41
Sentía el corazón a mil. Había conseguido escurrirse por las puertas de la aldea, pero su instinto le decía que la estaban siguiendo. Estaba siendo lo más cautelosa posible, aplicando lo que Sakura le había enseñado en teoría y que llevaba meses entrenando con su equipo, pero la luz de la luna llena le dificultaba un poco camuflarse.
Sintió una punzada en el pecho al recordar a sus compañeros. ¡Cómo iba a extrañarlos! Jamás se había sentido tan bienvenida en un lugar como en Konoha. Y era por eso que se estaba escapando: si resultaba cierto que era un peligro para ellos, prefería alejarse. Además, con la orden de no salir de la aldea, volverían a las misiones de rango D y no quería suponerles un estorbo.
Al percibir una sombra sobre un árbol, se detuvo y se agachó, quedándose lo más quieta posible. Después de ver a la silueta desaparecer, se puso en pie e iba a reanudar el camino cuando una voz la paró en seco:
—¿Qué crees que estás haciendo?
Athena sintió que toda la sangre le abandonaba el rostro. Tragó saliva y se giró con lentitud.
—Quitándole un problema de encima, milady —trató de mostrarse segura, aun cuando la voz le salió temblorosa.
Lady Tsunade estaba frente a ella, con los brazos en jarras. Se veía muy seria y ¿preocupada?
—No me digas —respondió con ironía—. ¿Y pensaste que te iba a resultar fácil marcharte? ¿Acaso no te advertí una vez que si te escapabas te mandaría traer de vuelta a la aldea y te castigaría?
Athena se paró más firme para encubrir su estremecimiento. Conocía muy bien las consecuencias de su decisión.
—Sí, p-pero sinceramente no creí que le importaría tanto —se le quebró un poco la voz. Apretó las manos en puños; no podía dejar que las emociones la embargaran en un momento como ese.
La Hokage bajó la mirada al suelo.
—¿De verdad crees eso? —susurró.
Athena se tragó el taco que tenía en la garganta. Podía percibir cierto dolor en la voz de lady Tsunade, pero ¿acaso no la había hecho a un lado y la había tratado con total frialdad?
—Su actitud de las últimas semanas me demuestra eso —murmuró.
—¿Y por qué crees que vine entonces? —Lady Tsunade clavó los ojos en ella.
—Supongo que su deber como Hokage le impide dejarme ir.
Lady Tsunade dio unos pasos hacia ella, y Athena retrocedió.
—N-no se acerque, milady —le advirtió—. No quiero regresar a la aldea. No deseo lastimar a nadie ni seguir siendo una carga para usted. M-me costó mucho... —tragó saliva— tomar esta decisión. —Empezó a sentir todo el peso de las emociones de los últimos días sobre ella—. L-le agradezco todo lo que ha hecho por mí... pero dé por saldada la deuda con mi abuela.
—Athena...
Athena se rompió. Las lágrimas corrían sin cesar por sus mejillas, dejándole un rastro salado en la piel. La soledad, el miedo, el corazón roto por tener que dejar a doña Hana y a sus compañeros, la devastadora posibilidad de no volver a ver a lady Tsunade y el rechazo de su parte durante las últimas semanas... todo burbujeaba en su interior como un volcán a punto de estallar. El ardor en la boca del estómago crecía con cada sollozo, extendiéndose como un fuego incontrolable. Sus respiraciones se volvieron entrecortadas y erráticas. El peso de sus emociones la aplastaba, sumiéndola en una espiral de desesperación y dolor.
—D-déjeme ir, por favor —dijo entre sollozos—. Ya ni siquiera hay una amistad entre las dos.
De repente, unas siluetas la rodearon. En el fondo, escuchó que lady Tsunade gritaba «deténganse», pero, a partir de ahí, todo se volvió borroso. El mundo perdió su calidez y se tornó oscuro.
Las palabras de Athena la hirieron. ¿Cómo podía creer que si se iba de la aldea a ella no le importaría? Sin embargo, no podía pasar por alto la tormenta de emociones por la que la chica parecía estar pasando. Se veía confundida y lastimada. A Tsunade le dolía el corazón ver esa expresión en su hermoso rostro.
Trató de acercarse, pero Athena retrocedió. Su estado emocional pareció empeorar y comenzó a llorar desconsoladamente. Fue entonces cuando lo vio, al fin pudo presenciar de primera mano el despertar de aquel chakra púrpura del que había escuchado de boca de Aya. Había visto un atisbo de ese poder durante el combate de Athena y Kenji, pero en aquel momento se estaba manifestando en todo su esplendor, cubriendo el cuerpo de la chica como una marea oscura.
Los ANBU rodearon a Athena al considerarla una amenaza inminente, y Tsunade no alcanzó a detenerlos a tiempo. La chica parecía confundida, con lágrimas aún en los ojos; sin embargo, a medida que los ninjas se abalanzaban sobre ella, sus facciones se endurecían. Su forma de moverse y eludir los ataques dejaba claro que ese chakra aumentaba su fuerza y velocidad de manera alarmante.
Tsunade sabía que debía actuar rápido. Si Athena llegaba a asesinar a uno de los ninjas de Konoha en ese estado, los consejeros tendrían aún más motivos para encerrarla. Corrió hacia ella y, al estar más cerca, se percató de que la expresión de Athena distaba del semblante inocente y amable que la caracterizaba. Sus ojos, normalmente llenos de dulzura, ahora destellaban con una intensidad fría y despiadada. No había rastro de la ternura con la que siempre la miraba; en su lugar, solo había un vacío aterrador y un poder descontrolado.
—¡No la ataquen más! —les gritó a sus ANBU. Luego trató de aproximarse a la chica.
Uno de los ninjas se abalanzó sobre Athena mientras estaba distraída con Tsunade, pero los reflejos de la chica también habían aumentado. No solo esquivó el ataque, sino que sorprendió al ninja con la guardia baja, lo agarró por el cuello y lo presionó contra un árbol. Tsunade tenía que actuar de inmediato, con la fuerza que parecía tener, Athena podría romperle el cuello al ANBU en cualquier momento.
Tsunade saltó hacia ella y la abrazó por la espalda, reuniendo toda su fuerza en caso de que la chica luchara por liberarse. Sin embargo, para su sorpresa, ella no se resistió, lo que le facilitó acercarse a su oído y susurrarle:
—Sé que estás ahí, mi amor. Perdóname por haberte tratado como lo hice. Vuelve conmigo, por favor.
Athena cesó todo movimiento, soltó un suspiro tembloroso y luego se estremeció. Aflojó el agarre en el cuello del ANBU mientras el chakra empezaba a disiparse. Tsunade aún la tenía abrazada, así que logró sostenerla cuando la chica perdió el conocimiento y cayó a sus brazos.
Athena se despertó en una habitación desconocida. ¿Estaría en la cárcel? No, se veía demasiado ordenada y decorada como para ser un calabozo. Sentía la cabeza embotada, pero no había dolor en ninguna parte de su cuerpo. ¿Qué había pasado? El último recuerdo que tenía era la discusión con lady Tsunade en el bosque. ¿Cómo la habían atrapado? ¿Y cómo podría escapar?
El sonido de unos pasos la pusieron en alerta, y se quedó con la mirada pegada a la puerta, a la espera de quién se asomaría. La silueta que se reveló hizo que su corazón se detuviera por un segundo.
—Lady Tsunade —soltó casi sin aliento.
La Hokage le sonrió con dulzura, y Athena creyó que se moría. Hacía tiempo que no le veía esa expresión dirigida a ella. Por un momento, todo lo que había pasado esa noche quedó en el olvido.
Su impacto emocional debió de habérsele mostrado en el rostro, pues lady Tsunade se apresuró a sentarse en la cama y acunarle el rostro entre las manos.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó con genuina preocupación.
Athena cerró los ojos unos instantes y disfrutó de la caricia.
—Siento como si tuviera la cabeza dentro de un balde. ¿Cómo hizo para traerme? ¿Me noquearon y me arrastraron? —dijo medio en broma.
Lady Tsunade pareció pensar en eso por un momento. Dejó ir el rostro de Athena, pero no se alejó.
—No exactamente. Pero hablaremos de eso más tarde. —La observó por un instante—. Te ves más tranquila; creo que podremos hablar sobre el porqué te estabas yendo de la aldea.
Athena tragó saliva. Una cosa había sido enfrentarla en el bosque, a campo abierto, otra muy diferente era teniéndola tan cerca.
—M-milady, como se lo dije allá en el bosque, no quiero ser un peligro para nadie. Mire todos los problemas que ha tenido usted por mi culpa. Además... —bajó la mirada—, ni siquiera sé si usted aún desea tenerme cerca.
—Eres una tonta —gruñó la Hokage—. ¿Crees que si ese fuera el caso, te habría ido a buscar y te habría traído a mi casa?
Eso le sacudió el mundo.
—¿E-estoy en su casa?
—Así es.
—P-pero...
Lady Tsunade le puso el dedo índice en los labios para callarla.
—Creo que ahora es mi turno de explicarme. —Se llevó las manos al regazo. Parecía nerviosa—. Athena, yo no he sido del todo sincera contigo...
¿Qué? Eso la tomó desprevenida.
—Te he estado ocultando algo importante. —La Hokage bajó la mirada al suelo, luego suspiró y clavó los ojos en ella—. Yo... también siento cosas por ti.
Athena parpadeó. No se estaría refiriendo a...
—¿Q-qué cosas?
—Sentimientos románticos... No te veo solo como una amiga.
Eso tenía que ser un sueño. ¿En serio era posible que lady Tsunade correspondiera a sus sentimientos?
—Creo... que no entiendo —susurró.
Lady Tsunade sacudió la cabeza.
—¿De verdad es tan difícil de creer que pueda sentir algo por ti? Dios, pero si eres un encanto. Hermosa, inteligente, amable, atenta, caballerosa... ¿Quién no caería rendida ante ti al conocerte?
Athena la miró boquiabierta. ¿Era todas esas cosas? ¿Esa era la idea que lady Tsunade tenía de ella?
—Pero... es que usted es usted... —Casi se golpea mentalmente por su falta de elocuencia—. Quiero decir que... nunca pensé que podría fijarse en mí.
Lady Tsunade le lanzó una mirada que le volteó el estómago al revés. Luego se inclinó y le pasó el pulgar por el labio inferior.
—Lo hice —susurró—. Me fijé en ti y ahora no sé qué hacer con estos sentimientos.
Athena le besó el pulgar sin pensar, y lady Tsunade cerró los ojos e inhaló con fuerza. Luego retiró la mano.
—Me estás distrayendo —murmuró—. La cuestión, Athena, es que me sentí muy herida cuando supe que querías sacrificarte. —Se pasó la mano por el rostro—. Tú más que nadie sabes las pérdidas que he experimentado, y tuve tanto miedo que opté por alejarme.
Lady Tsunade tenía una expresión tan vulnerable que Athena se incorporó y extendió la mano para acunarle la mejilla, acariciándole el pómulo y la mandíbula. Por supuesto que lo entendía, si la misma Hokage hubiese estado en peligro, no lo habría soportado. Cuando pierdes a las personas que amas, el miedo se profundiza y se hace todo lo posible por huir de él; incluso si, en el proceso, tienes que esconderte de tus propios sentimientos.
—Perdóneme, milady —empezó con voz suave—. No sabía que tenía la capacidad de herirla de esa forma. Creí que cumpliendo con mi deber estaría honrando todo lo que usted me había dado... Que al fin tenía algo que proteger y por lo cual dar mi vida.
—¿Y volverás a hacerlo? —preguntó lady Tsunade con temor en la voz.
Athena sacudió la cabeza.
—Nunca volveré a lastimarla de esa manera. —Que Dios la castigara si lo hiciera—. Usted es la persona más importante en mi vida. —Hizo una pausa. ¿Quizá era hora de decirlo? Ya no había una línea que cruzar, ¿verdad?—. E-estoy perdida e irremediablemente enamorada de usted.
Lady Tsunade alzó las cejas levemente, y sus ojos brillaron.
—Pero ibas a marcharte de la aldea —protestó con suavidad.
Athena cerró los ojos y se inclinó para juntar su frente con la de lady Tsunade.
—Porque pensé que era lo mejor para todos, en especial para usted. Además, su actitud me estaba matando.
—Lo sé —susurró la Hokage.
Athena estaba envuelta en el perfume de lady Tsunade, un aroma cálido y embriagador que la hacía sentir segura y a la vez la llenaba de anhelo. Podía sentir que la respiración de la Hokage se hacía más superficial, casi entrecortada. ¿Estaría tan nerviosa como ella? ¿Tendría el corazón latiendo tan rápido y fuerte como el suyo? Su cercanía era un torbellino de sensaciones que la absorbía por completo.
Buscó en su interior esa audacia que en ocasiones experimentaba gracias a lady Tsunade y, al encontrarla, hizo algo totalmente fuera de su zona de confort: levantó una mano temblorosa y tomó el rostro de la mujer que le inspiraba tanta ternura. Sus dedos rozaron la piel tersa, sintiendo el calor y la vida que emanaban de ella. Cerró el poco espacio que había entre ellas, capturando los labios que venía añorando incluso mucho antes de aquel primer beso.
Tsunade suspiró al sentir el roce de los labios de Athena, un suspiro cargado de deseo contenido. Estiró la mano con suavidad y la posó en la nuca de la chica para atraerla más hacia ella y profundizar el beso. Abrió la boca para permitirle el acceso a la lengua de Athena, y jadeó cuando ambas se encontraron en una danza íntima y apasionada. Meses de deseos reprimidos, semanas de miedo, ira y conmoción, días de infinita añoranza... todos los depositó en aquel beso.
Cuando finalmente se separaron, ambas respiraban con dificultad, sus pechos subiendo y bajando al unísono. Tsunade dejó que sus dedos se deslizaran por el cabello de Athena, enredándose en los rizos sedosos y oscuros.
—Athena —susurró con voz temblorosa—, estos sentimientos son complicados. El hecho de que los aceptemos no quiere decir que podremos actuar sobre ellos.
La tristeza brilló en los ojos de la chica.
—¿Por qué dice eso, milady?
—Nuestra diferencia de edad es muy grande.
—Eso nunca me ha importado —replicó Athena con determinación.
—Pero a mí sí me importa. —Tsunade suspiró—. Esta apariencia que ves no es la mía... Bueno, lo fue en otro tiempo. Es una técnica de transformación. Debajo de ella, se esconde una mujer arrugada, herida, con vicios y traumas. —Le acarició la mejilla—. No sería justo para mí tomar tu juventud e inocencia.
—¿Y cree que en mí solo hay pureza, buenos recuerdos y moral impoluta? —Athena se mordió el labio inferior—. Tengo 23 años, y a veces me siento rota. Escondo lo que soy y lo que siento por miedo a que me hieran.
Tsunade se maravilló con la madurez con la que estaba hablando.
La chica le tomó la mano que tenía en su mejilla y se la llevó a los labios para besarla.
—Tenemos muchas cosas en común, y en otras nos complementamos, ¿no cree, milady?
Dios, ¿cómo no se había dado cuenta antes de lo mucho que adoraba a aquella chica? Sentía el pecho hinchado de pasión y ternura. ¿Akira siempre lo había sabido y por eso había enviado a Athena a buscarla? ¿Era posible que la anciana bruja hubiese podido predecir que casi 33 años después de su encuentro se enamoraría de su nieta? Qué loco sonaba eso, pero ¿acaso no le había dicho que volvería a enamorarse a los 53 años? Aun así, una relación con Athena era casi imposible, por más sentimientos que hubiese de por medio.
Le apretó la mano.
—Y no solo es la edad, también es mi posición como Hokage. No sé cómo se lo tomaría la gente. Y... —hizo una pausa—, aún hay muchas cosas en mí por desempacar. No sé cómo sentirme con respecto a Dan.
Athena asintió.
—L-lo entiendo, milady.
Tsunade se inclinó de nuevo y le dio un beso breve en los labios. No se merecía el corazón tan puro de aquella chica.
—Solo ten presente... —se llevó la mano de Athena al pecho— que mi corazón late por ti. Que cada vez que te miro, estoy ardiendo de anhelo por ti. Y no quiero que te vayas de la aldea, no quiero que te alejes de mí, pero tampoco puedo darte más que mi amistad.
Athena cerró los ojos por un momento. Cuando los abrió, tenía una mirada melancólica, pero llena de calidez.
—Lo comprendo —asintió—. Y no me iré ni me alejaré. Lo prometo.
—Está bien —Tsunade suspiró aliviada—. Llegamos a un acuerdo, entonces —sonrió—. Sin embargo, aún hay algo pendiente. Como Hokage, debo ser estricta y cumplir el castigo que te prometí por haberte escapado.
El estremecimiento de Athena fue evidente.
—Es bueno ver que aún te inspiro algo de miedo. —Tsunade soltó una carcajada. Luego su expresión adoptó un semblante más serio—. Pero fuera de bromas, los consejeros ya tuvieron que haberse enterado de tu intento de huida. Vamos a tener muchos problemas. Y te pido que, lo que se haga, no te lo tomes personal. —Suspiró—. Esos viejos viven muertos de miedo. Al principio será incómodo que te tengan vigilada, pero ahora que presencié ese poder, puedo ayudarte a controlarlo.
Athena frunció el ceño.
—¿Cómo que lo presenció?
Ah, claro. Athena no lo recordaba.
—Cuando te encontré, perdiste el control y liberaste ese chakra púrpura.
Athena la miró horrorizada.
—¿Herí a alguien? ¿L-la lastimé a usted?
—Bueno, algunos de mis ANBU no están muy contentos, pero no fue nada grave. —Vio que la chica se encogía—. Pero a mí no me hiciste nada.
Athena se llevó la mano al pecho y suspiró aliviada.
—Gracias a Dios.
—Las cosas se van a tornar un poco complicadas; solo te pido paciencia mientras calmamos a los consejeros. Después nos concentraremos en controlar ese poder. ¿De acuerdo?
La chica asintió. Luego abrió mucho los ojos, como si hubiese recordado algo.
—Tengo que avisarle a doña Hana y a los chicos. Les dejé una nota diciéndoles que me marcharía.
—No te preocupes, ya me encargué de eso. Hana te manda decir que te espera un buen jalón de orejas.
Athena esbozó una sonrisa tímida.
—Claro.
Un momento de silencio.
—Athena —comenzó Tsunade—, ¿te acuerdas cuando viniste a la aldea y me pediste que te aceptara como aprendiz?
La chica asintió.
—Bueno, deseo concedido.
Athena se quedó boquiabierta.
—¿S-será mi maestra?
—Claro, ¿quién más que yo podría adiestrarte en el control del chakra? —Tsunade ahora entendía la petición de Akira, no solo de enseñarle a Athena a amarse a sí misma, sino también a controlar ese poder—. Descansa. Mañana será un largo día. —Se puso de pie.
—¿Milady? —Athena habló con vacilación—. Un... un último beso..., por favor.
¿Y cómo podía negarse cuando ella también se moría por volver a probar los labios de la chica? Solo por esa noche se permitiría ese placer.
Se inclinó y, por unos momentos, olvidó las razones por las que no podía estar con Athena.
