ejército se fue deteniendo, aún formados, pero ya sin avanzar. En esos momentos en que tomó para que la orden llegara hasta las últimas filas de hombres del Norte y del Pueblo Libre, Jon examinó rápidamente el paisaje ante él.
Se encontraba en una llanura abierta, y ante él había una colina, una gran colina extremadamente empinada. La colina daba a una planicie en la cima, por la cual surgía un riachuelo de aguas que venía del norte, desde el Cuello. Era solo uno de los muchos tributarios del Forca Verde, pero era rápido, demasiado amplio para cruzarlo con facilidad, profundo y de aguas limpias. A los pies de la colina, el centro estaba despejado, pero hacia el norte y el sur había dos bosques. El primero se extendía muchas millas hacia el norte y el este; más allá del recodo dónde había desviado a su ejército, el bosque flanqueaba el camino que los llevaría al norte por un par de millas antes de perderse en el este. El bosque del sur, por su parte, era mucho más pequeño: Jon podía ver su final desde la silla de montar, donde había una serie de rocas afiladas que surgían de la tierra. Las más bajas llegarían a sus rodillas, y las más altas a sus hombros.
"Ubíquense entre los dos bosques, al pie de la colina. Acamparemos allí" ordenó Jon, señalando el lugar dónde su campamento sería establecido.
Garlan Tyrell
Sus exploradores ya se lo habían dicho, pero aun así, fue una frustración al verlo.
Los salvajes y el hijo bastardo de Eddard Stark se habían enterado de su llegada. Las esperanzas de Garlan de que podrían caer sobre ellos con sorpresa fueron destruidas. También las otras, de que los salvajes optarían por permanecer firmes y luchar contra ellos cuando supieras que estaban cerca. En cambio, habían levantado su campamento a toda prisa y se habían ido en la noche, según sus exploradores.
Así, al llegar a la cabeza de una fuerza montada de mil hombres, ordenó que se detuvieran. Miró hacia el oeste, a tiempo de ver los últimos vestigios de la luz del sol desvanecerse. Luego, giró la vista en dirección al castillo, a tiempo de ver como un pequeño grupo de jinetes se acercaba desde las puertas recién abiertas. En sus ropas, capas y estandartes se veía el estandarte de los Frey: dos torres azules unidas por un puente. El hombre que los dirigía, y los dos que lo flanqueaban, eran tremendamente familiares a los hijos de Genna Lannister que iban con las fuerzas occidentales. Garlan no necesitó más para saber que eran Freys.
"Bienvenido, Ser Garlan" hasta la voz del hombre era como el chillido de una comadreja "Soy Ser Jammos Frey. Mi padre os da la bienvenida, y os invita a Los Gemelos para saludaros personalmente" dijo con voz pomposa, intentando verse imponente sobre su caballo. Fracasó miserablemente.
"Acepto con gracia la invitación, Ser" giró sobre la silla de su caballo y encontró los ojos de dos hombres, hablando con ellos "Ser Forley, Lord Garibald, estableced el campamento junto al río. Que los hombres descansen, coman y beban. Y organizad guardias entre los hombres más confiables" con la última frase, dejaba entender que la Fe y los hombres de Desembarco del Rey no debían ser puestos entre los que velarían por ellos en la noche.
"Mi señor", "Lord Garlan" dijeron ambos hombres, antes de girar a sus caballos y dirigirse de vuelta al ejército, con una docena de guardias detrás.
"Dirigid el camino, Ser Frey" instó Garlan a Jammos, al volverse hacia él.
"Como ordene mi señor, pero…" trató de parecer desinteresado, pero Garlan pudo ver el inicio de la aprensión "¿Qué sucede con ellos?" preguntó, haciendo un gesto con la cabeza a los casi mil jinetes armados a las espaldas de Garlan.
Reprimiendo el impulso de resoplar ante la estupidez de la pregunta, Garlan dijo "Pues me acompañarán a ver a vuestro padre, por supuesto" declaró, en un tono que dejaba entrever que no estaba pidiendo ni necesitaba permiso de los Frey.
El caballero Frey tuvo un breve momento de pánico, pero al final murmuró algo por lo bajo antes de indicarle que lo siguiera. Al poco tiempo, los Frey volvían a cruzar por la puerta del castillo, seguidos por sus numerosos invitados.
"Solo un tonto confiaría en las invitaciones de los Frey luego de la Boda Roja"
Garlan, aunque en apariencia indiferente, se sentía repelido. Este lugar era despreciable, pero no por el castillo en sí, sino por sus habitantes. Por dónde veía, alguna cara de comadreja lo observaba entre los rostros de guardias y sirvientes. Estos tampoco le agradaban. ¿Cuántos de los primeros habían ayudado a matar invitados durante la Boda Roja? La mayoría, suponía Garlan.
Garlan había dado instrucciones a los hombres de su séquito horas antes de llegar a Los Gemelos, y ahora vio como estas se cumplían. Algunos de ellos se quedaron en la fortaleza oriental. Otros más en el puente, cuando lo cruzaron mientras las Aguas del Forca Verde llenaban el aire con su clamor. Pero Garlan aún tenía unos quinientos hombres armados con él cuando llegó a la fortaleza oeste. Desmontó luego del grupo que lo había recibido, y permitió que Ser Jammos y sus, ¿hijos?¿hermanos? bah, como si importara. Permitió que Ser Jammos lo llevara dentro de la fortaleza en dirección al Gran Salón del castillo.
Lo primero que vio al entrar al salón fueron las caras de comadrejas. Revisó su opinión: los que había visto afuera no eran nada con la verdadera multitud que los esperaba en el Gran Salón. Hombre, mujeres y niños, de todos los tamaños, edades y formas. Con solo verlos de reojo, entendió porque se decía que Lord Frey era el único hombre capaz de sacarse un ejército de los calzones.
Pero ninguna de las comadrejas importaba, con excepción de una. Sentado en una silla con el respaldo tallado para semejar las dos fortalezas que formaban Los Gemelos, un anciano se sentaba en el asiento que parecía devorarlo. Tenía una gran joroba que lo encorvaba, casi hasta que su barbilla tocaba la mesa ante él. Su boca desdentada estaba llena de baba, sus manos arrugadas y las manchas en su cabeza calva denotaban la gran edad que poseía.
Pero ningún rasgo del Finado Lord Frey le llamó la atención como sus ojos. Esos ojos eran vitales, los de alguien que tenía la cabeza bien clara y los sentidos bien desarrollados. Esos ojos delataron codicia al verlo, y luego molestia y temor al ver las filas y filas de caballeros armados que entraban tras él.
Se detuvo ante el estrado, las manos a cada lado, la empuñadura de la espada bien visible y los ojos fijos en el anciano, intentando ignorar la repulsión al ver a la mujer, apenas más que una niña, que estaba siendo abiertamente tocada mientras estaba sentada sobre esas piernas anciana y débiles.
Por un largo momento se miraron. Garlan esperó, porque no le interesaba empezar con las cortesías vanas, y para su fortuna no tuvo que esperar mucho.
"Así que tú eres Garlan Tyrell. Jeje" empezó el viejo, la risa burlona haciendo hervir la sangre del nieto de Olenna Tyrell "Bueno, hace mucho tiempo que no tengo una rosa en mis salones. Bueno, una que luzca como un hombre, jeje" dijo, haciendo un gesto a varios de sus parientes masculinos, uno de los cuáles se sonrojó de vergüenza "Bienvenido" dijo con cinismo en la voz.
"Gracias" dijo Garlan, luchando por no explotar ante este insecto "Lord Walder, vengo el nombre de Tommen Baratheon, el Primero de su Nombre, Rey de los Ándalos, los Rhoynas y los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos y Protector del Reino" inició, recitando la lista de títulos del marido de su hermana "Su Lord Regente, Lord Kevan Lannister, así como Lord Mace Tyrell, la Mano del Rey, y todo el Consejo Privado, me han autorizado para hablar en su nombre ante la Casa Frey"
"Jeje, jeje" se burló el Finado Lord Frey, como si Garlan le hubiera dicho un chiste "¿Y qué nos mandan decir nuestros nobles gobernantes desde Desembarco del Rey?"
Garlan disfrutaría borrar la sonrisa de la cara de este maldito anciano "La Corona ordena que todos los prisioneros en posesión de la Casa Frey sean entregados para su traslado a Desembarco del Rey" tal como esperaba, eso acabó con la sonrisa del señor, y de pasó con la tranquilidad de sus parientes.
Los murmullos llenaron el salón mientras Los Frey hablaban entre ellos, pero a Garlan no le importó ninguno. Le importó ver como reaccionaba el Señor de Los Gemelos. Sus ojos parecieron desorbitarse mientras algunas venas se notaban en su frente y cuello; toda su cara enrojeció, y apretó los puños sobre los reposabrazos de su silla.
"Sin duda, recibiremos un rescate por esos prisioneros" habló otro hombre, un Frey cerca del estrado. Al avanzar unos pasos en su dirección, Garlan notó que cojeaba.
"Salvar vuestras vidas patéticas de los norteños es bastante recompensa" pensó en decirle, pero no lo hizo.
"Lothar tiene razón. Esos prisioneros son rebeldes y traidores al Trono de Hierro. Si se los entregamos, merecemos…" intentó Walder, pero Garlan ya estaba harto.
"¡Mi señor, me habéis malentendido!" declaró, cortando al anciano "No estoy aquí para negociar con la Casa Frey. Estoy aquí, con estos buenos hombres" hizo un gesto a los hombres detrás de él, los cuáles, en caso de tener el rostro descubierto, mostraban desprecio o molestia apenas velado en sus expresiones mientras miraban a los Frey por todo el salón "para hablar y actuar en nombre del Trono de Hierro. Lo que me lleva a otra cuestión, y es que, con el rebelde Jon Nieve marchando devuelta hacia el Norte, tengo la intención de darle caza y derrotarlo de una vez por todas antes de que pueda ponerse a salvo más allá de Foso Cailin" Garlan estaba decidido a no dejar escapar al ejército salvaje/norteño, y especialmente a su Rey.
El anciano en la silla parecía haberse tragado un limón, tan amarga era su expresión.
"¿No más risas, mi señor? Bien" pensó Garlan, sonriendo por dentro.
Cuando Walder Frey volvió a hablar, la tensión y la molestia que subyacía en sus palabras era evidente "Encomiables objetivos, mi señor" escupió, dando a entender que no le importaba, o incluso que le deseaba la muerte en campaña.
"Ciertamente lo son" reconoció Garlan, antes de soltar lo demás "Pero para lograrlos, temo que me encuentro carente de algunas cosas. Para empezar, de soldados y caballeros que conozcan las tierras desde aquí hasta el Cuello. Y en segundo lugar, de refuerzos" luchó para no sonreír cuando vio que Walder Frey sabía a dónde quería llegar. Era uno de los pocos Frey que parecía saberlo, la mayoría de los demás mirando con confusión hacia él "Después de todo, como bien podéis atestiguar, mi señor, los norteños son enemigos duros, y los salvajes han obtenido victorias considerables contra Stannis Baratheon y Lord Bolton. Por ello, espero que la Casa Frey contribuya con sus tropas hasta el final de la campaña y la muerte de Jon Nieve" concluyó, viendo el miedo esparcirse entre los hijos, nietos y resto de los parientes del señor.
De pronto, todos los Frey parecían mirar a otro lado. Hombres más valientes habrían dado un paso al frente y se habrían ofrecido a liderar a sus parientes. Hombres más valientes habrían desenvainado sus espadas o las habrían comprometido con su causa para derrotar a los enemigos del Rey. En cambio, ni un sonido se escuchó. Ninguna palabra se escuchó entre los hombres de Los Gemelos, quienes de pronto intentaban hacerse lo más pequeños posibles.
"Cobardes" pensó Garlan Tyrell, y habría apostado su vida a que los hombres que habían entrado con él al salón pensaban de manera similar.
Walder Frey había estado burlándose de él cuando llegó. Luego, estuvo furioso. Ahora, parecía nervioso.
"Lord Garlan" empezó, al tiempo que cruzaba sus manos en su regazo "Vuestra causa es buena y justa, pero temo que no puedo contribuir con hombres a ella. No cuento con suficientes guerreros, y los necesito todos para proteger mis tierras y este castillo. Como sin duda sabéis, Los Gemelos están en un punto estratégico vital. Si cayera en manos enemigas, las consecuencias serían devastadoras" intentó convencerlo, pero Garlan no se dejó conmover, especialmente porque notaba la bilis que el viejo guardaba tras una falsa voz apaciguadora.
"No niego la importancia de Los Gemelos, mi señor. Pero me parece que no tenéis en cuenta que las tierras al norte de esta fortaleza y hasta llegar a los pantanos del Cuello están juradas a los Frey, ya sea directamente o por medio de sus vasallos. Vuestro deber es protegerlas, y el mío es derrotar a Jon Nieve y a sus salvajes y rebeldes. Para que ambos cumplamos con nuestro deber, lo más acertado es que unamos nuestros esfuerzos para ver dichas tierras a salvo y a los enemigos del Rey derrotados" expuso con simpleza, como si estuviera hablando con un niño o con un tonto.
"Pero el hecho, mi señor, es que si os lleváis al ejército de la Casa Frey, dejáis el castillo indefenso" habló en ese momento otro Frey, un hombre de rostro reducido y rizos grasosos que caían hasta sus hombros. Dio un paso más y siguió hablando "Los salvajes son engañosos, y los norteños son traicioneros. El Joven Lobo era conocido por sus ataques llenos de engaños, y su hermano bastardo podría buscar imitar alguna de sus sucias prácticas" le sonrió de forma untuosa, intentando parecer amigable y confiable "Por supuesto, un ejército como el vuestro está más allá de la derrota por medios tan sucios" aduló "pero no sería sensato arriesgarse a la pérdida de esta fortaleza ante los enemigos del Trono" concluyó, con una sonrisa zalamera.
"Si pudiera hablar…" intervino otra voz, y Garlan, sorprendido, observó cómo entre sus filas se hacía presente un rostro que conocía bien.
"Ser Denys" nombró, observando con atención al hombre.
Ser Denys Graceford era el heredero de su casa. Solo dos años menor que el propio Garlan, era considerado prodigioso con una espada en la mano, además de un caballero de buena reputación, labrada en muchos torneos en el Dominio, las Tierras de la Tormenta y las Tierras de los Ríos. También era un hombre astuto, y Garlan sabía que sus palabras no debían ser tomadas a la ligera. Tras un breve momento, Garlan asintió, permitiendo al otro caballero hablar.
"Si bien Ser…" empezó Denys, mirando al Frey que había hablado en último lugar.
"Soy Ser Walton Frey, Ser Denys" respondió él, con una sonrisa que, Garlan asumía, pretendía ser amistosa pero en realidad solo era patética.
"…Ser Walton tiene razón, también lo hace Lord Tyrell" dijo, señalando a Garlana con un movimiento de la mano "Sin embargo, y con vuestro permiso, mi señor, creo tener una respuesta que podría satisfacer ambas necesidades" le dijo, con una sonrisa que intentaba transmitirle seguridad a Garlan.
Aunque algo dudoso, Garlan no creyó sensato insultar al heredero de una casa vasalla de Altojardín, y uno de sus mejores peleadores, negándole el derecho a hablar ante otros. Por ello, le dio un asentimiento de aprobación. Walder Frey, sentado en su silla, no dijo nada, pero se notaba que no le agradaba como iba la conversación.
"El ejército de la Casa Frey partirá con nosotros, no en su totalidad por supuesto. Dejarán algunos hombres para defender esta vital fortaleza. Nosotros los ayudaremos dejando un número igual para poder garantizar que los norteños y salvajes fallen si intentan algún engaño" dijo Denys Graceford, con una sonrisa filosa como un cuchillo.
Las expresiones de los Frey fluctuaban entre temor, fastidio, molestia o impotencia. Garlan las disfrutó, pero ni de cerca tanto como la ira mal disimulada en el rostro de Lord Walder.
"Esa idea es…"
"¡Esplendida!" interrumpió Garlan al Frey cojo, antes de hacer un gesto de asentimiento hacia Ser Denys "Tenéis mi gratitud por tan valiosa contribución, Ser. Mi señor de Frey, seleccionad un décimo de vuestros hombres para que se queden en el castillo y provean su defensa, yo haré lo mismo y los dejaré a cargo de un hombre valiente. Ningún enemigo tomará los Gemelos, Lord Frey. Vos y vuestra familia estaréis a salvo" declaró, mezclando la cortesía con la orden como le habían enseñado desde niño.
Entonces, Ser Garlan volvió a mirar al otro Frey, el que cojeaba "Por el momento, sin embargo, desearía ver a los prisioneros tomados en la Boda Roja. Os agradecería que me llevaras con ellos, Ser…"
"No soy un Ser, mi señor de Tyrell" corrigió el hombre, sus ojos brillando de astucia y su piel erizada "Mi nombre es Lothar, mi señor. Y con gusto os llevaré a ver a los traidores" miró a su padre en el asiento, y tras un breve gesto de Lord Walder, siguió "Si tenéis la bondad de seguirme…"
Ser Errol Woolfield
Habían marchado por un día completo, en la parte de atrás del ejército. La caballería abría la marcha, dirigidos por Maege Mormont y Harma Cabeza de Perro. Luego la infantería, guiados entre otros por Ser Marlon, Mors Umber, Tormund Matagigantes y Soren Rompescudos. Harle el Cazador y Agnar Harclay lideraban a los arqueros, mientras Harle el Bello y Harrion Karstark protegían los carros y animales que cargaban provisiones y suministros para el ejército.
Y detrás de ellos, había mil hombres, divididos en diez grupos de un centenar cada uno. Todos estaban dirigidos por pequeños caudillos, por hijos de señores norteños menores y por un caballero de una casa vasalla de los Manderly. Él.
El Rey había designado personalmente el orden y los mandos de cada parte del ejército, con órdenes extremadamente claras para cada uno de los hombres y mujeres que dirigirían cada parte: marchar de vuelta al Norte sin salir del camino y sin distraerse, hasta que encontraran una partida de lacustres que los esperarían en los límites del Cuello. Debían esperar allí mismo hasta que el Rey diera nuevas órdenes.
Por debajo de su cota de malla, Errol sintió el papel golpear contra sus costillas. El pergamino enrollado que el Rey le había dado para llevar cuando estaban solos en su tienda se sentía tan pesado como la cota de malla. Bueno, el pergamino y las palabras del Rey.
"Una oportunidad única, Ser Errol. Tened éxito, y el Norte jamás olvidará vuestro nombre, y vos en persona seréis recordado como uno de los más grandes campeones de la Casa Stark"
Esas palabras lo habían seducido. Toda su vida había sido un hombre de poca importancia, un primo de Lady Leona, la esposa del heredero de Lord Manderly. Lo máximo que había logrado hasta ahora era el mando de escasos cien hombres, muchos de ellos salvajes, y ese era un mando insignificante. No tenía tierras, su dinero era escaso, y sus propiedades más escasas aún. Una oportunidad era lo único que había deseado desde que había dejado de ser un niño.
Ahora la tenía, y maldito sea si la dejaba escapar o si la perdía.
"¡Ser! ¡Ser Errol!" la voz lo sacó de sus pensamientos, y también atrajo la atención de muchos otros. El hombre, Tristifer, se acercó a él desde dónde lo había dejado en la retaguardia. Detuvo a su caballo junto a él, una mirada de pánico en sus ojos.
"Cálmate, muchacho" le ordenó, justo cuando abría la boca de nuevo "Desmonta" le ordenó.
"Pero, Ser Errol…"
"¡Desmonta, dije!" en esta ocasión, Tristifer se apresuró a bajar y a seguirlo, el caballo llevado por las riendas "Ahora dime, en voz baja, ¿qué sucede?"
"Los hombres que venían atrás, Ser...¡han desaparecido!" le dijo en voz baja, en pánico.
"Vuelve a tu lugar, y asegúrate que nadie se quede atrás" el ritmo de marcha que llevaban era duro. Todos los norteños, como él, estaban cubiertos de sudor. Lo salvajes lo llevaban mejor.
Tristifer lo miró como si se hubiera vuelto loco "Pero…"
"Obedece" dijo, su voz restallando como un látigo, cortando al hombre antes de que llegara más lejos "Y nada de comentarios" no necesitaba poner nerviosos a los hombres que iban con ellos.
"Si, Ser" dijo Tristifer tras mirarlo por un largo momento; montó su caballo y volvió a su lugar, en el fondo de la fila.
Con el grueso de la caballería delante del ejército, eran pocos los animales para montar en el resto del ejército. Él mismo, por ejemplo, tenía un solo caballo entre los cien hombres bajo su mando. Un hombre más orgulloso se lo habría quedado para sí mismo, prefiriendo como líder montar y dejar que los otros se agotaran caminando. Pero había preferido dejar la única montura al hombre de la retaguardia, como vigilante para estar seguro de que ninguno de los cien se quedaría detrás en la marcha. También, en un esfuerzo para evitar que surgieran rencores, había ordenado que el puesto de vigilante, y el caballo que llevaba, se cambiara cada un par de horas.
Con Tristifer, ya iban cinco hombres que le avisaban que, desde que partieron de Los Gemelos, cien hombres a su espalda habían desaparecido. La mitad de los mil que el Rey había dejado tras los carros con las provisiones y suministros.
"Mantente atento al camino, especialmente a las curvas y los bosquecillos. En uno de ellos, un cambiapieles te esperará y te guiará hacia el oeste. Será una marcha larga. Síguelo. Te guiará a gente que te ayudará" le había dicho el Rey esa noche en la tienda.
Observó al frente, esperando ver si había algún movimiento inusual, pero no vio nada. Ajustando el escudo que llevaba en su espalda, siguió caminando.
Delante de él, había cincuenta pasos de diferencia con el siguiente grupo de cien hombres. Detrás, no había nada. Había quinientos hombres y mujeres a su espalda cuando empezó la marcha en medio de la noche. Ahora, no había ninguno.
El Rey no le había dicho que otros se separarían también del ejército principal, se había limitado a decirle que no informara a nadie y siguiera a su guía cuando fuera a buscarlo. Si Errol tuviera que adivinar, diría que los otros grupos habían salido del camino solo cuando eran los últimos, para no llamar atención de forma indeseada. Si eso era cierto, entonces el cambiapieles que el Rey le había dicho que vendría podría hacerlo ahora, ya que no había ojos detrás de él y los suyos que pudieran hacer preguntas incómodas.
Aun así, pasó más de una hora y la marcha siguió sin incidentes. Fue solo cuando estaban cruzando un bosquecillo cuando, de entre unos arbustos, surgió una figura, una mujer que solo se mostró después de que el grupo de cien hombres pasó junto a ella.
Resultaba obvio que era una salvaje. Una hilera de cuentas hechas de piedra y ópalo colgaban de su cuello, y había una daga de bronce y una extraña hacha filo de hueso en su cintura. Pero lo más destacado, y que delataba a gritos que era una cambiapieles, era el gatosombra adulto que estaba a su lado, como un perro fiel.
"Un perro con garras y colmillos capaces de abrirme la garganta y la barriga como a un lechón" pensó, reprimiendo un escalofrío.
Cuando la mujer le hizo un par de gestos, para que saliera del camino y guardara silencio, Errol solo asintió antes de ordenar lo mismo a los que iban detrás de él. Algunos intentaron hablar, pero los instó a guardar silencio y hacer caso. Los salvajes especialmente parecían recelosos, pero obedecieron.
Mientras con un ojo verificaba que todos salieran del camino y siguieran a la mujer salvaje, con el otro verificaba que los que iban delante de ellos, que cada vez se alejaban más, no notaran que se estaban quedando.
No lo hicieron.
Por fin, cuando el último de sus cien salió del camino, él mismo los siguió. Se apresuró a alcanzar a la mujer, y para cuando lo hizo, el camino ya no estaba a la vista. Con unas palabras, se detuvieron cerca de un claro. Los cien guerreros, hombres y mujeres, norteños y salvajes, habían formado una media luna a su alrededor. Todos lo miraban, buscando explicaciones. Estaba a punto de darlas cuando la mujer se adelantó, el gatosombra quedándose al margen, pero con sus ojos fijos en ellos.
"Mi nombre es Zoey. Soy una cambiapieles, como se habrán dado cuenta" dijo, haciendo un gesto al gatosombra "El Rey me ordenó que viniera a buscaros y los guiara"
"¿Qué pasa con el ejército?" preguntó un hombre de barba poblada, la lanza descansando contra su hombro.
"Ellos seguirán su marcha, pero ustedes no irán con ellos" respondió la mujer.
"¿Por eso es que nos dieron provisiones al partir de ese castillo?" dijo un salvaje de cabello rubio y ojos marrones.
Era cierto. A diferencia de otros en el ejército, cada uno de sus hombres, y él mismo, llevaban un pellejo lleno de agua y carne salada, pan y frutos secos. Suficiente para unos días.
"Exacto. Tenemos un par de días de marcha por delante. Menos, si somos rápidos" el tono de la mujer empezaba a denotar impaciencia, y lo cierto es que Errol no podía culparla.
Errol intervino entonces "Así es. El Rey me llamó a su tienda para explicarme todo esto" contó, señalando a la mujer, Zoey, a su lado "Nosotros no iremos al norte, sino hacia el oeste. Ella es nuestra guía. Tenemos una misión diferente"
"¿Qué misión?" preguntó entonces una mujer de las lanzas, alzando las cejas, curiosa.
"Miren, no hay tiempo para esto" cortó Errol, y a su lado la cambiapieles lo secundó con un asentimiento "Tenemos que movernos ya. Cuando lleguemos a nuestro destino sabremos más, pero por ahora tenemos que hacer caso"
Muchos parecían recelosos, pero no se movieron, ni hacia ellos ni devuelta al camino y al ejército.
"No es cuestión de que confíen en mí, o en él, para el caso" dijo Zoey, haciendo un gesto con la cabeza hacia Errol "La cuestión es: ¿confían en el Rey?" de inmediato muchos asintieron, algunos con vehemencia "En ese caso, síganme, y no hagan ruido" y con esas palabras empezó a caminar a zancadas hacia el oeste.
De inmediato, dos tercios de los hombres y mujeres la siguieron, todos ellos salvajes. Unos pocos más, incluyendo unos quince norteños, se demoraron unos momentos, pero al final optaron por seguir a sus compañeros. Con un suspiro, Errol los siguió.
Para cuando alcanzó a Zoey, la cambiapieles ya estaba acelerando el paso. Delante de ella, a la distancia, su gatosombra era un punto de oscuridad en los colores otoñales finales en estas tierras.
"El Rey dijo que debemos ser silenciosos. ¿También te dijo que nadie podía vernos hasta que hayamos terminado?" le preguntó a la mujer, al tiempo que iniciaba un pequeño trote para no quedarse atrás. A sus espaldas los demás hicieron lo mismo, sin hablar.
"Si, me lo dijo" respondió la tal Zoey, mirando a todos lados, como buscando ojos indiscretos.
"¿Y qué pasaría si, a pesar de las precauciones, alguien nos ve?" le preguntó a la mujer.
"El Rey fue claro" la mujer lo miró, sin detenerse "Si alguien los ve, mátenlo, escondan su cuerpo tan bien que ni siquiera su fantasma pueda encontrarlo y luego sigan adelante" repitió las palabras del Rey.
Howland Reed
Cuando finalmente hubiera reunido a todos los suyos, se reunió con sus banderizos en un lugar apartado, un pequeño parche de tierra con la hierba alta en medio de un pantano. Ahí lo encontraron William Blackmyre, Oron Quagg, Beron Marsh, Loren Fenn, Tabold Bold, Elis Greengood y Thomas Cray. En cuánto se les unió Bryan Peat, empezó la reunión.
Howland miró largamente a todos los hombres ante él. Ésta era su gente, su pueblo. Todos lo conocían y él los conocía a todos. No había allí un hombre al cuál no le confiara su vida sin parpadear.
"Hace tiempo que no nos encontramos todos. Es bueno verlos" inició, recibiendo asentimientos y un par de sonrisas de sus vasallos "Saben que el Rey nos ha convocado, y aquí estamos, para cumplir con nuestra obligación. Somos hombres de Stark, ahora y siempre" les recordó, y como esperaba, no hubo disensión alguna en sus palabras.
"Howland…" las palabras sonaron, y todos los ojos se dirigieron a Elis Greengood "…cuando supimos que el Rey había dejado cruzar a los salvajes, no nos gustó la idea. Somos los más alejados del Muro, pero somos norteños igualmente" William y Oron asintieron, respaldando esas palabras "Tú dijiste que mantenía a los salvajes bajo control. Que sin ellos nunca hubiera logrado derrotar a los Bolton y al resto de los traidores" le recordó, y Howland asintió, reconociendo que esas habían sido sus palabras "Pero eso es algo que nunca se hizo antes: las paces con los salvajes. Ahora temo que nos digas que el Rey demanda algo similar de nosotros; o más bien, algo…que nunca hemos hecho antes de hoy. Como unirnos a su ejército" apenas terminó, pudo ver el recelo de los demás ante esa posibilidad. Oron, Loren e incluso Bryan negaron con vehemencia, repelidos por esa idea.
Howland mismo no lo habría considerado. Era un hombre leal al Rey, pero no un estúpido. Su gente no tenía oportunidad contra la armadura pesada y la caballería y no era tan orgulloso ni tan necio para guiarlos, o dejar que nadie más lo hiciera, ante una batalla convencional.
"Elis, te prometo, a todos les prometo…" dijo, mirando a cada uno a los ojos antes de seguir "que no vamos a estar en medio de un campo de batalla. No es nuestro estilo, y el Rey lo sabe tan bien como nosotros"
Pudo ver como esas palabras calmaban a sus vasallos, y para sus adentros, felicitó al Rey por la previsión que había tenido, por no pedir a su gente algo que no podían hacer.
"¿Qué nos pide entonces que hagamos?" era la pregunta que más esperaba, y la hizo nadie menos que Bryan.
Howland respiró hondo y empezó a explicar. Por momentos, pudo ver intriga en los ojos de sus vasallos. En otros, incredulidad. También, una cierta emoción. Para cuando terminó, todos se miraron entre sí, y Howland esperó, sabiendo que no debía demandar nada. Ahora, debía esperar.
El primero en asentir fue Bryan Peat. Lo siguió Loren Fenn. A continuación, Beron Marsh y Oron Quagg. William Blackmire y Elis Greengood fueron algo más vacilantes, pero asintieron también. Tablod Bold y Thomas Crey fueron los últimos, y fueron instados en gran parte por las miradas de los otros.
Con eso, estuvieron todos de acuerdo.
"Bien" dijo Howland "Entonces prepárense, porque partimos hacia la Ciénaga de las Mil Lenguas con todas nuestras fuerzas"
Hola a todos. Bien, este capítulo la verdad lo escribí un poco más lento. Hace mucho calor donde estoy eso me afecta el ánimo, no lo voy a negar.
Hace poco vi una miniserie que se llama Gambito de Dama (muy recomendable, por cierto) y trata del ajedrez. Podemos decir que, en estos eventos, con dos ejércitos tan cerca el uno del otro estamos…en posición de partida. Todo lo que ha habido hasta este capítulo es "acomodar las piezas del tablero" por usar tal referencia. Ahora, inicia la verdadera partida.
Saludos y bendiciones a todos.
