¡Hola a todos!
¿Cuánto tiempo, eh? Disculpad la tardanza, ya sé que muchos habéis pensado que había abandonado la historia, pero de todas las que empecé este es una que quería continuar, por lo que, poco a poco lo que voy a hacer es ir subiendo capítulos semanales, además de editar los que subí (tranquilos, no voy a cambiar nada de la historia).
El otro día subí ya un capítulo y hoy otro, la verdad es que estoy bastante inspirada y si bien ya tengo la historia formada en la cabeza, a veces conectarla y escribirla es otro cantar, además de sacar tiempo para hacerlo.
Espero que os guste el rumbo de la historia y los nuevos personajes que van apareciendo, algo que me ha gustado es escribir la interacción de Erianthe con Hades, y la verdad es que me muero de ganas de que tenga muuuuchas más jajajaja
Bueno, no me enrollo más y os dejo un nuevo capítulo. Gracias por seguir leyendo, ¡disfrutad!
Disclaimer: la historia de Hércules y sus personajes no me pertenecen, solo mis OC.
BAJO EL SUELO DE TEBAS
Erianthe se sentía vacía en ese momento, arrodillada en el suelo de la habitación del hospital, volviendo a recordar los últimos días que pasó con su padre antes de partir. Siempre intentó ser fuerte y positiva, pero no podía negar que ese recuerdo aún le dolía.
Hades veía cómo la chica sollozaba y de vez en cuando escuchaba cómo decía "papá", como un leve susurro. Llevaba todo el día observándola y ya sabía cuál era su talón de Aquiles: su familia. Era evidente que para ella son lo más importante, sobre todo, su padre y lo traumático que ha sido que se fuera a la guerra. Tenía que admitir que esa situación le incomodaba, para él la familia no significaba nada y todo este sentimentalismo le repugnaba, pero en parte sabía cómo se sentía.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero irónicamente se le hizo eterno ver a Erianthe llorar y no sabía por qué narices, una parte de él quería consolarla. "Esto no es propio de mí, para nada, no sé qué me está haciendo esta cría", pensaba Hades.
De repente la puerta de la habitación se abrió y apareció el chico de la cantera. "¿Qué hace ese maldito mocoso aquí?", quería fulminar ese chico, pero tenía que serenarse y no evidenciarse, podrían notar que la habitación se estaba caldeando.
— Eri, ¿qué estás haciendo? ¡Levántate! — Eri se limitó a mirarle. Tenía los ojos hinchados de llorar. Le molestaba que Patroclo le hablase de esa manera. En ese momento se sentía atrapada en esa habitación, las paredes más y más cerca, como si fuesen a aplastarla, a consumirla en la agonía y la tristeza, se sentía prisionera de su corazón, pues lo que más le pesaba en su dentro de su ser era la soledad.
Siempre había podido contar con sus amigos de toda la vida y aunque las circunstancias les han mantenido a distancia, siempre han podido ayudarse los unos a los otros, sobre todo, su mejor amigo Patroclo. Estaba ahí para apoyarla y mantenerla con los pies firmes en la tierra, sin divagar en su propio sufrimiento y luchar para seguir adelante. Siempre le tendía la mano y le recordaba que ellos tenían que superar cualquier adversidad.
Disimuladamente, miró hacia la esquina de la habitación y aún podía sentir la presencia de ese individuo, ese leve olor a azufre y por alguna razón, le avergonzaba que hubiese presenciado algo suyo tan personal. Aún no podía decidir si era "alguien" bueno o malo, no era tan ingenua y algo le decía que esa presencia podría traer problemas, "aunque hablar con él es agradable".
Patroclo tenía razón y no podía dejarse "vencer" por las palabras de esa mujer:
— No me digas que has estado fisgando, — le respondió Eri, sabía que su voz sonaba seca y cortante, pero es que no quería que nadie la viese o, como había hecho Patroclo, escuchase lo vulnerable que era.
— No te iba a dejar sola en el hospital y menos cuando vi al pervertido de Pancras y a la bruja de la suma sacerdotisa.
— Jajajajaja como si no fueras un pervertido…, sabes que no puedes estar aquí. — Era cierto, si descubren que él estaba ahí se podía meter en un buen lío, ya que estaba prohibido forjar cualquier tipo de relación más allá de tu familia. Una absurda ley del Rey, para dividir a la población y mantener la distancia entre todos.
— Ja, ja, muy graciosa, solo sé admirar la belleza de la mujer — dijo el chico orgulloso de ello. A Eri le hizo mucha gracia, Patroclo era muy gracioso, pocas veces mostraba ese lado suyo, pero con Erianthe siempre lo hacía. "Si es que la confianza da asco…", pensaba Eri con cierta alegría.
— Gracias por venir, Pat, pero no te quedes ahí parado y ayúdame a levantarme, creo que me he quedado clavada.
— Jajajajajjaajaja ¡abueeela! Tendré que engrasar las ruedas de tu carro.
— Deja de burlarte de mí, que me ha atacado una manticora. Me duele todo, hasta las pestañas… — le contestó haciéndose la indignada.
— Lo dicho te haces vieja.
— Deberías respetar a tus mayores, Pat.
— Puff, no me vengas con esas Eri, eres solamente 5 minutos mayor que yo.
— ¡Suficiente para que me respetes como la mayor! - dijo Erianthe con aire de autosuficiencia. En eso los dos se miraron y empezaron a reírse, la verdad es que disfrutaban de esos momentos en los que bromeaban y se divertían, básicamente, aún seguían siendo unos críos que tuvieron que cargar con las responsabilidades de un adulto.
Hades los miraba irritado, le cabreaba soberanamente que ese par se llevase tan bien y que tuvieran esa complicidad, pero entendía nacieron el mismo día, casi a la misma hora, por lo que, se han criado toda la vida juntos…, algo que no podía competir, "Ja, ya verá ese mocoso cuando tenga esa mocosa para mí, se le van a acabar las bromas", pensó el dios del Inframundo, mientras ya iba maquinando su plan.
De golpe se oyó ruido fuera de la habitación y los dos chicos se callaron de inmediato, por suerte, era una enfermera que iba a la habitación de al lado, pero esa fue la señal para empezar a pensar en salir de ahí…
— Patroclo, ayúdame a recogerlo todo, debemos salir de aquí, tengo un mal presentimiento… — y sin decírselo dos veces el canterano, recogió las pertenencias de su amiga y la ayudó a levantarse.
— Auch! Como duele… — se quejó la hija de Hércules, aunque sus heridas no eran graves, sentía que tenía el cuerpo entumecido, así pues, Patroclo decidió cargar a Eri en el hombro como un saco de patatas.
— ¡Qué rayos estás haciendo! ¡Bájame! - a la pobre Erianthe le daba mucha vergüenza esa situación, pero en realidad no tenía otra opción.
— Venga, no te quejes. Salgamos de aquí antes de que vengan los guardias, tengo el presentimiento de que vendrán a buscarte y si me pillan aquí, aún será peor. — salieron por la puerta sigilosamente, afortunadamente, no había nadie y podía ir directos por el pasillo hasta unas escaleras de auxiliares que no mucha gente utilizaba.
Patroclo era un chico delgado, pero bastante fuerte y veloz, cargar a Eri que no pesaba mucho y correr lo máximo que le permitía esa situación fue pan comido. Bajaron por las escaleras hasta el sótano del hospital, pues este lugar albergaba un secreto y es que existía un hospital subterráneo dedicado a la población que no podía pagar los gastos médicos, básicamente casi toda la ciudad. Había sido idea del propio Hipócrates, quien siempre pensó en curar a los demás por encima de su estatus social, sin importar si lo podían pagar.
Cualquiera que bajase al sótano no vería nada fuera de lo común, detrás de una estantería destartalada se escondía este lugar clandestino, que además conectaba con varios sitios que también querían pasar "desapercibidos" a los ojos del Rey.
Patroclo movió la estantería y pasaron los dos, aunque cuando iba a cerrar notó que algo más, como si hubiese otra persona, pero no vio a nadie, así que no le dio importancia, lo que no sabía es que el mismísimo Señor de los Muertos les estaba siguiendo, quien observaba con curiosidad este nuevo lugar, "vaya sitio más decadente", pensó Hades.
El sitio era una simple estancia muy amplia, con muchas columnas y que estaba iluminado por unas pocas antorchas, dando un aspecto lúgubre, "es como estar en el Inframundo, pero con vivos agonizando". Y se equivocaba. En toda la estancia había muchas camillas, varias de ellas juntas con gente lastimada o enferma, casi al borde de la muerte.
— Espera, Pat. Bájame, voy a cambiarme en el cobertizo de allí, aún voy con el camisón del hospital - dijo Eri, pues no podía seguir de esa guisa.
—¿Necesitas ayuda? - dijo de forma sugerente el chico.
— Ni coña, ya soy mayorcita para atarme las sandalias, además paso de que manosees - le espetó Eri, aunque sabiendo que le estaba tomando el pelo y que lo hacía para chincharla.
"Eso es muy de Meg", pensó Hades. El chico se rio y dejó a Erianthe en el suelo, rápidamente se fue al cobertizo y se puso la ropa del trabajo. Estaba sucia y manchada de sangre, "mierda" pensó Eri, pues iba a tener que crear una muy buena excusa para presentarse en casa de esa guisa.
— Vale, ya estoy. ¿Por dónde vam... — no pudo acabar de contestar cuando un chico en muletas se acercó a ellos.
— ¡Chicos! Que os trae en los bajos fondos de Tebas, ¿venís a traficar?
— Ni que fueras un camello, Tadd - le espetó Patroclo.
— Oh, venga hombre, no tenéis sentido del humor… — Tadd era un chico bajito, debido a que tenía un problema en las piernas, de pequeño tuvo un accidente que casi lo deja paralítico, pero con mucho ímpetu consiguió algo de movilidad, pero, aun así, no se le acabaron de desarrollar bien las piernas y necesitaba de muletas para andar. No obstante, siempre ha mostrado un gran sentido del humor y una gran inteligencia, es más, todos los que le conocían sabían que era un genio. — bueno, que os trae por…, Santa Hera, Erianthe, ¿qué te ha pasado? Estás, estás…
— ¿Herida?
— No, iba a decir horrible, pero esa también es una buena pregunta, ¿estás herida?
Todos los presentes se quedaron mirando al chico con cara de incredulidad, aunque tanto Patroclo como Erianthe ya estaban acostumbrados. Hades fue el que se quedó muy atónito y pensó "genial, un rarito".
— Pues, verás Tadd…
— Casi le come una manticora, como te quedas - cortó Patroclo a Eri.
— ¡Oye!
— Molaaaa, ¿sabéis que las colas de las maticoras albergan un veneno paralizante? Tuviste suerte si no te paralizó, Eri.
— Anda, pues no lo sabía, menos mal…
— Tadd, ¿nos acompañas hasta la taberna de Ilena? Hay que sacar a Eri de la ciudad.
— Claro, ningún problema, seguidme.
Y se pusieron en marcha, esquivando las numerosas camillas que había repartidas. Durante un rato estuvieron en silencio, hasta que Tadd, decidió romper el silencio:
— ¿En qué lío te has metido, Eri?
— Se le ha presentado la suma sacerdotisa en la habitación del hospital.— A Eri no le dio tiempo responder, pues fue Patroclo quien explicó la situación a Tadd.
— Mmmm, ya veo, así que ha revelado tu identidad, e imagino que te ha propuesto ir a palacio a "servir" al Rey, ¿no es así?
Erianthe siempre se sorprendía de Tadd, mentalmente era muy astuto y ataba los cabos muy rápido, por eso, era el mejor pensado en estrategias, aunque el trato con las personas no era su fuerte, pero un chico genial con quien siempre podías confiar.
— Sí…, me lo ha sugerido.
— Imagino que le dirás que no. — le espetó Patroclo.
— No puedo negarme, si lo hago matarán a mi familia.
— Sabes perfectamente que si entras a palacio como concubina, nunca más vas a poder salir.
— Lo sé, Pat, pero no tengo otra opción. Además, cada vez escasea más el dinero en casa, mi madre no está muy bien de salud y hay que comprar más remedios. — contestó apenada Eri.
— Pues tráela aquí, e Hipócrates intentará buscar un remedio definitivo.
— No, ella no quiere venir a Tebas. No desde lo que ocurrió hace años…
— Pero Eri, si entras…, ¿sabes lo de las desapariciones? Estamos seguros de que el Rey está matando a todas las chicas que entran a palacio.
— ¿Os lo ha dicho, Evan?
— Sí, ya sabes que él se ha infiltrado para ser de la guardia real.
— Sí, pero aunque tenga información privilegiada, hasta dentro de uno o dos años no pasará a ser un guardia real como tal, por lo que, nuestro plan se retrasará aún más. — Eri puntualizó. Tadd se paró y miro a la chica con cara muy seria:
— Sugieres adelantar el plan? ¿Quieres ser quien nos abra las puertas del palacio?
— Sabéis tan bien como yo, que sería la mejor opción, hay que derrocar al Rey.
— Pero, Eri, podrías poner en peli-
— En realidad, Pat, es nuestra única esperanza.
— ¿Qué? ¡Qué dices Tadd, sabes que podrían matarla!
— Lo sé, pero sabes de sobra que los de palacio traman algo. Aparte de las desapariciones, hay muchas más redadas por parte de la guardia, ¿acaso no ves cómo está el hospital? Está a los topes, más que de costumbre. Lo que esté tramando palacio, lo está acelerando y más cuando ha enviado a la suma sacerdotisa a buscar una concubina para el Rey…
— Pat, estaré bien, no te preocupes.
— Sí, pero vas a tener que esconderte hasta entonces, no vas a poder ir a la cantera.
— ¡Aun así, tengo que trabajar!
— Eri, saben quién eres! Si no nos hubiéramos ido de la habitación, los guardias te habrían arrestado y te hubieran metido en las mazmorras hasta que cumplieses 16 años.
— En eso tienes razón, Patty-
— No me llames Patty, "Tarado"— se irritó Patroclo por el apodo de su amigo.
— Jajajajaja qué fácil es picarte…, pero tienes razón, Eric se tiene que esconder, no la dejarían escapar ahora que la han encontrado. Habéis hecho bien, pero ya verás que habrá más incursiones para buscarla…
Erianthe agachó la cabeza, no querían que vieran su cara, le dolía que por su culpa iban a empeorar las cosas, siempre había intentado pasar desapercibida para que nunca supieran quién era en realidad.
Hades la observó, en parte estaba satisfecho del caos, de la desesperación y el olor a muerte que rezumaba por todas partes, un olor putrefacto y nauseabunda, pero no le gustaba que la mocosa fuese la moneda de cambio, la llave de su supuesto plan. Él era el único que podía hacerla sufrir eternamente; sin embargo, no quería verla muerta, no aún.
Erianthe se paró, una mano se posó sobre su hombro, alzó la vista y vio la cara de Patroclo.
— No te preocupes, Eri, haremos que funcione, te lo prometo. — dijo con una tierna sonrisa.
— Vale, vale, me habéis convencido, pero ya me esconderé por mi cuenta, por suerte, vivo en el campo…
— ¿Estás segura?
— Sí, sí, además como voy a desaparecer 6 meses sin que mi madre lo sepa o sin que le pueda dar dinero para comida o remedios.
— Cierto, bueno, me dejas más tranquilo con eso…
Después de sortear el hospital, de ver a gente demacrada, con amputaciones, úlceras…, vamos de todo. Llegaron a una red de pasadizos, que por suerte, Tadd, recorría cada día y se lo sabía de memoria, básicamente, por qué vivía recluido bajo tierra a causa de su discapacidad, ya que si lo pillasen lo ejecutarían por no ser un ciudadano "útil" para trabajar. Cuando todos llegaron a un portón, Tadd sacó de su saco 3 máscaras:
— Chicos, poneros las máscaras, hay que mantener nuestra identidad secreta. — dijo susurrando. Cuando vio que todos se pusieron la máscara, picó 3 veces y la trampilla de la puerta se abrió:
— Contraseña.
— Benditos sean los pechos de la tabernera. — musitó alegre el chico de las muletas.
El portón se abrió:
— Bueno, bueno, damas y caballeros, ¡bienvenidos a la taberna clandestina de los hijos de la revolución!
