La cenicienta equivocada

3

Un apuesto príncipe

POV: Candy

Volví al octavo piso convencida de que era la mentirosa más ruin, estafadora y vil que había pisado el planeta en los últimos tres mil años. ¡Lloré en su presencia! Nunca había llorado frente a un hombre, ni siquiera cuando mi novio de la secundaria me terminó.

Pero eso no había sido fingido, lloré, pero por el coraje que sentía de tener que sostener la farsa de que yo era la mujer con la que Anthony había bailado semanas atrás. Él no se lo merecía, se notaba que era un buen hombre, había prestado atención a lo que Susana le dijo en la fiesta, cosa que su prometido no hacía. ¿Y si Anthony era la media naranja de mi prima y yo me había entrometido en su camino? Ni siquiera quería pensar en esa posibilidad.

Fui hasta mi escritorio y me dejé caer en la silla, apoyé los brazos en la mesa y hundí la cara. No había nadie porque todos estaban en su hora de comida. No sabía cómo era en otras áreas, pero en Diseño, la hora de la comida era sagrada y agradecí que así fuera.

Mi teléfono vibró.

Sushi o hamburguesas

Era un mensaje de Susana.

¿?

¡!

No quería comer. Tenía el estómago revuelto y quería vomitar el desayuno de tres días atrasados.

No me hables. Lo digo en serio.

Escribí el mensaje y vi que Susana lo había leído, pero no contestó. Bien. Había entendido que necesitaba espacio.

Me dejé caer otra vez en el escritorio y el teléfono volvió a vibrar. Ok, mi prima no entendió el mensaje…

Me devolvió la llamada el director del primer orfanato.

Era un mensaje de Anthony. Me enderecé de mi silla como si me estuviera observando y esperé la continuación del mensaje.

Es nuevo y dice que está perdido en cuanto a la administración, pero nos puede recibir el viernes a las cuatro de la tarde. ¿Tienes tiempo?

Miré el calendario y escribí mi respuesta.

¡Claro! Eso fue rápido.

Veinte segundos después me contestó.

Ojalá así sea con todos.

Sonreí.

No te hagas ilusiones.

Respuesta inmediata.

Un emoji con cara triste. ️

Me reí muy fuerte y agradecí estar sola.

¡Sí podemos! 💪

Agregué un emoji para darnos ánimos y él me respondió con la ubicación del orfanato. Estaba en la ciudad, así que era de los más fáciles de contactar.

Si salimos 3:20 de la oficina llegaremos a tiempo.

¿Iríamos juntos? Claro, era lo más práctico.

Ok

Bueno, ahora sí tenía hambre, pero no quería hablar con Susana. No estaba enojada con ella, pero no quería enredarme más la cabeza. Le envié un mensaje a Patty para que me comprara algo del lugar al que habían ido a comer y me envió el menú. Escogí el emparedado más sencillo y una ensalada. Era algo práctico para comer en la oficina sin riesgo de derramar nada sobre los bocetos, ya después iría por una buena hamburguesa.

Pasé el resto de la tarde revisando informes de control de calidad de la última colección. Aún estaban a prueba y tardarían meses en salir al mercado, por eso había que ser muy cuidadosos en cuanto a las observaciones que nos hacían. Mis compañeros estaban concentrados en lo suyo y nuestra jefa nos dejó para ir a una junta con mi primo Albert.

Ya me enteré de la noticia.

El mensaje tardó en llegar porque esperaba recibirlo desde el jueves, pero Albert había estado de viaje y llegó el domingo en la noche. Tenía mucho trabajo pendiente, pero estaba listo para el cotilleo.

Lo dejé en visto.

¿No dirás nada?

Dos hermosas palomitas azules fue el único cambio en su pantalla.

Karen está loca con tu identidad secreta.

Karen estaba loca por todo, pensé.

¿No se suponía que estabas en Nueva York ese día?

¡Demonios, demonios, demonios!

Sí, la semana de la fiesta de disfraces yo había viajado a Nueva York para ayudar a Annie con un proyecto de la escuela de Diseño de modas. Yo, la verdadera Candy White Andley ni siquiera había puesto un pie en el hotel donde se llevó a cabo la fiesta. Yo había vuelto el lunes en la noche y no me presenté en la oficina hasta el martes. Yo, Candy White Andley, no tenía idea de que había una Cenicienta fugitiva en la empresa.

¿Y perderme esto?

Le envié a mi primo su propia fotografía disfrazado de pirata inglés. Su mamá la había compartido con la familia diciendo que su hijo se veía adorable, aunque él quería verse sexy.

¡Borra eso!

¡Perfecto! Logré desviar su atención. Sabía que le podía confiar la verdad a Albert, pero Susana me hizo jurar que las cosas quedarían entre nosotras.

Pon atención a tu junta. Mi jefa va para allá.

Su última respuesta fue un emoji enojado. 😠


Al día siguiente, comí con Susana en la terraza de la empresa. Compró sushi en un restaurante cercano y ordenó pasteles miniatura por Delivery. Le conté sobre mi junta con Anthony y cómo me había puesto a llorar en su presencia.

—Lo siento, Candy —me dijo abriendo la salsa de soja y poniéndola en mi plato—. Suena como un hombre bastante razonable. —Su mirada se perdió en el infinito y supe que estaba imaginando uno de sus catastróficos escenarios mentales—. Si quieres podemos bajar a hablar con él y contarle lo que pasó.

Eso habría sido lo mejor desde el principio, hablar a puerta cerrada con él, pero ahora que todos en la empresa creían que yo era Cenicienta, no tenía caso revolver más las cosas y hacer un chisme todavía más grande. Además, estaba convencida, después de darle muchas vueltas al asunto en mi cama, de que podía manejar la situación con Anthony; después de todo, habíamos prometido olvidar la dichosa fiesta.

—No… —dije tras masticar mi comida—. Si le decimos ahora puede renunciar a ayudarme con el proyecto y hay mucho que hacer.

—Yo puedo ayudarte. Después de todo, se supone que yo debería estar haciéndolo.

—¡Me ayudarás! —afirmé, de eso no se iba a escapar—. Lo que hicimos el fin de semana no es todo, sólo es el plan y necesito revisar un montón de archivos.

El plan que le había mostrado a Anthony no lo trabajé sola, Susana me ayudó todo ese fin de semana y por eso salió tan rápido, pues yo sola me habría tardado una semana en hacerlo.

—Lo que quieras, sólo pídemelo —dijo Susana llenando mi plato con parte de su comida.

—No me vas a comprar con comida —le advertí y ella se rio a carcajadas.

—¡Ya lo hice!

Le metí un rollo de sushi en la boca y casi se atraganta. Fue mi turno de reír.

—Buenas tardes.

La voz de Anthony frenó mi carcajada y Susana escupió en su servilleta parte de la comida. Venía seguido de dos personas, una mujer pelirroja que me miró con el ceño fruncido y un hombre con un rostro más gentil que se tapó la mano para disimular la risa que nuestro show le había provocado.

—¡Hola! —saludé sin evitar la risa. No me quedaba más que burlarme de mí misma—. ¿Vienen a comer? —pregunté mirando a los tres.

—A trabajar —contestó la pelirroja.

—Están fumigando nuestra oficina —añadió el otro chico—. Soy John. —Nos tendió la mano y Susana y yo le correspondimos.

—¿Están infestados? —pregunté.

—Es rutina, Candy —me dijo Susana por lo bajo.

—¡Ah! —musité. ¿Se suponía que yo debía saber eso?

Anthony me sonrió.

—Ella es Elisa, coordinadora de Logística.

—¡Un placer! —dijimos mi prima y yo a coro.

—Igualmente —contestó Elisa con una sonrisa de edecán y le hizo una seña a John para que preparara una mesa y pudieran trabajar.

De pronto caí en cuenta de que Anthony y Susana estaban frente a frente. Volteé a mirarla y ella también se dio cuenta porque ya tenía la cabeza baja, muy concentrada en su comida.

—Nosotras… —tartamudeé cerrando la charola de sushi que nos quedaba— tenemos que irnos, ¿verdad?

Susana asintió y recogió la mesa en un abrir y cerrar de ojos. Nos levantamos y salimos de la terraza como si en verdad aquellos tres estuvieran infestados.

—Te veo el viernes —dije a Anthony desde lejos y él me despidió con la mano.

Como un par de chiquillas, corrimos al ascensor y en cuanto entramos empezamos a reír.

—¿Se habrá dado cuenta? —me preguntó Susana cuando bajábamos a mi piso.

—¿De que estamos locas?, tenlo por seguro.

—Hablo en serio —chilló Susana.

—También yo —afirmé—, pero no creo. No le dimos mucho tiempo de comparar tu cara con la mía.

Nos miramos a través del espejo del elevador. Susana y yo éramos muy parecidas, por eso nuestra farsa podía funcionar. Ambas éramos rubias, aunque ella era lacia y yo tenía rizos apretados; teníamos la misma estatura y complexión; nuestras narices se parecían, aunque la mía era más pequeña y respingada y ¡claro!, yo tenía pecas y ella no, pero había que ser muy entrometido para jugar a "encuentra las diferencias" entre este par de rubias. Suspiramos al mismo tiempo y volvimos a reír.

—Hay que ir de compras —dijo ella.

—Necesito unas botas nuevas —respondí aceptando su propuesta.

Bajamos en el octavo piso y esperamos a que llegara nuestro postre en la cocineta que había en el departamento de Diseño.


El viernes por la tarde, bajé al estacionamiento subterráneo donde Anthony ya me esperaba. Me condujo hasta su auto y me ajusté el cinturón de seguridad en cuanto arrancó el motor.

—Tu prima… —dijo de pronto y mi estómago hizo una dramática pirueta. Estaba segura de que mi corazón estaba ahí y no en mi pecho—. ¿Ella dirigió la campaña del año pasado? Hablo de la campaña que ganó el premio nacional a mejor spot de radio.

—¡Esa es Susana! —dije orgullosa. Mi prima había dirigido esa campaña y puedo atestiguar que no durmió varios días.

—Un proveedor me dijo que solo por ese comercial, rediseñó sus oficinas con nuestros muebles. —Anthony aceleró, pues habíamos llegado a una vía de alta velocidad.

—¡En serio! —exclamé emocionada—. ¡Le encantaría saberlo!

—No recuerdo haberla visto en la fiesta.

¿Era una trampa?, ¿sabía que yo no era su Cenicienta?, ¿reconoció a Susana en la terraza?

—Tenía una cita con su prometido —contesté y no sé por qué hice énfasis en la palabra "prometido".

Observé su reacción, pero Anthony sólo asintió y miró por el retrovisor, muy pendiente del camino e inmutable, como si le hubiera dado la hora y no información sobre la mujer con la que había bailado y "casi" besado. Mi estómago volvió a reaccionar ante la idea…

Llegamos al orfanato Infancia segura y mi corazón volvió a apretarse, pero esta vez por el dolor que me causaba la idea de vivir en un orfanato.

Mi abuelo me había contado muchas cosas sobre este tipo de lugares, buenas y malas y quise correr a abrazar a mis padres en ese instante. Una cosa era "saber" lo que vivían los niños huérfanos y otra muy diferente experimentarlo en carne propia.

Anthony me abrió la puerta del auto y fuimos juntos hasta la puerta principal. Tocamos el timbre y una adolescente nos contestó por el interfón. Preguntamos por el director, pero nos dijo que no estaba. Un niño había tenido un accidente y había salido para Urgencias con él.

—Gracias —dije a la chica—. ¿Y ahora? —pregunté volteando a ver a Anthony que ya estaba haciendo una llamada.

Colgó después de un par de minutos.

—El director dice que no es grave. El niño tiene un esguince en el pie y en una hora saldrán del hospital. Nos pidió esperarlo, ¿puedes?

Me encogí de hombros. Yo no tenía problema con esperar, pero el calor era un inconveniente.

—¿Podemos buscar algo de tomar mientras esperamos? —pedí—, hace mucho calor.

—Claro, hay una heladería a unas calles. Cerca del Instituto de Artes Escénicas.

Subimos de nuevo al auto de Anthony y nos dirigimos a una heladería. Había mucha gente y ningún lugar para sentarse, así que después de pagar nuestros helados salimos a sentarnos en las escaleras del Instituto.

Mi helado era de pétalos de rosa y el de Anthony, de menta.

Atacamos nuestros barquillos para evitar que los helados se derritieran, por lo que estuvimos callados varios minutos, observando a la gente.

Un trío de chicas estaba a unos metros de nosotros, tomándose fotos. Eran estudiantes y parecían trabajar en un proyecto, pues estaban muy concentradas en la postura de la modelo y el ángulo de la cámara.

—Ese no es su mejor perfil —dijo Anthony por lo bajo y yo, con la boca a medio camino de comer mi helado, volteé a verlo—. Su cabello cubre parte de su rostro, pero en lugar de verse atractiva se oculta su cara y la foto pierde impacto.

Miré a la joven y volví a mirarlo a él. Yo sabía de estética, había estudiado diseño y se suponía que debía saber eso, pero que él lo supiera era…

—¿Cómo sabes eso? —pregunté inclinándome hacia él, interesada en su respuesta.

Anthony bajó la mirada y sonrió de medio lado. ¡No! ¿Se sonrojó?

—Es obvio —contestó y le dio un gran bocado a su helado.

—Si fuera obvio, no lo estarían haciendo mal.

Anthony me miró y yo levanté las cejas, instándolo a que me dijera cómo es que poseía esa valiosa información. Probó su helado otra vez y respondió:

—Mi madre me enseñó.

—¿Es fotógrafa?

—No, pero toda su vida se ha dedicado al mundo de la belleza.

Las neuronas de mi cerebro hicieron corto circuito, buscando la conexión y ¡De pronto!

—¿Cómo se llama tu madre?

—Rosemary Brower.

—¡Nooooo! ¡En serio! —Anthony asintió—. Anthony, tu mamá es… es… ¡un ícono de la moda! —La emoción no cabía en mi cuerpo—. Aprendí a maquillarme con sus consejos y, ¿mi vestido de graduación? Lo elegí gracias a uno de sus programas especiales.

Anthony sonrió ampliamente y asintió.

Rosemary Brower había sido modelo toda su vida. Cuando se retiró de las pasarelas abrió una academia de belleza en la que capacitó a muchos asesores de imagen que hoy eran famosos. Tenía programas de televisión en los que enseñaba a las personas "normales" a conocer la morfología de su cuerpo y la ropa que mejor les quedaba. Era experta en cambios de imagen y tenía un concurso, también en televisión, en el que retaba a las participantes a crear un atuendo con base en un tema. El premio era siempre dinero, pero a veces también era pasar un día de compras con ella. Annie y yo imaginamos muchas veces cómo sería pasar una tarde de compras con ella.

Rosemary Brower era una diosa ¡y yo estaba comiendo helado al lado de su hijo! ¿Eso lo hacía un semidios?

—Estoy en shock —balbuceé y Anthony se rio de mi nivel de fanatismo—. Tú no sabes lo que es equivocarte en un outfit, ¿verdad? —Se encogió de hombros—. ¡Qué suerte tienes!

Volví a mirar a las chicas que luchaban por conseguir una buena fotografía.

—Sostén esto —dije dándole mi helado—, no te lo comas —le advertí y me eché el cabello hacia atrás. Me enderecé tanto como pude estirando el cuello y sacudiendo los hombros—. Dime, ¿cuál es mi mejor perfil? —pregunté mirándolo a la cara.

Anthony se enderezó también, confundido por lo que estaba haciendo, pero cuando le pregunté me miró fijamente. Estudió mi rostro de arriba abajo y de un lado al otro. Sentí sus ojos bajar por mi cuello y subir lentamente hasta mi cara. Me pidió voltear a la derecha y luego a la izquierda, levantar la barbilla e inclinar la cabeza.

Se aclaró la garganta y me devolvió mi helado.

—¿Y bien? —pregunté impaciente.

—Derecho —dijo mirando hacia el infinito.

—¿Y ya? —pregunté casi decepcionada—, ¿ningún análisis?

—Tu rostro es muy simétrico, pocas personas lo tienen así, por lo que cualquier perfil es bueno, pero si eres exigente, el derecho resalta más tus facciones pequeñas y delicadas y, si levantas la barbilla, sólo un poco, luces perfecta.

Mi sonrisa boba no tardó en llegar y sentí cómo me sonrojé. No es que no me supiera bonita, pero que un hombre me llamara "perfecta" era todo un home run en el partido de la vanidad.

—Toma, se derretirá. —Anthony me devolvió mi helado. Lo tomé con las dos manos y sus dedos rozaron los míos.

—Gracias. — Volví a atacar mi helado, mientras Anthony hacía lo mismo.

Él terminó primero su helado y cuando terminé el mío, me tendió la mano para que le diera la basura. Buscó un cesto y se levantó para tirarla.

—¡Candy! —Alguien gritó mi nombre, pero no volteé a ver de quién se trataba, pues no esperaba ser la única Candy en el mundo—. ¡Candy White Andley! —Ok, sí era a mí.

Giré mi cabeza para ponerle rostro a la voz y casi grito, por segunda vez, como fan loca.

—¡Terry! —grité al tiempo que me levantaba y alcanzaba a Terry Grandchester.

Me abrazó en cuanto me tuvo cerca y yo lo apreté con fuerza. Su enorme cuerpo olía a perfume, maderable como a él le gustan y su rostro era suave, señal de que hoy se había afeitado en la barbería.

—¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo estás? —le pregunté cuando liberamos un poco nuestro abrazo.

—Casi dos años —me contestó tomando mis manos— Estás hermosa, ¿qué haces por aquí?

—Tengo una reunión cerca de aquí y estoy haciendo tiempo —contesté—, ¿y tú?, no se suponía que vivías en Nueva York.

—Vivo ahí, pero… —Terry miró por encima de mi hombro y yo volteé. Anthony estaba a unos metros de nosotros.

—Déjame presentarte. —Tiré de la mano de Terry para acercarnos a Anthony—. Anthony, te presento a Terry Grandchester, un amigo de la universidad. Terry, él es Anthony Brower, trabajamos juntos.

Anthony y Terry se estrecharon las manos e intercambiaron saludos. No estaba ciega para no darme cuenta de que ambos eran hombres guapísimos y tampoco pude ignorar las miradas de algunas estudiantes que los miraban embelesadas y después me miraban a mí, como despreciando mi lugar en la cadena alimenticia.

—Entonces, ¿qué haces en Chicago? —le pregunté a Terry.

—Imparto un curso de actuación —respondió señalando el Instituto.

—¡Genial! —exclamé—, ¿podría entrar a ver cómo lo haces? —pregunté, pero solo para molestarlo pues Terry siempre dijo que lo ponía nervioso cuando lo visitaba en sus clases o sus ensayos.

Anthony se cruzó de brazos.

—Cuando quieras. Las clases son lunes y miércoles de cuatro a seis de la tarde —me respondió Terry—. Aula 216. Hoy tengo una reunión con la directora y —miró su reloj—, no quisiera llegar tarde.

—¡Oh, claro! —balbuceé—. Me dio mucho gusto verte, te ves bien. —Lo abracé por última vez.

—Tú también. Mi número es el mismo de siempre, llámame cuando puedas.

—Lo haré.

Anthony y Terry se despidieron con un gesto vago. Vimos desaparecer a Terry tras cruzar las puertas del Instituto y sonreí al recordar viejos tiempos.

—¿Nos vamos? —preguntó Anthony sacándome de mi viaje en el tiempo.

—¡Sí! —Asentí mirando el reloj de mi celular—. Antes de que esas chicas te pidan ser su modelo —bromeé señalando con la cabeza a las tres chicas que después de tomarse las fotos para su proyecto descansaban en los escalones del edificio.

Anthony rodó los ojos y negó con la cabeza. Empezó a caminar y yo lo seguí. Volvimos sobre nuestros pasos hasta su automóvil.

—¿Fue tu novio? —preguntó Anthony sin previo aviso. Había estado serio todo el camino y su pregunta tan personal me confundió.

—¿Terry? —pregunté y él asintió. ¡Siguiente pregunta, por favor!, pensé mientras buscaba una respuesta… —Es complicado. —Me froté el lóbulo de la oreja, algo que hacía cuando estaba nerviosa.

—No quise entrometerme… —dijo en el mismo tono serio y otra vez sentí ese impulso de complacerlo.

—Él es profesor de mi universidad —dije—. De una carrera diferente, pero un profesor al fin y al cabo. Intentamos una relación, pero el miedo de ser descubiertos y meternos en un problema fue más grande que lo que sea que hubiéramos sentido y dejamos de intentarlo. Al final nos volvimos amigos.

Bueno, no era tan complicado como lo pareció años atrás.

—¿Y ahora?

—¿Ahora?

—Ahora que no son profesor y alumna…

Me encogí de hombros.

—Seguimos siendo amigos.


Llegamos al orfanato y esta vez sí nos abrieron la puerta. El director era un hombre que no pasaba de los cuarenta años y había trabajado en Servicios Sociales durante quince, así que parecía saber lo que debía hacerse en cuanto a niños, pero en administración estaba un poco perdido y nos dio una larga explicación de cómo se había vuelto director del orfanato y todo el trabajo atrasado que tenía.

Anthony y yo lo escuchamos con toda la atención posible y cuando se desahogó le explicamos nuestro proyecto. Nos agradeció el apoyo que aún no le dábamos y nos facilitó toda la información que tenía en ese momento para que nosotros supiéramos qué podíamos darles a los niños.

—¿Quieren conocerlos? —nos preguntó después de que compartimos correos electrónicos y nos dio acceso a su base de datos en la nube. Sólo de la información que necesitábamos, desde luego.

Miré a Anthony y él se encogió de hombros. O sea que me estaba dejando a mí la decisión.

—¡Nos encantaría! —contesté sonriente, pues los niños me encantaban.

Salimos de la oficina del director y nos llevó hasta el patio principal. Era una casa vieja, pero en buenas condiciones, parecía recién pintada y había un mural hecho por los niños que me recordó a todas las veces que Albert y yo pintamos las paredes de la casa de los abuelos.

El director tocó una oxidada campana y un tropel de niños salió de todos lados hasta donde nosotros estábamos. Las palabras nunca serán suficientes para describir la energía y ocurrencias de los niños. Nos preguntaron quiénes éramos, si queríamos adoptar a alguien, si sabíamos cocinar, jugar basketball o videojuegos; nos invitaron a cenar y a volver al otro día a jugar.

Cuando me di cuenta, Anthony estaba en el otro extremo del patio jugando football con seis niños mientras que yo estaba a nada de comerme un pastel de tierra que había preparado una pequeña de unos cuatro años y que, según me explicaron, tenía poco tiempo de haber llegado al orfanato. Logré persuadirla de comernos, en su lugar, el chocolate que llevaba en mi bolsa y nos sentamos en el suelo.

Nos despedimos de los niños y del director después de prometerles a todos que volveríamos. A los primeros, para jugar con ellos y, al segundo, para que nos explicara a fondo sus necesidades.


—Quiero un niño, Anthony —dije minutos después cuando ya estábamos en el coche. Anthony frenó con violencia y me miró con los ojos bien abiertos. ¡Ay no! —¡No, no, no! ¡No quise decir eso! —exclamé agitando mis manos y negando con la cabeza cuando caí en cuenta de cómo había sonado eso—. Disculpame, por favor, eso no es lo que… en serio… me refería a que…

Habíamos hecho buena parte del camino de vuelta en silencio y mis pensamientos decidieron conectarse con mi voz para hacer el comentario más incómodo y fácil de malinterpretar. Mis orejas se calentaron.

—A que quisieras arreglar la vida de todos y cada uno de los niños que conocimos hoy —me dijo conteniendo la risa ante mis palabras sin sentido, pero entendiendo a la perfección a lo que me refería.

Asentí.

—Te entiendo, pero no es posible. —Torcí la boca. La palabra "imposible" no me gustaba—. Candy, este es el primer lugar que visitamos, sé que lo entiendes, pero debes ser un poco más…

—¿Fuerte? —pregunté enarcando una ceja.

Él asintió.

—Veremos a muchos niños y escucharemos historias desgarradoras y entiendo lo que sientes, te lo juro. Peter, el pequeño con el que empecé a jugar me dijo que le recordaba a su padre. No tienes idea de lo que me hizo sentir eso, pero… aunque no podamos llevarnos a todos a casa, lo que haremos por ellos tiene que contar y serles útil.

Sabía que tenía razón, pero me dolía el hecho de que esos niños se iban todas las noches a la cama sin un beso de sus padres o sin escuchar una historia antes de dormir.

Anthony tomó mi mano y le dio un ligero apretón, yo puse mi otra mano encima y también la apreté. Ese simple gesto me reconfortó.

"No seas corazón de pollo" me repetí cuando Anthony reanudó la marcha del coche. Ni siquiera me di cuenta cuando nos detuvimos.


Queridas lectoras, gracias por darle una oportunidad a este fic. Aviso que sera una historia ligera y no muy larga que espero disfruten.

Gracias a quienes la añadieron a alertas o favoritos y a quienes dejaron algún comentario en los capítulos anteriores, en especial a:

Marina777: Hola, Susana estaba realmente desesperada y metió un gran aprieto a Candy, sólo esperemos que ambas salgan ilesas de este embrollo. Saludos.

Mayely Leon: Hola, muchas gracias por comentar, sigamos aumentanto el catálogo de fics sobre Anthony, no sé qué tantos haya ambientados en la época actual, pero espero que este sea de tu agrado. Saludos.

GeoMtzR: Hola, Geo. Susana se descontroló en la fiesta, pero estaba en todo su derecho, la verdad es que no la culpo (Anthony no combina con ella, pero nada se pierde por mirar) y si Neal no quiso acompañarla, fue su problema, el meollo que, como bien dices, Candy tiene que sacrificarse con Anthony, digo... por los niños, todo sea por los niños ja, ja. Reitero que será una historia bastante relajada porque la empecé a escribirla cuando andaba estresada por los capítulos del otro fic y necesitaba un respiro, así que no me hago responsable por lo que pueda ocurrir aquí, pero espero que les guste.

Nos leemos pronto

Luna