ROBERT BARATHEON
Robert Baratheon se encontraba en el segundo piso de "El Melocotón," un burdel modesto en la pequeña ciudad de Septon de Piedra. Se ocultaba allí, esperando el momento adecuado para actuar mientras los hombres de Jon Connington, la Mano del Rey, lo buscaban con una intensidad que solo la desesperación podía alimentar. Robert era conocido por su impulsividad, pero en este momento, sabía que no podía permitirse ser temerario. La rebelión que él había iniciado, la lucha por derrocar a los Targaryen y salvar a Lyanna Stark, dependía de su supervivencia. Si caía ahora, todo estaría perdido.
Desde su escondite, Robert observaba por una pequeña ventana cómo los soldados de Connington se movían por las calles, yendo de casa en casa, buscando al rebelde que había desafiado a la corona. Eran demasiados. Cientos de hombres leales a los Targaryen patrullaban la ciudad, y Robert sabía que sus propias fuerzas no podían enfrentarse a una fuerza tan abrumadora sin el apoyo que aún estaba en camino.
La ansiedad y la furia se mezclaban en su pecho, como un fuego que amenazaba con consumirlo. Robert no era un hombre que disfrutara de la pasividad; la batalla corría por sus venas, y quedarse escondido como una rata le repugnaba. Sin embargo, no era un tonto. Sabía que un movimiento precipitado podía significar el fin de todo por lo que había luchado.
Mientras reflexionaba, su mente llena de pensamientos de batalla y venganza, algo lo sacó de sus cavilaciones: el sonido de las campanas de la ciudad. Las campanas resonaban por todo Septon de Piedra, una advertencia que todos los ciudadanos reconocían al instante. Era la señal de que debían refugiarse, cerrar sus puertas y ventanas, porque algo terrible se avecinaba.
Robert sonrió, una sonrisa que no tenía nada de amable. Los hombres del Norte y de las Tierras de los Ríos habían llegado. El sonido de esas campanas no solo era una advertencia para los ciudadanos, sino también una llamada para él. Sabía lo que significaba: sus aliados estaban aquí, y la batalla estaba a punto de comenzar.
Se asomó por la ventana y, en la distancia, vio los estandartes ondeando. El venado coronado de Baratheon, su propio emblema, ondeaba en el viento, junto con los estandartes de los Stark y los Tully. El lobo huargo de los Stark, blanco sobre gris, y el pez plateado de los Tully en un fondo rojo, se destacaban claramente entre la multitud de colores y formas. Ver esos estandartes llenó a Robert de una energía que había estado contenida durante demasiado tiempo. La emoción de la batalla lo invadió como una oleada de adrenalina.
No podía esperar más. Robert se vistió rápidamente con su armadura, ajustándose cada pieza con una precisión que solo los guerreros experimentados poseen. Su armadura negra y dorada relucía a la luz tenue del burdel, y cuando tomó su martillo de guerra, el arma que lo había hecho temido en los Siete Reinos, se sintió completo. El acero en sus manos, el peso del martillo, la promesa de sangre y venganza.
Con su armadura puesta y el martillo en mano, Robert descendió por las escaleras del burdel, ignorando las miradas asustadas de las mujeres que se refugiaban allí. Había llegado el momento de luchar, de reclamar la victoria que tanto ansiaba.
Las calles de Septon de Piedra eran un caos. Los hombres de Jon Connington intentaban organizar una defensa desesperada, pero estaban abrumados por la ferocidad del ataque de los norteños y los hombres de las Tierras de los Ríos. Robert salió a la calle y, sin dudarlo, se lanzó a la batalla. Su martillo se alzó y cayó con una fuerza devastadora, aplastando cráneos, rompiendo huesos y enviando a sus enemigos a una muerte rápida y brutal.
La furia de Robert era imparable. Se abrió paso a través de las filas enemigas con una facilidad que bordeaba lo increíble, moviéndose como un vendaval de destrucción pura. Los hombres que se atrevían a enfrentarlo no vivían para contarlo. En el fragor del combate, Robert no contaba los enemigos que mataba, solo los derribaba uno tras otro, dejando un rastro de cuerpos a su paso.
Ese día, Robert Baratheon mató a seis hombres con su martillo de guerra, aplastándolos como si fueran insectos. El sonido de huesos rompiéndose, los gritos de los moribundos, y el olor de la sangre lo rodeaban, pero todo eso solo lo impulsaba a seguir adelante. Era la encarnación de la furia de los dioses, un guerrero que no conocía el miedo ni la piedad.
Y entonces lo vio. A través del humo y el caos, Robert divisó una figura familiar: Eddard Stark, su amigo, su hermano en todo menos en sangre, avanzaba hacia él. Ned estaba cubierto de sangre, su espada de acero valyrio brillando con un resplandor mortal mientras cortaba a través de los enemigos que se interponían en su camino. Era una visión de pura determinación, de un hombre que había venido a reclamar justicia.
Cuando sus ojos se encontraron, Robert supo que la batalla estaba ganada. Con Ned a su lado, nada podía detenerlos. Habían luchado juntos antes, pero esta vez era diferente. Esta vez, la victoria significaba más que una simple batalla. Significaba el comienzo del fin para los Targaryen, el comienzo de una nueva era.
Robert levantó su martillo en un gesto de saludo hacia Ned, su sonrisa feroz y llena de satisfacción. "¡Ned!" rugió, su voz resonando por encima del clamor de la batalla. "¡Hoy es el día en que derribamos a estos malditos dragones!"
Ned asintió, con una sonrisa tensa, y juntos, se lanzaron hacia la siguiente línea de enemigos, sabiendo que el destino de los Siete Reinos estaba en sus manos. Con cada golpe, con cada enemigo caído, se acercaban más a la victoria, y Robert sentía en lo más profundo de su ser que estaban destinados a triunfar.
Cuando la batalla finalmente terminó, cuando los últimos enemigos habían sido abatidos o habían huido, Robert se quedó de pie en medio del campo, respirando con dificultad, su martillo ensangrentado y pesado en su mano. Miró a su alrededor, a los cadáveres que cubrían las calles de Septon de Piedra, y luego volvió su mirada hacia Ned, que estaba de pie, con la espada de su familia aún en mano, su rostro endurecido por la experiencia de la batalla.
"Lo hemos logrado, Ned," dijo Robert, su voz cargada de emoción y cansancio. "Hoy hemos dado un paso más hacia la victoria final. Los Targaryen no sabrán qué los golpeó."
Ned asintió, pero no dijo nada. Había algo en sus ojos, una sombra que Robert no entendió en ese momento. Pero no importaba. Lo que importaba era que habían ganado, y que juntos, derribarían a los Targaryen y reclamarían el futuro que les pertenecía.
Mientras los hombres celebraban y los estandartes ondeaban en lo alto, Robert Baratheon sabía que la guerra estaba lejos de terminar. Pero con la sangre caliente aún en sus venas y la promesa de más batallas por venir, no podía evitar sentir que la victoria estaba al alcance de sus manos.
JON CONNINGTON:
Lord Jon Connington, Mano del Rey, cabalgaba con furia contenida, su mente ardiendo con pensamientos de venganza mientras él y sus hombres se alejaban de Septon de Piedra. Había logrado escapar con apenas cien hombres después del desastre que había sido su enfrentamiento con Robert Baratheon y sus aliados. A lo largo del día, su ira había crecido como un fuego incontrolable, alimentado por la humillación de la derrota. No podía soportar la idea de regresar a Desembarco del Rey con las manos vacías, con el fracaso pesando sobre su reputación.
Maldito Robert Baratheon. Maldito el usurpador, la rebelión, y sobre todo, maldito Eddard Stark. De no ser por Stark, en ese momento estaría regresando a la capital con la cabeza de Robert, su victoria asegurada y su nombre glorificado por los Targaryen. Pero en cambio, huía, derrotado y avergonzado.
Finalmente, al caer la noche, Connington decidió que sus hombres y caballos necesitaban descansar. Llevaban horas cabalgando sin descanso, alejándose lo más posible del campo de batalla. Eligieron un pequeño claro en el bosque, un lugar apartado donde pensaban que podrían encontrar algo de paz, aunque solo fuera por unas horas. Las fogatas fueron encendidas con rapidez, y los hombres se dejaron caer al suelo, agotados, mientras Jon se mantuvo en silencio, maldiciendo por lo bajo mientras contemplaba las llamas danzarinas.
El aire en el bosque era pesado, opresivo, y la oscuridad parecía más densa de lo habitual, como si algo antiguo y maligno acechara en las sombras. A pesar del cansancio, Jon no podía sacudirse la sensación de que estaban siendo observados. Pero desechó ese pensamiento, atribuyéndolo a su estado mental, a la humillación que lo consumía.
Los hombres estaban tensos, y el silencio solo era interrumpido por las ocasionales maldiciones y murmullos entre ellos. Robert Baratheon. Eddard Stark. El Norte maldito. Jon se repitió esos nombres una y otra vez, como un mantra de odio que no podía dejar ir.
Y entonces, sin previo aviso, los caballos comenzaron a inquietarse. Al principio, fue un leve nerviosismo, un movimiento inquieto que fue ignorado por los soldados cansados. Pero rápidamente, la situación se volvió caótica. Los caballos comenzaron a relinchar y patear, como si una fuerza invisible los atormentara. Los hombres intentaron calmarlos, pero la mayoría de las bestias se soltaron y huyeron hacia la oscuridad, frenéticas, como si un depredador invisible los estuviera cazando.
"¡Malditos sean todos!" gritó Jon, furioso. "¡Recuperen a esos caballos, o pagaréis con vuestras cabezas!"
Los hombres intentaron obedecer, pero antes de que pudieran actuar, un grito desgarrador resonó en la oscuridad. Era un sonido inhumano, un aullido que hizo que la sangre de todos los presentes se congelara en sus venas. El claro quedó en silencio mortal por un instante, como si el bosque mismo hubiera contenido el aliento.
Los hombres tomaron sus armas, sus ojos recorriendo la penumbra, buscando al enemigo invisible. Pero no vieron nada, solo sombras y el parpadeo de las llamas de sus fogatas. El miedo se apoderó de ellos. Algo los estaba acechando, algo que no podían ver, pero cuya presencia se sentía en cada fibra de su ser.
De repente, uno de los soldados fue arrastrado hacia la oscuridad con una velocidad aterradora, su grito ahogado por el sonido de garras desgarrando carne. El pánico estalló entre los hombres. No era una batalla, era una caza. Uno a uno, los soldados comenzaron a caer, sus gargantas rasgadas por algo que se movía demasiado rápido para ser visto. Los gritos llenaron el aire, pero fueron silenciados rápidamente por la brutalidad de los ataques.
Los pocos hombres que aún tenían caballos no esperaron más. Huyeron, abandonando a su señor y a sus compañeros, escapando a la oscuridad con la esperanza de salvar sus propias vidas. Los desafortunados que quedaron murieron intentando correr, sus cuerpos cayendo como muñecos rotos, sus vidas terminadas en segundos.
Jon Connington, con el corazón martillando en su pecho, intentó correr también. Pero el miedo lo traicionó, y tropezó en la oscuridad. Cayó al suelo, su mano aterrizando sobre algo blando y húmedo. Miró con horror y vio que había caído sobre el cuerpo de uno de sus propios hombres, la garganta desgarrada, la vida escapada de él en un charco de sangre. Jon sintió que la desesperación se apoderaba de él.
Se levantó de un salto, intentando escapar, pero una mano fría y poderosa lo tomó por el cuello, levantándolo del suelo como si no pesara nada. La fuerza del agarre era inmensa, paralizante. Jon no podía respirar, el pánico se apoderó de él, y sus manos arañaron la garra que lo mantenía sujeto, intentando liberarse en vano.
Apenas podía ver algo en la oscuridad, pero la luz de la luna que se filtraba entre las ramas permitió que sus ojos, llenos de terror, vislumbraran a su captor. Lo que vio lo dejó sin aliento: Eddard Stark, pero no como lo recordaba. Su rostro estaba deformado por una furia bestial. Sus ojos, que una vez fueron grises, brillaban con un tono amarillo intenso, y sus dientes, afilados como cuchillos, relucían bajo la luz tenue. Garras, donde antes había habido manos humanas, se hundían en su cuello, inmovilizándolo.
"Dile a tu rey," dijo Ned, su voz resonando con una gravedad inhumana, llena de una amenaza que hacía eco en la oscuridad del bosque. "Dile que el Norte recuerda."
Antes de que Jon pudiera siquiera intentar responder, sintió un dolor desgarrador en su rostro. Las garras de Eddard rasgaron su carne con una brutalidad salvaje, desgarrando la mitad de su rostro y arrancándole un ojo. El dolor era inimaginable, una agonía tan intensa que todo se volvió blanco en su mente.
Cuando Jon fue soltado, cayó al suelo, retorciéndose en un grito mudo mientras la sangre fluía por su rostro, cegando su única vista restante. Con un último vistazo, vio la silueta monstruosa de Ned Stark desapareciendo en la oscuridad, dejando tras de sí solo el eco de su advertencia.
Jon Connington quedó solo en el claro, con el rostro mutilado y la mente destrozada por el horror. La sangre empapaba su ropa, y el dolor era insoportable. Sabía que no podía quedarse allí, que debía huir, aunque solo fuera para llevar el mensaje de esa abominación a Desembarco del Rey.
Con una fuerza de voluntad que apenas podía reunir, se levantó tambaleante y comenzó a correr, a tropezar, a avanzar por el bosque, dejando atrás a sus hombres, dejando atrás su honor, dejando atrás todo lo que había conocido. Solo le quedaba un propósito: llegar a Desembarco del Rey y contar lo que había visto, contar lo que Eddard Stark se había convertido, y advertir que el Norte, de una manera que no podía ser más literal, se estaba acercando.
