La cenicienta equivocada
7
La princesa enamorada
POV: CANDY
Logré entrar a mi departamento por gracia divina, pues no sabía cuánto tiempo más resistiría este día que había empezado el jueves y terminado en la madrugada del sábado.
Sin encender las luces fui directamente a mi habitación, me lavé la cara y me metí a la cama con el teléfono en la mano. Estaba exhausta, habían pasado muchas cosas en los últimos días y, sobre todo en las últimas horas.
Abracé una almohada y supuse que me dormiría en seguida, pero no fue así y las imágenes de la máquina descompuesta, el rostro de la directora Grey, la parada en la gasolinera y la persecución en la carretera aparecieron como una película surrealista, de esas que le gustaba ver a Albert.
Nunca había sentido tanto miedo como el que tuve cuando el auto nos golpeó por primera vez, creí que realmente iba a matarnos y cuando decidió seguirnos tras tomar el retorno, estuve segura de ello.
Me hice un ovillo ante el recuerdo y abracé con más fuerza la almohada. Estaba a salvo, pero la angustia del momento permanecía.
Un olor ajeno me llegó a la nariz y como un sabueso busqué de dónde venía. Era mi brazo, al que se le había impregnado el olor de Anthony o, mejor dicho, de su colonia. Me relajé, pues era como estar abrazándolo otra vez. Cerré los ojos y me acomodé en la cama para no perder el delicioso aroma.
"Su novio tiene razón, señorita" había dicho el camionero que nos ofreció unirnos a su convoy. Ni Anthony ni yo negamos tal afirmación y, ya en mi cama, la idea me hizo reír. ¿En serio parecíamos novios?
Claro, si tomamos en cuenta que entramos tomados de la mano a la tienda y que después de la persecución me aferré al cuerpo de Anthony como garrapata, era una suposición lógica.
Yo, novia de Anthony…
La idea me gustaba cada día más.
Mi teléfono vibró y lo tomé de inmediato. Solo esperaba una llamada a esa hora de la madrugada.
—Diga —contesté controlando la emoción de escuchar la voz de Anthony.
—¿Te desperté?
Puse el altavoz y abracé mi almohada con más fuerza.
—No, apenas me estaba acostando. ¿Llegaste al fin?
—Sí.
En mi cama y con las luces apagadas, la voz de Anthony tomaba otro matiz, se oía más profunda, más cercana y mucho más sensual que nunca.
Ignoré el tirón en mi cuerpo y me aclaré la garganta.
—Debes estar exhausto por todo lo que pasó, gracias por llamarme.
—Lo prometí, ¿no? —Lo escuché sonreír y eso me hizo feliz—. Tú también estás agotada, no has dormido apropiadamente.
—¿Dormir?, ¿qué es eso? —pregunté con las últimas fuerzas de humor que me quedaban.
—Creo que es algo así como una necesidad humana, ¿no te suena familiar? —bromeó también y escuché a lo lejos cómo se movía en su casa, cerró una puerta y percibí un tintineo de llaves, apenas entraba a su casa y ya me estaba llamando.
—No, nunca había oído hablar de ella, ¿cómo es?
—Mmm, pues la manera más efectiva de llevarla a cabo es en una cama, ¿tienes una cerca?
—Sí, una muy buena de Andley Decoration.
—Bueno, pues lo único que tienes que hacer es acostarte en ella…
—Listo…
—Después buscas una posición cómoda…
Me acomodé de costado, mirando el teléfono como si Anthony estuviera del otro lado de la cama.
—Y luego, cierras los ojos.
—Creo que ya entendí cómo se hace.
—Deberías intentarlo —L vi sonreír, juro que no solo lo oí, también lo vi—, pero antes… ¿Candy?
—Dime…
—¿Tienes planes para mañana? Quiero decir, para hoy… sábado.
Abrí los ojos de golpe.
—Ninguno.
—¿Sabes? Mi madre dará una conferencia mañana, en el Centro de Convenciones y me preguntaba si te gustaría ir, tengo boletos.
—¡Por supuesto que sí, Anthony, me encantaría!
—Empieza a las dos, ¿puedo pasar a recogerte?
—¿Crees que tu auto resista? —bromeé.
—Espero…
—Entonces, te estaré esperando.
Lo último que recuerdo de esa llamada es un dulce "Buenas noches" por parte de Anthony y su brazo rodeándome el cuerpo.
¡Tenía una cita con Anthony!
No fue hasta que terminé de desayunar que fui consciente de esto. ¡Tenía una cita con Anthony y no era de trabajo!
Dejé los platos en el fregadero y corrí a darme un buen baño, mis rizos necesitaban trato especial y tenía que hacer algo con mis ojeras.
El agua caliente me relajó el cuerpo y me dio energía; lavé mi cabello al ritmo de "Happy" de Pharrell Williams e hice mi rutina paso a paso para definir mis rizos. Debían estar perfectos.
Abrí mi armario y la guerra comenzó. Saqué tres vestidos, pero ninguno me convenció; probé un conjunto de pantalón con mi blusa favorita, pero no era suficiente; intenté un falda y un top y tampoco funcionó ¡Acaso no tenía nada apropiado para salir con…!
—¡Detente, Candy! Esto no es una cita romántica —dije en voz alta frente al espejo—. Saldrás con él como has venido haciendo desde hace meses y no tienes que entrar en pánico. ¡Concéntrate!
La mirada que me devolvió el espejo fue la de una mujer convencida, segura y dispuesta a no fallar en esta misión.
—¡Pero no tengo nada qué ponerme! —grité tirándome de espaldas en la cama y una percha se me enterró en el trasero, lo que me dolió más que ver el lío que había hecho en mi armario.
Al final escogí un enterizo blanco de verano, con la espalda descubierta y un cinturón ajustable; unas sandalias de tacón y un brazalete dorado debían ser suficientes para la cita.
"No es una cita" recalcó mi necio subconsciente.
—No es una cita, es una salida con un amigo —dije tres veces mientras empezaba a maquillarme con los consejos que había aprendido de Rosemary Brower.
¡Ay por Dios!
¡Iba a conocer a Rosemary Brower!
Tan puntual como siempre, Anthony llamó para decirme que había llegado y que estaba afuera de mi casa.
—Ahora bajo —dije al teléfono mientras tomaba mi bolso y mi chaqueta. Cerré con llave y tomé el elevador hasta la planta baja, no eran más que tres pisos, pero no quería llegar jadeando frente a Anthony.
Puse un pie fuera del ascensor y me llevé una mano al estómago, el comando central de mis emociones. Respiré con profundidad y me asomé a la entrada del edificio.
Ahí estaba él, casual, elegante y criminalmente guapo con sus pantalones beiges, su camisa Polo en un bonito tono café y sus relucientes zapatos, también cafés. Sus únicos accesorios eran su reloj y sus gafas de aviador que, en ese momento, colgaban del cuello de su camisa.
—Hola —dije en cuanto lo tuve enfrente.
—Hola —me sonrió y, por un segundo, pensé que quería darme un beso, pero se detuvo en seco y me cedió el paso hasta un automóvil.
—¿Y tu auto? —pregunté al ver que era servicio de transporte por aplicación.
—Tiene suelta la defensa y el parachoques abollado, no quiero que mis padres lo vean y se preocupen innecesariamente.
—¡Oh!
Entré al vehículo y Anthony cerró la puerta, después rodeó y subió del otro lado. Confirmó la dirección con el conductor e iniciamos nuestro trayecto.
—¿Dormiste bien? —me preguntó después de avanzar un par de calles.
—¡De maravilla! No sabía lo cansada que estaba hasta que me acosté.
—Se te nota más relajada —asintió Anthony—, y, si me permites decirlo, te ves hermosa.
Llamen a los bomberos, por favor.
Mis orejas se calentaron y sonreí como una boba.
—Gracias, fue lo primero que encontré.
Llegamos al Centro de Convenciones de la ciudad y nos dirigimos a la entrada que nos correspondía, según nuestros boletos.
Una joven nos dio un folleto con la información de la conferencia y la ponente y nos señaló el número de serie que tenía cada uno.
—Ese es su número para las dinámicas que tenemos preparadas, ¡suerte!
—Gracias —respondí emocionada. Si Rosemary Brower regalaba premios en sus programas, era de esperarse que lo hiciera en vivo.
—Es por aquí. —Anthony puso su mano en mi espalda alta y yo me erguí un poco más, me había tomado por sorpresa , pero no era para nada desagradable, su mano era cálida y firme.
Nuestros asientos estaban en medio de la décima fila. Pasamos con cuidado entre las piernas de las personas que ya estaban esperando el evento y nos sentamos. Anthony sacó su teléfono y tecleó con rapidez para después volver a guardarlo.
—Tengo que presumirle a Annie dónde estoy —dije con malicia, pues sabía que también era una fan de Rosemary Brower.
Tomé una foto del escenario en el que se leía el nombre de la madre de Anthony y un corto video del auditorio. Se los envié de inmediato y me olvidé del teléfono el resto del evento.
—Entonces, ¿no les dirás a tus padres lo que pasó anoche? —pregunté girándome a ver a Anthony mientras esperábamos que todo iniciara.
Una mujer mayor que estaba detrás de nosotros me clavó su mirada cuando escuchó "lo que pasó anoche" y contuve una risa.
—No tienen que saberlo a menos que haya consecuencias —respondió Anthony y una media sonrisa apareció en su rostro. Se había dado cuenta de que la mujer nos oía.
—Claro, tomamos precauciones, no tendría que pasar a más —añadí y Anthony me guiñó un ojo.
Tomé mi chaqueta y la acomodé en el respaldo de la silla girando medio cuerpo. La mujer entrometida me miró y negó con la cabeza en evidente señal reprobatoria. Sonreí y volví a mi posición original solo para llevarme una sorpresa más.
Anthony se había puesto sus anteojos y leía el folleto con atención. ¡Dios! Se veía guapísimo con esos lentes de armazón negro y eso que solo lo estaba mirando de perfil.
—¡Anthony! —exclamé sin contenerme. Levantó la vista del folleto y me miró de frente. Sí, se veía encantador y sexy con esos lentes. Enarcó una interrogativa ceja y me obligué a cerrar la boca—. Al fin te veo con lentes —dije intentando controlar mi sorpresa.
—¡Ah, esto! Me estoy acostumbrando.
—Te ves… bien.
¿Bien? Se veía perfecto y a mí solo se me había ocurrido decir "bien".
Las luces bajaron su intensidad y el escenario se iluminó. Un concierto de aplausos llenó el auditorio y apareció un presentador con micrófono en mano.
—¡Buenas tardes, estimado público! —saludó con entusiasmo y unos decibeles más altos de lo necesario.
—Igual de ruidoso que Karen —me dijo Anthony al oído.
Asentí con diversión y aplaudí como todos los asistentes.
El presentador hizo su trabajo para aumentar los ánimos del público, habló de manera general del tema de la conferencia y explicó que, al final de la presentación, Rosemary Brower seleccionaría a unas cuantas personas del público para subir al escenario y estas podrían hacerle la pregunta que quisieran; además, se llevarían un certificado de regalo de una tienda departamental o una canasta con productos para el cuidado de la piel. La gente aplaudió con más entusiasmo y…
—Ahora, sin más dilación, con ustedes Rosemary Brower.
Miré a Anthony de reojo cuando presentaron a su madre y me conmovió la expresión orgullosa y emocionada que tenía. Sonreía ampliamente y las comisuras de sus ojos se arrugaron un poquito.
Rosemary Brower era una mujer con una presencia arrolladora. Tenía un andar seguro y elegante y un cuerpo espectacular, no era voluptuoso, pero sí torneado y definido. Estaba segura de que muchas mujeres de mi edad envidiarían esa cintura y esas piernas delgadas y torneadas. Era rubia, igual que Anthony y, aunque muchos años había lucido el cabello largo, ahora lo llevaba corto, lo que resaltaba su largo cuello, al igual que sus pendientes, unos enormes y delgados aros.
Caminó por el escenario con la actitud de una verdadera diosa con movimientos naturales; llevaba un micrófono de diadema y saludó al público con su característico entusiasmo. Aplaudí como la fan de la moda que era y Rosemary Brower agradeció la ovación de todo el público llevándose las manos al pecho.
Empezó por agradecer la asistencia de todos y contó una anécdota de cómo había sido rechazada en su primer casting como modelo debido a su actitud recatada.
—Si yo quería ser modelo tenía que demostrarlo no solo en la pasarela, sino desde que entraba a donde fuera que me llamaran. Mi presencia tenía que notarse para que mi ausencia resonara todavía más y los jefes supieran que me necesitaban.
Su conferencia siguió con varios ejemplos de personas que había conocido y cómo la autoestima influye en todo lo que hacemos, incluso en nuestra postura. Caminó por el escenario desgarbada, con las manos en los bolsillos y hasta fingió tambalearse en sus tacones para que entendiéramos los ejemplos.
El público reía, aplaudía y asentía en todo lo que decía. Yo estaba fascinada por cómo dominaba el escenario, su discurso y al público.
—Tu mamá es increíble —dije a Anthony en un instante.
—Lo sé —asintió Anthony uniéndose a una nueva ronda de aplausos.
Rosemary cambió el ritmo de su presentación y en menos de diez segundos ya había una tómbola transparente junto a ella y un espejo de cuerpo completo.
—Ahora vamos a ejemplos y situaciones todavía más reales —dijo girando la tómbola—. El número que diga a continuación subirá al escenario y podrá plantearnos sus dudas sobre lo que hemos hablado.
El lugar se llenó nuevamente de aplausos y entusiasmo.
—El número es…
Una mujer de 36 años fue la primera seleccionada. Al subir dijo a Rosemary cuánto la admiraba y que no se perdía ninguno de sus programas por televisión.
—¡Oh, querida! —Rosemary la abrazó y después escuchó con atención su pregunta sobre su cuerpo después del embarazo y cómo podía vestirse cómoda pero chic mientras criaba a su bebé. Al término de su turno, la mujer se ganó uno de los certificados de regalo y antes de bajar pidió tomarse una foto.
La segunda seleccionada era una joven de 24 años que, esa misma semana, tendría una entrevista de trabajo en un bufete de abogados y quería causar una buena impresión con su vestimenta.
Rosemary la atrajo hacia el espejo y, en primer lugar, alabó su cuerpo, señalándole que su tipo era un triángulo invertido, procedió a decirle todos los tipos de ropa que mejor le quedaban y las que debía evitar.
—Vas a triunfar en esa entrevista —le deseó antes de entregarle su certificado de regalo.
En el momento en que el siguiente número era anunciado, Anthony atendió una llamada.
—Puerta 3, de acuerdo —lo oí decir.
Colgó el teléfono y se unió a los aplausos, pero se inclinó hacia mí para hablarme al oído.
—Esto está por acabar, vámonos antes de que nos impidan el paso.
Sin entender del todo sus palabras, dejé que Anthony tomara mi mano y me condujera entre los asistentes para, primero, salir de nuestra fila y después del auditorio. Su paso era rápido, pero podía seguirle el ritmo, aún con tacones.
—¿A dónde vamos? —pregunté cuando pasamos junto a un guardia de seguridad.
—Al backstage. ¿Quieres conocer a Rosemary Brower? —me preguntó con un brillo en los ojos, mezcla de entusiasmo y ¿nervios?
—¿Lo dices en serio? —pregunté entusiasmada y Anthony asintió—. ¡Me encantaría!
Nos detuvimos frente a una puerta cerrada y custodiada por un guardia.
—Soy Anthony —dijo al guardia y solo eso bastó para que abriera la puerta y nos cediera el paso, como si su nombre fuera la llave a cualquier cerradura.
Tenía las manos heladas y las mejillas casi me dolían de tanto sonreír, pero no podía evitarlo, estaba muy emocionada de conocer a la famosa Rosemary Brower.
Anthony y yo atravesamos un corredor vacío y entramos después a una sala pequeña donde había una mesa, unas cuantas sillas y un sofá. En el rincón había un servicio de café y un alto perchero de metal cargaba dos perchas de ropa y una bolsa femenina. La mesa estaba llena de arreglos florales, regalos para Rosemary y el olor era agradable.
—Vendrán en un momento —dijo Anthony bastante relajado—. ¿Quieres algo de tomar? —me preguntó señalando el servicio de café donde también había botellas de agua.
—Agua, por favor —pedí acercándome a él. Bebí un largo trago y dejé la botella cerca de la taza de café que Anthony se había servido.
Una nueva ovación resonó en la sala donde estábamos y Anthony sonrió.
—Debes estar muy orgulloso de tu mamá —dije recargándome en la pared.
Anthony mantuvo su sonrisa y asintió.
Iba a decir algo, pero en ese instante la puerta se abrió y dio paso a un señor parecido a Anthony en el porte y el gesto.
—¡Ya estás aquí! —exclamó de inmediato al ver a Anthony. Él se acercó al hombre y lo abrazó.
—Hola, papá —dijo Anthony—. Déjame presentarte a Candy —agregó dando un paso al costado para permitir que yo me acercara.
—Mucho gusto, Candy. Soy Vincent —dijo el hombre estrechando mi mano con gentileza.
—El gusto es mío.
El señor Vincent me miró detenidamente y, aunque intentó ser discreto, noté cómo también miraba a su hijo.
—Siéntense, por favor. Rose no tarda en venir. Se está despidiendo del psicólogo —explicó mirando nuevamente a Anthony y él rodó los ojos.
Vincent se adelantó a su hijo y deslizó la silla para que yo pudiera sentarme. Anthony se sentó a mi lado y su padre en el sofá.
—¿Te gustó la conferencia, Candy?
—Me encantó, aprendí mucho. Al público también le gustó, la gente estaba eufórica.
El señor Vincent sonrió.
—Rose tiene ese efecto en las personas.
La puerta volvió a abrirse. Rosemary Brower entró y gritó emocionada al ver a su hijo.
—¡Anthony!
Él se levantó y fue a abrazar a su mamá, quien lo estrujó en sus brazos y, en menos de diez segundos, le dijo tres veces lo guapo que se veía, cosa que yo no podía refutar.
Para cuando lo soltó, yo ya estaba de pie, con la sangre congelada y controlando mis cuerdas vocales para no gritar como una fanática desquiciada.
—Y, tú eres —dijo Rosemary Brower dirigiéndose a mí.
Iba a decir mi nombre y estiré la mano, pero ella actuó demasiado rápido.
—¡La excepción a la regla de Anthony! —exclamó muy emocionada tomando primero mi mano y después atrayéndome hacia ella para abrazarme.
—Su nombre es Candy. —Oí decir a Anthony y a su padre soltar una risa burlona.
—Es un verdadero placer conocerla —dije mientras Rosemary Brower seguía abrazándome. Ella me liberó un poco y puso sus manos en mis hombros—. Seguramente escucha esto todos los días, pero la admiro demasiado y he aprendido tantas cosas de usted.
—¡Oh, querida, muchas gracias! Yo también estoy encantada de conocerte. Eres la primera chica que Anthony nos presenta.
Por el rabillo del ojo noté la incomodidad de Anthony y yo me puse más nerviosa. ¿No estaría pensando que Anthony y yo…?
—Candy, ¿verdad? Tienes un nombre precioso y eres guapísima, déjame verte.
Si algo tenía Rosemary Brower era energía de más. Antes de que Anthony pudiera decir palabra alguna, ella ya me hacía dar una vuelta para observar lo que llevaba puesto y nunca, nunca, me sentí tan cohibida como en ese instante.
—Simplemente, magnífica —dijo devolviéndome a mi lugar un tanto mareada por el giro y por su presencia, pero la discreta mano de Anthony en mi espalda impidió que perdiera el equilibrio.
—Candy y yo trabajamos juntos, mamá —dijo Anthony con seriedad y pronunciando con claridad cada palabra.
—Sí, cariño, lo dijiste el otro día. Pero eso no quita que sea la primera persona de tus amigos que nos presentas en años —respondió Rosemary Brower guiándome de vuelta a mi asiento—. ¿Sabes, Candy? Anthony tiene una extraña regla de no presentarnos a nadie de sus conocidos, ni amigos ni colegas y, mucho menos novias.
—Mamá, por favor —dijo Anthony colocándose entre su madre y yo. Me dio mi botella de agua y a ella le dio tres tarjetas de los arreglos que había en la mesa. Con Anthony de por medio no podía ver qué clase de miradas intercambiaban, pero la media sonrisa de su padre, que no se había movido del sofá, me dijo que se llevaba a cabo una silenciosa discusión para que ella dejara de hablar.
Rosemary tomó las tarjetas, las leyó y rodeó la mesa para recoger las demás hasta que la tuve nuevamente a mi lado.
—Nunca he entendido sus motivos, ¿crees que le avergüenzo, Candy? —preguntó con diversión tirando de una silla para sentarse a mi lado.
Anthony bufó y su madre soltó una carcajada.
—Tal vez lo hace para protegerla de personas interesadas en acercarse a ustedes solo por su fama —me atreví a decir. Ella se echó hacia atrás en su asiento y me miró inquisitivamente. Volteé a ver a Anthony y él ya me observaba. Asintió ligeramente y sus labios se curvaron de manera imperceptible. Tenía encima de mí tres potentes miradas y los nervios me volvieron a atacar. Debí quedarme callada, pensé de inmediato.
—¿Les parece si vamos a beber algo para celebrar el éxito de la conferencia? —intervino el padre de Anthony levantándose de su asiento y caminando hasta quedar detrás de su esposa. Puso las manos en sus hombros y ella se recargó en su antebrazo—. Tenemos una reservación.
Nos dirigimos al estacionamiento subterráneo del Centro de Convenciones. Los padres de Anthony caminaban delante de nosotros y él escoltaba mi paso.
—Debí advertirte sobre la efusividad de mi madre —me dijo al oído—. La que muestra en televisión es solo una tercera parte de la diaria.
—Es una mujer fascinante, Anthony. Estoy feliz de conocerla y —Me detuve—, gracias por presentármela— dije con sinceridad—. ¿En serio tus amigos no la conocen? —pregunté con curiosidad y él negó con la cabeza—. ¿Por qué?
Seguimos caminando y Anthony no respondió, tenía la mirada fija en sus padres y su ceño se frunció ligeramente.
—Tú lo dijiste, no quiero que por conveniencia se acerquen a mí para luego obtener algo de ella. Ellos lo entienden, pero les encanta bromear.
—¿Qué hay de tus novias? ¿A ellas sí las conocen? —pregunté intentando sonar despreocupada.
—Tampoco —respondió Anthony, tajante cuando llegamos a la camioneta de sus padres.
—¿Dónde dejaste tu auto? —preguntó su padre.
—No lo traje —fue la única respuesta de Anthony y abrió la puerta trasera para que su madre y yo subiéramos. Me deslicé primero tras una señal de Rosemary y quedé detrás del lado del conductor. Anthony y su padre iban al frente.
Salimos del estacionamiento y el padre de Anthony tomó una avenida principal mientras le hacía las típicas y esperadas preguntas que un padre haría. Su madre tecleaba en su celular con agilidad, pero pronto lo metió en su bolsa y me dedicó toda su atención. Primero me preguntó sobre mi trabajo, ella creía que Anthony y yo estábamos en la misma área, pero le aclaramos que no era así, que yo trabajaba en Diseño. Después me preguntó mi apellido y se fue hacia atrás cuando supo que yo era una Andley.
—¡Entonces eres la jefa de Anthony!
—¡Para nada! El único jefe es mi primo, yo soy una trabajadora más —dije de inmediato.
Llegamos a un restaurante y el valet parking abrió la puerta del padre de Anthony, él le dio la llave y me abrió la puerta para ayudarme a bajar, mientras a Anthony hacía lo propio con su madre y así entramos al lugar: yo al lado de Vincent Brower y Anthony al lado de su madre.
Nos condujeron a un área reservada y de inmediato nos ofrecieron una botella de champaña.
—Lo tenías todo preparado, cariño —dijo Rosemary a su esposo—. Gracias. —Le lanzó un beso, pues él estaba sentado delante de ella. Yo tenía a Anthony de frente y le sonreí al ver aquella muestra de cariño entre sus papás. Eran una linda pareja, cuyo amor era evidente.
Sirvieron nuestras copas y brindamos por el éxito que había tenido Rosemary y ella pidió que las rellenaran.
Mientras el camarero lo hacía, ella y su esposo se pusieron a hablar, según entendí, de un psicólogo que solía trabajar con ella y había participado en la reciente conferencia. Al parecer, el señor Brower no tragaba al hombre y no tenía reparos en hacérselo saber a su esposa.
—No tienes que beber si no quieres —me dijo Anthony cuando mi copa estuvo servida.
—Puedo con una más, no te preocupes —le respondí dando un muy pequeño sorbo a mi copa. Él solo asintió y nos incluyó en la charla de sus padres.
Rosemary y Vincent Brower eran un matrimonio increíble en todos los sentidos. Ella, modelo de toda la vida y él, ingeniero. Se casaron muy jóvenes, cuando él tenía 24 años y ella 22. Llevaban toda la vida juntos y, por eso, Rosemary era conocida por el apellido Brower, pues lo había adoptado desde sus primeros meses de matrimonio, justo cuando su carrera despegaba. Eran una de las pocas parejas felices que yo había visto, después de mis padres y no me sorprendía que todo ese amor que se tenían, lo hubieran traspasado a su propio hijo. Los tres eran encantadores, amables, gentiles y cálidos, así que pronto nos encontramos riendo y celebrando como si a mí me conocieran de toda la vida y no desde hacía una hora.
—Candy también modela —dijo Anthony sin que yo lo viera venir cuando Rosemary me contaba que una sobrina suya estaba iniciando su carrera como modelo.
—¡En serio! —exclamó ella con sorpresa y yo no supe qué hacer. Nunca le había hablado a Anthony del modelaje por obvias razones: yo no me podía comparar, ni de chiste, con la verdadera modelo que era Rosemary Brower.
—Nada serio —dije nerviosa—, un poco en la escuela para colaborar con una amiga que estudiaba diseño de modas, pero nada más.
—Me encantaría ver eso, ¿tienes fotos? —me preguntó entusiasmada, como una niña pequeña a la que se le habla de la Navidad y yo no tuve corazón para negarme.
—Algunas… —dije sacando mi teléfono de mi bolsa. Abrí mi galería de fotos, pero ahí había un collage de imágenes y no sabía dónde estaban las de la última sesión, así que abrí mi Instagram y le enseñé las fotos de mi última estancia en Nueva York.
Rosemary observó con atención profesional las fotos y yo me sentí examinada por un juez de la Suprema Corte. Miré a Anthony realmente queriendo golpearlo por sacar el tema, pero su sonrisa despreocupada hizo gelatina mis piernas y polvo mis cuerdas vocales.
—¡Son excelentes! Mi favorita es esta —dijo señalando una foto que, en ese momento, vi borrosa debido a los nervios—. Espera, ¿puedo seguirte en tus redes? —me preguntó sacando también su teléfono.
Sentí que me desmayaba. ¿En serio Rosemary Brower quería seguirme ¡a mí! en redes sociales?
Sin que yo le respondiera, ella buscó mi usuario y en cuanto lo tuvo, me interrogó con la mirada. Asentí y en un segundo nos seguíamos mutuamente, pues yo ya era una de sus seguidoras.
Annie se iba a morir de envidia, estaba segura.
A la mitad de la comida, Vincent dijo que había visto a un conocido entrar y que sería bueno ir a saludar. Con un gracioso puchero, Rosemary se negó a ir y, en su lugar, envió a Anthony a acompañar a su padre.
—Ahora vuelvo —me dijo él y yo asentí.
Rosemary y yo nos quedamos solas, pero no me sentí incómoda y seguimos charlando sobre la comida y el lindo lugar que había elegido el señor Brower.
—Háblame de lo que hacen con los orfanatos —me pidió y yo, después de dejar el cubierto sobre el plato, empecé a contarle en qué consistía nuestro proyecto y cómo estábamos trabajando Anthony y yo. Incluso le conté cómo nos había ido el día anterior con el orfanato San Pablo y la directora Grey—. Me gustaría ayudar a la causa, dime, ¿todavía se puede hacer algo? ¿Puedo sumarme en algo para ayudar a ese lugar?
—¡Oh, ¿lo dice en serio? eso sería increíble!
—Lo digo en serio, ¿qué puedo hacer?
—Bueno…
Le expliqué las condiciones de nuestra recaudación de fondos y las condiciones legales con el fisco, pues, aunque era una actividad altruista, al ser patrocinada por Andley Decoration teníamos que cumplir con ciertos criterios para que todo fuera transparente.
—¡Cuánto trámite! —exclamó consciente de que no era algo tan sencillo y yo asentí—. Pero no importa, lo haré. Digámosle a Anthony en cuanto llegue, ¿ok?
—¡Muchas gracias! —dije tomando su mano y ella la apretó.
En ese instante entraron Anthony y su padre e intercambiaron una mirada al vernos tomadas de las manos.
—¿Cómo está el señor Miller? —preguntó Rosemary a su esposo en cuanto se sentaron de nuevo frente a nosotras.
—¡Tan hablador como siempre! Te manda saludos y nos invita al cumpleaños de su hija.
—De su nieta, papá —lo corrigió Anthony.
—¡Ah, sí! Eso…
No pasó mucho tiempo para que terminara nuestra reunión y, ya en la salida del restaurante, Rosemary me abrazó de nuevo y al oído me dijo
—Me encantó conocerte. Cuida a Anthony.
Me quedé sin palabras y solo sonreí, correspondiendo al abrazo. Después me despedí del señor Brower y esperé a que Anthony terminara de despedirse de su madre, quien le decía varias cosas por lo bajo y él le respondía de la misma forma.
—¿Seguro que no te quieres quedar con ellos? Puedo volver sola —dije cuando caminábamos hacia la esquina de la calle.
—¡Para nada! Yo te traje y yo te llevo de vuelta —respondió.
—Pues, gracias. —Sonreí y sí, me emocioné por pasar un rato más al lado de Anthony.
Decidimos caminar unas cuantas calles más y después pedir un taxi en un lugar menos transitado.
—Me llamó el jefe Swan —dijo Anthony cuando cruzábamos la calle—. Fue cuando nos levantamos a saludar al conocido de mis padres y ellos no escucharon nada, se habrían vuelto locos. Resulta que los sujetos de anoche eran imitadores.
—¿Qué dices?
—Como lo oyes. El tipo que arrestaron confesó que no tiene nada que ver con los asaltantes de Florida que se mueven por todo el país. Son un grupo delictivo de poca monta que quiso aprovechar el pánico que los otros han causado para iniciar su propia red de asalto, pero anoche todo les salió mal.
—¡No puedo creerlo! —exclamé indignada—. Nos hicieron pasar un susto de muerte y resultaron ser asaltantes piratas.
Anthony soltó una carcajada.
—¿Habrías preferido que nos atacaran los verdaderos? —preguntó riendo todavía.
—No, claro que no, pero… —También me reí, pues no supe explicar lo que pensaba de nuestra aventura—. Al menos nadie resultó herido, solo tu coche.
—Un par de días en el taller serán suficientes para arreglarlo —dijo encogiéndose de hombros—. Tú estás bien y es lo que importa.
—Ambos estamos bien, Anthony —respondí—. No puedo esperar a nuestra siguiente aventura —agregué para quitarle seriedad a nuestra charla.
—Seguramente será inolvidable.
Pasamos corriendo en medio de unos chicos que jugaban fútbol sobre la calle y brincamos sobre la acera antes de que la pelota nos golpeara las piernas. Anthony la detuvo con el pie y la pateó de vuelta a los chicos, que siguieron jugando.
—Oye, tengo una duda —dije cuando retomamos nuestro paso—. ¿Cómo supiste que he modelado?
—Yo… —Se frotó el cuello, nervioso—. Lo escuché por los pasillos de la empresa.
—Mmm —murmuré, incrédula—. Hay muchos comentarios sobre mí en la empresa, tal vez deba hacer algo al respecto.
—¿Una ley anti-chismes? —preguntó levantando una ceja.
—Sí, la propondré en la próxima junta —contesté riendo.
Tomamos un taxi 🚖 un par de calles más y Anthony le dio mi dirección de memoria al conductor.
—Gracias por permitirme pasar este día con ustedes, Anthony. Fue algo realmente increíble y nunca lo olvidaré —dije cuando estábamos cerca de llegar a mi casa—. Tus papás son maravillosos.
—Ni lo menciones, me alegra que lo disfrutaras.
—Fue un sueño hecho realidad conocer a Rosemary Brower y ¿comer con ella? Estuve a punto de pedirte que me pellizcaras para saber si era real —dije riendo al tiempo que levantaba mi brazo.
Anthony me pellizcó ligeramente y yo exageré mi reacción, sacándole una hermosa sonrisa.
Sentí arder mis mejillas.
Llegamos a mi casa pocos minutos después y bajamos del coche. Anthony me acompañó hasta la puerta y jugué con la llave entre mis manos. Quería estirar lo más posible este momento al lado de Anthony, pero ya no había nada más que hacer ese día y el taxímetro seguía corriendo.
—Candy
—Anthony
Reímos después de hablar al mismo tiempo.
—Tú primero —pedí.
—Nada… sólo quería decirte que me gustó pasar el día contigo —dijo Anthony sacudiendo una hojita verde de mi hombro que se había quedado ahí desde que caminamos cerca de unos árboles.
—A mí también, Anthony. —Tomé su mano y lo miré a los ojos—. Entiendo que rompiste una regla para que el día de hoy ocurriera y lo aprecio mucho.
—Ignora lo que dijo mi madre, por favor —dijo forzando una sonrisa.
—Está bien. —Parecía que el tema no le agradaba y yo no quería echar a perder la tarde—. Te veo el lunes.
—Hasta el lunes —respondió Anthony y nos despedimos con un beso en la mejilla. Un beso que me acompañó el resto del fin de semana y me dijo aquello que yo temía…
Estaba enamorada de Anthony, de eso ya no había duda y tampoco manera de negarlo u ocultarlo. Los últimos días a su lado habían sido no sólo caóticos, sino también divertidos y emocionantes. Aun estando al borde de la muerte en la carretera, me había sentido segura y protegida a su lado; la sensación de su abrazo me acompañó todo el fin de semana y todo había se había ido por los cielos cuando el sábado me había presentado a sus padres, cuando caminamos juntos por la ciudad y cuando besó mi mejilla. La tranquilidad de esas horas no tenía punto de comparación y yo quería más de eso, más de su voz, más de sus palabras, más de su compañía y cercanía.
—¿Te gustó, Candy?
Levanté la vista de la barra del bar en el que estábamos Susana y yo y miré a Tom, el dueño que nos enseñaba las bebidas nuevas que incluiría a su menú.
—Es… fuerte —dije dudosa devolviéndole el vaso.
Tom enarcó una ceja y bufó, vencido. Yo era una pésima bebedora y él lo sabía, pero se empeñaba en hacerme probar sus cocteles.
—¿A ti qué te pareció? —preguntó a Susana que no sólo había terminado su vaso, sino que recuperaba el mío de las manos de Tom y daba otro trago.
—¡Me encantó! —dijo de inmediato y empezó a describir casi poéticamente la bebida.
Tom, Susana y yo éramos amigos desde hacía varios años. Ellos dos siempre se habían llevado bien y yo tenía la esperanza de que, en algún momento, Tom se le declarara, pero eso nunca había pasado y ahora, Susana estaba comprometida con el idiota de Neal y Tom se conformaba con seguir siendo su amigo.
—¿Lo ves? Así se hace una crítica —me recriminó Tom cuando Susana terminó de hablar, pero yo no la había escuchado. Tenía mi propio dilema interior como para buscar el sabor acaramelado de un licor del que nunca había escuchado hablar y que Tom había combinado con no sé qué cosas.
—¡Oye, no la regañes! Sabes que Candy no bebe —me defendió Susana y yo asentí con cara de inocente.
Tom rodó los ojos.
—Prueben este —dijo cambiando nuestros vasos.
La siguiente bebida era una más ligera, dulce, pero no empalagosa y fue lo único que pude percibir, pero esa sí me había gustado.
Tom dejó la barra unos minutos para hablar con sus meseros. La hora de mayor trabajo estaba por empezar y tenía que darles instrucciones precisas.
—¿A qué hora llegan? —me preguntó Susana.
—Stear dice que en veinte minutos —respondí señalando mi teléfono. Había invitado a Stear, Patty y Jimmy al bar de Tom para pagarles la cerveza que, desde hacía días les debía: a Jimmy por su trabajo extra la semana pasada y a Stear, por haberme ayudado con los archivos bloqueados de Benson; Patty, al ser novia de Stear, estaba invitada a todos los lugares a los que él fuera—. ¿Neal vendrá? —pregunté, sabiendo que Susana le había dicho dónde estaríamos.
—Tal vez, pero está muy ocupado buscando los inversores que necesita para su próximo proyecto.
Crucé los dedos para que no viniera, no quería verlo y tampoco quería que Tom se desanimara al verlo al lado de mi prima.
—Voy al baño —dije levantándome del banco—. No te bebas mi coctel —le advertí a Susana y caminé detrás hacia los sanitarios.
El bar de Tom era lindo, moderno y famoso en la zona gracias a que por dos años consecutivos mi amigo había ganado el premio de "mejor bartender en la ciudad". El lugar era redondo, al centro estaba la barra y la rodeaban las mesas, espacios amplios y lo suficientemente privados para mayor comodidad de los clientes. A los baños se podía acceder desde ambos lados.
Entré al último cubículo para quitarme la varilla del sostén que llevaba toda la tarde molestándome. Pocas cosas hay tan dolorosas como tu propia ropa intentando matarte. Tiré la varilla a la basura y me acomodé la ropa. La puerta del baño se abrió y entró una mujer hablando por teléfono.
—Estoy en el bar con Anthony y los demás —dijo la mujer y al oír el nombre "Anthony" me quedé quieta. Él no era el único Anthony del mundo, pero sí de mi mundo y pensé en él de inmediato—. Es el cumpleaños de John y estamos celebrando. —Ok, hablaba de mi Anthony—. No, Silvia, nada… hace unos meses creí que tenía oportunidad, habíamos avanzado un poco, pero… —Bufó—. Desde que se ve con esa rubia todo cambió. No sé qué le dio para tenerlo tan… ¡No puede estar enamorado de ella! ¡Ni siquiera la conoce!
No había manera de salir en ese momento. Sería incómodo para ambas, así que me senté en el retrete y escuché hasta que fuera seguro salir.
—En serio no sé qué le ve. Conozco a Anthony y sé que no es por el apellido, pero no lo entiendo. Ella es una chiquilla, se comporta de manera infantil y ridícula, y ni siquiera lo toma en cuenta. Anthony necesita una mujer, no una… heredera mimada.
Me tapé la boca para no hacer ruido.
Oí correr el agua de la llave y monosílabos por parte de la mujer. Algo le decía la persona con la que hablaba y ella sólo asentía.
—¿Sugieres que lo seduzca? No, no es mala idea, pero… no puedo arriesgar mi trabajo haciendo eso… ¿Su nombre?... Andley, ya te lo dije… ajá… Candy…
Bueno, por si me quedaba alguna duda sobre quién hablaba, ella ya había dicho mi nombre. Elisa era la única mujer en el equipo de Anthony, así que tampoco había duda de que se trataba de ella y del excelente concepto que tenía de mí.
El cubículo de al lado se abrió y se cerró. Elisa había entrado y seguía al teléfono. Salí de inmediato y casi brinqué para que no me viera los pies por debajo de la puerta. Me lavé las manos en un segundo y salí corriendo del baño. Me detuve en el pasillo y miré hacia ambos lados. Anthony estaba en el mismo lugar que yo y, si no lo había visto en la entrada, eso quería decir que estaba en los asientos más amplios en la parte trasera de la barra.
Susana me esperaba hacia la izquierda, pero Anthony estaba a la derecha…
Mis pies tomaron la decisión.
Me alisé la ropa y sacudí mi cabello para acomodarlo.
Las palabras de Elisa, más que herirme por llamarme "heredera mimada" me dieron una patada de valor para acercarme a Anthony. Yo no era una chiquilla, era una mujer y sabía lo que quería. Quería acercarme a Anthony, no como una colega, no como una Andley, no como una Cenicienta falsa, sino como Candy.
Caminé erguida y con naturalidad.
Las primeras mesas estaban todavía vacías, pero la tercera tenía una verdadera fiesta. Todo el equipo de Anthony estaba ahí, más unas cuantas personas que no sabía si eran de otro departamento o ajenas a la empresa.
Él estaba en la orilla de la mesa, reía y jugaba con su vaso entre las manos. No tenía corbata, como solía usar los lunes, y el primer botón de su camisa estaba abierto y sus mangas, dobladas hasta los codos. Me miró cuando estaba a unos pasos de la mesa y su rostro de sorpresa no tuvo precio. Sus ojos azules se abrieron de par en par y se levantó de inmediato, llamando la atención de sus compañeros.
—¡Candy!
Se detuvo sólo a un paso de distancia de mí. Era la primera vez en el día que nos veíamos porque tuvimos que cancelar nuestra reunión debido al trabajo.
Aún sabiendo que estaba ahí y habiendo decidido buscarlo, me puse nerviosa. ¿Cuál era el paso dos de mi valiente plan?
—¡Anthony, qué sorpresa! ¡Hola! —saludé a los demás con la mano y John hizo lo mismo con entusiasmo y tal vez con demasiadas copas encima.
—Hoy es mi cumpleaños —dijo John levantando su copa y sentándose de rodillas en su silla.
—¡Felicidades! ¿Cómo va la celebración? —pregunté echando una rápida mirada por la mesa, repleta de botellas y botanas, otra de las especialidades del bar.
—Apenas estamos empezando, ¿te unes? —me invitó señalando un lugar vacío, el de Elisa.
Anthony me miró esperando mi respuesta y tuve unas ganas enormes de quedarme, pero Susana estaba del otro lado y los demás llegarían pronto. Yo sólo quería ver a Anthony, tal vez podríamos juntarnos todos, pero entre más personas, menos podría hablar con Anthony y Susana estaría ahí y el idiota de Neal llegaría en cualquier momento.
—¡John, bájate de ahí! —gritó Anthony al ver que John intentaba pararse sobre la silla, así que mi respuesta se quedó en el aire porque todos nos reímos cuando se tambaleó.
—Haz que se quede, jefe —pidió John.
—Gracias, pero mi prima está del otro lado y estamos esperando a alguien. Tal vez la próxima vez —dije a John, quien hizo una mueca de resignación. De todos los compañeros de Anthony, él me caía mejor; era el más joven y siempre me hacía reír cuando me tocaba trabajar en la oficina de Anthony para avanzar con el proyecto de los orfanatos.
—¡Qué tal un trago! —propuso sin rendirse.
Señaló un vaso vacío y lo llenó de tequila para dármelo, después llenó otra ronda para todos sus compañeros. Todos, incluido Anthony, bebieron de un solo trago el tequila y yo di un miserable sorbo, pero antes de que los demás lo notaran, Anthony me quitó el vaso de las manos y se lo bebió sin dificultad.
—Gracias —murmuré y él me guiñó el ojo.
No sabía cuánto había bebido Anthony pero, a juzgar por todo lo que había en la mesa, supuse que no era poco.
—¿Estás bien para manejar? —le pregunté por lo bajo mientras John volvía a llenar los vasos.
—No tengo coche, ¿recuerdas? —Me respondió también en voz baja, muy cerca de mi oído. Estábamos tan cerca que podía ver las venas de su cuello y los demás hablaban tan alto, que no parecían conscientes de que él y yo habíamos retrocedido unos cuantos pasos para alejarnos del ruido.
—Cierto… bueno, cuídate al volver a tu casa.
O déjame llevarte, pensé y yo sola causé mi sonrojo.
—¿Quieres que te llame cuando llegue para que estés tranquila? —dijo con la voz más sensual que había oído en mi vida y casi caigo de rodillas.
—Una cortesía de tu parte que agradecería mucho —le respondí sosteniendo su mirada y me sonrió de lado.
Un ruidoso tirón a la única silla vacía me hizo voltear la cabeza. Elisa había regresado y no estaba feliz de verme, pero me saludó y yo hice lo mismo.
—Los dejo para que sigan divirtiéndose —dije elevando la voz. No quería dar motivos para echar a perder la celebración—. Feliz cumpleaños, John. Te enviaré una docena de rosquillas —prometí, pues sabía que eran su debilidad en cuanto a dulces.
—¡Eres la mejor, Candy!
—Nos vemos —dije mirando solo a Anthony y, sin pensarlo dos veces, le di un beso en la comisura de los labios.
No fue un beso como el del sábado. No fue un beso de amigos, no fue una cortesía ni mucho menos una despedida. Fue un beso casi real.
Su piel era suave y emanaba un sutil aroma que reconocí de inmediato, su colonia que se había impregnado en mi propia piel el viernes.
—Hasta mañana —me respondió, ronco y sus ojos azules me traspasaron la piel, causando un tsunami en mi vientre.
Caminé sin volver la vista atrás y al doblar el pasillo empecé a correr hasta llegar a mi lugar al lado de Susana. Le quité el vaso de las manos y bebí lo que fuera que estuviera probando. Me lo pasé de un trago y me desplomé en el banco.
—¿A ti qué te pasó? —Me preguntó sacudiendo mi cabello.
—Besé a Anthony delante de todos sus compañeros —dije, consciente ahora de mi arranque de valor.
—¡¿QUE HICISTE QUÉ?!
Hola a todas, ¿Cómo están? Espero que este capítulo les haya gustado. Gracias por su paciencia con esta historia y seguimos avanzando.
Gracias a:
Marina777; hola, en definitiva, los rubios no se aburren y cada vez desean pasar más tiempo juntos. Creo que la verdad tardará en salir a la luz, y todo puede pasar en ese momento. Espero que hayas disfrutado este capítulo y gracias por tus lindos comentarios.
Cla1969; hola, gracias por tus palabras, ojalá que te guste este avance en la historia. Te mando un fuerte abrazo.
Mayely León; hola, gracias por comentar, espero que te gustara este nuevo capítulo. Un saludo!
GeoMtzR; hola! gracias por apreciar el gusto musical de Candy, la verdad es que la música está siendo un hilo conductor para el desarrollo de esta historia. Escuchemos mas a Kiss, por Anthony jaja. Te mando un fuerte abrazo y deseo que estés bien.
Lemh2001; hola, me agarraste en curva con el papá de Bella, pero después entendía la referencia, capitán jaja. Gracias por tus palabras, y espero que el capítulo te haya gustado, los rubios siguen avanzando! Te mando un abrazo fuerte.
Maria Jose M; hola y bienvenida, gracias por unirte a esta historia. Ojalá que este capítulo te haya gustado. Estoy muy bien, sólo que últimamente no tengo mucho tiempo libre para escibir ni editar, así que me estoy tardando más, pero he aquí un nuevo capítulo. Te mando un abrazo de vuelta.
Nos leemos pronto
Luna
