HOWLAND REED:
Howland Reed, uno de los hombres más leales y discretos al servicio de Ned Stark, se encontraba en la tienda privada de su señor, lidiando con la tarea ingrata de retirar las flechas que aún sobresalían de la espalda de Ned. La armadura de cuero estaba desgarrada y ensangrentada, evidencia del feroz combate que había tenido lugar horas antes. A pesar de su estatura menuda en comparación con los hombres del Norte, Howland había demostrado ser tan fuerte en espíritu como en habilidad, y ahora, en ese momento íntimo de dolor y silencio, su preocupación por su señor era palpable.
Con un cuidado meticuloso, Howland retiró una de las flechas, preparado para ver la gravedad de la herida, pero lo que vio lo dejó perplejo. La herida, aunque profunda, ya comenzaba a sanar por sí sola. La carne alrededor del corte se estaba cerrando lentamente, como si un poder más allá de la comprensión humana estuviera actuando en el cuerpo de Ned.
"Mi señor... esto...," murmuró Howland, la sorpresa clara en su voz mientras inspeccionaba otra de las heridas y notaba el mismo fenómeno. "Tus heridas... están sanando. Por los antiguos dioses, esto no es normal."
Ned, que había estado en silencio hasta entonces, levantó la vista hacia su amigo, su expresión endurecida por la experiencia de la batalla y por algo más oscuro. "Lo sé, Howland," respondió, su tono grave. "Pero no debemos permitir que los demás lo vean. Véndame lo mejor que puedas, haz que parezca que estas heridas son más graves de lo que realmente son. No quiero que nadie sospeche."
Howland asintió, aunque la preocupación no abandonó su rostro. "Entiendo, mi señor," dijo, comenzando a vendar cuidadosamente las heridas de Ned. "Pero esto... este poder, es algo que no debería tomarse a la ligera. Si alguien más lo descubre... podríamos estar en peligro."
"Lo sé," replicó Ned, cerrando los ojos mientras Howland continuaba con su trabajo. "Pero por ahora, tenemos que mantener la apariencia de que soy solo un hombre herido, no algo más. No podemos arriesgar que estos rumores se propaguen."
Cuando Howland terminó de vendar las heridas y de retirar lo que quedaba de la armadura dañada, ambos se levantaron. Ned se movía con una determinación fría, aunque Howland podía ver el cansancio en sus ojos. Era el cansancio de alguien que llevaba un peso mucho mayor que cualquier otro en el campo de batalla, un peso que no podía compartir con nadie.
Los dos hombres salieron de la tienda, dirigiéndose hacia la tienda donde sabían que Robert Baratheon y Barristan Selmy se encontraban. El ambiente en el campamento era tenso, marcado por la reciente victoria y por las cicatrices que ésta había dejado en todos los involucrados. Cuando entraron en la tienda, Howland notó de inmediato a Robert, sentado con una venda alrededor de su hombro y otro sobre su costado, mientras un maestre trabajaba diligentemente en tratar sus heridas. Cerca de él, en otra camilla, estaba Barristan Selmy, el legendario guardia real que, sorprendentemente, aún vivía.
Ned frunció el ceño al ver a Selmy siendo atendido. Su voz salió más dura de lo habitual cuando preguntó, "¿Qué hace él aquí, Robert? ¿Por qué no ha sido ejecutado, como los demás?"
Robert, aunque herido, no había perdido su imponente presencia. Levantó la vista hacia su amigo, su expresión era una mezcla de cansancio y firmeza. "Le perdoné la vida," respondió Robert, su voz grave. "Barristan es un hombre honorable, Ned, e insisto que fuera tratado por mi maestre. Ha jurado no levantar un arma contra nosotros, y lo creo."
Ned apretó los puños a los costados, su mandíbula tensándose al escuchar las palabras de Robert. El peso de la guerra, la pérdida de su hermana y la furia acumulada en su interior bullían bajo la superficie, y Howland, observando desde un costado, vio cómo la piel de los nudillos de Ned comenzaba a romperse, dejando escapar pequeñas gotas de sangre.
"Como desees," dijo Ned finalmente, su voz fría y controlada. Pero Howland, que había conocido a Ned durante muchos años, pudo ver la lucha interna de su amigo, la furia apenas contenida que amenazaba con estallar. Ned no era el mismo hombre que había conocido antes de la guerra; la oscuridad que ahora lo rodeaba era palpable.
Antes de que alguien más pudiera notar la tensión, Robert rompió el silencio. "Ned," dijo, su tono más suave, "no puedo continuar con la campaña, no en este estado. Mis heridas me impiden seguir, y no puedo liderar a los hombres. Te encomiendo a ti que tomes el mando. Lleva a nuestros hombres al sur, completa lo que hemos empezado."
Ned asintió, su mirada se suavizó ligeramente al dirigirse a Robert. "Lo haré, Robert," respondió, "pero por ahora, necesitas descansar. Deja que tus heridas sanen; necesitarás toda tu fuerza para lo que venga después."
Robert asintió, agradecido, pero Howland notó que Ned ya había vuelto a sumergirse en sus propios pensamientos, su mente probablemente regresando a la escena de batalla, a las promesas no cumplidas y a la sangre derramada.
Una vez fuera de la tienda, Howland caminó en silencio junto a su señor, esperando a que Ned rompiera el silencio. Finalmente, después de unos momentos que parecieron una eternidad, Ned habló.
"Howland," dijo Ned, sin detenerse, "deja que los hombres descansen dos días. Han luchado duro y merecen un respiro antes de continuar. Pero después de eso, retomaremos la marcha hacia el sur. La guerra aún no ha terminado."
Howland asintió, aunque sabía que las palabras de Ned llevaban un peso adicional que aún no había sido revelado. "Entendido, mi señor," respondió, su voz baja pero firme. "¿Y tú? ¿Qué harás mientras tanto?"
Ned se detuvo por un momento, girándose para mirar a Howland directamente. Su voz bajó a un susurro, apenas audible por encima del viento que soplaba a través del campamento. "Voy a adelantarme," dijo Ned, su tono lleno de una determinación feroz. "Los veré en el Ojo de Dios."
Howland frunció el ceño, pero asintió de nuevo. Sabía que no podía detener a Ned, no cuando su amigo estaba tan decidido. "Nos encontraremos allí, mi señor," dijo finalmente, mientras Ned se alejaba, su figura fundiéndose con la oscuridad que se cernía sobre el campamento.
Mientras veía a Ned desaparecer en la distancia, Howland no pudo evitar sentir una inquietud creciente en su interior. La guerra había cambiado a todos ellos, pero a Ned, más que a nadie. El niño que una vez conoció había sido consumido por la guerra, transformado en un hombre que llevaba sobre sus hombros el peso del Norte y la carga de su propia furia. Y aunque Howland seguía siendo leal a su amigo, sabía que el camino que Ned estaba recorriendo estaba lleno de sombras y peligros que ningún hombre, por muy fuerte que fuera, podría enfrentar solo.
TYWIN LANNISTER:
Tywin Lannister estaba sentado en su escritorio en Roca Casterly, rodeado de mapas, informes y mensajes recientes de sus agentes en Desembarco del Rey. La noticia del resultado de la batalla del Tridente había llegado esa mañana, confirmando lo que Tywin ya había anticipado: el príncipe Rhaegar estaba muerto, y con él, cualquier esperanza de que la dinastía Targaryen mantuviera el control de Westeros. El reino estaba al borde del colapso, y Tywin sabía que era el momento perfecto para actuar.
Mientras revisaba las cartas, Tywin no pudo evitar sentir una mezcla de satisfacción y frialdad. El rey Aerys, con su locura creciente, había conducido a los Targaryen a su destrucción. Tywin había servido a Aerys durante años, y aunque había tolerado su comportamiento errático durante un tiempo, sabía que no podía permitir que su lealtad arrastrara a la Casa Lannister a la ruina. Era el momento de asegurar el futuro de su casa, y lo haría a su manera: calculada, despiadada y decisiva.
La puerta de su despacho se abrió, y su hermano Kevan Lannister entró en la habitación. Kevan era uno de los pocos hombres en los que Tywin confiaba completamente, alguien que siempre había seguido sus órdenes sin cuestionarlas, pero incluso él sabía que lo que Tywin estaba a punto de proponer era arriesgado.
"Tywin," comenzó Kevan, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto, "las tropas están listas para marchar cuando lo ordenes. Pero debo preguntar, ¿cuál es el plan exactamente? ¿Vamos a apoyar al Rey en Desembarco, o hay algo más en mente?"
Tywin levantó la vista de sus papeles, sus ojos fríos y calculadores se encontraron con los de su hermano. "Kevan," dijo con su tono característico de autoridad, "el Rey Aerys está perdido. Su locura lo ha llevado a destruir cualquier esperanza de mantener el Trono de Hierro. Los rebeldes han ganado impulso, y si no actuamos ahora, corremos el riesgo de ser arrastrados junto con los Targaryen en su caída."
Kevan asintió lentamente, aunque la gravedad de lo que Tywin estaba sugiriendo no pasó desapercibida. "Entonces, no vamos a ayudar a Aerys," dijo, más como una afirmación que como una pregunta.
Tywin dejó escapar un leve suspiro, como si estuviera explicando algo obvio. "Marcharemos hacia Desembarco del Rey, pero no para salvar a Aerys. Iremos bajo el pretexto de asistir a las fuerzas Targaryen contra los rebeldes, pero en realidad, nuestro objetivo es tomar control de la ciudad. Desembarco del Rey debe estar bajo nuestro dominio antes de que Robert Baratheon llegue. Si logramos esto, podremos negociar desde una posición de fuerza."
Kevan frunció el ceño, reflexionando sobre lo que eso implicaba. "¿Y qué propones que hagamos una vez que estemos dentro?"
Tywin se levantó de su asiento, caminando lentamente hacia la ventana que daba al vasto territorio de Roca Casterly. "Desembarco del Rey es una ciudad rica, Kevan. Rica en bienes, en oro, y en secretos. Cuando nuestras tropas entren, lo harán con una fuerza que nadie podrá cuestionar. Y entonces, saquearán la ciudad."
Kevan lo miró con sorpresa. "¿Saqueo? ¿Quieres que los Lannister saqueen Desembarco del Rey?" Su tono era incrédulo, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
Tywin se giró para enfrentar a su hermano, su expresión tan fría como el acero. "El saqueo no solo nos permitirá obtener riquezas y recursos, sino que también enviará un mensaje claro a todo Westeros: los Lannister están aquí para tomar lo que les pertenece. El caos nos permitirá tomar el control, y cuando Robert llegue, nos recibirá no solo como sus aliados, sino como los amos de la ciudad. Será entonces cuando le exigiremos algo a cambio."
Kevan respiró hondo, tratando de procesar la magnitud del plan. "¿Y qué es lo que exigiremos a cambio?"
Tywin esbozó una sonrisa, una sonrisa que no contenía alegría, sino una determinación fría y calculadora. "Cersei será la Reina de Westeros, Kevan. Cuando Robert Baratheon se siente en el Trono de Hierro, no tendrá otra opción que aceptar a Cersei como su esposa. Nuestra sangre se unirá a la suya, y los Lannister se convertirán en la verdadera fuerza detrás del trono."
Kevan asintió lentamente, viendo la lógica implacable en el plan de Tywin. "Así que tomaremos la ciudad, la saquearemos, y luego le entregaremos las llaves a Robert... a cambio de una alianza matrimonial que asegurará nuestro control sobre el reino."
"Exactamente," replicó Tywin, satisfecho de que su hermano entendiera. "Robert no es un hombre complicado. Quiere el trono, y nosotros le ofreceremos el medio para conseguirlo. Pero lo haremos en nuestros términos. Y cuando Desembarco esté en nuestras manos, no habrá quien se atreva a cuestionar nuestra lealtad, ni nuestro poder."
Kevan miró a su hermano, comprendiendo finalmente la magnitud de lo que estaban a punto de hacer. "Es un plan arriesgado, pero si alguien puede hacerlo, eres tú, Tywin. ¿Y qué pasará con el Rey Aerys?"
Tywin hizo una pausa, su mirada se volvió aún más gélida. "Aerys ya no importa," dijo con un tono definitivo. "Si se resiste, lo eliminaremos. La historia recordará a los Lannister no solo como los vencedores, sino como los arquitectos de un nuevo orden en Westeros."
Kevan asintió, sabiendo que su hermano ya había tomado su decisión y que no había vuelta atrás. "Convocaré a nuestros estandartes y prepararemos las tropas para marchar," dijo, su voz firme. "Desembarco del Rey será nuestro."
Tywin asintió, satisfecho. "Así es, Kevan," dijo mientras volvía a su escritorio, listo para dar las últimas órdenes. "Y cuando hayamos terminado, el león de Lannister rugirá más fuerte que nunca en los Siete Reinos."
SEPTON ALARIC
Septon Alaric, el Septon Supremo, estaba sentado en su austero escritorio en lo alto del Gran Septon de Baelor en Desembarco del Rey. La luz del día apenas penetraba por las altas ventanas de su solar, arrojando un brillo pálido sobre los pergaminos y cartas que se acumulaban frente a él. Había pasado la mañana revisando informes de la batalla del Tridente, y las noticias que contenían eran tanto alarmantes como reveladoras.
El príncipe Rhaegar Targaryen, la esperanza de la dinastía Targaryen y de la estabilidad del reino, estaba muerto. Los rebeldes, liderados por Robert Baratheon y apoyados por Ned Stark, habían logrado lo impensable: derrotar a las fuerzas reales en una batalla decisiva. Pero había algo más en esos informes, algo que hizo que Septon Alaric se detuviera y reflexionara profundamente.
Ned Stark, el Señor de Invernalia, se había ganado un nuevo apodo entre los hombres del reino: el Lobo del Norte. Las historias que circulaban sobre él eran tan extrañas como inquietantes. Se hablaba en susurros de una ferocidad inhumana, de un poder oscuro que lo envolvía en batalla, y de cómo había derrotado a algunos de los mejores guerreros del reino con una brutalidad que bordeaba lo sobrenatural. Los rumores indicaban que Ned Stark no era simplemente un hombre, sino algo más, algo que desafiaba las enseñanzas de la Fe.
Con una expresión grave, Septon Alaric levantó la mirada de los pergaminos y golpeó suavemente una campana de plata que descansaba a su lado. El sonido resonó en el pasillo, y momentos después, los principales seguidores y asesores del Septon Supremo comenzaron a entrar en su solar. Entre ellos estaban los septones más influyentes, todos vestidos con túnicas blancas y portando la solemnidad que requería la ocasión.
Una vez que todos estuvieron reunidos, Septon Alaric se levantó de su asiento, su figura alta y delgada proyectando una sombra alargada en la habitación. "Hermanos," comenzó, su voz resonante llenando el espacio, "las noticias que han llegado hasta nosotros son preocupantes, no solo para el reino, sino para nuestra Fe y para todos aquellos que siguen el camino de los Siete."
Los septones asintieron, intercambiando miradas de preocupación mientras esperaban que Septon Alaric continuara.
"Rhaegar Targaryen ha caído," dijo Alaric, sin necesidad de adornar la noticia con más detalles. "Y con él, quizás, la esperanza de mantener la paz en los Siete Reinos. Pero hay algo más que debemos discutir, algo que amenaza no solo la estabilidad del reino, sino también los cimientos mismos de nuestra Fe."
Uno de los septones más ancianos, Septon Martyn, que había servido a la Fe por décadas, levantó una mano. "¿Te refieres a los rumores sobre el Señor de Invernalia, Septon Alaric?" preguntó, su voz temblorosa pero clara.
Alaric asintió lentamente. "Así es, Martyn. Ned Stark, al que ahora llaman el Lobo del Norte, ha sido señalado como un hombre de una ferocidad inusual, y hay quienes dicen que su poder no proviene solo de su habilidad en combate, sino de algo mucho más oscuro."
Los septones murmuraron entre ellos, claramente inquietos por la dirección que tomaba la conversación. Septon Harwyn, un hombre conocido por su severidad en los asuntos de fe, fue el siguiente en hablar. "Los rumores sobre Stark son preocupantes, Septon Alaric. Si es cierto que se ha convertido en algo más que un hombre, algo que desafía las enseñanzas de los Siete, debemos actuar. La Fe no puede permitir que una blasfemia así quede impune."
"Exactamente," respondió Alaric, con una intensidad que mostró lo profundamente que lo perturbaban estos rumores. "La Fe de los Siete no puede tolerar la existencia de fuerzas que se opongan a lo que es sagrado. Si Ned Stark ha caído bajo la influencia de algo profano, algo que lo ha convertido en un monstruo, entonces debemos considerarlo una amenaza no solo para el reino, sino para la Fe misma."
"¿Qué sugieres que hagamos, Septon Supremo?" preguntó Septon Meribald, un hombre más joven pero igualmente devoto. "Stark es un líder poderoso y respetado en el Norte, y si los rumores son ciertos, enfrentarlo no será tarea fácil."
Septon Alaric miró a sus seguidores, sus ojos llenos de determinación. "Primero, debemos confirmar la veracidad de estos rumores, para no actuar precipitadamente. Pero si lo que se dice es cierto, si Ned Stark ha sido tocado por algo oscuro, entonces la Fe debe actuar con rapidez y decisión. Debemos purgar cualquier forma de blasfemia de este reino, por el bien de los Siete y de todos los que los siguen."
Los septones asintieron, comprendiendo la gravedad de la situación. "Debemos estar preparados," continuó Alaric, "para hacer lo que sea necesario para proteger la Fe. No podemos permitir que una figura como Stark, si ha sido corrompido, se convierta en un símbolo de desafío contra los Siete. Si es necesario, debemos movilizar a aquellos que aún son leales a la Fe, y estar dispuestos a erradicar esta amenaza."
"¿Y si el reino sigue a Stark, Septon Alaric?" preguntó Septon Martyn, su voz reflejando la preocupación de todos en la sala. "¿Qué haremos si la gente lo ve como un héroe, y no como un peligro?"
Alaric cerró los ojos un momento, reflexionando antes de responder. "Si el reino sigue a Stark, entonces la Fe debe trabajar aún más arduamente para demostrar que su poder no es un don divino, sino una maldición. Debemos hacer que la gente vea la verdad, aunque sea a través del miedo. La Fe de los Siete ha sobrevivido a desafíos mayores, y no permitiremos que esta oscuridad se arraigue en el corazón del reino."
Con esas palabras, Septon Alaric selló el destino de Eddard Stark en los ojos de la Fe. Los septones, sus seguidores más leales, sabían que las decisiones que tomarían en los próximos días podrían cambiar el curso de Westeros para siempre. Y aunque desconocían la verdadera naturaleza del poder que Ned Stark poseía, estaban decididos a erradicarlo, por el bien de la Fe y del reino.
