La cenicienta equivocada
4
Una pistola de clavos
POV: ANTHONY
La ventaja de vivir solo era que, después de un largo día de trabajo, no tenía que llegar a alimentar a nadie, la desventaja era que nunca había nada para comer inmediatamente. Fui a mi habitación a cambiarme por una ropa más cómoda y salí a buscar algo de cenar al restaurante que había a una calle de mi casa.
Al llegar, saludé al dueño y sin enseñarme el menú empezó a preparar mi orden. Tomé una mesa apartada de una familia que celebraba un cumpleaños y saqué el teléfono de mi bolsillo en cuanto empezó a vibrar.
—Hola, madre —saludé en cuanto respondí.
—¿Sabes?, cuando tenías tres años me decías "mami" y eras adorable —respondió mi madre con falsa tristeza.
—También era un desastre para comer y no te dejaba trabajar.
Escuché su risa del otro lado y también sonreí. Entendía a Candy cuando habló en el camino de lo injusto que era para esos niños no tener padres.
—Pero te veía todos los días —me reprochó con su cantarina voz.
Ante eso no tenía un contraargumento.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—¡Ahogada en el trabajo! pero quería contarte que en un mes daré una conferencia en el Centro de Convenciones de la ciudad.
—¡Felicidades!, ¿de qué hablarás? —pregunté cuando el camarero puso una hamburguesa y una cerveza frente a mí.
—Sobre la relación del lenguaje corporal y la ropa que vestimos.
—Eso suena… mamá, ¿en serio trabajaste con ese psicólogo?
—¿Cómo supiste? —me preguntó como una adolescente que fue sorprendida por sus padres con su novio.
—Ese título no es para nada tu estilo —contesté con molestia—. ¡No necesitas a ese sujeto para dar tus conferencias y…!
—Cariño, cariño —me detuvo mi madre—, sé que no lo necesito y ese es sólo el tema, sigo trabajando en el título y te aseguro que será uno digno de Rosemary Brower. Además, yo seré la única que hable ese día y él sólo me apoya en aspectos psicológicos, pero no es el ponente principal ni el cerebro de la operación —dijo con su habitual voz calmada y divertida.
—¿Con quién hablas? —Escuché la voz de mi padre a lo lejos.
—Con el amor de mi vida —contestó mi madre y yo me reí en cuanto ella también lo hizo. Imaginé la cara de mi padre quien siempre caía con esas bromas de mamá—. ¡¿Qué?! —exclamó mamá—, Anthony es el amor de mi vida.
—¡AH! —La voz de papá sonó aliviada—, Hola, hijo —dijo cerca del auricular.
—Hola, papá, ¿viste el partido?
—Espera —terció mamá—, te pondré en altavoz.
—Sí, lo vi, le gané veinte dólares a tu tío Richard.
—¡Ya, ya! —dijo mamá—, estábamos hablando de mí, no del juego. Vincent, a tu hijo tampoco le agrada James.
—¡Gracias! —gritó mi padre—, cariño, te he dicho que no lo necesitas para dar tus conferencias. Es aburrido, se cree protagonista y habla demasiado.
—Bueno, bueno, ¡ya está bien! después de esta conferencia… cortaré la relación con él. Tienen razón en que es… un poco aburrido.
—¡Tú puedes, má! —la animé.
—Gracias, corazón. Ahora, dime, ¿irás a mi conferencia?
—Sí —afirmé—, y tal vez invite a alguien.
—¡A quién! —gritó mi madre y casi me deja sordo— ¡Tu novia!, se trata de tu novia, ¿verdad?
—No, es una compañera de trabajo que te admira —respondí.
—¡Oh! —Sonaba desanimada.
—Pero es alguien importante si decides llevarla —terció papá—. Nunca dejas que tus amigos fanáticos de tu madre se le acerquen.
—¿Anthony? —habló mamá al notar que me había quedado mudo.
—Oigan, llegué tarde del trabajo y no he cenado, los llamo después, ¿ok?
—Sí, pero…
—Déjalo ya… —Oí cómo mi padre tomaba el teléfono y lo alejaba de mamá—. Lleva a esa chica.
—Adiós, papá.
Colgué el teléfono y empecé a comer en silencio, viendo en la televisión del restaurante la retransmisión de un partido de hockey. Acabé mi hamburguesa e hice a un lado el plato para terminar la cerveza en completa calma o, casi.
El trabajo nunca se detiene y recibí tres correos electrónicos reportando un problema de entrega. Escribí un par de respuestas y envié un mensaje a Elisa para que se comunicara con el cliente.
Estoy en ello
Me respondió de inmediato y bloqueé la pantalla, pero de inmediato volví a prenderla. Abrí Instagram y, cual adolescente inquieto, tecleé el nombre de Candy en el buscador. Aparecieron varias usuarias, marcas y hashtags, pero no tardé en encontrarla. Su cuenta era pública y vi sus fotos. No había duda de que su campo era el diseño y la estética, porque sus publicaciones eran fotografías excelentes, artísticas y ella aparecía en varias. Era una mujer hermosa, incluso cuando hacía "#caraslocas" como había etiquetado la foto que veía en ese momento; miraba a la cámara e inflaba las mejillas. En la siguiente foto aparecía su prima Susana haciendo también gestos a la cámara. Seguí viendo sus publicaciones y encontré una en la que modelaba un vestido de alta costura; con un pierna delante de la otra y las manos en la cabeza, enterrando sus dedos en sus rizos apretados y la mirada fija en la cámara era la imagen más sexy que había visto nunca. La publicación tenía fecha del día 12 del mes pasado, precisamente un día después de la fiesta de la empresa y la ubicación: Nueva York…
Su perfil se actualizó en ese instante y apareció la foto de un pastel de tierra con la descripción "A romper la dieta"
Sonreí al recordarla sentada en el piso jugando con la tierra y pequeños trastes de juguete al lado de la pequeña con quien había compartido un chocolate. No sé cómo hice para contener la risa cuando durante el camino de vuelta Candy dijo que quería un niño, tampoco sé cómo evité decirle que yo estaría encantado de intentarlo.
"¡Compórtate, animal!"
Cerré la aplicación y pagué mi cuenta. Tenía que volver pronto a casa.
Mi rutina normal consistía en ir al gimnasio entre semana, pero los últimos días no había tenido tiempo ni energía, así que solo había entrenado en casa. Por eso mismo, aproveché el sábado para ir temprano. Había más gente de lo usual, pero pude trabajar sin que nadie me estorbara.
—¡Buen gancho!
Detuve el balance del saco de boxeo entre mis brazos y busqué a Dorothy. Estaba detrás del costal, con los brazos cruzados y una sonrisa amplia.
—Pero debes practicar tu uppercut, Frank dijo que es débil —agregó con la severidad de entrenadora que la caracterizaba—. No te vi en toda la semana, ¿dónde estuviste? —preguntó mientras sostenía con fuerza el saco de boxeo para que yo iniciara una serie de movimientos cruzados.
—Mucho trabajo.
Me concentré en mis movimientos y después empecé a seguir las instrucciones de Dorothy, quien me decía qué golpe soltar.
Dorothy era la dueña del gimnasio y entrenadora; su padre fue boxeador profesional y heredó el gusto por el deporte a sus tres hijos, pero sólo ella se dedicaba a enseñar. La conocí cuando me mudé a este vecindario y poco a poco se convirtió en una buena amiga. Sí, hombres y mujeres pueden ser amigos.
—Estás muy motivado —dijo casi al finalizar—. ¿Listo para otro sparring?
Lo pensé sólo un segundo. Me gustaba el deporte y en el combate anterior no me había ido nada mal, pero tuve que redoblar mis entrenamientos y con el proyecto de los orfanatos no podría dedicarle el tiempo necesario al boxeo y era claro que no iba a dejarle todo el paquete a Candy.
—Será para la otra. No tengo tiempo.
—¡La encontraste! —gritó Dorothy y un hombre que entrenaba cerca nos miró.
—¿A quién? —pregunté tomando una toalla para limpiarme el sudor, pero sabía a quién se refería. ¿Cómo lo supo? No lo sé, tal vez gracias a aquello que llaman intuición femenina.
Dorothy tomó una botella de agua y me la lanzó. Se cruzó otra vez de brazos y los guantes de boxeo que tenía tatuados en el brazo resaltaron en su piel.
—La encontré —respondí poniendo los ojos en blanco por la emoción de chica loca que de repente se activó en mi entrenadora.
Me llevó a una de las bancas libres del gimnasio y me hizo contarle todo mientras me quitaba las vendas de las manos.
—Suena como una chica bastante atolondrada, pero ya me cae bien —dijo Dorothy cuando acabé de contarle sobre Candy—. Aunque… eso de olvidar lo que pasó en la fiesta es raro… —meditó—. ¿Hicieron algo indebido? —me preguntó burlona, levantando las cejas.
—Sólo bailamos y bebimos, ya te lo dije.
—Y casi la besas —puntualizó.
—Palabra clave: casi —recalqué.
Dorothy reprendió a un par de clientes que hacían uso indebido de las máquinas y me dejó solo un rato para explicarles cómo usarlas.
Me quedé en la banca a beber toda el agua que necesitaba, pues el boxeo es un deporte bastante completo y agotador, pero ahora tenía la mente despejada y Dorothy tenía razón, estaba motivado, no a pelear, pero sí a intentar acercarme a Candy. Usaría las próximas semanas para conocerla más allá de lo que hablamos en la fiesta.
Dorothy volvió a sentarse junto a mí y se quejó de lo que costaría el equipo si se dañaba.
—Si tú fueras ella… —la interrumpí de su queja, pero me prestó atención—, ¿por qué querrías olvidar lo que pasó o no pasó —recalqué—, en la fiesta?
Los ojos de Dorothy vagaron por todo el gimnasio, como si la respuesta estuviera escondida en un bicicleta o en el cuadrilátero del centro.
—Si te lo digo, ¿dejarás de pagar la mensualidad?
—Dime.
—Tal vez no le gustas.
Un gancho es un golpe directo al torso y un uppercut es uno dirigido al mentón; pues las palabras de Dorothy fueron una combinación perfecta entre esos dos movimientos.
—Conste que dije "tal vez" —se apresuró a añadir.
—Pero la fiesta…
—¡Olvida la fiesta! —me reprendió—. Llevaban máscaras y eso significa ocultar tu verdadera identidad y dejar salir cosas que nunca harías si sabes que todos te conocen. Esa noche se destramparon un poco, pero ahora les toca ser profesionales a los dos.
—¿Debo olvidarla?
—¡Yo no dije eso! —levantó su índice en señal de advertencia—. Dije que olvides la fiesta —Me tomó de los hombros como si me diera las últimas instrucciones para volver al ring—. También dije que "tal vez" no le gustas, o sea que, hay una posibilidad de que sí le gustes. ¡Aprovéchala!
El lunes por la tarde, a las tres treinta, para ser precisos, bajé al octavo piso en busca de Candy. Un muchacho, que supuse era un practicante, me señaló su escritorio y entré. Me calmé al encontrarla porque la idea de que estuviera al lado de su amigo-exnovio actor me había dado dolor de cabeza todo el día.
Recordé las palabras que Dorothy me dijo el sábado, antes de despedirnos, mientras caminaba hacia Candy. "Aprovecha el tiempo que tienen para conocerla y conquistarla"
—¡Anthony! —exclamó dando un brinco en su asiento. Llevaba el cabello en un moño despeinado y tenía un lápiz en la boca y otro entre sus rizos—. No me digas que teníamos reunión y lo olvidé. —Miró el calendario de su computadora que estaba en otro escritorio detrás de ella.
—No, pero encontré algo y quería mostrártelo —dije señalando mi tableta—, pero estás ocupada.
—¡Para nada! —negó dando un manotazo en sus diseños.
—¿Segura? —Eché una mirada a sus bocetos. Era un librero, pero…
—Por favor, sácame de aquí —me pidió por lo bajo inclinándose hacia mí y mirando a su jefa—. Estoy estancada. —Estaba tan cerca que pude oler su perfume.
Asentí y le señalé otra vez la tableta. La miré por encima del hombro y me aclaré la garganta para que su jefa me oyera.
—Encontré un problema en los estados de cuenta y debemos revisar orfanato por orfanato antes de dividir el presupuesto—dije serio y convencido de que era un grave problema.
Su jefa levantó la mirada de su ordenador y nos miró no con autoridad, sino con lástima. No era un secreto que los de Diseño no se llevaban bien con el departamento de Finanzas. Yo lo había atestiguado en varias juntas.
—Jefa… —dijo Candy.
—Vete, vete —le hizo un ademán con la mano y Candy, tras darle la espalda sonrió ampliamente. La rubia se había salido con la suya.
—¡Gracias por eso! —dijo Candy una vez que estuvimos fuera del edificio. Cerró los ojos e inhaló con profundidad el aire contaminado de la ciudad, pero no quise quitarle sus segundos de tranquilidad.
—Cuando quieras.
Se estiró cuanto pudo y me sonrió al abrir los ojos.
—¿Qué querías mostrarme? —preguntó tornándose seria—. Dime que era broma lo del error en los estados de cuenta. —Me dedicó una mirada preocupada.
—Lo inventé —aseguré y ella asintió lentamente con la cabeza, aliviada—. Pero sí revisé los estados de cuenta de hace unos años y encontré un par de orfanatos a los que se les dejó de apoyar, sólo que los archivos no dicen el motivo.
—Ok… —dijo cruzándose de brazos.
—Los investigué y no parece haber algún problema así que, pensaba reintegrarlos a la lista, si te parece bien —expuse mientras le tendía mi tableta y ella leía la información.
—Su último apoyo fue hace tres años —murmuró—. Fue el último año que Contabilidad se encargó de hacer esto, cuando…
Lo recordaba. Andley Decoration tuvo problemas con el fisco hacía tres años porque el director de Contabilidad había desviado recursos a su cuenta personal y parte de ese dinero lo había tomado del destinado a los orfanatos. Fue cuando la junta directiva había implementado a las fiestas de recaudación de fondos algún truco para que empleados, seleccionados al azar, se encargaran de repartir lo recaudado, justo como hacíamos Candy y yo este año.
—Tal vez podamos volver a contactarlos —dije refiriéndome a los orfanatos— y ofrecerles nuestro apoyo.
No me respondió de inmediato, pensaba qué hacer mientras su dedo bailaba sobre la pantalla.
—Creo que es buena idea —dijo al fin—. Pero me gustaría que nos dedicáramos más a ellos. —Noté la seriedad en su voz; estaba molesta—. No sabemos qué dijo o hizo Benson en aquel entonces para excluirlos y tal vez debamos disculparnos antes.
Benson era el antiguo director de Contabilidad y yo sabía que toda la familia Andley lo detestaba, así que no me sorprendió que Candy, a pesar de su juventud y carácter noble, también lo hiciera.
—¿Te gustaría tomar un café? —preguntó cambiando su tono de voz y señalando con su mano una cafetería que estaba cerca de la oficina y a la que íbamos casi todos los que ahí trabajábamos.
Llegamos a la cafetería y encontramos una pequeña mesa desocupada y corrimos a ella. El lugar siempre estaba lleno y era un logro hallar lugar para sentarse. Un camarero joven nos tomó la orden y desapareció de inmediato para atender otra mesa.
—Anthony —murmuró Candy cuando nos quedamos solos—, gracias por la dedicación que le has puesto a este proyecto.
Sus palabras eran simples, pero la manera en la que las dijo me hizo reiterar que esto era algo muy importante para ella. No supe qué decir y tomé su mano que descansaba sobre la mesa. Ella me miró y sus ojos verdes brillaron de una manera especial, su pulgar acarició mi mano y de inmediato la solté. La atracción que sentía por ella no hacía más que incrementar y no quería ni debía cruzar la línea. Debía hacer las cosas bien.
Desvió la mirada y entendí que la había ofendido al arrebatar mi mano. Intenté hablar, pero un silbido de su boca me lo impidió.
El camarero volteó a vernos.
—¡Alan, chocolate, dos tenedores! —gritó y su voz se impuso en la cafetería.
¿En serio la supermodelo que había visto en redes era esta mujer que había silbado como camionero? Me reí sin poder controlarlo.
—¿Qué pasa? —preguntó volviendo la mirada hacia mí.
—Eres… —dudé, pues no podía decirle que me había metido a su perfil de Instagram.
—¿Soy? —inquirió abriendo mucho los ojos.
—Dime algo —dije recordando un comentario que había oído en los pasillos—. ¿Es cierto que una vez te vieron peleando con una pistola de clavos?
—¡WOW! —exclamó y se echó a reír de inmediato. Era la primera vez que la oía reírse a carcajadas. Se cubrió el estómago y le pasé una servilleta para que se limpiara una lágrima que amenazaba con salir de su ojo—. ¿Entonces así evolucionó el chisme? —Acabó de reír, pero su sonrisa persistía. Tenía las mejillas encendidas y se abanicaba con la mano.
El camarero llegó con nuestros cafés y una gruesa rebanada de pastel de chocolate que colocó en medio de la mesa; puso un tenedor a mi lado y otro, al lado de ella.
—En primer lugar, no peleé —empezó a decir mientras revolvía su café—. Yo estaba en la ferretería porque sí, necesitaba una pistola de clavos, y el vendedor insistía en que me llevara una pequeña e inservible de una marca nueva. —Tomó el tenedor y picó el pastel—. Lo pedí para ambos. —Señaló mi tenedor e imité su gesto—. Yo sabía cuál quería, pero él insistía en que la otra era más adecuada para mí. —Rodó los ojos—. Al parecer, creyó que yo no tenía idea de lo que pedía por ser una chica y me enojé. —Se metió un pedazo de pastel a la boca y masticó rápido para poder hablar.
Yo estaba fascinado por sus movimientos, su voz, sus gestos y su anécdota. Me incliné hacia adelante y apoyé los codos en la mesa.
—Intenté ser amable, pero cuando dijo "señorita, puede lastimarse si no sabe usarla" —imitó la voz del sujeto y siguió—: estallé. Así que tomé la pistola de clavos de la marca que yo quería, busqué los clavos, abrí el cargador y los metí, caminé hacia las tablas de madera que servían para probarlas, conecté la manguera de aire, presioné el candado de seguridad contra la madera y apreté el gatillo unas cinco veces —dijo mientras sus ademanes ayudaban a la explicación de cómo funcionaba la herramienta.
Hizo una pausa y dio un sorbo a su café.
—No me di cuenta de que había alzado la voz y de que ya tenía a unas ocho personas alrededor viendo mi demostración y entre esas personas estaba un trabajador de la empresa. —Se echó para atrás en la silla y se quitó un rizo de la cara—. El resto es historia —resopló.
Le di un trago a mi café…
—Adelante, ríete —me dijo moviendo su mano.
—¿Qué hizo el vendedor? —pregunté riendo por lo bajo.
—¿Qué podía hacer? Se tragó su orgullo de macho gracias a la multitud, no porque lo sintiera, y me ofreció una disculpa; después llevó mi pistola a la caja y se esfumó. —Volvió a comer pastel y me preguntó—: ¿Cómo te enteraste de eso?
—Lo escuché por ahí —contesté y era cierto, lo oí una vez en el elevador y otra, en un andén de carga.
—Bueno, no me "peleé" con una pistola de clavos; eso implicaría que herí a alguien y no fue así —aclaró.
—Una última pregunta —dije. Ella me miró—. ¿Para qué necesitabas una pistola de clavos?
—Albert robó la mía y yo estaba trabajando en una mesa de jardín así que, necesitaba con urgencia una.
Su respuesta era tan genuina que, el tener una pistola de clavos, parecía algo básico para la supervivencia humana.
