Han pasado dos días desde que llegamos a Le Mans. El panorama se mantiene. Tan lóbrego como desde un comienzo. Mis tíos, siguen cautivos en su propio palacio de grisáceas piedras. Emilie en el calabozo, con Lila. Gabriel y Nathalie, amarrados al poste del cobertizo. Si bien es un trato meramente justo sobre sus delitos, algo me sigue irritando en demasía. No sé si es el hecho de no poder ser yo quien tome cartas en el asunto y tenga que depender de terceros. O es el infame devenir de una historia que ya no me compete llevar. Se supone que regresamos a la provincia en busca del laboratorio de mi tío. Ese era el principal objetivo. Adrien manifestó ser capaz de crear una cura, con la sangre de Kagami. Porque no tenía herramientas para ello. Sin embargo, llevamos dos días aquí. Y no se ha dignado a dejar su habitación. No ha bajado al sótano para llevar a cabo tal proeza. No asiste al salón a probar bocado. Ha decidido enclaustrarse en su cuarto. Come, ahí. Se baña, ahí. Vaya a saber uno, qué otras cosas, hace ahí. Intenté infructuosamente tener una plática melindrosa con él. Pero rechazó mi visita. A la única que le permite entrar, es a Marinette. Si bien por más que le pregunte sobre qué piensa al respecto de la situación, ella insiste en negar con la cabeza. Me dice.
—No desea referirse al tema.
¿Qué le pasa a mi primo? La pregunta me ofende en retrospectiva. Obvio que conozco, lo que le molesta. Aunque no sé ya, si es el trato que han recibido sus padres. O es el engaño que Kagami y Zoé le montaron por la cara. Adrien también es una caja de pandora, para mí. De un tiempo a esta parte, ha transmitido barruntos de ser un hombre distinto. Ha madurado mucho. Está sumamente cambiado. Ya no es aquel chiquillo sumiso, domado por las beligerancias de terceros. No sé si es porque aprendió a luchar en el campo de batalla o, en definitiva, se está dando a su lugar como el heredero bonachón que le encomendé de camino a la provincia. Fui yo, quien lo aleonó. Le dije. Le advertí, que debía tomar el toro por las astas. No permitir por nada del mundo que Kagami le hiciera afrenta. Él es un chico valeroso. Merece responsabilizarse por los Agreste. Incluso si lo negara a regañadientes, sigue coexistiendo como el líder de Le Mans. El "regente" como lo llamó Tsurugi.
Me preocupa, su estado de salud. Y no hablo en un sentido figurado. Me refiero a su cabeza. A su alma. Soy su primo hermano. Soy su familia. Pero por, sobre todo, no he dejado de lado mis dotes de monje anglicano. ¿Y si lo abordo por ese lado…?
—¿Qué cosas estoy pensando? —se mortifica Félix, a viva voz—. Es ridículo. Ni si quiera cree en Dios.
—¿Disculpa? —le interrumpe Luka. Quien, de refilón, ha oído sus palabras— ¿Quién es el hereje ahora?
—Mierda. No me di cuenta que estaba aquí —exhala Fathom, rendido—. Lucifer, Luka. Lucifer.
—¿De qué hablas? —argumenta Couffaine—. Lucifer no era ningún hereje. De hecho, era el más listo, guapo e independiente de todos los arcángeles. ¿Te refieres a su destierro?
—¿Es una broma? —Graham de Vanily se remueve los cabellos, confrontado—. Aprendiste a leer y lo primero que lees es la biblia. ¿Es en serio?
—¿Y qué querías que leyera? —arquea una ceja, altivo— ¿Los avisos de "se busca"? Si es por eso, Argos está en el top de los más famosos.
—No leas basura, te lo ruego —el rubio le da una palmada en la nuca, azorado—. No me refería a eso. No sé. Hay libros más interesantes que leer.
—¿Cómo cuál? —exige el peliazul—. El otro día te pedí que me recomendaras uno y casi me tiras la montura de tu caballo.
—¿Yo hice eso? —no se entera.
—Félix —advierte el herrero—. Eres mi amigo y te aprecio mucho. Pero últimamente estás muy irascible.
—Carajo. Es este bicho de mierda. Necesito que Adrien de una buena vez salga de su ostracismo…o todos nos iremos a la puta —aprieta los puños, brioso—. N-no. Lo siento. Quizás me pillaste de malas. No es que yo sea así.
—Le debo mucho a Emma ¿Sabes? —exclama el campesino, enseñándole una carta desde el interior de su camisa—. Nos hablamos casi todas las semanas. Ahora entiendo lo que me dice. Es una niña muy tierna.
—¿Te escribes con Emma? —parpadea, atónito— ¡Dame eso! —se la quita.
—¿Por qué me miras así? —se espanta— ¡Hey! ¡Es mía! ¡Es mi lección!
—¿Esa niña se escribe con Luka y no con nosotros? Necesito saber que pasa…—repasa.
«Menester, Luka. No le cuentes a mis padres que te escribo.
¿Cómo vas con tu lección de lectura? Te recomiendo repasar el Genesis. Es un texto muy interesante. Aunque no creas todo lo que dice. Muchas cosas son cuentos fantasiosos para engañar a los humanos. ¿Cómo están mi madre y mi padre? ¿Sabes algo del tío Félix?
Te mando un poema del beato saint-louis. Reza por todos nosotros —dibujo de un santo—. Lindo ¿No?
Las cosas no están del todo bien por acá. Chloé salió del calabozo y hay una mujer mayor, extraña aquí que la está ayudando. Al principio creí que era mi abuela. Pero ya vi que no. Porque no es cruel como ella. Es muy dulce y linda. Lo malo es que me obliga a comer berenjenas. Y venia sangrando. La curaron sí. Pero las berenjenas. Puaj. Odio las berenjenas. Cuéntame todo lo que puedas ¿Sí? No dejes de escribir.
Con amor. Emma Agreste»
¿Una mujer similar a Emilie? ¿Berenjenas? No puede ser. ¿Será…?
Un flashback.
—Te las comes, jovencito —demanda Amelie—. Las berenjenas aportan a tus vitaminas.
—¡No me gustan! —berrea un pequeño Félix, asqueado— ¡No las comeré! ¡Prefiero el brócoli hervido!
—¿Amelie? —pestañea el inglés, estupefacto— ¿Mi madre está en Francia? — ¿Cómo que estaba sangrando? ¿Qué me cuenta…?
—¿Qué? —Luka no se entera. Deja de lado el cepillado del corcel y lo mira, compungido— ¿Tu madre? ¿Tu madre está viva?
—Mas viva que nunca, Luka —le regresa la misiva—. Pero… ¿Qué mierda hace aquí?
—No creí que-…
—Debo avisarle a Marinette —advierte el rubio, enajenado—. Según esa carta, estaba herida. Alguien la atacó. Debo ir por ella. ¡Emma corre peligro!
—¡Es-espera! —el aldeano lo reprime, jalándolo del antebrazo—. Ya basta. No entiendo nada de lo que ustedes están haciendo. Te ruego no me sigas ocultando las cosas. Estoy harto de ser un agregado en este almuerzo. Así que cuéntame lo que sucede. Quiero aportar. ¿Ahora qué?
—Solo termina de cepillar a los caballos. En breve te pongo al corriente ¿Sí? —Félix le toma el hombro derecho, decidido—. Te prometo, te contaré todo.
—Bien…—exhala el aldeano, frustrado—. Y se fue…y no me recomendó ningún libro para leer. Genial…
[…]
—Adelante.
La puerta del cuarto se abre. Kagami Tsurugi es quien ingresa a la habitación. Templada y sin otro talante que un rostro escueto. Como un ávido jugador de póker. Adrien divisa a su cónyuge, aunque no garboso de presenciarla en un momento así. Lleva dos días enclaustrado en sus aposentos y lo que menos ambiciona, es verle la cara. Hace caso omiso, simulando profesarse en un indómito silencio religioso.
—Vengo a darle las buenas noches —inquiere Kagami, cerrando la puerta tras de si— ¿Puedo pasar?
—Ya está adentro —sisea Adrien, desviando la mirada.
Kagami camina a paso sensitivo, sobre la madera. Quedando a escuetos centímetros de su anatomía. Ambos se observan, de pies a cabeza. Mas no emiten tantas conjeturas en el proceso. Tan solo intercambiando miradas hurañas y meramente paliativas. Tsurugi se arrima al muchacho, cogiendo sus manos suavemente. Está muy consciente de la clase de relación que sobrellevan. Pero de alguna forma, intenta demostrar que no todo es parte de un plan maquiavélico. En el fondo, se motiva a incursionar un poco más allá, de lo veraz.
—No vino a cenar esta noche, por segunda vez —murmura la japonesa.
—No tengo hambre —responde el francés.
Silencio indómito.
—En fin. Buenas noches —desaprueba Kagami, depositando un piquito sucinto en sus labios—. Que descanse, Adrien.
—Lo mismo —sisea el Agreste, menoscabado.
Otro silencio indómito.
—Yo…—murmura Tsurugi, jugueteando inquieta con el pedestre fierro de la cama—. Yo lo quiero mucho, Agreste.
—Sin duda, lo hace —admite el ojiverde, cabizbajo.
—¿Está molesto conmigo?
—Que perspicaz es usted —advierte el rubio.
—No quiero que me odie —revela Kagami, jalándose la basta de su kimono—. No hago esto por mera venganza. Yo sol-…
—¿No se irá a dormir?
—No quiero dormir así.
—Así ¿Cómo? —espeta.
—Adrien —balbucea la nipona, descalabrada—. Puede que hayamos empezado con el pie izquierdo, como dicen acá. Pero lo cierto es que…no pretendo llevarnos mal. Estamos casados ahora. Somos marido y mujer. ¿Qué quiere que haga?
—¿Por qué me habla como si me respetara? —le reprocha el galeno, ofendido—. Como si realmente le interesara lo que me importa.
—Porque lo hago, sin duda —aclara la muchacha.
—¿Que quiere de mí?
—Que nos llevemos bien —determina el samurái.
—No podemos llevarnos bien —niega el rubio, azorado—. No mientras no tome en consideración mis comentarios.
—Adrien. No quiero que sea mi esclavo —aclara la chica.
—Ah. ¿No?
—No —sentencia.
—¿Entonces?
—Solo quiero que podamos coordinarnos. Que lleguemos a un consenso —relata la mujer, con indulgencia—. Escuche. Tengo una reputación que proteger. No me puedo permitir ser domada por un hombre. Eso en mi nación no se estila. Por favor, entienda. Que es imperativo, haga mi voluntad. Yo no-…
—¿Es eso? ¿Su voluntad? —escudriña Adrien, en una sonrisa morbosa—. Bien. Entonces, tenemos un trato.
—¿Disculpe?
—Yo haré lo que usted me pida, en la intimidad. Pero usted hará lo que yo le pida de vuelta —propone Adrien, garboso— ¿Tenemos un acuerdo marital?
—¿Eso que significa? No me va a humillar delante de-…
—Nada de eso —niega el médico, indisciplinado—. Pero es imperativo que tome en consideración mis apreciaciones. ¿Eso le molesta?
—No…para nada —falla, Kagami.
—Bien —acepta, empujándola hacia la salida—. A partir de mañana, nos llevaremos muy bien. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Pero. Yo no-…
—Buenas noches. Gracias, Tsurugi-san —la despacha—. Ya me cansé…
[…]
—¡¿Cómo durmieron anoche los tortolitos?! —exclama Zoé, tomando un puesto sobre el gran banquete matutino— ¡Joder! ¡¿Hay café gratis?! ¡Esto es bendito!
A la mañana siguiente. 10:12AM.
—Zoé —declara Marinette, dando un golpe certero sobre la mesa— ¡Me voy al Ducado de Flandes!
—¿Qué putas? —escupe su café, descalabrada— ¿A dónde mierda vas?
—A Saint Bourgeois —ambiciona, jovial—. Iré por mi hija. Porque con Félix hemos decidido largarnos de Francia. ¿Alguna objeción?
—¿Disculpa? —Bourgeois se levanta, ofuscada— ¡¿Kagami?!
—¿Yo, que? —murmura la japonesa, soslayada. Acto seguido, le sirve un tazón de leche a su marido; todo esto de manera indulgente— ¿Así o con dos de azúcar?
—Solo dos, Kagami —asiente el rubio—. Muchas gracias.
—¿Qué carajos está pasando? —revela Lee, taciturna— ¡Un momento! ¡Paren todo! ¿De que no me entero? Marinette, tu no te puedes ir. No sin antes haberte tratado con ese supuesto suero. Mismo caso para el monje. Además, regresar a mi Ducado —adiciona, apremiada—. Ustedes no estarán pensando en entrar a mis tierras sin mi autorización ¿O sí? No he decidido regresar. No aún. Hasta al menos asegurarme de que los Agreste estén donde deben estar, cada uno.
—Escucha, Zoé. No es nada personal y estamos al tanto de que ambos debemos tomar la cura —explica Fathom—. Disculpa a Marinette. Pasa que está algo alterada por una noticia que recibimos. Anoche, Luka me entregó esta carta —se la enseña—. Es de la pequeña Emma. Al parecer, se ha estado escribiendo bastante seguido, esos dos.
—¿El herrero aprendió a escribir? —murmura la rubia, divertida con tal declaración—. Wow, quien lo diría. Salió aplicadito.
—¿Qué sucede? —Adrien se levanta, levemente inquieto— ¿Acaso le ocurrió algo malo a mi hija?
—Emma está en perfectas condiciones, primo —relata Félix, sobándose las manos en el proceso—. Sucede que…según su carta, todo parece indicar que Chloé está libre otra vez.
—¡¿Qué demonios?! —instintivamente, la Duquesa raja la nota a la mitad, con una ira fulgurante— ¡¿Pero como es que nadie me lo dijo?! ¡¿Quién osa a desobedecer mis ordenes y soltar a mi hermana?! ¡Ah, no! ¡Esto si que no lo permitiré! —coge su espada y sus grebas— ¡Soldado!
—Espera un momento —inquiere Graham de Vanily—. No es lo que piensas. En el estado en que se encuentra, es completamente inofensiva.
—¿Inofensiva? ¿Te estas oyendo, monje? —retoza Lee— ¡Esa mocosa engreída es capaz de tomar venganza y quitarme mi lugar de vuelta!
—De haber sido ese el caso, te hubieran informado desde palacio ¿No? —propone el religioso— ¿No has pensado en ello?
—Bueno…si —se rasca la nuca, liada—. Es verdad. La mayoría de los soldados que dejé a su cuidado, están a mi favor. Se pasarían de estúpidos si prestaran en consideración sus delirios, de nuevo. Pero, aun así. No hay forma de que Chloé sea una santa paloma. Podría escapar, por ejemplo.
—No ha huido. Sigue en el castillo —añade Dupain-Cheng, serena—. Tan tonta no es, supongo. Sabe lo que le conviene.
—¿Quién la liberó? —Zoé le increpa— ¿Tú lo sabes?
—Creo…—el inglés traga saliva, compungido—. Creo que fue mi madre.
—¿Tu madre? —no se entera.
—¿Tía Amelie está en Francia? —sugestiona el Agreste, timorato— ¿Por qué habría de venir hasta acá? ¿No se supone que se encontraba segura, en Nottingham?
—No lo sé, primo. No tengo la menor idea de lo que está pasando ni el por qué pudo haber dejado la isla —sisea su familiar—. Pero asumo que es mi culpa. Desde que salimos de Flandes, no pude escribirle. Supuso que tal vez algo malo me pudo haber pasado. Probablemente se asustó o preocupó demás y quiso averiguar por si sola, mi paradero. Todo indica que vino a buscarme —reflexiona—. Aunque me llama mucho la atención que haya ido a Saint Bourgeois primero y no aquí. Mamá conocía Le Mans. Lo natural es que hubiese comenzado su travesía aquí, en la casa de su hermana ¿No?
—Mhm…tienes razón. No tiene sentido —analiza el francés, ensimismado—. Déjame ver esa carta —solicita—. Por dios… ¿Había necesidad de romperla?
—No sé. Estoy ovulando. Déjame —Zoé le lanza una avellana por la cabeza.
—Dios nos libre de las mujeres en ese estado —Félix se persigna— ¿Qué haces, primo?
—Aquí dice que Amelie estaba herida —exclama el médico—. Supongo que también lo notaste al leerla. Sin embargo, no menciona nada sobre una posible transformación. Lo que me lleva a suponer, que no fue a causa de esas cosas. Alguien la tiene que haber atacado en el camino. Pudo haber sido soldados franceses, los mismos ingleses, o…—calla de golpe, haciendo una pausa.
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes? —insta Fathom, turbado— ¿Se te viene algo a la mente?
—Yo…—recula, aturdido.
«Nathalie. ¿Qué te pasó? ¿Te atacaron o algo así?»
«N-no…nada de eso, Adrien. Sucede que, me pasé a cortar sin querer con un abre cartas»
«Eso se ve muy fresco. Debe de haber sido el abrecartas más afilado de toda Francia»
—Creo saber lo que pasó —el joven Agreste se levanta, tomando su chaqueta en el proceso—. Félix, acmpañame. Iremos a los barracones.
—Un momento —niega Kagami, con autoridad— ¿A dónde creen que van? Los barracones están prohibidos. Nadie entra y sale, sin mi autorización.
—Kagami —sugestiona su cónyuge, malogrado—. Necesitamos hablar con Nathalie. Es de suma urgencia. Es la única que puede aclararnos esta situación.
—Eso no es posible, Adrien —determina la japonesa—. Nathalie es mi prisionera de guerra. Y aun no acaban los tres días sin comida ni agua. No puedo permitir que le presten ayuda.
—No he dicho que voy a suministrarle nada ¿Sí? Solo deseo hablar con ella —solicita su esposo, esbozando una mueca jovial—. Por favor. Considere mis aprensiones.
—Nh…—Tsurugi se ve así misma, examinada por los integrantes que componen la mesa. Como quien, es victima de un juicio. Exhala, mermada—. De acuerdo. Los tomaré en cuenta. Confiaré en usted.
—Gracias, cariño —asiente garboso, depositando un beso en su frente—. Ven conmigo, primo.
—¿Qué demonios ha sido todo eso? —Marinette observa a Zoé, quien le regresa la misma cara de espanto de vuelta. Ninguna de las dos, se entera— ¿Kagami siendo amable con Adrien? De no creer…
En las barracas. A esa misma hora.
—Nino —murmura un agotado Gabriel. Atado de muñecas—. Por favor… ¿Podrías darnos algo de agua? Estamos muy sedientos.
—Lo siento mucho, señor Agreste —niega el moreno—. Pero ordenes, son órdenes. Kagami fue muy tajante con su decisión. Solo vine a darle algo de heno a los caballos.
—Llevas años sirviendo a esta familia —berrea Nathalie, agotada— ¿Cómo puedes traicionarnos de esta forma?
—Con todo respeto, señorita Sancoeur. No es personal —se disculpa Lahiffe, agraviado—. En realidad, no he faltado a mi juramento. Sigo lealmente a mi señor, el joven Adrien. Soy su escudero. Es mi trabajo.
—Tsk…es lo mismo —determina con angustia—. Adrien ahora está en nuestra contra. Y pensar que lo críe casi como un hijo…
—No digas tales cosas, Nathalie —sisea el varón, esperanzado—. Mi hijo no es ningún hombre cruel. Estoy seguro de que pensará en algo para ayudarnos.
—Le tiene mucha fe, Gabriel —rezonga la mujer, cabizbaja—. No olvide que ahora está casado con la hija de Tsurugi. Y fue usted mismo, quien la asesinó a sangre fría. Esta venganza, se volvió muy personal.
—Lo sé. No hay día en el que no lo recuerde —admite el peliblanco, embaucado—. Lamento mucho que mis pecados hayan hecho pagar a gente inocente. Lo hecho, hecho está. Tomoe no va a revivir.
—¿Gente inocente…? —reverbera— ¿De que inocencia habla? En estas tierras, ya no hay ni dios ni ley que nos ampare. Solo un milagro podría salvarnos de la ira de esa mujer.
—Padre. Nathalie —interrumpe el doctor—. Nino ¿Nos dejas a solas un rato?
—Hijo —exhala el alquimista, aliviado—. Que alegría verte por acá.
—Adrien —advierte Nino—. Kagami dijo-…
—Kagami nos dio permiso, escudero —espeta Félix, despachándolo—. Por favor, vete. Si te necesitamos, te llamaremos.
—De acuerdo —asiente. Aunque no del todo convencido—. Con su permiso…
—¿Viniste a ayudarnos?
—Lo siento mucho, papá —relata el rubio—. Pero no. No es el caso. Aunque quisiera, no podría.
—Tampoco hace falta fingir tanto, primo —ratifica Fathom, con agrio talante—. Ni, aunque pudieras, no lo harás porque en el fondo no quieres. Sabes muy bien que esta gente debe pagar por lo que hizo.
—Ustedes dos, han perdido el rumbo —masculle la sirvienta, envalentonada— ¿Acaso olvidan sus posiciones? Llevar a un progenitor a la muerte misma, es considerado un p…—calla de sopetón.
—Que. ¿Qué ibas a decir? —Graham de Vanily arquea una ceja, suspicaz— ¿Deseas usar la palabra "pecado"? Tienes ovarios, mujer. No manches tu honra.
—¿A que viniste? No necesito una confesión, cura —Nathalie le rechaza—. No profeso tu religión.
—Tampoco podrías —confiesa el religioso, en una sonrisa altiva—. Supe de muy buena fuente que eres un ente sin matriz. El altísimo, no acepta mujeres abortivas en su reino. Deshacerte de un bebé, no tiene perdón ni de el mas grande rey de reyes.
—Lila…esa rata traidora —Sancoeur se mordisquea el labio inferior, envuelta en ira—. Dios todo lo ve. El sabe muy bien como juzgar en su reino. No tengo por qué darte explicaciones a ti de lo que pasó. Se que me perdonará. No fue un acto de mala fe.
—Es cierto —expresa Fathom, aceptando su declaración—. También supe que fuiste obligada a ello. Emilie es una persona desalmada. Excomulgarla sería hacerle un favor. Pero no vine específicamente a hablar de tus inmundicias ni las de mi tía. Estoy aquí, por otra cosa —añade, desenvainando su daga. Misma que ahora, apunta directo a la cicatriz que surca su mejilla— ¿Qué mierda le hiciste a mi madre?
—¿Disculpa? —finge demencia—. No sé a qué te refieres…
—Era cosa de sumar dos más dos, Nathalie —exhala Adrien, en un vitoreo frívolo—. Para tu mala suerte, mi tía Amelie logró escapar con vida. Escribió una carta. Que tengo justo aquí —se la muestra—. Ya sabemos todo. Será mejor, por tu bien, que confieses. No agregues mas cargos a tu condena —. En realidad, no tenemos contexto. No sé que pasó entre ambas. Pero tal y como dijo Félix, le sacaremos mentira por verdad. Sabe perfectamente de lo que hablamos. No lo callará — ¿Y bien? Estamos esperando tu versión.
—Bah…que fastidio —se encoge de hombros, reconociendo sus crímenes—. Ella se lo buscó. Yo no tenia nada que ver en el tema. Es una mujer con un afán por meter la nariz en donde no la llaman. Bien dicen que la curiosidad mató al gato.
—Nathalie… ¿Qué significa esto? —Gabriel la enfrenta, entumecido con el relato— ¿Qué insinúas? ¿Acaso le hiciste daño a Amelie?
—Yo no hice tal cosa, Gabriel —se agarrota—. Solo me defendí de su ataque.
—¿De qué ataque hablas? —profiere el mayor, espantado—. Dijiste que se había escapado por la noche. Cuando entraste a su habitación… ¿Tu…me mentiste?
—¿Y qué quería que hiciera? Póngase en mi lugar por una jodida vez, por favor —veredicta la ama de llaves, deshonrada— ¿Deseaba saber que su "querida" Amelie, estaba intruseando en su laboratorio?
—Que Amelie hizo… ¿Qué? —el peliblanco lo escucha y no lo cree.
—"¿Querida?". Con un demonio. Esto no puede ser real…—Félix da un paso hacia atrás, descalabrado—. Un momento. ¿Qué pasa aquí? Basta de estupideces. Sean claros, joder. No estoy dispuesto a llevarme mas sorpresas.
—Ella tuvo la culpa ¿Ok? —describe la pelinegra, embrollada—. Yo ni si quiera pretendía seguirla. Fue Emilie quien me lo ordenó. Me dijo…
—Racconto—
—Amelie es una intrusa. No es bienvenida —sentencia Emilie—. Es una niña mimada, siempre lo fue. Está acostumbrada a hacer lo que se le plazca, amparada por todos. Será mejor que la vigiles esta noche.
—Es mi imaginación o acaso está…—sugiere la criada— ¿Celosa?
—¿Celosa? ¿Yo? ¿De esa pobre frígida? —bufa la rubia en respuesta—. Eso jamás. Primero muerta. Solo quiero que la mantengas al margen, hasta que se vaya. Está fingiendo, Nathalie. Solo es una excusa —agrega, sirviéndose una copa de vino— ¿Quiere encontrar al desviado de su hijo? Que lo haga. Lejos de mi presencia. Lejos, de mi familia y de mi marido.
—No. No son celos. Es envidia. De la mas insana y toxica existente —Sancoeur carraspea en el proceso, atormentada con sus dichos—. Dígame una cosa. ¿A que tanto le teme?
—¿Perdona?
—Es que, usted no suele actuar de esta forma tan…errática —expresa la menor—. Siendo una mujer tan gallarda y vigorosa. Con la potestad de mil caballeros. Profesar preocupación o inseguridades frente a su gemela…
—No seas insolente, campesina de mierda —le increpa la señora, fulminándola con la mirada— ¿Cómo te atreves a insinuar tales escenarios? Bajo ningún punto de vista, podría dejarme amedrentar por una mujer tan conformista y corriente como ella. Muy parecidas seremos físicamente, pero en espíritu somos polos totalmente opuestos —decreta, bebiendo un sorbo—. No olvides que la mayor aquí, soy yo. Por siete segundos, pero lo soy.
—Sin embargo, es ella quien heredó toda la fortuna de los Graham de Vanily —le recuerda—. Actualmente el joven Félix, es…
—¿Y eso que? —se mofa, en actitud altanera—. Mírala ahora. Se casó en un matrimonio arreglado y contra su voluntad, con un pobre y triste mercader afuerino. De ahí, nació ese bastardo; sangre impura. Para peor, ahora su esposo fue colgado y toda la corona inglesa la busca por traición. Ese muchacho es hijo del diablo en persona —argumenta—. Muy lejos de lo que nuestro señor desea para esta nación puritana. Cayó en pecado a corta edad, victima de la lujuria. Esos son los genes de su padre, sin duda. Fathom era un vulgar. Un pillo. Un ladrón. No quieras cotejarlo a la par de Gabriel —se encoge de hombros—. No ahora, que le debemos la fortuna a estas tierras. No te atrevas a compararlos. La mejor decisión que pude tomar, fue separarme de esa burguesía barata.
—Si usted lo dice…—acata, sumisa—. Que farsa. Es un discurso tan mal montado, que hasta me da lástima. De primera, si ella no hubiera renunciado a su título, sería lo mismo que su hermana. Además, Adrien también es una sangre impura. Gabriel no merece tener a una mujer como esta. Tarde o temprano…el se dará cuenta de lo que valgo. Y será mío. Emilie también es una usurpadora. Una ladrona. Una afuerina. Ni si quiera es francesa. Merece la muerte —tose, despabilando— ¿Qué desea que haga, entonces?
—Síguela —exige—. De seguro buscará robarse información del laboratorio de mi esposo. Y cuando la encuentres, asegúrate de matarla.
—¿Desea que acabe con su propia hermana?
—¿Qué hermana? —carcajea, morbosa—. Yo soy hija única. Esa mujer solo vino al mundo de un pedazo de mí. Una mal formación. Deshazte de ella.
—Como usted ordene, Emilie…—asiente.
«La seguí, como me ordenó. Y fue cuando la pillé en el laboratorio de Gabriel. Tal y como me había advertido. Era como si…ambas, estuvieran conectadas en pensamiento. Sabía perfectamente lo que haría la otra. La enfrenté. Amelie declaró ser una guerrera indómita. Digna de los Graham de Vanily, dijo. Nos enfrascamos en una contienda a muerte. Ella me rajó el cuello y parte de la mejilla. Y yo, logré darle una estocada en el abdomen. Justo por la parte izquierda. No sé como demonios le hizo. O de donde sacó fuerzas. Pero sobrevivió a tal injuria. Consiguió noquearme. En desidia, me reventó un jarrón de aceite balsámico por la cabeza. Para cuando redimí la consciencia, tanto sus pertenencias como su jamelgo ya no estaba. Dejó una estela de manchones burdeos por el barro. Sangre, que seguro supuró. Ordené que la mandaran a alcanzar»
—¡Síganla! ¡Es una traidora!
«Para el alba, no volvió nadie. Doce corceles, regresaron sin sus jinetes. No sé de que manera se opuso a la persecución. Supuse que amparada en el frio y la noche, los hombres terminaron devorados por esas criaturas. Los caballos retornaron embetunados en sangre y parte de masa encefálica. De seguro se los comieron. Decidí darle fin a esa historia. Y con ello, prohibí a los presentes comentar el suceso. Eso fue…lo que pasó»
—Fin del Racconto—
—Yo debería…—Félix entra en colera desmedida, expulsándose salvajemente hacia la chica— ¡Debería matarte aquí mismo! ¡Maldita perra!
—¡Félix! ¡Espera! ¡Detente! ¡Es esa cosa! —Adrien lo ataja desde las axilas, jalándolo hacia atrás— ¡Tú no eres así!
—¡¿Cómo te atreves a apuñalar a mi madre?! —brama Fathom, fiero como un animal— ¡Tu y mi tía no merecen nada! ¡Te voy a matar!
—¡Primo! —intenta el galeno— ¡Por favor! ¡No te-…!
—¡Ya basta! —chanta Gabriel. Mas escamado que otra cosa. Ha auscultado todo a regañadientes y sin duda, tiene algo que exponer al respecto—. Esto me parece un escándalo. Sin precedentes.
—Gabriel…—balbucea Nathalie, desorientada—. Yo no-…
—Silencio —espeta el peliblanco, indiscutiblemente contrariado—. Me has decepcionado, Nathalie. Esto no era lo que esperaba de ti. Se que mi esposa tenia malos sentimientos. Pero… ¿Tú?
—Ga-Gabriel…—masculle la criada, desesperada—. Por favor. Usted, no entiende. Escúcheme. Lo que hice fue por-…
—Se acabó —sentencia Félix, regresando a sus cabales—. Iré por mi madre. Me importa bien poco lo que les pase a ustedes dos, manga de enfermos. Púdranse en este poste.
—¡Félix! ¡Espera! —advierte el señor Agreste—. Si vas a ir por Amelie. Te ruego, me lleves contigo.
—¿Jah? ¿Es una broma? —ríe con morriña, el inglés— ¿De que forma podría sacarte de aquí? Mírate. Das asco.
—¿En verdad quieres que muera? —consulta el Agreste.
—Lo quiero —lo fulmina con la mirada—. Ojalá te quemes en el infierno eterno.
—Bueno, eso no es algo que Amelie querría para mi —descubre el varón.
—¿Qué putas, mierdas, insinúas? —reclama, el monje— ¿A quien quiero engañar? Ya se a donde apunta esto. Todas mis inquietudes…tenían asidero. Este pendejo y mi madre…
—Estoy…—Gabriel traga saliva, sin ni un ápice de vergüenza en lo que confesará a continuación—. Estoy enamorado de tu madre. Y ella…me corresponde.
—Padre… ¿Qué estás…? —Adrien da un paso hacia atrás, despavorido— ¿Cómo que tienes sentimientos por tía Amelie?
—Era obvio —acata Nathalie, horripilada—. Solo un estúpido no se daría cuenta de ello.
—Gracias, que amable —añade el médico. Dándose el título del más soso—. Ni en mis peores pesadillas, lo vi venir.
—Adrien…—masculle Graham de Vanily—. Ni por un segundo, se te ocurra soltarlo. Piensa en Kagami.
—Primo, mi padre dice que ama a tu madre —balbucea el galeno— ¿Cómo puedo negarme?
—¿Qué te pasa, tarado? —Fathom lo zarandea— ¡¿Le vas a creer ahora?!
—¿Recuerdas la platica que tuvimos de camino a Le Mans? —le perpetúa—. Lo cierto es que ahora…todo encaja para mí.
—¿Tenias información que no me contaste, cabrón? —Félix lo confronta.
—No sabía como hilarla. Pero ahora…—desvía la mirada, observando el semblante malogrado de su progenitor—. Me doy cuenta de toda esta mierda. Aunque sin duda, creo que será mi papá quien nos aclare el panorama. Porque lo harás ¿O no? —sentencia.
—Les suplico, llévenme con ustedes. No los voy a defraudar. Y les contaré…—aclara el peliblanco—. Todo lo que sé de este virus. Juro por mi honor, ser mejor persona. Cambiar el rumbo de esta historia. Deseo aportar. Anhelo encontrar la cura. Pasé años intentándolo…
—Con tu propia nieta, bastardo —aúlla el anglicano.
—Es verdad. Pero —reniega con la cabeza—. Ahora sé a donde puedo apuntar a mis investigaciones. Permítanme…enmendar mi error.
Adrien me mira. Yo lo miro a él. Cruzamos pensamientos, de esa clase de ingobernables miradas que nos convierten automáticamente en cómplices. Coautores, de una violación a la ley. Porque liberar a Gabriel, era lo mismo que atentar contra la autoridad mas soslayada de Kagami. Si bien, accedí, le demandé encarecidamente a mi primo que lo hablara con ella. De cualquier forma, que pudiera encontrarla. Incluso si andaba de malas. Para su suerte, Tsurugi se encontraba en su proceso de ovulación. Algo que mencionó Zoé pero que nosotros los varones no comprendíamos del todo. No sé que clase de artimañas o artilugios tuvo que usar, de tal manera que, a la mañana siguiente, la chica ni se presentó. De hecho, continuaba durmiendo plácidamente y a patas sueltas. Válgame san George que estaba de nuestro lado.
Ensillamos caballos. Luka y Nino vendrían con nosotros. Zoé fue la mas airosa a la hora de montar. Había convocado a sus huestes, para regresar a su provincia. Todos descansados, bañados, alimentados y listos para una batalla digna de su majestad.
—¡Volvemos a casa, señores! —vitoreó la rubia.
—¡Estamos con usted hasta la muerte, mi señora! —berrearon todos.
—Así me gustan, pendejos —descuelle Bourgeois.
—¿Qué fue? —consulta Fathom, sobre su corcel— ¿Por qué Kagami no vino?
—No daré detalles —comentó Adrien, tullido y mas tieso que una roca—. Me-Me duele todo ¿Sí? Mejor…avancemos.
—¿Son las caderas? —advirtió Marinette, arrimándose sobre su jamelgo—. De camino a Flandes, te daré un té de caléndula. Es bueno para soltar músculos.
—Gracias, Marinette. Que considerada —sisea el Agreste, abochornado.
—¿Y él? —menea Luka, atiborrado de sentimientos encontrados. Pues se ha topado de golpe con Gabriel Agreste. Libre. Aunque atado de muñecas, aún— ¿Vendrá conmigo? N-no quiero problemas…
—No seré problema alguno, joven herrero —determina Gabriel, alzando las manitos— ¿Me ayuda a montar?
—Bueh…—asiente, malogrado. Jalándolo del brazo hasta sentarlo en su espalda—. Por favor, le pido se comporte. Hace poco aprendí a leer y escribir. No me va a engañar.
—¿Y que tenía que ver una cosa con la otra? —ríe Gabriel, jocoso—. Vaya. Que bien. De seguro tuviste un buen maestro.
—Fue su nieta, señor —declara Couffaine, corriendo las riendas—. Aunque ahora mismo solo leo la biblia. ¿Usted quisiera recomendarme otro libro? Es para una tarea.
—Claro —sisea el Agreste, contento—. Traje conmigo "la divina comedia". ¿Te apetece leerlo?
—¿Puedo? —consulta el campesino, pasmado. Coge el texto—. Wow. Es pesado.
—Vamos a leerlo juntos —sugiere el mayor, brioso— ¿Qué opinas sobre el cielo y el infierno?
—Bu-bueno…yo…
Avanzamos.
Te debo una sublime disculpa, Kagami Tsurugi. Pero hemos decidido, restarte de esta travesía, para que puedas ejercer justicia a tus sentimientos y dejarnos a nosotros, llevar a cabo nuestra potestad. Con Zoé al mando, los caminos se despejan sin cortesías algunas. Nos topamos con un par de esas cosas. Pero no es menester de eliminarlos de la faz de la tierra. Son dos semanas de trayecto hacia Flandes. No tengo noticias de mi madre. Solo me he limitado a cavilar que está bien, en la provincia. Acampamos a las afueras de un riachuelo. Marinette se ha vuelto cada vez mas violenta, conforme pasan los días. Lo mismo para mí. Sin embargo, ya a estas alturas del partido se me hace imposible abordarla con timidez. Pues estamos conscientes los dos, que lo único que nos podrá salvar es el suero.
En resumen, hemos decidido sana y maduramente, dormir en tiendas separadas por el momento.
—Traje algo más de leña, como me pidieron —expresa Gabriel, con el rostro entierrado y un tanto magullado—. Lamento que hayan salido algo chuecos, jeje. Comprenderán que no soy bueno con los instrumentos de campo.
—Nadie te lo pidió, Agreste. Fue una orden —exclama Zoé, en lo mastica unas nueces— Demonios ¿Alguien que me recuerde por qué trajeron al genocida?
—Kagami pretendía azotarlo —advierte Adrien, cerrando la tapa de un cuadernillo corrugado—. Aun está con la cabeza muy caliente y no ha pensado bien las consecuencias de eso. Necesito a mi padre con salud, para estudiar bien los componentes del suero. Y que mejor que el, para ayudarme en su laboratorio —adiciona—. Además, manifestó querer ver a mi tía Amelie. Considero que darle un ultimo capricho antes de que se marche al exilio es válido.
—Vaya, Adrien. Me encantaría poder darte unas palmaditas en la espalda por al fin, darte a respetar en tu lugar —ríe entretenida, la duquesa—. Pero dudo que Tsurugi esté enterada de esto. En cuanto se percate que la desobedeciste, te aseguro que serás el próximo en la lista de desterrados.
—Te equivocas. Con mi esposa no tenemos tales tratos —explica el médico, esbozando una mueca grácil—. Estamos…trabajando en ello. Además, es momentáneo. Regresará a Le Mans de igual forma.
—Solo deseo ver a mi querida nieta y a mi nuera, una ultima vez —murmura el peliblanco, con humildad—. Prometo no causar revuelos. Mantendré el perfil bajo.
—No sabía que eras tan intimo con la duquesa Graham de Vanily —inquiere Lee, alzando una ceja con recelo—. Tenia entendido que tu trato con ella era meramente comercial.
—En realidad…—confiesa el hombre, acomodando sus anteojos; apocadamente—. Mi esposa me prohibí acercarme a Amelie. Y ya que estoy a portas de dejar atrás, toda la vida que alguna ves conocí, no temo en contar mi verdad de los hechos —añade, sentándose sobre un viejo tronco corroído—. Lo cierto es que…durante años, fingí utilizar a Fathom para poder reunirme con ella. Solía invitarlos a la finca, con el afán de cerrar negocios. Eran chances breves y muy escuetos. Sin embargo, logramos con indulgencia poder concretar otra clase de conversaciones. Mas…profundas, entre ambos.
—¿Qué demonios nos estás contando? —pestañea la rubia, estupefacta— ¿Dices que, durante todos estos años, le fuiste infiel a Emilie? ¿Con su propia hermana gemela?
—Nada de eso. Por favor, no me miren así tampoco —manifiesta el aristócrata, azorado—. Jamás le puse un solo dedo encima. Soy un hombre de palabra y siempre fui devoto a mi juramento. Digamos que solo…intercambiamos mas que pensamientos, a la hora de hablar. Es todo.
—Ahora todo tiene sentido para mi —espeta Félix, agraviado con su relato—. El por qué mi tía nunca me quiso. Y la forma despreciable con la que Colt me trataba. Ambos sabían, solapadamente…que entre ustedes dos pasaban cosas. Es chistoso que hayan querido desquitarse conmigo. Yo nada tenia que ver en el tema.
—Probablemente creyeron que tú, eras cómplice del delito —manifiesta su primo.
—¿Cómo podría? Era solo un niño, por todos los santos —exhala Fathom, frustrado—. Pasaba más tiempo mirando los astros que el suelo.
—Fue nuestra culpa. Solíamos usarte de tapadera para poder hablarnos de manera más fraternizada —manifiesta el varón, contrito—. Y como eras un niño muy reservado, sabíamos que no dirías nada. Ni, aunque lo llegases a sospechar. Por lo demás, Félix. Siempre mostraste ser distinto a los demás muchachitos. Eres un chico muy inteligente y suspicaz.
—¿No era más fácil usarme a mí, en tal caso? —pregunta el galeno.
—Hijo. No te ofendas. Pero a diferencia de tu primo, tú eras mucho más ingenuo y complaciente. Sobre todo, con tu madre —relata el señor Agreste—. Si Emilie hubiese querido sacarte información de cualquier indicio, nada le hubiera costado. Con gusto se la hubieras entregado, de la manera más inocente posible.
—Quien diría que ser un genio traería tantos problemas —bufa Zoé, divertida con el relato—. El chisme está bueno, Gabriel. Pero aún no aclaras bien el panorama. Entonces, te encaprichaste con la hermana de tu esposa ¿Y luego qué?
—No lo entiendes ¿Verdad? —suspira el alquimista, quitándose las gafas para limpiarlas en el proceso—. No me acaramelé de Amelie solo por una porfiria. Yo, ya…
—Tu ya la amabas desde antes —interviene el monje, mosqueado—. Es eso ¿No? Ni para que responder, ya. Es cosa de verte a los ojos. Te casaste con Emilie por compromiso. Estando enamorado de su gemela. Vaya historia te gastas, tío.
—Lo dices como si fuera la primera vez que escuchas algo así —espeta Gabriel, recayendo en su sobrino con morriña— ¿Quieres que te recuerde lo que hizo Marinette con mi hijo?
—Eso fue distinto. No degeneres las cosas —le increpa el inglés, en una mueca incomoda—. Marinette no se veía conmigo a espaldas de su esposo. Nos perdimos el rastro. Fue una cosa de niños.
—Es verdad, papá. Ya no creas las cosas tontas que decía mi madre de Marinette —explica Adrien, templado—. Y por lo demás, ella ya me dejó en claro que cuando se casó conmigo, también me amaba a mí. Por lo cual yo supongo que tú también…
—Por supuesto que amaba a tu madre, Adrien. Eso no está en discusión —expresa el mayor, cabizbajo—. Y quiero que sepas y tengas la total certeza, de que viniste al mundo siendo fruto de tal sentimiento. Emilie me hizo inmensamente feliz. Hubiéramos seguido así, de no ser porque esta guerra infame nos arrebató a la que hubiese sido tu hermanita, ahora mismo.
—¿Emilie perdió un hijo…?
Sorpresivamente, la voz absorta de Marinette llega a mis oídos. No supe a ciencia cierta desde que parte había empezado a escuchar tal relato. Pero tras oír aquello, acabó endureciendo el semblante. Manifestando su deseo por ser parte de la plática, no tardó en reincorporarse a la tibieza del fogón. Era una novela que ella, no conocía.
—¿Por qué nunca me lo contaste, Adrien? —le reprocha al francés.
—Porque ni yo lo sabía, Marinette —responde el ojiverde—. Estoy tan sorprendido como tú.
—Por favor. No es un relato que vayamos contándole al mundo solo porque si —advierte Gabriel, bosquejando un mohín.
—Tiene sentido que después de eso se haya vuelto una vieja amargada —discurre Félix, torciendo la boca—. Quiero decir, no es que esté justificando su falta de humanidad. Pero nadie está predispuesto a aceptar la perdida y sobrellevarla con tanta tolerancia.
—Fue un accidente. Nadie busca que estas tragedias pasen —sentencia el alquimista—. La guerra no es buena para nadie. Después de cierto tiempo, era natural que nos pasara la cuenta y nuestro matrimonio se fragmentara. Fue cuando entonces me reencontré con Amelie y bueno…las cosas se dieron así. Al menos, ya saben mi versión de los hechos.
—Será mejor que dejemos este tema entre nosotros, muchachos —retoza Zoé, levantándose del suelo—. Una cosa es que Emilie sospeche y otra es que lo sepa de plano. Por lo demás, tengo entendido que también conquistaste el corazón de tu criada ¿O me equivoco?
—Eres todo un casanova, tío —se mofa Félix, garboso—. Solo espero que ese hijo que esperaba Nathalie no haya sido tuyo.
—Por supuesto que no, Félix —protesta el francés—. Ese bebé era de otro hombre. Uno por lo demás, detestable que no usó buenas costumbres con ella. Joder ¿Por quién me tomas?
—Por nadie en particular, tiito —se encoge de hombros, sarcástico— ¿Quizás solo por un maniático con aires de megalomanía y sed de genocidio masivo?
—Que chistoso. Las cosas tampoco pasaron así —niega—. Mi esposa. Ella-…
—No quiero oír tus excusas, Agreste —sentencia Bourgeois, en tono amenazante—. Puede que no seas un infiel. Pero de que estás enfermo, lo estás.
—Tengo derecho a expiar mis culpas —determina.
—Y lo harás. Tendrás mucho tiempo para eso —desembucha Lee, retirándose hacia su tienda—. En el puto exilio que te espera. Buenas noches.
Cada uno de los oyentes oníricos de la noche, parte a sus respectivas carpas. Dejando en total soledad, al hombre y a Marinette. Me vi tentado a quedarme. Pero Dupain-Cheng no parecía sentirse cómoda con mi presencia. A todas luces, deseaba conversar algo más con él. Así que simulé irme, agazapándome tras unos arbustos. Para es ser testigo visual, del contexto.
—¿No irás a dormir? —sisea Gabriel, empujando unos leños con una rama—. Son pasadas la media noche y dado tu condición-…
—¿Por qué Emilie me guarda tanto rencor? —le reprende—. De un tiempo a esta parte, siempre creí que era porque me veía inferior. Alguien no digno de su hijo. Pero ahora que sé todo esto ¿Tiene algo que ver con ese bebé?
—¿Por qué me lo preguntas a mí?
—Porque finalmente, entre tú y yo nunca hubo problemas, Gabriel —manifiesta la peliazul, ensimismada—. Puede que incluso tú también hubieras estado en contra de nuestro matrimonio. No obstante, no tengo recuerdos de que hayas intentado hacerme la vida imposible, como lo hizo ella. Por el contrario. Fuiste amable conmigo y con mis padres —agrega, melancólica—. Incluso me ayudaste durante mi embarazo. Sin embargo, Emilie. Ese afán…casi enfermizo que mostró por querer quitarme a Emma. Realmente lo intentó. Deseaba separarme de mi hija. Como si…
—¿Cómo si quisiera criarla ella? —ríe, derrotado—. En efecto, así fue. Mi esposa no está bien de la cabeza, Marinette. Y vaya que suena soberbio que lo diga yo, después de lo que he hecho —admite—. Pero no vamos a tapar el sol con un dedo. Emilie era la más feliz de todas, cuando Emma nació. No lo manifestó abiertamente conmigo. Sin embargo, sus acciones dejaban muy en claro dichas intenciones.
—¿Por qué lo permitiste? No eres un hombre tonto que sea fácil de engañar.
—Supongo que de la misma forma que avalé lo de callar sobre mis sentimientos por Amelie —eleva la mirada, conectando con la suya de manera sensitiva—. Justamente, porque no soy estúpido. Llevarle la contraria, hubiera sido una sentencia de fracaso para la familia.
—Imagino que estas muy consciente de que eso se acabó ¿No? —sentencia la ojiazul, fulminándolo con la mirada—. Váyanse olvidando de Emma. Porque pretendo llevármela de Francia.
—Eso ya todos lo sabemos y lo asumimos —comenta el varón—. Solo falta que Emilie se de cuenta. Tiene que desistir de esto. Por su bien…
—No sé realmente que estarás planeando dentro de esa mente retorcida que tienes —Dupain-Cheng se levanta, liada—. Pero será mejor que ya te pongas en marcha con esa cura y ayudes a Adrien en esto. La necesitamos con urgencia.
—Es una noche muy oscura, Dupain-Cheng —murmura Gabriel, alzando la vista al manto nocturno—. Será mejor que vayas a descansar. Para mañana estaremos en Flandes.
—Si. Es verdad. Es muy oscura —acepta, examinando los astros—. Pero no la más, oscura de todas. Esto aún no termina. Que descanses. Si es que puedes —se retira.
—Si es que puedo…
Antes de sacar cualquier clase de conclusión bizarra de lo que he oído, veo imperioso persignarme. Mas que nada, porque no debería estar espiando conversaciones ajenas. Sin embargo, ya no logro despejar mi mente, de aquellos pensamientos nocivos. Mi tía Emilie es mucho mas peligrosa de lo que reputé. Básicamente porque ya no tiene nada que perder. En menos de 24 horas, se quedó sin nada. Kagami hizo bien en encerrarla. Aunque a juzgar por el lóbrego panorama, tiempos infames se avecinan. Ya no estoy tan seguro de si sea medida suficiente, exiliarla junto a Gabriel. Incluso si es enviada al mismísimo infierno, encontrará la forma de escapar de sus llamas. No existe castigo divino que pueda expiarla. Se profesa presa de sí misma, en una obsesión que podría motivarla a continuar haciendo el mal. Y sin importar a donde vaya, si no abre los ojos y cambia…jamás nos dará paz. De alguna manera encontrará la forma de ejercer venganza. Quiere a Marinette muerta y a Emma como trofeo. Ya no se saciará con ver a la humanidad convertida en monstruos devora hombres.
¿Qué supone que debo hacer ahora? ¿Cuál es mi papel en todo esto? ¿Aun no se revela ese destino del que Marc me habló? Ya he hecho todo lo que está a mi alcance. Y aún así, diviso cada vez más lejos mi puerto ¿Qué más quieres de mí, señor? ¿Acaso esperas que sea yo quien…acabe con ella? No lo permitas, por lo que más quiero. No me obligues…a hacer tu voluntad, por mis propias manos.
[…]
—¡Abran las puertas! —anuncia uno de los caballeros— ¡La duquesa Bourgeois ha vuelto victoriosa de la batalla!
Esa mañana fuimos recibidos con bombos y platillos. Los verdaderos héroes, encarnados en viva imagen y semejanza de lo divino. La muchedumbre se abultaba en las calles boscosas, lanzando flores y arroz seco a los pies de nuestros caballos. Envalentonando canticos de glorias medievales. Soltando aplausos, risas y jocosos encomios de galanura señorial. Hasta el propio Luka se sintió como todo un hidalgo, eh. Aunque no llevase ni rastro de armadura encima. Sacaba pecho con prestanza, aprovechando el momento de cargar con el estandarte de la familia Bourgeois. Me causó algo de risa, lo admito. Sin embargo, no le reproché nada. El también merecía pleitesía. Se comportó como todo un herrero valiente en el campo de batalla. Acabó con muchas de esas cosas. Y continuaba sirviendo fiel a mi lado. En os, de una amistad fraterna y beata. Debajo de esos harapos, Couffaine era para mí, un caballero. Ya nadie me sacaría es imagen de la cabeza.
Tras una marcha pausada y atosigada de orgullo, el barón Kurtzberg y sus tropas se despidieron de Zoé. Estrecharon cuerpos y manos, en un abrazo masculino. Nos dio las gracias, por haberle sido permitida su contribución a la causa. Y dio media vuelta, regresando a sus tierras. Aunque no sin antes, dejar en claro que, si su presencia era nuevamente requerida, no dudáramos en convocarlo. El encantado aportaría su granito de arena. En cuanto entramos a palacio, Zoé demandó inmediatamente un reporte detallado sobre el paradero de su sediciosa hermana. No se iba con rodeos. Especulé la idea de que posiblemente, se presentaría con la misma actitud intratable de siempre.
Mi sorpresa fue mayúscula. Al ver que, de cara a lo veraz, venia en compañía de Emma. Con una sonrisa de mejilla a mejilla. Sin ningún atisbo de querer eclipsar el momento con sus llamativas; caprichosas formas de expresarse. ¿Le lavaron el cerebro o algo así?
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Volvieron! —chilló la menor, arrojándose a los brazos de ambos progenitores— ¡Que alegría! ¡Los extrañé mucho!
Reencuentros como estos, siempre me conmueven. Marinette estaba tan feliz, que soltó un par de lagrimones en el proceso. Mismo caso mi primo.
—Yo también te eché mucho de menos, cariño —exclama el menor de los Agreste, apretándola contra su pecho—. Estás tan hermosa como de costumbre.
—¿Me trajiste el queso que me prometiste?
—Claro. Tu sabes que siempre cumplo mis promesas —sisea Adrien, entregándole el presente; envuelto en una tela de cuero—. Para ti. El mejor de la zona.
—¡Se ve delicioso!
—Chloé…—Zoé la fulmina con la mirada— ¿Se puede saber que mierda haces? Sabes muy bien que deberías estar en el calabozo.
—Antes de que me digas cualquier cosa —advierte la rubia, importunada—. Quiero que sepas que no pretendo provocar problemas. Soy mejor persona ahora, hermana. Cambié. He visto la luz y estoy expiando mis faltas.
—Pff… ¿En serio? —carcajea con ironía, la menor— ¿Tu de verdad esperas a que te crea esa estupidez? ¿Qué fue? ¿Encontraste a Jesús, estúpida?
—En realidad, me la encontré a ella —expone Chloé, presentando a su invitada de honor—. La duquesa Amelie Graham de Vanily. Ella fue quien me ayudó.
Silencio sepulcral en el ambiente.
—¿Ma-madre…?
—¿Félix?
El universo es grande. Tan grande y piadoso. Mas que el mismísimo Dios, en persona. Mirarla frente a mí, sana y salva. Después de pasar casi 13 años lejos de casa. Lejos de ella. Lejos de su semblante armonioso, su calor, su apacible voz, su increíble gusto por la moda. ¿Ya les comenté que los reencuentros me conmovían? Pero sin duda, no había experimentado uno mas dulce y a la vez hipocondríaco que este. El de poder, volverla a ver. Fue como si el tiempo no hubiera pasado por nosotros. Estaba igual que cuando la dejé. Bueno, no tanto. Porque ahora yo portaba una barba a medio crecer, algo desaseada. Y ella, con alguno que otro biso canoso, surcando sus majestuosas hebras doradas. Pero ¿Qué importaba ya? Eran menudencias.
—¡Félix, cariño! ¡Mi niño!
—¡Ma-mamá…!
En sincronía, nos abalanzamos. Un majestuoso abrazo, atiborrado de infantiles lagrimones desolados, agasajos y balbuceos poco auditivos. Lloré. Lloré como nunca antes creí hacerlo. Su perfume me trajo recuerdos maravillosos. De mi mejor época, en Inglaterra. Mis días montando a caballo con ella por la campiña. Tomando el té. Deleitándome con su risa chistosa, ante mis actos de magia. Realmente no creí que me hiciera tanta falta en mi vida. Por algunos segundos, pensé que solo Marinette me bastaba para ser feliz. Que ingenuo fui. Mi mundo no es el mismo, si no está ella en él. Mi madre lo es todo para mí. Siempre lo fue. Y no me perdono el haber enterrado tal sentimiento, producto de tantos viajes escarpados y sanguinarias muertes.
Estaba tan frenético. Temblaba, timorato. Como un pequeño niño, recién destetado del seno de su progenitora. Ni si quiera me importó hacer el ridículo. Se aguantan el bochorno.
—Vaya…—siseó Zoé, ligeramente ruborizada—. Nunca creí que fuese tan estimulante ver a un treintañero lloriquear en el pecho de su madre.
—¿Cómo puedes excitarte con algo como esto? —cuestiona Marinette, fuera de onda—. Félix extrañaba mucho a su madre.
—¿Y eso que? ¿No te parece increíble? —murmura Lee, dándole un codazo con picardía—. No todos los días ves a un hombre maduro, gimoteando así. No seas pacata, Marinette. Y así dices amarlo.
—¿Que dices? —berrea Dupain-Cheng, desviando la mirada con vergüenza—. Cla-Claro que lo amo…mucho.
—¿Y entonces por qué te molestas? —la rubia le da una palmada en la espalda— ¡Despabila!
—En realidad…—la peliazul traga saliva, compungida— ¿Cómo le explico que en el fondo me da celos que fantasee con él? Pero vamos ¿A quién quiero engañar? En realidad, si me calienta verlo así. ¡¿Qué?! —niega con la cabeza, sacudiéndola de un lado a otro—. ¡Ahh! ¡Joder! ¡Estúpida, ya ni sé que cosas pienso por tu culpa! ¡Esto es muy bizarro! ¡Es su bendita ma-…!
—Marinette…—Félix le toma el hombro.
—¡Ah! —Dupain-Cheng brinca en su lugar, roja como un tomate— ¡Yo no estaba pensando en nada malo! ¡Lo juro! ¡No vi eso!
—¿Eh? Ah…n-no, amor. Es que…—Fathom hace una pausa, acercándose con suavidad—. Quiero presentarte…a mi madre. Madre, ella es Marinette Dupain-Cheng. Marinette, ella es Amelie Graham de Van-…
—¡Válgame dios! ¡Pero si es la pequeña Mari! —interrumpe jocosa la mayor, apretujándola en un brioso abrazo maternal— ¡Cuánto has crecido, jovencita! ¡Jaja! De seguro no te acuerdas de mí. Pero yo si muy bien de ti.
—¿Di-Disculpe…? —Marinette se minimiza en su lugar, totalmente sonrosada.
—Eres la chica de las castañas —revela Amelie, animada—. Uhh…que veranos aquellos, eh. Siempre estabas ahí, jugando con mi hijo. Félix no paraba de hablar de ti. Ni tu de el ¡Jajaja! —carcajea, inocua— ¡Te encantaban las castañas! Para la fiesta del 23 le regalaste un saco a mi niño. Hicimos hasta dulce con ellas en casa.
—¿Q-Que me está contando? ¿Realmente eso pasó? ¿Félix no dejaba de hablar de mi…? —la ojiazul se gira al rubio, pasmada. Este, tampoco entiende mucho. Ambos, no tienen contexto— ¿Félix…?
—Ni si quiera yo me acuerdo…—murmura Félix, con los pómulos teñidos de un rojo furioso—. Ma-madre…
—Ay, por favor, niños. Ya están grandes. No se lo tomen tan personal —ríe garbosa, la duquesa—. Fueron buenos tiempos. Pero me alegra que estemos todos juntos de nuevo. Y quiero que sepas, que cuidé muy bien de tu pequeña hija. ¡Es un amor de princesa! ¿No es así, cariño?
—¡Tía Amelie es muy buena y dulce! —exclama la Agreste, entretenida—. Me contó muchas historias de su nación. Un día de estos, quisiera ir a conocerla.
—Jajaja…eso va a estar un poco complicado, tesoro —bufa malograda, la rubia—. Ya lo hablamos. Y…—gira la cabeza—. Vaya. Pero si es mi sobrino favorito. Adrien ¿No vienes a saludar a tu tía consentida?
—Tía Amelie —añade el galeno, depositando dos besos en ambas mejillas. Y de paso, un abrazo caluroso—. Cuanto tiempo sin verte. Déjame decirte que estás como el vino. Cada año que pasa, más dulce e increíble.
—Jejeje, niño coqueto —Amelie le da un golpecito cándido en la nuca—. Ese talento sin duda los sacaste de los Agreste. Nosotros los Gra-…—calla de golpe, modificando erráticamente su semblante. Pues ha notado, un invitado para nada esperado—. Y hablando de los Agreste…en persona…
—A-Amelie…—Gabriel se quita la boina, estrechando el contacto entre ambos en un saludo gentil. Con un beso en el dorso de su mano—. Tanto tiempo sin verte…
—Gabriel…—expresa la mujer.
Y…hasta ahí. Fue todo lo que Amelie logró emitir. Ni si quiera pudo corresponder del todo, su saludo. Algo anómalo en ella, porque mi madre jamás ha dejado de lado las costumbres inglesas. Es experta en seguir protocolos y directrices de buena costumbre. Jamás le costó fingir hipocresía de disgustos ni mucho menos, apreciaciones de cariño con gente de la elite. Pero ahora mismo, ha enmudecido. Se rigidizó en su lugar, impávida. A duras penas, mueve la cabeza de arriba hacia abajo. Acepta su presencia, mas no se muestra cómoda con ella. Escudriña con aquella mirada esmeralda, entre los presentes. Como si buscara a alguien. Emilie no está. De seguro, eso la ha sacudido. De momento que todos conocemos la historia detrás, fingir demencia no le ayudará de mucho. Pero ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Ojalá se diera cuenta de que, todos aquí somos cómplices del mismo delito.
Me hubiera encantado confesar que mis camaradas y yo, ambicionábamos una historia de amor con un final feliz. Pero lo cierto es, que lo único que nos une, es el odio hacia mi tía Emilie. Que…chistosa situación. Ni por asomo cavilo que Marinette o Zoé, por ejemplo, deseen la felicidad plena de mi tío. Si fuera por ellas, ojalá verlo ejecutado. Lamento mucho que mi madre se haya visto envuelta en este lio. Haré lo que esté a mi alcance para, desviarla del tema.
—Bueno, ya se me bajó la calentura —admite Lee, asqueada—. No soy muy fan de ver a una viuda y un anciano funado en este embrollo. ¿Qué hay de cenar?
—Discúlpame. ¿De que embrollo hablas? —advierte Amelie, apocada—. Con Gabriel solo somos viejos amigos. Colegas de negocios. No es personal.
—Lo que dice Lady Amelie es cierto —falsea Gabriel, atolondradamente—. En realidad, vine porque extrañaba a mi querida nieta. ¿Cómo estás, Emma?
—Hola, abuelito —la menor se arroja a su encuentro, febril—. Me he portado bien, como siempre. Avancé en las lecturas de ciencia como me pediste. Y de paso, ahora ando dando clases. Oh ¿No te enteraste? Le enseñé a Luka a leer y escribir.
—Eres sin duda una muchachita digna de tu inteligencia —consciente el varón, acariciando su nuca con cariño—. Algo me comentó Luka. En el camino, leímos la divina comedia. Puede que, en un futuro, quieras ser profesora.
—Me encantaría —Emma saca pecho, con prestanza—. Me siento apta para transmitir conocimientos de ti, abuelo.
—Veo que admiras mucho a Gabriel, querida —añade la británica.
—Lo hago, tía Ame —sonríe—. Mi abuelo no es una mala persona. Solo está algo loquito. Pero se le va a pasar. Yo ayudaré. Y aportaré mi sang-…
—Ejem…—carraspea Adrien, cortando de lleno la conversación— ¡Es cierto! Tenemos hambre. Zoé, sin duda tenemos muchas cosas de que hablar. Pero primero, me encantaría poder acomodar algunas pertenencias y cenar algo. El viaje fue largo ¿Nos invitas a tu palacio?
—Claro, Agreste —Bourgeois chasquea los dedos— ¡Preparen todo para los invitados! Denles sus alcobas y elaboren un banquete apoteósico, digno de nuestro regreso. Traemos muy buenas noticias para el reino.
—¡A su orden, mi señora! —asienten los sirvientes, unánime.
—Dense una buena ducha —exige la Duquesa—. Apestan a caballo. Chloé —se gira a su hermana—. Tu y yo, tenemos que hablar. Sígueme.
—Voy…—asiente Chloé, mermada.
—Vaya…—comenta Félix, impresionado—. Creo que no mentía cuando dijo que si encontró la luz de la redención. ¿Qué le hiciste, madre? ¿Lobotomía?
—Nada de eso, niño —Graham de Vanily exclama falsa modestia, en su actuar—. No olvides que, en el pasado, Chloé Bourgeois iba a ser tu esposa. Pasé mucho tiempo hablando con ella. Digamos que…somos buenas amigas, jeje. Sin duda podré hacerla entrar en razón de nuevo.
—Tendrás que actualizarte con eso, tía —revela Adrien, con naturalidad—. Mi primo ahora no tiene intenciones con esa chica.
—¿Cómo?
—¿No lo sabías? —el medico hace una pausa, suspicaz—. Bueno, parece que Félix no te lo comentó entre todas esas cartas. Pero lo cierto es que ahora, mi primo está enamorado de mi ex esposa. ¿Puedes creerlo? Es toda una aventura ¡Jajaja! Están juntos. Y, de hecho, Marinette ahora espera un bebé de él. ¡Estoy muy feliz por ellos!
Amelie se tensa, enmudecida. Marinette desvía la mirada. Félix, aprieta los labios. Luka se mira las patas. Nino ni está. Gabriel…bueno. Gabriel, es Gabriel. Ni pio dijo.
—¿Qué dije…? —no se entera. En verdad lo dijo de buena fe—. Ay, no. Avísenme si las cago ¿Qué fue?
—Tienes razón, Adrien. Sin duda que Félix me tiene que comentar…—la rubia lo fulmina con la mirada—. Que ha estado haciendo estos últimos meses.
—Madre…—Fathom traga saliva, descalabrado—. Vamos a asearnos ¿Sí? En la cena…podemos hablar más.
Con un demonio, Adrien. ¿Por qué siempre tienes que ser tan jodidamente locuaz? A veces tu honestidad me supera. Y no digo que me irrite eso. Es solo que, por la mierda. Como te falta saber ubicarte en los momentos que NO PRECISAN SABER NADA. Ni si quiera me preocupaba tanto la forma en la que mi mamá me miraba. Era Marinette. Es ella, quien ahora me intranquiliza. Con lo sensible que anda, levanta todas las alarmas en mi sistema nervioso. Vale, vamos. Contrólate, tarado. Llevas meses lidiando con esta mujer. Ya la conoces. Sabes como funciona el juego. Preciso concentrarme en mi madre a quien no he visto durante años. Ya se lo que debe de estar pensando. Me vio vistiendo este hábito de monje anglicano. ¿Y que de la nada le venga con un cuento así? Dios santo. Padre mío. Dame fuerzas. Para explicarle…la verdad de los hechos.
22:10PM.
—Esta debe de ser la noche mas oscura de todas —comenta Amelie, contemplando el poblado desde su ventanal—. No hay luna en el cielo. En momentos así, solo puedo pensar en aquella vez en la que tuve que exiliarte de nuestras tierras.
—Eso ya quedó en el olvido, madre. No hace falta atormentarse con eso ahora —explica Fathom, parado frente a ella—. La cena estará lista en diez minutos. Antes que bajemos, deseo conversar contigo algunas cosas.
—¿Quieres que nos coordinemos en la mentira?
—¿Perdona?
—Ay, niño —la muchacha se gira hacia el menor, apabullada—. Soy tu madre ¿O acaso hasta eso olvidaste? Yo te parí. Te traje al mundo, con dolor. Te eduqué. Todo lo que sabes, prácticamente te lo enseñé yo.
—Madre. No me-…
—¿Qué has hecho durante todo este tiempo? —le intercepta la mujer, preocupada—. Eso que llevas encima. ¿Qué significa realmente?
—Tu misma lo has dicho. Me conoces como la palma de tu mano —sisea el inglés, cabizbajo—. La pregunta casi ofende.
—Quítatelo —Amelie se aproxima a él, jalando aquellos harapos del cuello—. Ya no hace falta seguir fingiendo. Estoy de tu lado, Félix. No soy tu enemiga.
—No puedo quitármelo —niega el rubio, apartando suavemente su mano—. Esto es lo que soy ahora.
—Félix. Tu viniste al mundo para hacer cosas grandes. Cosas importantes —explica, la duquesa—. Fuiste criado como un Duque. Noble y valeroso. Idóneo. Gallardo. Valiente. Recibiste una de las mejores educaciones de todo el reino. Eres un Graham de Vanily. ¿En que momento perdiste el rumbo?
—En el preciso momento en que no supe distinguir la estrella del norte con la del sur y mi barco, encalló en la isla de Cantabria —revela su hijo, divertido—. Eso sí que es perderse…
—No uses el sarcasmo conmigo, niño. No me gusta que hagas eso —suspira, encandilada—. Aunque he de admitir que me alegra mucho, que no hayas desatendido tu esencia. Ese humor extraño que tienes, es digno de ti. Por favor, no lo desaproveches.
—Madre. Todo lo que escuchaste de Adrien, es real —el menor coge sus manitas, entumecido en ternura—. Marinette, en algún punto fue la esposa de mi primo. Un matrimonio arreglado, sin duda. Pero por cosas del destino, se divorciaron. Fue excomulgada y ya no están juntos. La verdad es esa. Tú, tenías razón. Siempre la tuviste. Esa persona de la cual no dejaba de hablar de pequeño, era la chica de mis sueños. Estábamos destinados a estar juntos —añade, febril—. Ellos tuvieron una hija. Emma. Una niña maravillosa. Increíble. De la cual prometí proteger con mi vida. Sin embargo, ahora mismo ella espera un bebé mío.
—Entiendo todo lo que me dices, hijo —sisea Amelie, soltándose de su agarre y paseándose reflexiva por el cuarto—. Pero ¿Cómo monje anglicano?
—No. Lo hice, siendo un hombre. Siendo yo, Félix. Tu hijo de siempre —confiesa, sin tapujos—. No siento culpa, si es lo que intentas transmitirme.
—Tu sabes que yo nunca apoyé esta absurda idea tuya de hacerte cura. Lo sabes ¿No? —espeta—. Te lo dije hasta el cansancio. En innumerables cartas que compartimos.
—Lo sé, madre. Lo sé. Es que-…
—Yo te voy a apoyar en la mentira. Como te dije en un comienzo —manifiesta la rubia, determinada—. Pero Felix, mi amor. Debes deshacerte de ese atuendo. No hay manera de que esa vida, se convierta en la que aspiras a tener. Reitero. Seré majadera y tajante en ello. No naciste para esto. Y no permitiré que avances en tal profana idea.
—De acuerdo. Lo acepto —asiente Félix, satisfecho con su veredicto—. En cuanto nazca mi bebé, me quitaré la vestidura. Tienes mi palabra.
—Cariño, no te ofendas. Pero ¿Estás seguro de querer ser solo de una mujer?
—¿Disculpa?
—Es que…mh…—agrega, liada—. Félix…a ti te gustaban mucho las jovencitas. Ya sabes, cortejar damiselas. No creas que con tu padre solo nos conformamos con Chloé. Lo de la chica Bourgeois fue un caso mediático porque sus padres así lo hicieron saber públicamente —señala—. Pero supimos de otras malas lenguas…que tú…
—Malas lenguas solamente, madre. No fue real —miente.
—No me injuries así, jovencito —le increpa, la mayor—. Nos llenamos de reclamos de otras personas ¿Sabias? Solo que…bueno. ¿Cómo decirlo sin que suene mal? No eran mujeres "de la corte". Esa manía que tenías, de abordar mozas de familias bajas. Dios…
—¿En verdad sigue pegada en eso? Vamos, no la culpo. Tenía 15-19 años. ¿Cómo poder enjuiciarla? —Fathom chasquea la lengua, jocoso—. Ay, mamá. Era muy joven. Un adolescente, casi. Despertando en la pubertad. Eso ya no corre. Maduré. Soy un hombre ahora. Claro que quiero sentar cabeza. Y por lo demás, fui muy responsable en ello. ¿O no lo fui?
—Define responsabilidad, niño desaforado —le reprocha su madre—. Porque en lo que a mi respecta, Colt quería incluso hacerte marino para calmarte.
—Madre, no embaracé a nadie en el proceso —revela. Como si fuese gran cosa—. Te ruego ya no hablemos de mi falta de responsabilidad sexo afectiva. Me haces sentir como si fuese el peor varón del mundo. Hay gente horrible ahí afuera.
—¿A mi que mierda me importan los otros hombres? Solo me interesas tú —Amelie le jala de las mejillas, estrujándoselas—. No vuelvas a compararte con nadie más. Tú, eres tú. Serás un niño de bien te guste o no.
—Lo soy, madre —bufa el inglés, conmovido—. Y por lo demás, ya no soy un niño. Ya deja de llamarme así.
—Para mi siempre lo serás. No me importa lo que digas —reniega la mayor, entretenida— ¿Y bien? ¿Cuál es el plan de esta noche?
—Bueno…nada, realmente —declara el rubio, acomodando un chal sobre sus hombros—. Vamos a bajar a cenar. Fingirás apoyarme como el monje que soy. Y callarás, como siempre lo has hecho. Eres experta en la materia. ¿Dudas?
—Ninguna ¿Y tú?
—Yo sí. Tengo muchas —sisea el monje—. Como, por ejemplo. Tu relación con mi tío Gabriel. ¿Qué clase de-…?
—¡Ah! ¡Justo a tiempo! —interrumpe la mayor— ¡Me moría de hambre!
Alguien llama a la puerta. Joder. Que conveniente ¿No?
—La cena, está servida.
—¡Vamos! —Amelie lo jala del brazo— ¡Hora de comer!
[…]
—Esta debe de ser la noche más oscura del año —comenta un supersticioso Luka, observando por el ventanal—. No veo nada ahí afuera. Que el altísimo ampare a los pobres que caigan en las fauces de esas cosas…
—¿Tu también lo has notado? —examina Adrien, preocupado—. El sacerdote del pueblo solía decir que en noches así, pasan cosas malas.
En el salón. 22:25PM.
—Luka —demanda Zoé, portando consigo una espada revestida de oro y joyas preciosas—. Acércate. Tengo algo para ti.
—¿Eh? ¿Yo? —se apunta así mismo, mermado— ¿Qué necesita, señorita?
—Arrodíllate —exige la rubia. A lo que el muchacho acata, posando ambas rodillas contra la alfombra—. Hoy es tu noche de suerte. Pues cumples con todos los estatutos que me comanda la ley, para darte un puesto insigne. Sabes leer y escribir. Profesas el catolicismo. Asististe valerosamente a cuatro combates. Te manchaste con la sangre enemiga y de paso, mataste a mas de cien soldados.
—¿Cómo dice…? —parpadea, estupefacto—. Pero si eran zombis…
—Luka Couffaine —sentencia la ojiazul, dejando caer su arma en ambos hombros, con suavidad—. A partir de hoy, serás elegido como honorable hidalgo de la familia Bourgeois. Oficialmente, yo te nombro caballero.
—¿Soy un…caballero? —lo escucha y no lo cree.
—Lo eres. Justo ahora. Levántate, caballero —comanda la aristócrata, elevando su mentón con el filo de su florete—. Sir Luka Couffaine. Maestro de herreros. Jinete de jamelgos claros. Comandante de mis tropas. Fiel servidor a nuestro rey. ¿Aceptas este titulo y prometes, juras, enaltecerlo hasta la muerte?
—¡Lo-Lo honro! ¡Sin duda, que sí! Eh…—traga saliva, pasmado— No sé que mas decir. No conozco esto ¿Estará bien así? — ¡Voy a ser un caballero honorable!
—Así me gusta —determina la muchacha, entregándole de paso unas grebas, pechera, hombreras, yelmo, cinturón de cuero, botas, todo lo necesario para su indumentaria—. Este será tu uniforme a partir de ahora. Comerás con él, dormirás con él, cagarás con él, cogerás con él. Cada vez que se avecine un combate, vendrás conmigo —veredicta, finalmente— ¿Alguna duda al respecto?
—¡No! ¡Oh! ¡Bueno! ¡Si! ¡Solo una! —chilla, aturdido.
—Dime.
—¿Me puedo casar? —consulta.
—Claro que puedes, tontorrón —dictamina.
—Bien. Y en cuanto a coger…
—Esas son dos dudas, Couffaine —lo increpa.
—¡Dos!
—Dime —Zoé rueda los ojos.
—Soy casto. ¿Es imperativo hacerlo ahora o me puedo tomar mi tiempo?
—¿Pero que me cuenta este pendejo? —rezonga Zoé, afrontada— ¡Lo harás cuanto antes! ¡Fin del asunto!
—¡¿Puedo elegir yo a la persona?! —pregunta, fuerte y claro.
—¡No! ¡No puedes! —sentencia Lee.
—¡No me gusta! —protesta.
—¡¿Te estás quejando?! —aúlla.
—¡No, mi señora! —vocifera el varón.
—¡¿Entonces que mierda te complica?! —ya se confundió entre tanto griterío.
—¡Preferiría que fuera un chico! —sentencia Luka.
—¡Claro! ¡Yo no-…! —Zoé calla de golpe. Se va a la chucha— ¿Qué?
—Buenas noches, amigos —interrumpe Félix, junto a su madre— ¿Cenamos ya? Oh, Luka —aplaude, garboso—. Mírate nada más. Eres un caballero al fin. ¿Cómo nadie me avisó que hoy tendríamos la embestidura de mi amigo?
—Félix —Couffaine lo fulmina con la mirada—. Quiero que tú seas mi primero.
—¿Perdona? —Fathom no se entera de que mierda habla.
—¡EHHH! —Zoé jala a Luka del antebrazo, dándole un codazo en el proceso— ¡Hora de comer! Jejeje…—. Félix es harina de otro costal, estúpido. Elige a otro. ¿Cómo no captas?
—Tsk…ah…que feo…—el pobre herrero baja la cabeza, derrotado—. Bueno…ya pensaré en alguien más.
—Puta mierda. ¿Por qué nadie me dijo que este campesino era de los míos? —Lee recula, cavilando una mejor idea—. Ah…pero, espera. Dime una cosa, herre-…digo. Caballero. ¿Qué piensas del barón Kurtzberg?
—¿Qué pasa con él? —consulta el peliazul, liado.
—¿Lo encuentras atractivo? —insinúa la muchacha, sugerente.
—¿Eh?
—Que noche tan oscura —murmura Gabriel, sin animosidad de espantar a nadie—. Prendan todas las velas de la casa. Es imperativo que tengamos luz.
—Esto me trae muchos recuerdos —exclama Amelie, sentándose frente a los alimentos—. En mis días de visita por Paris, la mayoría de los aldeanos solían contar historias fantasiosas de noches como estas. Era muy divertido.
—¿Piensa que son ideas paganas? —consulta el mayor de los Agreste, curioso.
—En cierta parte, si —admite la rubia. Toma cuchillo y tenedor— ¿Quién hizo este puré de zanahorias? Que rico huele.
—Tía Amelie —profesa Emma, en indiscreta actitud— ¿De que historias fantasiosas hablas? Mi abuela nunca me contó de ellas.
—Son cuentos de terror, hija. De esos que involucran hombres lobos y brujas —advierte su padre Adrien, intentando sosegar la velada—. Se inventaron para asustar niños y afuerinos. No hagas caso.
—Pues hasta hace un par de años, los zombis también eran parte de esas fabulas, papá —responde la pequeña Agreste—. Me parece que ya todo es posible.
—Touché, primito —Félix ahoga una sonrisa, tras su copa.
—Jm…que niña tan persuasiva eres, Emma —piropea la duquesa Graham de Vanily—. Como se ve a todas luces que eres hija de Marinette. En efecto, ya no hay oscuridad que se ampare bajo el sol —sisea, limpiando sus labios—. Verás. Cuenta la leyenda que, por algunos sectores de esta provincia, ciertos hechiceros salen a deambular por las noches sin luna. Algunos de ellos, seleccionan lívidas casas y las marcan, para que desgracias y maldiciones recaigan en sus moradores.
—Disculpen, pero…me acabo de hacer caballero —farfulle Luka, angustiado— ¿Tal vez elegimos mal momento?
—No estés creyéndote esas porquerías, sir Luka —Zoé suelta una risotada, fastuosa— ¡Este castillo es el mas seguro de todo el reino! Nadie se atrevería jamás a dañarnos. No mientras tu y yo, estemos vivos.
—Wow…eso suena preocupante —murmura la joven hija—. Aunque con esas cosas deambulando por ahí, dudo que esos brujos quieran enfrentarlos.
—Desde que esas cosas aparecieron, ya nada se sabe de tales invenciones —relata Marinette, degustando un trozo de carne—. Probablemente se espantaron y huyeron.
—Yo no estaría tan segura de eso, Dupain-Cheng —balbucea Chloé, ensimismada—. Las artes oscuras, existen desde que el tiempo es tiempo. Mucho antes de que brotaran los no muertos.
—¿Desde cuando te llama tanto la atención la brujería? —berrea Lee, mosqueada—. Con suerte sales de tu cuarto.
—Bueno…llevo un tiempo leyendo sobre esa clase de cosas —se defiende la mayor— ¿Hay algo malo en ello?
—Me sorprende que sepas comprender lo que lees ¡Jajaja! —se burla Bourgeois—. Eso solo demuestra que has tenido mucho tiempo libre, hermanita.
—Ja. Búrlate si quieres…
—Chloé tiene razón —asevera Fathom, con voz ajada—. No es retorico pensar en la existencia del mal, si hay un bien. Durante mi entrenamiento en Cantabria, la mayoría de los sacerdotes de alto rango se preparaban para combatirlos. Aunque…dado que no logré terminar mi formación como es debido, nunca llegué a aprender dichas habilidades.
—¿Ya ven? Si el monje lo dice, es porque no miento —esboza Chloé, con altivez—. Será mejor que le hagan caso al señor Agreste y dejen prendidas las velas.
—Que estupideces. De lo único que deben cuidarse, es de no ser comidos por esas porquerías —masculle Zoé, importunada. Arroja la servilleta y se levanta—. Con permiso, me iré a sacar la mugre de los dientes.
—La cena se ha vuelto un tanto tensa ¿No creen? —señala Adrien, sutilmente acobardado.
—No sé ustedes, pero a mi me dio algo de indigestión —Nino se levanta, apremiado por ir al baño— ¡Con su permiso!
—Ha estado todo muy exquisito, sin duda —manifiesta con grácil encomio, la inglesa—. Mis felicitaciones al chef.
—Yo se las daré personalmente, lady Amelie —confiesa Chloé, serena.
—Estoy algo cansada. Creo que es hora de acostar a Emma —Marinette se reclina sobre el asiento, excusándose—. Hija, ven conmigo.
—N-no tienen que temer ¿Sí? —sentencia Couffaine, estrujándose el cinturón de cuero—. Soy un caballero ahora. Esta noche no dormiré. Me mantendré en alerta. ¡Es más! ¡Iré a dar una patrulla nocturna con los demás guardias! ¡Me retiro con honor! Aunque no sin antes…—gira los ojos hacia el inglés—. Su bendición, Duque de Hastings.
—¿Eh? ¿Yo? —Graham de Vanily se apunta así mismo, confundido. ¿Se habrá inventado un nuevo estatuto? No comprende—. De acuerdo…eh…ve —le da una palmadita en el hombro—. Eso, eso. Buen niño.
—¡Si, señor! —se entiesa.
—Se está tomando bastante en serio su nuevo titulo —inquiere el galeno, muy festivo con su comportamiento—. Me da algo de ternura.
—Luka es un excelente muchacho. Aunque ahora mismo se comporte como una yegua en celo —enuncia Félix, puliéndose la mejilla con el dedito—. Volviendo al tema de los brujos y eso. ¿Quieren que rece algo por esta noche o algo así?
—Imagino que te quitas esa cosa horrenda para dormir —comenta incisiva, su madre— ¿Al menos la lavas?
—Tengo muda, madre —Fathom se retrae, abochornado—. Retiro lo dicho. Fue una mala idea. Me iré a leer. Si me disculpan —. Aish…ya lo sé. No me mires así. Se que lo odias.
—B-bueno…yo también los dejo, jeje…debo…terminar de repasar unas formulas para cuando regresemos a Le Mans —Adrien se retira, sumiso—. Buenas noches. Que descansen, los dos.
Mutismo en el ambiente. Se ha construido en el aire, el momento más idóneo para que dos adultos maduros, puedan conversar de lo que les atañe.
—Amelie —suplica el peliblanco—. Le pido con sinceridad, que pueda escuchar lo que tengo que decir.
—Gabriel. No —niega la fémina, desplazándose compungida por el salón—. No es correcto.
—Por favor, se lo ruego —insiste el varón, correteándola por la alfombra—. Hey. Amelie…—la ataja del antebrazo, apabullado—. Ya no hay nada que nos limite. Emilie no está conmigo.
—No juegue conmigo de esa forma, Gabriel —recela la rubia—. Se muy bien que no está con usted. No la veo aquí presente.
—No me refería a eso —inquiere, en una sonrisa frugal—. Hablo…que tanto literal como emocional, no está conmigo. Lo cierto es que…nuestro matrimonio se fue por el caño.
—Ustedes siguen casados, bajo la ley de nuestro señor —profesa la británica, injuriada—. Le ruego no manche el sagrado voto del matrimonio.
—Sabía que me diría algo como eso. Lo tenia planeado de camino aquí —añade, con humildad—. Pero en cuanto vuelva a Le Mans, nuestro compromiso estará irremediablemente roto.
—No le comprendo. Por favor, explíquese con claridad.
—Adrien se casó con una mujer japonesa. Kagami Tsurugi. Y bajo sus preceptos, es ella quien finalmente heredará mis tierras —revela el hombre, derrotado—. Mis pecados son demasiado grandes, Amelie. Yo y mi esposa, provocamos este mal. Sin embargo, ha decidido por la majestuosidad del respeto, ser indulgente con nosotros. Y no nos entregará a la inquisición —añade, cabizbajo—. Ha determinado perdonarnos la vida. Con una sola condición…
—¿Y esa cual sería?
—El exilio. Desterrarnos, lejos —sentencia—. Nos enviará a ambos, fuera de Francia. Aun no conozco los detalles de mi destino. Asumo que será un lugar tan apartado, que ni si quiera la jurisdicción francesa nos pueda tocar.
—Los enviará…a otro continente—cavila Graham de Vanily, pasmada.
—Posiblemente. Es lo más lógico. Asia, quizás —descuece—. No descarto que sea Japón. Su nación es una cultura que no se topa con la nuestra. Y sus legislaciones no conversan con estas.
—¿Adrien sabe de esto?
—Lo sabe. Y de hecho…lo consiente —asiente el Agreste—. No estoy en posición ya, de negarme. Es lo mas sensato que pudo habernos pasado. Es eso o…aceptar la muerte.
—Bueno —Amelie se suelta, apartándose unos centímetros de el—. Es lo mínimo a lo que podría aspirar, Gabriel. Usted no solo mató a mi esposo. También acabó con la mitad de-…
—Ya sé lo que hice. Dios sabe, es testigo. Que estoy muy arrepentido —profesa, sensitivo—. Sin embargo, eso no me limita a querer rehacer mi vida de nuevo. Empezar de cero. Usted es una mujer creyente ¿No? De fe. Anglicana. Bien dicen que «de los arrepentidos es el reino de los cielos»
—Mateo 3:2 —cita la mujer— «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» —acalla de golpe, injuriada—. No. Ya basta. No quiera usar en mi contra, mis creencias puritanas. Usted es ateo. Y por lo demás, el daño que hizo…
—Yo la amo.
—…
—Amelie. Yo la amo —confiesa Gabriel, sin tapujos ni mayores miramientos—. La amé desde el primer momento en que posé mis ojos en usted.
—Gabriel, por favor…—sisea la ojiverde, ruborizada desde pómulos hasta orejas—. No siga. Usted se decantó por mi hermana. Nuestro romance nunca hubie-…
—"¿Nuestro?" —masculle el alquimista, obnubilado con su declaración—. Amelie. Usted también me ama. ¿No es así?
—¡N-no es así! ¡Yo estaba enamorada de Colt! —miente, garbosa— ¡Ya basta! ¡Solo me confunde! ¡No puedo hacerle esto a mi hermana!
—¡Amelie, por todos los cielos! ¡Deme una oportunidad! ¡Una sola! —la aborda, extasiado en augurios lascivos—. Usted nunca amó a ese hombre. No tiene para que seguir fingiendo.
—¡¿Cómo se atreve?! —vocifera la Duquesa, en un rojo furioso— ¡Usted no me conoce! ¡No quiera sacar conclusiones sobre mis sentimientos! ¡Yo no-…!
—¡FUEGO! ¡LAS BARRACAS, SE INCENDIAN! ¡TRAIGAN AGUA!
—¿Qué?
[…]
El estruendo de un par de campanas, me despierta de sopetón. El libro que leía, me azota la cara de bruces. ¡Que dolor! ¡Era pesadísimo, carajo! De un brinco, salto sobre la cama. Corro hacia el ventanal. Diviso sombras que se desplazan correteando de un lugar a otro, desesperadas. Humo, en la planta baja. Raudo, me visto. Amarro mis botas y cojo mi daga. La puerta del cuarto se azota contra la pared. Era Nino, el escudero de mi primo. Se presenta frente a mí, con el calzón por el suelo y un rollo de papel higiénico en la mano. ¡¿Qué demonios?!
—¡¿Qué mierda pasa?! —chilla Félix, aturdido.
—¡Monje! ¡Tenemos que salir cuanto antes! —advierte Lahiffe.
—¡¿Y tu de donde chucha vienes?! —lo increpa, avergonzado— ¡¿Por qué tienes el pantalón abajo?!
—¡Del baño! —el moreno se sube el pantalón, descalabrado— ¡Estaba cagando y vi humo! ¡No hay tiempo que perder! ¡Vamos, venga conmigo! —lo jala de la muñeca.
—¡¿Al menos te lavaste las manos antes, tarado?!
—¡¿Quién se lava las manos después de una diarrea indigestada?! —berrea Nino, corriendo por las escaleras— ¡No sea afeminado!
—¡Que puto asco, cabrón! ¡No me toques! —lo suelta. Hace una pausa. Se paraliza—. Marinette.
—¡¿A dónde va?! —se destartala.
—¡Avisa a los otros! ¡Iré por Marinette!
—¡FÉLIX!
YIUK. QUE ASQUEROSO. Aun puedo sentir el olor a mierda entre mis dedos (Es subjetivo. No olían realmente) Pero lo cierto es que ahora mismo, no puedo pensar en nadie mas que en mi mujer. Marinette es mi vida, ahora. Ella y su hija, sin duda. Como un puto caballo con anteojeras de mirada periférica, pateo la puerta de su cuarto. El humo ya las había alcanzado. Afortunadamente, mi chica es una mujer lista. En cuanto vine a su rescate, ella ya había mojado en suficiente agua unas sabanas para envolverla a ella y a Emma en el proceso. Bendito sea el conocimiento arcano.
—¡Félix! ¡Las maletas!
—¡Yo las llevo, mi amor! —Fathom coge todo lo que puede, desde ropa hasta objetos valiosos— ¡Por favor, llévate a la niña!
—¡Cof! ¡Cof! —tose la menor, débil y con pasos enclenques—. Ma-mamá…por favor, ayuda a papá.
—Cariño…—Marinette se gira hacia su pareja—. Ve por el…
—Yo iré por mi primo. Tu tranquila, pequeña —jura el rubio, comprometido— ¡Vayan! ¡Las alcanzo!
Nino es el primero en salir. Pero no se queda de brazos cruzados. Organiza valientemente una hueste de soldados que apremiantes, traen cubetas de agua. Logré sacar la pila de maletas que Marinette me pidió, pero no tardo en regresar a la casona, en busca de mi primo. Lo hallo en medio del fuego de la segunda planta. Cubierto por un paño humedecido en la boca. Rescataba exasperado sus apuntes y muchos pliegos repletos de expedientes importantes. Le pedí que los dejara. Pero me fulminó con la mirada. Era toda una vida de trabajo e investigación, dijo. Solo a el se le ocurre viajar con dichos documentos, joder. Lo tuve que cargar en mi espalda, con todo el sequito de materiales. Aun falta gente por salir. Los ventanales del tercer piso explotan. Un par de esquirlas se entierran en mi mejilla.
—Madre…
Regreso, brioso. Es irrespirable. El calor, insoportable. Todo arde a mi alrededor. Que el señor me ampare. La mayoría de los muebles eran de madera sólida. Las paredes de piedra, se inflaman con los cuadros de tinta. Es gasolina pura. Estoy sangrando. La busco, agobiado. La llamo por su nombre. Noto que es Gabriel, quien la cargaba entre sus brazos como una novia recién casada. Me advierte.
—¡Félix! ¡Cof! —aúlla Gabriel— ¡No encontré a Zoé ni a Chloé! ¡Ve por ellas!
—¡Madre!
Solo puedo fijarme en ella. Me dice.
—Ve…
Salgo de la casona por unos segundos, quitándole de las manos un balde de agua a uno de los soldados. Me lo arrojo encima, hasta quedar empapado. Vuelvo a entrar.
—¡Zoé! ¡Chloé! ¡¿En donde están?! ¡Cof! ¡Cof! —exclama, desesperanzado— ¡ZOÉ! —. Mi amiga… ¿En dónde estás?
—¡Félix Fathom!
Una voz masculina me asalta. Volteo. Es Luka Couffaine en persona. ¡¿Pero que pretende?! ¡Ni si quiera se mojó!
—¡Luka! ¡¿Qué haces?! —señala el inglés— ¡Humedece tu armadura o-…!
—Mírame. Voy a dar mi vida por mi señora —sentencia el peliazul, inflando el pecho— ¡Voy por ti, Zoé Bourgeois! ¡Por el honor! ¡Ahhh! —sube corriendo las escaleras.
—¡Luka! ¡Estúpido de mierda! ¡¿Qu-…?!
No sé realmente que fue o que pasó. Lo siguiente que recuerdo, es que el fuego alcanzó la bóveda de pólvora, en el sótano. El vestíbulo explota en mil pedazos, expulsándome forzosamente hacia los escalones de mármol, de la entrada. Me azoto la columna contra los peldaños. Sentí crujir mi espalda. Joder. Algo me quebré. A duras penas, intento mantener la poca cordura que me queda. El escenario me da vueltas. Algo o alguien me arrastra hacia el pastizal. Diviso borrosamente una silueta. Un ángel…
Si. Era lo que contemplé. Porque nadie podría volar, de esa manera. Era sin duda un ángel, alado. Aquel ser, saltó del segundo piso, cargando un bulto en entre sus brazos. ¿Qué está pasando…?
—¡Zoé! —grita Marinette, corriendo a su encuentro— ¡Agua! ¡Agua, ya! ¡Está ardiendo!
—¡Ouch! —Nino le arroja una cubeta de agua sobre el cuerpo— ¡Ya! ¡Ya!
—¡Arg! ¡Carajo! —Luka protesta en un costado, envuelto en dolor y hollín—. No podía dejarla morir…era mi misión. Tenía…que salvarla. Mi señora…
—Luka Couffaine —balbucea Bourgeois, amortajada—. Tú… ¡Cof! ¡Cof! Me salvaste la vida…
Pierdo el conocimiento. Todo se va a negro. ¿Qué demonios…pasó?
—Lo sabía —sentencia Gabriel, abrazado a Amelie. En lo que contempla las llamas, consumir todo a su paso—. Era la noche más oscura.
—Pero ya no lo es —advierte Zoé Lee, recuperando el aliento a regañadientes. Aunque más derrotada que otra cosa—. Mi castillo…ha dado luz a la oscuridad.
—Ya saben lo que dice el dicho —añade Nino, totalmente fuera de contexto—. «La verdadera iglesia que ilumina, es la que arde»
—Esto no fue casual —la Duquesa Bourgeois comprime el semblante, rebuscando de un lado a otro a cierta personita, que no se ha presentado—. Con un demonio. ¿En dónde mierda está mi hermana? ¿Se murió o qué?
Cierto. Chloé, no está. Todos los testigos fehacientes, se lo cuestionan. Sin duda, no estaba presente durante el incendio. Es absurdo cavilarlo ¿Qué fue de ti, Chloé Bourgeois? ¿Te desapareces ahora? Justo en la noche…más oscura.
