Aquella noche en los calabozos bajo la roca de la sierpe no aparentaba ser distinta al resto. Al menos, eso era lo que Démona consideraba. Nadie solía hacer el menor caso a la Drow desde que, meses antes, había ingresado en aquella prisión. Porque, incluso desprovista de sus armas, todos parecían tener claro que aquella mole pelirroja era capaz de coger la cabeza de alguien y espachurrarla contra las paredes hasta convertirla en una mancha espesa de un espeso color rojo sobre las mismas.

Estaba acostumbrada a aquellas noches tranquilas porque rara era la ocasión en la que, como aquella noche, la guardia bajaba a un nuevo prisionero. Démona alzó una ceja y se asomó por la ventana al escuchar el alboroto.

Sintió cierta curiosidad al ver que traían a una tiefling esposada. Normalmente, habría vuelto a su celda sin darle más importancia, pero hubo algo que llamó su atención. Sobre el rostro de la tiefling, pudo ver una marca negra que adornaba su piel rojiza. Era un reflejo perfecto de la marca roja que adornaba su propia piel oscurecida.

_ Os lo he dicho. Cuando el duque de Ravengard sepa lo que me estáis haciendo, os va a meter a vosotros en la celda. _ Les espetó, a pesar de que no se estaba resistiendo. _ No sé si lo sabéis, pero os he salvado la vida a todos. El año pasado salvé la ciudad.

_ Y yo monté a lomos de Ansur. _ Bufó uno de los guardias.

_ En realidad, está muerto… pero aún así podría acabar contigo.

_ Veo que te crees muy graciosa. _ Respondió el otro. _ No te va a hacer ninguna gracia pasarte el resto de tus días aquí encerrada. Quizá hasta use esto en tu contra.

El guardia sostenía lo que parecía un lucero del Alba. Aunque parecía contener un líquido dorado en su interior.

_ Yo en tu lugar tocaría eso con cuidado. _ La tiefling se mostró más seria de lo que se había mostrado en todo aquel encuentro.

_ Creo que sé manejar una maza, gracia.

_ Esa no es una maza cualquiera…

_ Ya que insistes te enseñaré si sé golpear o no con él.

Alzó el arma y entonces… ocurrió algo que decididamente Démona no tenía previsto. El arma emitió un brillo que iluminó toda la prisión durante unos instantes y el soldado se movió en el suelo… ardiendo en unas llamas doradas que parecían estar consumiendo el cuero de su armadura con una facilidad pasmosa.

Su compañero tuvo el tino de reaccionar deprisa, tomando un cubo de agua y tirándoselo encima antes de lanzar a la tiefling una mirada asesina mientras se lo llevaban, presumiblemente, a la enfermería.

_ ¿Qué le has hecho?

_ Le dije que lo manejase con cuidado. _ Insistió. _ Es la sangre de un dios. No puedes estar moviéndola de un lado a otro esperando que no tenga consecuencias.

_ ¿La sangre de un dios? A mí me parece más bien un truco de una bruja con muy mala leche o muy borracha.

_ No soy una bruja, soy paladina. Y mi nombre es Anzu. Deberías buscarlo en tus registros… _ Le miró, desafiante.

_ Lo que voy a hacer, paladina Anzu… es meterme en una celda para que te pudras por lo que le has hecho a mi compañero.

_ Te vas a arrepentir. _ Insistió Anzu, lanzándole una mirada asesina.

Démona se mantuvo en silencio mientras Anzu era llevada a su celda y cerraban la puerta. La tiefling emitió un gruñido y dijo algo que la Drow no pudo entender pero que estaba segura de que era una maldición, y no de las que sirven para conjurar.

_ ¿Por qué tal alterada? Si realmente eres amiga del duque, no deberían tardar en sacarte. ¿O era un farol?

_ Sí que soy amiga del duque, y de su hijo… pero necesitaba estar en un sitio mañana por la mañana.

_ ¿Tan importante es? Si no es indiscreto preguntar.

Anzu pareció meditarlo algunos segundos antes de contestar, como si genuinamente sopesara si valía la pena responder a la drow, a la que estaba contemplando a través de los barrotes que separaban las celdas. Afortunadamente, en ese caso no había barreras de piedra.

_ Mañana es mi boda. _ Suspiró Anzu.

_ Oh, enhorabuena. _ Démona no pudo evitar sonreí ante la ironía. _ ¿Y quién es el afortunado, o la afortunada?

A Anzu se le iluminó la mirada, y sus labios se torcieron en una sonrisa, como si estuviera embobada. Démona no pudo evitar pensar en alguna vez que se había puesto muy borracha, porque probablemente entonces habría sonreído así.

_ Se llama Shadow Heart. _ Dijo Anzu, en un susurro. _ Es clérigo, de la orden de Selune... al menos estos días. Me ha salvado la vida tantas veces que ya no las cuento... y ahora voy a llegar tarde a nuestra boda.

_ Será un palo que se quede allí plantada delante de todas vuestras amistades. _ Démona sonreía, lo que puso a Anzu aún más nerviosa. _ ¿Es guapa?

_ Por supuesto que es guapa. _ Respondió Anzu. _ Es la semielfa más hermosa de los reinos olvidados, tenlo por seguro.

_ Me encantaría conocerla. _ Démona se puso en pie y se aproximó a los barrotes. _ Seguro que hacéis una pareja muy bonita.

_ Gracias... supongo. _ Suspiró Anzu, su cola agitándose, presa del nerviosismo. _ Y pensar que sólo vine aquí a hacer algo de papeleo. Apenas adelantar algunos asuntos para la boda. ¿Por qué iban a detenerme?

_ Casi parece que te hayan tendido una trampa... o eso la gente está muy ciega y te ha confundido conmigo.

_ ¿Contigo? Pero si mides como el doble que yo y... bueno, no tienes cuernos. No tenemos nada en común aparte de... _ Anzu se detuvo un momento a observarla. _ ¿Por qué tienes mis mismas marcas de nacimiento?

_ A saber, no me lo explicaron cuando nací... aunque tiene cierta gracia que tengan los colores invertidos, ¿No crees? _ Démona sonrió. _ Bueno, he apreciado la charla, pero creo que deberías irte.

_ A ver, me encantaría, pero no sé cómo...

_ Yo te saco... Sin problema. _ Démona sonrió.

_ ¿No estás tú también encerrada aquí? _ Suspiró Anzu.

_ Que esté encerrada no significa que quiera salir.

_ Suele estar implícito... _ Anzu se encogió de hombros.

_ ¿Implícito o...Ilícito?

_ He tenido suficientes pulpos espaciales para una vida. ¿Cuál es tu plan?

_ Tirar la puerta abajo. _ Puso los ojos en blanco.

_ Sí que eres una bárbara, sí... Me apartaré. _ Anzu parecía tener mejor humor.

Cuando Démona gritó, pareció saber exactamente lo que venía, y no le sorprendió ver cómo la puerta cedía de un empujón y se abría de par en par. Si el grito no había alertado a toda la guardia, eso lo haría sin lugar a dudas. La pelirroja no sabía ser sutil, eso estaba claro. Se acercó a la puerta de la propia Anzu, cogió el candado con la mano y lo estrujó, haciéndolo pedazos.

_ Y ni siquiera has tenido que fundirlo. _ Comentó Anzu, mientras salía fuera. _ Conozco un pasaje para salir de esta sala, es algo largo y a lo mejor te encuentras con cosas turbias, pero no creo que la guardia nos alcance si vamos corriendo.

Anzu alcanzó el cajón en el que habían guardado sus cosas y, decididamente con más cuidado que el guardia, cogió la maza, que brillaba, esta vez, de forma más tenue.

_ Para ti la oscuridad no creo que sea un problema, pero este buen amigo me va a guiar ahí abajo. _ Le dio un beso a la superficie pulida.

_ Que no se entere Shadow Heart de eso... _ Démona tomó una gran hacha bastarda de la armería, que Anzu estaba segura de que no podría sostener con todas sus fuerzas y, como si fuera tan ligera como el cartón, se la colocó a la espalda. _ Pero como ya te he dicho, yo me quedo.

_ ¿Estás segura?

_ Segurísima. _ Terció Démona. _ No discutas, ya oigo a la guardia venir de camino.

_ Si cambias de opinión... no dudes en venir a la boda, me gustaría verte allí.

_ Me encantaría ver a tu encantadora Jenevelle con un vestido. _ Anzu alzó una ceja.

_ Nunca te dije que Shadow Heart se llamase así. _ Démona suspiró.

_ Se te acaba el tiempo, Anzu... corre. _ No mentía. Anzu podía oír a los guardias aproximándose.

La drow sonrió. Una sonrisa tétrica mientras tomaba el hacha con ambas manos. No tardó en llegar una cuadrilla de soldados que se quedaron de piedra al verla. Esa sonrisa sádica y ese brillo enfermizo en sus ojos rojos helaría la sangre de cualquiera.

_ Podría decir que lo siento... que lamento profundamente lo que estoy a punto de hacer. Podría incluso decir que me sentiría culpable... _ Alargó la sonrisa. _ Pero ambos sabemos que no es así.

Anzu, mientras exploraba el pasadizo, tuvo que detenerse y girar la cabeza. Los gritos descarnados de los guardias estaban reverberando en el pasadizo. Los escuchaba gritar pidiendo clemencia. Pero en ningún momento Démona hizo el más mínimo amago de detenerse.

Para mientras Anzu emergía al otro lado del pasadizo, Démona estaba sosteniendo la cabeza de uno de los guardias, que acababa de separar del cuerpo de un tirón, cuando su mueca de satisfacción enfermiza se convirtió en una de hastío e, incluso, aburrimiento.

_ Supongo que no puedo remediarlo, ¿Verdad? _ Le preguntó a la cabeza, como si pudiera responderle. _ Vais a necesitar una celda mejor para la próxima vez.

Dejó el hacha tirada en el suelo y, sin limpiarse la sangre, se encaminó de vuelta a su catre y se tumbó en él. Se sentía culpable por no sentirse culpable. Porque había disfrutado cada segundo de aquella matanza y no le reconcomía en lo más mínimo... al contrario, le había sabido a poco.

_ No sé si estás orgulloso o decepcionado... _ susurró, mirando hacia el techo de su celda.

Shadow Heart no cesaba en mirar la torre del reloj. Anzu se retrasaba. Y ella estaba asustada ante la perspectiva de que le hubiera ocurrido algo, o peor... que le hubieran entrado las dudas y hubiera huido.

Lo negaría toda la vida, pero el vuelco al corazón que le produjo ver que su prometida bajaba del carruaje del duque de Ravengard fue uno de los mayores alivios que había sentido en toda su vida.

La tiefling, ataviada con un vestido blanco y un ramo de orquídeas nocturnas, se encaminó hacia el altar con paso seguro y una sonrisa tonta. Se posicionó frente a Shadow Heart y ambas se miraron simplemente a los ojos por unos segundos.

_ Ha merecido la pena esperar para verte ponerte un vestido. _ Susurró Shadow Heart.

_ Te lo prometí. _ Respondió. _ Pero una y no más... además, es tradición que la novia haga esperar, ¿Verdad?

_ Te voy a perdonar porque me has traído esas orquídeas. _ Shadow Heart tomó el ramo de sus manos. _ Pero luego quiero que me cuentes por qué has tardado tanto.

_ Claro, te gustará la historia... tuve que enfrentarme a guardias y escapar de un calabozo.

_ ¿Sin mí?

_ No tuve mucha elección. _ Anzu suspiró. _ Bueno... ¿Quieres seguir hablando o prefieres casarte?

Anzu extendió la mano y Shadow Heart la tomó, de camino al altar. Cada paso se sentía pesado, pero al mismo tiempo, era un peso agradable. Cuando se colocaron finalmente delante de todos y se profesaron sus votos, ambas estaban seguras de que era un momento claves en sus vidas. Y, por una vez, no uno malo.

No fue hasta después de la ceremonia y durante el banquete que Anzu se fijó en que, apoyada en un árbol, Démona estaba observando en silencio. Así que se aproximó, dejando un momento de lado a Karlach, que les estaba contando una historia muy divertida que involucraba a unos demonios y una escultura de madera que Halsin le había regalado, y se encaminó hacia la Drow, que no se movió ni un ápice cuando la vio.

_ Pensaba que tenías intención de quedarte en esa celda.

_ Eso hice. _ Démona extendió la mano hacia su cara y le atravesó la nariz, demostrando que no estaba ahí.

_ ¿Proyección Astral? No es muy propio de un bárbaro.

_ Tú sabrás mejor que nadie que con un anillo o un colgante se pueden hacer maravillas.

_ Y con las botas... te sorprendería lo lejos que llegas si sabes chocar talones. _ Murmuró Anzu. _ Supongo que no has venido por la comida.

_ Quería ver a Jenevelle. _ Susurró Démona.

Su mirada se enfocó un momento en la semielfa, que estaba siendo el centro de atención por una vez.

_ No vas a decirme de qué la conoces, ¿Verdad?

_ Tampoco importa si ella no se acuerda. _ Démona negó con la cabeza. _ Pero me alegro de que te haya encontrado a ti... le harás mucho bien... La vas a hacer feliz, ¿Verdad?

_ Es mi plan. _ Anzu alzó una ceja. _ Supongo que por eso me sacaste de la celda...

_ Quizá...

_ En cualquier caso, gracias. Es una lástima que te quedases allí dentro.

_ Estoy mejor aquí... _ Ratificó Démona. _ Prométeme que no le dirás a Shadow Heart quién era.

_ No tengo secretos con ella.

_ No tienes que mentirle, basta con que no le des mi nombre.

_ Tampoco podría, nunca me lo dijiste.

_ Para ponértelo más fácil.

Anzu pestañeó y se percató de que Démona había desaparecido. Le iba a costar olvidar a la bárbara. Aunque le quedaba el consuelo de que sabía exactamente dónde estaba. Ella despejó su mente, pues tenía cosas mucho más importantes en las que pensar el día de su boda. Fue Démona la que no logró pensar en nada más durante toda aquella noche, en la intimidad de su celda.