La cenicienta equivocada
2
Una traviesa princesa
POV: Anthony
¡Era ella! Candy White Andley era mi Cenicienta. La mujer con la que había bailado toda la noche, con la que había bebido y a quien casi había besado era Candy White Andley, una de las herederas de la compañía.
Llegué a mi oficina fingiendo serenidad para que mis compañeros no hicieran algún comentario, al menos no en mi cara, porque Candy tenía razón, las habladurías de las últimas semanas habían sido agotadoras. Cada vez que pasaba cerca de algún compañero de trabajo, este me miraba de arriba a abajo y empezaba a cuchichear.
—A un hombre así yo no lo hacía esperar —había dicho una mujer de Recursos Humanos cuando salí de una junta con su supervisor.
—Me ofrezco como voluntario —dijo un mensajero una vez cuando bajé del ascensor.
Ahora esos comentarios desaparecerían y saldrían otros…
Me llevé las manos a las sienes. Me dolía la cabeza por todo el ruido del patio. En serio, ¿quién creyó que Karen Claise y un micrófono eran una buena combinación? Busqué en un cajón pastillas para la migraña y me tragué dos. Encendí mi computadora para reanudar mi trabajo. Debía programar los envíos de la próxima semana y revisar las devoluciones del día anterior. Abrí una hoja de cálculo, pero no vi números, sino el sonriente rostro de una rubia de ojos verdes…
La conocí en su primer día como practicante...
—¡Detengan el ascensor! —gritó corriendo hacia las puertas que se cerraban. Detuve las puertas con una mano y una rubia sonrojada entró sosteniendo cuatro cafés calientes en una charola de cartón.
—¡Gracias! —exclamó haciendo malabares para sostener las bebidas y presionar el botón del elevador.
—¿A qué piso? —le pregunté para que no intentara tomar la charola con una mano y derramara todo.
—Ocho —contestó y presioné el botón. Era el piso de Diseño.
Se acomodó la bolsa que llevaba en el hombro y acomodó las bebidas en la charola, asegurándose de que no se hubiera regado ninguna. Después se pasó una mano por el cabello y se miró en el espejo del ascensor. Hizo una tierna cara de confianza en su aspecto y me miró.
—Gracias por tu ayuda —me dijo con una sonrisa y nuestras miradas se cruzaron a través del espejo del ascensor. Tenía unos bonitos ojos verdes.
—¿Es tu primer día? —pregunté evidenciando lo obvio.
—Sí, es mi primer día de prácticas —contestó sonriente.
—Y te mandaron por el café…
—Soy la nueva, ya lo esperaba —dijo con resignación encogiéndose de hombros.
Llegamos al octavo piso y las puertas del ascensor se abrieron.
—Gracias otra vez —me dijo antes de salir.
—Buena suerte. —Dio media vuelta para regalarme una pícara sonrisa que se me contagió hasta que llegué a mi oficina.
No pasó mucho tiempo para que me enterara de que era una Andley, la prima menor de nuestro director William Albert Andley. La efímera idea de establecer contacto con ella se esfumó en cuanto supe su apellido. "Si quieres tener éxito en el trabajo, no te metas con los jefes", me dije y el tiempo pasó…
Candy se graduó y entró a trabajar en la compañía de su familia como una empleada más. Era algo que admiraba de los Andley, no hacían uso excesivo del nepotismo y ellos eran los primeros en poner el ejemplo en cuanto a disciplina y responsabilidad laboral. La señorita Andley se esforzó para que sus diseños fueran aprobados y el año pasado ya había diseñado ella sola el ochenta por ciento de la nueva colección de muebles para oficina. En mi departamento teníamos varios de esos muebles y me gustaban, eran cómodos y funcionales.
La puerta de mi oficina se abrió tras unos cuantos golpes. Elisa, la tercera al mando en nuestro departamento, entró y me pidió firmar unos documentos.
—¿Todo en orden? —me preguntó mientras ponía mi rúbrica en cada hoja.
—Sí
—¿Tu Cenicienta es quien esperabas que fuera?
Levanté la vista y dejé el bolígrafo sobre los papeles. ¿Íbamos a hablar de eso? Las últimas semanas, mientras todos hablaban de mí y se dedicaban a buscar a Cenicienta, Elisa fue de las pocas, si no es que la única, en no tocar el tema.
—No sabía que sería ella —acepté—. Estoy tan sorprendido como todos.
—Pero te gustó que fuera ella —reprochó.
La respuesta era afirmativa, pero no se lo iba a confesar a Elisa. Ante mi silencio, se levantó y tomó las hojas firmadas.
—Vete con cuidado —me dijo antes de cerrar la puerta—. Es su apellido el que está en tu contrato.
Eso me había quedado claro desde hacía mucho, pero Candy me gustaba, me gustó desde que la conocí y no entendía cómo no la reconocí en la fiesta…
No tenía ganas de ir a la gala. La idea de una fiesta de disfraces se me hizo ridícula para la compañía, así que no asistiría disfrazado. Me puse un smoking que tenía para eventos especiales, así que no había manera de que me sentara mal. Me rehusé a gastar en un antifaz y decidí que, si me preguntaban de qué iba disfrazado, diría que de mayordomo. Grata fue mi sorpresa cuando me registraron en la entrada como "príncipe azul" y me pegaron una etiqueta en el hombro con ese título. El resto es historia. Todos empezaron a llamarme así y, para el término de la velada, los ganadores del concurso de disfraces éramos "El Príncipe azul y La Princesa", solo que mi pareja se había ido diez minutos antes de que nombraran a los ganadores y yo recibí toda la atención. Ella, con su ausencia, se convirtió en la Cenicienta y los días siguientes nos dedicamos a buscarla. Debo admitirlo, yo también la buscaba porque me había agradado su compañía.
La encontré por casualidad. Yo salí a tomar una llamada familiar y llegué hasta una sala vacía del hotel en que se llevaba a cabo la fiesta. Era un salón privado que, hasta el momento, nadie había usado, pero estaba igualmente decorado e iluminado. Ella terminaba una llamada cuando yo iba entrando y, al salir, su teléfono cayó. Lo levanté y se lo di. Me sonrió agradecida y salió del salón.
La encontré minutos después recargada en una mesa alta, con un trago en las manos y sola. Se me hizo raro porque era una mujer muy bella y todos conocíamos a alguien, así que no podía estar sola. Me acerqué a ella y entablé una simple conversación que poco a poco se hizo más interesante, pero que no me reveló nada sobre su identidad.
—Son las reglas. —Señaló su antifaz—. ¿Por qué no traes uno? —me preguntó y yo no pude decirle que la idea de un disfraz se me hacía estúpida, sobre todo cuando ella me contó que tardó tres semanas en encontrar el vestido perfecto—. ¡Déjame adivinar! ¿Eres tan atractivo que tu rostro no merece ser cubierto? —bromeó y de inmediato soltó una risa. No tardé en invitarla a bailar y eso hicimos el resto de la velada.
¡La tuve entre mis brazos y no la reconocí! ¿Cómo era posible?
Pero era una fiesta de disfraces, después de todo, y el objetivo era no ser reconocidos. Su cabello rubio, pero lacio fue una buena distracción para no saber que era Candy, pues ella tenía unos hermosos rizos que hoy había visto. Fue así como la reconocí entre la multitud de trabajadores. Sus rizos se movían entre la gente y cuando la vi cerca del escenario se me disparó el pulso. La idea de que ella podía ser Cenicienta hizo que me sudaran las manos y cuando la vi subir los escalones casi caigo de rodillas.
—¡Sorpresa! —dijo con una sonrisa que mostraba sus perfectos dientes y sus carnosos labios.
Eché la cabeza hacia atrás en mi silla. ¿A qué sabrían esos labios?
"¡Estoy jodido!"
Me obligué a trabajar el resto del día, ahuyentando el recuerdo de Candy White.
¡Hola!, ¿podemos vernos en la sala de juntas del último piso a las dos de la tarde?
El mensaje me llegó el lunes a las ocho de la mañana, cuando estaba estacionado el auto a la entrada de la empresa.
Buen día. Ahí estaré.
Contesté de inmediato y las siguientes seis horas se me hicieron eternas. Desahogué mis pendientes y lo que faltaba por hacer lo delegué a Elisa y John. Salí de mi oficina en el décimo piso quince minutos antes de las dos. Tomé el ascensor esperando verla desde ese momento, pero me di cuenta de que era muy temprano. Llegué al piso de la sala de juntas y me sorprendí al encontrarla. Estaba inclinada en la mesa, tecleando en la computadora y mirando a la enorme pantalla de la sala. Frunció el ceño y se mordió el labio inferior cuando algo no salió como esperaba, así que volvió a teclear y al ver que la pantalla respondía a su comando, sonrió. Se agitó el cabello que llevaba suelto y se acomodó un mechón detrás de la oreja. Era una mujer hermosa, juvenil, sofisticada y sensual. Su atuendo tenía un aire de oficina, pero a leguas se veía que ella era una artista, no una oficinista más que trabajaba con hojas de cálculo infinitas, como yo…
Llegué a la puerta de la sala de juntas y toqué un par de veces. Candy giró la cabeza y me saludó con la mano. Abrí la puerta de cristal y entré.
—¡Hola! —Besó mi mejilla como quien saluda a un amigo de toda la vida.
—Hola… —Me aclaré la garganta.
Dos segundos, dos segundos y esta mujer ya me tenía comiendo de su mano.
—¿Recibiste la información de Karen? —dio otro golpe de teclado y la pantalla cambió.
—El estado de cuenta, la lista de orfanatos y los registros del año pasado, junto con las declaraciones de impuestos y evidencia fotográfica —contesté sentándome en una silla al lado de la cabecera de la mesa, donde ella ya se había sentado. Saqué mi laptop del maletín que llevaba y la encendí.
—¡La revisaste! —Por el tono de su voz noté lo emocionada que estaba—. Hablé con finanzas para que nos den acceso a la cuenta bancaria, ellos harán las transferencias, pero preferiría que nosotros lleváramos un control de los gastos. Me dieron un montón de instrucciones sobre cómo justificar los movimientos —dijo arrugando la nariz. Supuse que esa parte le disgustaba porque era un verdadero dolor de cabeza lidiar con Hacienda.
—Yo me encargaré de esa parte. —Tomé la carpeta que le habían dado en finanzas y leí las instrucciones.
Me miró a la cara y entrecerró los ojos, como si quisiera decirme algo más, pero no se atrevía. Supuse que se trataba de la fiesta y sí, yo sabía que teníamos que aclarar unas cuantas cosas. Abrí la boca para hablar, pero ella fue más rápida.
—Trabajé este fin de semana en una propuesta de trabajo. —La pantalla de la sala proyectó una presentación y desvié la mirada para ver qué había planeado—. Dime qué te parece.
Me sentí el estudiante mediocre de la clase. Candy había hecho todo un plan de trabajo que incluía visitas a los orfanatos, citas con los directores de estos, recorridos de los lugares, revisión de sus estados financieros e investigación de sus estrategias de cuidado y adopción de los niños. Hizo un cálculo de cuánto dinero correspondía a cada lugar si se repartía equitativamente, pero también una repartición estimada de lo que correspondería a cada orfanato tomando en cuenta su tamaño, ubicación y número de niños que albergaba. Nunca había reprobado una materia, pero ahora lo había hecho en Altruismo.
—¿Qué te parece?
Su exposición fue impecable, pero hice algunas observaciones a su plan con el fin de mejorar el proceso y ella anotó mis sugerencias. Hicimos un estricto calendario de trabajo. Trabajaríamos en la empresa y saldríamos juntos a visitar los orfanatos.
—Puedo ir sola —dijo cuando tratábamos ese punto. Se veía nerviosa.
—Las reglas son claras. —Me incliné hacia ella para llamar su atención y demostrarle que el proyecto sí me interesaba, aunque nos quitaría mucho tiempo de nuestro trabajo—. Tenemos que hacerlo juntos.
—Pero…
—¿No quieres que lo hagamos juntos?
Sus mejillas se sonrojaron y sus ojos verdes se abrieron cuan grandes eran.
—No es eso… —tartamudeó y desvió su mirada a la pantalla de su portátil que se había apagado. Pinchó una tecla y esta se encendió.
—Candy… —Me gustaba cómo se sentía su nombre en mi boca—. Lo que ocurrió en la fiesta… entiendo si ahora resulta incómodo y todo lo que desencadenó ha sido… ni siquiera sé cómo describirlo. Poner carteles en los pasillos buscándote fue una medida desesperada de Karen. —Sonrió—. Comprendo si quieres que lo olvidemos para poder trabajar en esto. En serio me importa, no tanto como a ti, por lo que veo, pero no soy indiferente a la causa y quiero hacerlo. —Me atreví a tomar su mano que descansaba sobre la mesa y, aunque se sobresaltó, no la apartó.
—¿Podemos olvidar la fiesta? —Le costó decir las palabras, pero su voz fue lo suficientemente audible.
Solté su mano.
—Claro —contesté, pero supongo que el tono de mi voz le dijo que esa idea me molestaba, y así era. Comprender que el recuerdo de la fiesta le incomodaba no quería decir que yo quisiera olvidarla.
—No me malentiendas —se apresuró a decir—. Me la pasé muy bien, pero… —Estaba muy nerviosa.
—Tienes novio —afirmé, pues fue lo primero que se me ocurrió pensar cuando no apareció tras los primeros llamados y ahora, ante su incomodidad por mi presencia, no podía pensar otra cosa. Esa velada le había causado problemas con su novio y creía que yo buscaría algo más después de que casi…
—¡NO! —contestó levantando la voz y sentí cómo se me quitaba un peso de encima. Entonces, ¿por qué tanto nerviosismo? —No tengo novio, pero… tienes razón. —Respiró profundo y me sostuvo la mirada. Volvía a mostrar la confianza del principio—. Toda esta búsqueda de Cenicienta ha sido bastante molesta, esto no parecía una empresa, sino una secundaria llena de pubertos locos y fue muy incómodo. ¡Es increíble lo que desató una tonta fiesta de disfraces!
¿Tonta fiesta? No había dicho que estaba emocionada porque por primera vez había una fiesta con un tema.
—Creí que te gustaba la idea —dije contrariado—. Dijiste que pasaste semanas buscando tu vestido y que te gustaba ver a todos comportándose de una manera diferente debido a las máscaras.
Candy se echó hacia atrás en su silla, alejándose tanto como pudo de mí, como si yo expidiera un gas letal y eso me confundió todavía más. Su rostro, sonrojado minutos atrás, se puso pálido.
—Me entusiasmó al principio —tartamudeó—. Lo que no me gustó fue en lo que se convirtió. Ni siquiera me gusta el cuento de Cenicienta, ¿sabes?
—Si no hubieras huido, no serías Cenicienta —afirmé y creo que mi voz sonó como un reproche, porque su rostro volvió a cambiar, ofendida por lo que dije.
—No era mi intención hacer una escena, pero me tenía que ir y creo que te lo dije —me contestó, molesta por cómo había percibido mis palabras.
En eso tenía razón. Después de repetir la canción que bailamos, dijo que tenía que irse porque debía salir de viaje ese fin de semana y aún tenía arreglos que hacer. Eso lo aceptaba, lo que no entendía era por qué había tardado tanto en decir que ella era Cenicienta y sabía que no era por recaudar más fondos.
—Entonces por qué no dijiste que tú eras Cenicienta al lunes siguiente y evitábamos toda esta situación que tanto nos incomoda —pregunté también molesto.
Ella se levantó con brusquedad de la silla y me dio la espalda. También me levanté y aunque quise tomarla del brazo y girarla para que me mirara y me dijera a la cara lo que pensaba, no lo hice. Apreté los puños y después me crucé de brazos.
—Lo lamento, Anthony —dijo tras un par de minutos en los que lo único que se escuchaba era el sonido del aire acondicionado—. Yo… tuve miedo de lo que la gente pudiera decir de mí —volteó a verme y noté que se esforzaba por contener las lágrimas. ¡Qué patán era! La había hecho llorar. Di un paso en su dirección y ella no se movió—. Esta es una empresa familiar y nunca he hecho algo para avergonzar a la familia. Sé que lo que pasó en la fiesta no tiene nada de vergonzoso, sólo bailamos y bebimos, pero a la gente le encanta inventar cosas y no quería que dijeran que ando por ahí seduciendo a los compañeros de trabajo. Creímos… creí que alguna mujer aparecería diciendo que ella era tu cenicienta y todo acabaría ahí, pero nadie siguió el guion del cuento y luego… tuve trabajo… fueron semanas estresantes y lo postergué hasta que se convirtió en un circo y ahora seguimos siendo la principal atracción. En los pasillos cuchichean cuando paso y… no necesito repetirte lo que dicen de ti y de mí.
Habló tan rápido que creí que se le acabaría el aire a medio discurso, pero escuché cada palabra y la entendía. Si yo había escuchado comentarios de todo tipo ella, siendo mujer, habría escuchado otros peores.
Tomó una botella de agua y se bebió la mitad de un trago. Me dio otra para mí y la abrí, pero sólo me mojé los labios.
—En serio lo siento. Debí hablar contigo desde el principio, decirte la verdad y nos habríamos ahorrado este drama de… de…
—¿Pubertos? —pregunté con diversión y ella sonrió.
Tomé la silla que había aventado cuando se levantó y la invité a sentarse. Así lo hizo y yo me senté a su lado.
—Hagamos que nuestro trabajo les haga olvidar la fiesta —propuse en voz calmada y baja. Ella me miró a los ojos—. Olvidemos tú y yo lo que pasó en la gala y concentrémonos en esto que es lo realmente importante. —Señalé los papeles que teníamos sobre la mesa—. Démosle a esos niños un lugar digno y que en un par de meses hablen de nosotros como los mejores administradores de recursos de la empresa.
Candy dejó escapar una discreta sonrisa y asintió en repetidas ocasiones. Esa sonrisa era mejor a sus ojos llorosos. Arrugó la nariz y vi cómo unas pecas se movían en sus mejillas.
—¡Tienes pecas! —dije sin pensar y ella se llevó las manos a la cara—. No lo había notado.
—El maquillaje cubre todo —contestó por lo bajo, tocándose la cara.
—Entonces, ¿empezamos de cero? —Le tendí mi mano y ella la estrechó; su piel era suave y su agarre firme—. Señorita Andley, será un honor trabajar a su lado —dije categóricamente.
—Sólo Candy, señor Brower —contestó al tiempo que correspondía al apretón de manos.
—Dime Anthony —pedí.
—Anthony… —dijo ella lentamente.
