Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.
Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.
Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.
Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.
Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.
Isabella POV
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"Romance en Nueva York.
El empresario y soltero más cotizado de Seattle fue visto recientemente paseando por las calles de la ciudad de Nueva York en compañía de una hermosa mujer. Esta es la primera vez que se le ve a Christian Grey en compañía de quien sería su nueva novia, Isabella Swan. Esta mujer es una periodista y editora de renombre, además de empleada e inversionista del Seattle Times, y ahora, es la mujer más envidiada de la ciudad y del país completo.
La pareja fue vista un par de semanas atrás disfrutando de los museos, bares y atracciones de la gran manzana, además de tener un día de compras por las tiendas exclusivas de Manhattan al estilo de la película "Pretty Woman". En Seattle, el lugar de residencia de esta pareja, se les ha visto paseando, visitando restaurantes e incluso visitando la casa del otro en dónde han pasado veladas juntos. Fuentes cercanas a la pareja comentan que Isabella ha sido presentada oficialmente a la familia Grey con quienes tiene una muy buena relación, además de que el famoso Grey Bachelor también ha conocido a la familia de la periodista.
Se espera que sea en las siguientes semanas cuando hagan ante las cámaras su debut oficial como pareja."
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—¿No crees que… te excediste un poco?
—No. No lo creo.
—Yo creo que sí. Si, lo hiciste.
—No. No lo hice —resoplo. —No es mi culpa que la persona que escribió este artículo dijera tantas cosas buenas sobre mí.
—Que modesta, Bella —la voz de mi amiga a mi lado me hace sonreír. No la miro, pero puedo apostar a que rodó los ojos. —¿Qué dicen los demás artículos?
Cerca de las 3 de la mañana, antes de que el sol saliera anunciando un hermoso domingo, la página web del Seattle Times publicó el artículo con la noticia del nuevo "love affaire". Cerca de las 5 am, ya se había extendido en toda la web y las redes sociales. Fue para las 7am que la edición física del periódico ya estaba por todos lados, cuando las cosas colapsaron y se fueron a la mierda.
Esa mañana, cuando se dieron cuenta de lo que sucedía, la prensa de todo el país comenzó a compartir la noticia y a buscar información hasta por debajo de las piedras. Según varios mensajes que Julie me ha enviado, están revisando mis artículos publicados, el portal del periódico, mis redes sociales y las de mis conocidos, cualquier lugar que pueden para sacar información sobre mí. Al inicio me puse nerviosa, pero Christian me aseguró que sea lo que sea que encuentren sobre mí, será lo mismo que sus hombres expertos en el tema encontraron.
La falsa historia de mi pasado sigue como la única historia de mi vida.
Para el almuerzo del día en que salió el anuncio, estábamos sentados en la mesa del comedor en casa de Charlie mientras nos bombardeaban con diversos artículos y notas que decían cosas como: "Christian Grey tiene un romance. "El soltero más cotizado de Seattle ha sido atrapado" "El exitoso empresario y su irrelevante nueva novia" ¿Quién es y de donde salió la nueva pareja del empresario Christian Grey? "Christian Grey e Isabella Swan" "Isabella Swan, la mujer más buscada en Google el día de hoy" "¿La nueva "It Couple" del momento?
—Dice que somos la "It Couple" del momento —respondo a su pregunta.
—¿Qué es eso? —la voz de mi jefe se escucha a mi otro lado.
—Algo como lo que eran Britney Spears y Justin Timberlake en los 2000 —Angela responde. —Ya sabe, ellos eran "La pareja". Dos celebridades, la pareja más famosa del momento, la más elegante, popular, exitosa y a la moda ante el ojo público.
—¿Son los que usaron ese conjunto de ropa hecha con trozos de mezclilla? —mi jefe nos mira. Le regreso la mirada con una ceja levantada, no puedo creer que conozca de la época dorada del mundo pop.
—Sí, ellos —Angela acepta.
—¿Nos tenemos que vestir en atuendos de mezclilla? —hago una mueca de disgusto.
—No. Pero, pueden usar ropa en conjunto —propone Angela. —Como en el almuerzo en casa de los Grey. Se veían lindos.
—Hablando de los Grey —mi jefe se aclara la garganta. Da un vistazo a nuestro alrededor para asegurar que no haya nadie escuchándonos. —¿Encontraste la información que buscabas?
—No, no lo hice —admito. —Fue demasiado, para obtener nada.
Es inevitable que una corriente helada recorra todo mi cuerpo. La cálida sangre en mis venas se congela.
—Pero, las risas no faltaron —Angela intenta bromear. Le lanzo una mirada asesina. Yo no recuerdo haberme reído en todo el fin de semana, bueno sí, un par de veces solté unas carcajadas histéricas. —Enviar a alguien en prisión no estuvo en mis propósitos para este año, pero, no me quejo de haberlo conseguido.
—Ayer Charlie corrió a Christian y a Sue de la casa para poder regañarme y decirme lo estúpido e innecesario que había sido todo —me quejo. —Además, estaba molesto por haber usado a sus oficiales como parte del plan.
—El golpe que Christian le dio, yo no lo vi tan innecesario.
De nuevo, le lanzo miradas asesinas a mi amiga.
—¿Christian golpeo a tu padre? —el señor Grayson me mira con los ojos muy abiertos.
—Pero no fue a propósito —murmuro.
—Yo digo que sí —Angela dice, su tono es pensativo. Sacudo mi cabeza. —Pero eso solo nos dio la excusa para llamar a Carrick y convencerlo de que fuera hasta Forks.
—Al menos valió la pena todo eso. Charlie si consiguió un poco de información de parte de Carrick —confieso.
—¿Lo hizo? —ambos me preguntan con asombro.
—Se hizo amigo de Carrick —digo. Una risa brota de mí. —En realidad, lo embriagó un poquito para sacarle información.
—Que inteligente —sonríe Angela. —Por eso estaba cómodo con la idea de ir de pesca con su consuegro.
—¿Fueron de pesca? ¿Y no me llevaron? —mi jefe dice refunfuñando. Yo me encojo de hombros. —Llamaré más tarde a Carrick. Por cierto ¿qué estábamos buscando mal nosotros?
—Christian nació en Detroit —exhalo. —Ahí sucedió todo, ahí murió su madre, ahí lo adoptaron los Grey antes de mudarse aquí, a Seattle.
—¿Cruzaron todo el maldito país? —Angela abre los ojos al máximo.
—No juzgo —digo. —Nosotras consideramos hacer eso hace algunos años.
—Con razón no podíamos encontrar nada más allá de lo que decidieron hacer público aquí en la ciudad —el señor Grayson asiente.
—De todos modos, muchas gracias por ayudarme —le digo a mi jefe. —No tenía que hacerlo.
—No, no tenía —acepta sin mucha emoción. —Pero resulta que yo también soy chismoso.
—Ahora que sabes la información que Charlie te dio, ¿qué harás? —Angela me mira, sus ojos entrecerrados y sus brazos cruzados sobre su pecho.
—Esperar —le digo. Ella abre los ojos, alarmada a mi respuesta.
—¿Es tan malditamente necesario que la reunión sea un lunes a las 7am? —Julie llega hasta nosotros, su cuerpo se arrastra perezosamente. Sus ojos están entrecerrados, aun no nos ha visto por completo. —Mi turno comienza en tres malditas horas.
—Buen día, Julieanne —mi jefe saluda, su voz es de un tono muy amable y dulce. —¿Cómo amaneciste el día de hoy?
—Amanecí —responde entre dientes.
—Ya somos dos —suspiro. Las punzadas en mi cuerpo y el dolor de cabeza me están comenzando a ser muy fastidiosos.
—Somos tres, en realidad —Angela dice. Julie hace un puchero, sus ojos se colocan sobre el señor Grayson antes de posarse sobre nosotras.
—¡¿Qué carajo les pasó?! —chilla. Cualquier rastro de sueño presente en su rostro, ha desaparecido.
—Tuvimos un accidente, hace unos días —respondo. —Estamos mucho mejor que a comparación de hace dos días, si me preguntas.
Julie parpadea, su cerebro procesando mis palabras.
—¿Por qué no me avisaron? —jadea. —¡Isabella! Hablé contigo ayer.
—No te lo dije porque no queríamos preocuparte —le digo en tono conciliador. Mi cuerpo se encoge ligeramente. —Ya teníamos a bastantes personas preocupadas.
Julie junta sus cejas. Sus ojos se pasean de arriba abajo por nosotras, cuando ve los evidentes moretones o los pequeños parches donde están las puntadas, suelta un jadeo dolido.
—¿Están bien? ¿En verdad? —pregunta con seriedad. Puedo notar la preocupación en ella.
—Si tenemos bastantes heridas, pero te aseguro que son superficiales —Angela dice. —Aunque, si tomaran un par de semanas en sanar.
—Ahora estamos mucho mejor, Julie —le sonrió a la secretaria. —No te preocupes.
—¿Están listas? —mi jefe nos pregunta sus ojos se detienen en nuestros rostros.
—Me duele la cabeza —consigo decir.
—Dame una hora y te aseguro que la migraña estará acabando contigo —dice mi jefe.
—Eso no me hace sentir mejor —le digo.
—No intentaba hacer eso —me sonríe. —¿Ya sabes qué hacer?
—Cortar sus cabezas antes de que ellos me corten la mía —digo.
—Ese es un buen resumen —sonríe el señor Grayson. —Por cierto, Angela ¿está lista la conferencia de prensa?
—Karina acaba de informarme que el auditorio está listo —acepta mi amiga. —Están todos, todos los reporteros y camarógrafos de la lista que me dio.
—Mierda —jadea mi secretaria. —¿Más cámaras y reporteros?
Angela asiente en silencio.
—Llegar aquí ya fue bastante difícil —suspiro. El recuerdo me pone tensa.
—Los paparazis son jodidamente odiosos —mi amiga gruñe. — Son unos idiotas, hostigosos, dramáticos, imbéciles y sin respeto por las demás personas.
—Te recuerdo que tú también eres como ellos —nuestro jefe le da una mirada reprobatoria. —Pertenecemos al mundo periodístico y somos considerados prensa.
—¡Yo no soy tan idiota como ellos! —se defiende mi amiga.
—¿Las siguieron? —Julie nos mira, entretenida. —¿Estaban obstruyendo la entrada de su casa?
—Nos trajeron en helicóptero —confieso. Julie levanta las cejas. —Aterrizamos en el helipuerto del Safeco Plaza, de ahí, Elliot nos llevó a Ang y a mí al Fairmont Olympic Hotel.
—¿Elliot? —Julie levanta las cejas.
—El novio de Angela —digo yo.
—El hermano de Christian —responde mi jefe.
Angela se tarda unos segundos en procesar mis palabras, cuando lo hace me empuja. —Idiota, Elliot no es mi novio.
Me rio.
—Al menos ahora comprendo porque las celebridades tienen tantos guardaespaldas —digo.
Es inevitable que me estremezca. Los pequeños minutos que la camioneta de Suzanne estuvo rodeada por todos esos fotógrafos, fueron aterradores.
Mirar por la ventana del auto, a través del cristal polarizado, a todas esas personas que se supone que eran incapaces de mirarme pero que mantenían sus ojos en mí de alguna manera… se sentía como estar en una jodida vitrina de exhibición.
—Deberías contratar guardaespaldas —Angela me mira. —Necesitarás todo tipo de protección posible.
—¿Por qué no se ha publicado ese artículo? —suelto la duda que lleva toda la mañana atormentándome. —¿La gente del New York Times sabe lo que sucede?
No necesito mirar a alguien en especial para que mis acompañantes comprendan a quien estoy preguntando.
—Si tu idea es preguntarle a Lucas, me temo que no podrá responderte —mi jefe dice burlonamente. Hago una mueca, adivinó mis intenciones. —Lo único que sé es que lo retrasaron.
Doy un respingo por esa información. Mi gesto capta la curiosa atención del señor Grayson.
—¿Preferirías que estuviera publicado? —me mira, su gesto es medio divertido, medio confundido.
—No —respondo. Mi jefe levanta las cejas. —Si —digo. Frunce el ceño. —Me lleva el carajo. No sé.
—Tranquila —suspira cariñosamente. —Sea lo que sea que esté pasando, lo peor que puede pasar es que ese artículo sea publicado. No puede empeorar más.
Si, eso quiero creer yo tambien.
—¡Ya estamos todos! —Suzanne entra agitada a la oficina. —¿Están listos? Ya están llegando.
Hace algunos minutos, había bajado a la recepción del edifico para mirar un poco el contexto de la situación, además, estoy segura que fue ella quien le dijo a Julie dónde nos encontrábamos.
—Será mejor que vaya para recibirlos —el señor Grayson se levanta. —¿Ya sabe cada una lo que debe hacer?
—Sí, señor —Julie asiente frenéticamente.
—Vamos a patear traseros de millonarios —Suzanne ríe con malicia.
—Si salgo viva de esa reunión —digo en tono inocente, —¿puedo tener vacaciones?
—¿No has tenido suficientes? —levanta una ceja mi jefe.
—No —me encojo de hombros. Me mira, me analiza por algunos segundos.
—Bueno —acepta. Me ofrece una sonrisa.
—¿Puedo tener incapacidad? —Angela se gira a preguntarle. —Yo también estoy accidentada.
—Bueno —el jefe dice de nuevo después de unos segundos. Suzanne se ríe y nos guiña un ojo.
—¿Puedo irme yo también? —Julie pregunta batiendo sus pestañas.
—No —responde el señor Grayson.
—Bueno, lo intenté —resopla mi secretaria. De nuevo mira al hombre batiendo sus pestañas en el proceso. —¿Puede darme al menos deme un aumento?
—Lo pensaré —le responde. Julie sonríe, sabe que ya lo tiene.
—Que comience la función —dice Suzanne. —Las vemos arriba.
Los dos jefes comienzan a alejarse de nosotras, hablando entre ellos. Nos dejan a solas en la oficina y ellos suben a la sala de reuniones que se encuentra varios pisos arriba, la misma donde Christian y yo nos vimos por segunda vez, después de conocernos en el Lounge.
—Vamos —murmuro. —Deberíamos ir subiendo.
—Estoy teniendo un puto déjà vu —Angela jadea a mi lado. —Vamos.
Ambas nos ponemos de pie, Julie intenta dividirse en dos para poder ayudarnos, pero su intento es inútil y solo hace una mueca cuando escucha nuestros quejidos y lamentos de dolor.
Salimos de la oficina, pasamos por el pasillo y vamos en dirección al elevador. Mi secretaria ya se ha adelantado y está esperando por nosotras sosteniendo las puertas abiertas. Pasan exactamente tres minutos hasta que Angela, Julie y yo estamos en el piso donde será la reunión.
Doy un análisis a la situación, hay hombres y mujeres que saludan a Suzanne y a Mr. Grayson cuando cruzan la puerta hacia la sala donde será la junta. Algunos se detienen por más tiempo, diciendo algo a lo que mi jefe responde empujándoles por la puerta.
Como si todo se tratara de un plan perfectamente trazado, Angela y yo somos las últimas personas requeridas para esta reunión en llegar a este piso. ¿Casualidad? No, no realmente. Esta mierda si fue planeada por nuestros jefes y por nosotras.
Por la esquina de mis ojos percibo a Julie moviéndose hasta el escritorio de Eva. La mujer nos regala una sonrisa alentadora.
Mi amiga y yo arrastramos nuestros cuerpos. Angela lleva su bastón y yo la estúpida muleta que me ayuda a liberar mi pierna lastimada del peso de mi cuerpo. Nos acercamos a la oficina, pero nos quedamos a una distancia donde podemos ver el interior, pero las personas al interior no pueden vernos.
—Grayson —se escucha una voz en cuanto mi jefe entra a la sala de reuniones. No necesito mirar al hombre para saber quién está hablando. —¿Qué mierda estás haciendo?
A través de cristal que forma los muros de la sala de reuniones, veo la silueta de mi jefe llegar a su lugar con calma.
—Buen día a todos —la calmada voz de mi jefe ofrece un salido a todos, a la vez, ignora al hombre que gritó cuando le vio entrar. —Debo agradecerles el tiempo que han hecho en sus apretadas agendas para nosotros.
—¡Leonard! —gruñe de nuevo el hombre.
—Lamento los pocos modales —escucho el siseo de mi jefe, casi lo puedo ver lanzándole dagas con los ojos al hombre, —con los que se pidió su presciencia aquí, pero la reunión de hoy es muy necesaria.
—Ve al punto, Leonard —la orden se escucha aún más alta que su grito anterior.
Angela y yo hacemos una mueca de desagrado. En esta empresa hay algo que no toleramos, y es a personas altaneras, soberbias y engreídas como este hombre.
—Pero que mal educado —digo. Angela asiente.
La silueta de mi jefe se pone de pie. Camina con extrema lentitud hacia la puerta de la sala de reuniones.
—Esa es nuestra señal —dice Angela.
—Andando —acepto. Ambas nos movemos hasta llegar a nuestro destino.
—Hora del Show —exhala Angela.
—¿Por qué no hay seguridad en este maldito edificio? —jadeo. Mi mano sana empuja la puerta de cristal dejándome a la vista de todas las personas al interior de la sala de reuniones. —¡Miles! ¡¿Millones de dólares que hay y no podemos tener a un guardia decente?!
—Ups —Angela jadea. Sus manos me jalan hacia atrás. Muerdo mi labio para ahogar el jadeo de dolor que me amenaza con brotar de los labios. —Lamentamos la interrupción.
Doy una mirada a los presentes.
Todos los asientos que hay en esas mesas con acomodos estratégicos, están ocupados, a excepción de dos que están a un costado del asiento del señor Grayson, los asientos dónde usualmente estamos Angela y yo. El resto de personas están ahí, todos los inversionistas y directivos del Seattle Times están allí. Puedo ver a Lucas y los dos directivos del New York Times a sus costados.
Entrecierro los ojos buscando ver más claramente el rostro de todos ellos. Las expresiones en ellos, son distintas. En esa sala de reuniones, hay un gran espectro de emociones a las que no quiero enfrentarme. Pero, resulta que ya estoy aquí. Ya me jodí.
—Lo lamento —digo reponiéndome. —No era nuestra intención llegar tarde.
—No lo puedo creer —chasquea la lengua alguien. Mis ojos se desvían rápidamente esa persona, el senador está sacudiendo su cabeza con decepción y molestia.
—Señorita Swan —la voz de otro hombre llega a mis oídos. Es altanera, molesta, arrogante y despectiva. —¿Quiere explicarme que carajos está pasando?
—No señor Morgan, no quiero —respondo. —Yo debería estar en un maldito hospital descansando y reponiéndome del desafortunado accidente por el que pasé hace un par de días, no dándole explicaciones.
—Me importa una mierda eso —gruñe.
—Pues no debería —gruño usando su mismo tono. —Usted convocó a esta estúpida reunión. Yo tengo mis documentos con la incapacidad que he solicitado y la cual no se está cumpliendo.
Me mira. Puedo ver las aletas de su gran nariz dilatarse.
—Señorita, Swan… —intenta gruñir. Lo corto.
—Ahora, si me disculpa, abusaré de su caballerosidad y me tomaré un par de minutos en llegar a mi asiento.
—Lograron llegar —Suzanne dice con amabilidad. Le lanza una mirada asesina a los hombres frente a nosotras. —Eso es lo importante.
Con cuidado me arrastro con ayuda de la muleta por detrás de la mesa, rodeando a la mujer y su silla para llegar a mi asiento.
—Permítame, señorita Swan —la voz oscura, dominante y seductora llega a mis oídos. Por primera vez el día de hoy, por primera vez desde que entré a este maldito lugar, mi atención se coloca en él. Mis ojos lo observan levantarse de su asiento y caminar los tres pasos que nos separan.
Joder.
Casi caigo sobre mis malditas rodillas a sus pies. Christian luce malditamente guapo y elegante en su traje Armani hecho a la medida, el color gris Oxford de la tela, mezclado con su camisa color negro lo hacen ver amenazante y peligroso.
Como el caballero que es, me sujeta para ayudarme a sentarme con cuidado en mi silla. En cuanto su mano sostiene mi brazo herido, una ola de paz recorre mi cuerpo. Es inevitable que me sienta segura, tranquila, cuidada. Es inevitable que me sienta poderosa, invencible. Es inevitable que me sienta dispuesta a sacrificar todo, a destruir este maldito mundo solo por protegernos.
—Que hipócrita —alguien escupe. Esas palabras son ignoradas.
—Gracias —suspiro. Cuando se asegura que yo esté cómoda en mi asiento, él regresa al suyo. Veo que el señor Grayson hace lo mismo con Angela.
—Angela, Isabella —mi jefe nos mira mientras vuelve a su asiento. —Les agradezco el esfuerzo que a ambas les representa estar aquí.
—De nuevo, lo lamentamos —Angela se disculpa. Más por compromiso que por voluntad.
—Es comprensible su retraso.
—¿Lo es? —el señor Morgan gruñe.
— Todas las entradas del edificio están llenas de reporteros y fotógrafos —le explico. Muevo mi cuerpo —No nos dejaban pasar.
—Todos nosotros caminamos para llegar aquí —dice el senador, no oculta el resoplido en su voz. —¿Por qué ustedes no?
—Porque usted tiene la buena suerte de estar saludable, senador —le respondo en el medio de un quejido. —Nosotras no tenemos tanta buena suerte. Y, hasta dónde sé, las personas con discapacidad son prioridad para muchos aspectos de nuestra vida como sociedad.
—Tal vez solo se quedó a dar entrevistas a los reporteros, señorita Swan —dice tercamente el senador. Internamente pongo los ojos en blanco.
—Yo no necesito ganarme el cariño de las personas con cosas tan estúpidas, senador —digo levantando la barbilla. —No soy yo quien está en campaña en estos momentos.
—¡Pero que insolente! —el señor Morgan chilla en tono agudo. Sus manos me señalan.
—Aunque… considerando la larga lista de atributos que creo se me están otorgando —hago referencia a las notas que descansan sobre la mesa. Todas esas notas que desde ayer hablan de mí, —quizás no sea mala idea postularse. Lo pensaré y quizás lo considere.
—Espero que no —alcanzo a escuchar el murmuro del senador. Oculto una sonrisa.
—¿Pueden ponernos al tanto de las cosas, caballeros? —Angela interrumpe, su cabeza va de un lado a otro deteniéndose en algunos rostros. —Al parecer, no todos estamos enterados de la situación que amerita esta reunión.
—Debieron llegar a tiempo como todos nosotros —el señor Morgan dice. —Como dice el senador, nosotros nos esforzamos para llegar a tiempo, ningún reportero se nos acercó, nadie nos detuvo al entrar.
—Le pido disculpas si nuestras recientes lesiones causan que se nos dé prioridad, señor Morgan —mi amiga dice. Su tono amable me da escalofríos. —¿O quizás se está perdiendo el interés en personajes como usted?
Un par de toses fingidas se escuchan alrededor de la mesa.
—No se sienta importante, Señorita Webber —el hombre gruñe. —No todo se trata de usted o de la señorita Swan.
—Volviendo al tema —mi jefe se coloca en su mejor personalidad seria. —Primero quiero agradecerle al personal del New York Times que nos acompaña el día de hoy —apunta con su palma a Lucas, al Sr. Kahn y a la Sra. Kopit quien le dan un gesto de saludo a toda la mesa. —Como ya saben, nuestra empresa ha sufrido unos cambios últimamente, pero al parecer hay un tema que está causando asombro en varios de ustedes.
—¿Porque ella? —pregunta el señor Morgan. Casi suelto un bufido. ¿Es que al hombre no le enseñaron modales?
Al menos ahora sé quién será el primero en atacar. No me sorprende, ya lo esperaba.
—Cómo iba diciendo —ahora es mi jefe quien le ofrece una mirada molesta al hombre que continua interrumpiéndolo. —Hace unos días los reuní aquí para hablar sobre la propuesta del New York Times para fusionar ambas empresas. La fusión ha sido un éxito.
Todas las personas se mueven y aplauden.
—Ahora, parte de los requisitos para que sucediera la fusión, era realizar una exhaustiva investigación a los empleados —mi jefe le hace un gesto a Suzanne para que coloque algunos datos en las tabletas que descansan frente a las personas que los acompañan. Puedo ver el brillo reflejarse en sus rostros, puedo ver sus cuerpos inclinarse con atención a lo que ven. —Decidimos terminar los contratos de algunas personas, lamentablemente, esos cargos han quedado disponibles, aunque, ya se han decidido las personas que serán promovidas para desempeñaran esos cargos.
—Sí, Leonard. Nos enviaste el memorándum —para mi sorpresa, quien habla es Meredith Kopit, la jefa de las oficinas del periódico NYT. —No le veo el problema. Tus argumentos han resultado asombrosos para justificar las decisiones que has tomado.
—Gracias, Meredith, pero al parecer, en esta reunión hay ciertos personajes que no están de acuerdo con lo que se ha decidido —el señor Grayson hace un mohín.
Es inevitable que sonría al escuchar a mi jefe usar la palabra elegante que usamos para llamar suplir la palabra "idiota".
—Leonard, amigo —el señor Morgan habla. —¿Vas a dejar la empresa en manos de jóvenes, Leonard?
—Si —responde mi jefe con tranquilidad. —Los viejos nos vamos a morir, Oliver. Los jóvenes serán el futuro.
—¡Son inexpertos y estúpidos! —se queja el hombre. ¿Él no fue joven alguna vez? ¿Por qué ahora vienen a juzgar a las personas más jóvenes que él? ¿Será que no se ha dado cuenta de que ya envejeció?
—Aun no comprendo, caballeros —Meredith habla, su rostro va y viene entre ambos hombres. —¿Cuál es el problema?
—¿Cuál es el problema? El maldito problema es que la reputación de mi empresa es lo que está en juego —gruñe el señor Morgan.
Claro, ahora resulta que él hombre tiene que cuidar su reputación y la de la empresa. ¡Y le importa poco a quien sacrifique en el proceso!
Jodido idiota.
—Ya no es tuya —mi jefe entra a defender a su empresa. —Me vendiste tu parte de la empresa, Oliver, hace años. Actualmente solo eres un inversionista más.
Una sonrisa se coloca en mi rostro. El idiota se remueve con incomodidad. ¿Ahora se siente avergonzado? Alguien tan prepotente como él no tiene derecho a sentirse así cuando lo exhiben, sobre todo cuando esa persona es su supuesto amigo.
—Señor Morgan ¿está seguro que es la reputación de la empresa lo que le preocupa? —pregunto mirándole fijamente.
—¿No debería meterse en sus asuntos, señorita? —me responde. Su voz es cortante y burlesca. —Permita que los que sabemos hacer nuestro trabajo lo hagamos.
Es inevitable que una carcajada ruidosa y llena de ironía brote de mis labios.
—¿Qué le divierte? —sisea con furia.
—Lo que ha dicho —continuo riéndome. —Vamos, hónrenos con otro chiste más, señor Morgan. No sabía que fuera comediante.
—Pero que insolente —otra voz dice al fondo.
—Concentrémonos, por favor —Suzanne palmea la mesa para llamar la atención de todos.
—Me preocupa que alguien ajeno a nosotros tenga más chismes por contar —el hombre se encoje de hombros. —La reputación de la empresa se dañaría, como periódico y como corporativo.
—Sí, eso sería malo —Suzanne asiente.
—Sería muy vergonzoso que se descubra que una de las empleadas que quieren ascender a un puesto directivo, se vea envuelta en chismes de faldas. ¿No es así, señorita Swan?
—¿Oliver? —mi jefe pregunta con inocencia. —¿De qué estás hablando?
—¿No lo sabías, Leonard? —el señor Morgan suelta la pregunta con voz filosa y maliciosa. —¡Hay un jodido escándalo que involucra a esta mujer!
—Y dice que no todo se trata sobre mí —pongo los ojos en blanco. —¿Quién le entiende?
—Oliver, por favor —mi jefe resopla. —Isabella siempre ha sido una persona centrada, gentil, y comprometida con su trabajo por completo. No podría dañar a la empresa de ninguna manera eso.
—Solo te está usando, Leonard —responde el hombre. —Esta mujer es una maldita terrible, deplorable y mentirosa embustera.
—¿Yo? —levanto las cejas. —¿La pequeña e inocente de mí?
—La señorita Swan sedujo al señor Grey para influenciarlo a votar por ella para este puesto que le ofreces, Leonard —el señor Morgan se encarga de poner veneno en esas palabras. —Todo sin importarle que era muy probable que el señor Grey tuviera pareja o estuviera comprometido.
Toda la atención se centra en Christian y en mí. El cobrizo aún mantiene su vista sobre el señor Morgan, pero, se ha vuelto más furiosa, asqueada, acusadora, asesina. El señor Morgan lo mira, es obvio que tiene la esperanza de que Christian lo apoye, que se ponga de su lado y no del mío.
El imbécil cree que puede ganarme, cree que puede atacarme hasta que termine llorando. ¿No se da cuenta? No ha notado que este maldito circo en el que llevo viviendo desde que entré al periódico, me ha convertido en alguien cruel y malvada. ¿No recuerda? Fue él quien me enseñó y me entrenó para enfrentarme a situaciones así.
El cabrón no duraría ni una hora soportando lo que me han hecho a lo largo de los años que he pasado como periodista.
—No entiendo la relevancia que tiene la vida personal del señor Grey o de la señorita Swan —Suzanne habla. Su rostro hace una mueca de confusión.
—¿Acaso no viste el articulo? —otra voz masculina habla. —Es obvio que es obra de ella.
¿Tanta es su preocupación de que pueda pensar autónomamente? ¿Y que sí yo hice el artículo? ¡¿Me tienen miedo?!
—Es claro que usará a cualquier idiota para conseguir lo que quiere —la voz del senador complementa las palabras que el otro hombre ha dicho.
—¿Disculpe? —la voz tensa de Christian atraviesa la sala.
—Espero que no se ofenda por escucharme decir la verdad, señor Grey —le responde la voz cargada de superioridad del senador. —Es obvio que nuestras edades me otorgan cierta experiencia de la que usted carece.
¿Y así esperaba que Christian no se ofendiera? ¡Lo dijo exactamente para eso, para ofenderlo!
—¿Quiere hablar de experiencia, Senador? —Christian gruñe. —¿O prefiere que se lo muestre con números y hechos?
El senador desvía la mirada.
—Caballeros, por favor —mi jefe habla en tono conciliador. —Hay que centrarnos en lo importante.
—Tienes razón, Leonard —le dice el hombre. Se aclara la garganta. —Oliver tiene razón. La señorita Swan no es apta para el puesto.
¿Son tan ingenuos como para creer que con eso me quitarán el puesto por el que he trabajado hasta el cansancio el último año?
—Si me lo preguntan —el señor Morgan se encoje de hombros, —es mucha casualidad que salen fotos y un jodido artículo de ella con uno de nuestros mejores inversionistas al mismo tiempo que tú la quieres poner como directora editorial y…
—Editora ejecutiva —el señor Grayson lo interrumpe. —La estoy nombrando editora ejecutiva, la gerente del personal editorial, la directora de editores, escritores, correctores y del personal autónomo.
—Como sea —dice el señor Morgan.
—No, Oliver —gruñe mi jefe. —Si vas a usar términos editoriales y periodísticos te pido que los uses bien.
—Bien —el señor malo pone los ojos en blanco. —A donde quiero llegar es, ¿Por qué deberíamos permitir este nombramiento? Si ella no ha hecho nada para merecerlo.
El hombre agita su mano como si espantara una mosca. ¿Ignorando abiertamente las palabras de mi jefe? ¿O descartándome a mí de tener algún tipo de importancia? Estoy segura que es la segunda opción. No me sorprende, comienzo a sospechar que la mosca sería mejor recibidaqueyo
Christian se tensa a mi lado. Por la esquina de mis ojos puedo ver uno de sus puños sobre la mesa, apretado con fuerza. Su otra mano aprieta mi rodilla.
—¿Está cuestionando mi trayectoria, señor Morgan? —pregunto con los ojos entrecerrados. —¿Está cuestionando mi trabajo?
—Estoy cuestionando los méritos que has hecho para conseguir esto —dice orgulloso, como si el cabrón hubiera hecho una gran investigación. —¿Me dirá que es una coincidencia?
Lo miro, lo analizo. No es más que el típico hombre que no puede ver más allá de lo que su asqueroso ego le permite, es el típico hombre que no soporta que una mujer tenga más valor que él.
¡Oh señor! Permítame mostrarle lo que sucede cuando la discípula supera al maestro; le voy a mostrar que tan perturbada queda una mujer cuando la encierran y no permiten que muestre su verdadero potencial.
—Señorita Swan —el señor malo, digo, el señor Morgan casi escupe cuando me habla. —¿Cuántos años lleva trabajando aquí?
—Cuatro años —respondo con calma. —Tal vez más, tal vez menos.
—Dígame, ¿cuantas veces se ha acostado con ejecutivos para conseguir un puesto? —pregunta desbordando su voz con ironía y superioridad, además que sus cejas se levantan retándome con descaro a contradecirlo.
Cabrón malnacido. Eso no se lo voy a dejar pasar.
Si cree que por llevarme a la horca enfrente de sus amigos empresarios me voy a romper, está equivocado. Sus ganas de hundirme, de cortarme la cabeza como un jodido espectáculo solo hacen que me sienta más viva que nunca.
—Ninguna —digo entrecerrando los ojos.
—Oliver —se queja mi jefe.
—Yo solo digo —se defiende el hombre. —Dime algo Leonard, ¿Cómo sabemos que está capacitada? ¿Cómo podemos saber que no solo se inclinó sobre algún escritorio para conseguir el puesto?
—Al menos acaba de confirmarnos que su escritorio no fue —murmuro con una ceja levantada.
—Isabella —a mi lado derecho se escucha un gruñido. Una advertencia en realidad.
—Señor Morgan, no me he inclinado sobre ningún escritorio, aunque gracias por la idea —con dificultad inclino mi espalda hacia adelante. Con cuidado descanso mi brazo lastimado sobre la mesa, mis ojos se desvían rápidamente al rostro de Christian antes de soltar mi lengua de nuevo. —Tampoco me he acostado con ningún ejecutivo. Creo que hemos aclarado que mis estándares son más altos que eso.
Veo los labios del señor Morgan apretarse con fuerza, está reflejando mi expresión, excepto que yo estoy apretando mis labios para ocultar mi sonrisa.
—¡No podemos promoverte! —el senador explota. La palma de su mano golpea la mesa con fuerza. —¡Leonard! No vamos a permitir que alguien tan insolente ocupe uno de los puertos más importantes de la empresa.
—¿Es miedo lo que escucho? —pregunto canturreando las palabras. —¿Tan peligrosa le parezco señor Morgan?
El susodicho me ignora. Su silencio es mi respuesta.
—Eso no les corresponde a ustedes decidirlo —es la sencilla respuesta de mi jefe.
—Yo creo que sí —el señor Morgan habla de nuevo.
¿No piensa callarse?
—Casi pierdes la empresa una vez; permitiste que se publicara en la primera plana un chisme que involucra a uno de tus inversionistas. ¡La noticia de su estúpido revolcón ya es demasiado publica, si nosotros accedemos a ascender a esta mujer se perderá la credibilidad que tiene el Seattle Times! —el señor Morgan me da una mirada asqueada. — ¡La reputación de la empresa se irá a la borda por culpa de esta zorra!
Con esa palabra todos saltan a la defensiva. Puedo verlo en sus rostros, muecas, palabras en los labios, ojos furiosos y en llamas, todos listos para atacar. Todos menos yo. Yo soy la única que se mantiene con tranquilidad y con la cabeza lo suficientemente centrada como para responderle.
—Es una costumbre muy mala, sin mencionar desagradable, la que tienen los hombres de llamarnos de esa manera a las mujeres —pongo los ojos en blanco y suelto las palaras con decepción.
—Es la verdad —me responde el hombre.
—Si quiere ofenderme, necesitará más que eso, señor Morgan —levanto mi barbilla, retándolo. —Creo que necesita que le refresque la memoria, así que permítame hacerlo.
El hombre se cruza de brazos.
—Esta zorra, —me señalo con la mano izquierda, —fue quien propuso la fusión con el NYT; esta zorra, pasó una semana haciendo esfuerzos para contactarse con ellos, enviando propuestas, haciendo reuniones y contratos.
—Eso es cierto —Lucas entra en mi ayuda. Sus jefes le dan la razón. —La señorita Swan estuvo más involucrada que cualquiera de los presentes.
—Ella se acercó con una propuesta que no pudimos rechazar —me alaga el señor Khan.
—Sin mencionar que, pese a no ser su trabajo, mi colega Isabella, hizo todo lo posible por mantener esta empresa de pie —Meredith me lanza una sonrisa. Yo la respondo con el agradecimiento fluyendo a través de mí.
—Señor Morgan —el hombre me lanza una mirada. Alcanzo a ver que los iris de sus ojos parecen fuego ardiente. —Esta zorra, se encargó de que el día de hoy, usted esté aquí y no llorando por haber perdido millones de dólares por culpa de su hijo, Benjamín —permito que mi voz se vuelva venenosa cuando digo esa última frase. El hombre se retuerce en su asiento. —Entonces, no diga que es la reputación de la empresa lo que le preocupa, porque todos sabemos que es una mentira.
—No me diga que usted es una santa, señorita Swan —la voz del senador cruza la sala.
—No, definitivamente no lo soy —acepto despreocupadamente. Mi mano sana se agita en el aire. —Además, señor Morgan, es el siglo XXI, ya no es obligatorio poner en el curriculum cuantas personas pasan por tu cama.
Unas risas de mujeres se escuchan en la sala. Su reacción me confirma que no soy la única -al menos presente en este lugar- que ha pasado por este tipo de cuestionamientos. ¿Debería publicar un artículo sobre este tema? Sería interesante exponer esta problemática de género en el mundo laboral.
Mis ojos se enfocan en el medio de la mesa donde se encuentra el periódico del día de ayer con las fotos donde salimos Christian y yo en Nueva York junto al artículo que escribí con los jugosos detalles de nuestra relación.
—Nos vemos muy bien —medito en voz alta. Mi vista se va a Christian, él tiene su vista fría y amenazante puesta sobre el señor Morgan, pero, puedo ver la esquina de sus labios que se levanta antes de volver a desaparecer.
—Pero que idiota —murmura el Senador.
—Idiota usted —le respondo. El hombre suelta un bufido, yo suspiro. —No se ha detenido a hablar con los involucrados. Después de todo es nuestra vida y nuestra reputación la que está verdaderamente en juego.
—¿Tanto le importa tener un puesto directivo? —el señor Morgan de nuevo lanza sus palabras contra mí. —¿No le importa tener que humillarse para conseguirlo?
Es inevitable que mi reacción sea poner los ojos en blanco. Puedo apostar lo que sea a que no he sido la única que ha hecho ese gesto o uno similar.
—Yo no me estoy humillando —es mi respuesta.
—Por favor, señorita Swan —ahora es él quien usa ese tono sarcástico y burlesco. —¿Volverse la amante de un empresario solo para obtener un puesto? Eso me parece de lo más bajo que puede hacer.
Mi mandíbula se aprieta. Puedo sentir a Christian tensarse aún más a mi lado.
—El señor Grey es un hombre muy respetado, y que se haya publicado ese artículo puede perjudicar sus negocios —me acusa el hombre que se encuentra del otro lado del señor Morgan. Parece un secuaz. —Sin mencionar su vida privada.
El señor Morgan endereza su cuerpo, lanza a la mesa un periódico, el de hace semanas dónde salen Christian y Anastasia en la primera plana. También lanza a la mesa las dichosas fotos de ellos en Nueva York.
—Mierda —Angela jadea a mi lado.
—Pero que idiota —escucho el siseo de Lucas.
Hay más reacciones, más jadeos ahogados se escuchan en la sala de reuniones. No me molesto en mover mi cabeza, no me molesto en observar a quienes han hecho esos sonidos, mis ojos siguen fijos en el hombre al otro lado de la mesa.
—Que tan poco se respeta, señorita Swan —el tono lastimero pero cargado de ironía del hombre hace que me hierva la sangre. —Viajar a Nueva York al mismo tiempo que el señor Grey y su novia, ¿solo por un poco de atención? ¿Solo por aparecer en la primera plana? ¿Para obtener un puesto?
Mi cuerpo comienza a temblar.
Sé lo que este hombre desea, quiere que yo misma me exhiba, que acepte los pecados de los que se acusa solo para que su maldito ego se dispare aún más.
Entrecierro mis ojos, mi mente me traiciona, ya no veo a hombres arrogantes que se creen superiores, veo a animales, depredadores hambrientos que solo buscan asesinarme para alimentarse con mis lágrimas. Veo a despiadadas personas que solamente quieren que lance mi espada a un costado mientras ellos vienen a por mí.
Ellos vienen hacia Christian y hacia mí. Quieren lastimarnos.
Ellos creen saber todo sobre nosotros, creen que nos conocen solo porque ya nos han juzgado. Pero, ellos no saben nada. Ellos no saben que esta vez, yo estoy lista, dispuesta a defendernos.
—¿De dónde ha sacado esa información, señor Morgan? —pregunto en un tono muy bajo. Podría jurar que no fue capaz de escucharme, pero la sonrisa que se posa en su rostro me dice lo contrario. El imbécil piensa que tengo miedo y que ha ganado este duelo
—En cuanto vi el artículo que se publicó, le pedí a Benjamín que investigara e hiciera un informe del tema —me responde.
—Claro, ese imbécil tiene que meter sus narices de nuevo —Angela sacude la cabeza con molestia. Miro fugazmente a mis compañeros, todos tienen una mueca de disgusto.
—Espero que no le moleste, señorita Swan —el señor Morgan se encoje de hombros. —Repito, tengo que asegurarme de proteger esta empresa.
—Pues si me molesta —digo secamente. —No tiene derecho de meterse en las decisiones que tomo respecto a mi vida privada.
—Como accionista que soy, tengo derecho de hacer lo que me plazca si es para proteger a la empresa —escupe con soberbia. Oculto mi sonrisa. —Además, no puedo permitir que una zorra como tú dañe a una persona como el señor Grey.
—Que amable —resopla mi amiga a mi lado.
—De nuevo esa palabra —pongo los ojos en blanco. De nuevo.
—Oliver —Christian llama su atención, el hombre lo mira casi batiendo las pestañas en su dirección. —Te agradezco la preocupación, pero…
—De nada, Christian —lo interrumpe. —Entre nosotros debemos protegernos de arpías como esta…
Contengo las ganas de empujar mi silla, arrastrarme hasta él y patearle las pelotas con mi pierna buena. O con las muletas.
—Pero no necesito su preocupación, señor Morgan —ahora es Christian quien lo interrumpe. Su tono gélido y cortante. —Yo tampoco estoy complacido con la idea de que decidiera investigarnos a la señorita Swan y a mí.
Veo al hombre tragar pesadamente. El señor Morgan se ha hecho pequeño, ha dejado de ser el hombre egocéntrico que aparentaba.
—Pero, p-pero Christian... Es que yo creí… —el hombre balbucea.
—No crea, piense —gruñe Christian. —Así se hacen los negocios, pensando.
Casi suelto un gemido.
Carajo, que sensual luce desarrollando su papel de empresario, de hombre de negocios encabronado y en traje.
—Ahora, ya que el señor Morgan cree que este tema es tan relevante para esta reunión —Christian exhala con molestia.
—Es que… yo… —el señor Morgan se aclara la garganta nerviosamente. ¿Tiene miedo?
—No debo informar ningún detalle de mi vida privada a ninguna persona, pero, escucha bien mis palabras Oliver Morgan —Christian habla, su cabeza recta, firme, su tono amenazante pero su boca pronuncia las palabras con una calma que resulta aterradora. —Quiero que quede claro que la señorita Swan y yo no tenemos nada de lo que debería preocuparse. Ninguno de ustedes.
Si mi trasero no estuviera tan bien acomodado en la silla, puedo jurar que me habría caído de culo.
Mis sentidos se alertan, mi vista se posa en el señor Morgan. Esta con la boca abierta, sus ojos van de un lado a otro, mira a Christian y luego me mira a mí.
—Ahí tiene su respuesta señor Morgan —le digo, despreocupada. —Pero, me es difícil comprender porque luce tan sorprendido.
El parpadea un par de veces, aclara su garganta.
—Sí, es solo que —carraspea de nuevo. —No pensé que… Christian... err… El señor Grey negara que… bueno, no esperaba que negara la situación.
—Bueno, incluso a Jesús de Nazaret lo negaron —digo con soltura, mis hombros se encojen. —Y fueron tres veces.
—Sí, tiene razón —dice, aun estupefacto. —Aunque el resultado es el mismo. Es que, ese artículo de ustedes ya está en circulación y si nosotros anunciamos que la señorita Swan es ascendida y alguien más habla o cuando se publique el otro artículo del señor Grey...
—¿Hay un artículo del que deba ocuparme? —Christian lo mira, con fingido interés.
—Christian, si tu pareja decide dar una declaración... —el señor Morgan intenta debatir, pero Christian lo corta.
—Esa señorita en las fotos no es mi pareja —sentencia le cobrizo. Una de sus manos se desliza por mi rodilla y mi muslo, acariciándome con firmeza, pero asegurándose de no lastimar mi herida. —No quiero que se me vuelva a relacionar con esa mujer.
Todos lo miran con la boca abierta.
—Es, ella dijo... —el señor Morgan balbucea de nuevo. Sus palabras llaman mi atención. ¿Acaba de confirmar que Anastasia dio una declaración?
—¿Oliver? —mi jefe mira al hombre.
—Es que, esas fotografías... —el señor Morgan apunta las que están sobre la mesa. Sus ojos se van por algunos segundos hacia un costado, mira nerviosamente a Lucas y a los directivos que le acompañan.
¿Está sudando? ¿Ahora se siente inofensivo? ¿Acorralado? ¿Encerrado como un maldito animal de circo?
—No —el señor Kahn niega rápidamente. —Esas fotos no verán la luz.
—¿Joseph? —Oliver Morgan mira al director del New York Times con los ojos muy abiertos.
—Él sabía del artículo del NYT —mi amiga gruñe en voz baja a mi costado. Asiento silenciosamente. —Estoy segura de que el cabrón tiene algo que ver.
—Tenemos una orden judicial de no hacerlo —el presidente de uno de los periódicos más importantes a nivel mundial mira al Sr. Morgan. —No puedo publicar esas fotografías o algo relacionado al tema.
—¿Qué? ¿C-cómo? ¿Por qué?
—Porque puse una demanda —se encoje de hombro Christian. —No estoy de acuerdo que difamen mi vida de esa manera.
—¡De todas maneras! ¡Alguien puede publicarlo y nosotros quedaremos como unos idiotas!
¡Ja! Y pensar que él era el hombre que se creía con la capacidad de arrancarme las garras y los dientes para exhibir su gran victoria.
¡Es mi turno!
—Entonces, señor Morgan, aclare una cosa, por favor —le pido con inocencia y con consternación en mis ojos. —¿Su preocupación es que alguna revista de chismes o la prensa amarillista publique lo que sucede en este periódico? ¿Lo que sucede en esta empresa?
El hombre se limita a mirarme. Observo la nuez en su garganta subir y bajar.
Oh si, debería tener miedo de mí.
—En ese caso —suelto una respiración profunda. Saco mi celular, y marco para hacer una llamada con rapidez. El teléfono apenas timbra una vez antes de que mi secretaria me responda. —Julie, hazme el gran favor de venir a la sala de juntas, por favor.
—Sí, señorita Swan —responde y cuelga la llamada.
Todos me lanzan miradas que van desde la sorpresa, inquietud, desconcierto y hasta la molestia que aun permanente en algunos rostros. Angela a mi lado tiene una leve sonrisa en sus labios, pero no comenta nada. Christian se inclina hacia adelante, toma el periódico donde salimos nosotros antes de obligar a su espalda a regresar a su asiento. Su mano regresa a mi pierna por debajo de la mesa. Su atención se centra en el periódico que lee en silencio como si el resto del mundo no importara.
—¿Cómo es ese dicho famoso? —pregunto al aire. Me quedo pensativa por algunos segundos. —¡Ah, claro! Si no puedes contra ellos, gánales.
—Úneteles —me aclara el señor Morgan. Sus ojos ligeramente arrugados me miran, alertas a lo que haré.
—No, no —me rio con soltura. —Gánales.
Un par de golpes en la puerta anuncian la llegara de Julie. Mi secretaria abre la puerta, asoma su cabeza buscándome con la mirada. Le hago una señal para que entre.
Julie golpea un par de veces la puerta de cristal anunciando su llegada, abre la puerta asomándose por ella. Le hago una señal para que entre.
—Julie, por favor dile a Ray que tiene luz verde para publicar el artículo que le envié anoche —digo. Mi secretaria asiente en silencio, hace el ademán de girarse para irse.
—Pero que descarada —chasquea la lengua el señor Morgan. —Aun no la nombran editora en jefe y ya cree que puede ir por allí lanzando órdenes y autorizando artículos.
—Espera, Julie, no te vayas —detengo a mi secretaria. Ella se gira nuevamente en mi dirección. —Al parecer hay un problema aquí.
—¿Señorita? —pregunta la joven. Acomoda la tableta en sus manos mientras me lanza una mirada.
—Ya que la preocupación de nuestros inversionistas aquí presentes es que los chismes de esta empresa sean publicados por fuera —doy una mirada a cada uno de los presentes en la mesa. —Quizás hay alguien que quiere inaugurar la sección de chismes del Seattle Times.
El señor Morgan hace una mueca. Hay algunos otros hombres que parecen pensar de la misma manera que él, y aunque no han mencionado nada, he visto a lo largo de la reunión como mueven sus cabezas en silencio, como hacen muecas apoyando las palabas del señor malo.
—¿Alguien más quiere hacer algo público? —pregunto.
Nadie dice nada. Se limitan a mirarse unos a otros.
Jodidos cobardes.
—Señor Morgan —llamo al hombre que es el culpable de que todo esto tenga que suceder. —¿Cuántas veces ha engañado a su esposa, señor Morgan?
Yo estoy tranquila, mi voz lo demuestra, mi postura lo demuestra. Pero el resto de la sala de reuniones no. A mi lado izquierdo, Angela finge una tos; el señor Grayson se recarga en su asiento y Suzanne aprieta los labios ocultando su diversión. A mi derecha, puedo ver a Christian elevar la esquina de sus labios, a su lado, Lucas se inclina a tomar la botella de agua que está frente a él.
—¿De qué está hablando? —pregunta el hombre indignado y con el orgullo herido por mis palabras. —¡Mi vida privada no le interesa!
¿El cabrón quiere jugar? Vamos a jugar.
—Pues la mía tampoco le interesa a usted —digo sonriendo, pero mi voz es filosa, como miles de cuchillos. —Sin embargo aquí estamos, con usted evidentemente molesto porque he decidido exponer mi propia vida.
Paseo mi mirada por el resto de la mesa, busco a mi siguiente víctima.
No les tengo miedo. No le temo a ninguno de ellos.
—¿Señor Lee? —miro al hombre del lado izquierdo de la mesa. Ese otro hombre que seguido expresó su apoyo a las palabras del señor Morgan. —¿Quiere hacer los honores?
—Yo no estoy envuelto en chismes, señorita Swan —dice manteniendo su fachada de hombre con dignidad.
—¿Qué le parece el accidente de su hijo? —pregunto con tono inocente. —Ya sabe, el de hace un par de semanas, ese donde mató a una pareja de recién casados por conducir a exceso de velocidad y bajo el efecto de estupefacientes.
El hombre se queda de piedra. Ha pagado buenas cantidades de dinero en la fiscalía, en los hospitales y funerarias solo para mantener el caso debajo del agua.
—¿Señor Gómez? —giro mi cabeza a mirar a mi siguiente víctima. El secuaz del señor Morgan. —¿Debo decir "felicidades?
—¿Disculpe? —el hombre endereza su espalda, alerta a lo que diré.
—Creo que con todo este ajetreo no lo he felicitado por el precioso niño que acaba de nacer hace dos semanas en el hospital de Portland —digo fingiendo ternura en mi voz. —Dígame, ¿cómo está su amante? ¿Se encuentra bien la modelo y nueva mamá?
—Yo… —tartamudea. Puedo ver el hilo de sudor bajando por su frente.
—¿No debería estar acompañándola en lugar de estar aquí haciéndose el inversionista sabelotodo? —junto mis cejas. —Oh claro, no puede. El esposo de la modelo está con ella, cuidando a ese bebé que no es suyo.
El hombre moreno baja la cabeza. ¿Ahora tiene el descaro de lucir avergonzado?
—¿Señor Aldwyn? —miro al hombre rubio. Mis cejas se levantan. —¿Debemos mencionar su romance con la hija menor del senador?
—¿¡Qué?! —el senador abre los ojos al máximo. Su cuerpo se dispara en dirección al hombre que está sentado frente a él, del otro lado de la mesa.
Es todo lo que menciono al tema. No es necesario entrar en tantos detalles, sobre todo con una joven en el medio de la tormenta.
—Senador Warren —canturreo. El hombre me mira, su cuerpo agitado regresa lentamente a su asiento. —Senador, ¿me hará hablar? No creo que mis palabras sean para mucho beneficio de su campaña, pero, si insiste en que deba hablar para defenderme de las acusaciones que se me hacen…
El hombre se aclara la garganta, sus manos suben a la corbata de su traje, sus dedos buscan aflojar el nudo con desesperación.
—No, señorita Swan —dice débilmente. Carraspea. —No es necesario, yo la apoyo. Le aseguro que tiene completamente mi apoyo.
Unas risillas divertidas se mezclan con los sonidos de incomodidad que continúan brotando de los hombres a los que he evidenciado delante de estas personas que son inversionistas en sus negocios.
—Ahora, señor Morgan —miro de nuevo al hombre. Está temblando. Quizás por nerviosismo, quizás por molestia. —¿Sabía que la prostitución es un delito?
Todas las miradas se centran en él.
—¿Disculpe? —jadea. Puedo escuchar como lucha por tragar el nudo en su garganta.
—La evasión de impuestos, los fraudes que hace con su empresa de seguros, el narcotráfico con la naviera —comienzo a enumerar. —Todos esos son delitos, señor Morgan.
Carraspea. Su rostro está pálido, casi blanco, su frente está sudando, además de que su cuerpo está sufriendo espasmos.
—Le daré un consejo, señor Morgan —tamborileo mis uñas contra la mesa. —Ocúpese primero de su vida. He escuchado que una de sus amantes tiene muchas jugosas historias que está dispuesta a contarnos.
Veo como el idiota aprieta los labios, veo sus ojos encenderse con furia, veo su pecho subir y bajar por el esfuerzo que hace su cuerpo por respirar a través de la molestia que lo recorre. Y también veo como el miedo lo paraliza, incapaz de decirme cualquier cosa.
—Entonces, caballeros ¿Alguien quiere ser el primero? —miro todos los rostros frente a mí. Todos desvían la mirada —¿No? ¿Nadie?
Tos, carraspeos, resoplidos incomodos son mi respuesta.
—En ese caso —me giro para mirar a los ojos grises que están fijos en mi rostro. Sus constantes apretones en mi rodilla, el brillo en sus ojos y la sonrisa que baila en sus labios, me dicen lo conforme y orgulloso que está. —Lamento que sea usted el sacrificado, señor Grey.
—Sacrificios que se tienen que hacer, señorita Swan —asiente con calma. —No se preocupe.
—Julie, por favor, procede con lo que te he pedido —pongo mi atención en mi secretaria de nuevo. —Quiero ese artículo sea publicado cuanto antes. No podemos permitir que alguien más nos amenace con publicar nuestros artículos antes que nosotros.
—Si señorita, Swan —Julie me sonríe.
—Espero que lean la nueva sección caballeros —miro burlonamente a todos los presentes, específicamente a los cinco hombres que me miran con cierto pánico en sus ojos. —Se llamará "Dramas Empresariales"
—Oliver —mi jefe llama su atención —¿Aun te queda alguna duda de porque la elegí?
—No —responde. Su tono es el de un niño pequeño al que han reprendido y castigado. —¿Dónde firmo?
Mi jefe sonríe.
—Eva —usa el teléfono para llamar a su secretaria. —Por favor trae el documento a firmar.
Eva aparece un par de minutos más tarde. Le pasa a los cinco hombres rebeldes la hoja donde se necesitan sus firmas. Ellos garabatean sin dudar.
—Oliver, espero que tus abogados tengan buenos abogados —Christian habla con un timbre de voz amenazador. —Pienso demandarte a ti y a ellos por esto.
—¡Christian! —el hombre lo mira con los ojos muy abiertos.
—No vuelvas a referirte a Isabella como una "zorra" "arpía" o de ninguna manera despectiva como lo has hecho —el timbre de voz baja. Puedo sentir su cuerpo vibrar al pronunciar las palabras. —No voy a tolerar que le falte al respeto a mi pareja de esa manera.
—¡¿Su pareja?! —jadea el señor Morgan. —Pero, pero usted dijo que no estaban saliendo.
—El señor Grey mencionó que entre él y yo no había nada de lo que debía preocuparse —le aclaro. —Y esa es una realidad.
—Lo que cualquiera de nosotros hagamos con nuestra vida no es de tu incumbencia Oliver —Christian sentencia. —La relación entre la señorita Swan y yo es solamente asunto nuestro. Sea laboral o personal.
—Señor Morgan, caballero —soy yo quien habla. —La relación entre Christian y yo no debe preocuparle porque no es un asunto que les concierna.
—Las fotos con la otra mujer y el otro artículo y… y —el hombre continua balbuceando cosas sin sentido.
—Ese artículo no debió ni siquiera planearse —menciona el Señor Kahn. —Yo no estaba al tanto de la situación. Christian habló conmigo, aclaramos la situación y me encargue de borrar todo lo relacionado al tema.
—¡Las fotos! —jadea el hombre.
—Las tengo yo —Christian anuncia. —Joseph me las dio antes de subir aquí.
—Ya me disculpé con él —el hombre calvo dice. Luego sus ojos avergonzados se colocan sobre mí. —Le debo también una disculpa a la señorita Swan. Me siento muy apenado por haberle causado un mal rato.
—No se preocupe —sonrió amistosamente.
—Si Leonard y su equipo me lo permiten, quiero aclarar las cosas en la conferencia de prensa —mira suplicante a su colega.
—Por supuesto —accede mi jefe. Angela asiente dándole la razón.
—¿Conferencia de prensa? —el señor Morgan mira de un lado a otro.
—Es para anunciar oficialmente la fusión con el New York Times, y para anunciar las decisiones que hemos tomado respecto a la nueva estructura del periódico.
—Señor Grayson —Eva asoma su cabeza. —Quedan veinte minutos para la conferencia. Ya están todos en sus lugares.
—Bien, debemos movernos —mi jefe se levanta. —Caballeros, están invitados, por supuesto.
—Leonard —el senador habla, suena casi tímido. Muy diferente al hombre arrogante de hace algunos instantes.
—¿Si? —mi jefe levanta una ceja.
—Creo que deberías darle algunos días de descanso a las señoritas —nos señala a Angela y a mí. —Escuché lo de su accidente y es notorio el esfuerzo que están haciendo al estar aquí.
—Por supuesto —mi jefe nos sonríe. —Pueden irse a casa si así lo desean.
—Nos iremos después de la conferencia de prensa —Angela dice. Yo asiento.
—Pueden irse en cualquier momento que lo necesiten —Suzanne se inclina a mirarnos. Su rostro amistoso y cariñoso. Angela y yo asentimos en silencio.
—Damas y caballeros, los esperamos abajo, por favor —el señor Grayson se levanta, nos da una mirada a Angela y a mí antes de girarse y salir por la puerta.
La sala de reuniones se convierte de nuevo en un caos. Las personas presentes no tardan en levantarse y moverse para seguir a mi jefe.
—Señor Grey ¿me permite un momento? —el senador le hace una señal a Christian para que salgan por la puerta.
—Claro —acepta el cobrizo. Me da un apretón en la pierna antes de levantarse y seguir al senador.
—Señorita Swan —el señor Khan y Meredith se acercan a mí.
—Tranquila, no se levante —el señor Khan me detiene al ver mis intenciones de ponerme de pie. —No sabe cuánto lamento los problemas que le ha causado está situación.
—Nada que no se pudiera solucionar, señor Khan —le quito importancia. —De todas maneras le agradezco el apoyo de hoy.
—Lamento que haya tenido que soportar esta tediosa reunión en estas condiciones, señorita Swan —la voz apenada del señor Khan junto a su expresión consternada hace que me sonroje. —Espero que más tarde pueda descansar.
—Yo también lo espero.
—Isabella, gracias —Meredith me sonríe. —Por todo.
Meredith y yo hemos coincidido varias veces en reportajes, conferencias y eventos. Con el paso de tiempo nos hemos vuelto cercanas, y ella fue la primera en hablarme cuando se enteró que Benjamín estaba influenciando a Lucas con sus malas manías empresariales. Entre ambas le tiramos una emboscada a Lucas quien, ¿afortunadamente? pasó la prueba.
—Ha sido un placer —le guiño un ojo.
—Por supuesto —ella se ríe. —Y felicidades, señorita Swan, se lo merece.
—Felicidades, señorita —el señor Khan también me felicita con una sonrisa.
—Gracias —sonrío. —A ambos, por todo.
Ellos me dan una última sonrisa, felicitan a Angela y salen por la puerta hablando con las demás personas.
—Le envié un mensaje a mi mamá —comenta mi amiga. —Que cancele tu funeral.
—Estuvo cerca —acepto. Permitimos que el silencio nos absorba, nos limitamos a ver como todas las personas se van alejando de nosotras.
—Entonces… —mi amiga se gira con cuidado. —¿Ya lo hiciste con Christian sobre un escritorio?
Suelto una carcajada, es inevitable.
—No —consigo decir. —Pero hay uno muy lindo en su oficina en la escala.
—Sucia —gruñe juguetonamente.
—Señoritas —Eva llama nuestra atención. —Las esperan abajo.
—Ya vamos —decimos ambas.
Con dificultades nos levantamos, tomamos nuestros apoyos y nos movemos por la sala hasta que salimos al pasillo. Nos tomamos nuestro tiempo para arrastrar nuestro cuerpo con ayuda de las muletas y el bastón hasta el elevador y de este hacia el auditorio.
—¿Pueden caminar sin estos? —Julie nos pregunta deteniéndonos en las puertas del auditorio. —Solo algunos momentos en los que sacan las fotografías.
—Creo que sí —le digo. Le entrego las muletas, Julie las coloca en el muro a un costado, hace lo mismo con el bastón de Angela.
—Andando —mi amiga suena optimista.
Julie empuja una de las puertas, mi amiga entra y camina con dificultad pero con la frente en alto. Luego entro yo y de nuevo todo se vuelve un caos.
—¡Señorita Swan! —varias voces corean mi nombre. —¡Señorita Swan! ¡Una pregunta señorita Swan! ¡Por favor! ¡Señorita!
Los ignoro. Mi visa que concentra en el frente, de vez en cuando desviando mis ojos al piso para evitarme una caída. Alcanzo a captar a Christian recargado en el muro lateral por el que tengo que pasar para llegar al estrado. Su presencia me calma. Aun cuando puedo ver la preocupación en sus ojos al verme caminar sin ayuda de las muletas debajo de mis brazos.
Sus ojos grises se conectan con los míos cuando paso a su lado. No son necesarias las palabras. Con solo una mirada puedo sentir sus palabras de aliento.
"Estoy aquí", "tu puedes", tienes esto"
Mis labios se estiran en una sonrisa. Reprimo el impulso de lanzarme a sus brazos y besarlo.
Aún no. Debo terminar con esto.
El señor Khan es quien nos ayuda a subir los tres escalones que separan el piso del estrado. Con paciencia y una sonrisa reconfortante, nos coloca en unas sillas que están detrás del pódium con dos micrófonos sobre él.
El señor Grayson entra solo un minuto despues. Se coloca detrás del podium con elegancia.
—Damas, caballeros —se escucha la voz de mi jefe. —Les doy la bienvenida. Quiero agradecer su tiempo y su disposición a acompañarnos el día de hoy.
Las cámaras no tardan en comenzar a soltar flases. Los reporteros, todos acomodos en filas frente a nosotros, con computadoras, tabletas, grabadoras, celulares y cámaras grabando en todo momento. Todos con sus miradas atentas a todos nosotros.
—El día de hoy quiero utilizar esta oportunidad para hablar sobre la empresa Seattle Times. El día 03 de junio del presente año, realizamos una conferencia de prensa para comunicarles que la empresa estaba en números rojos y peligrosamente cerca de emitir una declaración de bancarrota. Como recordarán, se informó de las situaciones que nos impulsaron a hasta ese momento además de las posibles alternativas que existían en ese momento.
Todos los empleados damos un respingo. Ese día fue caótico.
Es inevitable que mis ojos se desvíen al hombre que está de pie a un lado del estrado, parcialmente fuera de foco. Christian me regresa la mirada con bastante identidad, ambos estamos pensando lo mismo, ese caótico día fue cuando nos conocimos.
—El día de hoy, con ustedes frente a mí como testigos de mis palabras, quiero compartir las extraordinarias noticias que nos han traído aquí —mi jefe continuo hablando. —Tras haberse firmado los respectivos contratos y acuerdos necesarios, es un honor para mí, Leonard Grayson, anunciar que la empresa The Seattle Times Company, es una aliada comercial y una subsidiaria de la empresa The New York Times Company.
Toda la sala se convierte en una ronda de efusivos apalusos y felicitaciones, además de verse inundada por los flashes de las cámaras que están grabando y trasmitiendo este momento.
En el fondo del auditorio, veo a varios compañeros del periódico Están aplaudiendo y felicitándose unos a otros, además de lanzarle sonrisas a mi jefe y a los que estamos en el frente junto a él.
—Quiero agradecer al personal de The New York Times Company; señor Joseph Khan, el director y a la señorita Meredith Kopit, la vicepresidenta, por la oportunidad que nos están ofreciendo —los aludidos se levantan y sonríen, se escuchan más aplausos. —También quiero agradecerle al señor Lucas Fabbiani por su apoyo y su colaboración en este proyecto al ayudarnos a llegar hasta las personas correctas para presentar nuestras propuestas.
Lucas se levanta y se contonea como pavorreal frente a las cámaras. Angela y yo nos miramos, amabas contenemos el impulso de poner los ojos en blanco.
—Pero, no menos importante, hay un par de menciones honorificas que quiero que sean notorias —mi jefe se gira a mirarme. Hago el esfuerzo de mantener mi rostro sereno. —A la señorita Julianne Sky en conjunto con la señorita Isabella Swan, quienes son las personas que hicieron posible esta fusión entre ambas empresas.
Mi jefe aplaude y todos lo demás lo imitan.
Julie llega a mi lado con un evidente sonrojo en su rostro, además de sus manos estiradas hacia mi para ayudarme a ponerme sobre mis pies. Con cuidado me levanto de la silla y le sonrío a mi secretaria. Ambas nos mantenemos de pie, con el rostro avergonzado y sonriendo ante todas las cámaras que apuntan directamente a nosotras.
Todos los reporteros, periodistas y camarógrafos se inclinan hacia adelante buscando un mejor ángulo, mientras comienzan a llamar por mi nombre de nuevo.
Le doy una mirada a mi jefe, rogando en silencio que continúe hablando antes de que esta conferencia de prensa cambie el rumbo del propósito original.
—Quiero aprovechar este espacio para dar otro anuncio —toda la sala se calma. Yo regreso a mi asiento deseando desaparecer de esta sala llena de ojos. —Parte del proceso para impulsar a la empresa, ha sido el nombramiento de nuevos directivos, los cuales quiero compartirles.
Detrás de todos esos reporteros, veo a los cinco hombres que me causaron un dolor de cabeza con sus palabras hace algunos instantes. Todos tienen una mueca de seriedad. Ellos y yo sabemos lo que va a suceder, pero es inevitable que mis ojos se fijen en sus rostros para analizar sus reacciones.
—Primero, quiero anunciar a la señorita Bethany Reid como la nueva directora de diseño y fotografía del periódico Seattle Times —el señor Grayson señala a la mujer de tez blanca y cabello negro que se ha puesto de pie del otro lado del estrado. Todos aplaudimos con efusivamente. —También quiero anunciar a la nueva directora de marketing, quien ha hecho posible esta conferencia, la señorita Angela Webber.
Mi amiga se sonroja. Se pone de pie con ayuda del señor Grayson quien ha venido a ella para ayudarle.
—¡Bravo! —chillo con entusiasmo.
—¡Felicidades! —escucho a Julie chillar desde detrás de mí.
—¡Bravo, Angela! —un chiflido proveniente de detrás mi amiga pero con la inconfundible voz de Lucas llega a mis oídos.
Mi amiga se remueve con nerviosismo, pero sonríe permitiéndole que la llenemos de halagos mientras los periodistas y reporteros sacan varias fotografías de ella. Poco a poco la ovación se clama y mi amiga regresa a su asiento mientras mi jefe se gira colocándose de nuevo frente al pódium.
—Por ultimo pero no menos importante —mi jefe toma el micrófono de nuevo, hablando con la atención de todos. Todas las miradas están fijas sobre él, excepto la mía que está fija en los hombres en el fondo. Tienen una mueca de molestia, parecieran hacer un puchero o un berrinche. —Es un honor para mí nombrar a la nueva editora ejecutiva del Seattle Times; Isabella Swan.
El señor Grayson se gira a mí cuando dice mi nombre.
—¡Esa es mi chica! —un grito grave, poderoso y a un volumen muy alto resuena en todo el auditorio.
Mi rostro se sonroja, mis ojos se desvían hacia la derecha. Christian está mirándome con una maldita sonrisa de orgullo en su rostro, tiene sus dos pies bien colocados en el piso, sus piernas abiertas para anclarlo en esa posición, su espalda recta manteniéndolo erguido. Sus manos están aplaudiendo con demasiado entusiasmo, sus palmadas son sonoras y demasiado audibles.
Sus ojos grises lucen como la plata más fina de este jodido planeta, sus ojos resplandecientes, brillantes, elegantes y llamativos me están mirando de una manera que jamás imagine posible, me mira con emociones que yo jamás creí merecer. Christian me mira como si yo fuera la mujer maravilla, como si yo fuera una súper heroína que acaba de salvar todo un universo. Su universo. Nuestro universo.
Rostro se calienta, cosquillea con la acumulación de sangre en mis mejillas. Fuego se propaga por mi cuerpo, mi piel hormiguea por la sensación, me estoy quemando, mi corazón se está quemando. No me duele.
Los sonidos comienzan a llegar a mis sentidos. El sonido de varias personas aplaudiendo me golpea. No estamos solos, hay más personas con nosotros. El señor Grayson está de pie a mi lado, su mano extendida para ayudarme a colocarme de pie, de nuevo. Aturdida, extiendo mi mano, acepto su ayuda mientras ignoro el dolor de mi cuerpo al moverse.
Me coloco de píe. Los flashes se disparan sobre mí desde distintos lugares del auditorio.
Mis ojos se van hasta el fondo, donde los cinco hombres aplauden sin mucha emoción. Es inevitable que una brillante sonrisa se deslice en mi rostro.
—¡Bravo! —se escuchan coros de personas.
—¡Bravo Isabella! ¡Bravissimo! —el fingido acento italiano de Lucas se escucha a lo lejos. —¡Bravissima, belle ragazza!
—¡Señorita Swan! —los coros de los fotógrafos llamándome para que dirija mi atención hacia alguno de ellos en especial!
—¡Así se hace! —Angela chilla con una voz muy aguda. —¡Bravo!
—¡Felicidades!
—¡Señorita Swan!
—¡Bravo, jefa! —la voz de Julie llega a mí desde otro lado.
—¡Señorita Swan!
—¡Felicidades, Isabella! —alguien chifla.
—¡Esa es mi chica! —escucho de nuevo. Mi atención se dirige hacia él. Está en la misma posición, continua sonriendo, aplaudiendo y mirándome como si acabara de ganar un premio Oscar o un premio nobel. Quizás no ninguno de esos, pero si he ganado el día de hoy. En más de una manera.
Poco a poco la atención en mí se dispersa, pasan algunos minutos antes de que pueda volver a sentarme dispuesta a desaparecer del exceso de atención. Angela me toma de la mano, me da un apretón y me sonríe.
Sé lo que quiere decir, sé que se siente de la misma manera que yo en este momento. Eufórica.
Si hace cinco años me hubieran dicho que hoy estaría aquí, no lo habría creído. No habría podido ni imaginar esta posibilidad, no habría permitido si quiera pensar en este futuro. Una humana, dedicada al periodismo y al mundo editorial, en una ciudad diferente, llena de sol y calor, con un hombre excepcional esperando por mí mientras me mira como si estuviera mirando la estrella más resplandeciente en el cielo. Eso soy ahora.
Ahora, todo lo que he paso ha valido la pena.
La voz de mi jefe a través de los micrófonos me regresa a la realidad.
—La trayectoria de estas personas ha sido excepcional, hay una larga lista de logros y trabajo destacable que respalda las decisiones que se han tomado y será un honor y un placer ver las nuevas habilidades que desarrollen en compañía de The Seattle times Company.
Los siguientes momentos pasan ante mí como un borrón en el tiempo.
El señor Khan dice un discurso corto sobre la fusión y los nuevos nombramientos, también cumple con su promesa y ofrece una disculpa pública para mí y para los demás involucrados refiriéndose a Christian de esa manera para no mencionarlo. El señor Grayson regresa para responder algunas preguntas, agradece una vez más y con eso dan por terminada la conferencia de prensa.
En el estrado continúan las felicitaciones, pero yo estoy ansiosa por bajar y lanzarme a los brazos del hombre que está esperando por mí bajo la mirada de todos los reporteros y periodistas que parecen no tener nada más que hacer.
—Vayan a casa —Suzanne se acerca a nosotras. —No quiero verlas aquí hasta que traigan un certificado médico que diga que están saludables.
—Como diga, jefa —digo burlonamente.
—No tienes que decírmelo dos veces, Suzanne —Angela jadea a mi lado. Ambas estamos agotadas. El esfuerzo que hemos puesto hoy aquí fue demasiado a comparación de lo que nuestro aun lastimado cuerpo podía ofrecer.
—Váyanse —nos dice Suzanne. Angela y yo nos giramos, caminamos hasta la escalera que divide el espacio del estrado del resto del auditorio.
Christian sigue allí.
Christian está esperando por mí con una brillante sonrisa en sus labios. Mis piernas no logran moverse con la rapidez que me gustaría, siento que por más que me muevo, no puedo alcanzarlo.
Él parece notar mis esfuerzos, sube una de sus piernas a la escalera, estira sus brazos y tira de mi cuerpo. Siento que levito algunos segundos en el aire, hasta que siento mis zapatos rozar el suelo firme siendo sostenida por sus fuertes brazos.
—Felicidades, señorita Swan —sus labios se depositan en los míos.
Flashes y luces se disparan sobre nosotros. Destellos de luces relucen a todo nuestro alrededor.
—¡Señor Grey! ¡Señorita Swan!
Lejos de nosotros se escuchan murmullos con nuestros nombres, se escucha ruido, pero no es suficiente para llamar nuestra atención.
En este momento, siento que estoy en el puto cielo. En este momento siento que mi corazón podría explotar por la felicidad que estoy sintiendo. Los labios de Christian sobre los míos, sus manos sujetando mi cintura mientras mi mano sana tira de una de las solapas de su traje para atraerlo más a mí.
En menos tiempo del que me gustaría, se separa de mí.
—Gracias —digo sonrojada, jadeante y sintiendo que mis labios se hinchan.
—Tengo un regalo para ti —Christian murmura. Mis cejas se levantan. Veo que sus ojos grises se desvían a un costado de mi cabeza, eso me hace girarme solo para encontrar a Taylor con un enrome ramo de peonias en sus brazos.
—Mis felicitaciones, señorita Swan —dice el hombre con una cálida sonrisa en sus labios.
—Gracias, Taylor —le respondo. El hombre intenta ofrecerme el ramo de flores, yo intento tomarlo con mi mano, pero, mi mano sana aún está sujetando los hombros de Christian para sostener mi cuerpo, mi brazo herido es el que se estira para tomar el ramo, pero, el peso es demasiado. Christian estira una de sus manos para ayudarme.
Sonrió avergonzada. No me gusta depender de las demás personas, mucho menos para cosas tan sencillas como sostener un ramo de flores. Usualmente, me esforzaría en hacer notar que estoy bien y que puedo hacerlo por mi cuenta para que las personas no me crean débil, el asunto es que, ninguno de los dos hombres frente a mí me mira de esa manera. Taylor me mira con complicidad, Y Christian me mira como si yo estuviera resplandeciendo.
Ligeramente cohibida, bajo la mirada a las flores en mis brazos, mis ojos se pasean por cada detalle del ramo de flores, el color amarillo de las peonias contrastan con las pequeñas flores y botones de color blanco, además del follaje sencillo de color verde pálido que hacen una armonía entre los colores. Este sin duda ha superado al anterior.
Mi atención se gira de nuevo a Christian, sus ojos grises brillan absorbiendo mi reacción.
—¿Sabes que significan las peonias amarillas? —me pregunta. Sacudo la cabeza ofreciéndole una negativa. —Simbolizan un nuevo comienzo, prosperidad, bienestar y alegría.
—Siempre tan acertado, señor Grey —lo adulo. Su sonrisa se vuelve más brillante.
—He hecho la elección correcta —murmura. Sus ojos grises brillan aún más, parece que sus palabras quieren decirme algo más.
—Me siento muy feliz en este momento —confieso. —Gracias por el detalle, las flores son hermosas.
—No se comparan contigo, cariño —murmura, su rostro se inclina hasta rozar sus labios con los míos. El resto del mundo desaparece. Lo único de lo que soy consiente es de Christian besándome y presionándome con cuidado contra su cuerpo.
—No —lloriqueo cuando se separa de mí. Veo los flashes atacarnos de nuevo. Hago un puchero, sé está conteniendo por culpa de los reporteros.
—Más tarde te besaré todo lo que quieras —me promete. Mis piernas tiemblan.
—Espero que cumpla su promesa, señor Grey —le digo con voz ahogada.
—Estas son para usted, señorita Webber —la voz de Taylor nos distrae. Ha ayudado a mi amiga a bajar del estrado, y le está entregando un ramo de flores un poco más pequeño. El ramo florar está compuesto de gardenias de un tono amarillo pálido.
—Las envió Elliot —le explica Christian. —Pide que lo disculpes por no estar presente, pero tenía trabajo que no podía saltar.
Angela deja caer su mandíbula por la sorpresa. Sus mejillas se pintan de un ligero tono rozado mientras levanta una ceja para complementar su expresión crítica.
—Le diré que te han gustado —se burla Christian. Yo río.
—Se aprecia el detalle —dice mi amiga fingiendo desinterés. Christian y yo ponemos los ojos en blanco.
—Jefa —Julie se acerca a nosotras. Le extiende a Angela el bastón, y a mí el par de multas las cuales Christian las toma usando su otra mano, soltándome finalmente.
—Gracias, Julie —le sonrió.
—El señor Grayson me envió a decirles que si no salían en cinco minutos del edificio, se quedarían sin trabajo —mi secretaria coloca una sonrisa inocente. Angela y yo nos miramos con nerviosismo. Sabemos que nuestro jefe si es capaz de cumplir sus amenazas.
—¡Congratulazioni!—Lucas grita en algún lugar desde el otro extremo de estrado. Todos los ojos de los que aun permanecemos en el auditorio, se centran en él. Al hombre parece no importarle.
—¿Qué no se había ido ya? —Christian gruñe.
—Se amable, por favor Christian —le pido. —Lucas fue de mucha ayuda esta vez.
Christian refunfuña algunas cosas que no alcanzo a comprender. Sacudo la cabeza mientras mis ojos regresan al hombre que camina en nuestra con su andar tranquilo, despreocupado y felino que luce más fingido que otras veces, sus manos abiertas como si estuviera a nada de abrazarnos, y con una sonrisa en su rostro similar a la del Guasón.
—¡Ridículo! —Angela pone los ojos en blanco. —Ni es italiano. Su apellido lo tiene únicamente porque el bisabuelo de su padre fue quien nació en Italia.
Julie ahoga una carcajada. Yo muerdo mi labio.
—Creí que era el único que sabía ese pequeño secreto —Christian habla en el mismo tono que Angela. Mis ojos se abren al máximo.
—Señor Grey, no sabía que fuera tan chismoso —me burlo. Por supuesto que sé que le gusta cotillear en las vidas ajenas.
—Me gusta estar informado —es su respuesta acompañada de una sonrisa en mi dirección. Sus siguientes palabras son para mi amiga. —Además, su familia lleva generaciones en este país, Lucas es tan americano como el fútbol.
—Es un cabrón mentiroso —Angela ronronea en el medio de una risilla.
—Basta, los escuchará —murmuro con vergüenza. Julie está librando una batalla para ocultar su risa.
—¡Que me importa! —chilla Angela.
—Mentiras no estoy diciendo —Christian se defiende. Sus cejas se unen en el medio de su frente.
—¡Hola, Lucas! —saludo cortando la conversación de mis acompañantes.
—Isabella ¡Felicidades, querida!
—No es tu querida —gruñe Christian en un tono cabreado que le dificulta pronunciar las palabras. —Jodido imbécil. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
—Sí, sí, ya nos quedó claro que es tuya —Lucas sacude su mano, hace un gesto despreocupado. —Deberías de agradecerme, Grey. Si no fuera por mí, si no fuera por mis dulces palabras, no la tendrías en este momento en tus brazos.
El cobrizo lo mira confundido y más molesto. Mi mano lastimada se mueve, ignoro la punzada de dolor de atraviesa desde mi hombro hasta mi muñeca, con el torso de mis dedos, acaricio el rostro de Christian, la suavidad de su mejilla en segundos se ve opacada por lo áspero de su barba. Sonrío con la sensación en mis dedos, le sigue la sensación de su cuerpo relajarse.
—Gracias por lo que hiciste, Lucas —soy yo quien hablo. —No estaríamos aquí hoy si no fuera por ti.
El hombre sonríe.
—Lo sé —dice en tono presumido. —Piensa en lo que hablamos la ultima vez, Isabella, por favor.
—Lo tendré en mente —acepto. Christian me lanza una mirada con una amenaza que grita que tendremos una conversación más tarde respecto a Lucas.
—Felicidades, Angela —Lucas dice. Guiña un ojo en su dirección. —Ahora ambos estamos en la misma área y serás tú quien sea bendecida con llamadas y visitas mías.
—Que emoción —bufa Angela.
—Por cierto, lamento mucho escuchar lo que les paso —el hombre con nacionalidad italiana falsa murmura con preocupación. Da un paso más cerca de nosotras con una mueca de lastima en su rostro. —¿Están bien? ¿Necesitan algo?
—Estamos bien —resoplamos Angela y yo.
—No necesitan nada de ti —le escupe Christian. Lucas le lanza una mirada molesta.
Esta vez, la preocupación de mi colega es genuina. Al igual que los celos de Christian.
—No te preocupes, Lucas —le digo yo. —Estamos mucho mejor ahora.
Lucas da un par de pasos hacia atrás. Al igual que sucedió con Julie, puedo sentir su mirada vagando por todas nosotras mientras va contabilizando nuestras heridas. Al menos las que le resultan visibles.
Esta mañana muy temprano, Suzanne se encargó de llegar al hotel para ayudarnos a ducharnos, vestirnos y arreglarnos para lucir presentables el día de hoy. Cubrimos con maquillaje los moretones y golpes en nuestras pieles, pero las heridas y puntos que eran visibles, como las de mi rostro, debieron quedar al descubierto. Aun así, nuestro aspecto debía ser considerado decente si nos dejaron fotografiar de esta manera. Además, nuestra ropa había sido elegida para que al ponérmela o quitármela no lastimara mis heridas. Por más que intentáramos ocultar lo que sucedió, no podíamos, era demasiado evidente.
Los ojos de Lucas parecen haber terminado su análisis. Da un asentimiento silencioso. Quiero creer que nuestro aspecto no es tan malo.
—Que hermosas flores —comenta, mirando el ramo que descansa entre los brazos de Christian y mi brazo sano.
—Fueron un regalo. —le digo en tono casual.
—¿Son peonias?
—Lo son. Peonias amarillas —digo como idiota repitiendo lo que es obvio.
—Claro que lo son —murmura, su cuerpo masculino se inclina más hacia el ramo de flores. —Son un muy bonito detalle para regalar.
—Ventajas de salir con millonarios —le lanzo una sonrisa a Christian. El hombre parece haber recibido una enorme dosis de testosterona directamente en núcleo de su ego. Su pecho se infla, su espalda se endereza, su barbilla se levanta, sus manos me presionas aún más contra él.
—Sí, ya lo creo —Lucas murmura con una cara de fastidio.
—¡Un momento! —Julie jadea, su expresión nos pone en alerta. —¿De verdad me están obligando a tener un déjà vu?
Lucas y yo nos miramos el uno al otro, luego miramos a Julie con los ojos muy abiertos.
—¿Déjà vu? —pregunto.
—Esto ya lo viví —Julie asiente. —Tuvieron una conversación similar hace algunos días.
El recuerdo nos golpea.
—Esto es jodidamente extraño —dice Lucas. Yo asiento, dándole la razón. Angela y Christian se limitan a ofrecernos una mirada con confusión.
—Bueno, Lucas, creo que esto solo acaba de confirmar la conversación que tuvimos ese día sobre Christian —Julie suspira, luego suelta una risa.
—No necesito que me lo recuerdes, gracias Julie —Lucas le gruñe.
—Yo te dije que solamente Christian Grey podía regalarle a Isabella hasta diez ramos similares en un día y no sentiría su cuenta vacía —Julie continua hablando, ignorando los gestos que Lucas le hace para que guarde silencio.
—Solamente a Isabella —Christian murmura. Puedo jurar que acabo de ver un enorme resplandor de ego salir de él.
—También dije que si tú lo intentabas lo más probable es que tuvieras que vender tu auto deportivo antes de poder pagar un ramo de flores así —Julie continúa con sus palabras.
Lucas sisea entre dientes, sus ojos puestos en mi secretaria que se finge inocente.
—Gracias por las palabras tan alentadoras, Julie —Lucas se remueve con incomodidad. —En fin, solo quería felicitarlas antes de irme. Angela, te lo mereces definitivamente, Isabella, tú también, y sin duda ¡estuviste caliente en esa reunión!
En segundos ha recuperado su estado de ánimo y su tono pícaro usual.
—Caliente tu trasero, jodido cabrón —Christian gruñe. Lucas sonríe juguetonamente.
—Gracias Lucas —Angela se carcajea. Yo le hago segunda.
—Debería irme, tengo que volver a Nueva York esta misma tarde —Lucas suspira con pesar. —Y ustedes deben descansar y recuperarse.
—Ya vete —Christian sisea.
—¡Oh! —Lucas truena los dedos como si recordara algo de golpe. —Por cierto, Christian, dile a tu hermana que en estos días vendré a visitarla.
Lucas le guiña un ojo al cobrizo, se carcajea y sale disparado hacia las puertas del auditorio perdiéndose a través de ellas.
—Es un maldito cabrón —Christian gruñe. Su cabeza gira siguiendo la silueta de Lucas con la mirada.
—Vamos —le digo entre risas.
Tiro ligeramente de su cuerpo para que avance conmigo hacia la salida. En cuanto mi cuerpo termina de girar, veo a Taylor a un lado de la puerta, a su lado, un hombre el cual no conozco. Mi cuerpo actúa en segundos, por instinto mi sonrisa se borra, mis sentidos se ponen alertas.
—Cariño —Christian habla. Supongo que ha sentido mi cuerpo tenso contra el suyo. —Permíteme presentarte a Sawyer.
El hombre da un par de pasos en nuestra dirección.
—Mi nombre Sawyer, señora —el hombre da un asentimiento. Su mano se extiende hacia mí, la tomo ofreciendo un apretón firme al que él responde antes de soltar mi mano.
—¿Sawyer? —pregunto. Ahora tengo curiosidad. —¿Solo Sawyer?
—Si señora —responde él. Su tono es despreocupado.
—Cariño —Christian habla. —A partir de este momento, Sawyer se encargará de tu seguridad personal.
—¿Mi seguridad personal? —pregunto. Mis ojos se abren al máximo cuando veo a ambos hombres asentir. —Pero, yo no necesito...
—No está a discusión, Isabella —Christian me interrumpe dejando las palabras atoradas en mis labios. —Necesito que estés lo más segura posible.
Sus palabras me calan en los huesos, sé que quiere protegerme de toda la tormenta que tenemos encima, pero llegará un momento donde Sawyer no será suficiente. En algún momento, quizás más pronto que tarde, un guardaespaldas no será suficiente, tampoco lo será un equipo de seguridad o un jodido ejercito humano. Pero, Christian quiere protegerme, quiere ofrecerme todo lo que está en sus manos para protegerme y yo quiero aceptar sus esfuerzos, puedo soportar a Sawyer siguiéndome a cualquier lugar si eso le brinda seguridad a Christian.
Aunque no admitiré el regocijo que me genera saber que se preocupa por mi, tampoco admitiré la falsa sensación de seguridad que me está embriagando en este momento.
—Está bien —acepto. Christian me mira satisfecho, Sawyer me mira aliviado y ambos hombres parecen relajarse por mis palabras. —¿Podemos irnos ahora?
—Si, podemos —Christian asiente. —Angela, deberías venir con nosotros.
Mi amiga llega hasta mi lado sin ninguna queja o comentario, ella sabe que con Christian será más fácil salir de este maldito edificio. Taylor, Sawyer se colocan a nuestros costados, formando un escudo para cualquier persona que piense acercarse a nosotros mientras nos movemos por un costado del auditorio.
—¡Señor Grey! ¡Señorita Swan! —los reporteros sueltan gritos frenéticos y desesperados mientras caminan en nuestra dirección buscando conseguir una declaración o entrevista. Mis oídos zumban por el bullicio. Apenas se entienden sus palabras entre tantas voces. —¡Unas palabras por favor! ¡¿Alguna declaración que quieran dar?! ¡Señor Grey, señorita, Swan! ¡Por favor!
Observo a tres hombres y una mujer colocarse a un lado de Taylor y Sawyer, entre todos ellos se encargan de que nadie se nos acerque. Angela y yo intentamos movernos lo más rápido que podemos, pero, incluso con la ayuda de Christian y Julie, no somos lo suficientemente rápidas. Pese a eso, conseguimos salir del auditorio.
—¿Aún siguen aquí? —el señor Grayson aparece por el pasillo. Una de sus cejas esta levantada.
—¿Qué no se supone que los jefes se molestan si sus empleados no cumplen con sus horarios laborales? —Angela pregunta.
—Sí, se supone —nuestro jefe asiente. —Y también nos molestamos si no cumplen con nuestras órdenes. Les dije que acabando la conferencia se fueran a su casa.
—Ya me voy, ya me voy —digo conciliadoramente.
—¿Me va a pagar horas extras? —Angela bate sus pestañas cuando alcanzamos a nuestro jefe.
—No —el señor Grayson se ríe. Angela hace una mueca. —Christian, por favor llévatelas.
—Claro, ya nos vamos —acepta él. Con su cabeza señala el ascensor dónde ya nos están esperando Sawyer y Taylor.
—¿El auto está en el estacionamiento? —pregunto.
—Tengo el Charlie Tango esperando por nosotros arriba —Christian me informa.
—¿Qué? —pregunto. Parpadeo un par de veces intentando procesar sus palabras.
—En el helipuerto —su cabeza señala hacia arriba. —Está el Charlie Tango.
—¿Tenemos un helipuerto? —Angela pregunta.
—Si —el señor Grayson se encoje de hombros.
—¿Por qué nunca lo he visto? —mi amiga pregunta.
—Porque no tienes un helicóptero para usarlo —nos responde el señor Grayson a ambas con esa frase. No puedo decir que su lógica es incorrecta.
—¿Acaba de decirte pobre? —pregunto.
—No sabía que el jefe fuera clasista —Angela hace una mueca.
—Pero ¿porque tenemos un helipuerto si usted tampoco tiene un helicóptero para usarlo, jefe? —pregunto usando mi mejor tono inocente. Mi jefe me lanza una mirada asesina.
—Andando —Christian habla, puedo escuchar su risa oculta. Con una de sus manos, empuja mi cuerpo con delicadeza para que vuelva a caminar en dirección al ascensor.
—¡Vayan a descansar! —Julie nos dice en su mejor tono serio. —Si las necesitamos, Karina o yo nos comunicamos con ustedes.
—Por favor, recupérense —nuestro jefe suplica.
—Bien —accedemos Angela y yo al unísono.
—¡Nos vemos! —Julie sacude su mano para despedirse de nosotros antes que las puertas de metal se cierren en nuestras narices.
Cuando las puertas del elevador de abren de nuevo, la vista resulta sorprendente; el sol brilla en todo lo alto del cielo de Seattle, mientras que siendo el protagonista de la escena se encuentra n helicóptero de un precioso color blanco con las puertas de un color gris oscuro y con la leyenda "Grey Enterprises Holdings Inc.
—Joder —mi amiga silba. —Aun no me acostumbro a eso.
—Yo tampoco —murmuro.
—Vamos cariño —Christian me empuja en dirección al helicóptero. Angela viene detrás de nosotros.
Con ayuda de Christian, nos subimos al Charlie Tango. Mientras Christian hace todas las revisiones necesarias, mi cabeza se gira para mirar a Taylor y Sawyer que me dan un asentimiento. Supongo que los veré más tarde.
—¿Listas? —Christian pregunta por los auriculares.
—Si —digo con tranquilidad.
—¡No! —mi amiga chilla. —¡No estoy malditamente lista!
—Andando —Christian dice con maldad.
—Christian, no, espera, espera por favor —Angela se escucha en mis auriculares. El helicóptero vibra debajo de nosotros antes de elevarse poco a poco. —¡Eres un maldito cabrón!
Angela grita.
Christian ríe. Está disfrutando de su pequeña travesura.
Durante los primeros minutos que sobrevolamos el área mi amiga suelta todas las maldiciones posibles. Christian las ignora mientras yo aprieto mis labios con la esperanza de ocultar la carcajada que quiere escapar de mi pecho. En algún momento, mi amiga decide cesar con sus maldiciones.
Algunos minutos más tarde, el helicóptero reduce su marcha conforme vamos acercándonos al edificio con la palabra "Escala" en letras enormes, puedo ver la pista de aterrizaje en la cima. Mis ojos miran en esa dirección esperando ver como se hace cada vez más y más grande.
El helicóptero se sostiene en el aire y Christian lo deja sobre la pista de aterrizaje en la cima del edificio. Él apaga el motor, el sonido del rotor disminuye y se tranquiliza, Christian se quita sus auriculares, alcanza los míos y también los quita, aprovecha su movimiento para mirarme más de cerca, hay algo en sus ojos que no puedo identificar.
—¿Estas bien, Ang? —pregunto girando mi rostro para buscar el de mi amiga. Sus ojos están cerrados, su espalda está pegada completamente al respaldo y sus manos sujetan con fuerza el asiento. Su pecho sube y baja por su respiración acelerada.
—Estaré bien cuando me dejen bajar de esta mierda —gruñe en respuesta.
Se mueve, abre la puerta del helicóptero y salta afuera, estira su mano hacia mí ayudándome a deslizarme hacia abajo, a la pista de aterrizaje.
—¡Cuñadita! —el sonriente Elliot se encarga de sujetarme por la cintura, atrae mi cuerpo al suyo para evitar que los fuertes vientos de la cima del edificio me lleven hacia el borde.
—Hola, Elliot —sonrió.
—Vamos adentro —grita sobre el ruido del viento, con cuidado me conduce hacia el interior de un espacio que simula un recibidor antes del elevador. Christian y Angela llegan segundos después.
—¿Por qué carajos usamos tu puto helicóptero, si estábamos a veinte minutos en auto? —Angela pregunta soltando su cuerpo del apoyo del cobrizo.
—Porque así lo quise —Christian se encoje de hombros, Angela gruñe, Elliot y yo nos limitamos a sonreír. Sé que costó más tiempo, esfuerzo y dinero ir a recogernos en el helicóptero de lo que hubiera costado ir en el auto. Pero, bueno, el millonario es él.
Angela y Elliot se despiden de nosotros después de eso. El rubio insistió en acompañar a mi amiga hasta su casa, Angela se negó y lo golpeo un par de veces con su bastón de apoyo, pero, cuando Eliot mencionó la palabra "pizza", mi amiga permitió que el hombre la cargara en brazos y se la llevara.
—Vamos, cariño —Christian me sujeta de nuevo por la cintura, me ayuda a llegar de nuevo al ascensor que nos lleva hasta su casa.
—Sigue siendo sorprendente —doy un respingo cuando las puertas se abren delante de mis ojos. —Aun me parece impactante que tu casa sea como una galería moderna de arte y no cómo una casa donde vive alguien.
Escucho su risa, alcanzo a percibir su movimiento, pero dos segundos después estoy doblada en sus brazos.
—¡Christian! —rio.
Mi espalda es presionada contra una superficie acojinada y suave. Sé que estoy recostada contra uno de los sofás, él está inclinado sobre mí con una sonrisa divertida y relajada en su rostro.
Es inevitable que mis manos suban a su rostro. Es inevitable que él se incline más hacia mí. Es inevitable que nuestros labios se encuentren fundiéndonos en un beso lento y tranquilo.
—Estoy muy orgulloso de ti —dice, separa su rostro unos centímetros del mío.
—¿Desde cuándo sabías que me iban a ascender? —pregunto.
—El día del arreglo florar —comenta. Me congelo. —Ese día Leonard me llamó y envió el memorándum con las firmas del consejo de periodismo donde se autorizaban las decisiones.
—Me siento aun peor por esas flores —murmuro. Christian mantiene sus ojos en mí.
—Eso también fue mi culpa sin duda —su voz se vuelve un murmullo cargado de seriedad.
—Sí, lo fue —acepto. Christian abre al máximo sus ojos, asombrado y ligeramente molesto por mi aceptación, pero cuando ve la sonrisa en mi rostro se relaja.
—Aún sigo molesto por eso, señorita Swan —murmura juguetonamente. Trago el nudo que se forma en mi garganta, sé que a pesar de su tono sus palabras son muy enserio.
—Somos dos, señor Grey —la voz de Gail suena de la nada.
Ambos saltamos. Christian se pone de pie obligando a mi cuerpo a hacer lo mismo, con cuidado me coloca sobre mis pies para enfrentarme a una señora Gail Jones.
—Hola Gail —murmuro nerviosa.
—Señorita Swan —la mujer da un asentimiento frio en mi dirección.
Es inevitable que el arrepentimiento me llegue como una enorme piedra callendo por un risco.
—Gail, yo... lo lamento mucho —suspiro. Mis ojos se centran en su rostro molesto, pero evito hacer contacto con sus ojos, no puedo mirarle directamente a los ojos.
—Señorita Swan —Gail dice mi nombre con decepción lo cual hace que las consecuencias de mis actos duelan más. Gail ha sido una aliada en este lugar, y yo le pago haciendo encabronar a su jefe. —No estoy molesta por que haya tan repentinamente, tampoco porque haya regresado las flores del señor Grey, eso no es mi asunto.
—Yo...
—Me preocupé —admite Gail. —En su rostro había cansancio, ansiedad y pesar. Yo... creí que estaba enferma, o que estaba lastimada o... algo peor, señorita.
—Lo lamento, Gail —repito. —Debí darte una explicación.
—Una advertencia habría sido suficiente, señora —resopla la mujer. —Habría podido lidiar de una mejor manera con el mal humor del señor Grey.
Muerdo mi labio para no mostrar mi sonrisa.
—Lamento que tu jefe sea tan gruñón, Gail —le digo. —Intentaré no hacerlo enojar tan seguido.
—Tan seguido —Christian chasquea su lengua.
—Se lo agradecería —Gail pronuncia esas palabras en el medio del agradecimiento y la súplica.
—Señora Jones —Christian llama su atención. —¿Todo lo que pedí está listo?
—Por supuesto, señor —le responde. —Su madre ha quedado en pasar en cuanto termine su turno.
Christian asiente. Gail sonríe. Yo los miro con la sospecha se instala en mi mente.
—Harás que Grace venga a revisarme, ¿cierto? —digo mirando al cobrizo.
—Quiero asegurarme de que tus heridas estén sanando bien —es la respuesta que me da.
—No vuelva a preocuparnos así, señora —la mujer me dice en un tono más cálido y amable, pero sin dejar de reprenderme. —Todos la hemos pasado mal con el accidente que usted y la señorita Webber tuvieron.
—Lo sé —digo. —Gracias por cuidar de nosotras.
Ambos me miran y asienten. Gail se disculpa para continuar con sus labores, no sin antes decirme que está a mi completa disposición.
—Te llevaré a la habitación para que te recuestes y descanses —Christian me toma en sus brazos con cuidado. —¿Quieres darte una ducha antes?
—¿Vendrás conmigo? —pregunto. En mi voz se cuela el sentimiento, el anhelo que siento por él.
—No —susurra. —No me mires así, sigues lastimada así que la respuesta es no.
—Christian —lloriqueo.
—No, te ayudaré a darte una ducha, pero no me ducharé contigo.
—Por favor —le pido.
—No, Isabella —su voz es rotundamente seria. Cruza sus brazos sobre su duro y tonificado pecho.
Maldita sea. No podré ganarle.
Suelto un suspiro lleno de resignación. Nos conduce al cuarto de baño, con cuidado me deposita sobre mis pies.
—Te apuesto a que si me desnudo ahorita frente a ti no podrás resistir a mis encantos —le digo. Quiero provocarlo, quiero que me toque, que me acaricie, que me folle, que me ame.
—Hazlo —me reta. Se hace ligeramente hacia atrás.
Me quedo de pie. No me muevo, no hago ningún esfuerzo por quitarme la ropa que Suzanne me ha colocado esta mañana, mis jodidas heridas me dificultan la movilidad y mi cuerpo ya ha hecho bastante esfuerzo esta mañana. Ya no tengo fuerzas para moverme. No puedo, yo lo sé y él lo sabe.
—Ayúdame —digo en el mismo tono seductor y cansado.
Christian me mira, sus ojos brillan con picardía, con deseo, con ese maldito fuego que me pone de rodillas. Se lanza a mí, sus labios atacan los mios robándome un gemido, sus manos suben a mi cuerpo sosteniéndolo con cuidado pero con demasiada firmeza contra el suyo.
—Desnúdame —digo contra sus labios. Él lo hace, sus manos toman los bordes de mi ropa, levanta la tela por mi cuerpo con demasiada lentitud.
Deposita besos contra mi cuello, poco a poco desciende por mis hombros hasta mis clavículas, luego por la piel que ha quedado desnuda en medio de mis pechos y hasta mi ombligo. De una en una, me quita todas las prendas que llevo encima, acaricia mi piel, sus manos bajan por mis piernas, asegurándose de no lastimar la herida en mi muslo. Sus labios rozan algunas partes de mi cuerpo encendiendo mi piel en llamas y obligándome a respirar con dificultad.
—Tienes razón —dice volviendo a mis labios. Sus manos acarician mi espalda desnuda. —Eres jodidamente irresistible.
Sonrió triunfante.
—Pero no me ducharé contigo —sentencia. Mi sonrisa se borra.
Refunfuñando permito que me conduzca hasta la regadera, abre las llaves de la ducha y me mete debajo de la lluvia de agua cuando se asegura que la temperatura sea la adecuada. Se quita la camisa del traje y los zapatos para no mojarlos, y se dedica a cumplir su palabra. Me ayuda a ducharme, limpia mis heridas y me viste de nuevo.
—Ven aquí —me ordena. Señala el taburete del mueble que está frente al espejo, mi cuerpo se arrastra hasta con él.
Me siento mirándole a través del espejo. Sus manos cepillan mi cabello con bastante dedicación antes de tomar la secadora y comenzar con su actividad. Mi cuerpo comienza a relajarse.
—Aun luces agotado —le digo rompiendo el silencio. —Tu también deberías descansar.
—No me meteré a la cama contigo —se burla. Sabe mis intenciones ocultas en mis palabras. —Mientras tú duermes, yo trabajaré.
Sus ojos grises me regresan la mirada a través del espejo por unos segundos, luego, vuelven a concentrarse en mi cabello. Ambos nos quedamos en silencio disfrutando la compañía del otro
—¿Puedes trenzarlo? —pregunto cuando veo que deja la secadora y el cepillo de lado. —No quiero que se enrede.
El asiente.
Christian disfruta trenzar mi cabello, he notado que esa sencilla actividad produce cierta calma en él, así que cada oportunidad que tengo, le pido que lo haga para yo deleitarme con la expresión de su rostro por algo tan mundano.
En segundos, tengo mi cabello atado en una perfecta trenza.
—Métete en la cama —dice. Se inclina para depositar un beso sobre mi cabello mientras sus ojos grises me observan por el espejo. —Ahora.
—Sí, señor Grey.
*Sr. Kahn =Director del New York Times.
*Sra. Kopit =Oficialmente es directora ejecutiva de la compañía New York Times. La usaremos como su puesto descrito en la historia.
* Congratulazioni =Traducción al italiano de: Felicitaciones
Holiiiiiiiiiiii Ya volví jijiji.
Dato random que a nadie le interesa saber pero que yo de todos modos les diré: Ayer fue mi cumpleaños y como regalo de cumpleaños les iba a publicar el capítulo, pero por todo lo que se requiere en un día de ese tipo, ya no me dio tiempo. ¡Pero aquí estoy!
Espero que ustedes también hayan tenido ganas de saltar sobre todos esos "hombres de negocios" y darles una reiniciación cognitiva (una bofetada) En fin, Isabella ahora tiene "oficialmente" un buen puesto en el periódico y al soltero más codiciado de Seattle (y de los que amamos a Grey) ¿Le tengo envidia? ¡Si, definitivamente!
Veamos que tal la trata la vida (guiño, guiño)
Nos leemos en el siguiente capitulo.
