La cenicienta equivocada

6

Aventura en cuatro ruedas

POV: ANTHONY

Dicen que si quieres conocer a una persona, viajes con ella. El último mes y medio eso había hecho con Candy. Cada vez que salíamos, ya fuera un trayecto corto o largo, descubría algo más de la rubia que me gustaba.

Candy era capaz de comer tres rebanadas de pizza, pero siempre dejaba la orilla de la última.

Sus gustos musicales eran tan aleatorios que un momento podía escuchar y cantar un álbum completo de Frank Sinatra y, al otro, tararear los jingles de la radio.

—¡Me gusta esa canción! —dijo una tarde en el camino de vuelta mientras manipulaba el estéreo de mi auto y subió un poco el volumen cuando sonaba el coro de "I was made for lovin' you". Empezó a cantar por lo bajo y subí más el volumen para que cantara a gusto. El rock se oye a todo volumen o simplemente, no se oye.

A pesar de su juventud y su carácter espontáneo, había notado que Candy era detallista y solía fijarse en los gestos más simples de las personas al hablar y usaba esa información para hacerlas sentir más cómodas.

También era una mujer protectora y previsora.

—Toma, estoy segura de que el profesor Johnson ya tiene un resfriado avanzado y no queremos contagiarnos —me dijo una mañana de viernes, tendiéndome una mascarilla 😷 antes de entrar al orfanato "Edén".

Habíamos contactado al director por videoconferencia el martes de esa misma semana y yo no había notado signos de enfermedad, pero ella tuvo razón, el profesor Johnson no dejó de estornudar durante nuestra reunión.

No tuve reparos en decirle a Candy cuánto admiraba esos rasgos suyos. Lo que no le dije fue cuánto me encantó el rubor de sus mejillas y lo hermosa que se veía nerviosa y frotándose la oreja, presa de los nervios. Sí, también había notado ese gesto.

Sin embargo, en lo que Candy era un desastre, era conduciendo. En serio, ¿cómo obtuvo su licencia? Si yo hubiera sido su instructor, la habría reprobado.

Lo comprobé hace poco, cuando Morgan cometió la estupidez de perder un camión en ruta y tuve que cederle a ella el volante durante el camino de regreso a la oficina para que yo pudiera hacer varias llamadas.

Mi conductora no espejeaba lo suficiente y tenía plomo en los pies, pues aceleraba demasiado y ¿estacionarse? Lo hizo tan rápido que creí que nos estamparíamos contra el muro. Estaba decidido, yo seguiría conduciendo y ella se encargaría de la música del camino.

Este viernes teníamos previsto otro viaje, esta vez, al orfanato "San Pablo". El miércoles habíamos programado nuestra excursión y revisado los últimos detalles del tema que trataríamos con su directora.

El jueves no teníamos motivos para reunirnos, pero le envié varios mensajes y ella los respondió de forma escueta, lo que me inquietó hasta el punto de ir el viernes, tan pronto como llegué a la oficina, a buscarla a su lugar.

—Candy no está aquí —me respondió su compañera Patricia—. Debe estar en Producción —añadió tras ver mi cara de confusión.

—¿Qué hace ahí?

—Hay un problema con el prototipo de un escritorio de la última colección y los ingenieros querían revisar con ella el diseño y los cambios hechos después de las pruebas de control de calidad —me explicó Patricia—. Están lidiando con eso desde ayer.

Salí del octavo piso dudoso, si Candy tenía trabajo seguramente no iría conmigo al viaje y era entendible.

"Déjala trabajar" me dije reiniciando mi camino, pero este se torció y terminé en el área de producción.

Caminé sobre el paso peatonal perfectamente delineado con franjas amarillas y busqué a Candy con la mirada. Pasé entre los obreros que manipulaban las máquinas y esquivé un montacargas que transportaba libreros infantiles.

Candy estaba rodeada de tres ingenieros, usaba una camisa de jeans y un casco de seguridad. De lejos parecía un muchacho, pero si se la observaba con detenimiento, se podían admirar sus caderas y su estrecha cintura. Desde mi distancia no podía oír lo que discutían, pero sí notaba sus ademanes y sus signos de cansancio, sus ojos se veían más pequeños y se frotaba la oreja casi con violencia.

—¡Ingeniero Brower, cuánto tiempo! —Un supervisor me dio una palmada en la espalda para llamar mi atención.

—Jonathan, qué bueno verlo. —Estreché la mano del hombre y su voz, al pronunciar mi nombre, llamó la atención de Candy. Nuestras miradas se cruzaron y me lanzó una sonrisa cansada.

Jonathan y yo nos acercamos a Candy y los otros ingenieros.

—Patricia me dijo que estabas aquí —dije a Candy después de los saludos de cortesía.

—Esta máquina hace lo que se le da la gana —respondió dando una patada a la máquina—. Vamos por otro intento —añadió viendo su reloj—. ¡Ay no! ¡Es tardísimo! Anthony, lo siento, no sabía que íbamos retrasados.

—No te preocupes, de hecho… venía a decirte que, si quieres, puedo ir solo esta vez.

—¡No! Solo dame unos minutos, estamos por hacer el último intento —me contestó con voz cansada y casi vencida. ¿Cuánto tiempo llevaba aquí? —Por favor —Su voz casi fue una súplica y yo me rendí ante ella.

Asentí y me quedé ahí.

La máquina era considerablemente más grande que cualquiera de los que estábamos ahí. Uno de los ingenieros la rodeó y manipuló el panel de control; otro inspeccionó lo que supuse era el motor y el otro, más joven, se quedó al lado de Candy observando el diseño impreso que tenían del escritorio. Ella me enseñó el boceto y me explicó que la máquina no podía producir una tabla con una sutil, pero firme hendidura que haría que los escritorios se empotraran en la pared. El problema, en tamaño, era minúsculo, pero en tiempo y recursos era enorme.

Tras varios minutos la máquina empezó a trabajar y Candy apretó mi antebrazo, sus nervios se clavaron en mi piel y el leve temblor de su mano se contagió a la mía.

Observé su perfil contraído y preocupado y, sin pensarlo, apoyé mi mano en la suya. Reaccionó de inmediato ante el contacto, pero no apartó la mano, solo me sonrió y volvió la vista a la máquina.

—¡Hay producción! —gritó el ingeniero que estaba del otro lado en el panel de control.

El lugar se llenó de vítores y aplausos ante el éxito y Candy dejó salir todo el aire de sus pulmones, aliviada, para después aplaudir con entusiasmo.

—Creo que nos diste suerte —me dijo sonriente.

—Para nada.

—¡Es cierto! No sabes cuántas horas llevamos aquí —agregó inspeccionando como toda una profesional la pieza que la máquina acababa de producir—. Ya estaba por empezar a hacer las piezas a mano.

Sonreí y no dudé de su palabra. La chica de la pistola de clavos era capaz de eso.

El ingeniero más joven la llamó para revisar un detalle más y tras hacerme una seña para que la esperara, rodeó la máquina y se reunió con los otros ingenieros. Candy les dio instrucciones de cómo la pieza se acoplaba con las demás, preguntó por la fluidez de la producción y pidió que le enviaran el informe a su correo personal sobre los gastos y pérdidas que implicaba el retraso. La señorita Andley no sólo se dedicaba al área de diseño, sino que se involucraba en cada parte del proceso. Era lógico, después de todo, se trataba de su empresa, su patrimonio, pero yo no dejaba de admirar su entrega.

—Sé que pido mucho —dijo apenada al acercarse a mí—, pero ¿podrías esperarme media hora más?

Juntó sus manos en señal de súplica.

—No hay problema, vamos a buen tiempo —acepté—. Te veo en el estacionamiento.

—¡Gracias, Anthony!

—Tómate tu tiempo —Le dije antes de dar media vuelta y salir del área de producción.

Al elevador subieron cuatro personas y entre ellas, estaba la señorita Susana Andley. Me miró sorprendida y me dedicó una cortés sonrisa, yo hice lo mismo y la vi acomodarse en el otro extremo del ascensor. Miré su reflejo por el espejo y noté que era muy parecida a Candy; no había duda de que era una mujer hermosa y elegante. No quería comparar, pero estaba seguro de que esta Andley no tocaría una pistola de clavos ni por equivocación, a diferencia de Candy. Dos personas se bajaron un par de pisos antes y después sólo quedamos un joven que parecía ser el asistente de la señorita Andley, ella misma y yo.

Susana Andley se acomodó varias veces el cabello lacio detrás de la oreja y tiró de su saco otras tantas.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó el joven.

—¡Sí! —contestó de inmediato, sonriendo nerviosa y mirando con el rabillo del ojo al asistente y a mí…

La miré con discreción y más atención, estaba muy nerviosa y parecía querer salir de inmediato del ascensor. Su cabello volvió a zafarse de su oreja y le cubrió el rostro. Fue un segundo, pero me pareció reconocer a Candy en su disfraz de Cenicienta. El ascensor se detuvo en el piso de Publicidad y la señorita Andley salió de inmediato, dejando a su asistente varios pasos atrás.

Volví a mi oficina para dar instrucciones sobre lo que había que hacerse el resto del día, pues sabía que no volvería hasta después de la hora de salida y todo lo que estaba programado debía salir a tiempo y sin complicaciones.

—Otra vez te vas —dijo Elisa sin ocultar el tono de molestia cuando le pedí que se hiciera cargo del monitoreo del último cargamento.

—¿Algún problema?

Me miró con verdadera furia y empezó a teclear con violencia en su computadora.

—Ocúpate de tus orfanatos.

Elisa y yo habíamos estudiado juntos, no fuimos amigos en la universidad, pero cuando nos reencontramos en Andley Decoration no nos fue difícil hacer equipo; podía decirse que ahora sí éramos amigos, pero antes que eso, yo era su superior y su hostilidad ante el proyecto en el que estaba metido empezaba a hartarme, pues no era la primera vez que desaprobaba mi ausencia de la oficina.

—Tú ocúpate de seguir mis órdenes —levanté la voz y Elisa asintió queriendo hacer otro reclamo, pero se contuvo.

Pasada la media hora salí del edificio y compré un par de cafés, entré al estacionamiento de la empresa y esperé a que Candy llegara. El ascensor se abrió y dio paso a una hermosa y femenina mujer. Candy se había cambiado su camisa de jeans por una blusa y se había maquillado, aunque el cansancio todavía se le notaba. Abrió la puerta de mi auto y lo que entró fue un torbellino.

Disculpándose y agradeciéndome por esperarla, acomodó su enorme bolsa en el piso, puso su chaqueta en la parte trasera, acomodó el asiento a su gusto y sacó su teléfono del bolsillo.

—Jimmy puso rock toda la noche para mantenernos despiertos y no me puedo sacar una canción de la cabeza, ¿puedo ponerla? —me preguntó poco antes de conectar su dispositivo al estéreo del auto.

"Love Gun" de Kiss sonó con fuerza mientras me preparaba para salir del estacionamiento, pero antes…

—Te compré un café —dije señalando las bebidas que descansaban en el portavasos.

Candy tomó de inmediato uno y bebió con cuidado.

—¡Eres mi héroe! —dijo agradecida.

Nos quedamos unos minutos más para que ella bebiera con calma y la canción terminara.

—¿Te quedaste toda la noche en la fábrica? —le pregunté.

—Hasta la una —contestó soplando el café—, volví a las seis de la mañana.

Salimos del estacionamiento e iniciamos nuestro viaje al orfanato San Pablo. Candy intentaba mantenerse despierta con la música y el aire fresco del exterior, pero terminó arrullada por los mismos. Bajé el volumen y subí la ventanilla, el viaje era largo y podía descansar un rato.

Con el cuerpo completamente relajado y la cabeza inclinada hacia mi lado, la observaba de reojo cada tanto. ¡Era jodidamente hermosa!, con sus mejillas rojas, sus tupidas pestañas y sus carnosos labios que, cada vez que se movían, me hacían desearlos más. Ese día no llevaba demasiado maquillaje y sus pecas se notaban más. En una de las muchas veces que volteé a verla, arrugó la nariz y tuve que despertarla, si seguía con esos inocentes y sensuales gestos, yo cometería una estupidez. Arrugó las cejas y abrió los ojos con lentitud. ¡Demonios! verla despertar también era adorable.

—Lo siento mucho, me quedé dormida —dijo enderezándose en el asiento. Estaba sonrojada y no supe si era por la pena de haberse dormido o por el calor natural de su cuerpo debido a la siesta.

—Estás cansada, es normal.

—Soy una pésima copiloto, ¿no? —se sacudió el cabello y tomó el vaso de café para terminarlo.

—No, dejaste una buena selección de música —respondí señalando el estéreo. Sonaba una canción lenta de Sting y Candy sonrió—. Estamos cerca de una cafetería, ¿quieres desayunar?

—¡Sí, por favor!

Después de alimentarse y dormir, Candy volvió a ser la chica llena de energía de siempre. El resto del camino cambió la música tres veces, me explicó otra vez el problema de producción y por qué ella se hizo cargo de resolverlo.

—En primer lugar, es mi diseño y Albert tiene la escuela del abuelo sobre entender todo lo que pasa en la empresa, en todos, absolutamente todos —recalcó—, los departamentos de la compañía.

—¿Él te dijo que te quedaras a resolverlo?

—Mmm, no directamente —se encogió de hombros—, pero ordenó que le diera seguimiento.

Asentí…

—Aprendí mucho —admitió— y, a pesar del cansancio, me gustó trabajar con los encargados de Producción, me enseñaron varias cosas, así como tú me has enseñado sobre Logística y Entrega —dijo lo último por lo bajo y esta vez sí se sonrojó por sus propias palabras.

—Me das mucho crédito, no he hecho tal cosa.

—¡Te equivocas! —dijo de inmediato—. Tal vez no te das cuenta, pero cada vez que hablas de tu trabajo, lo haces con mucha pasión y se contagia.

—Sólo me encargo de los envíos —Me encogí de hombros y fijé la vista en el camino.

—Anthony, si no fuera por ti, el trabajo de todos los que estamos detrás no llegaría a nadie —insistió con voz suave. La miré de reojo, otra vez, y noté lo nerviosa que se había puesto al decir esas palabras.

—Si no fuera por tus diseños, yo no tendría nada qué entregar —dije y eso sólo hizo que se sonrojara más.

—¿Lo ves? Somos el equipo perfecto —Me guiñó el ojo y subió el volumen de la música, dando por terminada la charla.

Kiss volvía a sonar y juro que, desde ese momento, me haría un fiel seguidor de la banda…

Each time I saw her I couldn't wait to see her again

I wanted to let her know that she was more than a friend

I didn't know just what to do, so I whispered I love you

(Cada vez que la veía no podía esperar a verla de nuevo,

quería decirle que ella era más que una amiga.

No sabía qué hacer, así que le susurré te amo)


El orfanato San Pablo era una construcción imponente, se ubicaba a las afueras del condado y contaba con una gran área natural. Parecía la propiedad privada de alguna familia rica, pero en realidad era el hogar de un enorme grupo de niños. Estaba seguro de que albergaba a más niños de los que podía mantener y Candy pareció pensar lo mismo, pues la oí murmurar "¡maldito Benson!" mientras cerraba la puerta del auto.

Una mujer madura nos recibió en la entrada, la directora Grey nos observó con detenimiento hasta que llegamos a su encuentro.

—Señora Grey, gracias por recibirnos —dijo Candy con gentileza mientras le tendía la mano a la mujer—. Mi nombre es Candy White, de Andley Decoration, hablamos por teléfono; él es mi compañero, el ingeniero Anthony Brower —me señaló y estreché la mano de la mujer. Su apretón fue fuerte y firme.

—Bienvenidos —dijo con seriedad y nos condujo al interior de la casa—. Agradezco su interés, pero debo ser franca cuando digo que no lo entiendo —nos dijo sin titubeos mientras atravesábamos el corredor principal—. Hace tres años nos retiraron el apoyo y fueron enfáticos en que no lo volviéramos a solicitar.

Llegamos a la oficina de la directora y entramos detrás de ella. Candy tenía los puños cerrados y sus manos caían a sus costados, estaba haciendo un gran esfuerzo por controlar sus nervios. Tomamos asiento frente al escritorio al tiempo que la señora Grey lo hacía.

—Lamentamos lo que pasó hace tres años —empezó a decir Candy—, y queremos ofrecerle una disculpa por lo que nuestro administrador haya dicho en aquel entonces. Él cometió una gran falta financiera y, lugares como este, pagaron el precio de su avaricia. Le…

—¿Su administrador? —interrumpió la mujer—. Pero si la cancelación de las donaciones vino directamente de su director general —sentenció la mujer mientras sacaba del cajón de su escritorio un sobre.

Candy se echó para atrás en su asiento y me miró llena de confusión. La señora Grey le dio el sobre y leímos la carta que Benson había enviado al orfanato informando de la suspensión del estímulo económico, pero la firma no era de Benson, sino del mismo señor William Albert Andley.

—Esto no… —murmuró Candy pasándome la carta para que volviera a leerla.

La directora Grey notó la evidente confusión de nuestras caras y nos miró fijamente, esperando una explicación que en ese momento no teníamos.

—Disculpen un momento —dijo Candy levantándose con rapidez de la silla y saliendo con la carta en la mano.

La mujer y yo la vimos salir y aunque quise ir detrás de ella, me quedé para calmar a la directora. Me disculpé tanto como pude y le pedí que esperara a que Candy volviera con una explicación a la carta. Mientras tanto, le conté a la mujer sobre la estafa de Benson y las medidas legales y administrativas que había tomado la compañía desde entonces.

—Entonces… —la mirada de la directora Grey eran afilados puñales que se clavaban en su víctima—, ¿es posible que el señor Andley no haya dado esa orden? —me preguntó.

—Él no lo hizo, créame —afirmé sin saber realmente en qué basarme, pero no podía creer que el primo de Candy, la chica que se interesaba tanto por los niños y quería llevar a todos a su casa, fuera capaz de tomar una decisión tan radical que perjudicaba a varias personas, niños que no tenían medios para valerse por sí mismos.

—De acuerdo, pero eso no explica por qué rechazó nuestras llamadas y todo intento de comunicación —replicó la mujer con dureza y, por un segundo, recordé a mi tía Elroy y su carácter tan parecido.

—Imagino que el señor Andley nunca estuvo al tanto de esos intentos de comunicación; como le dije, fue una época turbulenta, por decir lo menos, para la empresa.

Después de varios minutos, la directora me permitió salir de su oficina en busca de Candy. Salí casi corriendo y llegué a la puerta principal. Candy hablaba por teléfono y daba vueltas cerca del automóvil.

—¡Tengo la carta, Albert! —exclamó—. ¡Sé que no es tu firma, pero…! —se llevó una mano al cabello—. ¡Hazlo! Llama a George y que se encargue de que ese hombre se hunda más en prisión. —George era el abogado principal de la compañía y uno de los mejores de este lado del país—. ¡Se metió con niños, Albert, con niños! ¿Crees que el abuelo…? ¡Lo sé, lo sé! —Pareció calmarse un poco ante las palabras de su primo y se recargó en el automóvil, fue en ese momento en que se dio cuenta de que yo estaba ahí y me lanzó una mirada cansada. Me acerqué a ella y esperé a que cortara la llamada—. Ok, haré lo mejor que pueda y… ¡en serio podemos hacer eso! Albert, es mucho dinero… ¡Oh!... Por mí no hay problema y dudo que Susana se niegue… Está bien, le diré a la directora Grey. Llevaré conmigo la evidencia. Gracias.

Candy cortó la llamada y respiró con profundidad. Decir que estaba molesta era quedarse corto y aunque su voz sonaba encantadora, no quería verla de mal humor.

—Podemos acusar a Benson de falsificación de firmas —dijo al cabo de unos segundos—. Albert dice que le llevemos la carta para iniciar el proceso. Tendrán que buscar más evidencia porque dudo que sea el único documento.

—No creo que la directora se niegue a dárnosla, es bueno que la haya guardado.

—Sí… no debí salir de esa forma —añadió preocupada, arrepentida de haber salido corriendo de la oficina de la directora.

—Tranquila, le expliqué la situación con Benson y pareció entender —dije tomando su mano que, otra vez, empezaba a temblar.

—Gracias, Anthony —dijo por lo bajo—. Albert dice que le daremos a este orfanato una donación retroactiva.

—¿Por los últimos tres años? —pregunté y ella asintió—. Habrá que volver a calcular nuestro presupuesto y…

—¡Oh, no! Eso se queda como está —dijo de prisa—. Ese dinero saldrá de nuestras cuentas personales, la de Albert, Susana y mía.

Mantener un lugar como este no parecía barato, pero supuse que para los tres Andley más jóvenes no representaría un gasto.

—Entremos a hablar con la directora, debo disculparme, otra vez, y lograr que nos perdone —dijo tras tomar una enorme bocanada de aire para darse ánimos.

—No es culpa tuya, Candy.

—Lo sé, pero es mi responsabilidad —sonrió y volvimos al interior del orfanato.

Las siguientes dos horas, Candy y yo las usamos para disculparnos por los daños causados por Benson, la mujer, aunque ya me había escuchado, se mostró renuente a reconocer que los Andley en verdad estaban avergonzados, pero Candy fue bastante honesta y convincente con sus disculpas e incluso propuso hacer, en ese mismo momento, una videollamada con su primo para que él mismo se disculpara.

—Eso no será necesario —dijo la directora—. Sé por experiencia propia lo que pasa cuando un empleado recibe demasiado poder. Hace un año nosotros perdimos un certificado de Servicios Sociales por confiar en uno de nuestros colaboradores y tuvimos que reubicar a varios niños porque no podíamos seguir albergándolos sin ese certificado.

—Lo siento mucho —dijo Candy.

—¿Se puede recuperar ese certificado? —pregunté.

—Sí, solo debemos cumplir con ciertas regulaciones y esperar la evaluación de un trabajador del Gobierno.

—¿Cuáles son las regulaciones? —volví a preguntar.

—Estructurales, tenemos mucho campo abierto y debemos asegurar la zona y ampliar algunas aulas —respondió la mujer.

El rostro de Candy se iluminó.

—Nosotros podemos ayudar en eso—dijo—. Le proponemos lo siguiente…

Candy explicó a la directora Grey que el señor Andley quería hacer un donativo retroactivo y así el orfanato solventara los gastos más grandes de la propiedad y contratara personal capacitado para cuidar del área natural. Al principio se negó a aceptar, pero Candy se encargó de convencerla y, tras reconocer que el dinero no crece de los árboles y de que los planes de los Andley se adaptaban a sus necesidades, la mujer aceptó.

—Lamento mucho que sus niños pagaran por la codicia de un hombre —dijo Candy cuando estábamos por despedirnos—. Sé que mantener un lugar así no es fácil y ustedes no se merecían esto, si hubiera una manera de reparar el daño, créame que…

—Clama, hija —dijo la mujer tomando las manos de Candy entre las suyas—, ya lo han hecho. Venir hasta acá y dar la cara para aclarar las cosas fue algo muy valiente y lo correcto —nos miró a ambos y apretó las manos de Candy—.. La verdad es que yo también les debo una disculpa, pues cuando recibimos la carta, dije muchas cosas en contra de tu familia. Los juzgué mal y ahora lo sé.

La directora Grey tenía un rostro severo, pero en ese momento, su semblante se suavizó y sin que lo viéramos venir, abrazó a Candy con verdadero afecto. Estrechó mi mano y nos recomendó tener cuidado en la carretera.

Una vez en el auto y después de habernos alejado un par de kilómetros, Candy se desplomó en el asiento.

—¡Vaya día! —exclamó frotándose las sienes.

—Felicidades, Candy —dije orgulloso de haberla visto tan segura de sí misma al hablar y logrado convencer a la directora Grey—, te ganaste el corazón de esa mujer.

—Sólo dije la verdad —respondió y, de inmediato se hundió en el asiento, abrazándose a sí misma.

—Siempre es lo mejor.

—Anthony… —volteé a verla y me encontré con sus ojos inundados de lágrimas. ¿Por qué lloraba?

Me orillé de inmediato en la carretera y Candy bajó del auto casi corriendo. La seguí para preguntarle lo que pasaba, pero me contuve. Supuse que el agotamiento del día, el viaje, el estrés y la larga charla con la directora Grey le estarían pasando factura a su cuerpo y necesitaba un respiro.

Candy se agachó y apoyó las manos en sus muslos, noté que regulaba su respiración y murmuraba algo que no podía escuchar. Al notarla un poco más estable, me acerqué a ella…

—Candy.

—¡Lo siento, Anthony! —dijo de inmediato—. Perdón por todo, yo… no deberías estar viendo todos los problemas que causa mi familia. Te juro que no somos malos, no somos unos mentirosos, pero…

Sus palabras eran atropelladas y evitaba mirarme a la cara, estaba realmente avergonzada de lo que había pasado en el orfanato, pero no entendía por qué me pedía perdón.

—¡Ey, ey! —la tomé de los hombros sin dudarlo y llamé su atención hasta que miró a la cara. Sus ojos cristalinos me llenaron de culpa y deseé besarla para borrarle ese gesto amargo. Quise decirle en ese momento que era una mujer increíble, a la que admiraba y de la que estaba enamorado, pero sabía que no era el momento, ella estaba pasando por una crisis, estaba cansada y mis palabras sólo la estresarían más—. No tienes que pedirme perdón por nada, Candy, yo sé que…

—Sí tengo que hacerlo —me interrumpió apretando mis antebrazos y agachando otra vez la mirada—. Soy una mentirosa, Anthony, sé que es algo malo, pero lo he hecho por mi familia, no hay nada que no haría por ellos y yo te he…

Sus palabras fueron ahogadas por el ruido de motores de auto. Seis automóviles a toda velocidad pasaron muy cerca de nosotros, levantando una capa de polvo que nos cegó por unos segundos. Candy tosió y yo me tallé los ojos.

—Será mejor que volvamos al auto —dije—. Es tarde y no quiero manejar de noche, ven. —Tomé la mano de Candy y ella se aferró a ella los pocos metros que tardamos en llegar al auto.

Una vez adentro quise saber qué tenía a Candy tan angustiada, tanto para pedirme perdón, pero un camión de carga pasó a nuestro lado y tuve un mal presentimiento. Teníamos que salir de inmediato de esa zona de la carretera.

Lo primero que hice fue poner los seguros del auto y subir los cristales. Sin preguntarle, le puse el cinturón de seguridad..

—¿Qué pasa, Anthony? —me preguntó pegando el cuerpo al asiento, sorprendida por mi invasión a su espacio personal.

—Haz lo que diga —ordené mirándola a la cara. La estaba poniendo nerviosa, pero no había tiempo para explicaciones o, tal vez lo había, pero no quería asustarla—. Por favor —dije bajando la voz y ella solo asintió.

Eché a andar el auto y las luces se encendieron. Eran casi las nueve de la noche y la carretera estaba tranquila. Activé el GPS y mientras avanzabamos en línea recta revisé las noticias viales en mi teléfono.

—Anthony… —me llamó Candy con voz quebrada.

—¿Recuerdas los robos a camiones de carga de los que te hablé?

—Los de Florida…

—Se han extendido los últimos días a varios puntos del país, Michigan no es la excepción y esta carretera es un blanco fácil —dije.

—Los autos que pasaron… —su voz volvió a temblar.

—No estoy seguro, tal vez no sean asaltantes, pero no quiero estar cerca para averiguarlo —respondí—. El retorno que debemos tomar para volver a Chicago está a 16 kilómetros, en siete hay una gasolinera y un paradero de camiones, pero esos nueve son peligrosos así que debemos cruzarlos rápido.

—¿Por qué no esperamos aquí? —preguntó—, si pasa algo, la policía vendrá por este camino y estaremos seguros, ¿no? Además, somos un vehículo particular, no uno de carga.

—Tampoco es seguro quedarnos parados a media carretera —dije mirando el mapa—. Hagamos esto, lleguemos a la gasolinera y esperemos ahí un rato, probablemente esté exagerando, pero si no pasa nada, entonces seguimos el camino y tomamos nuestro retorno, ¿te parece?

—Tú eres el que sabe.

—¿Confías en mí?

—Sí, Anthony, confío en ti.

La gasolinera estaba llena de camiones de carga detenidos. Se había corrido la voz de los asaltos y los conductores no iban a arriesgarse a atravesar solos y de noche, ciertos tramos de la carretera.

—Somos una pulga en medio de todos esos monstruos —dijo Candy asomándose por la ventanilla.

Sonreí. Era verdad, éramos el único vehículo compacto entre todos esos camiones de 16 ruedas y Candy empezó a distraerse con el convoy.

Me estacioné cerca de la tienda de conveniencia y apagué el motor. Candy se quitó el cinturón de seguridad y tomó su bolsa.

—Voy a la tienda, ¿qué te traigo?

Miré por la ventanilla al grupo de hombres que entraba en ese momento a la tienda. Ni loco la dejaría entrar sola y tampoco querría esperarme en el auto.

—Voy contigo.

Tomamos nuestras chaquetas y bajamos del auto. Caminamos tan cerca uno del otro que nuestras manos se rozaron. Antes de abrir la puerta de la tienda, tomé su mano, estaba fría y sus dedos se entrelazaron con los míos.

—Tranquila, tal vez solo estoy exagerando —le dije al oído cuando cruzamos la puerta.

—Ahora no creo que todos exageren —señaló con la vista al amplio grupo de hombres.

Recorrimos los pasillos de la tienda tomados de la mano. Sabía que Candy no me soltaba porque estaba nerviosa, pero no por eso dejé de disfrutar el contacto; sus dedos eran finos y delgados y su tacto suave. Tomamos botellas de agua, dulces y nos acercamos a una máquina de café que era peor que uno soluble de mala calidad, pero no nos quejamos.

—¿Alguien ha visto a Mac? —preguntó un hombre en voz alta para que todos en la tienda lo escucháramos.

Varios camioneros contestaron que no y otro dijo que iba a la cabeza de su convoy y que ya debía estar aparcado en el paradero.

—Lo llamaré —bufó el hombre que había preguntado y salió de la tienda rumbo a su camión.

El cajero era un chico que no pasaba de los 22 años que miraba con asombro y admiración al grupo de hombres toscos y rudos que deambulaban por los pasillos de la tienda lanzándose por los aires bolsas de frituras o gritándose de un extremo a otro. Nos cobró sin prestar mucha atención y volvió su atención a tres hombres que esperaban su turno para usar la máquina de café.

—¡Ey, desde la universidad no como de estos! —exclamó Candy tomando un paquete de fideos instantáneos.

Me lanzó la mirada suplicante de una niña pequeña y asentí. Yo tampoco había comido de esos en mucho tiempo y así podíamos retrasar más nuestra salida. Mi plan era que, en cuanto el convoy se moviera, nosotros haríamos lo mismo, pues ya no habría señal de peligro.

Sonriente, Candy tomó un par de fideos y fuimos a prepararlos cerca de la ventana, donde había una máquina de agua caliente, un horno de microondas, una mesa amplia y bancos altos de metal. Nos sentamos y esperamos a que la pasta se suavizara para poderla comer.

—Anthony —dijo ella poco antes de empezar a comer—, quiero agradecerte, otra vez, por… —suspiró con profundidad y sumergió el tenedor de plástico en los fideos—, por todo… Has trabajado con demasiado empeño en este proyecto y has recibido más problemas que beneficios en todo este viaje. Lamento que… que tuvieras que oír lo que Benson hizo en nombre de mi primo… —siguió hablando con rapidez, tal como hacía cuando estaba inquieta—. Quiero asegurarte que Albert no canceló el apoyo, los Andley no somos…

Su voz se fue apagando hasta volverse un murmullo y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, pero las limpió deprisa con el dorso de su mano.

—Perdón por eso, juro que no soy una llorona.

No dije nada, no tenía nada para calmarla.

—Anthony —repitió mi nombre y me controlé para no sonreír, me gustaba oírla decir mi nombre—, hace un rato yo… No… cuando… ¡Dios! ¡No sé ni lo que digo!

—¡Ey, tranquila! —puse mi mano en su hombro—. No sé qué quieres decir, pero tómate tu tiempo.

Asintió con lentitud y volvió a jugar con el cubierto de plástico.

—Cuando acabemos con esto, ¿podemos hablar? Hay mucho que quiero decirte y… —Sus pupilas verdes se clavaron en mi rostro y yo tragué saliva—, dependerá de ti, pero no me gustaría que después de esto —nos señaló—, después de esta amistad que forjamos en los últimos meses nos volvamos extraños en el trabajo.

Sonreí como un idiota.

Estábamos a pocas semanas de terminar nuestra encomienda y yo tampoco quería volver a la realidad donde no la veía más que en las juntas o las fiestas anuales.

—No seremos extraños, lo prometo —dije intentando controlarme.

Su pecoso rostro se iluminó y me regaló la sonrisa más hermosa que le había visto, hasta el momento.

—Creo que están más que listos —dijo señalando los fideos y empezamos a comer.

—¿Encontraste a Mac? —preguntó uno de los camioneros al que estaba buscando al famoso Mac.

—Está en su camión —contestó y dijo algo más que no pude oír, pues en ese momento, ambos salían.

—Estos hombres… —empezó a decir Candy entre bocado y bocado—, los asaltantes, ¿qué tan peligrosos son?, ¿han lastimado personas?

Asentí.

—Son profesionales, tienen un método muy efectivo y rápido para interceptar los camiones, bloquear sus botones de pánico y separar las cajas de los tractores para vaciarlas, pero son violentos si el conductor se resiste.

—¿Cómo es que llegaron hasta aquí?

—Ya lo dijo su novio, señorita —dijo un hombre que estaba detrás de nosotros, era uno de los camioneros y, al parecer, había escuchado nuestra conversación—. Son profesionales, operan en todas las carreteras importantes del país y se mueven cuando la policía está o cree, estar a punto de atraparlos.

Candy giró sobre su banco para escuchar las explicación del hombre.

—Tienen un método diferente para asaltar en cada punto. Los malditos son como camaleones y se adaptan al tránsito de cada carretera . Pero ustedes están a salvo, no atacan a automovilistas, aunque… no les recomiendo que continúen su viaje de noche. Busquen un hotel y salgan por la mañana, ¿a dónde se dirigen? —preguntó el hombre y un par más se acercó.

—Solo tenemos que volver a Chicago —respondí mirando a Candy de reojo; se había quedado muda y sus enormes ojos verdes ahora parecían más grandes—. Tomaremos el retorno y no tardaremos mucho en llegar.

—No están lejos. Nosotros estamos a punto de irnos, pueden seguirnos para no pasar los siguientes kilómetros solos.

—¡¿En serio?!

—Sí, señorita —asintió el hombre y los dos lo secundaron con un vago gesto.

—Se lo agradezco —dije al hombre que parecía tener la misma edad que mi padre.

—Salimos en diez minutos —añadió poniéndose su gorra.

Candy y yo nos apresuramos a comer y salimos de la tienda en dirección al auto. Ella subió y yo me quedé a hablar con el trío de hombres al que nos uniríamos en su convoy. Me preguntaron nuestra ruta y el porqué sabíamos de los asaltos. Les expliqué en dónde trabajábamos y no hicieron más preguntas. Subí al auto y escuché a Candy hablar por teléfono. Debía ser una llamada personal, pues ya era muy noche para ser del trabajo.

—¡No te creo! —exclamó llevándose una mano al pecho—. ¡Claro que me interesa! Envíame todos los requisitos. —Se puso el cinturón de seguridad y habló por más tiempo—. Ahora, dime cómo está todo en Nueva York.

Intenté descifrar con quién hablaba, pues sólo había una persona, que yo supiera, que ella conocía en Nueva York.

—Te extraño mucho, ¡claro que quiero ir!

Encendí el auto cuando uno de los conductores me hizo una seña.

—Ok, te dejo, pero hablamos mañana.

Candy guardó el teléfono en el interior de su chaqueta y me sonrió.

—¿Ya nos vamos? —preguntó viendo cómo los tractores salían en fila de la estación de gasolina.

—Ajá —contesté mientras veía por la pantalla retrovisora del auto.

No debía enojarme, no tenía ningún derecho a hacerlo, pero la idea que Candy hablara con su amigo-exnovio-exprofesor me purgaba. Para colmo, había dicho que lo extrañaba y a algo la había invitado para verse.

—Mira la hora, ¡Es tardísimo! —exclamó de pronto—. Creo que este ha sido el día más largo de mi vida.

—Duerme un poco, te despertaré cuando estemos cerca de la ciudad —dije empezando a seguir al segundo camión de carga, el tercero iría detrás de nosotros.

—Pero no tengo sueño —murmuró y su teléfono volvió a sonar—. ¡Eso fue rápido! —dijo para sí y sacó el aparato. Los siguientes metros los atravesamos en silencio mientras ella leía.

¿Qué tan desesperado sería preguntarle a qué le prestaba tanta atención?

Resopló y esa fue mi oportunidad.

—¿Todo en orden?

—Sí… ¿te hablé ya de mi amiga Annie? —Asentí—. Hablaba con ella, me invita al próximo Congreso de Diseño de la Escuela de Diseño de Nueva York. Ella es la subdirectora de eventos y cree que puedo participar con un proyecto de diseño de interiores que tengo.

Anthony Brower, eres un idiota, me dije tan pronto oí las palabras de Candy.

—El año pasado no pude participar porque no tuve tiempo de preparar una ponencia, pero este año… Annie me ha enviado la convocatoria antes de publicarla —sonrió con travesura— y podría hacerlo…

—¿Cuándo es?

—En tres meses.

—Tienes tiempo de sobra.

—Sí, creo que sí…

Lo que pasó a continuación fue, en retrospectiva, bastante rápido.

Nosotros íbamos en medio del convoy de tres camiones de carga, faltaba poco para llegar a nuestro retorno cuando…

El camión que venía detrás de nosotros intentó cortar la circulación a una camioneta que intentaba bloquearlo, tocó la bocina y se quedó atravesado en medio de la carretera, pero otros tres vehículos lo rodearon y siguieron la marcha, detrás de nosotros.

—Anthony… —murmuró Candy, consciente de lo que ocurría.

Los tres autos se nos acercaron, uno se quedó detrás y los otros dos nos rebasaron para interceptar a los camiones.

—¡Anthony! —gritó Candy cuando el coche que venía detrás de nosotros nos golpeó el parachoques.

Viré a la izquierda para tomar el carril libre, pero todo se complicó, ahora tenía delante a uno de los otros coches que intentaban detener al segundo camión y por detrás al que nos había golpeado. Tampoco podía salir por la derecha por la barrera de la carretera…

—Candy, toma mi teléfono, ¡pronto!

Con las manos temblorosas, Candy metió la mano en el bolsillo de mi chaqueta y sacó mi celular. Le di la contraseña para desbloquearlo.

—Llama a la policía, pon el altavoz —ordené.

—911, ¿cuál es su emergencia?

Antes de que yo respondiera, Candy dijo a la operadora todo lo que estaba pasando. Le dio con exactitud el kilómetro y la descripción de los vehículos que nos tenían atrapados.

Las unidades van en camino —dijo la operadora, pero no lo harían a tiempo. Estos tipos querían los camiones y nosotros sólo éramos un estorbo.

Candy tenía aferrada la mano a la manija, empezaba a respirar con dificultad y yo no tenía manera de salir.

Estábamos a nada de llegar al retorno, era mi oportunidad de salir del encierro, pero no sabía si podía lograrlo, tendría que reducir la velocidad y eso nos haría chocar con el auto de atrás.

—¡Sujétate!

El retorno estaba a unos metros, forcé a mi golpeado vehículo a girar y nos liberamos del auto del frente, pero el que nos pisaba la cola también giró. No nos dejaría ir.

—¡Carajo!

—Nos está siguiendo —dijo Candy más asustada.

—Estaremos bien.

Ahora tenía los carriles libres para maniobrar, pero lo que teníamos que hacer, y no sabía si sería posible, era ser más rápidos que el coche que nos perseguía. Pisé el acelerador a fondo y Candy volvió a llamar a la policía.

—¡Estamos en el kilómetro…!

El auto nos alcanzó y volvió a golpearnos. Derrapé, perdiendo el control del volante, pero quien nos perseguía también lo hizo y terminó estampado contra el camellón vial.

Me quité el cinturón de seguridad para poder moverme. —Candy, mírame, mírame —repetí tomándola de los hombros—. ¿Estás bien?

Sus manos estaban heladas y seguía sin poder respirar. No dejaba de murmurar mi nombre y mirar por el retrovisor el auto que había chocado y del que ya salía humo del cofre. El sujeto no me importaba, necesitaba saber si Candy estaba herida por el impacto.

—Candy —tomé su rostro entre mis manos y la obligué a mirarme.

—¡Anthony! —gritó arrojándose a mis brazos. Sollozaba y temblaba sin parar.

—Ya pasó, ya pasó —repetí abrazándola y pasando mis manos por su espalda para calmarla. Hundió su rostro en mi pecho y lloró con desconsuelo—. Espérame aquí, debo ver cómo está el…

—¡No me dejes! —Me rodeó el cuello con sus brazos.

Le desabroché el cinturón para que no la lastimara más.

—Mírame, Candy —llamé su atención y le limpié las lágrimas del rostro con los dedos—. No te dejaré, ¿de acuerdo? Tenemos que saber cómo está el hombre que nos seguía y pedir una ambulancia.

Se limpió la nariz con la manga de la chaqueta y asintió.

—Iremos juntos y harás lo que diga, ¿de acuerdo?

—Sí —murmuró y me apresuré a bajar del auto para rodearlo y ayudarla a bajar también.

Las sirenas de un par de patrullas rompieron el silencio de la carretera. Cuatro policías bajaron de estas y dos caminaron en nuestra dirección, mientras que, los otros dos, fueron a socorrer al hombre que nos siguió.

—¡Gracias a Dios! —murmuró Candy al verlos y se aferró a mi brazo. La tomé de la cintura y la pegué a mi cuerpo, seguía temblando y temía que se desmayara a causa de todo el estrés del día. Metió su mano entre mi chaqueta y mi camisa y se abrazó a mi espalda.

—Soy el jefe Swan, ¿están bien? —nos preguntó el policía a cargo. Asentí y nos acercamos a mi auto para decirle lo que había pasado—. Recibimos su llamada al mismo tiempo que la de uno de los conductores del convoy en el que venían.

—¿Cómo están ellos? —pregunté.

—A salvo, otras patrullas impidieron el asalto, pero los asaltantes huyeron. Ya alertamos a los condados y a la policía de caminos.

—Menos mal —dijo Candy enderazándose mientras oía las explicaciones del jefe Swan, pero sin soltarme. Le acaricié la espalda una vez más y sentí cómo se relajaba, pero seguía nerviosa.

—¡Jefe! —gritó uno de los policías que atendían a nuestro perseguidor—. La ambulancia viene en camino, pero no es grave.

El jefe Swan dio unas órdenes por radio y otras a los policías que venían con él. Después se volvió a nosotros y oyó mi declaración. La ambulancia llegó en cuestión de minutos y los paramédicos atendieron al conductor herido. Estaba consciente, pero se negaba a hablar con la policía que lo interrogaba y asustó a una de las paramédicos cuando intentó zafarse de las esposas que le habían colocado. La paramédico se alejó de él y vino hacia nosotros a ofrecernos ayuda.

—Será mejor que te revisen —dije a Candy cuando la paramédico la miró con detenimiento, pero ella negó con la cabeza y sólo me abrazó con más fuerza.

—Revisa a ambos —intervino el jefe Swan—. Vamos a la ambulancia y siguen con su declaración.

Asentí y tiré de Candy en dirección a la ambulancia. La ayudé a subir y la paramédico trepó para tomar sus signos vitales y buscar alguna lesión por el impacto mientras yo seguía declarando. Un policía revisó los daños de mi auto y se acercó para decirnos que no eran graves. El jefe Swan me dio una tarjeta con la dirección de un taller en Chicago que se encargaría de las reparaciones y, según él, los gastos correrían a cargo de la policía, sólo tenía que llenar un formulario en el mismo taller.

—¿Ya podemos irnos? —preguntó Candy bajando de la ambulancia—. Estoy bien —me dijo de inmediato—. Estaba en shock —agregó bajando la mirada. Mi copiloto no daba más de sí y necesitaba volver a casa, a un lugar seguro.

—Sólo unas preguntas más y los escoltarán a casa —respondió el jefe Swan.

El paramédico que atendía al asaltante llamó a su compañera y nos alejamos de la ambulancia para que lo subieran. Al pasar cerca de nosotros, atraje a Candy hacia mí, cubriendo su cara con mi pecho para que no tuviera que verle el rostro al imbécil que casi nos mata. Ella no se negó y respiró profundo contra mi cuello. Ya no temblaba, la adrenalina de su cuerpo estaba cediendo ante el cansancio.

El policía que acompañaba al jefe Swan subió a la ambulancia y partieron al hospital más cercano, después lo trasladarían a una estación de policía donde iniciarían la investigación de sus crímenes.

Una tercera patrulla, seguida de una grúa, llegó y engancharon el automóvil después de tomar todas las evidencias que pudieron. Candy y yo observábamos todo desde mi auto, con el jefe Swan cerca, mientras hablaba por radio. Los agentes de la tercera patrulla fueron los encargados de acompañarnos a la ciudad.

—Los llamaré en los próximos días para darle seguimiento a la investigación —fue lo último que dijo el jefe Swan antes que subiéramos al auto.

Un poco más tranquila y despacio, Candy subió al auto, cerré la puerta y rodeé para subir también e irnos de ahí. Encendí el motor sin dificultad y respiré aliviado, el policía había tenido razón con los daños.

—¿Lista para irnos? —pregunté relajado, intentando aligerar el ambiente, si es que eso era posible.

—Por favor —sonrió con cansancio.

—Perdón por todo esto, Candy. Fui un idiota por aceptar irnos antes de la gasolinera.

—No fue tu culpa, Anthony —dijo poniendo una mano sobre mi pierna, pero de inmediato la retiró.

—Te puse en peligro, justo cuando te prometí que nada te pasaría estando conmigo.

Todo había pasado y ahora veía con claridad que todas mis previsiones, mis "detallados" planes de seguridad y toda la información que tenía habían sido completamente inútiles. Candy estuvo en peligro por mi culpa. ¡Casi hago que la maten!

—Le pudo pasar a cualquiera, Anthony. Al menos no asaltaron los otros camiones y el sujeto que arrestaron, tal vez los lleve a los líderes de esta banda de criminales, ¿no? —Asentí—. Pero… ya vámonos de aquí, por favor —suplicó al ver que no avanzaba.

Volvimos a la ciudad y tomé el camino que Candy me indicó para llegar a su casa. Era un vecindario tranquilo y, para las dos de la mañana que ya marcaba el reloj, no había ni un gato callejero que pudiera atropellar, pues no estaba seguro de aguantar más tiempo despierto.

—Aquí es —señaló Candy el edificio donde vivía y me orillé para que bajara. La patrulla se detuvo detrás de nosotros y los oficiales bajaron.

Acompañé a Candy hasta la entrada del edificio y, antes de meter la llave en la cerradura, giró y me tomó por sorpresa al abrazarme.

—Gracias, Anthony —murmuró en mi oído y la abracé de vuelta. Estuvimos así hasta que ella se alejó. Sonrió y miró a los oficiales que teníamos detrás—. Te acompañarán a casa, ¿verdad?

—Sí, les dije que haríamos dos paradas.

—¿Puedo pedirte algo?

—Lo que quieras.

—¿Me llamas cuando llegues? Me gustaría saber cuando ya estés a salvo en casa —pidió bajando la mirada.

—Ya todo pasó, Candy, lo prometo —respondí tomando su fino mentón entre mis dedos para levantar su rostro—, pero lo haré. ¿Segura que no quieres que te lleve a casa de tus padres? Estás muy asustada todavía. —Le había hecho la misma pregunta en el camino, pero se había negado para no preocuparlos.

—No, estaré bien.

—De acuerdo —dije y la abracé.

Me rodeó la espalda con las manos y acomodó la cabeza en mi hombro. Soltó una leve risita y se separó con lentitud. Me miró fijamente a los ojos y me concentré en la sonrisa de sus labios. Me besó la mejilla y entró a su casa.


Hola a todas, gracias por leer y esperar la continuación, he tenido bastante trabajo en las últimas semanas y apenas tuve tiempo de editar, así que gracias por leer los horrores y errores que pueda haber en este capítulo que, espero les gustara, pues poco a poco avanzamos con el contacto y complicidad que hay entre estos dos.

Gracias a:

Mayely Leon por comentar en los capítulos anteriores. Saludos.

Lemh2001: hola, con todo lo que pasó en un solo día, Candy no tuvo tiempo ni de pensar en sus mentiras, pero está consciente de que debe decirle la verdad a Anthony, esperemos que lo logre antes de que todo se complique o tal vez no… jaja gracias por leer, te mando un saludo.

Marina777: hola, espero que leas este capítulo y me cuentes qué te parece. Candy se preocupa por Anthony y viceversa así que, a ver a dónde los lleva este juego. Te mando un saludo.

Julie-Andley-00: hola, gracias por leer y comentar. Saludos!

GeoMtzR: Hola, Georgy, espero que leas este capítulo y antes que nada, te mando un abrazo de todo corazón, te repito que no deseo importunar y que mis oraciones están contigo. Ojalá puedas seguir leyendo esta historia para entretenerte un ratito. Cuídate mucho.

Gracias por leer

Luna